Caín

Eduardo Caballero Calderón · Capítulo 2 de 21

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Caín

Capítulo I

I

 

Con los pantalones arremangados y empapados de sudor, cubierto a medias el torso con una ruana mugrosa, ya no corría, ya no trotaba siquiera. Imágenes distantes, correspondientes a hechos ocurridos años atrás y a una persona que fuera distinta de él, desfilaban vertiginosamente ante sus ojos:

El ladrido furioso de Sultán encerrado en la pesebrera, la mole blancuzca de la casa entre la mancha negra de los árboles, la luna columpiándose en el cielo sobre un horizonte violeta, la ventana de la alcoba cerrada y oscura como todas las de la casa, un viento frío que le zumbaba en las orejas, el crujido de la puerta de la cocina y su tibio olor a ceniza. La emoción le temblaba en las manos, el furor le hacía castañetear los dientes, la angustia era un nudo ciego en el estómago.

La puerta apenas entreabierta. El lecho enorme y dos bultos alargados bajo las mantas: el otro y ella. Un primer machetazo y un grito de dolor; otro machetazo y un gemido ronco; otro, otro y otro, hasta aplastar aquella convulsión que agitaba las sábanas y acallar ese ronquido sordo que lo exasperaba. Entretanto, Margarita, sacudidas las espaldas por los sollozos, temblaba como si tuviera fiebre…

—¡No puedo más…! ¡No puedo más!

Sin detenerse, volvió la cabeza para mirarla. Tenía los ojos inyectados de sangre, como si hubiera llorado de cólera.

El motor de la camioneta carraspeó y se apagó otra vez. El perro seguía ladrando en la pesebrera con el espinazo erizado, viendo fantasmas. La fuga a cien kilómetros por hora por el camino bordeado de sauces y eucaliptos, la noche clara, el frío cortante, el silencio nocturno, el canto de un gallo desvelado, el traqueteo del motor y un estruendo de latas desajustadas y cristales trepidantes… La ciudad silenciosa. En la esquina de la plaza, donde estacionan los buses de línea, un fuerte viraje hizo chirriar las llantas en el pavimento. Luego, la pendiente del camino a la Laguna de Tota, los ranchos herméticos, sin ventana para mirar al campo, y la mujer que lo sacude por un brazo y le grita, le está gritando ahora mismo:

—¿Por qué lo mataste, Martín? Cobarde, asesino, ¿por qué lo mataste?

Martín no había contado con que la camioneta tuviera tan poca gasolina. La habían utilizado la víspera en el viaje del teniente Rodríguez y Margarita, de Bogotá a Sogamoso. El muchacho que les servía de espía y de enlace con los campesinos, informó a los bandoleros que don Policarpo la había mandado con Pedrito, el chófer, a recogerlos a Bogotá. Los sábados por la noche, Pedrito no se quedaba en «El Paraíso», sino en Sogamoso, donde tenía una amiga. Para Martín no eran un secreto las costumbres de aquella casa que las plantas de sus pies, en lo oscuro, conocían de memoria. En un recodo del camino que bordea la Laguna el motor se paró de golpe. En el tanque no quedaba una gota de gasolina. «¡Maldita sea!», había mascullado entre dientes. «¡Bajémonos!», le ordenó a Margarita. Ella tiritaba de miedo, de cólera o de frío, o de las tres cosas a la vez. Martín desvió la camioneta hasta la orilla del barranco, le prendió fuego al motor, que empezó a arder con una llamita azul, y cuando ésta estiró una lengua roja y amarilla, empujó la camioneta al abismo y los dos la vieron rodar, dando tumbos, por la ladera abajo.

 

