Clara

Ivan Hernández · Capítulo 6 de 14

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Clara

Capítulo 6

 

 

Eran gorriones enamorados bailando entre las flores del parque. Las ancianas, a su paso, miraban de reojo a la pareja de manera inquisidora, cuchicheando entre ellas. «No tienen edad para esos arrumacos», se decían envidiosas.

Los graneros, alejados de la ciudad, se convertían en alcobas improvisadas con camas de heno dulce donde camuflar sus cuerpos desnudos. Pequeños haces de luz iluminaban sus siluetas bajo el dorado de la paja. Las manos de ambos se buscaban en cada caricia, y cuando eran uno, sus corazones casi podían rozarse. Recónditos lugares hallados que todavía no habían usurpado a la intimidad. Ella, entre sus brazos, se rendía a la pasión, y se amaban.

Después yacían inmóviles, sintiendo cómo sus pieles empapadas de sudor se enfriaban cuando llegaba la noche, presurosa por robar su calor.

Clara era tan feliz que no se cansaba de decirlo, de recordarlo, de matizarlo, de improvisarlo, de sugerirlo, de imponerlo, de gritarlo a los cuatro vientos.

—¿Le he dicho lo feliz que soy? —preguntó Clara a su señora.

—¿Cómo dices querida? —respondió con voz quebrada y temblorosa.

—¡Que estoy muy feliz! ¡Muy contenta por haber conocido a Matías!

—¡Ah! Matías, sí, ya me hablaste de él. Ése que tú ves alto, guapo y con buen trabajo. Ése que yo veo rechoncho, bajito y mediocre. No te sacará de esta casa con su sueldo. Y además, tiene las manos gordas y llenas de pelos.

—No me importa, yo tampoco le puedo retirar a él, ni creo que él quisiera. Tiene verdadera pasión por lo que hace. Le gusta ser lo que es, conductor.

—¿Cómo? ¡Más alto, por favor!

—¡Qué le gusta ser conductor! —gritó Clara.

En ese momento entró el mayordomo con una bandeja en la que convivían dos tazas de té y unas pastitas. Con semblante servicial se acercó dejándola sobre la mesa.

—Le toma el pelo. Su audífono llegó esta mañana —comentó Gerardo pausadamente.

Clara, sorprendida, se giró hacia su señora y la sonrió levantando medio labio.

—Gerardo, querido, hace que las bromas nunca lleguen a su clímax —le reprobó la señora.

—Nunca he sido amigo de las bromas, señora. Le recuerdo que en dos ocasiones casi se quema la casa, y en otra casi me rompo el cuello.

—¡Qué poco sentido del humor! —exclamó la señora riendo, mientras tomaba una pastita de chocolate.

—Lo guardo a buen recaudo, señora, junto a mi seguro de vida. No quiero malgastarlo —apostilló serio.

—¿Malgastarlo? Reír es gratis, y es contagioso —dijo con paso alegre Clara—. Mírese, estoy segura de que usted tiene el grifo de la risa por ahí escondido, y cerrado. Estará por aquí, o por aquí…

Clara se acercó a Gerardo buscándole las cosquillas. Él dio varios pasos atrás y espetó:

—¡Qué falta de decoro! Las dejo con sus niñerías.

Gerardo abandonó la estancia. Después, a solas las dos, la señora dio unos leves golpecitos sobre el sofá en el que estaba sentada, mirando a Clara, que no tardó en acomodarse a su lado.

Ambas se sonrieron con ligera timidez.

—¿Puedo contarte un secreto, Clara? —preguntó la señora entornando los ojos.

—Claro. Seré una tumba. —Bien.

La joven esperó la confidencia sin pestañear.

—Gerardo… —dijo la anciana haciendo una larga pausa— es mi marido.

—¿Cómo?

La señora asintió.

—Llevamos haciendo vida de pareja desde que entró a trabajar aquí. Eso sí, a excepción de la parte que tú ya puedes suponer. Y no creas que no me he subido las enaguas en alguna ocasión. Pero siempre hace lo mismo, sale corriendo, con estilo, pero corriendo.

—Señora, no puedo creer lo que me dice.

