Caín

Eduardo Caballero Calderón · Capítulo 20 de 21

Páginas del PDF

Caín

Capítulo XIX

XIX

 

Como si cargaran una parihuela imaginaria, al pasitrote iban uno detrás del otro por aquel desecho que comunica el afluente del Cusiana con el Cusiana mismo. Ni un soplo de brisa mecía el follaje de los árboles. Cuando éstos se espaciaban formando un claro, se columbraba un trozo de cielo azul e incandescente, empañado por un velo de brumas amarillas. A la delantera de la patrulla marchaba el chino Fidel, descamisado, sin más armas que una varita pelada que llevaba en la mano. Detrás venía el viejo Andrés Paipa armado con un cuchillito de monte que le colgaba al cinto. Cerraba la marcha la mujer, que cargaba a las costillas la mochila con el avío para el camino, sujeta a la frente con una cincha de fique. Con sus mil ruidos misteriosos e imprevisibles la selva dormía la siesta. Enchipada en las raíces de un mango, una culebra toreada parecía resuelta a cerrarles el camino. Sin titubear un segundo ni volver la cabeza hacia atrás el chino Fidel la desnucó con la varita larga y flexible que llevaba para esos casos. De una patada la tiró a la vera de la trocha. «¡Era una taya!», explicó, pero Paipa y la mujer no dijeron nada y continuaron la marcha al pasitrote, taciturnos y cabizbajos, como si tal cosa. Fue a poco de allí… ¿cuánto tiempo sería? ¿Mucho, poco?… Eso en el monte nunca se sabe. Hay quienes dan vueltas dos horas en torno del mismo palo, sin encontrar el rumbo. Creen haber andado una legua y no han avanzado un paso. Fue a poco de aquel lugar, pues, cuando el viejo Paipa escuchó un chasquido a sus espaldas. No era de rama podrida que se quiebra y se desgaja del tronco, ni de mico que muerde algún corozo en la copa de un árbol, ni de pajarraco que se picotea las plumas de la cola. El chino Fidel se detuvo de golpe, volvió la cabeza, paró los ojos, escupió a lo lejos. «¡Es un disparo de pistola!», exclamó. «A yo se me pone que Pedro Palos despachó al indio Martín o sábelo Dios si a la señorita de Sogamoso, o a la criatura, y ahora alguno de ellos ya pasó al otro toldo». La mujer se había santiguado de prisa, para que la Virgen de Chiquinquirá los favoreciera, y el viejo se santiguó también. El chino Fidel les pidió que lo esperaran sin moverse de allí, mientras en dos saltos iba a ver qué pasaba y les traía instrucciones del jefe. Lo único claro había sido el disparo, tan confuso sin embargo entre los mil rumores y ruidos de la selva.

 

