Ceguera Asesina

Robin Cook · Capítulo 2 de 4 · parte 2/12

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Ceguera Asesina

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

–Quizá tengas razón -dijo Bob asintiendo con la cabeza-. Veremos. Entretanto, es mejor que vuelva a la rueda de prensa. ¿Qué tal si cenamos algún día de esta semana?

–Lo pensaré -dijo Laurie-. No quiero ser esquiva, pero es verdad que he de estudiar si quiero aprobar. ¿Por qué no me llamas y lo hablamos?

Bob asintió mientras Laurie dejaba que se cerrase la puerta del ascensor. Pulsó el quinto. Una vez en su despacho, llamó al Manhattan General y le dijo al doctor Murray lo que le había explicado el doctor Washington.

–Gracias por tomarse la molestia -dijo el doctor Murray cuando Laurie hubo terminado-. En este tipo de circunstancias va bien tener algunas pautas.

–Procure hacer buenas fotos -le aconsejó Laurie-. Si no, los trámites podrían cambiar…

–No se preocupe -dijo el doctor Murray-. Tenemos un departamento fotográfico propio. Será un trabajo de profesionales.

Después de colgar el teléfono, Laurie volvió al rizador de pelo. Sacó media docena de fotos desde varios ángulos y con distinta iluminación. Solucionado el asunto del rizador, Laurie se concentró en el único caso que quedaba del domingo, el único y el más turbador: el chico de doce años.

Laurie se levantó de la mesa y fue otra vez a la primera planta para hablar con Cheryl Myers, una de las inspectoras médicas. Le explicó que necesitaba más testigos oculares del momento en que el muchacho recibió el pelotazo. Puesto que la autopsia no había dado evidencias positivas, iba a

necesitar declaraciones personales en las que basar su diagnóstico de commotio cordis o muerte por golpe en el pecho. Cheryl prometió ponerse a ello inmediatamente.

De vuelta en la planta quinta, Laurie fue a Histología para ver si podían darse prisa con los portaobjetos del chico. Sabiendo lo turbada que estaba la familia, tenía ganas de concluir su parte de la tragedia. Los familiares solían llegar a un cierto tipo de aceptación en cuanto conocían la verdad.

La aflicción se volvía más complicada por el aura de incertidumbre que rodeaba toda muerte por causa desconocida.

Mientras estaba en Histología, Laurie cogió algunas pruebas de casos que habían llegado a sus manos la semana anterior. Al pasar por Toxicología y Serología cogió unos informes. Al llegar a su despacho desparramó sobre la mesa todo el material que traía y se puso a trabajar. Sin contar una corta pausa para almorzar, Laurie estuvo todo el día revisando los portaobjetos, compulsando los informes del laboratorio, haciendo llamadas y completando el máximo número de fichas.

El hecho de saber que al día siguiente iban a asignarle al menos dos, y puede que hasta cuatro nuevos casos para autopsia, alimentaba su ansiedad; si no lograba estar al día con el papeleo, se vería desbordada. No había forma de aburrirse en el Servicio de Inspección Médica de Nueva York, puesto que cada año se recibían entre quince y veinte mil encargos para autopsia. El promedio diario era de dos homicidios y dos sobredosis por droga.

Hacia las cuatro de la tarde, Laurie empezó a aflojar la marcha. El volumen de trabajo y su intensidad habían hecho sus estragos. Cuando el teléfono sonó por centésima vez, Laurie respondió con voz cansada. Al comprobar que era la señora Sanford, la secretaria del doctor Bingham, se irguió en la silla por puro reflejo. No pasa todos los días que a uno le llame el gran jefe.

–El doctor Bingham desea verla en su despacho, si le parece oportuno -dijo la señora Sanford.

–Enseguida bajo -respondió Laurie.

Se sonrió por lo de "si le parece oportuno". Conociendo al doctor Bingham, lo más probable es que se tratara de una traducción hecha por la señora Sanford de: "¡Que baje la doctora Montgomery cuanto antes!". De camino, Laurie trató en vano de imaginar para qué quería verla el doctor Bingham.

–Pase -le dijo la señora Sanford, mirando a Laurie por encima de sus gafas de leer.

–¡Cierre la puerta! – ordenó el doctor Bingham tan pronto Laurie puso el pie en su despacho.

Estaba sentado detrás de su impresionante mesa de despacho-. ¡Siéntese!

Laurie hizo lo que le decían. El tono airado de Bingham era una advertencia de lo que se le venía encima. Laurie comprendió enseguida que no estaba allí para que la elogiasen. Observó a Bingham quitándose las gafas de aro metálico y depositándolas sobre el cartapacio. Sus gruesos dedos manejaban las gafas con sorprendente habilidad.

Laurie examinó el rostro de Bingham. Sus acerados ojos azules parecían fríos, distantes. Sobre la punta de la nariz se distinguía una fina red de capilares.

–Usted sabe perfectamente que tenemos una oficina de relaciones públicas, ¿no es así? – empezó Bingham en un tono sarcástico, de enojo.

–Naturalmente -contestó Laurie cuando Bingham hizo una pausa.

–Entonces sabrá también que la responsable de toda información que se da tanto al público como a los medios de comunicación es la señora Donatello.

Laurie asintió con la cabeza.

–Y seguramente debe saber que, a excepción de mí mismo, todo el personal de este servicio debe reservarse sus opiniones personales por lo que concierne a asuntos de inspección médica.

Laurie no dijo nada. Aún no sabía adónde llevaba esta conversación.

De pronto, Bingham saltó de su butaca y empezó a ir de un lado a otro por detrás de su mesa.

–De lo que no estoy tan seguro -prosiguió- es de que haya comprendido que el hecho de ser inspector médico comporta importantes responsabilidades sociales y políticas. – Dejó de pasear arriba y abajo para mirar a Laurie-. ¿Entiende lo que le digo?

–Creo que sí -dijo Laurie, pero había una parte de la conversación que se le escapaba.

No tenía la menor idea de lo que había precipitado diatriba.

–Con creerlo no basta -dijo bruscamente Bingham.

Se detuvo y se inclinó sobre su mesa, lanzándole a Laurie una mirada feroz.

Por encima de todo, Laurie deseaba mantener la serenidad. No quería parecer impresionable.

Detestaba este tipo de situaciones. El enfrentamiento no era precisamente su fuerte.

–Por otra parte -le espetó Bingham-, el infringir las normas referentes a información privilegiada es algo que no toleraré. ¿Está claro?

–Sí -respondió Laurie luchando por contener las lágrimas. No estaba ni triste ni furiosa, solo enfadada. Con la cantidad de trabajo que había estado haciendo, no pensaba merecer semejante perorata-. ¿Puedo saber de qué se trata?

–Por supuesto -dijo Bingham-. Cuando la rueda de prensa sobre el asesinato de Central Park iba a terminar, se ha levantado un periodista y ha empezado a preguntar sobre el hecho de que usted había declarado abiertamente que este departamento no estaba llevando bien el caso. ¿Le dijo usted esto o no a un periodista?

