Chaman

Noah Gordon · Capítulo 1 de 8 · parte 3/4

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Chaman

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

En Pittsburgh

En Pittsburgh lo contrataron como médico para un equipo que se ocupaba del tendido de vías del Ferrocarril de Washington y Ohio, con un equipo de trabajo, hasta el comienzo de una gran abertura dividida en dos por dos vías férreas relucientes. Lo alojaron con los jefes en cuatro vagones de ferrocarril relucientes y maravillosos, pero el mundo del Ferrocarril de Washington y Ohio era horrendo. Los que se ocupaban del tendido, los niveladores y los cocheros eran inmigrantes irlandeses y alemanes cuya vida se consideraba una mercancía barata. La responsabilidad de Rob consistía en asegurar que hasta el último gramo de fuerza de esos hombres se utilizara en el tendido de las vías. Recibió con alegría el salario, pero el trabajo estaba condenado desde un principio porque el superintendente, un hombre de rostro moreno llamado Cotting, era un sujeto desagradable que no quería gastar dinero en comida. El ferrocarril empleaba a cazadores que conseguían montones de carne, y había una bebida de achicoria que pasaba por café. Pero -salvo en la mesa que compartían Cotting, Rob y los jefes- no tenían verduras, col, zanahorias, patatas, ni nada que proporcionara ácido ascórbico excepto, como un placer muy poco frecuente, un bote de judías. Los hombres padecían de escorbuto.

Aunque estaban anémicos, no tenían apetito. Les dolían las articulaciones, les sangraban las encías, se les caían los dientes y sus heridas no cicatrizaban. Estaban siendo literalmente asesinados mediante la desnutrición y el trabajo duro. Finalmente, Rob J. forzó con una palanca el vagón cerrado de las provisiones y repartió cajones de coles y patatas hasta que desapareció la comida de los jefes.

Afortunadamente Cotting no sabía que su joven médico había hecho un voto de no violencia. El tamaño, la condición de Rob y el frío de sus ojos hicieron que el superintendente prefiriera despedirlo a discutir con él.

Rob J. había ganado en el ferrocarril dinero apenas suficiente para comprar una yegua vieja y lenta, un fusil de segunda mano del calibre 12 que se cargaba por la boca, un rifle de menor calibre para cazar animales más pequeños, agujas e hilo, un sedal y anzuelos, una herrumbrosa sartén de hierro y un cuchillo de caza. A la yegua le puso de nombre Mónica Grenville, en honor a una hermosa mujer mayor, amiga de su madre, a quien durante años, en las febriles fantasías de su adolescencia, había soñado montar. Mónica Grenville, la yegua, le permitió avanzar hacia el Oeste por su cuenta. Empezó a cazar fácilmente después de descubrir que el rifle tiraba hacia la derecha; pescaba cada vez que tenía la oportunidad, y ganaba dinero o mercancías cuando encontraba a alguien que necesitaba un médico.

Le sorprendió la extensión del país, con sus montañas, valles y llanuras. Después de unas cuantas semanas quedó convencido de que podría seguir avanzando mientras viviera, cabalgando sobre Mónica Grenville lenta y eternamente en dirección al sol poniente.

Se quedó sin medicamentos. Ya era bastante difícil practicar la cirugía sin la ayuda de los insuficientes paliativos con que contaban, pero además no tenía láudano, morfina ni ninguna otra droga, y tenía que confiar en su rapidez como cirujano y en el whisky que pudiera comprar en el camino, por malo que fuera. Fergusson le había enseñado algunos trucos valiosos que aún recordaba.

Cuando le faltaba tintura de nicotina -que se administraba por vía oral como relajante muscular para aflojar el esfínter anal durante una operación de fístula- compraba los puros más fuertes que encontraba e introducía uno en el recto del paciente hasta que se absorbía la nicotina del tabaco y se producía la relajación. En una ocasión, en Titusville, Ohio, un hombre mayor lo vio por casualidad mientras vigilaba a un paciente que estaba inclinado sobre el varal de un carro, con el puro asomado.

–¿Tiene una cerilla, señor? – le preguntó Rob J.

Más tarde, en la tienda, oyó que el anciano les decía a sus amigos en tono solemne:

–Jamás creeríais cómo los fumaban.

En una taberna de Zanesville vio a su primer indio y tuvo una decepción espantosa. En contraste con los espléndidos salvajes de James Fenimore Cooper, el hombre era un fofo y ceñudo borracho con mocos en la cara, que soportaba los insultos mientras mendigaba una copa.

–Delaware, supongo -dijo el tabernero cuando Rob le preguntó a qué tribu pertenecía el indio-.

Miami, tal vez. O shawnee. – Se encogió de hombros en un gesto de desdén-. ¿A quién le importa?

Para mí, todos esos miserables bastardos son iguales.

Unos días después, en Columbus, Rob encontró a un joven judío robusto y de barba negra llamado Jason Maxwell Geiger, un boticario que tenía una farmacia bien surtida.

"¿Tiene láudano? ¿Tiene tintura de nicotina? ¿Y yoduro de potasio?" Preguntara lo que preguntase, Geiger respondía con una sonrisa y asentía, y Rob se paseó feliz entre vasijas y retortas.

Los precios eran más bajos de lo que él temía, porque el padre y los hermanos de Geiger eran fabricantes de productos farmacéuticos en Charleston, y él explicó que si había algo que no le resultara posible preparar, podía encargárselo en buenas condiciones a su familia. Así que Rob J.

cargó una buena cantidad de provisiones. Cuando el farmacéutico le ayudó a llevar la compra hasta el caballo, vio el bulto envuelto del instrumento musical y de inmediato se volvió hacia el visitante.

–¿Es una viola?

–Una viola de gamba -dijo Rob, y vio un brillo nuevo en los ojos del hombre, no exactamente codicia sino un melancólico anhelo tan poderoso que resultaba inconfundible-. ¿Le gustaría verla?

–Tendría que venir con ella a mi casa y enseñársela a mi esposa -sugirió Geiger en tono ansioso.

El hombre lo condujo hasta la vivienda que había detrás de la botica.

En el interior se encontraba Lillian Geiger, que mientras eran presentados se colocó un paño de cocina sobre el pecho, pero no antes de que Rob J. notara las manchas de sus pechos goteantes. En una cuna dormía su hija Rachel, de dos meses de edad. La casa olía a leche de la señora Geiger y a hallah recién horneado. En la sala oscura había una silla, un sofá de crin y un piano vertical. La mujer entró rápidamente en el dormitorio y se cambió el vestido mientras Rob J. desenvolvía la viola; luego el matrimonio contempló el instrumento, deslizando los dedos sobre las siete cuerdas y los diez trastes como si estuvieran acariciando un icono familiar recién recuperado. Ella le enseñó su piano de madera de nogal oscura, cuidadosamente aceitado.

