Cocodrilo
Cocodrilo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
Me senté a la mesa y dirigí la vista hacia las barcas, evitando al pretendiente. El continuaba mirándome, pero no supe por qué. ¿Acaso no estábamos en paz? ¿No se había percatado de la reacción de Marta? Además, era el único restaurante en todo el pueblo; yo no tenía elección.
Clara, la hermana de Marta, me trajo el sándwich y el licuado. Me puse a comer e intenté concentrarme en los pesqueros y en cómo reparar el depósito de gasóleo. Aparte de eso, empezaba a intrigarme la ausencia de Santiago. Fue entonces cuando apareció por allí la prostituta del vestido naranja chillón. Estaba borracha, como de costumbre, y probablemente drogada. Apoyó las manos en mi mesa y acercó su cara a la mía.
—Hola —dijo, con un sonsonete seductor e irónico.
Me llegó el tufo a alcohol.
El pretendiente dijo algo desde la pared, algo que sonó a advertencia, y la mujer se enderezó. Luego, llevándose una mano a la cadera, le mentó la familia. Pude distinguir la palabra «madre», y deduje que lo que le había dicho no era nada agradable.
El tipo se acercó a la mesa, reiterando su advertencia, y entonces ella me pasó un brazo por los hombros, se inclinó hacia mí y me lamió la oreja. Se echó a reír, y ahí el pretendiente no pudo más. Era más bien bajito, pero rugió y embistió como un toro hacia nosotros.
Intenté levantarme del banco donde estaba sentado y conseguí caer de espaldas al suelo. Vi cómo la mujer recibía un puñetazo en la cara y se derrumbaba en mitad de la calle. Luego, todo se ralentizó otra vez. Me levanté por detrás de la mesa; el pretendiente ni siquiera me miró. Estaba esperando a que ella se pusiera de pie. Ella permaneció tendida durante unos minutos, diciendo cosas que no logré entender. Tenía el vestido rasgado y sangraba de una rodilla. Estaba medio cubierta de tierra. Miró al sol, balanceándose sobre ambos codos, una sonrisa en los labios como si estuviera bronceándose en la playa, y luego se levantó. Fue lentamente hacia el hombre, semiagachada, como un púgil. El estaba medio agachado también y retrocedía, curiosamente pulcro con sus jeans y su camisa a cuadros. Llevaba el botón superior abrochado, la tela pegada al cuello. Su amigo el del sombrero negro de vaquero, que estaba detrás de él, empezó a jalonearlo.
No entendí por qué el pretendiente no me había pegado. ¿Tenía que ir yo ahora a rescatar a la mujer? ¿Era una provocación sutil, o había en todo aquello alguna otra historia? Estábamos a plena luz del día, y se suponía que estas cosas pasaban por la noche, mientras yo estaba a salvo en mi barco.
La mujer se abalanzó sobre el pretendiente y le propinó un directo a la mandíbula, pero los tacones altos y el propio impulso la hicieron caer y torcerse un tobillo, y en cuanto estuvo en el suelo, el tipo y su amigo la agarraron del pelo y estamparon su cabeza contra la dura pared. Fue tan brutal que casi no lo podía creer. Después, ella se quedó allí tirada, boca arriba otra vez, la frente ensangrentada, gimiendo. Estaba toda cubierta de polvo y sangre. Los dos hombres habían vuelto a su lugar de siempre junto a la pared y ahora me observaban.
Yo no sabía qué hacer, y al final dejé dinero encima de la mesa y me fui andando hacia el barco. La dejé allí al sol, como un animal moribundo. Pero es que toda la historia era absurda. Yo ni siquiera la conocía. Tampoco conocía al pretendiente, ni a su amigo, ni a Marta y su familia. Si querían hacerse trizas unos a otros, por mí que no se detuvieran. Nadie me había mandado limpiar este pueblo.
Sin embargo, una vez a bordo me sentí como un cobarde, y preocupado por la herida en la frente de la mujer. Necesitaría atención médica, lo cual significaba probablemente ir a Tapachula. Abandoné el barco y fui a ver a Gordo.
Estaba en su hamaca y parecía relajado. Intenté contarle lo de la pelea.
—Un hombre y una mujer —dije, señalando hacia el restaurante, pero mi vocabulario era mínimo. ¿Cómo se decía «pelea» en español?
Gordo se llevó un dedo a los labios para hacerme callar. Luego se levantó de la hamaca como habría hecho un oso y me acompañó hasta el barco, protegiéndome con una manaza apoyada en mi cogote.
—Me preocupa esa prostituta a la que han dado una paliza —dije en inglés, por no saber cómo decirlo en español—. Quisiera pagar para que alguien la lleve a un hospital.
Gordo asintió, como si entendiera lo que yo le había dicho. Quizá sabía más inglés del que me imaginaba. Quise preguntarle qué estaba pasando, pero no me pareció apropiado. Cuando llegamos al barco bajé a por todo mi dinero, que al cambio venían a ser unos doscientos dólares. Gordo lo tomó, se despidió con un gesto de cabeza y echó a andar. Un cuarto de hora después vi que una camioneta Ford paraba delante del restaurante y que subían a la mujer a la cabina. Yo seguía siendo un cobarde, pero al menos la atenderían. Además, quién sabe cómo habría acabado todo si llego a intervenir en la pelea. Como dijo Brook Shields en una campaña antitabaco: «Si te mueres, te pierdes una parte muy importante de la vida».
Cuando apareció por fin aquella tarde, Santiago se mostró filosófico:
—Quizá es mejor. Ahora quizá no tienen que matarte.
—Vaya, gracias —dije—. Eso me hace sentir súper a salvo.
—Vete a California. No necesitas el barco.
—No tengo un centavo —dije—, Y debo mucho dinero del barco.
Era evidente que no me creía; al final se encogió de hombros y dijo:
—Si no te vas, Helena conoce a una chica, una amiga, te la presentará.
—No busco ninguna amiga ni novia —le dije.
—Se llama Eva —dijo él—. Las traigo a las dos, mañana, o el otro, y vamos a Tapachula.
—Yo no busco amiga —repetí—. Fíjate en lo que ha pasado.
—Te gustará.
Yo no tenía ganas de discutir.
—Oye, tenemos que sacar el bloque de motor —le dije—. Dentro de tres días llegará el motor nuevo. Y necesito encontrar quien suelde el tanque.
Santiago miró hacia el cielo.
—Es tarde —dijo.
