Chaman
Y levantó la mano un poco más.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Aproximadamente una semana más tarde, Rob J. tuvo miedo de que él, Cliburne, el doctor Barr y Carroll Wilkenson fueran arrestados como cómplices de robo de la propiedad privada, porque oyó decir que Mort London había cogido a un esclavo fugado. Pero resultó que no se trataba de
“su” negro sino de un esclavo que se había escapado de Louisiana y se había ocultado en una barcaza sin que nadie se enterara ni pudiera ayudarlo.
Fue una buena semana para Mort London. Unos días después de recibir una recompensa en metálico por devolver al esclavo, Nick Holden premió su prolongada lealtad haciendo que lo nombraran dele gado del oficial de justicia de Estados Unidos en Rock Island. London renunció de inmediato al puesto de sheriff, y por recomendación suya el alcalde Andreson nombró a su único ayudante, Fritzie Graham, para que se ocupara de la oficina hasta las siguientes elecciones. Rob J. no simpatizaba con Graham, pero la primera vez que se encontraron, el nuevo sheriff en funciones se apresuró a señalar que no estaba interesado en mantener las disputas de Mort London.
–Espero que se convierta otra vez en un forense activo, doctor.
Realmente activo.
–Yo también lo espero -respondió Rob J.
Y era verdad, porque había echado mucho de menos las oportunidades de depurar su técnica quirúrgica realizando disecciones.
Alentado por estas palabras, no pudo resistir la tentación de pedirle a Graham que reabriera el caso del asesinato de Makwa, pero sólo obtuvo de
Fritzie una mirada tan cautelosa e incrédula que enseguida supo cuál era la respuesta, aunque aquél le prometió que haría todo lo que estuviera en sus manos.
Los ojos de Reina Victoria habían quedado afectados por unas catara tas que los cubrían de una capa densa y lechosa, y la vieja y mansa yegua ya no veía nada. Si hubiera sido más joven la habría operado para extraérselas, pero la yegua ya no tenía fuerzas para trabajar, y él no veía ningún motivo para hacerla sufrir. Tampoco pensaba sacrificarla porque parecía contenta entre los pastos, donde tarde o temprano todos los que estaban en la granja se detenían a darle una manzana o una zanahoria.
La familia tenía que contar con un caballo cuando Rob estaba fuera de casa. La otra yegua, Bess, era más vieja que Vicky y también tendría que ser reemplazada muy pronto, de modo que Rob mantenía los ojos bien abiertos ante cualquier caballo que estuviera disponible. El era un animal de costumbres y detestaba tener que depender de un caballo nuevo, pero finalmente, en noviembre, le compró a los Schroeder una pequeña yegua baya ni joven ni vieja, por un precio tan razonable que no lamentaría perder si no era lo que necesitaba. Los Schroeder la llamaban Trade, y ni él ni Sarah vieron la necesidad de cambiarle el nombre. Rob dio unos paseos cortos con ella, pensando que le iba a decepcionar, aunque en el fondo sabía que Alma y Gus nunca le habrían vendido una mala yegua.
Una fresca tarde la ensilló y se fue con ella a hacer las visitas domiciliarias, que les hicieron recorrer toda la población y sus alrededores.
La yegua era más pequeña que Vicky y que Bess, y parecía más delgada debajo de la montura, pero respondía bien y no era un animal nervioso.
Cuando regresaron a casa, al caer la tarde, Rob supo que la yegua se portaría bien, y dedicó un buen rato a almohazarla, y a darle agua y comida.
Los Schroeder siempre le habían hablado en alemán. Rob J. le había hablado todo el día en inglés, pero ahora le palmeó la ijada y sonrió.
–Gute Nacht, Meine Gnadige Liebchen-dijo, derrochando
imprudentemente y de una sola vez todo su vocabulario alemán.
Cogió el farol y empezó a salir del establo, pero cuando llegó a la puerta se produjo una fuerte detonación. Rob vaciló; intentó identificar el sonido, procurando convencerse de que cualquier sonido podía parecerse al del disparo de un rifle, pero inmediatamente después del estampido producido por la pólvora hubo un ruido sordo y un crujido al tiempo que el proyectil
arrancaba una astilla de nogal del dintel de la puerta del establo, a menos de veinte centímetros por encima de su cabeza.
Cuando recuperó el sentido se metió en el establo a toda prisa y apagó el farol.
Oyó que la puerta de atrás de la casa se abría y se cerraba de golpe, y luego oyó que alguien corría.
–¿Papá? ¿Te encuentras bien? – le preguntó Alex.
–Sí. Vuelve a casa.
–¿Qué…?
–¡Ahora mismo!
Los pasos retrocedieron, la puerta se abrió y se cerró de golpe.
Mientras miraba en la penumbra se dio cuenta de que temblaba. Los tres caballos se movieron, nerviosos, y Vicky relinchó. El tiempo pareció detenerse.
–¿Doctor Cole? – La voz de Alden se acercaba-. ¿Ha sido usted el que ha disparado?
–No, alguien ha disparado al establo. Ha estado a punto de darme.
–Quédese donde está -le gritó Alden en tono decidido.
Rob J. sabía cómo operaba la mente de su jornalero. Le habría llevado demasiado tiempo coger el arma que guardaba en su cabaña para cazar gansos; de modo que cogería el rifle de caza que Rob guardaba en su casa.