Las montañas que circundan la Laguna de Tota, cubiertas de nubarrones, se perfilaban teñidas de añil. La brisa que soplaba mecía los helechos y los digitales salpicados de rocío, y una franja aceitosa descendía lentamente por la ladera abajo. Las nubes eran primero rosadas, luego grises, finalmente blancas, pero el valle de Sogamoso todavía era un mar de niebla en el cual sobreaguaban como restos de un naufragio la serranía que separa los valles de Firabitova y Tibasosa, y la que penetra como una proa de navío entre los valles de Duitama y de Santa Rosa de Viterbo. Pero esto no lo podía ver Margarita. Tenía los ojos velados de lágrimas y la obsesionaba la imagen de pesadilla que el dolor había pegado a su memoria. Se había despertado cuando una mano, que ella creía de Abel, la recorrió lentamente de abajo a arriba, de los pies a la cabeza. Encogió las piernas, entreabrió los labios y los ojos para la caricia que presintió su cuerpo antes que su conciencia, pero no vio nada. No advertía la mancha clara de la ventana entreabierta. La mano que ella creía de Abel apenas le rozó las mejillas y la frente, y luego la apartó con violencia hacia la orilla de la cama. «¿Qué pasa, Abel? ¿Qué estás haciendo?». Al lado suyo un golpe sordo, que sonó a húmedo y a blando. Se tiró de la cama al suelo y, acostumbrados sus ojos a la oscuridad, vio la escena en blanco y negro, como en el cine mudo: la estancia bañada en una claridad difusa, y el machete que relampagueaba un segundo en el aire y caía otra vez sobre el bulto que yacía en la cama. Era un bulto de sábanas manchadas de negro y cobijas revueltas. Margarita no podía sostenerse en las piernas y se sentó en una silla donde colgaba la ropa que se había quitado la víspera. La bata gris, de embarazada, yacía sobre un arrume de maletas entreabiertas o sin abrir.

Habían llegado rendidos de cansancio la noche anterior después de viajar el día entero, primero en un avión militar de Villavicencio a Bogotá y luego en la camioneta que manejó Pedrito, de Bogotá a Sogamoso. Un almuerzo rápido en el aeropuerto, pues no tenía el menor deseo de comer y el vientre le pesaba mucho. Sentía pena por lo que había dejado en el Llano, en la guarnición de Yopal: gentes amables que eran sus amigos y una vida fácil para el teniente y su señora, pues nadie sabía allí que no lo fuera. Claro está que tenía un gran deseo de regresar al caserón de «El Paraíso», pero sentía vergüenza con su abuela y su tía, quienes ahora vivían en una casita de Sogamoso. «Nos vas a hacer mucha falta», le había dicho a Abel el mayor Cancino cuando salió a despedirlos al aeropuerto, junto con otros oficiales. Entretanto las señoras le hacían recomendaciones a Margarita. El mayor le había dicho a Abel que tenía una licencia indefinida mientras se arreglaban sus cosas en Sogamoso. La carta de don Policarpo Rodríguez, fechada el jueves pasado, lo urgía a que pidiera esa licencia y regresara por unos días a ponerse al frente de la hacienda, pues Martín había desaparecido hacía dos semanas. Se creía que estuviera en los llanos de Casanare, enmontado con una guerrilla que desde hacía un tiempo rondaba por los lados de Yopal y de Pajarito, al pie de la cordillera. «Tú sabes que es un indio torpe y rencoroso y nadie puede imaginar lo que es capaz de hacer un tipo de esos cuando se meten faldas de por medio», decía don Polo en su carta. Lo de las faldas se refería a Margarita.

Lo veía ahora todo claro, tan claro que le escocían y le lloraban los ojos. La orden imperiosa de que se vistiera, la sangre que goteaba sobre los ladrillos del piso formando una mancha negra, la oscuridad lóbrega del corredor, la impresión de espanto al tropezar con las botas alineadas a la puerta de la alcoba. «¡Cállese! ¡Chist!» Luego los ladridos furiosos de Sultán en la pesebrera, el angustiado relincho del caballo, el motor de la camioneta que no arrancaba, la fuga vertiginosa por la carretera desierta, las calles dormidas de Sogamoso, el camino que trepa a la Laguna de Tota… Finalmente el cansancio, el peso creciente de aquello que llevaba en el vientre, la sed, la angustia que le hacía castañetear los dientes, el terror de ese hombre que marchaba delante de ella abriéndose camino con el machete y oteando la oscuridad como una fiera acorralada. Allá en lo hondo, en el valle, una capa de niebla se volvía amarilla y translúcida…

Habían dejado atrás una roza que manchaba de gris el verde crespo de la montaña: jarales, espinos, sietecueros de troncos retorcidos, helechos, arrayanes, algún alcaparro florecido. Martín blandía el machete como si quisiera matar a alguien.