—Vale, muy bien —dije—. Hoy lo dejamos correr, ¿puedes venir mañana por la mañana y me ayudas a sacarlo?
Santiago apoyó una mano en mi clavícula.
—Sí, amigo, no preocupes, lo haremos mañana.
Parecía que hablaba en serio, que no me estaba dando largas. Me incomodaba ir con exigencias o parecer un cretino, pero cada vez estaba más frustrado.
—Muy bien —dije—. Vayamos a Tapachula, hombre. Necesito olvidarme unas horas de este sitio.
Y nos pusimos en camino, temprano. Así nos daría tiempo de ver dos películas. Y lo cierto es que me sentí mejor cuando llegamos allí. El centro comercial era adictivo. Tenía aire acondicionado, había guardias de seguridad, podía olvidarme de mi otra vida... También Santiago se relajó un poco, se volvió más locuaz. Y, como en anteriores ocasiones, se puso a hablar de Guatemala.
—Montañas —dijo—. Bellas montañas. El aire es como aquí, en el centro comercial. Y tranquilo. No peleas.
—Lo de hoy no me lo podía creer —dije—. Si hubieras visto cómo le destrozaban la cabeza contra una pared...
—Son de Nicaragua —dijo Santiago—. No te metas con ellos, hermano. Les importa todo nada. Si los matas, les da igual también.
—Perfecto.
—Todo pasó, y es bueno que pagas a Gordo para ayudarla. Así saben que tú estás con Gordo.
—¿No crees que ya tenían que haberlo sabido?
—Ellos saben. Ellos saben.
—Entonces ¿no deberían haber tenido miedo de hacer algo así?
—Gordo no te salva la vida, hermano. Tú solo le pagas para vigilar el barco.
—¿Y no podría pagarle para que me salve la vida?
Santiago se echó a reír.
—No es como la carta de restaurante. Aquí todo el día puedes morir. En el centro comercial, en el restaurante, en tu barco, en las palapas, cuando vas a dormir...
—Sí, okey, ya lo capto.
—Lo siento, hermano. Tienes que marcharte.
—Ya —dije—. Pero no puedo, o sea que no hablemos más de eso.
Entramos a ver una que se llamaba Bichos, y que en Estados Unidos creo que se tituló A Bug’s Life, lo cual prometía ser bastante autobiográfico.
A la mañana siguiente me desperté tarde, pasadas las once. La armada no había venido de visita, y los tapones para los oídos me habían evitado tener que soportar a los músicos, los generadores de la flota y los niños. Por primera vez sentí que había descansado. Ahora bien, todo yo estaba nadando en sudor, incluso habiendo dejado abiertos los ojos de buey más pequeños, y como abajo no se podía respirar, salí a cubierta. Me quedé momentáneamente ciego y volví a bajar en busca del sombrero y los lentes de sol.
Cuando volví a salir, los niños me estaban mirando con desconfianza. Debían de pensar que había pasado de ellos las últimas tres horas. Les mostré los tapones, hice como que me los metía en los oídos, pero o no me entendieron o no les impresionó mi número. Lo que querían era dinero.
—Uno minuto —les dije, en mi patético español. Había aprendido que era mucho mejor decir «uno minuto» todo el santo día, que decir «no» sin más—, ¿Santiago? — les pregunté después, y todos negaron con la cabeza—. ¿No? —insistí, y ellos a menear la cabeza.
Bajé a tierra, crucé el campo para usar el escusado de Gordo, y cuando ya estaba otra vez a bordo y me disponía a bajar, vi una camioneta blanca que cruzaba el campo a toda prisa. Venían hacia mí, tipos de uniforme con armas a la espalda, dos más en la cabina. Frenaron derrapando en el muelle y saltaron a tierra con toda la artillería: escopetas, rifles con mira telescópica, pistolas.
Cerré los ojos. En serio, eso hice. Cerré los ojos para no ver cómo, me acribillaban. Fue una cosa instintiva. Pero luego comprendí que era pura paranoia. ¿A santo de qué iba a venir nadie con la intención de matarme?, ¿y quiénes eran aquellos tipos, a ver?
Abrí los ojos y me pregunté de qué rama de la policía o las fuerzas armadas podían ser. En la zona de la frontera había todo tipo de gente uniformada. Estos llevaban camisa blanca, y para ser militares tenían una pinta demasiado informal. Se me ocurrió que serían de la policía local, o algo así. Dijeron «Buenas», que era la abreviatura habitual en lugar de buenos días o buenas tardes, y sentí un gran alivio al ver que no iban a pegarme dos tiros, pero entonces pensé: «Oh, no, ahora me van a registrar todo el barco otra vez». Pero el caso es que se alejaron hacia el campo y la vegetación que lo bordeaba. Sin duda estaban buscando algo.
De repente sonó un fuerte estallido; un tipo con un rifle de alta potencia acababa de disparar hacia los matorrales. Sonaron más disparos, y también risas, y deduje que habían venido para divertirse haciendo puntería contra lo que pudiera haber por allí. Tras los disparos, el grupo de limosneritos corrió por las víctimas. En menos de una hora, el malecón era un espectáculo de animales muertos: ratas, un gato callejero, una serpiente. Todo dentro de la cosa deportiva, sí, pero no era como para tranquilizar a nadie, sobre todo viendo el tamaño de la serpiente. Yo pasaba por ese campo varias veces al día.
Me quedé mirando un buen rato, pero los hombres no parecían tener prisa por marcharse y yo estaba hambriento, de modo que decidí ir al restaurante. Al diablo con los dos tipos de la pared, por más que fueran nicaragüenses. Yo tenía hambre y pensaba almorzar. Además, había allí medio cuerpo de policía, con que no podía elegir un momento más seguro.
Caminando por la calle de tierra me puse a pensar que, con unos pocos cambios, este podía ser un simpático pueblecito. Una acera, por ejemplo, y una tienda de chucherías. Quizá también un coche de bomberos.
En el restaurante todo el mundo estaba donde solía estar siempre. Pedí, me sirvieron y me puse a comer, preguntándome todo el tiempo si el pretendiente vendría a pegarme una paliza. Yo había creído que la pelea despejaría un poco el ambiente, pero nada de eso. El tipo no estaba satisfecho; solo esperaba la ocasión propicia. Terminé rápido y me marché.
Los de la policía estuvieron por allí casi hasta que se puso el sol, bebiendo cerveza y disparando a imaginarios blancos acuáticos. Fuertes estallidos a cada momento. Los oídos me zumbaban. Varios de los hombres estaban disparando muy cerca de la proa de mi barco, sentados en el borde del muelle. Fui hasta la proa y los saludé.
