Chaman
Y levantó la mano un poco más.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Los Geiger concluyeron el Sabbath con una cena de cholent, un plato que contenía alubias, carne, cebada perlada y ciruelas, que había sido cocido lentamente en las brasas desde la tarde anterior, porque a los judíos se les prohibía encender fuego durante el Sabbath. Después disfrutaron de la música; Jason tocó parte de una sonata para violín de Beethoven y luego le cedió el lugar a Rachel, que disfrutó interpretando el resto mientras el visitante la observaba con evidente placer. Al final de la velada, Joe Regensberg abrió su enorme maleta tapizada y sacó de ella los regalos: para Lillian, un juego de bateas para el pan, hecho en la fábrica de objetos de hojalata que poseía en Chicago; una botella de coñac añejo para Jay; y para Rachel un libro.
Ella notó que no había regalos para sus hermanos. Enseguida comprendió el significado de la visita y quedó abrumada por el terror y la confusión. Con los labios entumecidos le dio las gracias y le dijo que le gustaba el estilo del señor Dickens, aunque hasta entonces sólo había leído Nicholas Nickleby.
–Los papeles póstumos del club Pickuick es uno de mis preferidos -
comentó él-. Después de que lo hayas leído tenemos que comentarlo.
Ninguna persona sincera podía describirlo como un joven apuesto pero tenía un rostro inteligente. "Un libro -pensó ella esperanzada es un primer regalo que un hombre excepcional le haría a una mujer en estas circunstancias."
–Me pareció que era un regalo adecuado para una maestra -explicó él, como si le hubiera leído el pensamiento.
La ropa de Joe Regensberg tenía mejor caída que la de los hombres que ella conocía; tal vez la suya estaba mejor hecha. Cuando sonreía, se le formaban unas graciosas arrugas en el rabillo de los ojos.
Jason le había escrito a Benjamín Schoenberg, el shadchen de Peoria, y para asegurarse le había enviado otra carta a otro agente matrimonial llamado Solomon Rosen, de Chicago, ciudad en la que había una creciente población judía. Schoenberg había respondido con una misiva de estilo florido, afirmando que tenía una serie de jóvenes que podían llegar a ser novios fantásticos, y que los Geiger podían conocerlos cuando la familia viajara a Peoria para la festividad judía. Pero Solomon Rosen había actuado. Uno de sus mejores novios en potencia era Johann Regensberg Cuando Regensberg le comentó que estaba a punto de viajar al oeste de Illinois con el fin de abrir nuevos mercados para sus objetos de hojalata, incluidas varias tiendas de Rock Island y Davenport, Solomon Rosen había organizado la presentación.
Varias semanas después de la visita había llegado otra carta del señor Rosen. Johann Regensberg había quedado favorablemente impresionado por Rachel. El señor Rosen informaba que la familia Regensberg tenia yiches, la verdadera distinción familiar que provenía de varias generaciones de servicios a la comunidad. En la carta también decía que entre los antepasados del señor Regensberg había maestros y eruditos bíblicos, que se remontaban al siglo XIV.
Pero a medida que Jay seguía leyendo, su rostro quedaba ensombrecido a causa del agravio. Los padres de Johann, Leon y Golda Regensberg, habían muerto. Estaban representados en este asunto por la señora Harriet Ferber, hermana del difunto Leon Regensberg. En un intento por continuar la tradición de la familia, la señora Ferber había solicitado la presentación de testigos u otras pruebas con relación a la virginidad de la futura novia.
–Esto no es Europa. No están comprando una vaca -dijo Jason débilmente.
Su fría nota de rechazo fue respondida de inmediato por una carta conciliadora del señor Rosen, que retiraba la petición y en su lugar preguntaba si la tía de Johann podía ser invitada a visitar a los Geiger. De modo que algunas semanas más tarde llegó a Holden's Crossing la señora Ferber, una mujer menuda y erguida, de brillante pelo blanco peinado hacia atrás y recogido en un moño. Acompañada por una cesta que contenía frutas escarchadas, tartas con aguardiente y una docena de botellas de vino kosher, también ella llegó a tiempo para celebrar el Sabbath. Se deleitó con la cocina de Lillian y con el talento musical de la familia, pero era a Rachel a quien observaba, con quien conversó sobre la educación y los niños, y de quien se quedó prendada desde el principio.
No era en absoluto tan odiosa como ellos habían supuesto. Por la noche, mientras Rachel limpiaba la cocina, la señora Ferber se sentó a conversar con Lillian y con Jay, y se informaron mutuamente sobre sus respectivas familias.
Los antepasados de Lillian eran judíos españoles que habían huido de la Inquisición, primero a Holanda y luego a Inglaterra. En Estados Unidos tenían un patrimonio político. Por la rama paterna estaba emparentada con Francis Salvador, que había sido elegido por sus vecinos cristianos para el Congreso Provincial de Carolina del Sur, y que, mientras servía en las filas de la milicia patriota, sólo unas semanas después de la Declaración de la Independencia, se convirtió en el primer judío que murió por Estados Unidos, luego de caer en una emboscada de los tories y de que los indios le arrancaran la cabellera. Por la rama materna era una Mendes, prima de Judah Benjamín, el senador de Estados Unidos por Louisiana. Los antepasados de Jason, reconocidos fabricantes farmacéuticos establecidos en Alemania, habían llegado a Charleston en 1819 huyendo de los disturbios en los que las multitudes habían recorrido las calles persiguiendo judíos y gritando "¡Hep! ¡Hep! ¡Hep!, un grito que se remontaba a la época de los cruzados, formado por las iniciales de Hierosolyía est perdita, Jerusalén está perdida.
