Caín
Capítulo XIII
XIII
Al otro día pusieron más atención a lo que murmuraba la radio, en ascuas como estaban por el asunto de la cadenita; y escucharon lo del asesinato del teniente Rodríguez, y el entierro que se celebraría dentro de dos horas en Sogamoso, y finalmente la oferta de los cien mil pesos a quien entregara vivo o muerto a Martín, o diera a las autoridades una pista sobre su paradero. La primera vez no captaron la información sino a medias, por ese lenguaje ampuloso que tienen los locutores cuyo ritmo de onda corta escapaba a la comprensión de onda larga de Ezequiel y Valeria. Pero el de la Radio Sutatenza, que ahora escuchaban y se dirige exclusivamente a gentes como ellos, suministró a renglón seguido una explicación complementaria. Que los campesinos tenían la obligación moral de colaborar con el ejército en la persecución de los bandoleros, aunque no se ofreciera, como ahora, cien mil pesos a quien diera una pista para agarrar al asesino del teniente Rodríguez.
—¿Lo oye? —gritó la mujer.
—Y con aquéllos, ¿qué hacemos? —preguntó el hombre.
Lo cierto fue que no se necesitó mucho tiempo para que los dos, hombre y mujer, llegaran a la conclusión de que por cien mil pesos un hombre honrado puede traicionar a su propia madre, cuanto más a Pedro Palos, que nunca se había mostrado muy generoso con ellos a pesar de los recados y los papeles y aun el bastimento que solían llevarle a la peña del páramo. Y ese día, pues, el del entierro de la víctima como decía la radio, el hombre y el niño subieron por el camino que lleva al recodo de la carretera. La mujer se quedó ante el fogón, con el corderito y la oveja, la cual le lamía el ombligo al corderito. No habían andado cien metros el hombre y el niño, el uno en pos del otro, cuando el primero se dio vuelta y regresó corriendo a la casa. «¿Y eso?», le preguntó la mujer, que ahora desgranaba unas alverjas para la mazamorra y escuchaba la radio mientras las desgranaba. «¿Y eso qué le pasa?» Él le explicó que se le había quedado el bultico de papa que le encargó un marchante de la plaza, y ella ya sabía que era escogida y de semilla. ¡Qué hombre! Se iba por cien mil pesos, cien mil, y ahora lo había vuelto a decir la radio, y se ponía a llevar a las costillas un bultico de papa que no valdría ni cincuenta. ¡De veras, la india tiene razón! Y el hombre echó a correr otra vez por el camino, monte arriba, hasta darle alcance al niño que ya estaba llegando al Alto. Y en el camión en que montaron, con gente de las obras públicas que venía de despejar un derrumbe en la carretera, uno de aquellos hombres, que parecía el capataz, pues calzaba botas y no alpargatas y hasta fumaba tabaco, se puso a contar que hacía unos veinte días les habían robado del campamento unos sacos de dinamita y habían degollado al perro. Ésos tenían que ser los bandidos de Pedro Palos, que andaban rondando por aquellas montañas. ¡Y el ejército jugando con ellos a las escondidas! Lo peor del caso era que a él, al que contaba, el administrador le revisaría las planillas, le cobraría hasta el último centavo como si fuera él quien hubiera robado la dinamita, y hasta le quitaría el puesto y lo dejaría en la calle. Por eso el capataz fumaba, maldecía y escupía que era un gusto, pues estaba de un humor que se lo llevaban los diablos. Y desde que el Ezequiel oyó mentar el nombre de Pedro Palos no podía estarse quieto, y ora se paraba en una pata y ora en la otra, como si le hubieran entrado de repente unas terribles ganas de soltar la corriente, pero no era por eso. Eran meras ganas de contar a aquellos peones camineros, y al del tabaco que era el capataz, lo que al fin contó una, dos, tres veces, siempre de la misma manera, pues se lo sabía de memoria. Y vinieron entonces las exclamaciones de los camineros: ¿Y eso qué sería? ¿Y por qué matarían al teniente? ¿Y cómo y a qué horas sería el entierro? Pero lo mejor del cuento era que… ¿Les cuento o no les cuento? Mejor que no diga nada, le había dicho Valeria, ni se arrejunte con nadie, ni garle con los forasteros, aunque se reviente de las ganas. La Valeria es una india sobona pero racional y siempre se emboca en lo que dice que ha de pasar. Por eso más valía callarse bien callada la jeta y no mentarles a aquellos hombrecitos nada de lo que había contado el niño sobre la cadenita de oro. Se agachó, pues, le puso la boca al niño en una oreja y le preguntó con impaciencia, casi con angustia, dónde la había guardado. Él le dijo que la llevaba en el cuello. «¡Mejor démela! ¡No, déjela! ¡Tápela con la ruana, que se le está viendo!»
