Cocodrilo

David Vann · Capítulo 1 de 1 · parte 2/8

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Cocodrilo

Cocodrilo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

—No sabría decirle. La suficiente para formar una tripulación. Algunos amigos míos dijeron que bajarían, pero los planes siempre pueden cambiar.

—Yo creo que esto es un barco de alquiler.

—No —dije yo—, en absoluto.

—Yo creo que sí. Creo que usted no tiene los papeles necesarios pero piensa alquilarlo de todos modos. Para sacar un buen dinero...

—Yo no alquilo nada —dije—. Lo único que quiero es llevar mi barco al Caribe.

—¿Y una vez allí lo alquilará?

—Puede, pero no es lo que estoy haciendo ahora.

—¡Ajá! Si tiene pensado alquilarlo, entonces esto es un barco de alquiler, ¿no?

—A bordo no hay ningún pasajero de pago, de modo que esto es una embarcación de placer, con bandera estadounidense. El barco fue matriculado en Estados Unidos, tiene los papeles en regla, y yo soy ciudadano estadounidense.

Había que detener su impertinencia.

Él me miró durante un par de largos segundos y sonrió.

—Amigo mío... —dijo. Y entonces me tocó el pelo, encima de la oreja—. Puedo recomendarle un buen peluquero, solo tiene que decirlo. Aquí estaré. Este es un puerto muy peligroso, en una zona fronteriza peligrosa, mucha droga, muchas armas, mucha gente de otros países que no debería estar aquí y que intenta sacar provecho de nuestro democrático país. Pero aquí estoy yo para vigilar. —Se señaló los ojos con sendos dedos separados de una mano, y luego los dirigió hacia mí—. Dos ojos — sentenció, y creo que supe interpretarlo bien. Viene a ser como el signo de la victoria pero con un punto inquietante.

No respondí nada, y tampoco creo que el capitán esperara de mí una respuesta. Se suponía que quien tenía la última palabra era él. Subió por la escalerilla seguido de sus hombres y se marcharon en la patrullera mientras yo permanecía abajo. El gringo espantado, escondiéndose, tal como tenía que ser.

No intenté conciliar el sueño otra vez. Fui a tierra en el bote de remos, entré en una palapa donde todavía había gente bebiendo y pedí huevos rancheros. No estaban en la carta, pero al parecer sabían de qué se trataba. Comer huevos en aquel sitio era una operación de peligro, pero el riesgo me parecía pequeño comparado con todo lo demás.

El grupo de albañiles continuaba trabajando, aunque supuse que hacían turnos. Había además un montón de mujeres frotando ladrillos contra ladrillos —a las cinco y media de la mañana— y esparciendo arena sobre la acera nueva... para luego barrerla. Otra forma de envejecer la plaza, supuse yo. Daba la impresión de que podían pasarse años así.

Llegaron los huevos rancheros: dos, fritos, nadando en la misma baba colorada que el famoso pollo diablo. Pedí tortillas de maíz, me trajeron cuatro de harina, y puse manos a la obra. No estaban mal. Tomé nota de que ya sabía dos platos que podía pedir.

Estaba terminando cuando apareció Santiago. Era una buena señal, me dije, puesto que era temprano. Pero entonces comprendí que alguien me habría visto entrar y le habría despertado obedeciendo órdenes, cosa que asustaba un poco. Santiago tenía una buena mata de pelo, lo llevaba un poco más largo que la moda local. A diferencia de casi todos, no usaba bigote, y su expresión era seria. Después de saludarnos, intenté averiguar alguna cosa sobre él. Me dejó bien claro que era guatemalteco, no mexicano.

—Aquí la mayoría de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua. No muchos mexicanos.

—¿Gente que cruzó la frontera en busca de un empleo mejor? —pregunté.

—Sí. Aquí empleo mejor —respondió.

—¿Cuánto gana una mesera, en esta palapa?

Santiago hizo cálculos.

—Unos doscientos pesos al mes.

Es decir, veinticinco dólares. Me quedé pasmado. Esperaba un salario bajo, pero no tanto. Comprendí que el dólar y pico que pagaba yo por el desayuno, y que me había parecido poco, debía de ser un precio hinchado.

—¿Tú tienes un empleo? —le pregunté.

—No —dijo—. No todos días. Pero trabajo de intérprete. Ayudo a gente de yates con sus papeles.

—¿Qué hacían Mike y Elizabeth y el resto de la tripulación mientras estaban aquí?

Santiago se rió.

—Beben mucha cerveza. Mike y su amigo cogen chicas de aquí. Ninguno trabaja. Hablan de ti, dicen cómo es que no das dinero y que tu barco no vale nada, y que te vayas al diablo.

—Caramba, qué bien —dije yo—. Imagino que era de esperar.

—Yo te veo bien —dijo Santiago.

—Gracias.

Por fin llegó su desayuno. Yo le había dicho que pidiera lo que quisiese, y él había pedido lo mismo que yo.

—En California —comenté—, la comida mexicana es diferente. Te pondrían salsa, crema ácida, guacamole, frijoles y arroz... Y las tortillas serían de maíz.

—California es un país rico.

—Es verdad.

Le conté que estaba esperando al mecánico e intenté explicarle lo que había que hacer en el motor.

—Yo puedo ayudar —dijo Santiago—. Aquí tienes cuidado. Esto no es California. No puedes hacer mucho, aunque sepas alguien te estafa. Yo sé quién se lleva tu fuera de borda, pero eso no quiere decir que puedes recuperarlo.

—¿Sabes quién se llevó el fuera de borda?

—Sí. Pero es no importante. Los que lo cogen son familia del capitán. Y tienen armas.

—Me da lo mismo —dije—. Pienso recuperar ese motor. ¿Dónde viven?

—Yo no te llevo, hermano. Habla con el capitán, le dices que sabes quién lo tiene, pero no hables de mí nada, y a ver qué dice. Ya lo verás. Es imposible que tú recuperas el motor.

—Hablaré con él, de acuerdo. Y no diré nada de ti. Oye, ¿y donde te localizo si el mecánico se digna venir?

—Vivo detrás de las barcas. Preguntas por Santiago. Pero ir luego a verte yo. El mecánico no vendrá esta mañana. Quizá hora de comer.

Nos dijimos adiós y yo me encaminé hacia la capitanía de puerto. Quería recuperar mi motor.

Aún estaba cerrado. Había olvidado que abrían a las nueve. Como no tenía otra cosa que hacer, me senté en los escalones y estuve esperando un par de horas, medio enloquecido por el sol.