Cien veces le había preguntado desde cuando salieron a la madrugada y él la condujo a rastras, todavía a oscuras, al garaje donde guardaban la camioneta: «¿Por qué lo mataste, Martín? ¿Por qué lo mataste?» Él respondía con un gruñido de animal que podría expresar algo o no quería decir nada. La había sacado a rastras de la alcoba donde dormían los dos, ella y Abel, Margarita en camisa y Abel desnudo de la cintura para abajo, pues sólo usaba la chaqueta del pijama. Martín ni siquiera se quitaba la ropa que llevaba puesta, o se despojaba de los pantalones de dril y los arrojaba a un rincón vueltos una pelota. Abel olía a agua de colonia y a bueno, y Martín apestaba a mugre y a sudor. Se bañaba acaso las manos y la cara los martes, cuando iba al mercado de Sogamoso y les llevaba algún regalo a las dos viejas, su abuela y su tía. Ellas decían que Sogamoso era más ciudad en los tiempos en que no era sino un pueblo pequeño, sin barrios obreros, pues no existía la Siderúrgica.

Había artesanos en los zaguanes, campesinos que venían los martes al mercado y señores que tenían hatos en el Llano o grandes caserones en el valle, con huertas de árboles frutales. La abuela y la tía conocían la historia de todas y cada una de esas familias de señores rurales, cuyo mayor orgullo en las ferias era montar bellos caballos de paso castellano, bañarlos en champaña, perder grandes sumas al juego y beber hasta quedar sin sentido tendidos en la mesa de algún billar.

«Hace años, no, sólo hace ocho meses y medio escasos que no las veo. La última vez la abuela tenía arrugas en las sienes y se le habían caído dos dientes, tal vez tres, en la mandíbula de arriba». «¿Por qué no te haces poner los dientes, abuelita?» «Ay, hija. No tenemos para pagar la luz y quieres que me haga poner los dientes. ¿Los dientes? ¿Dices los dientes? Contesta, Margarita», le gritaba la tía. Ágil y fuerte aunque ya llegara a los sesenta años, más que vieja parecía envejecida. En cambio la abuela arrugada, con una cintica atada al cuello de pollo para taparse las arrugas, más que a una hija la consideraba como una hermana menor. «¿Para qué los dientes si no tenemos qué comer?», chillaba la tía Tulita, mientras bordaba manteles y ropa de recién nacido para la calle. Tenía los ojos vagos y en punta cuando miraba por encima de unas gafas pasadas de moda. «Y tú, Margarita, ¿por qué no te casas? ¿También te irás a quedar para vestir santos, como yo? Por esperar un príncipe, que no era propiamente el doctor Soler…»

Un día en que Margarita había ido a buscar una carreta de hilo en un cajón del armario de la tía Tulita, descubrió un viejo álbum de fotografías. Con un vestido de falda corta y estrecha, la cintura abajo de las caderas, un sombrerito que se le hundía hasta las narices dejando en sombra media parte del rostro, se veía una señorita que le tendía dos dedos a un señor de paraguas y cubierto con un ridículo sombrero duro. En el orillo blanco, ahora amarillo, de la fotografía, ella había leído estas palabras, escritas con una tinta de color violeta: «¿Recuerdas? Frutos». (París, Bosque de Bolonia, 1926). Margarita sabía que el doctor Soler se llamaba Frutos y era un honorable padre de familia, de otra familia, pues a la tía Tulita no la habían dejado casar con él.

 

Protegida por helechos y alisos, donde el monte se encrespa y la pendiente se vuelve más áspera, brotaba una fuente. Martín se detuvo y con el machete destroncó unos helechos para despejar un pozo que desbordaba sobre la quiebra del monte. Un grato murmullo salía del agua, al romperse en espumas contra unas piedras musgosas. Ella se quitó las sandalias, con trabajo se puso de bruces y hundió el rostro en el agua. Bebió hasta saciarse, hasta vomitar un poco. Sentada al borde de la fuente, con la falda arremangada hasta medio muslo, metió las piernas en el pozo y el frío la estremeció de pies a cabeza. Si no fuera por aquel vientre enorme que se contraía y se agitaba por dentro, se sentiría casi feliz.

