Ceguera Asesina

Robin Cook · Capítulo 2 de 4 · parte 10/12

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Ceguera Asesina

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

Todo ello había sucedido en un abrir y cerrar de ojos, y para cuando Laurie fue capaz de responder, el miedo se había transformado en ira.

–¡Lou! – exclamó-. ¿Por qué ha hecho esto?

–¿La he asustado? – preguntó tímidamente Lou.

Veía que el rostro de ella se había puesto lívido. A Lou le resonaba aún el grito en los oídos.

–¿Asustado? – chilló Laurie-. Terror es lo que he sentido. Y no me gusta que me den esos sustos. No vuelva a hacerlo nunca.

–Lo siento -dijo Lou con pesar-. Supongo que ha sido una chiquillada.

Pero es que este sitio me crispa los nervios.

–Podría aplastarle las narices ahora mismo -dijo ella, blandiendo el puño cerrado delante de la cara de él.

Su ira se había aplacado ya, sobre todo al oír las disculpas de Lou y su aparente remordimiento. Laurie rodeó su escritorio y se derrumbó en la silla-. ¿Se puede saber qué hace aquí a estas horas?

–Literalmente, pasaba por aquí -dijo Lou-. Quería hablar con usted, así que aparqué en la rampa de carga del depósito esperando encontrarla aquí.

Realmente no tenía muchas esperanzas, pero el tipo de abajo me ha dicho que acababa de estar en su despacho.

–¿De qué quería hablar conmigo?

–De su novio, Jordan-dijo Lou.

–Que no es mi novio… -le espetó Laurie-. Si insiste en llamarle así, acabará por disgustarme.

–¿Dónde está el problema? – preguntó Lou-. A mí me parece un término relativamente exacto. Sale con él todas las noches, ¿o no?

–Mi vida social es solo asunto mío -dijo Laurie-. Pero para su información, sepa que no "salgo" con él todas las noches. Queda claro que no voy a salir esta noche.

–Bueno, tres de cuatro no está mal -dijo Lou-. Pero mire, vamos al grano: quería que supiera que he hablado con Jordan acerca de esos pacientes suyos que han liquidado profesionalmente.

–¿Y qué ha dicho él? – preguntó Laurie.

–Poca cosa. Se ha negado a hablar en concreto de ninguno de sus pacientes.

–Bravo por él.

–Pero más importante que sus palabras ha sido su actitud. Estaba realmente nervioso mientras hablaba conmigo. No sé qué pensar de todo esto.

–No habrá pensado que está metido en esos asesinatos de un modo u otro, ¿verdad?

–No -dijo Lou-. Que se aproveche de que no ven ni torta, y no va en broma, vale, pero matarlos, no. Sería como matar a la gallina de los huevos de oro. Ahora, eso sí, estaba pero que muy nervioso. Algo le ronda por la cabeza. Creo que sabe algo.

–Yo creo que tiene motivos de sobra para estar nervioso -dijo Laurie-.

¿Le ha dicho que Cerino le amenazó?

–Pues no -dijo Lou-. ¿De qué forma lo hizo Cerino?

–Jordan no llegó a decirlo, pero si Cerino es la clase de individuo que usted dice que es, ya se puede imaginar.

Lou asintió.

–Me pregunto por qué se lo callaría Jordan.

–Probablemente no cree que usted pueda protegerle. ¿Podría usted?

–Probablemente no -dijo Lou-. O no para siempre. A alguien de tanta categoría como Jordan Scheffield, no.

–¿Se ha enterado de algo útil hablando con él? – preguntó Laurie.

–Lo que sí supe es que las víctimas no tenían el mismo diagnóstico -dijo Lou-. Al menos, esas fueron sus palabras. Es que se me había ocurrido una idea de bombero. Supe también que no tienen otra relación clara con Jordan Scheffield aparte de ser pacientes suyos. Le he preguntado de todas las maneras que he podido. O sea que, por desgracia, no me he enterado de mucho.

–¿Qué piensa hacer ahora?

–¡Esperar! – dijo Lou-. Aparte, haré que mis equipos de investigación indaguen los diagnósticos de cada uno. Es posible que de ahí saquemos alguna cosa. Ha de haber algo en todo este asunto que se me escapa.

–Es lo que me pasa a mí con las sobredosis -dijo Laurie.

–A propósito -dijo Lou-. ¿Qué hace aquí tan tarde?

–Confiaba en terminar parte de mi trabajo. Pero con este pulso tan acelerado, gracias a sus bromitas, sería mejor que me llevara los papeles a casa y lo intentara allí.

–¿Vamos a cenar? – preguntó Lou-. ¿Le apetece venir conmigo a Little Italy? ¿Le gusta la pasta?

–Me encanta.

–¿Qué responde entonces? – preguntó Lou-. Ya me ha dicho que no va a salir con el bueno del doctor, y esa es su excusa preferida.

–Qué obstinado…

–Pues claro, soy italiano.

Laurie se hallaba en el Capride rumbo a la ciudad. No sabía si era buena idea ir a cenar con aquel hombre, pero lo cierto es que no se le había ocurrido una razón para no hacerlo. Y a pesar de que él se había mostrado bastante grosero en ocasiones anteriores, ahora parecía de lo más encantador mientras le deleitaba con historias acerca de su infancia en Queens.

Aunque Laurie se había criado en Manhattan, no había estado nunca en Little Italy. Mientras recorrían Mulberry Street en el coche de Lou, ella disfrutaba como nunca de aquel ambiente. Había multitud de restaurantes y la gente paseaba por las calles en tropel. Como la propia Italia, el lugar parecía rebosante de vida.

–Es italiano, no hay duda -dijo Laurie.

–Lo parece, ¿verdad? – dijo él-. Pero le contaré un secretito. La mayor parte de la propiedad inmueble está en manos de chinos.

–Qué raro -dijo Laurie, un poco decepcionada aunque sin saber por qué.

–Esto había sido un barrio italiano -dijo Lou-, pero casi todos los italianos se mudaron a la periferia, a barrios como Queens. Y los chinos con olfato para los negocios vinieron y lo compraron todo.

Dejaron el coche en una zona de aparcamiento restringido. Laurie indicó la señal con el dedo.

–¡Por favor! – dijo Lou, colocando una tarjetita junto al volante, en el tablero-. De vez en cuando tengo derecho a aprovecharme de ser parte de la flor y nata de Nueva York.

Lou la llevó por una calle estrecha hasta un restaurante poco visible.

–No tiene ni nombre -dijo Laurie al entrar.

–No lo necesita.

El interior era una mezcla muy kitsch de manteles a cuadros rojos y blancos y espalderas con hiedra artificial y parras de plástico. Una vela metida en un jarroncito con la cera derramándose por los lados servía para alumbrar las mesas. De las paredes colgaban unos cuantos cuadros horteras de Venecia. Había una treintena de mesas chocando casi unas con otras en la angosta sala; todas parecían ocupadas. Los camareros se daban prisa en atender a la exigente clientela. Todo el mundo parecía conocerse por el nombre de pila. Un murmullo de voces planeaba por el restaurante, y el ambiente estaba impregnado del olor suculento y apetitoso a especias y hierbas aromáticas.

