Ceguera Asesina

Robin Cook · Capítulo 2 de 4 · parte 11/12

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Ceguera Asesina

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

–Aún no -admitió Laurie.

–Entonces sepa que para mí esta conversación es una repetición de la que mantuvimos el otro día.

–Pero es que estoy segura de que podemos salvar vidas…

–Ya lo sé -dijo Bingham-. Pero yo también estoy seguro de que no va en el mejor de los intereses del departamento y de la ciudad entera. Los medios informativos querrán nombres y no estamos preparados para ello, no con la presión a la que estamos sometidos ahora. Y hay más gente aparte de la familia de Duncan Andrews que quisiera mantener estos casos alejados de los titulares. Esta semana he de entrevistarme con el concejal de sanidad.

Para ser justo con usted, le presentaré el asunto y que decida él.

–Pero doctor Bingham…, – protestó Laurie.

–Ya basta, Laurie. ¡Adiós!

Laurie miró el teléfono con frustración. Bingham le había colgado.

Furiosa, dejó caer el auricular con violencia. No la consolaba el que pudiera hablar del problema con el concejal. Por lo que hacía a ella, eso era pasar el asunto de un politicastro a otro. Le pareció asimismo que Bingham había estado muy cerca de la auténtica razón de querer echar tierra al asunto cuando mencionó a Duncan Andrews. Bingham seguía preocupado por las consecuencias políticas de dirigir un nombre bien relacionado en esas esferas.

Laurie decidió telefonear a Jordan. Puesto que no trabajaba para el municipio y no estaba obligado por gratitud a ningún grupo en especial, tal vez él se decidiera a hablar claro. Laurie no estaba convencida de que Jordan se inclinaría a hacerlo, pero decidió que valía la pena probar. Jordan contestó casi enseguida, pero su voz sonaba como si le faltara el aliento.

–Estoy haciendo ejercicio en mi bicicleta -explicó él cuando Laurie le preguntó qué le pasaba-. Me alegro de oírte tan pronto. Espero que pasaras una velada agradable. Yo, al menos, sí.

–Fue estupendo -dijo ella-. Gracias otra vez.

Había sido una velada agradable y Laurie se sintió aliviada cuando Jordan no insistió después de aquel breve y abortado beso.

Laurie le dio los últimos detalles de su serie de casos.

Para su consuelo, Jordan pareció verdaderamente preocupado.

–Quiero preguntarte una cosa -dijo Laurie-, y necesito que me hagas un favor. El centro forense no piensa dar ningún comuniado al respecto.

Necesito que se haga porque creo que con eso se pueden salvar unas vidas.

¿Sabes alguna otra forma de hacer llegar esta información al público? Y

¿estarías dispuesto a hacer correr tú la voz?

–Espera un momento -dijo Jordan-. Yo soy oftalmólogo. Esta no es precisamente mi especialidad. ¿Quieres que haga una especie de declaración sobre una serie de muertes por consumo de droga? Ni hablar. Es del todo inapropiado. Laurie suspiró.

–¿Lo pensarás?

–No hace falta que lo piense -dijo Jordan-. Es el tipo de cosa de la que pura y simplemente debo mantenerme alejado. Recuerda que tú y yo llegamos a la medicina desde extremos opuestos. Yo estoy en el lado clínico. Tengo una clientela de categoría. Seguro que no les gustaría nada saber que estoy mezclado en asuntos de droga, aunque sea del lado de la justicia. Empezarían a recelar de mí y de la noche a la mañana irían a visitarse con otro. En los tiempos que corren la oftalmología es altamente competitiva.

Laurie ni siquiera intentó discutir. Lo había entendido más claro que nunca. Jordan Scheffield no iba a ayudarla. Ella le dio simplemente las gracias y colgó.

Había solo otra persona a quien Laurie podía acudir. Aunque no era ni mucho menos optimista acerca del recibimiento que esperaba de él, se tragó el orgullo y telefoneó a Lou. Como no tenía el número de su casa llamó a la

jefatura Central de Policía para dejar el recado. Laurie se sorprendió al recibir su llamada casi de inmediato.

–¡Hola! ¿Cómo está? – Lou parecía contento de saber de ella-. Ya sé que debería haberle dado el número de mi casa. Espere, se lo doy ahora.

Laurie cogió un bolígrafo y un papel y garabateó el número de teléfono.

–Me alegro de que haya llamado -prosiguió Lou-. Tengo aquí a mis chavales. ¿Le apetece un aperitivo en el SOHO?

–En otra ocasión -dijo Laurie-. Tengo un problema.

–¡Oh, oh! – dijo Lou-. ¿Qué es?

Laurie le explicó lo de la doble muerte por sobredosis y sus conversaciones con Jordan y Bingham.

–Es bueno saber que soy el último de la lista -observó Lou.

–Por favor, Lou -dijo Laurie-. No se haga el ofendido. Estoy desesperada.

–¿Por qué me hace esto, Laurie? – se lamentó Lou-. Me encantaría ayudarla, pero lo que me cuenta no es competencia de un policía. Ya se lo dije la última vez que me habló de ello. Entiendo su problema, pero no sé qué sugerirle. Y si quiere mi opinión, no es problema suyo en realidad. Ha hecho lo que ha podido, ha informado a sus superiores. Es todo lo que se espera de usted.

–Pero mi conciencia no va a permitir que esto quede así -dijo Laurie-.

Sigue muriendo gente…

–¿Qué ha dicho el pesetero de Jordan? – preguntó Lou.

–Tenía miedo de que sus pacientes no lo comprendieran -dijo Laurie-.

Ha dicho que no podía ayudarme.

–Vaya excusa más endeble -dijo Lou-. Me sorprende que no se haya partido el pecho tratando de demostrar lo hombre que es ayudando a su damisela en apuros.

–Yo no soy su damisela -dijo Laurie, aun cuando al pronunciar estas palabras supo que no debía haber mordido el anzuelo.

Laurie colgó el teléfono. Qué exasperantemente grosero podía ser ese individuo. Laurie cogió sus cosas, sin olvidar la dirección del doble caso de sobredosis, y ya se disponía a salir cuando el teléfono empezó a sonar.

Figurándose que sería Lou, evitó contestar. El teléfono sonó como veinte veces antes de quedar en silencio cuando ella iba a entrar ya en el ascensor.

Laurie llamó a un taxi y fue hasta la dirección en Sutton Place South. Al

llegar mostró su placa al portero de servicio y pidió por el superintendente.

El portero se mostró enseguida dispuesto a complacerla.

–Carl bajará dentro de un momento. Como vive en este mismo edificio, casi siempre está disponible.

Un hombre diminuto, de pelo y bigotito negro, apareció al instante y se presentó como Carl Bethany.

–Supongo que ha venido por lo de George VanDeusen -dijo.

Laurie asintió.

–Si no es mucho problema, me gustaría ver el lugar donde encontraron los cuerpos. ¿Está vacío el apartamento?

–Oh, sí, naturalmente -dijo Carl-. Se llevaron los cadáveres anoche.

