Chaman
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Rob J. intentó que el alivio no quedara reflejado en su voz y le aseguró al doctor Holmes que era suficiente. Apagaron las lámparas, se despidieron al llegar al pie de la escalera, y cada uno siguió su camino.
Al pensar en los billetes que llevaba en el bolsillo experimentó una sensación de vértigo. En el momento en que pasaba frente a la panadería Allen’s, un dependiente retiraba las bandejas de las pastas del escaparate, preparándose para cerrar, de modo que entró y compró dos tartas de zarzamora.
Toda una celebración.
Tenía la intención de comerlas en su dormitorio, pero al llegar a la casa de la calle Spring encontró a la criada todavía levantada, terminando de lavar los platos. Entró en la cocina y le mostró las tartas.
–Una es para ti, si me ayudas a robar un poco de leche.
Ella le sonrió.
–No es necesario hablar en voz baja. Está dormida. – Señaló en dirección al dormitorio de la señora Burton, en la segunda planta-. Cuando se duerme, no hay nada que la despierte.
Se secó las manos y cogió el recipiente de la leche y dos tazas limpias.
Disfrutaron con la conspiración del robo. Ella le dijo que se llamaba Margaret Holland; todos la llamaban Meg. Cuando terminaron el banquete, a ella le quedaron manchas de leche en la comisura de los labios; él se inclinó por encima de la mesa y con su dedo de experto cirujano borró hasta la última huella.
La lección de anatomía
Casi inmediatamente vio el terrible fallo del sistema utilizado en el dispensario. Los nombres de las fichas que recibía todas las mañanas no correspondían a las personas más enfermas de Fort Hill.
El plan de atención médica era injusto y antidemocrático; los vales de tratamiento eran repartidos entre los acaudalados donantes de la institución de beneficencia, que los entregaban a quienes ellos decidían, en la mayoría de los casos a sus propios criados, como recompensa. A menudo Rob J. tenía que buscar una casa para ocuparse de alguien aquejado de una dolencia poco importante, mientras al otro lado del pasillo un pobre desempleado agonizaba por no recibir atención médica. El juramento que había hecho al convertirse en médico le prohibía dejar desatendido a un paciente grave, pero si quería conservar su trabajo debía entregar un gran número de vales e informar que había atendido a los pacientes cuyos nombres figuraban en ellos.
Una noche, en la facultad de medicina, comentó el problema con el doctor Holmes.
–Cuando yo trabajaba en el dispensario, reunía los vales de tratamiento de los amigos de mi familia que donaban dinero -le dijo el profesor-. Volveré a hacerlo y se los daré a usted.
Rob J. se sintió agradecido, pero eso no le levantó el ánimo. Sabía que no podría reunir suficientes vales en blanco para todos los pacientes necesitados del Distrito Octavo. Eso requeriría un ejército de médicos.
La parte más alegre del día solía ser el momento en que regresaba a la calle Spring, a última hora de la noche, y pasaba unos minutos comiendo restos de contrabando con Meg Holland. Adquirió la costumbre de llevarle pequeños sobornos: un puñado de castañas asadas, un trozo de azúcar de arce, algunas manzanas reinetas. La chica irlandesa le contaba los chismes de la casa: que el señor Stanley Finch, del segundo piso, se jactaba -¡se jactaba!– de haber dejado embarazada a una chica de Gardner y de haber escapado después; que la señora Burton podía ser imprevisiblemente encantadora, o una maldita bruja; que el peón, Lemuel Raskin, que tenía la habitación contigua a la de Rob J., era un hombre de una sed insaciable.
Cuando Rob llevaba allí una semana, ella mencionó de pasada que cada vez que alguien le daba a Lem un cuarto de litro de coñac, él se lo bebía de inmediato y después no podía mantenerse despierto.
La noche siguiente, Rob J. le regaló coñac a Lemuel.
La espera resultó penosa, y él se dijo más de una vez que era un tonto, que la chica era una charlatana. En la casona se oía una gran cantidad de ruidos nocturnos, de vez en cuando el crujido de la madera, los ronquidos guturales de Lem, misteriosos estallidos en el apartadero de madera.
Finalmente se oyó un débil sonido en la puerta, en realidad sólo fue la insinuación de una llamada, y cuando él abrió, Margaret Holland se deslizó en la pequeña habitación impregnándola con el suave
olor del sexo y del agua de lavar los platos; susurró que sería una noche fría y ofreció su excusa, una manta raída.
Apenas tres semanas después de la disección del cadáver del joven, la facultad de medicina Tremont recibió otro regalo: el cuerpo de una mujer joven que había muerto en la cárcel de fiebre puerperal después de dar a luz. Esa noche el doctor Holmes estaba ocupado en el Massachusetts General, y la clase fue impartida por el doctor David Storer,de la Maternidad. Antes de que Rob J.
comenzara la disección, el doctor Storer insistió en someter las manos del profesor auxiliar a una detallada inspección.
–¿No tiene padrastros ni heridas en la piel?
–No, señor -respondió un poco ofendido, incapaz de comprender el motivo del interés por sus manos.
Cuando la lección de anatomía concluyó, Storer indicó a los alumnos que se trasladaran al otro extremo del aula, donde les demostraría cómo llevar a cabo un examen interno de pacientes embarazadas o con problemas femeninos.
–Es posible que descubran que la recatada mujer de Nueva Inglaterra rechaza este tipo de examen, e incluso se niega a someterse a él -comentó-. Sin embargo, es tarea de ustedes ganarse su confianza con el fin de ayudarla.
El doctor Storer iba acompañado por una mujer corpulenta en avanzado estado de gestación, tal vez una prostituta contratada para realizar la demostración. El profesor Holmes llegó en el momento en que Rob J. estaba limpiando la zona de disección y poniéndola en orden.
Cuando concluyó, fue a reunirse con los alumnos que examinaban a la mujer, pero un inquieto doctor Holmes le interceptó el paso repentina mente.
–¡No, no!-exclamó el profesor-. Debe lavarse y salir de aquí. ¡En seguida, doctor Cole! Vaya a la taberna Essex y espere allí mientras reúno algunas notas y papeles.
Desconcertado y molesto, Rob hizo lo que el profesor le indicaba. La taberna se encontraba a la vuelta de la escuela. Como estaba nervioso pidió cerveza, aunque se le ocurrió que tal vez iban a despedirlo de su puesto de profesor auxiliar, y que en ese caso sería mejor no gastar dinero. Sólo había bebido medio vaso cuando un estudiante de segundo año llamado Harry Loomis apareció con dos libretas y varias reimpresiones de artículos de medicina.
–El poeta le envía esto.
–¿Quién?