Laurie descubrió de pronto que tenía mucha hambre. – Creo que deberíamos haber reservado una mesa -dijo.

Lou le indicó por gestos que tuviera paciencia. Pocos minutos después una mujer muy gorda y muy italiana vino a darle a Lou un envolvente abrazo. Él se la presentó a Laurie. Se llamaba Marie.

Como por arte de magia, apareció una mesa libre y Marie hizo que Laurie y Lou tomaran asiento.

–Me da la impresión de que aquí es bastante conocido -dijo Laurie.

–Con la de veces que he comido aquí, no me extraña. He conseguido que uno de sus chavales vaya a la escuela superior.

Para disgusto de Laurie no había menú. Tuvo que oír los platos del día de voz de un camarero que los recitaba con un marcado acento italiano.

Pero tan pronto este hubo terminado su impresionante letanía, Lou se inclinó para animarla a escoger ravioli o manicotti. Laurie optó rápidamente por los ravioli.

Con la cena encargada y una botella de vino blanco sobre la mesa, Lou decepcionó a Laurie al encender un cigarrillo.

–¿Y si llegamos a un acuerdo? – dijo Laurie-. Podría usted fumar solo uno…

–Por mí de acuerdo.

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Después de beber un vaso de vino, Laurie empezó a tomarle gusto al caótico ambiente del lugar. Cuando llegaron los platos, apareció también el chef y dueño del local, Giuseppe, a presentar sus respetos.

A Laurie le pareció una cena maravillosa. Tras las últimas noches en sitios tan formales, este animado restaurante era un alivio que agradecía.

Todos parecían conocer y querer a Lou, quien fue objeto de numerosas bromas bienintencionadas por haber traído a Laurie consigo: al parecer solía cenar a solas.

Para postre, Lou insistió en que salieran a dar una vuelta hasta una cafetería de estilo italiano donde servían descafeinado exprés con gelato.

Sentados frente a sendos cafés con helado, Laurie miró a Lou y le dijo:

–Lou, quiero preguntarle una cosa.

–Oh, oh -dijo Lou-. Esperaba que podríamos evitar cualquier tema potencialmente penoso. Haga el favor de no pedirme otra vez que vaya a los de narcóticos.

–Solamente quiero su opinión.

–De acuerdo -dijo Lou-. Eso ya no me alarma tanto. Adelante, diga.

–No quiero que se ría de mí, ¿vale? – dijo Laurie.

–Esto se pone interesante.

–No hay ninguna razón perentoria para que haya pensado en esto -dijo Laurie-. Solo algunas cositas que me molestan.

–Puede pasarse toda la noche si continúa a este paso -dijo Lou.

–Se trata de mi serie de casos de sobredosis -dijo Laurie-. Quiero saber cuál sería su opinión si le digo que fueron homicidios y no sobredosis por accidente.

–Siga -dijo Lou.

Sin pensarlo, cogió otro cigarrillo y lo encendió. – Llegó un caso de una mujer que había muerto de repente en el hospital -dijo Laurie-. Tenía múltiples dolencias cardíacas. Pero mirándola de cerca y examinándola con detenimiento, era difícil quitarse de la cabeza la idea de que la habían asfixiado. El caso ha sido firmado como "natural" principalmente por los otros detalles, dónde se encontraba la víctima, el hecho de que fuera obesa y su historial de enfermedades cardíacas. Pero si esa señora hubiera sido hallada en cualquier otra parte, podría haberse considerado homicidio.

–¿Qué relación tiene esto con sus sobredosis? – preguntó Lou.

Se inclinó sobre la mesa, el cigarrillo metido en la comisura de los labios. El humo le hacía entrecerrar los ojos. – He empezado a pensar en

mis casos a la misma luz. Dejando aparte el hecho de que a estas personas las encontraran solas en sus casas con una jeringa al lado, es difícil no ver asesinatos en ese contexto. Pero ¿y si la cocaína no se la administraron ellos?

–¡Caray! Eso sí que cambiaría las cosas -dijo Lou. Se retrepó en la silla y se sacó el cigarrillo de la boca-. Es cierto; se han cometido homicidios con drogas. De eso no hay duda. Aunque el motivo suele ser más patente: robo, sexo, herencias… Muchos camellos de pacotilla han muerto así a manos de sus clientes descontentos. Esa serie de casos suyos no encaja en este molde. Yo creía que la razón de que esos casos sean tan sorprendentes es el hecho de que todos los fallecidos eran al parecer ciudadanos de pro sin historia de drogadicción ni problemas con la justicia.

–Eso es verdad -admitió Laurie.

–¿Quiere decir que piensa que a estos yuppies les forzaron a pincharse cocaína? Laurie, bájese de la nube. Habiendo drogadictos que están dispuestos a pagar lo que haga falta y más, ¿qué sentido tendría ponerse a emprender una cruzada personal para librar a la ciudad de la flor y nata de su ciudadanía? ¿Qué saldrían ganando? ¿No es más probable que esas personas fueran realmente consumidores de droga a escondidas y quién sabe si también traficantes?

–Yo no lo creo-dijo Laurie.

–Además -prosiguió Lou-, ¿no me dijo que en vez de esnifarla se la inyectaban?

–Así es.

–Bien, ¿cómo puede uno pinchar a nadie si este no coopera? Mire, en los hospitales las enfermeras tienen que sudar lo suyo para pinchar a los enfermos, ¿no? ¿Va a decirme que una víctima que trata de negarse a que la inyecten puede ser pinchada en contra de su voluntad? ¿Cómo se come eso?

Laurie cerró los ojos. Lou había tropezado con el punto más débil de su teoría del homicidio.

–Si fueron inyectados en contra de su voluntad, habría señales de lucha.

¿Las ha habido?

–No -confesó Laurie-. Me parece que no, al menos. De pronto, recordó la estatua destrozada en el apartamento de Julia.

–Solo hay otra forma en que se me ocurre que pudiera suceder, y es si las víctimas hubieran sido drogadas a más no poder con algún tipo de cóctel narcótico. Corríjame si me equivoco, pero de ser así los del servicio de

inspección médica habrían encontrado una droga como esa si la hubiera habido, ¿no es cierto?

–Tiene toda la razón-concedió Laurie.

–Todo aclarado, pues -dijo Lou-. No puedo culparla por pensar en la hipótesis del homicidio, pero creo que como posibilidad es totalmente remota.

–Hay otros hechos que han suscitado mis sospechas -insistió Laurie-.

Hoy he ido al apartamento de uno de los casos más recientes y el portero me ha dicho que la noche en que murió la mujer se presentó con dos hombres que él no había visto nunca.

–Laurie, no me diga que solo porque una mujer llega a casa con dos hombres a los que el portero no reconoce se puede engendrar tamaña teoría conspiratoria. Por favor…

–¡Está bien! ¡Vale! – dijo Laurie-. No se ponga así. ¿No le gusta que hable del asunto? Lo que pasa es que todo esto me preocupa y me molesta como si fuera un dolor de muelas intelectual.