–No me refiero a esto. Quiero estar segura de que arriba no hay ningún miembro de la familia. No quisiera molestar a nadie.

Carl dijo que tenía que mirarlo. Consultó con el portero y volvió asegurándole a Laurie que en el apartamento de los VanDeusen no había nadie. Luego, la acompañó a la décima planta y le abrió la puerta.

Haciéndose a un lado, dejó que Laurie entrara la primera.

–Aún no ha venido nadie a limpiar -dijo Carl mientras entraba detrás de ella.

Laurie se percató al instante de un olor a moho, a pescado.

Examinó la sala de estar. Había una antigua mesita de centro, como de despensero, extrañamente inclinada sobre tres de sus patas. La cuarta estaba en el suelo, al lado mismo. Por toda la moqueta había libros y revistas esparcidos al azar; parecía como si hubieran caído al romperse la pata de la mesa. Una lámpara de cristal estaba hecha añicos entre la mesa rinconera y el sofá. Un enorme óleo de un pintor clásico colgaba torcido de la pared.

–Muchos desperfectos -dijo Laurie.

Intentaba visualizar mentalmente la clase de ataque que había podido ocasionar semejantes destrozos.

–Así es como estaba cuando entré anoche -dijo Carl. Laurie se dirigió hacia la cocina.

–¿Quién encontró los cuerpos? – preguntó.

–Yo -dijo Carl.

Laurie se sorprendió.

–¿Qué le hizo entrar aquí?

–Me llamó el portero -explicó Carl.

–¿Por qué le llamó el portero?

–Dijo que otro inquilino le había avisado porque había oído ruidos extraños en el diez F. Esa persona temía que alguien pudiera lastimarse.

–¿Qué hizo usted? – preguntó Laurie.

–Subí y toqué el timbre -dijo Carl-. Llamé varias veces seguidas.

Después utilicé la llave maestra. Fue entonces cuando encontré los cadáveres.

Laurie pestañeó. Estaba reflexionando sobre este escenario; había algo que no encajaba. Recordó que una hora antes había leído en el informe de Investigación que los cuerpos presentaban un importante rígor mortis, incluso la mujer que estaba en el dormitorio. Eso quería decir que llevaban muertos varias horas.

–Dice usted que ese inquilino avisó al portero porque se oían ruidos del apartamento a esa hora; es decir, en el momento en que estaba hablando con él.

–Eso creo -dijo Carl.

Laurie empezó a preguntarse cómo habían sido halladas las otras víctimas de su serie. Duncan Andrews y Julia Myerholtz habían sido encontrados por sus respectivas parejas. Pero ¿y los demás? Laurie no se había hecho esa pregunta anteriormente. Ahora que pensaba en ello, se dio cuenta de algo muy extraño: todas las víctimas habían sido encontradas relativamente enseguida. Se habían descubierto sus cuerpos en cuestión de horas, mientras que en general cuando moría inesperadamente alguien que vivía solo no era encontrado hasta días después, y muchas veces solo cuando el olor de la putrefacción alertaba a los vecinos.

Lo que Laurie vio en la cocina le resultó del todo familiar. El contenido del frigorífico había sido derramado por el suelo sin orden ni concierto. La puerta de la nevera seguía entreabierta. Laurie se fijó en el olor a leche pasada y verduras podridas que impregnaba el ambiente.

–Alguien va a tener que limpiar todo esto -dijo Carl. Laurie asintió y fue a ver el dormitorio. Volvió a sentir una increíble tristeza. El hecho de ver el apartamento donde vivían esas personas las hacía mucho más reales. Era fácil mantener la distancia emocional en el centro forense, pero en casa de los fallecidos era otro cantar. Laurie sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

–¿Puedo ayudarla en algo más? – preguntó Carl.

–Me gustaría hablar con el portero de noche -dijo ella, recobrando la compostura.

–Eso lo arreglo yo enseguida -dijo Carl-. ¿Algo más?

–Sí -dijo Laurie, echando un último vistazo al apartamento-. Es mejor que no mande a nadie a limpiar esto todavía. Déjeme que hable primero con la policía.

–Ellos también vinieron anoche -dijo Carl.

–Ya lo sé. Estaba pensado en alguien que está más arriba en el escalafón del departamento de Homicidios.

Una vez abajo, Carl buscó el número de teléfono del portero de noche.

El hombre se llamaba Scott Maybrie. Carl le ofreció a Laurie su teléfono por si quería llamar en aquel mismo momento.

–¿No estará durmiendo a esta hora? – preguntó ella.

–No le hará ningún daño -insistió Carl.

El diminuto apartamento de Carl estaba en el primer piso y daba a la calle, a diferencia del de los VanDeusen, que estaba orientado hacia el East River. Carl permitió que Laurie se sentara a su desordenada mesa entre anuncios de fontaneros y electricistas. Mostrándose especialmente servicial, Carl marcó incluso el número de Scott y le tendió el teléfono a Laurie.

Como ella se temía, la voz del portero al contestar sonó ronca de sueño.

Laurie se identificó y explicó que la llamada era sugerencia de Carl.

–Quería hacerle unas preguntas sobre el caso VanDeusen -agregó-. ¿Vio usted anoche al señor VanDeusen o a su novia?

–No -dijo Scott.

–Carl me ha dicho que un inquilino le avisó diciendo que se oían unos ruidos en el apartamento de los VanDeusen. ¿Qué hora era?

–Sobre las dos y media o las tres -dijo Scott.

–¿Qué inquilino llamó?

–No sé -admitió Scott-. No dijo su nombre.

–Pudo ser alguno de los vecinos más cercanos a los VanDeusen -sugirió Laurie.

–De verdad que no lo sé. No reconocí la voz, pero eso tampoco es raro.

–¿Qué le dijo exactamente? – preguntó Laurie.

–Que se oían ruidos extraños en el diez F -dijo Scott-. Le preocupaba que alguien pudiera lastimarse.

–¿Le dijo qué estaba sucediendo en el momento que llamaba? –

preguntó Laurie-. O dijo que los ruidos habían tenido lugar un rato antes…

–Me parece que dijo que en aquel momento -afirmó Scott.

–¿Se fijó si por la noche salían dos hombres del edificio? – preguntó Laurie-. ¿Dos hombres que no había visto anteriormente?

–No sé qué decirle -dijo Scott-. Entra y sale gente toda la noche. A decir verdad, no presto mucha atención a la gente que se va. Me preocupan más los que vienen.

Laurie le dio las gracias a Scott y se disculpó por las molestias. Luego le dijo a Carl si podía hablar con el portero que estaba de servicio a última hora de la tarde.

–Desde luego -dijo Carl-. Debió de ser Clark Davenport.

Carl marcó personalmente el número una vez más y le pasó el auricular a Laurie.

Cuando Clark respondió a la llamada de Laurie repitió las explicaciones pertinentes.

–¿Vio entrar al señor George VanDeusen anoche en su apartamento? –

preguntó tras las presentaciones.

–Sí -respondió Clark-. Vino con su novia a eso de las diez.

–¿Se comportaba con normalidad? – preguntó Laurie.

