Chaman
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Rob J. leyó la carta con una mezcla de sentimientos. Estaba encantado de que Jay confiara en su recomendación con respecto a la tierra y de que algún día se convirtiera en su vecino. Pero le
desesperaba que ese día aún no estuviera a la vista. Habría dado cualquier cosa por poder sentarse con Jason y Lillian y tocar una música que lo consolara y transportara su alma. La pradera era una cárcel enorme y silenciosa, y la mayor parte del tiempo estaba solo en ella.
Se dijo que buscaría un perro apropiado.
A mediados del invierno los sauk estaban otra vez delgados y hambrientos. Gus Schroeder se preguntó en voz alta por qué Rob J. quería comprar otros dos sacos de maíz, pero cuando éste no le dio ninguna explicación, no insistió en el asunto. Los indios aceptaron el regalo suplementario de maíz en silencio y sin mostrar ninguna emoción, como en la ocasión anterior. Rob le llevó a Makwa-ikwa una libra de café y se acostumbró a pasar el rato con ella, junto al fuego. Ella hizo durar el café añadiendo tal cantidad de una raíz silvestre tostada, que resultó distinto de cualquier café que él hubiera tomado. Lo bebieron puro; no era bueno pero estaba caliente y tenía cierto sabor indio. Poco a poco aprendieron a conocerse. Ella había asistido a la escuela durante cuatro años, en una misión para niños indios, cerca de Fort Crawford. Sabía leer un poco y había oído hablar de Escocia, pero cuando él supuso que era cristiana, ella le corrigió. Su pueblo adoraba a Se-wanna -su dios principaly a otros manitús, y ella les decía cómo hacerlo a la antigua usanza. Rob comprendió que también era sacerdotisa, y eso le ayudaba a ser una sanadora eficaz. Sabía todo lo necesario sobre las plantas medicinales del lugar, y de los mástiles de su tienda colgaban manojos de hierbas secas. En varias ocasiones él la vio curar a los sauk. Empezaba poniéndose en cuclillas a un lado del indio enfermo y tocaba suavemente un tambor hecho con una vasija de cerámica, en la que había dos tercios de agua, y un trozo de piel delgada y curtida extendida sobre la boca. Luego frotaba el parche del tambor con un palo curvo. El resultado era un trueno grave que finalmente producía un efecto soporífero. Un rato después colocaba ambas manos en la parte del cuerpo que necesitaba ser curada y le hablaba al enfermo en su lengua. La vio aliviar de esa forma la espalda torcida de un joven y los huesos doloridos de una anciana.
–¿Cómo haces para que el dolor desaparezca sólo con tus manos?
Ella sacudió la cabeza.
–No puedo explicarlo.
Rob J. cogió las manos de la anciana entre las suyas. A pesar de que la anciana ya no sentía dolor, él percibió que las fuerzas de la enferma disminuían, y le comunicó a Makwa-ikwa que sólo le quedaban unos días de vida. Cuando regresó al campamento sauk, cinco días más tarde, la anciana había muerto.
–¿Cómo lo sabías? – le preguntó Makwa-ikwa.
–La muerte que se acerca… Algunas personas de mi familia pueden percibirla. Es una especie de don. No puedo explicarlo.
De modo que se creyeron. El la encontraba tremendamente interesante, muy distinta de las personas que había conocido. Incluso entonces, la conciencia física era una presencia existente entre ambos. La mayor parte de las veces se sentaban junto al pequeño fuego de ella en el tipi y bebían café o conversaban. En una ocasión él intentó contarle cómo era Escocia y fue incapaz de descifrar cuánto había comprendido, pero ella estuvo atenta y luego le preguntó por los animales salvajes y las cosechas. Makwa-ikwa le explicó la estructura tribal de los sauk, y entonces le tocó a ella tener paciencia, porque a él le resultó complicado. La nación sauk estaba dividida en doce grupos similares a los clanes escoceses, con la diferencia de que en lugar de McDonald, Bruce y Stewart, ellos tenían otros nombres: Namawuck, Esturión; Muckissou, Aguila Calva; Pucca-hunrnowuk, Perca Anillada; Macco Pennyack, Patata Oso; Kiche Cunne, Gran Lago; Payshake-isseuuck, Venado; Pesshe peshewuck, Pantera; Waymeco-uck, Trueno; Muck-wuck, Oso; Me-seco, Perca Hurón; cha-tvuck, Cisne; y Muhwha-wuck, Lobo. Los clanes vivían sin competir, pero cada hombre sauk pertenecía a una de las dos Mitades altamente competitivas: la Keeso-qui, Pelos Largos, o la Oshcush, Hombres Valientes. En el momento de su nacimiento, el primer hijo varón era declarado miembro de la Mitad a la que pertenecía su padre; el segundo hijo varón se convertía en miembro de la otra Mitad, y así sucesivamente, alternando de manera tal que las dos Mitades estuvieran representadas de forma más
o menos equivalente dentro de cada familia y de cada clan. Competían en los juegos, en la caza, en hacer niños, en dar golpes y en otros actos de valentía en todos los aspectos de su vida. La competición salvaje mantenía a los sauk fuertes y valerosos, pero no había peleas sangrientas entre las Mitades. A Rob J. le pareció un sistema más sensato que el que él conocía, más civilizado, porque miles de escoceses habían muerto a manos de miembros de los clanes rivales durante siglos de salvajes luchas de exterminio mutuo.
Debido a la escasez de víveres y a la aprensión que sentía por la forma en que los indios preparaban los alimentos, al principio evitó compartir las comidas de Makwa-ikwa. Luego, en varias ocasiones en las que los cazadores tuvieron éxito, comió lo que ella había cocinado y lo encontró sabroso. Observó que comían más estofados que asados, y que cuando podían elegir preferían las carnes rojas o las aves al pescado. Ella le habló de los banquetes de perro, comidas religiosas por que los manitús apreciaban la carne canina. Le explicó que cuanto más valioso era el perro como animal doméstico, mejor era el sacrificio de la fiesta, y más poderosa la medicina. Rob J. no pudo ocultar su repugnancia.
–¿No te parece raro comer un perro, que es un animal doméstico?
–No tan raro como comer el cuerpo y la sangre de Cristo.
El era un joven normal y a veces, aunque estaban protegidos del frío con muchas capas de ropa y pieles, se sentía tremendamente excitado.
