Clara
Capítulo 7
Gritos de dolor insoportable. Largos y angustiosos gemidos sobre una vieja mesa de madera de cedro. La gente a su alrededor lo sujetaba fuertemente, observando morbosamente cómo agonizaba.
Daniel, espectador improvisado, estaba estremecido ante aquella sangría transparente. Ese hombre alado estaba postrado boca abajo en una especie de cama de operaciones donde Clara, como cirujana jefe, estaba a punto de actuar. Sus ayudantes lo ataron fuertemente con cintas de cuero que, por el desgaste que se advertía en ellas, habían sido utilizadas con anterioridad.
El que parecía muerto por las heridas producidas por sendos disparos y el impacto brutal contra el suelo, estaba ahora más vivo que nunca, impidiendo ser sometido, a sabiendas de cómo acabaría la historia.
—No hagas esto más difícil —dijo Clara entre dientes mientras enganchaba con su mano la raíz del ala derecha.
A continuación tomó un cuchillo de carnicero de hoja larga y afilada, la mojó en un cubo con una solución antiséptica, oscura y oleosa, y realizó unos certeros cortes como una auténtica profesional.
Daniel se giró con repulsión, pero la inquietud y la novedad lo invitaban a seguir mirando. Un aullido furibundo de la víctima sentenció el trabajo. Clara consiguió arrancar una de las alas, no sin esfuerzo, y aún en movimiento, se la entregó a una de las mujeres que la plegó rápidamente y la ató con una cuerda impidiendo su aleteo frenético.
—¡Nunca serás perdonada! —vociferó el amputado— ¡Jamás!
—No creo que seáis los más adecuados para darnos lecciones sobre el perdón y la bondad, —concluyó Clara.
Continuó con el ala siguiente.
La escena se repitió. Todos parecían acostumbrados a ver aquello. Daniel seguía sin entender nada, pero estaba tan increíblemente fascinado por lo que estaba sucediendo ante sus ojos que no podía ni siquiera articular palabra.
Otra mujer sometió de nuevo al rebelde plumaje que intentaba escapar, incluso desprendido de aquel cuerpo que no paraba de sangrar esa savia vital que hacía crecer musgo sobre la madera, y pequeñas flores junto a los pies de la gente. Algunas plumas consiguieron zafarse y revolotearon libres hasta que la gravedad les hizo ser esclavos de la tierra.
Instantes después todos permanecieron atentos, mirando cómo el hombre sin alas suspiraba por última vez. Daniel abrió los ojos todo lo que pudo y más, para no olvidar lo que estaba presenciando. Ese extraño ser caído del cielo se desvaneció ante los ojos impasibles de la muchedumbre. La piel se fundió en un brillo dorado y cegador, lleno de estrellas mínimas que, en formación, desaparecieron al paso de un golpe de viento. En ese momento, todo el grupo avanzó en silencio hacia el fondo de la caballeriza con las alas atadas, aún éstas con atisbos de vida.
Daniel se quedó durante unos segundos observando la mesa, vacía. Se acercó y puso sus manos sobre ella. Las yemas de sus dedos recorrieron las rugosidades de la madera, y después rozó el musgo que había crecido a partir de unas pequeñas gotas de sangre, sangre invisible. Estaba frío y húmedo. Retiró su mano asustado ante la veracidad de lo vivido. Miró al suelo, donde sin querer había pisado alguna de las flores nuevas, y levantó el pie arrepentido por haberlas matado. Alzó la mirada y decidió seguir a la secta de lo extraño.
—¿Sorprendido, muchacho? —preguntó Matías, observador desde la distancia.
Daniel se detuvo. Giró la cabeza y asintió tembloroso. Las piernas transmitían miedo, tanto que apenas podía caminar erguido.
—Respira, respira, te acostumbrarás. Todos hemos aprendido mucho durante este tiempo.
—¿Aprendido a qué? ¿A matar gente?
—No somos asesinos. No son gente. Sólo les pedimos que nos presten sus alas. Ya se las devolveremos. Nosotros las necesitamos más que ellos —dijo Matías mientras caminaba para unirse al grupo—. Nos costó hacerle comprender a Clara que no somos los malos. No te preocupes, no estamos locos. Esta noche, con el estómago lleno y descansado, lo entenderás todo mucho mejor.
—¿Pero qué me está contando? ¡Su mujer disparó dos veces! ¡Su mujer le ha arrancado las alas! ¡El tipo ha desaparecido!
Matías se rió ante el desconcierto de Daniel.
—Miras todavía con esto —dijo señalándose los ojos—, pero estás totalmente ciego de aquí —concluyó tocándose el corazón.
—Sé lo que vi. Era un ángel, ¿verdad?