Finalmente, una hora después que el resto del personal, compareció el capitán, pero no quiso recibirme enseguida. Para cuando se dignó hacerlo, yo llevaba ya casi cuatro horas esperando y estaba medio desquiciado. Abrevié la fase de los saludos y demás —«Buenos días, cómo está», etcétera— y luego dije:

—Parece ser que los hombres que robaron mi motor fuera de borda están aquí en el pueblo.

El capitán se limitó a sonreír, mirándome como si esperara que yo añadiera algo más.

—Creo que puedo decirle qué casa es, si me presta usted algunos hombres para ir a buscarlo.

El capitán sonrió otra vez, se retrepó en la silla y miró a su alrededor. Después se inclinó al frente, juntando las manos sobre la mesa.

—¿Trae sus papeles? —me preguntó.

—¿Mis papeles? Oiga, yo he venido para hablar del motor fuera de borda.

—¿Trae la documentación?

—Usted ya tiene copia de todo. Cuando llegué al pueblo, fue usted mismo quien me dio los papeles, después de hacer copias de todo. Y se quedó el original del despacho de aduana.

—Necesito ver que tiene sus papeles.

De modo que Santiago estaba en lo cierto; pero yo no tenía ganas de rendirme.

—De acuerdo —dije—. Volveré al barco. ¿Alguna otra cosa que quiera usted de allí, aparte de los papeles?

—No. Solo los papeles.

Subí al bote y remé hasta el barco a pleno sol, tomé todos los papeles —incluidos la documentación del barco y mi pasaporte—, me di otra tanda de remar y fui hasta la oficina.

Me hicieron esperar media hora más, y eso que el capitán no tenía ninguna otra visita. En el vestíbulo no había nadie más que yo, esperando, mientras él estaba allí sentado a su mesa, mano sobre mano. Pude verlo porque la puerta estaba entreabierta.

Cuando me hicieron pasar, fui derecho hasta su mesa y le entregué los papeles. Él me indicó que tomara asiento, sin decir nada, y se puso a examinar los papeles uno por uno, con gran parsimonia, aunque era evidente que no le hacía falta leerlos.

—Sus papeles —dijo al cabo—. Ya puede cogerlos.

Me levanté, los tomé de la mesa y volví a sentarme. Mi silla estaba como a seis metros de él; la mayor parte del tiempo me encontraba muy lejos.

—¿Puedo contar con su ayuda para recuperar el motor que me robaron? — pregunté.

Él se recostó en su butaca y juntó las manos detrás de la cabeza. Luego giró en redondo y yo me vi mirando sus manos y la parte de atrás de su cabeza mientras él parecía contemplar el retrato del presidente que adornaba la pared de atrás. La cosa duró como cinco minutos, y como es natural se me hizo insoportablemente larga.

—¿Puedo contar con su ayuda para recuperar el motor que me robaron? —insistí.

Entonces él giró lentamente, bajó las manos a la mesa y las juntó con delicadeza.

—¿Ha visto usted el informe meteorológico? —preguntó—. Se lo puedo enseñar.

—Bueno —dije yo.

Se levantó y fue hasta otra mesa, donde había una impresora y un fax. Me indicó por señas que me acercara y así lo hice. Me pasó el parte más reciente, escrito en español, y yo hice lo que pude para interpretarlo. El me confirmó que la palabra «olas» era lo que yo imaginaba.

Terminé de leer hasta donde me vi capaz y luego dije:

—El tiempo parece bueno.

—En efecto, lo es —dijo él—. Así que gracias por venir a mi despacho. Nos veremos pronto, amigo mío.

—¿Me ayudará a encontrar el motor? —pregunté.

Eso le enfureció. Adiós sonrisas. Se sentó otra vez y yo llevé mi silla al lugar de donde la había cogido. Él estaba haciendo un movimiento con las manos encima de la mesa, como si cortara algo, despacio, sin alterarse.

—Permítame que le diga las dos maneras de denunciar un delito, aquí en México —dijo.

—Estupendo.

—La primera es hacer un informe oficial. Si opta por un informe oficial, tendrá que hacerlo en este despacho, luego en la oficina del puerto, después en Puerto Madero con la policía y con la armada, y en Tapachula con otros dos cuerpos policiales, la policía de esta región y la federal. Luego, cada una de dichas instancias procederá a inspeccionarlos, a usted y a su barco. Hablo de la armada, de mis hombres y de todo tipo de cuerpos policiales. Y una vez convenientemente completados dichos informes, alguien recomendará lo que se puede hacer al respecto. Tal vez algo, o tal vez nada. Depende.

—Hay que ver cómo ha mejorado su inglés —dije—. ¿Y la otra manera de denunciar un delito?

Yo, desde luego, no quería que me inspeccionara nadie vestido de uniforme. Supuse que el hombre exageraba con lo de los trámites, y que probablemente solo tendría que aguantar a la armada, al capitán, a la autoridad portuaria y a la policía local. Aun así, era mucha inspección. Porque seguro que irían a inspeccionar, eso lo di por sentado.

—El otro sistema es extraoficial. Usted puede notificármelo, como acaba de hacer ahora, y si yo encuentro ese motor, se lo haré saber.

—Me parece bien —dije—. ¿Puedo ayudarle a encontrarlo, explicándole dónde se encuentra?

—No —respondió—. Usted déjelo de mi cuenta.

Regresé a las palapas para esperar al mecánico. En un momento dado vi pasar en bici a uno de los sobrinos y le hice señas de que parara.

—¿Y el mecánico? —le pregunté.

—Dentro de media hora —dijo—. Más o menos.

—Fantástico. Estaré aquí sentado, bebiendo y llorando.

Me miró como si yo estuviera loco, dijo «Hasta luego» y se alejó pedaleando.

No probé nada de alcohol, en parte porque casi nunca bebo y en parte porque hacía tanto calor que pensé que si tomaba alcohol me moriría allí mismo. Me atiborré de naranjadas a la sombra y contemplé la pequeña bahía con su oscura playa de arena/fango. Un poco más lejos había otra cala con viejas y herrumbrosas barcas de pesca, grandes, de unos quince metros de eslora, como mi barco. Debían de tener treinta o cuarenta años, y desde luego no las habían pintado bien. Debían de ser restos de flotas estadounidenses, como también eran restos los coches que había en el pueblo. Nosotros les sacamos todo el jugo durante quince o veinte años, y cuando ya casi no corren, vienen aquí al sur para iniciar una segunda vida, veinte años más de servicio. Reducir, reutilizar, reciclar. En México el sueño se estaba haciendo realidad.

