Ceguera Asesina
Prólogo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 12 partes.
–¿Ves algo? – preguntó Cheryl.
Laurie señaló la fractura y le explicó a Cheryl el porqué de su aspecto.
Vinnie trajo la radiografía solicitada y la sujetó al lado del clisé de Marsha Schulman.
–¡Eh, fijaos en eso! – exclamó Laurie, señalando la clavícula fracturada.
Eran idénticas en ambos negativos-. Me parece que estamos mirando a la misma persona -dijo.
–¿Quién es? – preguntó Vinnie.
–Se llama Marsha Schulman -dijo Laurie, cogiendo las radios del Manhattan General y entregándoselas a Cheryl. Luego le pidió a Cheryl que comprobara si Marsha Schulman había sido sometida a una colecistectomía y a una histerectomía. Dijo que era importante y le pidió que lo hiciera enseguida.
Satisfecha de su descubrimiento, Laurie empezó el segundo caso, Randall Thatcher. Al igual que en el primero, no había patología reseñable.
La autopsia fue sobre ruedas.
Una vez más, Laurie pudo deducir con razonable certeza que la cocaína había sido pinchada. Cuando estaban cosiendo el cuerpo, volvió Cheryl con la noticia de que a Marsha Schulman la habían operado efectivamente de ambas cosas. De hecho, las dos intervenciones habían sido realizadas en el Manhattan General.
Emocionada por esta confirmación adicional, Laurie terminó y fue a su despacho para dictar los dos primer casos y hacer varias llamadas. Probó primero en el consutorio de Jordan, pero lo único que pudo sacar fue que doctor estaba operando.
–¿Otra vez?
Laurie suspiró. Le desilusionaba no dar con él enseguida.
–Estos días ha tenido muchos trasplantes -explicó la enfermera de Jordán-. Siempre tiene algo en el quirófano pero últimamente no para.
Laurie dejó recado para que Jordan le llamase en cuanto pudiera. Luego telefoneó a la oficina central de policía y preguntó por Lou.
Lou no estaba disponible, con gran disgusto de Laurie quien dejó su número de teléfono y dijo que la llamar cuando pudiese.
Frustrada en cierto modo, Laurie terminó su dictado volvió a la sala de autopsias para atender el tercer y último caso del día. Se preguntaba, mientras esperaba el ascensor si Bingham estaría dispuesto a cambiar de parecer en cuanto a hacer declaraciones públicas, ahora que eran ya seis los casos.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Laurie chocó literalmente con Lou. Se miraron el uno al otro momentáneamente perplejos.
–Disculpe -dijo ella.
–Ha sido culpa mía -le dijo él-. No miraba por dónde iba.
–Era yo la que no miraba -dijo Laurie.
Y ambos se echaron a reír por su cohibido comportamiento.
–¿Venía usted a verme? – preguntó Laurie.
–No -dijo Lou-. Estaba buscando al Papa. Me han dicho que está aquí, en la quinta planta.
–Muy gracioso -dijo Laurie, acompañándole de vuelta a su despacho-.
La verdad es que no hace un minuto que le he telefoneado.
–¡Sí, claro! – bromeó Lou.
–En serio -dijo Laurie y se sentó a su mesa.
Lou tomó la silla en la que se había sentado el día anterior.
–He identificado a la decapitada que encontraron con Márchese. Se llama Marsha Schulman. Es la secretaria de Jordan Scheffield.
–¿Ella, su secretaria? ¿Se refiere al doctor Rosas?
Lou señaló las flores, que no habían perdido un ápice de su frescor.
–El mismo que viste y calza -dijo Laurie-. Anoche me contó que ella no había comparecido a trabajar. Pero también me dijo que su marido, que es todo menos un boy scout, tiene vínculos con el crimen organizado.
–¿Cómo se llama el marido? – preguntó Lou.
–Danny Schulman -dijo Laurie.
–¿Puede ser el Danny Schulman que tiene un restaurante en Bayside?
–El mismo -dijo Laurie-. Parece ser que ha tenido sus más y sus menos con la justicia.
–Vaya que si los ha tenido. Está relacionado con el clan Lucia. Al menos utilizaban su local para ciertas operaciones como tráfico de mercancías robadas, juego, cosas así. Al viejo Danny nos lo llevamos una vez de paseo para ver si delataba a algunos de los jefes, pero el tipo encajó el golpe sin soltar prenda.
–¿Cree que mataron a su mujer a causa de los negocios en que estaba metido? – preguntó Laurie.
–¿Quién sabe? – admitió Lou-. Pudo haber amenazas, puede que no hicieran caso de las advertencias. Yo lo veo desde este ángulo.
–Qué asunto más feo -dijo Laurie.
–Se queda corta -comentó Lou-. Y hablando de asuntos feos, ¿ha conseguido algo con los ojos de Frankie DePasquale? ¿Se ha podido probar que era ácido?
–Me temo que todavía no hay respuesta. El doctor DeVries no ha sido lo que se dice muy servicial. No creo que haya mirado las muestras aún. Pero tengo una buena noticia: un joven ayudante suyo va a ayudarme con los análisis. Me parece que por fin podré obtener algún resultado.
–Eso espero -dijo Lou-. En los bajos fondos de Queens se prepara algo grande. Anoche hubo cuatro asesinatos estilo hampa. Gente asesinada en su propia casa. Y para guinda, un amigo de Frankie y Bruno fue muerto en una funeraria de Ozone Park. Sea lo que sea lo que se esté cociendo, ha empezado a hervir y amenaza con desbordarse.
–He sabido de varios homicidios en Queens… -dijo Laurie.
–Un matrimonio fue asesinado en la misma cama mientras dormían. Los otros, un hombre y una mujer, también dormían. Por lo que sabemos, ninguna de estas personas tenía conexión alguna con el crimen organizado.
–No parece muy convencido.
–Es verdad. La forma en que fueron asesinados es casi una acusación.
En fin, tengo a tres detectives trabajando por separado en cada uno de los casos, y eso hay que sumarlo a la unidad anticrimen que está haciendo lo mismo, Son tantos que se tropiezan unos con otros por la calle.
–Se diría que los clanes Vaccaro y Lucia toman posiciones para un ajuste de cuentas -dijo Laurie-. ¿Pero sabe lo que le digo? A mí no me importa demasiado que un gánster se cargue a otro. No tanto, al menos, como las muertes de personas cultas que estoy viendo a raíz de eSta erupción de sobredosis de cocaína. Hoy me han llega tres más. Total, seis.
–Está visto que vemos las cosas desde perspectivas distintas dijo Lou-.
A mí me pasa lo contrario. Yo no siento excesiva simpatía por esa gente rica y privilegiada que mata intentando colocarse. La verdad es que me importa un comino que los drogadictos se pinchen una sobredosis porque son ellos quienes han creado la demanda de droga. Si no fuera por esa demanda no existiría el problema de droga. Son más culpables del actual desastre nacional que el campesino hambriento de Perú o Colombia que cultiva hojas de coca. Si los drogadictos se matan, tanto mejor. Cada muerte significa un poco menos de demanda.
