Clara
Capítulo 13
La granja en nueva decadencia se convirtió en el puerto donde atracar las esperanzas y los anhelos de aquellos que todo lo habían perdido. Personas asustadas, sin un camino claro. Llegaban, observaban y decidían si abrir su corazón en la aduana de los sentimientos. Algunos abandonaron, pero la mayor parte permaneció.
Clara y Matías sólo ofrecían un techo, no demasiada comida pero sí mucha amistad. No exigían nada, pero todos daban lo máximo de sí mismos porque por primera vez en mucho tiempo se habían sentido queridos, curiosamente por un par de desconocidos.
El lugar comenzó a renacer. En cuerpo y alma. Se repobló de gente y animales. Y aunque el dolor físico invadía cada día más a Clara, su mente estaba más despejada que nunca, y su corazón inmensamente feliz de haber encontrado una nueva familia con la que compartir risas a todas horas. Eso le hacía olvidar su desafortunado destino. Hacer dichoso a otro era pretender su propia felicidad, sin que ella se diese cuenta. Esa energía positiva imprimió en la actitud de esa gente un billete de ida sin retorno.
Pero no todos eran bienvenidos.
Las visitas de los hombres alados se fueron multiplicando. Todos los integrantes de la granja eran aleccionados en las tareas de aviso sobre la presencia de esas plumas non-gratas. Se organizaron turnos diurnos y nocturnos mirando al cielo a todas horas, dando la señal de alarma cuando fuese necesario. Unos gritos, una campana repicando o un efectivo silbido ensordecedor eran suficientes para poner en alerta al ejército más amable del mundo. Consiguieron así acabar con todos los que se intentaron acercar a ella. Ninguno de los ángeles intentó nada extraño ni jamás vinieron en grupo. No eran rápidos ni violentos, y nunca pretendieron defenderse de los demás. Su intención no era causar miedo, simplemente eran un enlace entre ambos mundos. Ellos, desde lo alto, sabían que algún día se daría por vencida y cedería su alma para emprender ese nuevo viaje. Era fácil acabar con ellos ya que todos podían verlos. Clara compartía su poder vidente cada vez que entregaba un beso, un abrazo o una sencilla sonrisa de gratitud.
Nadie llegó a preguntarse seriamente el por qué todos ellos eran capaces de poder verlos. Quizás la razón iba implícita en el «buenas noches» que su segunda madre daba con dulzura mágica a sus visitantes cercanos.
Entre los variopintos huéspedes que habitaban la isla de madera blanca, había un médico cirujano llamado Pedro, que siempre mostró un especial interés en la investigación de nuevas técnicas quirúrgicas, aunque profesionalmente y por temas económicos se escoró hacia la cirugía reparadora. Desgraciadamente tras perder a una paciente de la alta sociedad —una duquesa alemana de nombre impronunciable—, se vio envuelto en un huracán informativo y judicial en su contra que le llevó a perder su credibilidad como profesional cualificado, por lo que acabó arruinado en todos los sentidos. Por suerte, Matías supo de su historia por la prensa gratuita y los cotilleos todavía más gratuitos, y decidió acudir en su rescate. En la granja fue bien recibido pues era de gran ayuda contar con un médico, aunque fuese para poner una tirita, ya que causaba mayor respeto ante los demás. Él, aunque era feliz en su utilidad hacia esa pequeña sociedad desprotegida, estaba mucho más interesado en esos impresionantes hombres alados; en su anatomía, en la aerodinámica que permitía su vuelo, en la fuerza que desplegaban al batir sus alas, provocando la admiración de los que contemplaban ese espectáculo de plata dorada en el cielo, antes de ser alcanzados por candentes perdigones de plomo.
Pedro sabía que siempre que cazaban uno, disponía de muy poco tiempo para investigarlo. Pronto se desmaterializaban y la información siempre era incompleta. Contó con la gran ayuda de un joven biólogo llamado Larson, recién llegado al país a través del programa de intercambio universitario Erasmus, aunque realmente escapaba de una vida no muy satisfactoria en Alemania. Con él tomó gran cantidad de fotos y vídeos, pero no era suficiente. Pedro quería saber algo más sobre ellos. Así que un buen día, pidió ayuda a un fuerte obrero ex-alcohólico llamado Paco.
Juntos los tres, esperaron atentos a la aparición de uno nuevo. No tardó muchos días en descender, grácil en el aire y aterrizando de manera precisa sobre el suelo. Caminando por primera vez sobre la tierra, descalzo. Sintiendo la arena rozar la planta de sus pies desnudos y mirando hacia la granja. Cuando se acercó lo suficiente, Larson, escondido tras un arbusto, le disparó dos veces acertando de pleno en un hombro y en una pierna. Rápidamente lo tomaron entre los tres y lo llevaron sin más dilación a la caballeriza, que abrieron cual jaula para pájaros heridos, colocándolo sobre una recién estrenada camilla de madera con agarres de cuero. El tiempo del que dispusieron antes de que el joven alado desapareciese fue suficiente para que el cirujano fuera capaz de estudiar cómo las alas estaban colocadas en su espalda junto a Larson, al que le maravilló cómo esas estructuras de hueso, músculo y plumas estaban selladas a su cuerpo.
—Paco, sujeta forte —le pidió Larson en un extraño castellano acentuado incorrectamente—, ahora vuelvo.
