Cocodrilo

David Vann · Capítulo 1 de 1 · parte 3/8

Páginas del PDF

Cocodrilo

Cocodrilo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

Era tarde, cuando faltaba menos de una hora para que se pusiera el sol, vimos venir dos pangas desde la dirección de huerto Madero.

—Fabuloso —dije—. Tenemos visita.

Fui consciente de nuestra vulnerable situación. Nadie sabía que estábamos allí. No teníamos armas. No había testigos en las inmediaciones, ni policía a la que acudir.

Julie se puso nerviosa.

—Yo me voy abajo —dijo—. Si alguien pregunta, no me has visto.

—Ja, ja —dije—, ¿Te importa mirar en los armaritos que hay sobre la mesa de navegación, a ver si encuentras las dos pistolas de bengala?

—¿Es broma?

—No bromeo, Julie. Tráemelas enseguida, por favor. Y cartuchos. Hay una nueva, blanca y anaranjada, con cartuchos rojos; y una vieja tipo militar, verde, dentro de un estuche metálico amarillo, con sus cartuchos.

Las pangas pusieron proa hacia nosotros. Julie encontró las pistolas a tiempo de acercármelas y volver abajo corriendo. Las dejé, una a cada lado, sobre la cubierta, cargadas y en un lugar desde el que los de las pangas no pudiesen verlas.

En un momento los tuve encima, una por cada lado, con sus potentes fuera de borda de 75 caballos. Se cruzaron por detrás de mi popa, rodearon el barco y aminoraron la marcha para ponerse a mi altura, es decir, para casi no moverse.

—Coca —gritó uno de ellos, llevándose un dedo a la nariz e inclinando hacia atrás la cabeza.

En la proa de su barca iba un muchacho con cara de miedo. No llevaban pescado a bordo ni aparejos de pesca. Solo gasolina y cervezas. El hombre estaba ebrio y tal vez pasado, se balanceaba un poco, apoyado en la palanca del acelerador del fuera de borda.

El hombre que conducía la otra panga estaba haciendo el mismo gesto de meterse el dedo en la nariz. Y también llevaba a un chico en la proa.

—No tengo .dije.. Lo siento.

Yo, procurando ser educado. Miré de reojo hacia la escalerilla; Julie estaba escondida allí detrás y se tapaba la boca con una mano. Parecía aterrorizada. En ese momento comprendí lo estúpido que había sido. No era solo el tiempo y el estado del barco; es que ni siquiera había pensado en los piratas. Estábamos solos en un lugar perdido de la mano de Dios y nadie podía ayudarnos.

—Birra —dijo el hombre del lado de estribor, haciendo gestos de beber.

Llevaba puesto un pañuelo y tenía la cara hecha trizas, fea. Supe con toda certeza que, como el tipo pusiera el pie en mi cubierta, le iba a meter una bengala en el cuerpo. Me he hecho esa pregunta anteriormente, si llegado el caso sería capaz de matar a alguien, incluso en defensa propia. En frío parece una cosa tan inhumana, que se nos antoja casi imposible. Pero, en caliente, uno lo ve clarísimo. Por supuesto que lo mataría.

Aparte de que no tenía cerveza a bordo, ni cocaína.

—No tengo —dije.

Traté de mirar al frente y seguir mi camino, confiando en que nos dejaran en paz.

El de la derecha se apartó unos cuantos metros y rodeó el barco para situarse rápidamente a mi espalda y arremetió contra la popa. Por suerte era una popa de perfil curvo, de modo que su proa rebotó sin más. El de la otra panga lo vio y decidió imitarle; era como tener a dos tiburones empujando por detrás.

—Conecta la VHF —le dije a Julie. Los hombres no podían oírme ahora debido al ruido de sus motores, y además estaban detrás de mí, no me veían hablar—. Intenta llamar a la marina mexicana o a los guardacostas. Dales nuestra posición por la VHF y diles que ochenta kilómetros al norte de Puerto Madero siguiendo la costa.

Julie abrió los armarios y tomó el micrófono de la VHF. Luego lo sostuvo en alto y empezó a hacer aspavientos. No tenía ni idea de cómo funcionaba la radio.

El tipo que estaba a babor se acercó más al barco y se agarró a la barandilla de madera, a solo unos palmos de donde yo estaba.

—¡Coca! —me gritó.

Y luego gritó varias cosas más en español que no logré entender. Puse la mano sobre la pistola que tenía en ese lado, preguntándome si él podría verla. Estaba erguido sobre su embarcación para agarrarse de la barandilla y subir a bordo.

Oí al otro tipo detrás de mí y volví la cabeza, y entonces caí en la cuenta de que le había dado la espalda al primero de ellos, que en ese momento podía haber pasado ya la barandilla, lo cual quería decir que iban a atraparme. No era fácil controlarlos a los dos.

Pero cuando me volví otra vez, el primero de ellos ya no estaba. Entonces vi que rodeaba otra vez el barco con su panga y empezaba a embestir de nuevo por detrás. El segundo hombre abandonó también la barandilla y se puso a embestir junto al otro. Habían perdido una oportunidad.

Se movían todo el tiempo, listos para embestir contra el barco, chillando cosas, girando alrededor. Los chicos que iban a proa parecían absolutamente aterrados. Con las manos hacían gestos de «no», pero de manera muy disimulada, como diciéndome a mí, supuse yo, que no les diera cerveza ni drogas a los hombres.

La cosa se prolongó hasta lo insufrible, los mismos movimientos para asustarme, una y otra vez. Yo creo que transcurrieron veinte minutos en este plan, pero nada de armas blancas o de fuego, sin verdaderos intentos de abordarme, simplemente un brazo asomando a la borda, primero por un lado y después por el otro, un poco más y yo habría echado mano de las pistolas para disparar. «Ojalá no sea necesario», iba pensando. Y finalmente, el que estaba a estribor, y que parecía ser el jefe, hizo el gesto de dos ojos.

—Por la noche —dijo—. Volveré a por ti.

La segunda frase, en inglés, me dejó helado. Sonó como una cantinela aguda, casi con voz de mujer.

—Con armas —gritó luego, y enseñó una sonrisita.

Luego dio gas a fondo y se alejó, seguido de la otra panga.

—Ya puedes subir, Julie —dije—. Pero tenemos que irnos de aquí enseguida. Han dicho que volverán esta noche, que nos estarán vigilando. Y me ha parecido entender que decían con armas. ¿Tú sabes cómo se dice «armas» en español?

