Cocodrilo
Cocodrilo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Ella levantó una mano y la posó sobre la mía, pero continuaba sin mirarme. Todo aquello era muy extraño. Yo no entendía nada.
—¿Es verdad lo de su padre, que lo mataron?
—Sí —respondió Santiago.
—¿Por qué me dijiste que era de Guatemala?
—Amigo, ella no quiere que piensas que intenta sacar dinero. Una vez intenta ir a California, pero el coyote le coge el dinero y la policía la detiene y la envía a frontera, frontera de Guatemala, y entonces ella vuelve aquí para intentar otra vez. Necesita dinero pero no quiere que tú sabes.
—Sigo sin ver por qué tenía que decir que es de Guatemala y no de Honduras, o que ocultara que Helena y ella son hermanas.
Santiago se limitó a encoger los hombros. Había algo aparentemente obvio que yo no alcanzaba a entender.
Me arrimé a Eva y la rodeé con el brazo. Ella se recostó contra mí.
—Estás mi corazón de melón —le dije.
Era mi frase cariñosa preferida en español. Nunca la había utilizado, solo la conocía de oídas.
En el cine, cuando apagaron las luces y empezó la película, Eva me besó. Había poca gente en la sala, y nadie cerca salvo Helena y Santiago. Me besó con mucha pasión y mucha desesperación, un beso fuerte y triste. Fue algo nuevo para mí, solo comparable a lo del día en que las tres sirenas me abordaron. Me hizo pensar en la cultura, en lo que significa crecer en un mundo diferente. Quizá no existen los universales. No es solo que ella sienta diferente, sino que incluso estar con ella es una sensación diferente. Vemos a dos personas besándose y creemos que en todas partes es igual, pero nunca lo es.
De la película, no me enteré. Ni siquiera escuché el sound-track. En el taxi de regreso, la idea de tener que separarme de ella se me hizo insoportable. Pero luego, cuando llegamos a los faros y Santiago y Helena se bajaron del coche, Eva se quedó.
Santiago tradujo a Helena.
—Dice que es la hermana mayor de Eva, y que no pasa nada porque se quede. Ahora no tienen padres, y Helena hace de padre a Eva.
Me limité a asentir con la cabeza. No supe qué decir. Y «Gracias» tal vez habría sonado de muy mal gusto.
Mientras recorríamos la bahía camino del muelle pesquero, me pregunté qué conclusión sacar. ¿Por qué ahora?, ¿cuáles eran sus expectativas? Estar con Eva no parecía sensato, se me antojaba el inicio de nuevos y mayores problemas, pero al mismo tiempo parecía inevitable. Antes me habría cortado yo un brazo que perder la oportunidad de acostarme con ella.
Había hombres observándonos junto a la vivienda de Gordo, tipos a los que ahora temía, pero nos dejaron pasar hacia el campo. Y Gordo no estaba en el barco. Allí no había nadie.
Salté yo primero a cubierta y luego ayudé a Eva. El estado del barco era penoso, pero al menos la sala de máquinas estaba tapada y el interior más limpio que de costumbre. No pareció que a ella le importara. Había estado antes en el barco, pero caminaba despacio como si fuera la primera vez, fijándose en todo, con especial atención a la teca barnizada y el grabado de dragón sobre la puerta de mi camarote. Más arriba, en la pared de popa de la sala grande, había otro grabado, más grande, un ave fénix persiguiendo una perla flamígera, y Eva levantó la mano para pasar la yema de sus dedos por la perla.
—Qué lindo —dijo.
La abracé por detrás. Ella dejó caer el peso, y mis manos callosas acariciaron la suavísima piel de su vientre y de sus pechos. Volvió la cabeza para iniciar un beso, y yo la atraje más hacia mí.
Me condujo al dormitorio. Encendí dos velas mientras ella se tumbaba en la cama, pero las apagó de un soplo y se echó a reír. Me acosté también y ella me besó como había hecho en el cine. Fue muy triste otra vez, y al mismo tiempo tremendamente hermoso y extraño. No era así como yo sabía besar. Me sentí de nuevo como un muchacho, aprendiendo, no lo que se hace con la boca o con la lengua, sino lo que es el corazón, la naturaleza del sentimiento. Estaba reaprendiendo el deseo como si fuera la primera vez.
Eva me guió. En aquel entorno infame ella era de alguna manera limpia, suave y perfecta, y aunque yo debería haberme hecho más preguntas sobre lo que estaba sucediendo —si esto era una trampa que me tendía Santiago, u otra persona, o si esta joven hondureña solo se acostaba conmigo porque estaba desesperada y necesitaba dinero—, no tuve ningún pensamiento. Me dejé sumir en un sueño y supe, sobre la marcha, que recordar esta noche me serviría de consuelo cuando fuera viejo y estuviera muriéndome.
C uando me desperté por la mañana, Eva ya se había ido. Reconozco que sentí cierto alivio. E incluso sorpresa al comprobar que no había sucedido nada espantoso. Eva no era una trampa. Nadie había subido a bordo para matarme mientras dormía. Pero estos pensamientos eran injustos. La belleza de Eva y la noche que habíamos pasado juntos bastaban para compensarme con creces por lo que me había acaecido aquí. Me pregunté qué tipo de relación se suponía que teníamos ahora. Lo cierto es que yo no entendía nada.
Me levanté para ir al escusado de Gordo tras tomar la decisión de que le exigiría conocer el paradero de mi fuera de borda. Le temía a él y temía a sus hombres, pero ¿qué podía hacer Gordo? ¿Matarme? Eso me parecía demasiado radical. Y, por otra parte, necesitaba saber si podía confiar en Santiago.
—¿Es Gordo aquí? —pregunté a uno de sus hombres, y él negó con la cabeza—. ¿Qué tiempo? —dije, queriendo decir la hora.
—Por la tarde, quizás .respondió el hombre.. No sé.
De modo que el jefe probablemente no volvería hasta la noche. Estaba ocupado con sus cosas. A Gordo nunca le veía trabajar, solo le veía desaparecer.
