Chaman

Noah Gordon · Capítulo 4 de 8 · parte 3/4

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Chaman

Y levantó la mano un poco más.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

A medida que la amistad entre Rachel y Chamán maduraba, se permitían mostrar una pequeña parte de su intimidad. Rachel le contó que le horrorizaba tener que ir a Peoria todos los años para la festividad judía. El provocó la ternura de Rachel al revelarle, sin expresarlo con tantas palabras, la angustia que le producía que su madre lo tratara con frialdad. “Makwa era más madre que ella para mí, y ella lo sabe. Le molesta, pero es la pura verdad.” Rachel había notado que la señora Cole nunca se refería a su hijo como Chamán, como hacían todos; Sarah lo llamaba Robert, casi en un tono formal, como hacía la señorita Burnham en la escuela. Rachel se preguntaba si se debería a que a la señora Cole no le gustaban las palabras indias. Había oído que Sarah comentaba a su madre que se alegraba de que los sauk se hubieran marchado para siempre.

Chamán y Rachel realizaban los ejercicios vocales estuvieran donde estuviesen, flotando en la chalana de Alden o sentados a la orilla del río pescando, cogiendo berros, paseando por la pradera o pelando frutas o verduras para Lillian, en la galería de estilo sureño de los Geiger.

Varias veces por semana se sentaban frente al piano de Lillian. El era capaz de experimentar la tonalidad vocal de ella si le tocaba la cabeza o la espalda, pero le gustaba especialmente colocar la mano en la piel lisa y cálida del cuello de Rachel mientras ella hablaba. Sabía que su amiga notaba el temblor de sus dedos.

–Ojalá pudiera recordar el sonido de tu voz.

–¿Recuerdas la música?

–No la recuerdo, exactamente… Oí música el año pasado, el día después de Navidad.

Ella lo miró, desconcertada.

–La soñé.

–¿Y en el sueño oíste la música?

Chamán asintió.

–Lo único que veía eran las piernas y los pies de un hombre. Su pongo que eran los de mi padre. ¿Recuerdas que a veces nuestros padres nos dejaban dormir en el suelo mientras ellos tocaban? No veía a tu madre ni a tu padre, pero oía el violín y el piano. No recuerdo lo que tocaban. ¡Sólo recuerdo la… música!

A Rachel le resultó difícil articular las palabras.

–A ellos les gusta Mozart. Tal vez era esto -dijo, y tocó algo en el piano.

Pero él sacudió la cabeza.

–Para mí sólo son vibraciones. La otra era música real. Desde aquel día he estado intentando soñar otra vez lo mismo, pero no puedo.

Notó que a Rachel le brillaban los ojos y quedó azorado cuando ella se inclinó hacia delante y lo besó en la boca. El también la besó y pensó que era algo insólito, como una especie diferente de música. Por alguna razón le puso una mano en un pecho, y cuando dejaron de besarse la dejó allí Tal vez todo habría sido perfecto si él hubiera retirado la mano enseguida. Pero como si se tratara de la vibración de una nota musical, logró sentir que se volvía firme y percibió el leve movimiento del pezón endurecido. Apretó, y ella echó la mano hacia atrás y lo golpeo en la boca.

El segundo golpe aterrizó en el ojo derecho de Chamán. El se quedó sentado sin decir nada y no hizo ningún intento por defenderse. Rachel

podría haberlo matado si hubiera querido, pero sólo lo golpeó una vez más.

Había crecido trabajando en la granja y era una chica fuerte, y lo golpeó con el puño. Chamán tenía el labio superior hecho polvo y le sangraba la nariz.

Vio que ella lloraba desesperada, y que se marchaba a toda prisa.

Corrió tras ella hasta el vestíbulo delantero; fue una suerte que no hubiera nadie en la casa.

–Rachel -la llamó, pero no supo si ella le respondía y no se atrevió a seguirla escalera arriba.

Salió de la casa y caminó hacia la granja, aspirando con fuerza para no manchar el pañuelo de sangre. Mientras avanzaba en dirección a la casa, encontró a Alden, que salía del establo.

–¡Santo Cielo! ¿Qué te ha ocurrido?

–Una pelea.

–¡Qué alivio! Empezaba a pensar que Alex era el único Cole con agallas. ¿Cómo quedó el otro sinvergüenza?

–Muy mal. Mucho peor que yo.

–Eso está bien -dijo Alden alegremente, y se marchó.

A la hora de la cena Chamán tuvo que soportar interminables sermones en contra de las peleas.

Al día siguiente los niños más pequeños estudiaron sus heridas de batalla con respeto mientras la señorita Burnham pasaba por alto los comentarios intencionadamente. El y Rachel apenas se hablaron durante todo el día, pero se quedó sorprendido porque ella lo estaba esperando a la salida de la escuela, como de costumbre, y caminaron juntos hacia la casa en silencio.

–¿Le dijiste a tu padre que te toqué? – preguntó él por fin.

–¡No! – respondió Rachel bruscamente.

–Me alegro. No querría que me golpeara con un látigo -dijo con toda franqueza.

Tenía que mirarla para hablar con ella, de modo que notó que tenía las mejillas rojas, pero quedó confundido al ver que sonreía.

–¡Oh, Chamán, cómo tienes la cara! Lo siento de verdad -dijo, y le apretó la mano.

