Cocodrilo
Cocodrilo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Cuando llegamos a la pista de tierra y divisamos los faros gemelos, yo ni siquiera pregunté si quería venir conmigo al barco. Sabía la respuesta. Ella me había dado a probar la miel, pero esa noche no iba a pasar de ahí; era solo un aperitivo para ayudarme a soportar varios días de espera en la palapa número 8, con los otros tipos. Seguramente todo formaba parte de un plan.
L os sobrinos llegaron por la mañana en una camioneta vieja con dos bidones vacíos. Me hicieron pagar al conductor, para que eso no afectara a sus beneficios, y uno de ellos se puso a imitar al capitán de la armada. Era como la mitad de bajo que el oficial, pero imitaba perfectamente la forma en que este mantenía siempre la cabeza con la barbilla alta, su misma expresión, su misma cara de engreído. Se agarró del costado de la camioneta, inclinó el cuerpo como hacía el capitán desde su lancha, listo para abordar, y saltó al muelle y se puso a hablar de su pelo y de cómo debía yo arreglarme el mío.
Yo me desternillaba de risa, lo mismo que los niños, que estaban también en el muelle, y eso pareció dar alas al otro sobrino, que empezó a imitar a uno de los hombres del capitán. Saltó a mi barco y se puso a mirar los pañoles y los ojos de buey. Luego fue hasta el palo mayor, saltó hacia un lado como para ver qué había detrás, y volvió a hacer lo mismo hacia el lado contrario, varias veces seguidas, saltando en círculos como si persiguiera a alguien. Una pequeña pero brillante pantomima.
Yo aplaudí, dije «¡Bravo!»,y los niños se pusieron a aplaudir también. Los sobrinos saludaron agradeciendo la ovación, y luego subieron de un salto a la parte trasera de la camioneta, silbaron al conductor y se alejaron, no sin antes dedicarme el dos ojos al unísono.
Los niños me hablaban todos a la vez, creo que comentando sobre detalles de la actuación de los sobrinos, y yo dije «Muy divertado» mientras acercaba los bidones al borde mismo del muelle. La espalda me dolió horrores otra vez. Los chicos se habían puesto a hacer sus propios numeritos, y uno de ellos se atrevió a subir a mi barco, pero yo corté por lo sano. «Aquí», ordené, señalando al muelle y con cara de que no le estaba vacilando. Pero al cabo de un rato saqué la mantequilla y la mermelada y hasta unos caramelos mentolados, para que vieran que no estaba enfadado. Cuando volví abajo, se habían puesto a hacer pequeños números, convertidos todos ellos en actores.
Aparejé la bomba en línea para enviar el contenido del tanque malo a los bidones mediante una larga manguera. La bomba era pequeña y la manguera insignificante, seis milímetros de diámetro. Calculé que vaciar el tanque podía llevarme unas treinta horas. Ojalá que las baterías durasen tanto. No pude evitar preguntarme si todo este lío valía la pena. No necesitaba tener el tanque arreglado para irme de aquí; lo que necesitaba era el motor diésel.
Hice una pausa para ir a almorzar, y camino del restaurante saludé a Gordo, que estaba en su hamaca. Se le veía sereno, como de costumbre, con cara de no haber roto jamás un plato.
En el restaurante me esperaban novedades. El pretendiente seguía con la espalda pegada a la pared, pero junto a él vi a uno de los gorditos que el primer día habían roto el guardamancebos de mi barco, ayudantes del capitán de puerto. El otro amigo, el del sombrero negro, no estaba. Lo habían sustituido.
Saludé con un gesto. El hombre del capitán respondió con un cabeceo, y el pretendiente me dedicó su acostumbrada mirada de odio. Pedí la comida a la hermana de Marta. Hoy quería probar algo nuevo y me decidí por el «pollo frito» con la esperanza de que sería lo que yo imaginaba que era. El panorama en el muelle pesquero había cambiado. Buena parte de la flota había zarpado, por increíble que parezca, y debían de estar trabajando o hundiéndose, o ambas cosas. Solamente uno de mis dos amigos borrachines estaba repantigado en la cerca, deseando mi muerte.
El calor era indescriptible. Parecía que hasta la tierra del suelo iba a derretirse. Dirigí la vista hacia el final de la calle, preguntándome adonde iría a parar. Nunca había estado allí. En ese momento vi acercarse una prostituta por el centro de la calle, y cuando estuvo más cerca la reconocí. Era una de las tres que solían venir a mi barco cada día, la alta que se subió el top para enseñarme los pechos.
Bajé la vista y pensé que me echaba a llorar. No sé por qué me afectó tanto, después de todo lo que había visto en aquel sitio, pero su imagen me causó una profunda tristeza.
Confié en que pasara de largo y no me dirigiese la palabra, pero qué va, vino derecha hacia mí.
—Hola, guapo —dijo, pero no en el tono divertido del día en que empezaron a inventarse apodos y hasta me llamaron «caballo».
Tenía una apariencia espantosa, estaba un poco ebria y no llevaba apenas nada encima. Parecía que hubiera renunciado a todo. Se subió el top superceñido, igual que hiciera antes con la camiseta, me enseñó los pechos y dijo: «Me love me». Pero no se burlaba de mí como en otras ocasiones. No hubo ironía en el tono, ni asomo de seducción, tampoco se estaba luciendo para sus amigas, solo me brindaba la mercancía.
En ese momento llegó Marta con mi pollo frito. Yo empujé el plato hacia mi amiga.
—¿Comida? —dije.
Me di cuenta de que yo no sabía cómo se llamaba. De hecho no conocía el nombre de casi nadie.
Ella miró en derredor, al pretendiente y el hombre del capitán de puerto, al padre de Marta, al pescador que estaba al otro lado de la calle, y finalmente se sentó a la mesa y se puso a comer deprisa. No nos dijimos nada. Me entraron ganas de llevármela con sus dos amigas y todos los niños a California, donde pudieran llevar una vida mejor. Todos ellos se merecían algo mejor que aquel agujero. Pero luego pensé que lo mismo ocurría en gran parte del mundo. Eran varios miles de millones de personas, los que necesitaban ayuda.
Apenas unos minutos después, la mujer había terminado con el pollo. Se limpió las manos en una servilleta, se puso de pie, me dijo «Gracias» en voz queda, sin mirarme, y se alejó por la calle en la misma dirección por la que había venido. Me la quedé mirando. El calor creaba espejismos a su alrededor convirtiéndola en una suerte de espíritu, en una aparición.