Si los dedos de ambos se rozaban cuando ella le daba una taza de café, él sentía una conmoción glandular. En una ocasión cogió las manos frías y cuadradas de ella entre las suyas y quedó impresionado por la vitalidad que percibió. Examinó sus dedos cortos, la piel rojiza y áspera, los callos rosados de las palmas. Le preguntó si alguna vez iría a visitarlo a su cabaña. Ella lo miró en silencio y retiró las manos. No dijo que no visitaría su cabaña, pero nunca lo hizo.
Durante la época del barro, Rob J. cabalgó hacia el poblado indio, evitando los lodazales que aparecían por todas partes porque la esponjosa pradera no podía absorber la gran cantidad de nieve derretida. Encontró a los sauk levantando el campamento de invierno y los siguió a lo largo de casi diez kilómetros, hasta un lugar abierto en el que reemplazaron los abrigados tipis del invierno por hedonoso-tes, casas comunales de ramas entrelazadas a través de las cuales soplarían las suaves brisas del verano. Existía una buena razón para trasladar el campamento: los sauk no sabían nada sobre la higiene, y el campamento de invierno apestaba a mierda. Sobrevivir al crudo invierno y trasladarse al campamento de verano evidentemente había animado a los indios, porque Rob J. veía por todas partes hombres jóvenes luchando, corriendo o jugando a palo y pelota, un juego que jamás había visto. Utilizaban palos de madera con bolsas de cuero en forma de red en un extremo, y una pelota de madera cubierta de ante. Mientras corría a toda velocidad, un jugador lanzaba la pelota fuera de la red sujetada por el palo, y otro jugador la cogía hábilmente en la suya. Pasándosela de uno a otro, hacían que la pelota recorriera grandes distancias. Era un juego rápido y muy rudo. Cuando un jugador estaba en poder de la pelota, los otros jugadores tenían libertad para intentar sacarla de la red golpeando a diestro y siniestro con su palo, a menudo asestando golpes terribles en el cuerpo o en las piernas o brazos de su rival, mientras se ponían zancadillas y se empujaban mutuamente. Al advertir la fascinación con que Rob seguía el desarrollo del juego, uno de los cuatro jugadores indios le hizo señas para que se acercara y le ofreció su palo.
Los otros sonrieron y enseguida le hicieron participar en el juego, que más le pareció una mutilación criminal que un deporte. El era más grande que la mayoría de los jugadores, más musculoso. A la primera oportunidad, el hombre que tenía la pelota hizo girar la muñeca y lanzó violentamente la dura esfera en dirección a Rob. Este hizo un infructuoso intento de cogerla y tuvo que correr para alcanzarla, pero sólo consiguió meterse en una refriega salvaje, una lluvia de palos que parecían caer siempre sobre él. El largo adelantamiento lo desconcertó.
Luego de una triste valoración de las habilidades que no poseía, devolvió el palo a su propietario.
Mientras comía conejo guisado en la casa de Makwa-ikwa, ésta le comunicó serenamente que los sauk deseaban que él les hiciera un favor.
En el transcurso del crudo invierno, habían conseguido varias pieles con sus trampas. Ahora tenían dos fardos de excelentes pieles de visón, de zorro, de castor y ratón almizclero. Querían canjear las pieles por semillas para sembrar su primer cultivo del verano.
Rob J. quedó sorprendido porque nunca había pensado en los indios como agricultores.
–Si nosotros lleváramos las pieles a un comerciante blanco, nos estafaría -comentó Makwa-ikwa.
Lo dijo sin rencor, como hubiera podido contarle cualquier otra cosa.
De modo que una mañana él y Alden Kimball partieron rumbo a Rock Island con dos caballos de carga en los que llevaban las pieles, y otro caballo sin ningún tipo de carga. Rob J. negoció con el tendero del lugar y a cambio de las pieles consiguió cinco sacos de maíz de siembra -un saco de maíz temprano y pequeño, dos de un maíz más grande y de grano duro para moler, y dos de un maíz de espiga granada y grano blando, para hacer harina-, y tres sacos más: uno de semillas de judía, uno de semillas de calabaza, y otro de semillas de calabacín. Recibió además tres monedas de oro de veinte dólares de Estados Unidos para proporcionar a los sauk una pequeña reserva de emergencia, por si necesitaban comprar otras cosas a los blancos.
Alden estaba asombrado por la perspicacia de su patrón, convencido de que éste había planeado el complicado trato comercial en beneficio propio.
Esa noche se quedaron en Rock Island. En una taberna, Rob pidió dos vasos de cerveza ligera y escuchó los recuerdos jactanciosos de quienes en otros tiempos habían luchado contra los indios.
–Todo esto pertenecía a los sauk y a los fox -afirmó el tabernero de ojos legañosos-. Los sauk se llamaban a sí mismos osaukie, y los fox, mesquakie. Eran dueños de todo lo que hay entre el Mississippi al oeste, el lago Michigan al este, el Wisconsin al norte y el río Illinois al sur: ¡cincuenta millones de acres de la mejor tierra de cultivo! La población más grande era Sauk-e-nuk, una ciudad corriente, con calles y una plaza. Allí vivían once mil sauk, cultivando dos mil quinientos acres entre el río Rock y el Mississippi. Bueno, no nos llevó mucho tiempo espantar a esos bastardos rojos y hacer producir esa maravillosa tierra.
Las historias que contaban eran anécdotas de peleas sangrientas contra Halcón Negro y sus guerreros, en las que los indios siempre eran malvados y los blancos siempre valientes y nobles. Eran historias contadas por veteranos de las Grandes Cruzadas, casi siempre mentiras evidentes, sueños de lo que podría haber sido si aquellos que las contaban hubiesen sido mejores hombres. Rob J. admitía que la mayoría de los hombres blancos no lograba ver lo que él veía cuando miraba a los indios. Los otros hablaban como si los sauk fueran animales salvajes que habían sido justamente acorralados hasta que huyeron, haciendo que el país resultara más seguro para los seres humanos.
Rob había estado buscando durante toda su vida la libertad espiritual que veía en los sauk. Era eso lo que perseguía cuando escribió aquella octavilla en Escocia, lo que había pensado que moría cuando colgaron a Andrew Gerould. Ahora lo había descubierto en un puñado de gentuza extranjera de piel roja. No se estaba dejando llevar por el romanticismo: reconocía la mugre del campamento sauk, el atraso de su cultura en un mundo que los había dejado de lado. Pero mientras bebía su cerveza, intentando fingir interés en las historias alcohólicas de destripamientos, cabelleras arrancadas, pillaje y rapiña, supo que Makwa ikwa y sus sauk eran lo mejor que le había ocurrido en esas tierras
Pelota y palo
Rob J. se encontró con Sarah Bledsoe y su hijo de la misma forma en que se sorprende a las criaturas salvajes en los raros momentos de tranquilidad. Había visto pájaros que se quedaban adormecidos bajo el sol con igual satisfacción, después de limpiarse y arreglarse las plumas. La mujer y su hijo estaban sentados en el suelo, fuera de la cabaña, con los ojos cerrados. Ella no se había limpiado ni arreglado. Su largo pelo rubio se veía sin brillo y enmarañado, y el vestido que cubría su cuerpo enjuto estaba mugriento y arrugado. Tenía la piel hinchada, y su rostro abotargado y pálido reflejaba su enfermedad. El pequeño, que estaba dormido, tenía el pelo rubio como el de su madre, e igualmente enmarañado.