–¿No lo sabe? Es un laureado de Boston. Cuando Dickens visitó Estados Unidos, le pidieron a Oliver Wendell Holmes que escribiera unas palabras de bienvenida. Pero no tiene por qué preocuparse: es mejor como médico que como poeta. Y un excelente profesor, ¿verdad?
–Con una señal, Loomis pidió al camarero una cerveza-. Aunque un poco maniático con respecto a la higiene de las manos. ¡Piensa que la suciedad provoca infección en las heridas!
Loomis también llevaba consigo una nota garabateada en el dorso de una factura de láudano de la droguería de Weeks Potter, en la que se leía: Doctor Cole, lea esto antes de regresar a la Tremont mañana por la noche. Sin falta, por favor. Atte., Holmes.
Empezó a leer casi inmediatamente después de llegar a su habitación en casa de la señora Burton, primero con cierto rencor y luego con creciente interés. Los hechos habían sido expuestos por Holmes en un artículo publicado en el New England Quarter y Journal of Medicine, y de modo resumido en el American Journal of the Medical Sciences. Al principio le resultaron familiares a Rob J. porque eran comparables a lo que él sabía que estaba ocurriendo en Escocia: un alto porcentaje de mujeres embarazadas con temperaturas sumamente elevadas que conducían rápidamente a un estado de infección generalizada y luego a la muerte.
Pero el artículo del doctor Holmes hablaba de un médico de Newton, Massachusetts, llamado Whitney, que con la ayuda de dos estudiantes de medicina había practicado la autopsia a una mujer que había muerto de fiebre puerperal. El doctor Whitney tenía un padrastro en un dedo, y uno de los estudiantes tenía una pequeña herida en carne viva en una mano, producida por una quemadura. Los
dos consideraron su herida como una simple molestia sin importancia, pero al cabo de pocos días el médico empezó a sentir un hormigueo en el brazo. En la mitad del brazo tenía una mancha roja del tamaño de un guisante, desde la que se extendía una línea roja hasta el padrastro. El brazo se hinchó rápidamente hasta alcanzar el doble del tamaño normal, y el médico empezó a tener fiebre alta y a vomitar de forma incontrolable.
Entretanto, el estudiante que tenía la mano quemada también empezó a tener fiebre; en unos pocos días, su estado empeoró súbitamente. Se puso morado, se le hinchó el vientre y por fin murió.
El doctor Whitney estuvo al borde de la muerte, pero empezó a mejorar poco a poco y acabó recuperándose.
El segundo estudiante de medicina, que no tenía cortes ni llagas en las manos en el momento de realizar la autopsia, no presentó síntomas graves.
Se informó del caso, y los médicos de Boston analizaron las evidentes relaciones entre las heridas abiertas y la infección con fiebre puerperal, pero no llegaron a ninguna conclusión. De todas formas, algunos meses más tarde un médico de la ciudad de Lynn examinó un caso de fiebre puerperal mientras tenía heridas abiertas en las manos, y al cabo de unos días murió a causa de una infección generalizada. En una reunión de la Asociación Bostoniana para el Progreso de la Medicina se planteó una pregunta interesante: ¿Qué habría ocurrido si el médico fallecido no hubiera tenido ninguna herida en las manos? Si no hubiera quedado infectado, ¿habría llevado consigo el agente infeccioso, extendiendo el desastre cada vez que tocara las heridas o llagas de otro paciente, o el útero de una futura madre?
Oliver Wendell Holmes no había logrado apartar esa pregunta de su mente. Pasó varias semanas investigando sobre el tema, visitando bibliotecas, consultando sus propios archivos y pidiendo historiales a médicos que ejercían la obstetricia. Como quien trabaja con un complicado rompecabezas, reunió una serie de pruebas concluyentes que abarcaban un siglo de práctica médica en dos continentes. Los casos habían surgido de forma esporádica y habían sido pasados por alto en la literatura médica. Sólo cuando fueron analizados y reunidos se reforzaron mutuamente y proporcionaron un enunciado sorprendente y aterrador; la fiebre puerperal era causada por médicos, enfermeras, comadronas y personal del hospital que, después de tocar a una paciente contagiosa, examinaban a mujeres no contaminadas y las condenaban a morir a causa de la fiebre.
La fiebre puerperal, como escribió Holmes, era una peste causada por la profesión médica. Una vez que un médico comprendía esto, debía considerarse un crimen -un asesinato- el hecho de que infectara a una mujer.
Rob leyó dos veces el artículo y quedó azorado.
Le hubiera gustado ser capaz de reírse, pero los casos y las estadísticas de Holmes no podían ser atacados por nadie que tuviera amplitud de ideas. ¿Cómo era posible que este pequeñajo, un médico del Nuevo Mundo, supiera más que sir William Fergusson? En ocasiones Rob había ayudado a sir William a practicar la autopsia a pacientes que habían muerto de fiebre puerperal. Luego habían examinado a mujeres embarazadas. Se obligó a recordar a las mujeres que habían muerto después de esos exámenes.
Al parecer, estos provincianos tenían algo que enseñarle sobre el arte y la ciencia de la medicina.
Se levantó para despabilar el candil y así poder leer otra vez el artículo, pero se oyó el chirrido de la puerta y Margaret Holland entró rápidamente en la habitación. No se atrevía a desnudarse, pero en el minúsculo cuarto no había sitio para la intimidad, y de todos modos él ya había empezado a desvestirse. Ella dobló su ropa y se quitó el crucifijo.
Su cuerpo era regordete pero musculoso. Rob masajeó las marcas que las ballenas del corsé habían dejado en la carne de la joven y cuando empezaba a avanzar hacia caricias más excitantes se detuvo, sobrecogido por una idea repentina y aterradora.
Dejó a la muchacha en la cama, se levantó y puso agua en la palangana. Mientras ella lo miraba como si se hubiera vuelto loco, él se enjabonó y se frotó las manos. Una y otra vez. Luego se las
secó, regresó a la cama y reanudó el juego amoroso. A pesar de sí misma, Margaret Holland empezó a reír tontamente.
–Eres el caballero más extraño que he visto en mi vida-le susurró al oído El distrito condenado por Dios
Por la noche, cuando regresaba a su habitación, se sentía tan cansado que sólo en contadas ocasiones era capaz de tocar la viola de gamba. Le faltaba práctica con el instrumento, pero la música era para él un bálsamo, que lamentablemente le estaba negado, ya que Lem Raskin enseguida golpeaba la pared para indicarle que guardara silencio. No podía permitirse el lujo de suministrar whisky a Lem para asegurarse la música además del sexo, así que resultó perjudicada la música. Un boletín de la biblioteca de la facultad de medicina recomendaba que una mujer que no deseaba ser madre debía irrigarse después del acto sexual con una infusión de alumbre y corteza de roble blanco, pero él estaba seguro de que no podía contar con que Meggy se irrigara regularmente.
