Ceguera Asesina

Robin Cook · Capítulo 2 de 4 · parte 5/12

Páginas del PDF

Ceguera Asesina

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.

–¿Contaminantes u otras drogas? – preguntó Laurie. – De momento, no

-dijo John, enderezándose-. Pero vamos a hacer una cromatografía de gases y una espectrometría de masa en cuanto nos sea posible. Tenemos muchísimo trabajo acumulado.

–Es un caso de sobredosis por cocaína pero un poco atípico, ya que el muerto no era el adicto habitual. Y si tomaba drogas, cosa que la familia insiste en negar, era algo que no le perjudicaba en su vida diaria. Era un verdadero triunfador, un ciudadano solvente: la clase de individuo que menos imaginaríamos pinchándose una sobredosis. De modo que aunque su muerte fue poco corriente, tampoco es extraordinaria. La cocaína es una droga para trepadores. Pero resulta que al día siguiente me vienen otros dos casos de sobredosis con características similares. Me preocupa que pueda haber una partida de cocaína envenenada con algún tipo de contaminante.

Es lo que podría haber matado a este tipo de usuarios aparentemente

fortuitos. Le agradecería mucho si pueden darse un poco de prisa con las muestras. A lo mejor estamos a tiempo de salvar unas vidas.

–Haré todo cuanto pueda -dijo John-. Pero ya le he advertido que estamos muy ocupados. ¿Había algún otro caso del que quiera saber algo ahora?

Laurie dio el nombre de Frank DePasquale y John consultó la pantalla.

–Solamente rastros de canabinol en la orina.

–Había una muestra de tejido ocular -dijo Laurie-. ¿Se ha encontrado algo ahí?

–Todavía no se ha procesado -dijo John.

–El ojo tenía quemaduras -agregó Laurie-. Sospechamos ahora que eran de ácido. ¿Podría investigarlo? Es importante que contemos con una prueba.

–Haré lo que esté en mi mano.

Laurie le dio las gracias a John e indicó a Lou que la siguiera al ascensor. Mientras iban andando, Laurie movía la cabeza.

–Sacarle información a este hombre es como estrujar una piedra para conseguir agua -se lamentó.

–Parece muy cansado -dijo Lou-. O es que no le gusta su trabajo. Una de dos.

–Está muy ocupado, eso es cierto -dijo Laurie-. Como pasa en todo este centro, hay poco dinero y cada vez es peor. Le atan corto por lo que se refiere a personal, pero espero que encuentre un momento para buscar algún contaminante. Cuanto más pienso en ello más segura estoy.

Al llegar a los ascensores, Laurie consultó su reloj.

–¡Huy! Tengo que darme prisa -dijo mirando a Lou-. No puedo permitirme el lujo de que Washington y Bingham se enfaden conmigo a la vez. Si no, tendré que patearme la calle buscando otro trabajo.

Lou la miró fijamente a los ojos.

–Realmente le preocupan estos ¿no es cierto?

–Así es -admitió Laurie.

Laurie apartó la mirada y echó un vistazo al indicador de planta. La observación de Lou le trajo a la memoria la pesadilla de esta mañana.

Esperaba que este no mencionara a su hermano. Por suerte, se abrió la puerta del ascensor. Una vez abajo se pusieron el pijama verde y entraron en la sala de autopsias principal. La actividad allí era desbordante; todas las mesas estaban ocupadas. Laurie se fijó en que incluso Calvin estaba

trabajando en la mesa número uno. Que él estuviera allí significaba que había muchísimo trabajo. No era corriente que Calvin se ocupara de un caso rutinario.

El primer caso de Laurie estaba sobre la mesa. Vinnie se había tomado la libertad de coger toda la parafernalia que suponía iba a necesitar ella. El muerto se llamaba Robert Evans y tenía veintinueve años.

Laurie dispuso los papeles y adoptó su personaje de profesional, empezando un meticuloso examen externo del cadáver. Estaba a medio terminar cuando reparó en que Lou se encontraba al otro lado de la mesa.

Levantando la cabeza, vio que estaba de pie a un lado.

–Siento no haberle incluido en la fiesta -dijo ella.

–Lo comprendo -replicó Lou-. Siga con su trabajo. Yo estoy bien. Ya veo que están todos muy atareados. No quiero entrometerme.

–Nada de eso -dijo Laurie-. Usted quería mirar, pues venga y mire.

Lou dio la vuelta a la mesa observando dónde ponía los pies. Tenía las manos entrelazadas a la espalda. Miró a Robert Evans, tendido en la mesa.

–¿Alguna cosa de interés? – preguntó.

–Este pobre tuvo una convulsión, como Duncan Andrews -dijo Laurie-.

Las contusiones de rigor y la lengua terriblemente mordida lo atestiguan.

Pero hay algo más. Fíjese en la fosa cubital. ¿Ve esa marca descolorida de punción? ¿Se acuerda de haber visto una igual en Duncan Andrews?

–Desde luego -dijo Lou-. Era donde se inyectó por vía intravenosa.

–Exacto -replicó Laurie-. En otras palabras, el Evans tomó la cocaína igual que el señor Andrews.

–¿Y bien? – preguntó Lou.

–Le dije ayer que la cocaína puede tomarse de muchas maneras. Pero la forma habitual es ingerirla esnifando, lo que en términos médicos se conoce por insuflación.

–¿Y fumarla? – preguntó Lou.

–Usted está pensando en el crack. El clorhidrato de cocaína, la sal, es muy poco volátil y no se puede fumar. Para ello es preciso convertirlo en su base libre: el track. Lo importante es que, si bien la forma habitual de cocaína puede ser inyectada, no suele emplearse así. El hecho de que en estos dos casos haya sido utilizada de esta manera resulta curioso, aunque no significa que yo pueda sacar alguna conclusión.

–¿En los años sesenta no se pinchaban la cocaína? – preguntó Lou.

–Solo cuando iba combinada con heroína; lo llamaban speedball.

Laurie cerró un momento los ojos, respiró hondo y soltó el aire con un suspiro.

–¿Se encuentra bien? – dijo Lou.

–Sí -respondió Laurie.

–Quizá lo que estamos viendo es moda -sugirió Lou.

–Espero que no -dijo Laurie-. Pero si lo fuese, es demasiado letal para ser una moda duradera.

Quince minutos después, cuando Laurie hundió el escalpelo en el pecho de Robert, Lou dio un respingo. A pesar de que Robert estaba muerto y de que no había sangre, Lou no pudo sustraerse a la idea de que el afiladísimo cuchillo estaba cortando un tejido humano idéntico al de su propia piel…

Sin patologías aparentes, Laurie terminó en un momento el aspecto interno de la autopsia de Robert Evans. Mientras Vinnie se llevaba el cuerpo y traía el de Bruno Marchese, Laurie y Lou fueron al visor de radiografías para ver las placas de Bruno y de la mujer decapitada.

–La bala está prácticamente en el mismo sitio -observó Laurie, señalando el punto brillante en el contorno del cráneo de Bruno.

