Clara
Capítulo 14
Clara observó cómo la noche se deshacía entre las nubes, que obnubiladas por la llegada del sol, limpiaron el cielo de estrellas. Sentada en el porche de
la granja y protegiendo su fina piel con una manta de [1] patchwork, sintió de nuevo el calor que horas antes le había usurpado el atardecer. Se levantó y entró en la casa atravesando el salón y caminó hacia la cocina, donde se tomó un vaso de leche, sin prisa pero sin pausa, y seguidamente salió hacia la caballeriza.
Los caballos la saludaron con decenas de suaves relinchos y coces sobre las viejas puertas de madera. Todos llevaban sus alas atadas con cuerdas a punto de resquebrajarse por la tensión que ejercían sobre ellas ante la ansiedad generada por su presencia. Ella fue soltando los nudos uno a uno. Las alas se liberaron y desplegaron su belleza, cobijando el pequeño cuerpo consumido de la anciana. Nerviosos e inquietos por la novedad relincharon más fuerte. Eso despertó a la gran mayoría de los inquilinos perpetuos, que salieron poco a poco para ver qué sucedía. La caballeriza estuvo en pocos minutos rodeada por todos ellos.
Matías, presidiendo el grupo y todavía con el pijama puesto, entró y se acercó a su mujer.
—¿Tienes prisa? —preguntó mientras se frotaba un ojo con la mano y bostezaba.
—Llevo toda la noche sin dormir. Quedamos en que sería hoy, pues hoy será. Ha amanecido ya, ¿para qué esperar? —dijo con tono nervioso y enfadado mientras soltaba la cuerda al último de los caballos.
—Hombre, pensaba que sería algo más reposado. Un desayuno, un «hasta luego»…
—Mira, llevan semanas practicando el vuelo con ellos, y son capaces ya. Lo sabes, ambos lo sabemos. Llegarán muy alto, seguro, pero no sé hasta dónde. No hagamos esto más largo de lo necesario. No hagas que me arrepienta.
—No pareces muy contenta, mujer —dijo Matías frunciendo el ceño.
—Esto se hizo bajo mi conocimiento pero no exactamente bajo mi consentimiento. Es una locura enfrentarse a lo que allá arriba les pueda estar esperando —dijo mientras abría la puerta de salida.
Todos los caballos salieron vivaces al exterior, galopando lejos y regresando, sobrevolando a ras del suelo y despeinando a sus futuros jinetes. Poco a poco se fueron tranquilizando y acercándose a la gente, intuyendo que ese día no iba a ser normal.
Todas las personas que allí habían renacido, miraban atentos a Clara, esperando sus órdenes.
—No me miréis así. Gerardo, Matías, por favor, id a la despensa y traed lo que he estado preparando durante la noche. Y los demás, vestíos guapos y lavaos la cara para estar presentables allí arriba, ¡vamos! —dijo Clara dando palmas.
Ambos fueron a la parte posterior de la granja y el resto obedeció en silencio. Ella se quedó nuevamente a solas con los caballos.
—Portaos bien, ¿vale?, nada de saltos ni giros peligrosos. No queremos que hoy lluevan personas.
Ya tenemos bastantes goteras en el tejado.
Los primeros en volver fueron Matías y Gerardo con varias bolsas para todos.
—¿Qué has estado haciendo esta noche, Clara? —preguntó extrañado Gerardo mientras levantaba las pesadas bolsas asombrado.
—Es un viaje largo. Llevan unos bocadillos, un poco de fruta y una toallita húmeda para cada uno. Espero haber acertado con los gustos.
—Esta mujer es incorregible… —dijo Matías meneando la cabeza.
Poco a poco fueron apareciendo todos y se les fue entregando su bolsa.
La pequeña Lucía se había enganchado a la falda de Clara. Con ella se secaba las lágrimas y se sentía protegida. Su verdadera madre se acercó y la separó, pero antes Clara besó su frente diciéndole lo mucho que la quería.
Todos esperaban unas palabras de aliento y despedida.
—Bueno, ya estáis todos listos —dijo Clara juntando las manos con mirada ilusionada—. No sabéis cómo os voy a echar de menos…, ¡un momento, se me olvidaba!
Clara volvió corriendo al interior de la casa ante la sorpresa del resto. Esperaron pacientes y extrañados, mientras se intercambiaban los bocadillos entre ellos a su gusto. Pronto regresó con otra gran bolsa, que a pesar de su tamaño no parecía pesar demasiado.
—Por favor, por favor, colocaos en fila y poned las manos así —pidió Clara colocando las palmas hacia arriba como si fuesen a recibir algo—, tú no Matías. Para ti no hay.
Matías refunfuñó y bajó las manos. El resto se puso mirando hacia ella formando una fila casi perfecta. Clara fue hacia el primero de ellos y de la bolsa sacó lo que parecía un enorme ovillo de lana que no tardó en mostrar su verdadera cara: una infinita bufanda que fue estirando y colocando sobre las manos de todos los habitantes de la granja. Al llegar al final, tomó unas tijeras de costurera y, volviendo al principio, fue uno a uno cortándoles su trozo. Una pequeña muestra de amor y calor fue su regalo de despedida, que tejió durante esas noches en las que esperaba que algo malo sucediese. A cada uno le entregó una lágrima correspondida con una sonrisa. Cada corte lo sintió como una pequeña herida en su corazón que se curaba a la vez que cada uno se anudaba la bufanda alrededor del cuello.
—Allí arriba debe de hacer frío, porque de allí viene la nieve, ¿verdad Lucía? —dijo Clara guiñándole un ojo a la pequeña, que asintió sonriendo—. Espero que os sirva para no pillar un resfriado.