Los Regensberg habían abandonado Alemania una década antes de los disturbios Hep, informó la señora Ferber. Habían poseido viñedos en Renania. No eran dueños de grandes riquezas, pero disfrutaban de bienestar económico, y la fábrica de objetos de hojalata de Joe Regensberg era un
negocio próspero. El era miembro de la tribu de Kohane, y por sus venas corría la sangre de los sumos sacerdotes del templo de Salomón. "Si se celebraba la boda -indicó delicadamente a Lillian y a Jay", los nietos de ambos descenderían de dos grandes rabinos de Jerusalén. Los tres se quedaron mirándose con enorme placer mientras bebían un delicioso té inglés salido de la opulenta cesta de la señora Ferber.
–La hermana de mi madre también se llamaba Harriet -comentó Lillian-. Nosotros la llambamos Hattie.
A ella nadie la llamaba nada, apuntó la señora Ferber con tal encanto y buen humor que les resultó fácil aceptar cuando ella los invitó a visitar Chicago.
Pocas semanas más tarde, un miércoles, los seis miembros de la familia Geiger subieron a un coche locomotora en Rock Island, desde donde harían un viaje directo de cinco horas por ferrocarril, sin cambiar de tren. Chicago era una ciudad enorme, extensa, sucia, atestada de gente, de aspecto lamentable, ruidosa y, para Rachel, muy estimulante. Su familia ocupaba las habitaciones del cuarto piso del hotel Palmer's Illinois House. El jueves y el viernes, en el transcurso de las comidas celebradas en casa de Harriet, en South Wabash Avenue, conocieron a otros familiares, y el sábado por la mañana asistieron al servicio en la sinagoga familiar de los Regensberg, la congregación Kehilath, donde Jason recibió el honor de ser llamado a entonar una bendición. Esa noche asistieron a una sala en la que una compañía de ópera que estaba de gira presentaba Der Freischutz, de Carl Maria von Weber. Rachel jamás había asistido a una ópera, y se sintió transportada por las arias elevadas y románticas. En el primer entreacto, Joe Regensberg la llevó afuera y le pidió que fuera su esposa, y ella aceptó.
Todo se cumplió con pocos traumas, porque la verdadera propuesta y la aceptación habían sido realizadas por los mayores. El sacó de su bolsillo un anillo que había pertenecido a su madre. El diamante, el primero que Rachel veía en su vida, era modesto pero estaba maravillosamente engastado. El anillo era un poco grande, y ella dejó el puño cerrado para evitar que se le resbalara del dedo y se perdiera. Cuando regresaron a sus asientos, la ópera volvía a empezar. Sentada en la oscuridad junto a Lillian, Rachel le cogió la mano y la colocó sobre el anillo, y sonrió al notar el instantáneo apretón. Mientras dejaba que la música la transportara magníficamente a los bosques alemanes, se dio cuenta de que el
acontecimiento que había temido durante tanto tiempo en realidad podía ser una puerta a la libertad, y una especie de poder muy agradable.
La calurosa mañana de mayo en que Rachel fue a la granja de ovejas, Chamán había sudado abundantemente segando con una guadaña durante varias horas, y luego rastrillando, de modo que estaba cubierto de polvo y paja. Rachel llevaba un conocido y viejo vestido gris que ya empezaba a mostrar una mancha de humedad en las axilas, una cofia amplia gris que él nunca había visto y guantes blancos de algodón.
Cuando le preguntó si quería acompañarla a casa, él dejó el rastrillo con alegría.
Durante un rato hablaron de la escuela, pero ella empezó a hablar enseguida de si misma, de lo que estaba ocurriendo en su vida.
Mientras le sonreía, Rachel se quitó el guante izquierdo y le enseñó el anillo, y él comprendió que iba a casarse.
–¿Entonces te marcharás de aquí?
Ella le cogió la mano. Años más tarde, cuando pensaba una y otra vez en aquel momento, Chamán se sentía avergonzado de no haberle hablado.
Le deseó una vida feliz, le dijo cuánto había significado para él, le dio las gracias.
Le dijo adiós.
Pero no pudo mirarla, así que no supo lo que ella le estaba diciendo.
Se convirtió en una piedra, y las palabras de Rachel resbalaron sobre él como la lluvia.
Cuando llegaron al camino de entrada a la casa de Rachel y él dio media vuelta y empezó a alejarse, le dolía la mano porque ella se la había apretado con todas sus fuerzas.
Un día después de que los Geiger se fueran a Chicago, donde ella iba a casarse bajo el dosel en una sinagoga, Rob J. llegó a casa y fue recibido por Alex, que le dijo que él se ocuparía de la yegua.