Martín la miraba de reojo… Esos muslos blancos, tibios, suaves, cuya visión lo exaltaba cuando ella era niña y la ayudaba a montar en el caballo alazán que él mismo le había ensillado en la pesebrera con el galápago de estribos tintineantes. ¿Se lo había regalado don Polo Rodríguez o el doctor Reyes? Era un animal ágil y brioso. Lo había amansado Abel cuando lo trajeron de una de las haciendas del valle, vecinas de «El Paraíso». Don Polo se asomaba a la baranda del corredor para mirar aquel jinete adolescente, casi niño, que evolucionaba en la explanada frontera a la casa. Apoyado en el cabo del azadón, Martín también lo miraba, deslumbrado por la belleza del potro cuyas ancas relucían al sol y también por la destreza de su hermano. «¡Tiene las nalgas pegadas al galápago! ¡Parece que los dos no fueran sino una misma persona!», exclamaba don Polo. Don José también lo miraba desde el corredor. «¡Así eran los centauros!», exclamaba. «No seas tonto», decía tía Tulita: «el que parece un centauro es Martín, pero un centauro en dos patas». Y la niña acaballada en la baranda. «¡Qué te vas a caer!», chillaba la abuela. También lo miraba y lo devoraba con los ojos: los muslos fuertes y largos, cubiertos de una pelusa dorada; el brazo moreno y tenso que empuñaba las riendas; los dientes que relampagueaban al sol cuando sonreía al volver la cabeza; y el furioso redoble de los cascos del potro en las piedras del piso. «¿Qué haces ahí parado, Martín? ¿Por qué no estás vigilando a los peones?», gritaba don Polo. Abel montaba a caballo cuando Martín rompía terrones en el surco para animar a los peones en la labranza. El otro era un jinete, y lo mandarían a estudiar a la ciudad, y no a pagar servicio al cuartel como cualquier aldeano. Él era Martín y el otro era Abel…

Esos muslos torneados, tibios, suaves, de Margarita… Los tenía a dos pasos y al alcance de la mano, y si lo quisiera podría acercarse y acariciarlos lentamente.

—¡Ayúdame, idiota! Ahora no puedo levantarme sola.

Le tendió una mano, sin mirarla, pero al contacto de la suya, pequeña y suave, le penetró brazo arriba y hasta el pecho una onda caliente.

—Si no me sostienes, me caigo.

Él tiró del brazo con más fuerza. Luego se tendió de bruces a la orilla del pozo y bebió produciendo un chasquido vulgar que a ella le daba náuseas. Se restregó el rostro con las manos y se lo limpió luego con el mugriento raboegallo que sacó del bolsillo. Se palmoteó los muslos para secarse las manos en la tela de los pantalones, y sin decir nada echó otra vez a andar, a trepar a lo largo de aquella arista de roca, entre zarzas y jarales, por la pendiente cada vez más inclinada. ¿Sabría la señorita — nunca se atrevió a llamarla por su nombre— lo que sentía por ella? Hubiera querido acercársele, rodearla con los brazos, obligarla a que lo mirara de frente… Con su ojo él veía lo que ella estaba pensando cuando lo miraba de arriba a abajo, como si no lo viera. Torcía la boca, desdeñosa.

 

Ella veía sus fuertes pantorrillas estriadas de cicatrices blancas, los muslos largos y poderosos, el torso hercúleo que se inclinaba hacia delante. «Es bruto como la fuerza bruta. Es una energía ciega que se desliza sobre dos pies de peón, cautelosos como cascos de mula. Él ni sabrá lo que es. Si habla tan poco es porque apenas piensa. ¿Qué podrá haber detrás de esa frente estrecha, debajo de ese pelo negro y duro como la crin de un caballo?» «Te equivocas, mamá», le decía tía Tulita a la abuela. «La inteligencia no es cuestión de frente más ancha o más estrecha, más alta o más baja. Al doctor Soler el pelo le sale dos dedos arriba de las cejas, le sale por todas partes: por las narices, por las orejas, por los puños de la camisa, al través de ese feo lunar que tiene en el cogote; y con todo, no es ningún bruto». Y mientras las oía discutir, para distraerse, contaba las lágrimas de cristal de la lámpara que colgaba del cielo raso, en aquella salita lóbrega y polvorienta. ¿Cuándo la venderán? ¿Cuándo le tocará el turno a la lámpara? «¿Miras la lámpara?» «Sí, tía Tulita». «¿Decías algo de la lámpara?» «No, tía Tulita». «Pues ayer mismo vino a verla un anticuario de Bogotá. ¡Quinientos pesos! ¡Quinientos pesos!, y pensar que la trajimos de París en 1928. Afortunadamente mi pobre hermano murió a tiempo para no presenciar estas cosas». Don José Reyes y Rondón, descendiente de encomenderos. «Tonterías, Tulita, tonterías». «¿Tampoco te enorgulleces, mamá, de que papá hubiera sido gobernador del departamento y ministro en París?» «Vanidad de vanidades y todo vanidad, dice el padre Hoyos que se lee en la Biblia».

