Cocodrilo
Cocodrilo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
David Vann
Varado en un puerto de narcos
ePub r1.0
Titivillus 13.01.2017
Cocodrilo: Crocodile: Memoirs from a Mexican Drug-Running Port David Vann, 2014
Traducción: Luis Murillo Fort
Retoque de cubierta: Titivillus
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
L os faros eran de tamaño completo pero estaban hechos de yeso y malla de alambre. Arrodilladas, unas mujeres frotaban con escombros la pasarela nueva de ladrillo para que pareciese vieja y gastada, y la draga trabajaba durante toda la noche para retirar desperdicios de varias décadas, poniendo a punto un nuevo paraíso mexicano para guatemaltecos. Las barcas de pesca locales, conocidas como «pangas», pasaban con estruendo en actividades de narcotráfico.
Por mi averiado velero de considerables dimensiones, amarrado ahora a un solitario trecho de concreto medio desmoronado, desfilaban ratas, serpientes, mendigos infantiles, prostitutas, la policía, la armada, borrachos de todo tipo y los hombres de la Capitanía de puerto. A mí me conocían como el «Cajero Automático», siempre exudando dinero incluso al borde de la ruina, y si alguna vez tomaba un taxi en Tapachula, la ciudad que hay tierra adentro, los taxistas sabían quién era yo y conocían todos los detalles de mi vida. Conocían al mecánico y sus ayudantes, que me chantajeaban con el motor. Sabían cuánto pagaba yo semanalmente al Gordo por concepto de protección. Sabían quién me había robado el fuera de borda. Sabían que había hecho una intentona de fuga, zarpando a un nudo con un motor diésel averiado que escupía mugre negra al agua, y que piratas a bordo de pangas habían embestido mi barco y amenazado con abordarme en busca de droga. Sabían que aquella noche me hice a la mar como un cobarde, con las luces apagadas, para volver a puerto miserablemente al cabo de dos días. Estaban al corriente de Eva, y supieron antes que yo que no era guatemalteca. Sabían que yo estaba aquí porque otro capitán había abandonado mi barco y destrozado el motor, pero no sabían por qué me había quedado.
Dejé el barco a mediodía porque estaba muerto de hambre. Lo abandoné tal cual, sin cerrar, porque tenía al Gordo. Me abrí paso entre los pequeños mendigos, crucé el campo, y seguí hasta el único restaurante del lugar, el de la solitaria mesa en el exterior. Pedí «pollo diablo», que era como llamaban en la zona a los muslos de pollo.
Mientras esperaba, se acercó una de las prostitutas. Se levantó el top, dejando al aire sus pechos, y dijo en inglés, arrastrando las palabras, «Me love me», su frase habitual, queriendo decir en realidad «Te quiero».
—No, gracias[1] —dije yo, mi frase habitual también.
Me comió con los ojos y dio media vuelta, a punto de caerse, muy borracha. Era amiga mía, sin embargo, hacía poco que se dedicaba a esto. Uno de los hombres que siempre estaban recostados en la pared de concreto dijo una grosería. Ella volvió la cabeza como si no hubiera oído bien, y el tipo se le acercó con una sonrisita y se lo repitió.
Fue muy rápida. Vi cómo él retrocedía y los dos hilillos de sangre que brotaban en su mejilla, pero no alcancé a ver el momento del golpe. Los amigos del majadero se lanzaron sobre ella, la tiraron al suelo a puñetazos y luego la patearon, todos a la vez. La mujer se arrastró hacia mí y me agarró un tobillo.
—Ayúdame —gimió.
Le estaban pegando en el estómago, la espalda, las costillas, la cara.
Yo quería ayudarla, pero uno de aquellos hombres trabajaba para el capitán de puerto, quien tenía mis papeles. Otro trabajaba para el Gordo. Otro, pescador, era un borracho al que yo había insultado. Y luego estaba el pretendiente, que desde hacía tiempo quería matarme. Mi vida en este lugar pendía de muy frágiles pactos.
—Por favor —dije.
Y los hombres pararon. Se me quedaron mirando, como el resto de los congregados. No se oía el más mínimo ruido, y el calor era inhumano. Uno de los tipos se alejó unos pasos para tomar un pedazo suelto de concreto y luego vino y se detuvo junto a mi amiga. Ella estaba medio inconsciente. El hombre levantó en alto el trozo de concreto y dijo «Una» al tiempo que lo bajaba. Repitió la operación diciendo «Dos» al bajarlo. Y luego lo levantó una vez más.
Supe lo que iba a pasar cuando dijera «tres». Supe que la cabeza de mi amiga estaba a punto de ser aplastada ante mis ojos. El hombre en cuestión era el sicario del Gordo, así que probablemente había ejecutado a más de uno. Tenía una cicatriz que le cruzaba media cabeza. Le faltaban un diente y un dedo e iba hasta el tope de cocaína.
E l 2 de diciembre de 1997, Elizabeth Sudlow, la capitán que yo había contratado para que llevara mi barco de San Francisco a Panamá, me dejó un mensaje de voz diciendo que el velero estaba anclado en Puerto Madero y que el motor había dejado de funcionar. Según ella, había que cambiar los inyectores. Que le enviara un mecánico cuanto antes. Intentaría llamarme más tarde.
Tuve que buscar Puerto Madero en un atlas. Estaba justo en la frontera con Guatemala, el puerto más meridional de la costa oeste mexicana. Eso era muy al sur, muy lejos. Se me ocurrieron muchas preguntas. ¿Por qué, por ejemplo, tenía que enviar yo a un mecánico a más de seis mil kilómetros de distancia? ¿Y qué había pasado? ¿El resto de la tripulación seguía a bordo?
Mientras esperaba, miré un calendario e hice un cálculo de lo que podían durar las travesías. Cinco pasajeros me esperaban en Panamá para hacer la última etapa en barco hasta las islas Vírgenes Británicas, donde yo iba a dar unos cursos de invierno. En otoño y primavera impartía clases en Stanford, pero durante los meses de invierno y de verano organizaba chárteres educativos en mi barco a través del Programa de Formación Continua de la universidad. Era, además de mi apuesta de futuro, un negocio propio.
Cuando sonó por fin el teléfono, me llevé un susto. Elizabeth parecía estar en el edificio de al lado, no a más de seis mil kilómetros, tan clara sonaba su voz.
—¿Qué pasó? —le pregunté.