Cuando Sarah abrió los ojos y se encontró con la mirada de Rob, en su rostro apareció una repentina mezcla de sorpresa, temor, consternación e ira, y sin pronunciar una sola palabra cogió a su hijo y se metió a toda prisa en la casa. El se acercó a la puerta. Estaba empezando a aborrecer estos intentos periódicos de hablar con ella a través de un trozo de madera.
–Por favor, señora Bledsoe. Quiero ayudarles -insistió, pero la única respuesta de la mujer fue un gruñido producido por el esfuerzo y el sonido de la pesada tranca que caía al otro lado de la puerta.
Los indios no abrían la tierra con arados, como hacían los granjeros blancos. En lugar de eso buscaban trozos en los que el césped fuera más ralo y hurgaban la tierra, dejando caer las semillas en los surcos que dejaban los plantadores puntiagudos. Las zonas de césped más difíciles las cubrían con montones de maleza. Al cabo de un año el césped se pudría, y de este modo conseguían más tierra para sembrar sus semillas a la primavera siguiente.
Cuando Rob J. visitó el campamento de verano de los sauk, ya se había llevado a cabo la siembra de maíz y se respiraba un clima festivo.
Makwa-ikwa le dijo que después de la siembra se celebraría la Danza de la Grulla, su fiesta más alegre. El primer acontecimiento era un gran partido de pelota y palo en el que participaban todos los varones. No había necesidad de formar equipos porque jugaban la Mitad contra la Mitad. Pelos Largos tenían media docena de hombres menos que Hombres Valientes. Fue el indio grande llamado Viene Cantando quien provocó la ruina de Rob, porque mientras él estaba conversando con Makwa-ikwa, aquél se acercó y habló con ella.
–Te invita a correr en el juego de pelota y palo con los Pelos Largos -dijo ella dirigiéndose a Rob.
–Ah, bien -respondió él sonriendo estúpidamente.
Aquello era lo último que deseaba hacer porque recordó la destreza de los indios y su propia torpeza. Tenía la negativa en la punta de la lengua pero el hombre y la mujer lo miraban con especial interés y le pareció que la invitación tenía un significado que él no comprendía.
Así que en lugar de rechazar la propuesta, cosa que habría hecho cualquier hombre sensato, les dio las gracias cortésmente y les dijo que estaría encantado de correr con los Pelos Largos.
En su elemental inglés de colegiala -que a veces sonaba extraño ella le explicó que la competición comenzaría en el poblado de verano.
La Mitad ganadora sería la que pusiera la pelota en una pequeña cueva de la orilla opuesta, a unos diez kilómetros río abajo.
–¡Diez kilómetros!
Quedó más sorprendido aún al saber que no existían las líneas de banda. Makwa-ikwa logró transmitirle que si alguien se escapaba hacia un lado para evitar a sus rivales, no sería muy bien considerado.
Para Rob, ésta era una competición extraña, un juego ajeno, una manifestación de una cultura salvaje. Entonces, ¿por qué participaba? Esa noche se hizo la misma pregunta montones de veces, pues durmió en el hedonoso-te de Viene Cantando, ya que el juego comenzaría poco después del amanecer. La casa comunal tenía unos quince metros de largo por seis de ancho y estaba construida con ramas entretejidas y cubiertas por fuera con corteza de olmo. No había ventanas, y de las puertas de los extremos colgaban mantas hechas con piel de búfalo, pero el tipo de construcción permitía que entrara mucho aire. Contaba con ocho compartimientos, cuatro a cada lado de un pasillo central. En uno de ellos dormía Viene Cantando y su esposa, Luna; en otro dormían los ancianos padres de Luna, y tres más estaban ocupados por los seis hijos de ambos. Los otros compartimientos servían de despensa, y en uno de ellos Rob J. pasó una noche de desasosiego, contemplando las estrellas por el agujero que había en el techo para el humo, oyendo suspiros, pesadillas, el ruido del viento, y en varias ocasiones lo que sólo podrían haber sido los sonidos de una vigorosa y entusiasta cópula aunque su anfitrión no emitió una sola nota, ni siquiera canturreo.
Por la mañana, después de desayunar con maíz molido y hervido en el que reconoció grumos de cenizas, Rob J. se sometió a un honor inverosímil. No todos los Pelos Largos tenían el pelo largo; la forma en que se diferenciarían ambos equipos sería la pintura. Los Pelos Largos llevaban pintura
negra, una mezcla de grasa animal y carbón vegetal. Los Hombres Valientes se untaban con una arcilla blanca. Por todo el campamento se veían hombres que metían los dedos en los cuencos de pintura y se decoraban la piel. Viene Cantando se pintó unas rayas negras en la cara, el pecho y los brazos.
Luego le ofreció la pintura a Rob.
“¿Por qué no?”, se preguntó despreocupadamente, cogiendo la pintura negra con los dedos como quien come gachas con guisantes sin cuchara. Al pasársela por la frente y las mejillas sintió que tenía una textura arenosa. Dejó caer su camisa al suelo, como una nerviosa mariposa macho que se despoja de su crisálida, y se pintó rayas en el tórax. Viene Cantando observó los pesados zapatos escoceses y se marchó. Al poco rato regresó con un par de zapatos ligeros de gamuza, como los que usaban todos los sauk. Rob se probó varios pares pero tenía pies grandes, incluso más grandes que los de Viene Cantando. Ambos se rieron del tamaño de los pies, y el indio grande consideró la causa perdida y permitió a Rob calzarse con sus pesadas botas.
Viene Cantando le entregó un palo con red, cuyo mango de nogal era tan fuerte como un garrote, y con señas le indicó que lo siguiera.