–Yo también -respondió él, aunque no estaba seguro de por qué se disculpaba.

Al llegar a casa de Rachel, su madre les dio pastel de jengibre.

Cuando terminaron de comerlo se sentaron a la mesa frente a frente e hicieron los deberes. Luego volvieron al salón. Compartieron el asiento de delante del piano, pero él procuró no sentarse demasiado cerca. Lo ocurrido el día anterior había cambiado las cosas, como él sospechaba, pero se sorprendió al ver que no era un sentimiento desagradable. Simplemente descansaba cálidamente entre ambos como algo que sólo compartían ellos dos, como quienes comparten una taza.

Un documento legal citaba a Rob J. al palacio de justicia de Rock Island, “a los veintiún días de junio, en el año de Nuestro Señor de mil ochocientos y cincuenta y siete, al efecto de su naturalización”.

Era un día despejado y caluroso, pero las ventanas del palacio de justicia estaban cerradas porque al honorable Daniel P. Allan, que estaba en el estrado, no le gustaban las moscas. El papeleo legal era escaso, y Rob J.

tenía buenos motivos para creer que saldría de allí enseguida, hasta que el juez Allan empezó a tomarle juramento.

–Ahora bien. ¿Se compromete mediante este acto a renunciar todo derecho y lealtad a cualquier otro país?

–Si, señor -afirmó Rob J.

–¿Y se compromete a apoyar y defender la Constitución, y a empuñar las armas en defensa de Estados Unidos de América?

–No, señoría -dijo Rob J. con decisión.

Arrancado de su apatía, el juez Allan lo miró fijamente.

–No creo en el asesinato, señoría, de modo que nunca participaría en una guerra.

El juez Allan pareció molesto. En la mesa del secretario, junto al estrado, Roger Murray se aclaró la garganta.

–La ley dice que en casos como éste, juez, el candidato debe demostrar que es un objeto de conciencia cuyas convicciones le impiden empuñar las armas. Significa que debe pertenecer a algún grupo como los cuáqueros, que, como afirman públicamente, no luchan.

–Conozco la ley y sé lo que significa -replicó el juez en tono agrio, furioso de que Murray nunca lograra encontrar un sitio menos público para instruirlo. Miró a Rob por encima de las gafas-. ¿Es usted cuáquero, doctor Cole?

–No, señoría.

–Bien, ¿entonces qué demonios es?

–No estoy asociado a ninguna religión -explicó Rob J., y vio que el Juez lo miraba como si hubiera sido insultado personalmente.

–Señoría, ¿puedo acercarme al estrado? – preguntó alguien desde la parte de atrás de la sala.

Rob J. vio que se trataba de Stephen Hume, que había pasado a ser abogado del ferrocarril desde que Nick Holden había obtenido su escaño en el Congreso.

El juez Allan le hizo señas para que se acercara.

–Diputado…

–Juez -comenzó a decir Hume con una sonrisa-, me gustaría responder personalmente por el doctor Cole. Es uno de los caballeros más distinguidos de Illinois, y sirve al pueblo día y noche como médico.

Todo el mundo sabe que su palabra es sagrada. Si él dice que no puede luchar en una guerra a causa de sus convicciones, ésa es toda la prueba que un hombre sensato debería necesitar.

El juez Allan frunció el ceño; no supo con certeza si el abogado e influyente político que se encontraba ante el estrado lo había llamado insensato o no, y decidió que lo más seguro era mirar con furia a Roger Murray.

–Proseguiremos con la naturalización -declaró, y sin más rodeos Rob J.

se convirtió en ciudadano.

Mientras cabalgaba de regreso a Holden's Crossing tuvo algunos extraños y pesarosos recuerdos de la tierra escocesa a la que acababa de renunciar, pero se sentía bien siendo norteamericano. Salvo que el país tenía más problemas de los que podía resolver. El Tribunal Supremo de Estados Unidos acababa de decidir definitivamente que Dred Scott seguía siendo esclavo porque no era legal que el Congreso excluyera la esclavitud de los territorios. Al principio los sudistas se alegraron, pero pronto volvieron a enfurecerse porque los líderes del partido republicano dijeron que no aceptarían la decisión del tribunal como algo obligatorio.

Tampoco lo aceptaría Rob J., aunque su esposa y su hijo mayor se habían vuelto apasionados simpatizantes de los sudistas. Gracias a la habitación secreta, él había enviado a docenas de esclavos huidos a Canadá, y en el proceso se había librado varias veces por los pelos de que lo descubrieran. Un día Alex le contó que la noche anterior había encontrado a George Cliburne en el camino, aproximadamente a un kilómetro y medio de la granja.

–¡Estaba sentado en un carro lleno de heno a las tres de la mañana!

¿Tú qué piensas?

–Supongo que hay que trabajar mucho para levantarse más temprano que un laborioso cuáquero. ¿Pero cómo es que tú volvías a casa a las tres de la mañana? – replicó Rob J., y Alex estaba tan interesado en dejar de lado el tema de la noche que había pasado bebiendo y de juerga con Mal Howard, que el extraño trabajo de George Cliburne no salió a relucir nunca más.

Otra noche, cuando Rob J. estaba cerrando el candado de la puerta del cobertizo entró Alden.