Decidí no pedir más comida. Era demasiado deprimente, y no podía seguir esperando a pleno sol por miedo a desmayarme. Fui al teléfono y llamé a DINA — seguían sin noticias del motor—, me lavé a toda prisa en el campo y tomé un taxi a la palapa número 8.
Estaba abarrotada. Eva me dedicó una sonrisa fugaz y fue Helena quien vino a tomar la orden. Luego me tocó esperar una eternidad. No me sentía con energías para retar a los tipos con la mirada, ni siquiera tenía ganas de observar a Eva cuando saliera de la cocina, de modo que me senté en una mesa alejada y me puse a contemplar las obras. No parecían haber avanzado desde mi última visita a la palapa, pese a que el grupo era numeroso y trabajaba sin pausa. Más de la mitad estaba destrozando lo recién construido a base de picos y mazos, sin contar el martillo neumático que estaba destrozando también lo último que habían hecho.
Santiago vino a sentarse a mi mesa.
—Los sobrinos han traído los bidones —le dije.
—Sí.
Ya lo sabía. Me temo que Santiago lo sabía todo.
—Sería divertido ir esta tarde a Tapachula en busca de un motor —dije.
Él se limitó a asentir.
—Es una buena manera de ir conociendo la ciudad —continué—. Y a un montón de buenas personas.
El ruido que hacían las obras era tan fuerte, que no supe si Santiago me había oído siquiera, pero entonces dijo:
—Hoy solo, amigo. Mañana yo no busco.
—¡Muy bien! —tuve que gritar a mi vez—. Hoy es el último día. Encontraremos el motor.
Llegó por fin la comida, y justo cuando me disponía a atacar, apareció un autobús y se detuvo a la altura de los faros. Una cantidad increíble de gente bajó del vehículo. Era un autobús solo, muy viejo y no especialmente grande, pero yo creo que llevaba más de cien pasajeros. Echaron a andar por la pasarela con su equipaje de bolsas de plástico y de papel.
—Gente de mi país, de Guatemala —dijo Santiago.
—¿De vacaciones? —pregunté.
—Sí. Vienen a la playa.
Era el sueño hecho por fin realidad. Habían acudido al reclamo de los faros. Varias personas se detuvieron en las palapas, pero la mayoría siguió caminando con sus pertenencias por la reventada pasarela, esquivando a los obreros, camino de la playa. A los pocos minutos estaban chapoteando en las pútridas aguas de la laguna, tan felices y contentos.
—Espero que nadie trague agua —dije.
—Este sitio es bonito —dijo Santiago—, Les gustará.
Dos hombres que sin duda eran hermanos se acercaron a nosotros ofreciéndonos unos chalecos. Eran gente amable, y los chalecos estaban bien hechos, de colores vivos sobre fondo negro. Compré uno para mi madre y los invité a tomar una naranjada. Se pusieron a charlar con Santiago, y me habría gustado entender algo más. Me pareció que la cosa iba de nostalgia. Conocían el pueblo de Santiago pues habían vendido su mercancía por toda aquella región, y decían que era como el paraíso, de bonito. Todas las montañas verdes y soleadas, ningún sonido salvo el de un arroyo de agua clara o una voz invitándote a entrar y descansar un poco. Yo estaba dispuesto a creer que tal sitio existía, después de haber visto la aldea de Purépecha cerca de Morelia. Aún era posible encontrar un rinconcito de mundo donde esconderse.
—¿Cuánto tiempo van a estar aquí? —pregunté, y Santiago tradujo.
Los hermanos explicaron sus planes con cierto detenimiento, y como yo no entendía gran cosa, Santiago me hizo un resumen.
—Viajarán por todo México —dijo—. Hasta que ven California. Si les queda dinero, pagarán a un coyote e irán a California.
—Deprimente —dije—. ¿Y cuánto dinero cuesta contratar a un coyote?
—Unos quinientos dólares —dijo Santiago, encogiéndose de hombros—. Depende.
—Diles que no vale la pena. Diles que deberían volver a su casa. Aquí solo les pasarán cosas horribles, y la única posibilidad de vivir bien es volver a su país.
—No puedo decirles eso, hermano.
Decidí intentarlo yo en español.
—Aquí muy peligroso —les dije—. Y feo. Y California es la mismo. —No sabía cómo decir en español que se fueran a otra parte. Solo sabía decir «vamos», de modo que señalé hacia Guatemala—. Guatemala —dije—. Ahorita. Es mejor.
Se rieron, pensando que lo decía en broma. Probé otra vez y volvieron a reírse. Supongo que no les cabía en la cabeza que California pudiera ser otra cosa que una maravilla. Mencionaron también la protección de Dios. Quién sabe, a lo mejor uno de los dos llegaba a alcalde de Pasadena. O igual se apuntaban al circo.
Los hermanos terminaron las naranjadas, se pusieron de pie, me estrecharon la mano diciendo cosas agradables y siguieron su camino, cada cual con un hatillo de chalecos a la espalda. Qué medieval parecía todo, cargar con su mercancía, ir de pueblo en pueblo, depender de la protección divina. Yo, desde luego, no compartía su fe. Mi previsión era que acabarían mal y separados.
—Mañana ya no serán tan simpáticos —le dije a Santiago—. Y pasado mañana menos aún.
—Te preocupas demasiado, amigo —dijo él.
—Deberías volver. Tú eres de un pueblo muy bonito.
—En Guatemala no hay trabajo, hermano. Y esto me gusta.
—¿De veras?
—Sí. Aquí hay oportunidades. Quizá algún día tengo mi propio yate.
—Okey —me reí—. Está bien. Siento haberme quejado.
Pero en el taxi, camino de Tapachula, seguía pensando en los hermanos, y en la mujer que se había hecho prostituta. Qué cosa tan frágil es la vida. Un mal paso y ya no sabe uno cómo volver. Como me ocurría a mí, con este negocio; mis amigos me habían advertido que estaba dando un mal paso y yo les dije que se preocupaban todos demasiado.
—¿Tú crees que la experiencia sirve de algo? —le pregunté a Santiago, a gritos, entre el escándalo que armaba el Volkswagen.
—¿Qué?
Tuve que repetirlo. El taxi era como una mezcladora de cemento en pequeño, pero sin agua. Polvo y piedras secas chocando con metal.
Santiago me preguntó qué había querido decir.
—Si tienes una época jodida, ¿sirve de algo haber pasado por esa experiencia?