Me pregunté qué capturaban en aquellas barcas. Tenían que ser peces o camarones, pero no sabía cuál de las dos cosas. Mi padre había pescado atún blanco en aguas de México, aunque no tan al sur ni tan cerca de la costa.

Para mi sorpresa, una camioneta amarilla se detuvo junto a la palapa. Era una Dodge Ram nueva, mala señal. Si el tipo tenía un vehículo de esta categoría, seguro que cobraba mucho por su trabajo. Pero al menos había hecho acto de presencia. Me acerqué para presentarme.

Tenía el cabello negro, lucía bigote y llevaba una camisa discotequera de los setenta, jeans ajustados y botas vaqueras; cadenas de oro le colgaban hasta el ombligo. Dijo llamarse Ramón y que lo suyo eran los motores.

Traía consigo un ayudante, un individuo menudo que llevaba las herramientas y no dijo esta boca es mía. Fuimos en el bote inflable hasta el barco, un trayecto lento debido al peso de tres personas y herramientas. Que me hubieran robado el fuera de borda era un verdadero inconveniente.

—Es bonita aquí — dije, intentando entablar conversación aunque lógicamente muy limitado por el idioma.

El mecánico no respondió. Ramón el silencioso. Bueno, por mí estaba bien.

Una vez a bordo le mostré el motor y señalé la bomba de inyección.

—Para limpiar .dije—. La bomba.

Él asintió, echó un vistazo a las piezas e intentamos poner el motor en marcha, por si acaso. Finalmente sacó las herramientas y empezó a desmontar la bomba.

—Perdón —dije. No sabía cómo traducirlo al español—. Esto... ¿cuánto me vas a cobrar por la limpieza? ¿Cuánto dólares para este limpiar?

Ramón torció el gesto y se apartó del motor.

—Cientos dólares —dijo.

—¿Cien dólares por limpiarla y montarla otra vez? —pregunté, gesticulando con las manos como si retirara la bomba, me la llevara para limpiar y la montara otra vez.

—Sí, sí —dijo—. Cien dólares, limpia. —Luego hizo gestos con ambas manos como si sostuviera una bomba y la volviera a meter en su sitio—. Por todo.

—Bueno —dije yo—, Gracias.

Se puso a trabajar otra vez, pero entonces me di cuenta de que necesitaba saber cuánto tiempo. Cinco pasajeros me esperaban para ir hasta las islas Vírgenes. Eran amigos de Julie. El plan, en un principio, era zarpar de Panamá, pero ella había dicho que les consultaría lo de salir desde Puerto Madero.

—Perdón —dije—. ¿Tiempo? ¿Mañana?

Señalé el motor. Era una lata no saber español.

—Sí —dijo Ramón—. Por la tarde.

Lo de «tarde» me pareció entenderlo, de modo que le dije «Bueno. Gracias» otra vez.

Por fin tenía algo que contarle a Julie. Un día de trabajo, cien dólares. Si sus amigos tenían pensado llegar un día más tarde, eso me daría tiempo por si surgían problemas. Y aunque nos demoráramos en salir un par de días más, el viaje era lo bastante largo como para pensar que perdería algún tripulante por culpa de la espera. Con suerte, el motor arrancaría y podríamos seguir con nuestros planes.

A Julie le alegraron las noticias, y sus amigos estaban dispuestos a zarpar desde Puerto Madero, en vez de Panamá, aunque ello supusiera una semana extra. Podían ausentarse del trabajo sin problema; la mayoría de ellos tenía negocio propio. Julie me pasó el horario de los vuelos —llegaban al día siguiente— y me dijo que no lo estropeara todo.

Cuando volví a las palapas, me encontré con uno de los sobrinos y quedé con él para llevar gasóleo al barco. Pero para poder llenar los tanques de agua, iba a tener que ir al muelle de concreto donde atracaba la flota pesquera (aquellos viejos cascarones que me habían intrigado), de modo que decidí dejarlo para cuando contara con una tripulación completa. Entonces me encontré a Santiago, o él a mí, y le pregunté dónde podía comprar comida. Me dijo que en Tapachula.

—Deja traer a Helena. Es mi novia —dijo.

Ella trabajaba en la papala número 8. Tuvimos que esperar un buen rato porque estaba ocupada. Pantalón de licra rosa marcando muslo grueso. Cuando por fin tuvo un momento libre, se mostró tímida y recatada, y deduje que un pantalón rosa ajustado era lo que solía llevar siempre. Santiago le explicó el plan y luego tuvimos que esperar media hora más hasta que Helena terminó y fue a buscar su bolso. Todo iba un poquitín lento.

Fuimos hasta Puerto Madero en el equivalente a un vagón de ganado, y de allí en una combi hasta Tapachula. La camioneta paraba cada medio kilómetro o algo así y recogía más pasajeros. Cuando llegamos al barrio comercial de Tapachula, éramos veinticinco, de los cuales solo cuatro eran niños. No exagero, los conté. Yo iba más o menos en el centro, de pie, aunque solo fuera porque los cuerpos circundantes me sostenían así, la cabeza un poco inclinada y rozando el techo. Para que pudiéramos bajar donde nos convenía, una docena de pasajeros tuvo que apearse provisionalmente. Era una combi común y corriente.

Mientras esperábamos para cruzar la calle, noté que mi cuerpo seguía despidiendo calor, y estaba empapado de pies a cabeza. Acababan de plancharme al vapor.

Como es natural, el centro comercial y la tienda de comestibles tenían aire acondicionado, o sea que me quedé tieso de golpe. Pero no me importó. El súper era grande y el centro comercial bastante bonito, para lo que había visto hasta el momento. Además del pequeño restaurante y las tiendas, contaban con un cine. En Estados Unidos nunca me meto en lugares así, pero cuando estás en un país en desarrollo, te sientes a gusto porque eso te recuerda a casa. Si todo salía bien, quizá iría a ver una película antes de zarpar rumbo a Panamá.

Santiago y Helena fueron inmediatamente a un bar para comprar tacos, que no tienen nada que ver con los tacos que sirven en Estados Unidos. Yo me decanté por comida china, siempre curioso por probarla en un país diferente, ya que los platos no están estandarizados. Unas veces el chow mein lleva fideos, otras veces no. Me decidí por un chow mein de pollo, y por suerte venía cargado de deliciosos noodles. Los trabajadores eran mexicanos; el dueño, japonés. Toda la decoración era japonesa.