Julie se asomó un poco desde la cabina y vio cómo las barcas se alejaban. Estaba muda. Para ella podía ser peor. A mí quizá me iban a matar, pero a ella seguramente la violarían los dos. Estoy seguro de que era eso lo que estaba pensando.

—Seguiremos todo derecho —le dije—. En cuanto se hayan perdido de vista, arrancaré el motor y pondremos rumbo a mar abierto, arriaremos la vela y no encenderemos ninguna luz. Les costará mucho encontrarnos, aparte de que no creo que se alejen de la costa más de unas cuantas millas.

No me lo creía del todo, el que no fueran a seguirnos mar adentro, pero era la única solución que se me ocurría.

—Bueno —dijo ella.

Tan pronto dejamos de ver las pangas, varié el rumbo y Julie se puso al timón mientras yo arriaba la vela. Quise pensar que el motor no nos fallaría. Me aseguré de no dejar ninguna luz encendida y luego tomé otra vez el timón y esperamos hasta que el sol se puso del todo y se hizo de noche, algo que tardó más de lo esperado. Luego siguieron horas de navegar en completa oscuridad.

Aquellos tipos no parecían piratas profesionales, actuaban al descuido cuando se presentaba la oportunidad, como tantos otros piratas de países en vías de desarrollo, lo cual no quería decir que no fuesen igual de peligrosos. Mi barco representaba más riqueza de la que nadie por estos lares iba a poder amasar en toda su vida. Y si eran drogadictos, una ocasión como esa podía ser la única manera de seguir adelante.

Pasaron muchas horas antes de que pudiera relajarme un poco. Estábamos ya tan lejos que localizarnos, sin luces, sin disponer de radar, era casi imposible. Una ligera brisa se levantó hacia poniente, por el través de babor; con ella podíamos navegar a vela hasta Acapulco, lo cual era tentador. Esperé un rato más, dejando que Julie durmiera y pendiente de ver si el viento tenía trazas de durar o era solo un conato, y luego fui a despertarla para que se pusiera al timón. Icé la mayor, la mesana y el genaker, todo el trapo que podíamos llevar; eso nos permitió poner rumbo a Acapulco navegando a más de cinco nudos. Julie volvió un rato abajo y yo me puse de nuevo al timón. Hacía una noche espléndida, había salido la luna y la brisa era cálida. El blanco del velamen reflejaría la luna, pero me pareció que habíamos puesto distancia suficiente, y que íbamos lo bastante rápido, pues el barco había cobrado vida gracias al viento. Ya no cojeaba; ahora parecía deslizarse.

Sin embargo, al cabo de otra media hora empecé a tener dudas. El viento era constante, pero hasta Acapulco nos quedaban cuatrocientas millas y no podíamos contar con que el viento se mantuviera así durante tanto tiempo. Navegábamos justo por el centro del golfo, en una posición altamente vulnerable.

Di un golpe de timón y puse rumbo hacia un punto al oeste de Puerto Madero. Manteniendo así una distancia prudencial respecto de la costa, evitábamos las pangas pero a la vez nos acercábamos a puerto. El viento era nuestra única oportunidad de volver a tierra; no había la menor garantía de que el motor fuese a durar. Lo tenía a baja velocidad, siempre en marcha, porque me daba miedo apagarlo.

Julie me relevó al timón durante un par de horas y luego volví otra vez. Al cabo de una hora o algo así, el viento se extinguió por completo, de modo que bajé el genaker y la mesana dejando solo la mayor, puse una marcha al motor y avanzamos de nuevo a un nudo. Me alegré de haber aprovechado el viento para cubrir terreno hacia Puerto Madero. Luego resultó que durante el resto de la travesía apenas si hubo viento, de modo que seguimos a motor el día entero, asándonos al sol, y también de noche, y luego otro día y otra noche más. Yo estaba acostumbrado a travesías largas y a que el tiempo transcurriera con frustrante lentitud, pero Julie empezaba a volverse loca. Hablaba sola, murmurando negros pensamientos sobre mí, sobre el barco, sobre México y el mundo en general.

L legamos a puerto y echamos el ancla por la mañana temprano. Julie tenía ya el equipaje listo. La llevé a tierra y luego busqué un taxi. Ella pensaba alojarse en cualquier hotel de Tapachula si no encontraba vuelo enseguida, pero su deseo era poder despegar cuanto antes.

—Me da igual adonde vaya el avión —dijo—. Incluso si tengo que hacer escala en Australia.

—Gracias por no abandonarme —le dije—. Dudo que nadie más hubiera aguantado tanto.

—En eso te doy toda la razón —dijo Julie—. Y no sé por qué he aguantado. — Luego se echó a reír—. En fin. De un modo o de otro saldremos de esta. Llámame dentro de unos días y te contaré cómo se presentan las cosas para lo de las Vírgenes y Turquía.

—Muchas gracias —dije—. Eres la mejor.

—Soy la única, no hay otra —dijo ella.

Y me miró de una manera significativa, que era como solía indicarme su interés, cosa que yo por sistema fingía no comprender.

Y, claro, cuando ella se marchó, me puse a pensar en mi novia. Había estado evitando llamar a Tamako —y pensar en ella— porque sospechaba que era solo una amiga de cuando las cosas van bien. Ella tenía pensado reunirse conmigo en las islas Vírgenes Británicas para pasar unas bonitas vacaciones navideñas a bordo de mi barco. Llevábamos poco tiempo juntos y nuestra relación estaba fundamentada en restaurantes buenos, sexo normal y ratos sin problemas. Si esas vacaciones no se hacían realidad, Tamako seguramente me mandaría a volar.

Así pues, dejando las cosas para más tarde, llamé a Herbert y le expliqué todo lo que había pasado. El me dijo que desmontara la bomba inyectora de alta presión y que la llevara a California, donde podrían hacer una limpieza y revisión a fondo. Y haría falta localizar un tester de compresión marca Volvo. De eso se ocuparía él, dijo.

Llamé también a mi madre, con quien había hablado mucho sobre toda la situación. Ella me iba prestando dinero; a estas alturas le debía ya una fortuna.

—Quizá puedes organizar chárteres en el mar de Cortés —me dijo—. Tiene que haber alguna manera de conseguir los permisos.

Me gustaba la idea de salvar algo de todo esto, pero la verdad es que me sentía muy lejos del final. No tenía ni idea de cuándo podría salir de Puerto Madero. Y necesitaba un cambio. Decidí, pues, desmontar la bomba y volar con ella a California, tal como me recomendaba Herbert. Pasaría la Navidad en casa, investigaría otras alternativas, entre ellas conseguir un motor nuevo y organizar chárteres en el mar de Cortés, y luego volvería con otra actitud.