–No puedo creer que le haya oído bien -soltó Laurie-. Estamos perdiendo a miembros productivos de la sociedad. Gente en quien la sociedad ha invertido tiempo y dinero dándole una educación. ¿Y por qué se están muriendo? Solo porque algún hijo de puta puso un contaminante en la cocaína o la cortó con alguna sustancia letal. Acabar con estas muertes innecesarias es mucho más importante que evitar que un puñado de hampones se maten entre sí. Ellos sí que le están haciendo un servicio a la sociedad, ¡caray!
–Pero cuando estalla la guerra entre clanes no solo mueren gánsteres -
chilló Lou-. Además, el crimen organizado se cuela en nuestras vidas. Está en todas partes, sobre todo en una ciudad como Nueva York. La recogida de basuras, por ejemplo…
–¡Qué me importa a mí la recogida de basuras! – aulló Laurie-. Es el comentario más estúpido que he…
De pronto, Laurie se detuvo a mitad de la frase. Se daba cuenta de que se había enfadado, y enfadarse con Lou era absurdo.
–Siento haberle levantado la voz -dijo ella-. Parece como si estuviera enfadada con usted, pero no lo estoy. Es pura frustración. No tengo a nadie más con quien compartir mi preocupación ante esas muertes por sobredosis, ni siquiera cuento con usted, y creo que podrían prevenirse futuras muertes.
Pero al ritmo que voy es probable que tengamos cuarenta casos más antes de que alguien reaccione.
–Yo también siento haberle levantado la voz -dijo Lou-. Supongo que también estoy frustrado. Necesito un punto de partida, algo. Además, el jefe de policía me viene pisando los talones. Solo hace un año que soy teniente de homicidios. Quiero salvar vidas, pero necesito salvar mi empleo. Me gusta hacer de policía. No me imagino haciendo otra cosa.
–A propósito de policía -dijo Laurie, cambiando tema-. Anoche tuve un problema que me gustaría tratar con usted. Quiero que me aconseje.
Laurie contó la experiencia que había tenido en el apartamento de Stuart Morgan la noche anterior. Procuró ser lo más objetiva posible, puesto que no había ninguna prueba concluyente. Pero a medida que contaba lo ocurrido, sobre todo lo de los tres dólares que había en la riñonera, se estaba convenciendo aún más de que los agentes uniformados habían robado cosas del apartamento de Stuart Morgan.
–Es una pena -dijo Lou, abatido.
Se produjo un silencio. Laurie miró a Lou expectante.
–¿Es todo lo que se le ocurre? – preguntó finalmente.
–¿Qué más puedo decir? Detesto escuchar esto, pero sucede. ¿Qué otra cosa se puede hacer? – dijo Lou.
–Creí que querría saber los nombres de los agentes implicados para poder reprenderles y…
–¿Y qué más? – preguntó Lou-. ¿Despedirlos? No se yo quien lo haga.
Con el sueldo que gana un agente de in iforme, no me extraña que de cuando en cuando haya algún hurto. Unos dólares aquí o allá. Es como un incentivo metálico. No olvide que el trabajo del policía es de lo más frustrante, aparte de peligroso. Así que no me sorprenda. Tampoco es que yo lo perdone, pero no me extraña en soluto.
–Esto me suena a moralidad cómoda -dijo Laurie-. empieza por permitir que los "buenos" transijan la ley. ¿dónde cree que acabará esto? Esta clase de hurtos me parece no solo moralmente objetable sino una catástrofe desde
el punto de vista médico-legal. Esos tipos dejaron la escena del óbito hecha una porquería y destruyeron pruebas.
–Eso está muy mal hecho, pero no voy a hacerme problemas porque haya habido comportamiento ilícito en escena de una sobredosis de droga.
Sería distinto si se tratara de un homicidio. Y lo mismo piensan los agentes, seguro.
–¡Es increíble que tenga una doble moral! Cualquiera que consuma drogas puede caerse muerto por lo que a usted respecta, y si los polis roban algo de la víctima antes de que llegue el forense, tanto mejor.
–Siento decepcionarla -dijo Lou-, pero ese es mi punto de vista. Me ha preguntado cuál era mi opinión y yo se la he dicho. Si piensa llevar el caso adelante, le sugiero que llame a Asuntos Internos, en la oficina central, y les cuente lo que pasó. Yo prefiero concentrarme en gente mala de verdad.
–Una vez más, creo no haberle oído bien -dijo Laurie-. Estoy desolada.
¿Tan ingenua soy?
–Me acojo a la quinta enmienda -dijo Lou, tratando de aligerar el ambiente-. Pero le diré una cosa. ¿Por qué no seguimos hablando esta noche? ¿Qué le parece si vamos a cenar?
–Estoy ocupada -dijo Laurie.
–Por supuesto -dijo Lou-. He sido un tonto al pensar que estaría disponible. Supongo que es ese doctor Rosas otra vez. No me lo diga. Lo que resta de mi ego no podría soportarlo. Seguro que la lleva en la limusina esa a sitios para entrar en los cuales hay que ir vestido con ropa que yo no puedo pagar. Como le dije ayer, téngame al corriente si el laboratorio se decide a hacer esos análisis, a ver si sale algo. ¡Ciao!
Lou se levantó y salió del cuarto. Laurie se alegraba de que se fuera. A veces se ponía insoportable. Si quería tomarse muy a pecho el que ella le hubiese dicho que no esta noche, adelante. ¿Qué esperaba? ¿Que saliera corriendo tras él?
Laurie iba a telefonear a Asuntos Internos como Lou le había sugerido jocosamente, pero el teléfono sonó antes de que pudiera descolgar. Era Jordan.
–Espero que no me haya llamado para cancelar la cita de esta noche -
dijo él.
–Nada de eso -dijo Laurie-. Se trata de su secretaria, Marsha Schulman.
–Querrá decir mi antigua secretaria -dijo Jordan-. Esta mañana tampoco ha venido ni ha telefoneado, así que he pensado sustituirla. De momento,
tengo una provisionaria
–Lamento decirle que ha muerto.
–¡Oh, no! – dijo Jordan-. ¿Habla en serio?
Laurie explicó cómo había identificado el cadáver decapitado gracias a la radiografía de tórax y el asunto de las dos intervenciones quirúrgicas.
–Los investigadores médicos forenses se ocupan ahora de que la identificación sea más certera aún -dijo Laurie pero con lo que ya tenemos creo que podemos estar seguros.
–Digo yo si ese hijo de puta de marido estaba implicado… -se preguntó Jordan en voz alta.
–Estoy segura de que la policía investigará esa posibilidad -dijo Laurie-.
Bueno, creí que debía usted saberlo.
–No sé si quiero -dijo Jordan-. Es una noticia espantos
–Lamento ser portadora de tan tristes nuevas.
–La culpa no es suya -dijo Jordan-. Alguien tenía que decírmelo. En fin, la veré a las ocho.
–Hasta las ocho, entonces.