–Será mejor que entres. A Chamán le ocurre algo.
Dentro de la casa, Rob J. se detuvo en la puerta del dormitorio de Chamán y escuchó los roncos y guturales sollozos. Cuando tenía la misma edad de Chamán había llorado igual que él ahora, porque su perra se había vuelto feroz y mordedora, y su madre se la había entregado a un colono que vivía solo en las colinas. Pero sabía que Chamán lloraba por un ser humano, no por un animal.
Entró y se sentó en la cama.
–Hay algunas cosas que deberías saber. Hay muy pocos judíos, y están rodeados sobre todo por personas que no lo son. Por eso sienten que, a menos que se casen entre ellos, no sobrevivirán. Pero esto no se aplica a ti.
Tú jamás has tenido la menor posibilidad. – Se estiró y acarició el pelo húmedo de su hijo y dejó la mano sobre su cabeza-. Porque ella es una mujer -dijo-. Y tú eres un muchacho.
En el verano, el comité de la escuela, que iba a la caza de un buen maestro al que pagarle un salario bajo basándose en su juventud, le ofreció el puesto a Chamán, pero éste dijo que no.
–¿Entonces qué quieres hacer? – le preguntó su padre.
–No lo sé.
–Hay un instituto de segunda enseñanza en Galesburg. El Knox College
-le informó Rob J.-. Parece un lugar fantástico. ¿Te gustaría seguir estudiando y cambiar de ambiente?
–Creo que sí -respondió.
Así que dos meses después de cumplir los quince años, Chamán se marchó de casa.
Ganadores y perdedores
En septiembre de 1818, el reverendo Joseph Hills Perkins fue llamado a ocupar el púlpito de la iglesia baptista de Springfield, más numerosa.
Entre sus prósperos y nuevos feligreses se contaban el gobernador y una serie de legisladores del Estado, y el señor Perkins estaba sólo algo más asombrado de su buena suerte que los miembros de su iglesia de Holden's Crossing, que veían en su éxito una prueba clara de lo inteligentes que habían sido al elegirlo a él.
Durante un tiempo, Sarah estuvo ocupada con una serie de cenas y fiestas de despedida; luego, cuando los Perkins se marcharon, comenzó otra vez la búsqueda de un pastor y hubo una nueva serie de predicadores invitados a los que debieron alimentar y alojar, y nuevas discusiones y debates sobre la conveniencia o no de los distintos candidatos.
Durante un tiempo apoyaron a un hombre del norte de Illinois que era un feroz censurador del pecado, pero para alivio de muchos a los que no les gustaba su estilo -Sarah entre ellos- fue dejado de lado porque tenía seis hijos, otro en camino, y la casa rectoral era pequeña.
Finalmente se decidieron por el señor Lucian Blackmer, un hombre de mejillas rojas y pecho saliente, recién llegado al Oeste. “Del Estado de Rhode Island al estado de gracia”, fue lo que dijo Carroll Wilkenson al
presentar el nuevo pastor a Rob J. El señor Blackmer parecía un hombre agradable, pero Rob J. se sintió abatido al conocer a su esposa, porque Julia Blackmer era una mujer delgada y ansiosa, y tenía la palidez y la tos típicas de una enfermedad pulmonar avanzada. Mientras le dada la bienvenida notó la mirada de su esposo, como si Blackmer esperara la promesa tranquilizadora de que el doctor Cole podría ofrecerle nuevas esperanzas y la curación.
Holden's Crossing, Illinois 12 de octubre de 1858
Querido Chamán:
Me alegré al saber por tu carta que te has incorporado a la vida de Galesburg y que disfrutas de tus estudios y de buena salud.
Aquí estamos todos bien. Alden y Alex han terminado la matanza de los cerdos y ahora nos deleitamos con el tocino, las costillas, las paletillas y los jamones (hervidos, ahumados y adobados), las conservas en vinagre, el queso y la manteca.
Los informes indican que el nuevo pastor es un hombre interesante cuando se encuentra en el púlpito. Para ser justo con él, te diré que es un hombre valiente, porque su primer sermón trató de ciertas cuestiones morales que plantea la esclavitud, y aunque parece haber obtenido la aprobación de la mayoría de los asistentes, una fuerte y ruidosa minoría (¡en la que se incluye tu madre!) mostró su desacuerdo con él después de salir de la iglesia.
Me entusiasmó saber que Abraham Lincoln, de Springfield, y el senador Douglas, participaron en un debate en el Knox College el 7 de octubre, y espero que hayas tenido la posibilidad de asistir. La carrera de ambos al senado concluye con mi primer voto como ciudadano, y no sé muy bien cuál de los candidatos será peor. Douglas vocifera contra el necio fanatismo de los Ignorantes, pero apacigua a los propietarios de esclavos. Lincoln alza su voz contra la esclavitud pero acepta -de hecho, busca- el apoyo de los Ignorantes. Los dos me caen muy mal. ¡Politicos!
Tu programa de estudios parece muy estimulante. Ten en cuenta que además de la botánica, la astronomía y la fisiología, también la poesía tiene secretos que hay que conocer.