Después de hablar con mi madre, me arriesgué a comprarle un helado de cono a un vendedor ambulante, un poco de bálsamo para el alma. Solo después me vi con ánimos para telefonear a Tamako.

Cuando le di la noticia, se quedó un buen rato callada.

—¿Tamako? —dije, pensando que se había cortado la comunicación.

—Entonces no vas a estar en las Vírgenes —dijo ella.

—No. Lo siento de veras. La cosa se ha ido complicando cada vez más. Quizá tendré que cambiar el motor, y no sé cuándo voy a poder sacar el barco de aquí. Y no será porque no intentara repararlo lo antes posible.

—Creo que esto ya me lo veía venir.

—¿En serio?

—Sí. Eres como un vendedor, David. No lo digo solo porque siempre prometes las perlas de la Virgen, sino también porque tú, como persona, eres prometedor. Superprometedor. Eres el primero que le cae bien a mi padre. Pero luego decepcionas.

—Para Navidad iré a casa... —dije.

—Yo no estaré. Me voy a las Vírgenes. Me meteré en cualquier hotel.

—Tamako.

—Tamako —canturreó ella, parodiándome.

—¿Cuándo te volveré a ver?

—Ya estoy saliendo con otro —dijo ella, y me colgó.

Miré alrededor, preocupado por que alguien me hubiera oído. Tenía la incómoda sensación de ser transparente, como si quienquiera que me mirase pudiera saberlo todo. Pero me encontraba en Tapachula, tan visible e invisible como lo hubiera sido siempre, ambas cosas a un tiempo.

Aquella tarde desmonté la bomba de inyección. No fue difícil, mucho darle a la llave inglesa. Saqué todo el gasóleo, limpié la bomba a fondo y la envolví en bolsas de basura y trapos viejos. Antes había ido al aeropuerto para comprar boleto (me había salido muy caro) y tenía todo un día por delante sin nada que hacer.

Fui hasta la playa en el bote y pregunté a los pescadores dónde vivía Santiago. Se me quedaron mirando un rato y luego señalaron hacia un punto. Caminé por la arena dejando atrás varias palapas abandonadas, que en otros tiempos quizá habían servido de mercado de pescado, y encontré una especie de capilla. Estaba profusamente adornada con artículos de pescador, trozos de red, boyas, cosas por el estilo; supuse que sería del santo patrono de los pescadores y que los regalos eran una forma de solicitar su protección. Aunque no había ni un alma por los alrededores, las flores eran recientes. Me pregunté si el santo patrono se avendría a protegerlos en sus escapaditas a Guatemala en busca de droga. No dejaba de ser una travesía naval, así que los poderes tal vez eran transferibles.

Pasada la capilla vi que había varias chozas pequeñas con techumbre de ramas y toscas paredes de lámina ondulada sujeta de cualquier manera. El suelo era de tierra y arena. En una de ellas vi letreros pintados a mano anunciando refrescos, y pensé que seguramente sería la vivienda de Santiago. Me había dicho que su madre tenía un comercio.

—¡Santiago! —llamé.

—Amigo —me respondió él desde no sé dónde.

Miré detrás de la cabaña y vi un diminuto anexo, un escusado, a unos seis metros, con un trecho de agreste jardín entre medio y dos gallos de aspecto muy belicoso. Los gallos me miraron con malos ojos, listos para pelear si era preciso hacerlo.

Retrocedí unos pasos y esperé. Santiago abrió la puerta del anexo hacia fuera y vino hacia mí con una sonrisa en los labios y la mano tendida.

—Buenos días —dijo.

Me sentí mal por el hecho de pensar que no se había lavado las manos, pero reconozco que eso fue lo que pensé.

—¿Quieres beber algo? —me preguntó.

—Estupendo, gracias —dije.

Fuimos a la tienda de su madre y Santiago sacó dos naranjadas de una hielera.

La casa debía de medir dos metros por tres y medio. La cama ocupaba un extremo, lo cual dejaba un cuadrado de dos diez de lado, aproximadamente, para la tienda. Contaba esta con una mesita, una silla, dos refrigeradores y unos estantes no empotrados. El suelo era de tierra y en las paredes había numerosos resquicios, espacios entre una lámina y otra, pues eran de distintas medidas y pura chatarra. En ese momento me arrepentí de todas las veces en que me he quejado de algo.

—Qué bien que tu madre tenga una tienda propia —dije—. Así no tiene que ir a trabajar a otra parte.

—Si —dijo Santiago—. Es verdad. Yo la ayudo, lo que saco de los yates.

—Eres un buen intérprete —dije—. Eso es muy útil. Aquí poca gente habla inglés.

—Es verdad —dijo.

Bebimos naranjada y sudamos a mares incluso a la sombra.

—Me voy una semana —le expliqué después—. Llevo una pieza del motor a California para que la reparen, y luego volveré. ¿Te encargarás de vigilarme el barco? Igual podrías pasar allí la noche, para que nadie se lleve nada...

—Sí. No problema. Nadie se lleva nada. Hablaré también con mis amigos. No te preocupes, seremos vigilantes.

Hizo el gesto de dos ojos, que a estas alturas tenía para mí, lo reconozco, connotaciones menos que positivas.

Llevé a Santiago al barco y le enseñé varias cosas, concretamente a soltar un poco de cadena si veía que el ancla lo requería.

—Los baños —dije—. Es muy importante que nadie utilice los baños. Son eléctricos, o sea que no hay modo de hacer correr el agua. Asegúrate de no utilizarlos.

—Comprendo —dijo él—. No utilizamos baños. ¿Y quieres mi madre y mi hermana limpien un poco?

Le dije que sí. Volvimos a tierra y fuimos a una palapa donde mi ex tripulación había pasado buenos ratos.

—La chica —dijo Santiago, señalando—. La pequeña, estaba con el Oso, aquel tipo muy grande.

—¿Llegaron a acostarse? —pregunté.

Santiago dejó su Corona sobre la mesa para expresar con ambas manos su incredulidad:

—¿Tú qué crees?

—¿Y Mike también? ¿Tenía alguna chica?

—Dos. Y él y su amigo Oso hacen promesas, dijeron llevamos chicas a Estados Unidos, pero luego se marchan y ya está.

—Qué mamada.