Laurie se encogió en su asiento. Trató de devolverle la mirada a Bingham, pero acabó teniendo que desviar los ojos. Sentía un acceso de perplejidad, culpa, ira y resentimiento. Le sorprendía que Bob hubiera tenido tan poco juicio y menos respeto aún por su confidencia.

–Mencioné algo en ese sentido -consiguió decir al fin.

–Me lo imaginaba -dijo Bingham con presunción-. Sabía que el periodista no habría tenido valor para inventar semejante cosa. Bien, considérese advertida, doctora Montgomery. Eso es todo.

Laurie salió dando tumbos del despacho del jefe. Humillada, no se atrevió siquiera a intercambiar miradas con la señora Sanford por temor a perder el control de esas lágrimas que había estado reprimiendo. Deseando no tropezarse con nadie, Laurie corrió hacia las escaleras para no tener que esperar el ascensor.

Dio gracias de que su compañera de despacho estuviese aún en la sala de autopsias. Después de cerrar la puerta, Laurie se sentó a su mesa. Se sentía anonadada, como si todos esos meses de duro trabajo hubieran quedado en agua de borrajas por una estúpida indiscreción.

Con una súbita determinación, Laurie descolgó el teléfono. Quería llamar a Bob Talbot para decirle lo que pensaba de él. Pero empezó a dudar y finalmente dejó el auricular en su sitio. En ese momento no tenía fuerzas para un nuevo enfrentamiento, así que respiró hondo y soltó el aire muy despacio.

Intentó volver a su trabajo, pero no podía concentrarse. Abrió su maletín y puso en su interior varias de las fichas por terminar. Tras recoger sus otras pertenencias, Laurie tomó el ascensor a la planta sótano y salió por la rampa del depósito de cadáveres a la Calle 30. No quería arriesgarse a toparse con alguien en la recepción.

Mientras se dirigía al sur por la Primera Avenida seguía lloviendo, cosa que parecía encajar con su estado de ánimo. La ciudad tenía peor aspecto si cabe que por la mañana, con ese manto de humo acre flotando entre los edificios que se alineaban en la calle. Laurie anduvo con la cabeza gacha para evitar los grasientos charcos, la basura y las miradas de la gente sin hogar.

Incluso el edificio donde vivía le pareció más sucio que de costumbre, y mientras esperaba el ascensor pudo percibir el olor de todo un siglo de cebollas fritas y carne con mucha grasa. Al llegar a la quinta planta, lanzó una mirada furiosa al ojo inyectado en sangre de Debra Engler sin atreverse a decirle nada. Una vez en su apartamento, cerró la puerta con tanta fuerza que hizo inclinar un grabado de Klint que había comprado en el Metropolitan.

Tampoco el festivo Tom pudo levantarle el ánimo cuando vino a frotársele en la espinilla mientras ella se quitaba la trinchera y metía el paraguas en el estrecho armario del vestíbulo.

Finalmente, Laurie fue a la sala de estar y se desplomó en su butaca.

Negándose a ser ignorado, Tom saltó sobre el respaldo del sillón y empezó a ronronearle junto al oído derecho. Como eso no surtió efecto, Tom se puso a tocarle el hombro con la pata sin parar.

Laurie reaccionó finalmente alargando la mano y poniendo el gato sobre su regazo, donde empezó a acariciarle distraídamente.

Cuando la lluvia golpeó la ventana como un puñado de granos de arena, Laurie se lamentó de estar viva. Era la segunda vez en lo que iba de día que pensaba en el hecho de no estar casada. Las críticas de su madre parecían ahora más pertinentes que de costumbre. Se preguntó de nuevo si habría elegido bien su carrera. ¿Y dentro de diez años? ¿Se imaginaba en el mismo atolladero de su solitaria vida cotidiana, esforzándose porque no le pillara el toro del papeleo que comportaban las autopsias, o asumiría obligaciones de tipo administrativo como Bingham?

Con absoluta sorpresa, Laurie notó por primera vez que no tenía deseo alguno de mandar. Hasta el momento, siempre había intentado sobresalir, ya fuera en la escuela o en la facultad, y aspirar a ser jefa habría encajado bien en ese molde. Sobresalir había sido para Laurie un tipo de rebelión, un intento de hacer que su padre, el gran cirujano de corazón, reconociese por fin su valía. Pero no sirvió de nada. Sabía que a ojos de su padre ella nunca había podido sustituir al hermano mayor que murió a la tierna edad de diecinueve años.

Laurie suspiró. No era propio de ella estar deprimida, y el hecho de estarlo lo acentuaba aún más.

Nunca habría pensado que podía ser tan susceptible a las críticas. Quizá había sido desdichada y ni siquiera lo había notado con tantísimo trabajo encima.

Laurie reparó en la lucecita roja del contestador. Estaba parpadeando. Al principio no hizo caso, pero el parpadeo se hacía más insistente a medida que la habitación se sumía en la oscuridad.

Después de estar mirando la lucecita durante otros diez minutos, la curiosidad pudo con ella y fue a escuchar la cinta. Era una llamada de su madre, Dorothy Montgomery, quien le pedía que la llamase en cuanto llegara a casa.

–¡Mira qué bien! – dijo Laurie en voz alta.

Consideraba si llamar o no, sabiendo de la capacidad de su madre para crisparle los nervios en el mejor de los casos. No le apetecía, precisamente ahora, exponerse una vez más al escepticismo y a los gratuitos consejos de su madre. Laurie escuchó el mensaje por segunda vez y, tras convencerse de que el tono de voz era de verdadera preocupación, hizo la llamada. Dorothy contestó al momento.

–Gracias a Dios que has telefoneado -le dijo casi sin aliento-. No sé qué habría hecho si no llamas. Estaba pensando mandarte un telegrama. Mañana por la noche celebramos una fiesta y quiero que vengas. Va a venir alguien que deseo que conozcas.

–¡Mamá! – dijo Laurie con exasperación-. No sé si tengo ganas de fiestas. He tenido un mal día, sabes.

–Bobadas -exclamó Dorothy-. Razón de más para salir de ese horroroso apartamento tuyo. Lo pasarás de fábula, ya verás. Te hará bien. La persona a quien quiero que conozcas es el doctor Jordan Scheffield, un oftalmólogo maravilloso, conocido en todo el mundo. Me lo ha dicho tu padre. Y lo mejor de todo es que se ha divorciado hace poco de una mujer espantosa.

–No me interesan las citas a ciegas -dijo Laurie enfadada.

No podía creer que su madre no solo olvidara cuál era su estado en ese momento, sino que quisiera hacerla ligar con una especie de oculista divorciado.

–Ya es hora de que conozcas a alguien que valga la pena -dijo Dorothy-. Nunca he comprendido qué viste en ese Sean Mackenzie. Ese chico es un inútil, un maleante y una mala influencia para ti.

Me alegro de que por fin rompieras con él para siempre.