–Parece de un calibre ligeramente mayor -dijo Lou-. Puedo equivocarme, pero diría que no es de la misma arma.

–Me va usted a impresionar si tiene razón -dijo Laurie. Laurie colocó la placa de cuerpo entero de Bruno y la examinó con mirada experta. Al no ver nada anormal, la reemplazó por la de la mujer decapitada.

–Ha sido buena idea hacer esta radiografía -dijo Laurie.

–¿Y eso? – preguntó Lou, mirando las sombras de aspecto caliginoso.

–No me diga que no ve lo que hay de anómalo -dijo Laurie.

–Pues no -porfió Lou-. Y además tampoco sé cómo los médicos pueden ver gran cosa por rayos X. Quiero decir que una bala salta a la vista, pero todo lo demás es como un paisaje de manchas.

–No puedo creer que no lo vea -dijo Laurie.

–De acuerdo, soy ciego -repuso Lou-. ¡Dígamelo de una vez!

–¡Las manos y la cabeza! – dijo Laurie-. ¡No están!

–¡Será puerca! – rió Lou forzosamente en voz baja para que no le oyeran los de la mesa de al lado.

–Bueno, es una anomalía -bromeó Laurie.

Concluido el examen radiológico, Laurie y Lou volvieron a la mesa en el momento en que Vinnie trasladaba a Bruno de la camilla de ruedas a la mesa. Lou quiso ayudar, pero Laurie le hizo atrás enseguida porque no

llevaba guantes. Para ahorrar tiempo, Laurie se puso a trabajar con el cadáver echado boca abajo.

La herida de entrada se parecía mucho a la de Frankie, aunque el diámetro del agujero del cráneo era ligeramente mayor, dando a entender que el arma había sido disparada desde un poco más lejos. Después de tomar las fotografías y muestras convenientes, ella y Vinnie pusieron el cuerpo boca arriba.

Lo primero que hizo Laurie fue examinar los ojos. Eran normales.

–Con lo que me ha dicho arriba, yo esperaba que los ojos pudieran darnos algún indicio -dijo Lou.

–Eso esperaba yo también -admitió Laurie-. No sabe lo que me gustaría proporcionarle ese punto de partida.

–Sigue siendo importante dijo Lou-. Si a Paul Cerino le arrojaron ácido a los ojos y a Frankie también, es que las dos cosas están relacionadas. Creo que valdrá la pena que me dé una vuelta por Queens para hablar un ratito con Paul. Terminado el resto del examen interno, Laurie sostuvo el cuchillo que le tendía Vinnie y empezó el examen interno. Una vez más, sin patología reseñable, todo fue rápido. Tan pronto la autopsia de Bruno hubo finalizado, Vinnie se lo llevó en camilla y trajo la segunda boya. Mientras Laurie ayudaba a Vinnie a transportar el cadáver a la mesa, alguien de una mesa vecina exclamó en voz alta:

–¿De dónde ha venido esto, Laurie? ¿De Sleepy Hollow?(1).

(1). Paradigma del lugar tranquilo donde nunca pasa nada. Extraído de La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving. (N. del T) Una vez apagado el eco de las carcajadas, Lou se inclinó hacia Laurie para decirle en broma al oído:

–Qué grosero. ¿Quiere que vaya y le dé un sopapo? Laurie se rió.

–Humor negro -dijo-. muy importante.

Laurie inspeccionó las heridas del cuello de la mujer.

–La mutilación fue hecha después

–Es un consuelo -dijo Lou.

Notaba que su tolerancia iba disminuyendo con cada nuevo caso. Este cuerpo despedazado le estaba causando más problemas que los otros.

–Tanto la decapitación como la extirpación de las manos fueron hechas con rudeza -dijo Laurie-. Fíjese en las señales de la sierra en los huesos desnudos. Por supuesto que parte de este tejido parece haber sido mordisqueada por peces o cangrejos.

Lou se obligó a mirar, aunque habría preferido no hacerlo. Se sentía ligeramente mareado.

–El resto del torso está bien -dijo Laurie-. No hay señales de mordedura humana.

Lou volvió a tragar saliva. – ¿Esperaba encontrar marcas preguntó débilmente.

–Suelen verse señales de mordedura cuando ha habido violación -

explicó Laurie-. Pero han de tenerse presentes, de lo contrario pueden pasar inadvertidas.

–Procuraré recordarlo -dijo Lou.

Laurie examinó con cuidado el estómago y el abdomen. El único descubrimiento notable fue una cicatriz en el cuadrante superior derecho siguiendo la línea de las costillas.

–Esto podría ser importante a efectos de identificación -dijo Laurie, señalando la cicatriz-. Supongo que es de una operación de vesícula.

–¿Y si el cadáver no llegara a ser identificado? – preguntó Lou.

–Se quedará en el cuarto frigorífico durante unas semanas -dijo Laurie-.

Si para entonces seguimos sin saber quién es, terminará en uno de esos ataúdes de madera de pino que hay en el recibidor.

Laurie abrió el estuche de violación y sacó todo lo que contenía.

–Probablemente, todo esto es pura especulación teniendo en cuenta que el cuerpo ha estado en el río, pero aun así vale la pena intentarlo.

Mientras Laurie cogía las muestras pertinentes le preguntó a Lou si creía que el caso estaba relacionado con los de Bruno o Frank.

–No estoy seguro, pero abrigo mis sospechas. Tengo a una serie de gente, incluidos buceadores de la policía, buscando las manos y la cabeza.

Le diré una cosa: quienquiera que se cargó a esta mujer no quería que la identificaran. Teniendo en cuenta las habituales corrientes del East River, el que fuese encontrada en las inmediaciones de donde fueron hallados Frankie y Bruno da a entender que la arrojaron desde el mismo lugar.

Bueno, que sí, vaya, creo que puede haber relación.

–¿Qué posibilidades cree que hay de encontrar la cabeza o las manos? –

preguntó Laurie.

–No muchas -dijo Lou-. Puede que se hundieran donde el cuerpo fue arrojado, o tal vez no las echaran al río. Laurie estaba ahora examinando el interior del cadáver. Vio que la víctima había sufrido dos intervenciones quirúrgicas: una extirpación de vesícula y una histerectomía.

Habiendo terminado tres de los cuatro casos antes de mediodía, Laurie se sintió lo bastante a gusto para proponerle a Lou que fueran a tomar un café. Lou accedió muy contento, diciendo que le vendría bien fortalecerse después de la severa prueba matutina. Aparte, iba a tener que volver a su oficina. Habiendo visto ya las autopsias que le interesaban, no podía justificar estar más tiempo fuera. Le dijo en broma a Laurie que iba a tener que hacer la segunda sobredosis sin su ayuda.

Tras haberse quitado las gafas protectoras, el delantal y el uniforme verde, Laurie llevó a Lou hasta la máquina de café que había en la sala de Identificación. Como estaba en la planta de arriba, fueron por la escalera.