Volví al barco y contemplé los bidones de gasóleo dejados en el muelle. Pesaban demasiado como para levantarlos y verter el contenido en mi tanque, pero apañé una llave con una vieja manguera de jardín y puede hacer el trabajo bastante rápido. Todo salió bien, lo cual era una novedad. Estaba justo donde había empezado, desde luego, con un tanque que perdía un poco y que ahora estaba lleno de combustible, pero al menos no habían surgido nuevos problemas.
Los niños seguían callados, cosa que me preocupó un poquito. De alguna manera, la noche pasada con Eva me había hecho pensar que todo iba bien, y eso era un error. Por ejemplo, no podía ir al restaurante, ni siquiera tomar la calle de tierra en aquella dirección. Pero necesitaba comer y hacer varias llamadas.
—Muchachos —les dije a los niños—. ¿Qué pasa?
Uno de ellos me preguntó si me marchaba ya a California. Otro preguntó si pensaba regalarle el barco a Gordo. Un tercero me preguntó si Eva y yo éramos novios. A los niños se les escapaban muy pocas cosas.
—Necesito mi motores —dije—. Un motore muy pequeño, seis caballas, aquí en las palapas, y un motore de diésel en Tapachula.
Los niños, esta vez, se limitaron a bajar la vista. Al parecer, sabían que en ese tema no debían meterse.
—Está bien —dije, y después de repartir la ración de mantequilla y mermelada para la tarde, me encaminé a las palapas.
Eva, como de costumbre, estaba ocupada y no pudo venir a mi mesa. Me miró apenas un momento, eso sí, sosteniendo media docena de botellas. No supe cómo interpretar su mirada. Lo primero que pensé fue que ella esperaba que le diese algún dinero, pero quién sabe...
Decidí no almorzar en la palapa número 8. A la altura de los faros monté de un salto en la parte trasera de una camioneta y disfruté de la brisa mientras el vehículo corría a lo loco. Nos jugábamos la vida, cierto, pero eso no quita que aquel lugar fuera muy bonito, si uno apartaba la vista de la basura desperdigada a ambos lados del camino y se limitaba a contemplar la selva en un costado o el mar en el otro.
Cuando salté al llegar a Puerto Madero, vi algo de lo más extraño. Un hombre blanco que mendigaba, a plena luz del día, abordando a cuantos estaban en la parada de taxis y en la calle. Lucía una barba rala y tenía todo el pelo alborotado. No llevaba sombrero. Estaba quemado y su piel era de un canceroso marrón rojizo. No lo había visto nunca.
La gente se apartaba de él aterrorizada. Lo digo en serio. Les daba pánico. No entendían que un estadounidense blanco estuviera mendigando en Puerto Madero. El hombre hablaba fuerte y pronunciaba muy mal el español. «Dinero, dinero», no paraba de decir, tendiendo las manos y acorralando a la gente. Tan malo era su español que casi parecía que dijese «Dinero, dinero».
Pensé que si conseguía que aquel tipo se sumara a la búsqueda de mis motores, la situación podía cambiar. Ni el mismo Gordo sabría qué hacer.
El hombre reparó en mí y se me acercó.
—Dinero, dinero —pidió, adelantando ambas manos.
—Soy estadounidense —le dije.
—Pues dame veinte pesos.
—Estoy intentando encontrar dos motores. Un diésel que está en Tapachula y un fuera de borda cerca de los faros y las palapas. Si consigues encontrar cualquiera de los dos, te doy dos mil pesos.
—Vamos, hermano —dijo—. Solo veinte pesos.
—¿No me has oído?
—Al carajo con tus motores. Dame veinte pesos.
—Vete al carajo tú —repliqué—. ¿Qué haces aquí? ¿No ves que este sitio es lo más pobre del mundo?
—Dame tu sombrero —dijo.
—Okey, muy bien. —Le di mi sombrero.
—Y el reloj.
—No, gracias —dije, y entonces me empujó, tratando de tirarme al suelo, pero yo le empujé a mi vez y el tipo se alejó y al momento estaba otra vez con su cantinela, «Dinero, dinero», con mi sombrero puesto. Como si tal cosa. Podía atravesar una multitud con la facilidad de un cuchillo al rojo, la gente parecía fundirse hacia los lados. La cara que ponían era impagable.
Subí a una combi con otros veinte y partimos hacia Tapachula y el centro comercial. Después de ver a aquel tipo, me sentía casi invencible. Dudo que nada salvo el cáncer de piel pudiera vencerle. No tenía nada que temer de la gente del lugar. Yo iba pegado a un costado de la combi con la cabeza medio aplastada contra el techo, pero en una de las paradas adelanté una mano y le pedí al que iba a mi lado: «¿Cinco pesos?». El hombre reaccionó con la cara de espanto que yo ya preveía, y acto seguido se apeó abriéndose paso a codazos. Seguramente no era su parada.
No se me borró la sonrisa durante el resto del trayecto. Me sentía francamente mejor.
En el centro comercial compré un sombrero nuevo y comí un plato de chow mein. Después tomé un taxi para ir a DINA.
Cuando me vieron entrar menearon la cabeza, pero lo que me llevaba allí esta vez era diferente.
—Hice venir a un mecánico —les expliqué—. Se llama Herbert Mocker. El encontrará el motor y lo instalará, pero seguramente va a necesitar tu ayuda. —Fue una suerte no tener que esforzarse con el español, pues un empleado hablaba inglés.
—Ningún problema, amigo —digo—. Te ayudaremos.
—Aparte de eso, me han contado que mi amigo Santiago, el que siempre me acompaña cuando vengo aquí, es quien robó el motor. Lo tiene escondido en Tapachula.
El hombre levantó mucho las cejas al oírlo.
—Y ofrezco una recompensa por el motor. Si averiguas algo que nos ayude, a mí o a Herbert, a encontrarlo, te pagaré dos mil pesos.
—Amigo —dijo—. Nosotros te ayudamos. No tienes que pagar nada.
En el taxi, volví a visitar las callejuelas de las peores zonas industriales. No sabía muy bien dónde estaba, pero al poco rato reconocí el almacén que tenía una cámara de seguridad en la entrada y pedí al taxista que parara. El hombre estaba claramente nervioso, pero me prometió esperar allí. Como yo aún no le había pagado nada, pensé que eso me daba ciertas garantías.