Santiago meditó la respuesta.
—Si sacas algún dinero —gritó después—, entonces sí. Pero también si ya tienes dinero y no necesitas hacer nada para conseguirlo. La experiencia sola no sirve de nada, hermano. Lo que cuenta es el dinero.
—De acuerdo —grité a mi vez—. No en lo de que solo cuenta el dinero, pero sí en que la experiencia no vale nada.
—Es porque tú tienes dinero —bramó él—. Todos los que tienen dinero dicen lo mismo.
—Yo no tengo dinero.
—Tú tienes dinero. Tienes un yate.
—Pero estoy hasta el cuello de deudas, o sea que no tengo dinero.
—Tienes dinero.
—Bueno, dejémoslo.
No me molesté en gritar, y tampoco me importó que él no me oyera. Estaba harto de discutir de lo mismo. Aquí nadie lo iba a entender. Uno de los milagros de Estados Unidos es que podamos tener un patrimonio negativo, lo cual no resulta fácil de explicar. Y, en cierto modo, Santiago tenía razón. La libertad de tener un patrimonio negativo es, según se mire, un tipo de riqueza. O una oportunidad. Pero yo lo que quería era hablar del valor de la experiencia, saber si el tiempo que estaba pasando aquí servía de algo, porque quería consolarme pensando que no era un estúpido integral. Solo tenemos una vida, y yo echándola por la borda en este agujero.
Entramos en otro de los barrios industriales. Qué cantidad de naves y talleres es capaz de mantener una ciudad. ¿Cuántas casas normales hacen falta por cada almacén? Y, ya puestos, ¿dónde estaban las casas normales?, ¿o es que la gente vivía en su lugar de trabajo?
Pasamos frente a un comercio de radiadores. Había media docena de tipos en la entrada. Era un poco extraño, y el sitio en cuestión era un local lo suficientemente grande como para que hubiese algunos motores. Pedí dar media vuelta, pero Santiago me dijo que el taxista se negaba.
—Pues tenemos que ir ahí —insistí yo—. Es el sitio que estamos buscando.
Santiago habló otra vez con el taxista, pero el hombre siguió adelante, negando con la cabeza. Eso me puso furioso.
—Dile que pare el coche inmediatamente.
Santiago transmitió mis palabras y nos detuvimos.
—Ahora dile que dé media vuelta o que vaya en reversa y nos acerque hasta donde le parezca. El resto lo haremos a pie.
La negociación fue larga.
—¿Qué coño pasa? —exploté—. Pero ¿tan complicado es? Que ponga la reversa, y cuando se haya acercado hasta donde él quiera, que pare.
Santiago se lo tradujo y el taxista me lanzó una mirada de odio (yo ya estaba acostumbrado y no hice caso) y puso la reversa. Recorrió un corto trecho antes de detenerse otra vez para que bajásemos.
—Dice que tenemos que pagar ahora —tradujo Santiago—, Y que busquemos otro taxi después.
—Bueno —dije, y le pasé el dinero.
Pero cuando me fijé mejor en el sitio en que estábamos, no vi que hubiera ningún otro taxi. Quizá me había pasado de la raya.
El coche arrancó y Santiago y yo echamos a andar hacia la tienda.
—Debes tener cuidado —dijo él.
—Lo siento. Lo tendré.
Recorrimos varias manzanas. Los edificios eran como fortalezas; alambre de púas, rejas de hierro, cristales mezclados con cemento coronando los muros. No había sitio ni para que se posara un pájaro. Éramos los únicos transeúntes. Era como si estuviésemos viendo los restos de una de esas bombas que matan a todos los humanos pero dejan los edificios en pie.
—No deberíamos estar aquí —dijo Santiago.
—Mira, solo necesito echar un vistazo en esa tienda, y luego buscamos un taxi.
Estaba al final de la manzana, y los tipos continuaban haraganeando por allí. No había nadie más. Nos observaron sin moverse de sitio. Realmente parecían de una banda, todos vestidos más o menos igual. Ir a verlos era una locura. Mi manera de andar se había vuelto muy poco natural, como si hubiera olvidado dónde poner los pies.
—Buenos días —dije, cuando llegamos. Tenían la puerta abierta, de modo que entré.
Uno de ellos se me acercó. Llevaba un palillo de dientes entre los labios. Tal vez había almorzado tarde. Quizá era por eso que estaban todos allí fuera.
—Amigo —dijo, y luego hizo un comentario sobre mi sombrero.
Tenía la cara redonda y morena, y más oscuros aún eran los semicírculos sobre los que descansaban sus ojos. Debía de hacer meses que no dormía.
—Quiere probarse tu sombrero —me dijo Santiago.
—Vale. —Se lo pasé al tipo. Era un sombrero West Marine de ala ancha, para el sol—. ¿Le preguntas por el motor?
Santiago dijo algo, pero fue breve. El del palillo no le escuchaba; estaba examinando mi sombrero. Luego me señaló a mí y dijo algo que tampoco logré entender.
—Se queda tu sombrero —dijo Santiago—. Y ahora quiere los lentes de sol.
—¿Qué?
—Dale los lentes —dijo Santiago en voz baja. Estaba asustado.
Me quedé un momento sin saber qué hacer. Vi que el grupo de hombres se ponía tenso.
Le pasé al tipo los lentes de sol.
Él llevaba unos puestos, pero no se probó los míos. Se los lanzó al que estaba más cerca de él y luego señaló mis pies.
—Dice que quiere tus zapatos —tradujo Santiago.
Me quité las Tevas. Vi que varios de ellos sonreían. Uno dijo algo, y Santiago me informó que quería mi camisa.
Miré a Santiago y todos se carcajearon. Giré en redondo y salí de allí.
Santiago y yo echamos a andar sin volver la vista atrás. Estaba feliz por haber escapado de allí habiendo perdido únicamente el sombrero, los lentes y las Tevas. Di gracias por ello. Yo era un chiste andante, un entretenimiento, pero es cierto: estaba agradecido. Los pies me dolían porque el pavimento de la calle estaba ardiendo y había muchas piedrecitas, pero sabía que había tenido suerte. Santiago no abrió la boca en todo el rato, se limitó a caminar.
—Eres un buen amigo —le dije—. Gracias por intentar ayudarme.
El estaba concentrado en sus propios pasos, en alejarse de allí, pero al final dijo:
—No pasa nada, hermano.