—No importa —dijo Santiago—. ¿Tú tienes novia?

—Hoy hemos roto.

—¿Hoy? Entonces te invito a una cerveza, hermano.

—Tranquilo —dije—. No era el amor de mi vida.

—Qué suerte, ser americano —dijo Santiago—. Puedes tener las que quieras.

—No creo que eso sea verdad.

—Es verdad —dijo Santiago—, Puedes coger con cualquiera aquí. Tú si gustas una, me avisas.

—Espero que no sea necesario. Me gustaría salir de aquí con vida.

—Te preocupas demasiado, hombre. Tú vives bien.

A la mañana siguiente lo tenía ya todo listo para partir. Llevé mis bolsas a cubierta y en ese momento vi acercarse una vieja lancha del práctico. El hombre me gritó algo en español. Como no entendí ni una palabra, le indiqué por gestos que no pensaba hacer nada. Entonces él salió de su timonera, gritó no sé qué más y señaló hacia mi barco y otra zona del puerto. Mientras tanto, su lancha seguía avanzando a gran velocidad y estaba a punto de incrustarse en mi proa, de modo que el hombre tuvo que volver corriendo al timón. Se me ocurrió que quizá me pedía que anclara en otro sitio, tal vez a causa de la draga.

—No motore —le grité—. No tengo motore.

Como había quitado la bomba de inyección, no podía utilizar el motor para mover el barco.

Esto aumentó considerablemente el nerviosismo del hombre. Ahora agitaba los brazos, sin parar de gritar.

—Está bien, está bien —grité yo—, ¡Santiago! —Y señalé hacia tierra.

El hombre dejó de chillar. Asintió con la cabeza, y yo lo interpreté como que podía ir por Santiago. En el pueblo todos sabían que era mi intérprete.

Remé hasta la playa, fui a despertar a Santiago y volví al barco con él. Una vez allí, habló con el hombre y luego me dijo lo que yo había deducido, que tenía que mover el barco porque la draga necesitaba pasar.

Le expliqué lo del motor.

Santiago lo intentó, pero el hombre se mantuvo en su propósito.

—Dice que alguien nos remolca. Esto lo arreglo.

Y, sin esperar, silbó a alguien que estaba en la playa, un potente silbido de esos con dedos en la boca, que yo jamás he sabido cómo hacer.

—Pero el cabrestante es eléctrico —le dije—. Tendremos que halar toda esa cadena y el ancla a pulso, y es demasiado difícil.

Santiago tradujo, pero tampoco esta vez conseguí convencer al práctico. Así pues me cambié de ropa —otra más sucia— y me dispuse a izar la cadena. Santiago me echó una mano, pero con esa falta de espontaneidad que es como si no te ayudaran, y tuve que arreglármelas yo solo. Subí un par de palmos de cadena cada vez, y los eslabones salieron enseguida cubiertos de lodo. El mal olor era abrumador. Aquel puerto era literalmente una letrina, y yo estaba dragando una parte nueva del mismo. Ya no veía siquiera los eslabones. Eran como mazacotes de fango negro, espeso y viscoso, con un elevado porcentaje de heces humanas.

Fui amontonando la cadena en la cubierta de proa. Intentaba no mancharme de lodo, pero tenía ya los codos y las rodillas empapados, así como salpicaduras en diversas partes del cuerpo, si me rascaba allí donde me escocía. La cara la tenía sucia también.

Por fin, el barco empezó a girar, libre del ancla. Desde una embarcación pequeña, el amigo de Santiago sujetó la bolina, pero el tipo se lo tomaba con parsimonia y el barco empezó a derivar hacia unas rocas, y yo no podía hacer nada porque seguía sujetando la cadena y tirando del ancla recién arrancada.

—¡Las rocas! —le grité a Santiago—, Dile que nos mantenga lejos de esas rocas.

Santiago miró en aquella dirección, vio las rocas por primera vez, lanzó un silbido y se las señaló a su amigo, el cual dejó de pensar en la inmortalidad del cangrejo y dio gas a su motor. Nos libramos por un pelo. Luego recorrimos unos cientos de metros hacia donde la bahía se estrechaba.

Necesitaba conocer la profundidad para ver si allí estábamos seguros, pero no podía soltar la cadena y el ancla. Atrapado como estaba, y cubierto de mierda, jalando para que el peso no volviera a caer, empecé a ver la metáfora de la situación. Mi vida de entonces era eso. El barco entero venía a ser mi propia ancla, y yo estaba atrapado en la mierda, sujetándola, mientras otra gente llevaba el timón. Y acabaría donde a ellos les pareciese oportuno. No fue reconfortante pensarlo. La única salida era soltar el ancla y que el barco hiciera lo que quisiese, pero era una pérdida de dinero que yo no podía permitirme. Seguí, pues, como estaba. Y la culpa era mía y de nadie más.

Santiago le dijo a su amigo que parara.

—Este sitio es bien —me dijo luego a mí—. Aquí puedes tirar el ancla.

Yo pensé: «Exacto, quien decide es Santiago. Si necesitas ubicar a tu enemigo, mira a quien está más cerca». Pero todo esto no era más que paranoia. Santiago me estaba ayudando. Lo que yo necesitaba era pasar una semana en casa y volver con otra actitud.

Solté el ancla y me aparté para dejar que corriera la cadena. Se detuvo enseguida. Estábamos en menos de seis metros de agua y en una zona remota y desprotegida de la bahía, cerca de ciénagas y cocodrilos. Ojalá todo saliera bien.

P uedo arreglarlo —dijo Herbert—. Confía en mí. —Tenía la teoría de que el problema era la junta de culata.

—Pero ¿por qué tus ayudantes no pueden venir después de que hayas arreglado el motor? No quiero tener que pagar otros tres boletos de avión por nada.

—David —me dijo—, yo puedo arreglarlo. Tú compra la junta de culata nueva y los boletos, y nosotros llevamos tu barco hasta San Diego para que puedas venderlo allí. Se acabarán todos tus problemas. Y dejamos el barco en mejores condiciones que si lo hiciéramos a bordo. Herbert Mocker siempre trabaja así. No te imaginas lo bien que va a quedar. Herbert Mocker y su equipo hacen pequeñas cosas, cada día, siempre arreglando. —Con las manos ataba pequeños nudos de una cuerda imaginaria—. Después de este viaje, no tendrás que pisar Puerto Madero nunca más.