Esto era lo que recordaba, pero no decía, Andrés Paipa cuando le tomaban la declaración en la casa de teja de Pajarito, donde acampan los militares cuando pasan camino de Sogamoso. Sabía que hombres y truchas se pierden por la jeta. Comenzó jurándoles y perjurándoles que él era un pobre colono. Luchaba hasta con las uñas en ese parchecito de selva que había tumbado a la orilla de uno de los raudales que bajan del monte a engruesar las aguas del río Cusiana. Cuando por la trocha venía a Pajarito a que le fiaran unos terrones de sal, y una mano de plátanos, y una caja de fósforos, y unas velas, topó la partida de soldados escondidos detrás de unas matas. Mejor sería decir que fueron ellos quienes toparon de manos a boca con el Andrés Paipa. Y cuando dejaron de esculcarlo, amenazarlo y empujarlo como si en vez de un infeliz colono fuera uno de los bandidos que ellos andaban buscando, ¡Ave María Purísima!, les contó lo que ahora les repetía a los oficiales. Él no era uno de esos que andan por el monte jeringando al ejército y queriendo tumbar a tiros al Gobierno. Y tampoco tenía familia, no señor; ni siquiera mujer, pues ya estaba viejo para andar por aquellas soledades con esas impedimentas. El buey solo bien se lame, decían los antiguos. Que si cuando hubiera plantado la platanera y unas matas de yuca y una orillita de maíz, en Pajarito o en el Yoyal encontraba alguna india que quisiera irse con él para lavarle los trapos en el río y pilarle el maíz en el rancho, pues quién diría nada. Por ahora no se metía en honduras ni en camisa de once varas. Lo que sabía era lo mismito que les había dicho y el señor oficial rubricaba en esos papeles… Que cuando venía por la trocha, al pie de un mango por más señas, donde podían encontrar la carroña de una culebra si no se la habían tragado ya los chulos y las hormigas, le salió un muchacho vestido de militar, con una gorra en la cabeza. Él era respetuoso de los militares y sólo faltaría que no lo fuera, por lo cual se quedó plantado y le preguntó qué se le ofrecía. El mocito, porque lo era, le arrebató el bulto que llevaba a las espaldas, con unas hojas lisas y grandes que son muy apreciadas por los matarifes para envolver y refrescar la carne. Cuanto más que lo había encañonado con un revólver que hasta ametralladora sería, pues él no era muy ducho en esas cosas de bandidos y de militares. Le rapó el bulto, más una mochila que llevaba con unos trozos de panela, y hasta el cuchillito que le colgaba al cinto, pues bueno es andar con eso entre el monte donde uno se puede topar, sin saber a qué horas, con culebras, con fieras o con cristianos. ¡Ave María Purísima! ¿Qué cómo era el mocito? Pues ni tan alto como mi comandante ni tan bajito como mi mayor: regular, como es costumbre en aquellas tierras. No sabría decirles si era gordo como el mayor o langaruto como el comandante, pues el miedo le había turbado las vistas y no veía claro. Y el muchacho le dio un papel para que lo pusieran en manos de las autoridades del pueblo. ¿Qué si él no había conocido a Pedro Palos, que mandaba el papel? Si lo había visto cruzar dos veces por esas montañas, y para guarecerse de la lluvia en cierta ocasión posó en su rancho y pasó la noche. ¿Qué podía hacer él, aunque le había entrado la tentación de bajar a Pajarito a denunciarlo? El Pedro Palos lo había amenazado con pegarle fuego al rancho si llegaba a saberlo, y como esa montaña está llena de soplones, cualquiera se atrevería a contradecirlo. ¿Que si había leído lo que decía el papel? Cómo podría leerlo, si Andrés Paipa era analfabeto desde chiquito y no distinguía las letras una de otra; pero el chino guerrillero le contó que allí se hablaba del rescate que daban por una mujer llamada Margarita y por un indio llamado Martín, si los agarraban vivos o muertos. Andrés Paipa venía por esa platica, pero no para entregársela a los bandidos sino para él mismo…

 

Ágil como un mico, el chino Fidel había corrido por el camino de vuelta para averiguar lo sucedido en el claro del bosque, a la orilla del río. Como siempre que se presentaban problemas, y había encontrones con el ejército, o atacaban por sorpresa algún bus en la carretera, o se desplegaban en abanico para emprender la fuga, el chino Fidel se habría orinado en los calzones y le brillarían los ojos. Cuando se asomó al claro vio tendido en tierra a Pedro Palos. Al acercársele comprobó que tenía una herida en la nuca de un palmo de larga, que por dos dedos no le arranca de cuajo la cabeza. Al lado del caballo se encontraban Margarita y Martín, y éste limpiaba el machete en el anca del caballo. Una de las viejas que los acompañaban tenía al niño cargado en un brazo, y con la mano libre le espantaba los mosquitos que zumbaban enfurecidos. El chino Fidel reprimió un grito de horror, de indignación más bien, que pugnaba por reventar en la garganta. Levantó los ojos llenos de lágrimas para mirar a Martín, que seguía sacándole brillo al machete en el anca del caballo. Recordó a su padre muerto, destrozado por el estallido de una granada cuando los acorralaron unos soldados en su finquita del Tolima creyéndolos bandoleros. Y de veras, Pedro Palos a partir de entonces había sido como su padre. Lloraba de rabia el chino Fidel al comunicarle esto al viejo Paipa. Si hubiera tenido un arma, y no esa infeliz varita pelada que llevaba en la mano, lo habría matado. El indio ese despedía llamas por el ojo bueno, y la otra vista, la que tiene apagada, le brincaba sacudida por un tic nervioso, Pero Andrés Paipa le había dicho que según contaba el cura de su pueblo, quien matara a Caín —y aquel hombre había matado a su hermano— sería siete veces castigado. Y se santiguó siete veces. Además es cosa sabida que mala hierba no muere nunca. La señorita Margarita tenía una mejilla roja como el achiote y la otra blanca como de harina. Al verlo le dijo, con una voz opaca que parecía venir de muy lejos, que Pedro Palos había querido matar a Martín disparándole un tiro casi a boca de jarro. De milagro se desvió el disparo que ha podido alcanzarla a ella, o a la vieja, o al niño que ésta tenía en los brazos. Entonces, Martín había saltado sobre el Pedro palos y… ¡bueno!… Eso era lo que había pasado. ¡La purita verdad pa Dios!, contó el chino Fidel que había dicho la vieja. Y si la señorita no se le pone por delante y le tuerce la mano cuando salió el tiro, ¡Ave María Purísima! A la vieja le había pasado gurreando la bala. El jefe le dio a la señorita una bofetada que la tiró a tierra, y entonces Martín le saltó como un tigre cuando le volvió as espaldas y lo descabezó de un machetazo…