Laurie hizo girar los ojos. Su madre estaba en forma. Aun cuando había algo de cierto en lo que decía, no tenía ganas de oírlo justo ahora. Laurie había salido de vez en cuando con Sean desde la escuela. Al principio, su relación fue muy tempestuosa. Pero aunque él no era exactamente un maleante, sí que poseía cierto atractivo de forajido entre su moto y sus malos modales. Durante una temporada esa personalidad "artística" de él ejerció sobre Laurie un gran poder de seducción. En aquel entonces ella había sido lo bastante rebelde para probar drogas con Jean en varias ocasiones.

Pero Laurie esperaba que esta fuese la separación definitiva.

–Te espero a las siete y media -dijo Dorothy-. Y quiero que te pongas algo bonito, como ese conjunto de lana que te regalé por tu cumpleaños. ¡Ah! y el pelo. Péinatelo hacia arriba. Me encantaría hablar más rato, pero tengo muchísimo que hacer. Hasta mañana, querida. Adiós.

Laurie apartó el auricular de la oreja y se lo quedó mirando con incredulidad en la sala a oscuras.

Su madre acababa de colgarle. No sabía si soltar un taco, si reír o si llorar. Dejó el auricular en su horquilla. Por último, se echó a reír. Su madre era un verdadero carácter. Mientras se repetía mentalmente la conversación, le parecía imposible que hubiera tenido lugar. Era como si ella y su madre hablaran en longitudes de onda diferentes.

Paseando por su apartamento, Laurie fue encendiendo las luces y luego corrió las cortinas.

Protegida del mundo exterior, se soltó el pelo y se desvistió. Eso la hizo sentir mejor, por alguna razón. La alocada conversación con su madre había conseguido librarla de golpe de sus deprimentes pensamientos. Al meterse en la ducha, Laurie admitió para sí que tendía a ser más emotiva en asuntos profesionales de lo que ella quería. El darse cuenta de ello resultaba molesto. No le importaba vestirse de un modo femenino pero no pretendía prestar fe al estereotipo de hembra frágil y voluble.

De ahora en adelante, intentaría ser más profesional. Se daba cuenta asimismo del error que había cometido al confiar en Bob. Tendría que asegurarse de guardar sus opiniones para sí misma, sobre todo por lo que a lo medios de comunicación concernía. Tenía suerte de que Bingham no la hubiera despedido.

Bajo el chorro de agua, Laurie pensaba en prepararse, una ensalada y luego estudiar un poco.

Después recordó la cena prevista para el día siguiente en casa de sus padres. Aunque su primera reacción había sido absolutamente negativa, estaba empezando a pensarlo mejor. Tal vez le serviría para romper la rutina. Entonces se preguntó hasta qué punto sería insoportable ese oftalmólogo recién divorciado, y cuántos años debía de tener.

21.40, lunes, Queens, Nueva York

–Tengo que hacer algo -dijo Tony Ruggerio. Sentía como un hormigueo por todo el cuerpo que le hizo removerse en el lado derecho del asiento delantero del Lincoln sedán negro propiedad de Angelo Facciolo-. Llevamos cuatro noches sentados delante del colmado de D'Agostino. Ya no aguanto más sin hacer nada, ¿me entiendes? Necesito movimiento, algo, lo que sea.

Sus ojos barrieron rápidamente y con nerviosismo la calle lluviosa que tenía ante él. El coche estaba aparcado cerca de una boca de riego en Roosevelt Avenue.

Angelo hizo girar la cabeza con lentitud. Sus ojos semicerrados miraron detenidamente a aquel

"muchacho" de veinticuatro años y aspecto juvenil que le habían impuesto. El carácter excitable e impulsivo de Tony bastaba para poner a prueba la paciencia de Angelo. Él pensaba que el

"muchacho", cuyo apodo era El Animal, representaba un impedimento para su manera de trabajar, y otro tanto le había dicho a Cerino. Pero daba lo mismo. Era como hablar con la pared. Cerino le dijo que la ventaja principal de Tony era que no tenía miedo; era ambicioso, fogoso, carecía de escrúpulos y tenía poca conciencia. Cerino le dijo que necesitaba más gente como Tony. Angelo no lo veía muy claro.

Tony medía apenas un metro sesenta y ocho y era nervudo. Lo que le faltaba en estatura intentaba compensarlo en músculo. Acudía regularmente al American Gym de Jackson Heights. Le dijo a Angelo que tomaba suplementos proteínicos y a veces esteroides.

Tony tenía unas facciones redondeadas, étnicas, de italiano del sur, y el pelo brillante, negro y espeso. Su nariz era un poquito chata y estaba ligeramente ladeada hacia la derecha gracias a sus pinitos de boxeador aficionado. Se había criado en Woodside y no consiguió terminar la segunda enseñanza. En el instituto se había peleado frecuentemente por causa de su estatura así como por su hermana Mary quien, en el dialecto particular de Tony, era una "tía buena". Siempre había protegido a su hermana, pensando que; todos los varones tenían los mismos objetivos que él con respecto al sexo opuesto.

–No aguanto más aquí sentado -dijo Tony-. Tengo que salir del coche -agregó buscando el picaporte.

Angelo le puso la mano en el brazo.

–¡Tranquilo! – dijo Angelo en un tono lo bastante amenazador como para frenar a Tony.

En cierto modo, Cerino había acertado al emparejarlo Angelo, el "petimetre", servía de excelente contraste para el temerario Tony. Tenía treinta y cuatro años pero parecía mayor. Mientras que Tony era bajo, Angelo era alto y enjuto, con esa cara de cuchillo que le daban sus facciones angulosas. Si Tony era susceptible en cuanto a su estatura, Angelo lo era en cuanto a su piel. Llevaba en el rostro cicatrices de un caso casi mortal de varicela a los seis años de edad, así como señales de graves problemas de acné entre los trece y los veintiuno. Mientras que Tony era impulsivo y fogoso, Angelo era cauto y calculador: un sociópata aparentemente sosegado cuyo carácter era fruto de una interminable serie de hogares adoptivos y una temporada de trabajos forzosos en una prisión de máxima seguridad.

Tanto el uno como el otro eran bastante ostentosos con respecto a su guardarropa, si bien Tony nunca acababa de dar la imagen que deseaba; sus trajes, por más caros que fuesen, le sentaban siempre mal a ese cuerpo desproporcionadamente musculoso. Por el contrario, Angelo le daba satisfacción incluso a John Gotti El Apuesto por sus esfuerzo en materia de elegancia en el vestir. No es que fuese un chulo, sino simplemente meticuloso. Solo vestía trajes, camisas, corbatas y zapatos de Brioni. Si el culto a la musculatura era en Tony una respuesta a su corta estatura, la melindrosa forma de vestir de Angelo respondía a su naturaleza, un tema sobre el cual no toleraba alusión alguna.

Tony se recostó en su asiento. Echó una ojeada hacia donde estaba Angelo. Este era una de las pocas personas a quien Tony respetaba, temía y envidiaba incluso. Angelo tenía la vida asegurada, poseía contactos y una reputación legendaria.