–Lo normal para un sábado por la noche -dijo Clark-. Iba un poco bebido. Su novia tuvo que echarle una mano. Pero parecía que lo estaban pasando bien, si se refiere eso.

–¿Iban solos? – preguntó Laurie.

–Sí -dijo Clark-. Los invitados no llegaron hasta media hora después.

–¿Había una fiesta? – preguntó Laurie con sorpresa.

–Yo no la llamaría fiesta -dijo Clark-. Solo eran dos. Un tipo alto y uno bajo.

–¿Se acuerda de qué aspecto tenían? – preguntó Laurie. Clark tuvo que pensarlo un poco.

–El alto tenía el cutis muy estropeado, como si de chaval hubiera tenido acné.

–¿Dieron su nombre? – preguntó Laurie, sintiendo que el pulso se le aceleraba.

–Pues claro que dieron sus nombres -dijo Clark-. ¿Cómo iba a llamar yo al señor VanDeusen, si no, para preguntarle si les esperaba? De lo contrario no les habría dejado pasar.

–¿Cómo se llamaban? – preguntó Laurie. Había sacado papel y bolígrafo.

–No me acuerdo -dijo Clark-. El sábado por la noche entra un centenar de personas.

Laurie se desanimó de haber estado tan tentadoramente cerca de un primer descubrimiento. Aunque no pudiera conseguir los nombres, era todo un avance. Una vez más dos individuos habían sido vistos en la escena de la sobredosis poco antes de que ocurrieran las muertes.

–¿Vio salir otra vez a esos dos hombres? – preguntó.

–No -dijo Clark-. Claro que yo terminé mi servicio no mucho después de que llegaran.

Laurie le dio las gracias antes de colgar. También le agradeció repetidamente a Carl su incalculable ayuda antes de salir del edificio.

Aunque el día era frío y desapacible, Laurie decidió encogerse bajo el paraguas y andar un trecho antes de coger un taxi para ir a su casa.

Necesitaba meditar sobre lo que había sabido y calcular su significado a la luz del conjunto de sus casos.

El descubrimiento más significativo era con mucho la aparición de los dos desconocidos. Laurie se preguntó si estarían complicados en el tráfico de drogas. Se decía si semejante revelación bastaría para interesar a la brigada de narcóticos. Empezó a confiar en que Lou podría cambiar de opinión ahora que habían aumentado las similitudes entre los casos.

Laurie deseaba poder hablar con el inquilino que se quejó de los ruidos.

¿Qué era lo que había oído y cuándo? Al ponerse a llover en serio, Laurie paró un taxi y se dirigió a su despacho. Mientras tomaba una ensalada y té caliente, sacó todo el material concerniente a su serie e hizo una lista nueva de sus casos poniéndolos por orden. Empezó dos columnas más al lado de los nombres: "Encontrado por" y "¿Dos extraños en el lugar?".

Dedicó el resto de la tarde a completar los espacios en blanco. Sabía que le iba a llevar mucho tiempo, pero Laurie era consciente de que debía ser concienzuda si pretendía que alguien creyera en su hipótesis.

A última hora de la tarde, Laurie estaba convencida de que sus esfuerzos habían merecido la pena. En todos los casos los cuerpos habían sido descubiertos por un portero o superintendente que había ido a investigar la llamada de algún inquilino que se había quejado de ruidos extraños procedentes del apartamento del fallecido. Con la información casi al completo en una hoja de papel, Laurie se fue a casa convencida más que nunca de que algo siniestro estaba en marcha. Había demasiadas

coincidencias. Solo necesitaba persuadir a alguien importante para que hiciese algo al respecto.

Era de noche cuando llegó a su casa. No estaba segura de cuál era el siguiente paso. Por pura curiosidad, Laurie abrió el Times del domingo para ver si la prensa había recogido la noticia del banquero y de la alumna de la Universidad de Columbia muertos por sobredosis. Encontró una pequeña referencia a las muertes en un rincón de una página interior. El hecho aparecía en el artículo como un caso de sobredosis y no se hacía mención alguna a otros sucesos demográficamente similares de días anteriores. Un día más y otra oportunidad perdida de alertar a la población.

Laurie decidió probar si Lou estaba en casa. No estaba segura de tener bastantes datos para convencerle de nada, pero tenía muchas ganas de ponerle al corriente de sus descubrimientos. Le respondió el contestador automático, pero no quiso dejar un mensaje.

Después de colgar, Laurie sopesó la posibilidad de telefonear a Bingham. Convencida de que sería como hablar con la pared, en el mejor de los casos, y que podía provocar su despido, en el peor, desistió de ello. Él había dejado bien claro que no tenía intención de hacer nada, al menos hasta que hablara con el concejal de sanidad.

Los ojos de Laurie fueron del teléfono al periódico abierto. Lentamente, la idea de dejar que la historia se filtrara por sí misma empezó a rondarle la cabeza. Ya había tenido una mala experiencia la última vez al darle su opinión a Bob Talbot, pero, para hacerle justicia, ella no había especificado que sus comentarios fueran confidenciales.

Pensando en esto, Laurie sacó su agenda para ver si tenía el teléfono de Talbot. Así era, en efecto. Le telefoneó.

–Vaya, vaya -dijo él al saber que era Laurie-. Tenía miedo de no tener nunca más noticias tuyas. No supe hacer otra cosa, que pedirte disculpas.

–Mi reacción fue exagerada -admitió Laurie-. Siento no haber vuelto a dirigirte la palabra. Lo que pasa es que me gané una buena regañina del jefe por culpa de tu artículo.

–Me disculpo otra vez -dijo Bob-. ¿Qué ocurre?

–Tal vez te sorprenda -dijo Laurie-, pero puede que tenga un buen artículo para ti, algo grande.

–Soy todo oídos -dijo Bob.

–Prefiero no hablar por teléfono -contestó Laurie.

–Por mí no hay inconveniente -dijo él-. ¿Qué tal si te invito a cenar?

–Aceptado -convino Laurie.

Se encontraron en P. J. Clark, un restaurante en la esquina de la Calle 55

y la Tercera Avenida. Tuvieron suerte de encontrar mesa en una noche lluviosa de domingo, y más aún porque la mesa se hallaba junto a la pared del fondo, donde el alboroto era menor y se podía hablar. Después que un camarero irlandés de ojos claros tomara nota y dejara sobre la mesa dos rebosantes jarras de cerveza, Laurie empezó.

–En primer lugar, no estoy segura de que sea lo correcto hablar contigo.

Pero mi situación es desesperada. Sé que he de hacer algo.

Bob asintió.

–Quiero que me prometas que no utilizarás mi nombre. – Palabra de boy scout -dijo Bob, levantando dos dedos. Luego sacó un lápiz y una libreta.

–No sé por dónde empezar -explicó Laurie.