Oyó sus pasos y su voz al abrir la puerta:
–Soy yo.
Y la puerta se cerró.
… Y se abrió otra vez. Oyó que Alden se alejaba, y luego hubo si lencio. Pasaron siete minutos que parecieron un siglo, y por fin unas pisadas regresaron al establo.
–No veo a nadie ahí fuera, doctor Cole, y he mirado muy bien.
¿Dónde dio la bala? – Cuando Rob J. señaló el dintel astillado, Al den tuvo que ponerse de puntillas para tocarlo. Ninguno de los dos encendió el farol para verlo mejor-. ¿Qué demonios…? – dijo Alden con voz vacilante; la palidez de su rostro era fácilmente visible a pesar de la oscuridad-. No tiene importancia que estuviera cazando furtivamente en su propiedad. Pero cazar tan cerca de la casa, cuando ya no hay luz… ¡Como pille a ese estúpido se va a acordar!
–No ha ocurrido nada grave. Me alegro de que estuvieras aquí -dijo Rob J. tocándole el hombro.
Entraron juntos en la casa para tranquilizar a la familia y olvidar lo que podría haber sido un accidente. Rob J. sirvió una copa de coñac a Alden y bebió con él, cosa que rara vez hacía.
Sarah había preparado una cena que a él le encantaba: pimientos 289
verdes y calabacines rellenos de carne picada y sazonada, guisados con patatas y zanahorias. Comió con apetito y elogió la cocina de su esposa, pero luego buscó la soledad del porche.
Sabía que ningún cazador sería tan descuidado como para acercarse tanto a la casa y disparar con la poca luz que había al anochecer.
Pensó en la posibilidad de una relación entre el incidente y el escondite, y llegó a la conclusión de que no había ninguna. si alguien quería causarle problemas porque ayudaba a los esclavos a escapar, esperaría a que llegara el siguiente negro. Entonces haría arrestar al insensato doctor Cole y recibiría una gratificación por devolver al esclavo.
Pero no pudo evitar la creciente sensación de que el disparo había sido la advertencia de alguien que quería hacerle reflexionar.
La luna prestaba su brillo a la oscuridad; no era una noche para trasladar gente perseguida. Sentado y mirando hacia fuera, estudiando las sombras de los árboles mecidos por el viento, tuvo la segura intuición de que por fin había recibido respuesta a sus cartas.
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~G
El primer judío Rachel temía el Día de la Expiación pero le encantaba la pascua judía porque los ocho días de Pesach compensaban con creces el hecho de que otros celebraran la Navidad. Durante la pascua los Geiger se que daban en casa, que para ella era como un refugio lleno de una luz cálida. Era una fiesta de música, cantos y juegos, de espantosas historias bíblicas con final feliz, y de comidas especiales en el Seder, con pan ácimo que les enviaban desde Chicago; su madre horneaba tartas esponjosas, tan grandes y ligeras que cuando Rachel era niña creía a su padre cuando le decía que si se concentraba podía verlas flotar.
En cambio, todos los otoños, para Rosh Hashana y Yom Kippur, la familia hacía las maletas después de semanas de preparativos y viajaba durante casi todo el día en carro hasta Galesburg, después en tren hasta un muelle del río Illinois, y río abajo en vapor hasta Peoria, donde había una comunidad judía y una sinagoga. Aunque se trasladaban hasta Peoria sólo esas dos semanas sagradas del año, eran miembros de la congregación que
pagaban sus cuotas y tenían asientos reservados a su nombre. Durante esas vacaciones, los Geiger siempre se alojaban en casa de Morris Goldwasser, un comerciante textil que era miembro destacado de la shul. Todo lo que tenía que ver con el señor Goldwasser era grande y amplio, incluido su cuerpo, su familia y su casa. Nunca permitía que Jason le pagara, señalando que era un mitzvah hacer posible que otro judío adorara a Dios, e insistía en que si los Geiger le pagaran por su hospitalidad lo privarían de una bendición. De modo que todos los años Lillian y Jason pasaban semanas pensando en un regalo adecuado para demostrar su agradecimiento.
Rachel odiaba todo el montaje que estropeaba los otoños: los preparativos, la preocupación por la selección del regalo, la dura prueba que suponía sobrevivir dos semanas al año en casa de unos desconocidos, el dolor y el mareo de las veinticuatro horas de ayuno que se hacía en Yom Kippur.
Para sus padres, cada visita a Peoria era una oportunidad para renovar su judaísmo. Estaban muy solicitados socialmente porque el primo de Lillian, Judah Benjamín, había sido elegido senador de Estados Unidos por Louisiana -era el primer judío que se convertía en miembro del Senado- y todos querían hablar de él con los Geiger. Iban a la sinagoga cada vez que se presentaba la oportunidad. Lillian intercambiaba recetas y participaba en los chismes. Jay hablaba de política con los hombres, bebía uno o dos schnapps para celebrar, e intercambiaba puros.