El camión dio un frenazo en la plaza de los transportes y de allí se bajaron los peones y el hombre le dio al chófer un peso por el servicio de haberlos traído al pueblo. Y con el niño a rastras y él al pasito, al pasitrote de cargar parihuela cuando antes de que aparecieran las zorras, todavía las había, llegaron a la plaza de Sogamoso, que estaba llena de gente. Ya aparecía el entierro por una calle que desemboca en el parque, como un gusano negro erizado de cerditas doradas, de esos que llaman palomillas. Las campanas de la basílica doblaban en lo alto de las torres. Sonaban los cobres de la banda militar, sacándole chispas al sol. Pasaban al lado suyo roquetes, bonetes, hábitos, guerreras, uniformes de colegios de monjas y mucho doctor vestido de paño negro con botas amarillas, como si fueran fiestas. En medio del gentío venían dos automóviles negros cargaditos de coronas de flores. Después los cadetes de la Escuela Militar, con un penacho en el casco. Luego tres curas con la cruz alta, murmurando responsos. Atrás el cajón de madera, con guarniciones de cobre, cargado por seis suboficiales que sudaban la gota gorda. Don Polo, el comandante, los señores del Gobierno, los forasteros, seguían paso entre paso con cara de pocos amigos. Finalmente, la muchedumbre compacta, negra, ondulante como un gusano erizado de cerditas doradas, de esos que llaman palomillas. ¡Qué cosa más linda! Pero apúrese y no se quede ahí parado, como un bobo, mirando pasar la gente. ¡Como si nunca hubiera visto un entierro! Y de veras, ahora que pensaba, el chino nunca había asistido a un velorio, ni había oído cantar responsos en el cementerio del pueblo, ni sabía lo importante que es morirse cuando uno no pertenece a ese mundo oscuro y silencioso de quienes viven, como ellos, de sembrar papa y esquilar ovejas. Camine, que despachada esa diligencia volvemos y quién sabe si hasta podemos coger el rabo de la misa, puesto que toca oírla por ser domingo.
Y tropezando con las filas cerradas de la comitiva, o aplastándose contra las paredes para dejarla pasar; unas veces al trote, otras al pasitrote, otras al paso; saltando de lado, corriendo hacia el otro, maldiciendo o invocando a la Virgen para que aquello pasara pronto; interrogando a quien no tocaba, o al oído y por pura intuición, al fin llegó Ezequiel Ramírez con el niño de la mano a las puertas de la comandancia.
Dos soldados le cerraron el paso, pero en peores se las había visto cuando pagó el servicio hace siete, hace ocho años, aunque parecían tantos que ya no recordaba la fecha. Y les habló de lo que había oído en la Radio Sutatenza, y del entierro del teniente, y de la cadenita de oro de la señorita preñada, y del gigante con una vista apagada que iba a enterrarla en el monte. Sudaba a mares cuando por fin, ante un militar que lo atisbaba por encima de unas gafas de vieja, pudo espetar todo lo que sabía. Fue la primera vez que el niño le dijo, tirándole de una punta de la ruana, que quería hacer del cuerpo y él le aconsejó que aguantara un tantico que en esto le pasarían las ganas. Y el militar se empeñaba en que hablara el niño y no él, pero él le salía delante hasta el momento en que el oficial golpeó la mesa con una regla y le ordenó que callara. Entonces se puso firmes. El niño, que volvía de vez en cuando la cabeza para mirarlo, iba desgranando las palabras poco a poco como quien pela una mazorca. Se detenía en cosas que al militar se veía que no le importaban: que si la oveja era primeriza o ya había dado cría; que si el corderito resistiría aquella emparamada en el monte; que si el tiempo terciaría con la luna nueva. «¿Y por qué camino siguieron?», preguntaba el teniente mordiéndose el bigote de impaciencia. «Quiénes dice sumercé, ¿las ovejas?» «La señorita y el asesino, no seas estúpido. ¿De qué crees que estamos hablando?». Eso mismo le dijo, y el niño contó