Harry Loomis reflexionó seriamente cuando Rob J. le pidió consejo, y lo envió a una cuidada casa gris que se alzaba al sur de Cornhill. La señora Cynthia Worth era una mujer madura, de pelo blanco. Sonrió y asintió al oír el nombre de Harry.
–A los médicos les hago buen precio.
Su producto estaba confeccionado con intestino ciego de oveja, una cavidad natural de tripa, abierta en un extremo y por lo tanto admirablemente adecuada para la transformación a la que la sometía la señora Worth. Ella mostraba su mercancía con tanto orgullo como si dirigiera un mercado de pescado y aquellas fueran criaturas marinas con ojos enjoyados de frescura. Rob J. lanzó un suspiro al oír el precio, pero la señora Worth permaneció impasible.
–El trabajo es considerable -dijo.
Describió la forma en que había que dejar el intestino ciego remojado en agua durante varias horas, volverlo del revés, macerarlo otra vez en una solución alcalina suave que debía cambiarse cada doce horas; rasparlo cuidadosamente hasta que quedaba libre de mucosa, dejando la membrana peritoneal y la muscular expuesta al vapor del azufre ardiente; lavarlo con agua y jabón; inflarlo y secarlo; cortar los extremos abiertos de una longitud de veinte centímetros, y colocarle cintas rojas o azules para que quedara herméticamente cerrado, ofreciendo protección. La mayoría de los caballeros los compraban de a tres, añadió, porque así resultaban más baratos.
Rob J. compró uno. No mostró preferencia por ninguno de los dos colores, pero la cinta era de color azul.
–Si lo cuida, con uno le bastará.
La señora Worth le explicó que podía utilizarlo muchas veces si lo lavaba después de cada uso, lo inflaba y lo espolvoreaba. Cuando Rob se marchó con su compra, ella se despidió alegremente y le pidió que la recomendara a sus colegas y pacientes.
Meggy odiaba el preservativo. Valoró mucho más un regalo que Harry Loomis le había hecho a Rob diciéndole que pasaría un rato fantástico. Se trataba de un frasco que contenía un líquido incoloro, óxido nitroso, conocido como gas hilarante por los estudiantes de medicina y los médicos jóvenes, que se habían acostumbrado a utilizarlo como diversión. Rob puso un poco en un trapo y él y Meggy lo aspiraron antes de hacer el amor. La experiencia resultó un éxito total: jamás sus cuerpos habían parecido más divertidos ni el acto físico más cómicamente absurdo.
Aparte de los placeres del lecho, no había nada entre ellos. Cuando el acto sexual era lento, había poca ternura; y cuando era frenético, había más desesperación que pasión. A veces conversaban; ella solía chismorrear sobre la vida de la pensión -cosa que a él le aburría- o recordaba la tierra natal, cosa que él evitaba porque los recuerdos lo entristecían. No había ningún contacto entre la mente o el alma de ambos. Nunca volvieron a disfrutar de la hilaridad química que compartieron esa única vez gracias al óxido nitroso, porque el regocijo sexual había resultado ruidoso; aunque Lem, que estaba borracho, no se había enterado de nada, ellos sabían que habían tenido suerte al pasar inadvertidos. Rieron juntos una sola vez más, cuando Meggy comentó en tono malhumorado que el preservativo debía de estar hecho con tripa de carnero, y lo bautizó con el nombre de Viejo Cornudo. El estaba preocupado
por la forma en que la utilizaba. Notó que las enaguas de la joven estaban excesivamente zurcidas y le compró unas nuevas, un regalo para aliviar el sentimiento de culpabilidad. A ella le gustó muchísimo y él la dibujó en su diario, recostada sobre la estrecha cama: una chica regordeta con rostro de gato sonriente.
Vio muchas otras cosas que habría dibujado si la medicina le hubiera dejado la energía suficiente.
Había comenzado estudiando arte en Edimburgo, en franca rebeldía contra la tradición médica de los Cole soñando únicamente con ser pintor, por lo que la familia lo había considerado chiflado. Cuando cursaba el tercer año en la universidad de Edimburgo, le dijeron que tenía talento artístico, pero no el suficiente.
Era demasiado prosaico. Carecía de la imaginación vital, de la visión brumosa.
“Posees la llama pero te falta el calor”, le había dicho el profesor de retratos, no con severidad pero sí con toda franqueza. Se sintió abrumado, hasta que sucedieron dos cosas. En los archivos polvorientos de la biblioteca de la universidad encontró un dibujo de anatomía. Era muy antiguo, tal vez anterior a Leonardo, y se trataba de un desnudo masculino seccionado de manera tal que quedaban a la vista los órganos y los vasos sanguíneos. Se titulaba El segundo hombre transparente, y Rob quedó gratamente sorprendido al ver que había sido hecho por un antepasado suyo, y que la firma era legible: “Robert Jeffrey Cole, a la manera de Robert Jeremy Cole”. Era la prueba de que al menos varios antepasados suyos habían sido artistas, además de médicos. Y dos días más tarde entró en una sala de operaciones y vio a William Fergusson, un genio que practicaba la cirugía con absoluta seguridad, a la velocidad de un rayo, para reducir al mínimo la conmoción que producía en el paciente el angustiante dolor. Por primera vez Rob J. comprendió que los Cole formaban un extenso linaje de médicos, y tuvo la certeza de que el lienzo más extraordinario nunca podría ser tan precioso como una sola vida humana. En ese momento sintió la llamada de la medicina.
Desde el principio de su formación tuvo lo que su tío Ronald que ejercía como internista cerca de Glasgow- llamaba “el don de los Cole” o sea la capacidad para decir, cogiendo las manos del paciente, si éste viviría o moriría. Era como un sexto sentido para el diagnóstico, en parte instinto, en parte intuición, en parte energía producida por sensores genéticos que nadie podía comprender ni identificar, pero funcionaba siempre y cuando no quedara atrofiada por el uso excesivo del alcohol.
Para un médico era un verdadero don, pero ahora, trasplantado a una tierra lejana, a Rob J. le agobiaba porque en el Distrito Octavo había más moribundos de los que correspondía.