Les hablaba de Holden’s Crossing con verdadero entusiasmo y reconocía que estaba intentando atraer a otros judíos al lugar, para que con el tiempo hubiera una manyan de diez hombres, lo cual le permitiría practicar el culto en grupo. Los otros hombres lo trataban con una cálida comprensión. De todos ellos, sólo Jay y Ralph Seixas, que había nacido en Newport, Rhode Island, eran norteamericanos nativos. Los otros provenían del extranjero y sabían lo que significaba ser pionero. Coincidían en que era difícil ser el primer judío en instalarse en cualquier sitio.
Los Goldwasser tenían dos hijas rollizas: Rose, que era un año mayor que Rachel, y Clara, que le llevaba tres años. Cuando Rachel era pequeña disfrutaba jugando con las niñas Goldwasser a toda clase de juegos (a la casa, a la escuela, a mayores); pero el año en que Rachel cumplió los doce, Clara se casó con Harold Green, un sombrerero. La pareja vivía con los padres de Clara, y ese año, cuando los Geiger llega ron para la celebración, Rachel encontró algunos cambios. Clara ya no quería Jugar a personas
mayores porque se había convertido en una persona mayor de verdad, en una mujer casada. Hablaba con suavidad y en tono condescendiente con su hermana y con Rachel, atendía a su esposo con dulce fidelidad, y se le permitía decir las bendiciones de las velas del Sabbath, un honor reservado a la matrona de la familia. Pero una noche en que las tres muchachitas estaban solas en la enorme casa bebieron vino en la habitación de Rose, y la pequeña de quince años, Clara Goldwasser Green, se olvidó de que era una matrona. Les contó a Rachel y a su hermana todo lo que suponía estar casada. Les reveló los secretos más sagrados que compartían las mujeres adultas, extendiéndose con todo detalle en la fisiología y en los hábitos del hombre ludio.
Tanto Rose como Rachel habían visto un pene, pero siempre en mi niatura, a sus hermanos pequeños o a sus primos a lo lejos cuando hacían del baño: un blando y rosado apéndice que terminaba en un botón circuncidado de carne suave punteado con un solo agujero para dejar salir el pis.
Pero mientras apuraba la copa con los ojos cerrados, Clara describió con picardía las diferencias entre los bebés judíos y los hombres judíos.
Y mientras con la lengua daba cuenta de las últimas gotas que quedaban en la copa, describió la transformación que se produce en la dulce e inofensiva carne cuando un hombre judío yace unto a su esposa, y lo que ocurre a continuación, Ninguna de las dos gritó aterrorizada, pero Rose había cogido la al mohada y la apretaba contra su cara con las manos.
–¿Y eso ocurre a menudo? – preguntó, y su voz sonó amortiguada.
Muy a menudo, afirmó Clara, y sin falta en el Sabbath y en las fiestas religiosas, porque Dios le informó al hombre judío que era una bendición.
–Salvo mientras sangras, por supuesto.
Rachel sabía lo que era sangrar. Era el único secreto que su madre le había contado; aún no le había sucedido, cosa que ocultó a las hermanas.
Pero estaba preocupada por otra cosa, la cuestión del mecanismo de las medidas, del sentido común, y había estado imaginando un es quema perturbador. Inconscientemente se tapó el regazo con la mano.
–Claro -dijo débilmente-, no es posible hacerlo.
En algunas ocasiones, les informó Clara en tono arrogante, su Harold empleaba mantequilla auténticamente kosher.
Rose Goldwasser se quitó la almohada de la cara y miró a su hermana con una expresión iluminada por la revelación.
–¡Por eso siempre se nos acaba la mantequilla! – gritó.
Los días posteriores fueron especialmente difíciles para Rachel.
Enfrentadas a la alternativa de considerar las revelaciones de Clara como algo espantoso o como algo cómico, ella y Rose optaron en defensa propia por la comedía. Durante el desayuno y la comida, en que casi siempre comían productos lácteos, sólo tenían que intercambiar una mirada para estallar en un torrente de carcajadas tan estúpidas que en varias ocasiones fueron castigadas a levantarse de la mesa. La hora de la cena, cuando los hombres de las dos familias se unían a la mesa, todavía era peor, porque no podía sentarse a dos sillas de distancia de Harold Green y mirarlo y conversar, sin imaginarlo untado de mantequilla.
Al año siguiente, cuando los Geiger visitaron Peoria, Rachel quedó decepcionada al enterarse de que ni Clara ni Rose vivían ya en casa de sus padres. Clara y Harold habían sido padres de un niño y se habían mudado a una casa pequeña unto al acantilado del río; cuando fueron a casa de los Goldwasser, Clara estaba muy ocupada con su hijo y le prestó poca atención a Rachel. Rose se había casado el mes de julio anteríor con un hombre llamado Samuel Bielfield, que se la había llevado a vivir a St. Louis.
Aquel Yom Kippur, mientras estaban fuera de la sinagoga, Rachel y sus padres fueron abordados por un hombre mayor llamado Benjamín Schoenberg. El señor Schoenberg llevaba una chistera de fieltro de castor, camisa de algodón blanco con chorrera, y corbata de lazo negra.
Charló con Jay sobre la situación de la profesión de farmacéutico y luego empezó a interrogar afablemente a Rachel sobre sus estudios y sobre la ayuda que prestaba a su madre en las faenas domésticas.
Lillian Geiger sonrió al anciano y sacudió la cabeza misteriosamente.