—Es broma. Qué belleza tan inocente. Ahora en serio. Realmente lo adoro. Es un soplo de aire fresco en la poca vida que me queda ya. A veces siento pena de que pierda su tiempo aquí, en soledad, cuidándome, queriendo lo mejor para mí —dijo la señora a la vez que tomaba otra pastita.

—Pero, no lo entiendo, ¿él no tiene más vida que ésta?

—No, ninguna. Además no se da cuenta de que los años no pasan en balde. Debo confesarte que te contraté para que enamorases a Gerardo. Sí, sí, no me mires así. Perdóname, demasiada novela rosa en esta cabecita. Pero su Matías se interpuso en el camino. No se lo reprocho, alguien tan bonita como usted se ve a kilómetros, es una rosa en un vertedero. Pero en parte fastidió mis planes. Lo que quiero saber es…, ¿tiene alguna hermana?

—¿Hermana? —dijo Clara riendo—. No, qué va, soy hija única. Mis padres murieron jóvenes, me crié en un orfanato. Aunque creo que todo esto ya se lo conté.

—Puede ser. Una lástima no tener familia, ¿no cree?

—No se preocupe, por suerte o por desgracia no recuerdo nada de ellos.

—Debió ser duro vivir en un orfanato.

—No del todo, quizás algo triste en ocasiones. Se supone que ese sitio es tu hogar, pero no lo ves así. La mayor parte del tiempo me intentaba escapar.

—¿De allí?

—No físicamente, eso era imposible. Tenía un árbol que yo consideraba mío. Bajo su copa me sentaba apoyada en su tronco y leía para después soñar…, y así escapaba de aquel lugar.

—¿Y qué leía si no es indiscreción? —preguntó la señora con sonrisa pícara.

—No, no lo es. Leía… sobre caballos —comentó vergonzosa.

—Caballos…, ¡qué curioso! —exclamó la señora recordando algo—. Yo tuve varios caballos.

—¿En serio? —preguntó Clara abriendo los ojos como platos—. A mí me encantan. Son elegantes, vivaces, inteligentes…

—A mí, al contrario, nunca me llamaron mucho la atención. Tenía otros sueños. Los típicos que nunca puedes cumplir.

—¿Por qué? —preguntó Clara preocupada.

—Mis padres. Eran otros tiempos. Siempre quisieron lo mejor para mí, es decir, lo mejor para ellos. Me educaron en la corrección, y me buscaron pretendientes. Era guapa, no hay más que mirar las fotos que tengo repartidas por el salón. Como ves, no era una pasa arrugada como ahora. Uno de los que me cortejaban murió en la guerra civil, y el siguiente era muy mayor para mí. Por suerte, cuesta decirlo pero es así, tuvo un infarto antes de la boda…, y eso que no llegó a verme desnuda.

Clara sonrió. La señora prosiguió.

—Entre nosotras, yo estaba enamorada de otra persona —la señora tomó aire—. Era… una mujer bellísima. La vergüenza y el miedo nos hicieron mucho daño. Escondíamos nuestra realidad, esa que existe en el silencio. Nuestro sueño era gritar a los cuatro vientos que nos queríamos. Pero no fuimos capaces de hacerlo. Y aunque es una larga historia, ahora sólo son recuerdos perdidos en la cabeza de una vieja…

—Señora…

—Mejor olvidémoslo, Clara. No quiero ponerme triste. ¿Sabes qué? Siempre quise navegar, escapar con ella. Muy lejos de mi hogar, abandonar a mis padres, escribirles una carta por Navidad y poco más. Deseaba estar junto a ella, mirando las estrellas, cogidas de la mano sobre la cubierta del barco, sintiendo cómo las olas nos balanceaban con suavidad. Obligándome a mirarla una y otra vez para no olvidarla. Sólo eso. Volver a creer en mí misma, conocer gente que no nos juzgase por ser del mismo sexo… En definitiva, sentir que mi amor por ella no era un error o algo malo.

—¿Y por qué no lo hizo? —preguntó Clara con el rostro triste.

—Los sueños a veces son aniquilados por la incertidumbre. Mi vida era cómoda y eso apaciguaba mis deseos de búsqueda, aunque en los momentos más duros sí pensaba en izar las velas y navegar con ella —dijo con lágrimas en los ojos.