Al principio vacilaba, pero a medida que iba explicando los casos recientes, se animó un poco. Empezó por Duncan Andrews y las primeras sospechas que la llevaron a la doble muerte de George VanDeusen y Carol Palmer. Destacó que todas las víctimas eran gente soltera, culta y que triunfaba en la vida, sin indicios de consumo de drogas ni actividades ilegales pasadas. Hizo mención asimismo de la presión a que el centro forense había sido sometido en cuanto a mantener en secreto el caso de Duncan Andrews.

–Es una lástima que fuera el primero, porque me parece que si Bingham se niega a rechazar mi teoría es sobre todo porque mi serie empezó con él.

–Pero es increíble -dijo Bob cuando Laurie hubo de hacer una pausa al llegar la comida-. No he visto ni una sola línea de esto ni en la prensa ni en otros medios. Nada. Cero.

–En el Times de esta mañana hablaban de la doble muerte -dijo Laurie-.

Pero estaba medio escondido, apenas un suelto. De los otros casos no se ha hablado para nada. Es verdad.

–¡Qué notición! – se admiró Bob, mirando el reloj-. Si quiero que salga en el diario de mañana tengo que ponerme en movimiento.

–Es que hay más -dijo Laurie.

Añadió que la cocaína implicada en la serie procedía de una sola fuente, que probablemente estaba contaminada por un compuesto altamente letal, además de ser muy potente, y que probablemente era distribuida por un solo traficante que se había puesto en contacto no se sabe cómo con gente joven de nivel socioeconómico alto.

–Bueno, no es exactamente así -se corrigió Laurie-. Puede que sean dos.

En la mayoría de los casos investigados, se ha visto a dos hombres entrando en casa de la víctima.

–¿Por qué dos, digo yo? – preguntó Bob.

–No tengo la menor idea -admitió Laurie-. Todo el asunto está rodeado de misterio.

–¿Ya está? – dijo Bob.

Estaba ansioso por irse. Ni siquiera había tomado la comida.

–No, hay más -dijo Laurie-. Empiezo a sospechar que estas muertes no son accidentales sino intencionadas. En otras palabras, que se trata de asesinatos.

–Esto se pone cada vez mejor… -dijo Bob.

–Todos los cadáveres fueron encontrados poco después de haber muerto

-continuó Laurie-. Esto, de por sí, ya es raro. Normalmente, cuando muere alguien que vive solo no se le encuentra hasta unos días después. En todos los casos que he investigado, el cuerpo se descubrió gracias a una llamada telefónica. En dos las víctimas llamaron de antemano a su pareja respectiva.

En todos los demás, un inquilino anónimo del mismo edificio avisó al portero quejándose de ruidos extraños que salían del apartamento de la víctima. Pero ahí está el gazapo: está comprobado que las quejas por ruidos se produjeron varias horas después del momento de la muerte.

–¡Santo Dios! – dijo Bob, mirándola a los ojos-. ¿Y la policía? –

preguntó-. ¿Por qué no están metidos en esto?

–Nadie se traga mi teoría de la serie. La policía no sospecha nada de nada. Según ellos estos casos son simples sobredosis.

–¿Y qué me dices del doctor Harold Bingham?

–Hasta ahora no ha movido un dedo -dijo Laurie-. Yo creo que quiere ponerse a resguardo de una posible patata caliente. El padre de Duncan Andrews se presenta como candidato a un puesto político; los suyos han estado amenazando verbalmente al alcalde y este a Bingham. Lo que sí dijo es que hablaría con el concejal de sanidad.

–Si se trata de homicidios, estamos hablando de algo así como un asesino ritual -dijo Bob-. ¡Menuda historia!

–Creo que es importante advertir a la población. Si con ello podemos salvar una sola vida, ya merece la pena. Por eso te he llamado. Hemos de correr la voz de que esta droga contiene un contaminante.

–¿Es todo? – preguntó Bob.

–Creo que sí -dijo Laurie-. Te llamaré si recuerdo algo importante que no te haya dicho.

–¡Magnífico! – dijo Bob, poniéndose de pie-. Siento irme corriendo, pero si quiero que salga mañana por la mañana, debo ir enseguida a ver al director del periódico.

Laurie se quedó mirando cómo Bob serpenteaba entre el gentío que esperaba mesa. Mirando su ternera que nadaba en una charca de aceite, Laurie decidió que tampoco tenía hambre.

Iba a levantarse cuando el camarero irlandés volvió con la cuenta.

Laurie buscó a Bob con la mirada, pero este ya se había ido. Esa era su manera de ofrecerse a pagar la dolorosa.

–¿Qué hora es? – preguntó Angelo.

–Las siete y media -dijo Tony, comprobándolo en el Rolex que se había llevado de casa de los Goldburg. Habían aparcado en la Quinta Avenida, al norte de la intersección de la Calle 72 con el East Drive de Central Park.

Estaba en la parte de la avenida que daba al parque, pero desde allí podían ver sin problemas la entrada a la casa de apartamentos que les interesaba.

–A este Kendall Fletcher le cuesta mucho ponerse los pantalones de correr -dijo Angelo.

–Me ha dicho que iba a hacer iogging -dijo Tony a la defensiva-. No sé por qué no has llamado tú si no ibas a creerme…

–Sale alguien -dijo Angelo-. ¿Qué opinas? ¿Puede ser Kendall Fletcher, el banquero?

–Con esa pinta parece todo menos banquero -dijo Tony-. No comprendo eso del iogging. ¿Qué gracia tiene disfrazarse de Peter Pan y ponerse a dar vueltas por el parque que a estas horas de la noche? Es como pedir a voces que te atraquen.

–Me parece que es él -dijo Angelo-. Por la edad. ¿Cuántos años dijiste que tenía Kendall?

Tony sacó de la guantera una hoja de papel escrita a máquina y se sirvió de la lamparita interior para buscar el nombre de Kendall Fletcher. Luego leyó: Kendall Fletcher, veinticuatro años, vicepresidente de Citicorp.

–Debe de ser él -dijo Angelo. Arrancó el coche. Tony devolvió la lista a la guantera. Kendall Fletcher había salido de su casa vestido para correr.

Cruzó la Quinta Avenida a la altura de la Calle 72 y en cuanto llegó al parque se puso a correr.

Angelo enfiló el East Drive. Tony y él no sacaban ojo de encima del confiado Kendall mientras este bajaba por el cruce de la Calle 72 hasta el paseo y de allí torcía al norte por el carril de iogging.

Angelo adelantó al banquero un centenar de metros y luego se arrimó a un lado de la calzada. Con los intermitentes encendidos, él y Tony se bajaron del coche.

Kendall no era el único que corría por el paseo. Mientras Angelo y Tony le veían aproximarse, otra media docena de personas pasó de largo.

–Yo es que no los entiendo -dijo Tony con extrañeza. Justo antes de que Kendall llegara a su altura, Angelo y Tony se metieron en el carril de correr.

–¿Kendall Fletcher? – preguntó Angelo. Kendall se detuvo.

–¿Sí? – dijo.

–Policía -dijo Angelo, mostrando su placa de Ozone Park. Tony blandió la suya-. Sentimos mucho molestarle ahora que está corriendo -prosiguió el primero-, pero queremos que nos acompañe al centro para hablar sobre una investigación de Citicorp.