–Paulie me dijo que Frankie DePasquale se presentaría en esta tienda -dijo Angelo-, de modo que si es preciso esperaremos aquí hasta el mes que viene.

–¡Joder! – murmuró Tony.

En vez de salir del coche, Tony metió la mano en su chaqueta y extrajo su Beretta Bantam calibre 25. Después de soltar el pestillo de resorte, sacó el cargador y contó las balas como si uno de los ocho cartuchos hubiera podido desaparecer desde que media hora antes los contase por última vez.

Cuando Tony tiró del gatillo del arma vacía, Angelo dio un respingo.

–Deja la pistola -dijo-. ¿Qué es lo que te pasa?

–¡Está bien, está bien! – dijo Tony, metiendo otra vez el cargador y devolviendo la pistola a su pistolera-. Cálmate, hombre.

Tony miró a Angelo, quien le devolvió la mirada unos segundos. Tony levantó las manos.

Conocía lo bastante a Angelo para saber que estaba enfadado.

–El arma está en su sitio. Tranquilízate ya.

Angelo no dijo nada y se limitó a seguir observando la entrada de la tienda de D'Agostino mirando la gente que entraba y salía.

Tony suspiró ruidosamente.

–Desde que esos hijos de puta le arrojaron ácido a Paulie en la cara llevamos un mes alucinante.

Puede que los Pobres se hayan rajado, igual se han largado de la ciudad.

Es lo que yo habría hecho. Al día siguiente me habría ido muy lejos de aquí, a Florida o a la costa. A lo mejor estamos esperando en vano. ¿Has pensado en eso?

–A Frankie le han visto -dijo Angelo-. Le han visto aquí, en la tienda de D'Agostino.

–¿Y cómo pasó? – preguntó Tony-. Primero de todo ¿cómo pudieron acercarse a Cerino?

–No fue complicado -contestó Angelo-. Vinnie Dominick convocó la reunión con Cerino. Nada de armas, fue el trato. Todo el mundo tenía que dejar la artillería en el coche. Se utilizó incluso un detector de metales que Cerino había llevado del aeropuerto Kennedy. Cuando Terry Marteso empezó a servir el café, le arrojó una taza de ácido a la cara de Paul. Sabemos que Frankie estaba implicado por que vino con Manos.

–¿Cómo consiguió huir Frankie? – preguntó Tony.

–En cuanto le tiraron el ácido a Paulie se fue la luz -dijo Angelo-. Se armó un lío de mil demonios. Paulie gritando todo el mundo poniéndose a cubierto en la oscuridad. Yo estaba junto a la ventana que da a la calle. Arrojé una silla contra el cristal y me lancé fuera. Fue entonces cuando vi a Manso saliendo por la puerta principal. Frankie ya esta subiendo al coche. Todo sucedió muy deprisa, muy pocos pudieron reaccionar.

–¿Cómo conseguiste coger a Manso?

–Hubo una carrera -dijo Angelo-. Y Manso perdió. El coche estaba justo enfrente del restaurante; yo tenía mi arma en el asiento delantero por si algo iba mal. Hice dos disparos mientras Manso trataba de subir al coche. No lo logró. Las dos balas le entraron por la espalda.

–¿Cuántos intervinieron? – preguntó Tony.

Había sentido curiosidad por el incidente del ácido desde que se enteró de que había ocurrido, pero le daba miedo sacar el asunto a relucir.

–Tal como yo lo veo, debieron ser dos más, aparte Manso y DePasquale -dijo Angelo-. Una de las razones por las que quiero hablar con Frankie es para asegurarme.

–¡Qué increíble! – dijo Tony meneando la cabeza-. No me imagino cuánto debió de prometerles a la gente de Lucia por dar un golpe como este.

–Nadie lo sabe con seguridad -dijo Angelo-. De hecho, se rumorea que los cabrones lo hicieron por cuenta propia, pensando que la gente de Lucia los recompensaría por sus cojones. Pero por lo que sabemos, los de Lucia ni siquiera lo han admitido.

–Qué falta de respeto -murmuró Tony-. Tirarle ácido a la cara. ¡Joder!

–Ahora que lo pienso -dijo Angelo-. ¿Has traído el ácido de batería?

–Claro que sí, hombre -dijo Tony-. Está en el viejo maletín de médico de Doc Travino, en el asiento de atrás.

–Bien -dijo Angelo-, a Paulie le va a gustar. Es un buen toque.

Tony se estiró. Estuvo callado durante un minuto y luego se aclaró la garganta:

–¿Qué me dices si salgo un momentito del coche? Me gustaría hacer un poco de gimnasia. Tengo los hombros entumecidos.

Angelo juró por lo bajo y le dijo a Tony que estar con él en el coche era como estar encerrado con un crío de dos años.

–Perdona -dijo Tony arqueando las cejas-. Es que estoy acostumbrado a un poco más de movimiento. Entrelazando las manos, Tony realizó una serie de ejercicios isométricos. En mitad de una de ellos se detuvo y miró por la ventanilla lateral. – ¡Hostia! Ese que pasa por ahí ¿no es Frankie DePasquale? – dijo Tony excitadísimo.

Angelo se inclinó hacia delante para ver:

–Pues sí, parece él.

–¡Por fin! – exclamó Tony, manipulando para sacar su arma y alcanzar el picaporte.

Entonces notó la mano de Angelo en su brazo. Sorprendido, miró a su tutor.

–Aún no -dijo Angelo-. Hemos de asegurarnos de que va solo. No podemos meter la pata. Puede que sea nuestra única oportunidad y Paulie no quiere más problemas.

Como un anhelante perro de caza aguantándose a duras penas las ganas de lanzarse sobre su peluda presa, Tony vio cómo Frankie DePasquale desaparecía en la concurrida tienda de comestibles.

Para su sorpresa, Angelo puso el coche en marcha.

–¿Adónde vas? – inquirió Tony.

–Solo estoy reculando un poco -explicó Angelo-. Parece que Frankie va solo. Le cogeremos cuando vuelva a salir. Angelo hizo marcha atrás y se puso en ángulo a la altura de una parada de autobús. Dejó el motor en marcha. Aguardaron.

Al cabo de veinte minutos, Frankie salió de la tienda con paquetes en ambas manos. Angelo y Tony le vieron caminar directamente hacia ellos.

–Parece un adolescente -dijo Angelo,

–Lo es -dijo Tony-. Tiene dieciocho años. Iba a la clase de mi hermana antes de que empezara a salir con malas compañías y colgar los estudios.

–¡Ahora! – gritó Angelo.

A la velocidad del rayo, Angelo y Tony salieron a la vez del coche y se pusieron delante del sorprendido Frankie, cuyos ojos se abrieron de par en par mientras dejaba caer la mandíbula.

–Hola, Frankie -dijo Angelo con calma-. Tenemos que hablar.

La respuesta de Frankie fue dejar caer la compra. Las bolsas se rompieron al dar contra la acera mojada y varias latas de pasta con tomate salieron rodando por la reguera. Frankie se volvió y empezó a correr.