Me recibió en el callejón el mismo tipo bajito de la primera vez.
—Amigo —dijo—, entra.
Miré un instante a mi alrededor, porque, en el poco tiempo transcurrido desde mi anterior visita, el inventario había cambiado. Ahora tenían material de grandes dimensiones.
—¿Puedo hablar en inglés? —le pregunté.
—Naturalmente, amigo.
—El que vino conmigo el otro día, Santiago, es quien me robó el motor diésel, un Ford-Lehman rojo, para barcos. Estoy dispuesto a pagar lo que sea necesario. ¿Se te ocurre algún sitio donde pueda tenerlo escondido?
El hombre estaba cruzado de brazos y miraba muy serio al suelo. Se llevó un puño flojo a la boca y se dio unos golpecitos en los labios, como pensando. Dio la impresión de que quizá sabía algo. Pero luego meneó la cabeza y dijo:
—No, amigo. Yo no sé dónde está su motor.
—¿Conoces a Santiago?
—Solo del día que vino aquí.
Volví al taxi y fuimos al siguiente local, y luego al otro, y aparentemente la conclusión era que Santiago no se había llevado el motor. Nadie le conocía, nadie se acordaba de él.
Le pregunté también al taxista. Dijo que no sabía, y luego me hizo ver que Tapachula era una ciudad, con muchos habitantes, y que al fin y al cabo mi amigo Santiago era de Puerto Madero.
Seguí preguntando aquí y allá y ofreciendo dos mil pesos, y en un viejo taller de reparaciones que tenía delante un decrépito camión de volteo, uno de los operarios sabía algo.
—Sí, Santiago —dijo, y luego añadió algo como «El motor está aquí en Tapachula», pero no logré entender dónde me decía que estaba. Pero accedió a ir conmigo, y con un amigo suyo, a buscarlo, de modo que pagué al taxista y nos subimos a un viejo Datsun para continuar la búsqueda.
El coche, más que andar, cojeaba, alimentado por sus dos o tres únicos cilindros. Parecía que llevara dentro un fuelle gigante, no un motor de combustión. Pero aquel par de tipos, Ernesto y Javier, iban hablando muy animados y parecían seguir una pista. Ernesto era bajo y rechoncho y todo el rato hablaba de tequila. Lo suyo era el tequila y las mujeres. De vez en cuando hacía un gesto obsceno con la boca, entre silbar y sorber, para ilustrar lo que les hacía a las mujeres. Tenía un gran diastema y, por lo visto, eso ayudaba mucho. No había forma de que se centrara en la tarea.
Por el contrario, Javier sí parecía decidido a encontrar el motor y cobrar la recompensa. Nos condujo a una parte de la ciudad donde terminaban las naves y talleres y no se veía un alma. Luego detuvo el coche enfrente de lo que parecía un edificio abandonado.
Me hizo bien bajar del coche y estirar las piernas. Estaba medio mareado por culpa de los gases del escape. Resultaba difícil creer que mi motor pudiera estar allí.
Al volverme para preguntar, vi que Javier empuñaba una llave de cruz. Ernesto tenía una navaja, y volvió a hacer el gesto de silbar-sorber. Debió de parecerle apropiado también para la situación.
—Está bien —dije, entregándoles todo el dinero que llevaba en metálico, más de dos mil pesos. Eran casi trescientos dólares.
—Ahora sus tarjetas —dijo Javier.
—No —protesté—. Yo nesesito.
Javier dio un paso al frente con el hierro en la mano, de modo que tomé posiciones. Había practicado la lucha durante tres años, que era como tener una pelea programada cada semana al salir del colegio. Confié en que la experiencia me sirviera de algo.
Pero Ernesto le dio un manotazo a su amigo y ambos retrocedieron hasta el coche y se alejaron a toda velocidad.
—Sí que soy idiota —exclamé, aunque nadie podía oírme.
Inicié una larga caminata. La tarde decaía y el calor no eran tan fuerte, y además iba calzado. Esta vez no me habían robado los zapatos. Mientras dejaba atrás un sinfín de edificios medio ruinosos, me puse a pensar en el dinero. Tendría que pedir prestado otra vez a mi madre para el boleto de avión a California, para los boletos de Herbert y sus ayudantes, y para futuras reparaciones o demoras imprevistas. Antes de disminuir, mis deudas iban a aumentar.
Tenía que confiar en Turquía. Había programado chárteres por la costa turca en un barco alquilado para el verano siguiente, pero también había visto un navío en venta cerca de Bodrum. Veintisiete metros de eslora, un barco enorme con capacidad para dieciséis pasajeros, con lo que los ingresos serían mayores. Mientras que con Grendel podía sacar unos treinta mil dólares al año, con el barco grande podía sacar hasta trescientos mil. Y Seref, a quien había conocido en Bodrum, me había dicho que el barco podía salir por unos trescientos o trescientos cincuenta mil dólares, incluida la puesta a punto. Ese era el mejor plan, si es que encontraba el modo de llevarlo adelante. Con el barco grande podría limpiar las pérdidas derivadas de Grendel en un solo año y amortizarlo en un año más.
Así entendía yo los negocios: si algo no funciona y no puedes permitirte tener pérdidas, te buscas un plan mejor con el que reducir las pérdidas. Pero es como en los juegos de azar. Es como doblar una apuesta. Un paso motivado por la desesperación. Y ahí está el poder del dinero. Me sentí encerrado. Había tomado decisiones que en su momento parecían necesarias o inevitables, y ahora creía haberme quedado sin alternativas. Me maldecía por haber mandado el barco a Puerto Madero, pero no había vuelta atrás, como tampoco había modo de salir de allí ni luz al final del túnel. Podía marcharme y Herbert tal vez encontraría el motor, pero también podía ser que no, y entonces yo tendría que volver, quién sabe por cuánto tiempo. La culpa de todo era mía, desde luego, por eso no cambiaba el hecho de que me hubiera convertido en un esclavo.