–No podía dormir. Se me acabó la bebida, y recordé que tenía ésta guardada en el establo.

Levantó la garrafa y se la ofreció.

Aunque a Rob J. rara vez le apetecía beber y sabía que el alcohol mermaba el Don, quiso compartir algo con Alden. Destapó la garrafa, dio un trago y se puso a toser. Alden sonrió.

A Rob le habría gustado lograr que el jornalero se alejara del cobertizo.

Dentro del escondite, al otro lado de la puerta, había un negro de mediana edad que respiraba con cierta dificultad a causa del asma.

Rob J. sospechaba que a veces el jadeo se volvía más pronunciado y no estaba seguro de que no se oyera desde donde se encontraban. Pero Alden no pensaba moverse; se puso en cuclillas y mostró cómo bebía whisky un campeón, con el dedo en el asa, la garrafa sobre el codo y éste levantado justo lo suficiente para enviar la cantidad adecuada de licor a la boca.

–¿Tienes problemas para dormir?

Alden se encogió de hombros.

–La mayor parte de las noches me duermo enseguida porque estoy cansado. Si no, beber un poco me ayuda.

Desde que Viene Cantando había muerto, Alden parecía mucho más cansado.

–Deberías buscar un hombre que te ayudara con el trabajo de la granja -

le dijo Rob J. quizá por vigésima vez.

–Es difícil encontrar un hombre blanco adecuado para contratarlo.

Y no trabajaría con un negro -dijo Alden, y Rob J. se preguntó si sus voces se oirían desde el escondite-. Además, ahora Alex trabaja conmigo, y lo hace realmente bien.

–¿Si?

Alden se irguió, aunque un poco inestable; tenía que beber mucho whisky para perder el equilibrio.

–¡Maldita sea! – exclamó deliberadamente-. Doctor, no es justo con esos dos pobres muchachos.

Sujetó la garrafa con mucho cuidado y echó a andar en dirección a su cabaña.

Un día, hacia finales de aquel verano, llegó a Holden's Crossing un chino de mediana edad y nombre desconocido. Como se negaron a atenderlo en la taberna de Nelson, le pagó a una prostituta llamada Penny Davis para que le comprara una botella de whisky y lo invitara a su choza; a la mañana siguiente murió en la cama de la mujer. El sheriff Graham dijo que no quería tener en su ciudad a ninguna furcia que compartiera su chisme con un chino y luego se lo ofreciera a los blancos, y se ocupó personalmente de que Penny Davis abandonara Holden's Crossing. Luego puso el cadáver en la parte de atrás de un carro y se lo entregó al forense más cercano.

Esa tarde, Chamán estaba esperando a su padre cuando éste fue al cobertizo.

–Nunca he visto un oriental.

–Este está muerto. Lo sabes, ¿verdad, Chamán?

–Si, papá.

Rob J. abrió la puerta del cobertizo.

El cadáver estaba cubierto por una sábana, y Rob la plegó y colocó sobre la vieja silla de madera. Su hijo estaba pálido pero sereno, estudiando atentamente el cuerpo que había sobre la mesa. El chino era menudo y delgado pero musculoso. Le habían cerrado los ojos. Su piel era de un color intermedio entre la palidez de los blancos y el tono cobrizo de los indios.

Las uñas de los pies, córneas y amarillentas, necesitaban un corte; al verlas con los ojos de su hijo, Rob se sintió impresionado.

–Ahora tengo que hacer mi trabajo, Chamán.

–¿Puedo mirar?

–¿Estás seguro de que quieres mirar?

–Si, papá.

Rob cogió el escalpelo y abrió el pecho. Oliver Wendell Holmes tenía un estilo rimbombante de presentar la muerte; el estilo de él consistía en ser sencillo. Le advirtió al chico que las tripas de un hombre podían oler peor que cualquier presa de caza que él hubiera disecado, y le advirtió que

respirara por la boca. Luego notó que el frío tejido ya no pertenecía a una persona.

–Fuera lo que fuese lo que hacia que este hombre estuviera vivo (algunos lo llaman alma) ya ha abandonado su cuerpo.

Chamán seguía pálido pero su mirada era atenta.

–¿Esa es la parte que va al cielo?

–No sé a dónde va -respondió Rob suavemente. Mientras pesaba los órganos, le permitió a Chamán que lo ayudara apuntando el peso de cada uno-. William Fergusson, mi mentor, solía decir que el espíritu deja el cuerpo como una casa que ha sido vaciada, y por eso debemos tratar el cuerpo con cuidado y dignidad, por respeto al hombre que vivía en él. Este es el corazón, y aquí está lo que mató a este hombre.

Quitó el órgano y lo colocó en las manos de Chamán para que pudiera observar detenidamente el círculo oscuro de tejido muerto que sobresalía de la pared del músculo.

–¿Por qué le ocurrió, papá?

–No lo sé, Chamán.

Volvió a colocar los órganos y cerró las incisiones; mientras se lavaban, el rostro de Chamán fue recuperando el color. Rob J. estaba impresionado por lo bien que se había portado el chico.

–He estado pensando una cosa -comentó-. ¿Te gustaría estudiar aquí conmigo, de vez en cuando?

–¡Claro, papá!-exclamó Chamán con el rostro encendido.

–Porque se me ocurre que tal vez te gustaría licenciarte en ciencias.