—No voy a volver —dijo ella.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? Que no vas a volver, ¿adonde?
—A Puerto Madero. Lugar de mierda.
—Pero ¿no me estás llamando desde Puerto Madero?
—No. Estoy en Marín.
—¿Quieres decir Marin de aquí, en la bahía de San Francisco? —Era increíble, pero Elizabeth me confirmó que había dejado el barco en México—, ¿Cuándo te fuiste? —pregunté.
—Llegué aquí ayer.
—¿Y quién se quedó en el barco?
—Mike, y a lo mejor el Oso también.
—¿Cuánto hace que está allí el barco? ¿Qué fue lo que pasó?
—Encontramos fuertes vientos en el istmo de Tehuantepec —dijo Elizabeth—. Conseguimos pasar, con el tormentín, y cuando el temporal quedó atrás, cambié de tanque y el diésel dejó de funcionar. No hubo forma de arreglarlo. Es una larga historia, pero fuimos a la deriva durante tres días y luego nos las apañamos para llegar a Puerto Madero aprovechando un poco de viento.
Yo no podía asimilar tantas cosas a la vez. Los vientos que ella mencionaba podían alcanzar los cien kilómetros por hora en esa zona, una travesía harto peligrosa, pero daba la impresión de que lo habían superado más o menos bien.
—¿Qué le pasó al motor? —pregunté.
—Debió de entrarle agua. Creí que podía ser el respiradero del tanque, así que improvisé un circuito de alimentación y retorno con un bidón, pero no funcionó.
—Es imposible —dije—, por el respiradero no puede entrar agua. ¿Y por qué no probaste los otros tanques? ¿Probaste eso, para ver si había gasóleo limpio? ¿Y no se te ocurrió mirar los filtros cuando cambiaste de tanque?
—Mira, David, aquello fue horroroso, y el barco se deshacía.
—¿Que se deshacía?, ¿qué quieres decir?
—Se oía un ruido muy fuerte, como un tronido, cada vez que el barco daba un bandazo. Creo que fue cuando el barco se fue de costado en el puerto. Creemos que pudo ser el bao mayor del casco, justo debajo del salón grande.
Yo no quería enfadarme porque quería evitar que ella me colgara, pero esto era demasiado.
—El barco no tiene ningún bao mayor, Elizabeth —le dije—.
Es de fibra de vidrio. Y el ruido que comentas lo hace uno de los balaustres que sostienen el techo. Es un ruido fuerte, pero no es nada estructural. Se lo expliqué a ti y a Mike antes de que zarparan.
—Bueno, pues estamos a mano —dijo Elizabeth—. Tú no me debes la segunda mitad de mi paga por la entrega, y yo no vuelvo allí.
—Has abandonado mi barco en un país extranjero, Elizabeth. ¿Cuándo llegaste a Puerto Madero?
—Hace como una semana.
—¿Una semana? ¿Mi motor ha estado toda una semana con agua en los cilindros? ¿Por qué no me llamaste?
—No quiero seguir hablando —dijo ella—, Mike tiene tu dinero para emergencias. Te está esperando allí.
—¿Dónde? —pregunté. Intentaba calmarme porque necesitaba información básica—, ¿Dónde está el barco?
—Tengo un número al que puedes llamar si quieres dejarle un mensaje. El barco está anclado frente a la Capitanía de puerto.
Me dio el número de una pequeña cabina de teléfono que, por lo visto, era el único sitio en Puerto Madero desde donde se podía llamar. Después se negó a decirme el número de ella y colgó.
Apoyé la frente en la superficie de la mesa y me tapé los oídos. No me lo podía creer. Elizabeth tenía licencia de capitán de barco igual que yo, pero más experiencia. Había construido embarcaciones. Y, sin embargo, se había echado una semana en la playa sin decirme nada. Y además le había dado a Mike, el chef, los dos mil dólares para emergencias.
Me sentía paralizado, pero decidí llamar al número de México y dejarle un mensaje a Mike.
—Bueno —contestó una mujer.
—Sí —dije. Yo no hablaba español, solo sabía unas cuantas frases—, ¿Habla englais? —pregunté.
—No, lo siento —dijo ella.
—Ah, tengo un amigo... hum... Mike.
Entonces la mujer soltó un rollo del que no entendí ni jota.
—Un número —dije. Y le di mi teléfono., In los Estados Unidos. Para Mike. Yo David.
No me acordaba de cómo se decía «me llamo». No había estudiado español en mi vida. Solo había estado un par de veces en México con Joanna, mi ex novia, que siempre me molestaba por no saber español.
Después de colgar me pregunté si el mensaje le llegaría a Mike. Volví a apoyar la frente en mi mesa.
La tarde estaba muy avanzada. Tenía que encontrar un mecánico y enviarlo a Puerto Madero con nuevos inyectores para el motor. Empecé a llamar a tiendas de refacciones que conocía, probando suerte, y al cabo de una docena de intentos frustrados encontré un sitio donde tenían piezas de Volvo; pensé que igual había inyectores y que tal vez sabrían de algún mecánico dispuesto a viajar a México de inmediato. Fue la primera tienda donde no se rieron en mi cara; a las otras mi problema les había parecido muy gracioso. La situación era insólita y, por lo visto, después de todo el día dándole a la llave inglesa, les divertía oír algo fuera de lo común. «Puedo darle un dibujo de cómo hacer un inyector con una botella de tequila —me dijo un tipo—,Y seguro que aguanta tan bien como la culata Peugeot de aluminio que lleva usted en ese motor Volvo.» Al parecer, la culata de mi motor era de lo más delicado.
Telefoneé a Julie. Había sido alumna y pasajera mía, tenía una maestría en administración de empresas y trabajaba conmigo desde hacía poco para ampliar el negocio de las clases. No le gustaron las noticias. «La gente que inscribí para este viaje eran amigos míos, David.» Pero por otra parte lo lamentaba y estaba dispuesta a ayudarme dentro de lo posible. Esperaría a que yo tuviese más información y luego llamaría a sus amigos para evaluar los daños. En caso necesario, les vendería como novedad que íbamos a zarpar de Puerto Madero, en vez de Panamá.
Un empleado de Redwood City me llamó poco después y me dio el teléfono de un mecánico. Le habían explicado la situación y estaba libre para viajar. Suspiré aliviado. Le llamé tan pronto como colgué.
Se llamaba Herbert Mocker y tenía un marcado acento alemán. Me las arreglé con el poco de alemán que yo sabía y nos reímos bastante hablando por teléfono.