El verdadero motivo de que Herbert estuviera dispuesto a arriesgarse con boletos para su equipo era que debía entregar otro barco, de Florida a California, a finales de enero y su agenda era muy apretada, más aún teniendo en cuenta que yo quería que llevara mi barco a San Diego.

Es difícil explicar por qué confié de nuevo en Herbert Mocker. La razón principal parecía ser el tiempo: yo necesitaba organizar viajes en las islas Vírgenes cuanto antes, lo cual me dejaba poco tiempo para navegar yo mismo hasta San Diego si había demoras. Aparte de eso, no contaba con tripulación que bajara luego conmigo hasta Puerto Madero, y necesitaba un mecánico. Pero creo que lo que necesitaba también era que alguien, quien fuese, me resolviera los problemas.

Herbert, como de costumbre, no pensaba hacer su trabajo si no era a su modo, así que al final accedí a comprar boletos para sus tres ayudantes. La bomba estaba limpia y reconstruida, teníamos un tester de compresión y la junta de culata nueva, y casi sin darme cuenta me vi otra vez en el aeropuerto. Herbert no dejaba de presumir por lo de la junta de culata, pues al parecer no había otra de repuesto para mi motor en todo el país.

—Puedo encontrar cosas que nadie más puede encontrar —dijo.

Cuando fui a facturar a la ventanilla de United Airlines, me dijeron que no podía llevar la bomba de inyección con el equipaje de mano. Yo les expliqué que estaba recién limpiada y recompuesta, pero me contestaron que como había contenido gasóleo, no podía volar conmigo. Les expliqué que los gases de combustión no son explosivos como en el caso de la gasolina, y que además la bomba probablemente no contenía gases. El del mostrador llamó al especialista en artículos prohibidos y luego me dijo que imposible. Intenté hacerle ver al del mostrador que el presunto especialista estaba metiendo gasóleo y gasolina equivocadamente en el mismo saco. Mi argumento no pareció impresionarle.

Total, no pude facturar mi equipaje. Con los boletos y el equipaje fui a probar en otros mostradores de United. No mencioné que en una de las bolsas llevaba la bomba de inyección y la bolsa pasó el escáner como si nada. Luego fui a la puerta de embarque con Herbert y sus tres ayudantes y esperé.

Estaba nervioso por lo de la bomba, y medio deprimido por tener que pagar boletos de avión para cuatro personas. Estaba perdiendo dinero a un ritmo de diez mil dólares semanales. Contando boletos de avión, el dinero devuelto a los amigos de Julie, sueldos, reparaciones, el alquiler de un barco para los chárteres en las islas Vírgenes, etcétera, iba a perder un total de cuarenta mil dólares, como mínimo, y todo porque el capitán —la capitana, Elizabeth— había sido irresponsable. Y quizá también porque yo era un desastre y no había sabido resolver el problema. En cualquier caso, resultaba duro de aceptar, más aún cuando mi sueldo de profesor era de apenas veintisiete mil dólares anuales.

Y entonces, un momento después de que anunciaran que ya podíamos embarcar, oí mi nombre por los altavoces. La bomba, pensé. Me habían descubierto, a saber cuáles serían las consecuencias de mi pequeña trampa, fruto de la simple desesperación. Había subido a aviones de United con la bomba goteando combustible y ahora no tenía otra opción que volver con ella. En México era imposible encontrar otra bomba de inyección marca Volvo.

Fui hasta el mostrador y me identifiqué. El empleado consultó su ordenador y me dijo:

—Le han pasado a primera clase.

Santiago había montado fiestas en el barco. Los inodoros estaban taponados, aquello era un crudo espectáculo de mierda y papel higiénico por todas partes. No sé qué diantres habrían comido; era difícil entender cómo podía nadie salpicar mierda hacia ángulos tan inverosímiles. Y algunos colores no acababa de comprenderlos.

—Una noche tengo un par de gente en el barco —me dijo Santiago—. Solo mi novia y su amiga. Pero los inodoros no funcionan.

—Yo te avisé, hombre —dije yo—. Son eléctricos, y no hay electricidad a bordo.

Santiago tenía cara de dormido, el pelo todo de punta.

—Perdona, hermano —dijo—. Aviso a mi madre y mi hermana que limpian aquí. Tú no pagas nada.

—Gracias —dije, aunque no me gustó nada la idea de que a su madre le tocara hacer el trabajo sucio—. Oye, creo que haré venir a alguien. ¿Sabes a quién podría contratar? Es que no quiero que tu madre vea esto.

—Okey —dijo Santiago—. Yo busco alguien.

Le di veinte dólares para los inodoros y otros veinte para limpiar la basura que había en cubierta, montones de colillas, botellas de cerveza... Las fiestas habían estado al máximo.

—Y no quiero más fiestecitas, ¿de acuerdo? —dije.

—De acuerdo. Nosotros vigilamos el barco. Nadie se lleva nada.

—Gracias. Te lo agradezco. Bueno, qué caray, pues monta una fiesta si quieres.

Santiago sonrió.

—Amigo —dijo—. Es un barco bonito. Traigo un par de chicas, no solo mi novia. Pero en tu cama no. La de en medio.

—Bueno, gracias —dije, y como no sabía qué añadir, le pregunté a Herbert si podíamos ponernos a trabajar en el motor.

—Hay que limpiar el barco —dijo Herbert—. Mi gente no vive en estas condiciones.

—Lo sé. Ya le di dinero a Santiago; él se ocupará de contratar hoy a alguien para que lo limpien.

—No deberías hacer tratos con Santiago.

—Ya, pero digamos que así es como funcionan mis cosas. Yo soy así, imagino.

Herbert se quedó sin saber qué decir. Levantó las tablas de la sala de máquinas y nos concentramos en eso.

Le ayudé a instalar otra vez la bomba, y él se ocupó de la parte delicada, que era ajustar el tiempo de encendido. Tardamos dos horas. Herbert no dejaba de resoplar, un tipo grande como él con ciertos problemas respiratorios, pero luego expurgamos los conductos y conseguimos arrancar. Al ponerlo en marcha y revolucionarlo un poco, el motor escupió al agua una película negra. Y seguía sonando mal. Herbert hizo una prueba de compresión y descubrió que uno de los cilindros estaba tocado.

—¿Tocado? ¿Qué quieres decir? —le pregunté—, ¿Se puede hacer algo?

—No —respondió—. Salvo rectificar el cilindro, pero aquí es imposible. Hay que cambiar el motor.

—¿Cómo que cambiar? ¿Y la famosa junta? ¿No me dijiste que esto lo arreglabas tú? ¿Y el dinero que acabo de desembolsar en boletos de avión para cinco personas?