Matías estrechó dulcemente a Clara con el brazo izquierdo y la miró como siempre la había mirado, como el que admira una obra de arte, una piedra preciosa o el azul misterioso del mar, infinito en su belleza, o más bien como la primera vez que la vio a través del retrovisor de su ya viejo autobús.
La gente no sabía bien qué decir, pero no podían soportar irse sin más. Lucía dio el primer paso y la abrazó fuertemente. La siguieron los demás. Uno a uno besaron sus arrugadas mejillas. El silencio inundaba la emoción y les impedía articular palabras de agradecimiento y afecto, aunque iba implícito en la sinceridad de sus lágrimas.
Poco a poco se subieron a los caballos, que no tenían sillas de montar, teniéndose que asir además de sus crines. Era curioso ver lo convencidos que estaban por comenzar ese viaje, ese extraño viaje.
Gerardo fue el último en despedirse.
—Quedan cartuchos en el cajón de los cubiertos. Clara, tened cuidado.
—Tranquilo, estaremos bien. Tened cuidado vosotros. Id juntos, no os separéis demasiado. Si estáis cansados descansad en una nube, pero no en las de lluvia que moja, ni en las de granizo que cogeréis frío. Las de algodón son las ideales para dormir, preguntad a Lucía si tenéis alguna duda. Sus palabras lo harán posible.
—Lo haremos, lo haremos, llegaremos lo más alto que podamos.
—Sus alas os guiarán. Todo el mundo quiere volver a casa, incluso un puñado de plumas necesita un hogar —dijo Matías serio mientras entornaba los ojos mirando a Gerardo.
Gerardo tomó las manos de Clara que se perdían en las suyas. Ella no pudo reprimir el abalanzarse sobre él y permaneció unida unos instantes. Matías miraba atento y en ese preciso instante pareció recordar algo, porque se echó las manos a los bolsillos buscando no se sabía qué. Cuando Gerardo se alejó finalmente y estaba a punto de subirse a su caballo, Matías se acercó y tuvo una breve conversación con él, que Clara no pudo llegar a escuchar por la distancia que había entre ellos. Vio simplemente cómo Matías sacaba un pequeño trozo de papel con algo escrito en él. Gerardo lo guardó en un bolsillo junto a su pecho y dio un fuerte abrazo al viejo conductor. Subió con su ayuda al caballo y Matías volvió junto a su mujer.
—¿Qué le has dado? —le preguntó Clara.
—Qué cotilla eres. Nada, mujer, no era nada.
Ella no creyó sus palabras pero no tenía ganas de empezar a discutir.
Poco después el primero de los caballos comenzó a elevarse, ya que era el más avispado de todos. No tardó en ser seguido por sus compañeros, a los que dibujó un camino imaginario en el cielo. Clara y Matías observaron maravillados esa formación equina en el aire, que desapareció con la misma velocidad con la que ambos movían sus manos despidiéndose. Atravesaron el cielo y éste los secuestró en su azul brillante.
Todos se habían marchado ya, todos excepto Licht, que relinchó para que supieran que seguía allí.
—¡Licht! ¿Qué haces aquí? —dijo Clara acercándose a ella.
Clara le acarició la cabeza.
—No seas tonta, esto se convertirá en un sitio muy solitario a partir de ahora. ¿Con quién vas a jugar? Todos se han ido ya. No volverás a ver a Relámpago, ni a Misterio, ni a Negro, ni a Marengo, ni a Tornado, ni a Canela…
Licht se giró y se fue ella sola hacia la caballeriza, cerró la puerta tirando de una argolla con el hocico y se quedó quieta, mirando atenta al cielo.
—Creo que es más cabezota que tú —dijo Matías.
La noche tardó en llegar porque la soledad detiene el tiempo. Clara y Matías se bañaron juntos, como muchas otras veces. El silencio volvió a ocupar la casa y sólo era roto por el goteo de la esponja sobre el agua que les cubría la piel. Ella enjabonó la espalda de su marido, llena de pequeñas manchas a causa de la edad. Él masajeó los hombros de su amada mientras ella suspiraba de placer.
Minutos más tarde cenaron en el porche, mirando a las estrellas, presintiendo que algunas de las más fugaces pudieran ser sus chicos navegando por el universo.
—¿Habrán llegado ya? —preguntó Clara mientras balanceaba el viejo banco.
—Es pronto, pero quién sabe, esos caballos son fuertes y rápidos.
Exhalaron un suspiro en silencio.
Pronto el frío los invitó al interior. Clara cerró todas las puertas con llave y echó el cierre de seguridad de las ventanas. Subió a su cuarto acompañada de Matías y de la escopeta. Ambos se metieron en la cama.
Sin palabras que entorpeciesen la magia, se desnudaron bajo las sábanas. Lentamente se acercaron uno al otro y rozaron sus pieles, arrugadas y ásperas, pero igual de sensibles que cuando fueron tersas y suaves. Sus manos se recorrieron mutuamente mientras se miraban a los ojos.
—Sigues siendo igual de bonita.
Clara sonrió, se giró dando la espalda a Matías y éste se acercó a ella sintiendo todo su calor. Con una mano la cubrió y ella se sintió protegida.
—Dime, ¿qué ponía en la nota que le diste a Gerardo?
—Lo mismo que pienso cada vez que te veo.
—¿El qué?
—Que te quiero.
Clara, feliz, cerró los ojos y sintió el latir de su corazón, que por un momento confundió con el de Matías. A él le sucedió exactamente lo mismo. Quizás fue en ese preciso instante cuando ambos se dieron cuenta de que sus corazones siempre habían latido al mismo ritmo. Era cuestión de tiempo que se detuviesen a la vez.
FIN
Terminaste Clara
Ivan Hernández
Libros como este
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.