Tuvimos que caminar más de diez manzanas hasta encontrar un taxi, y para entonces yo ya tenía los pies en carne viva. Cuando me senté y me miré las plantas, las tenía de un rojo subido, quemadas. Pero no se me habían ampollado aún, menos mal. Saltaría la piel, como si me hubiera quemado al sol, pero bueno.
En el centro comercial, compré gel de sábila, un antibiótico, un par de calcetines y tennis. No pude encontrar Tevas ni sandalias buenas. Bajo la atenta mirada de un guardia de seguridad del supermercado, me curé los pies y me calcé.
—Se acabó el tiempo —le dije a Santiago—. Tendré que contratar otra vez a Herbert, una pena, porque debo organizar unos chárteres en el Caribe. De todos modos, te agradezco que hayas hecho lo posible por ayudarme.
—Es muy complicado encontrar el motor —dijo Santiago— Herbert no puede encontrarlo, yo creo.
—Pues tiene que encontrarlo, porque no me queda dinero para comprar otro.
—¿Cómo lo encontrará?
—Ni idea —dije—, Pero te daré una propina, un poco de dinero extra, cuando me marche.
—Gracias —dijo Santiago—. Yo creo que Herbert no debe venir. Yo vigilo tu barco.
Me recosté en la pared y medité su propuesta. Podía regresar en unos meses, en verano, y seguir adelante con ayuda de Santiago. Me saldría más barato que contratar a Herbert Mocker. Pero si quería a Herbert, tendría que llamarlo por la mañana, así que la decisión había que tomarla cuanto antes.
Mientras cenábamos, los pies me dolían tanto que tuve que volver al supermercado para comprar Advil. Después pude disfrutar la película, ese bendito período de amnesia.
Cuando volví al barco, me encontré a Gordo en plan Buda.
—Buenas noches —dije.
—¿Qué te ha pasado en los pies? —me preguntó, viendo que yo andaba con mucho tiento.
—Alguien se quedó mis zapatos cuando estábamos buscando el motor por ahí. También se quedaron el sombrero y mis lentes de sol. Pero al menos no me han matado.
—¿Santiago iba contigo?
—Sí. Y se ha portado muy bien. Ha hecho todo lo posible por encontrar ese motor.
Gordo meneó la cabeza.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Me das pena, así que esta noche te voy a decir la verdad.
—Bueno.
—Santiago toma el motor.
—¿El diésel? ¿El motor que hemos estado buscando?
—Y el otro también.
—¿Santiago tiene el fuera de borda y el motor diesel?
—Sí.
Esperé a que continuara, pero Gordo no parecía dispuesto a dar explicaciones.
—Perdona —dije al final—, pero esto es... —Estuve a punto de decir «extravagante», pero tenía que medir mis palabras—. Resulta difícil de creer, la verdad. ¿Cómo quieres que me lo crea? Santiago es mi amigo.
—No hace falta creer —dijo Gordo—. Santiago agarra el motor pequeño, y ahora agarra el motor grande.
—Pero ¿por qué?
—Quiere quedarse tu barco.
—¿Cómo?
—Tú le dices que lo vigile y luego no encuentras el motor, te marchas, pero el barco se queda donde está, o sea que el barco es suyo. Santiago cree que será un gran hombre. Pero luego me contratas a mí para que vigile el barco, o sea que el barco será mío. Santiago cree que yo no lo sé, pero sí lo sé. O puede que Capitanía se queda el barco. Ya has visto a uno de los hombres de Capitanía esta mañana. El te vigila.
—¿Has dicho tu barco?
Gordo me puso una manaza en el hombro.
—Yo no quiero ningún daño para ti —dijo—, Pero cuando te marchas y Santiago intenta quedarse el barco, el barco lo agarro yo. Es un buen barco y tú no lo necesitas.
—Claro que lo necesito —protesté—. Debo mucho dinero por él, ya son unos ciento cincuenta mil dólares.
Gordo se encogió de hombros. Ni siquiera el capo del crimen creía en mis deudas.
—Esto es de locos —dije.
—La verdad es de locos —dijo Gordo—. Si algo te parece de locos, seguro que estás oyendo la verdad.
—No pienso renunciar a este barco —le dije—. Aunque tenga que volver y tirarme aquí sesenta años, yo no renuncio a este barco.
Gordo se encogió otra vez de hombros.
—Es cosa tuya, amigo, pero ten cuidado. Te juegas la vida. Deberías marcharte enseguida. Y dejar el barco.
Yo ya no sabía qué creer, ni qué era lo que se traía Gordo entre manos. Ahora me daba miedo, pero decidí sondearle un poco más.
—No creeré nada si no hay pruebas —dije—. ¿Dónde guarda Santiago los motores?
Gordo se echó a reír.
—Qué gracioso eres, amigo.
—Hablo en serio —dije—. ¿Sabes dónde están los motores?
Gordo miró en derredor y negó con la cabeza.
—Sé dónde está el motor pequeño. Cerca de las palapas. No sé dónde guarda el motor grande, porque eso es en Tapachula. Yo no controlo Tapachula. Sé que se lo llevó y sé que lo tiene allí, pero no sé dónde.
—Bueno, pues dime dónde está el fuera de borda, y luego creeré lo que dices del motor diésel.
—Tú no lo entiendes, amigo —dijo Gordo—. Aquí nadie te ayudará. ¿Por qué tendría que hacerlo yo?
—Me has ayudado contándome lo de Santiago.
—Quizá no. Quizá te digo esto y entonces tú buscas el motor pequeño y te matan, y así yo me quedo tu barco. —Se puso en pie, se palmeó la barriga y bostezó—. Buenas noches, amigo. Ahora todo el mundo te vigila.
Saltó al muelle, una enorme masa marrón con un short deportivo y chancletas, y caminó tranquilamente hacia la oscuridad del campo. Yo me quedé allí de pie, mirándolo, hasta que solo fue una sombra, y luego se iluminó de nuevo, su piel reflejando la luz, al salir por el otro lado de la palapa. Estuvo unos minutos con sus hombres, imagino que hablando, pues varios de ellos miraron hacia donde yo estaba. O eso me pareció, estaban demasiado lejos. Por fin, Gordo se tumbó en su hamaca.