—¿Dónde vas? —preguntó Pedro.
—No encuentro libreta. Yo vuelvo pronto —respondió Larson buscando en sus bolsillos.
Larson corrió en busca de papel y lápiz antes de que olvidase todo lo visto hasta el momento. Al llegar a la casa no encontró su cuaderno de apuntes. Empezó a preguntar si alguien lo había visto. Clara estaba en su cama. Larson subió las escaleras y entró en su habitación alterado:
—Perdone, señora Clara, ¿ha visto mi cuaderno de notas?
—¿Cuaderno? ¿Uno grande y rojo?
—¡Sí, grande y rojo, grande y rojo! —exclamó esperanzado—. ¿Dónde está?
—Creo que se lo di a Lucía esta tarde. Quería pintar, estaba muy pesada y le di lo primero que pillé. Espero que no fuera muy impor…
Larson corrió en busca de Lucía, que se encontraba en la entrada, junto al porche, dibujando a uno de los muchos caballos que ya eran parte de la granja. Temía que la niña de siete años, que vino escapando junto a su madre de un padre que no quería ser tal, hubiese estropeado parte de sus apuntes.
Sin mediar palabras, le quitó el cuaderno.
—¡Eh! —gritó Lucía— ¡Estaba pintando!
—Yo necesito cuaderno, luego yo te dejo a ti —dijo Larson volviendo a la caballeriza.
—¡Eh! ¡Jo! —dijo Lucía enrabietada tirando las pinturas contra el suelo.
El joven corrió lo más que pudo y llegó nuevamente junto a la camilla, pero tarde, pues vio cómo se disipaba el ángel, esta vez transformado en polvo. Apoyó el cuaderno sobre la improvisada mesa y se decidió a escribir ante la atónita mirada del resto.
Larson abrió el cuaderno por la última página. En ella Lucía había estado dibujando hacía unos segundos uno de los caballos. Los trazos eran simples e infantiles, pero había incluido algo curioso. Un par de alas pegadas sobre el lomo del equino. Larson empezó a escribir anotaciones navegando en sus recuerdos náufragos, intentando rescatar y diferenciar ideas de realidades. Pero el dibujo de la niña se encalló en su mente y se iluminó como un faro en la noche al que acudir. Larson no podía creer lo que estaba viendo.
Seguidamente señaló el dibujo de la pequeña:
—Pedro, mira esto.
—¿El qué?
Paco no entendía qué pasaba. Larson dejó de escribir y se dirigió al resto de caballos que permanecían tranquilos en sus caballerizas, mientras Pedro no hacía otra cosa que mirar ensimismado el cuaderno. El doctor se fijó en cómo Larson acariciaba el lomo de los caballos. Siguiéndolo con la mirada, observó cómo salió de allí y miró al cielo.
Una sonrisa de locura le invadió el alma. Pedro entonces lo comprendió todo. Arrancó la hoja del cuaderno y corrió a la habitación de Clara y Matías.
—Clara, Clara, ¡no esperemos más! —exclamó sin apenas aire en los pulmones presentándose en la estancia.
—Respira hijo, respira, ¿esperar a qué?
—A ellos, a que vengan a por ti. No podemos pasarnos la vida así, ¡mira esto! —Pedro mostró el arrugado dibujo de Lucía.
—Bonito caballo con alas. Si es que eso son alas. Y eso otro un caballo.
—Lo son, lo son, Clara —dijo afirmando con la cabeza.
—¿Y?
—Tenemos caballos, ¿vale?
—Así es.
—Sólo faltan las alas.
—Alas, ¿para qué? —preguntó riendo Clara a la vez que se levantaba.
Pedro elevó el dibujo con sus manos hacia arriba agitándolo lentamente, como si flotara.
—Para ir allí arriba. Subamos y hagámosle ver que no somos sus marionetas, que podemos ir a pedir explicaciones a quien sea. Si se ha olvidado de nosotros, iremos allí para que recuerde nuestras caras. Y sobre todo, para decirle que la buena gente no abunda como para que encima vengan a llevársela. Le explicaremos que es muy injusto que alguien como tú tenga que estar arriba cuando haces tanto bien aquí abajo. He suplicado mil veces por ti, pero no nos escucha nadie.
Nadie.
—Pero Pedro, mi lucha contra el destino es imposible. Tú lo sabes, todos lo sabemos.
—Déjame intentarlo Clara. Necesito todos los caballos. Necesito tu ayuda. La de todos. Necesito saber que tú eres parte de esto. Toda esta gente es feliz aquí a tu lado, creo que si todos nosotros subiéramos al cielo a exigir…
—¿A exigir? ¿El qué? No tengo derecho a seguir viva más tiempo que nadie. Todos los días se va gente buena, gente que no merece separarse de sus seres queridos. Estoy haciendo algo malo. Usar este poder y compartirlo con vosotros es cruel. Es puro egoísmo el no querer abandonar a Matías. Allí arriba saben muy bien que tarde o temprano cederé.
—Simplemente intentémoslo —dijo Pedro esperanzado—, ¿qué tenemos que perder?
—Nada —dijo Matías entrando en la habitación.
Ambos miraron a Matías.
Pedro, con esperanza. Clara, con desaprobación.
—No sé si actuáis bien —concluyó Clara saliendo de la habitación.