—Toda la decoración es japonesa —dije, preguntándome si el hombre hablaría inglés.

—Muy bueno —contestó—. Pero aquí nadie sabe. Piensan que es lo mismo todo.

Mientras comíamos le pregunté a Helena de dónde era. Santiago hizo de intérprete. La chica había nacido en Honduras, a su padre lo habían matado a tiros delante de ella y de sus hermanos. Por motivos políticos, se suponía, pero Helena dijo que su padre nunca se había metido en política.

No supe qué decir a eso. Mi padre había muerto, pero porque se quitó la vida. Una muerte igual de violenta, aunque no tan injusta. De todos modos mencioné a mi padre, ya que había un cierto paralelismo. Nos dimos mutuamente el pésame y continuamos comiendo.

Luego pregunté a Santiago si su padre aún vivía.

—No sé —dijo—. Mi madre estuvo con algunos, pero no sabe cuál es.

—Ah. —Tampoco aquí acerté a hacer un comentario en firme—. Bueno, ninguno de los tres tiene que hacer regalos el día del Padre —dije al final.

Santiago tuvo que traducírselo a Helena, pero ella no sonrió ni hizo el menor comentario; él tampoco. Quién sabe cómo se lo tradujo Santiago.

Volvimos a casa en un Volkswagen. Para ellos era todo un lujo, no viajar en un taxi colectivo, pero distaba mucho de ser lo que la mayoría de los estadounidenses llamaría lujoso. El coche, que era de los años sesenta, había ido acumulando en sus más de treinta años de servicio todo un repertorio de ruidos. Además, uno notaba la textura de cada centímetro de pavimento. Cada piedra, cada bache, hasta cada insecto con caparazón. Por si fuera poco, atrás había un agujero y los gases de escape venían hacia la cabina, así que viajábamos con las ventanillas bajadas.

Cuando llegamos a los dos faros de mentiritas, pagué el pasaje y nos despedimos. Yo volví remando al barco, saqué un colchón a cubierta y me puse los tapones para los oídos. La draga se había desplazado un poco y ahora sus luces daban en la cubierta; también la manguera escupidora se había desplazado un poco, de modo que me volví hacia el otro lado para que no me molestara la luz y me subí la camiseta para taparme la nariz. Por lo demás, apenas si soplaba brisa aquella noche, y los mosquitos empezaron a devorarme; decidí ir a buscar una sábana, pero por desgracia las únicas que yo tenía eran de franela, de cuando unos talleres que había hecho en las islas San Juan, y al momento estaba empapado en sudor, como si me hubiera puesto a dormir en una caldera. Unas condiciones poco favorables para conciliar el sueño.

Por la mañana los sobrinos llegaron remando en una canoa pequeña y bamboleante, con mis bidones amarillos entre los dos. Al parecer, en este puerto no había otra manera de cargar combustible; si necesitabas gasóleo, tenías que acarrear bidones arriba y abajo. Por algún motivo no estaba permitido recargar en el muelle pesquero. Lo único que se me ocurrió fue que el combustible que tenían allí lo subsidiaba el gobierno y no se podía vender al por menor. Los sobrinos intentaron explicármelo con pelos y señales, pero su inglés era patético, mi español también, y de todos modos no eran de fiar. Aunque hubiera habido otras alternativas, los sobrinos no me lo habrían dicho porque les interesaba el negocio.

De hecho, hasta me caían bien, más o menos. Eran dos seres humanos muy menudos, pulcros y veloces de movimientos, serios con el trabajo, como si lo que nos traíamos entre, manos fuera de vital importancia. Su gesto fue de litúrgica seriedad cuando vertieron los bidones en los depósitos del barco sin dejar que se derramara una sola gota. Aparte de eso, eran muy graciosos imitando a gente, sobre todo a su tío, el capitán de puerto. Parodiaban los gestos que hacía con las manos y sus evasivas, y como se sentían intocables, no le temían a nada.

Por la tarde, horas después del cambio de gasóleo, mientras me disponía a cenar un sándwich de pollo y a esperar al mecánico, pasaron los sobrinos en sus bicis BMX y me dijeron algo que no entendí. Como, por suerte, estaba yo en la palapa número 8, pregunté a Helena por Santiago y ella mandó a alguien a buscarlo. Necesitaba un intérprete; sabía que me estaban hablando del mecánico y de mi bomba, pero nada más.

Santiago llegó con cara de sueño unos veinte minutos después. Los sobrinos le explicaron el problema y luego Santiago me dijo que tenía que ir yo a ver al mecánico a Tapachula, que el hombre había reparado la bomba de inyección pero que era necesario que fuera a verlo al taller.

—¿Por qué? —quise saber.

Les preguntó a los sobrinos, pero ellos se encogieron de hombros. No había otra opción. Santiago y yo subimos a un vagón de ganado, después a una combi atestada y finalmente en un Volkswagen que nos llevó al taller, no sin antes dar varias vueltas a la manzana hasta que divisamos la flamante camioneta amarilla.

En el taller había siete u ocho tipos, operarios de Ramón; estaban allí sin hacer nada, como si esperaran algo, formando un semicírculo con Ramón en el centro. Todos me miraban fijo. Me sentí incómodo al instante.

—Hola —dije, en plan animado—. ¿Listo?

Le había preguntado a Santiago cómo se decía en español cuando algo estaba terminado.

—Amigo —dijo Ramón.

Señaló hacia el banco de trabajo y allí estaba la bomba. No podía decirse que fuera un taller de alta tecnología. Un sucio banco de madera, unos estantes de madera sucios, el suelo de tierra, unas cuantas herramientas eléctricas, muchas herramientas de las otras, pero ni rastro de la grande y esplendorosa e indeterminada máquina expresamente pensada para limpiar y verificar bombas inyectoras de alta presión. Parecía que la hubieran desmontado, le hubieran pasado un trapo y la hubieran montado otra vez. Esto olía mal.

—Bueno —dije—. Gradas. —Me volví hacia Santiago—. ¿Le preguntas cuándo podría venir a instalarla en el barco?

Santiago le transmitió la pregunta y entonces Ramón miró a uno de sus amigos y enseñó una sonrisa. Dijo algo en español que no logré entender. Viendo la cara que estaba poniendo Santiago, deduje que las noticias no eran buenas. En efecto, no lo eran.

—Dice que hay pequeño problema —me explicó Santiago—. Dice que la bomba era complicada, muchas horas de trabajo y muchos empleados. Así que ahora el precio es más alto.

—Puta madre —dije por lo bajo—, ¿Qué tan alto?