Tony le agarró enseguida por detrás, haciéndole caer a la calzada. Sujetándole contra el suelo, le cacheó rápidamente y le sacó una pequeña Saturday especial. Tony se metió el arma en el bolsillo y puso al aterrorizado muchacho boca arriba. De cerca, Frankie parecía tener menos de dieciocho años.

En realidad, parecía que aún no había empezado a afeitarse.

–¡No me hagas daño! – suplicó Frankie.

–¡Cierra el pico! – cortó Tony.

Ese chico era un flojo. Qué asco.

Angelo aparcó junto a ellos. Con el motor encendido saltó del coche. Varios transeúntes se habían detenido bajo sus paraguas y miraban como tontos el espectáculo. Angelo se abrió paso.

–Venga, muévanse -les ordenó-. Somos de la policía. Angelo sacó y volvió a guardar enseguida una vieja placa del departamento de policía que llevaba siempre en el bolsillo para ocasiones como esta. El que pusiera Ozone Park cuando en realidad estaban en Woodside no importaba demasiado.

Lo que causaba el efecto deseado era la forma y el lustre del metal. La pequeña multitud empezó a dispersarse.

–¡No son de la policía! – aulló Frankie.

Tony respondió a la exclamación de Frankie poniéndole a un lado de la cabeza su Beretta Bantam.

–Una palabra más, chaval, y pasas a la historia. – Al coche -ordenó Angelo.

Angelo a un costado y Tony al otro, levantaron a Frankie y lo arrastraron hasta el coche. Le hicieron entrar abriendo la puerta de atrás y bajándole la cabeza. Tony subió detrás de él. Angelo dio la vuelta a toda prisa y ocupó el asiento del conductor. Con un rechinar de neumáticos, se dirigieron al oeste por Roosevelt Avenue.

–¿Por qué me hacéis esto? – preguntó Frankie-. Yo no os he hecho nada.

–¡Cállate! – dijo Angelo desde el asiento delantero.

No perdía de vista el espejo retrovisor. Si hubiera habido el menor indicio de complicación, habría torcido por Queens Boulevard. Pero como todo estaba tranquilo, decidió seguir recto. Cuando Roosevelt se convirtió en Greenpoint, empezó a tranquilizarse.

–Muy bien, cabrón -dijo Angelo, mirando por el retrovisor-. Empieza a hablar.

Pudo ver que Frankie se encogía en el rincón, manteniéndose todo lo lejos de Tony que le era posible. Tony sostenía su pistola en la mano izquierda con el brazo extendido sobre el respaldo. Sus ojos no dejaban a Frankie ni un momento.

–¿De qué queréis hablar? – preguntó Frankie.

–De lo que le hicisteis tú y Manso a Paulie Cerino -dijo Angelo-. Seguro que has adivinado que trabajamos para el señor Cerino.

Los ojos de Frankie pasaron rápidamente de la cara de Tony a su arma y luego a la imagen de Angelo que veía por el retrovisor. Estaba aterrorizado.

–Yo no lo hice -dijo-. Solo estaba allí. Fue idea de Manso. Me obligaron. Yo no quería hacerlo, pero ellos amenazaron a mi madre.

–¿Ellos? ¿Quiénes?

–Bueno, Terry Manso -dijo Frankie-. Fue él solo.

Con un golpe súbito y feroz, Tony le partió la cara a Frankie con el cañón de la pistola.

Frankie gritó y se llevó las palmas de las manos a la cara. Entre sus dedos empezó a correr un reguero de sangre.

–¿Es que te crees que somos estúpidos? – dijo despectivamente Tony.

–No le pegues todavía -dijo Angelo-. A lo mejor quiere cooperar.

–No me peguéis más, por favor -rogó Frankie entre sollozos.

Tony soltó un taco e hizo pasar el cañón de su pistola entre los dedos de Frankie para metérselo en la boca. – Como no te espabiles y dejes de jodernos, te van a quedar los sesos desparramados por todo el coche.

–¿Quién más estaba metido? – volvió a preguntar Angelo. Tony retiró el cañón de su arma para que Frankie pudiese hablar.

–Fue solo Manso -sollozó Frankie-. Él me obligó a acompañarle.

Angelo meneó la cabeza disgustado.

–Está claro que no quieres cooperar, Frankie. Acuérdate de las luces. En el momento en que Manso arrojó el ácido, las luces se apagaron. No fue coincidencia. ¿Quién andaba jodiendo con las luces, eh? Y el coche. ¿Quién conducía el coche?

–Yo no sé nada de las luces -dijo Frankie sollozando otra vez-. No me acuerdo de quién conducía.

Alguien que no conozco. Debió de contratarlo Manso.

Angelo meneó la cabeza disgustado. La cosa se ponía difícil. Odiaba esta clase de trabajo sucio.

Había abrigado vagas esperanzas de que Frankie desembucharía en cuanto le metieran en el coche.

Evidentemente no iba a ser así.

Al levantar la vista para mirar por el retrovisor, Angelo captó por un momento la cara de Tony a la luz parpadeante de las farolas que dejaban atrás. Tony lucía una de esas sonrisas que dejaban bien a las claras que estaba disfrutando. El propio Angelo pensaba que de vez en cuando Tony podía dar miedo.

Llegados a la zona de pilares de Greenpoint en Brooklyn, Angelo torció a la derecha por Franklin y luego a la izquierda por Java. Todo parecía en ruinas, sobre todo a medida que se aproximaban al agua. Se sucedían los almacenes a pie de calle. Setenta y cinco o cien años atrás había sido una floreciente zona portuaria, pero desde entonces se había transformado casi por entero, a excepción de alguna empresa aislada, como la planta que Pepsi-Cola tenía cerca de Newtown Creek.

–Todos abajo -dijo Angelo.

Estaban aparcados a la sombra de un almacén enorme edificado justo encima del muelle que se adentraba en el East River casi un centenar de metros. Al otro lado del río estaba la mole monumental de la reluciente silueta de rascacielos de Manhattan. Tony salió del coche con el maletín negro de Doc Travino e hizo señas a Frankie para que saliera.

Angelo abrió la cerradura de una puerta elevada del almacén y, tras levantarla, instó a Frankie a entrar. Frankie dudaba en el lóbrego umbral.

–Os he dicho todo lo que sé. ¿Qué queréis de mí?

Tony le propinó a Frankie un empujón que le hizo tambalear hacia delante. El clic del interruptor resonó en el cavernoso almacén cuando Angelo encendió las lámparas de vapor de mercurio. Al principio solo fue un resplandor, pero a medida que se alejaban del muelle arrastrando a un renuente Frankie, las lámparas daban una luz cada vez más viva, hasta que pronto bastó para iluminar los enormes rimeros de plátanos que ocupaban todo el almacén.

–¡Por favor! – gimió Frankie, pero Angelo y Tony hacían caso omiso.