Laurie tomó asiento en un sillón mientras Lou se sentaba en una esquina del escritorio. Tal como había pasado el día anterior, el proceder de Lou varió cuando estaba a punto de irse. Se volvió torpe y vergonzoso e incluso consiguió tirarse un poco de café en la pechera de su camisa verde matorral.

–Lo siento -dijo, tratando desmañadamente de limpiarse las manchas con una servilleta-. Espero que el café no manche.

–No sea tonto, hombre -dijo Laurie-. Esta ropa ha pasado por peores cosas que una mancha de café.

–Supongo que tiene razón -dijo él.

–¿Está pensando en algo? – preguntó Laurie.

–Sí -dijo Lou mirando fijamente su café-. Quería saber si tenía ganas de venir a tomar un bocado esta noche. Sé de un lugar excelente en Little Italy, está en Mulberry Street.

–Me gustaría hacerle una pregunta -dijo Laurie-. Ayer me preguntó usted si estaba casada. Pero usted no dijo nada de sí mismo.

–No estoy casado.

–¿Lo ha estado alguna vez? – preguntó Laurie.

–Sí, lo estuve -contestó Lou-. Me divorcié hará un par de años. Tengo dos críos: una niña de siete y un niño de cinco.

–¿Los ve?

–Claro que sí -dijo Lou-. ¿Qué se ha creído? ¿Que no voy a ver a mis propios críos? Cada fin de semana están conmigo.

–No hace falta que se defienda -dijo Laurie-. Era pura curiosidad. Ayer, cuando se fue, me di cuenta de que me había preguntado por mi estado civil sin decirme cuál era el suyo.

–Fue un descuido -explicó Lou-. Bueno, ¿qué me dice de ir a cenar?

–Me temo que esta noche tengo otro plan -dijo Laurie.

–Ah, está bien -replicó Lou-. Primero me interroga sobre mi estado civil y mi condición de padre, y luego dice que nones. Supongo que ha quedado con el médico ese de las rosas y la limusina. Ya veo que soy de otra división. – Lou se levantó bruscamente-. Será mejor que me vaya.

–Me parece que se pasa de susceptible -dijo Laurie-. Solo he dicho que esta noche tenía que hacer.

–Conque susceptible, ¿eh? Me acordaré de esta. Bien, ha sido una mañana muy ilustrativa. Muchísimas gracias otra vez. Si encuentra algo de interés en una de las boyas, llámeme por favor.

Diciendo esto, Lou arrojó la taza de plástico a la papelera más próxima y salió de la sala.

Laurie permaneció en su asiento por espacio de unos minutos, sorbiendo el café. Sabía que había herido a Lou y eso la hacía sentir mal. Al mismo tiempo pensaba que Lou se había portado de un modo poco maduro. Parte de ese atractivo de "obrero manual" que ella había observado el día antes había quedado en nada.

Laurie terminó su café y regresó a la sala de autopsias y a su cuarto caso del día: Marion Overstreet, veintiocho años, directora de una importante editorial de Nueva York.

–¿Necesitas algo en especial para este caso? – preguntó Vinnie.

Estaba ansioso por terminar. Laurie negó con un gesto de cabeza. Miró a la joven que estaba tendida en la mesa. Qué pena. Laurie se preguntó si la mujer habría tonteado con la droga de haber sabido por anticipado que iba a pagar tan alto precio.

La autopsia fue muy rápida. Laurie y Vinnie trabajaban bien en equipo.

La conversación se reducía al mínimo imprescindible. Era un caso notablemente parecido al de Andrews y al de Robert Evans por el hecho de que Overstreet se había inyectado, y no esnifado, la cocaína. únicamente existían ciertas sorpresas que Laurie pensaba hacer estudiar a Cheryl Myers o a otro de los investigadores médicos. A las doce cuarenta y cinco, Laurie salía de la sala principal de autopsias.

Después de cambiarse de ropa, Laurie se encargó de llevar personalmente las muestras de cada uno de los casos a Toxicología. El doctor John DeVries estaba almorzando en su despacho. Sobre su mesa había una anticuada fiambrera con un termo puesto sobre la tapadera abombada.

He terminado las dos sobredosis -dijo Laurie-. Le traigo las muestras de Toxicología.

–Déjelas sobre la mesa del laboratorio -repuso él. Tenía un emparedado en cada mano.

–¿Ha habido suerte con los contaminantes del caso Andrews? –

preguntó Laurie esperanzada.

–Hace solo unas horas que ha estado usted aquí. Le avisaré cuando haya algo.

–Lo antes posible -le apremió Laurie-. Bien, no quiero hacerme pesada, pero es que estoy totalmente convencida de que se trata de algún tipo contaminante. Y si es así, necesito encontrarlo.

–Si es así, lo encontraremos. Pero, por Dios, denos una oportunidad.

–Gracias -dijo Laurie-. Procuraré tener paciencia. Solo que…

–Sí, lo sé -le interrumpió John-. Ya me he enterado. ¡Por favor!

–Ya me voy -dijo Laurie, levantando las manos en alto para dar a entender que se rendía.

De vuelta en su despacho, Laurie almorzó un poco, dictó las autopsias de la mañana e intentó resolver parte del papeleo. Vio que no podía quitarse de la cabeza los casos de sobredosis.

Lo que la preocupaba era el fantasma de nuevos casos. Si había en la ciudad alguna fuente de contaminación, significaba que habría más muertes, y este punto dependía de cómo jugara John DeVries. Ella no podía hacer nada más.

¿0 sí? ¿Cómo podía evitar más muertes? La clave estaba en advertir al público. ¿No acababa de sermonearle Bingham por causa de la responsabilidad social y política de su trabajo?

Con esta idea en mente, Laurie cogió el teléfono y llamó al despacho del jefe. Le preguntó a la señora Sanford si creía que el doctor Bingham podría verla un momento.

–Me parece que hay un hueco -dijo la señora Sanford-, pero va a tener que venir inmediatamente. El doctor tiene una comida en el ayuntamiento.

Cuando entró en el despacho de Bingham, Laurie comprendió enseguida que el inspector médico en jefe no iba a concederle más de un minuto de su tiempo. Bingham le preguntó qué quería y Laurie hizo una sucinta explicación de los hechos que rodeaban a los tres casos de sobredosis de heroína. Resaltó la elevada condición social de los tres casos,

el que ninguno de ellos pareciese haber sufrido las penas de la adicción y que las tres víctimas se hubieran inyectado la cocaína.

–Me hago cargo -dijo Bingham-. ¿Qué opina usted?

–Da la impresión de que asistimos al inicio de una serie -dijo Laurie-.

Me preocupa que pueda haber un contaminante tóxico en alguna partida de cocaína.

–¿No le parece que es una conclusión demasiado fantástica habiendo solamente tres casos?

–El problema es que yo preferiría que no pasara de ahí -dijo Laurie.

–Un encomiable propósito -observó Bingham-. Pero ¿está segura de que existe ese supuesto? ¿Qué dice John?

–Lo está mirando -explicó Laurie.

–¿No ha encontrado nada?