Laurie colgó y marcó el número de Asuntos Internos. Habló con una secretaria poco dispuesta que tomó los detalles de su relato, prometiendo pasarle la información su jefe.
Laurie se sentó a su mesa con objeto de hacerse una composición del lugar antes de volver a la sala de autopsia para su último caso. Empezaba a sentirse abrumada. Parecía que todos los aspectos de su vida -personal, profesional, ético- estuvieran dando vueltas descontroladamente.
–Soy el teniente Lou Soldano -dijo Lou con educación, entregándole sus credenciales a la secretaria de ojos vivos que estaba en recepción.
–¿De Homicidios? – preguntó ella.
–Eso es -dijo Lou-. Me gustaría hablar con el doctor. Solo serán unos minutos.
–Si quiere tomar asiento en la sala de espera, le diré que está usted aquí.
Lou se sentó y hojeó descuidadamente una reciente edición de The New Yorker. Se fijó en los dibujos de las paredes, y sobre todo en uno que era descaradamente pornográfico. Se preguntó si los habría escogido alguien o si ya iban con el consultorio. Sea como fuera, pensó Lou, el mal gusto de ciertas personas no tenía explicación.
Aparte de los dibujos, a Lou le impresionó la sala de espera. Las paredes estaban forradas de caoba. Una elegante y gruesa alfombra oriental
cubría el suelo. Aunque Lou ya sabía que el bueno del doctor sabía cuidarse.
Lou miró las caras de los pacientes que le pagaban la limusina y las rosas, aparte de la opulencia. Había unos diez esperando. Algunos llevaban parches en los ojos, otros parecían perfectamente sanos, incluida una mujer de mediana edad cargada de joyas. A Lou le habría gustado preguntarle para qué había venido al médico, solo para hacerse una idea, pero no se atrevió.
El tiempo pasaba despacio mientras uno detrás de otro los pacientes desaparecían en las profundidades del despacho. Lou trataba de contener su impaciencia, pero después de tres cuartos de hora, empezó a ponerse nervioso. Le dio por pensar que se trataba de un premeditado desaire por parte de Jordan Scheffield. Aunque Lou no estaba citado, supuso que iba a ser recibido rápidamente, tal vez para programar una futura visita si era necesario. No pasaba cada día que se te presentara en el consultorio un teniente de policía de la sección de Homicidios. Además, Lou no tenía pensado robarle mucho tiempo al doctor.
El motivo de la visita era doble. Lou quería averiguar más cosas de Marsha Schulman, pero también quería hablar de Cerino. Era como salir de pesca; podía ser que el doctor supiera darle la información que él necesitaba. Lou opuso resistencia a la idea que le carcomía por dentro: había ido a ver qué clase de tipo era el que llevaba cada noche a cenar a la doctora Laurie Montgomery.
–Señor Soldano -dijo por fin la secretaria-. El doctor Scheffield le recibirá ahora.
–Ya era hora -murmuró Lou mientras se ponía de pie y dejaba a un lado la revista.
Caminó hacia la puerta que había abierto la secretaria. No era la misma por la cual habían desaparecido los pacientes.
Tras recorrer un corto pasillo, Lou fue introducido en el despacho particular del doctor. Avanzó hasta el centro de la habitación. Oyó que la puerta se cerraba a sus espaldas;
Lou miró la coronilla de la rubia cabeza de Jordan. El doctor estaba escribiendo algo.
–Siéntese -dijo Jordan sin levantar los ojos.
Lou no sabía qué postura tomar. La idea de hacer caso omiso de lo que más bien sonaba como una orden que como un ofrecimiento le atraía, de
modo que permaneció donde estaba. Sus ojos recorrieron la habitación.
Quedó, impresionado y no pudo por menos de comparar aquel entorno con su propia ratonera utilitaria, de mesa metálica y paredes desconchadas.
¿Quién dijo que la vida era justa?, rumió Lou.
Dirigiendo de nuevo la atención al doctor, Lou sacó por toda conclusión que se trataba de un hombre que se cuidaba mucho. Iba vestido con la típica bata blanca de médico; parecía más blanca que la nieve y almidonada con la rigidez del cartón. En el dedo anular llevaba una gran sortija de oro con sello, seguramente de alguna escuela de mucha categoría.
Jordan terminó lo que estaba escribiendo y ordenó meticulosamente las páginas del historial clínico antes de doblar la carpeta. Luego levantó los ojos. Pareció verdaderamente sorprendido de que Lou siguiera de pie en medio del despacho, sombrero en mano.
–Por favor -dijo Jordan. Se levantó y le indicó una de las dos sillas encaradas hacia su escritorio-. Siéntese. Disculpe que le haya hecho esperar, pero estoy ocupadísimo estos días. No salgo del quirófano. ¿En qué puedo ayudarle? Supongo que está aquí por mi secretaria, Marsha Schulman. Qué tragedia. Imagino que estarán pensando investigar la probable implicación de su marido.
Los ojos de Lou subieron hasta el rostro de Jordan. Le consternó que fuese tan alto; hacía que se sintiera bajo en comparación con él, aunque Lou medía casi un metro ochenta.
–¿Qué sabe del señor Schulman? – preguntó Lou.
Después del más cordial ofrecimiento de Jordan, Lou tomó asiento.
Jordan hizo lo mismo. Lou escuchó mientras Jordan le contaba lo que sabía del marido de Marsha. Como Lou ya sabía bastante, más que el otro, se tomó tiempo para observar al "bueno" del doctor, fijándose en cosas como el ligero aunque probablemente falso acento inglés. Antes de que Jordan acabara de hablar de Danny Schulman, Lou había sacado ya la conclusión de que, Jordan era un gilipollas, un presumido y un chulo amanerado. Que una chica tan práctica como Laurie hubiera visto algo en él era algo que Lou no entendía.
–¿Qué me dice de Cerino? – preguntó Lou, decidiendo que era el momento de cambiar de tema.
Jordan dudó unos segundos. Le sorprendió la mención del nombre de Paul.
–Perdone que se lo pregunte -dijo-, pero ¿qué tiene que ver el señor Cerino en todo esto?
Lou se alegró de ver que Jordan se removía en su asiento.
–Le agradecería que me dijese todo lo que sepa del señor Cerino.
–El señor Cerino es mi paciente recientemente -dijo Jordan.
–Eso ya lo sé -dijo Lou-. Me interesa saber qué tal va su tratamiento.
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–Nunca hablo de mis pacientes -dijo Jordan con frialdad.
–¿De veras? – preguntó Lou, levantando las cejas-. No es lo que me habían contado. Sé de buena fuente que ha hablado con detalle del caso de Cerino.
Los labios de Jordan se fruncieron un poquito.
–Pero podemos dejar eso de momento -añadió Lou. También quería preguntarle si usted o alguien de su personal había sido objeto de intento de extorsión.
–Tajantemente no -dijo Jordan. Y riendo de nervios agregó-: ¿Para qué querrían amenazarme a mí?