Los grupos rivales se reunieron en una plaza abierta alrededor de la cual estaban construidas las casas comunales. Makwa-ikwa hizo una declaración en su lengua, sin duda una bendición, y antes de que Rob J. se enterara de qué ocurría, echó la mano hacia atrás y lanzó la pelota, que voló en dirección a los guerreros en una lenta parábola; ésta concluyó en un salvaje choque de palos, gritos frenéticos y aullidos de dolor. Para desilusión de Rob, los Hombres Valientes se hicieron con la pelota, que cayó en la red de un joven de piernas largas, vestido con pantalón, apenas más grande que un chico, pero de piernas musculosas como las de un corredor adulto. Arrancó rápidamente y todos lo siguieron, como perros en persecución de una liebre. Evidentemente era un buen momento para los corredores veloces, porque la pelota se adelantó en varias ocasiones, y muy pronto quedó lejos de Rob.
Viene Cantando se había quedado a su lado. En diversas ocasiones ganaron terreno a los hombres más rápidos mientras se entablaba el combate, aminorando la velocidad del avance. Viene Cantando gruñó de satisfacción cuando la pelota quedó atrapada en la red de un Pelos Largos, pero no pareció sorprendido cuando fue recuperada por los Hombres Valientes unos minutos más tarde. Mientras todo el grupo corría junto a la línea de árboles que seguía el río, el indio grande hizo señas a Rob para que lo acompañara, y los dos se apartaron del itinerario que seguían los demás y atravesaron la pradera; sus pesados pies hacían saltar el rocío del césped tierno, que parecía un enjambre de insectos plateados intentando morderle los talones.
¿Adónde lo llevaba este indio? ¿Podía confiar en él? Era demasiado tarde para preocuparse por ese tipo de cosas porque ya le había entregado su confianza. Concentró sus energías en mantenerse al ritmo de Viene Cantando, que se movía bien teniendo en cuenta lo grande que era. Enseguida vio lo que se proponía Viene Cantando; corrían a toda velocidad en una línea recta que les daría la posibilidad de interceptar a los demás en el recorrido más largo junto al sendero del río. En el momento en que él y Viene Cantando pudieron dejar de correr, a Rob J. le pesaban los pies, estaba sin aliento y sentía una punzada en un costado. Pero llegaron a la curva del río antes que el grupo.
En efecto, el grueso del grupo había sido adelantado por los corredores más aventajados.
Mientras Rob y Viene Cantando esperaban en un bosquecillo de nogales y robles, acumulando en sus pulmones todo el aire que podían, aparecieron ante sus ojos tres corredores pintados de blanco. El sauk que iba a la cabeza no tenía la pelota; llevaba el palo con la red vacía y suelta, como si fuera una lanza. Iba descalzo y su única ropa era un pantalón andrajoso que había empezado sus días como el pantalón de tela casera de un hombre blanco. Era más pequeño que cualquiera de los dos hombres que estaban junto a los árboles, pero musculoso. Su expresión de fiereza parecía acrecentarse por el hecho de que la oreja izquierda le había sido arrancada hacía mucho tiempo, y el trauma había dejado ese lado de su cabeza fruncido por la cicatriz. Rob J. se puso tenso, pero Viene Cantando le tocó el brazo para aplacarlo, y dejaron pasar a los corredores. Poco después se veía la pelota en la red de uno
de los Hombres Valientes, el joven que la había atrapado cuando Makwa-ikwa la puso en juego.
Junto a él corría un sauk bajo y fornido, vestido con unos pantalones acortados que en otros tiempos habían pertenecido a la Caballería de Estados Unidos: azules, con una lista ancha, de color amarillo sucio, a cada costado.
Viene Cantando señaló a Rob y luego al joven, y Rob asintió: el joven quedaba bajo su responsabilidad. Sabía que tenían que atacar antes de que hubiera pasado la sorpresa, porque si este Hombre Valiente se escapaba, él y Viene Cantando no lo alcanzarían.
Así que se lanzaron como un relámpago, y entonces Rob J. vio una de las utilidades de las tiras de cuero que llevaba atadas a los brazos, porque con la misma rapidez con que un pastor habría derribado un carnero y le habría atado las patas, Viene Cantando arrojó al suelo al corredor guardián y le ató las muñecas y los tobillos. Y en buena hora, porque el corredor que iba a la cabeza regresó.
Rob fue más lento para atar al joven sauk, de modo que Viene Cantando salió a enfrentarse con el joven al que le faltaba una oreja. El Hombre Valiente utilizó su palo de red como garrote, pero Viene Cantando esquivó el golpe casi con desdén. Era el doble de grande que el joven, y más violento, y lo sujetó en el suelo y lo ató casi antes de que Rob J. terminara con su prisionero.
Viene Cantando recogió la pelota y la dejó caer en la red de Rob. Sin decir una sola palabra ni mirar siquiera a los tres sauk atados, echó a correr. Mientras sujetaba la pelota en la red como si fuera una bomba con una mecha encendida, Rob J. se precipitó sendero abajo, detrás del indio.
Se habían escapado sin que nadie los detuviera. De pronto Viene Cantando detuvo a Rob y le indicó que habían llegado al sitio por donde debían cruzar el río. Otra de las aplicaciones de las correas quedó demostrada cuando Viene Cantando ató con ellas el palo de Rob a su cinturón, dejándole las manos libres para nadar. Viene Cantando ató su propio palo a su taparrabos y de una patada se quitó los zapatos de gamuza y los dejó abandonados. Rob J. sabía que sus pies eran demasiado delicados para correr sin las botas, así que las unió, atando los cordones, y se las colgó del cuello. Sólo le quedaba la pelota, y se la metió en el delantero de los pantalones.
Viene Cantando sonrió y levantó tres dedos.
Aunque no fue el súmmum de la agudeza, alivió la tensión de Rob, que echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada: un error, porque el agua se llevó el sonido y devolvió gritos de persecución en cuanto fue localizado su origen, de modo que no perdieron tiempo en meterse en las frías aguas del río.
Avanzaban al mismo ritmo, aunque Rob utilizaba la braza de pecho europea, y Viene Cantando se impulsaba moviendo las manos como los animales. Rob estaba disfrutando muchísimo; no es que se sintiera como un noble salvaje, pero le habría costado muy poco convencerse de que era Calcetines de Cuero. Cuando llegaron a la orilla opuesta, Viene Cantando le gruñó con impaciencia mientras él se calzaba las botas. En el río se veía la cabeza de sus perseguidores, balanceándose como un montón de manzanas en un cubo. Cuando por fin Rob estuvo listo y la pelota quedó otra vez en la red, los corredores más aventajados casi habían terminado de cruzar el río.