–Es demasiado pronto -le dijo, y el señor Schoenberg le devolvió la sonrisa, y después de unos cuantos comentarios graciosos se marchó.
Esa noche Rachel oyó fragmentos de conversación entre su madre y la señora Goldwasser que revelaban que Benjamín Schoenberg era un shadchen, un agente matrimonial. En efecto, el señor Schoenberg había arreglado el matrimonio de Clara y también el de Rose. Experimentó un miedo terrible, pero se sintió aliviada al recordar lo que su madre le había dicho al casamentero. “Era demasiado oven para el matrimonio”, pensó, como muy bien comprendían sus padres, al margen de que Rose Goldwasser sólo era ocho meses mayor.
Durante todo el otoño, incluidas las dos semanas que pasaron en Peoria, el cuerpo de Rachel estuvo cambiando. Cuando sus pechos se desarrollaron, fueron desde un principio los pechos de una mujer y desequilibraron su delgado cuerpo, y conoció las prendas especiales, la fatiga muscular y los dolores de espalda. Aquél fue el año en que el señor Byers la tocó y le hizo la vida tan horrible hasta que su padre arregló la situación. Cuando Rachel se examinaba en el espejo de su madre, se tranquilizaba pensando que ningún hombre querría a una chica con el pelo negro y liso, hombros estrechos, cuello demasiado largo, pechos demasiado grandes, tez cetrina y mediocres ojos pardos de vaca.
Luego se le ocurrió que cualquier hombre que aceptara a una chica como ella sería también horrible, estúpido y muy pobre, y se dio cuenta de que cada día se acercaba más a un futuro en el que no deseaba pensar.
Estaba enfadada con sus hermanos y los trataba con rencor porque ellos no sabían de qué dones y privilegios disfrutaban gracias a la masculinidad: el derecho a vivir en la cálida seguridad del hogar paterno todo el tiempo que quisieran, el derecho a ir a la escuela y aprender sin límites.
La menstruación le llegó tarde. De vez en cuando su madre le hacía preguntas en tono informal, revelando su preocupación porque toda vía no le hubiera venido. Pero una tarde, mientras Rachel estaba en la cocina ayudando a su madre a preparar mermelada de fresa, los calambres la hicieron doblarse. Su madre le dijo que mirara, y la sangre es taba allí. El corazón le latió a toda prisa aunque no era algo inesperado, no le había ocurrido fuera de casa, y no estaba sola. Su madre se hallaba a su lado; le habló dulcemente, y le enseñó lo que debía hacer. Todo fue perfecto hasta que la besó en la mejilla y le dijo que ya era una mujer.
Rachel se echó a llorar. Y no pudo detenerse. Lloró durante horas sin consuelo. Jay Geiger entró en el dormitorio de su hija y se recostó en la cama con ella, cosa que no hacía desde que era muy pequeña.
Le acarició el pelo y le preguntó qué le ocurría. Ella sacudía los hombros tan espasmódicamente que a él se le partía el corazón, y tuvo que hacerle la pregunta varias veces.
Finalmente, Rachel dijo con un susurro de voz:
–Papá, no quiero casarme. No quiero dejaros ni dejar esta casa.
Jay le besó la mejilla y fue a hablar con su esposa. Lillian estaba muy preocupada. Muchas niñas se casaban a los trece años, y ella pensaba que para su hija sería mejor si ellos le organizaban la vida mediante una buena
unión con un judío que si cedían a su estúpido terror. Pero su es poso le recordó que cuando se habían casado, ella ya había cumplido los dieciséis años y no era una niña. Lo que era bueno para la madre se ría bueno para la hija, que necesitaba tiempo para madurar y para acostumbrarse a la idea del matrimonio.
Así que Rachel tuvo un prolongado respiro. Su vida mejoró de inmediato. La señorita Burnham le informó a su padre que era una alumna dotada de una gran inteligencia, y que le iría muy bien continuar estudiando. Sus padres decidieron que siguiera asistiendo a la escuela en lugar de trabajar todo el día en la casa y en la granja, como hubiera sido lo normal, y se sintieron gratificados por la alegría de su hija y por el modo en que sus ojos recuperaron la vitalidad.
Tenía una amabilidad instintiva que formaba parte de su naturaleza, pero su desdicha la había vuelto particularmente sensible ante quienes se encontraban atrapados por las circunstancias. siempre había estado tan unida a los Cole como si fuera de la misma sangre.
Cuando Chamán daba los primeros pasos, lo habían acostado una vez en la cama de ella; se le había escapado el pipí, y había sido Rachel quien lo había consolado y aliviado su vergüenza, y lo había protegido de las burlas de los otros chicos. La enfermedad que lo había despojado del sentido del oído la había inquietado porque era el primer incidente de su vida que le indicaba que existían peligros desconocidos e insospechados. Había observado los esfuerzos de Chamán, sintiendo la frustración de quien desea mejorar las cosas pero no puede hacer nada, y presenciaba los progresos de él con tanto orgullo y alegría como si se tratara de su propio hermano.
Durante la época en que ella se desarrollaba, había visto a Chamán de arde ser un niño para convertirse en un oven grande que dejaba atrás a su hermano Alex en estatura. Como el cuerpo de él había madurado pronto, durante los primeros años del crecimiento solía mostrarse torpe y desmañado como un cachorro, y ella sentía por él una ternura especial.