 

Al verlo desaparecer detrás de una roca que sobresalía del barranco, se tiró a descansar en un repecho cubierto de musgo. Un presentimiento doloroso le atravesó las entrañas sin dejar huella en la memoria. Según mis cuentas, me falta menos de un mes y sería imposible que fuera a adelantarse tanto. ¿Pero será tuyo o será de él? ¿Será de Abel o será de Martín?

Una sombra le pasó por la memoria desluciendo las luminosas imágenes: Abel tirado sobre la hierba, con una brizna en los labios, los ojos brillantes, una mano extendida hacia ella. Una mano viva, insinuante, nerviosa, que se acerca, se va acercando, me toca, se desliza por mi espalda. Me atrae suavemente hacia él. Me vuelvo poco a poco para mirarlo en los ojos. Ya no quiero huir. Ya no me importa quedarme. Pero si esto lo sabía yo, lo presentía, lo deseaba, lo deseo, lo esperaba, lo espero, lo necesitaba, ¡lo necesito desde hace tantos años! El sol arde en sus ojos. Mis labios están secos y tengo un nudo en la garganta. «¿No crees tú, Abel, que Martín puede saber que estuviste conmigo?» «¿No te has dado cuenta de que Martín es un campesino ingenuo, Margarita, que no se entera de nada?» «Sí, claro, pero… — no me salen las palabras que tengo dentro y crepitan como una olla que va a estallar—. Martín es estúpido y además desmañado, bruto, terco como una mula. Dionisia me ha contado que lo crió en la tierra, como a los peones. Antes de llegar yo a la hacienda dormía como ellos, tirado en una banca del corredor grande de la casa. Tenía que madrugar a distribuirles el trabajo en el campo. Pero espera, por favor. No seas malo, Abel… Todo lo que me has dicho de Martín es cierto, pero yo estoy casada con él. Me casaron con él, tú lo sabes».

El tiempo se estiraba entre los dos sin que ellos, ni el cielo sin nubes, quieto y azul, lo sintieran pasar.

Rodamos por tierra sobre la hierba húmeda, empapada por la lluvia de la noche anterior y me mordió los labios. Gimiendo de placer y de angustia lo sentí sobre mí, siento sobre mí el peso de su cuerpo, el aliento abrasado de su boca, el contacto áspero de sus mejillas, la caricia de sus manos. Un espasmo me corre por la espina dorsal. Las piernas se me aflojan, la respiración se me acorta. «¿Me quieres, Abel?» «¡Te quiero!» «¿De veras?» «Cuando eras niña yo estaba enamorado de aquella amiga tuya que vivía en Sogamoso, ¿te acuerdas? Yo no sabía que te quería y te quería sin saberlo. Tal vez te despreciaba porque no eras rica y mi padre me había enseñado que la riqueza es lo más importante en este mundo. Tu abuela y tu tía me parecían ridículas. Al lado de mi padre el tuyo era un viejo inepto». «¡Pero si era papá!» «A quien el mío sacaba de senador porque se le daba la gana. Cuando se desató la violencia política, mi padre, el patrón, expuso cien veces su vida al frente de los peones para salvar “El Paraíso”». «¡Pero esta tierra era de papá desde mucho antes de que él naciera!» «¡Tonterías, Margarita!» «Eso le he oído decir a mi abuela». «Yo no veía en ti sino una extraña, una intrusa que no tenía derecho a venir aquí, de paso, durante las vacaciones, cuando Martín y yo habíamos nacido en esta casa y en esta tierra. Aquí nos criaron a los dos. Aquí habíamos vivido siempre. ¿Por qué estos potreros y estas lomas eran del doctor Reyes, de tu padre, que vivía en la ciudad? Sólo venía de tarde en tarde a recibir el dinero que nosotros le extraíamos con las uñas a “El Paraíso”». «Hablas como Martín si supiera hacerlo. ¿Qué culpa tengo yo de haber sido desde antes de nacer lo que sólo tú comienzas a ser ahora?». Su mano me acaricia la espalda, me desabotona la blusa, me desviste poco a poco. «¡No, por Dios! ¡Alguien puede vernos! ¡Puede vernos Martín!» «Es que acabo de descubrir que te quería, que te deseaba desde cuando éramos niños». «¿Y cómo lo descubriste?» «Cuando mi padre me escribió para decirme que don José había muerto y ahora él era dueño de “El Paraíso”. Te había olvidado y te recordé de pronto. ¿Cómo sería Margarita después de tres, de cuatro años de ausencia? ¿Sería todavía una niña flaca, de piernas largas, de narices respingadas, insolente, orgullosa, para quien no existía en el mundo nadie más importante que ella?» «Pero yo no era así, yo ni siquiera sabía cómo era». «¿No te habrías vuelto fea?» «Entonces ¿no te parezco fea?» «Mi padre me decía que te ibas a casar con Martín y que el padre Hoyos estaba en conversaciones con tu abuela». «¡No me hables del padre Hoyos! ¡Es un viejo hipócrita!» «Sentí celos no sabía de qué, ni por qué, pues nunca te había mirado como a una mujer sino como a una señorita pretenciosa y estúpida. ¿Me perdonas?» «¡Te perdono!» «Pero al volver después de tantos años de ausencia, al regresar ahora y verte por la primera vez tal como eres, comprendí que sufrías con Martín, que sufres atrozmente; que me querías, que todavía me quieres; que aunque no lo supiera cuando era niño, siempre habías sido, siempre eres bonita, endiabladamente bonita. Y comprendí que te había querido desde entonces y que ahora te quiero más que nunca. ¿Y si nos fuéramos los dos?» «Me iría detrás de ti adonde tú quieras. ¿No sabes que te esperaba desde hace años y que si no he abandonado a Martín ha sido solamente por esperarte a ti?»