–Todavía no -confesó Laurie-. Pero de momento solo ha hecho una cromatografía de capa fina.

–O sea que habrá que esperar a que John termine -dijo Bingham, poniéndose de pie.

Laurie se quedó sentada. Si había llegado tan lejos, no iba a rendirse aún.

–Estaba pensando que tal vez podríamos hacer unas declaraciones a la prensa. Se podría dar un aviso…

–Descartado -dijo Bingham-. No pienso poner en juego la integridad de este servicio por una suposición basada en tres casos. ¿No cree que se ha precipitado al venir aquí? ¿Por qué no espera a ver lo que descubre John?

Además, este tipo de declaración requeriría mencionar nombres, y los Andrews no tardarían nada en echarme encima al alcalde y a toda su caballería.

–Bueno, era solo una sugerencia -dijo Laurie.

–Gracias, doctora -replicó Bingham-. Y ahora, si me disculpa, se me hace tarde.

A Laurie le disgustaba que Bingham no hubiera dado asenso a esa sugerencia suya, pero sin pruebas más concluyentes era inútil forzar las cosas. Solo deseaba poder hacer alguna cosa antes de que en su lista aparecieran otros casos de sobredosis.

Fue entonces cuando tuvo la idea. En su época de prácticas en Miami, Laurie debió realizar varias investigaciones in situ, y pensó que si hacía un recorrido por los posibles lugares futuros, tal vez podría sacar alguna pista.

Laurie acudió al departamento de investigación médica forense donde encontró a Bart Arnold, jefe del departamento, sentado a su mesa. Entre dos de sus innumerables conversaciones telefónicas, Laurie le dijo que deseaba le notificasen la llegada de cualquier caso de sobredosis parecido a los tres que le habían asignado. Fue muy explícita. Bart le aseguró que se lo haría saber a los demás, incluyendo los médicos de turno que atendían las llamadas nocturnas.

Laurie estaba a punto de volver a su despacho cuando recordó que también debía solicitar que las autopsias de casos similares se le asignaran a ella. Lo cual quería decir hablar con Calvin.

–Siempre me preocupa que alguien de la tropa quiera verme -dijo Calvin cuando Laurie asomó por su despacho-, ¿De qué se trata, doctora?

Mejor será que no me hable de vacaciones. Con la cantidad de trabajo que tenemos, hemos decidido cancelar todas las vacaciones de este año.

–¡Vacaciones! ¡Eso quisiera yo! – dijo Laurie con una sonrisa. A pesar de sus modales, Calvin le merecía respeto y despertaba en ella genuino afecto-. Quería darle las gracias por asignarme esos dos casos de sobredosis.

Calvin levantó una ceja.

–Bien, algo es algo. Nunca me dan las gracias por eso. Aunque tengo la impresión de que hay algo más.

–Porque usted es muy suspicaz -bromeó Laurie-. Los casos me han parecido realmente interesantes. Más que eso. La verdad es que deseaba solicitar que se me asigne cualquier otro caso parecido.

–¡Un recluta pidiendo trabajo! – dijo Calvin-. Eso enardece hasta a un pobre administrador como yo. Tendrá todo el que quiera. Pero solo para no equivocarme, ¿a qué se refiere con "caso parecido"? Si le encargo todas las sobredosis, va a tener que quedarse las veinticuatro horas aquí.

–Me refiero a casos de toxicidad o sobredosis de gente de la clase alta -

dijo Laurie-. Como los que me ha dado esta mañana. Personas entre veinte y cuarenta años, cultas y en buen estado físico.

–Me ocuparé personalmente de que los tenga todos -dijo Calvin muy animado-. Pero debo hacerle una advertencia. Si pretende hacer horas extraordinarias, no espere que se las pague.

–Confío en que no tenga que hacerlas -dijo Laurie.

Después de despedirse de Calvin, Laurie volvió a su despacho y se puso a trabajar. El positivo encuentro con Calvin la había compensado de su

entrevista con Bingham y, con una pizca de tranquilidad de ánimo, Laurie pudo ahora concentrarse en sus cosas. Fue capaz de hacer más trabajo del que esperaba y firmó varios casos, entre ellos la mayoría de las autopsias del fin de semana. Incluso le dio tiempo de asesorar a una abrumada familia acerca de la repentina muerte de su criatura en la cuna. Laurie fue capaz de asegurarles que no habían tenido la culpa.

El único problema que se le presentó a primera hora de la tarde fue una llamada de Cheryl Myers, quien le dijo que no le había sido posible encontrar circunstancias médicas en el pasado de Duncan Andrews. El único contacto de la víctima con un hospital tuvo lugar a raíz de un partido de rugby en el instituto.

–¿Quieres que siga mirando? – preguntó Cheryl tras una pausa.

–Sí -dijo Laurie-. No estará de más. Trata de remontarte a su infancia.

Laurie era consciente de que esperaba un milagro, pero quería hacer el trabajo a conciencia. Así, podría pasarle los problemas a Calvin Washington. Llegó a la conclusión de que Lou estaba en lo cierto: si los poderes fácticos querían deformar los informes por conveniencia política, que lo hicieran ellos.

Al caer la tarde, Laurie empezó a pensar otra vez en los casos de sobredosis. Tuvo el antojo de averiguar dónde vivían Evans y Overstreet.

Tomó un taxi en la Primera Avenida y le pidió que fuera a Central Park South. La dirección de Evans estaba cerca de Columbus Circle.

Cuando el taxi llegó a su destino, Laurie le dijo que esperase. Saltó del taxi para echar un vistazo con calma al edificio. Intentaba recordar quién más vivía por allí, alguna estrella de cine, seguro. Probablemente debía de haber docenas de actores y actrices viviendo en las inmediaciones. Con sus vistas al parque y su proximidad a la Primera Avenida, Central Park South era de lo mejorcito en cuanto a propiedad inmobiliaria. En Manhattan había pocas zonas mejores que esa.

Laurie trató de imaginarse a Robert Evans andando por la calle con paso confiado y entrando en su casa, cartera en mano, entusiasmado por la perspectiva de una velada social en Nueva York. Era difícil hacer encajar una imagen semejante con una muerte tan prematura y gratuita.

De vuelta en el taxi, Laurie pidió que la llevara a casa de Marion Overstreet un acogedor edificio de tres pisos en la Calle 67 Oeste, a una manzana de Central Park. Esta vez ni se bajó del coche. Se limitó a mirar la bella residencia y de nuevo intentó imaginarse a la editora con vida.

Satisfecha su curiosidad, Laurie pidió al confuso taxista que la llevara de vuelta al servicio de inspección médica.

Después del enfrentamiento de esa mañana con Bingham a propósito de su visita al piso de Duncan Andrews, Laurie no había pensado en ningún momento en meterse en casa de alguna de las víctimas. Se había limitado a mirar desde fuera. No sabía qué la había impulsado a hacerlo, y cuando volvió al trabajo pensó si habría sido una mala idea. El paseo la había puesto triste al hacer más reales las víctimas y su tragedia.