En cuanto empezaron a correr, Viene Cantando señaló con el dedo la entrada de una pequeña cueva, y la oscura abertura tiró de él. Un exultante grito en gaélico se elevó hasta su garganta, pero fue prematuro. Media docena de sauk aparecieron repentinamente en el sendero que se extendía entre ellos y la entrada de la cueva; aunque el agua había borrado gran parte de la pintura, les quedaban restos de arcilla blanca. Casi al instante dos Pelos Largos siguieron a los Hombres Valientes hasta el bosque y los atacaron. En el siglo xv, un antepasado de Rob llamado Brian Cullen había resistido sin ayuda de nadie a todo un grupo de guerreros de los McLaughlin blandiendo su enorme espada escocesa en un silbante círculo de muerte. Con dos círculos menos letales, que sin embargo resultaban intimidantes, los dos Pelos Largos habían acorralado a sus rivales haciendo girar sus palos.
Esto dejaba en libertad a tres Hombres Valientes para que intentaran hacerse con la pelota. Viene Cantando rechazó hábilmente un garrotazo con su palo e inmovilizó a su rival con la planta de su pie descalzo.
–¡En el culo! ¡Dale patadas en el culo! – bramó Rob, olvidando que nadie podía comprender sus palabras. Se le acercó un indio, que lo miró como si estuviera drogado. Rob lo esquivó y, cuando los pies descalzos del hombre quedaron a su alcance, lo pisó con su pesada bota. Se alejó unos cuantos pasos de su gimiente víctima y quedó bastante cerca de la cueva, pese a sus limitadas habilidades. Se oyó el ruido seco que produjeron sus muñecas, y la pelota salió volando. No importaba que en lugar de un golpe fuerte y limpio entrara en el oscuro interior rebotando. Lo importante fue que la vieron entrar.
Lanzó su palo al aire y gritó:
–¡Victoria! ¡Victoria para el clan negro!
Cuando el palo que agitaba el hombre que estaba detrás de él le dio en la cabeza, oyó el golpe en lugar de sentirlo. Fue un sonido crujiente, sólido, semejante al que había aprendido a reconocer con los leñadores, el ruido que hacía un hacha de doble filo al entrar en contacto con el sólido tronco de un roble. Quedó desconcertado al sentir que el suelo se abría. Cayó en un profundo agujero que sólo originó oscuridad y puso fin a todo, dejándolo inmóvil como un reloj parado.
Un regalo de Perro de Piedra
No se enteró de que era trasladado de regreso al campamento como un saco de grano. Cuando abrió los ojos sólo vio la oscuridad de la noche.
Olía a césped machacado. Y a carne asada, tal vez a grasa de ardilla.
A humo del fuego, y a la feminidad de Makwa-ikwa, que estaba inclinada sobre él y lo miraba con sus jóvenes ojos viejos. No supo qué era lo que ella le preguntaba, sólo tenía conciencia del terrible dolor de cabeza. El olor de la carne le produjo náuseas. Evidentemente ella lo había previsto, porque le sostuvo la cabeza por encima de un cubo de madera, ayudándolo a vomitar.
Cuando terminó estaba débil y jadeante, y ella le dio a beber una pócima, un líquido fresco, verde y amargo. Le pareció sentir sabor a menta, pero había algo más fuerte y menos agradable. Intentó resistirse apartando la cabeza, pero ella lo sujetó con firmeza y le obligó a tragar, como si fuera un niño. Se puso furioso, pero poco después se quedó dormido. De vez en cuando se despertaba y ella lo obligaba a beber el líquido verde y amargo. Y así pasó casi dos días: durmiendo, en un estado de semiconciencia, o chupando la teta de extraño sabor de la Madre Naturaleza.
El tercer día por la mañana, el chichón que tenía en la cabeza había bajado y el dolor había desaparecido. Ella estuvo de acuerdo en que estaba mejorando, pero le dio una dosis igualmente fuerte y él volvió a quedarse dormido.
Cerca de allí continuaba la fiesta de la Danza de la Grulla. A veces se oían los murmullos del tambor de agua de Makwa-ikwa, de las voces que cantaban en su lengua extraña y gutural, y los ruidos lejanos y próximos de juegos y carreras, los gritos de los indios espectadores. A última hora del día Rob J. abrió los ojos en la oscuridad de la casa comunal y vio a Makwa-ikwa cambiándose de ropa. Clavó la mirada en sus pechos y quedó sorprendido; la luz que había era suficiente para revelar lo que parecían verdugones y cicatrices que formaban extraños símbolos, marcas semejantes a runas que se extendían desde su pecho hasta las areolas de sus dos pezones.
Aunque él no se movió ni emitió ningún sonido, ella notó que estaba despierto. Se quedó un momento delante de él y se miraron a los ojos. Luego ella se apartó y le dio la espalda. El observó que no lo hacía tanto para ocultar su triángulo oscuro y enredado como para apartar de su vista los símbolos misteriosos de su seno sacerdotal. Pechos sagrados, se dijo maravillado. No había nada sagrado en sus caderas ni en sus nalgas. Tenía huesos grandes, pero Rob se preguntó por qué la llamaban Mujer Oso, dado que por su rostro y su flexibilidad se parecía más a un poderoso gato. No supo adivinar su edad. De repente se vio asaltado por una fantasía en la que la cogía por detrás mientras aferraba una gruesa trenza de pelo negro engrasado en cada mano, como si cabalgara en un sensual caballo humano. Pensó con desconcierto que estaba planificando la forma de convertirse en el amante de la mujer piel roja más maravillosa que cualquier James Fenimore Cooper hubiera sido capaz de imaginar, y se dio cuenta de una vigorosa respuesta física.
El priapismo podía ser una señal inquietante, pero él sabía que la manifestación estaba causada por esta mujer y no por una herida, y por tanto preveía su recuperación.
Se quedó quieto y la observó mientras ella se ponía una prenda de gamuza con flecos. De su hombro derecho colgó una correa compuesta por cuatro tiras de cuero de colores que terminaban en una pequeña bolsa de cuero pintada con figuras simbólicas y un anillo de plumas grandes y brillantes de pájaros desconocidos para Rob; la bolsa y el anillo caían sobre su cadera izquierda.
Un instante después ella salió, y mientras él seguía acostado oyó su voz que subía y bajaba, sin duda entonando una oración.
Heugh! Heugh! Heugh!, respondían los demás al unísono, y ella cantó un poco más. Rob no tenía la menor idea de lo que le decía a su dios, pero su voz le produjo escalofríos y escuchó atentamente mientras miraba por el agujero del humo las estrellas semejantes a trozos de hielo a las que de algún modo ella había prendido fuego.
