Clara
Capítulo 8
Clara recibió una llamada telefónica. Era Gerardo. Ella se sorprendió gratamente al escuchar su voz, que no había perdido su tono altivo pero familiar. La distancia les exigió tutearse.
Hablaron de los viejos tiempos. Se sentaron en una nube de palabras y observaron juntos un álbum de recuerdos puntuales, adornados con risas y melancolía. Clara tuvo que dejar la casa y encontrar un trabajo de limpiadora en una comunidad de vecinos poco después de lo sucedido. Un lugar sin complicidad con los inquilinos, frío. Se mimetizaba con la fregona y encharcaba sus sentimientos. Gerardo, por su parte, al abandonar lo que años atrás fue su hogar tuvo que comenzar a buscarse la vida y acabó de camarero en un restaurante de carretera donde todos los días eran iguales al anterior. Humo, grasa, gordos, música chabacana y pósters con mujeres de pechos operados. Se sentía atrapado en una cárcel invisible de facturas cuyas barras se dibujaban día a día en su piel envejecida. Pero no le quedaba más opción. El recuerdo de su amada secreta reconfortaba su corazón en algunos momentos en los que observaba algo bello que le hacía valorar la existencia en su justa medida. Cosas tan sencillas como una sonrisa de agradecimiento de una persona perdida en el camino, o un pájaro colándose a robar miguitas de pan para salir huyendo veloz, esquivando gorrazos y patadas de algunos camioneros. Aunque la mayor parte del tiempo, su alma se quedaba en casa, junto a una foto que una vez les hizo Clara, en la que la señora estaba sentada en su doble sofá victoriano sonriendo a Gerardo que traía el té.
—Clara, puedes suponer que mi llamada no era simplemente para recordar lo felices que fuimos allí.
—Lo supongo…
—Verás, he recibido una llamada del despacho de abogados que llevaba los temas de la herencia de la señora.
—¿Ahora? Ha pasado mucho tiempo.
—Problemas con el testamento, falsos familiares, ya sabes…
—¿Y bien?
—Recuerdas que la señora te incluyó en él, ¿verdad?
—Sí… —afirmó Clara con sutileza.
—Yo también estaba en él.
—¿En serio? ¿Y…?
—Me ha dejado su mansión —confesó Gerardo.
—¿La mansión? ¡Dios mío, me alegro mucho! ¡Eso es genial! —dijo falsamente sorprendida.
El silencio partió la conversación.
—¿Gerardo?
—Sería incapaz de pisar de nuevo esa casa —continuó—. No tenía por qué. Yo no era más que su mayordomo, ¿por qué hizo algo así?
—Gerardo, la señora… te quería mucho.
Gerardo suspiró contestando sin palabras.
—Me hubiera gustado que esa confesión hubiese salido de sus labios. Ahora se me hace insoportable saber que eso no sucederá jamás. Clara, creo que lo mejor será venderla.
—Eso no es lo que ella hubiese querido.
—Es superior a mis fuerzas. Pensar que tengo que pisar de nuevo esa casa me angustia. Ella ya no está allí.
—En el fondo te entiendo. Sé que tú también la querías. Tu mirada iluminada hablaba por sí sola cuando ella agradecía tu presencia.
—No quiero sufrir más —dijo él con la voz quebrada—. Aquello fue muy duro, cerrar una etapa de mi vida, la más dulce. Este epílogo doloroso que escribo ahora me hunde.
—No digas eso, debes mirar al futuro con esperanza. ¿Qué sería de nosotros sin esperanza?
—El futuro, Clara…, el futuro no existe. Nadie nos avisó de que esa tarde veríamos su muerte y que no haríamos nada por evitarlo.
—Hay cosas inevitables. Gerardo, debes luchar —dijo Clara imprimiendo fuerza a sus palabras.
Permanecieron callados durante unos segundos que se hicieron eternos.
—Clara, también escribió algo para ti, como bien sabes. Me ha costado sacárselo al abogado porque necesitaban encontrarte para decírtelo personalmente, pero el hombre tenía mucho lío y al final lo soltó.