que siguieron monte arriba, seguramente al cobertizo de las ovejas, a la entrada del páramo: pero de haber andado más lejos, ya estarían a estas horas más allá de la peña y en tierra caliente. El teniente examinaba la cadenita de oro… «¿A que me la quita?», pensaba el niño angustiado. «¿A que se la quita?», pensaba el hombre receloso. El oficial les declaró que antes de devolvérsela tenía que mostrársela al comandante de la guarnición, y a don Polo Rodríguez por si la reconocía, y a las viejas Reyes para que la reconocieran. «¿Y los cien mil, mi capitán?», se atrevió a preguntarle el hombre. «Eso que dice el señor de la radio de Sutatenza, ¿no sería sino pura paja?» «Ya veremos, es lo que vamos a ver», había exclamado el teniente, y les pidió al hombre y al niño que lo esperaran un momento mientras en dos saltos iba en busca del juez militar para que les tomara una declaración. Eso mientras regresaba el comandante que andaba por el entierro, y ellos que por mucho que apuraran ya no podrían coger ni el rabo de la misa, ¡qué sería cantada y por lo menos de tres padres, y hoy tocaba oírla, pues era domingo! El oficial los miraba con desconfianza por encima de las gafas de vieja, como si pensara, pensaba el hombre, que era un vagabundo y un ladrón y hasta amigo sería de los bandoleros…
Pero aunque lo fuera a ratos, pues todos en este mundo tenemos amigos buenos y malos, así como hay semillas malas y buenas, el Ezequiel Ramírez tenía derecho a los cien mil pesos y tal vez convendría, tal vez no convendría, contarle al capitán lo que había visto la Valeria en el monte. Es que con esa impaciencia del oficial a él se le había olvidado contarle que la Valeria había visto, con esos ojos que Dios le dio, a un tal Martín que a la tardecita del viernes bajaba corriendo a saltos por el barbecho. Que ella lo conocía de atrás era cosa segura. Y todos, ¿quién no?, sabían que el gigante de «El Paraíso» tenía apagada una vista y cuando se presentaba los martes al mercado de Sogamoso apenas platicaba media palabra con los vendedores de fruta de Sotaquirá, y de carnes de Duitama, y de gualdrapas de Cuche, y de lazos de Tipacoque, y de ollas de Santa Rosa de Viterbo. Es hombre de pocas palabras y de todavía menos amigos. Pero ¿qué sería que el teniente no volvía, y a ellos se les estaba haciendo tarde? Tengo ganas de hacer del cuerpo, dijo otra vez el niño apretando los dientes. «¿No se habría llevado para siempre la cadenita de oro?», pensaba el hombre. «No faltaría más, aunque con los militares, los guerrilleros y los curas nunca se sabe. Aguante mijo, que en esto nos vamos», le dijo el taita. Primero un indio del páramo llegó una vez al rancho y le gritó a la Valeria desde la puerta, como si fuera el propio Ezequiel: Andá, vieja, y me das ese bultico de papa que está en el corredor, y esa ovejita que tenés el propio Ezequiel: «Andá, vieja, y me das ese bultico de amarrada a una estaca en el potrero». «No están pa la venta, caballero», dice que le dijo ella. «¿Con que con ésas, vieja?» «Son para Pedro Palos». «No lo conozco». «Háblase con el Zequiel, que anda por el barbecho con el chino, aporcando la papa». «¿No sabe la señora quién es Pedro Palos?» «¿Cómo quiere que lo sepa si no lo conozco?» «Pues el jefe de la guerrilla que anda por esas tierras, para que lo vaya sabiendo. ¿Puedo llevarme la papa y la oveja?» «No, señor, no están a la venta». Pero se las llevó el indio, sin que valieran ruegos ni protestas. Y otro día, más adelante, este servidor andaba por el barbecho sembrando unas maticas de cebolla largo, no de la cabezona que no se cría en ese páramo, cuando llegó otra vez el indio y me dijo: «Hola, mano Zequiel, que el jefe quiere comprar un poquito de maíz, y de papa si también la tiene, con unas libritas de sal si es que no le falta». «¿Comprar, dice? ¿Dice comprar el señor, si es que no lo he oído