—Oye, a mí no me hables en ese tono. Nadie le habla en ese tono a Herbert Mocker. Vas a tener que buscarte otro mecánico.

—No, nada de eso. Tú vas a asumir cierta responsabilidad. La primera vez ni siquiera subiste a bordo, no me dijiste nada del tester de compresión, y esta vez insististe en venir con tus tres ayudantes. Hiciste hincapié en que Herbert Mocker podía arreglarme el motor. Dijiste que Herbert Mocker me llevaría a San Diego como por arte de magia. Abracadabra. Que yo no tendría que poner el pie nunca más en esta pocilga. Herbert Mocker arreglaría esto y lo otro y mi barco quedaría perfecto. —Imité su gesto de atar nudos con cuerdas.

Herbert se quedó callado. No volvimos a hablarnos durante el resto del día. Él estaba enojado y yo también, y yo desde luego no me sentía orgulloso de mí mismo, no me creía ningún genio. Y, aparentemente, el motor no tenía arreglo.

Al día siguiente volvimos a hablarnos, si bien a regañadientes. Los ayudantes volvieron a casa. Herbert iba a quedarse un par de días más. Anteriormente, yo ya había sondeado en DINA y otros sitios la posibilidad de comprar otro diésel y hacerlo instalar, de modo que sabía lo caro que me iba a salir. Un motor nuevo que en California podía costar trece mil dólares, en México podía salirte por dieciocho mil. Y eso suponiendo que las cosas no se estropearan.

—Deberías comprar uno de segunda mano en California —me dijo por fin Herbert—, Yo puedo cruzar la frontera en mi camioneta, el motor lo guardo en el maletero, tapado con una lona. Pero arriesgarse con un motor nuevo, eso ya no. Demasiados problemas si te descubren.

Hablamos con gente de DINA y se mostraron dispuestos a ayudar. El único problema era la grúa. Tendríamos que alquilarla a la autoridad portuaria y podía ser que nos dijesen que no. Y tendríamos que buscar un muelle. En el mismo lugar que los pesqueros no podíamos estar porque era ilegal, pero había un trecho abandonado de concreto en la vieja estación de servicio Pemex. Eso podía servir.

Lo de la grúa nos supuso un montón de viajes en taxi y frustrantes conversaciones con funcionarios corruptos, y la respuesta nunca estaba clara.

—Olvídalo —dije al final—. Desmontaré el motor y lo sacaré con una driza. Luego desmontaré el motor nuevo y lo bajaré por el mismo sistema.

Herbert estuvo de acuerdo. Cambiamos los boletos para volar al día siguiente, dejando el barco al cuidado de Santiago. Él se moría de ganas de organizar otra fiesta.

De vuelta en California, encontramos un motor usado que podía encajar donde el antiguo sin necesidad de hacer modificaciones. Era un Ford de cuatro cilindros y veinte años de antigüedad, con el mismo bloque Peugeot poco fiable de mi Volvo, pero se encontraba en muy buen estado.

Herbert empezó otra vez con que podía pasar el motor en su camioneta, así que me puse a mirar agencias de transportes y averigüé que solo había una empresa que realizara envíos por carretera a Tapachula. Tapachula casi no está en el planeta. Y un envío por vía aérea podía tardar meses o años en la Ciudad de México sin que, al parecer, hubiera modo de localizarlo.

Una vez facturado el motor, me puse a trabajar con Julie para concretar viajes de invierno por las islas Vírgenes Británicas. Había pocos clientes y eso estaba significando mi muerte financiera, pero el verano prometía ser mejor. La gente parecía interesarse más por Turquía, sobre todo clientes antiguos, y alquilar allí un barco no era tan caro. Aparte de eso, yo estaba ampliando el abanico de mis talleres, que ahora incluían arqueología y «clásicos». El futuro inmediato, al menos sobre el papel, se presentaba bien; dentro de unos años podía tener armado una especie de «semestre en altamar» para alumnos adultos, en vez de estudiantes jóvenes. Eso no había nadie que lo hiciera, descontando los viajes carísimos que organizaban asociaciones de antiguos alumnos, que no eran competencia para mí. Yo podía ofrecer al cliente el mismo profesorado y los mismos itinerarios por la mitad de precio.

Pero antes tenía que volver a Puerto Madero.

A migo —dijo Santiago. Había hecho más fiestas en el barco. Latas de cerveza tiradas por allí, baños nauseabundos, etcétera, pero al menos mi cama seguía virgen.

—Tú no pagas nada —dijo—. Mi hermana viene a limpiar.

Yo estaba junto a la puerta de mi camarote y de repente empecé a producir agua. El sudor me cubrió todo el cuerpo en un instante. Aquel calor era insoportable, y otro tanto el tufo que venía de los baños. Dejé el equipaje en el suelo y subí a cubierta.

Eran casi las once de la mañana y el sol era ya cegador, un verdadero infierno. Pero había una ligerísima brisa, rayando casi lo imaginario, aunque suficiente para que uno notara una sensación de frescor. Tenía un impacto psicológico.

—Bien —dije—. El motor estará aquí en cuatro o cinco días, o sea que necesito llevar el barco al muelle de Pemex y luego retirar el motor viejo y hacer que suelden uno de los tanques.

—¿Los tanques? —dijo Santiago.

—Hay uno que tiene una pequeña fuga, una filtración, y el combustible está encharcando la sentina. O sea que mientras el motor esté fuera, habría que soldar eso.

—Okey —dijo Santiago, en un tono luctuoso que daba claramente a entender que eso no iba a pasar de ninguna manera.

—Carajo —dije—. No acabo de creer que esté otra vez aquí. Perdona.

—Tranquilo, hermano. No es mi país.

Me tocaría recoger de nuevo la cadena, levantarla a mano y llenarme otra vez de negras y viscosas heces, como un arqueólogo en busca de vestigios de nuestros antepasados. Esta vez igual encontraba algún hueso, o un mamut entero, por qué no. Entonces recordé que tenía un motor que funcionaba a medias. Podía cargar las baterías, utilizar el cabrestante e ir en el barco hasta el muelle.

—Bingo —exclamé.

—¿Qué? —dijo Santiago.

—Esta vez tengo un motor. No hace falta que nos remolquen.

—¿Por qué no te vas, amigo? Vete a California, llévame contigo.

—Ya lo intenté —dije—. ¿No te acuerdas?

—Sí.