—Dice que novecientos dólares.

—¿Novecientos?

Aquello era increíble. Habíamos quedado en cien. Yo me esperaba algún timo, pero no de semejante magnitud.

Intenté tomármelo con calma. Si Ramón contaba todo aquel selecto personal era por algo. Con razón tenía una flamante camioneta. No se me ocurría qué hacer.

—Amigo —dije—, Santiago, explícale por favor que comprendo que habrá sido mucho trabajo y que le agradezco el esfuerzo.

Santiago tradujo.

—Y que entiendo que el presupuesto tal vez era un poco bajo y que quizá haya que ajustarlo.

Santiago tradujo.

—Pero que nueve veces el precio que habíamos dicho es demasiado. El doble no digo que no, pero novecientos es demasiado. Además, yo no tengo tanto dinero, en serio. Díselo, por favor.

Santiago tradujo y Ramón se me quedó mirando. No consultaba con nadie, no parecía pensarlo. Finalmente dijo algo y Santiago me dio la traducción:

—Dice que si quieres la bomba son novecientos dólares.

—Muy bien. Pues dile que haré un trato. Voy a pagar un precio escandaloso e injusto por recuperar mi bomba. Le pagaré cuatrocientos cincuenta, la mitad de lo que pide. Es mi última oferta. Si no le gusta, acudiré a la policía y me da igual si no recupero la bomba.

Santiago tradujo, y esta vez Ramón miró a sus amigos.

Dijo algo, y Santiago me comunicó que estaba de acuerdo y que incluso iría a instalarme la bomba al barco. Entonces Ramón sonrió; la sonrisa del lobo.

Total, desembolsé la enorme suma de dinero, llevé yo mismo la bomba y tomé un taxi con Santiago, rechazando la oferta de Ramón de llevarnos en su pickup. No quería acabar de rodillas en un camino de tierra con un arma apuntándome a la nuca. Vi que Santiago se sentía incómodo, por no decir avergonzado. Fue un bonito detalle de su parte. La delincuencia parecía incomodarlo. Más adelante supe que el timo lo había organizado él desde el primer momento, y me asombró haberle tomado por lo que no era, haber sido tan rematadamente tonto.

Para cuando llegamos al puerto, la camioneta amarilla se encontraba ya allí. Ramón estaba esperándonos, él solo, y fuimos los tres al barco en el bote. Estuve tentado de lanzarlo por la borda para ver si podía nadar con sus jeans ajustados y sus botas vaqueras, pero no sabía el tiempo que estaría en Puerto Madero y no deseaba que me metieran una bala cualquiera de aquellas noches. Pero de haber estado a punto de zarpar, es probable que lo hubiera hecho.

Ramón tuvo que quitarse la camisa y sudar para montar otra vez la bomba y ajustar el tiempo de encendido. Había un montón de tuercas Allen en sitios muy complicados y comprendí que no era una tarea fácil. Me alegró verle trabajar, ya que me cobraba tanto. Hubo que reconectar también los tubos de cuatro inyectores. Si después el motor no funcionaba, al menos habría disfrutado viendo sudar a aquel tipo. Pero, lógicamente, también deseaba que el motor arrancara como antes.

Cuando Ramón estuvo listo, comprobé que todas las válvulas estuviesen abiertas y luego purgué el motor con la batería de repuesto. Esperamos hasta que hubiera gasóleo limpio en los inyectores, sin ninguna burbuja de aire, y luego intentamos ponerlo en marcha. No hubo suerte. No arrancaba ni a tiros, y yo no quería malgastar batería tontamente.

Ramón me miró encogiéndose de hombros.

—Quizá tienes otro problema.

—Sí, tengo todo el repertorio —le dije, sin importarme si me entendía o no.

Volvimos en el bote a tierra. Ramón se encaminó a la palapa más cercana y al poco rato llegaron los sobrinos, quienes sin duda sacaban tajada también, los rateros, y se pusieron todos a beber cerveza.

—Bueno —le dije a Santiago—, tendré que buscar otro mecánico. ¿Tú conoces alguno que sea bueno?

Santiago negó con la cabeza y luego dijo:

—Podemos mirar.

Nos pusimos en marcha. Camión de ganado, combi, mucho sudar y esperar... Para cuando llegamos a Tapachula, la tarde tocaba a su fin. Julie llegaba esa misma noche en avión y sus amigos al día siguiente. Tenía que conseguir que el motor arrancara.

Antes de llegar al centro comercial vi un anuncio de John Deere.

—Bajemos —dije.

Santiago le gritó al conductor, el vehículo frenó de golpe, caímos unos sobre otros, media docena de cuerpos se apearon provisionalmente y conseguimos salir. Muchas de aquellas personas usaban perfume o colonia potentes. Cinco minutos en un taxi compartido, y el resto del día apestabas como tres o cuatro seres humanos juntos. Esta vez era una combinación de almizcle, varios grados de sudor —reciente y antiguo— y algo floral que flotaba sobre el resto de los aromas.

Resultó que en la tienda John Deere solo vendían podadoras y cosas pequeñas. Nada de motores diésel, ni bloques o piezas de repuesto para motores grandes. Pero nos indicaron un concesionario Mercedes Benz que había unas puertas más adelante. Suena raro, hablar de Mercedes en un sitio semejante, pero los camiones y camionetas de esa marca son muy populares en el mundo en vías de desarrollo. Tuvimos que pasar una caseta para entrar, acto seguido una recepción, que era una sala fresca y limpia con profusión de cristal, y finalmente pasamos a la tienda de repuestos, donde había todas las relucientes y complicadísimas máquinas que yo esperaba encontrar.

Santiago hizo de intérprete mientras yo explicaba lo que estaba buscando a varios hombres que tal vez eran mecánicos, pero al final resultó que no tenían el material adecuado. Podían, sí, limpiar los inyectores, pero no arreglar la bomba ni hacer una prueba de compresión ni enviarme un mecánico al barco. No hacían visitas a domicilio, y para la prueba de compresión hacía falta un tester de la marca Volvo; era preciso que encajara a la perfección, y uno Mercedes no serviría. Les preguntamos dónde más podíamos intentarlo y nos dijeron que había que ir a la otra punta de la ciudad, a una empresa llamada DINA. Fabricaban sus propios camiones así como motores diésel, y disponían de buenos mecánicos para cualquier cosa.

Nos metimos en otro Volkswagen y cruzamos toda la ciudad —un espectáculo inverosímil de tiendas de calefactores y equipos de alta fidelidad— hasta llegar a un recinto grande donde había camiones, guardias de seguridad y más cristal.