El distrito condenado por Dios, como había llegado a considerarlo, dominaba su existencia. Los irlandeses habían llegado allí con grandes esperanzas. En su tierra natal, el jornal de un trabajador era de seis peniques, cuando había trabajo. En Boston había menos desempleo y los trabajadores ganaban más, pero debían trabajar quince horas diarias, durante siete días a la semana. Pagaban elevados alquileres por tugurios, pagaban más por la comida, y allí no había ni siquiera un pequeño jardín, ni un minúsculo trozo de terreno en el que cultivar unas manzanas harinosas, ni tener vacas que dieran leche, ni cerdos para preparar tocino. El barrio lo atormentaba por su pobreza, su mugre y sus necesidades. Estas cosas deberían haberlo paralizado, pero en cambio lo estimulaban a trabajar como un escarabajo que intenta mover una montaña de mierda de oveja. Los domingos deberían haber servido de breve pausa para recuperarse del agotador trabajo de una semana terrible. Incluso Meg se tomaba unas horas libres los domingos por la mañana para ir a misa. Pero los domingos sorprendían nuevamente a Rob J. en el distrito, sin tener que ajustarse al programa impuesto por las fichas de visitas, en condiciones de dedicar horas que le pertenecían a él, horas que no tenía que robar. No tardó en establecer una consulta dominical, en la mayoría de los casos no retribuida, porque mirara donde mirara siempre veía enfermedad y heridas. Muy pronto se extendió el rumor de que había un médico competente que estaba dispuesto a hablar en gaélico, el dialecto céltico que compartían escoceses e irlandeses. Cuando le oyeron pronunciar como en su tierra natal, incluso los más resentidos y cascarrabias se alegraban y sonreían. Beannacht De ort, dohtuir oig -¡Que Dios le bendiga, joven doctor!-, le gritaban por la calle. Todos hablaban del médico que “conocía la lengua”
y poco después se encontró hablando el gaélico todos los días. En Fort Hill lo adoraban, pero en la
oficina del dispensario no era precisamente popular porque empezaron a aparecer toda clase de inesperados pacientes con recetas en las que el doctor Robert J. Cole prescribía medicamentos y muletas, e incluso alimentos para tratar la desnutrición.
–¿Qué sucede? ¿Cómo? No están en la lista de los enviados por los donantes para recibir tratamiento -se quejó el señor Wilson.
–Son las personas del Distrito Octavo que más necesitan de nuestra ayuda.
–No importa. No se puede permitir que la cola mueva al perro. Si va a seguir en el dispensario, doctor Cole, debe acatar las normas -advirtió el señor Wilson en tono severo.
Uno de los pacientes de los domingos era Peter Finn, de Half Moon Place, que había sufrido un desgarrón en la pantorrilla derecha al caerle encima un cajón de un carro mientras se ganaba medio jornal en los muelles. El desgarrón, que había sido vendado con un trapo sucio, se le había hinchado y le dolía cuando se lo mostró al médico. Rob lavó y cosió los trozos rotos de carne, pero ésta empezó a descomponerse de inmediato, y al día siguiente Rob se vio obligado a quitar los puntos y colocar un tubo de drenaje en la herida. La infección alcanzó unas proporciones alarmantes, y al cabo de unos días el Don le indicó a Rob que si quería salvar la vida a Peter Finn, debía amputarle la pierna.
Esto ocurría un martes, y la solución no podía aplazarse hasta el domingo, de modo que volvió a robarle horas al dispensario. No sólo se vio obligado a utilizar uno de los preciosos vales de tratamiento que le había proporcionado Holmes, sino que tuvo que darle a Rose Finn el poco dinero que tenía y que tanto le había costado ganar para que fuera a la taberna a buscar una garrafa de whisky irlandés, tan necesario para la operación como el bisturí.
Joseph Finn, el hermano de Peter, y Michael Bodie, el cuñado, aceptaron de mala gana ayudarlo.
Rob.J. esperó hasta que Peter quedó atontado por el whisky rociado con morfina y lo tendió en la mesa de la cocina, como si se tratara de un sacrificio. Pero al primer corte del escalpelo, el estibador abrió los ojos desorbitadamente, se le hincharon las venas del cuello y su aullido fue una acusación que hizo palidecer a Joseph Finn y dejó a Bodie impotente y tembloroso. Rob había atado la pierna afectada a la mesa, pero como Peter se sacudía y bramaba como una bestia agonizante, gritó a los dos hombres:
–¡Sujetadlo! ¡Sujetadlo enseguida!
Cortó tal como le había enseñado Fergusson, con exactitud y rapidez. Los gritos cesaron mientras cortaba la carne y el músculo, pero el castañeteo de los dientes de Peter era aún más terrible. Cuando separó la arteria femoral, empezó a manar la sangre brillante y Rob intentó cogerle la mano a Bodie para enseñarle a contener el derrame; pero el cuñado se apartó de un salto.
–Ven aquí, hijo de puta.
Pero Bodie corría escaleras abajo, sollozando. Rob intentó trabajar como si tuviera seis manos.
Su fuerza y tamaño le permitieron ayudar a Joseph a sujetar a la mesa al agitado Peter, al tiempo que encontraba la habilidad necesaria para coger con los dedos el resbaladizo extremo de la arteria, conteniendo la sangre. Pero cuando la soltó para coger la sierra, la hemorragia se reprodujo.
–Dígame lo que hay que hacer.
Rose Finn se había colocado a su lado. Tenía la cara blanca como la harina, pero logró coger el extremo de la arteria y controlar la efusión de sangre. Rob J. aserró el hueso, hizo unos cuantos cortes rápidos y la pierna quedó suelta. Entonces pudo atar la arteria y recortar y dar unos puntos de sutura a los colgajos. En ese momento, Peter Finn tenía los ojos vidriosos a causa de la conmoción y el único sonido que emitía era el de la respiración entrecortada.
Rob se llevó la pierna envuelta en una toalla raída y manchada para examinarla más tarde en la sala de disección. Se sentía deprimido y fatigado, pero más porque era consciente del martirio sufrido por Peter Finn que por el esfuerzo de la amputación. No podía hacer nada por sus ropas ensangrentadas, pero en un grifo público de la calle Broad se lavó la sangre de las manos y los brazos antes de ir a ver a la siguiente paciente, una mujer de veintidós años que se moría de tuberculosis.
Cuando estaban en casa, en sus propios barrios, los irlandeses vivían en la miseria. Fuera de sus barrios eran calumniados. Rob J. veía los letreros en las calles: “Todos los católicos y todas las personas que apoyan la Iglesia católica son viles impostores, mentirosos, maleantes y cobardes asesinos. UN AMERICANO AUTENTICO”.
Una vez por semana Rob asistía a una clase de medicina que se impartía en el anfiteatro del segundo piso del Ateneo, un local cuyas enormes dimensiones se habían logrado uniendo dos mansiones de la calle Pearl. A veces, después de la clase, se iba a la biblioteca y leía el Boston Evening Transcript, que reflejaba el odio que sacudía a la sociedad.