—Conozco esos pequeños puertos —me dijo—, los hay por todo el litoral. Sé a quién hay que pagar y dónde conseguir cosas. Puedo ayudarle.
Hablamos de los inyectores y el mecánico me dijo que haría unas cuantas llamadas. Mientras tanto, yo me ocuparía de conseguirle boleto de avión para el día siguiente.
Telefoneé a varias compañías, cambié el vuelo que yo tenía programado y le compré un boleto. La cosa estaba empezando a salir demasiado cara.
A todo esto, continuaba esperando una llamada de Mike. Pasé casi todo el día siguiente en mi despacho, a la espera. Y por fin, a media tarde, llamó.
—Hermano —dijo de entrada—, aquí hay muchachos de dieciocho años con ametralladoras. Este sitio es poco seguro.
—¿Muchachos de dieciocho con ametralladoras? ¿Qué quieres decir, que van con ellas por la calle, o son militares?
—No sé, creo que de la armada o algo así. Pero qué más da, maldita sea, van con ametralladora. Y Puerto Madero es una absoluta mierda. Fíjate que solo puedes llamar por teléfono desde donde estoy ahora. Tienes que venir lo antes posible. No sé cuánto tiempo voy a poder seguir vigilándote el barco.
—Mike, por favor —dije—. Necesito que me ayudes. Voy a enviarte un mecánico con unos inyectores. Sale hoy en avión, llegará ahí mañana por la mañana. Se llama Herbert Mocker.
—Hermano, no pierdas el tiempo. Si ni siquiera me estás pagando lo que es...
—Te pagaré —dije—. Necesito tu ayuda. No abandones el barco, por favor. Voy a bajar dentro de tres días, y Herbert llega mañana.
—Ya.
—Bueno, ¿qué pasó?
—Tu barco es una chatarra. Tres días a la deriva, carajo, creí que me volvía loco. Entró agua de mar por los respiraderos y el barco se caía a pedazos. ¿No sabías que Grendel es capaz de navegar a nueve nudos con solo el tormentín, eh? Eso estuvo bien. El viento en Tehuantepec es terrible.
—Mike, el agua no entró por los respiraderos —dije—. Fue porque el gasóleo de Acapulco no valía nada. Elizabeth podría haber pasado a otro tanque y lo más seguro es que no hubieran tenido problemas. Y el barco no se cae a pedazos. Eso son los balaustres que aguantan el techo, al soltarse un poco suena como si descorcharas una botella.
—Sí, ya —dijo Mike—. No te imaginas qué infierno. Tú no sabes cómo fue aquello.
—Sí que lo sé —repliqué—. Pero si hubiera estado yo allí, no nos habríamos echado tres días a la deriva. Y no hay excusa para que Elizabeth haya abandonado mi barco en un país extranjero.
—Elizabeth hizo todo lo que pudo.
—Pero abandonó mi barco en un país extranjero.
—Bueno, se me acaba la llamada. Te dejo. Ven rápido.
Mike me colgó, y cuando intenté llamar al mismo número, varias veces, para ver si podía hablar de nuevo con él, no hubo forma de conseguir conexión. Estaba preocupado. Mike era un buen tripulante, siempre y cuando alguien lo supervisara y con todo bajo control. En las islas San Juan, durante el verano, se había portado de maravilla. Habíamos completado ocho semanas de talleres de escritura creativa, navegando entre Anacortes (Washington) y Victoria (Columbia Británica).
Quedé con Herbert aquella tarde en una tienda donde tenían los inyectores. Herbert Mocker era un grandulón de cincuenta años, con bigote y una mata de pelo negro. Me estrechó la mano (la suya era grande y áspera) y me dio una palmada en la espalda.
—No te preocupes —dijo—,Yo lo arreglo.
Le entregué el boleto de avión y un contrato.
Herbert levantó las dos manos y dijo:
—Yo no trabajo así.
—Ah, ¿y eso?
—Yo lo hago todo con un apretón de manos, nada más —dijo.
—Que haya contrato no es nada raro —dije yo—. No es que quiera darle gran importancia, aparte de que confío en ti (vienes muy bien recomendado), pero el contrato es necesario.
—Pues tendrás que buscarte otro mecánico. Por mí, se acabó.
Y Herbert hizo incluso ademán de ir hacia la puerta. Yo no podía creerlo.
—Perdona —dije—, a ver si podemos tomárnoslo con calma.
—Mi manera de trabajar es esta —dijo—. Tú me pagas por adelantado. Yo hago el trabajo bien hecho. Un apretón de manos y listo, no hace falta ningún papel.
—Muy bien —dije—. De acuerdo. Es que no estoy acostumbrado a hacerlo de esta manera.
—No confías en mí, ¿eh?
—No, solo he dicho que no estoy acostumbrado a hacerlo así.
No me gustaba Herbert Mocker y, desde luego, no me inspiraba la menor confianza. Pero no tenía alternativa; necesitaba enviar un mecánico a México esa misma tarde. Si algo estaba claro, era que Mike no iba a esperar mucho tiempo más. Y cuantas más horas estuviese el motor del barco lleno de agua de mar, menos probabilidades habría de repararlo.
—Te pago por adelantado, no hay problema —dije—. Y nos olvidamos del contrato. Nos damos la mano y listo.
Herbert me estrechó la mano y convirtió el gesto en un espectáculo, otra vez amable y simpático como si fuéramos viejos amigos. Luego pagué doscientos dólares por los inyectores nuevos y le entregué setecientos cincuenta a Herbert por sus servicios. Me vino a la cabeza la idea de que Herbert no llegara a tomar ese avión; ni siquiera sabía con certeza si era realmente un mecánico.
Aquella noche me costó dormir. Estaba avergonzado por el fracaso de mi proyecto. Supongo que la culpa no era mía, y, en todo caso, yo era la víctima, no el criminal, pero la sensación era de vergüenza. No quería que nadie se enterara de lo ocurrido, ni otros profesores de Stanford ni amigos o parientes. Era necesario ir allí en persona, controlar la situación y seguir adelante con los planes para los chárteres en las islas Vírgenes Británicas. Claro que los cursos no estaban siendo un éxito; ese era otro problema.
Como no podía dormir, me levanté y me puse a leer manuscritos de alumnos. Tenía que acabarlos todos antes de marcharme.