—Tiene buen aspecto —dije—. Aquí igual podrán ayudarnos.

—Quizás —dijo Santiago.

Tuvimos que pasar otra vez una caseta, a continuación una lujosa sala donde había un tráiler en exposición, y luego nos enviaron a un despacho en la esquina de atrás del recinto, que era la oficina de reparaciones.

Allí, de lujo, nada. Estaba lleno de humo y de hombres con overal. Pero había uno que hablaba inglés y parecía dispuesto a ayudar. Dijo que podía enviarme un mecánico aquella misma tarde, lo cual era estupendo. El no podía hacer una prueba de compresión en un motor Volvo, ni arreglar una bomba de inyección de esa marca, pero ¿quién podía? Tuve que oírme decir, y no por primera vez, que era una pena que mi motor no fuese de otra marca. DINA, por ejemplo, o Caterpillar.

—En México nadie tiene Volvo —dijo—. No hay un solo motor Volvo diésel. En todo el país. Volvo es una mierda.

—Gracias —dije.

A través de Santiago, lo arreglé para que el mecánico viniera con nosotros y salimos a toda prisa en un Volkswagen.

El mecánico era simpático. Alto y con un aire juvenil, parecía ser un buen tipo que trabajaba duro para su familia. Me alegré.

Cuando llegamos al barco y el mecánico se puso a trabajar, lo hizo con ganas, sin hablar, e incluso rechazó una cerveza, cosa que era buena señal. Estuvo toqueteando bastante rato las tuberías de cobre que iban de la bomba de alta presión a los inyectores, lo cual me extrañó mucho. No me parecía que el problema pudiera estar ahí, a menos que hubiera agua o aire dentro por no haberlo vaciado del todo. Pero luego hizo ajustes en varias tuercas de la bomba tras haber conectado el estárter varias veces, y al cabo de una hora más o menos, consiguió hacer funcionar el motor. No sonaba muy bien, y lo cierto es que yo no tenía ni idea de cómo lo había logrado, pero funcionaba.

—¡Muchas gracias! —grité, entre el ruido del motor.

No cabía en mí de felicidad. El mecánico, sin embargo, no parecía tan contento.

—Dice algo no está bien —me explicó Santiago—. Quizá un cilindro no funciona del todo. Los cuatro van, pero uno quizá no bien. O que quizá es una pieza pero no sé decir en inglés. Unas piezas pequeñas en la parte de arriba.

—¿Lo podrá arreglar? —pregunté.

—No —dijo Santiago—, Hace falta test de compresión, pero no puede hacerlo porque Volvo.

—Ya, ya —dije—. Está bien. ¿Y qué me recomienda, si no puedo hacer el test de compresión?

Santiago habló con el mecánico, un intercambio largo entre los dos, y luego me dijo:

—Dice que tú pruebas. Quizá se arregla, quizá no. Quizá necesitas un motor nuevo.

Le di las gracias al mecánico, junto con una generosa propina, y me apresuré hacia el aeropuerto.

Julie bajó muy animada del avión. Trabajaba un montón de horas en una empresa de alta tecnología y venía con ganas de disfrutar del trópico. El aeropuerto era tan simpático, pintado de vivos colores, que nada hacía pensar en lo que le esperaba. Y el aire, con el sol poniéndose ya, no era tan asfixiante. Mientras íbamos hacia el taxi, Julie me agarró por la barbilla y me dijo:

—Ánimo. Relájate. Dentro de nada estaremos en el Caribe. ¡Aruba, allá vamos!

—Pues no sé —dije—. El motor va, pero no suena muy bien. Y este sitio es un infierno, créeme.

—El problema es tu sangre germánica. Eres un poco amargado. Cuando volvamos, tendremos los nuevos folletos y vamos a vender cantidad de viajes, ya lo verás. Canterbury Sails te va a sorprender.

No pude por menos de sonreír. Sí, quizá tenía razón Julie y todo iba a salir bien.

Cuando por fin llegamos al puerto, era ya de noche. Julie se tomó muy bien lo de ir a remo hasta el barco, y una vez allí fue muy comprensiva también respecto a lo sucio que estaba. No tendríamos agua para limpiar hasta que llevásemos el barco al muelle. Al día siguiente compraríamos víveres, la tripulación llegaba al caer la tarde, y al otro día recargaríamos agua, haríamos un poco de baldeo y zarparíamos.

Por la mañana, Julie parecía cansada. Antes de venir ya lo estaba, y luego todo el viaje hasta aquí y, para colmo, la imposibilidad de pegar ojo a bordo.

—Voy a matar al tipo de la draga —dijo—. ¿Por qué no lo hacen de día? ¿Por qué tiene que ser por la noche? Y esa música, ¿no podrían ponerla más alta todavía, o reventar los altavoces?

—Es el paraíso, Julie —dije—. Nuestra pequeña parcela de paraíso. Palmeras y mangos por allí, detrás de esas chozas infectas.

—O nos vamos de esta pocilga en menos de dos días, o yo me largo.

—Cuando hayas desayunado te sentirás mejor. La comida es excelente. Pero antes creo que pondré en marcha un rato el motor, para que se vaya acostumbrando.

Lo intenté, pero no arrancó. Probé un montón de veces, mientras pensaba que debería haberlo dejado en marcha toda la noche para que él solo se limpiara, maldiciéndome por mi estupidez. No arrancaba, estaba mudo, y yo no sabía cómo hacer lo que el mecánico había hecho para que funcionara; tenía miedo de desarreglar lo que él había arreglado.

—Esto no me gusta, David —dijo Julie—. Mis amigos llegan hoy.

—Iré a buscar al mecánico —dije—, y él lo pondrá en marcha otra vez.

Pero cuando por fin llegué a Tapachula, resultó que estaban en plena fiesta, cosa que en México sucede cada día durante el mes de diciembre. Las calles cortadas porque había desfiles, y yo atrapado dentro del taxi, a su vez atrapado detrás de oficiantes y suplicantes de toda índole ataviados con disfraces chillones y mal hechos. Sentí ganas de matar o de echarme a llorar.

Julie y yo seguimos adelante con el aprovisionamiento, pese a que ninguno de los dos tenía confianza en que el viaje llegara a hacerse.

—Si esto no funciona —me dijo—, tendrás que devolverles todo el dinero. Y además deberían pedirte que les pagues el boleto de avión, aunque puede que no lo hagan.