–Fue fabricado por Alpheus Babcock, de Filadelfia -le informó Jason Geiger sacó de detrás del piano otro instrumento.

–Este fue fabricado por un cervecero llamado Isaac Schwartz, que vive en Richmond, Virginia.

No es lo suficientemente bueno para poderlo considerar un violín de verdad. Espero tener algún día un auténtico violín Pero un instante más tarde, mientras afinaban, Geiger le arrancó dulces sonidos.

Se miraron con expresión cautelosa, por temor a resultar musicalmente incompatibles.

–¿Qué? – le preguntó Geiger, en un gesto de cortesía.

–¿Bach? ¿Conocéis este preludio del Clave? Es del Libro II, no recuerdo el número.

Tocó para ellos el comienzo, e inmediatamente Lillian Geiger se unió a él y enseguida lo hizo su esposo.

–El doce.

Lillian se limitó a mover los labios.

A Rob J. no le interesaba identificar la pieza, porque ese tipo de interpretación no era para entretener a los leñadores. Enseguida fue evidente que el hombre y la mujer eran expertos y estaban acostumbrados a acompañarse, y Rob tuvo la certeza de haber hecho el ridículo. Mientras la interpretación de ellos mejoraba, él los seguía lenta y espasmódicamente. En lugar de deslizarse al ritmo de la música, sus dedos parecían dar saltos espásticos, como un salmón que se esfuerza por remontar una cascada. Pero al llegar a la mitad del preludio olvidó su temor porque el hábito adquirido después de tantos años de interpretación venció la torpeza causada por la falta de práctica.

Pronto pudo notar que Geiger tocaba con los ojos cerrados, mientras su esposa mostraba una expresión de placer en sus ojos vidriosos, que era comunicativa y al mismo tiempo intensamente íntima.

La satisfacción le resultó casi dolorosa. No se había dado cuenta de hasta qué punto había echado de menos la música. Al concluir se quedaron sentados, mirándose con una sonrisa. Geiger salió a toda prisa para colocar el letrero de Cerrado en la puerta de la tienda. Lillian fue a mirar a la niña y a poner un asado en el horno, y Rob desensilló y dio de comer a la pobre y paciente Mónica. Cuando volvieron a reunirse, resultó que los Geiger no conocían nada de Marin Marais, en tanto que Rob J.

no había memorizado ninguna de las obras de ese polaco llamado Chopin. Pero los tres conocían las sonatas de Beethoven. Durante toda la tarde construyeron una atmósfera acogedora y especial.

En el momento en que el llanto de la criatura hambrienta interrumpió la interpretación, ya estaban mareados con la embriagadora belleza de los sonidos.

El farmacéutico no quiso ni oír hablar de la partida de Rob J. La cena consistió en cordero con un ligero sabor a romero y ajo, asado con zanahorias y patatas nuevas, y compota de arándanos.

–Dormirás en la habitación de huéspedes -anunció Geiger Rob le preguntó a Geiger qué posibilidades tenía un médico en esa zona.

–Por aquí vive mucha gente, porque Columbus es la capital del Estado, y ya hay muchos médicos. Es un sitio fantástico para tener una farmacia, pero nosotros vamos a abandonar Columbus en cuanto nuestra pequeña tenga edad suficiente para soportar el viaje. Yo quiero ser granjero, además de boticario, y tener tierras que pueda dejar a mis hijos. En Ohio las tierras de labrantío son terriblemente caras. He estado estudiando los sitios en los que puedo comprar tierra fértil que esté a mi alcance.

Tenía mapas, y los abrió sobre la mesa.

–Illinois -dijo, y le señaló a Rob J. la parte del Estado que, según sus investigaciones, era la más deseable: la zona comprendida entre el río Rocky y el Mississippi-. Un buen suministro de agua.

Bosques maravillosos que bordean los ríos. Y el resto son praderas tierras que jamás han visto un arado.

Rob J. estudió los mapas.

–Tal vez debería ir hasta allí -dijo finalmente-. Para ver si me gusta Geiger sonrió. Pasaron un largo rato inclinados sobre los mapas, señalando el mejor itinerario, intercambiando opiniones.

Después Rob se fue a dormir; Jay Geiger se quedó levantado hasta tarde y copió a la luz de una vela la música de una mazurca de Chopin. La interpretaron a la mañana siguiente, después del desayuno.

Luego los dos hombres consultaron una vez más el mapa señalado. Rob J estuvo de acuerdo en que si Illinois resultaba un sitio tan bueno como Geiger creía, se instalaría allí y escribiría enseguida a su nuevo amigo, diciéndole que fuera con su familia hasta la frontera del Oeste.

Dos parcelas

Illinois resultó interesante desde el principio. Rob llegó al Estado a finales del verano, cuando la vegetación de la pradera estaba seca y descolorida por haber pasado demasiados días al sol. En

Danville vio a los hombres hervir el agua de las salinas en enormes ollas negras, y al marchar se llevó consigo un paquete de sal pura. La pradera era ondulada, y en algunos sitios estaba adornada con colinas bajas. El Estado contaba con agua dulce. Rob sólo encontró unos pocos lagos, pero vio una serie de pantanos que alimentaban riachuelos que desembocaban en ríos. Se enteró de que cuando la gente de Illinois hablaba de la tierra que había entre los ríos, probablemente se refería al extremo sur del Estado, entre el Mississippi y el Ohio. Esta tenía ricos suelos de aluvión procedentes de los dos grandes ríos. La gente del lugar llamaba Egipto a la región, porque pensaban que era tan fértil como la legendaria tierra del delta del Nilo. En el mapa de Jay Geiger, Rob J. vio que en Illinois había unos cuantos "pequeños Egiptos" entre ríos. De alguna forma, durante su breve encuentro con Geiger el hombre se había ganado su respeto, y siguió avanzando hacia la región que, según le había dicho Jay, era la más apropiada para establecerse.

Le llevó dos semanas abrirse paso hasta Illinois. El decimocuarto día, el camino que él seguía se internó en un bosque, ofreciendo una maravillosa frescura y el aroma de la vegetación húmeda.

Siguiendo el estrecho sendero oyó el sonido del agua, y enseguida apareció junto a la orilla oriental de un río de tamaño considerable que, según sus cálculos, debía de ser el Rocky.