mal?» «Comprar, sí, señor. Y aquí llevo los billetes nuevos que me entregó en el monte Pedro Palos para esta diligencia. Pero por vida suyita dese prisa que se me están acabando el tiempo y la paciencia. Ésa es la verdad, que ya se nos viene la noche encima y yo no he acabado de aporcar la papa». «¡Santa Bárbara bendita! ¿Conque Pedro Palos, dice?» «¿Y eso, quién es el mentado?» «¡Ave María Purísima! Pedro Palos es el jefe de la guerrilla que está luchando contra el ejército, y los gobiernos, y los ricos, que todos son unos ladrones mejorando lo presente». «¿Conque eso dice? Mire que hasta tendrá razón el indio ése». «Así que, ¿me vende, mano Zequiel, el maicito y la salecita? Aquí tengo la plata en esta mochila, mire». «¿Y cuánto me va a dar? Porque en el mercado de Sogamoso el maíz está que sube que sube, y la sal, ni hablemos. Todo está por las nubes y hay quienes aseguran que la culpa es del invierno, que no cayó este año cuando tocaba. Pero otros andan con el cuento de que es culpa del Gobierno, que tampoco toca». «¡Pues claro, y si no de quién iba a ser!» «¿A treinta la carguita de maíz?» «A veinticinco. Digamos veintinueve por tratarse del señor, ¿y de quién me decía que lo manda? ¿De don Palos? Pues serán veintiséis. Nada, que considere cómo está la vida de cara. Si yo le contara que el fique, unos manojitos que compré en el mercado para torcer un lazo con que amarrar las ovejas… Veintisiete y no hablemos más». «Quedamos en veintiocho, y con la sal no hubo tantos problemas». «¿Pero qué será que no vuelve el capitán? ¡Yo quiero hacer del cuerpo!», le dijo el chino con la voz trémula. «Vaya y se asoma a la puerta y atisbe a ver si ya viene el teniente. Mejor quédese quieto, y aguante, que en esta vida todo se le va al hombre en aguantar vainas y ganas de hacer lo que nunca toca. Y es que con esta peste de oficiales nunca se hace nada. Mientras no le metan a uno a los cuarteles, y los vea de lejitos marchando con los babosos de la banda, quién dice nada. Lo malo es cuando se les sube la retranca y lo cogen a uno entre ceja y ceja. ¡Chist! ¿No está oyendo pasos afuera, en el corredor?»
El niño paró los ojos, como si oyera mejor por ellos que por las orejas.
Con un tintineo de espuelas se acercaban los pasos y el Ezequiel sintió una bola fría en el estómago y el niño descargó el suyo en los fundillos de los calzones y se alborotó como si buscara por dónde escapar corriendo. «¡Quieto, le digo! Si es que nos van a matar, tal vez no nos maten. Y cuénteles otra vez todo clarito y despacio, que es como a ellos les gusta. Y si le preguntan si el Zequiel conocía al Martín y a los guerrilleros diga que no sabe nada, ni yo tengo dares ni tomares con esa gente. ¡La Virgen Santísima nos favorezca! Eso diga, y hágase para allá porque me parece que ya hiede un tantico».
—Pues entraron por esa puerta el comandante y el capitán que le cuento que estaba primero, y otro oficial que hasta coronel sería. Yo estoy bien, sumercé, le dije a mi comandante cuando me preguntó por la salud. Sólo que la que no anda bien en estos días, será por el frío del páramo, es la Valeria. Hoy amanece con un frío en la espalda, mañana se le corre al estómago, le da tiritadera cuando sopla el viento de la laguna que sí es frío, no lo voy a negar, pero no como para eso. El comandante me corta la palabra y me dice, que eso dijo: ¿Y cuánto tiempo hace que vives en ese rancho? Huy… Eso es para las meras risas, patrón, mi comandante. Hace más de diez años que vivimos con la Valeria en ese rodadero, aguantando frío. Ya había nacido este chino cuando nos fuimos para el Alto, y si sumercé le permite salir un momento a la calle volverá corriendo… Saludá al general, que aunque lo parezca no come gente como el Pedro Palos, ni como ese indio Martín que iba a matar a la señorita. Y fue oírme eso y pegar el hombre un bufido. ¿Y vos conoces al Pedro Palos?