Lo extraño de todo esto es que yo había elegido una carrera que nada tenía que ver con el dinero. Era escritor en parte porque mi padre se había hecho dentista únicamente por dinero, una profesión que detestaba, y al final se había quitado la vida. Pero luego, cerca ya de cumplir los treinta, me había entrado el pánico al ver que iba a estar por debajo del umbral de la pobreza, quizá hasta que muriera. Abrir este negocio fue mi intento de solucionarlo, y ahora estaba en un aprieto.
Al cabo de mucho rato empecé por fin a ver gente en la calle. Pasaba algún coche, pero ninguno quiso parar. El sol se había puesto. En el crepúsculo, se me ocurrió pensar que no estaba en una zona especialmente segura de la ciudad, pero en ese momento no tuve miedo. Me sentía plenamente en el mundo, y si lo siguiente era darse golpes con alguien, pues lo haría.
Cuando por fin llegué al barco, era tarde y Gordo estaba esperándome. Esta vez tocaba Buda enojado.
—Vete —me dijo—. Tienes que marcharte de aquí.
—Ich habe ein problem —le dije en alemán.
Gordo iba a tener que familiarizarse con la lengua materna de Herbert.
—Yo no te protegeré —dijo—. Ni siquiera de mis hombres.
Me encogí de hombros.
—Esto no es ninguna tontería, amigo.
—Ya lo sé —dije.
—Santiago ha hecho promesas a mucha gente. Y mucha gente está contra ti.
—¿Dónde está el fuera de borda? —pregunté—. Necesito verlo con mis ojos. De lo contrario no sé a quién creer; no sé qué es verdad y qué no.
—La verdad te la estoy diciendo.
—Y yo te aseguro que agradezco el detalle —dije—. Pero Santiago no es más que un pobre guatemalteco que habla un poco de inglés. Vive con su madre.
—No, su madre no está aquí —dijo Gordo—. Es una de sus muchas mentiras.
—Vaya. Muy interesante —dije—. Yo no he llegado a verla, eso seguro. ¿Y su hermana?
—Santiago no tiene hermanas.
—Vale, muy bien. Aun así, cuesta creer que él haya organizado todo esto. ¿Por qué iba a hacer nadie lo que Santiago dice?
—No te enteras de nada —dijo Gordo—, Los planes son a medias con Ramón, el que se quedó tu bomba. ¿Te acuerdas de él?
—Claro que me acuerdo.
—¿Y Helio, el soldador? ¿Sabes por qué no quiere reparar ese tanque?
—¿Porque Santiago le dijo que no lo hiciera?
—Exacto.
—Bueno —dije—. Será que soy tonto, pero me cae bien Santiago. Somos amigos. Así que necesito ver el fuera de borda para creer que él me está viendo la cara desde hace meses. Necesito una prueba.
—Si yo te digo dónde está ese fuera de borda, te matarán.
—Haré como el saltamontes. Caminaré sobre papel de arroz sin que las patas lleguen a tocarlo.
Gordo, por fin, sonrió y se puso de pie. Echó los hombros hacia atrás e hizo crujir la nuca. Luego se frotó la barriga.
—No vas a durar mucho aquí, mi gracioso amigo —dijo—, Y muy listo no eres. Tú piensas que eres listo, que no es lo mismo. No vale la pena que te proteja. Te voy a decir dónde está el fuera de borda; así te matarán y yo podré quedarme con tu barco.
—Muchas gracias.
—¿Sabes ese sitio donde los pescadores tienen las pangas? —Gordo me describió una pequeña palapa, la vivienda de no sé quién, siguiendo la playa.
—Creo que sé cuál es —dije—. Cuando estábamos anclando el barco para que la draga pudiera pasar, Santiago dijo que allí vivía un amigo suyo. Ese amigo le ayudaría a cuidar del barco mientras yo estuviese fuera.
—Sí, es ahí —dijo Gordo—, Tú luego puedes creer lo que quieras.
Saltó al muelle y echó a andar pesadamente por el campo. Tuve la sensación de que no volvería a verle más, y eso, de forma inesperada, me entristeció. Gordo me caía bien.
Fui abajo por una linterna y la pistola de bengalas pequeña. La cargué y me la metí en el bolsillo grande de mi pantalón corto; en el otro bolsillo guardé dos bengalas de repuesto. Después me puse en camino hacia las palapas.
U n taxi me dejó en los faros. A la sombra de uno de ellos, observé las obras. El martillo neumático estaba en marcha, y los picos arrojaban sombras larguísimas al elevarse bajo la luz artificial. Los obreros que los manejaban eran como oscuros recortables, sin profundidad alguna.
La música de cantina sonaba a todo volumen y lo seguiría haciendo toda la noche, pero en las mesas había pocos hombres bebiendo. Era tarde.
Me pregunté si Eva tal vez estaría libre a estas horas, y dónde dormiría. Quizá se acostaba con Santiago. Todo era posible. Incluso podía estar con Gordo.
Rodeé la hilera de palapas en dirección al mar. La calzada era de tierra y muy desigual; no había sido pensada como vía de paso, pero el uso la había convertido en lo que era ahora. No vi a nadie. Había luces encendidas cerca de la Capitanía de puerto, de modo que me apresuré hacia la playa, donde reinaban las sombras.
En esa playa había conocido yo a Santiago, chapoteando ebrio en el agua con sus amigos, cuando dijo que él me ayudaría. No había vuelto a ver a esos amigos, Santiago siempre estaba solo. Yo ya no sabía qué pensar. Cuanto me había dicho Gordo parecía factible, tanto como que Santiago fuera inocente.
Caminé deprisa, siguiendo la orilla. Podía sentir el bombeo de la sangre en mis oídos. Bordeé la laguna, dejé atrás la palapa que había en la punta de la playa y me desvié hacia las pangas, y al llegar vi que había varios pescadores/narcotraficantes. Me vieron pasar, pero yo me limité a saludarlos con el brazo y no me dijeron nada.
Unos metros más allá, al borde del agua, empezaba a crecer vegetación. Me estaba acercando a la zona de aguas remansadas y no pude dejar de pensar en serpientes y cocodrilos, que seguramente se alimentaban de noche. Las plantas me llegaban ya a la cintura. Temía ser atacado en cualquier momento por una alimaña.