C uando aquella noche llegaron los invitados, al principio parecían muy alegres, pero su estado de ánimo fue declinando poco a poco, primero al ver el puerto, luego el bote de remos, finalmente el barco. Era gente rica y triunfadora, y Julie, su amiga, los había convencido para navegar por el Caribe en un bonito barco de quince metros de eslora. No entraba en los planes Puerto Madero, ni un barco sucio con el motor averiado. Siempre ha sido uno de mis grandes defectos subestimar los problemas y permitir que otros confíen en mis defectuosos cálculos. Debí demorar el viaje hasta que el barco estuviera en perfectas condiciones. Pero, por otra parte, yo andaba escaso —por no decir desesperado— de tiempo y de dinero; y en Puerto Madero descubrí también, por primera vez, que soy optimista hasta la temeridad.

A las siete de la mañana siguiente me puse en camino para ir a buscar al mecánico y traerlo de vuelta y, en efecto, llegué con él al puerto hacia las nueve y media, cuando los invitados estaban en una palapa bebiendo y riéndose de la comida y del pueblo y, supongo, de mí también. Pasara lo que pasara, no iban a estar mucho tiempo allí, así que podían permitirse unas risas, por otra parte merecidas. Les presenté al mecánico de DINA y todos brindaron con él con sus respectivas cervezas.

—Por Juan —dijo Tom. Era un chico alto y apuesto que había hecho una fortuna en publicidad—. Que sus herramientas hagan cantar de alegría a ese motor.

Los otros rieron y vitorearon. Vi que Juan estaba como nervioso, así que les dije adiós y me lo llevé al barco.

Esta vez Juan tardó un poco más, un par de horas, pero al final consiguió ponerlo en marcha. Le ofrecí una buena paga a cambio de que viajase con nosotros hasta Panamá, pero dijo que el mar le producía un miedo atroz. Estar en el fondeadero ya lo ponía nervioso, lo mismo que a bordo del bote inflable.

Después que Juan se marchara, conduje a los amigos de Julie hasta el barco y levamos el ancla y fuimos hasta el muelle pesquero, un tramo largo y sucio de concreto. Todo eran barcos metálicos oxidados, puestos uno al lado del otro, así que tuve que amarrar en uno y hacer que nos pasaran la manguera del agua. Los pescadores no dejaban de mirarnos, sobre todo a Julie y a las otras dos mujeres, mientras Tom bromeaba con ellos porque sabía algo de español. Lo más sorprendente es que gustaba a todo el mundo. Era el típico blanco grandote, con aspecto de militar, el pelo muy corto, pero yo le había visto lanzar niños por los aires en la playa, salpicando a bañistas que no parecían tomárselo a mal, y ahora bromeaba con unos tipos que a mí me parecían peligrosos. Tom tenía confianza en sí mismo, aparte de dinero. Podía marcharse cuando le diera la gana. Yo no tenía ni una cosa ni la otra. Y a estas alturas mi ánimo estaba por los suelos.

Una vez los tanques estuvieron llenos, me alejé del muelle, pero al motor le faltaba potencia y el barco iba dejando una estela negra en el agua; parecía carbonilla, una marea negra como de un metro y medio de ancho.

—¿Qué es eso, David? —preguntó Julie.

—Ni idea —dije—. Y, por si fuera poco, el motor parece que tira poco.

La tripulación intercambió miradas.

Aquella noche teníamos previsto ir al supermercado para comprar los últimos víveres, pero al final nos sentamos en una palapa y pedimos pollo diablo y otras exquisiteces mientras charlábamos.

—Yo esto ni lo pruebo —dijo después Julie (y no era la única), entre comentarios sobre el estado del barco. Nadie estaba comiendo nada de lo que había pedido.

—¿Es posible que dentro de un huevo puedan desarrollarse testículos? — preguntó Tom.

Hubo muchas propuestas. Por ejemplo, zarpar a vela, prescindiendo del motor. El viento nos llevaría hacia Hawai, o quizá al sur rumbo a Costa Rica, donde sería más fácil conseguir un buen mecánico. Lo malo era que en estas latitudes podía darse calma chicha. La tripulación anterior había ido a la deriva durante tres días enteros. Y sin motor no tendríamos electricidad, y en consecuencia tampoco radar, ni luces de navegación, ni inodoro, ni refrigeración. Era muy poco seguro, la verdad. Yo tenía unas ganas locas de marcharme de allí y necesitaba la ayuda de la tripulación, pero no podía someterlos a un viaje tan poco seguro.

—¿Y si nos fuéramos a Yucatán? —le preguntó a Tom uno de los chicos.

Iban aportando ideas para unas vacaciones; estaba claro que la única persona que iba a seguir conmigo era Julie.

Mientras estaba allí con aquellas personas, deseando ser uno más del grupo, medité un plan de mayor envergadura. Mi deseo era dejar el barco allí tirado o bien ponerlo a la venta, pero para eso no tenía dinero suficiente; un agente me había asegurado que apenas sacaría el cincuenta por ciento de su valor. Tampoco tenía ningún sentido atravesar Panamá (o intentarlo) rumbo a las islas Vírgenes Británicas, porque el tiempo se me había echado encima y, además, no había conseguido colocar muchos viajes. Llevar el barco otra vez a San Diego, eso sí, porque allí podría venderlo. O podía investigar la posibilidad de organizar chárteres en el mar de Cortés. Seguramente había alguna manera de hacerlo por lo legal, aunque varias personas me habían dicho que era imposible. Ahora bien, si el motor seguía averiado, no había nada que hacer.

—Propongo un brindis —dijo Tom—, Por el capitán David. Que finalicen pronto sus problemas, y que su fin, aunque llegue pronto, no sea problemático.

Al día siguiente se marcharon todos. Tom y uno de los otros fueron a hacer un recorrido por Yucatán, y se salvaron por un pelo de engrosar la lista de víctimas de la famosa matanza, cuando tropas rebeldes acribillaron a todo un pueblo.

Los demás regresaron a casa o hicieron escala en sitios como Cancún y Acapulco. Solo quedamos Julie y yo.

Intenté conseguir otros tripulantes. Mi hermana y su novio accedieron a venir y echarnos una mano, pero con todas las vicisitudes del maldito motor, que un día funcionaba y al siguiente no, al final le dije a ella que no viniera, porque tenía que estar en Acapulco en una fecha determinada y yo no podía garantizarle que estaría allí a tiempo. Así que otra vez Julie y yo solos. Ella se mostró asombrosamente fuerte y entregada. No creo que nadie más hubiera aguantado a mi lado en esas circunstancias. Pero Julie también tenía sus límites, y al final me dio un ultimátum:

—Nos marchamos mañana con el motor tal cual, o yo tomo el avión y me vuelvo a casa. No pienso quedarme en esta pocilga un día más.