–No me parece buen momento -dijo Kendall.

La voz sonaba firme pero los ojos le delataban. Estaba muy nervioso.

–Me parece que no querrá hacer una escena -dijo Angelo-. Serán solo unos minutos. Queríamos hablar con los vicepresidentes antes de convocar un gran jurado.

–Voy en pantalón de deporte -dijo Kendall.

–No se apure -dijo Angelo-. Tendremos gusto en acompañarle a casa para que pueda cambiarse. Si coopera, dentro de una hora estará corriendo otra vez.

Kendall se mostraba cauteloso, pero finalmente accedió y fueron los tres en el coche de Angelo a su apartamento de la Quinta Avenida.

Tras dejar una tarjeta en el tablero de mandos, Angelo y Tony se bajaron del coche y siguieron a Kendall hasta el edificio. Tony llevaba el viejo maletín de cuero negro del doctor Travino. Pasaron juntos por delante del portero, que les ignoró, se metieron en el ascensor y subieron a la vigésima quinta planta.

Nadie dijo una palabra mientras Kendall abría la puerta de su apartamento, entraba y dejaba abierto para que pasasen Angelo y Tony.

Tony asintió varias veces con la cabeza mientras examinaba el apartamento.

–Bonita casa -dijo, dejando el maletín sobre la mesa de centro.

–¿Puedo ofrecerles algo mientras me cambio? – preguntó Kendall, y se dirigió hacia el bar.

–No -dijo Tony-. Estamos de servicio, ya sabe. No bebemos cuando trabajamos.

Angelo ojeó el apartamento mientras Tony vigilaba a Kendall, quien a su vez vigilaba a Angelo entre confuso y curioso.

–¿Qué está buscando? – le dijo Kendall a Angelo en voz alta.

–Solo miro que no haya nadie más por aquí -dijo Angelo mientras volvía de echar un vistazo a la cocina.

Luego desapareció camino del dormitorio principal.

–¡Eh, oiga! – gritó Kendall-. ¡No puede registrar mi casa! – Se volvió a Tony-. Para eso necesitan una orden.

–¿Una orden? – inquirió Tony-. Ah, sí, la orden. Siempre nos la olvidamos.

Volvió Angelo.

–Quiero ver otra vez su placa -dijo Kendall-. Esto es un atropello.

Angelo buscó en su americana Brioni y sacó su pistola Walther.

–¿Qué le parece esta? – dijo, indicando con un gesto a Kendall que se sentara.

Tony abrió con un golpe seco los pasadores de su maletín de médico.

–¿Qué es esto, un robo? – preguntó Kendall, mirando fijamente el arma.

Se sentó-. ¡Adelante! Llévense lo que quieran.

–Te traigo un regalito -dijo Tony, sacando del maletín una bolsa de plástico alargada y transparente además de un pequeño cilindro.

Angelo se situó detrás de Kendall, pistola en mano. Kendall observaba con nerviosismo como Tony empleaba el cilindro para inflar la bolsa de plástico con un gas que evidentemente era más ligero que el aire. Una vez llena la bolsa, Tony tapó el extremo y guardó el cilindro en el maletín. Con la bolsa de plástico en la mano, se acercó a Kendall.

–¿Qué pasa? ¿Qué se proponen? – preguntó Kendall.

–Hemos venido a ofrecerle un viaje alucinante -dijo Tony con una sonrisita.

–A mí no me interesan los viajes -dijo Kendall-. Cojan lo que quieran y váyanse.

Tony abrió la base de la bolsa de plástico de modo que parecía más bien un globo transparente de aire caliente. Luego, sosteniendo dos lados de la base, se la encasquetó a Kendall en la cabeza.

Lo inesperado del movimiento cogió a Kendall por sorpresa. Este trató de agarrarse a los brazos de Tony y consiguió parar la bolsa a la altura de los hombros. Como intentaba ponerse de pie, Angelo le rodeó el cuello con el brazo que sostenía la pistola, mientras con la otra mano sujetaba la muñeca derecha de Kendall en un intento de liberar a Tony de su presa.

Durante unos segundos forcejaron los tres uno con el otro. Kendall, que a estas alturas estaba aterrorizado, abrió la boca y mordió a Angelo en el antebrazo a través de la bolsa.

–¡Aaaaah! – gritó Angelo, notando cómo los incisivos del otro le traspasaban la piel.

Angelo soltó el brazo de Kendall y estaba a punto de darle un puñetazo en la cara cuando vio que ya no era necesario.

Tras haber inspirado unas pocas veces dentro de la bolsa de plástico, los párpados de Kendall se ablandaron y todo su cuerpo, incluida la mandíbula, quedó flojo. Mientras Tony caía al suelo manteniendo la bolsa sobre la cabeza de Kendall, Angelo recuperó su brazo dolorido. Angelo se desabrochó rápidamente el gemelo y se subió la manga. En la cara interna del antebrazo, a unos siete centímetros del codo, tenía un redondel elíptico de perforación múltiple que correspondía a la dentadura de Kendall. Varias de las heridas sangraban.

–¡Ese hijo puta me ha mordido! – dijo indignado, y se guardó el arma en la pistolera-. En este trabajo nunca sabe uno a qué se expone.

Tony se levantó y volvió por su maletín.

–Cada vez que usamos el gas me quedo maravillado -dijo-. Hay que ver cuánto sabe el viejo Doc Travino. – Tony extrajo una jeringa y un trozo de tubo de goma que utilizó como torniquete en el brazo de Kendall-. ¡Fíjate qué venas, tú! – dijo-. Pero si parecen puros. Así no hay manera de equivocarse. ¿Quieres hacerlo tú o lo hago yo?

–Hazlo tú -dijo Angelo-. Será mejor que le quites la bolsa de la cabeza.

A ver si metes la pata como con Robert Evans…

–Bueno -dijo Tony, y soltó la bolsa de plástico agitándola-. ¡Uf! –

continuó-. Qué olor más dulzón. No me gusta nada.

–Dale la coca de una vez -dijo Angelo-. Se va a despertar antes de que acabes.

Tony cogió la aguja y la hundió en una de las prominentes venas de Kendall.

–¿Lo ves? ¿Qué te decía yo? dijo Tony, contento de haber acertado a la primera.

Desató el torniquete y a continuación empujó el émbolo, vaciándole la jeringa en el brazo.

Tony dejó la jeringa usada sobre la mesita y guardó el resto de su parafernalia en el maletín. Al mismo tiempo sacó un pequeño sobre de papel cristal. Después le metió a Kendall una pequeña cantidad de polvo blanco en las fosas nasales. Por último se aplicó un poco en el pulgar y lo esnifó. – Me encantan las sobras -dijo con júbilo.

–¡Deja eso ahora mismo! – ordenó Angelo.

–Es que no lo puedo resistir -dijo Tony, dejando el sobrecito junto a la jeringa-. ¿Qué te parece? ¿Lo metemos en la nevera?