Tal vez con lo que te adjunto te resulte más fácil comprar regalos de Navidad. ¡Estoy ansioso por verte durante las vacaciones!
Recibe el amor de tu padre
Echaba de menos a Chamán. Su relación con Alex era más cautelosa que cariñosa. Sarah estaba siempre preocupada con el trabajo en la iglesia.
El disfrutaba de algunas veladas musicales con los Geiger, pero cuando dejaban la música de lado se enfrentaban a sus diferencias políticas. Cada vez con mayor frecuencia, cuando concluía las visitas a los pacientes, a últimas horas de la tarde, guiaba su yegua hasta el convento de San Francisco de Asís. Cada año que pasaba quedaba más convencido de que la madre Miriam era más valiente que feroz, más valiosa que severa.
–Tengo algo para usted -le dijo ella una tarde, y le entregó un fajo de papeles de estraza escritos con letra pequeña y apretada en tinta negra.
Los leyó mientras estaba sentado en la silla de cuero, bebiendo café, y vio que se trataba de una descripción de los trabajos internos de la Orden Suprema de la Bandera Estrellada, y que sólo podría haber sido escrita por uno de sus miembros.
El escrito comenzaba con una descripción de la estructura nacional de la sociedad secreta política. Su base estaba compuesta por los consejos regionales, cada uno de los cuales elegía sus propios dirigentes, promulgaba sus propios reglamentos e iniciaba a sus propios miembros.
Por encima de éstos estaban los consejos de distrito, compuestos por un solo delegado de cada uno de los consejos regionales. Los consejos de distrito supervisaban las actividades políticas de los consejos regionales y seleccionaban a los candidatos políticos locales que merecían el apoyo de la orden.
Todas las unidades de cada Estado eran controladas por el gran consejo, compuesto por tres delegados de cada consejo regional y gobernado por un gran presidente y otros directivos elegidos. En lo más alto de la elaborada estructura había un consejo nacional que decidía todas las cuestiones políticas nacionales, incluida la selección de los candidatos de la Orden a la presidencia y la vicepresidencia de Estados Unidos. El consejo nacional decidía el castigo por negligencia en las funciones por parte de los miembros, y fijaba los rituales de la Orden.
Había dos categorías de miembros. Para pertenecer a la primera, el candidato debía ser un varón adulto nacido en Estados Unidos, de padres protestantes y que no estuviera casado con una católica.
A cada futuro miembro se le planteaba una pregunta categórica:
"¿Está dispuesto a utilizar su influencia y votar sólo por ciudadanos norteamericanos nativos para todos los cargos de honor, confianza o
provecho en manos del pueblo, con exclusión de todos los extranjeros y católicos romanos en particular, y sin tener en cuenta predilecciones de partido?".
Al hombre que respondía afirmativamente se le exigía renunciar a cualquier otra lealtad de partido, a apoyar la voluntad política de la Orden y a trabajar para cambiar las leyes de naturalización. Entonces se le confiaban los secretos cuidadosamente descritos en el informe: la señal de reconocimiento, el apretón de manos, los desafíos y las advertencias.
Para pertenecer a la segunda categoría, el candidato debía ser un veterano digno de confianza. Sólo los miembros de segundo grado tenían derecho a ocupar un cargo en la orden, a participar en sus actividades clandestinas y a contar con su apoyo en la obtención de un cargo en la política local y nacional. Cuando eran elegidos o designados para ocupar el poder, se les ordenaba que despidieran a todos los forasteros, extranjeros o católicos romanos que trabajaran a sus órdenes, y en ningún caso "nombrar a ninguno de ellos para ningún cargo que esté en sus manos".
Rob J. miró fijamente a Miriam Ferocia.
–¿Cuántos son?
Ella se encogió de hombros.
–No creemos que haya muchos hombres en la orden secreta. Tal vez un millar. Pero son el pilar del Partido Americano.
"Le he dado estas páginas porque usted se opone a este grupo que pretende perjudicar a la Madre Iglesia, y porque usted debe conocer la naturaleza de quienes nos hacen daño, y por cuyas almas rogamos a Dios. –
Lo miró con expresión seria-. Pero debe prometerme que no utilizará esta información para abordar a un supuesto miembro de la Orden en Illinois, porque de lo contrario pondría en grave peligro al hombre que escribió este informe.
Rob J. asintió. Dobló las páginas y se las extendió, pero ella sacudió la cabeza.
–Son para usted -dijo-. Junto con mis oraciones.
–¡No tiene que rezar por mi!
Le resultaba incómodo hablar con ella teniendo en cuenta cuestiones de fe.
–No puede impedírmelo. Usted se merece mis oraciones, y a menudo le hablo de usted al Señor.
–Lo mismo que reza por nuestros enemigos -señaló él de mal humor, pero ella permaneció impertérrita.
más tarde, en su casa, volvió a leer el informe y estudió la caligrafía de patas de araña. Quien hubiera escrito aquello -tal vez un sacerdote era alguien que vivía en la impostura, fingiendo ser lo que no era, arriesgando su seguridad, tal vez su vida. Rob J. deseó tener la posibilidad de sentarse a hablar con ese hombre.