A quella noche no dormí, y tampoco fui capaz de pensar. Si lo que Gordo decía era cierto, entonces había que reconsiderar todos los momentos pasados con Santiago. Cada una de sus palabras significaba otra cosa. Todos sus actos respondían a motivos distintos. Y él me llevaba mucha ventaja. Yo no podía saber en qué fase de su plan estaba ahora, solo que no estaba a su altura. Incluso podía ser que Santiago estuviese confabulado con Mike, mi cocinero. Mike le había preguntado a Herbert por la legislación mexicana sobre salvamento marítimo. Entonces no le di importancia, pero ahora era como para asustarse de verdad. Además, Mike tenía una pistola, una Glock de 9 milímetros. Podía incluso estar ahora mismo en las palapas, colaborando con Santiago. Era una locura, pero podía ser así. Mike había desaparecido del mapa con mi dinero; y Santiago era la única persona que me había dicho que Mike se había marchado realmente a Costa Rica.
Luego estaba la posibilidad, muy factible, de que todo cuanto Gordo me había dicho fuese mentira. Eso me enemistaría con Santiago y pondría nuevas trabas a mis esfuerzos, facilitando que Gordo se quedara con el barco. O tal vez tenía alguna otra razón para ponerme en contra de Santiago. Yo quizá era un simple peón en un plan de gran envergadura que nada tenía que ver conmigo y sí, en cambio, con el puerto mismo y probablemente con drogas. Quizá me habían tendido una trampa, bien a beneficio de Gordo y sus negocios, bien para que pagara el plato en su lugar. Quizá había dejado él la pipa en el barco, y quizá acababa de dejar unos cuantos kilos bien empaquetados en la sentina de mi barco como ofrenda al capitán de la armada o al capitán de puerto. Sí, cabía también esa posibilidad, aunque no sé qué relación podía tener eso con Santiago.
Lo que de verdad interrumpió mis cavilaciones fue la idea de que mis desventuras respondieran a un plan ajeno. Eso no se me había ocurrido, que alguien pudiera realmente estar tramando algo contra mí. Tal vez era un ingenuo, pero había dado por supuesto que los pequeños hurtos y demás no tenían relación entre sí y respondían a eso de que la ocasión la pintan calva. Como los piratas: aquella gente no eran verdaderos piratas, vieron una oportunidad y decidieron que había que aprovecharla. También había supuesto que quienquiera que me había robado el motor lo había hecho, probablemente, por necesidad. Y que el ladrón de mi motor diésel iba a obtener dinero simplemente porque se encontró con el motor en sus manos. Pero la idea de que todo estuviera relacionado y que respondiera a un plan era de lo más aterrador, porque ¿cuál era el resto del plan y quién más estaba implicado? ¿El pretendiente tenía algo que ver? El tipo quería matarme, de eso no había la menor duda, pero ¿acaso alguien le estaba diciendo que esperara un poquito más?
El corazón no me latía deprisa, pero los latidos eran más fuertes de lo normal, como si el corazón no cupiera del todo en mi pecho y estuviese tensando las venas al bombear. Los dedos los tenía gruesos como pontones. Y luego empecé a respirar con dificultad. Era una especie de ataque de pánico, de modo que me levanté y me puse a andar por el barco. Bebí una botella entera de agua y subí a cubierta. El aire era relativamente fresco aunque yo seguía sudando, y entonces me dije: Tengo que hacer algo enseguida. Tengo que devolver el golpe. Abrí la tapa de la sala de máquinas y la sentina y me puse a buscar. Lo hice con una linterna pequeña para que nadie se enterara.
Los generadores de la flota pesquera hacían tanto ruido como cualquier otra noche, pero yo apenas si lo oía. Mi respiración y mi sangre y el haz de la linterna buscando en todos los recovecos del buque. En la parte donde el casco se curvaba, la pared áspera pintada de gris parecía una cueva, y las sombras que producían los cables eran como telarañas. Estuve boca abajo durante buena parte de la búsqueda, el torso colgando hacia la sentina, y entonces oía algo y me izaba rápidamente para iluminar el salón con la linterna y luego subir lentamente la escalerilla para mirar por arriba. Hecho esto, volvía a bajar a la sentina y continuaba la búsqueda. Me sentía desprotegido, mi cuerpo un saco de vísceras sostenidas apenas por una piel fina como papel de fumar.
No encontré nada. Me acosté otra vez y permanecí despierto, asustado, intentando recordar todo lo que Santiago había dicho o hecho. Aquella misma tarde me había comentado que algún día tendría un yate. Y que no mandara a Herbert. A mí ya me había extrañado eso. Cuando estaba sujetando la cadena del ancla, cubierto de aquel lodo maloliente, y su amigo nos remolcaba hacia el nuevo punto de anclaje, me había entrado la paranoia de que Santiago quizá lo controlaba todo. De eso hacía tiempo, pero ya entonces abrigaba sospechas.
Pero cuantas más vueltas le daba al asunto, más me parecía fruto de la paranoia. Santiago estaba ayudándome; no había más que hablar. Y si las cosas habían salido mal, no era por su culpa. En fin, no podía creer que Santiago me la hubiera estado jugando todo el tiempo. Necesitaba averiguar quién tenía escondido mi motor fuera de borda. Esa era la clave de todo. Y si lo del motor no estaba relacionado con Santiago, entonces Gordo mentía.
Estaba completamente agotado y mis pensamientos fueron perdiendo claridad según se iluminaba el cielo. Estaba cayendo en mantras.
Una vez hubo salido el sol, abandoné el barco y crucé el campo hacia el escusado de Gordo. Ahora me daba miedo pasar cerca de sus hombres, pero no ocurrió nada. Me saludaron todos en silencio, a la manera habitual, como si nada hubiese cambiado.
Volví al barco y eché un vistazo al tanque de gasóleo. Ahora estaba vacío, y se suponía que debía llenarlo tres veces de agua, pero mi intención era convencer al soldador para que lo examinara antes.
Calzado, sombrero, lentes de sol: todo nuevo y todo barato. El mundo parecía de color rosa. Al comprar los lentes, no se me había ocurrido ese estereotipo, pero la falta de sueño hizo que mi cerebro se quedara anclado en el chiste. Pasé por delante del pescador que quería matarme, y hasta él se veía sonrosado.
Fui al barco donde había encontrado al soldador la primera vez. Ahora les faltaba un cacho de pasamanos. Se había desprendido, probablemente en alta mar y probablemente con una mano asida al mismo.
—¡Hola! —llamé—. ¿Es el soldadero aquí?
No estaba seguro de que fuese la palabra correcta, pero me sonaba algo así.
Esperé a pleno sol, que a esta hora calentaba ya de forma espectacular, hasta que un hombre salió de una de las bodegas. Me habló muy rápido, le pedí que repitiera y creí entender que el soldador estaba en otro barco. Helio, me recordó que se llamaba: el sol. Un nombre perfecto para un soldador.