 

Contra la roca que sobresalía del barranco apareció Martín, bañado por un rayo de sol oblicuo y rojo que se esfumó en un momento. Se acercó con paso cauteloso, la miró con su ojo frío y terrible, y permaneció un rato delante de ella con los brazos en jarras.

—¡Hummm!

El ruido que producían sus labios era como no decir nada.

—¿Se siente mala la señorita?

Su voz era confusa, como si tuviera miedo de hablar. Ni la miraba a los ojos siquiera. Jugaba ahora con la ramita de un aliso. La pelaba parsimoniosamente con la punta del machete. «¿Y si la matara de veras?», se preguntaba sin mover los labios, en el fondo de la garganta donde mana la voz y es apenas una intención de los músculos para modular las palabras.

Y seguía pelando la ramita de aliso con la punta del machete.

Bocarriba, con el vientre enorme y los cabellos chorreándole en gruesas crenchas sobre la frente y las mejillas; indefensa, con las piernas al aire, era tan atractiva que Martín, aunque lo quisiera, y no lo quería, no hubiera podido articular una sola palabra. Se mordía los labios hasta hacerse sangre y el ojo despedía llamas entre un nido de arrugas pequeñitas. ¡Ay! Esas piernas, largas, doradas, tibias. Ella gemía a su lado, desvalida. Su imagen, pegada a las retinas, no se apartaba de su ojo amarillo e irritado como el de una serpiente.

Abel no tiene callos en las manos y sus pies son angostos y sin las uñas negras. Cuando regresó de la ciudad vestido de teniente, con dos estrellas plateadas en las hombreras, lo sintió distinto y distante. A Martín le gustaba el olor del estiércol en la pesebrera, el de la tierra mojada en el barbecho, el olor de Margarita, más bueno que el de la yerbabuena. Era una potranca parada sobre cuatro cabos temblorosos. Sería capaz de matar por ella cien hombres, todo un ejército que se le pusiera por delante. Como mató una vez la vaca que el patrón le regaló a Abel cuando cumplió quince años. La mató a pedradas; la obligó a que, enloquecida y ciega, se tirara al río donde cayó pesadamente como un bulto de estiércol. Cuando sacó una última vez el hocico sangrante, entre un borbotón de espumas coloradas, le tiró una última pedrada y la vio hundirse en el río. A él nunca el viejo le había regalado nada y ni sabía siquiera cuándo era su santo. Cuando ella llegaba al campo y le preguntaba, desde la inconmensurable altura del caballo alazán que la soportaba a horcajadas sobre los lomos… Si él la sintiera así, si la tuviera como el caballo, acaballada a su cintura… Llegaba al campo donde él, a la sombra del sauce, miraba a los peones cavar un canal de riego, y le decía sin apearse del caballo, como acaballada en los riñones de Martín que ahora le hacen daño: «Oye, ¿no has visto a Abel?». ¿Y acaso él podría saber dónde andaba su hermano? ¿Por qué no era él Abel sino Martín?