–¿Qué más? – preguntó Lou pacientemente.

–En dos de los casos, la víctima telefoneó al novio o la novia respectivos aproximadamente una hora antes, pidiendo que fueran a su casa.

–¿Y…? – dijo Lou.

–Y nada. Es todo. Solo que pensé que era curioso que unas personas que supuestamente estaban ocultando su adicción invitasen a sus parejas no drogadictas si tenían intención de pasar una noche de orgía cocaínica.

–Esas personas podían haber llamado por mil y una razones distintas.

No creo que en ninguno de los dos casos tuvieran la menor idea de que su viaje iba a terminar como lo hizo. Si acaso, no hace sino confirmar la idea de que se administraron la droga ellos mismos. Seguramente creían en el mito de los poderes afrodisíacos de la coca y querían que sus respectivas parejas estuvieran presentes en el momento del apogeo.

–Pensará usted que soy una imbécil -dijo Laurie.

–En absoluto -insistió Lou-. Está bien ser suspicaz, sobre todo en su profesión.

–Gracias por escucharme. Le agradezco su paciencia.

–Es un placer -dijo Lou-. No dude en consultarme lo que sea, siempre que lo desee.

–Bien, me ha encantado la cena -dijo Laurie-, pero ya es hora de que vaya pensando en volver a casa. Aún tengo que cumplir mi promesa de

trabajar un poco.

–Si le ha gustado este restaurante -dijo Lou-, me encantaría llevarla a uno que hay en Queens. Está en pleno barrio italiano. Auténtica cocina del norte de Italia. ¿Qué le parece mañana?

–Gracias por la invitación -dijo Laurie-. Pero tengo planes para mañana por la noche.

–Oh, claro -dijo Lou con sarcasmo-. Mira que olvidarme del doctor Limu…

–¡Por favor, Lou! – dijo Laurie.

–Vamos -dijo Lou, retirando su silla-. La llevaré a su casa. Si soporta usted mi humilde y destartalado Caprice… Laurie hizo rodar los ojos.

Franco Ponti aparcó su Cadillac negro delante del restaurante Neapolitan de Corona Avenue, más arriba del Vesubio, y bajó del vehículo.

El mozo le reconoció y al momento le aseguró que su coche quedaba en buenas manos. Franco le dio un billete de diez dólares y cruzó la puerta.

A esa hora del viernes por la noche, el restaurante estaba en plena actividad. Un acordeonista iba de mesa en mesa dando una serenata a los clientes. Una atmósfera de jovialidad puntuaba, entre risas y alboroto, la noche. Franco se detuvo un momento al traspasar la cortina de terciopelo rojo que separaba el vestíbulo del comedor. Enseguida divisó a Vinnie Dominick, Freddie Capuso y Richie Herns en uno de los reservados en compañía de un par de rollizas minifalderas.

Franco fue directamente hacia la mesa. Vinnie, al verle, dio unas palmaditas a las chicas y les dijo que fueran a empolvarse la nariz. En cuanto se fueron, Ponti se sentó.

–¿Quieres beber algo? – preguntó Vinnie.

–Me iría bien un poco de vino -dijo Franco.

Vinnie chasqueó los dedos. Al instante apareció un camarero esperando órdenes. Con la misma rapidez, el camarero volvió con la copa. Vinnie le sirvió a Franco un poco de vino de la botella que había sobre la mesa.

–¿Has conseguido algo para mí? – preguntó Vinnie. Franco tomó un sorbo y giró la botella para mirar la etiqueta.

–Angelo Facciolo y Tony Ruggerio están ahora con Cerino. O sea que no están ocupados. Pero anoche no pararon. No sé lo que hicieron a última hora de la tarde porque los perdí de vista, pero después de comer una pizza a eso de medianoche les volví a cazar, y la verdad es que no estuvieron un momento quietos. ¿Has leído lo de esos asesinatos en Manhattan?

–¿Quieres decir ese pez gordo de la banca y el tipo de la casa de subastas? – preguntó Vinnie.

–Los mismos -dijo Franco-. Angelo y Tony hicieron los dos trabajos.

Fue una chapuza. Por poco les echan el guante las dos veces. Hasta yo tuve que cuidarme de que no me detuvieran por preguntar, sobre todo en el caso del banquero. Estaba aparcado delante de la casa cuando llegó la poli.

–¿Para qué coño los liquidaron? – dijo Vinnie.

Se le había puesto la cara colorada y sus ojos empezaban a salírsele de las órbitas.

–Aún no lo sé -dijo Franco.

–¡La poli está cada día más nerviosa! – bramó Vinnie-. Y en cuantos más líos intervienen, peor para el negocio. Hemos tenido que cerrar provisionalmente la mayor parte de nuestros garitos. – Vinnie traspasó a Franco con la mirada-. Tienes que averiguar qué está pasando.

–He lanzado varios cables-dijo Franco-. Preguntaré por ahí mientras sigo a Angelo y Tony. Alguien tiene que saberlo.

–No puedo quedarme sentado mientras lo echan todo a perder -dijo Vinnie-. He de hacer algo.

–Dame un par de días más -dijo Franco-. Si no consigo nada, puedo librarme de esos dos.

–Pero eso significaría la guerra -observó Vinnie-. No estoy seguro de estar preparado para eso. El negocio se resentiría aún más.

–¿Sabe una cosa, Doc? – dijo Cerino-. Ha sido mejor de lo que creía. La verdad es que estaba preocupado, pero no he notado nada de nada. ¿Cómo ha ido la operación?

–De maravilla -dijo Jordan. Sostenía una linterna de bolsillo con la que iluminaba el ojo que acababa de intervenir-. Y ahora tiene muy buen aspecto. La córnea es transparente como el agua y la cámara se ve perfectamente.

–Si usted está contento, yo también -dijo Cerino.

Cerino estaba en una de las habitaciones privadas del ala Goldblatt del Manhattan General Hospital. Jordan estaba realizando sus últimas rondas postoperatorias, pues había concluido el último de sus trasplantes de córnea solo media hora antes. En ese día solo había hecho cuatro. Angelo estaba apoyado en la pared del fondo. En una butaca junto a la puerta del baño, Tony dormía a pierna suelta.

–Lo que haremos es esperar unos días a que el ojo se recupere -dijo Jordan enderezándose-. Si todo va bien, y estoy seguro de que será así -

añadió rápidamente-, operaremos el otro ojo. Quedará usted como nuevo.

–¿Significa que también voy a tener que esperar para la otra operación?

– quiso saber Cerino-. Eso no me lo había dicho. Cuando empezamos solo me dijo que tendría que esperar para la primera.

–Relájese -ordenó Jordan-. Procure que no le suba la presión sanguínea.

Conviene dar un poco de tiempo entre ambas operaciones a fin de que su ojo pueda recuperarse antes de que empiece a trabajar en el otro. Y al paso que hemos ido hoy, no creo que haya de esperar mucho.

–No me gusta que los médicos den sorpresas -le advirtió Cerino-. No entiendo a qué viene ese segundo período de espera. ¿Está seguro de que el ojo que me ha operado funciona bien?