–Cuando uno empieza a mezclarse con gente como Cerino, La extorsión es una de las cosas que pueden pasar ¿Hay alguna posibilidad de que amenazasen a su secretaria?
–Amenazarla, ¿con qué?
–No sé -dijo Lou-. Usted sabrá.
–Cerino no me extorsionaría a mí ni a ninguno de mis empleados. Yo le estoy ayudando; soy su médico.
–La gente del crimen organizado piensa distinto que la gente normal -
dijo Lou-. Se consideran especiales y por encima de la ley: por encima de todo, a decir verdad. Si no consiguen exactamente lo que quieren, te matan.
Si lo consiguen pero les parece que no les gustas o te deben demasiado dinero, te matan.
–Bien, estoy seguro de que les doy lo que quieren.
–Como usted diga, Doc. Solo trato de analizar todas las posibilidades.
Tiene una secretaria muerta y alguien la ha mutilado brutalmente.
Quienquiera que fuese no quería que se descubriese quién era ella demasiado pronto. Necesito saber por qué.
–Bien, lo único que puedo decirle es que la desaparición o muerte de Marsha no tiene nada que ver con el señor Cerino. Y ahora si me disculpa, tengo pacientes que atender. Si tiene usted más preguntas, tal vez debería ponerse en contacto conmigo a través de mi abogado.
–Claro, Doc -dijo Lou-. Enseguida me voy. Pero un consejo: yo que usted tendría mucho cuidado con Paul Cerino. Puede que la mafia parezca muy sugestiva en los libros, o en las películas, pero creo que cambiaría de parecer si viera el aspecto que tiene ahora la señora Schulman. Y un último consejo. Cuidado al mandarle la factura. Gracias por su tiempo, doctor.
Lou salió del edificio, avergonzado hasta el punto de haber acudido. El encuentro había resultado inútil y solo había servido para ponerle de mal humor. No podía soportar a tipos como Jordan Scheffield, imbéciles presuntuosos nacidos con un pan bajo el brazo. Si se metía en líos con Paul Cerino, sería culpa suya. Estaba tan lleno de vanidad que era incapaz de ver el peligro.
Media hora después, Lou llegó a su despacho en la oficina central de policía. Permaneció unos instantes en la entrada, viendo el lío que había dentro. Su barraca estaba a años luz del ambiente lujoso de Jordan Scheffield. El mobiliario era el clásico producto urbano, metálico y gris, con innumerables quemaduras de cigarrillos dejados en los bordes y con manchas de café. El suelo era de un linóleo seco y agrietado. Las paredes habían sido pintadas hacía años de un verde claro al que un escape de agua del piso superior había sacado ampollas. Papeles e informes se amontonaban en cualquier superficie horizontal disponible, ya que los archivadores estaban abarrotados.
Lou nunca había pensado mucho en su despacho, pero hoy le parecía insoportablemente sucio. Sabía que era algo irracional, pero una y otra vez le enfurecía pensar en el relamido del doctor.
En ese momento, otro teniente detective del cuerpo, Harvey Lawson, interrumpió los pensamientos de Lou.
–Oye -le dijo Harvey-, ¿sabes esa tía de la que hablabas ayer?, ¿la del centro de inspección médica?
–Sí.
–Acabo de enterarme que ha llamado a Asuntos Internos. No sé qué de un par de tíos de uniforme que robaron algo en casa de un muerto por sobredosis. ¿Qué te parece?
Tony y Angelo estaban de nuevo en el sedán negro de Angelo. Habían aparcado enfrente del Greenblatt Pavilion del Manhattan General Hospital.
El Greenblatt Pavilion era la parte lujosa del hospital, en donde los pacientes ricos y consentidos podían disponer de menú especial que incluía atractivos tales como el vino, siempre que sus médicos permitieran semejante trato como parte de la dieta.
Eran las dos y cuarenta y ocho de la tarde; Tony y Angelo estaban agotados. Habían esperado poder dormir después de la nochecita pasada, pero Paul Cerino tenía otros planes para ellos.
–¿A qué hora dijo -preguntó Tony.
–A las tres -contestó Angelo-. Se supone que es la hora de mayor confusión en el hospital. Es cuando las enfermeras del turno de día están a punto de irse y acaba de empezar el turno de noche.
–Si eso dice el doc, por mí vale.
–No me gusta esto -dijo Angelo-. Sigo pensando que es muy arriesgado.
Angelo estudió las cercanías con ojos cautos. Había mucho movimiento y montones de policías.
En los diez minutos que llevaban aparcados, Angelo había contabilizado tres coches patrulla pasando por delante del hospital.
–Tómatelo como un reto -sugirió Tony-. Y piensa en todo el dinero que vamos a sacar.
–Prefiero trabajar de noche -dijo Angelo-. Y a estas alturas de mi vida no necesito ningún reto. Además, ahora mismo podría estar durmiendo.
Cuando estoy tan cansado no debo trabajar. Podría cometer un error.
–Anímate, hombre -dijo Tony-. Va a ser divertido.
Pero Angelo seguía en sus trece.
–Tengo un mal presentimiento. Quizá deberíamos volvernos a casa y dormir un rato. Esta noche nos espera una buena papeleta.
–Espera tú aquí y ya entro yo solo. Tranquilo, me partiré el dinero contigo.
Angelo se mordió el labio. Era tentador dejar que el chico entrara solo en el hospital, pero si algo iba mal Cerino se pondría furioso. E incluso en el mejor de los casos, si Tony iba solo, había muchas probabilidades de que las cosas se torcieran. A regañadientes, Angelo llegó a la conclusión de que realmente no tenía elección.
–Gracias por la oferta -dijo Angelo, escudriñando el panorama una vez más-, pero me parece que hemos de hacerlo juntos.
Fue entonces cuando Angelo se volvió hacia Tony y comprobó horrorizado que este había sacado su arma. Estaba comprobando el cargador.
–¡Virgen Santísima! – gritó Angelo-. Aparta esa maldita pistola. ¿Y si pasa alguien por aquí y te ve haciendo monadas con eso? Hay polis por todas partes.
–Ya está bien -exclamó Tony. Encajó de nuevo el cargador en su arma y deslizó esta en la pistolera-. Mira que estás de mal humor, caramba. He mirado antes de sacarla. ¿Me tomas por un retrasado mental? Cerca del coche no hay ni un alma.
Angelo cerró los ojos e intentó calmarse. El dolor de cabeza iba a peor.
Tenía los nervios destrozados. Se sentía fatal cuando estaba tan cansado.
–Son casi las tres -dijo Tony.
–Está bien -dijo Angelo-. ¿Recuerdas lo que hemos de hacer en cuanto entremos en el hospital?
–Me acuerdo de todo -repitió Tony-. Tranquilo.
–Está bien -volvió a decir Angelo-. Vamos allá.
Salieron del coche. Angelo dio un último vistazo a las inmediaciones.
Satisfecho, cruzó la calle con Tony detrás y entró en el vestíbulo del Manhattan General Hospital.
La primera parada fue para comprar dos pomos de flores cortadas.