Fueron hasta el fondo del almacén, donde abrieron una puerta con paneles. Angelo buscó el interruptor que activaba una solitaria bombilla suspendida de un alambre sin aislar. En el cuarto había una vieja mesa metálica de despacho sin cajones, unas sillas y un gran agujero en el suelo. Más allá del agujero, el agua del East River parecía más aceite que agua cuando se arremolinaba en torno a los pilotes del muelle al compás de la marea.

–Os estoy diciendo la verdad -lloriqueó Frankie-. Fue Manso. Yo no tuve más remedio que ir. No sé nada más.

–Claro, Frankie -dijo Angelo, y volviéndose hacia Tony agregó-: Átale a una silla.

Tony dejó el maletín de Doc Travino sobre la mesa y lo abrió. De dentro extrajo un trozo de cuerda de tender. Luego, con una sonrisa perversa, le dijo a Frankie que se sentara en una de las sillas de madera. Frankie obedeció. Mientras Tony le ataba, Angelo encendió un cigarrillo.

Tony dio un par de tirones a la cuerda para comprobar los nudos que había hecho. Contento, se puso en pie y le hizo una señal con la cabeza a Angelo.

–Por última vez, Frankie-dijo Angelo-. ¿Quién más estaba metido en lo del ácido? ¿Tú, Manso y quién más?

–Nadie -sollozó Frankie-. Es la verdad.

Angelo le echó el humo a la cara, burlándose. Luego, lanzándole una mirada a Tony, dijo:

–El suero de la verdad.

Tony sacó del maletín de Doc Travino un pequeño frasco de cristal y un cuentagotas. Le entregó ambas cosas a Angelo, quien desenroscó el tapón y olisqueó el contenido cautelosamente. Al subirle la vaharada, echó la cabeza atrás enseguida.

–Coño, qué cosa más fuerte. Parpadeó unas cuantas veces el rabillo del ojo.

–¿Hay alguna posibilidad de que cambies la historia que nos has contado? – preguntó Angelo tranquilamente tras acercarse a Frankie.

–Estoy diciendo la verdad-insistió Frankie. Angelo miró a Tony:

–Échale la cabeza para atrás.

Tony agarró un mechón de pelo del chico a la altura de la frente y tiró violentamente de su cabeza hacia atrás.

–A ver, Frankie -dijo Angelo inclinándose sobre la cara de Frankie, que miraba al techo-.

¿Alguna vez has oído la frase "ojo por ojo, diente por diente"?

Solo entonces Frankie se dio cuenta de lo que pasaba. Pero pese a sus intentos de apretar los ojos para mantenerlos cerrados, Angelo consiguió vaciarle el cuentagotas en el párpado inferior derecho.

Un ligero ruido como de agua salpicando en una sartén caliente precedió a un grito escalofriante cuando el ácido sulfúrico corroyó el delicado tejido ocular de Frankie. Angelo miró a Tony y reparó en que su sonrisa se había convertido en una mueca de placer. Angelo se preguntó adónde irían a parar con esta nueva generación. Este Tony lo estaba pasando la mar de bien. Para Angelo no se trataba de diversión, sino de trabajo. Ni más ni menos.

Angelo puso el frasco de ácido sulfúrico sobre la mesa y dio un par de chupadas a su cigarrillo.

Cuando los gritos se convirtieron en sollozos entrecortados, Angelo se inclinó sobre Frankie y le preguntó tranquilamente si deseaba cambiar la historia.

–¡Habla! – ordenó Angelo cuando pareció que Frankie no le hacía caso.

–He dicho la verdad -logró pronunciar Frankie.

–¡Será posible! – musitó Angelo mientras volvía a por el ácido. Girándose para llamar a Tony, dijo-: Aguántale la cabeza otra vez.

–¡No! ¡Espera! – dijo Frankie con voz ronca-. No me hagas daño. Os diré lo que queréis saber.

Angelo volvió a dejar el ácido sobre la mesa. Frankie seguía derramando lágrimas, especialmente por el ojo donde le habían arrojado el ácido.

–Está bien, Frankie -dijo Angelo-. ¿Quién más estaba metido?

–Tienes que darme algo para el ojo -gimió Frankie-. Me está matando.

–Nos ocuparemos de ello en cuanto nos digas lo que queremos -dijo Angelo-. Vamos, Frankie.

Estoy perdiendo la paciencia.

–Bruno Marchese y Jimmy Angelo miró a Tony.

Tony asintió con la cabeza.

–He oído hablar de Bruno. Es de por aquí.

–¿Dónde podemos encontrar a esos chicos para hablar con ellos? – preguntó Angelo.

–Calle cincuenta y cinco, tres mil ochocientos veintidós, apartamento uno -dijo Frankie-. Es al lado de Northern Boulevard.

Angelo sacó un trozo de papel y anotó la dirección.

–¿Quién tuvo la idea? – preguntó.

–Manso -sollozó Frankie-. Os estaba diciendo la verdad. Él tuvo la idea de que si lo hacíamos, nos convertiríamos en soldados de Lucia y formaríamos parte de su círculo de íntimos. Pero yo no quería. Tuvieron que obligarme a ir.

–¿No podías habérnoslo dicho en el coche, Frankie? – preguntó Angelo-. Nos habríamos ahorrado problemas y tú te habrías ahorrado desgracias.

–Tenía miedo de que los otros me mataran si descubrían que había hablado -dijo Frankie.

–0 sea que te preocupan más tus amigos que nosotros, ¿eh? – preguntó Angelo poniéndose detrás de Frankie. Ese comentario había herido los sentimientos de Angelo-. Es curioso. Pero ahora da igual. Ya no tienes que preocuparte de tus amigos porque nosotros nos ocuparemos de ti.

–Tenéis que darme algo para el ojo… -dijo Frankie.

–Claro, hombre-dijo Angelo.

Con toda suavidad y sin vacilar un segundo, sacó su automática Walther TPH y disparó a Frankie en la cabeza justo encima de la nuca. La cabeza de Frankie saltó hacia delante y se desplomó sobre su pecho.

La premura del acto final sorprendió a Tony, quien dio un respingo y retrocedió viéndose venir un revoltijo de carne sanguinolenta. Pero no hubo nada de eso.

–¿Por qué no me has dejado a mí? – gimoteó.

–Calla y desátale -ordenó Angelo-. No hemos venido a divertirnos. Recuerda que estamos trabajando.

Una vez que Tony hubo desatado a Frankie, Angelo le ayudó a llevar el flácido cuerpo hasta el agujero del suelo. Contaron hasta tres y le tiraron al río. Angelo se quedó mirando hasta asegurarse de que la corriente arrastraba el cadáver hacia el río propiamente dicho.

–Volvamos a Woodside para hacer una visita de cortesía a los otros -dijo Angelo.

La dirección que Frankie les había dado era una casa de dos pisos con terraza y un apartamento en cada planta. La puerta exterior estaba cerrada con llave, pero su mecanismo aceptaba tarjetas de crédito. En un minuto estuvieron dentro. Tomando posiciones a ambos lados de la puerta del apartamento número uno, Angelo llamó con la mano. No acudió nadie. Habían visto luces encendidas desde la calle.

