Clara
Capítulo 10
Cuando daban las nueve de la noche todos se sentaban alrededor de una gran mesa de madera de roble, que previamente vestían con un mantel realizado a base de retales de ropa vieja. Lo adornaban con un jarrón de cristal verde oliva repleto de flores recién cortadas. Y para finalizar lo cubrían de platos, vasos y cubiertos de los más variopintos estilos. Una gran fiesta a la que siempre acudían los mismos invitados. Los mismos que cocinaban guisos sencillos y los mismos que servían con destreza familiar. Los mismos que saboreaban conversaciones y los mismos que bebían de las risas del otro. Una simbiosis elemental de sentimientos encontrados y algunos ya olvidados. De reprimidas alegrías que se liberaban a la misma velocidad que desaparecían las patatas fritas del plato y el agua de limón de las jarras de plástico blanco opaco.
Todos partían del mismo agujero negro en el que la luz desaparece en cuanto quiere hacerse notar.
Irene no pudo soportar que su marido la engañase por el día y la pegase por la noche, ni que la hiciese abortar golpeando su vientre.
Tampoco Luisa lo pasó mejor cuando desde los dieciséis años fue expulsada de su casa por un padre autoritario que decía querer lo mejor para él, cuando lo que ella siempre quiso fue ser mujer y dejar de llamarse Luis. Su deseo desencadenó un tsunami de drogas, prostitución y calle, novia de ratas y amiga del barro.
Francisco, un amable anciano incapaz de hacer daño a nadie pero sumido en la más grande de las pobrezas, la tristeza de no contar con nadie que le preguntase por sus batallitas y sus achaques, nietos invisibles a los que les hicieron olvidar que tenían un abuelo al que perdieron en una gasolinera a trescientos kilómetros de su casa.
También se sentaban siempre muy juntitos una pareja furtiva por amor, Elena y Pedro, jóvenes que sólo buscaban ser comprendidos y que los demás entendiesen su amor.
Tomás, un hombre que perdió a su hija y a su mujer en un intento de robo, un puñado de billetes que terminó manchado de rojo inerte.
Todas eran historias que sobrevolaban las paradas de autobús, que la gente comentaba para bien o para mal. Palabras perdidas que penetraban en los oídos de Matías y que no podía olvidar durante esas noches, despejadas de ruidos y sueño, que invitaban a la reflexión. Se las narraba a su mujer mientras se duchaba al volver del trabajo ante su atenta mirada. Muchas veces hablaron largo y tendido sobre esos temas, sentados en el porche de la granja, apoyada ella sobre él. Matías jugaba a entrelazar sus dedos en el cabello cada vez más blanco de Clara, que eligió no teñirse el pelo porque ese hombre, ahora viejo como ella, le recordaba a cada momento que no hacía falta que la persona más guapa del mundo negase el paso de los años.
Mucho tiempo antes de estas multitudinarias cenas, con un atardecer cobrizo como telón de fondo, Clara le contó lo que vio hace tiempo, mucho tiempo atrás:
—Matías, nosotros no tenemos secretos, ¿verdad?
—Creo que no, Clara. Al menos que yo recuerde —dijo Matías pensativo.
—Bueno, pues tengo que confesarte que yo sí tengo uno.
Matías no detuvo sus caricias sobre el pelo de su mujer.
—Uno no es mucho, si me hubieras dicho diez iría a por otra cerveza…
—Quizás te parezca una tontería, porque nunca he sabido hasta qué punto fue real o no.
—Adelante…
—Se trata de cuando la señora murió. La señora para la que trabajaba, cuando nos conocimos, ¿recuerdas?
—Claro, claro que la recuerdo —asintió Matías—. Siempre me pareció una señora amable. Caíste en una buena casa.
—Matías, el día de su muerte pasó algo extraño.
—¿Extraño?
—Sí. Yo estaba en la cocina, y noté en mis piernas una ligera corriente de aire frío. En aquel instante se me heló la sangre. No sé por qué, pero presentí algo… malo.
—¿El qué?
—Estaba fregando unos platos muy delicados, de esos que no puedes meter en el lavavajillas porque de lo contrario podrías buscarte un buen lío. Así que sequé el último con cuidado y fui a ver si nos habíamos dejado una ventana abierta, porque a la señora las corrientes no le venían nada bien para su delicado estado de salud. Llegué rápida al salón donde, no sé si recuerdas, había unos grandes ventanales, desde los que a veces me despedía de ti.
—Oh, sí… —recordó él.
—Como supuse, uno de ellos estaba abierto. A la vez que caminaba hacia él le comenté a la señora que ahora mismo lo cerraría. Pero no fue ella la que me respondió.
—¿Quién lo hizo? ¿Gerardo?
—No. Una voz masculina me dijo: «No hace falta que la cierres».
—¿Quién era?
—No lo sabía. Me giré asustada. Era un hombre alto, fuerte. Pensé que era un ladrón. Pero no…, no lo era.
—¿Cómo sabes que no era un ladrón? Un tipo no se te cuela por la ventana para venderte una enciclopedia, en todo caso… rejas.
—Matías —Clara tragó saliva y prosiguió con voz temblorosa—, escucha, ese hombre tenía… alas.
—¿Alas? ¡Pero qué me estás contando! —exclamó Matías riéndose.
—¿Ves? Sabía que no tenía que contártelo.