—Tengo un motore —dije, tratando de preguntarles por el fuera de borda robado, pero ignoraba cómo se decía «robar» en español.
Al final avisaron con un silbido a uno que hablaba inglés.
—Gracias —le dije—. Quería pedirles ayuda. Me robaron el motor y alguien me dijo que está aquí, en el pueblo. Yo podría averiguar en qué casa se encuentra.
El hombre sonrió. Se le veía muy alegre y pensé que estaba dispuesto a ayudarme, pero entonces dijo:
—Deberías hablar con la capitanía del puerto.
Señaló hacia las oficinas del otro lado de la bahía.
—Ya lo intenté —dije.
—Sí, lo sé. Todo el mundo está al corriente. Nos enteramos hace días, amigo, a pesar de que no estamos aquí. Oímos hablar de ti en Tapachula. Allí lo comentan, y se ríen, lo tuyo tiene éxito. Por eso hemos venido hoy a ver el barco y practicar un poco.
—¿En serio? —pregunté.
—Sí, amigo. Eres como una estrella de cine.
—Salvo que todo el mundo se ríe.
—Sí.
Y entonces rió. Por lo visto le hacía mucha gracia. Llamó a uno de sus compañeros para que nos sacara una foto estrechándonos la mano. Yo posé sonriendo, qué iba a hacer. Luego subieron todos a la camioneta y se alejaron de allí, diciendo adiós con el brazo y dejando los cadáveres como recuerdo. Miré a los niños y se me ocurrió que quizá se llevarían los tesoros en una carretilla. Ahora había además un par de serpientes enormes, ratas a montones, cachorros perdidos y varias cosas que no supe identificar. Pero los niños no movieron un dedo. Por fin, cuando ya oscurecía, apareció Santiago.
—Bueno —dije—. Un poquito tarde para sacar el motor, ¿no?
—Lo siento, amigo —dijo él—. Hoy tengo cosas. Ayudar a mi madre. Pero lo hacemos mañana seguro.
—¿Por la mañana?
—Claro. Mañana.
—¿Y luego buscaremos un soldador?
—Claro.
—¿Qué hago con las ratas y las serpientes?
Santiago se encogió de hombros. Por lo visto todo aquel zoológico iba a quedarse allí, junto con las piezas de mi motor viejo. Claro que también podía tirar los bichos al agua. Supuse que daba lo mismo, aunque cuando empezaran a pudrirse, el olor sería importante.
—¿Podemos ir a hablar con Gordo? —le pregunté a Santiago.
—Claro —dijo él otra vez. Era el mantra del día.
Gordo estaba de pie, no en su hamaca, cuando llegamos. Estaba hablando con unos hombres y no parecía tan simpático como de costumbre.
—Lo siento —dije—. Tengo una pregunta.
Pero a partir de ahí no pude seguir en español y tuve que echar mano de Santiago. Preguntó a Gordo por el fuera de borda, y si podía ayudarnos a recuperarlo. Gordo negó con la cabeza y reanudó su conversación con aquellos hombres. Santiago y yo nos subimos en un taxi. Confiaba en que tarde o temprano Gordo iría a vigilar el barco, pero no pensaba que importara mucho. Para ahuyentar a la gente, Gordo no necesitaba estar físicamente allí.
De camino al centro comercial empecé a sentirme inquieto. ¿Cómo era que se hablaba de mí en una comisaría de Tapachula? Yo solo pretendía cambiar el motor de mi barco y largarme. Nada más. ¿Por qué tanto lío?
Cenamos en silencio. También Santiago parecía preocupado. Algo pasaba con su madre. No me la había presentado aún.
—¿Tu madre está bien? —le pregunté finalmente, y él desdeñó el problema con un gesto de la mano.
—Sí —dijo, pero estaba claro que no quería hablar del asunto.
—Hoy, uno de los tipos que disparaban a ratas y serpientes, me dijo que oyó hablar de mí aquí en Tapachula. Dice que todo el mundo conoce mi historia.
—Es verdad —dijo Santiago.
—Y que todo el mundo se ríe de mí.
Santiago puso cara de pensar, la cabeza ligeramente ladeada, la vista dirigida hacia otra parte. No quería responder.
—Todo bien —dijo por fin—. No importa.
Cuando regresé más tarde al barco, me encontré a Gordo esperándome allí. No parecía ni sereno ni relajado.
—Ven, amigo —dijo, con buena pronunciación inglesa, y señaló un sitio a su lado en el puente de mando. Me senté.
Gordo parecía enfadado. Era realmente enorme, y yo allí junto a él, a solas, de noche, y en un lugar sin ley.
—No digas por ahí que hablo inglés —me advirtió—. Es un secreto entre tú y yo. Pero tengo que decirte algunas cosas.
—De acuerdo —dije—. No se lo contaré a nadie. Pero lo hablas muy bien. ¿Dónde estudiaste?
—Eso no importa —dijo—. Lo que sí importa es que preguntas demasiado.
Hizo una pausa, pero no supe a qué se estaba refiriendo.
—Perdona —dije—. ¿Qué es lo que hago?
—Deja de hacer preguntas sobre ese motor. Olvídate de él.
Quise preguntar por qué, pero, por una vez, fui lo bastante sensato para cerrar la boca.
Gordo suspiró y luego me dio una palmada en la rodilla con su manaza.
—Bien, amigo mío —dijo—. Si eres listo, no vayas tampoco al restaurante, pero eso ya depende de ti.
Y se marchó, dejándome en ascuas. ¿Qué pasaba con el motor? ¿A qué tan alarmantes advertencias? Si solo era un motor pequeño que me habían robado y que deseaba recuperar. .. Le preguntaría dónde estaba a Santiago e iría yo mismo a buscarlo.
E ra casi mediodía y Santiago no se había presentado. Yo estaba atando una driza al bloque del motor diésel, dejándolo todo a punto, cuando aparecieron otra vez las tres mujeres.