En varias ocasiones se había sentado en el sillón de orejas sin que la vieran, y se había maravillado ante el coraje y la tenacidad de Chamán, escuchando con fascinación la habilidad de Dorothy Burnham como maestra. Cuando la señorita Burnham había preguntado quién podría ayudar al niño, Rachel había reaccionado instintiva mente, ansiosa de aprovechar la oportunidad. El doctor Cole y su esposa se habían mostrado agradecidos ante su buena disposición a trabajar con Chamán, y la familia de ella se
había sentido satisfecha por lo que consideraba un rasgo de generosidad.
Pero ella compren día que, al menos en parte, quería ayudarlo porque él era su amigo más fiel, porque una vez, con absoluta seriedad, aquel niño se había ofrecido a matar a un hombre que le estaba haciendo daño a ella.
La corrección del problema de Chamán se basaba en horas y horas de trabajo en las que había que dejar de lado el cansancio, y él enseguida puso a prueba la autoridad de Rachel como jamás lo habría in tentado con la señorita Burnham.
–Ya basta por hoy. Estoy cansado -le dijo la segunda vez que se reunieron a solas, después de que la señorita Burnham acompañara a Rachel medía docena de veces en la realización de los ejercicios.
–No, Chamán -respondió Rachel con firmeza-. Aún no hemos terminado.
Pero él ya se había escurrido.
La segunda vez que ocurrió, ella se puso tan furiosa que sólo logró hacerlo sonreír y volver a los tiempos en que eran compañeros de juegos, mientras ella lo ponía verde. Pero al día siguiente, cuando volvió a suceder, a ella se le llenaron los ojos de lágrimas y él quedó desarmado.
–Bueno, entonces probemos otra vez -le dijo él de mala gana.
Rachel se sintió agradecida, pero nunca cedió a la tentación de controlarlo de esa forma porque tenía la impresión de que a él le iría mejor un planteamiento más inflexible. Después de un tiempo, las largas horas se convirtieron en una rutina para ambos. A medida que pasaban los meses y las posibilidades de Chamán se ampliaban, Rachel fue adaptando los ejercicios de la señorita Burnham y enseguida los superaron.
Pasaron mucho tiempo practicando la forma en que el significado podía cambiar según la acentuación de una palabra u otra en una frase, que por lo demás no variaba:
El niño está enfermo.
El niño está enfermo.
El niño está enfermo.
A veces Rachel le cogía la mano y se la apretaba para mostrarle dónde recaía el acento, y él se divertía. Había llegado a aborrecer el ejercicio de piano en el que identificaba la nota gracias a la vibración que sentía en la mano, porque su madre lo consideraba una gracia, y a veces lo llamaba al salón de las visitas para que lo hiciera. Pero Rachel continuaba trabajando
con él en el piano, y se sentía fascinada cuando tocaba la escala en una clave diferente y él era capaz de detectar incluso ese sutil cambio.
Poco a poco pasó de percibir las notas del piano a distinguir las otras vibraciones del mundo que lo rodeaba. Pronto pudo detectar que alguien llamaba a la puerta, aunque no podía oír el golpe. Era capaz de percibir las pisadas en la escalera, aunque ninguna de las personas presentes pudiera oírlas.
Un día, tal como había hecho Dorothy Burnham, Rachel cogió la mano de Chamán y la colocó en su garganta. Al principio le habló en voz muy alta. Luego moderó la sonoridad de su voz hasta convertirla en un susurro.
–¿Notas la diferencia?
La piel de ella era cálida y muy suave, delicada aunque firme. Chamán notó los músculos y las cuerdas. Pensó en un cisne, y luego en un pájaro más pequeño, porque los latidos de Rachel palpitaron contra su mano de una forma que no había sentido al tocar el cuello más grueso y más corto de la señorita Burnham.
El le sonrió.
–La noto-dijo.
Marcas del nivel del agua
Nadie más volvió a disparar a Rob J. En el caso de que el incidente del establo hubiera sido un mensaje para que dejara de insistir en que se investigara la muerte de Makwa, quien hubiera apretado el gatillo tenía motivos para pensar que la advertencia había sido tenida en cuenta.?l no hizo nada más porque no sabía qué más podía hacer. Con el tiempo le llegaron cartas amables del miembro del Congreso Nick Holden y del gobernador de Illinois. Fueron los únicos funcionarios que le respondieron, y sus respuestas eran suaves desestimaciones. siguió dándole vueltas, pero se dedicó a problemas más inmediatos.
Al principio sólo en contadas ocasiones le pedían que ofreciera la hospitalidad de su escondite, pero después de pasar varios años ayudando a los esclavos a huir, lo que era un hilillo de agua se convirtió en un torrente, y en ocasiones los nuevos ocupantes llegaban a la habitación secreta con frecuencia y regularidad.
Había un interés general y polémico por el problema de los negros.
Dred Scott había ganado su demanda de libertad en un tribunal menor de Missouri, pero el tribunal supremo del Estado declaró que seguía siendo esclavo, y sus abogados abolicionistas apelaron al Tribunal Su remo de
Estados Unidos. Entretanto, escritores y predicadores vociferaban, y periodistas y políticos estallaban a ambos lados del tema de la esclavitud.