Era la estación seca pero la corriente era fuerte, y las grandes rocas que daban nombre al río volvían blanca el agua. Mientras guiaba a Mónica a lo largo de la orilla, intentando encontrar un sitio que fuera vadeable, llegó a una zona más profunda y lenta. De dos troncos enormes de una y otra orilla colgaba una cuerda gruesa, y de una de las ramas, un triángulo de hierro y un trozo de acero junto a un letrero que anunciaba:

HOLDENS CROSSING

Llame al transbordador

Hizo sonar el triángulo con fuerza y durante un buen rato, según le pareció, antes de ver al hombre que bajaba perezosamente por la orilla opuesta, donde estaba amarrada la balsa. Dos sólidos postes verticales colocados sobre la balsa terminaban en grandes anillos de hierro a través de los cuales pasaba la maroma suspendida, permitiendo que la balsa se deslizara a lo largo de la cuerda a medida que era empujada con una pértiga por el río. Cuando la balsa estuvo en medio del río, la corriente había arrastrado la cuerda río abajo, de modo que el hombre movió la balsa formando un arco, en lugar de cruzar en línea recta. En el medio, las aguas oscuras y aceitosas eran demasiado profundas para vadearlas, y el hombre arrastró la balsa lentamente, tironeando de la cuerda. Estaba cantando, y la letra llegó claramente a oídos de Rob J.

Un día, mientras caminaba, oí un lamento, y vi a una anciana que era la imagen de la tristeza.

Miraba el barro de su puerta y empuñando la escoba cantaba esta canción.

Oh, la vida es una lata y el amor un problema, la belleza desaparecerá y los ríos huirán, disminuyen los placeres y se duplican los precios, y nada es como yo desearía que fuera…

Había muchos versos, y mucho antes de que se terminaran, el barquero pudo empujar de nuevo con la pértiga. A medida que la balsa se acercaba, Rob pudo ver a un hombre musculoso, tal vez de treinta y tantos años. Era una cabeza más bajo que Rob y parecía natural del lugar; llevaba unas botas pesadas, un pantalón de tela basta de algodón y lana, de color marrón, demasiado grueso para esa época, una camisa de algodón azul de cuello grande y un sombrero de cuero, de ala ancha manchado de sudor. Tenía una mata de pelo negro y largo, una barba negra y abundante, y unos pómulos salientes a cada lado de una nariz fina y curvada que podría haber dado un aire de crueldad a su rostro de no ser por sus ojos azules, que eran alegres y agradables. A medida que se acortaba la distancia entre ambos, Rob sintió la cautela y la perspectiva de afectación que se derivaba de ver a una mujer extraordinariamente bella, o a un hombre demasiado apuesto. Pero el barquero carecía de afectación.

–Hola -lo saludó. Un último empujón a la pértiga hizo que la balsa se arrastrara sobre la arena de la orilla. El hombre extendió la mano-.

Nicholas Holden, para servirle.

Rob le estrechó la mano y se presentó. Holden había cogido un rollo de tabaco húmedo y oscuro del bolsillo de la camisa y cortó un trozo con el cuchillo. Se lo ofreció a Rob J., pero éste rehusó con la cabeza.

–¿Cuánto pide por cruzarme?

–Tres centavos usted. Diez centavos el caballo.

Rob pagó lo que le pedía, trece centavos por adelantado. Ató a Mónica a los anillos colocados con ese fin en el suelo de la balsa. Holden le entregó una segunda pértiga, y ambos gruñeron mientras ponían manos a la obra.

–¿Piensa instalarse en esta zona?

–Tal vez -respondió Rob con cautela.

–¿No será herrador, por casualidad? – Holden tenía los ojos más azules que Rob había visto jamás en un hombre, desprovistos de feminidad gracias a la mirada penetrante que lo hacía parecer secretamente divertido-. Maldita sea -dijo, pero no pareció sorprendido por la negativa de Rob-. Le aseguro que me gustaría encontrar un buen herrero.

¿Es granjero?

Se alegró visiblemente cuando Rob le informó que era médico.

–¡Bienvenido tres veces, y una vez más! En Holden’s Crossing necesitamos un médico. Y

cualquier médico puede viajar gratis en este transbordador -anunció, y dejó de empujar con la pértiga el tiempo suficiente para coger tres centavos y colocarlos solemnemente en la palma de Rob.

Rob miró las monedas.

–¿Qué ocurre con los otros diez centavos?

–¡Mierda! Supongo que el caballo no será también médico.

Al sonreír fue lo bastante simpático para hacer creer a cualquiera que era feo.

Tenía una minúscula cabaña de troncos colocados en ángulo recto y unidos con arcilla blanca, cerca de un jardín y de un manantial, instalada sobre una elevación que daba al río.

–Justo a tiempo para la comida -dijo, y pronto estaban comiendo un fragante estofado en el que Rob identificó nabos, col y cebolla, pero quedó desconcertado con la carne-. Esta mañana conseguí una liebre vieja y un pollo joven, y los he metido en el estofado -explicó Holden.

Mientras compartían el segundo cuenco, cada uno habló de sí mismo lo suficiente para crear una atmósfera agradable. Holden era un abogado rural del estado de Connecticut. Tenía grandes proyectos.

–¿Y cómo es que le pusieron tu nombre al pueblo?

–No se lo pusieron. Fui yo quien lo hizo -respondió en tono afable-. Yo fui el primero en llegar, y establecí el servicio del transbordador. Cada vez que viene alguien a instalarse, yo le informo del nombre de la población. Por ahora nadie lo ha cuestionado.

En opinión de Rob, la cabaña de troncos de Holden no era el equivalente de una acogedora casa de campo escocesa. Era oscura y estaba mal ventilada. La cama, instalada demasiado cerca de la humeante chimenea, se hallaba cubierta de hollín. Holden le comentó en tono alegre que lo único bueno de aquel lugar era el emplazamiento; dijo que en el plazo de un año la cabaña sería derribada y en su lugar se construiría una casa elegante.

–Sí, señor, grandes proyectos.

Le habló de las cosas que pronto llegarían: una taberna, un almacén en el que se vendería de todo, y con el tiempo un banco. Fue sincero al intentar convencer a Rob para que se instalara en Holden’s Crossing

–¿Cuántas familias viven aquí? – preguntó Rob J., y sonrió con tristeza al oír la respuesta-. Un médico no puede ganarse la vida atendiendo sólo a dieciséis familias.

–Claro que no. Pero están llegando granjeros que se sienten tan atraídos por este lugar como por una mujer. Y esas dieciséis familias viven dentro de la población. Más allá de los límites de la población no hay ningún médico entre esta ciudad y Rock Island, y hay montones de granjas

diseminadas en la llanura. Sólo tendrías que conseguirte un caballo mejor y estar dispuesto a viajar un poco para hacer una visita.

Rob recordó lo frustrado que se había sentido por no haber podido practicar una buena medicina en el superpoblado Distrito Octavo.

Pero esto era el reverso de la moneda. Le dijo a Nick Holden que lo consultaría con la almohada.