–Magníficamente -le aseguró Jordan-. Nadie podría haberlo hecho mejor, créame.

–Si no le creyera no estaría aquí tumbado -dijo Cerino-. Pero si todo ha ido tan bien y si he de esperar unos días más, qué pinto yo en esta habitación tan deprimente. Quiero irme a casa.

–Es mejor que se quede. Necesita medicación para el ojo. Si se presentara alguna infección…

–Cualquiera puede ponerme un par de gotas en el ojo -dijo Paul-. Mi esposa Gloria se las apaña muy bien desde que pasó todo esto. ¡Quiero salir de aquí!

–Si está decidido a irse, no puedo retenerle -dijo Jordan, nervioso-. Pero al menos haga todo lo posible por descansar y estarse quieto.

Tres cuartos de hora más tarde un celador llevaba a Cerino en silla de ruedas hasta el coche de Angelo. Tony había dejado ya el sedán negro junto al bordillo, frente a la entrada del hospital. Tenía el motor en marcha.

Cerino había pagado en efectivo la factura del hospital, cosa que había sorprendido a la cajera que estaba de turno. Al chasquido de los dedos del jefe, Angelo había sacado varios billetes de cien dólares de un fajo grande que llevaba en el bolsillo hasta sobrepasar el total de la cuenta.

–Quita esas manos -dijo Cerino viendo que Angelo trataba de ayudarle a bajarse de la silla de ruedas cuando llegaron al coche y el celador accionó los frenos-. Puedo hacerlo solo. ¿Te crees que soy un inválido?

Cerino consiguió ponerse recto y osciló unos instantes al apoyar su considerable mole sobre sus dos piernas. Iba vestido de calle. Sobre el ojo

operado tenía un refuerzo metálico en el que se habían practicado numerosos agujeritos.

Lentamente, Cerino logró situarse en el asiento del acompañante y dejó que Angelo le cerrase la portezuela. Angelo ocupó el asiento trasero. Tony arrancó, pero al llegar a la calzada calculó mal el bordillo. El coche dio un bote.

–¡Me cago en diez! – aulló Cerino.

Tony se encogió sobre el volante.

Pasaron por Midtown Tunnel para coger el Long Island Expressway.

Cerino empezaba a mostrarse más comunicativo.

–Sabéis una cosa, chicos -dijo, radiante-. ¡Me encuentro perfectamente!

Por fin, tantas preocupaciones y tantos planes… Como le he dicho al doctor, no ha sido ni la mitad de lo que me esperaba. Claro que el primer pinchazo sí que lo he notado.

Angelo reculó en su asiento. Desde el primer momento se había mostrado muy reacio a tener que entrar en el quirófano. Cuando vio que Jordan apuntaba al rostro de Cerino con aquella aguja descomunal, justo debajo del ojo, por poco se desmaya. Angelo odiaba las agujas.

–Pero después del pinchazo -prosiguió Cerino- no he sentido nada.

Incluso me he dormido. Increíble, ¿no? Increíble. ¿Verdad, Tony?

–Sí, increíble -dijo Tony nerviosamente.

–Cuando hube despertado se había acabado todo -dijo Cerino-. Puede que Jordan sea un estúpido, pero como cirujano es cojonudo. ¿Y sabes una cosa? Creo que es listo. Sé que es un tipo práctico. Sé que podríamos hacer negocios, él y yo. ¿Tú qué opinas, Angelo?

–Es una idea interesante -dijo Angelo sin entusiasmo.

7.45, sábado, Manhattan

Como era sábado, Laurie no había puesto el despertador. Pero igualmente se despertó antes de las ocho, nuevamente preocupada por esa pesadilla con Shelly. Laurie se preguntaba de una forma vaga si serviría de algo acudir a un especialista.

Aunque no estaba de retén, Laurie había decidido acercarse al trabajo. A despecho de sus intenciones, su empeño por adelantar el trabajo pendiente la noche anterior después que Lou la dejase en casa no había fructificado.

El vino y el trabajo eran una mala combinación para ella.

Al salir de su casa, Laurie se sorprendió de ver que hacía un tonificante día de otoño. El sol había adoptado ya su típico aspecto invernal, pero el

cielo estaba despejado y la temperatura era agradable. Por ser sábado, la circulación rodada y sus humos correspondientes eran mínimos en la Primera Avenida. Laurie disfrutó de su paseo hasta la Calle 30.

En cuanto llegó al trabajo, Laurie fue directamente a la oficina de Identificación para ver cuáles eran los casos del día. Respiró al comprobar que no había nuevos candidatos a engrosar su serie de sobredosis. El programa constaba de los clásicos homicidios y accidentes del viernes por la noche que reflejaban una dosis normal de asesinato y caos en la Gran Manzana.

Acto seguido, Laurie se dirigió al laboratorio de Toxicología. Le consoló no tener que rehuir a John DeVries. Seguro que no estaría, siendo sábado. Se alegró de encontrar al trabajador Peter en su lugar habitual delante del cromatógrafo de gases más nuevo.

–Nada que añadir con respecto al contaminante -le dijo Peter-, pero con esa nueva muestra que conseguí ayer, puede que tengamos suerte.

–¿Qué clase de muestra? – preguntó Laurie-. ¿Sangre?

–No -dijo Peter-, cocaína pura extraída del intestino.

–¿Del intestino de quién?

Peter comprobó la etiqueta que tenía delante.

–De Wendell Morrison. Uno de los casos que hizo ayer Fontworth.

–¿Y cómo consiguió una muestra del intestino? – preguntó Laurie.

–En eso no puedo ayudarla -dijo Peter-. No tengo ni idea de cómo lo hizo, pero la cantidad que me dio facilita mucho el trabajo.

–Me alegro -dijo Laurie, perpleja por esta inesperada noticia-. Avíseme si encuentra algo.

Laurie salió del laboratorio y se fue al despacho. Después de buscar su número en el directorio de la casa, telefoneó a George Fontworth a su domicilio particular. George contestó a la segunda; Laurie se tranquilizó al saber que no le había despertado.

–No me digas que estás en el trabajo -dijo él cuando supo quién le llamaba.

–¿Qué le voy a hacer? – dijo Laurie.

–Ni siquiera te toca retén -dijo George-. No trabajes tanto. Nos vas a hacer quedar mal a todos.

–Seguro. – Laurie se rió-. Por aquí no hay ni un alma a quien pueda impresionar. Ya sabes lo que te dijo Calvin ayer: ni cruzar una palabra conmigo.

–Fue una gran estupidez -concedió George-. ¿Qué te cuentas?

–Estoy intrigada por el primer caso que hiciste ayer, Wendell Morrison.

–¿Qué es lo que quieres saber? – preguntó George.

–Me han dicho en Toxicología que les habías dado una Muestra de cocaína del intestino del muerto. ¿Cómo la obtuviste?

–El doctor Morrison tomó la droga por vía oral -dijo George.

–Creí que habías dicho que los dos se la inyectaron-comentó Laurie.

–Solo el segundo caso -dijo George-. Cuando me preguntaste por el modo de administración, yo pensé que solo te referías al segundo.