De vez en cuando me detenía y aguzaba el oído, y en más de una ocasión pensé en dar media vuelta, pero seguí avanzando. Ya no estaba lejos de donde vivía el amigo de Santiago. No había luces encendidas, pero el resplandor del puerto, al fondo, me permitió ver algo entre árboles pequeños. Era una sola habitación, quizá un poco más grande que la de Santiago, y mejor construida. El tejado se extendía hasta cubrir varios palmos de terreno, y cuando me aproximé a gatas pude distinguir unas formas voluminosas arrumbadas contra las paredes, todo ello cubierto con lonas.
Me encontraba a solo tres metros de la pared, tendido en el suelo, y me quedé allí quieto un buen rato, tratando de escuchar. El zumbido de los insectos era tan fuerte que amortiguaba el ruido de la draga y la música de cantina, y luego estaban mis propios latidos, irregulares de puro miedo, de modo que no oía nada con claridad.
Con mucho sigilo saqué del bolsillo la pistola y me acerqué un poco más.
La luz era mala, pero mis ojos se habían acostumbrado y veía bastante bien. Pude ver los tablones de la pared y el alféizar de una ventana, lo cual me hizo extremar precauciones. Si dentro había alguien, seguro que oiría un ruido.
De las cosas tapadas con lonas, una podía ser mi motor, a juzgar por la forma. Repté hacia lo que podía ser la parte del motor donde estaba la hélice.
Entonces oí algo, justo sobre mi cabeza, y al levantar la vista me encontré con el cañón de una pistola. La boca era cuadrada, no sé si de metal o de polímero. Era una pistola militar, e inmediatamente pensé en Mike, el cocinero, porque él me había hablado de su Glock 9 milímetros. Pensé que lo que apuntaba a mi nariz podía ser eso, y lo más sorprendente es que no sentí miedo ni cólera, solo tristeza. Estaba a punto de morir.
Pensé también en mi padre, que se había quitado la vida con una pistola. Qué extraño que durante tantos años hubiera temido yo estar condenado a repetir su suicidio y que ahora llegara el momento y fuese otro quien empuñara la pistola. Esa era la parte que no había visto. Como yo quizá no habría sido capaz de apretar el gatillo, me había buscado a alguien que lo hiciera por mí. La actitud arrogante en el muelle pesquero, y aquí en las palapas, provocando a la gente, yendo a donde nadie me quería; eso no podía haber sido por un simple motor fuera de borda o incluso para rescatar el barco. ¿Cómo iba a serlo? No era tan importante, lo que había en juego. No, lo que yo estaba forzando que pasara era otra cosa, algo como lo de ahora.
El bombeo de la sangre, ya no podía oír nada más, y mi deseo era ver por fin el momento en que mi padre lo hizo, el momento en que se decidió. Siempre había querido saber por qué mi hermana y yo no fuimos motivo suficiente para él, y ahora me daba cuenta de que no existió tal decisión. El no habría pensado nada, no habría decidido nada. Simplemente se habría descubierto sentado en aquella silla, pistola en mano, llamando a mi madrastra. Le dijo: «Te quiero pero no pienso vivir sin ti». Ella estaba trabajando y no le oyó bien, de modo que tuvo que asomarse a una puerta y pedirle que repitiera lo que acababa de decir. Así lo hizo él, palabra por palabra. «Te quiero pero no pienso vivir sin ti.» Luego apoyó el cañón de la pistola en su sien, y ella oyó el estampido y poco después el leve goteo a medida que del techo empezaba a caer sangre y fragmentos de cabeza. Pero, incluso en el momento de apretar el gatillo, puede que mi padre estuviese esperando otra cosa, puede que no se hubiera decidido aún.
Miré fijamente la boca del cañón, esperando el momento, pero nadie apretó el gatillo. Retrocedí lentamente, todavía boca abajo, sin dejar de mirar el cañón, y este giró siguiendo la dirección de mi mirada al tiempo que yo retrocedía. Esperé hasta que estuve a una treintena de metros y entonces di media vuelta para continuar en sentido contrario, pero sin levantarme del suelo ni apresurarme, sin hacer el menor ruido. Y cuando llegué a la arena, cerca ya de donde vivía Santiago, me puse de pie y caminé hacia el agua, continué por la orilla en dirección al paseo entarimado y al grupo de hombres que estaban despedazando la tierra y lo que ellos mismos construían, y sentí que empezaba de nuevo, que acababa de llegar al mundo.
Rodeé las palapas una vez más, evitando especialmente la número 8, y tomé un taxi hasta los faros. Pensaba tomar del barco solo lo imprescindible, ir a Tapachula y esconderme en un hotel hasta que pudiera tomar el avión. No quería pisar Puerto Maduro nunca más. Mi tiempo aquí había concluido.
En el muelle pesquero le pedí al taxista que esperara y corrí al barco atravesando el campo oscuro, con la esperanza de que nadie estuviera esperándome. Me había granjeado demasiados enemigos. No había tenido cuidado. No había acabado de creerme este sitio, lo que podía ser y lo que podía hacer conmigo. De la manera menos razonable posible, había creído que yo era intocable, como si este sitio fuera risible, y risible también la gente de México y de toda Centroamérica. Me había sentido superior, y eso me había costado casi la vida. Pero si me daba prisa, aún podía escapar.
Me detuve un instante al borde del muelle para escuchar, pero el barco parecía vacío. Fui abajo, encendí la linterna y registré todas las habitaciones. El barco me pareció más grande, con más sitios donde ocultarse, todo cobraba vida, las sombras y las molduras, pero no encontré a nadie. Metí lo más imprescindible en mi mochila pequeña, desechando la mayoría de mi ropa y los libros.
Me aseguré de dejar todas las ventanas y ojos de buey cerrados y subí a cubierta, cerrando con llave la escotilla de cámara. «Adiós, Grendel —dije—. Siento abandonarte así.» Fue muy duro abandonar el barco. Herbert iba a venir, y si la cosa no salía bien, a mí me tocaría volver, pero no habría podido dar mi palabra de que haría tal cosa. En aquel momento pensaba que lo mejor era no regresar jamás, aunque eso supusiera perder el barco.