—No quiero nada, Gerardo. No me quedé con vosotros por dinero.
—Nadie habla de dinero, Clara. Y sé perfectamente que te sentías parte de la familia. Quizás te resulte extraño, pero la señora te ha dejado en herencia…
Clara mantuvo la respiración.
—Una granja —dijo él.
—Oh…
—Es un viejo terreno familiar donde la señora pasó algunas vacaciones durante su juventud. Te puedes imaginar su estado actual.
Clara no supo qué decir. Pero una sonrisa surgió de su rostro. Cerró los ojos y pronunció la palabra «gracias» en silencio.
—¿Clara, sigues ahí? —preguntó Gerardo—. ¿Clara?
—Sí, sí, estoy aquí —respondió Clara volviendo a la realidad.
—La granja está en las afueras de la ciudad. Ya sabes que tal y como están las cosas siempre podrías sacar una buena cantidad si la vendieras a una inmobiliaria o a algún promotor interesado. Es un buen terreno.
—No, no, jamás haría eso. Me la voy a quedar, Gerardo. Pienso vivir allí.
—¿Cómo?
—Lo que oyes.
—Pero está muy alejada, es vieja, mal comunicada, se te hará muy difícil vivir allí. Y como casa de fin de semana sería un despilfarro. No sabemos ni siquiera si tiene luz y agua.
—Tendré que ir a verla. Ella me la dejó para que viviese allí, lo sé, estoy segura. Además, Matías libra mañana. Esta tarde hablaré con él. ¿Me podrías mandar la dirección por sms y el teléfono de esos abogados? —dijo Clara hiperactiva.
—Bueno, bueno, tranquila, ahora mismo te lo envío. Sólo espero que nos veamos un día de éstos. Ya sabes que mi trabajo me ocupa bastantes horas pero tendremos que hacer algún hueco. Por cierto, ¿qué tal Matías?
—Está muy bien, gracias. Como siempre.
—Te envidio, Clara, te envidio, pero me alegro mucho por ti.
—Gracias, Gerardo. Tienes que levantar ese ánimo. Está claro que no se merecen a alguien como tú allí. Vende la casa de la señora, y vete de ese tugurio, a disfrutar de la vida. Perdona —le susurró—, está entrando la mujer del presidente de la comunidad, y no quiero que me vea hablando por teléfono. Lo siento Gerardo. Espero noticias tuyas pronto.
—Un fuerte abrazo, Clara. —Besos. Ya hablamos.
Ambos colgaron a la vez. La expresión de sus caras era diametralmente opuesta.
Esa noche Clara se reservó el desvelar la buena nueva. Vio a Matías tan cansado que prefirió dejarle dormir tranquilamente, sin nada que alterase su sueño.
Al día siguiente, en cambio, ronroneó como una gata que busca un regazo en el que descansar. Bajo las sábanas le contó sus planes para ese día. Matías regañó su actitud de hacer preparativos en el último momento, mientras se revolvía en su despertar, pero Clara calmó su enfado rellenando de besos su boca, y entrelazando su cuerpo entre sus piernas, mientras las manos de Matías atraían el torso desnudo de Clara hacia el suyo.
Apenas habían terminado cuando de un salto Clara salió de la cama, abrió la ventana y dejó entrar la primera brisa de la mañana en la habitación. Inspiró profundamente y seguidamente se giró.
—¡Vamos, corre, no seas perezoso!
Matías se levantó de la cama lentamente ante la mirada de Clara. Se giró hacia ella, y con la mano le dijo que se apartase a un lado dejando la ventana libre. Clara lo hizo. Entonces él sacudió la mano saludando.
—¡Buenos días, vecino! ¡Bonita mañana! —dijo Matías sonriente a la vez que se iba al baño.
Clara se volvió y advirtió a un hombre fumando en la ventana de enfrente que observaba atento. Nerviosa, echó la cortina mirando con desaprobación al vecino mientras buscaba manos que tapasen su cuerpo semidesnudo.