En el despacho, Laurie se encontró con su compañera Riva, quien la felicitó por las rosas. Laurie le dio las gracias y miró las flores. En su actual estado de ánimo creyó ver que las rosas habían pasado de sugerir un ambiente festivo por la mañana a parecer ahora el símbolo de la aflicción, con su aspecto casi fúnebre.

Lou Soldano seguía molesto consigo mismo mientras conducía por Queensboro Bridge de Manhattan a Queens. Haberse expuesto de tal manera a ser rechazado le parecía propio de tontos. ¿Pero en qué estaba pensando? Ella era una doctora, caramba, criada además en el East Side de Nueva York. ¿De qué habrían hablado? ¿De los Mets, de los Giants? Qué va. Lou era el primero en admitir que no era el tipo más culto de la ciudad y que no sabía gran cosa de casi nada a excepción de deportes y de ejecución de la ley.

–¿Ve usted a sus hijos? – dijo Lou en voz alta haciendo una imitación burlonamente cruda del agudo tono de voz de Laurie.

Con un breve chillido, Lou aporreó el volante y sin querer le dio a la bocina de su Chevrolet Caprice. El conductor del coche de delante se volvió para dedicarle un significativo gesto con el dedo medio.

–Vale, y a ti también -dijo Lou.

Tenía ganas de coger la luz de emergencia, ponerla sobre el salpicadero y salir por aquel tío. Pero no lo hizo. Lou no era de esos. No abusaba de su autoridad, aunque sí lo hacía regularmente en su imaginación.

–Tenía que haber ido por Triborough Bridge -murmuró mientras se metía en el atasco de Queensboro.

Desde el último tercio del puente hasta la misma confluencia con Northern Boulevard era parar y arrancar, sobre todo parar. Lou tuvo tiempo de pensar en la última vez que había visto a Paul Cerino.

Unos tres años antes, Lou había ascendido a sargento detective.

Continuaba en la sección de Crimen Organizado y había estado pisándole

los talones a Cerino por espacio de cuatro largos años. Así que fue una sorpresa cuando la operadora de comisaría le había dicho que un tal Paul Cerino estaba al otro lado de la línea. Desconcertado por el hecho de que el hombre a quien perseguía le telefonease, Lou había levantado el auricular con gran curiosidad.

–Eh, ¿cómo le va? – había dicho Paul como si fueran grandes amigos-.

He de pedirle un favor. ¿Le importa pasarse por casa esta tarde cuando salga del trabajo?

Ser invitado a casa de un gánster era algo tan extraño que Lou había sido reacio a comentarlo con nadie. Pero al final se lo dijo a su socio, Brian O'Shea, quien pensó que había sido una locura aceptar la invitación.

–¿Y si ha planeado eliminarte? – le preguntó Brian.

–¡Pero qué dices! – había respondido Lou-. No me llamaría a la comisaría si tuviese intención de liquidarme. Además, aunque lo hubiera pensado, él nunca se mezclaría ni de lejos en una cosa así. No. Quizá quiere hacer un trato. Puede que ande detrás de otra persona. De todos modos, voy a ir. A lo mejor vale la pena.

De manera que Lou acudió a la cita con la enorme esperanza de hacer algún importante descubrimiento que a su juicio podría desembocar en un elogio por parte del jefe.

Por supuesto, la visita iba en contra de la opinión de Brian y este insistió en acompañarle pero esperando en el coche. El trato era que si Lou no salía al cabo de media hora, Brian avisaría a una brigada antidisturbios.

Fue con enorme inquietud que Lou subió la escalinata de la modesta casa de Cerino en Clintonville Street, en el barrio de Whitestone. La propia apariencia de la casa acrecentó la ansiedad que Lou sentía. Algo no encajaba. Con los montones de dinero que aquel hombre debía de sacar de sus actividades ilegales con el añadido de su único esfuerzo legal, la American Fresh Fruit Company, era todo un misterio que viviera en una casa tan pequeña y sin pretensiones.

Tras mirar por última vez a Brian, cuya inquietud solo había servido para aguijonear el nerviosismo ya exaltado de Lou, y después de comprobar por última vez que llevaba en la pistolera su Smith Wesson del especial, Lou llamó al timbre. Fue la señora Cerino quien abrió la puerta. Lou respiró hondo y entró.

Lou se rió con ganas hasta que le saltaron las lágrimas. Tres años después la experiencia seguía provocándole la misma reacción. Riendo aún,

Lou echó un vistazo al coche que tenía inmediatamente a su izquierda. El conductor le miraba como quien mira a un loco, riéndose como estaba en medio del monstruoso atasco.

Pero a pesar del tráfico, Lou pudo seguir riéndose del susto que tuvo cuando entró aquel día en casa de Cerino esperando lo peor. ¡Sin sospecharlo en absoluto se había metido en una fiesta sorpresa para celebrar su ascenso a sargento detective!

En esa época, Lou acababa de separarse de su mujer, así que el ascenso no había trascendido más allá de la comisaría. Cerino se había enterado de alguna manera y había decidido dar una fiesta. Estuvieron el señor y la señora Cerino acompañados de sus dos hijos, Gregory y Steven. Hubo pastel y gaseosa. Lou fue incluso a buscar a Brian.

Lo irónico del caso era que Lou y Paul habían sido enemigos durante tanto tiempo que casi se habían hecho amigos. Al fin y al cabo, sabían mucho el uno del otro.

Lou tardó casi una hora en llegar a casa de Paul, y para cuando estaba subiendo las escaleras era casi la misma hora que cuando Paul había organizado la fiesta sorpresa. Lou lo recordaba como si hubiera sido ayer.

Al mirar por las ventanas que daban a la calle, Lou vio que las luces de la salita estaban encendidas. Afuera estaba oscureciendo, aunque no eran más que las cinco y media. El invierno se acercaba.

Lou pulsó el timbre de la puerta principal y oyó el sonido amortiguado de las campanillas. Gregory, el mayor, acudió a abrir. Tendría unos diez años. Reconoció a Lou, le saludó amistosamente y le invitó a pasar.

Gregory era un chico muy educado.

–¿Está tu padre en casa? – preguntó Lou.

Acababa de preguntarlo cuando Paul salió de la sala de estar, sin zapatos y aferrándose a un bastón de punta roja. De fondo se oía la radio.

–¿Quién es? – preguntó a Gregory.

–El detective Soldano -dijo Gregory.

–¡Lou! – exclamó Paul, viniendo directamente hacia él con la mano tendida.

Lou saludó a Paul estrechándole la mano e intentó verle los ojos que este ocultaba tras unas gafas ahumadas de espejo. Paul era un hombre fornido con un moderado exceso de peso, de modo que sus facciones pequeñas quedaban como hundidas en su rostro carnoso. Tenía el pelo casi negro, muy corto, y unas orejas grandes de lóbulos sobresalientes. Ambas

mejillas lucían marcas rojizas de piel recién cicatrizada. Lou supuso que era debido al ácido.