Me pidieron dulces, así que fui abajo a buscar un tarro de galletas de menta y chocolate que había dejado la tripulación anterior. Eso hizo que los niños se pusieran frenéticos, y tuve que darles también a ellos. Luego, la mujer alta, que era la más atrevida del terceto y la que hablaba más inglés, dijo «Me love me». Supongo que lo que intentaba decir era «I love you», pero lo que le salía era lo otro. Entonces se subió la camiseta y me enseñó sus grandes y preciosos pechos. Yo estaba de pie en cubierta, ligeramente por debajo del muelle, lo cual quiere decir que tenía sus pechos justo delante de la cara. Se bajó la camiseta otra vez y sus amigas rieron. Luego señaló hacia abajo, al interior del barco, e hizo ademán de pasar por encima del guardamancebos. Yo le puse una mano en el trasero, que tenía una agradable consistencia, y la hice volver al muelle. Todos nos reíamos, pero yo me sentía abrumado. Este sitio era un peligro.
—Nesesito trabajar —les dije, y ellas se echaron a reír, repitiendo «Nesesito trabajar, nesesito trabajar», como si fuera lo más gracioso del mundo.
Yo me limité a sonreír y volví abajo; ellas se quedaron un rato por el muelle y luego se marcharon.
Santiago llegó, pero a media tarde, con Helena y Eva. Yo estaba medio enojado porque mi intención había sido sacar el bloque de motor por la mañana, pero intenté tomármelo con calma. El motor nuevo llegaba al día siguiente y yo lo tenía casi todo listo para su instalación, solo me faltaba el tanque, que tampoco estaba claro que alguien pudiera soldar, y no podía esperar que aquí las cosas fueran al mismo ritmo que en Estados Unidos.
Nos sentamos los cuatro en el pequeño puente de mando, casi en la popa del barco. Les ofrecí Coca-Cola, los niños se dieron cuenta y me reclamaron. Eva y Helena miraban el barco y hacían comentarios, pero yo no entendía nada de lo que decían. Eva era muy guapa, y joven. Presentí que eso podía entrañar peligro. Era una tentación andante. Llevaba demasiado maquillaje para mi gusto, pero en sus ojos había como un toque dorado, su voz era suave, su sonrisa generosa. No hablaba inglés, lástima, pero de repente mi español empezó a alcanzar cotas insospechadas.
Intenté, por ejemplo, crear la ilusión de estar navegando.
—En el mar —dije, y señalé hacia el Pacífico—, es muy bonita. Todo está bien, no gente, y no problemas.
Eva tenía cierta fijación con California, y supuse que para ella el mar no era más que un modo de llegar hasta la tierra soñada.
Me había preguntado de dónde era yo, y al responderle que de California, hizo como que le sorprendía. Su alegría, no obstante, fue sincera. «Qué lindo», dijo. Eso lo entendí sin necesidad de traducción.
Quise decirle que en California había demasiada gente, demasiados coches, y que comprar allí una casa era muy caro, pero me pareció poco romántico.
—Sí —dije—. Es muy bonita. Montanas, el mar, terra para vino.
No sabía cómo decir lo de los viñedos, pero las dos amigas asintieron como si mi «terra para vino» lo explicara suficientemente. Quién sabe. Tratar de expresarse en un idioma no estudiado es como deambular a oscuras por una casa desconocida. Todo tiene su sitio y su sentido, excepto para uno mismo.
Eva tenía una boquita preciosa, con perfectos labios de cupido. Me entraron muchas ganas de besarla, no podía evitarlo.
Dejamos atrás el mísero muelle pesquero, dijimos adiós a Gordo al pasar y fuimos en un taxi hasta las palapas. Resulta que un poco más allá de la capitanía de puerto y de la escollera, había una hermosa playa. Yo ni me había enterado. Echamos a andar los cuatro por la arena y nos separamos por parejas. El día tocaba a su fin y la luz era preciosa. Eva y yo caminamos hasta una pequeña laguna cercada por olas grandes; Eva se metió en el agua y yo la imité. Ella llevaba un pantalón largo y una camisa, pero yo me quité la camisa para que solo se me mojara el pantalón corto. Eva cerró los puños e imitó a Schwarzenegger, burlándose de mí.
—Muy fuerte —dije yo, haciendo también la pose, y ella se rió.
A decir verdad, estaba más musculoso que nunca en mi vida, así que poco músculo más iba a tener. Eva se me acercó, puso la palma de su mano (una mano menuda y liviana) sobre mi pecho y dijo «Oh la la», exagerando considerablemente la realidad, por lo cual le estaré eternamente agradecido.
Justo cuando parecía que íbamos a besarnos, ella dio media vuelta y se adentró en el agua. Lo tenía todo medido segundo a segundo.
El agua estaba templada, y la espuma que coronaba las rompientes burbujeaba como un jacuzzi natural. Estando allí con ella, en el agua, contemplando el crepúsculo, no podía creer que me encontrara en Puerto Madero. Era más bien como estar en el Four Seasons. Incluso la conversación, en español, resultaba agradable. Ahora le entendía muchas más cosas que al principio. Eva era guatemalteca y me hablaba de las montañas, como había hecho Santiago. Estaba seguro de lo que significaba «pájaros», y también «verde». Dijo que cultivaban café, no sé si su familia o en el pueblo donde vivían. O quizá solo dijo que les gustaba tomar café en el monte una mañana despejada. Pero, bueno, una parte sí la entendí. Le pregunté cuántos años tenía.
—Veintiuno —dijo.
Me pareció entenderlo a la primera.
—¿Uno más vente? —pregunté, buscando confirmación.
—Y veintitrés menos dos. Y tres más dieciocho —se burló ella.
—Gracias —dije.
Yo tenía entonces treinta y uno. Unos cuantos años de diferencia, pero ¿qué más daban las matemáticas? Eva no me preguntó la edad.
Se produjo otro momento en que el beso parecía inminente, y ella retrocedió hacia la playa. Nos sentamos al borde de la laguna, con las piernas en el agua, y Eva se quitó la camisa porque la tenía mojada y tenía frío. Llevaba un brasier de encaje, blanco, y su piel era de un precioso tono dorado. Me sentí afortunado por primera vez desde mi llegada a Puerto Madero. Supe que siempre recordaría su aspecto en aquel momento, en la playa, y quedé convencido de que la belleza física y el sexo es lo único que verdaderamente importa en este mundo. El resto no es más que apariencia.
—¿Tienes un novio? —le pregunté.
Me sentía joven otra vez, haciéndole aquella pregunta.
—No —respondió.
Y luego dijo muchas cosas que me costó entender, pero por lo visto una vez había tenido un novio en Guatemala. Asentí fingiendo que entendía; lo único que importaba era que ella no estaba comprometida.
Luego me preguntó algo sobre «trabajo». Era una palabra que yo ya conocía.
—Soy profesor —le dije, aunque de hecho solo daba clases de vez en cuando.