Angelo le entregó uno a Tony y se quedó con el otro. Volviendo con las flores al recibidor, hicieron cola en la ventanilla de información.
–Mary O'Connor -dijo cortésmente Angelo cuando le llegó el turno.
–Cinco cero siete -le dijo la empleada de información tras consultar su ordenador.
Mientras se mezclaban con la gente que se apiñaba en los ascensores, Tony le dijo a Angelo al oído:
–De momento, todo bien.
Angelo volvió a mirar ceñudo a Tony, pero no dijo nada. Estaban rodeados de enfermeras que acababan de llegar al trabajo. No era momento de regañinas. Al llegar a la quinta planta, Angelo y Tony salieron del ascensor junto con tres enfermeras.
Esperando hasta ver qué dirección tomaban las enfermeras, Angelo escogió la dirección contraria. Inmediatamente se dio cuenta de que la habitación 507 estaba hacia la otra parte, pero siguió caminando hasta que ellas llegaron al ajetreado puesto de enfermeras, y entonces retrocedió seguido de Tony.
Angelo se comportaba como si supiera exactamente adónde iba. Pasó por delante del puesto de enfermeras sin dirigir una sola vez la mirada en esa dirección.
Le fue fácil encontrar la 507. Angelo aminoró el paso echó un vistazo al interior. Contento de que no hubiera personal en la habitación, entró en la misma y contempló la mujer que yacía en la cama. Estaba mirando un televiso instalado sobre un brazo mecánico sujeto al armazón de la cama.
La mujer tenía un parche sobre un ojo. El ojo descubierto pasó de mirar la tela a mirar a Angelo, lanzándole a este una mirada inquisitiva.
–Buenas tardes, señora O'Connor -dijo Angelo afablemente-. Tiene visita.
Angelo le indicó a Tony que entrase en la habitación
–¿Quién es usted? – preguntó la señora O'Connor. Tony entró sonriente con su ramo de flores por delante Los ojos de la señora O'Connor fueron de Angelo a Tony. La mujer sonrió.
–Me parece que se ha equivocado -dijo-. la señora O'Connor.
–Ah, ¿sí? – preguntó Angelo-. ¿No es usted la O'Connor que van a intervenir a última hora de hoy?
–Sí -dijo la señora O'Connor-, pero no les conozco ¿verdad?
–Es muy poco probable -dijo Angelo. Retrocedió hasta la puerta y miró arriba y abajo del pasillo. El puesto de enfermeras seguía hirviendo de actividad. Por el otro lado no venía nadie-. Me parece que es la hora de su tratamiento. La sonrisa de Tony se ensanchó. Fue a dejar las flores sobre la mesita de noche.
–¿De qué tratamiento está hablando? – preguntó la señora O'Connor.
–Terapia de relajación -dijo Tony-. Déjeme la almohada.
–¿Lo ha ordenado el doctor Scheffield?
Aunque le parecía sospechoso, la señora O'Connor no se resistió cuando Tony fue a quitarle la almohada de debajo de la cabeza. No estaba acostumbrada a predecir lo que sus médicos tenían pensado.
–No exactamente -dijo Tony.
Esa confesión dio alas a la pobre mujer.
–Quisiera hablar con la enfermera Lang -empezó a decir. Pero no tuvo ocasión de terminar. Tony le encasquetó la almohada en la cara y después se le sentó encima del pecho. Siguieron unos sonidos ahogados, pero la señora O'Connor no forcejeó mucho. Dio varias patadas, pero más que para defenderse parecía ser una reacción incontrolable al verse privada de aire.
Angelo entretanto vigilaba, atento al puesto de enfermeras. Ningún problema por allí. Las enfermeras estaban ocupadas hablando. Miró en la otra dirección del pasillo. El corazón le dio un vuelco al divisar a una mujer de mediana edad que se acercaba a la 507 empujando un carrito con jarros de agua. Estaba a solo cinco metros.
Angelo entró de nuevo en la habitación y cerró la puerta. Tony no había terminado del todo su "tratamiento". Seguía sentado encima de la señora O'Connor.
–¡Alguien viene! – le avisó Angelo.
Sacó su arma del bolsillo y le colocó el silenciador. Tony mantenía la presión sobre la almohada. Llamaron a la puerta.
Angelo se metió en el baño.
–Vamos -le urgió en voz baja a Tony al ver que este no le seguía.
Pasados diez segundos llamaron otra vez. Tony levantó la almohada a regañadientes. Mary O'Connor estaba azul inmóvil. Su ojo descubierto miraba sin expresión al techo.
Angelo, furioso, indicó por gestos a Tony que entrara con él en el baño cuando llamaron por tercera vez. Entonces, al abrirse la puerta, Tony saltó de la cama y entró en el baño obligando a Angelo a subirse al inodoro. Tony dejó entreabierta la puerta del baño mientras la mujer del carrito entraba en la habitación con los jarros de agua.
Angelo tenía el arma a punto. El silenciador estaba en su sitio. No le gustaba la idea de hacer fuego, pero temía no tener otra alternativa. Con la puerta del baño abierta un centímetro, pudo observar a la mujer cambiando el jarrón de agua de la señora O'Connor por uno nuevo. Angel contuvo el aliento. La mujer estaba solo a unos pasos. El plan era esperar a que la mujer viera a la señora O'Connor antes de hacer ningún movimiento.
Sorprendentemente, la mujer desapareció de su vista sin mirar siquiera en dirección de la señora O'Connor.
Tras esperar todo un minuto, Angelo le dijo a Tony que echara una ojeada con mucho cuidado.
Tony abrió lentamente la puerta del baño hasta que pudo asomar la cabeza.
–Se ha ido -dijo.
–Larguémonos de aquí -urgió Angelo.
Al salir del baño, Tony se detuvo junto a la cama.
–¿Crees que estará muerta? – preguntó.
–No se puede estar así de azul y seguir vivo -dijo Angelo-. Venga. Coge tus flores. Quiero estar bien lejos cuando la encuentren.
Llegaron al coche sin incidentes. Angelo estaba pensando que había sido buena cosa entrar también él. Con su ganas de disparar, Tony habría dejado una estela de cadáveres a su paso.
Angelo se alejaba ya del bordillo cuando Tony le hizo esta confidencia:
–Lo de ahogarla no ha estado mal, pero sigo prefiriendo el otro método.
Es más seguro, más rápido y definitivamente más satisfactorio.
Lou cogió un cigarrillo y lo encendió. No es que tuviera unas ganas especiales de fumar. Solo le interesaba matar el tiempo. La reunión tenía que haber empezado media hora antes pero aún seguían llegando policías.
El asunto a tratar eran las tres ejecuciones estilo hampa que habían tenido lugar en Queens durante la noche. Lou había creído que el caso despertaría cierta sensación de emergencia en el departamento, pero faltaban tres detectives.
–Que les den por el saco -dijo Lou finalmente, refiriéndose a los policías que faltaban, y le indicó a Norman Carver, sargento detective, que empezase.
Norman había sido nombrado para llevar la investigación, aunque en realidad las tres unidades que cubrían el triple caso actuaban independientemente.