Pastores destacados, como el reverendo Lyman Beecher, pastor de la iglesia congregacionalista de la calle Hanover, escribían artículos y más artículos sobre "la prostitución de Babilonia y la horrible bestia del catolicismo romano”. Los partidos políticos alababan a los nativos y criticaban a los "sucios e ignorantes inmigrantes irlandeses y alemanes".
Cuando leía las noticias de ámbito nacional para aprender cosas sobre Estados Unidos, se daba cuenta de que se trataba de un país codicioso, que no dejaba escapar la posibilidad de aumentar el territorio.
Últimamente se había anexionado Tejas, había adquirido el territorio de Oregon mediante un tratado con Gran Bretaña y había entrado en guerra con México por California y la zona sudoeste de Norteamérica. La frontera era el río Mississippi, que separaba la civilización del desierto al que habían sido empujados los indios de las llanuras. Rob J. se sentía fascinado por los indios, porque durante su infancia había devorado todas las novelas de James Fenimore Cooper. Leyó todo el material que había en el Ateneo sobre los indios, y luego se dedicó a la poesía de Oliver Wendell Holmes. Le gustó sobre todo el retrato del duro superviviente de "La última hoja", pero Harry Loomis tenía razón: Holmes era mejor médico que poeta. Era un médico excelente.
Harry y Rob se aficionaron a tomar un vaso de cerveza en el Essex al término de las largas jornadas de trabajo, y a menudo Holmes se unía a ellos. Resultaba evidente que Harry era el alumno preferido del profesor, y a Rob le resultaba difícil no envidiarlo. La familia Loomis estaba bien relacionada; cuando llegara el momento, Harry recibiría los nombramientos adecuados que le asegurarían una carrera médica satisfactoria en Boston. Una noche, mientras bebían juntos, Holmes comentó que mientras consultaba algunos libros en la biblioteca se había encontrado con una referencia al "bocio de Cole" y al "cólera maligno de Cole". Eso despertó su curiosidad, y había indagado en la literatura médica y había encontrado abundantes pruebas de las contribuciones de la familia Cole a la medicina, incluida la "gota de Cole" y el "síndrome de Cole y Palme”, una enfermedad en la que el edema iba acompañado de fuertes sudores y respiración estertorosa.
–Además -añadió-, he descubierto que más de una docena de Cole han sido profesores de medicina en Edimburgo o en Glasgow. ¿Son todos parientes suyos?
Rob J. sonrió, turbado pero contento.
–Todos son parientes. Pero la mayor parte de los Cole, a lo largo de los siglos, han sido simples médicos rurales en las colinas de las tierras bajas, como mi padre.
No mencionó el Don de los Cole; no era algo de lo que se pudiera hablar con otros médicos, que lo habrían tomado por loco o mentiroso.
–¿Su padre aún vive allí? – preguntó Holmes.
–No, no. Murió aplastado por unos caballos desbocados cuando yo tenía doce años.
Fue en ese momento cuando Holmes, a pesar de la relativamente poca diferencia de edad que había entre ellos, decidió desempeñar el papel de padre para que Rob fuera admitido en el afortunado círculo de las familias de Boston mediante un matrimonio ventajoso.
Poco después, Rob aceptó dos invitaciones a la casa de los Holmes en la calle Montgomery, donde vislumbró un estilo de vida similar al que en otros tiempos había creído posible para él en Edimburgo. En la primera ocasión, Amelia -la vivaz y casamentera esposa del profesor le presentó a Paula Storrow, que pertenecía a una antigua y acaudalada familia, pero que era una mujer torpe e increíblemente estúpida. Pero en la segunda cena, su compañera fue Lydia Parkman. Era demasiado
delgada y no tenía pechos, pero debajo de su cabellera lisa de color nuez, su rostro y sus ojos irradiaban un irónico y travieso humor; pasaron la velada enredados en una conversación divertida y variada. Ella sabía algunas cosas sobre los indios, pero hablaron sobre todo de música, porque ella tocaba el clavicordio.
Esa noche, cuando regresó a la casa de la calle Spring, Rob se sentó en su cama, debajo del alero, y pensó cómo sería pasar sus días en Boston, como colega y amigo de Harry Loomis y Oliver Wendell Holmes, casado con una anfitriona que presidiera una mesa divertida.
En ese momento se oyó la débil llamada en la puerta que él ya conocía. Meg Holland entró en la habitación. Ella no era demasiado delgada, notó Rob mientras la saludaba con una sonrisa y empezaba a desabotonarse la camisa. Pero por primera vez Meggy se quedó sentada en el borde de la cama, sin moverse.
Al hablar lo hizo en un ronco susurro, y fue su tono más que sus palabras lo que sobrecogió profundamente a Rob J. La voz de Meg Holland tenía un tono apagado, como el sonido de las hojas secas arrastra das por la brisa.
–Estoy embarazada -dijo -y es seguro -añadió.
El no supo qué decirle. Recordó que cuando empezó a visitarlo ya era una mujer experimentada.
¿Cómo podía saber si el niño era suyo?
"Yo siempre he usado el preservativo", protestó mentalmente. Pero, para ser justo, debía admitir que no se había puesto nada las primeras veces, y tampoco la noche en que probaron el gas hilarante.
Debido a su formación, estaba condicionado a no apoyar jamás el aborto, y en este caso fue lo suficientemente sensible para resistir la tentación de sugerirlo, consciente de que la religión estaba muy arraigada en ella.
Finalmente él le dijo que estaría a su lado. El no era Stanley Finch.
Ella no pareció demasiado alentada por esa declaración. El se obligó a cogerla entre sus brazos y acunarla. Quería ser tierno y consolarla.
Fue el peor momento posible para darse cuenta de que al cabo de pocos años el rostro felino de la joven sería decididamente bovino, no el rostro de sus sueños.
–Eres protestante.
No era una pregunta, porque ella conocía la respuesta.
–Así me educaron.
Era una mujer valiente. Sus ojos se iluminaron por primera vez cuando él le dijo que no estaba seguro de la existencia de Dios.
–¡Conquistador, sinvergüenza! Lydia Parkman ha quedado favorablemente impresionada por tu compañía-le comentó Holmes la noche siguiente en la facultad de medicina, y sonrió cuando Rob J.
le dijo que ella le había parecido una mujer muy agradable. Holmes mencionó de pasada que Stephen Parkman, el padre de Lydia, era juez del Tribunal Supremo e inspector del Harvard College. La familia había empezado en el comercio del pescado seco, con el tiempo había pasado al comercio de la harina, y en la actualidad controlaba el extendido y lucrativo negocio de los productos alimentarios envasados.