–¿Te apetece un café? – dijo Paul-. ¿Prefieres un poco de vino?-

Sin esperar respuesta, Paul llamó a Gloria a gritos. Gregory apareció de nuevo acompañado de Steven, el menor de los Cerino. Tenía ocho años.

–Entra -dijo Paul-. Siéntate. Cuéntame cómo va todo. ¿Sigues casado?

Lou siguió a Paul a la salita. Era evidente que Paul se había adaptado bien a su reducida agudeza visual, al menos en su casa. No usó el bastón para llegar hasta la radio y apagarla, ni tampoco para encontrar su sillón favorito en el que se hundió con un suspiro.

–Me ha dolido saber lo de tus ojos -dijo Lou, sentándose enfrente de Paul.

–Son cosas que pasan -respondió Paul con filosofía.

Entró Gloria y saludó a Lou. Al igual que Paul, estaba entrada en carnes; era una mujer rolliza de cara amable y gentil. Si sabía a qué se dedicaba su marido, nunca soltaba prenda. Actuaba como la típica ama de casa de clase media baja que tiene que hacer equilibrios para llegar a final de mes. Lou se preguntaba dónde metía Paul todo el dinero que iba acumulando.

En respuesta a la contestación positiva de Lou respecto al café, Gloria se metió en la cocina.

–Me he enterado hoy mismo de tu accidente -dijo Lou.

–No se lo he dicho a todos mis amigos -dijo Paul con una sonrisa.

–¿Estaba metida la familia Lucia? – preguntó Lou-. ¿Fue Vinnie Dominick?

–¡No! – dijo Paul-. Qué va. Fue un accidente. Estaba intentando poner el coche en marcha y explotó la batería. Me saltó ácido a la cara.

–Venga, Paul -dijo Lou-. Si he venido es para compadecerme de ti. Lo menos que podrías hacer es decirme la verdad. Sé que el ácido te lo arrojaron a la cara. Solo se trata de saber quién fue el responsable.

–¿Cómo te has enterado? – preguntó Cerino.

–Me lo dijo personalmente alguien que lo sabe de primera mano -dijo Lou-. De hecho me vino de una fuente completamente fiable. ¡Tú!

–¿Yo? – dijo Paul con una sonrisa sincera.

Gloria llegó con un café solo para Lou. Este se sirvió azúcar. Gloria se retiró y los chicos también.

–Me has picado la curiosidad -dijo Paul-. Explícame cómo es que yo he sido la fuente de este rumor.

–Tú lo contaste a tu médico, Jordan Scheffield -dijo Lou-. Él se lo dijo a una inspectora médica de nombre Laurie Montgomery y ella me lo dijo a mí. Y la razón de que yo hablara con ese inspector médico fue porque fui al depósito para ver un par de autopsias. Víctimas de homicidio; puede que los nombres te suenen: Frankie DePasquale y Bruno Marchese.

–Ni idea -dijo Paul.

–Son gente de Lucia -siguió Lou-. Y es curioso, uno de ellos tenía quemaduras de ácido en los ojos.

–Espantoso -dijo Cerino-. Ya no se hacen baterías como las de antes.

–O sea que insistes en que el ácido era de batería, ¿no? – preguntó Lou.

–Pues claro -dijo Paul-. Así fue como ocurrió.

–¿Qué tal los ojos? – preguntó Lou.

–Bastante bien, teniendo en cuenta lo que podría haber pasado -dijo Cerino-. Aunque el doctor dice que quedaré bien después de las operaciones. Primero tendré que esperar una temporada, pero seguro que tú ya sabes de eso…

–¿A qué te refieres? – dijo Lou-. Lo único que yo sé de ojos es que tenemos dos.

–Yo tampoco sabía gran cosa -dijo Paul-. Antes de que pasara esto, al menos. Pero he aprendido desde entonces. Yo creía que trasplantaban todo el ojo. Como si cambiaras una lámpara de una radio antigua, ya sabes; enchufar la cosa con las clavijas en su sitio y ya está. Pero no va así.

Solamente trasplantan la córnea.

–Primera noticia -dijo Lou.

–¿Quieres ver cómo me han quedado? – preguntó Paul.

–No estoy seguro -dijo Lou.

Paul se quitó las gafas de espejo.

–¡Jo! – dijo Lou-. Vuelve a ponerte las gafas. Lo siento, Paul. Es horroroso. Es como si te hubieran puesto dos canicas blancas en los ojos.

Paul se rió entre dientes mientras volvía a ponerse las gafas de sol.

–Yo pensaba que un poli bregado como tú se sentiría satisfecho de que su enemigo de años haya caído en desgracia.

–¡No, hombre, no! – dijo Lou-. Yo no quiero verte lisiado. Te quiero ver entre rejas.

Paul se rió.

–Sigues con eso, ¿eh?

–Meterte en chirona continúa siendo una de las metas de mi vida -dijo Lou en tono complaciente-. Y el haber encontrado esa quemadura en el ojo de Frankie DePasquale me da cierta esperanza. Llegado a este punto, me parece claro sospechar que estás detrás del asesinato del chico.

–Vamos, Lou -dijo Paul-. Que puedas pensar esto de mí después de tantos años hiere mis sentimientos.

20.45, martes, Manhattan

Al principio, Laurie pensó que la experiencia era lo bastante insólita como para mostrarse comprensiva, pero cuando eran casi las ocho menos cuarto de la tarde empezó a enfadarse. Thomas, el chofer de Jordan, se había presentado exactamente a la hora convenida, las ocho en punto, y había llamado al timbre. Pero cuando Laurie bajó al coche comprobó que Jordan no estaba. Seguía en el quirófano con una urgencia.

–Yo tengo que llevarla al restaurante -había dicho Thomas-. El doctor Scheffield se reunirá allí con usted.

Laurie había tenido que acceder pues no esperaba algo así. Le había resultado extraño entrar ella sola en el selecto restaurante, pero rápidamente había acudido a tranquilizarla el maitre que la estaba esperando. La habían acompañado discretamente a una mesa metida entre otras junto a la ventana para que esperase. Cerca de la mesa había un atril para el vino donde se enfriaba una botella de Meursault.

Enseguida había acudido el sommelier para mostrarle a Laurie la etiqueta del vino. Después que ella asintiera con la cabeza, el camarero había abierto la botella, había escanciado un poco, había esperado su aprobación y le había llenado la copa, todo lo cual se llevó a cabo sin palabras. Por fin, cinco minutos antes de las nueve, llegó Jordan. Entró en el comedor haciendo un floreo y, aunque saludó con el brazo a Laurie, no se reunió enseguida con ella, sino que fue zigzagueando entre la gente que abarrotaba el restaurante, deteniéndose para saludar a personas que estaban en sus mesas. De cada grupo de comensales recibía unas palabras apreciativas; a su paso despertaba sonrisas y conversaciones animadas.

–Disculpe -dijo cuando se sentó finalmente-. Estaba operando, pero supongo que Thomas ya se lo habrá dicho.