Me volví con la idea de saltar al muelle y allí estaba Eva. Di un pequeño salto, ahogando un grito.
—Perdóname —le dije—. Me asustaste.
—Te echo de menos —dijo ella en inglés.
Pero Eva no hablaba inglés. Quizá Santiago le había enseñado esa frase unos minutos antes. Miré hacia la calle y vi el taxi que había pedido pero ningún otro coche. Alguien la había dejado allí a toda prisa. Reparé en su pelo hecho un desastre, en su improvisado aspecto general.
—Y yo a ti —dije, mientras me preguntaba cómo cruzar la línea donde ella estaba.
Eva, como si hubiera leído mis pensamientos, volvió la cabeza hacia el taxi y dio un paso adelante, cortándome el paso al borde mismo del muelle. Me pareció alta, y las sombras de los barcos cercanos daban a sus pómulos un aire mucho más duro. Pasó sobre el guardamancebos y se acercó a mí. Me echó los brazos al cuello, me dio un beso y luego se inclinó para empujar la escotilla de cámara. Pero yo la había cerrado con llave.
—Iba a ir a un hotel de Tapachula —le dije.
—Un hotel —dijo ella, sonriendo.
—¿Vamos?
Me pareció que invitarla era lo único que podía hacer. No veía cómo salir del aprieto, si no.
Echamos a andar, cruzamos el campo, ella colgada con ambas manos de mi brazo, y al llegar al taxi eché un último vistazo a la calle. Varias siluetas recostadas en el cercado, alguien sentado a una mesa delante del restaurante, pero todo apenas visible; y los hombres de Gordo observándome desde sus puestos respectivos.
El taxista condujo despacio por la calzada llena de baches. Yo iba mirando al frente, esperando ver aparecer a Santiago y sus amigos a la luz de los faros. Momentos después pasábamos cerca de donde tenían escondido mi fuera de borda y por delante de la vivienda de Santiago, pero lo único que vi fue vegetación espesa, camino de tierra y trayectorias de insectos. Nada vivo, aparte de eso. Habían enviado a Eva en el último momento, después de mi intentona de recuperar el fuera de borda; eso lo veía claro. Pero ¿por qué? ¿Cuál era su misión? ¿Qué plan tenían?
Para mi sorpresa, llegamos a las palapas. El taxista continuó en dirección a los faros, tal vez pensando que allí podría coger más pasajeros, pero yo le dije:
—No otros.
Él, de todos modos, echó un rápido vistazo. Había varios hombres allí sentados, tal vez obreros haciendo una pausa, pero viendo que nadie se acercaba, el taxista volvió a la carretera que llevaba a Puerto Madero y Tapachula.
Llevábamos las ventanillas bajadas; el denso aire nocturno olía a mar y a basura. Vimos un fuego más adelante, el taxista aminoró la marcha y pude ver unos cuantos soldados con rifles de asalto. Se acercaron al coche cuando el taxista se detuvo y nos miraron a la luz de linternas.
Uno de ellos preguntó al taxista adonde se dirigía. Eva me cogió más fuerte del brazo; ella estaba ilegalmente en México. Confié en que se la llevaran y así quedar libre. Pero luego me sentí fatal por desear semejante cosa, porque ¿y si Eva era inocente? Había visto cómo unos soldados, o milicianos, asesinaban a su padre en plena calle; a su madre le había pasado no sé qué; y no tenía más familia que Helena. La guardia fronteriza estadounidense la había deportado (y quién sabe si violado también), y lo peor que podía pasarle era que la deportaran de nuevo.
Adelanté el cuerpo y ofrecí una sonrisa al que llevaba la voz cantante. Hice un gesto de saludo con la mano y luego le pasé cuarenta pesos al taxista. El soldado apoyó el brazo en la puerta y asomó la mano por debajo, al estilo habitual, aceptando el dinero. Luego dio dos golpecitos al techo y arrancamos.
—Gracias —me susurró Eva al oído.
Me sentí confuso otra vez. Quizá era que había trabajado hasta muy tarde, había ido en taxi hasta mi barco y el taxi se había marchado al ver otro coche esperando allí. Sí, podía ser. Tal vez no la había enviado Santiago. Claro que, por otra parte, siempre que quedábamos, ella aparecía recién bañada y arreglada. Y nunca la había visto tomar un taxi. No, seguro que la habían enviado a toda prisa. Pero no lo entendía; si Santiago quería que me marchara y así apoderarse del barco, ¿para qué iba a mandarla a ella?, ¿por qué no dejar que me fuera y basta?
Aminoramos la marcha otra vez al llegar a Puerto Madero y desviarnos tierra adentro, hacia Tapachula. La plaza estaba desierta, pero en la zona de taxis que había más allá vi una docena de personas esperando. Nos llegó el ruido de un club nocturno a poca distancia de allí. El taxista se arrimó a la parada pero yo le dije que no.
—Pago —dije.
Aceleramos por la carretera principal a la que yo había conseguido sobrevivir un montón de veces, pese a la ausencia de líneas y de límite de velocidad, y me sentí muy bien con Eva a mi lado. No podía evitarlo; quería estar con ella otra vez.
Llegando a Tapachula le pedí al taxista que nos dejara en un hotel. Pedí una zona donde hubiera varios, para poder elegir.
Resultó ser una parte de la ciudad que desconocía. Seguía siendo el centro y todo estaba sucio, rejas en todos los escaparates, pero aun así más agradable que cuanto yo había visto hasta entonces. Divisé un hotel en una esquina, me sonó de algo, y enseguida recordé que era donde se había hospedado el abogado. Me pareció idóneo también para Eva aunque fuera por una noche nada más, en caso de que yo estuviera equivocado respecto a ella. Se merecía un sitio bonito. Dije al taxista que parara, le pagué y Eva y yo entramos en el hotel.
—Qué lindo —dijo ella.
El aire era fresco y seco, la iluminación cálida. Costaba de creer que todavía estuviéramos en Tapachula.