Nick Holden habia ganado fácilmente la reelección en dos ocasiones gracias a su fama en la lucha contra los indios, pero ahora se presentaba para el cuarto periodo y su rival era John Kurland, el abogado de Rock Island. Kurland estaba muy bien considerado por los demócratas y por otra gente, y tal vez el apoyo de los Ignorantes con que contaba Holden estaba decayendo. Algunas personas decían que quizás el miembro del Congreso tendria que abandonar el cargo, y Rob J. estaba esperando que Nick hiciera un gesto espectacular destinado a ganar votos. Así que apenas se sorprendió cuando una tarde, al llegar a su casa, se enteró de que el miembro del Congreso Holden y el sheriff Graham estaban reuniendo otro grupo de voluntarios.
–El sheriff dice que Frank Mosby, ese proscrito, está escondido en el norte del distrito -le informó Alden-. Nick ha aguijoneado tanto a esos hombres que, si quiere que le diga mi opinión, creo que tienen más ganas de darle una paliza que de arrestarlo. Graham está nombrando ayudantes a diestro y siniestro. Alex se quedó muy nervioso.
Cogió el arma de cazar gansos, ensilló a Vicky y se fue a la ciudad.
–Frunció el ceño, disculpándose-. Intenté persuadirlo, pero…
Se encogió de hombros.
Trude no había tenido la posibilidad de refrescarse, pero Rob J. volvió a ensillarla y se marchó a la ciudad.
Los hombres estaban reunidos en la calle, formando pequeños grupos.
Se oían risas en el porche de la tienda, donde Nick y el sheriff ejercían su influencia, pero Rob J. no hizo caso. Alex estaba de pie con Mal Howard y otros dos jóvenes, todos armados, y le brillaban los ojos de orgullo. Al ver a Rob J. puso cara larga.
–Quiero hablar contigo, Alex -le dijo Rob mientras lo llevaba aparte-.
Quiero que vengas a casa -añadió cuando nadie pudo oírlo.
–No, papá.
Alex tenía dieciocho años y era un joven voluble. Si se sentía presionado podía echarlo todo por la borda y marcharse de casa para siempre.
–No quiero que vayas. Tengo una buena razón para ello.
–He estado toda la vida oyendo esa buena razón -dijo Alex en tono áspero-. Una vez se lo pregunté a mamá directamente, ¿Frank Mosby es mi tío? Y ella me dijo que no.
–Eres un tonto al hacerle pasar un mal rato como ése a tu madre. No importa que vayas y le dispares a Mosby tú solo, ¿entiendes? De todos modos algunas personas seguirán hablando. Lo que ellos digan no importa en absoluto.
"Podría decirte que volvieras a casa porque ésta es mi arma, y por que ésta es mi pobre yegua ciega. Pero la verdadera razón es que no puedes ir porque eres mi hijo, y no voy a permitir que hagas algo que te martirizaría el resto de tu vida.
Alex lanzó una mirada desesperada hacia el sitio desde el que Mal y los otros lo observaban con curiosidad.
–Diles que yo te he dicho que tienes mucho trabajo en la granja.
Y luego ve a buscar a Vicky a donde la hayas dejado atada y vuelve a casa.
Regresó junto a Trude y cabalgó por la calle Main. Los hombres armaban jaleo delante de la iglesia, y notó que algunos ya habían estado bebiendo.
No se giró hasta que había recorrido casi un kilómetro, y cuando lo hizo vio la yegua que avanzaba con el paso cauteloso e inseguro al que la había obligado la mala vista, y la figura inclinada sobre su cuello como un hombre que cabalga contra un fuerte viento, y el arma de cazar gansos con la boca hacia arriba, tal como le había enseñado a sus hijos que debían llevarla.
Durante las semanas siguientes, Alex se mantuvo fuera del alcance de Rob J., no exactamente enfadado con él sino intentando evitar su autoridad.
El grupo de hombres estuvo fuera dos días. Encontraron a su presa en una casa desvencijada. Tomaron toda clase de precauciones para abalanzarse sobre él, pero el hombre estaba dormido y lo cogieron por sorpresa. Y no era Frank Mosby. Era un tal Buren Harrison, que había atracado a un tendero de Geneseo y le había robado catorce dólares, y Nick Holden y sus hombres lo escoltaron borrachos y en actitud triunfante ante la justicia.
Después se supo que Frank Mosby se había ahogado en Iowa dos años antes, mientras intentaba cruzar el río Cedar montado en su caballo, durante una inundación.
En noviembre, Rob J. votó para enviar a John Kurland al Congreso y para que Steven A. Douglas regresara al Senado. La noche siguiente se unió al grupo de hombres que esperaban noticias sobre las elecciones en la tienda de Haskins, y en una vitrina vio un par de maravillosas navajas de afeitar. Cada una tenía una hoja grande, dos hojas más pequeñas y unas tijeritas, todas de acero templado; estaban guardadas en un estuche de concha, con tapa de plata brillante en los extremos. Eran navajas para hombres que no tuvieran miedo de cortarse con un afeitado apurado, y las compró para regalárselas a sus hijos en Navidad.