Cuando el chino Fidel, a quien le temblaban las piernas, preguntó al aire qué iban a hacer ahora sin jefe, con la voz dura y un poco ronca, Martín le respondió que en adelante y a quien no le diera la gana seguirlo, podía largarse. Eso lo escucharon los dos hombres y la mujer que habían pertenecido a la patrulla de Martín, y cuando el jefe les ordenó que se fueran sin esperarlo, resolvieron no alejarse mucho de allí y regresaron corriendo al escuchar el disparo. Sin jefe, aquellos hombres se sentían huérfanos. Al ver el cadáver volvieron grupas como venados, y huyeron monte arriba en busca del Doctorcito. Martín, con el chino Fidel, a quien le seguían temblando las piernas y ahora las manos, tiraron el cadáver al río. Martín se había ceñido el cinturón de Pedro Palos con su par de pistolas. Arrojó su sombrero al río y se caló la gorra de soldado que había sido del jefe. El chino Fidel reconocía que con la gorra de soldado y las pistolas al cinto, el indio Martín parecía más temible y más grande que Pedro Palos. Contempló un momento su machete con ese ojo de culebra que tiene, lo hizo voltear al sol para ver cómo le salían chispas y después lo lanzó lejos, a la mitad de la corriente.

Para encontrar un pretexto que le permitiera escapar de allí, el chino Fidel le preguntó a la señorita si debía llevarle algún recado al Andrés Paipa, que se había quedado esperándolo a la mitad del camino. Pero otra vez fue el Martín quien le contestó que corriera a contarle lo que había visto, y si quería regresara otra vez con la mujercita. En cuanto al viejo Paipa, convenía que llegara a Pajarito y entregara a las autoridades la propuesta sobre ampliación de la tregua y aumento del rescate a medio millón de pesos. Tenía que ocultar la muerte del Pedro Palos para cubrir la fuga de Martín y de los guerrilleros. Tenían, pues, varios días por delante; pero en lugar de seguir detrás de ese gigante tuerto, que había matado primero a su propio hermano y después al jefe, el chino daría un rodeo para evitar el claro del bosque y se juntaría con el Doctorcito, la Pacha y los demás compañeros más adelante. No tardaría en alcanzarlos, pues desde cuando se le rompieron las gafas, el Doctorcito veía turbio y tenía que andar muy despacio. Más vale malo conocido, que bueno por conocer, sentenció el viejo Paipa. Calculaba que los guerrilleros habrían de seguir en dirección del páramo del Almorzadero, y una vez en Santander procurarían bajar por el Opón a las selvas del Magdalena, donde operan los hombres de Tiro Fijo. Pero el viejo Paipa tenía otro plan, para el cual le convenía cumplir su comisión protegiendo así la fuga de los guerrilleros. Ya al despedirse, el chino Fidel le dijo que era muy raro que la señorita le hubiera salvado la vida dos veces al indio del Martín, si tanto lo odiaba. El viejo había escupido a lo lejos, se había sonado con dos dedos, había silbado bajito y con los labios en trompa, se había trepado los calzones a dos manos y al rato había dicho que las mujeres eran como Dios las hizo y con ellas nunca se sabía nada.

A Andrés Paipa los militares de Pajarito lo tenían acosado a preguntas; pero, cazurro y malicioso, se hacía el ingenuo tan perfectamente, mostraba su inocencia y su ignorancia con tantas veras, que hubiera engañado al propio Pedro Palos si éste no estuviera muerto a la sazón y pudiera oírlo. Y era que quería ganar tiempo, o mejor dicho, hacérselo perder a los militares para que mientras tanto sus antiguos camaradas pudieran huir y perderse en el monte. «¿Y cuántos hombres calculas tú que tenía ese bandido?», le preguntaban, y él ni corto ni perezoso, pero sí con voz tan lenta que se arrastraba como un carro de yunta, replicaba que había oído contar que pasaban de ciento. Y si porfiaban por averiguarle quién le había informado, los dejaba con dos palmos de narices al revelarles que quienes eso le dijeron fueron los soldados que lo capturaron por el camino cuando venía de su rancho a Pajarito, y después de matar la culebra. Con una sonrisa ladina que descubría un par de colmillos negros y desportillados, recordó que él no sabía leer, pero en cambio ellos habían leído delante de él lo que decía ese papel que el mayor ahora blandía en la mano, como si fuera un machete.