–¿Cuándo piensas volver a verla? – le preguntó Holmes.
–Pronto, puedes estar seguro -respondió Rob J. sintiéndose culpable, incapaz de permitirse pensar en ello.
Para Rob, las ideas de Holmes con respecto a la higiene médica habían revolucionado la práctica de la medicina. Holmes le contó dos casos que reforzaban sus teorías. Uno tenía que ver con la escrófula, una enfermedad tuberculosa de las articulaciones y las glándulas linfáticas; en la Europa medieval se creía que la escrófula podía curarse mediante el contacto con las manos de la realeza. El otro caso estaba relacionado con la antigua práctica supersticiosa de lavar y vendar las heridas de los soldados y luego aplicar ungüento -terribles pomadas que contenían ingredientes tales como carne en proceso de putrefacción, sangre humana y musgo del cráneo de un hombre ejecutado-. Holmes comentó que ambos métodos daban buenos resultados y eran famosos porque sin proponérselo
conseguían la limpieza del paciente. En el primer caso, el enfermo de escrófula era lavado completa y cuidadosamente por temor a que pudiera ofender el olfato de los "sanadores" en el momento de tocarlo. En el segundo caso, el arma era untada con materias en mal estado, pero las heridas de los soldados, lavadas y sin tocar, tenían la posibilidad de cicatrizar sin que hubiera infección. El
"ingrediente secreto" mágico era la higiene.
En el Distrito Octavo resultaba difícil mantener la limpieza clínica.
Rob J. se acostumbró a llevar toallas y jabón en el maletín y a lavarse las manos y el instrumental varias veces al día, pero las condiciones de pobreza se combinaban para convertir el distrito en un sitio en el que era fácil enfermar y morir.
Intentó llenar su vida y su mente con la lucha médica cotidiana, pero al tiempo que meditaba sobre su difícil situación se preguntaba si no se estaría encaminando a su propia destrucción. Había perdido su carrera y sus raíces en Escocia debido a su participación en la política, y ahora, en Estados Unidos, había agravado su situación complicándose la vida con un embarazo desastroso. Margaret Holland abordaba su estado de manera práctica; le preguntó a Rob con qué recursos contaba.
Lejos de consternarla, los ingresos anuales de trescientos cincuenta dólares de Rob le parecieron suficientes. Le preguntó por su familia.
–Mi padre está muerto. Mi madre estaba muy débil cuando salí de Escocia, y estoy seguro de que ahora… Tengo un hermano, Herbert.
Administra las tierras de la familia en Kilmarnock, cría ovejas. Es el propietario.
Ella asintió.
–Yo tengo un hermano, Timothy, que vive en Belfast. Es miembro de la Joven Irlanda, siempre está metido en líos.
Su madre había muerto; su padre y cuatro hermanos vivían en Irlanda, pero un quinto hermano, Samuel, vivía en la zona de Boston llamada Fort Hill. Margaret preguntó tímidamente si no debía hablarle de Rob a Samuel y pedirle que estuviera atento por si aparecía una vivienda para ellos, tal vez cerca de donde él vivía.
–Todavía no. Aún es pronto -respondió, y le acarició la mejilla para tranquilizarla.
La idea de vivir en el distrito lo horrorizaba. Pero sabía que si continuaba siendo médico de los inmigrantes pobres, sólo podría mantenerse y mantener a una esposa y un niño en una conejera como ésa.
A la mañana siguiente pensó en el distrito con miedo y al mismo tiempo con rabia, y en su interior creció una desesperación comparable a la impotencia que veía en las calles principales y en los callejones.
Empezó a dormir mal por las noches, perturbado por pesadillas. Había dos que se repetían una y otra vez y que lo atormentaban cuando pasaba una mala noche. Cuando no podía dormir, se quedaba acostado a oscuras y analizaba los acontecimientos en todos sus detalles, hasta que finalmente era incapaz de saber si estaba dormido o despierto.
La madrugada. Tiempo triste, pero con un sol optimista. El está de pie entre varios miles de hombres, fuera de la Fundición de Hierro Carron, donde se fabrican piezas de artillería de gran calibre para la marina inglesa. Empieza con Un hombre que está subido encima de un cajón está leyendo la octavilla que Rob J. había escrito de forma anónima para inducir a los hombres a manifestarse: "Amigos y compatriotas. Despertados del estado en que nos hemos encontrado durante tantos años, nos vemos obligados, por el carácter extremo de nuestra situación y por el desprecio con que se tratan nuestras peticiones, a hacer valer nuestros derechos a riesgo de nuestra vida”. La voz del hombre es alta y se quiebra de vez en cuando, dejando al descubierto su miedo. Al concluir lo vitorean. Tres gaiteros empiezan a tocar: los hombres reunidos cantan a voz en cuello, al principio himnos y luego canciones más animadas, terminando con Scots Whaé Hae Wié Wallace Bled. Las autoridades han visto la octavilla de Rob y han hecho preparativos. Hay policías armados, milicia, el primer batallón de la brigada de fusileros, y soldados de caballería bien entrenados del 7mo. de húsares y del 10mo. de húsares, veteranos de las guerras europeas. Los soldados llevan uniformes
espléndidos. Las botas muy lustradas de los húsares brillan como suntuosos espejos oscuros. Los miembros de la tropa son más jóvenes que los policías, pero sus rostros poseen idéntico desdén. El problema comienza cuando el amigo de Rob, Andreul Gerould, de Lanark, pronuncia un discurso sobre la destrucción de las granjas y de la incapacidad de los obreros para vivir de la limosna recibida por un trabajo que enriquece a Inglaterra y hace a Escocia aún más pobre. A medida que la voz de Andrew se vuelve más acalorada, los hombres empiezan a rugir de cólera y a gritar: "¡Libertad o muerte!". Los dragones incitan a sus caballos a avanzar, alejando a los manifestantes de la valla que rodea la Fundición de Hierro. Alguien lanza una piedra. Esta golpea a un húsar que cae de la montura. Enseguida los otros jinetes desenvainan sus espadas con gran alboroto, y una lluvia de piedras cae sobre los otros soldados, salpicando de sangre los uniformes de color azul, carmesí y dorado. La milicia empieza a hacer fuego sobre la multitud. Los soldados de caballería destrozan todo a su paso.
Los hombres gritan y lloran. Rob se encuentra rodeado. No puede huir solo. Lo único que puede hacer es salvarse de la venganza de los soldados, haciendo un esfuerzo por mantenerse en pie porque sabe que si tropieza será pisoteado por la multitud que corre aterrorizada…
El segundo sueño es peor.