–Me temo que no tenemos gran cosa -dijo Norman-. La única conexión establecida entre los tres casos, aparte de la forma de asesinarlos, es que todos ellos estaban más o menos relacionados con el negocio de los restaurantes, ya fuera como propietario, socio o proveedor.
–Eso no significa mucho -dijo Lou-. Vamos a revisarlo cada uno por separado.
–El primero fue el matrimonio Goldburg, en Kew Gardens -dijo Norman-. Tanto Harry como Martha Goldburg fueron asesinados mientras dormían. El informe preliminar sugiere que se emplearon dos armas.
–¿A qué se dedicaba Harry? – preguntó Lou.
–Era propietario de un próspero restaurante, aquí en Manhattan -dijo Norman-. El sitio se llama La Dolce Vita. En el East Side Calle Cincuenta y cuatro. Era socio de un tal Anthony DeBartollo. Hasta el momento no hemos dado con problemas de tipo económico o personal que tuvieran que ver con la sociedad o con el negocio.
–Siguiente -dijo Lou.
–Steven Vivonetto, de Forest Hill -siguió Norman. Propietario de una cadena de garitos de comida rápida en Nassau County: Pasta Pronto. Una vez más, no hemos dado con problemas financieros, pero se trata solo de informes preliminares.
–Y por último…
Janice Singleton, también de Forest Hill -dijo Norsman-. Casada con Chester Singleton. Él tiene un negocio de abastecimiento a restaurantes y hace poco fue escogido por la cadena de Vivonetto como proveedor.
Tampoco tenía problemas económicos. De hecho, las cosas habían mejorado gracias a la cuenta de Pasta Pronto.
–¿Quién era el proveedor de Pasta Pronto antes de Singleton? –
preguntó Lou.
–Eso aún no lo sé -dijo Norman.
–Creo que habría que averiguarlo -dijo Lou-. ¿Se conocen personalmente los Singleton y los Vivonetto?
–No ha podido establecerse aún -respondió Norman-. Pero se hará.
–¿Qué hay de su relación con el crimen organizado? – preguntó Lou-.
Por la manera en que fueron asesinados se diría que existe.
–Eso creíamos al principio -dijo Norman. Miró a los otros cinco que había en la sala. Todos ellos asintieron-. Pero casi no hemos descubierto nada. Un par de restaurantes a los que Singleton abastece tienen cierta relación, pero nada importante.
Lou suspiró.
–Tiene que haber algo que los ligue a los tres.
–Estoy de acuerdo -dijo Norman-. Los proyectiles que obtuvimos de los inspectores médicos dan a entender que Harry Goldburg, Steven Vivonetto y Janice Singleton fueron asesinados con la misma arma, y Martha Goldburg con otra. Aunque no es el informe de balística. Se trata solo del examen preliminar. Pero todas eran del mismo calibre. Sospechamos que las mismas personas estaban detrás de las tres muertes.
–¿Ha habido robos? – preguntó Lou.
–Parientes de los Goldburg afirman que Harry tenía un Rolex de oro macizo. No lo hemos encontrado. Tampoco se pudo localizar su cartera.
Pero en los otros dos casos, no parece que se llevaran nada.
–Por lo visto la respuesta ha de estar en el negocio de restaurantes -dijo Lou-. Consigue informes detallados de todas las operaciones. Trata de averiguar también si esos sujetos habían sido sometidos a extorsión u otro tipo de amenazas. Y procura hacerlo enseguida. Tengo al comisario jefe encima.
–Hay gente Norman.
Lou asintió.
Norman le pasó una hoja de papel mecanografiada.
–Aquí tienes un resumen de lo que te acabo de decir. Perdona los errores de máquina.
Lou leyó el resumen por encima. Dio una calada a su cigarrillo. Algo grande y nada bueno se estaba cociendo en Queens. No cabía duda alguna.
Se preguntó si esos asesinatos podían tener que ver con Paul Cerino. No parecía probable. Pero entonces pensó en Marsha Schulman y se dijo si alguno de los fallecidos sería conocido de su esposo Danny. Era una conjetura aventurada, pero había la posibilidad de que ese fuera el hilo conductor.
15.00, jueves, Manhattan
Después de pasar por la oficina de Identificación a coger un café que, a aquellas horas, más que café parecía agua sucia, Laurie se dio prisa en llegar a la conferencia del jueves por la tarde en la sala de conferencias que se comunicaba con el despacho de Bingham. Era la única ocasión que tenían todos los inspectores médicos de la ciudad de encontrarse para intercambiar casos y hablar de problemas de diagnóstico. Aunque en el centro forense donde trabajaba Laurie se trataban las muertes ocurridas en el Bronx así como en Manhattan, los distritos de Queens, Brooklyn y Staten Island tenían sus propios servicios de inspección médica. El jueves era el día en que se reunían todos. Ir a la conferencia no era optativo. Por lo que hacía a Bingham, era de obligado cumplimiento.
Como de costumbre, Laurie ocupó un asiento cercano a la puerta. Si empezaban a hablar de cosas exclusivamente administrativas o políticas, para su gusto, prefería irse.
Lo más interesante de estas conferencias semanales ocurría normalmente antes de que se abriera la sesión. Estas fortuitas conversaciones previas le servían a Laurie para recoger algún que otro chisme o detalles significativos sobre casos especialmente horripilantes y desconcertantes. En ese sentido, el encuentro de este jueves no iba a ser distinto.
–Creía que ya lo había visto todo -les decía Dick Katzemburg a Paul Plodgett y Kevin Southgate.
Dick era inspector médico destinado en Queens. Laurie acercó el oído.
–Fue el homicidio más extraño que he visto nunca -continuó Dick-. Y
mira que los he visto de raros.
–¿Nos lo cuentas o hay que pedírtelo de rodillas? – preguntó Kevin con evidentes ganas de oír la historia.
A los inspectores médicos les encantaba intercambiar "batallitas" que fueran intelectualmente estimulantes o bien grotescamente raras.
–El tipo era muy joven -dijo Dick-. Se lo cargaron en una funeraria con el aspirador que utilizan para embalsamar.
–¿Lo apalearon hasta que se murió? – pregunto Kevin, que, hasta el momento, no se había inmutado.
–¡No! – dijo Dick-. Con el trocar. El aspirador estaba en marcha. Fue como si lo embalsamaran vivo, pobre chico.
–Uf -exclamó Paul, evidentemente impresionado-. Eso sí que es extraño. Me recuerda el caso de…
–Doctora Montgomery -dijo una voz.
Laurie se dio la vuelta. Delante suyo estaba el doctor Bingham.
–Me temo que usted y yo tenemos que hablar de otra cosita… -dijo él.
Laurie se puso ahora.
–Ha venido a verme el doctor DeVries -dijo Bingham-. Se queja de que ha ido usted varias veces al laboratorio a molestarle con los resultados de unos análisis. Ya sé que está ansiosa por obtener esos resultados, pero no es usted la única que espera. El doctor DeVries está desbordado. Creo que no hace falta que se lo recuerde. Y no espere un trato especial. Va a tener que esperar como todos los demás. Le agradeceré que no siga presionando al doctor DeVries. ¿Está claro?