Esa noche Rob esperó pacientemente que se apagaran los sonidos de la Danza de la Grulla.
Dormitó, se despertó y escuchó, inquieto; esperó un poco más hasta que los sonidos se desvanecieron, disminuyeron las voces hasta que se hizo el silencio, y concluyó la fiesta. Finalmente fue alertado por el sonido que alguien hacía al entrar en la casa, por el crujido de las ropas que se quitaba y dejaba caer al suelo. Un cuerpo se instaló a su lado; las manos se estiraron hasta encontrar el cuerpo de Rob, y las manos de éste tocaron la piel. Todo se llevó a cabo en silencio salvo por la respiración pesada, un gruñido divertido, un siseo. El tuvo que hacer muy poco. No pudo prolongar el placer porque llevaba demasiado tiempo soltero. Ella era experta y hábil; él fue apremiante y rápido, y después quedó decepcionado.
… Como morder un fruto maravilloso y descubrir que no era lo que esperaba.
Mientras hacia inventario en la oscuridad, le pareció que los pechos eran más caídos de lo que recordaba, y sus dedos notaron que eran lisos, sin cicatrices. Rob J. se arrastró hasta el fuego, cogió un leño y agitó el extremo encendido para hacer llama.
Cuando se arrastró otra vez hasta el colchón, provisto de la antorcha, lanzó un suspiro.
El rostro ancho y chato que le sonreía no era en modo alguno desagradable, pero no había visto a aquella mujer en toda su vida.
Por la mañana, cuando Makwa-ikwa regresó a su casa comunal, llevaba otra vez el acostumbrado traje sin forma de tela desteñida, hecha en casa. Era evidente que la fiesta de la Danza de la Grulla había terminado por fin. Mientras ella preparaba el maíz molido para el desayuno él parecía estar de mal humor. Le dijo que nunca más debía enviarle una mujer; ella respondió con el estilo amable y reservado que sin duda había aprendido de niña, cuando los maestros cristianos le hablaban en tono severo.
La mujer que le había enviado se llamaba Mujer de Humo, le informó. Mientras cocinaba le dijo sin emoción en la voz que ella no podía acostarse con ningún hombre porque en caso de hacerlo perdería sus poderes como hechicera.
“Malditas tonterías aborígenes”, pensó Rob con desesperación. Aunque era evidente que ella las creía.
Pero reflexionó mientras desayunaban; el áspero café sauk le pareció más amargo que nunca.
Sinceramente, sabía con qué rapidez él habría huido de su lado si introducir su pene en ella hubiera significado el fin de su capacidad como médico.
Se sintió obligado a admirar la forma en que ella había manejado la situación, asegurándose de que la pasión de él hubiera quedado aplacada antes de decirle sencilla y honestamente cómo eran las cosas. “Era una mujer muy peculiar”, se dijo Rob, y no por primera vez.
Esa tarde los sauk se apiñaron en el hedonoso-te de Makwa-ikwa. Viene Cantando habló brevemente, dirigiéndose a los otros indios, no a Rob, pero ella traducía.
–El es un hombre -dijo el indio grande. Añadió que Cawso wabeskiou, el chamán blanco, sería por siempre un sauk y un Pelos Largos. Durante el resto de sus días todos los sauk serían hermanos y hermanas de Cawso wabeskiou.
El Hombre Valiente que le había dado un golpe en la cabeza después de que finalizara el partido de pelota y palo, fue empujado hacia adelante y se acercó sonriendo y arrastrando los pies. Se llamaba Perro de Piedra. Los sauk no sabían disculparse pero sí lo que era una compensación. Perro de Piedra le entregó una bolsa de cuero parecida a la que llevaba a veces Makwa-ikwa, pero decorada con cañones de plumas de pájaros carpinteros en lugar de plumas.
Makwa-ikwa le explicó que se usaba para guardar el manojo medicinal, el conjunto de artículos personales sagrados llamados Mee-shome, que nunca debía ver nadie y de los que todos los sauk extraían su fortaleza y poder. Para que pudiera llevar la bolsa, ella le regaló cuatro tendones teñidos -
marrón, naranja, azul y negro- y los ató a la bolsa como una correa para que se la colgara del hombro.
Las tiras se llamaban trapos Izze, le dijo ella.
–Cuando la lleves, las balas no podrán hacerte daño, y tu presencia ayudará a las cosechas y curará a los enfermos.
Rob J. estaba conmovido y al mismo tiempo incómodo.
–Me siento feliz de ser hermano de los sauk.
Siempre le había resultado difícil expresar su gratitud. Cuando su tío Ronald se había gastado cincuenta libras para comprarle el puesto de ayudante del cirujano del Hospital Universitario para que pudiera adquirir experiencia mientras estudiaba medicina, apenas había logrado darle las gracias.
Esta vez no lo hizo mejor. Afortunadamente los sauk tampoco eran dados a las muestras de gratitud ni a las despedidas, y nadie hizo ninguna de ambas cosas cuando él salió, ensilló su caballo y se marcho.
Cuando regresó a su cabaña, al principio se tomó a broma la selección de objetos para su manojo medicinal sagrado. Varias semanas antes había encontrado un diminuto cráneo de animal, blanco, limpio y misterioso, en el suelo del bosque. Pensó que era el de una mofeta; parecía tener el tamaño exacto. Muy bien, pero ¿qué más? ¿El dedo de un niño estrangulado en el momento de nacer? ¿El ojo de un tritón, una pata de rana, unos pelos de murciélago, una lengua de perro? De pronto sintió deseos de componer su manojo medicinal con toda seriedad. ¿Cuáles eran los objetos de su esencia, las claves de su alma, el Mee-shome del que Robert Judson Cole obtenía su poder?
Colocó dentro de la bolsa la reliquia de la familia Cole, el bisturí de acero azul que los Cole llamaban el escalpelo de Rob J., y que siempre pasaba a manos del hijo mayor que se convertía en médico.
¿Qué más podía coger de su vida anterior? Era imposible guardar el aire fresco de las tierras altas en una bolsa. Ni la cálida seguridad de la familia. Sintió deseos de tener un retrato de su padre, cuyos rasgos había olvidado hacía tiempo. Cuando se despidieron, su madre le había dado una Biblia, y por eso la guardaba como un tesoro, pero no la incluiría en su Mee-shome. Sabía que nunca más vería a su madre; tal vez ella ya había muerto. Se le ocurrió hacer su retrato en un papel, ya que aún la recordaba. Cuando puso manos a la obra le resultó fácil hacer el boceto, salvo la nariz; le llevó varias horas de angustia hasta que por fin lo logró. Enrolló el papel, lo ató y lo colocó en la bolsa.