Otra vez en medio de una multitud. Tan numerosa como la que se había reunido frente a la Fundición de Hierro, pero en este caso son hombres y mujeres que están de pie ante ocho horcas colocadas en Stirling Castle, y la multitud es refrenada por la milicia formada alrededor de la plaza.
Un pastor, el doctor Edward Bruce, de Renfreuc, está sentado y lee en silencio. Frente a él hay un hombre vestido de negro. Rob J. lo reconoce antes de que se oculte tras una máscara negra; se llama Bruce no sé cuántos, es un estudiante de medicina necesitado que se ganará quince libras como verdugo. El doctor Bruce dirige la lectura del salmo 130 "Cuando estaba perdido te llamé, oh, Señor”. A cada uno de los condenados se le entrega el acostumbrado vaso de vino y luego son conducidos a la plataforma, donde esperan ocho ataúdes. Seis prisioneros prefieren no hablar. Un hombre llamado Hardie observa el mar de rostros y dice en voz apagada: "Muero como un mártir de la causa de la justicia". Andrew Gerould habla con claridad. Parece fatigado y mayor de veintitrés años. "Amigos míos, espero que nadie haya sido perjudicado. Cuando esto concluya, haced el favor de ir tranquilamente a vuestra casa y leed la Biblia." Todos se ponen la gorra. Dos de ellos se despiden mientras les ajustan el nudo corredizo. Andrew no dice nada más. Tras una señal todo ha terminado, y cinco de ellos mueren sin resistirse.
Otros tres dan algunas patadas. El Nuevo Testamento cae de las manos inertes de Andrew sobre la multitud silenciosa. Después de bajarlos, el verdugo les corta la cabeza con un hacha, uno por uno, y levanta el terrorífico objeto por el pelo, diciendo en cada ocasión, como prescribe la ley: "y esta es la cabeza de un traidor".
Al librarse del sueño, a veces se quedaba tendido en la estrecha cama, debajo del alero, tocándose y temblando de alivio porque estaba vivo. Clavaba la vista en la oscuridad y se preguntaba cuánta gente había dejado de vivir porque él había escrito esa octavilla. ¿Cuántos destinos habían cambiado, cuántas vidas concluidas porque él había trasmitido sus convicciones a tanta gente? La moral aceptada decía que valía la pena luchar por los principios, morir por ellos. Sin embargo, cuando se consideraba todo lo demás, ¿no era la vida la más preciada posesión de todo ser humano? ¿Y él, como médico, no estaba obligado a proteger y preservar la vida por encima de todo? Se juró a sí mismo y a Esculapio, el padre de la curación, que nunca más causaría la muerte de un ser humano por una diferencia de convicciones, ni siquiera golpearía a otra persona aunque estuviera furioso.
–¡No es su dinero el que gasta! – le dijo el señor Wilson una mañana en tono agrio mientras le entregaba un fajo de fichas de visitas-. Es el dinero que entregan al dispensario los ciudadanos notables. Los fondos de una institución benéfica no son para gastarlos al capricho de un médico que está a nuestro servicio.
–Nunca he gastado el dinero de la institución. Jamás he atendido ni recetado nada a ningún paciente que no estuviera realmente enfermo y absolutamente necesitado de nuestra ayuda. Su
sistema no sirve. A veces he estado atendiendo a alguien que tenía un tirón en un músculo mientras otros morían por falta de tratamiento.
–Usted se extralimita, señor. – La mirada y la voz del señor Wilson eran serenas, pero le temblaba la mano con la que sujetaba las fichas-. En el futuro deberá limitar las visitas a los nombres que figuran en las fichas que le asigno cada mañana, ¿entendido?
Rob deseaba desesperadamente decirle al señor Wilson qué era lo que entendía, y lo que podía hacer él con las fichas de las visitas.
Pero teniendo en cuenta las complicaciones de su propia vida, no se atrevió. En lugar de eso se obligó a asentir con la cabeza y a marcharse. Se metió el fajo de fichas en el bolsillo y echó a andar en dirección al distrito.
Esa noche todo cambió. Margaret Holland fue a su habitación y se sentó en el borde de la cama, el sitio que elegía para hacer sus declaraciones.
–Estoy sangrando.
El se obligó a pensar primero como médico.
–¿Tienes una hemorragia? ¿Pierdes mucha sangre?
–Al principio, un poco más abundante que de costumbre. Después como siempre. Casi he terminado.
–¿Cuándo empezó?
–Hace cuatro días.
–¡Cuatro días! – Se preguntó por qué ella había esperado cuatro días para decírselo. Meg no lo miró. Se quedó totalmente quieta como protegiéndose contra la ira de Rob, y él comprendió que había pasado esos cuatro días luchando consigo misma-. Estuviste a punto de no decírmelo, ¿verdad?
No respondió, pero él entendió. A pesar de ser un desconocido, un protestante no convencido, para ella representaba la oportunidad de huir finalmente de la cárcel de la pobreza. Tras haberse visto obligado a contemplar esa cárcel de cerca, le resultó sorprendente que ella hubiera sido capaz de decirle toda la verdad, de modo que en lugar de rabia por la demora lo que sintió fue admiración y una gratitud abrumadora. Se acercó a ella, la ayudó a ponerse de pie y le besó los ojos enrojecidos.
Luego la rodeó con sus brazos y la estrechó, dándole unas suaves palmaditas de vez en cuando, como si estuviera consolando a un niño asustado.
A la mañana siguiente estuvo paseando de un lado a otro, mareado, y de vez en cuando sentía las rodillas débiles por el alivio.
Hombres y mujeres sonreían cuando los saludaba. Era un mundo nuevo, con un sol más radiante y un aire más benévolo que respirar.
Se ocupó de sus pacientes con la atención de siempre, pero entre una visita y otra, su mente era un torbellino. Finalmente, se sentó en un pórtico de madera de la calle Broad y examinó el pasado, el presente y su futuro.
Había escapado por segunda vez a un destino terrible. Creía haber recibido el aviso de que su existencia debía ser empleada con mayor cuidado y respeto.
Pensó en su vida como en una enorme pintura en proceso de creación. Al margen de lo que a él le ocurriera, el cuadro terminado tendría como tema la medicina, pero tenía la impresión de que si se quedaba en Boston, la pintura estaría hecha con diferentes tonalidades de gris.
Amelia Holmes podía arreglarle lo que ella llamaba "un brillante casamiento", pero después de escapar de un matrimonio pobre y sin amor, no sentía deseos de buscar fríamente uno rico y sin amor, ni de prestarse a ser vendido en el mercado del matrimonio de la sociedad de Boston, carne médica a tanto el kilo.
Quería que su vida estuviera pintada con los colores más intensos que pudiera encontrar.