–Todos mis casos tomaron la droga por vía intravenosa, pero uno de los de Dick Katzenburg la ingirió por vía oral después de intentarlo por vía intravenosa.

–Lo mismo que el doctor Morrison -dijo George-. Sus fosas cubitales parecían acericos. El tipo estaba gordo y tenía las venas gruesas, pero tratándose de un médico cabía pensar que sería más mañoso con la punción.

–¿Seguía habiendo mucha cocaína en el intestino? – Para parar un tren -

dijo George-. Hay que ver lo que se comió ese tipo. Parte del intestino estaba infartado allí donde la cocaína había cortado el suministro de sangre.

Fue como ocurre a veces al pasar la cocaína: al camello se le rompe el condón donde la tiene escondida.

–¿Había algo más a destacar?

–Sí -dijo George-. Tenía un accidente cerebrovascular de resultas de un pequeño aneurisma. Debió reventársele durante un ataque.

Antes de colgar, Laurie le habló del fragmento de tejido que había cogido de debajo de una uña de Julia Myerholtz. – Confío en que no te importe que me meta en tu caso -dijo Laurie.

–No, por Dios -contestó George-. Es que me sabe mal que se me pasara por alto. Con todas esas escoriaciones que ella misma se había hecho, habría tenido que mirarle debajo de las uñas.

Después de desearle a George un buen fin de semana, Laurie se puso por fin a trabajar en sus papeles. Pero tal como había experimentado últimamente, no podía apartar su mente del preocupante cariz que estaba tomando su serie de sobredosis. Pese a lo hablado con Lou, seguían inquietándola ciertos detalles del caso Myerholtz.

Laurie sacó las carpetas de los tres casos que había realizado el jueves: Stuart Morgan, Randall Thatcher y Valerie Abrams. En un bloc de notas garabateó la dirección de cada uno.

Apenas un minuto después, Laurie salía por la puerta. Tomó un taxi y visitó uno por uno los tres escenarios. Laurie habló con los respectivos porteros. Después de identificarse, Laurie obtuvo los nombres y números de teléfono de los porteros que habían estado de servicio la noche del miércoles.

De vuelta en su despacho, Laurie se puso a hacer llamadas. La primera fue a Julio Chávez.

–¿Conocía usted a Valerie Abrams? – preguntó Laurie tras darse a conocer.

–No -dijo Julio-. Al menos no la recuerdo.

Lou debía de tener razón, se dijo Laurie después de darle las gracias y colgar. Probablemente estaba perdiendo el tiempo. Aun así, no pudo aguantarse las ganas de marcar el número del siguiente en la lista: Ángel Méndez, portero de noche del apartamento de Stuart Morgan.

Laurie se presentó como había hecho antes y luego preguntó a Ángel si conocía a Stuart Morgan. La respuesta fue: "¡Claro que sí!".

–¿Vio usted al señor Morgan el miércoles por la noche? – preguntó Laurie a continuación.

–Claro -dijo Ángel-. Veía todas las noches al señor Morgan. Después del trabajo iba siempre a hacer jogging.

–¿También el miércoles por la noche? – preguntó Laurie.

–Como todas las otras noches -le dijo Ángel.

Laurie volvió a preguntarse sobre la poca lógica que tenía el que un joven que se cuidaba tanto corriera cada noche a meterse en casa para drogarse. No tenía mucho sentido.

–¿Le pareció que estaba como siempre? – preguntó-. ¿Estaba deprimido?

–Cuando salió parecía encontrarse bien -dijo Ángel-. Pero no se fue tan lejos como otras veces. Al menos volvió muy pronto. Ni siquiera venía sudando. Lo recuerdo porque le dije que hoy no había sudado la camiseta.

–¿Y qué contestó él? – preguntó Laurie.

–Nada -dijo Ángel.

–¿Era normal que no contestara nada?

–Solo si estaba con alguien más.

–¿Iba el señor Morgan acompañado de otras personas cuando volvió de hacer jogging? – preguntó ella.

–Sí -dijo Ángel-. Iba con dos desconocidos. Laurie se irguió en su silla.

–¿Puede describir a esos desconocidos? – preguntó. Ángel se rió.

–Pues me parece que no -dijo-. Veo a muchas personas a lo largo del día. Solo me acuerdo de que iba con unos desconocidos porque no me saludó.

Laurie le dio las gracias y colgó. Por algo había que empezar. Aún le resonaba en los oídos la advertencia de Lou respecto a que no jugara a detective, pero esta sorprendente similitud con el caso Myerholtz podía ser el inicio de un magnífico punto de partida.

Finalmente, Laurie telefoneó al último de la lista: David Wong.

Desafortunadamente, David no recordaba haber visto a Randall Thatcher.

Laurie colgó después de darle las gracias:

Estaba decidida a ocuparse de un caso más antes de volver al papeleo.

Fue a Histología y pidió los portaobjetos de Mary O'Connor. Una vez en su despacho, examinó al microscopio los del corazón para estudiar la extensión de la arteriosclerosis, que resultó ser moderada tal como Paul había dicho a grosso modo. Ella tampoco registró ninguna miopatía.

Descartado esto, Laurie no vio otra razón para demorar su trabajo.

Apartó el microscopio, desplegó sus casos por terminar y se esforzó por poner manos a la obra.

–¿Esto es todo? – preguntó Lou, agitando una hoja de papel escrita a máquina.

–No hemos podido conseguir más -le dijo Norman.

–Esto es puro galimatías médico. ¿Qué coño es "queratocono"? O esta otra joya: "queratopatía seudofáquica abullonada". ¿Quieres hacer el favor de decirme qué mierda es todo esto?

–¿No querías los diagnósticos de las víctimas que se visitaban con el doctor Jordan Scheffield? – dijo Norman-. Pues eso es lo que hemos podido investigar.

Lou volvió a leer la hoja. Martha Goldburg, queratopatía seudofáquica abullonada; Steven Vivonetto, queratitis intersticial; Janice Singleton, herpes zóster; Henriette Kaufman, distrofia endotelial de Fuchs; Dwight Sorenson, queratocono.

–Confiaba en que todos tuvieran lo mismo -murmuró Lou-. Esperaba pillar en falta a ese escurridizo de Scheffield.

Norman se encogió de hombros.

–Lo siento -dijo-. Puedo hacer que alguien te traduzca todo eso al cristiano, caso de que haya algún modo, que lo dudo.

Lou se retrepó en la silla.

–¿Tú qué piensas? – preguntó.

–Mis ideas no son muy brillantes -dijo Norman-. Cuando vi que salía el nombre de ese doctor por todas partes, pensé que tal vez teníamos algo.

Pero ahora ya no me lo parece.

–¿Algún paciente descontento? – preguntó Lou.

–En este terreno, solo hay una respuesta afirmativa -dijo Norman-: los Goldburg. Harry Goldburg ha iniciado un pleito contra el doctor Scheffield por incompetencia después de que este le extrajera las cataratas a su mujer.

Por lo visto hubo complicaciones y ella no veía gran cosa con ese ojo.

–Y todo esto, ¿qué es? – dijo Lou, agarrando una gruesa carpeta llena de papeles mecanografiados.