Poco después del anochecer, Harold Ames llegó desde Rock Island con los resultados de las elecciones. Había sido un día favorable para los que ocupaban un cargo. Nick Holden, enemigo de los indios y defensor de la ley, había derrotado por escasa diferencia a John Kurland, y el senador Douglas también volvería a Washington.
–Eso le enseñará a Abraham Lincoln a no decirle a la gente que no puede tener esclavos -dijo Julian Howard riendo y sacudiendo el puño en un gesto triunfal-. ¡A partir de ahora no volveremos a oír hablar de ese hijo de puta!
El incidente
Dado que el tren no pasaba por Holden's Crossing, Rob J. llevó a Chamán en el carro hasta Galesburg, a unos cincuenta kilómetros de distancia. La ciudad y el colegio universitario habían sido planificados un cuarto de siglo antes en el Estado de Nueva York por presbiterianos y congregacionalistas que llegaron y construyeron casas en las calles trazadas en forma de cuadrícula alrededor de una plaza pública. Cuando llegaron al colegio universitario, Charles Hammond, el decano, dijo que dado que Chamán era más joven que la mayoría de los alumnos no podría vivir en los dormitorios de éstos. El decano y su esposa tenían algunos internos en su casa de madera blanca de la calle Cherry. Chamán se alojó allí, en una habitación de la parte de atrás del segundo piso.
Fuera de su habitación, la escalera descendía hasta una puerta que daba a la bomba del patio de atrás y al retrete. En la habitación de la derecha se hospedaban un par de pálidos congregacionalistas, estudiantes de teología, que preferían hablar entre ellos únicamente. En las dos habitaciones que
había al otro lado del pasillo vivía el bajo y solemne bibliotecario del colegio y un estudiante de último año llamado Ralph Brooke, que tenía el rostro alegre y lleno de pecas y una mirada que siempre parecía un poco sorprendida. Brooke era estudiante de latín. La primera mañana, durante el desayuno, Chamán vio que el joven llevaba un volumen de obras de Cicerón. Rob J. lo había formado muy bien en latín.
–Iucundi acti labores (Los trabajos ejecutados resultan placenteros)-dijo Chamán.
A Brooke se le iluminó el rostro.
–Ita vivam, ut scio (Mientras vivo, sé) -respondió.
Brooke se convirtió en la única persona de la casa con quien Chamán hablaba regularmente, exceptuando al decano y a su delgada y canosa esposa, que todos los días intentaba murmurar unas cuantas palabras amables.
–¡ve! – lo saludaba Brooke todos los días-. Quomodo te habes hodie, iuvenis (¿Cómo te encuentras hoy, joven?)
–Tam bene quaín feri possit taíibus in rebus, Caesar. (Todo lo bien que cabe esperar dadas las circunstancias, oh, César) -respondía siempre Chamán.
Todas las mañanas. Una broma amistosa.
Durante el desayuno, Brooke robaba galletas y no paraba de bostezar.
Chamán era el único que sabía por qué. Brooke tenía una mujer en la ciudad y a menudo no regresaba hasta muy tarde. Dos días después de la llegada de Chamán, el latinista lo convenció para que cuando todos se hubieran ido a dormir bajara la escalera sigilosamente y dejara la puerta de atrás cerrada sin llave, para que él pudiera entrar sin que nadie lo advirtiera. Era un favor que Brooke le pedía con frecuencia.
Las clases empezaban todos los días a las ocho. Chamán escogió fisiología, composición y literatura inglesa, y astronomía. Para sorpresa de Brooke, aprobó un examen de latín. Obligado a estudiar una lengua suplementaria, prefirió el hebreo al griego, por razones que no quiso considerar. El primer domingo que pasó en Galesburg, el decano y la señora Hammond lo llevaron a la iglesia presbiteriana, pero después les dijo a los Hammond que era congregacionalista, y a los estudiantes de teología que era presbiteriano, y así todos los domingos por la mañana podía pasearse libremente por la ciudad.
El ferrocarril había llegado a Galesburg seis años antes que Chamán, y había llevado consigo la prosperidad y una mezcla de gente típica de los tiempos de bonanza. Por otro lado, cerca de Mission Hill había fracasado una colonia cooperativa formada por suecos, y muchos de sus miembros habían ido a vivir a Galesburg. A Chamán le encantaba mirar las chicas y las mujeres suecas, con su pelo rubio tan claro y su piel tersa. Cuando tomó las medidas necesarias para asegurarse de que por la noche no mancharía las sábanas de la señora Hammond, sus fantasías incluían mujeres suecas.
En una ocasión, en la calle South, se detuvo bruscamente al ver una cabeza más oscura de mujer; tuvo la certeza de que la conocía, y se quedó sin respiración. Pero la joven resultó ser una desconocida. Cuando vio que él la miraba, le sonrió enseguida, pero él bajó la cabeza y se marchó a toda prisa.
Ella parecía tener unos veinte años, y Chamán no quería conocer a ninguna otra mujer mayor que él.