Y allá fuimos. El motor no estaba bien. Ambos lo sabíamos, pero confiábamos en poder ir a vela hasta Acapulco y, cuando no soplara nada de viento, avanzar con el motor aunque fuese a paso de tortuga.

Este plan tenía muchos peros, y uno de los cuales era que el golfo de Tehuantepec es un lugar verdaderamente aterrador. La calma chicha puede durar días enteros, ni el menor atisbo de brisa, y luego, en cuestión de horas te encuentras con vientos de 60 nudos y olas de más de seis metros. Es famoso precisamente por esto. En realidad el golfo es una bahía de aguas poco profundas en el lado occidental de la estrecha franja de tierra llana que separa el Pacífico del mar Caribe. Ese trecho de tierra llana crea un túnel de viento entre dos inmensas regiones con climatologías dispares, y el agua poco profunda contribuye a que las olas sean extremadamente altas y peligrosas.

Lo sensato es cruzar el golfo de Tehuantepec a motor, no a vela. Hay que esperar una ventana en el clima —pero sabiendo que la cosa puede cambiar en apenas unas horas— y navegar a toda máquina y a menos de un cuarto de milla de la costa. De este modo evita uno las olas altas y el peligro de ser empujado ochocientas millas mar adentro, como les ha ocurrido a barcos que intentaban cruzar a vela por el centro; sin embargo, eso entraña también la posibilidad de ser acribillado por la arena de las dunas si el viento arrecia. Ha habido barcos que han perdido toda la pintura, o que incluso han visto agujereado su casco de resina por el lado de tierra. Nosotros no teníamos la opción de navegar rápido, a motor, y pegados a la costa. Nos dirigíamos hacia el norte, es decir, a contracorriente, con un motor que no funcionaba bien, y si el viento arreciaba tendríamos que navegar a vela. Podíamos salvar un trecho, pero luego encontrarnos con calma chicha y estar a la deriva días y días si fallaba el motor, y después olas gigantescas y rachas de viento que nos empujarían millas y millas Pacífico adentro, para terminar con otra calma chicha y otra vez a la deriva hasta que se nos terminaran la comida y el agua.

Aun con el motor funcionando a la perfección, la travesía sería arriesgada. Mi barco carecía de piloto automático, por lo tanto uno de los dos iba a tener que estar al timón en todo momento, las veinticuatro horas del día. Y Julie no sabía navegar. Era un viaje de locos, una estupidez, pero estábamos tan frustrados que decidimos lanzarnos, ella y yo solos. Además, si yo no daba ese paso, Julie se marcharía y entonces me iba a quedar sin nadie que me ayudara.

Z arpamos temprano, el motor en marcha y la vela mayor desplegada. Casi no había viento. Olas perezosas de medio metro o poco más, condiciones favorables, a cinco nudos y sin forzar el motor. Yo estaba entusiasmado con la partida; dejar aquel sitio atrás hacía que tan estúpido viaje pareciera menos estúpido.

Hasta bien entrada la tarde no hubo cambios. Navegábamos a unos cien metros de la costa. Yo quería tener la opción de anclar cerca si la cosa se ponía fea. El litoral era hermoso, todo playa abandonada. Una arena limpia y de un amarillo intenso. Más allá, palmeras y selva. Era como contemplar el paraíso, incluida la aldea que vimos al pasar, casi ochenta kilómetros costa arriba. Chozas de hojas de palma, no de lámina de metal o de plástico. Una aldea primitiva, en realidad. Tanto como podía serlo una aldea en 1997. Ni un solo coche a la vista, como tampoco nadie esperaba que llegase gente de fuera. Unos niños nos vieron pasar pero no saludaron. Se quedaron mirando sin más.

Seguimos un trecho más, rumbo al norte, y yo ya empezaba a pensar que saldría bien, avanzando con un motor lento y un poco de vela hasta llegar a Acapulco, donde sería mucho más fácil encontrar mecánicos y donde mi propia calidad de vida sería también mucho más alta. Pero entonces el motor dijo que no quería funcionar más.

Levanté el entarimado, bajé a la sala de máquinas y comprobé filtros y todo eso, pero no vi nada. Intenté ponerlo en marcha otra vez, pero en vano. Estábamos a un centenar de metros de la playa, la profundidad era de doce metros, y aquel era uno de los tramos de costa más abandonados del mundo.

Entre el grupito de chozas y Puerto Madero, ochenta y tantos kilómetros sin nada, y hacia el norte nada en absoluto.

Fuimos un rato a la deriva, dejando que el motor se enfriara. No se me ocurría otra cosa que hacer. Ni soplo de viento, así que no podíamos seguir a vela. De hecho, llevábamos la mayor desplegada, y lo único que hacía era moverse ligeramente con el propio vaivén del barco.

—Estamos jodidos —sentenció Julie—, Jodidos de verdad.

—Pues sí —dije yo—. Creo que esa es más o menos la conclusión. Parece que el motor se ha muerto por completo. —Yo empezaba a lamentar esta aventura—. No sé si todavía era posible arreglarlo, pero ahora ya no. Quizá lo eché a perder innecesariamente haciendo esta travesía.

—Bonito razonamiento —dijo Julie.

—Quién me mandaba a mí navegar —dije—. Teniendo en cuenta lo que pasaron mi padre y mi tío, varias veces a punto de morir, debería haberlo pensado mejor.

—Bueno, tú no te rindas todavía —dijo ella—. Recuerda que estoy yo aquí. Tienes que llevarme a casa.

—Cierto. Muy cierto.

El mar nos arrastró de nuevo hacia el sur. Nos movíamos como a un cuarto de nudo, si es que se le puede llamar moverse, y siempre a igual distancia de la costa.

—Al menos estamos cerca de la playa —dije—, Y tenemos ancla. Eso al menos es un alivio.

Probé de arrancar otra vez el motor después de verificarlo todo, y esta vez se puso en marcha. Incrementé, muy lentamente, las revoluciones y vi que apenas si le quedaba potencia. Cuando lo tuve al máximo, hasta donde me pareció sensato arriesgarme, íbamos solamente a un nudo y en la dirección de Puerto Madero. A este paso necesitaríamos cincuenta horas para volver al punto de partida, pero yo dudaba mucho de que el motor funcionara tanto tiempo.

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