Podrías ganarte la vida enseñando, tal vez incluso en una facultad. ¿Te gustaría dedicarte a eso, hijo?

Chamán lo miró con expresión seria, concentrándose en la pregunta.

Se encogió de hombros.

–Tal vez -respondió.

Maestros

Aquel mes de enero, Rob J. puso algunas mantas más en el escondite porque los que escapaban del Sur pasaban un frío terrible. Había menos nieve que de costumbre, pero la suficiente para cubrir los campos cultivados y darles el aspecto de la pradera en invierno. A veces, cuando regresaba a casa a altas horas de la noche, después de visitar a un enfermo, imaginaba que levantaría la vista y vería una extensa fila de pieles rojas montados sobre hermosos caballos, cruzando la superficie blanca y brillante

de las llanuras intactas, siguiendo a su Chamán y a sus caciques; o criaturas enormes de espalda encorvada avanzando hacia él en la oscuridad, con la escarcha pegada a su velluda piel de color pardo y los cuernos curvados con horribles puntas plateadas, resplandecientes bajo la luz de la luna. Pero nunca veía nada, porque aún creía menos en los fantasmas que en Dios.

Cuando llegó la primavera, el deshielo fue moderado, y los ríos y riachuelos no se desbordaron. Tal vez tuviera que ver con el hecho de que aquella temporada había tratado menos casos de fiebre; pero fuera cual fuese la razón muchas de las personas que enfermaron de fiebre murieron.

Una de las pacientes que perdió fue Matilda Cowan, cuyo esposo Simeon cultivaba media parcela de maíz en la zona norte de la población, una tierra muy buena aunque un poco seca. Tenían tres hijas pequeñas. Cuando una mujer joven moría dejando hijos, se suponía que el marido volvería a casarse enseguida; pero cuando Cowan le propuso matrimonio a Dorothy Burnham, la maestra, mucha gente quedó sor prendida. La propuesta fue aceptada de inmediato.

Una mañana, en la mesa del desayuno, Rob J. rió entre dientes mientras le contaba a Sarah que los miembros de la junta de la escuela estaban trastornados.

–Pensábamos que Dorothy iba a ser una solterona toda su vida. Cowan es inteligente. Ella será una buena esposa.

–Es una mujer afortunada -dijo Sarah en tono seco-. Es bastante mayor que él.

–Bueno, sólo tiene tres o cuatro años más que él -comentó Rob J.

mientras untaba mantequilla en una galleta-. Eso no es una diferencia importante.

Y sonrió sorprendido al ver que su hijo Chamán asentía mostrando su acuerdo y se unía a los comentarios sobre su maestra.

El último día que la señorita Burnham fue a la escuela, Chamán se quedó hasta que los demás se marcharon, y luego se acercó a ella para despedirse.

–Supongo que la veré más de una vez por el pueblo. Me alegro de que haya decidido no ir a otro sitio a casarse.

–Yo también me alegro de quedarme a vivir en Holden's Crossing, Robert.

–Quiero darle las gracias -dijo torpemente.

Sabía lo que esta mujer afectuosa y sencilla había significado en su vida.

–No tienes que agradecerme nada, cariño. – Ella le había comunicado a los padres de Chamán que ahora que tenía una granja, un esposo y tres criaturas que atender, no podría seguir trabajando en los ejercicios de pronunciación-. Estoy segura de que tú y Rachel lo haréis maravillosamente bien sin mi. Además, has alcanzado el punto en el que podrías prescindir de los ejercicios.

–¿Le parece que hablo como la demás gente?

–Verás… -Analizó la pregunta con sumo cuidado-. No exactamente.

Cuando estás cansado, tu voz sigue teniendo un sonido gutural.

Eres muy consciente de cómo deben sonar las palabras, por eso no las articulas tan mal como algunas personas, y hay una ligera diferencia.

–Vio que esto lo inquietaba, y le apretó la mano-. Es una diferencia encantadora -añadió, y se alegró al ver que el rostro del muchacho se iluminaba.

Chamán le había comprado con su dinero un pequeño regalo en Rock Island: unos pañuelos con bordes de encaje azul celeste.

–Yo también tengo algo para ti -le dijo ella, y le entregó un volumen de los sonetos de Shakespeare-. Cuando los leas, debes pensar en mi -le ordenó-. ¡Salvo los románticos, por supuesto! – añadió en tono atrevido, y luego rió con él con la libertad de saber que la señora Cowan podría hacer y decir cosas que la pobre señorita Burnham, la maestra, jamás había imaginado.

Debido al tránsito fluvial que se producía en la primavera, se ahogaron algunas personas en varios tramos del Mississippi. Un joven cayó de una barcaza y se perdió río arriba; su cuerpo fue atrapado por la corriente, que no lo devolvió hasta llegar a la jurisdicción de Holden's Crossing. El dueño de la barcaza no sabía de dónde venia el joven ni conocía ningún dato sobre él, salvo que se llamaba Billy. El sheriff Graham se lo entregó a Rob J.

Chamán observó una autopsia por segunda vez y volvió a apuntar el peso de los órganos en la libreta de su padre, y aprendió lo que le sucedía a los pulmones de un ahogado. Esta vez le resultó más difícil observar. El chino le había parecido muy distante debido a la diferencia de edad y a su exótico origen, pero éste era un joven sólo unos años mayor que su hermano Bigger; era una muerte que le hablaba a Chamán de su propia

mortalidad. Pero se las arregló para apartar todo eso de su mente y poder observar y aprender.