Se sentía nostálgico y enfermo de amor, pero ambos males pronto disminuyeron y se convirtieron en molestias soportables, como un dolor de muelas llevadero. No hizo nuevas amistades, tal vez debido a su juventud y a su sordera, lo cual le permitió obtener buenos resultados en los estudios, a los que dedicaba la mayor parte del tiempo. Sus materias preferidas eran astronomía y fisiología, aunque ésta resultó decepcionante porque no era más que una lista de las partes del cuerpo. Lo más parecido que hizo el profesor Rowells a una clase sobre los procesos fisiológicos fue hablar de la digestión y de la importancia de la regularidad. Pero en el aula de la clase de fisiología había un esqueleto unido con alambres y suspendido de un tornillo colocado en la parte superior del cráneo, y Chamán pasaba horas a solas con él, memorizando el nombre, la forma y la función de cada uno de los viejos huesos descoloridos.
Galesburg era una ciudad bonita y sus calles estaban bordeadas de olmos, arces y nogales que habían sido plantados por los primeros pobladores. Sus habitantes estaban orgullosos de tres cosas Harvey Henry May había inventado allí un arado automático de acero; un nativo de Galesburg llamado Olmsted Ferris había desarrollado un tipo de maíz ideal para hacer palomitas (había ido a Inglaterra y lo había inflado delante de la reina Victoria); y el senador Douglas y su rival, Lincoln, mantendrían un debate en el colegio universitario el día 7 de octubre de 1818.
Chamán asistió al debate esa noche, pero cuando llegó al salón principal encontró a una multitud y se dio cuenta de que desde los mejores asientos
disponibles no podría leer el movimiento de los labios de los candidatos.
Abandonó el salón y subió la escalera hasta llegar a la puerta que daba al tejado, donde el profesor Gardner, que daba las clases de astronomía, tenía un pequeño observatorio en el que todos los alumnos de su clase estaban obligados a estudiar el cielo durante varias horas al mes. Esa noche Chamán estaba solo y miró por el ocular del telescopio del profesor Gardner, un telescopio refractor Alvan Clark de cinco pulgadas, el orgullo del profesor.
Ajustó el botón acortando la distancia entre el ocular y la lente convexa delantera, y las estrellas aparecieron directamente ante sus ojos, doscientas veces más grandes que un momento antes. Era una noche fría, lo suficientemente clara para dejar a la vista dos de los anillos de Saturno.
Estudió la nebulosa de Orión y la de Andrómeda y luego empezó a mover el telescopio sobre el trípode, recorriendo el cielo. El profesor Gardner decía que eso era "barrer el cielo”, y que una mujer llamada María Mitchell había estado barriendo el cielo y se había hecho famosa por descubrir un cometa.
Chamán no descubrió ningún cometa. Estuvo observando hasta que las estrellas parecieron empezar a girar, enormes y titilantes. ¿Qué era lo que las había formado y las había colocado allí arriba? ¿Y las estrellas que había más lejos? ¿Y más allá?
Sintió que cada estrella y cada planeta era parte de un complicado sistema, como un hueso de un esqueleto o una gota de sangre del cuerpo.
Gran parte de la naturaleza parecía organizada, pensada con detenimiento, tan ordenada y sin embargo tan complicada. ¿Qué era lo que la había hecho así? El señor Gardner le había dicho a Chamán que lo único que se necesitaba para ser astrónomo era tener buena vista y facilidad para las matemáticas. Durante unos días pensó en hacer de la astronomía el trabajo de su vida, pero cambió de idea. Las estrellas eran mágicas, pero lo único que se podía hacer era mirarlas. Si un cuerpo celeste se estropeaba, no existía la posibilidad de arreglarlo.
Cuando volvió a casa por Navidad, le pareció que Holden's Crossing era diferente, más solitario que su habitación en la casa del decano, y cuando concluyeron las vacaciones regresó al colegio casi con alegría.
Estaba encantado con la navaja que su padre le había regalado, y compró una pequeña piedra de amolar y un frasco pequeño de aceite y afiló cada hoja hasta que pudo cortar un solo pelo.
En el segundo semestre escogió química en lugar de astronomía. La composición le resultaba difícil. "Me han dicho -garabateó su profesor de literatura- que Beethoven escribió gran parte de su obra siendo sordo." El profesor Gardner lo estimulaba a que utilizara el telescopio cuando quisiera, pero la noche anterior al examen de física de febrero se sentó en el tejado y barrió el cielo en lugar de estudiar la tabla de Berzelius, y obtuvo una baja calificación. Después de aquello se entretuvo menos en mirar las estrellas pero progresó en química. Cuando volvió a Holden's Crossing para pasar las vacaciones de Semana Santa, los Geiger invitaron a los Cole a cenar, y el interés de Jason por la química hizo que la ocasión resultara menos dolorosa para Chamán, por que no paró de hacerle preguntas sobre la materia.
Sus respuestas debieron de resultar satisfactorias.
–¿Qué piensas hacer en el futuro, querido Chamán? – le preguntó Jay.
–Aún no lo sé. He pensado… Quizá podría trabajar en alguna de las ciencias.
–Si te gustara la farmacia, me sentiría muy honrado de contratarte como aprendiz.