Mientras los oficiales salían a cambiar ideas a la pieza vecina, el viejo Andrés Paipa se acurrucó en el suelo, cerró los ojos como una iguana y ni respiraba siquiera. El sombrero calado hasta las cejas, las manos sobre las rodillas, nudosas como bejucos, el hombrecito parecía incapaz de matar una mosca. Estaba pensando en cómo el Pedro Palos, tan bravo y tan astuto, se había dejado matar así no más por ese indio Martín que era un vulgar asesino. Pedro Palos se había quedado solo en el descampado de la orilla del río con el Martín, la señorita y una de esas mujeres que los acompañaban. El recién nacido no contaba. Eran tres frente a uno, pero sin la mujer, que como todos ellos no se atrevía ni a levantar un dedo contra Pedro Palos, sólo quedaban dos: Martín y Margarita. Ésta, débil, delgada, finita, recién parida, no era enemigo. Y el Martín apenas tenía un machete a la cintura, aunque con ése, ¡Virgen Santísima! — y el viejo se santiguó tres veces y luego se besó la punta de los dedos que le supieron a sal y a mugre —, el hombre había despedazado a su propio hermano.

En la pieza contigua, cuya puerta permanecía entreabierta, los comandantes hablaban demasiado aprisa como para que el viejo Paipa pudiera entenderlos. Sin embargo, algo pescaba en el aire, cuando dejó de pensar en aquellas cosas que le había contado el chino Fidel, y se puso a escuchar con una mano gruesa y sarmentosa puesta de bocina ante la oreja. Los oficiales dudaban de si la entrega de Margarita en Villavicencio y no en Pajarito, y la ampliación de la tregua, y la petición de aumento en el rescate, serían una treta de esos bandidos. En caso de que lo fuera, convenía hacer una de dos cosas, decía el comandante en el cuarto vecino: primera, enviar una comisión con el viejo Paipa para inspeccionar toda la región montañosa donde éste decía vivir. O segunda, que el mayor Cancino se remontara otra vez en el helicóptero y comprobara desde el aire si las guerrillas se encontraban todavía en esas tierras, caso en el cual estaban obrando de buena fe y no convenía acosárseles durante algún tiempo, mientras se cumplía la tregua. En todo caso había que esperar instrucciones de Sogamoso, pues aún no se sabía qué pensaba don Polo Rodríguez sobre el medio millón de pesos. El oficial gordo y colorado, que fumaba como una chimenea y resoplaba como un bus al trepar la cuesta del páramo, se restregaba las manos hasta descoyuntárselas. Repetía una y otra vez que él había visto, con esos ojos chiquitos y turbios que tenía, a la señorita Margarita esa misma mañana. La vio saltar y agitar los brazos en el descampado, a la orilla del río, y tuvo una alegría tan grande que todavía le duraba. Al menos se sabía que esa pobre niña todavía estaba viva. Fue cuando Paipa oyó que otro oficial entró en la pieza vecina a decir que comunicaban de Sogamoso que el senador Rodríguez estaba dispuesto a dar el medio millón de pesos a los bandidos por Margarita y el niño. La voz de quien debía ser el mayor dijo entonces que si el comandante no disponía otra cosa, él saldría de madrugada en el helicóptero para arrojarles a los bandoleros un papel aceptándoles la contrapropuesta.

El comandante entró como un vendaval en la pieza onde Andrés Paipa, acurrucado, con las manos cruzadas hora sobre las rodillas, rumiaba unos granos de maíz tostado y aquella idea que ya no le cabía en el cuerpo. Al ver al comandante se levantó, elástico como un resorte, y on esa voz lenta y a veces tremolante que tenía, le dijo:

—¿No le había contado a sumercé que el indio Martín mató a Pedro Palos de un machetazo? Si mañana lo llevo los lugares por donde yo calculo que anda el indio ese, ¿me dará alguna cosita del rescate?

—¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo dijo?

El viejo veía por la ventana que el sol ya naufragaba en la marea de crestas y montañas de la cordillera, y él sabía que de noche los militares no podrían perseguir a los guerrilleros.