Santiago asintió con la cabeza. Pero no creo que lo entendiera del todo. Para los que no son marinos, es fácil pensar que uno zarpa de un puerto cualquiera y que luego el barco aparece como si nada en el puerto de destino.

Tenía miedo de que el motor no arrancara, pero arrancó. Lo dejé en marcha unos veinte minutos para cargar las baterías y luego subí el ancla con el cabrestante eléctrico. Todo aquel lodo nauseabundo, aderezado de heces, iba a meterse en el pozo del ancla, pero con suerte encontraría una manguera y podría limpiarlo más adelante.

Navegué a paso de tortuga, menos de un nudo, hacia la otra zona del puerto, soltando por detrás una pequeña marea negra de más de medio metro de ancho. ¡Y yo que me las daba de ecologista! Lo había sido, en efecto, durante muchos años; y siempre había pensado que navegar era un deporte ecológico. De alguna manera no se me había ocurrido pensar en el motor diésel, la pintura a base de cobre, el barniz, los diferentes productos químicos.

—California —dijo Santiago—. Vamos, hombre. Yo marcho ahora. No necesito mis cosas. No necesito despedirme.

—Porque eres un trotamundos —le canté.

Era una de Donna Summer.

Me alegré de estar en movimiento aunque fuera por cinco minutos. Volvía a controlar la situación. Me sentía optimista.

Entré en la bahía pequeña y fui en baja velocidad en dirección al muelle abandonado. Las palapas eran como una zona marginal de Puerto Madero, a su vez una zona marginal de Tapachula. Pero la cala donde atracaban las barcas de pesca era una zona marginal de las palapas. Había una sola calle de tierra y una docena de pequeñas construcciones, los muelles de cemento para la veintena de barcas de pesca, el muelle abandonado de Pemex, y nada más.

Nuestro muelle consistía en un trecho de concreto de un metro ochenta de alto, gastado y agrietado. Neumáticos grandes atados con cadenas a la cara frontal. Bombas averiadas con conductos que iban hasta depósitos y edificios decrépitos, cerca de alambre de púas y alrededor la selva. A mano derecha un campo de hierba seca, luego la calle de tierra, y en primera línea de playa unos cuantos comercios donde se proveía la flota pesquera.

A esta parte de la bahía no llegaba brisa del océano. Ni siquiera una brisa imaginaria, o esperanza de que la hubiese. El aire estaba poblado de moscas, y por la hierba y el concreto correteaban alimañas. Las barcas de pesca tenían los generadores conectados, sin silenciador, el ruido era infernal, solo comparable a los chillidos de la horda de niños que apareció en la carrera tan pronto atracamos. Pedían un peso, o un dólar, o una Coca-Cola, cualquier cosa, a cambio de recogerme la basura o lo que hiciera falta. La mayoría llevaban pantalón corto, o largo, sin camisa, ni uno solo calzado, todos con greñas sucias, las manos mugrientas y la cara otro tanto. Les dije que no. Quería evitar tenerlos rondando por allí cada día. Varias personas llamaban a mi barco «el cajero automático», y no les faltaba razón. Mi aspecto hablaba de dinero, pese a que yo estuviera cada vez más endeudado y que el problema se agravara de día en día, hasta el punto de que, técnicamente hablando, mi capital neto era menor que el de cualquiera de aquellos niños.

—Necesitas alguien que vigila tu barco —dijo Santiago—, Aquí no dejas el barco, hermano.

Miré en derredor y me puse a pensar. Si necesitaba a alguien que me vigilara el barco, sobre todo por la noche, mientras yo estaba fuera, lo más seguro era contratar al mayor delincuente del pueblo, aquel a quien todo el mundo temiera.

—¿Hay por aquí algún capo del crimen? —pregunté—. ¿Número uno bandido?

Estaba yo mirando hacia la palapa que había unos cien o ciento cincuenta metros más allá, donde un grandulón estaba espatarrado a la sombra en una hamaca, y media docena de tipos flacos esperaban allí de pie.

Santiago me sonrió.

—Aprendes rápido —dijo—. Tú conoces el país.

—Gracias —dije—. Al final, acabaré pagándole a ese hombre, sea quien sea, de modo que mejor pagarle a él de entrada y así me ahorro pagar a otros.

—Conozco el hombre —dijo Santiago—. Se llama Gordo y vive aquí mismo. Yo te llevo.

—¿Es ese que está en la hamaca? —pregunté, señalando.

—Sí.

Me volví, no fuera caso que ellos nos estuvieran mirando, pero se me escapaba la risa. Tuve que irme abajo. Gordo. Ni más ni menos. El tipo era realmente obeso. Sí, ya sé que parece que me lo esté inventando, pero México puede ser un lugar muy literal. En México, el grandote barrigón es el delincuente en jefe y se hace llamar Gordo.

Cruzamos el campo hasta donde estaba la hamaca. Gordo estaba rodeado por un montón de hombres que estaban sin hacer nada, pero no holgazaneando. Allí el único que holgazaneaba era él.

Tuvo a bien bajarse de la hamaca. Yo era el famoso «Cajero Automático». Era alguien importante. Gordo no llevaba bigote, cosa rara. Y el pelo lo tenía más corto, y con entradas. Su rostro era grande y su expresión afable. Me saludó en español, me dio una palmada en el hombro y fuimos juntos hacia el barco, con Santiago y varios de sus hombres detrás.

Gordo inspeccionó el barco y dio su visto bueno. Santiago hizo de intérprete mientras Gordo me decía que era un buen barco para el mar, que podía aguantar cualquier tempestad. Con un barco así se podían explorar nuevos territorios. Con un barco así podías ir hasta la isla de Pascua. Gordo quería ir a Pascua para ver aquellos enormes monumentos de piedra. El mismo se ocuparía de vigilar el barco. Se sentaría por las noches al timón hasta que yo volviera de Tapachula.

Le dije, por mediación de Santiago, que no tenía por qué hacer eso. Yo no pretendía que vigilara personalmente el barco. Pero él se detuvo y me cogió el brazo. Llevaba un pantalón enorme de deporte y unas chancletas, sin camisa y sin sitio donde meter un arma. Pese a ello, se le veía muy relajado... y amenazador. Dijo algo, y Santiago tradujo: Gordo insistía en querer vigilar personalmente el barco. Quería meditar sobre las posibles travesías, y que yo le hablara de los lugares a los que el barco había ido ya.

—Gracias —dije, y sonreí.