Aquí nadie entendería cómo iba la cosa, y yo siempre había deseado ser profesor o catedrático.
—Qué lindo —dijo ella, una frase que parecía ser su leitmotiv para las cosas que le gustaban.
De repente, se puso de pie. Yo podría haberme quedado allí con ella durante horas, y sentí la misma desesperación que siendo apenas un adolescente por no haber tomado la iniciativa.
Nos reunimos con Santiago y Helena y volvimos a las palapas, donde todos excepto yo se pusieron ropa seca, y luego fuimos como sardinas en lata hasta Puerto Madero y yo pagué un taxi desde allí hasta Tapachula para no tener que ir apretujados en una combi con otros veinte. Iba sentado al lado de Eva, demasiado nervioso como para pasarle un brazo por los hombros, agitado y adrenalínico pero al mismo tiempo vaciado; todo yo era anhelo.
Elegimos comida china otra vez, porque era lo mejor en cuanto a ofertas culinarias en ese sitio. Eva no había probado nunca la comida china, cosas rara. Pero le encantó el chow mein.
—Muy rico —dijo, y fue capaz de hacer eso de sorber un largo fideo pero terminando con una sonrisa encantadora y una mirada hacia arriba que convirtió el momento en algo delicioso, y no vulgar. Era la gracia personificada, incluso con los fideos.
Vimos la película El abogado del diablo. Keanu Reeves es malísimo, por supuesto, pero nadie espera que actúe bien, así que no pasaba nada. Después, otra vez en un taxi. Yo quería que Eva viniese conmigo al barco, pero no se me ocurría cómo organizado sin parecer absolutamente grosero. Total, que se bajaron en las palapas, Eva me lanzó una última mirada, vi que se mordía ligeramente el labio inferior, y tras un leve gesto de despedida por su parte, me quedé a solas en el taxi para cubrir los tres kilómetros restantes.
Aquella noche, sin poder dormir, me hice las preguntas básicas: quién era yo, qué estaba haciendo y por qué, qué pasaría ahora, etcétera. No pude responder a ninguna de ellas. ¿Por qué estaba allí y a qué venía mi historia con los barcos? ¿Era porque mi empleo era una cosa temporal, o porque mi padre se había hecho a la mar? ¿Me preocupaba realmente la posibilidad de suicidarme como mi padre, si las cosas se ponían muy feas, y temía convertirme en él de alguna otra manera? Mi padre había roto dos matrimonios por culpa de la infidelidad y al final se acostaba con prostitutas. ¿Estaba bien acostarse con Eva, o era demasiado peligroso, por no decir que estaba fuera de lugar? Eva era muy joven y yo no sabía nada de ella, pero era hermosa y muy simpática, y yo ya sabía que vendería a mi propia madre por pasar una noche con ella, así que eso no era una pregunta siquiera; era tan solo lo que me mantenía despierto. Y luego estaban las de mayor relevancia, como, por ejemplo, ¿conseguiría por fin sustituir el motor y marcharme de Puerto Madero? ¿Sobreviviría económicamente?
Lo único que sabía con seguridad era que estaba terriblemente deprimido. Odiaba ese sitio. Pero con Eva me sentía mejor. Así pues, si me veía obligado a continuar aquí, que fuera en su compañía. De hecho, me daba miedo esa depresión, miedo a que se complicara como le pasó a mi padre, miedo a que algún día se convirtiera en algo insuperable.
Todo ese plan de los chárteres había sido un intento de escapar, de conseguir independencia económica y tiempo para escribir, pues me pagaban muy poco por dar clases y era un empleo para tres años nada más, pero esto me estaba llevando a la ruina y no disponía de tiempo ni de capacidad de concentración para poder escribir. Había llevado conmigo unos manuscritos. Se suponía que tenía que editar uno para Irv Yalom, un escritor con obra publicada que había sido alumno mío, pero no me veía capaz de concentrarme en ello estando donde estaba. ¿Cómo podía hacerlo mientras me asaba aquí abajo, con los niños peleándose fuera y las visitas de las tres mujeres, y los policías del condado o lo que pudieran ser si no? Además, se suponía que tenía que estar buscándome la vida para organizar los talleres de invierno y verano, pero cómo iba a conseguir clientes si cada llamada desde el restaurante me costaba cuatro dólares el minuto, y encima con el pretendiente y su amigo vigilándome en todo momento...
Pero lo intenté. Al día siguiente, mientras esperaba a Santiago, me puse a leer el manuscrito de Irv y traté de concentrarme. Pero los generadores de la flota pesquera estaban en marcha, los niños no dejaban de gritar, y luego aparecieron las tres sirenas y esta vez no permitieron que las ignorara. Sabían que yo estaba abajo. En el pueblo todo el mundo sabía exactamente dónde me encontraba.
—Hola —dije.
Ellas eran todo sonrisas y risitas, señalando abajo y señalándose las partes respectivas, y luego diciendo cosas de mi barco y de ir al norte. A California, dijeron, como si fuera una palabra mágica.
—California es muy lejos —conseguí decir.
Eso generó numerosos comentarios acerca del barco. Ellas querían que las llevase al norte, cosa que no podía extrañarme pues era lo que casi todo el mundo que había conocido en ese país quería que hiciese. Llevarlos al norte o darles dinero para llegar de alguna forma hasta la frontera y alquilar allí un coyote.
Les dije no, no, no, lo más amablemente que pude. Y cuando me volví apenas un momento, abrumado como estaba, aprovecharon las tres para salvar el guardamancebos y un segundo después las tenía en cubierta. La más bajita había empezado ya a bajar por la escalerilla.
Tuve que rendirme y darles la bienvenida a bordo.
—Bienvenidos —dije.
El clan limosnero me miraba con desconfianza.
Bajé con las tres. No se habían caído en la sala de máquinas, que estaba abierta. Menos mal. La más bajita había pasado por la cocina y estaba inspeccionando los dos camarotes delanteros, seguida de una de sus amigas. La alta (la que me había enseñado los pechos), sin embargo, estaba en el camarote de popa, sentada en mi cama, y se había quitado ya la blusa. Se desabrochó los jeans, se los quitó en un instante y estaba diciendo que me acercara. Estaba buena. En otro lugar y otras circunstancias, me habría considerado muy afortunado; pero aquí se trataba claramente de un intercambio, con miras a un pasaje a California, y por otra parte ella iba demasiado directa. No me pareció una situación erótica, sino apabullante.