Al día siguiente, mientras trabajaba en poner las notas finales, estuve pendiente de una llamada de Herbert, que no llegó hasta bien entrada la tarde.
—No pude subir al barco —me dijo.
—¿Qué?
—Ese cocinero tuyo, Mike. Le di los inyectores para instalarlos en el barco, pero no llegué a subir. Solo pueden hacerlo el capitán o el dueño del barco, porque Mike se largó en otro velero y no hay nadie más a bordo.
—No entiendo nada. Acabas de decirme que le diste los inyectores a Mike, o sea que habrás tenido que verlo. ¿Y qué hay de los dos mil dólares para emergencias?
—A Mike solo lo vi unos minutos, en la playa. Estaba a punto de marcharse. Había amarrado otro barco al tuyo y estaba transportando sus cosas, una tabla de windsurf y no sé qué más. Me dijo que se iba a Costa Rica, a vivir «la pura vida». El dinero para emergencias se lo llevó él; dice que tú se lo debías. Y me preguntó por la legislación mexicana de salvamento marítimo. Yo creo que intentará llevarse tu barco si lo dejas donde está.
—Esto es de locos —dije—. Pero ¿por qué no podías subir tú a bordo después de que él zarpara? Yo te envié para que repararas un motor.
—Ahora ya estoy en Tapachula —dijo Herbert—. Y no pienso volver. El capitán de puerto dijo que no podía subir nadie más al barco, y Mike me comentaba que por lo visto en México es ilegal dar talleres sin autorización. Yo no quiero saber nada.
—Había pasajeros —dije—, pero los viajes estaban convenientemente registrados de país en país, y eso es legal. Podrías haberle dicho al capitán de puerto que yo te había contratado como responsable, y así habrías podido subir. Al fin y al cabo tienes licencia de capitán, ¿no? Además, te pagué para que hicieras el trabajo.
—No me estés chingando —dijo Herbert—, Yo no arriesgo tontamente el pellejo por nadie.
—No te estoy chingando. Es que no entiendo por qué no dijiste que eras el capitán, puesto que tienes licencia, y así le echabas un vistazo al motor. Te envié ahí para nada. Una pérdida de dinero, mucha lana para alguien como yo. Y además no recuperaste el dinero para emergencias que le di a Mike.
—Te devuelvo el dinero. Yo no trabajo con gente como tú.
No me lo podía creer.
—Maldición, Herbert, no tienes por qué devolverme nada. Sigo interesado en trabajar contigo. Es solo que me decepciona que no intentaras subir a bordo.
—Ven acá para que veas cómo es esto. Primero conoce al capitán de puerto y después, si quieres, hablamos. Pero ten mucho cuidado. Puede que te arresten, o que te decomisen el barco.
Herbert era demasiado susceptible como para sacarle ahora más información, de modo que colgué y llamé a mi amiga Adriana. Era de México, estaba haciendo el doctorado en Derecho en Stanford y había sido alumna mía en uno de mis talleres de escritura creativa. Le expliqué la situación y le pregunté si conocía a algún abogado de la zona que pudiera echarme una mano. La perspectiva de tener que pagar honorarios no me hacía feliz, pero tampoco que me arrestaran con tan solo pisar suelo mexicano.
—Conozco a uno muy bueno en la Ciudad de México —me dijo Adriana—. Creo que puedo arreglarlo para que vuele contigo hasta Tapachula. Necesitas tener alguien al lado cuando llegues allí. México funciona a base de contactos; la gente a la que conoces y la gente con la que vas. Ah, ¿sabes lo de los regalos?
—¿Regalos?
—Sí. Cosas para dar, o propinas. Nadie lo llama soborno.
A terricé en Tapachula lleno de esperanzas. El aeropuerto era una maravilla. Palmeras y mangos, y yo pensando que podría tomármelo como unas pequeñas vacaciones.
Recorrimos unos veinte kilómetros en un Volkswagen de los antiguos, la carretera un pasadizo entre la selva que crecía a ambos lados. El abogado mexicano que me acompañaba tenía más o menos mi edad —treinta y uno— y vestía un carísimo traje cruzado verde oscuro, una elección sorprendente para el clima de la zona.
Puerto Madero era minúsculo. Había un puñado de personas en lo que parecía un mercado y base de taxis. Tuvimos que aminorar la marcha y todo el mundo nos miró. Calles sin pavimentar partían de allí en forma radial, y todo el mundo iba a pie. Doscientos metros más allá el pueblo terminaba; seguimos la playa dejando atrás campamentos militares donde soldados muy jóvenes con metralleta vigilaban chozas y oficinas de duro concreto. El Pacífico rompía en olas pequeñas, y era allí donde yo quería estar, en el agua, en mar abierto. Tenía a cinco pasajeros esperando navegar desde Panamá hasta las islas Vírgenes Británicas, de modo que era urgente reparar el motor.
El motivo de haber montado este negocio de talleres era que mi carrera académica había topado con una pared. No había conseguido publicar mi primera novela, Leyenda de un suicidio, y me quedaba en la calle al término de aquel curso académico. Decidí arreglármelas por mi cuenta e impartir talleres de escritura creativa a bordo de un barco. Lo pasé de maravilla, era justo lo que más me apetecía hacer y el primer verano fue todo un éxito, pero necesitaba esos talleres de invierno en las Vírgenes. Pagaba una hipoteca considerable por el barco, y mi sueldo de profesor daba para poca cosa. No iba sobrado de tiempo ni de dinero.
Pasamos junto a campos llenos de basura —debía de ser el vertedero no oficial— y seguimos camino al borde del agua hasta llegar al puerto propiamente dicho. Consistía en una serie de chozas grandes de palma seca.
—Palapas —me informó el abogado—. Ahí encontrarás comida y bebida.
A un lado vi que había varias casas de concreto. Muchas obras en marcha, una entrada con faros gemelos y un estacionamiento de grandes dimensiones. El abogado me explicó que el gobierno mexicano subsidia este tipo de ampliaciones portuarias en ambos litorales del país para fomentar el turismo. Sacan mucho dinero con los puertos a base de cobrar sumas exorbitantes, sobre todo en centros turísticos como Ixtapa.
—Sitios donde a gente como tú la llamada telefónica le puede salir a diez dólares americanos el minuto...
Pero este no era un puerto para turistas estadounidenses o europeos. Lo estaban construyendo pensando en gente que vendría de Guatemala en autobús para bañarse en las mugrientas aguas del puertecito, así que no iba a ser un «resort» a gran escala.