Pagué al empleado lo que costaba una habitación por una noche y le entregué el resto de mi dinero a Eva, unos trescientos dólares, el salario de todo un año.
—Para ti —le dije, en voz baja—. Para California.
Ella tomó el dinero enseguida. Supongo que no debí dárselo allí, en el vestíbulo, aunque lo hice con cuidado. El personal no nos quitaba ojo; imagino que debieron de pensar que Eva era prostituta.
—Necesito un cajero automático, para el aeropuerto después —le dije.
Se ofreció a venir conmigo pero yo insistí en que no hacía falta, y entonces dijo que ya subiría ella la bolsa a nuestra habitación. Sabía que yo la abandonaba. Me partió el corazón. No me cabía en la cabeza que ella pudiera formar parte de ningún plan contra mí.
—Tranquila —dije—. Regreso en cinco minutos.
Le pregunté al empleado dónde estaba el cajero más próximo y fui hacia la salida sin mirar a Eva otra vez. Comencé a caminar con ánimo por la acera, y cuando torcí la cabeza apenas un momento al llegar a la esquina, la vi en la acera mirando cómo yo me alejaba.
Bajé la cabeza y empecé a correr. Primero una manzana, giré otra vez, corrí otras dos manzanas, intentando no llorar pero sin conseguirlo. El mundo estaba desierto para mí, solo existía esa mujer de la que en realidad nada sabía, y me avergoncé de dejarla tirada. Pero seguí adelante, saqué dinero en el cajero automático, corrí varias manzanas más —las suficientes como para que ella no pudiera dar conmigo—, me metí en un hotelucho y me escondí en un cuarto pequeño con la luz apagada y la puerta cerrada con llave.
E speré en el hotel hasta que llegó Herbert. Me ofrecí a colaborar en la búsqueda del motor, pero él dijo que me marchara; no necesitaba mi ayuda, incluso parecía preocupado por mí, como si se hubiera convertido de pronto en mi abuela alemana. Tomé, pues, el avión y una vez en California trabajé varios días con Julie en cosas del negocio, pasados los cuales volé a las islas Vírgenes Británicas para ocuparme de mis chárteres. Qué mundo tan diferente. Puerto Madero parecía increíblemente lejano, pero yo seguía conectado a través de Herbert.
El mecánico no estaba teniendo suerte. Se hospedaba en Tapachula, en el hotel San Francisco, porque se negó a hacerlo en mi barco con las ratas. Iba casi a diario al centro comercial, para ver alguna película, y había encontrado una cafetería cuyo dueño, de ascendencia alemana, hablaba inglés a la perfección. En una de sus frecuentes charlas, por fin un día Herbert mencionó mi motor extraviado y se pusieron a hablar de ello con detalle. Dos días más tarde, Herbert me aseguró que el motor apareció tirado en la playa, cerca de las palapas. Alguien lo había dejado allí durante la noche. Le pregunté si le había pagado algo al hombre del bar, o si este había pagado a otros, pero Herbert contestó que no. Y parece ser que había vuelto a hablar más con él.
—Cuando ocurre una cosa así —me dijo—, es mejor no hacer preguntas.
Yo, sin embargo, tenía varias. El motor no lo habían entregado en DINA, la dirección acordada, y DINA no lo había dejado en la playa, así que alguien había tenido mi motor todo este tiempo, sabiendo que era mío, o quizá lo supieron después de que el alemán les informara. Él quizá no tenía nada que ver, con esa demora de dos días. Cualquiera podía haber estado implicado, incluyendo a Herbert, y quizá el motor estaba en Puerto Madero, cerca de las palapas, no en Tapachula. Por lo visto, alguien había sido presionado, pero ¿quién, y por quién? Herbert no quiso especular. Intenté preguntarle por Santiago, pero desdeñó cualquier mención de dicha persona.
—Santiago es un delincuente —dijo—. Yo no trabajo con gente así.
Pagué para que vinieran sus ayudantes en avión, instalaron el motor y zarparon rumbo al norte, pero luego recibí un mensaje de Herbert diciendo que algo había salido mal. Le llamé desde un teléfono público en una playa de las Vírgenes, procurando hablar en voz baja pues mis huéspedes estaban cerca.
—¿Qué pasa? —pregunté—, ¿Cómo es que estás en California? ¿Y el barco?
—El barco está en Puerto Madero —respondió Herbert—, Te lo dejé en el mismo sitio.
—Pero ¿qué sucedió? Pensaba que tenías el motor nuevo y la tripulación.
—Sí, pero el barco iba muy lento. Navegamos a un nudo durante todo un día y después dimos media vuelta. A esa velocidad tardaríamos dos semanas en llegar a Acapulco. Creo que quizá necesitas una hélice diferente.
—Pero ¿el motor funcionaba o no? ¿El problema era que iba lento y nada más?
—Sí, a un nudo. Es demasiado lento.
—Pero yo te pagué los boletos de avión y las horas de trabajo. ¿Por qué no llegaste al menos hasta Acapulco? ¿Cómo se te ocurrió dar media vuelta?
—A Herbert Mocker nadie le habla en ese tono.
—Perdona, Herbert. Solo intento comprender. A ver, tú tenías pensado estar a bordo un par de semanas, ¿no?
Ya no sabía qué más decirle.
Herbert, como de costumbre, aceptaba mal cualquier crítica, de modo que tuve que deshacerme en disculpas y luego rogarle que por favor volviera a Puerto Madero y lo intentara con otra hélice, porque el barco estaba allí muerto de asco otra vez, con la diferencia de que ahora funcionaba. Gordo, Santiago, o Mike, cualquiera podía navegar hasta Guatemala o Costa Rica, y nadie iba a impedírselo. Cuando terminara en las Vírgenes, yo tenía que volar a California y luego a Turquía, donde iba a estar cuatro días organizando los chárteres de verano, y luego tenía que dar clases en la universidad durante la primavera. Ni siquiera tenía tiempo libre para volar a México.
—Está bien —dijo finalmente Herbert—. Vuelvo a Puerto Madero y llevo tu barco hasta Acapulco, pero nada más. Porque Herbert Mocker es así.