—¿Qué dices? ¿Me decías algo?

Martín la miró de soslayo, dio media vuelta y echó a andar otra vez. Una Margarita ausente, indiferente, altiva, inaccesible, la hija del doctor Reyes lo miraba desde lo alto del galápago como si él no existiera, como si no fuera un ser humano con brazos, piernas, un ojo tuerto y un ímpetu viril que le inflaba la tela de los pantalones cuando la miraba.

Iban la una en pos del otro, él delante y ella detrás, cansada, como un autómata. ¿Y si no lo siguiera más? ¿Y si tratara de esconderse en alguna parte? Pero no podía defenderse de ese hombre huraño que iba delante de ella y la tiraba detrás de sí por algo más fuerte que un ronzal, unas riendas o un rejo de enlazar. Estaba cosida a él por una fuerza incontrastable. La ocurrencia de dar la vuelta en mitad de la cuesta que subía a la montaña era inverosímil. Algo más poderoso que su deseo de escapar la ligaba a esas pantorrillas musculosas, estriadas de cicatrices blancas; a esa cintura estrecha y a esos hombros anchos como las ancas de un caballo. Se apoyó con una mano en la saliente de una roca donde tal vez una cabra pudiera asegurar el casco.

—¡Ayúdame! ¡Me va a dar vértigo!

Martín le tendió la mano, la colocó de espaldas al abismo y la ayudó a contornear el mal paso. Salieron a un calvero que mostraba aquí y allá alguna mecha de frailejón, o una mata de digital que agitaba al viento sus campanitas moradas. A Margarita le zumbaban los oídos. Dio un paso más y se tiró en el suelo pedregoso, de espaldas, pues así lo que llevaba en el vientre le pesaba menos.

—¡Déjame descansar, por favor!

Su voz era infantil, de niña que va a llorar. Sin decir palabra, él se sentó en el suelo y se puso a mirar a lo hondo del valle, de donde había venido. El sol incendiaba la cresta de una montaña lejana. Se enjugó el sudor de la frente con las dos manos, primero con la una y después con la otra, y con un dedo manchado de tierra se limpió el párpado del ojo tuerto…

 

Era en el potrero de Abel, porque a Abel también don Polo le había regalado un potrero. Bajo la dirección de Martín los peones tamoteaban o reparaban las cercas de piedra. Ya llegaba el muchacho con el puntal del mediodía. La vieja Dionisia tenía lista la hoguera. Olía a bueno: a mazamorra, a yuca frita, a maíz tostado. Martín levantó un momento los ojos para mirar una montaña que se perfilaba a lo lejos, manchada de sol. Conocía una por una todas las rugosidades de la cordillera que rodeaba el valle. Esas dos lomas redondas, casi azules, eran los senos de Margarita. Entre esos dos muñones de muslos, un monte de curva casi imperceptible, era el vientre de Margarita. Esa vegetación crespa, que cuando iba a cortar leña con los peones resultaba sombría y fragante, era la brocha de pelo entre los muslos de Margarita. La cintura de Margarita era estrecha y dura, como un cerro que se recortaba a lo lejos y parecía cercenado de un machetazo. Margarita era la sierra que se acuesta en el valle, rodeada de potreros de ceba. Margarita bocabajo, con la cabeza hundida en la hierba y los cabellos partidos en bucles castaños que el sol salpica de lampos amarillos. Y un peón decía: «Eso como que va a llover para las fiestas». Y al cabo de un rato otro decía: «¡Eso toca!». Y pasaban pájaros, mariposas, los ladridos de un perro perseguido por un tábano, la clarinada de un gallo, el relincho cercano del caballo en que el muchacho había traído las vituallas para el almuerzo. El silencio zumbaba en los oídos de Martín, junto con el chasquido del maíz tostado entre sus muelas de rumiante. Roía hasta el tuétano la costilla que empuñaba a dos manos y chorreaba una grasa amarilla. Poniéndose el índice en la nariz para taparse el hueco derecho, Martín sopló estrepitosamente por el izquierdo y dijo, arrastrando la voz: «Por el lado de Virolín el cielo se está poniendo amarillo».