Le mostré al pescador un billete de mil pesos, el equivalente a unos ciento veinticinco dólares.
—Mi motore es aquí en el puerto. Un motore muy pequeño, seis caballos. ¿Sabes, dónde está?
Si el tipo conocía el paradero de mi fuera de borda, quizá cinco meses de ingresos medios le animarían a decírmelo.
Echó apenas un vistazo fugaz al dinero, dijo que no lo sabía y volvió a la bodega.
En el siguiente barco pregunté de nuevo por el soldador y por el fuera de borda, ofreciendo el dinero. Fui a todos los barcos y repetí la pregunta a todo el que veía. Había decidido preguntar a todo individuo, no solo en el muelle pesquero sino también en las palapas. Alguien aceptaría el dinero.
Finalmente localicé a Helio. Recién salido de una sentina donde sin duda habría estado soldando algo para que el barco no se partiera en dos. El sol le hizo pestañear. Me dijo que «mañana», para variar, pero yo insistí y le puse cincuenta pesos en la mano para que viniera a ver el tanque, y accedió encogiéndose de hombros.
Caminar por aquella calle polvorienta empezaba a ser un acto icónico. No eran más que unos centenares de metros, pero parecía haber adquirido la relevancia de una calle mayor antes del típico tiroteo. Casi esperé ver a cuatro o cinco hombres en fila, con espuelas, al otro extremo. Y uno escupiría jugo de tabaco cuando yo llegara.
Pero en el barco solo estaban los niños, disgustados por el escamoteo de su desayuno. Esa mañana yo me había marchado muy temprano.
Hice bajar a Helio para que mirara el tanque y luego subí a cubierta con la mantequilla y la mermelada. Aquellos niños eran probablemente mis únicos aliados; era preciso tenerlos contentos. Cuando volví abajo, apenas un par de minutos después, Helio ya había decidido que no era posible soldar el tanque.
—¿Por qué? —le pregunté yo.
Respondió con evasivas. Mucho gesticular, un cabeceo lateral expresando tanto la inviabilidad del proyecto como su propio pesar, y un montón de frases que no entendí. Pero aunque yo sabía poco español, me quedó claro que Helio estaba improvisando.
Insistí.
—¿Por qué?
Más de lo mismo, pero nada concreto que yo pudiera entender. Y cuando le pregunté el motivo una vez más, él preguntó por Santiago.
—No Santiago —dije.
Helio se encogió de hombros y se marchó. Así pues, me tocaría meter otra vez el gasóleo en el tanque. En este puerto, si uno intentaba que le arreglaran algo, acababa compadeciéndose de Sísifo.
Estaba hambriento y me fui al restaurante. Ahora, de pie al lado del pretendiente, no solo estaba el gordito de Capitanía, sino también el pescador borracho —que había abandonado su puesto junto a la cerca— y uno de los hombres de Gordo. A saber lo que podía significar eso, pero no auguraba nada bueno. Para llegar al teléfono hube de pasar por delante de los cuatro. No los saludé y ellos tampoco a mí; simplemente me miraron.
Sentado de espaldas a ellos, telefoneé a Herbert. Estaba jovial como de costumbre, hasta que le conté las noticias.
—¿Que has perdido el motor? —dijo.
—No se sabe dónde está —respondí—. En Tapachula, pero nada más.
—Tienes que encontrarlo como sea.
—Ya. Estoy en ello. Oye, ¿no podrías venir otra vez, instalar el motor y llevar el barco a San Diego? Tengo que sacarlo de aquí cuanto antes y se me acaba el tiempo.
—Pero si no tienes el motor...
—Ya lo sé —dije—. Y puede que no lo encuentre antes de irme de aquí, pero tu ayuda me vendría muy bien. Creo que tú sí podrías encontrarlo.
—Pues yo creo que tienes que buscarte otro mecánico.
No era fácil centrarse, teniendo a aquellos cuatro detrás.
—Herbert, por favor. Ahora ya estoy suplicando. Te he pagado el avión un par de veces, y lo cierto es que no tengo a nadie más. Pagaré los boletos de tus ayudantes, si es necesario.
Herbert se lo pensó. Si yo dejaba el barco en manos de Gordo o de Santiago durante un par de meses, quizá no lo volvería a ver.
—Está bien —dijo Herbert al fin—. Lo voy a hacer por ti. Para que veas la clase de persona que es Herbert Mocker.
Le di las gracias, concretamos cómo hacerlo, y luego me levanté y fui hacia la barra sin mirar a los cuatro tipos. Pedí pollo diablo, o sea muslos, confiando en que aquí los prepararan mejor que en las palapas. Debí pedir una torta para llevar, habría sido mucho más rápido, pero estaba inquieto. Me fastidiaba bastante, eso de que me mandonearan.
Fui a sentarme al sitio de costumbre, fuera, y contemplé los barcos teñidos de rojo óxido y el agua rosácea. El polvo del camino era de un rosa subido. Pensé en lo que podía ocurrir cuando llegara Herbert. Me tocaría comprar boletos de ida y vuelta para cuatro, otra pequeña fortuna, pedir prestado una vez más, pero después de lo que me había dicho Gordo, no creía que hubiese otra alternativa. No sabía qué pensar de todo el asunto, pero al menos tenía la certeza de que no podía fiarme de nadie.
Noté una mano en el hombro; era mi amiga, la que se había hecho prostituta. Estaba yo tan ensimismado que no la había oído acercarse.
Se levantó el ceñido top dejando al aire sus pechos rosa oscuro y balbució: «Me love me». Estaba como una cuba.
—No, gracias —dije yo, y me sentí triste otra vez. No me esperaba que pudiera ser tan deprimente. Supongo que ella me caía bien. Parecía una buena persona, era divertida y tenía estilo.
Me dedicó una gran sonrisa ebria y a punto estuvo de caerse al dar media vuelta. Logró recuperar el equilibrio, y entonces el pretendiente dijo una grosería. No entendí toda la frase, pero pude distinguir la palabra «puta». Quise advertir a mi amiga, habida cuenta de lo que le había pasado a aquella otra mujer que acabó con la frente aplastada contra la pared, pero no sabía qué decir, me faltaba vocabulario. Además, todo sucedió muy rápido. Ella volvió la cabeza, como si no le hubiera oído bien, y el tipo dio un paso al frente y se lo repitió con una sonrisita.