Laurie estuvo tentada de decir algo como que DeVries tenía un sistema muy pintoresco de pedir más fondos, pero Bingham se alejó. Antes de que tuviera tiempo de pensar en esta su tercera reprimenda del día, Bingham abrió la sesión.
Como de costumbre, Bingham empezó la conferencia haciendo un resumen estadístico de la semana anterior Luego leyó un breve informe sobre el estado del caso de Central Park ya que los medios informativos se habían ocupado masivamente de ello. Volvió a refutar las acusaciones de mala administración del caso por parte del servicio de inspección médica.
Concluyó con el consejo a todos de que no dieran opiniones personales.
Laurie estaba segura de que esto último iba por ella ¿Quién, si no, había expresado su opinión entre las filas de la inspección médica?
A continuación de Bingham, Calvin habló de aspecto, administrativos, concretamente de las consecuencias que el recorte de fondos municipales estaba teniendo sobre las operaciones. No pasaba una semana sin que hubiera que reducir o eliminar algún servicio o suministro.
A continuación de Calvin, los inspectores médicos delegados de los otros distritos leyeron sus propios resúmenes de la semana. Algunos de los
presentes bostezaban, otros daban cabezadas.
Cuando los jefes de distrito hubieron terminado, se abrió el turno de intervenciones. Dick Katzenburg explicó varios casos, incluido el espeluznante asesinato de la funeraria.
Cuando hubo terminado, Laurie se aclaró la garganta y se dirigió a los congregados. Presentó lo más sucintamente posible sus seis casos de sobredosis, cuidando de delinear las diferencias demográficas que los separaban de las sobredosis normales. Laurie describió a los fallecidos como yuppies solteros cuyo consumo de droga había cogido desprevenidas a las amistades y la familia. Aclaró también que la cocaína había sido inyectada, aunque no mezclada con heroína.
–Lo que me preocupa -dijo Laurie, evitando mirar a Bingham- es que estemos asistiendo a una serie de muertes poco usuales por sobredosis.
Tengo la sospecha de que el culpable es algún contaminante contenido en la droga, pero de momento no se ha encontrado nada. Me gustaría pedirles que si alguien ve algún caso parecido a los que acabo de describir, haga el favor de enviármelo.
–Yo he visto cuatro en las últimas semanas -dijo Dick cuando Laurie hubo terminado-. Como son tantos los casos de toxicidad, no presté demasiada atención a la demografía. Pero ahora que lo ha mencionado, los cuatro parecían personas a las que todo les iba muy bien. De hecho, dos eran profesionales, y de los cuatro, tres tomaron la cocaína por vía intravenosa. El cuarto, oralmente.
–¿Oralmente? – repitió alguien sorprendido-. ¿Sobredosis oral de cocaína? Eso sí que es raro. Generalmente solo se dan casos entre los camellos que pasan droga de contrabando desde Sudamérica cuando se les rompe el condón.
–De los drogadictos no me sorprende nada -dijo Dick-. Uno de los casos que he tenido fue encontrado dentro del frigorífico. Al parecer, tenía tanto calor que se subió a la heladera buscando alivio.
–Uno de los míos también se subió a la nevera -dijo Laurie.
–Yo también he tenido uno así -dijo Jim Bennett, que era el jefe del distrito de Brooklyn-. Y ahora que lo pienso, tuve otro que salió corriendo a la calle casi desnudo antes de que le diera un ataque. Había consumido droga oralmente pero solo después de intentarlo por vía intravenosa.
–¿Eran estos casos tan insólitos dentro de lo normal en una sobredosis de droga? – le preguntó Laurie a Jim.
–Desde luego que sí -dijo Jim-. El que se lanzó a la calle era un próspero abogado. Y en ambos casos las familias juraron y perjuraron que el muerto no consumía drogas. Laurie miró a Margaret Hauptman, que dirigía el centro forense de Staten Island.
–¿Ha visto usted casos similares? – preguntó Laurie. Margaret negó con la cabeza.
Laurie les preguntó a Dick y a Jim si tenían inconveniente en mandarle un fax con los informes de los casos citados. Los dos dijeron que lo harían de inmediato.
–He de mencionar -dijo Dick- que en tres de los cuatro he tenido fuertes presiones de los familiares implicados para que firmara el caso como muerte natural.
–Quiero hacer hincapié en eso -dijo Bingham, que intervenía por primera vez desde el inicio del coloquio-. estos casos de sobredosis de clase alta, las familias quieren siempre que el asunto no salga a relucir. Y creo que debemos cooperar, políticamente no podemos permitirnos enemistarnos con este grupo de votantes.
–Yo no sé a qué atenerme respecto a lo del frigorífico -dijo Laurie-. De todos modos, me hace pensar otra vez en un contaminante. Puede que haya una sustancia química que tenga efectos sinérgicos con la cocaína como para causar hiperpirexia. En todo caso, me preocupa que estas muertes provengan de la misma fuente de droga. Ahora que disponemos de tantos casos deberíamos poder demostrarlo comparando los porcentajes de sus hidrolisatos no turales. Naturalmente necesitaremos la colaboración del laboratorio.
Laurie miró nerviosamente a Bingham para ver si cambiaba de expresión con su referencia al laboratorio pero no.
–Yo no daría por seguro lo del contaminante -dijo Dick-. La cocaína es muy capaz de causar estas muertes por sí sola. Unos de los cuatro casos que atendí tenía un nivel alto de suero. Muy alto. Esta gente tomaba dosis realmente grandes. Puede que la cocaína no estuviera cortada quizá era pura al cien por cien. Todos hemos visto muertes parecidas con heroína.
–Sigo creyendo que ha de haber un contaminante -dijo Laurie-. Dada la inteligencia común a este grupo de víctimas, me es difícil creer que fueran tantos los que se hicieron un lío, en caso de tratarse de dosis puras.
–Quizá tenga razón -dijo Dick encogiéndose de hombros-. Solo quería decir que no nos apresuremos a sacar conclusiones.
Cuando salía de la sala, Laurie sintió una extraña e inquietante mezcla de excitación combinada con frustración y ansiedad renovadas. En un par de horas su "serie" se había doblado: de seis casos a doce. Era siniestro. Su intuición sobre el número de casos estaba ya cumpliéndose, y a un ritmo alarmante.
Ahora más que antes, Laurie pensaba que había que advertir al público y especialmente al grupo de los yuppies. El problema era cómo. La verdad es que no tenía valor de acudir a Bingham. Pero tenía que hacer algo.
De pronto se acordó de Lou. La policía tenía una división entera para luchar contra la droga y el vicio. A lo mejor tenían algún modo de hacer correr la voz de que había una partida de droga particularmente peligrosa.
Con gran determinación, Laurie fue a su despacho y marcó enseguida el número de Lou. Respiró aliviada al oír su voz.