Sus dos amigas me empujaron por detrás para que entrara, y se quitaron la parte de arriba y de pronto me encontré allí en medio de un ménage a cuatro lleno de risas y risitas, mientras ellas me despojaban de la camisa y los shorts. Pero cuando me tentaron la verga, no la encontraron dura. Aquello no me ponía caliente, saltaba a la vista. Hubo un momento incómodo, frío, después de que todas me la tocaran para ver si subía y comprobaran que no había forma, mientras yo me sujetaba el pantalón tratando de subírmelo otra vez, y entonces dije: «Lo siento». De las tres, la única en la que no me había fijado, me miró y tomó mi cara entre sus manos. Me dio un beso muy tierno, un beso que me supo tristísimo, después de lo cual se vistieron de nuevo y se marcharon.
Santiago se presentó a eso del mediodía.
—¡Hombre! —dije—. Qué extraño es el mundo.
—Ah, ¿sí?
—Esas tres mujeres se han metido en mi barco y estaban desnudas y yo no hice nada. No quise.
Santiago se echó a reír.
—Te digo que tú vives buena vida —dijo, meneando la cabeza—, Pero otra vez que tienes este problema, me llamas. Yo puedo echar una mano.
—Gracias —dije—. Eres una persona muy generosa.
—Estoy aquí para ayudar.
—Ya, pero Eva sí me gusta.
—Eva es bella. Y no es como estas. Nace en una aldea de Guatemala, cerca de mi pueblo.
—¿Y qué hace aquí?
—¿Qué hacemos todos aquí, hermano?
—Vale —dije—, de acuerdo. Pero tú no parece que quieras ir al norte. ¿Cómo es que no intentas llegar a California?
—Quizá lo intento. O quizá una vez veo algo cuando quiero aprender cosas de California. Veo algo sobre la fiebre del oro. Nadie gana dinero, solo unos cuantos. Pero la gente que vende cosas sí gana mucho dinero. Cosas como jeans, herramientas, comida. La gente que vende cosas, o que les enseña dónde hay que ir. Yo no quiero ser coyote pero hablo inglés, por eso ayudo gente de los yates pero también gente de Guatemala y de Honduras.
—¿Estás ayudando a Eva a que me conozca, para que pueda ir al norte?
—Eso nunca, amigo.
—¿Te paga ella?
—No. Eva es amiga de Helena. Yo trato de ayudarte, hermano. Necesitas alguien. No eres feliz.
—No estoy seguro de que me guste esto.
—A Eva le gustas. Yo digo siempre, tienes suerte.
—Vale, estupendo —dije—, ¿Ahora puedes ayudarme a sacar el bloque de motor?
No quería ni pensar en todo lo demás.
Le expliqué a Santiago lo que íbamos a hacer y luego jalé la driza con el cabrestante mayor. Él empujó el bloque a medida que iba emergiendo de la sala de máquinas, para que no chocase contra la madera. Yo había atado otro cabo en popa a un segundo cabrestante a fin de apartar el motor de la escotilla de cámara.
El bloque apenas si podía salir por aquel hueco, tan enorme era, y se movía como un péndulo muy pesado. Si se rompía una soga, Santiago podía morir aplastado. El bloque pesaba más de doscientos kilos. Pero finalmente conseguimos sacarlo, y luego yo, con las dos sogas, lo moví hasta depositarlo en la base del palo mayor, para que dejara de balancearse como un péndulo.
Solté el cabo de popa, amarré el barco a los surtidores de la abandonada estación de servicio Pemex y desplacé el bloque —otra vez en movimiento pendulante— para acercarlo al muelle. Era increíblemente pesado y toda aquella maniobra parecía condenada al fracaso. Los niños se habían apartado un poco, previendo la catástrofe. Pero no ocurrió nada. Lo depositamos sobre el concreto y aflojamos los cabos. Ya no era más que otra vieja pieza Volvo pintada de verde con la que los niños podrían jugar.
—Gracias —le dije a Santiago—. Qué alivio.
—Yo arriesgo por ti la vida.
—Ya lo sé. Lo siento. Siempre es más complicado de lo que me parece al principio. Soy un desastre para estas cosas. Pero, venga, vamos a almorzar y de paso llamaré a DINA a ver qué noticias hay del motor nuevo.
De camino al restaurante saludamos a Gordo, que hizo un gesto de cabeza desde su hamaca. Al llegar, pedimos y fuimos a sentarnos bajo la fiel mirada del pretendiente y su inseparable amigo.
—Esos dos quieren matarte, hermano —me dijo Santiago por lo bajo.
—Gracias.
Fui al mostrador y pregunté si podía llamar por teléfono. Tuve que pasar justo por delante del pretendiente y sentarme a dos metros de él para hacer la llamada. Lo peor de todo fue darle la espalda. Tal como estaba la cabina, no podía hacer otra cosa. Así que si el tipo quería atacarme por la espalda con un cuchillo, lo tenía muy fácil. Incluso le daría tiempo a examinarme las costillas para asegurarse de que el filo no pinchaba hueso.
Hablé con alguien de DINA y me dijeron que no habían visto todavía el motor.
—¿Un día atrás, quisas? .pregunté.
No sabía cómo decir «ayer», lo cual era un fastidio. Pero el hombre me entendió: no, el motor no había llegado hoy ni tampoco ayer. Dijo que estaría al tanto. Después llamé a la empresa de transportes en California y les pedí que me lo localizaran. Dijeron que lo habían cargado en el camión de reparto en la Ciudad de México y que ya debía de estar en Tapachula; la entrega en DINA era inminente.
Llamé a Julie para ponerla al día y ver si había novedades. Estaba enfadada porque yo casi no la había llamado.
—No puedo ocuparme de todo, David —dijo—. Tienes que llamarme todos los días. Hay pasajeros que esperan tu respuesta y yo necesito enviarte un fax con el formulario para solicitar el permiso de promotor de viajes.
—Disculpa —le dije—. Es como si estuviera en el culo del mundo, Julie.
—¿Cómo estás?
—Vivo, de momento. Conservo las cuatro extremidades. Y este sitio no deja de tener encanto.
—Ya veo que no andas muy fino —dijo ella al final.
Me dio los teléfonos de varios pasajeros potenciales y me puse a hacer llamadas. Tuve que hablar más alto, y reír, y dar la impresión de que esto era un paraíso y que todo iba bien, cosa harto difícil estando en aquella cabina de concreto con el pretendiente detrás de mí. Cuando acabé de hacer llamadas, todo el mundo me estaba mirando y no supe si debía disculparme o recibir una ovación.