Agregó la partitura que Jay Geiger había copiado para que pudiera interpretar a Chopin en la viola de gamba.
Guardó una pastilla de jabón tosco, símbolo de lo que Oliver Wendell Holmes le había enseñado acerca de la higiene y la cirugía. Eso lo llevó a pensar en otros términos, y después de reflexionar unos instantes quitó todo lo que había puesto en la bolsa, salvo el bisturí y el jabón.
Luego añadió trapos y vendajes, un surtido de drogas y medicinas, y los instrumentos quirúrgicos que necesitaba cuando visitaba a los enfermos en su domicilio.
Cuando concluyó, la bolsa quedó convertida en un maletín de médico que guardaba los artículos e instrumentos de su arte y oficio. Ese era pues el manojo medicinal que le proporcionaba sus poderes, y se sintió sumamente feliz con el regalo con que Perro de Piedra había compensado el golpe asestado a su dura cabeza.
Los cazadores de zorras
La compra de las ovejas fue un acontecimiento importante, porque los balidos eran el último detalle que necesitaba para sentirse en casa. Al principio cuidó las merinas con Alden, pero pronto se dio cuenta de que el jornalero era tan eficaz con las ovejas como con los otros animales, y enseguida él solo empezó a cortar rabos, a castrar corderos machos y a estar al acecho de la roña, como si hubiera sido pastor durante años. Fue una suerte que Rob no tuviera que estar en la granja, porque cuando se corrió la voz de que había un buen médico, los pacientes lo obligaron a recorrer distancias cada vez más grandes. Supo que pronto tendría que limitar el área de su actividad profesional porque el sueño de Nick Holden se estaba materializando, y a Holden’s Crossing seguían llegando nuevas familias.
Una mañana Nick pasó para ver el rebaño, al que calificó de apestoso, y se quedó “para hablarte de algo prometedor. Un molino de grano”.
Uno de los recién llegados era un alemán llamado Pfersick, un molinero de Nueva Jersey.
Pfersick sabía dónde podía comprar el equipo para un molino, pero no tenía capital.
–Bastaría con novecientos dólares. Yo pondré seiscientos por el cincuenta por ciento del capital.
Tú pondrás trescientos por el veinticinco por ciento, yo te adelantaré lo que necesites; y a Pfersick le daremos el veinticinco por ciento restante por hacer funcionar el negocio.
Rob había devuelto a Nick menos de la mitad del dinero que le debía, y detestaba tener deudas.
–Tú pones todo el dinero. ¿Por qué no te quedas con el setenta y cinco por ciento?
–Quiero que te hagas tan rico que no sientas la tentación de marcharte. Para una ciudad eres una mercancía tan valiosa como el agua.
Rob J. sabía que era verdad. Cuando fue con Alden a Rock Island a comprar el ganado, vio un prospecto que Nick había distribuido en el que se describían las diversas ventajas de instalarse en Holden’s Crossing, entre las que la presencia del doctor Cole ocupaba un papel destacado. Consideró que participar en el negocio del molino no comprometería su situación como médico, y al final aceptó.
–¡Socios! – exclamó Nick.
Se estrecharon la mano para sellar el trato. Rob rechazó el enorme cigarro de celebración: el uso de puros largos y baratos para administrar nicotina por vía anal había anulado su gusto por el tabaco.
Cuando Nick lo encendió, Rob le dijo que parecía un perfecto banquero.
–Lo seré antes de lo que crees, y tú te enterarás antes que nadie.
–Nick lanzó el humo hacia arriba con aire satisfecho-. Este fin de se mana voy a Rock Island a cazar zorras. ¿Te gustaría acompañarme?
–¿A cazar zorras? ¿En Rock Island?
–No, no lo que tú te imaginas. Miembros de la secta femenina. ¿Qué dices, compañero?
–No voy a los burdeles.
–Estoy hablando de escoger mercancía privada.
–Bueno, te acompañaré -respondió Rob J.
Había intentado hablar en tono indiferente, pero sin duda hubo algo en su voz que dio a entender que no trataba esas cuestiones a la ligera, porque Nick Holden sonrió burlonamente.
La Casa Stephenson reflejaba la personalidad de una ciudad del río Mississippi en la que atracaban mil novecientos buques de vapor al año, y por la que a menudo pasaban flotando armadías de medio kilómetro de largo. Cuando los barqueros y los leñadores tenían dinero, el hotel estaba atestado y a menudo se producían escenas de violencia.
Nick Holden había reservado un sitio que era a un tiempo costoso y privado una suite de dos dormitorios separados por una sala de estar y comedor. Las mujeres eran primas, ambas se apellidaban Dawber, y estaban encantadas de que sus clientes fueran profesionales. La chica de Nick se llamaba Lettie; la de Rob, Virginia. Eran menudas y alegres como gorriones, pero compartían un estilo malicioso que a Rob le produjo dentera. Lettie era viuda. Virginia le dijo que nunca se había casado, pero esa noche, cuando él se familiarizó con el cuerpo de la mujer, se dio cuenta de que había tenido hijos.
A la mañana siguiente, cuando los cuatro se encontraron para desayunar, las dos mujeres hablaron en susurros y rieron tontamente. Virginia debió de comentarle a Lettie lo del preservativo al que Rob llamaba Viejo Cornudo, y Lettie debió de contárselo a Nick porque cuando cabalgaban de regreso a casa, Nick lo mencionó y lanzó una carcajada.
–¿Para qué molestarse en usar esas malditas cosas?
–Bueno, por las enfermedades -dijo Rob en tono suave-. Y para evitar la paternidad.
–Pero estropea el placer.
¿Había sido tan placentero? Rob sabía que su cuerpo y su espíritu habían quedado aliviados, y cuando Nick le dijo que había disfrutado con la compañía, él dijo que también, y estuvo de acuerdo en que tenían que salir otra vez a cazar zorras.
Cuando volvió a pasar por la casa de los Schroeder vio a Gus en un prado, trabajando con la guadaña a pesar de que le faltaban dos de dos, y se saludaron. Sintió la tentación de pasar de largo por la cabaña de los Bledsoe porque la mujer había dejado claro que lo consideraba un intruso, y sólo de pensar en ella se ponía de mal humor. Pero en el último momento guió a su caballo hasta el claro y desmontó.