Una hora después estaban ya de camino a la granja. Los dos lo tomaron como una pequeña excursión al campo. Prepararon unos bocadillos con fiambre a punto de caducar y unas bebidas, de esas que tenían preparadas para las visitas que nunca eran tal. Desempolvaron una vieja cesta de picnic. Clara decidió que ese día estrenarían además mantel barato y vasos de plástico que compró tiempo atrás, y que tenía escondidos al fondo de un armario. Estaba impaciente por ver lo que, en sus sueños, sería su nuevo hogar.
Poco a poco se fueron alejando de la ciudad. En esa carretera el paisaje no era especialmente hermoso. Apenas había vegetación, el cielo permanecía nublado y todo resultaba ligeramente apagado y triste. Pero eso no importaba demasiado si estaban juntos.
—A saber qué nos encontramos.
—Una granja, ya te lo dije —dijo Clara—. Sin más, ya sabes: vacas, gallinas,…
—Claro, claro, van a estar las vacas esperándote allí a que les saques la leche y las gallinas en posición, preparadas para soltar los huevos.
—Bueno, bueno, cascarrabias, ya las pondremos nosotros.
—Yo si acaso ya traigo unos briks y una docena de huevos, y nos ahorramos el ordeñar y el pienso.
—Ratón de ciudad…
—Anda, mira, creo que es ésa de allí —dijo Matías.
—¿Dónde? No veo nada —preguntó intrigada.
—A tu derecha. Fíjate bien.
Clara buscó. El lugar apareció de repente como un oasis de madera en medio del desierto. Ella, sujeta a dos agarradores superiores, se inclinó hacia delante mirando con fascinación. Su pecho destacó sobre su delgado cuerpo y Matías casi se sale de la carretera al mirarlo por el retrovisor.
—Matías, ¡sí, sí es! ¡Corre, gira aquí!
Clara, impaciente, se fue hacia Matías, y giró ella misma el volante. Matías casi tuvo que derrapar para meterse campo a través. El paso del autobús por la arena hizo que una nube de polvo floreciese en la tierra. El traqueteo imposibilitaba que Clara centrase la mirada, pero aun así, su sonrisa no temblaba.
Matías miraba ilusionado a Clara en lugar de mirar al camino. Le encantaba ver sus labios elevarse al cielo, eso le daba la vida. Nunca se cansaba de ella. De ver en sus ojos el brillo especial que sólo tienen los niños cuando abren sus regalos de cumpleaños.
Matías frenó lentamente. La puerta se abrió y Clara bajó casi en marcha. Se quedó impresionada. Su visión era incapaz de abarcar la magnitud del lugar.
—Oh… Es enorme, preciosa.
—Es vieja —dijo Matías mientras bajaba por la entrada delantera.
—Unas manitas de pintura y quedará como nueva. Se la ve fuerte, aguantará.
Matías negó con la cabeza a la vez que sonreía porque sabía que nada iba a doblegar el sueño de Clara.
—Sí, Clara, unas mil manitas de pintura así a ojo… Nos llevará tiempo. Pero bueno, está claro que la opción de venderla parece un tanto utópica, ¿verdad?
—Dame una oportunidad, sólo una por favor, no te arrepentirás de estar con esta loca. Tenemos todo el tiempo del mundo. En serio, ¿no te parece bonita?
—No.
—¿No? Espera un momento.
Clara subió un par de escalones hasta el porche de entrada y se sentó en un pequeño banco balancín. Clara llamó a Matías con la mano para que se acercase.
—Ven, siéntate aquí, a mi lado.
Matías se acercó y se sentó.
Clara se balanceó ligeramente a la vez que las cadenas que sujetaban el banco chirriaban.
—¿Y ahora, qué te parece? —preguntó sonriente Clara.
Matías suspiró.
—La verdad que contigo mejora un poco, pero… —dijo Matías suspirando.