Matías no respondió. Ambos caminaron unidos para unirse a los demás. El espectáculo que había contemplado era sólo el prólogo de lo que estaba por venir.
—Dejad paso, a un lado por favor —dijo Matías mientras separaba a la gente arremolinada alrededor de Clara y los caballos—. El nuevo quiere verlo.
Matías obligó a Daniel a dar un paso al frente tirando de su brazo. La gente envidió su privilegio.
—Ah, ya estás aquí, ayúdame —le pidió Clara.
Daniel recibió un leve codazo de Matías. Daniel asintió a Clara con la boca cerrada, y de camino se encogió de hombros sin saber bien qué hacer.
—Sujeta el ala por la raíz —explicó Clara—. Y acércate un poco más. Vamos, sin miedo.
Dicho y hecho, pero aterrado, Daniel agarró con fuerza una de las alas, que todavía permanecía atada. Al tomarla entre sus manos notó una extraña sensación de calor proveniente de ella, acompañado además de un ligero temblor.
Observó atentamente cómo procedía Clara. Uno de sus ayudantes, con aspecto de cirujano por la vestimenta que llevaba, se acercó. El lomo del caballo, oscuro y brillante, fue empapado con un desinfectante antes de que ese hombre realizase un corte con un bisturí. El caballo relinchó y empezó a zarandearse, sin anestesia que lo calmara. Varios hombres sujetaban al caballo con todas sus fuerzas. Parecía imposible doblegarle, aunque estaba atado con viejas sogas por varios puntos. El cirujano siguió actuando mientras los gritos casi humanos del caballo ensordecían el ambiente.
Todos parecían saber muy bien lo que tenían que hacer.
Todos, menos Daniel.
El corte era cada vez más grande, del tamaño de un puño. El animal sangraba abundantemente. Sangre real, negra sobre el lomo, roja sobre el heno.
—Creo que ya está listo, Clara —avisó el cirujano—. He encontrado el punto exacto. Es el momento.
—Gracias, Javier —agradeció Clara—. Es tu turno, Daniel.
—¿Qué? —preguntó dudoso— ¿Qué hago?
—Coloca el ala antes de que se desangre.
—¿Cómo? No, no puedo hacerlo —dijo Daniel casi llorando por los nervios.
—Vamos, no desperdicies esta oportunidad —dijo con mirada cándida.
—Oh, lo ha vuelto a hacer —dijo Matías entre dientes—. No podrás escapar de esa mirada, muchacho.
Matías se acercó y le dio una colleja a Daniel, que reaccionó mejor ante ese estímulo, y avanzó lentamente hacia el caballo. Acercó el ala a su lomo, y miró a Clara buscando su aprobación. Ella siguió sonriendo.
De repente, Daniel sintió calor entre sus manos. En aumento, según se acercaba al lomo del caballo. Cuando las plumas rozaron la sangre equina, el caballo se tranquilizó. Daniel respiró profundamente y empujó la extremidad recién cortada bajo la herida, que comenzó a cicatrizarse lentamente. El rubor ardiente que el plumaje desprendía se introdujo en el corazón de Daniel, que le causó una vertiginosa sensación de paz en su interior. Los nervios se desvanecieron bajo la superficie de la caballeriza y todo su ser fue por un instante, feliz. Cuando la cicatrización tuvo efecto, se apartó y observó cómo esa ala era ya parte del caballo.
—Bien hecho muchacho, bien hecho —dijo Matías dándole unas palmaditas en la espalda.
—No hemos terminado aún, falta una —dijo Clara invitando a Daniel a que le acompañase a colocar la segunda ala.
Esta vez no se hizo mucho de rogar. Parecía como si de repente todo lo viese con otros ojos, convencido de haber capturado la esencia de algo que él creía perdido hacía mucho tiempo atrás.
El cirujano ya estaba practicando la segunda incisión. El caballo comenzó a relinchar nuevamente, y la escena se repitió pero sin interlocutores. Daniel actuó con asombrosa rapidez y seguridad. Esa sensación era tan bella y grandiosa que se había enganchado a ella como si se tratase de la más adictiva de las drogas.
—¿No hay más? —preguntó ansioso.
—No, hijo, no —rió Clara—. No llueven ángeles todos los días.
—¡Un ángel, lo sabía! ¡Era un ángel!
Todos rieron. Matías se acercó a Clara, que se limpiaba las manos con un paño. La abrazó fuertemente y besó su frente.
—¡Creo que tenemos un nuevo miembro en la familia! —exclamó Matías.
Bajo los vítores, los aplausos y los «hurras», Clara quebró su sonrisa recordando algo que nunca tuvo.
Todos se alejaron del aquel lugar, donde una decena de caballos permanecía con sus nuevas alas atadas.
Era la hora de la cena.