Santiago ya había terminado de comer.
—Siento haberte hecho esperar —le dije, pero él lo desdeñó con un gesto y se quedó mirando la flota pesquera mientras yo me comía la torta.
—¿Podría ver a Eva esta noche? —le pregunté.
—Está trabajando —dijo Santiago.
—Qué lata.
Supe que me esperaba otra noche en blanco.
E so de que uno no deja de dar vueltas es la pura verdad. Me giré hacia un lado y hacia otro montones de veces, sudando entre aquellas sábanas gruesas, intenté ponerme boca abajo, de costado, con una pierna fuera, luego la otra, boca arriba, rodillas levantadas, pero pasado un rato me entró la frustración y mis movimientos se volvieron bruscos y desesperados. El colchón despedía aire con mis revolcones. Pensé en Eva e hice lo que se suele hacer, pero seguí igual de despierto y con ganas de morirme. ¿Por qué era tan difícil dormir? Se supone que dormimos, ¿no?
Por la mañana me sentía fatal. Eran ya las diez y hacía un calor insoportable. Saqué la mantequilla y la mermelada y luego eché un vistazo a las ratas, serpientes y demás. Se estaban poniendo negras y cómo apestaban, incluso en comparación con el interior del barco. Los niños me vieron mirar los animales muertos con la comida en la mano y reaccionaron al instante. Empezaron a tirar bichos al agua, como si fuera un juego, persiguiéndose unos a otros con media serpiente putrefacta en la mano. Siguió una pequeña pelea, uno de los más bajitos se encaró con uno de los más corpulentos hasta que este lo tiró al suelo y le frotó la cara en el polvo, pero aparte de eso, nada de especial. En instantes, el montón de cadáveres había desaparecido y solo quedaba una mancha grande con trocitos de pelo.
—Gracias —dije—. Muy bien.
Me preparé un sándwich y luego les pasé el resto del material para que se sirvieran: una barra de pan, un frasquito de mantequilla de cacahuate y otro de mermelada. Eso cada mañana, y la misma cantidad por la tarde, como respondiendo a un mecanismo de relojería. Empezaba a preguntarme, tanto por ellos como por mí, si era realmente saludable eso de comer lo mismo dos veces al día durante un largo período de tiempo, pero una vez más el riesgo, en comparación, se me antojó pequeño. Por ejemplo, todos ellos sostenían la comida teniendo restos de rata o serpiente muerta en las manos.
De Santiago, cómo no, ni el menor rastro, a pesar de que habíamos quedado para ir a buscar un soldador para el tanque. La palabra «mañana» tiene su qué: no solo significa la primera mitad del día, sino también el día siguiente, entero, incluida la noche. Bajé a la cenagosa sentina y me puse a limpiar. Gasóleo, aceite, líquido refrigerante, lodo. El refrigerante me estaba abrasando las pantorrillas.
Doblado por la cintura, pasé las manos con cuidado por aquella sopa infecta para recoger los objetos sólidos. Los metí en una bolsa de basura que tenía arriba, en el suelo de la cabina. Encontré cosas interesantes. Una rata muerta, por ejemplo, señal de que había habido nuevos abordajes. Herramientas pequeñas que habían ido cayendo debajo del motor con los años, así como tornillos, pernos, tuercas y arandelas. Encontré también pelotas de pelo, trocitos de madera, de alambre, de manguera, de tubería. Varios racores para válvulas, e incluso un reloj de pulsera. Algo que parecía una cachimba para fumar marihuana. Era de cerámica. Tuve que limpiarla a fondo para saber lo que era. No era la típica pipa de agua, así que igual no se llamaba cachimba sino pipa a secas. Probablemente la habrían escondido Mike o su amigo el Oso en la sala de máquinas y habría caído al suelo en un momento de mar gruesa. O quizá la dejaran a modo de regalo, sabiendo que el barco podía ser confiscado si los guardacostas de Estados Unidos o la marina mexicana la encontraban. En cualquier caso, me fastidió.
Por la noche, al amparo de la oscuridad, tenía pensado darle al interruptor de la bomba de achique y eliminar aquel caldillo y los gases tóxicos. Detestaba tirar todo eso al agua y llevaba un tiempo aguantándome de hacerlo, pero en el puerto no había estación de bombeo ni nada por el estilo, yo necesitaba ver lo que había en la sentina, y cada noche me tocaba respirar efluvios de diésel.
Me envolví en una toalla vieja y con mis zapatillas de chapotear diésel me interné en el campo para ir a la ducha de Gordo. Me lavé los brazos, las piernas y también el calzado con un poco de jabón, y después fui chorreando agua hasta el restaurante. Tenía que telefonear a DINA y ver si localizaban mi motor.
El restaurante era una naturaleza muerta. Uno podía entrar a cualquier hora del día y ver siempre la misma escena. Yo era el único elemento que se movía y que a veces no estaba en el cuadro, pero empezaba a tener también mis ubicaciones. Estaba junto a la barra, o en una esquina determinada de la mesa mirando las barcas, o al teléfono con la espalda peligrosamente cerca de mi enemigo. Incluso hacía siempre los mismos recorridos, básicamente dar un rodeo para evitar al pretendiente. ¿Y cuándo iba el tipo a reclamar sus derechos? ¿Por qué no le compraba un anillo a Marta y pedía su mano? Así podría instalarse detrás de la barra, en vez de estar recostado contra la pared. ¿Era el padre de ella quien se lo impedía? ¿Acaso le parecía mal que su hija se casara con un nicaragüense? Yo quería saberlo, porque el pretendiente estaba todavía empeñado en quitarme de en medio; solo necesitaba una ocasión propicia. Su ferocidad no había menguado en absoluto.
En DINA me dijeron que, de motor, nada. La agencia de transportes haría un esfuerzo por localizarlo; que volviera a llamarlos más tarde.
Me quedaba por delante el almuerzo y esperar, como siempre, a Santiago. Decidí que ambas cosas serían más agradables en la palapa número 8, donde trabajaban Helena y Eva. Tendría que tomar un taxi, pero al menos allí nadie quería matarme, que yo supiese.
Me lavé con ahínco en la regadera, frotando bien, sin que el olor a gasóleo desapareciera del todo. Estaba desnudo en medio del campo, junto a aquellos barriles de agua, observado por los niños y otros mirones, pero ya había perdido todo el pudor. Lo único que me preocupaba era quemarme al sol. Aunque no parecía que calentara mucho, porque yo estaba mojado, ese sol tan directo como un microondas. Algunos días notabas hasta picotazos en la piel.