Ella no lo pensó dos veces. Vi cómo el pretendiente se echaba atrás, y un momento después los hilillos de sangre que brotaban de su mejilla, pero no vi cómo le tocaba ella. Los otros hombres se lanzaron sobre la prostituta y la tiraron al suelo a golpes; yo me levanté y corrí hacia ella, pero me detuve en seco. El sicario de Gordo me daba un miedo especial. Tenía una cicatriz que le cubría media cabeza, le faltaban dientes y un dedo y estaba hasta el tope de coca. El tipo me miró fijo, le propinó un puntapié a la mujer, en el estómago, y esperó un momento para ver mi reacción. Luego la pateó otra vez.
Los otros se sumaron mientras ella se debatía en el suelo; consiguió arrastrarse hasta donde yo estaba y me agarró un tobillo.
—Ayúdame —dijo.
Le estaban pateando el estómago, la espalda, el pecho, incluso la cara. Yo tenía al pretendiente a solo unos centímetros, mirándome de hito en hito mientras daba patadas.
Yo quería ayudarla, pero sabía que si me metía, aquellos cuatro me iban a matar; solo estaban esperando a que hiciera un movimiento.
—Por favor —les rogué.
Y los hombres pararon. Les bastó con esas palabras; tal vez por el mero hecho de decir algo había cruzado la línea.
Me miraron los cuatro, a la espera. Se había congregado allí un corro de pescadores, transeúntes a punto de ser testigos de la muerte de la prostituta, o del gringo, o de ambos quizá. También habían acudido mis amigos los niños.
El sicario de Gordo fue hasta la pared para agarrar un bloque suelto de concreto, volvió y se detuvo junto a mi amiga tirada en tierra, a unos centímetros de donde yo estaba, el pretendiente al otro lado. Yo de buena gana habría retrocedido, pero ella seguía aferrada a mi tobillo. Cuando la miré, me pareció que estaba medio inconsciente. Tenía los ojos cerrados pero se movía un poquito.
El hombre de Gordo levantó el brazo en cuya mano sostenía el bloque y empezó a bajarlo al tiempo que decía «uno». Yo no me lo podía creer. Deseé parar el tiempo, que el mundo se detuviera.
El hombre levantó de nuevo el brazo y lo volvió a bajar diciendo «dos». Lo subió otra vez.
A la de tres, el sicario ejecutaría a la mujer que yo tenía a mis pies. Al mirarle con detenimiento y ver la cara de placer con que se disponía a descargar el bloque, no me cupo duda de que lo había hecho otras veces. Tuve casi la sensación de que podía ver esas otras ocasiones, y entonces comprendí quién era Gordo.
—Tres —dijo el hombre, y bajó el bloque pero luego lo arrojó a un lado y se rió de mí a carcajadas.
Todos rieron. Quedó en evidencia que yo era un cobarde.
Se apartaron todos y yo me arrodillé junto a ella, sosteniéndole la cabeza mientras me preguntaba si conseguiría llegar a un taxi, pero alguien me tiró al suelo de un empujón. Era una de sus amigas. Había un hombre mayor con ella, y entre los dos la levantaron.
—Puedo ayudarles —dije, pero no me hicieron caso.
La transportaron entre ambos una treintena de metros y se metieron en uno de los edificios. Yo los seguí, pues había que llevar a mi amiga al hospital. Llamé repetidas veces a la puerta, pero nadie acudió.
Al volverme por fin, vi que la pequeña muchedumbre no se había movido del restaurante. Yo tenía que pasar forzosamente por allí. Iba a ser todo un reto. Decidí caminar despacio y mirando al frente.
Los cuatro hombres de antes quedaban a mi derecha y se aproximaron al llegar yo a su altura. Los pescadores y los niños se apartaron hacia la izquierda, dejando un pasadizo. Me sentí muy solo. Los niños eran los únicos que no deseaban verme muerto, e incluso ellos parecían considerarlo un espectáculo interesante. Me prometí a mí mismo no volver a aquel restaurante. Si ahora me dejan pasar, pensé, no vendré nunca más. Pero los hombres se me iban acercando y yo, por suerte, acerté con las palabras adecuadas:
—No regreso aquí.
Continué andando, siempre con la mirada al frente pese a que ahora tenía a los cuatro en mi punto ciego. Seguí derecho hasta dejar atrás la vivienda de Gordo y cruzar el campo y llegué al barco. Fui abajo, me senté en la cama y, aprovechando que nadie podía verme, rompí a llorar como un niño, un bebé alto y fuerte. Sentía pena por mi amiga a la que habían golpeado, y sentía pena por mí mismo; estaba muerto de miedo, sobre todo por Gordo y Santiago, y quería matar a toda aquella gente.
Tuve que sonarme la nariz. De vez en cuando me sobrevenía el llanto otra vez, pero me fui dominando poco a poco. Ya no me acordaba de la última vez que había llorado —creo que hacía años—, pero me sentó bien. Llorar no cambiaba el hecho de que a ella la hubieran lastimado ni de que alguien deseara mi muerte, pero al menos me sentí un poco mejor.
Por más que quisiera hacer algo por ayudarla, no podía volver a aquella parte; ni siquiera andar otra vez en dirección al restaurante y la flota pesquera.
Subí a cubierta con la ración de mantequilla y mermelada para los niños, pues mi idea era no volver hasta la noche. Se mostraron huraños, no me dirigieron la palabra ni me miraron siquiera, pero aceptaron la merienda. Yo me aposté en la esquina a la espera de que pasase un taxi, siempre del lado del campo, y finalmente monté en uno para ir a las palapas.
Los faros gemelos me parecieron esa tarde maravillosamente inocentes, tan prometedores y vistosos a la luz del sol. Era un gran alivio estar en la parte segura del puerto. La palapa número 8 estaba abarrotada y decidí ir hasta las obras. Me situé detrás de una cuadrilla que trabajaba en hilera con picos y mazos y martillo neumático y enseñé los mil pesos. Tardaron un poco en reaccionar, pero luego varios de ellos me miraron, dejaron de trabajar, el resto hizo otro tanto, y por último el del martillo neumático paró también. El generador continuaba en marcha, de modo que tuve que gritar para hacerme oír.
—Mi motore es aquí —les anuncié—. Seis caballos, para un yatche. Un mil pesos. ¿Sabes, dónde está?
Varios de ellos miraron hacia la palapa 8 y la vivienda de Santiago, o así me lo pareció. Fue apenas un momento.