–Así es -dijo Laurie-. ¿De qué clase de urgencia se trataba?

–Verá, no era exactamente una urgencia -dijo Jordan, nervioso, arreglando de nuevo el servicio-. No hace mucho que me dedico a la

cirugía. He de acumular casos de la lista de espera siempre que el quirófano tiene un huequecito para mí. ¿Qué tal el vino?

El sommelier, que había vuelto, le dio a catar el vino a Jordan,

–Excelente -dijo Laurie-. Parece que conoce usted a todo el mundo.

Jordan tomó un sorbo de vino y se quedó pensativo mientras se lo pasaba por la boca. Después de tragarlo asintió satisfecho, hizo ademán de que le llenaran la copa y miró a Laurie.

–Suelo encontrarme pacientes míos -dijo él-. ¿Cómo le ha ido hoy?

Espero que mejor que a mí.

–¿Por qué? ¿Problemas? – preguntó Laurie.

–A puñados -dijo Jordan-. Primero, mi secretaria, que lleva casi diez años conmigo. No se ha presentado esta mañana. Nunca deja de venir si no avisa antes. La hemos telefoneado, pero no contestaba nadie. Así que cuando yo he llegado del hospital estaba todo patas arriba. Y para colmo, hemos descubierto que alguien se coló anoche en el consultorio y nos ha robado los cuatro cuartos que había en la caja además de todos los Percodans que teníamos a mano.

–Es terrible -dijo sinceramente Laurie. Recordaba lo que era que te robasen. Un día habían saqueado la habitación de la escuela donde estudiaba-. ¿Ha habido vandalismo? – preguntó.

El que entró en su habitación había roto todo cuanto no pudo llevarse.

–No -dijo Jordan-. Pero lo que sí es extraño es que el ladrón hurgó en mis archivos y utilizó la fotocopiadora.

–Parece algo más que un simple robo -apuntó Laurie.

–Eso es lo que me intranquiliza -admitió Jordan-. El dinero y los Percodans no me preocupan demasiado, pero no me gusta la idea de que alguien meta la nariz en mis fichas, y menos con las elevadas cuentas que tengo por cobrar. Ya he avisado a mi contable; quiero estar seguro de que no falta nada importante. ¿Ha mirado ya el menú?

–Todavía no -dijo Laurie.

Su enfado iba desapareciendo, ahora que había llegado Jordan.

A un gesto de este, el maitre acudió con dos menús. Jordan, que era un cliente habitual, no paraba de sugerir cosas a Laurie, quien pidió las especialidades del día que iban con el menú principal.

A Laurie, la comida le pareció estupenda a pesar de que el bullicio le hacía difícil comer tranquila. Jordan, sin embargo, parecía en su elemento.

Mientras esperaban el postre y los cafés, Laurie preguntó a Jordan por los efectos del ácido en los ojos. Jordan se animó enseguida ante esa pregunta y se extendió a placer sobre la reacción de la córnea y de la conjuntiva tanto al ácido como al álcali. A mitad del discurso, Laurie empezó a perder el interés, aunque seguía mirándole a los ojos. Tenía que admitirlo: era un hombre atractivo. Laurie se preguntaba cómo hacía para conservar ese fabuloso bronceado.

Para su consuelo, la llegada del postre y los cafés interrumpió la improvisada conferencia de Jordan. Mientras empezaba su pastel de chocolate, Jordan cambió de tema.

–Supongo que debería agradecer a esos chorizos que anoche no se llevaran nada de valor, como los Picassos que tengo en la sala de espera.

Laurie dejó la taza de café en su platito:

–¿Tiene Picassos en la sala de espera?

–Dibujos firmados -dijo Jordan como si tal cosa-. Una veintena. Es un despacho de primera clase, con todos los avances, y me pareció que la sala de espera no podía ser menos. Después de todo, ahí es donde los pacientes pasan más tiempo.

Jordan se rió por primera vez desde que se había sentado.

–Me parece más extravagante aún que la limusina -dijo Laurie.

De hecho, sus sentimientos eran más duros de lo que aparentaba.

Semejante ostentación en un consultorio médico le parecía obsceno, sobre todo dado el exorbitante precio de las minutas médicas.

–Es un consultorio como Dios manda -dijo Jordan con orgullo-. Lo que más me gusta de él es que los pacientes se muevan. No soy yo el que va, sino ellos que vienen a mí.

–Creo que no le entiendo -dijo Laurie.

–Tengo cinco salitas de exploración, y cada una está construida sobre un mecanismo circular, como esos restaurantes giratorios que hay en lo alto de ciertos edificios. Algo parecido. Cuando aprieto un botón de mi despacho, gira toda la estructura y la sala que yo quiero queda justo delante de mi despacho. Hay otro botón para levantar el tabique. Es como darse un paseo por Disneylandia.

–Debe de ser impresionante -dijo Laurie-. Caro pero impresionante.

Imagino que sus gastos son bastante elevados.

–Astronómicos -explicó Jordan, y parecía orgulloso-. Tanto que aborrezco hacer vacaciones. ¡Me sale demasiado caro! No las vacaciones en

sí, sino el hecho de que el consultorio esté parado. También tengo dos salas de operaciones para enfermos no hospitalizados.

–Me gustaría verlo alguna vez -dijo Laurie.

–Y a mí me encantará enseñárselo -dijo Jordan-. ¿Por qué no ahora?

Está en Park Avenue, a la vuelta de la esquina.

Laurie dijo que le parecía una magnífica idea, y tan pronto Jordan se hubo ocupado de la cuenta, salieron.

El primer cuarto en donde entraron era el despacho privado de Jordan.

Tanto las paredes como el mobiliario eran de madera de teca, encerada hasta conseguir un brillo deslumbrante. La tapicería era de cuero negro.

Había suficiente material oftalmológico sofisticado para equipar un pequeño hospital.

A continuación vieron la sala de espera, que tenía paneles de caoba en las paredes. Como había dicho Jordan estaban llenas de dibujos de Picasso.

Al fondo de un corto pasillo había una habitación circular con cinco puertas distribuidas en torno al perímetro. Jordan abrió una de ellas y le pidió a Laurie que se sentase en una butaca para exploración.

–Ahora quédese aquí -dijo antes de irse de la sala circular.

Laurie obedeció. Al cabo de un momento sintió que el cuarto se movía.

Después, el movimiento -real o fictición cesó en seco y las luces empezaron a apagarse gradualmente. Al mismo tiempo la pared del fondo se elevó y, al desaparecer esta, la sala de exploración y el despacho privado de Jordan se unieron formando una sola estancia. Jordan estaba sentado a su mesa, con luz de fondo y apoyado en el respaldo de su butaca.

–¿No dicen eso de que si Mahoma no va a la montaña, ya irá la montaña a Mahoma? Aquí he aplicado el mismo principio. Me gusta que mis pacientes se sientan en buenas y poderosas manos. En realidad, estoy convencido de que aquí se curan antes. Sé que suena un poco a prestidigitación, pero a mí me funciona.