—¿Y se lo dijo, Zequiel, fue tan bruto que se lo dijo? ¿No le advertí que aunque le dieran ganas de contarles cosas se mordiera la lengua antes que salir con un chorro de babas?
—Pues para qué voy a decirle mentiras, mi general, eso le dije. Si este chino conoció al Martín, y deje que le cuente…
—Que usted no le dejaría contar nada.
—Ahora lo verá que sí. Si este chino conoció al Martín, mi general, eso le dije y para qué le iba a decir mentiras, pues yo conozco al mentado Pedro Palos.
—¿No ve lo bruto? ¿No se lo digo? ¡Ay, con el indio este para haberme salido bestia, Virgen Santísima!
—Aguarde y verá. ¿Y cuánto hace que lo conocés?, me preguntó el comandante. Pues ahí serán dos años, sumercé. ¿O tres? Eso es, mi general, tres años. ¿Y eres amigo de él? Pues como amigo poco, que no somos compadres siquiera. Pero sí lo he visto bastantes veces y hasta le he vendido unos bulticos de maíz y unas manotaditas de sal. ¡Me da lástima el hombre! Mire, mi general que andar por esos montes echando tiros y en ayunas. ¡Eso no es vida, sumercé! Y el comandante se puso delicado al oír eso y me sentó la mano en el hombro así, que parecía que pringaba de la pura cólera que tenía. Y todo fue preguntarme desde cuándo lo conocía… ¡Huy! Eso la Valeria, que sabe todo, tal vez lo sepa; que así le dije. ¿Y cuándo lo viste la última vez, y cuántas veces le llevaste razones de Sogamoso?
—¿También eso le dijo?
—Pero dígame si yo iba a decirle mentiras al comandante. ¡No sea bruta!
—Es que yo vuelvo y le digo, Zequiel, que hay cosas que no se mientan, y por eso lo tienen clavado en este calabozo, ¡Virgen Santísima! Y yo sola con el chino, que apenas puede con la garlancha, para abrir ese pedregalón que se ha puesto duro como de fierro. Eso al darle con la pica le salen chispas. ¿Y qué más le dijo el comandante, vamos a ver?
—Aguárdese un tantico. Yo sí le pregunté de pronto, pues él dele que dele con su preguntadera: ¿Cuándo me dan, cuándo le dan al joven, cuándo nos van a dar los cien mil pesos del retaque por el indio ese?
—Rescate, se dice. Rescate lo dice la radio, y debe ser así. Pero ¿qué más?
—¡Ah!, pues al oír aquello el comandante me miró muy serio y me dijo que mientras la vaina ésa no se aclarara no vería los cien mil pesos ni en pintura. ¿Y qué pensaba yo hacer con los cien mil pesos?
—Faltaba yo para haberle dicho al comandante: ese indio Zequiel no ha pensado nunca, pues es más cerrado de mollera que un calabozo.
—No se ponga ahora a echarme indirectas porque me ve aquí encerrado y sin poder valerme. Para comprar una tierrita en la vega, pues este páramo me tiene canso y con reumatís, eso mismo le dije.
—Y eso sí es la purita verdad.
—Para comprar una tierrita en la vega, y un par de yuntas de bueyes, y unos tablones para construir el rancho. ¿Y no querrás los cien mil pesos para entregárselos a los bandidos, pues unas veces les regalabas maíz y sal y otras se los vendías? Bueno es culantro, pero no tanto, mi comandante, que eso le dije. Con los amigos el pan, la mazamorra y la sal, pero la platica es otra cosa. ¿De manera que cuándo me los entregan, mi comandante? Y el hombre ordenó que me metieran en este calabozo y al chino le dio cinco pesos para que cogiera el bus que sube hasta la laguna. Entran y salen cada rato oficiales a preguntarme cosas. Dicen que estoy incomunicado, pero ahí estamos platicando los dos. ¿Cómo le parece?
—Pues sepa que si me dejaron entrar a platicar con usted, es porque allá arriba en el rancho pusieron dos hombres, un sargento y un soldado, para fisgar y atisbar quién llega.
—Hola, ¿de veras?
—¿Y luego cuándo le he dicho mentiras? ¡Indio atrevido!
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