–Vamos a dejarlo correr -dijo Angelo-. He estado hablando de ello con Travino. Me ha dicho que mientras el cuerpo no esté fuera más de doce horas, no hay problema. Y tal como nos lo hemos montado, a todos los encuentran antes de doce horas.

Tony miró en torno suyo.

–¿Lo he cogido todo? – preguntó.

–Parece que sí -dijo Angelo-. Sentémonos a ver cómo le va el viaje a Kendall.

Tony se sentó en el sofá mientras Angelo lo hacía en el sillón que había ocupado Kendall.

–Bonito apartamento -dijo Tony-. ¿Qué te parece si echamos una ojeada a ver si hay alguna cosa que merezca la pena llevarse?

–¿Cuántas veces he de decírtelo? Cuando hacemos los viajes no nos llevamos nada, ¿entiendes?

–Es una pena -dijo Tony tristemente mientras examinaba la sala.

Unos minutos después, Kendall se agitó e hizo un chasquido con los labios. Luego, gimiendo, rodó sobre el abdomen.

–¡Eh!, nene -le dijo Tony-. ¿Cómo estás? ¡Vamos, dime algo!

Kendall consiguió sentarse erguido. Su cara pálida mostraba una expresión ausente.

–Pero ¿qué te pasa? – preguntó Tony-. Con la de nieve que te corre por las venas, tendrías que estar en la gloria. Sin previo aviso, Kendall vomitó sobre la alfombra.

–¡Vaya, hombre! – exclamó Tony mientras se hacía a un lado-. Es repugnante.

Kendall tosió violentamente y luego levantó los ojos hacia Tony y Angelo. Tenía los ojos vidriosos. Parecía aturdido.

–¿Cómo estás? – preguntó Angelo.

La boca de Kendall trató de formar unas palabras, pero él parecía incapaz de pronunciarlas. De pronto, los ojos le rodaron hasta mostrar solo el blanco y después empezó a convulsionarse.

–Ahora -dijo Angelo-. Larguémonos de aquí.

Tony recogió el maletín y siguió a Angelo hasta la puerta. Angelo atisbó por la mirilla. No habiendo nadie a la vista, abrió la puerta y asomó la cabeza.

–No hay nadie en el corredor -dijo-. ¡Adelante! Salieron del apartamento a toda prisa y corrieron hacia la caja de la escalera. Después de bajar una planta, más tranquilos, esperaron el ascensor.

–¿Tienes hambre? – preguntó Tony.

–Un poco -dijo Angelo.

Para que no les viera el portero, salieron del ascensor en el primer piso y volvieron a bajar por la escalera, saliendo del edificio por la puerta de servicio.

Angelo se detuvo al llegar al coche. Estaba pasmado.

–¡Fíjate! – dijo-. Es increíble. Nos han puesto una multa. Espero que el guripa que nos ha dejado el regalito no intente venir en coche por Ozone Park.

–¿Cuál es el próximo? – preguntó Tony en cuanto estuvieron sentados en el coche-. ¿Otro trabajito o a cenar?

–No sé qué es lo que más te gusta -dijo Angelo, moviendo la cabeza-, si matar o comer.

Tony sonrió.

–Depende del humor en que esté.

–Creo que deberíamos dar el otro golpe -dijo Angelo-. Así cuando paremos a comer será el momento justo de llamar al portero para decirle que se oyen ruidos en el veinticinco G.

–Como tú digas.

Tony se retrepó en su asiento. La esnifada de cocaína le hacía sentirse magníficamente. De hecho se veía capaz de hacer hasta lo más difícil.

Mientras Angelo se alejaba de la acera, Franco Ponti ponía su coche en marcha. Dejó que pasaran varios vehículos antes de incorporarse al tráfico de la Quinta Avenida. Había estado mirando cómo Angelo y Tony recogían

al corredor en el parque y le escoltaban de vuelta a su apartamento. Aunque no había tenido conocimiento de lo que allí aconteció, creía poder adivinarlo. Pero la pregunta no era qué había sucedido, sino por qué.

6.45, lunes, Manhattan

El despertador se disparó y Laurie ejecutó los pasos habituales para agarrarlo rápidamente y hacerlo callar. Cuando estaba dejando el aparato en el alféizar de su ventana, se dio cuenta de que por primera vez en muchos días no se despertaba con la ansiedad producida por su pesadilla recurrente.

Al parecer su conciencia se había apaciguado por un tiempo a resultas de su charla con Bob Talbot.

Pero mientras Laurie se calzaba sus zapatillas de badana y encendía el televisor del dormitorio para ver las noticias locales, empezó a sentirse cada vez más nerviosa pensando en lo que el día podía depararle respecto al doctor Bingham. Estaba especialmente inquieta por conseguir un ejemplar del periódico para ver el artículo de Bob Talbot y comprobar hasta qué punto lo habían destacado. Era bastante obvio que Bingham sospecharía que ella había sido la fuente de información. ¿Qué le diría si él le preguntaba nada más llegar? No se creía capaz de mentir al gran jefe.

Deteniéndose en la cocina camino del cuarto de baño, Laurie se aventuró a echar un vistazo al trocito de cielo que se veía desde su ventana.

Unos nubarrones negros sugerían que el tiempo no había mejorado desde ayer.

Después de ducharse y con la segunda taza de café apoyada en el borde del lavabo, Laurie empezó a aplicarse el maquillaje sin dejar de dar vueltas a los distintos guiones de lo que sería su respuesta al doctor Bingham. De fondo sonaba la conocida sintonía de Buenos días, América, y el programa apareció en antena. Poco después Laurie pudo oír las voces igualmente familiares de los invitados al programa.

Cuando iba a aplicarse lápiz de labios, Laurie oyó que salía Mike Schneider hablando del nuevo armamento de destrucción masiva que un equipo de las Naciones Unidas había encontrado en Irak. Laurie tenía listo el labio superior y se disponía a pintarse el inferior cuando dio un respingo.

Mike Schneider acababa de pronunciar un nombre sorprendente: ¡el de ella misma!

Laurie fue corriendo al dormitorio y subió el volumen. Su expresión pasó de la incredulidad al terror cuando Schneider hizo un repaso de su serie de sobredosis empezando por Duncan Andrews, hijo del candidato a

senador Clayton Andrews. Luego siguió citando tres casos desconocidos para Laurie: Kendall Fletcher, Stephanie Haberlin e Yvonne André.

Mencionó también la doble muerte en casa de George VanDeusen. Lo más inquietante, sin embargo, fue que repitió el nombre de ella, al decir que, según la doctora Laurie Montgomery, había motivos para creer que estas muertes eran homicidios deliberados, no sobredosis accidentales, y que el caso en conjunto podía significar en potencia el encubrimiento por parte de la policía de Nueva York y del centro forense de la ciudad.

Tan pronto Mike Schneider pasó a informar de otras noticias, Laurie voló a la salita y se puso a lanzar literalmente papeles por los aires buscando su agenda. Después de dar con el número de Bob Talbot, lo marcó a porrazos en el teléfono.

–¿Se puede saber qué has hecho? – gritó ella tan pronto Bob descolgó.