Esa noche durmió en la cabaña, envuelto en un edredón, en el suelo, mientras Nick Holden roncaba en la cama. Pero eso no era tan terrible para alguien que había pasado el invierno en un barracón con diecinueve leñadores que no paraban de toser y de tirarse pedos. Por la mañana, Holden preparó el desayuno pero dejó que Rob lavara los platos y la sartén, y dijo que tenía que hacer algo y que volvería enseguida.

Era un día claro y fresco. El sol empezaba a calentar, y Rob desenvolvió la viola y se sentó sobre una roca, a la sombra, en el claro que había entre la cabaña y el límite del bosque. A su lado, encima de la roca, colocó la copia de la mazurca de Chopin que Jay Geiger había trasncrito para él, y empezó a tocar con sumo cuidado.

Trabajó una media hora en el tema y la melodía hasta que empezó a sonar como música. Luego levantó la vista de la página, miró en dirección al bosque y vio dos indios montados a caballo que lo miraban desde más allá del límite del claro.

Se sintió alarmado porque le hicieron recuperar su confianza en James Fenimore Cooper. Eran hombres de mejillas hundidas, con el pecho desnudo que parecía fuerte y enjuto, brillante gracias a una especie de aceite. El que estaba más cerca de Rob llevaba pantalones de ante y tenía una nariz enorme y ganchuda. Su cabeza afeitada estaba dividida por un llamativo mechón de pelo de animal, tieso y tosco. Llevaba un rifle. Su compañero era un hombre corpulento, tan alto como Rob J. pero más voluminoso. Tenía pelo negro y largo, sujeto detrás por una cinta de cuero, y llevaba pantalones con parches y polainas de cuero.

Tenía un arco, y Rob J. vio claramente las flechas que colgaban del cuello del caballo, como en un dibujo de uno de los libros sobre indios que había encontrado en el Ateneo de Boston.

No sabía si detrás de ellos, entre los árboles, había otros indios. Si se mostraban hostiles estaba perdido, porque la viola de gamba es poco útil como arma. Decidió seguir tocando y volvió a colocar el arco sobre las cuerdas, pero no repitió la pieza de Chopin; no quería tener que apartar la mirada de ellos para ver la partitura. Sin pensarlo, empezó a tocar una pieza del siglo XVII que conocía muy bien, titulada Cara la vita mia, de Oratio Bassani. La tocó del principio al fin y luego la repitió hasta la mitad. Finalmente se detuvo, porque no podía quedarse sentado y tocando la viola eternamente.

Oyó un ruido a sus espaldas; se volvió rápidamente y vio una ardilla roja que pasaba a toda velocidad. Al girarse de nuevo quedó totalmente aliviado y muy pesaroso porque los dos indios se habían marchado.

Durante un instante oyó los caballos que se alejaban, y luego sólo percibió el murmullo del viento entre las hojas de los árboles.

Cuando regresó Nick Holden y Rob le contó lo ocurrido, intentó no mostrarse preocupado. Hizo un rápido recorrido de inspección pero dijo que al parecer no faltaba nada.

–Los indios que había por aquí eran los sauk. Hace doce años fueron desplazados al otro lado del Mississippi, a Iowa, debido a unas luchas que la gente del lugar llegó a llamar la guerra de Halcón Negro. Hace algunos años, los sauk que aún quedaban vivos fueron trasladados a una reserva de Kansas. El mes pasado nos enteramos de que unos cuarenta guerreros indios se habían marchado de la reserva con sus mujeres y sus hijos. Según se rumoreaba, se dirigían hacia Illinois. Al ser tan pocos, dudo de que sean tan estúpidos como para crearnos problemas.

Creo que simplemente esperan que los dejemos en paz.

Rob asintió.

–Si hubieran querido crearme problemas, podrían haberlo hecho fácilmente.

Nick estaba impaciente por dejar de lado cualquier tema que pudiera empañar la reputación de Holden’s Crossing. Dijo que había pasado la mañana buscando cuatro parcelas de tierra. Quería

enseñárselas y, ante su insistencia, Rob ensilló su yegua.

La tierra era propiedad del gobierno. Mientras cabalgaban, Nick le explicó que había sido dividida por los topógrafos federales en parcelas de ochenta acres. La propiedad privada se vendía a ocho dólares el acre, o más, pero el precio de las tierras del gobierno era de un dólar con veinticinco centavos el acre, es decir, cien dólares el terreno de ochenta acres. Para adquirir la tierra había que dar una entrada de la vigésima parte del precio, el veinticinco por ciento a los cuarenta días, y el resto en tres plazos iguales al cabo de dos, tres y cuatro años, contando desde la fecha de la entrada. Nick dijo que era la mejor tierra que se podía conseguir para una granja, y cuando llegaron allí Rob le creyó.

Las parcelas se encontraban aproximadamente a un kilómetro y medio del río, brindando una gruesa franja de bosque ribereño que contenía varios manantiales y madera para construir. Más allá del bosque se extendía la fértil promesa de la llanura sin labrar.

–Este es mi consejo -anunció Holden-. Yo no consideraría esta tierra como cuatro parcelas de ochenta acres, sino como dos de ciento sesenta. El gobierno permite que los nuevos pobladores compren hasta dos secciones, y eso es lo que yo haría si estuviera en tu lugar.

Rob J. hizo una mueca y sacudió la cabeza.

–Es una tierra fantástica. Pero no tengo los cincuenta dólares que hacen falta.

Nick Holden lo miró con aire pensativo.

–Mi porvenir está ligado a esta futura ciudad. Si puedo atraer a otros pobladores, seré propietario del almacén, el molino y la taberna.

Los pobladores acuden en tropel a un sitio en el que hay médico. Para mí es una garantía tenerte viviendo en Holden’s Crossing. Los bancos están prestando dinero a un interés anual del dos y medio por ciento.

Yo te prestaría los cincuenta dólares al uno y medio por ciento, para que me los devuelvas en el plazo de ocho años.

Rob J. miró a su alrededor y lanzó un suspiro. Era una tierra fantástica. El lugar le parecía tan perfecto que tuvo que hacer un esfuerzo por controlar su voz mientras aceptaba la oferta. Nick le estrechó la mano cálidamente y restó importancia a su gratitud:

–No es más que un buen negocio.

Recorrieron lentamente la propiedad. La parcela doble que estaba al sur era un terreno bajo, prácticamente llano. El sector del norte era ondulado, con varias elevaciones que casi podían considerarse pequeñas colinas.

–Yo me quedaría con los trozos del sur -sugirió Holden-; el suelo es mejor y más fácil de arar.

Pero Rob J. ya había decidido comprar el sector del norte.