—Animales —dijo el abogado. El había sido rico toda su vida.
Construían a base de concreto, yeso y malla de alambre. Los faros gemelos, que más de un necesitado guatemalteco vería como el umbral del mundo desarrollado, parecían desafortunados trabajos escolares en papel maché, aunque no carecían de cierta belleza; o de cierta esperanza, al menos.
El edificio del capitán de puerto era de una sola planta, cinco o seis habitaciones puestas en fila más un estacionamiento con suelo de arena. Hacía mucho calor ese día y estábamos los dos empapados en sudor cuando nos apeamos pestañeando al sol. El cielo se había derretido con el calor, estaba encogido como un envoltorio de plástico dentro de un microondas, y no quedaba un soplo de aire.
El capitán y su gente nos esperaban en la puerta. Después de una rápida bienvenida, nos dieron Coca-Cola en vaso con cubitos de hielo. El abogado les había telefoneado previamente desde Ciudad de México. Pertenecía a un importante despacho, y el capitán de puerto se mostraba muy respetuoso con él.
El despacho era amplio y austero, con su mesa de trabajo, unas sillas, banderas, el retrato del presidente. El intercambio de cumplidos y cortesías se prolongó durante una media hora, tiempo durante el cual intenté sonreír cuando parecía oportuno hacerlo, aunque yo apenas si entendía una pequeñísima parte de lo que hablaban. El abogado tenía la manía de jalarse los puños de la camisa para dar énfasis a sus palabras, mientras que al capitán se le daba muy bien hacer amplios gestos con las manos como si abarcase con ellas una gran parte del globo terráqueo. Parecía que estuvieran entrenando para ver quién podía más; mi destino dependería un poco del resultado de la contienda, pero tuve la impresión de que al menos no me iban a arrestar por algo que hubiera hecho mi anterior tripulación, así que por ese lado la cosa marchaba bien.
De repente nos pusimos de pie y llegó el momento de ir a ver el barco. El capitán me haría oficialmente «entrega» de la embarcación; una devolución, puesto que el barco había estado a su cuidado. Sus hombres no habían subido a él en ningún momento ni habían hecho, al parecer, mantenimiento de ninguna clase, pero sí lo habían vigilado.
Zarpamos en una barca, el abogado y yo y dos hombres del capitán. Cuando llegamos a la altura de mi barco, pensé que la situación quizá no era tan grave. El barco se veía sucio, sí, pero a primera vista no parecía que lo hubieran desvalijado ni nada por el estilo. Sentí incluso un poquito de orgullo, porque era un barco grande y hermoso, con sus barnizados mástiles y sus grabados de dragones a cada lado de la proa. Yo había navegado con él hasta Hawai y Canadá en toda clase de condiciones meteorológicas, y era un navío pleno de vida, sobre todo de noche a poca distancia de la costa, con las velas desplegadas y los dos ojos colorados de las ventanas de la cabina.
Subí con cuidado a cubierta, amarré la barca y le tendí una mano al abogado. Al mismo tiempo, los dos pesos pesados del capitán se asieron del guardamancebos e intentaron subir a pulso. Les grité, pero demasiado tarde. Los cables se partieron y tanto el uno como el otro fueron a caer en la barca mientras yo ayudaba al abogado a subir. Empezaron a decir groserías en español, que si chinga esto y chinga lo otro, y luego se levantaron para intentarlo de nuevo, pero esta vez por los montantes.
Hice un primer inventario de la cubierta. El fuera de borda de 6 caballos para el bote inflable no estaba; probablemente lo habría robado algún lugareño, o quizá se lo habría llevado Mike.
Cuando levanté la tarima de la sala de máquinas, encontré agua todavía en los filtros del diésel. Elizabeth no los había limpiado. Yo estaba ansioso por arreglar el motor, pues con cada hora que pasaba los cilindros se oxidaban más, pero antes teníamos que volver al despacho del capitán con el informe de daños.
Hubo otra larga ronda de saludos y agradecimientos, con especial hincapié en la «conservación» del barco bajo la atenta tutela del capitán, y luego el abogado le dictó una declaración al secretario. Hizo todo un alarde de gran orador, con aquella voz estentórea que resonaba en las paredes. Pude darme cuenta de que el discurso impresionaba al capitán, confiriendo al entorno una estatura mucho mayor, que era para lo que yo había aflojado el dinero. Subirle un poquito los humos a todo el mundo, que se sintieran importantes, y así quizá me dejarían a mí tranquilo y podría dedicarme a reparar el barco.
Luego, cuando el abogado se fue, me pregunté cómo llegar hasta el barco. El bote estaba aún en cubierta, desinflado, y yo no quería pedirle al capitán que me llevaran otra vez hasta allí pues quería evitar tanto las formalidades como los favores. Eché a andar por la playa, frente a donde estaban las palapas, en dirección al grupito de barcas de pesca. Eran de fibra de vidrio y de unos seis metros de eslora, abiertas y con la proa alta. Incluso desde lejos pude ver que estaban equipadas con motores fuera de borda Yamaha, nuevos, lo que hablaba más en favor del narcotráfico que de la pesca.
Estaba caminando por una acera estrecha todavía en construcción —ladrillo rojo sobre una losa de cemento— cuando me crucé con una mujer que con un ladrillo en la mano iba rascando los que ya estaban colocados. Solo se me ocurrió pensar que le pagaban por hacer que la acera nueva pareciera gastada; no pude encontrar otro motivo. Era bastante guapa, como pude ver cuando levantó la cabeza y me saludó. Su mirada fue tan lasciva como transparente: dame algo de dinero, ahórrame tener que estar haciendo esta mierda todo el día, y tendrás todo el sexo que necesites. Otras mujeres de las palapas me estaban mirando también. Allí en medio, yo era un cliente potencial. Me sentí muy incómodo.
Todos los pescadores me observaron cuando me acerqué; en Puerto Madero, como en aquel lugar todavía más apartado, no había un solo gringo. Estaba claro que allí no iban muchos turistas, salvo para solucionar asuntos de papeleo con una rápida visita al despacho del capitán, de modo que yo era un bicho raro. Me pregunté qué diversiones les habrían proporcionado Mike, Elizabeth y el resto de mi anterior tripulación. Durante la semana que habían pasado en la playa, era seguro que habrían consumido bastantes cervezas.