–Laurie, lo siento -dijo él-. Debes creerme. No fue culpa mía. Para que el artículo saliera en el periódico de la mañana, el director me hizo escribir una chuleta con tus datos por más que yo le dije que tu nombre no tenía que salir. Pero él me robó el artículo. Fue de una absoluta falta de ética, se mire como se mire.

Laurie le colgó disgustada. Le latía muy fuerte el corazón. Qué desastre, qué catástrofe. Seguro que la ponían de patitas en la calle. Ahora sí que no había duda acerca de la respuesta de Bingham; debía estar furioso. Y

después de esto, ¿dónde iba a encontrar empleo como forense? Laurie se acercó a la ventana y miró con curiosidad el triste laberinto atiborrado de desperdicios que formaban los descuidados patios traseros. Estaba tan angustiada que se sentía como aturdida. Ni siquiera podía llorar. Pero mientras seguía contemplando la deprimente vista, sus emociones empezaron a experimentar cambios. Al fin y al cabo, sus actos habían sido motivados por la necesidad de hacer caso a su conciencia, y Bingham había admitido durante la conversación de ayer que sabía de la bondad de sus intenciones.

Sus primeros temores de que aquello era una calamidad irremisible se ablandaron. Al momento ya no creyó que estuviera acabada. Puede que la riñeran, sí, incluso que la cesaran temporalmente, pero despedirla, no.

Laurie se alejó de la ventana y volvió al cuarto de baño para terminar de arreglarse. Cuanto más pensaba en la situación, más sosegada se sentía. Se imaginaba ya explicando que ella había sido fiel a su sentido de la responsabilidad tanto como persona cuanto como forense.

Laurie terminó de vestirse en el dormitorio. Luego recogió sus cosas y salió del apartamento.

Mientras esperaba la llegada del ascensor, reparó en el periódico que había frente a la puerta de un vecino. Laurie se acercó y retiró el diario de su funda de plástico. En la primera plana, bajo los titulares más importantes, estaba el artículo sobre su serie. Salía incluso una vieja foto de ella tomada en la época de estudiante. Laurie se preguntó de dónde habría salido esa fotografía.

Abriendo el periódico por la página correspondiente, Laurie leyó los primeros párrafos, que eran una repetición del resumen de Mike Schneider.

Pero el artículo, fiel a los dictados de la prensa sensacionalista, hacía hincapié en los detalles más extravagantes, refiriéndose incluso al número de víctimas que habían sido metidas en el frigorífico. Laurie se preguntó de dónde habría salido semejante deformación. Ella, desde luego, no le había dicho nada de eso a Bob Talbot. Había, por otro lado, una insistencia especial en el supuesto encubrimiento, que en palabras del articulista sonaba mucho más siniestro de lo que había dicho Mike Schneider.

Al oír que llegaba el ascensor, Laurie dejó caer el periódico en la puerta donde estaba y se dio prisa en llegar al ascensor antes de perderlo. Cuando estaba a medio camino, oyó la voz ronca de Debra Engler que le decía:

–No debería leer los periódicos de los demás.

Por espacio de unos segundos Laurie permaneció donde estaba, sosteniendo la puerta del ascensor para que no se cerrase. Quería darse la vuelta y aporrear la puerta de Debra con el paraguas para meterle miedo.

Pero se controló y al cabo de un momento entró en el ascensor. Mientras bajaba, su calma se desmoronó para convertirse en recelo por tener que ver a Bingham. Laurie sentía horror a enfrentarse a los demás. Nunca se le había dado bien.

Paul Cerino estaba encorvado sobre su comida favorita del día: el desayuno. Estaba disfrutando de un sustancioso banquete a base de huevos, abundantes salchichas y bollos. Seguía llevando el mismo parche en el ojo, pero hoy se encontraba divinamente.

Gregory y Steven se habían quedado momentáneamente callados mientras comían sus cereales cubiertos de azúcar que habían seleccionado de entre una impresionante colección de raciones individuales. Ambos tenían delante su caja vacía que estudiaban detenidamente. Gloria acababa de tomar asiento tras haber recogido el periódico del porche delantero.

–Léeme lo del partido de ayer entre los Giants y los Steelers -farfulló Paul con la boca llena.

–¡Dios mío! – exclamó Gloria, mirando la primera plana.

–¿Qué pasa? – preguntó Paul.

–Hay un artículo sobre muertes por sobredosis de jóvenes ricos y cultos

-dijo Gloria-. Aquí dice que se cree puedan ser asesinatos.

Paul se atragantó violentamente, esparciendo por toda la mesa la mayor parte de la comida que tenía en la boca.

–¡Papá! – lloriquéo Gregory.

Una capa de huevo y salchicha parcialmente masticados había ido a parar sobre la superficie de sus Sugar Pops.

–¿Te encuentras bien, Paul? – preguntó Gloria, alarmada. Paul levantó una mano para indicar que estaba bien. Tenía la cara tan colorada como los trozos de piel nueva que le cubría las mejillas. Con la otra mano Paul cogió su zumo de naranja y bebió un sorbo.

–Yo no me como esto -dijo Gregory mirando sus cereales-. Seguro que vomito.

–Yo tampoco me lo como -dijo Steven, que solía hacer todo lo que Gregory hacía o decía.

–Coged tazas limpias -ordenó Gloria-. Y poneos copos nuevos.

–Será mejor que me leas ese artículo de las muertes -dijo Paul con voz ronca.

Gloria lo leyó de arriba abajo sin parar. Cuando ella hubo terminado, Paul se levantó y se fue al estudio.

–¿No vas a terminar el desayuno? – le dijo Gloria cuando se iba.

–Ahora voy -dijo Paul, cerrando la puerta del estudio para apretar el botón de su marcador automático que le ponía en contacto con Angelo.

–¿Quién es? ¿Qué pasa? – murmuró Angelo, adormilado.

–¿Has leído el periódico de la mañana?

–¿Cómo quieres que lea el periódico? Estaba durmiendo. He estado hasta las tantas por ahí haciendo tú sabes qué.

–Quiero que tú, Tony y ese estúpido matasanos de Travino vengáis a verme ahora mismo. Y de camino os leéis el diario. Tenemos problemas.

–¡Franco! – dijo Marie Dominick muy sorprendida-. ¿No es un poco pronto para ti?

–He de hablar con Vinnie -dijo Franco.

–Vinnie aún está durmiendo -replicó Marie.

–Me lo figuraba, pero si hicieras el favor de despertarle…

–¿Estás seguro?

–Seguro -dijo Franco.

–Bien, entonces pasa -dijo Marie, abriendo la puerta del todo.

Franco entró en la casa.

–Ve a la cocina -le dijo Marie-. Hay café recién hecho. Marie desapareció por un pequeño tramo de escaleras mientras Franco vagaba por la cocina. El hijo pequeño de Vinnie, Vinnie junior, estaba sentado a la mesa. El chaval, de seis años, se entretenía atizándole a un montoncito de hojuelas con el reverso de una cuchara. Su hermana mayor, Roslyn, de once años, estaba junto al hornillo para darle vuelta a la siguiente hornada de tortitas.