–Dedicaré la mayor parte a pastos y criaré ovejas; ése es el tipo de agricultura que yo entiendo.

Pero conozco a alguien que está ansioso por cultivar la tierra, y tal vez quiera las parcelas del sur.

Cuando le habló de Jason Geiger, el abogado sonrió de placer.

–¿Una farmacia en Holden’s Crossing? Eso sería tener el éxito asegurado. Bueno, entregaré un depósito para la parcela sur y la reservaré a nombre de Geiger. Si él no la quiere, no será difícil hacer negocio con una tierra tan buena.

A la mañana siguiente los dos hombres se trasladaron a Rock Island, y cuando salieron de la Oficina del Catastro de Estados Unidos, Rob J. se había convertido en propietario y en deudor.

Por la tarde volvió solo a su propiedad. Ató a la yegua y exploró a pie el bosque y la pradera mientras pensaba y hacía planes. Caminó junto al río, como si estuviera soñando, mientras lanzaba piedras al agua, incapaz de creer que todo eso fuera suyo. En Escocia era terriblemente difícil comprar tierra. El terreno y las ovejas que su familia poseía en Kilmarnock habían pasado de una generación a otra a lo largo de varios siglos.

Esa noche le escribió a Jason Geiger describiéndole los ciento sesenta acres que habían sido reservados junto a su propiedad, y le pidió que le hiciera saber en cuanto le fuera posible si quería tomar posesión de la tierra definitivamente. También le pidió que le enviara una buena provisión de

azufre porque Nick le había contado de mala gana que en primavera siempre había una epidemia que la gente del lugar llamaba sarna de Illinois, y lo único que al parecer servía para combatirla era una elevada dosis de azufre.

La crianza

Enseguida corrió la voz de que había llegado un médico. Tres días después de que Rob J. llegara a Holden’s Crossing fue llamado por su primer paciente, que vivía a veinticinco kilómetros de distancia, y a partir de entonces no dejó de trabajar en ningún momento. A diferencia de los colonos del sur y el centro de Illinois, la mayoría de los cuales provenían de los Estados del Sur, los granjeros que se establecían en el norte de Illinois llegaban desde Nueva York y Nueva Inglaterra, cada mes en mayor número, a pie, a caballo o en carromato, a veces con una vaca, algunos cerdos y algunas ovejas. El ejercicio de su profesión abarcaría un territorio amplio: la pradera que se extendía entre los grandes ríos, atravesada por pequeños arroyos, dividida por bosquecillos y estropeada por ciénagas profundas y llenas de barro. Si los pacientes iban a verlo, cobraba setenta y cinco centavos la consulta. Si él tenía que ir a visitar al paciente, cobraba un dólar, y uno y medio si era de noche.

Pasaba la mayor parte del día montado en su caballo, porque en este extraño país las granjas se hallaban muy apartadas unas de otras. A veces, al caer la noche, estaba tan cansado de viajar que lo único que podía hacer era echarse en el suelo y dormir profundamente.

Le comunicó a Holden que a finales de ese mes estaría en condiciones de devolverle una parte de su deuda, pero Nick sonrió y sacudió la cabeza.

–No te apresures. En realidad creo que sería mejor que te prestara un poco más. Aquí el invierno es muy duro y vas a necesitar un animal más fuerte que el que tienes. Y con tantos pacientes no tienes tiempo de hacerte una cabaña antes de que empiecen las nevadas.

Creo que será mejor que busque a alguien que pueda construirte una, a jornal.

Nick encontró a un constructor de cabañas llamado Alden Kimball, un hombre infatigable, delgado como un palo, que tenía los dientes amarillos porque siempre estaba fumando en una apestosa pipa hecha con una mazorca. Había crecido en una granja en Hubbardton, Vermont, y últimamente era un réprobo mormón de Nauvoo, Illinois donde los adeptos eran conocidos como los santos del último día, y se rumoreaba que los hombres tenían tantas esposas como querían. Kimball contó a Rob J. que había tenido una discusión con los ancianos de la iglesia y que se había marchado, simplemente. Rob J. no estaba interesado en hacerle demasiadas preguntas. Para él era suficiente que Kimball usara el hacha y la azuela como si formaran parte de su cuerpo. Cortaba y desbastaba los troncos y los dejaba planos de los dos lados correspondientes. Un día Rob le alquiló un buey a un granjero llamado Grueber. En cierto modo Rob sabía que Grueber no le habría confiado su valioso buey si Kimball no hubiera estado con él. El santo caído insistía pacientemente en someter al buey a su voluntad, y en un solo día los dos hombres y la bestia arrastraron los troncos preparados hasta el emplazamiento que Rob había elegido a la orilla del río. Mientras Kimball unía los troncos de los cimientos con clavijas para la madera, Rob vio que el único tronco grande que sustentaría la pared norte tenía una curva de un tercio de su longitud, aproximadamente, y se lo hizo notar a Alden.

–Está bien -respondió Kimball, y Rob se marchó y lo dejó trabajar.

Al visitar el lugar un par de días más tarde, Rob vio que ya estaban levantadas las paredes de la cabaña. Alden había taponado los troncos con arcilla extraída de un lugar a la orilla del río, y estaba blanqueando las tiras de arcilla. En el lado que daba al norte, todos los troncos tenían una sinuosidad que combinaba casi exactamente con el tronco de la base, dando una ligera inclinación a toda la pared. A Alden debía de haberle llevado mucho tiempo encontrar troncos con el mismo defecto, y de hecho dos de ellos habían tenido que ser tallados con la azuela para lograr que combinaran.

Fue Alden quien le habló de un caballo ágil que Grueber tenía para vender.

Cuando Rob J. confesó que no sabía demasiado de caballos, Kimball se encogió de hombros.

–Es una yegua de cuatro años; aún está creciendo y desarrollando los huesos. Es un animal sano, no tiene nada malo.

Así que Rob la compró. Era lo que Grueber llamaba un animal bayo, más rojo que pardo, con patas, crin y cola negras, y manchas negras como pecas en la frente; tenía quince palmos de altura, un cuerpo fuerte y expresión inteligente en los ojos. Como las pecas le recordaban a la chica que había conocido en Boston, la llamó Margaret Holland.

Meg, para abreviar.

Se dio cuenta de que Alden tenía buen ojo para los animales, y una mañana le preguntó si le gustaría seguir como jornalero cuando la cabaña estuviera terminada, y trabajar en la granja.

–Bueno…, ¿qué clase de granja?

–De ovejas.

Alden puso mala cara.

–No entiendo nada de ovejas. Siempre he trabajado con vacas lecheras.