Cuando concluyeron la autopsia, Rob J. empezó a abrir la muñeca derecha de Billy.

–La mayoría de los cirujanos tienen horror a la mano -le confió a Chamán-. Y eso se debe a que nunca han dedicado demasiado tiempo a estudiarla. Si llegas a ser profesor de anatomía o fisiología, debes conocer la mano.

Chamán comprendió por qué tenían tanto miedo de cortar la mano, porque era todo músculos, tendones y articulaciones, y quedó perplejo y aterrorizado cuando, una vez terminada la disección de la mano derecha, su padre le dijo que disecara él solo la mano izquierda.

Rob J. le sonrió, pues sin duda sabía exactamente lo que su hijo sentía.

–No te preocupes. Nada de lo que hagas le causará daño.

Así que Chamán pasó la mayor parte del día cortando, examinando y comprobando, memorizando los nombres de todos los huesecillos, aprendiendo cómo debían moverse las articulaciones de la mano de una persona viva.

Varias semanas más tarde, el sheriff le llevó a Rob J. el cadáver de una anciana que había muerto en una granja pobre del distrito. Chamán estaba ansioso por reanudar las lecciones, pero su padre le impidió entrar en el cobertizo.

–Chamán, ¿alguna vez has visto a una mujer desnuda?

–Una vez vi a Makwa. Me llevó a la tienda del sudadero y cantó canciones para intentar que yo volviera a oir.

Su padre lo miró sorprendido, y luego se sintió obligado a explicar.

–Creo que cuando uno ve el cuerpo de una mujer por primera vez no debe ser el de una mujer vieja, fea y muerta.

El asintió, con las mejillas encendidas.

–No es la primera vez, papá. Y Makwa no era vieja ni fea.

–No, no lo era -dijo su padre.

Palmeó el hombro de Chamán, entraron en el cobertizo y cerraron la puerta.

En julio, el comité de la escuela ofreció a Rachel Geiger el puesto de maestra. No era excepcional que se concediera a uno de los alumnos más grandes la oportunidad de dar clases en la escuela cuando existía una vacante, y la jovencita había sido entusiastamente recomendada por

Dorothy Burnham en su carta de dimisión. Además, como apuntó Carroll Wilkenson, podían contratarla con el salario de una principiante, y ella vivía en casa de sus padres y por tanto no había que darle alojamiento.

La oferta creó una angustiosa indecisión en casa de los Geiger, y serias conversaciones en voz baja entre Lillian y Jay.

–Ya hemos postergado las cosas demasiado tiempo -opinó Jay.

–Pero un año como maestra le iría muy bien, le ayudaría a encontrar una pareja más adecuada. Ser maestra es tan norteamericano…

Jason lanzó un suspiro. Adoraba a sus tres hijos varones, Davey, Herm y Cubby. Eran chicos encantadores. Los tres tocaban el piano como su madre, con distintos niveles de habilidad, y Dave y Herm querían aprender a tocar instrumentos de viento, si alguna vez lograban encontrar un profesor.

Rachel era su única hija y la primogénita, la criatura a la que él había enseñado a tocar el violín. Sabía que llegaría un día en que tendría que marcharse de casa, que viviría para él sobre todo en cartas poco frecuentes, que la vería sólo brevemente en las raras visitas que hiciera desde algún lugar lejano.

Decidió ser egoísta y conservarla en el seno de la familia un tiempo más.

–De acuerdo, dejémosla trabajar de maestra -le dijo a Lillian.

Habían pasado varios años desde que las inundaciones se llevaron la tienda del sudadero de Makwa. Todo lo que quedaba eran dos paredes de piedra de un metro ochenta de largo y un metro de alto, con una separación de setenta y cinco centímetros. En agosto, Chamán comenzó a construir a partir de las paredes un hemisferio con ramas tiernas dobladas. Trabajaba lenta y torpemente, entretejiendo mimbres verdes de sauce entre las ramas.

Cuando su padre vio lo que hacia le preguntó si podía ayudarlo, y ambos trabajaron durante casi dos semanas en los ratos libres y lograron algo aproximado a lo que había sido el sudadero que Makwa había construido en unas pocas horas con la ayuda de Luna y Viene Cantando.

Con más ramas tiernas y mimbres construyeron un cesto del tamaño de una persona adulta y lo colocaron dentro de la tienda, sujeto a la parte superior de las paredes.

Rob J. tenía una piel de búfalo hecha jirones y otra de venado.

Cuando las estiraron en el marco de la entrada, un enorme espacio de ésta quedó sin cubrir.

–¿Tal vez una manta? – sugirió Chamán.

–Será mejor que utilices dos, formando una capa doble, de lo contrario no retendrá el vapor.

Probaron la tienda el primer día de septiembre que hubo una helada.

Las piedras del baño de Makwa estaban exactamente donde ella las había dejado, y prepararon un fuego con maderas y colocaron encima las piedras para que se calentaran. Chamán entró en la tienda cubierto sólo con una manta que dejó fuera; temblando, se echó sobre el cesto.