El comandante le dijo que le haría entrega de cien mil pesos si le ayudaba a descubrir al Martín, pues el resto sería para sus soldados, más de cincuenta, que intervenían en la operación. Al viejo ese — debía tratarse del senador Rodríguez — le haría escupir ese dinero de todos modos. Andrés Paipa declaró entonces que para qué iba a seguir diciendo mentiras con esa promesa, y se aclaró a garganta escupiendo a lo lejos. Él andaba con ellos, con los bandidos, pero no por su voluntad sino porque lo reclutaron a juro y a la fuerza hacía unos quince días, cuando apareció el Martín en esas montañas. Los conocía a todos. Podía decirle que al indio ese del Martín Rodríguez no había uno que no lo odiara, y por lo bajo lo mentaban Caín. Lo abandonaron cuando mató al Pedro Palos y el Andrés Paipa en la confusión que se armó pudo largarse. Ahora el Martín debía andar sólo por el monte, con la señorita y con la criatura, pero Andrés Paipa sabía que lo estaría esperando en alguna parte por si pintaba lo del rescate. Si el comandante le entregaba la platica por ese servicio, y le prometía dejarlo libre, pues al fin y al cabo él no era sino una pobre víctima de esos miserables… El comandante empeñó otra vez su palabra. Sin que se lo preguntara, Andrés Paipa le contó que con ese dinero cogería camino para el valle de Saboyá, y allá mercaría una tierrita que él conocía, y construiría un rancho en la loma con sus propias manos, y llevaría unos bueyes y unas ovejas, y plantaría trigo o cebada en la planada, y los domingos iría a Chiquinquirá a ponerle una vela a la Virgen y a platicar con los chalanes de la región que llegan a vender caballos. El comandante quería concretarlo un poco más, por lo cual Paipa dijo que según pensaba, el Martín trataría de buscar la frontera con Venezuela para esconderse del otro lado, pero allí no podría llegar antes de quince o de veinte días. Hay mucha tierra entre el Cusiana y el Arauca. ¿Y por qué no le había dicho eso hace unas horas, sino que había esperado a que fuera noche cerrada, cuando ya nada se podía hacer para perseguirlos? Eso por una razón que el comandante, un militar y no un pobre hombrecito como el Andrés Paipa, tal vez al pronto no comprendía. El Andrés Paipa, que era buen cristiano, quería darles tiempo a esas gentes para que escaparan. Quería que el Martín se quedara solo, cercado por el ejército. Él también lo odiaba por aquello de que no es bueno matar a su propio hermano. El comandante le dijo entonces que también era malo no comunicarle al ejército lo que sabía desde hacía tanto tiempo. Pero Andrés Paipa replicó que andando con los bandidos durante quince días por esas montañas, ¿cómo iba a hacer para comunicárselo?

Poco después de aquella madrugada llegó al comando un hombrecito a contar que se hallaba pescando casi en la desembocadura del afluente en el río Cusiana, cuando vio bajar un cadáver y un sombrero de fieltro que el agua tiró sobre el playón, donde él recogía los animalitos en una cesta. Y una hora más tarde los soldados, que con el mayor Cancino a la cabeza, fueron a ver lo que pasaba, contaron delante de Andrés Paipa que al levantar el cadáver con mucho trabajo, pues estaba medio comido por los peces y olía a diablos, se le desprendió la cabeza del cuerpo. La tenía cercenada de un machetazo. Y requerido por el comandante, y el mayor, y el alcalde, el viejo Paipa lo examinó de lejos, tapándose las narices con dos dedos, pues apestaba, y al ver aquel rostro lívido, barbudo, que enseñaba los dientes y tenía los ojos entreabiertos, exclamó:

—Es físico el Pedro Palos que yo conocí en el monte, ¡alma bendita!

Y se santiguó a toda prisa. Los oficiales se miraron entre sí y ambos debieron pensar, a un tiempo, que en realidad el viejo Paipa no decía mentiras.

Mujeres que llevaban múcuras a la cabeza o grandes cestas de paja con ropa que iban a lavar al río; el chófer y el ayudante de un bus destartalado que esperaba a los pasajeros para coger camino; unos marchantes que armaban mesas y cobertizos para exponer su mercancía en una esquina de la plaza; los chinos de la escuela y tres o cuatro viejas que salían de la iglesia, se acercaron a contemplar el cadáver. Media hora después, el comandante volaba en el helicóptero sobre la región, y por tierra una patrulla al mando del mayor Cancino y guiada por Andrés Paipa se internaba a lo largo del desecho que lleva al afluente del río Cusiana.

OceanofPDF.com