–Yo he crecido entre ovejas -comentó Rob-. No es muy difícil cuidarlas. Tienen tendencia a moverse en rebaño, así que un hombre y un perro pueden dominarlas fácilmente en una pradera. En cuanto a las otras tareas, castrarlas, esquilarlas y todo lo demás, yo podría enseñártelas.

Alden pareció reflexionar, pero sólo se trataba de un gesto de cortesía.

–Para ser sincero, no me interesan mucho las ovejas. No -dijo finalmente-. Gracias por su amabilidad, pero supongo que no. – Tal vez para cambiar de tema le preguntó a Rob qué pensaba hacer con la otra yegua. Mónica Grenville lo había llevado al Oeste, pero era un animal cansado-. No crea que conseguirá mucho si la vende sin ponerla antes en condiciones. En la pradera hay mucha hierba, pero tendrá que comprar heno para el invierno.

Ese problema quedó resuelto pocos días después, cuando un granjero que andaba escaso de dinero le pagó un parto con una carretada de heno. Después de consultarlo, Alden aceptó extender el techo de la cabaña junto a la pared que daba al sur, sosteniendo los extremos con estacas, para montar un establo abierto para las dos yeguas. Pocos días después de que estuviera terminado, Nick pasó para echar un vistazo.

Sonrió al ver el cobertizo añadido para los animales y evitó la mirada de Alden Kimball.

–Tienes que reconocer que le da un aspecto extraño -dijo mientras levantaba las cejas señalando la pared norte de la cabaña-. La maldita pared está curvada.

Rob J. pasó las yemas de los dedos por encima de la curva de los troncos, en un gesto de admiración.

–No, fue construida de este modo a propósito; así es como nos gusta.

Eso la hace diferente de las otras cabañas que probablemente has visto.

Después de que Nick se marchara, Alden estuvo trabajando en silencio aproximadamente durante una hora; luego dejó de colocar clavijas y se acercó a Rob, que estaba almohazando a Meg. Golpeó la pipa contra el tacón de la bota para quitar el tabaco.

–Supongo que puedo aprender a cuidar ovejas -dijo.

Para empezar a formar el rebaño, Rob J. pensó sobre todo ovejas merinas españolas, porque su lana fina resultaba valiosa, y cruzarlas con una raza inglesa de lana larga, como había hecho su familia en Escocia. Informó a Alden de que no compraría los animales hasta la primavera, para ahorrarse el gasto y el esfuerzo que suponía cuidarlos durante el invierno. Alden se ocupó entre tanto de amontonar postes para vallas, construir dos establos con techo de una vertiente, y levantar una cabaña para él en el bosque. Afortunadamente podía trabajar sin que nadie lo supervisara, porque Rob J. estaba ocupado. La gente de los alrededores se las había arreglado sin médico, y él pasó los primeros meses intentando corregir los efectos de la falta de atención y de los remedios caseros.

Visitó pacientes con gota, cáncer, hidropesía y escrófula, muchos niños con lombrices y personas de todas las edades con tisis. Se cansó de arrancar muelas picadas. Cuando arrancaba una muela picada sentía lo mismo que cuando amputaba un miembro; detestaba quitar algo que nunca podría volver a poner.

–Espera a la primavera, que es cuando todo el mundo coge algún tipo de fiebre. Te vas a forrar -le dijo Nick Holden alegremente.

Sus visitas lo llevaban por senderos remotos, casi inexistentes. Nick se ofreció a prestarle un revólver hasta que él pudiera comprarse uno.

–Viajar es peligroso. Hay bandidos que son como piratas de tierra, y ahora esos malditos hostiles.

–¿Hostiles?

–Indios.

–¿Alguien los ha visto?

Nick frunció el entrecejo. Dijo que habían sido divisados en varias ocasiones, pero admitió de mala gana que no habían molestado a nadie.

–Hasta ahora -añadió en tono pesimista.

Rob J. no se compró ningún revólver ni usó el de Nick. Se sentía seguro con su nueva yegua. Era un animal de gran resistencia, y él disfrutaba al ver la seguridad con que podía trepar y bajar por orillas empinadas y vadear corrientes rápidas. Le enseñó a aceptar que la montaran por un costado o por otro, y la yegua aprendió a acudir cuando le silbaba. Los animales de su tipo se utilizaban para reunir el ganado, y Grueber ya le había enseñado a arrancar, detenerse y girar instantáneamente, respondiendo al más mínimo cambio del peso de Rob, o a un pequeño movimiento de las riendas.

Un día de octubre fue llamado a la granja de Gustav Schroeder, que se había aplastado dos dedos de la mano izquierda con unas pesadas rocas. Rob se perdió por el camino, y se detuvo a preguntar en una choza de aspecto lamentable que se encontraba junto a unos campos muy bien cuidados. La puerta se abrió apenas una rendija, pero fue asaltado por el peor de los olores, por el hedor de desechos humanos viejos, aire viciado y podredumbre. Apareció una cara, y Rob vio los ojos rojos e hinchados, el pelo húmedo y lleno de mugre, como el de una bruja.

–¡Lárguese! – le ordenó una áspera voz de mujer.

Algo del tamaño de un perro pequeño se movió al otro lado de la puerta. ¿No había un niño allí dentro? La puerta se cerró de golpe.

Los cuidados campos resultaron ser de Schroeder. Cuando Rob llegó a la granja tuvo que amputar al granjero el dedo meñique y la primera articulación del tercer dedo, lo cual representó un sufrimiento para el paciente. Al terminar le preguntó a la esposa de Schroeder por la mujer de la choza, y Alma Schroeder pareció un poco avergonzada.

–Es la pobre Sarah -respondió.

El indio grande

Las noches empezaron a ser frías y cristalinas, con estrellas enormes, y luego el cielo estuvo encapotado durante varias semanas seguidas. Antes de que noviembre tocara a su fin llegó la nieve, encantadora y terrible; luego empezó a soplar el viento, esculpiendo el grueso manto blanco, amontonándolo en ventisqueros que desafiaban pero nunca detenían a la yegua. Fue al ver con cuánto coraje reaccionaba ante la nieve cuando Rob J. empezó a quererla realmente.

El frío glacial en la llanura permaneció inalterable durante todo el mes de diciembre y gran parte de enero. Un amanecer, mientras regresaba a su casa después de pasar toda la noche levantado en una vivienda humeante con cinco niños, tres de los cuales tenían crup, tropezó con dos indios que se encontraban en un grave apuro. Reconoció enseguida a los hombres que lo habían escuchado interpretar la viola junto a la cabaña de Nick Holden. Los cuerpos de tres liebres muertas daban testimonio de que habían estado cazando. Uno de los ponis se había caído, rompiéndose una pata delantera a la altura del menudillo, y aprisionando a su jinete, el sauk de la nariz ganchuda y grande.