Al llegar a la cabaña detuvo su mano antes de que sus nudillos golpearan la puerta, porque oyó claramente los gemidos del niño y unos roncos gritos de adulto. Sonidos espantosos. Cuando intentó abrir la puerta, descubrió que no estaba echada la llave. El olor del interior resultó impresionante, y a pesar de la luz mortecina vio que Sarah Bledsoe se hallaba tendida en el suelo. Junto a ella estaba sentado el niño, con el rostro húmedo y torcido por un terror tan desmesurado ante este último golpe
-la visión de ese gigantesco desconocido- que de su boca abierta no salió ningún sonido. Rob J. quiso coger al niño y consolarlo, pero la mujer volvió a gritar y se dio cuenta de que debía concentrarse en ella.
Se arrodilló y le tocó la mejilla. Sudor frío.
–¿Qué le ocurre, señora?
–El cáncer. Ah.
–¿Dónde le duele, señora Bledsoe?
Sus largos dedos se estiraron como arañas blancas hasta la parte inferior del abdomen, a ambos lados de la pelvis.
–¿Es un dolor agudo o sordo? – siguió preguntando Rob J.
–¡Punzante! ¡Penetrante! Señor. ¡Es… terrible!
Rob J. temió que la mujer no retuviera la orina a causa de una fístula provocada por el parto; en ese caso, no podría hacer nada por ella.
La mujer cerró los ojos porque la prueba constante de su incontinencia la tenía él en la nariz y en los pulmones cada vez que respiraba.
–Debo examinarla.
Sin duda ella se habría negado, pero cuando abrió la boca fue para lanzar un grito de dolor.
Cuando él la colocó casi boca abajo, sobre el costado izquierdo y el pecho, con la rodilla y el muslo derechos levantados, notó que ella estaba rígida a causa de la tensión, aunque se mostró dócil.
Entonces pudo comprobar que no existía ninguna fístula.
Rob J. tenía en su bolsa un pequeño recipiente con manteca de cerdo que utilizó como lubricante.
–No tiene por qué angustiarse. Soy médico -le dijo, pero ella se puso a llorar, más por humillación que por angustia, mientras el dedo medio de la mano izquierda de Rob J. se introducía en su vagina y la mano derecha palpaba su abdomen. intentó que la punta de su dedo fuera tan eficaz como un ojo; al principio no notó nada mientras se movía y exploraba, pero a medida que se acercaba al hueso púbico encontró algo.
Y una vez más.
Retiró el dedo suavemente, le dio a la mujer un trapo para que se limpiara y fue hasta el arroyo para lavarse las manos.
La condujo hasta la cruda luz del sol que brillaba fuera, y la sentó sobre un tocón, con el niño entre los brazos.
–Usted no tiene cáncer. – Deseó poder detenerse en ese punto-.
Tiene cálculos en la vejiga.
–¿No voy a morir?
El se limitó a decir la verdad.
–Con un cáncer tendría muy pocas posibilidades. Con cálculos en la vejiga, las posibilidades son razonables.
Le explicó que en la vejiga se formaban unas piedras minerales, causadas tal vez por una dieta invariable y una diarrea prolongada.
–Sí. Tuve diarrea durante mucho tiempo después de que naciera mi hijo. ¿Existe algún medicamento?
–No, no existe ningún medicamento que disuelva las piedras. Las piedras pequeñas a veces se eliminan con la orina, y a menudo tienen bordes afilados que pueden desgarrar el tejido. Creo que por eso su orina estaba mezclada con sangre. Pero usted tiene dos piedras grandes, demasiado grandes para eliminarlas
–¿Entonces tendrá que abrirme? Por favor… -dijo con voz temblorosa.
–No. – Rob J. vaciló, pensando cuánto debía saber la mujer. Parte del juramento hipocrático que él había hecho decía: “No abriré a una persona que sufra de cálculos”. Algunos carniceros pasaban por alto el juramento y abrían igualmente, practicando un corte profundo en el perineo, entre el ano y la vulva o el escroto, para abrir la vejiga y acceder a las piedras. Algunas víctimas se recuperaban con el tiempo, muchas morían a causa de una peritonitis, y otras quedaban mutiladas de por vida porque quedaba seccionado un músculo del intestino o de la vejiga-. Introduciré en la vejiga un instrumento quirúrgico a través de la uretra, el estrecho canal por el que pasa la orina. El instrumento se llama litotrito. Tiene dos pequeñas tenazas de acero, como mandíbulas, con las cuales se quitan o se deshacen las piedras.
–¿Es doloroso?
–Sí, sobre todo cuando se inserta el litotrito y cuando se retira.
Pero el dolor sería menos intenso que el que sufre ahora. Si el procedimiento tuviera éxito, usted quedaría totalmente curada. – Resultaba difícil admitir que el mayor peligro consistía en que su técnica podía resultar inadecuada-. Si al intentar coger la piedra con las mandíbulas del litotrito pellizcara la vejiga y la rompiera, o si desgarrara el peritoneo, sería muy probable que usted muriera a causa de la infección.
–Al estudiar su rostro arrugado vio algunos destellos que le revelaron a una mujer más joven y bonita-. Usted tiene que decidir si debo intentarlo.
A causa de la agitación apretó al niño con demasiada fuerza, haciendo que se echara a llorar nuevamente.
Por eso a Rob J. le llevó unos segundos comprender lo que ella había susurrado.
“Por favor”
Sabía que necesitaría ayuda para llevar a cabo la litotomía. Recordó la rigidez de la señora Bledsoe durante el reconocimiento y supo instintivamente que su ayudante debería ser una mujer; dejó a su paciente, cabalgó hasta la granja más cercana y habló con Alma Schroeder.
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–¡Oh, no puedo! ¡Jamás! – La pobre Alma se puso pálida. Su consternación se vio agravada por su auténtico cariño por Sarah-. Oh, doctor Cole, por favor, no puedo.
Cuando se dio cuenta de que Alma era sincera, le aseguró que su actitud no la rebajaba. Algunas personas no soportaban ver una operación, simplemente.
–Está bien, Alma. Encontraré a otra persona.
Mientras se alejaba en su caballo intentó pensar en alguna mujer del distrito que pudiera ayudarlo, pero rechazó las pocas posibilidades que se le ocurrieron.
Ya estaba harto de llantos; lo que necesitaba era una mujer inteligente, con brazos fuertes, una mujer con un espíritu que le permitiera mantenerse impertérrita ante el sufrimiento.
A mitad de camino de su casa hizo girar su caballo y cabalgó en dirección al poblado indio.
Hija del Mideéwiwi