–Reviéntala -dijo Angelo señalando la puerta con la cabeza.

Tony retrocedió unos pasos y luego dio un patadón a la puerta. La jamba se hizo astillas a la primera y la puerta osciló hacia dentro. En un abrir y cerrar de ojos, Angelo y Tony habían entrado en el apartamento y empuñaban con ambas manos sus respectivas armas. El lugar estaba vacío exceptuando unas cuantas botellas semivacías de cerveza encima de la mesa de centro. El televisor estaba encendido.

–¿Qué opinas tú? – preguntó Tony.

–Se habrán asustado al ver que Frankie no volvía -dijo Angelo, encendiendo un cigarrillo y reflexionando un momento.

–¿Y ahora, qué? – dijo Tony.

–¿Sabes dónde vive la familia de ese Bruno? – preguntó Angelo.

–No, pero puedo averiguarlo -dijo Tony.

–Hazlo -dijo Angelo.

7.55, martes, Manhattan

La mañana era espléndida mientras Laurie Montgomery se dirigía hacia el norte por la Primera Avenida, cerca de la Calle 30. Nueva York había mejorado de aspecto en ese aire fresco y tonificante, limpio de impurezas tras un día de lluvia. Indudablemente, hacía más frío que días anteriores y en ese sentido era una preocupante advertencia del invierno que se avecinaba. Pero había salido el sol y soplaba suficiente brisa para dispersar los gases de combustión de los vehículos que avanzaban a empellones en la dirección de Laurie.

Laurie caminaba con paso decididamente elástico. Estaba cerca del centro forense. Se sonrió al pensar en cómo se sentía esta mañana comparado con cómo se había sentido al salir de casa la noche anterior. La regañina de Bingham había sido desagradable pero merecida. Ella se había equivocado.

De haber sido ella el jefe, se habría enfadado igual.

Al acercarse a la escalera principal, se preguntó qué le depararía la jornada. Un aspecto de su trabajo que le gustaba en particular era su calidad de imprevisible. Solo sabía que tenía programadas unas autopsias. No tenía la menor idea de cuáles casos o qué tipo de enigmas intelectuales encontraría el día de hoy. Casi cada vez que iba a una autopsia se enfrentaba a alguna cosa nunca vista, algo que a veces ni tan solo había estudiado. Era un trabajo en el que constantemente se descubrían cosas.

Esta mañana la recepción estaba relativamente tranquila. Seguía habiendo gente de la prensa en busca de noticias sobre el caso de la "colegiala asesinada, 2". El asesinato del día anterior en Central Park había ocupado la primera página de los periódicos sensacionalistas y de los telediarios locales.

Laurie se detuvo un momento antes de entrar. En uno de los sofás de vinilo divisó a Bob Talbot charlando animadamente con otro reportero. Tras dudar un momento, Laurie avanzó decidida hacia el sofá.

–Bob, me gustaría hablar un momento contigo -dijo. Luego, dirigiéndose al acompañante de Bob, añadió-: Siento interrumpir.

Bob se levantó ansioso y se fue aparte con Laurie. Su actitud le sorprendió. Ella esperaba de él un comportamiento más manso y pesaroso.

–Eso de verte dos días seguidos debe de ser un récord -dijo Bob-. Es un placer al que podría acostumbrarme.

Laurie fue al grano:

–Me parece increíble tu falta de respeto por la confidencia que te hice ayer. Lo que dije iba solo para ti.

A Bob le pilló desprevenido que Laurie le regañara.

–Lo siento muchísimo. No pensaba que lo que me estabas diciendo fuese un secreto. Tú no me lo dijiste.

–Podías haberlo pensado -bufó Laurie-. No hacía falta ser un científico de la NASA para imaginar lo que podía suponer para mi reputación en este centro.

–Lo siento -repitió Bob-. No volverá a suceder.

–Exacto, no volverá a suceder -dijo Laurie.

Laurie se dio la vuelta y fue hacia la puerta interior, sin hacer caso de Bob mientras este la llamaba. Pero a pesar de ignorarle, su ira no había menguado. Después de todo, lo que le había dicho el día antes era la verdad. Laurie se preguntó vagamente si no debería sentirse más molesta por los aspectos sociales y políticos a los que se había referido Bingham que por Bob. Uno de los atractivos de la patología en general y de la forense en particular era para Laurie que trataban de la verdad, al menos teóricamente. La idea de comprometerse por una razón u otra la turbaba. Deseó no tener que elegir nunca entre sus escrúpulos y el politiqueo.

Después de que Marlene Wilson la hiciera pasar, Laurie fue directamente a la sala de Identificación. Como de costumbre Vinnie Amendola estaba tomando café mientras leía detenidamente las páginas de deportes. Si la fecha del periódico no hubiera sido la de hoy, ella habría jurado que Vinnie no se había movido de allí. Si había reparado en Laurie, no lo hizo notar. Riva Mehta, compañera de despacho de Laurie, estaba en Identificación. Era una mujer india, delgada y de tez oscura, con una voz suave y sedosa. El lunes no habían coincidido.

–Parece que hoy es tu día de suerte -dijo Riva en broma. Estaba tomándose un café antes de subir al despacho. El martes era su día de papeleo.

–¿Y eso? – inquirió Laurie.

Vinnie se rió sin levantar la vista del diario.

–Tienes una boya por homicidio -dijo Riva.

Una boya era un cadáver que había estado en el agua durante cierto tiempo. Por regla general no eran casos deseables, puesto que frecuentemente estaban en avanzado estado de descomposición.

Laurie examinó el programa que Calvin había preparado para esa mañana. En él constaban las autopsias del día y las personas a quienes les habían sido asignadas. Junto al nombre de Laurie había dos sobredosis de droga y un homicidio con HB, siglas que correspondían a Herida de Bala.

–El cadáver fue sacado esta mañana del East River -dijo Riva-. Al parecer un guardia jurado muy atento lo ha visto pasar flotando por el Sea Port de South Street.

'-Fantástico -dijo Laurie.

–No es para tanto -apuntó Vinnie-. No hacía mucho que estaba en el agua. Solo unas horas.

Laurie asintió aliviada. Eso significaba que a lo mejor no tendría que atender el caso en la sala de Descomposición.

No era el olor lo que la molestaba de esos casos, sino el aislamiento. La sala de Descomposición estaba al otro lado del depósito, separada del resto. Laurie prefería con mucho estar en el verdadero meollo y relacionarse con el resto del equipo. En la sala principal de autopsias había siempre mucho toma y daca. A menudo aprendía más con los casos de los otros que con los suyos.

Laurie miró el nombre de la víctima y su edad: Frank DePasquale.

–El pobre tenía solo dieciocho años -dijo-. Qué pena, Y como en la mayoría de estos homicidios, puede que nunca se resuelva el caso.

–Es probable -concedió Vinnie, luchando por doblar el, periódico por la página siguiente.