La cosa estaba saliendo bien. Entonces le pregunté a Santiago por el precio. (No quería parecer grosero pero necesitaba saberlo.) Resultó que era muy asequible. Doscientos pesos a la semana, es decir, solo veinticinco dólares. Cuatro veces el salario medio de la zona, pero aun así una ganga. Y el tipo iba a estar a bordo todas las noches hasta mi regreso, por mucho que yo tardara en volver. De pronto me entraron dudas de que Gordo fuera en verdad el delincuente en jefe, pero no pude decir nada hasta que se marchó y me quedé otra vez a solas con Santiago.

—Esto no me convence —le dije—. Es demasiado barato.

—Le gusta tu barco —dijo Santiago—. Y el dinero está bien.

—Muy raro —insistí yo—. Pero en fin. Yo contento de no tener que pagar más. ¿Y crees que el barco estará seguro?

—No te preocupes nunca más. Nunca cierras el barco. Dejas todo. Nadie se lleva nada. Dale un regalo por la noche.

—¿Una propina?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Diez pesos, pero no olvides. Dale una cerveza. El no quiere, pero tú debes dar.

—En fin. ¿Por qué me habrá tocado este país de locos? —dije. Y luego me di cuenta de que quizá me había pasado—. Perdona.

—No problema, hermano. Yo te digo antes, no es mi país. Mi casa es en Guatemala.

Pero mi actitud empezaba ser preocupante. Estaba generalizando a partir de simples pruebas anecdóticas, y eso siempre es peligroso. De jovencito era muy izquierdista. En California había participado en protestas a favor de trabajadores emigrantes, incluidos los ilegales, y había dado clases particulares a chicos mexicanos desfavorecidos. No quería ser xenófobo ni racista, por descontado, y me daba cuenta de que necesitaba urgentemente un cambio de chip.

Estaba yo en mi cama esa noche, en el camarote de popa, desnudo y empapado en sudor, dándole vueltas a estas cosas, cuando oí algo en la escalera. Más pequeño que un ser humano pero más grande que una cucaracha. Me incorporé enseguida y agarré la linterna. Dirigí la luz hacia el salón grande y allí no vi nada, pero al ir hacia la puerta vi algo que me miraba a dos palmos de distancia, en la escalera de cámara. Una rata grande. Me detuve en seco. La rata bajó corriendo por la escalerilla y se coló en la zona de cocina.

—Lo que faltaba —dije.

La seguí con la linterna sin tener ni idea de cómo iba a sacarla del barco. Con la mano, desde luego, yo no la iba a agarrar. No era experto en enfermedades y quería pensar que no era un paranoico tampoco, pero sabía que si te mordía una rata en un lugar así, llevabas las de perder.

Volví al camarote y me vestí de pies a cabeza. Pantalón largo, calcetines, zapatos, sudadera, gorra, guantes. No podía más de calor, pero no quería dejar al descubierto ni un trozo de carne. Luego abrí los armarios de detrás del salón y miré las existencias. No había ningún espray antirratas, ni siquiera antibichos varios. Pero sí quedaban productos para el mantenimiento del barco, y decidí que la rata iba a probar lo que era bueno.

Opté por el T-9000, un lubricante aeronáutico que yo utilizaba para las jarcias. Lo fabricaba Boeing, tenía una boquilla ajustable y era un producto químico sumamente nocivo. Avancé armado de linterna y espray y descubrí a la rata subida a la encimera, justo donde yo solía dejar las rebanadas de pan para hacer sándwiches de mermelada y mantequilla de cacahuete. Fui hacia allá dando un rodeo, de forma que la rata tuviera que huir escaleras arriba. Previamente había cerrado la puerta del camarote de popa y las escotillas de la sala de máquinas, así como los armarios del salón. No quería dejarle más alternativa que salir.

Mientras la rata miraba fijamente la luz de la linterna, adelanté el espray y le rocié generosamente la cara. El roedor pegó un brinco, en vertical, y yo solté un grito y dio un salto hacia atrás. La perdí de vista, no estaba en el haz de luz, mala cosa, y yo moviendo la linterna de un lado a otro, hasta que la localicé en el suelo del salón; me miraba otra vez, ahora con cierta hostilidad. Me incliné hacia adelante y le lancé otro chorro a las narices. La rata dio un respingo pero se quedó donde estaba. Repetí la operación, y entonces se subió al sofá. Yo me envalentoné, le puse el extremo de la boquilla a un par de centímetros del hocico y le rocié directamente a los ojos. La rata salió disparada, corrió como loca por el salón y finalmente echó escaleras arriba hacia la cubierta, perseguida por mí, rociando sin parar hasta que la tuve acorralada en la proa. Apenas si le quedaba sitio, pero continué atacándola con el espray mientras la rata intentaba hacer una finta y esquivarme, pero ante mi insistencia finalmente saltó por la borda y cayó al agua.

Vi como chapoteaba, arañando luego con sus deditos de rata el casco de fibra de vidrio en un intento de trepar de nuevo a bordo. La rocié un poco más, por no quedarme corto, hasta que se alejó hacia tierra.

Contemplé el muelle de concreto. La marea en ese momento era descomunal, casi dos metros, lo cual me obligó a aflojar los cabos. Según el momento, el muelle podía estar un metro y medio más arriba o más abajo de mi cubierta, y si los cabos quedaban demasiado tirantes cuando el barco estaba alto, corrían el riesgo de romperse cuando bajara. Eso quería decir que el barco no paraba de bailar en la corriente, alejándose unas veces del muelle, acercándose otras, y los neumáticos amarrados al concreto dejaban su pegajosa mugre negra en el costado del barco cada tantos minutos, proximidad que aprovechaban las ratas para subir a bordo; no había manera de cortarles el paso.

Volví adentro, cerré la compuerta y todas las ventanas y escotillas. Me asaría vivo, pero de este modo no entraría ninguna rata y nadie me mordería mientras estuviese durmiendo. Herbert me había contado que a un hombre le royeron los huevos mientras dormía. Según me dijo, a las ratas les gustaba esa parte anatómica, y aunque yo sabía que las anécdotas que pudiera contarme Herbert Mocker no eran de fiar, prefería en este caso no correr riesgos.

Y allí estaba yo, desnudo, tumbado sobre una estúpida sábana de franela, sudando a mares, toda la noche, y el aire tan caliente y tan denso que era como tener una almohada sobre la cara. Mientras tanto, las oía corretear por la cubierta, como ardillas en un tejado.

Seguir: parte 4 de 8