Franco se sirvió una taza de café. Luego fue hasta el salón y se sentó en un sofá blanco, de piel, contemplando la nueva alfombra de lanilla gruesa color verde oscuro. Se quedó asombrado. Pensaba que ya no se podían comprar esas alfombras.

–¡Más vale que vaya en serio! – tronó Vinnie cuando entró en la habitación.

Vestía una bata de seda con estampado paisley. Llevaba el pelo virtualmente de punta, él, que siempre se lo alisaba inmaculadamente hacia atrás.

En lugar de dar explicaciones, Franco entregó el periódico a Vinnie.

Este lo agarró y se sentó.

–A ver, ¿qué es lo que tengo que mirar? – gruñó.

–Lee el artículo de las muertes por droga -dijo Franco.

A Vinnie se le fue arrugando la frente mientras leía. Permaneció callado unos cinco minutos. Franco sorbía su café.

–Bueno, ¿y qué coño? – dijo Vinnie, alzando la vista y dando un manotazo al periódico-. ¿Qué coño te pasa, despertarme por esto?

–¿Te has fijado en los últimos nombres de la lista? ¿Fletcher y los otros?

Anoche seguí a Angelo y Tony. Se los cargaron ellos. Yo sospecho que han sido ellos los que han liquidado a todo el grupo.

–Pero ¿por qué? – inquirió Vinnie-. ¿Por qué con cocaína? ¿Es que ahora la regalan?

–Aún no sé el porqué -admitió Franco-. Tampoco sé si Angelo y Tony actúan por su cuenta o cumpliendo órdenes de Cerino.

–Seguro que cumplen órdenes -dijo Vinnie-. Son demasiado imbéciles para hacer algo por su cuenta. ¡Cristo! ¡Qué catástrofe! Toda la ciudad se va a llenar de federales y encima los de narcóticos y los polis de diario. ¿Qué coño hace Cerino? ¿Es que se ha vuelto loco? No entiendo nada.

–Yo tampoco -dijo Franco-. Pero he podido establecer contacto con un par de personas que conocen a Tony. Alguien te avisará.

–Hemos de hacer algo -dijo Vinnie, moviendo la cabeza-. No podemos permitir que esto continúe.

–Es difícil saber lo que hay que hacer mientras no sepamos qué se propone Cerino -dijo Franco-. Dame un día más.

–Solamente uno -dijo Vinnie-. Y después pasaremos a la acción.

Laurie estaba aterrada cuando llegó a la puerta del trabajo. ¡Qué diferencia de un día a otro! Ayer y anteayer entraba y salía del edificio como si fuera la dueña. Ahora le daba miedo hasta cruzar el umbral. Pero ella sabía que eso era lo que debía hacer. Todo el sosiego que había experimentado en su casa se había desvanecido.

Al acercarse un poco más, vio un enjambre de inquietos periodistas que habían acudido ya a enterarse de la historia, de su historia. Había estado tan pendiente de Bingham que ni siquiera había pensado en ellos. Eran tantos al menos como cuando el caso de la colegiala asesinada. Tal vez más.

Decidió que lo mejor era enfrentarse a ello cuanto antes. Laurie entró en la recepción e inmediatamente fue reconocida por los periodistas. Le pusieron micrófonos delante de la cara al tiempo que la bombardeaban a preguntas y a flashes de las cámaras. Laurie logró abrirse paso hacia la puerta interior sin decir palabra. Un empleado de seguridad, vestido de uniforme, comprobó su identificación antes de dejarla entrar. Los periodistas no pudieron seguirla más allá de esa puerta.

Tratando de mantener la compostura, Laurie fue directamente a la oficina de Identificación. Vinnie estaba leyendo el periódico. También estaba Calvin.

Laurie miró a los ojos al hombre negro, quien le devolvió la mirada ocultando sus sentimientos. Calvin tenía unos ojos como canicas negras, perfectamente enmarcados por sus gafas de aro metálico.

–El doctor Bingham quiere verla -dijo Calvin sin alterarse para nada-.

Por desgracia, no va a poder recibirla hasta que termine con los periodistas.

Ya le llamará a su despacho.

A Laurie le habría gustado intentar explicarse pero no había mucho que decir. Y Calvin no parecía muy interesado, pues volvió enseguida a lo que estaba haciendo cuando entró Laurie. Esta decidió ver el programa de las autopsias antes de ir a su despacho. Su nombre no estaba en la lista. Se fijó en los tres nombres que había leído en el diario: Kendall Fletcher, Stephame Haberlin e Yvonne André. Por lo visto había nuevos casos para su serie.

Laurie se aproximó a Calvin.

–Supongo que ya sabe que me gustaría hacer las autopsias de estas sobredosis -le dijo.

Calvin levantó la vista de su trabajo.

–Personalmente me da igual cuáles sean sus preferencias -dijo-. Aquí lo que importa es que vaya a su despacho y espere a que la llame el doctor Bingham.

Confusa por este desaire, Laurie miró a Vinnie, pero este parecía tener los ojos clavados como siempre en la página de deportes. Si había oído la conversación, no lo aparentaba.

Sintiéndose como un crío castigado al que mandan a su cuarto, Laurie subió a su despacho y, decidiendo que bien podía ponerse a trabajar un poco, se sentó a su mesa y sacó unas cuantas carpetas. Estaba a punto de empezar cuando notó la presencia de alguien. Miró hacia la puerta abierta y vio a un desgreñado Lou Soldano. No parecía contento.

–Quiero darle las gracias personalmente por arruinarme la vida -dijo él-.

No tenía yo suficientes problemas con el comisario jefe, y ahora ha conseguido coronar su obra con sus revelaciones a la prensa.

–Han deformado lo que yo dije.

–¡Sí, claro! – exclamó Lou con sarcasmo.

–Yo nunca expliqué nada de encubrimiento -afirmó Laurie-. Solamente que la policía no creía que el asunto les afectase. Básicamente es lo que me dijo usted.

–Mi pequeña buscapleitos. Parece que no tuvo bastante con llamar a Asuntos Internos. Tenía que asegurarse de que me cazaran a mí.

–La llamada fue merecida -dijo Laurie-. Y a propósito de llamadas, no pudo usted ser más grosero cuando le telefoneé ayer. Ya me he hartado de su sarcasmo barato.

Laurie y Lou se miraron con ira a los ojos hasta que Lou cedió y apartó la mirada. Luego entró en el cuarto y se sentó en su silla habitual.

–Lo que dije por teléfono fue una chiquillada -admitió-. Lo supe en cuanto salió por mi boca. Lo siento. Lo que pasa es que estoy celoso de ese tipo. Bueno, ya lo he dicho, ya puede usted maltratar lo poco que queda de mi ego. Adelante.

La cólera de Laurie se apaciguó. Dejó caer la cabeza entre las manos, los codos apoyados en la mesa.

–Y yo siento haberle causado problemas en su trabajo -dijo, frotándose los ojos-. No era mi intención. Pero ya sabe lo desesperada que estaba.

Seguir: parte 12 de 12