Clara

Ivan Hernández · Capítulo 1 de 14

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Clara

Capítulo 1

Ivan Hernández

Clara

ePub r1.0

Titivillus 13.03.2020

Título original: Clara

Ivan Hernández, 2016

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A todos los que sueñan con el amor eterno…

1

 

—¡Oiga, perdone, ésa era mi parada!

Matías ignoró su llamada. Las manos le sudaban, haciendo que el volante bailara entre ellas. El calor del sol le quemaba los nudillos, recordándole que todavía faltaban meses para que el invierno llegara, ahogándose las hojas caducas del otoño bajo una manta de nata sabor nieve.

Matías se mimetizaba con las estaciones del año. Seco como el verano en Madrid, frío como el viento polar, o gris como el otoño. Así era él. Las veía pasar desde su trono, haciendo uso de la palanca de cambios como si de un cetro real se tratase, abriéndose paso entre los mortales a golpe de motor.

Desde muy pequeño, Matías quiso ser conductor de autobús. El motivo, muy sencillo. Su madre le contaba entre recuerdos lo feliz que el padre de Matías fue siendo conductor del servicio municipal de transportes. Justo en uno de esos autobuses se conocieron, se enamoraron y, tiempo después, tuvieron un niño al que llamaron Matías.

Aunque el pequeño Matías no llegó a conocerle, siempre que entraba en uno de esos vehículos pensaba que su padre lo estaría esperando al volante y lo recibiría con un fuerte abrazo.

Su fantasía infantil le llevó a conocer todas las líneas de su ciudad, sus recorridos, los modelos de autobús, e incluso el nombre de algunos conductores. Ninguno, por desgracia, llevaba su apellido.

El resto de los niños se reían de él por ser el raro, el que no seguía a ningún equipo de fútbol, o a ningún cantante en especial.

Su pasión casi enfermiza eran esos enormes amasijos de metal y caucho, rojos y brillantes, que transportaban a desconocidos que, durante unos instantes, eran posesión del conductor, que podía decidir el destino de sus vidas con tan sólo dar un volantazo.

A Matías, desde mucho antes de que le cambiase la voz, siempre le recorría un escalofrío cuando, subido a un autobús, pulsaba el timbre que avisaba al conductor de que debía detenerse en la siguiente parada. Pero, y si no se detuviese, ¿adónde irían?

Los años pasaron y Matías, estudiante mediocre por vocación, se sacó el carné de conductor de autobuses en cuanto fue mayor de edad. Era algo que siempre había deseado y, por supuesto, no le resultó muy difícil de conseguir. Estaba tan habituado a hacer recorridos imaginarios por la ciudad, a girar el volante con las manos agarrando las nubes, y a cerrar los ojos mientras le invadía una cortina de humo gris proveniente del tubo de escape, que fue un salto natural el pasar de ser peatón a conductor.

Con su nuevo traje azul y gorra a juego, comenzó su aventura en la línea 8 de la ciudad; una de las más largas y variopintas, sin duda. Un viaje panorámico a través de las zonas más ricas y las más miserables. Era una época de crisis, económica y socialmente hablando, y las diferencias eran visibles y palpables.

De tal modo que Matías, aun siendo disciplinado a la hora de la conducción, sentía lástima de algunas familias con menos recursos y hacía la vista gorda a la hora del pago del billete, pues sabía que quizás esas monedas alimentasen mejor un estómago que una máquina troqueladora. Más de una vez puso él de su humilde sueldo para que al final del día cuadrasen las cuentas. Esas personas se lo agradecían con discretas sonrisas, mientras las señoras más ricas giraban la cabeza con desprecio al paso de aquéllos a los que lo único que les brillaba era el sudor de sus frentes.