Dejé atrás las palapas y caminé por la arena hasta las barcas de pesca —y sus relucientes motores fuera de borda— varadas en la playa. Saludé a los pescadores, que dijeron «Buenas» y se me quedaron mirando; sin duda me habrían ofrecido un par de pescados si hubieran tenido algo que vender, pero no era el caso. Señalé hacia mi barco y luego pregunté: «¿Taxi?».
Después de un rato de regateo, acabé cediendo a pagar veinte pesos, que eran dos dólares con cincuenta.
Cuando estuve a bordo, la tarde ya declinaba y el tiempo era bueno: una brisa fresca, unas cuantas nubes por el oeste que anunciaban una buena puesta de sol.
Trabajé hasta altas horas de la noche. En el tanque delantero encontré 400 litros de gasóleo limpio, sin agua. Elizabeth podría haber pasado a ese tanque, bombear el agua de los filtros, expurgar los inyectores, y el motor habría funcionado bien. En menos de media hora hubiera podido estar en movimiento, y de ese modo se habrían evitado ir tres días a la deriva y perder tripulantes. Y yo no habría tenido que ir a Puerto Madero. Me pregunté cómo no se le había ocurrido hacer eso, no tenía ningún sentido. Y Elizabeth conocía bien su trabajo.
Las baterías de arranque estaban bajas, y las de mantenimiento también, pero yo tenía una de repuesto. El motor se puso en marcha, y vi cómo los inyectores escupían agua y aire. Lo purgué hasta que solo salió gasóleo y acto seguido enrosqué los tapones a fondo e intenté arrancar, pero no pude.
Aunque era muy tarde, sustituí los cuatro inyectores. Ocupé la llave inglesa por mucho tiempo y poca cosa más. Lo purgué otra vez e intenté arrancar... Nada. Tendría que llamar a Herbert por la mañana. No sabía cuál podía ser el problema. Tal vez había óxido en los cilindros, o quizá era la bomba de inyección, o qué sé yo.
Subí a cubierta, totalmente empapado en sudor, y dejé que la brisa me refrescara. De las palapas salía música de cantina a todo volumen. Las barcas de pesca estaban zarpando una por una. La mayoría habían estado todo el día en la playa, de modo que, o pescaban de noche —lo que parecía improbable puesto que no llevaban reflectores — o aprovechaban la oscuridad para cruzar la frontera hasta Guatemala.
Abajo hacía tanto calor que decidí dormir en cubierta, con tapones para los oídos. El problema principal era la draga, que bombeaba fango pútrido de una zona del puerto a través de una enorme manguera de cientos de metros... para escupirlo cerca de mi barco. Una operación curiosa, sacar fango de un sitio para arrojarlo en otro, del mismo puerto, y el olor era inenarrable. Décadas de basura, desperdicios humanos, restos de pescado y camarones, y unas cuantas personas desaparecidas. Y para acompañar la pestilencia, el ruido del diésel sin amortiguar. Dormí solo a ratos, me despertaba a cada momento con un temor u otro, y finalmente me levanté bastante antes de las siete porque el sol era ya muy fuerte.
Inflé el bote y fui por los remos. El estado de la lancha era lamentable y el motor fuera de borda ya no estaba en su sitio, pero tal vez fuera mejor así: seguramente a nadie se le ocurriría robar un bote sin motor. Podría dejarlo en la playa durante el día y no pensar en él.
Iba vestido mucho más informal que el día anterior: pantalón corto, camiseta y mis sandalias Tevas. Me puse a buscar un teléfono y comprobé que, en efecto, en ese puerto no hay más teléfono que el del despacho del capitán, en vista de lo cual me fui para allá, pero aún estaba cerrado. Eran poco menos de las ocho y la mujer de la limpieza dijo que abrían a las nueve. O quizá dijo que el día era nuevo. O quizá algo sobre la hora. Me convenía aprender español. Decidí buscarme algo de desayuno mientras esperaba.
Las palapas no daban buena espina. Suelo de tierra apisonada, techumbre de paja, botellas de cerveza de la noche anterior encima de las mesas. No quise ni pensar en cómo sería la cocina. Decidí tomar un taxi hasta el puerto propiamente dicho. Estaba a solo diez minutos y dos pesos.
Los taxis eran camionetas tipo pickup de dos décadas atrás (Datsun en lugar de la típica Nissan), con barandillas y plataformas alrededor para que pudieran viajar en ellas de quince a veinte personas. De este modo la capacidad es mucho mayor que si solamente hubiera pasajeros sentados. Un sistema muy eficaz. Se queda uno esperando en la esquina, junto a los faros, hasta que pasa el siguiente taxi.
El trayecto hasta el pueblo me recordó a cuando de niño viajaba yo de pie en la plataforma. Así era como cazábamos ciervos. Cuando veía uno, daba golpes con el puño en el techo de la cabina, la camioneta frenaba en seco y todo el mundo se ponía a disparar. Un método bastante rudo, sí, pero yo lo recordaba con cariño porque me traía a la memoria los buenos momentos pasados con mi padre. Aquí, por supuesto, el paisaje era muy diferente, desde la basura esparcida en las cunetas hasta la selva que parecía echarte el aliento desde los bordes, pero la sensación era la misma.
Llegados a Puerto Madero, busqué el pequeño comercio donde había un teléfono. Conseguí dar con Herbert, y él me dijo que hiciera una prueba de compresión en el motor. Sería la única manera de saber si los cilindros estaban dañados; pero para hacer esa verificación, necesitaría tener el manómetro adecuado, que ahí donde estaba no iba a encontrar nunca. Le pregunté por qué no me lo había dicho antes. Sin embargo, Herbert ni siquiera fingió disculparse:
—Yo no soy el que averió el motor.
—Pero tú sabías que quizá iba a tener que hacer una prueba de compresión, ¿no?, y que aquí sería imposible conseguir ese manómetro...
—Olvídate de la compresión —dijo finalmente.
Me recomendó desmontar la bomba inyectora de alta presión y llevarla a reparar. Le pregunté si no podía limpiarla y examinarla yo mismo, pero dijo que no. Había que hacerlo en el taller, con herramientas de diagnóstico adecuadas.
—Tienes que decir «injectores diésel» —me explicó—.«La bomba de injectores diésel.» Y para que sepan lo que han de hacer, dices «limpiar».