–Es el resto del material que han reunido los equipos de investigación -

dijo Norman.

–Santo cielo -dijo Lou-. Por lo menos hay quinientas páginas.

–Cuatrocientas, más bien. Todavía no he dado con nada interesante, pero he pensado que era mejor que tú también te lo miraras. Y ya puedes espabilar: cuanta más gente entrevistemos, más material se acumulará.

–¿Qué hay de Balística? – preguntó Lou.

–Aún no nos han dicho nada -dijo Norman-. Siguen con los homicidios del mes pasado. Pero en principio la opinión es que solo hubo dos armas: una del calibre veintidós y otra del veinticinco.

–¿Y el ama de llaves? – preguntó Lou.

–Todavía vive pero aún no ha recuperado el conocimiento -dijo Norman-. Le dispararon a la cabeza y está en coma.

–¿La tienes vigilada? – preguntó Lou.

–Desde luego -dijo Norman-. Las veinticuatro horas.

Tras haber avanzado bastante en su trabajo de papeleo, Laurie tenía ya un buen montón de casos terminados. Solucionado esto, cogió las historias de las muertes por sobredosis. Laurie las clasificó y separó los tres casos que quería: Duncan Andrews, Robert Evans y Marion Overstreet. Eran los casos cuya autopsia había realizado ella el martes y el miércoles. Copió las direcciones y recogió todo lo demás.

Laurie hizo la misma excursión que por la mañana, solo que esta vez se encontró con que los porteros a quienes quería interrogar estaban de nuevo de servicio.

No salió contenta del resultado obtenido en las residencias de Evans y Overstreet. En ambos casos el portero no pudo decirle gran cosa sobre la noche en cuestión. Pero en casa de Andrews fue distinto.

Cuando el taxi paró junto al edificio, Laurie reconoció la marquesina azul con festones y la puerta de hierro forjado que vio la primera vez. Al salir del taxi, reconoció incluso al portero. Era el mismo que estaba de servicio en ocasión de su aciaga visita anterior. Pero no se desanimó por ello. Aunque pensaba que existía la remota posibilidad de que su visita llegara a oídos de Bingham, estaba deseando arriesgarse.

–¿En qué puedo servirla? – preguntó el portero.

Laurie esperó a ver si el portero daba señales de reconocerla. No fue así.

–Vengo del servicio de inspección médica -dijo-. Soy la doctora Montgomery. ¿Se acuerda que vine el martes?

–Me parece que sí -dijo el portero-. Me llamo Oliver. ¿Puedo hacer algo por usted? ¿Ha venido para subir al apartamento de los Andrews?

–No. No quiero molestar -dijo Laurie-. Solo quería hablar con usted.

¿Trabajó usted el domingo por la noche?

–En efecto -dijo Oliver-. Yo libro el lunes y el jueves.

–¿Recuerda haber visto al señor Andrews la noche en que murió?

–Creo que sí -dijo él después de pensar un poco-. Le veía casi cada noche.

–¿Recuerda si estaba solo? – preguntó Laurie.

–Eso no puedo decírselo. Con la gente que entra y sale, me resultaría difícil recordar una cosa así, sobre todo cuando ha pasado una semana.

Quizá si fuera el mismo día o si sucediera algo fuera de lo normal. ¡Un momento! – exclamó de pronto el portero-. Puede que sí. Ahora recuerdo que una noche vino acompañado de unas personas. Lo recuerdo porque el señor Andrews me llamó por otro nombre. Me confundió con el superintendente.

–¿Le conocía a usted por el nombre? – preguntó Laurie.

–Por supuesto -dijo Oliver-. Yo trabajo aquí desde antes de que él se mudara. De eso hace cinco años.

–¿Cuántos hombres habían con él? – preguntó Laurie.

–Creo que dos. 0 tal vez tres.

–Pero no está convencido de si era esa noche u otra. – Seguro no lo estoy -concedió Oliver-. Pero me acuerdo de que me llamó Juan y que eso me confundió. Bueno, es que él sabía que mi nombre es Oliver…

Laurie le dio las gracias al portero y se fue a casa. ¿Qué podía pensar de esta curiosa racha de similitudes? ¿Quiénes eran los dos hombres?, ¿eran los mismos en todos los casos?, ¿qué quería decir que un hombre joven, dinámico e inteligente confundiera los nombres del portero y el superintendente de su casa? Probablemente nada. Pudo ser que Duncan estuviera pensando llamar a Juan por un problema doméstico sin importancia.

Al llegar a su casa, Laurie lanzó una mirada valorativa al interior mientras iba hacia el ascensor. Se fijó en las baldosas desportilladas y agrietadas del suelo, y en la pintura que se desprendía de las paredes. En comparación con los edificios que acababa de visitar, era una casucha. Lo más deprimente era que todas las víctimas de sobredosis tenían la edad de Laurie o menos, y que económicamente habían prosperado muchísimo más.

Laurie pagaba ya un alquiler mayor del que pensaba que podía permitirse con su sueldo y, en cambio, vivía en una especie de pocilga. Era deprimente.

Tom consiguió levantarle el ánimo en cuanto entró en el apartamento.

Como había dormido todo el día así como la noche anterior, el minino era puro nervio. Con una destreza realmente pavorosa para el salto, Tom iba haciendo carambolas de las paredes a los muebles en un fantástico despliegue de vivacidad que a Laurie la hizo desternillar de risa.

No acostumbrada al lujo de tener tiempo libre que dedicar a sí misma, Laurie aprovechó al máximo las siguientes horas para dormir un rato y darse un baño después. Puesto que Jordan no había dejado un mensaje diciendo lo contrario, supuso que los planes para ir a cenar no habían cambiado desde que quedaran a las nueve de la noche.

Tras media hora decidiendo lo que iba a ponerse, incluido el probarse tres conjuntos, Laurie estaba lista a las nueve menos cinco. A diferencia de las anteriores citas, el propio Jordan se presentó a las nueve en punto.

–Ahora sí que mis vecinos tendrán algo de que hablar -le dijo Laurie-.

Seguro que creían que estaba saliendo con Thomas.

Jordan había reservado mesa en Four Seasons, un restaurante en el cual, como todos los favoritos de él, Laurie no había comido nunca. Aunque la comida era excelente, el servicio impecable y el vino delicioso, Laurie no pudo evitar compararlo desfavorablemente con el anónimo restaurante al que Lou la había llevado la noche anterior. El caos y el bullicio de aquel sitio tan pequeño tenían algo de encantador. El Four Seasons, en cambio, de

tan tranquilo aturdía. Ya que los únicos ruidos eran el tintineo del hielo en los vasos o el retintín de los cubiertos sanserif contra la porcelana, Laurie se sentía forzada a hablar en susurros. Y la severa geometría de la decoración era tan deliberadamente intimidante que se sentía cohibida. Laurie se atragantó con el agua al ocurrírsele una engorrosa idea: ¿y si lo que tanto le gustaba de ese restaurante era la compañía?

Jordan estaba relajado y hablador.