–Es impresionante -dijo Laurie-. No había visto en la vida nada igual, por descontado. ¿Dónde guarda sus historiales?

Jordan llevó a Laurie por un largo corredor al fondo del cual había una habitación sin ventanas provista de una hilera de archivadores, una fotocopiadora y un terminal de ordenador.

–Los historiales están todos en archivadores -dijo Jordan-. Pero casi todo el material ha sido duplicado en disco duro por ordenador.

–¿Son estos los historiales que los ladrones andaban buscando? –

preguntó Laurie.

–Sí -respondió Jordan-. Y aquí está la fotocopiadora. Soy muy meticuloso con mis historiales clínicos. Podría decir cuándo me los han tocado simplemente porque no han dejado las cosas en el mismo orden. Sé que usaron la fotocopiadora después de cerrar porque siempre hago que mi secretaria anote el número de la máquina al final del día.

–¿Y la historia de Paul Cerino? – preguntó Laurie-. ¿Esa la tocaron?

–No lo sé -dijo Jordan-. Pero es una buena pregunta. Jordan fue al cajón de la letra C y extrajo una carpeta de manila.

–Tenía usted razón -dijo, después de echar un vistazo-. Esta también la han tocado. ¿Ve esta hoja informativa? Debería estar delante, pero en cambio está detrás.

–¿Hay algún sistema de averiguar si hicieron fotocopia?

Jordan reflexionó un momento pero movió la cabeza.

–No, que se me ocurra. ¿Qué es lo que está pensando?

–Todavía no estoy segura -dijo Laurie-. Pero tal vez este supuesto robo debería darle argumentos para tener un poco más de cuidado. Ya sé que a usted le parece mera diversión tener por paciente a ese Paul Cerino, pero ha de pensar que se trata en apariencia de un hombre peligroso. Y lo que es más, tiene enemigos muy peligrosos…

–¿Cree que Cerino puede ser el responsable del asalto?

–La verdad es que no lo sé-dijo Laurie-. Pero sea como sea, existe la posibilidad. Puede que sus enemigos no quieran que usted le arregle la vista. Las posibilidades son infinitas. Lo único que sí sé es que esos tipos no se andan con chiquitas. En los últimos días he hecho la autopsia de dos muchachos asesinados al estilo del hampa y uno de ellos tenía en el ojo algo que parecían quemaduras de ácido.

–No diga eso.

–No quiero asustarle porque sí -dijo Laurie-. Solo se lo digo para que piense en lo que hace tomando como paciente a un tipo de esa calaña. Me han dicho que los dos principales clanes, los Vaccaro y los Lucia, están actualmente en pie de guerra. Esa es la razón de que a Cerino le tirasen ácido a la cara. Es uno de los jefes de Vaccaro.

–Caramba -dijo Jordan-. Esto sí que cambia las cosas. Ha conseguido preocuparme. Por suerte, pronto voy a operar a Cerino y ya no tendré nada que ver en el asunto.

–¿Tiene programado a Cerino?

Jordan negó con la cabeza:

–No exactamente. Estoy esperando material, como de costumbre.

–Bien, me parece que cuanto antes lo haga, mejor. Y yo procuraría que nadie sepa la fecha ni la hora.

Jordan colocó el informe de Cerino en orden y lo devolvió a su cajón correspondiente.

–¿Quiere ver el resto? – preguntó.

–Claro que sí.

Jordan enseñó a Laurie el resto del consultorio, las distintas habitaciones preparadas para observación oftalmológica especial. Lo que más le impresionó fueron las dos sofisticadísimas salas de operaciones dotadas de todo el material auxiliar.

–Ha invertido usted una verdadera fortuna -dijo Laurie después de ver la última sala, un laboratorio fotográfico.

–No lo dude -concedió Jordan-. Pero se amortiza muy bien.

Actualmente las ganancias brutas son de uno y medio a dos millones al año.

Laurie tragó saliva. La cifra era estremecedora. Aunque sabía que su padre, el cirujano cardíaco, debía de ganar muchísimo dinero para permitirse la vida que se daba, nunca había oído hablar de cifras tan astronómicas. Conociendo los apuros de la medicina en Estados Unidos e incluso los escasos recursos presupuestarios por los que se regía el servicio forense, le parecía un derroche casi insultante.

–¿Qué le parece si viene a ver mi apartamento? – propuso Jordan-. Si le ha gustado el consultorio, le encantará mi casa. La diseñó el mismo equipo.

–De acuerdo -dijo Laurie por puro reflejo.

Seguía tratando de asimilar lo que Jordan había dicho sobre sus ingresos.

Mientras rehacían el camino a través del consultorio, Laurie le preguntó a Jordan por su secretaria.

–¿Ha sabido algo de ella?

–No -dijo Jordan, que seguía obviamente molesto por su no comparecencia-. No ha telefoneado ni contestaba en su casa. Solo se me ocurre que pueda tener que ver con su despreciable marido. Si no fuera porque es muy buena secretaria, me habría librado de ella por culpa de ese hombre. Tiene un restaurante en Bayside, pero también está metido en varios negocios dudosos. Más de una vez ella me ha pedido prestado para

una fianza. A su marido nunca le han declarado culpable, pero ha pasado largas temporadas en Rikers Island.

–Como si fuera un gánster, vaya -dijo Laurie.

Una vez en el coche, Laurie le preguntó a Jordan el nombre de la secretaria desaparecida.

–Marsha Schulman -dijo Jordan-. ¿Por qué lo pregunta?

–Simple curiosidad -dijo Laurie.

Thomas no tardó mucho en parar junto a la entrada principal de la Trump Tower. El portero abrió la puerta del coche para que saliera Laurie, pero esta se quedó donde estaba.

Jordan -dijo, mirándole a la pálida luz del interior de la limusina-, ¿se enfadaría si le pido que veamos el apartamento en otra ocasión? Acabo de mirar la hora, y tengo que levantarme temprano mañana por la mañana.

–No se preocupe -dijo Jordan-. Lo comprendo perfectamente. Yo tengo que operar a primerísima hora de la mañana. Pero con una condición.

–¿Cuál?

–Que cenemos otra vez juntos mañana por la noche.

–¿Podrá aguantarme dos noches seguidas? – preguntó Laurie.

No la "acosaban" así desde que iba al instituto. Se sentía halagada pero con cautela.

–Será un placer -dijo Jordan, remedando humorísticamente un acento inglés.

–De acuerdo -dijo Laurie-. Pero que sea en un sitio menos lujoso.

–Hecho -dijo Jordan-. ¿Le va bien un italiano?

–Me encanta la comida italiana.

–Entonces vamos a Palio -dijo Jordan-. A las ocho.

Vinnie Dominick se detuvo a la entrada del restaurante Vesubio en Corona Avenue, Elmhurst, y aprovechó que se reflejaba en la ventana para alisarse el pelo y arreglar el nudo de su corbata Gucci. Satisfecho, le hizo un gesto a Freddie Capuso para que abriera la puerta.

Seguir: parte 6 de 12