Lo primero que hizo Fritz Graham después de ser elegido sheriff para un período de cinco años fue comprar una jauría de “caza dores de negros”, porque las gratificaciones se habían convertido en un negocio suplementario muy lucrativo. Las recompensas por la devolución de los fugitivos habían aumentado y los castigos por ayudar a los esclavos a huir se habían vuelto más severos. Rob J. seguía preocupándose cuando imaginaba lo que podía ocurrirle si lo descubrían, pero en general no se dedicaba a pensar en ello.
George Cliburne lo saludaba con soñolienta cortesía cada vez que se encontraban por casualidad, como si nunca se encontraran en la oscuridad de la noche bajo circunstancias muy distintas. Una consecuencia de dicha asociación entre ambos era el acceso de Rob J. a la enorme biblioteca de Cliburne; llevaba a casa algunos libros para Chamán, que a veces también él leía. La colección del agente de granos era importante en filosofía y religión pero limitada en temas científicos, que eran el motivo por el que Rob J. había conocido a su propietario.
Cuando hacía aproximadamente un año que se dedicaba a pasar negros clandestinamente, Cliburne lo invitó a asistir a una reunión cuáquera y se mostró inseguro y comprensivo cuando Rob rechazó la oferta.
–Pensé que podía resultarte provechosa. Teniendo en cuenta que haces la obra del Señor.
Rob estuvo a punto de corregirlo, de decirle que él hacía el trabajo de un hombre y no el de Dios; pero la idea era demasiado pomposa para expresarla en palabras, de modo que se limitó a sonreír y a sacudir la cabeza.
Se daba cuenta de que su escondite era sólo un eslabón de la que sin duda constituía una extensa cadena, pero no sabía nada del resto del sistema. El y el doctor Barr nunca se referían al hecho de que la recomendación de este último lo había llevado a él a convertirse en un infractor de la ley. Sus únicos contactos clandestinos eran los que tenía con Cliburne y con Carroll Wilkenson, que le avisaba cada vez que el cuáquero tenía “un nuevo libro interesante”. Rob J. estaba seguro de que cuando los fugitivos se separaban de él eran conducidos hacia el norte, a través de Wisconsin, hasta entrar en Canadá. Probablemente cruzaban el Lago
Superior en barca. Ese, por lo menos, habría sido el itinerario que habría marcado él si hubiera tenido que hacer la planificación.
De vez en cuando Cliburne traía alguna mujer, pero la mayoría de los fugitivos eran hombres. Formaban una infinita variedad y todos iban vestidos con ropas raídas de estopa. Algunos tenían la piel tan parecida al carbón, que para él era la quintaesencia de la negrura, el color brillante de las ciruelas maduras, el azabache del hueso calcinado, la densa oscuridad de las alas de un cuervo. Otros tenían el cutis suavizado por la palidez de sus opresores, que daba como resultado una serie de tonalidades que abarcaban desde el café con leche hasta el del pan tostado. La mayoría eran hombres grandes, de cuerpo musculoso, pero uno de ellos era un oven delgado, casi blanco, que llevaba gafas con montura de metal. Dijo que era hijo de una negra y del propietario de una plantación de un sitio llamado Shreve’s Landing, en Louisiana. Sabía leer y se mostró agradecido cuando Rob J. le entregó velas, cerillas y números atrasados de los periódicos de Rock Island.
Rob J. se sentía frustrado como médico porque ocultaba a los fugitivos durante un plazo demasiado breve para tratar sus problemas físicos.
Había notado que las lentes de las gafas del oven casi blanco eran excesivamente graduadas para él. Algunas semanas más tarde, cuando el o ven ya se había marchado, Rob J. encontró unas gafas que consideró más adecuadas. Cuando volvió a Rock Island pasó por casa de Cliburne y le preguntó si podía enviarlas de alguna manera; pero Cliburne se limitó a mirarlas y a sacudir la cabeza.
–Deberías ser más sensato, doctor Cole -dijo, y se alejó sin darle los buenos días.
En otra ocasión, un hombre voluminoso de piel muy negra permaneció en la habitación secreta durante tres días, tiempo más que suficiente para que Rob notara que estaba nervioso y que sufría de molestias abdominales.
A veces tenía el rostro gris y enfermizo, y su apetito era irregular. Rob estaba seguro de que tenía una tenia. Le dio un medicamento, que le dijo que no lo tomara hasta que hubiera llegado a su destino.
–De lo contrarío, se sentirá demasiado débil para viajar. ¡Y moverá el vientre de tal manera que cualquier sheriff del país podrá seguirle el rastro!
Recordaría a cada uno de esos hombres mientras viviera. Sentía una inmediata comprensión por sus temores y sentimientos, no sólo porque en otros tiempos él mismo había sido un fugitivo sino porque se daba cuenta
de que un ingrediente importante de su preocupación era que la difícil situación de esos hombres le resultaba conocida, pues había sido testigo de las aflicciones de los sauk.
Hacía mucho tiempo que pasaba por alto las órdenes que Cliburne le había dado de no hacer preguntas. Algunos fugitivos eran locuaces, y otros no abrían la boca. Como mínimo, él intentaba conocer sus nombres, El oven de las gafas se llamaba Nero, pero la mayoría de los nombres eran judeo-cristianos: Moses, Abraham, Isaac, Aaron, Peter, Paul, Joseph. Oía los mismos nombres una y otra vez, y le recordaban lo que Makwa le había contado sobre los nombres bíblicos de la escuela cristiana para niñas indias.
