Clara

Ivan Hernández · Capítulo 12 de 14

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Clara

Capítulo 12

 

 

Cuando Matías hacía horas extras, Clara no se atrevía a dormir, y esa noche permaneció junto a su escopeta cargada, a la vez que tejía una bufanda sin principio ni fin, sólo para relajarse.

Cercana la noche, escuchó ruidos de motor. Clara soltó las agujas de punto y tomó la escopeta entre sus manos. Miró por la ventana y apuntó. Era Matías que acababa de llegar. Salió a recibirle sin soltar su arma.

Al abrir la puerta lo vio frente a ella. Matías cargaba con sus maletas unos pasos atrás. El bueno de Gerardo había envejecido, pero su mirada elegante seguía siendo la misma.

—¡Gerardo, eres tú! ¡Dios mío, eres tú!

Clara fue corriendo a darle un fuerte abrazo.

—Te quedaba mejor el traje de servicio —bromeó Clara.

—Lo sé, pero en el bar eran muy estrictos. Sin lamparones en la camisa no había contrato. Política de empresa, ya sabes.

—Bueno, bueno, veo que podríamos competir en número de arrugas — dijo Clara mientras acariciaba la mejilla de Gerardo con el pulgar.

—¿Vamos a pelearnos ahora por ver quién es más viejo? —les preguntó Matías mientras entraba en la casa entre achaques—. No perdáis más el tiempo. Yo os gano a los dos. A eso y a guapo.

—No le hagas caso, está siempre igual —dijo Clara sonriendo—. Dime, ¿qué haces aquí?

—Te echaba de menos.

—¿Qué? —a Clara se le iluminó la mirada.

—Me cansé de todo aquello. Entre nosotros, no me voy a jubilar nunca. Yo he nacido para servir, no me puedo estar quieto. Así que hablé con Matías y le dije que si necesitabais ayuda, yo estaba disponible. Me dijo que no, pero no le creí, ¿una pareja de viejos cuidando de un lugar tan grande? Así que esperé en la parada cercana a la casa de la señora y no le quedó más remedio que traerme.

—Pero Gerardo…, esto es muy solitario.

—Ideal. Tú no sabes lo solo que me he sentido en ese maldito lugar, mucha gente pero pocas palabras. En cambio, aquí creo que estaré bien y seré de utilidad.

—Pero no podemos pagarte, apenas llegamos a fin de mes —dijo preocupada.

—Clara, no voy a pelearme ahora por un sueldo digno. Recuerda que vendí la casa. El dinero no es problema. He venido a ayudar, ¡y suelta ya la escopeta que se te puede disparar!

Clara dejó la escopeta apoyada en el porche. Abrazó nuevamente a Gerardo sin perder de vista el cielo que no tardó en cubrirse de estrellas.

Esa noche, después de cenar y de ubicar a Gerardo en una pequeña habitación con un colchón viejo y sábanas roídas por las polillas, Clara y Matías hablaron en la cama susurrando.

—Clara, pensarás que estoy loco, pero he tenido una idea.

—Miedo me dan tus ideas. A ver, cuenta.

—Creo que Gerardo necesitaba estar aquí.

—Sí, es posible. Me ha dicho que se sentía muy solo.

—Pues como él, hay mucha gente. Mucha gente desgraciada. Gente muy distinta a Gerardo, y a nosotros, pero todos tienen un nexo en común. Lo están pasando muy mal, realmente mal.

—El mundo está lleno de gente así Matías. Es normal.

—Yo quiero que eso cambie. Al menos en parte. Escucho historias desoladoras cuando voy conduciendo. La gente habla de manera morbosa de todo eso, pero no se quedan con los posos, con la esencia y la consecuencia de esos sucesos. Tú me has enseñado a querer la vida y no maquillar las situaciones con un «es lo que hay», así que no me vengas ahora con tu «es normal», porque no me lo trago. Siempre he sentido la necesidad de hacer algo, pero no fuera de mi país colaborando con una ONG ni nada de eso. No veía lógico reconducir la vida de los que no conozco. Pero esa gente de la que hablan a pocos metros de mí, es como parte ya de mi día a día. He comprendido sus problemas y he entendido cómo deben sentirse. Y creo que nosotros podríamos darles la oportunidad de que su vida no siga siendo un asco.

Clara se giró en la cama hacia él.

—¿Pretendes llenar la casa de gente?

—Si me das permiso…

Clara volvió a girarse.

—Bueno, adelante. Pero ojito con quién traes, ¿eh?

—¿En serio? ¿No te importa?

—Claro que me importa…, pero serán de ayuda. Como dice Gerardo, ya no estamos para cuidar bien a los animales, ni para regar las plantas como lo hacíamos antes. Hace meses que no quito las malas hierbas porque apenas puedo agacharme. Y la casa va necesitando otra mano de pintura. Lo que no sé es si querrán venir aquí. Ya me dirás lo que podemos ofrecerles. Nada.

—Podemos probar, siempre podrán irse si no están contentos.

—¿Y cómo los vas a encontrar?

—Tranquila, eso déjamelo a mí.