 

Margarita parecía dormir. De vez en cuando le levantaba el pecho algún suspiro, y estiraba los labios, los recogía, se pasaba la lengua de lado a lado de la boca como si chupara una curuba imaginaria.

Cuando montaba en pelo acompañada por Abel, montaba descalza. El viento le hacía bailar mechas y rizos de pelo castaño sobre los hombros, la falda de colores se le enroscaba a la cintura, las piernas delgadas se cerraban en tenaza contra los lomos del caballo. Tenía los ojos verdes, translúcidos, como si tuvieran una candela por dentro, y además almendrados, un poco arriscados hacia las sienes. Cerrados o abiertos, de noche o de día, les daban sombra las pestañas crespas, y la sombra pesaba sobre sus pestañas. Si se lo propusiera, podría mirar el mundo al través de esas naricitas móviles como el hocico de una potranca. Por entre las crenchas de pelo, al mover la cabeza de un lado al otro para espantarse una mosca, se asomaba el caracol de una oreja, una miniatura de aquellos caracoles que mantenían abiertas las puertas de la casa de «El Paraíso». Al llevárselos a la oreja, Martín escuchaba las olas del mar que golpeaban incansablemente, yendo y viniendo, en una playa remota. No hay curva más suave que la de los labios de Margarita que ahora dejaron de estirarse y encogerse como si chuparan una curuba imaginaria y se entreabrían embadurnados de sol.

 

Estaba cansada, como si el peso de Abel la tuviera cosida al suelo, y le oprimiera el pecho y el vientre. Era un cansancio delicioso que podría expresarse con las mismas palabras y con la misma voz un poco ronca que tenía aquella vez, en el potrero: «Te quiero, Margarita, te quiero». «Pero si Martín lo sabe, si lo supiera, cuando lo sepa, ¿qué va a pasar? ¿Qué vamos a hacer tú y yo? ¡Tú no lo conoces!» «Yo lo conozco desde niño. Es incapaz de matar una mosca». «Pero abrázame, como si entre tú y yo no existiera ni siquiera la piel, la tuya o la mía. ¡No creas!» «¿No crea, qué?» «Martín es capaz de matar, de matarte, de matarnos a ti y a mí. El ojo le arde cuando te mira. Si te pudiera matar con esa fea mirada que te lanza a la espalda cuando te das vuelta, ya te habría matado hace tiempo. Pero no hablemos de eso, Abel. Ahora bésame tú, así, más…»

 

Margarita movía otra vez los labios, los contraía y los estiraba, se pasaba la lengua por ellos chupando una curuba imaginaria, y por mirarla, Martín no veía el valle que tenía a sus pies: la piedra lisa que habían contorneado hacía un momento, el hondón oscuro del cual brota el ojo de agua donde ella se había bañado las manos, los sembrados en la falda de la montaña, los sauces que dan sombra a un camino, el valle que a partir de esa línea moteada de verde y amarillo se estira y se despliega en abanico, y se esfuma en dehesas que borra la neblina del río.

¿Cómo podría ver el valle, y los pueblitos que blanquean a lo lejos entre las montañas; y los buses de juguete que estallan en un chorro de luz cuando pasan por un recodo del camino bañado de sol; y los puntos blancos y negros del ganado; y el tejado de un caserón perdido en la mancha negra de los árboles? ¿Cómo podría ver eso Martín si no tenía más que un ojo, y con ése sólo podía mirar a Margarita que dormía, o fingía dormir, tirada bocarriba a la orilla del abismo? ¡Margarita! Era la única palabra que ahora repetía entre dientes: «¡Margarita, Margarita!», como si en el mundo y en su memoria no hubiera otra palabra que esa.

—¿Qué dices?

Abrió los ojos de par en par, como ventanas sobre el campo. Él no decía nada y ahora no la miraba siquiera. Primero se puso en cuclillas, luego se incorporó lentamente, bostezó, estiró los brazos… Era una serpiente que se enrosca sobre sí misma, levanta la cabeza viscosa y comienza a silbar enfurecida; y ella le tenía un miedo atroz desde aquella primera noche.

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