Con la ayuda de unos palos ahorquillados, Rob J. llevó las piedras hasta el interior, las colocó debajo del cesto, las mojó con varios cubos de agua fría y cerró perfectamente la tienda. Chamán se quedó tendido entre el vapor que subía, sintiendo la humedad que se expandía, recordando lo asustado que se había sentido la primera vez, y cómo se había escondido entre los brazos de Makwa para protegerse del calor y la oscuridad.

Recordó las extrañas marcas que ella tenía en los pechos y la sensación que le habían producido contra la mejilla. Rachel era más delgada y más alta que Makwa, y tenía pechos más grandes. Al pensar en Rachel tuvo una erección y se angustió pensando que su padre podía regresar y verlo. Se obligó a pensar otra vez en Makwa y recordó el sereno afecto que emanaba de ella, tan reconfortante como el primer calor del vapor. Resultaba extraño hallarse en la tienda en la que ella había estado tantas veces. Su recuerdo se hacía cada año más borroso, y se preguntó por qué alguien la habría querido matar, por qué había gente tan malvada. Casi sin darse cuenta empezó a entonar una de las canciones que ella le había enseñado: “Wi-a-ya-ni, Ni-na ne-gi-seke-wi to-seme-ne ni-na…”. Vayas donde vayas, camino a tu lado, hijo mío.

Un rato después su padre llevó más piedras calientes y las mojó con agua fría, y el vapor llenó completamente la tienda. Aguantó todo el tiempo que pudo, hasta que quedó jadeante y bañado en sudor; entonces se levantó de un salto del cesto y corrió en el aire helado hasta zambullirse en las frías aguas del río. Durante un instante pensó que tenía una muerte limpia, pero mientras chapoteaba y nadaba, la sangre recorrió todo su cuerpo y gritó como un sauk mientras salía del agua y corría hacia el establo, donde se secó frotándose vigorosamente y se vistió con ropas de abrigo.

Evidentemente había mostrado un enorme regocijo, porque cuando salió del establo, su padre lo esperaba para probar el sudadero, y le tocó a él el turno de calentar y trasladar las piedras y rociarlas con agua para formar vapor.

Finalmente regresaron a la casa, radiantes y sonrientes, y descubrieron que había pasado la hora de la cena. Sarah, muy enfadada, había dejado los platos de ellos dos en la mesa, y la comida estaba fría.

Chamán y su padre se quedaron sin sopa y tuvieron que raspar la grasa fría del cordero, pero estuvieron de acuerdo en que había valido la pena.

Makwa si que sabía cómo tomar un baño.

Cuando la escuela abrió sus puertas, a Rachel no le resultó nada difícil desempeñar su trabajo de maestra. La rutina era conocida: las lecciones, el trabajo en clase, las canciones, los deberes para hacer en casa. Chamán era mejor que ella en matemáticas, y le pidió que diera las clases de aritmética.

Aunque a él no le pagaban, Rachel lo elogió ante los padres y la junta de la escuela, y él disfrutaba trabajando con ella en la planificación de las clases.

Ninguno de los dos mencionó el comentario de la señorita Burnham de que tal vez ya no fueran necesarios los ejercicios vocales.

Ahora que Rachel era maestra hacían los ejercicios en la escuela, después que los niños se habían marchado, salvo los que tenían que hacer con el piano. A Chamán le gustaba sentarse junto a ella delante del piano, pero disfrutaba cuando estaban a solas en la escuela, en la intimidad.

Los alumnos siempre se reían de que la señorita Burnham al parecer nunca necesitaba hacer pis, y ahora Rachel seguía la tradición, pero en cuanto todos se marchaban tenía que ir a toda prisa al lavabo. Mientras esperaba que regresara, Chamán hacía toda clase de especulaciones sobre lo que ella llevaba debajo de la falda. Bigger le había contado que cuando lo había hecho con Pattie Drucker, había tenido que ayudarla a quitarse un viejo y agujereado calzoncillo de su padre; pero él sabía que la mayoría de las mujeres llevaban miriñaque con ballenas o camisa de crin, que producía picor pero era más abrigada. Rachel no era indiferente al frío. Cuando regresaba, colgaba la capa en la percha y corría hasta la estufa para calentarse primero delante y luego detrás.

Llevaba sólo un mes en su trabajo de maestra cuando tuvo que irse a Peoria con su familia para celebrar la festividad judía, y Chamán fue el maestro suplente durante la mitad del mes de octubre, trabajo por el que le pagaron. Los alumnos ya estaban acostumbrados a que él les enseñara aritmética. Sabían que él tenía que leerles los labios para comprenderlos, y la primera mañana Randy Williams, el hijo mayor del herrador, dijo algo gracioso mientras se encontraba de espaldas al maestro. Chamán asintió cuando los chicos rieron y le preguntó a Randy si quería que lo colgara un

rato de los talones; Chamán era más grande que la mayoría de los hombres que los chicos conocían, y las sonrisas desaparecieron mientras Randy decía con voz temblorosa que no, que no quería que ocurriera algo así. Durante las dos semanas siguientes resultó fácil dar las clases.

El primer día que Rachel volvió a la escuela se sentía abatida. Esa tarde, cuando los chicos se fueron, regresó del lavabo temblando y llorando.

Chamán se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella no protestó, simplemente se quedó de pie entre él y la estufa, con los ojos cerrados.