–Me alegro mucho de que aún esté ahí -dijo ella con un suspiro.
–¿De veras? – preguntó Lou.
–Necesito hablar con usted enseguida -dijo Laurie.
–¿Ah, sí?
–¿Me espera? – dijo Laurie.
–Claro. – Lou estaba perplejo -. Venga cuando guste.
Laurie colgó el teléfono, cogió su maletín, lo abrió, metió unos informes por terminar, cerró el maletín de golpe, agarró el abrigo y corrió literalmente hasta el ascensor.
Llovía ligeramente cuando salió a la Primera Avenida. Le parecía imposible conseguir un taxi, pero como por arte de magia, aparcó uno junto a la acera y el pasajero se bajó justo delante de ella. Laurie subió al taxi sin darle tiempo a cerrar la puerta.
Como no había estado nunca en la oficina central de la policía de Nueva York, Laurie se sorprendió al ver que se trataba de una estructura de ladrillo relativamente moderna. En la entrada principal le hicieron firmar en un registro mientras un oficial de seguridad avisaba a Lou para asegurarse de que este esperaba a alguien.
Estaba exasperado, pero sabía que la preocupación de la doctora era sincera-.
–¿Por qué no acude a los medios informativos?
–No puedo -dijo Laurie-. Si voy a escondidas de Birgham, me quedo sin empleo. Seguro. Ya hemos tenido una pelea por eso. ¿Y usted?
–¿Yo? – preguntó Lou con cara de asombro-. ¡Un teniente de Homicidios metido de pronto en un asunto de sobredosis! Querrían los nombres y de dónde los saque, tendría que decir que fue usted quien me los proporcionó. Además, mis jefes se extrañarían de que me ocupara de drogatas y no de resolver el problema de las ejecuciones mafiosas. No, yo tampoco puedo. Si acudiera a los medios informativos seguramente tendría que buscarme un empleo.
–¿Por qué no intenta hablar con la división de narcóticos? – preguntó Laurie.
–Tengo una idea -dijo Lou-. Qué me dice de su novio el doctor. Es normal que un médico se interese por estas cosas. Además, con la limusina y ese consultorio de lujo, disfruta de una sobresaliente posición pública.
Jordan no es mi novio -dijo Laurie-. Es solo un conocido. ¿Y qué sabe usted de su consultorio?
–Fui a verle esta tarde-dijo Lou.
–¿Para qué?
–¿Quiere la verdad o lo que me dije a mí mismo? – preguntó Lou.
–Pongamos las dos cosas -dijo Laurie.
–Quería preguntarle por su paciente Paul Cerino -dijo Lou-. Y también por su secretaria, ya que ha sido víctima un asesinato. Pero es verdad que también tenía curiosidad por conocerle. Si quiere mi opinión, ese tipo es una rata.
–No quiero saber su opinión -soltó Laurie.
–Lo que no entiendo -insistió Lou- es por qué le interesa un tío tan falso, tan petulante y tan pomposo. Nunca había visto un doctor con un despacho igual. Y encima la limusina… ¡por favor! Seguro que se aprovecha de que sus pacientes no ven ni torta para robarles. Y perdón por el chiste. ¿Qué es lo que le atrae de él? ¿Su dinero?
–¡No! – dijo Laurie con indignación-. Y puesto que quiere hablar de dinero, he telefoneado a Asuntos Internos y…
–Eso me han dicho -interrumpió Lou-. Espero que duerma mejor ahora que ha metido en un aprieto a un pobre patrullero que solo intenta mandar a sus niños a la escuela. Bravo por su moralidad estricta. Ahora, si me disculpa, tengo que ir a Forest Hill para tratar de resolver un auténtico crimen.
Lou aplastó el cigarrillo y se levantó.
–Entonces, ¿no piensa hablar con la brigada antidroga? – preguntó Laurie intentándolo una vez más.
Lou se inclinó sobre la mesa.
–No, me parece que no -dijo-. Creo que dejaré que los ricos se las apañen solitos.
Después de haber contenido su cólera durante los últimos minutos, Laurie le dio ahora rienda suelta.
–Gracias por nada, teniente -dijo con arrogancia.
Se levantó de la silla, se puso el abrigo, cogió el maletín y salió taconeando del despacho de Lou. Una vez abajo, arrojó su pase de visita sobre la mesa de Seguridad y salió de la jefatura.
Era fácil conseguir taxi porque venían todos del puente de Brooklyn.
Llegó a su casa en un dos por tres porque el trayecto era prácticamente recto y no hubo apenas interrupciones. Al salir del ascensor en su planta le lanzó una mirada feroz a Debra Engler y cerró de un portazo al entrar en su piso.
–Y llegaste a pensar que era encantador -dijo Laurie en voz alta, poniéndose a sí misma en ridículo mientras se desvestía para meterse en la ducha.
Le parecía increíble haber estado tanto rato en el despacho de Lou Soldano tragando todos esos insultos con la vana esperanza de que él se dignaría ayudarla. Había sido degradante.
Envuelta en una bata blanca de toalla, Laurie fue hasta el contestador automático y escuchó los mensajes grabados mientras un Tom hambriento se le frotaba ronroneando en las piernas. Uno era de su madre y el otro de Jordan. Ambos decían que les llamase al llegar a casa. Jordan había dejado un número distinto del de su casa con una extensión.
Cuando Laurie llamó a Jordan a ese número, le dijeron que estaba en el quirófano pero que esperara un momento.
–Perdone -dijo Jordan cuando cogió el teléfono unos minutos después-.
Todavía estoy operando. Pero he insistido en que me avisaran si llamaba usted.
–¿Está en plena operación ahora mismo? – Laurie no se lo podía creer.
–No tiene importancia -dijo Jordan-. Cuando entre volveré a lavarme las manos. Quería pedirle si podemos cenar un poquito más tarde. No quiero hacerla esperar otra vez, pero es que tengo otro caso pendiente.
–También podríamos dejarlo para otro día.
–¡No, por favor! – dijo Jordan-. He tenido un día fatal y me hacía ilusión verla. Habíamos quedado para hoy…
–¿No estará cansado? Sobre todo si todavía le queda un caso…
La misma Laurie estaba agotada. La idea de meterse directamente en la cama le parecía maravillosa.
–Procuraré recobrar el aliento -dijo Jordan-. Podemos quedar a primera hora de la noche.
–¿A qué hora cree que podemos vernos para cenar? – A las nueve. Le enviaré a Thomas a recogerla.
Laurie accedió a regañadientes. Después de colgar, llamó a casa de Calvin Washington.
–¿Qué hay, Montgomery? – inquirió Calvin cuando su esposa le llamó al teléfono. Parecía malhumorado.
–Siento molestarle -dijo Laurie-. Pero ahora que ya son doce los casos de mi serie, quería pedirle que me asigne todos los que lleguen mañana.
–Mañana no le toca autopsia. Es su turno de papeleo.
–Lo sé. Por eso le llamo. Este fin de semana no estoy de retén, o sea que tendré tiempo para ponerme al día con los papeles.