Y entonces le dio un ataque al corazón. Por suerte, fue una cosa leve, pero Herbert iba a tener que hacer reposo durante varias semanas, quizá más. Existía, naturalmente, la posibilidad de que no pudiera volver a trabajar.
Yo no quería pensar en mi negocio, en un momento así. El hombre había sufrido un infarto. Pero no pude evitarlo. No pude evitar darme cuenta de que yo le había pagado por adelantado, o alterarme por que le hubiera dado ese ataque justamente ahora. Luego me regañé a mí mismo por haber pensado semejante cosa.
Vistas las cosas desde ahora, se podría decir que fue una estupidez contratar a Herbert Mocker, a la vista del mucho dinero desperdiciado, sobre todo en boletos de avión. En su primer viaje, ni siquiera pisó el barco, y en el primero que hice yo, no atinó a decirme que me llevara un tester de compresión, más adelante insistió en que les pagara el avión a sus operarios pese a que aún no sabíamos si el motor se podía salvar, luego se desdijo de la idea de llevar el motor nuevo por carretera hasta México, y cuando por fin tuvo el motor instalado y una tripulación a bordo, volvió a puerto porque el barco era demasiado lento. Y, encima, tratar con él era una lata, todo debía hacerse a su manera. Pero, al final, acabé tomándole cariño. Su conversación con aquel alemán en Tapachula fue probablemente el detonante de que apareciese por fin el motor, y Herbert bajó todas las veces necesarias a una sala de máquinas que era el más cochambroso entorno donde él hubiera trabajado nunca. Y le importaba de verdad hacer las cosas bien. De eso estoy convencido.
Volé a Turquía para ultimar lo necesario de cara al verano, y en esos cuatro días pesqué una bacteria extrañísima. Estaba en el baño de mi habitación, en el hotel, sintiéndome un poco raro, y de pronto me desplomé. Di con la boca contra el canto del lavabo y antes de tocar el suelo había perdido el conocimiento. Al volver en mí, reparé en que me había hecho por delante y por detrás; de hecho yacía sobre los catastróficos resultados, pero pasaron horas hasta que pude moverme otra vez. Tenía la boca más hinchada cada vez, notaba el sabor de la sangre. Y pensé que en México había sobrevivido a todo, pero que aquí sucumbiría por un bocado de berenjena. Finalmente, sin embargo, logré arrastrarme hasta la bañera, me lavé y luego me quedé dormido.
Herbert también se recuperó, y al cabo de unas semanas los médicos lo dieron de alta. Regresó al barco, vio que nadie lo había tocado —Gordo continuaba en funciones de vigilante— y zarpó al norte hasta el puerto de Ixtapa, cerca de Acapulco. Mi barco había conseguido escapar de Puerto Madero, por fin, y en junio yo me encargaría de llevarlo hasta su destino en La Paz. Había encontrado la manera de hacer chárteres de forma legal en el mar de Cortés, y el plan era dejar el barco en perfectas condiciones para el invierno siguiente. Todo iba a salir bien, si exceptuamos, claro, las tremendas deudas que ya acumulaba.
Cuando llegué a Ixtapa en junio, casi no podía creer que fuera el mismo país. Ixtapa era todo lo que Puerto Madero ansiaba ser pero nunca lograría ser. También aquí el gobierno había subsidiado las obras, pero esto estaba pensado para turistas estadounidenses, no guatemaltecos. El faro tenía un restaurante dentro y no estaba hecho con malla de alambre. El náutico era una maravilla, yates de muchos millones de dólares al final de una larga tira de hoteles de lujo, y los precios más altos que yo había visto jamás. Herbert no lo había organizado bien y mi barco pagaba la tarifa diaria, más de 2.500 dólares en total. Fue otra debacle económica y tuve que pedir prestado a mi madre, como siempre. Menos mal que los chárteres de verano en Turquía prometían ser un éxito; ya no quedaban plazas para los viajes programados. Todo parecía indicar que la aventura turca me salvaría, sobre todo si encontraba la manera de comprar aquel barco más grande. Se avecinaban tiempos mejores.
Herbert no había instalado la hélice nueva que compré. Simplemente había hecho pequeños ajustes al motor con el fin de llevar el barco a puerto dentro del plazo. La pregunta lógica era por qué Herbert no había hecho eso mismo en el viaje anterior. El, de todos modos, me recomendó que cambiara la hélice, ya que el trayecto que me quedaba a mí era bastante largo. Así que, una vez que estuve en shorts, me senté en el muelle con los pies metidos en el agua tibia. Era avanzada la tarde y una suave brisa rizaba la superficie.
La hélice estaría a un metro y medio de profundidad y metida otro tanto hacia la línea de crujía, difícil sin equipo de buceo. Y yo tenía una llave inglesa grande pero nada con que hacer palanca. No sabía muy bien cómo había que instalarla, era una más de esas tareas que me superaban. Pero, bueno, tenía mi careta y mi snorkel, me había atado la llave al brazo y atado también al muelle la hélice nueva, para no perderla.
Me sumergí. La sensación fue agradable. Después de ajustarme la careta, miré abajo, hacia la hélice, y vi que en el casco habían crecido muchas cosas. El barco era una cosa verde y peluda y difusa en un agua más turbia de lo que yo esperaba encontrar.
Me ajusté de nuevo la careta y el tubo y me disponía a bucear hasta la hélice y ponerme a ello cuando desvié un momento la vista hacia el otro lado, sobre la superficie del agua. No sé por qué lo hice, el caso es que vi la protuberancia de un hocico que surcaba el agua en mi dirección, emergiendo apenas a la superficie y dejando la más leve estela a su paso, y detrás un par de ojos prehistóricos. Un cocodrilo de los grandes, casi invisible, venía por mí.
No sé cómo, logré dar un salto en vertical hasta el muelle. Eso me pareció, al menos. Un momento antes estaba metido en el agua, a punto de morir, y al momento siguiente estaba a salvo. No puedo decir que hubiera transición entre ambos momentos. El cocodrilo estaba muy cerca de mí, a solo unos palmos, mucho más grande y pesado de lo que yo jamás habría podido imaginar, y de repente ya no estaba.
Terminaste Cocodrilo
David Vann
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