Pasaba tanto tiempo con los fugitivos locuaces como se lo permitían las medidas de seguridad. Un hombre de Kentucky se había escapado en una ocasión anterior y había sido atrapado. Le enseñó a Rob J. las marcas que los latigazos le habían dejado en la espalda. Otro, de Tennessee, le dijo que su amo no lo trataba mal. Rob J. le preguntó por qué entonces había huido, y el hombre apretó los labios y entrecerró los ojos, como buscando una respuesta.
–No podía esperar al jubileo -dijo.
Rob le preguntó a Jay qué era el jubileo. En la antigua Palestina, la tierra de cultivo se dejaba en barbecho cada siete años para que recuperara los nutrientes, según los dictados de la Biblia. Al cabo de siete períodos de descanso, el quincuagésimo año se declaraba año de jubileo, se daba un regalo a los esclavos y se los dejaba en libertad.
Rob J. sugirió que el jubileo era mejor que mantener a un ser humano en constante servidumbre, pero que en modo alguno era un trato considerado, ya que en la mayor parte de los casos cincuenta años de esclavitud era más de una vida.
El y Jay trataron el tema con cautela ya que hacía mucho tiempo que conocían sus profundas diferencias.
–¿Sabes cuántos esclavos hay en los Estados del Sur? Cuatro millones.
Eso representa un negro cada dos blancos. Déjalos en libertad, y las granjas y plantaciones que dan de comer a muchos abolicionistas del Norte tendrán que cerrar. Y después, ¿qué haríamos con esos cuatro millones de negros?
¿Cómo vivirían? ¿En qué se convertirían?
–Con el tiempo vivirían como todo el mundo. Si recibieran educación, podrían convertirse en cualquier cosa. En farmacéuticos, por ejemplo -
respondió, incapaz de resistir la tentación.
Jay sacudió la cabeza.
–Tú no lo entiendes. La existencia del Sur depende de la esclavitud.
Por ese motivo incluso los Estados no esclavistas consideran un delito ayudar a los fugitivos.
Jay había puesto el dedo en la llaga.
–¡No me hables de delitos! El comercio de esclavos africanos está prohibido desde I808, pero los africanos aún son cogidos a punta de pistola, metidos en barcos y trasladados a todos los Estados del Sur y vendidos en subasta.
–Bueno, tú estás hablando de la ley nacional. Cada Estado hace sus propias leyes. Esas son las leyes que cuentan.
Rob J. resopló, y ése fue el final de la conversación.
El y Jay siguieron estando unidos y se apoyaban en todas las demás cuestiones, pero el tema de la esclavitud levantaba una barrera entre ellos, cosa que los dos lamentaban. Rob era un hombre que apreciaba una charla serena con una persona amiga, y empezó a hacer girar hacia el sendero de entrada al convento de San Francisco cada vez que se encontraba en los alrededores.
Para él era difícil determinar con precisión cuándo se había hecho amigo de la madre Miriam Ferocia. Sarah le daba una pasión física inquebrantable y tan importante para él como la carne y la bebida, pero ella pasaba más tiempo hablando con su pastor que con su esposo. En su relación con Makwa, Rob había descubierto que le resultaba posible sentirse unido a una mujer sin que interviniera el aspecto sexual.
Y volvió a comprobarlo con esta hermana de la Orden de San Fran cisco, una mujer quince años mayor que él, de ojos severos y rostro duro enmarcado por una capucha.
La había visto en contadas ocasiones hasta la llegada de la prima vera.
El invierno había sido suave y extraño, con fuertes lluvias. El nivel del agua había ido creciendo de forma imperceptible hasta que resultó difícil atravesar las corrientes y los riachuelos, y en marzo todo el municipio sufría las consecuencias de encontrarse entre dos ríos por que la situación ya se había convertido en la inundación del cincuenta y siete. Rob veía que el río se acercaba a su casa. Crecía formando re molinos y se llevó el sudadero de Makwa. El hedonoso-te se salvó porque ella había tenido la sensatez de construirlo sobre un montículo. La casa de los Cole también se encontraba a un nivel más elevado que el que alcanzó el agua. Pero poco después de que
las aguas se retiraran, Rob fue llamado para tratar el primer caso de fiebre virulenta. Luego cayó enferma otra persona. Y otra.
Recurrió a Sarah para que colaborara como enfermera, pero pronto ella, Rob y Tom Beckermann quedaron agobiados de trabajo. Una mañana llegó a la granja de Haskell y encontró a Ben Haskell-que había caído enfermo de fiebre- refrescado y aliviado por los cuidados de dos hermanas de la Orden de San Francisco. Todos los “escarabajos marrones” habían salido a atender a los enfermos. Enseguida vio con enorme gratitud que eran excelentes enfermeras. siempre que se las encontraba iban en parejas. Incluso la priora iba con una compañera. Cuando Rob afirmó que le parecía una rareza de su formación, Miriam Ferocia respondió con fría vehemencia, dejando claro que sus objeciones eran vanas.