La expresión de sus padres revelaba que la oferta les agradaba. Le dio las gracias a Jay torpemente y dijo que sin duda pensaría en ello; pero sabía que no quería ser farmacéutico. Clavó la vista en el plato durante unos minutos y se perdió parte de la conversación, y cuando volvió a mirar encontró el rostro de Lillian embargado por la tristeza. Le estaba contando a Sarah que el bebé de Rachel habría nacido al cabo de cinco meses, y durante un rato hablaron de bebés perdidos.
Aquel verano trabajó con las ovejas y leyó libros de filosofía que le prestaba George Cliburne. Cuando regresó al instituto, el decano Hammond le permitió librarse del estudio del hebreo y él eligió las obras de Shakespeare, matemáticas superiores, botánica y zoología. Sólo uno de los estudiantes de teología había vuelto a Knox para pasar otro año, y también había regresado Brooke, con quien Chamán seguía conversando como un romano, manteniendo fresco el latín. Su maestro preferido, el profesor Gardner, dictaba el curso de zoología pero era mejor astrónomo que biólogo. Sólo disecaban ranas y ratones y algún pescado pequeño, y hacían montones de diagramas. Chamán no tenía el talento artístico de su padre, pero el haber estado junto a Makwa cuando era niño había representado un
buen comienzo en la botánica; escribió su primer estudio sobre la anatomía de las flores.
Aquel año el debate sobre la esclavitud caldeó el ambiente del instituto.
Junto con otros estudiantes y personal docente, Chamán se unió a la Sociedad para la Abolición de la Esclavitud, pero tanto en el instituto como en Galesburg eran muchos los que se identificaban con los Estados sureños, y a veces el debate se volvía desagradable.
En general la gente lo dejaba solo. La gente de la ciudad y los estudiantes se habían acostumbrado a él, pero para los ignorantes y los supersticiosos se había convertido en un misterio, en una leyenda local.
No entendían nada sobre la sordera ni sobre cómo los sordos podían desarrollar habilidades compensatorias. habían comprobado rápidamente que era sordo, pero algunos pensaban que tenía poderes ocultos, porque si estaba solo, estudiando, y alguien entraba por detrás de él sin hacer ruido, siempre detectaba la presencia. Decían que tenía "ojos en la espalda". No comprendían que le llegaran las vibraciones de las pisadas, que pudiera notar el frío que entraba por la puerta abierta, o ver que la hoja de papel que tenía en la mano se movía con el aire. se alegró de que ninguno de ellos comprobara jamás su habilidad para identificar las notas tocadas en un piano.
Sabía que a veces se referían a él como "ese chico sordo tan raro".
Una agradable tarde de principios de mayo en que estaba paseando por la ciudad, observando las flores que crecían en los patios, un carro tirado por cuatro caballos giró a demasiada velocidad en la confluencia de las calles South y Cedar. Aunque él no oyó el retumbar de los cascos ni los ladridos, vio la pequeña forma peluda que se salvaba por poco de un choque frontal, sólo para ser alcanzada por la rueda derecha trasera; el perro fue arrollado y dio una vuelta completa antes de ser lanzado a un lado. El carro se alejó pesadamente mientras el animal se retorcía en el suelo; Chamán se acercó a toda prisa.
El animal era una hembra de raza indefinible, de pelo amarillento, patas gordas y rabo blanco en la punta. Chamán pensó que tenía algo de terrier.
Se retorcía sobre el lomo, y de la boca le salía un delgado hilo rojo.
Una pareja que pasaba por allí se acercó a mirar.
–¡Qué barbaridad! – protestó el hombre-. Conducen como locos.
Le podría haber sucedido a cualquiera de nosotros. – Estiró la mano a modo de advertencia cuando vio que Chamán estaba a punto de agacharse-.
Yo no lo haría. Si tiene muchos dolores, seguro que te muerde.
–¿Sabe de quién es? – preguntó Chamán.
–No -respondió la mujer.
–Es un perro callejero -sentenció el hombre, y él y la mujer se marcharon.
Chamán se arrodilló y acarició al animal con cautela, y éste le lamió la mano.
–¡Pobre perra! – dijo.
OceanofPDF.com
Le revisó las cuatro patas y vio que no estaban rotas, pero sabía que la hemorragia era mala señal. Sin embargo, un instante después se quitó la chaqueta y envolvió con ella a la perra. La sostuvo entre sus brazos como si fuera un niño o un bulto de ropa sucia y la llevó hasta la casa del decano.
No había nadie en las ventanas y no lo vieron entrar por el patio trasero. No se cruzó con nadie en la escalera.
Al llegar a su habitación, dejó a la perra en el suelo y sacó la ropa interior y los calcetines del último cajón de su cómoda. Del armario del vestíbulo cogió algunos trapos que la señora Hammond guardaba para la limpieza de la casa. Los utilizó para hacer una especie de nido en el cajón y luego puso dentro a la perra. Cuando revisó la chaqueta, vio que sólo había un poco de sangre; además, estaba del lado de adentro.
La perra se echó en el cajón, jadeante, y lo miró.
Cuando llegó la hora de la cena, Chamán salió de la habitación. En el pasillo, Brooke se sorprendió al ver que cerraba la puerta con llave, cosa que nadie hacía si iba a estar en otro lugar de la casa.