Su compañero, el indio voluminoso, había matado inmediatamente al caballo y le había abierto la panza; luego había logrado arrastrar al hombre herido liberándolo del animal muerto y lo había colocado en la humeante cavidad del caballo para evitar que se congelara.

–Soy médico, tal vez pueda ayudarlo.

No entendía el inglés, pero el indio grande no hizo ningún intento de impedirle examinar al hombre herido. En cuanto buscó a tientas debajo de la andrajosa ropa de piel, resultó evidente que el cazador había sufrido una dislocación posterior de la cadera derecha y que estaba terriblemente dolorido. El nervio ciático estaba dañado porque el hombre tenía el pie colgando, y cuando Rob le

quitó el zapato de cuero y lo pinchó con la punta de un cuchillo, no pudo mover los dedos. Los músculos protectores se habían vuelto tan difíciles de manipular como un trozo de madera debido al dolor y al frío glacial, y no había forma de acomodar la cadera inmediatamente.

Rob se sintió desesperado cuando el indio grande montó en su caballo y los abandonó, cruzando la pradera en dirección al límite del bosque, tal vez en busca de ayuda. Rob se quitó una chaqueta apolillada de piel de oveja que el invierno anterior había ganado a un leñador en una partida de póquer, y tapó con ella al paciente; luego abrió su alforja y sacó unas vendas con las que ató las piernas del indio para inmovilizar la cadera dislocada. En ese momento regresó el indio grande arrastrando dos ramas de árbol recortadas, estacas resistentes pero flexibles. Las ató a ambos lados del caballo como si fueran los varales de un carro, y las unió con algunas de sus prendas de piel, formando una camilla transportable. Encima de ella ataron al hombre herido, que debió de sufrir terriblemente mientras era arrastrado aunque la nieve permitió que el viaje fuera más tranquilo que si se hubiera tratado del terreno pelado.

Mientras Rob J. cabalgaba detrás del herido, empezó a caer agua nieve. Avanzaron por el límite del bosque que bordeaba el río. Finalmente el indio guió al caballo hasta un claro entre los árboles y entraron en el campamento de los sauk.

Los tipis de cuero, de forma cónica -cuando Rob J. tuvo ocasión de contarlos descubrió que eran diecisiete-, habían sido montados entre los árboles, donde quedaban protegidos del viento. Los sauk iban bien abrigados. Por todas partes había indicios de la reserva, porque además de cueros y pieles de animales llevaban las ropas desechadas por los blancos, y en varias tiendas se veían cajas viejas de municiones del ejército. Tenían montones de ramas secas para hacer fuego, y del agujero para el humo de cada tipi se elevaban volutas grises. Pero la ansiedad con que las manos cogieron las delgadas liebres no pasó inadvertida para Rob J., y tampoco la expresión angustiada de todos los rostros que vio, porque ya en otras ocasiones había visto personas hambrientas.

El hombre herido fue trasladado a uno de los tipis, y Rob lo siguió.

–¿Alguien habla inglés?

–Yo conozco su idioma.

Resultaba difícil determinar la edad de la persona que había hablado porque llevaba puesto el mismo montón informe de ropa de piel que los demás, y la cabeza cubierta con una capucha de pieles cosidas de ardilla gris, pero la voz era la de una mujer.

–Yo sé cómo curar a este hombre. Soy médico. ¿Sabe lo que es un médico?

–Lo sé.

Sus ojos pardos lo miraron serenamente desde debajo de los pliegues de la piel. La mujer dijo algo en su lengua y los demás indios que estaban en la tienda esperaron, mirando a Rob.

Cogió un poco de leña del montón y preparó el fuego. Al quitarle la ropa al hombre vio que tenía la cadera girada. Levantó las rodillas del indio hasta que estuvieron totalmente flexionadas y luego, por intermedio de la mujer, se aseguró de que unas manos fuertes sujetaran firmemente al hombre. Se puso en cuclillas y colocó su hombro derecho exactamente debajo de la rodilla del costado herido.

Luego empujó con todas sus fuerzas, y se oyó el crujido que produjo el hueso al volver a acomodarse en la cavidad de la articulación.

El indio parecía muerto. Durante todo ese tiempo apenas se había quejado, y Rob J. pensó que un trago de whisky y láudano le haría bien.

Pero llevaba ambas medicinas en las alforjas, y antes de que pudiera cogerlas, la mujer había colocado agua en una calabaza, la había mezclado con un polvo que guardaba en una bolsita de gamuza y se la había dado al herido, que bebió ansiosamente. La mujer colocó una mano en cada cadera del hombre y lo miró a los ojos mientras canturreaba algo en su lengua. Mientras la observaba y escuchaba, Rob J. sintió que se le erizaba el pelo de la nuca. Se dio cuenta de que ella era el médico de aquellos indios. O tal vez una especie de sacerdotisa.

En ese momento, la noche en vela y la lucha con la nieve durante las veinticuatro horas anteriores dejaron caer su peso sobre Rob; mareado de cansancio, salió del tipi tenuemente iluminado y se

encontró con los sauk que esperaban fuera, salpicados de nieve. Un anciano de ojos legañosos lo tocó con expresión de asombro.

–Cawso wabeskiou!-exclamó el anciano, y los demás repitieron con él-: Cawso Wabeskiou, Cawso Wabeskiou.

La médico-sacerdotisa salió del tipi. Cuando la capucha resbaló de su rostro, Rob vio que no era vieja.

–¿Qué están diciendo?

–Te llaman chamán blanco -respondió ella.

La hechicera le informó que, por motivos que enseguida le parecieron evidentes, el hombre herido se llamaba Waucau-che, Nariz de Aguila.

El nombre del indio grande era Pyawaneawa, Viene Cantando. Mientras Rob J. regresaba a su cabaña se cruzó con Viene Cantando y con otros dos sauk, que debían de haber cabalgado hasta donde estaba el caballo muerto, en cuanto Nariz de Águila quedó en su tienda, para llevarse la carne antes de que los lobos dieran cuenta de ella. Habían cortado el poni muerto en trozos y trasladaban la carne en dos caballos de carga. Pasaron en fila junto a Rob, aparentemente sin mirarlo siquiera como si se tratara de un árbol.

Cuando llegó a su casa, Rob J. escribió en su diario e intentó dibujar a la mujer de memoria; pero por mucho que lo intentó, sólo consiguió una especie de rostro indio genérico, asexuado y famélico.

Necesitaba dormir pero no se sintió tentado por su colchón de paja. Sabía que Gus Schroeder tenía espigas secas de sobra para vender, y Alden había mencionado que Paul Grueber tenía un poco de cereal de sobra, separado para venderlo antes de almacenar. Montó a Meg y llevó a Mónica, y esa tarde regresó al campamento sauk y descargó dos sacos de maíz, uno de colinabo y otro de trigo.