A Rob se le ocurrió que trabajaban en parejas para poder protegerse mutuamente de los deslices de la fe y de la carne. Algunas tardes después, mientras concluía la jornada con una taza de té en el convento, le comentó a la madre superiora que pensaba que ella tenía miedo de permitir a las hermanas que estuvieran solas en una casa protestante. Le confesó que eso le desconcertaba.
–¿Entonces la fe de ustedes es débil?
–Nuestra fe es fuerte! Pero nos gusta el calor y el consuelo tanto como al prójimo. La vida que hemos elegido es fría. Y bastante cruel sin necesidad de añadir la maldición de las tentaciones.
Rob comprendió. Se contentaba con aceptar a las hermanas en los términos de Miriam Ferocia, y lo único importante era su trabajo como enfermeras.
El comentario típico de la priora estaba lleno de desdén.
–Doctor Cole, ¿no tiene otro maletín además de esa lamentable cosa de cuero decorada con cañones de plumas?
–Es mi Mee-shome, mi manojo medicinal sauk. Las tiras son trapos Izze. Cuando lo llevo, las balas no pueden hacerme daño.
Ella lo miró con ojos llenos de asombro.
–¿Usted no tiene fe en nuestro Salvador, y en cambio acepta la protección de unos salvajes como los sauk?
–¡Ah, pero funciona!
Le habló del disparo que le habían hecho al salir del establo.
–Debe tener mucho cuidado -lo reprendió mientras le servía café.
La cabra que había donado al convento había tenido cría dos veces, con lo cual había proporcionado dos machos. Miriam Ferocia había vendido uno de los machos y se las había ingeniado para adquirir otras tres hembras, soñando con una industria quesera; pero cuando Rob J.
iba al convento seguía sin tener leche para el café, porque al parecer todas las hembras estaban siempre preñadas o amamantando a sus crías.
El se las arreglaba sin leche, como las monjas, y aprendió a apreciar el café puro.
La charla se volvió seria. Rob se mostró decepcionado de que las averiguaciones que ella había hecho en la iglesia no hubieran arrojado luz sobre Ellwood Patterson. Le confió que había estado elaborando un plan.
–¿Y si pudiéramos colocar un hombre dentro de la Orden Suprema de la Bandera Estrellada? Podríamos enterarnos de sus malas intenciones con tiempo suficiente para impedirlas.
–¿Cómo podría hacer una cosa así?
Rob lo había pensado bien. Era necesario contar con un norteamericano nativo que fuera absolutamente digno de confianza y cercano a Rob J. Jay Geiger no serviría, porque probablemente la OSBE rechazaría a un judío.
–Está el jornalero de mi granja, Alden Kimball. Nacido en Vermont.
Muy buena persona.
Ella sacudió la cabeza, preocupada.
–Que sea una buena persona empeoraría las cosas, porque con esta idea estaría sacrificándolo, y sacrificándose usted. Estos hombres son sumamente peligrosos.
Tuvo que reconocer la sensatez de sus palabras. Y el hecho de que empezaba a notarse que Alden ya no era oven. No es que estuviera de cayendo, pero se notaba que ya no era joven.
Y bebía mucho.
–Debe tener paciencia-le dijo ella suavemente-. Volveré a hacer averiguaciones. Mientras tanto, debe esperar.
Retiró la taza y Rob supo que ya era hora de levantarse de la silla del obispo y marcharse, para que ella pudiera prepararse para los cánticos nocturnos. Recogió su escudo contra las balas adornado con cañones de plumas y sonrió tras la feroz mirada de rivalidad que ella lanzó contra su Mee-shome.
–Gracias, reverenda madre -dijo.
Oír la música
En Holdenes Crossing, la costumbre era enviar a los hijos a la escuela durante uno o dos cursos lectivos para que aprendieran a leer un poco, a hacer sumas sencillas y a escribir con letra a duras penas legible. Después concluía la escolarización y los chicos empezaban su vida como granjeros de pleno derecho. Cuando Alex cumplió los dieciséis años, dijo que ya estaba harto de la escuela. A pesar de la oferta que Rob J. le hizo de financiarle otros estudios, se dedicó a trabajar con Alden durante toda la jornada en la granja de ovejas. Chamán y Rachel pasaron a ser los alumnos más grandes de la escuela.
Chamán estaba dispuesto a seguir estudiando, y Rachel se sentía contenta de poder arrastrarse en la serena corriente de sus días, aferrándose a su inalterable existencia como si fuera un salvavidas. Dorothy Burnham era consciente de su buena suerte por contar con un alumno así en su vida como maestra. Trataba a ambos como si fueran un tesoro, les prodigaba todos sus conocimientos y se esforzaba por mantener su interés. La niña era tres años más grande que Chamán y le llevaba ventaja en los estudios, pero pronto la señorita Burnham empezó a darles la misma clase a los dos. Para ellos era normal pasar una buena parte del día estudiando juntos.
Cada vez que terminaban los deberes, Rachel se concentraba directamente en los ejercicios de pronunciación de Chamán. Dos veces al mes los dos jóvenes se reunían con la señorita Burnham, y Chamán le hacía una demostración. En ocasiones, la señorita Burnhamásugería un cambio a un ejercicio nuevo. Estaba encantada con sus progresos, y feliz de que Rachel Geiger hubiera podido hacerle tanto bien al muchacho.