–Las cosas no podrían ir mejor -dijo de su profesión-. Tengo una sustituta para Marsha que es diez veces mejor que ella. No sé por qué me preocupaba tanto sustituir a Marsha. En cuanto a la cirugía, todo va de perlas. Nunca había operado tanto en tan poco tiempo. Solo espero que esto siga así. Ayer me telefoneó mi contable y me dijo que este mes voy a batir el récord.

–Me alegro por usted -dijo Laurie.

Estaba tentada de contarle lo que había descubierto hoy, pero Jordan no le daba ocasión de hablar.

–Estoy dándole vueltas a la idea de añadir una sala adicional de exploración -dijo-. Y quizá cogeré un socio joven para que se ocupe de los pacientes basura.

–¿A qué se refiere? – preguntó Laurie.

–A los que no pasan por el quirófano -dijo Jordan. Buscó un camarero con la mirada y le llamó para encargar una segunda botella de vino.

–Hoy he visto los portaobjetos de Mary O'Connor -dijo Laurie.

–Preferiría seguir hablando de cosas más alegres -respondió Jordan.

–¿No quiere saber lo que he descubierto? – preguntó Laurie.

–No especialmente -contestó Jordan-. A menos que sea algo sorprendente. No puedo extenderme más en ese caso. Tengo que seguir adelante. Al fin y al cabo, su estado médico general no era responsabilidad mía sino más bien del internista. No es como si hubiera muerto en el quirófano.

–¿Qué me dice de los otros pacientes que fueron asesinados? – preguntó Laurie-. ¿Quiere hablar de ellos?

–La verdad es que no. ¿Para qué, quiero decir? Ya no podemos hacer nada por esas personas.

–Solo pensaba que tal vez tendría necesidad de hablar de ello -dijo Laurie-. Es lo que me pasaría a mí, de estar en su piel.

–Es que me deprime -admitió Jordan-. Pero hablar de ello no me ayuda.

Prefiero centrar mi atención en las cosas positivas de mi vida.

Laurie examinó el rostro de Jordan. Lou había dicho que se había puesto nervioso al preguntarle por la muerte de sus pacientes. Laurie no veía el menor nerviosismo. Lo único que podía afirmar era que veía un rechazo deliberado: Jordan no estaba dispuesto a pensar en nada desagradable.

–¿Cosas positivas como el haber operado ayer a Paul Cerino? – dijo Laurie.

Si Jordan captó el tono jocoso de sus palabras, no lo dejó entrever.

–Ha dado en el clavo -dijo, respondiendo con ganas a un cambio de tema en la conversación-. Estoy impaciente por operarle del otro ojo y no verle nunca más.

–¿Qué día va a ser la operación?

–Dentro de una semana, aproximadamente -dijo Jordan-. He de asegurarme primero que el otro ojo funcione bien. Cada vez que pienso en la posibilidad de una complicación, me dan escalofríos. No es que crea que pueda haberlas. Su caso fue la mar de bien. Pero se negó a quedarse una noche en el hospital, así que no estoy seguro de que le estén dando la medicación que necesita.

–Bien, en todo caso, no sería culpa suya, Jordan -dijo Laurie.

–No estoy muy seguro de que Cerino lo viera así -dijo Jordan.

Después del postre y los cafés, Laurie accedió a volver al apartamento de Jordan en la Trump Tower. En cuanto entró se quedó impresionada.

Directamente delante suyo, casi a la misma altura del apartamento, estaba la cima iluminada del Crown Building. Al entrar en el salón, Laurie pudo admirar la Primera Avenida hasta el Empire State y el World Trade Center al fondo, en dirección sur. Hacia el norte se veía un trozo de Central Park con sus serpenteantes caminos iluminados.

–Es colosal -dijo Laurie.

La visión del skyline de Nueva York la había dejado traspuesta.

Mientras barría el horizonte con la mirada, reparó en que Jordan estaba justo detrás de ella.

–Laurie -dijo él con dulzura.

Al darse la vuelta, Laurie se vio envuelta en los musculosos brazos de Jordan. Su cara angulosa estaba iluminada por el reflejo de la luz que entraba a chorros por las ventanas desde el dorado ápice del Crown

Building. Con los labios ligeramente separados, Jordan se inclinó con la intención de besarla.

–Oye -dijo ella, soltándose-. ¿Qué tal una copita de sobremesa?

–Tus deseos son órdenes -dijo Jordan con una sonrisa desconsolada.

Laurie se sorprendía un poco de su actitud. Desde luego no era tan ingenua para creer que no se esperaba algo así de Jordan. Después de todo, había salido con ese hombre casi tres noches consecutivas y, además, le parecía atractivo. Sin embargo, estaba empezando a reconsiderar seriamente la opinión que tenía de él.

–¿Y bien? – masculló Tony cuando Angelo volvió de telefonear desde la cabina que había junto al lavabo de caballeros. Tony tenía la boca llena.

Acababa de meterse en ella una auténtica paleta de tortellini con panna. Se limpió un redondel de queso y nata de los labios con la servilleta.

Angelo y Tony estaban en Astoria, un restaurante-tienda que abría toda la noche. La idea había sido de Tony, pero a Angelo no le importó ya que de todos modos tenía que llamar a Cerino.

–¿Y bien? – repitió Tony después de engullir los tortellini que tenía en la boca. Los acompañó con agua mineral.

–Me gustaría que no hablaras con la boca llena -dijo Angelo al sentarse a la mesa-. Me pone enfermo.

–Perdona -dijo Tony.

Estaba ocupado apuñalando tortellini con su tenedor como preparativo para el siguiente bocado.

–Quiere que salgamos otra vez esta noche -comentó Angelo.

Tony se metió el luego farfulló:

–¡Cojonudo!

Al ver una vez más el amasijo de pasta en la boca de Tony, Angelo alargó el brazo, cogió el plato de Tony y lo aplastó boca abajo contra el salvamantel.

El brusco ademán hizo dar un respingo a Tony, quien se miró el plato volcado con verdadera sorpresa.

–¿Por qué has hecho eso? – lloriqueó.

–Te he dicho que no comieras con la boca abierta -le espetó Angelo-.

Trato de hablar contigo y tú no paras de comer.

–Está bien, perdona.

–Además, me cabrea que Cerino nos mande salir ahora -dijo Angelo-.

Yo creía que ya habíamos terminado con esta mierda.

–Bueno, al menos hay una dijo Tony-. ¿Qué tenemos que hacer?

–Hemos de concentrarnos en la parte de los proveedores -dijo Angelo-.

Es posible que se haya terminado la lista de demanda. Ahí es donde nos metemos en problemas.

–¿Cuándo? – preguntó Tony.

–En cuanto metas tu culo en el coche -dijo Angelo.

Quince minutos después, mientras se acercaban a Queensboro Bridge, Angelo dijo en voz alta:

–Hay otra cosa que me preocupa. El momento no me gusta nada. No me parece oportuno hacerlo un sábado por la noche, a última hora. Puede que tengamos que realizar cambios y usar la imaginación.

–¿Y por qué no usamos el teléfono? – dijo Tony-. Así nos aseguramos de que todo va de puta madre antes de hacer nada más.