Clara se acercó a abrazar a Matías.
—Vale, lo reconozco. Sé que está hecha un desastre.
—No, qué va… —dijo riendo él, mientras observaba la destartalada estructura de madera que apenas podía mantenerse en pie—. Hagamos una cosa. Si en un minuto no se cae este columpio, nos la quedamos.
—Vale —dijo mirando con preocupación a los colgantes oxidados que no paraban de gemir.
Permanecieron quietos, mirando al horizonte. Ella contaba mentalmente.
—Tres, dos, uno…, ¡y cero! —concluyó Clara mientras tocaba con el dedo la punta de la nariz de Matías.
Clara se levantó y corrió al interior. Nada más hacerlo, el banco se rompió viniéndose abajo, y Matías refunfuñó. Clara, una vez dentro, recibió a su paso la bienvenida de la casa en forma de ligeros crujidos de la vieja madera. Un pájaro que estaba dentro revoloteó en círculos nerviosos escapando por la ventana. Ella sonrió.
La casa era amplia. Estaba sucia, muy sucia, como pudo comprobar cuando pasó el dedo por la mesa del salón. Había algunas pintadas de antiguos visitantes indeseables. No olía demasiado bien. Cruzó la sala hasta llegar a la cocina, y allí abrió la puerta de la entrada trasera de la casa, que daba a una zona que es muy posible albergase tiempo atrás un establo, una caballeriza y hasta un pequeño huerto invadido ahora por malas hierbas. Por unos instantes Clara dibujó en su mente un prado verde, caballos galopando por el campo y un blanco eléctrico tapizando la madera carcomida. Después volvió en sí y se extrañó de que Matías no la hubiese seguido. Se sintió sola por unos instantes pues el silencio casi absoluto del campo era increíblemente atrayente. Desvelar esos pequeños sonidos que maquillaban el oído era toda una aventura. Pero la seducción terminó pronto, ya que rápidamente se giró y corrió hacia Matías para explicarle cómo había imaginado su futuro juntos. Al atravesar de nuevo el salón, éste se mostró en su imaginación perfectamente amueblado, reluciente y repleto de fotos familiares decorando las paredes. Lo que no sabía Clara, es que Matías ya había imaginado todo eso por ella.
Cuando volvió al porche el corazón le dio un vuelco. Él, a unos metros de la entrada, con una rodilla clavada en la arena, miraba sonriente a Clara.
—¿Qué estabas haciendo? Se me está durmiendo la otra pierna así que iré al grano.
—Matías… —dijo Clara boquiabierta mientras se acercaba a él.
—Clara, no sabía bien cuándo decirte esto. Es verdad que llevamos bastante tiempo juntos, conviviendo, y te aseguro que jamás he sido más feliz que ahora. Esperaba el momento adecuado para decirte cuánto te quiero, y que tú no te lo tomases a broma, como acostumbras hacer porque sospechas que sólo busco sexo. Y ahora, es ese momento, porque no hay cama de por medio —dijo mirando alrededor.
Clara rió. Matías prosiguió:
—Te veo tan radiante, con tanta ilusión, que tengo a favor los elementos adecuados para poder pedirte algo que te quise pedir desde el momento en el que te conocí.
—Matías…
La respiración de Clara fue más rápida y profunda. Puso una de sus manos en el pecho y sintió lo rápido que latía su corazón. A continuación se arrodilló frente a él.
—Matías, soy yo la que debería pedirte que pasaras conmigo el resto de tu vida. Me has hecho sentir tan bien durante todo este tiempo que no entiendo el futuro sin despertar a tu lado. Por favor, cásate conmigo.
Matías sonrió.
—Esto no debería ser así —dijo él.
—¿Eso es un sí? —preguntó ilusionada.
Ambos se besaron lentamente mientras se entrelazaban en un abrazo. Tras ellos, la granja fue la espectadora privilegiada de tan emotivo instante.
No hubo anillos, ni un «sí, quiero». Sin embargo, fue sencillo y perfecto.