Nadie dijo nada.
—¿No? ¿No quieres un mil pesos? —pregunté—, ¿Dos mil pesos? —probé a continuación.
No llevaba tanto dinero encima, pero podía conseguirlo rápidamente si alguien se decidía a hablar.
Los hombres me miraron y miraron los pesos durante unos segundos más. Luego, varios de ellos volvieron al trabajo, el resto los imitó y el martillo neumático se puso en marcha otra vez.
Seguí caminando por el paseo al borde del mar, agitando los billetes delante de cada palapa y también de las frotadoras de ladrillos. Por fuerza tenía que interesarles el dinero. Estaban frotando ladrillos, ¿no?, y yo les ofrecía el salario de casi un año. Pero apartaron la vista. Aparentemente, los problemas derivados de mi fuera de borda requerían algo más de dos mil pesos.
Entré en el bar que había al final del paseo y pregunté a la amiga del Oso si quería los dos mil pesos, pero se limitó a negar con la cabeza. Fui hasta las pangas varadas en la playa y pregunté lo mismo a los pescadores. Me fijé en que tenían motores Yamaha, de 75 caballos, motores nuevos que costaban entre cinco y diez mil dólares. Por lo tanto, eran ricos. Eran los traficantes de droga. Me dijeron que no y vi que sonreían e intercambiaban risas a mi costa.
Regresé hacia las dunas, camino de donde vivía Santiago, y entonces oí pasos a mi espalda, alguien que venía corriendo de la parte de la playa. Era Santiago.
—¡Amigo! —gritó—, Pero ¿qué haces? ¿Quieres que te matan?
—Eso intento, sí —dije—. Pero de momento nadie ha aceptado mi ofrecimiento.
—Esto no es broma. Tienes que tener cuidado. Los hombres que roban tu motor son malos.
—¿Y quiénes son, por cierto? —pregunté—. Tengo que hablar con ellos.
—Amigo —dijo Santiago, meneando la cabeza.
—Hablo en serio. Tú sabes dónde está ese motor. Llévame, o al menos dime adonde tengo que ir. Si no estás dispuesto a hacer eso, ¿cómo voy a confiar en ti?
—Amigo —repitió él.
Por lo visto, lo que yo decía era tan manifiestamente ridículo que no merecía ninguna otra reacción por su parte.
—Enséñame el puto motor —dije.
Santiago desvió la vista hacia las pangas. Una característica de la cultura mexicana —o guatemalteca, o cualquiera que fuese la cultura dominante allí— es que nadie se toma los insultos a la ligera. No es como en California. Si dices según qué palabrota, el ambiente cambia. Y era lo que yo necesitaba. Estaba hasta el tope de que me tomaran el pelo.
—Si te cuento esto, te matarán —dijo Santiago—, Eres mi amigo, por eso no te lo quiero decir.
Bajo el sol ardiente, con Santiago, me quedé sin saber a qué atenerme.
—Vamos a la palapa —propuso—. Quizá Eva está libre y podemos ir a Tapachula.
Intentaba salirse por la tangente, eso era obvio, pero yo ya no sabía a quién más preguntar por el fuera de borda, y además estaba agotado. No había pegado ojo en toda la noche, no había comido ni bebido nada desde primera hora de la mañana. Estaba mareado.
—Bueno —dije—, pero me estoy hartando de que Eva también me tome el pelo.
Regresamos por la playa. Miré el reloj y me sorprendió que fueran ya las tres. Hacía unas nueve horas que no ingería sólidos ni líquidos, una estupidez con aquel sol abrasador. Me sentí cansado, arrastrando los pies por la arena.
Nos sentamos a la sombra rodeados por el ruido increíble, y Helena vino a tomar la orden. Eva estaba ocupada; todos los hombres se la comían con los ojos y le pedían más cerveza.
—No estará libre —le dije, grité, a Santiago.
—Le digo que tú marchas pronto —gritó él en respuesta—. Hablo con el dueño también, y quizá la deja salir. A Helena también, quizá. Voy ahora.
Se metió en la cocina y al cabo de un buen rato volvió a salir y acorraló a Eva. Cuando ella miró hacia donde yo estaba, no pude evitar que renacieran mis viejas esperanzas. Era joven y bella, y no hay carta más alta que esa.
Santiago volvió sonriente.
—Dentro de una hora nos vamos —dijo—. Come un poco, amigo, bebe algo. Y después vamos a Tapachula.
—Gracias —dije, y debo reconocer que me ilusionaba salir.
Pensé también en la inocencia de Santiago. El no podía chasquear los dedos y que las cosas sucedieran; tenía que hablar con la gente, negociar, como cualquier persona. Aquí el peligroso era Gordo.
Comí, bebí, e incluso apoyé la cabeza en la mesa y eché un sueñecito. Pronto estaría con Eva.
No fue una hora sino dos, claro está, al ritmo del reloj local. Yo ya estaba impacientándome como siempre, pero por fin apareció Eva, recién bañada, con una falda corta y una camiseta, y Helena detrás.
Ya en el taxi, los cabellos de Eva, todavía mojados, me humedecían el hombro. Ella parecía cansada pero también más cariñosa, me había rodeado con ambos brazos y apoyaba la cabeza en mi hombro. Esta vez no se puso a parlotear con Helena ni se inclinó sobre mí, provocándome. Estaba callada y parecía que se ponía cómoda.
Cerré los ojos y gocé de aquella sensación.
Mientras cenábamos, le pregunté a Eva por su casa en Guatemala. Ella miró un momento a Santiago y luego dijo que no había gran cosa que contar. Que era un sitio bonito, con montañas.
—¿Cuántos gente? —pregunté.
Miró otra vez a Santiago. El bajó la vista y ella, tras un lapso demasiado largo, respondió:
—No sé.
—¿De dónde viene? —pregunté.
Eva miraba a Helena y Santiago pidiendo ayuda, pero ninguno de los dos levantaba la vista del plato respectivo. Eva se cruzó de brazos y miró hacia el cine.
—¿Nicaragua? —insistí—. ¿El Salvador?
—Honduras. —Fue Santiago quien respondió—. Eva es de Honduras. Helena y ella son hermanas.
—¿Hermanas?
—Sí.
Eva continuaba sin mirarme.
—¿Y por qué no me habías dicho la verdad? —pregunté—. ¿Qué problema hay? ¿Qué pasa por ser de Honduras o porque Helena sea su hermana? —Apoyé una mano en el hombro de Eva—. Tranquila —le dije.