Angelo lanzó una mirada en dirección a Tony. A veces el muchacho le sorprendía de verdad. No siempre era un estúpido.

9.15, domingo, Manhattan

Inclinada hacia delante y procurando dirigir el paraguas contra el viento, Laurie consiguió avanzar lentamente por la Primera Avenida. Le resultaba difícil creer que el tiempo pudiera cambiar tanto en un mismo día. No solo hacía viento y llovía sino que la temperatura había descendido drásticamente durante la noche y no había helado de casualidad.

Desde una esquina, Laurie llamó en vano a los pocos taxis que pasaban como rayos, pero todos iban ocupados. Cuando ya estaba resignada a ir andando al trabajo, un taxi libre se aproximó al bordillo. Laurie tuvo que dar un salto para que no le salpicara.

Puesto que había hecho avances significativos el día anterior, Laurie no tenía planeado trabajar aquel domingo, pero aun así se sintió como forzada por algún tipo de superstición a ir a su despacho. Tenía la sensación de que si hacía el esfuerzo de ir, no se producirían más casos de sobredosis.

Una vez en recepción, Laurie se quitó la humedad de encima pateando el suelo, se desabrochó el abrigo y se dirigió a la oficina de Identificación.

No había un alma, y tampoco un programa de los casos del día. Pero la máquina de café estaba en marcha; alguien se había preparado uno. Laurie se sirvió una taza.

Después de dejar el abrigo y el paraguas, Laurie bajó una planta hasta el depósito y retrocedió hacia la sala de autopsias. Supo que alguien estaba trabajando porque había luz dentro.

La puerta crujió al abrirla. De las ocho mesas, solo dos estaban ocupadas. Laurie trató de identificar a los que estaban trabajando. Entre las gafas protectoras, las máscaras y la capucha, era difícil. Cuando se disponía a entrar en el vestuario para cambiarse, alguien reparó en ella y, dejando la mesa de autopsia, se acercó a hablarle. Era Sal D'Ambrosio, uno de los técnicos.

–¿Qué demonios hace usted aquí? – preguntó Sal.

–Es que vivo aquí -rió Laurie-. ¿Quién está de turno?

–Plodgett -dijo Sal-. ¿Qué ocurre?

–Nada -dijo Laurie-. ¿Quién es el de la otra mesa?

–El doctor Besserman -dijo Sal-. Paul le ha llamado; hay muchísimo trabajo. Más de lo normal.

Laurie asintió y luego fue adonde Paul.

–Hola, Paul. ¿Algo interesante?

–Eso creo -contestó Paul-. Pensaba llamarte después. Tenemos dos sobredosis más que encajan con las tuyas. Laurie sintió que se le paraba el corazón. Eso por supersticiosa.

–Enseguida voy -dijo.

Una vez equipada convenientemente, Laurie se acercó a la mesa de Paul, que estaba trabajando en los restos de una mujer muy joven.

–¿Qué edad? – preguntó Laurie.

–Veinte -dijo Paul-. Estudiante Columbia.

–¡Es horrible! – exclamó Laurie.

Esa era, de lejos, la más joven de su serie.

–Pues eso no es lo peor -dijo Paul.

–¿Ah, no? – peguntó Laurie.

–El doctor Besserman está ocupándose del novio -dijo Paul-. Banquero, treinta y un años. Por eso he pensado que te interesaría. Por lo visto se inyectaron los dos a la vez.

–¡Oh, no!

Laurie casi creyó que se iba a desmayar. La tragedia, por ser doble, resultaba doblemente conmovedora. Se acercó a la mesa del doctor Besserman. En ese momento estaba sacando del cuerpo los órganos internos. Laurie miró la cara del muerto. En la frente tenía una gran contusión descolorida.

–Una convulsión -dijo el doctor Besserman, notando la curiosidad de Laurie-. Debió de darse de bruces contra el suelo, o puede que con la

nevera.

Laurie fijó su atención en Besserman.

–¿Este hombre fue encontrado en una nevera? – preguntó.

–Eso dijo el médico de turno -contestó el doctor Besserman.

–Luego con este van tres -dijo Laurie-. ¿y la novia?

–En el suelo, en el dormitorio.

–¿La autopsia ha dado algo especial? – preguntó Laurie.

–Lo típico de una sobredosis -dijo el doctor Besserman. Laurie volvió a la mesa de Paul y miró cómo este cortaba finas muestras del hígado.

–¿Qué especímenes has enviado a Toxicología en casos como este? –

preguntó él al percatarse de que Laurie estaba a su lado.

–Hígado, riñón y cerebro -dijo ella-. Aparte de las muestras habituales de fluido.

–Es lo que yo pensaba -dijo Paul.

–¿Has encontrado algo que destacar? – preguntó Laurie.

–De momento, no. Cosa que encaja perfectamente con una sobredosis.

Ninguna sorpresa. Pero todavía nos falta la cabeza.

–He sabido que hoy tenéis muchos casos. ¿Quieres que te eche una mano, ya que estoy aquí?

–No hace falta -dijo Paul-. Además, como ha venido el doctor Besserman…

–¿Estás seguro? – preguntó Laurie.

–Gracias por ofrecerte, pero sí.

Revisando todo el papeleo de los casos, Laurie consiguió el nombre de las víctimas así como la dirección del varón. Fue en el apartamento de este donde fueron hallados los cadáveres. Laurie volvió después al vestuario y se cambió. Estaba profundamente desanimada. Había algo particularmente trágico en que una pareja de jóvenes perdiera la vida de forma tan insensata.

De nuevo empezó a lamentar la decisión de Bingham de no informar a la población sobre esa droga potencialmente contaminada. De haberlo hecho, tal vez esas dos personas seguirían con vida.

Súbitamente resuelta, Laurie decidió llamar a Bingham. Si esta tragedia estilo Romeo y Julieta no lograba hacer que entendiera que se enfrentaba posiblemente a una importante crisis que afectaba a la salud pública, nada lo conseguiría.

En su despacho, Laurie buscó el número de Bingham en el directorio y marcó la cifra mientras respiraba hondo. Le respondió Bingham en persona.

–Hoy es domingo -dijo él fríamente cuando comprendió quién estaba al otro extremo de la línea telefónica. Laurie le explicó sin más preámbulos lo de los dos nuevos casos de sobredosis. Al terminar, solo escuchó silencio.

Luego, Bingham dijo claramente:

–No consigo entender por qué se siente obligada a llamarme por esto un domingo por la mañana.

–Si hubiéramos hecho un comunicado, puede que esta pareja aún estuviera viva -dijo Laurie-. Está claro que no podemos ayudarles, pero quizá podemos ayudar a otros. Contando estos dos casos, mi serie asciende a dieciséis.

–Mire, Montgomery. Ni siquiera estoy convencido de que tenga usted una auténtica serie, como usted la llama, así que deje de usar la expresión a cada momento como si fuera una hipótesis a priori. Puede que sea una serie y puede que no. Agradezco sus buenas intenciones, pero ¿ha conseguido alguna prueba? ¿Acaso el laboratorio ha dado con algún contaminante?

Seguir: parte 11 de 12