La conversación telefónica me dejó con mal sabor de boca. A todo esto seguía muerto de hambre, pero en vista de que no había ninguna tienda de comestibles y de la mala pinta que tenían los restaurantes, decidí regresar al puerto. Comería algo en una palapa e intentaría encontrar un mecánico. El capitán había dicho que sus sobrinos sabían reparar cosas.
De camino en una de aquellas pickups y al ver soldados otra vez, me maravilló la cantidad de dinero que el gobierno había invertido en material militar. Un tanque enorme que debía de costar millones, cuando en el pueblo no había una sola calle pavimentada, apenas coches, y la mayoría de las viviendas tenían el suelo de tierra y muchas ni siquiera paredes.
Equipo militar sofisticado junto a pobreza extrema es un espectáculo francamente obsceno. ¿Y contra quién iban a pelear? ¿Había alguna posibilidad, incluso muy remota, o en los próximos mil años, de que Guatemala invadiera México? ¿O acaso esperaban un ataque anfibio desde ultramar, tal vez de un país asiático en la otra punta del Pacífico que quisiera robarles los mangos y toda aquella lujosa infraestructura? En la guerra contra la droga tampoco es que un tanque sea un arma usada con frecuencia, de modo que solo quedaba que estuviera allí para proteger al gobierno mexicano de los propios mexicanos.
Entré en una palapa y pedí pollo diablo, que se suponía llevaba jitomates como guarnición. Luego me dirigí a la capitanía de puerto, donde me aseguraron que sus sobrinos vendrían a buscarme, de modo que volví a la palapa y me dispuse a esperar tostándome al sol, con un empalagoso refresco de naranja en la mano. Observé a un grupo de unos veinte tipos que estaban construyendo una plaza entre las palapas. Esto iba a ser la majestuosa pasarela peatonal que iría desde los falsos faros hasta el mar. Vi que incluso estaban plantando palmeras pequeñas. El método de construcción era un tanto curioso: vertían el cemento sobre la tierra y luego intentaban darle forma. Incrustaban los ladrillos de cualquier manera, como si ya estuvieran destrozando a golpe de pico el trabajo del día anterior.
El pollo diablo apareció tras cuarenta y cinco minutos de espera, nadando en una baba rojiza. No puedo llamarlos «muslos» porque aquella cosa no se ajustaba ni de lejos a la idea que yo tengo de «muslo». Pie de cerdo habría sido una descripción bastante aproximada, salvo que la minúscula pizca de carne adherida a las articulaciones no parecía cerdo. Miré aquellas dos piltrafas desde todos los ángulos posibles y no fui capaz de imaginar cómo encajaban en un pollo. Pero como estaba muerto de hambre, al final me comí la carne de los dos, proceso que me llevó menos de un minuto. Desaparecida la carne, el engendro tenía más o menos el mismo tamaño de antes. Seguían siendo dos cosas sin identificación posible. La saliva rojiza en que nadaban era el otro único sustento. Ni pan, ni verduras, ni guarnición de ninguna clase.
Di las gracias a la mesera cuando vino a llevarse el plato, y le habría pedido repetición (seguía igual de hambriento),pero imaginé que eso supondría repetir toda la historia, tres cuartos de hora de espera. Supongo que en sitios de pobreza extrema, las raciones son pequeñas para que estén al alcance de la gente. Aunque tal vez era este restaurante en concreto. No tenía modo de saberlo.
Pagué un dólar por la comida y me encaminé de nuevo a la capitanía de puerto, ya que los sobrinos del capitán no se habían presentado, pero me los encontré de camino. Iban montados en sendas bicicletas tipo BMX, ambos como de un metro veinte de estatura, chavitos de bachillerato. Uno de ellos hablaba algo de inglés y me prometió traer un mecánico esa misma tarde.
—La bomba de injectores —dije—. Limpiar. Necesita equipo especial, para mecánico.
El asintió muy serio. Lamenté destrozar su lengua con mi intento de explicar que había que reparar la bomba en el taller, un trabajo especializado, pero no supe qué otra cosa hacer.
Remé de vuelta al barco, tan receloso como hambriento. Se suponía que debía estar atento a una camioneta amarilla en algún momento de la tarde, pero lo que me molestó fue lo de «en algún momento».
En el barco hacía mucho calor. En esas latitudes, el sol no es cosa de broma. Me quité la ropa no bien estuve dentro, pero no hice más que seguir sudando. Menos mal que en la cocina de a bordo encontré material para hacer unos sándwiches de mantequilla y mermelada.
Intenté limpiar el barco, pero apenas si había corriente eléctrica y los tanques de agua estaban casi vacíos, de modo que no pude hacer gran cosa. Verifiqué sistemas e hice una lista muy completa. De vez en cuando salía a cubierta para ver si divisaba la camioneta amarilla; volví a tierra tres veces más para preguntar a los sobrinos si el mecánico iba a venir o no esa tarde, y siempre me decían que sí, pero el tipo no apareció. Cuando fui a tierra por última vez, ya de noche, en busca de comida, me informaron que llegaría al pueblo a primera hora de la mañana. Después me dediqué a recorrer las palapas buscando una donde hubiera gente comiendo.
Lo que descubrí es que había gente, pero no comían, solo bebían. Cervezas a troche y moche, pero ni un solo bocado. Al final me metí en una y pedí la carta. Unos tipos que parecían estar coleccionando botellas de Corona sobre su mesa me miraron sin disimulo. No decían nada, simplemente miraban y miraban, como si de repente pudiera yo convertirme en crisálida o sufrir cualquier otro tipo de brusca y fascinante transformación. Si llegaba el momento, no se lo querían perder. A todo esto yo permanecía con las manos sobre la mesa, mirando a todas partes excepto a ellos.
En la carta, cuando por fin me la trajeron, no encontré ninguno de los platos que uno espera ver en un restaurante mexicano de Estados Unidos. Lo que sí tenían era camarones capeados, que eran muy caros, el famoso pollo diablo (no pensaba probarlo otra vez), varias cosas que no logré traducir ni de lejos, y tortas o sándwiches. Pensé que uno de pollo no podía estar del todo mal y pedí dos, y un refresco de naranja. Sin mayonesa, los sándwiches. Hubo un poco de toma y daca con la mesera hasta que conseguimos dar con el término en español para mayonesa, pero al final nos pusimos de acuerdo.