—La entiendo. Es todo tan extraño.

—Desde mi perspectiva de anciana con un pie en el ataúd te diré que no pasa nada por intentarlo —dijo la señora poniendo su arrugada mano sobre la de Clara.

—Pero no se lo he contado a nadie, ni siquiera a Matías. Me da una vergüenza horrible por mi posición social poder soñar esas cosas.

La señora negó con la cabeza sin poder comprender la actitud de Clara, pero su mirada reflejaba comprensión. Fue entonces cuando sacó una pequeña llave que llevaba enganchada a una mínima pulsera de oro.

—Toma esta llave, abra la puerta del armario del fondo y tráigame una caja de madera oscura que encontrará en su interior.

Clara obedeció. La sacó del armario y se la dejó a la señora sobre su regazo. Nada más abrirla sacó unos papeles de su interior. Afanosa, la señora los revisó cuidadosamente ordenándolos entre sus manos.

—Esto que tengo aquí, querida, es mi testamento. Como puede suponer no tengo hijos ni familia cercana. Esta casa que pisas cada día —susurró—, se la dejaré a Gerardo. Él no lo sabe, y espero que tú me guardes el secreto. Le conozco lo suficiente para saber que se iría mañana mismo y no volvería. Es orgulloso como él solo. Pero en este testamento hay sitio para escribir algo más —dijo guiñándole un ojo.

—Pero señora, no creo que deba…

—Clara, ¿puedes alcanzarme la pluma? Y trae el tintero bien repleto, que aquí hay mucho que escribir.

—Señora, no, no puedo aceptar… —dijo Clara estupefacta.

—Clara, por favor, la pluma.

Clara hizo caso a sus palabras. A continuación se quedó frente a ella, estática. La anciana comenzó a escribir sobre el testamento palabras que Clara, desde la distancia, no podía descifrar. Sólo el tic-tac del reloj de pared y un ligero surcar tembloroso de la pluma sobre el papel intentaban capturar su atención. Un último punto clavado sobre blanco cerró la improvisada solemnidad del momento.

—¡Gerardo, por favor! —reclamó la señora alzando la voz.

Gerardo no tardó en aparecer.

—Sí, señora, dígame.

—Necesito que avises al notario para que venga lo antes posible.

—Ahora mismo le llamo, señora.

Gerardo salió de la habitación. Clara lo acompañó con la bandeja entre las manos. El mayordomo estaba buscando el número de teléfono y al pasar ella a su lado, éste le dijo:

—¿La ha incluido en el testamento, verdad?

—¿Cómo lo sabe? —asintió extrañada—. Le aseguro que yo no le he dicho nada.

—Tranquila, no se preocupe. Lo hace siempre, desde que estoy aquí. Media ciudad está en su testamento. Todavía no entiendo cómo no hay cola para trabajar en esta casa. En cambio, a otros, los de toda la vida, apenas nos pregunta qué tal el día.

Clara estuvo tentada a contarle que eso no era así, que para la señora, Gerardo era lo más importante del mundo. Pero mantuvo el silencio prometido.

—Eres afortunada, Clara —continuó él—. La señora tiene un patrimonio muy grande. Sólo espero que no te vayas como las demás hicieron tiempo atrás. Porque ella no te borrará del testamento, es así de generosa. Tiene la necesidad de dar lo que tiene —dijo Gerardo a la vez que llamaba a la notaría.

Clara pensó que a la señora no le faltaba nada, pues tenía con Gerardo todo lo que quería en la vida, y que quizás haciendo realidad los sueños de los demás, en parte, minimizaba la frustración por no haber logrado el suyo.

Pasaron los años. Los tres intercambiaron confidencias de todo tipo entre las paredes de esa gran mansión, siempre bajo la sutileza críptica de la educación.

Pero un buen día, el corazón de esa amable mujer dejó de latir antes de la hora del té. Nadie vería a Gerardo llorar desconsolado en la cocina, ni a Clara abrazarse a ella como si abrazase a su propia madre. El tiempo se detuvo en la casa y el silencio rindió su particular homenaje.