–Detesto Peoria -dijo serenamente-. Es un sitio odioso, no haces más que conocer gente. Mi madre y mi padre no hacían más que exihibrme.

A él le pareció razonable que se sintieran orgullosos de ella. Por otra parte no tendría que volver a Peoria hasta el año siguiente. No dijo nada. Ni siquiera soñó con besarla. Era feliz con estar en contacto con su suavidad, seguro de que nada que un hombre y una mujer hicieran juntos podía ser mejor que esto. Un instante después ella retrocedió y lo miró seriamente con los ojos húmedos.

–Mi mejor amigo.

–Si -dijo él.

Fueron dos incidentes los que revelaron la verdad a Rob J. Una cruda mañana de noviembre, Chamán se acercó a él mientras se dirigía al establo.

–Ayer fui a visitar a la señorita Burnham; mejor dicho, a la señora Cowan. Me dio recuerdos para ti y para mamá.

Rob J. sonrió.

–Oh, fantástico. Supongo que se ha acostumbrado a la vida en la granja Cowan.

–Si. Parece que las niñas la quieren. Desde luego tienen mucho trabajo, y sólo están ellos dos. – Miró a su padre-. Papá, ¿hay muchos matrimonios como el de ellos? Me refiero a que la mujer sea mayor que el hombre.

–Bueno, suele ser al revés, aunque no siempre. Supongo que existen unos cuantos.

Esperó que la conversación se encaminara en alguna dirección, pero su hijo se limitó a asentir y se marchó a la escuela, y él entró en el establo y ensilló la yegua.

Pocos días más tarde, él y el chico estaban trabajando juntos en la casa.

Sarah había visto un revestimiento para el suelo en varias casas de Rock Island, y le había implorado a Rob J. hasta que él aceptó que tuviera tres revestimientos. Se realizaban aprestando lona con resina y aplicando luego

cinco capas de pintura. El resultado era un revestimiento a prueba de barro, a prueba de agua, y decorativo.

Ella había hecho que Alex y Alden aplicaran la resina y las cuatro primeras capas de pintura, pero había pedido a su esposo que aplicara la última.

Rob J. había mezclado la pintura para las cinco capas utilizando suero de leche, aceite comprado en la tienda y cascarón de huevo de color pardo, molido muy fino, para obtener una buena pintura del color del trigo. El y Chamán habían aplicado la superficie final juntos, y ahora, una soleada mañana de domingo, añadían con todo esmero un delgado ribete negro a los bordes exteriores de cada revestimiento, intentando concluir el trabajo antes de que Sarah regresara de la iglesia.

Chamán se mostró paciente.

Rob J. sabía que Rachel lo esperaba en la cocina, pero vio que el chico no intentaba apresurarse mientras colocaban el ribete decorativo al último de los tres trabajos.

–Papá -dijo Chamán-, ¿hace falta mucho dinero para casarse?

–Mmmm. Bastante. – Secó el pincel con un trapo-. Bueno, varía, por supuesto. Algunas parejas viven con la familia de ella, o con la de él, hasta que pueden arreglárselas solos.

Había hecho una plantilla de madera delgada para facilitar la tarea, y Chamán la colocó junto a la superficie pintada y aplicó la pintura negra, concluyendo el trabajo.

Limpiaron los pinceles y guardaron todo en el establo. Antes de regresar a la casa, Chamán asintió.

–Claro que varía.

–¿Qué es lo que varía? – preguntó Rob J. distraído, mientras pensaba cómo iba a extraer el líquido de la rodilla inflamada de Harold Hayse -El dinero que hace falta para casarse. Dependería de lo que ganaras con tu trabajo, de lo que tardara en llegar un bebé, de cosas como ésas.

–Exacto -dijo Rob J.

Estaba desorientado, desconcertado por la sensación de que se había perdido una parte importante de la conversación.

Pero unos minutos más tarde, Chamán y Rachel pasaron junto al establo, en dirección al camino de la casa. Chamán tenía los ojos fijos en Rachel para poder ver lo que ella decía, pero al observar el rostro de su hijo, Rob J. comprendió enseguida lo que revelaba.

Mientras cada cosa encajaba en su sitio, lanzó un gruñido Antes de ir a atender la rodilla de Harold Hayse, cabalgó en dirección a la granja de los Geiger. Su amigo estaba en el cobertizo donde guardaba las herramientas, afilando una guadaña, y sonrió sin interrumpir el fuerte chirrido de la piedra contra la hoja.

–Rob J.

Había otra piedra de amolar, y Rob J. la cogió y empezó a trabajar en la segunda guadaña.

–Tengo que hablarte de un problema -anunció.

Creciendo

A finales del invierno, una rebelde capa de nieve aún dominaba los campos como un cristal esmerilado cuando Rob J. puso en marcha las actividades de primavera en la granja, y Chamán quedó sorprendido pero contento al ser incluido en los planes de trabajo por primera vez.

Con anterioridad sólo había trabajado de vez en cuando y se le había permitido dedicarse a sus estudios y a la terapia de la voz.

–Este año nos hace mucha falta tu ayuda -le dijo su padre-. Alden y Alex no lo querrían reconocer, pero ni siquiera tres hombres pueden hacer el trabajo que Viene Cantando hacía solo.