Laurie dio los buenos días a Paul Plodgett cuando este apareció en la puerta. Tenía unas grandes bolsas oscuras bajo los ojos. Laurie le preguntó cómo iba su famoso caso.

–No me preguntes -dijo Paul-. Menuda pesadilla.

Laurie se sirvió una taza de café y cogió las carpetas de sus tres casos del día. Cada carpeta contenía una hoja de trabajo, un certificado de defunción parcialmente completado, un inventario de antecedentes de medicina legal, dos hojas para las notas de autopsia, una notificación telefónica de la muerte, una identificación completa en una hoja, un informe de investigación, una hoja para el informe de la autopsia y una ficha de laboratorio para los análisis de los anticuerpos del VIH.

Mientras examinaba todo este material, Laurie reparó en los nombres de otros dos casos: Louis Herrera y Duncan Andrews. Se acordaba del nombre de Duncan Andrews por lo del día anterior.

–Era el caso por el que me preguntaba ayer -dijo una voz desde más arriba de los hombros de Laurie. Ella se volvió y al levantar la vista encontró los ojos, negros como el carbón, de Calvin Washington. Él se había acercado por detrás para señalar con el dedo el nombre de Andrews-. Al verlo, he pensado que le interesaría el caso.

–Por mí está bien- dijo Laurie.

Cada inspector médico tenía su propio sistema de enfocar su día de autopsia. Algunos cogían todo el material y se iban inmediatamente escaleras abajo. Laurie tenía otro modus operandi. Le gustaba llevarse todos los papeles a su despacho a fin de organizar la jornada del modo más racional posible. Con su café en una mano, el maletín en la otra y las tres nuevas carpetas bajo el brazo, Laurie se dirigió al ascensor. Estaba a mitad de camino cuando el sargento Murphy, uno de los policías actualmente asignados al servicio de inspección médica, la llamó por su nombre. El sargento, que era un irlandés entusiasta de mejillas coloradas, salió del cuartito de la policía, seguido de otro hombre.

–Doctora Montgomery, quiero que conozca al teniente detective Lou Soldano -dijo Murphy, ufano-. Es uno de los mandamases del departamento de homicidios del distrito centro.

–Encantado de conocerla, doctora -dijo Lou, ofreciendo la mano.

Era un hombre atractivo, de tez morena y peso medio, con unas facciones bien definidas y unos ojos vivos que en ese momento estaban fijos en la cara de ella. Llevaba el pelo muy corto, lo cual encajaba con su cuerpo fornido y musculoso.

–Lo mismo digo -afirmó Laurie-. No solemos ver muchos tenientes de policía por aquí.

Laurie se sentía un poco inquieta bajo la mirada imperturbable del teniente.

–No nos dejan salir mucho de la jaula -dijo Lou-. Me paso el día pegado a la mesa, pero sigue gustándome salir a hurtadillas de vez en cuando, y más en determinados casos.

–Espero que disfrute de la visita -dijo Laurie.

Luego sonrió y se dispuso a marcharse.

–¡Un momento, doctora! – dijo Lou-. Me han dicho que le toca hacer la autopsia de Frank DePasquale. Digo yo si tendría inconveniente en que mire. Ya he hablado con el doctor Washington.

–En absoluto -dijo Laurie-. Está usted invitado, si puede aguantarlo.

–He presenciado varias autopsias -dijo Lou-. No creo que haya ningún problema.

–Estupendo -dijo Laurie.

Se produjo una pausa incómoda; nadie dijo nada durante unos instantes. Por fin, Laurie se dio cuenta de que el hombre esperaba instrucciones.

–Iba a mi despacho -dijo ella-. Normalmente repaso primero los papeles. ¿Le importa acompañarme?

–Será un placer -dijo Lou.

Laurie le miró más detenidamente mientras subían en el ascensor. Era un hombre de complexión atlética, robusto y evidentemente inteligente, cuya desgarbada apariencia le recordaba vagamente a Colombo, el detective de televisión popularizado por Peter Falk. La raya de su pantalón había desaparecido hacía años. Pese a que solo eran poco más de las ocho de la mañana, una sombra de barba le asomaba ya a la cara.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Lou se pasó tímidamente la mano por las mejillas.

–Supongo que voy hecho un desastre -dijo Lou-. Estoy levantado desde las cuatro y media, cuando el cadáver de DePasquale ha aparecido en la playa. No he tenido tiempo de afeitarme. Espero que no le moleste. Yo no busco parecerme al Don Johnson de Corrupción en Miami.

–No me había fijado -mintió Laurie-. Pero ¿por qué le interesa tanto a un teniente detective el homicidio de un joven de dieciocho años? ¿Tiene algo de especial este caso que yo deba saber?

–Realmente no -dijo Lou-. Hay algo personal. Antes de que me ascendieran a teniente y me destinaran a Homicidios, había pasado seis años en la unidad antimafia. Con DePasquale las dos secciones se superponen. DePasquale era un joven matón relacionado con la organización delictiva de la familia Lucia. Puede que solo tuviera dieciocho años, pero su historial era largo.

El ascensor se detuvo en la quinta planta y Laurie hizo ademán de salir.

–Como seguramente habrá adivinado ya -prosiguió Lou, siguiendo a Laurie por el corredor-, la muerte de DePasquale fue sin duda una ejecución.

–¿De veras? – inquirió Laurie.

De momento, nada le parecía fuera de duda.

–Está clarísimo -dijo Lou-. Verá cómo descubre que le dispararon de cerca con un arma de pequeño calibre en la base del cráneo. Es el método habitual y comprobado. Nada de líos, nada de quejas.

Entraron en el despacho de Laurie y esta presentó a Lou a Riva, que ya estaba metida en el trabajo. Laurie cogió una silla para Lou y la puso cerca de su mesa. Ambos se sentaron.

–Usted ya habrá visto antes algún caso de ejecución al estilo del hampa, ¿no es cierto? – preguntó Lou.

–No estoy segura -dijo Laurie evasivamente.

En la facultad de medicina había aprendido a dar respuestas vagas cuando las preguntas eran directas. No quería dar la impresión de carecer de experiencia.

–Normalmente son indicio de fricciones entre organizaciones rivales -dijo Lou-. Y en este caso significaría que existen desavenencias entre los clanes Lucia y Vaccaro. Son los dueños del área de Queens, y sus respectivos intereses están vigilados por dos patrones de importancia media, Vinnie Dominick y Paul Cerino. Mi teoría es que Paul Cerino tuvo que ver en el asesinato del pobre Frank DePasquale, y, si así fuera, no quisiera otra cosa que atraparle con una acusación en firme. Le fui detrás durante los seis años que estuve en Crimen Organizado y nunca pude conseguir una acusación

a la que agarrarme. Pero si puedo relacionarlo con un delito capital como liquidar a DePasquale, será como si me hubiera tocado la lotería.

–Eso nos hace responsables a nosotros -dijo Laurie mientras abría la carpeta correspondiente a DePasquale.

–Si usted o el laboratorio consiguen algo, les estaría eternamente agradecido -dijo Lou-.

Seguir: parte 3 de 12