La hechicera no le dio las gracias. Simplemente miró los sacos de alimentos y dio unas cuantas órdenes, y las manos ansiosas de los indios los llevaron rápidamente al interior de los tipis, para protegerlos del frío y la humedad. El viento abrió de golpe la capucha de la india. Era una verdadera piel roja: su rostro tenía el matiz del colorete rojizo, y su nariz una protuberancia en el puente y ventanillas casi negroides. Sus ojos pardos eran maravillosamente grandes y su mirada directa.

Cuando le preguntó cómo se llamaba, ella dijo que Makwa-ikwa.

–¿Qué significa?

–La Mujer Oso -respondió ella.

La época fría

Los muñones de los dedos amputados de Gus Schroeder cicatrizaron sin infección. Rob visitaba al granjero tal vez con demasiada frecuencia porque sentía curiosidad por la mujer que habitaba la cabaña de la casa de los Schroeder. Al principio Alma Schroeder se mostró discreta, pero en cuanto se dio cuenta de que Rob J. quería ayudar se mostró maternalmente locuaz con respecto a la joven mujer. Sarah tenía veintidós años y era viuda; hacía cinco años que había llegado a Illinois desde Virginia con su joven esposo, Alexander Bledsoe. Durante dos primaveras, Bledsoe había cortado las malas hierbas rebeldes y profundamente arraigadas, luchando con un arado y una yunta de bueyes para lograr que sus campos fueran lo más grandes posible antes de que, con la llegada del verano, la hierba de la pradera le cubriera la cabeza. Durante el segundo año de su estancia en el Oeste, en el mes de mayo, contrajo la sarna de Illinois, y a continuación la fiebre que lo mató.

–En la primavera siguiente ella intenta arar y sembrar, ella sola -añadió Alma-. Consigue una cosecha pobre, corta un poco más de hierba, pero no puede. Simplemente no puede cultivar la tierra.

Ese verano nosotros vinimos de Ohio, Gus y yo. Hicimos… ¿cómo lo llaman…? ¿Un acuerdo? Ella entrega sus campos a Gustav, nosotros le suministramos harina de maíz, vegetales. Y leña para el fuego.

–¿Cuántos años tiene la criatura?

–Dos años -repuso Alma Schroeder serenamente-. Ella nunca lo ha dicho, pero nosotros pensamos que Will Mosby era el padre. Los hermanos Will y Frank Mosby vivían río abajo. Cuando vinimos a vivir aquí, Will Mosby pasaba muchísimo tiempo con ella. Estábamos contentos. Por aquí,

una mujer necesita un hombre. – Alma suspiró con desdén-. Esos hermanos. No buenos, no buenos.

Frank Mosby está huyendo de la ley. Will fue asesinado en una pelea en una taberna, exactamente antes de que llegara el bebé. Un par de meses más tarde, Sarah se puso enferma.

–No tiene mucha suerte.

–Ninguna suerte. Está muy enferma. Dice que se está muriendo de cáncer. Tiene dolores de estómago; le duele tanto que no puede… ya sabe… retener el agua.

–¿También ha perdido el control de los intestinos?

Alma Schroeder se ruborizó. Hablar de un bebé nacido fuera del matrimonio era una simple observación sobre las extravagancias de la vida, pero no estaba acostumbrada a hablar de las funciones fisiológicas con ningún hombre que no fuera Gus, ni siquiera con un médico.

–No. Sólo del agua… Quiere que me quede con el pequeño cuando ella se vaya. Nosotros ya tenemos cinco que alimentar…-Lo miró fija mente-. ¿Puede darle algún medicamento para el dolor?

Una persona enferma de cáncer podía escoger entre el whisky o el opio. No existía nada que ella pudiera tomar, y seguir cuidando de su hijo. Pero cuando se marchó de casa de los Schroeder se detuvo junto a la cabaña cerrada y aparentemente sin vida.

–Señora Bledsoe -llamó.

Golpeó la puerta.

No obtuvo respuesta.

–Señora Bledsoe. Soy Rob J. Cole. Soy médico.

Volvió a golpear.

–¡Váyase!

–Le he dicho que soy médico. Tal vez pueda hacer algo.

–Váyase. Váyase. Váyase.

A finales del invierno su cabaña empezó a tener aspecto de hogar. Cada vez que iba a algún sitio compraba cosas para la casa: una olla de hierro, dos tazas de hojalata, una botella de color, un cuenco de barro, cucharas de madera. Algunas cosas las compraba. Otras las aceptaba como pago, que era el caso del par de las viejas pero útiles mantas hechas con retazos de varios colores; colgó una en la pared norte, para reducir la corriente de aire, y usó la otra para abrigarse en la cama que le había hecho Alden Kimball. Este también le hizo un taburete de tres patas y un banco bajo para poner delante de la chimenea, y exactamente antes de que comenzaran las nevadas había arrastrado hasta la cabaña un trozo de sicómoro de un metro aproximadamente, y lo había colocado de pie. Clavó al tronco un trozo de madera, sobre el que Rob extendió una manta vieja de lana. Se sentaba ante esa mesa como si fuera un rey, en el mejor mueble de la casa: una silla con asiento de corteza trenzada de nogal; allí comía o leía sus libros y periódicos antes de irse a la cama, iluminado por la luz vacilante de un trapo que ardía en un plato con grasa. La chimenea, construida con piedras del río y arcilla, mantenía caliente la cabaña. Encima de ella se veían sus rifles, colocados en ganchos, y de las vigas había colgado manojos de hierbas, ristras de cebollas y ajos, hilos con rodajas secas de manzana, embutido y un jamón ahumado. En un rincón guardaba herramientas: una azada, un hacha, una roturadora, una horca de madera, todas hechas con diferentes grados de habilidad.

De vez en cuando tocaba la viola de gamba. La mayor parte del tiempo estaba demasiado cansado para tocar él solo. El 2 de marzo llegó a la oficina de la diligencia, en Rock Island, una carta y una provisión de azufre remitidas por Jay Geiger. En la carta decía que la descripción que Rob J. había hecho de las tierras de Holden’s Crossing era más de lo que él y su esposa habían esperado. Le había enviado a Nick Holden un giro para cubrir el depósito sobre la propiedad, y se haría cargo de los futuros pagos a la oficina del catastro. Por desgracia, los Geiger no pensaban trasladarse a Illinois hasta que hubiera pasado un tiempo; Lillian estaba embarazada otra vez, “un acontecimiento inesperado que, aunque nos llena de dicha, retrasará nuestra partida de este lugar”. Esperarían hasta que su segundo hijo tuviera edad suficiente para sobrevivir al traqueteo del viaje por la pradera.

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