Además, añadió, cada año crecía el rebaño y ocupaba más pastos.

–He hablado con Dorothy Burnham y con Rachel. Las dos consideran que has aprendido todo lo que podías aprender en la escuela. Me han dicho que ya no necesitas los ejercicios vocales, y…-le sonrió-estoy de acuerdo con ellas. Creo que hablas perfectamente bien.

Rob J. puso especial cuidado en decirle a Chamán que el plan no sería permanente.

–Sé que no quieres trabajar en la granja. Pero si ahora nos ayudas, podríamos pensar lo que quieres hacer después.

Alden y Alex se ocuparon de sacrificar los corderos. A Chamán se le asignó la tarea de plantar arbustos en cuanto la tierra pudo ser trabajada.

Las vallas de barrotes separados no eran adecuadas para las ovejas, porque éstas podían escaparse fácilmente entre los barrotes, y además permitían la entrada a los depredadores. Para delimitar los nuevos pastos, Chamán abría una sola franja a lo largo de todo el perímetro y luego plantaba naranjos de Osage lo suficientemente cerca unos de otros para formar una gruesa barrera. Sembraba cuidadosamente, por que la semilla costaba cinco dólares la libra. Los naranjos eran árboles fuertes y tenían mucho follaje y espinas

largas y terribles que se combinaban para mantener a las ovejas dentro y a los coyotes y los lobos fuera. Eran necesarios tres años para que un naranjo de Osage formara una barrera que protegiera un campo, pero Rob J. había estado preparando la barrera desde que había iniciado la granja, de modo que cuando Chamán había terminado de plantar los árboles nuevos pasó varios días en lo alto de una escalera podando los que ya habían crecido.

Cuando concluyó la poda, tuvo que quitar piedras del terreno, cortar leña, hacer postes y arrancar tocones del suelo en el borde del bosque.

Tenía las manos y los brazos arañados por las espinas, las palmas se le llenaron de callos, los músculos empezaron a dolerle y luego se le endurecieron. Su cuerpo atravesaba los cambios típicos del desarrollo, su voz se hacia más profunda. Por la noche tenía sueños sexuales. A veces no lograba recordarlos ni identificar a la mujer que aparecía en ellos, pero en varias ocasiones tuvo claros recuerdos de Rachel. Al menos una vez supo que la mujer era Makwa, cosa que lo confundió y asustó.

Aunque era inútil, hacia todo lo posible por eliminar la prueba antes de que la sábana fuera añadida al resto de la ropa sucia para hervirla.

Durante años había pasado todos los días con Rachel, pero ahora rara vez la veía. Un domingo por la tarde fue hasta su casa, y su madre le abrió la puerta.

–Rachel está ocupada y ahora no puede verte. Le daré recuerdos de tu parte, Rob J. – le explicó Lillian, no sin amabilidad.

Algún sábado por la noche, cuando las dos familias se reunían a disfrutar de la música y de la amistad, él lograba sentarse junto a Rachel y hablaban de la escuela. Echaba de menos las clases de aritmética que les daba a los niños, y les preguntaba por ellos y la ayudaba a planificar las clases. Pero ella parecía extrañamente incómoda. Algo que él amaba en su forma de ser, una especie de calor y luz, se había apagado, como un fuego con demasiada leña. Cuando él sugirió que fueran a dar un paseo, fue como si los adultos que se encontraban en la habitación esperaran la respuesta de ella, y no se relajaron hasta que ella dijo que no, que no le apetecía dar un paseo en ese momento, pero que muchas gracias.

Lillian y Jay le habían explicado a Rachel la situación, le habían hablado comprensivamente del enamoramiento que podía sentir un chico, y habían afirmado de forma clara que la responsabilidad de ella consistía en evitar darle cualquier tipo de aliento. Era difícil. Chamán era su amigo y ella echaba de menos su compañía. Se preocupaba por el futuro de él pero

fue colocada ante un abismo personal, y el intentar ver algo en su lóbrega profundidad le provocaba gran ansiedad y temor.

Ella debió de darse cuenta de que el enamoramiento de Chamán sería el factor que precipitaría el cambio, pero su rechazo del futuro era tan intenso que cuando Johann C. Regensberg fue a pasar el fin de semana en su casa, ella lo aceptó enseguida como un amigo de su padre. El era un hombre afable y ligeramente regordete, cerca de los cuarenta, que se refería respetuosamente a su anfitrión como "señor Geiger", pero le había pedido que a él le llamara Joe. Era de estatura mediana y tenía unos ojos vivaces y ligeramente bizcos, de color azul, que observaban el mundo atentamente desde detrás de sus gafas con montura metálica. Su agradable rostro estaba delicadamente equilibrado entre una barba corta y una menguante cabellera castaña que asomaba en su incipiente calva. Tiempo después, cuando Lillian lo describía a sus amigos, decía que tenía "una frente ancha".

Joe Regensberg apareció en la granja un viernes, a tiempo para sumarse a la cena del Sabbath. Pasó esa noche y el día siguiente descansando junto a la familia Geiger. El sábado por la mañana él y Jason leyeron las sagradas escrituras y estudiaron el Levítico. Después de una comida fría fueron a ver el granero y la botica y luego, encogido bajo el día nublado, recorrió con ellos el camino para ver los campos que serían sembrados en la primavera.

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