Clara se levantó enfadada y se alejó de la casa con paso firme. Matías refunfuñó ligeramente, pero la siguió.
—¡Oye, no te vayas! ¡Que no me has dicho de qué color eran las plumas!
—¡No quiero seguir con esto! ¿No me crees? ¡Muy bien, déjalo! —gritaba Clara sin detener su camino pisando la hierba con fuerza.
—¡Clara, no corras, no estoy ya para carreritas campestres a la luz de la luna! ¡En serio, detente! ¡Te creo!
—¡No me crees! ¡Lo dices por decir!
—¡Te creo, y no es para evitar unas agujetas! ¡Nadie guarda un secreto falso durante treinta años!
Clara se detuvo, reflexionó, y se giró hacia él.
—Entonces, ¿por qué te ríes?
—Perdona, me imaginé la escena… y me hizo gracia. Vamos, sigue, Clara. Este viejo no te interrumpirá más.
Clara inspiró, y continuó con su confesión:
—Ese hombre vino a por ella.
—¿A por ella? No lo entiendo, ¿y tú qué hiciste? —preguntó intrigado.
—Tenía tanto miedo que sólo pude ver cómo la cogía de la mano. Ella se levantó sin mucho esfuerzo y caminó junto a él hacia la ventana. No pude decirla adiós, el terror me impedía hablar. Pero ella no parecía triste. Quizás quería irse, no lo sé. Puede que ella supiera quién era ese hombre y para qué venía.
—¿Y dónde se fueron?
—La ventana se cerró y ambos desaparecieron en el cielo, elevándose tan rápido que nadie en la calle se percató de su presencia. Después me giré, miré a su silla y allí seguía ella, sentada…, y muerta. Junto a la señora estaba Gerardo, el mayordomo, temblando como un flan e intentando que no se le cayera una bandeja repleta de pastas y té. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Nunca había visto nada así. Le pregunté a Gerardo si lo había visto todo. Pero no fue capaz de responderme, aunque el tono pálido de su piel fue la mejor de las afirmaciones.
—Clara, ¿por qué has esperado tantos años para contármelo? —preguntó Matías estrechando a Clara entre sus manos.
—Matías, no pensaba habértelo contado nunca. La verdad es que a veces yo misma dudo de si aquello fue real. Pero fíjate, nos hacemos mayores. Mira mi pelo, mira mis arrugas, y no te digo que mires a mis pechos o tendrás que mirar al suelo, y entonces me enfadaré de verdad.
—¿Y? Es normal, la vida es esto. Sin más. Durante este tiempo hemos cumplido algunos sueños, y otros han sido imposibles. No lo hemos tenido todo pero estamos satisfechos de lo que hemos conseguido, ¿verdad? Yo soy feliz. Es cierto que nunca he aspirado a mucho. Nunca he querido tener una mansión en cada esquina perdida del mundo, ni una cuenta repleta en un banco de Suiza.
—No me entiendes. Me refiero a que yo no podría soportar la idea de que un día tú no estuvieses aquí o de que yo me alejase de ti. No me importa ya el no haber tenido hijos, de verdad, has suplido con creces y con muchísimo esfuerzo esa carencia. Uno de mis mayores sueños de juventud, tener caballos, lo hiciste realidad arriesgando muchísimo más de lo que cualquier otro hombre hubiese arriesgado. Amo tanto nuestra vida que no quiero que nada cambie. Y sé que cambiará. Y sé, por desgracia, que será para peor.
—¿A qué te refieres? Sabes perfectamente que uno de los dos morirá antes, que tendrá que enterrar al otro y llevarle flores a la tumba para recordar a la otra persona lo mucho que la echa de menos. Es ley de vida que así sea.
—Odio las leyes. No quiero permitir que eso suceda. Sé que un día un hombre de ésos vendrá a la granja, y no será para tomar un vaso de limonada. No sé a por cuál de los dos vendrá primero, pero vendrá. Desplegará sus alas y se irá con uno de los dos. Y no pienso dejarle que se lleve a ninguno. Por eso te he contado este secreto. Ahora está en tu mano creerme de verdad o no, pero decidas lo que decidas, no podrás impedir que mañana por la mañana vaya a la armería más cercana para comprar una escopeta de caza y mil cartuchos.
—Clara…
—Nunca he cazado un pájaro, pero un ángel debe ser más fácil de alcanzar.
—Por tamaño sí —bromeó Matías—. Clara, no sé si hacemos bien. Es intentar escapar de algo que nosotros no hemos escrito, y créeme cuando te digo que no entiendo nada sobre la vida, pero tengo clarísimo que si hay que matar ángeles para estar juntos más tiempo, los mataré gustoso. Pero, ¿cómo sabes que las balas acabarán con ellos?
Clara sonrió y abrazó a Matías.
—No se me ocurre otra manera —respondió en voz baja.
—Me tuve que casar con la más loca de todas… ¡ángeles, temblad! — gritó Matías al cielo.
A la mañana siguiente compraron una escopeta de caza de segunda mano y todos los cartuchos que había a la venta. No sabían bien cómo cargarla pero al final aprendieron. Practicaron usando viejas latas de conserva, y pasados unos días la guardaron en un armario del salón junto a la munición y la olvidaron.
Desde esa confesión, sus conversaciones se volvieron más trascendentales que un simple «¿Qué vamos a cenar?», o un frívolo «¿Me queda bien el pelo así?».
Apacibles siguieron su vida, viendo los días pasar.