Esa tarde, al concluir su trabajo, fue al Ateneo y volvió a leer los libros que tanto le habían interesado. Mucho antes de concluir la lectura, supo adónde quería ir, y qué quería hacer.
Esa noche, cuando estaba acostado, oyó un conocido y débil golpe en la puerta. Se quedó inmóvil, con la vista fija en la oscuridad. El golpe se oyó por segunda y luego por tercera vez.
Por diversas razones quería ir hasta la puerta y abrirla. Pero se quedó acostado, sin moverse, congelado en un momento tan terrible como los de las pesadillas, y finalmente Margaret Holland se marchó.
Le llevó más de un mes hacer los preparativos y renunciar al dispensario de Boston. En lugar de una fiesta de despedida, una noche espantosamente fría de diciembre, él, Holmes y Harry Loomis hicieron la disección del cuerpo de una esclava negra llamada Della. La mujer había trabajado toda su vida y tenía un cuerpo notablemente musculoso. Harry había demostrado auténtico interés y talento para la anatomía, y reemplazaría a Rob J. como profesor auxiliar de la facultad de medicina.
Holmes hablaba mientras ellos cortaban, y les mostró que el extremo en forma de fleco de la trompa de Falopio era "como el fleco del chal de una mujer pobre". Cada órgano y cada músculo le recordaba a alguno de ellos un cuento, un poema, un juego de palabras o un chiste escatológico. Se trataba de un trabajo científico serio; eran meticulosos con respecto a cada detalle, y sin embargo mientras trabajaban todo eran carcajadas y buenos sentimientos. Concluida la disección, fueron a la taberna Essex y bebieron vino caliente con especias hasta la hora del cierre. Rob prometió ponerse en contacto con Holmes y con Harry cuando llegara a su destino definitivo, y consultar sus problemas con ambos si necesitaba hacerlo. Se despidieron con tanta camaradería que Rob se arrepintió de la decisión que había tomado.
Por la mañana caminó hasta la calle Washington y compró unas castañas asadas; las llevó a la casa de la calle Spring en un cucurucho hecho con el Boston Transcript. Entró a hurtadillas en la habitación de Meggy Holland y las dejó debajo de su almohada.
Poco después del mediodía subió a un vagón de ferrocarril que pronto salió de la estación arrastrado por una locomotora de vapor. El revisor que recogió su billete miró de reojo el equipaje, porque Rob J. se había negado a poner su viola de gamba y su baúl en el vagón del equipaje. Además del instrumental quirúrgico y la ropa, el baúl contenía ahora a Viejo Cornudo y media docena de pastillas de jabón basto como las que usaba Holmes. De modo que aunque tenía poco dinero abandonaba Boston mucho más rico que cuando había llegado.
Faltaban cuatro días para Navidad. El tren pasó junto a casas cuyas puertas estaban decoradas con guirnaldas y a través de cuyas ventanas podían verse árboles de Navidad. La ciudad pronto quedó atrás. A pesar de la débil nevada, en menos de tres horas llegaron a Worcester, la estación terminal del Ferrocarril de Boston. Los pasajeros tenían que hacer el trasbordo al Ferrocarril del Oeste, y en el nuevo tren Rob se sentó junto a un hombre corpulento que enseguida le ofreció un trago.
–No, se lo agradezco -respondió, pero aceptó la conversación, para quitar dureza a su negativa.
El hombre era un viajante de comercio que llevaba clavos -de cierre, de remache, de dos cabezas, avellanados, diamantados, en tamaños que iban desde los diminutos como agujas hasta los enormes para barcos- y le enseñó a Rob sus muestras, una buena forma de pasar el rato.
–¡Viajar al oeste! ¡Viajar al oeste! – exclamó el vendedor-. ¿Usted también?
Rob asintió.
–¿Hasta dónde va?
–¡Hasta el límite del Estado! A Pittsfield. ¿Y usted, señor?
Responder le produjo tanta satisfacción, tanto placer, que mostró una amplia sonrisa y tuvo que reprimirse para no gritar y que todos lo oyeran, ya que las palabras tenían su propia música y proyectaban una delicada y romántica luz en todos los rincones del vagón traqueteante.
–A la tierra de los indios -dijo.
Su Música atravesó Massachusetts y Nueva York mediante una serie de ferrocarriles de corto recorrido conectados por líneas de diligencias. Resultaba duro viajar en invierno. En ocasiones una diligencia tenía que esperar mientras una docena de bueyes arrastraba un arado para retirar la nieve amontonada, o la aplastaba con enormes rodillos de madera. Las posadas y tabernas eran caras. Rob J. se encontraba en el bosque de la meseta Allegheny, en Pensilvania, cuando se quedó sin dinero y se consideró afortunado al encontrar trabajo en las tierras maderables de Jacob Starr, atendiendo a los leñadores. Cuando se producía un accidente solía ser grave, pero mientras tanto tenía poco que hacer
y consiguió un nuevo trabajo: se unió a los equipos de hombres que talaban pinos blancos y cicutas que tenían más de doscientos cincuenta años. Por lo general, él hacía funcionar un extremo de un tronzador, una sierra con un mango en cada extremo. Su cuerpo se endureció y se hizo más grueso.
Casi ningún campo de trabajo contaba con un médico; los leña dores sabían lo valioso que Rob J. era para ellos y lo protegían cuando trabajaba en la peligrosa tarea de la tala. Le enseñaron a remojarse las palmas sangrantes en salmuera, hasta que se le endurecieron. Por las noches, en el barracón, hacía juegos malabares para mantener la habilidad de sus dedos para la cirugía y tocaba la viola de gamba para los leñadores, alternando el acompañamiento a las toscas canciones que cantaban a gritos con selecciones de J. S. Bach y Marais, que escuchaban embelesados.
Durante todo el invierno acumularon troncos enormes en las orillas de una corriente. En la parte de atrás de todas las hachas de un solo filo que había en el campo se veía una enorme estrella de cinco puntas grabada en relieve. Cada vez que se talaba y se podaba un árbol, los hombres invertían la posición del hacha y golpeaban la estrella grabada contra el tronco recién cortado, marcándolo como un tronco Star. Cuando llegó la primavera y se derritió la nieve, la corriente creció más de dos metros y arrastró los troncos hasta el río Clarion. Se montaron enormes armadías, y sobre éstas se construyeron barracones cocinas y chozas para las provisiones. Rob condujo las armadías río abajo como un príncipe, una lenta travesía de ensueño interrumpida únicamente cuando los troncos se atascaban y se amontonaban, lo que obligaba a expertos y pacientes encargados de ordenarlos. toda clase de pájaros y animales mientras bajaban hasta su desembocadura en el río, hasta Pittsburgh.