Entraron tres tipos más y fueron a sentarse al otro lado, cerca de la plaza en construcción, y también ellos parecían haber venido solo para contemplarme. Ni siquiera pidieron cerveza, y la mesera simplemente los ignoró. No pude hacer otra cosa que dirigir la vista, entre uno y otro grupo de mirones, hacia los operarios que había en la plaza. Parecía que el grupo iba a trabajar durante toda la noche. Disponían de una enorme luz portátil alimentada por un generador, y para deshacer el trabajo anterior contaban ahora con un martillo neumático. Ahora bien, para añadir material nuevo solo tenían herramientas manuales. El ruido que armaban, entre el martillo neumático y veinte tipos peleándose con la tierra, el cemento y los ladrillos, era como se pueden imaginar, pero ni siquiera así podían competir con el pandemónium decibélico musical que salía de todas las palapas, incluida esa donde yo estaba.
Llegaron por fin mis sándwiches, envueltos en papel aluminio. Tenía pensado comérmelos allí mismo, pero por alguna razón ellos habían dado por hecho que me llevaría la comida. A mí me daba igual, de modo que pagué el dólar con cincuenta por los dos sándwiches y la naranjada y me largué.
Estaba metiendo el bote en el agua, dispuesto a marcharme, cuando oí una voz alta y ebria que me llamaba, un chico que hablaba un inglés pasable.
—Soy Santiago —dijo—. Yo puedo ayudarte. Ayudo a Mike y otros de tu barco. Hago muchas cosas para ellos. ¿Quieres ayudarte yo?
Sentí curiosidad. Quería saber qué habían hecho Mike y los demás. Por otra parte, un intérprete no me venía mal. Claro que el chico estaba borracho y me sobraban sus aspavientos, como que se llevara la mano al pecho para indicar la hondura de la colaboración que me ofrecía, etcétera; y sus amigos, que se paseaban por donde rompía el agua con cervezas en la mano, no inspiraban mucha confianza.
—¿Podríamos hablar mañana? —le pregunté—, ¿Quedamos en la plaza a las ocho o las nueve?
—Allí estoy, mi amigo —dijo, y me pinchó con el dedo en el pecho, se tambaleó hacia un lado, se enderezó—, Santiago cuidará de ti, amigo.
No era como para tranquilizar a nadie, desde luego, y a perspectiva me pregunto cómo no me lo vi venir, cómo no se me ocurrió sospechar que Santiago, de quien en efecto me hice amigo, iba a conspirar contra mí ya desde el principio y a determinar el curso de los acontecimientos.
L ógicamente, esa noche no dormí apenas, entre las luces de la draga, el ruido que hacía, los escupitajos de arena, y las pangas yendo de acá para allá. No paré de darle vueltas a las cosas sin llegar a nada, y cuando por fin había conseguido dormirme, un altavoz me despertó de madrugada. Levanté la cabeza de la almohada, en cubierta, y vi acercarse una patrullera mexicana. Cinco o seis marinos con ametralladoras y un capitán joven inclinado sobre la regala a punto de abordarme.
—¡Buenos días! —dijo. Otros cuatro saltaron a cubierta detrás de él, mientras los otros permanecían en la patrullera para amarrarla y observar—. ¿Le importa que subamos a su embarcación? —preguntó.
Extraña pregunta puesto que ya tenía los pies en mi cubierta, pero yo no dudé en darle la bienvenida. Sus hombres tenían el dedo puesto en el gatillo, como si yo pudiera saltar sobre todos ellos en cualquier momento.
Me dijo su nombre, uno tan largo y complicado que difícilmente habría podido yo recordarlo.
—Estoy aquí para velar por su seguridad —añadió—. Patrullo este puerto y tendré los ojos bien abiertos para que usted no tenga que preocuparse por nada.
—Gracias —dije—. Por cierto, muy buen inglés. Lo habla usted perfectamente.
—Gracias, señor —dijo él, sonriendo a placer y mostrando sus blancos dientes.
Era muy atildado, llevaba el pelo corto engominado, un bigote cuidado con esmero y un uniforme impecable. Joven, apuesto y con éxito, parecía querer convertir nuestro encuentro en una especie de cumbre de jefes de Estado, cuando no era más que la marina mexicana molestando a un gringo al amanecer.
—¿Me permite invitarlo a bajar para que vea mis papeles e inspeccione el barco? —pregunté.
Como uno de sus hombres había bajado ya sin que nadie lo invitara, pensé que lo mejor era tomármelo bien. Supuse que buscarían droga, me jorobarían un rato para que quedara claro quién mandaba allí y, quizá, tratarían de inventarse un motivo para un regalo, o sea un soborno disfrazado de propina. Nada grave, en realidad, de no ser porque yo había estado ausente del barco durante bastante tiempo y muchas otras personas habían pasado por él. Si encontraban el más mínimo indicio de droga, estaba jodido. No se iban a creer que la droga no fuera mía, porque para creerlo necesitarían algún incentivo. O podían poner ellos mismos la droga. Entonces se incautarían del barco, lo venderían, me meterían a mí en la cárcel y harían que alguien pagara por sacarme de allí. Todo perfectamente legal.
Una vez abajo, tres de los cuatro marinos empezaron a registrar cajones, cama, sentina, etcétera, mientras el cuarto aguardaba con las manos sobre su arma. Parecía una de aquellas pequeñas metralletas que los alemanes utilizaban en la Segunda Guerra Mundial. Me costó concentrarme en la perorata del capitán.
—Creo que le convendría ir al peluquero —me dijo en un momento dado—. No es que me parezca largo, pero podría llevarlo usted mejor cortado.
—Ah —dije, asintiendo por aquello de mantener las apariencias.
—Yo siempre lo llevo muy corto —continuó el capitán—, Y pulcro. Y me pongo gomina y me lo peino bien. ¿Usted se peina?
—Lo siento —dije—. Normalmente llevo el pelo mucho más corto.
—Ya, pero ¿se peina usted?
—Pues no, la verdad. Ya digo que normalmente lo llevo muy corto.
—A la gente se la conoce por su aspecto —me dijo—. El exterior. .. es como lo que hay dentro. Disculpe, no recuerdo ahora la palabra exacta.
—Quiere decir que lo de fuera «refleja» lo de dentro.
—Gracias —dijo—. Sí, exactamente. Y, dígame, ¿por qué está usted en Puerto Madero?
—Mi barco lo abandonó aquí otro capitán, con el motor averiado. Una vez haya reparado el motor, me iré.
—Se irá... En este barco había mucha gente cuando llegó. ¿Piensa usted tener mucha gente a bordo?