Cuando llegué a las palapas vi que la pasarela peatonal estaba todavía en construcción, los obreros no paraban y la música a todo volumen como siempre. Pero se estaba bien, era más agradable y más seguro que el muelle pesquero. Mudarme allí había sido sin duda bajar un peldaño.
Eva y Helena estaban trabajando. Eva me dedicó una sonrisa pero luego tuvo que llevarse el plato de un cliente. Había muchos hombres bebiendo y muy pocos que comieran. El sitio estaba mucho más animado que anteriormente, y el motivo parecía ser Eva. Todos los tipos la estaban mirando, sobre todo cuando se ponía de espaldas. También me miraban a mí.
—Fantástico —murmuré para mí—. Va a ser lo del pretendiente pero multiplicado por diez.
Miré hacia las otras palapas y vi que no había clientes en ninguna de ellas. Todo el mundo se había congregado en esta.
Yo quería que fuese Eva quien viniera a tomarme la orden, porque deseaba verla y hablar con ella, pero estaba demasiado ocupada y tuvo que venir Helena.
—Hola —dijo—, ¿cómo estás?
Comprendí por qué le gustaba a Santiago. Era como un querubín. Mejillas brillantes y una gran sonrisa. Intenté preguntarle si Eva estaría libre después —«¿Esta noche es Eva libre?»— y Helena dijo que no, pero no estuve seguro de haberlo dicho bien. Podía ser que hubiera pronunciado «coche» en vez de «noche», y «libre» en vez de «libro». Quise preguntar también por Santiago, puesto que habíamos quedado en vernos, pero seguramente él ya conocía mi paradero; parecía tener centinelas en todas partes.
Eva llevaba un pantalón corto y cada vez que se inclinaba hacia una mesa, yo, lo mismo que el resto de los varones presentes, no perdía detalle. Luego, pasado ese momento, los parroquianos me miraban otra vez a mí y yo desviaba la vista hacia las obras en la calle. Era como una coreografía de miradas, y a mí me tocaría soportarlo por veinticinco dólares al mes, que era lo que ella ganaba.
Así pues, cuando llegó Santiago, alertado por sus centinelas invisibles, le dije que estaría dispuesto a pagar esa cantidad.
—¿Y cuando te marches? —me preguntó—. Ella necesita un empleo entonces.
—Volverán a contratarla —dije—. Fíjate en todos, no la pierden de vista. Además, quién sabe, igual acabo viviendo aquí los próximos diez años. Por trescientos dólares al año, Eva es una ganga. No puedo creer que aquí la gente cobre tan poco.
—Esto es no California, hermano.
—Pues puede que me jubile aquí, porque de momento no hay rastro del motor.
—¿Tú llamas?
—Claro, y volveré a llamar. ¿Puedes acompañarme después al muelle y me ayudas a encontrar un soldador?
—Vine para ti.
—Gracias —dije—, ¿y puedes averiguar si Eva trabaja esta noche? Me encantaría estar con ella. Podríamos ir todos a Tapachula.
—Yo miro —dijo Santiago, y se levantó para ir a la cocina.
Me disgustó la manera de dirigirme a Santiago. Yo quería que fuese un amigo, no mi lacayo, pero en ese momento estaba bastante enojado. Un sueldo de algo más de un dólar era lo que me impedía ver a Eva más tarde, ¿y quiénes eran todos aquellos hombres? ¿No tenían nada mejor que hacer? Me estaban mirando, del primero al último... hasta que ella volvió a salir de la cocina con un plato en la palma de la mano. Con la otra mano se ajustó brevemente la cola de caballo, y pudimos admirar todos la curva de su pecho y la parte inferior del brazo. Estaba espléndida. Contuvimos el aliento como un solo, y ridículo, hombre. Deseo mimético llevado demasiado lejos.
Cuando salió Santiago de la cocina, la reacción no fue tan unánime. Me dio malas noticias. Eva trabajaba también esa noche.
—Maldición —dije, porque ¿qué otra cosa podía decir?
—Quizá mañana —dijo Santiago.
Me comí los pequeños huevos rancheros, dije adiós a Eva con el brazo (ella no lo vio) y salí detrás de Santiago.
En el muelle de los pescadores, fuimos andando hasta el taller donde supuestamente había un especialista en soldadura. Suelo de tierra, como de costumbre, techo de uralita y bancos de madera por todas partes. Había una docena de tipos desmontando vetustas monstruosidades. Nada nuevo ni reluciente por ninguna parte; solo tierra y aceite, y máquinas en los últimos estertores de sus dieciocho vidas.
Encontramos, por fin, al tipo de la máquina de soldar y yo le expliqué, por mediación de Santiago, qué era lo que necesitaba. Él asintió y se puso muy serio. Era un asunto serio, soldar un tanque de gasóleo. O sea, él no lo iba a hacer, pero yo podía alquilarle la máquina por solo setenta y cinco dólares la hora. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo. La máquina tenía treinta años por lo menos, algunos cables estaban pelados y se veían marcas de quemaduras. Yo no tenía ni idea de soldar pero, incluso de haberla tenido, aquella máquina podía significar una muerte instantánea. Santiago dijo educadamente que no, y nos marchamos.
Probamos suerte en los pesqueros. A Santiago le sonaba que en uno de los barcos había alguien que sabía soldar, toda la flota le encargaba trabajos, entre ellos soldar tanques de gasóleo.
Preguntamos en bastantes barcos, lo que me dio ocasión de verlos de cerca. Cubiertas, cabinas y macarrones estaban sin barnizar; era todo metal visto y herrumbroso, la pintura había desaparecido años atrás. Se veían las grandes escamas de metal medio desprendidas. En el exterior de los cascos quedaba todavía un poco de pintura vieja, pero nada más. Era incomprensible que consiguieran sobrevivir en alta mar. La chapa de acero no podía tener más de seis milímetros de espesor; si se iba desprendiendo, no quedaría barco ni nada. Pero las tripulaciones trabajaban con diligencia, como si no pasara nada, preparándose para zarpar. Todos los barcos iguales, de un rojo y negro que era la suma de orín y mugre acumulada.
De uno de aquellos derrelictos salió nuestro hombre. Era un individuo corpulento con aspecto de persona razonable y despierta, aunque, claro está, difícilmente podía serlo si trabajaba habitualmente en un barco semejante. Gesticuló al hablar, ilustrando con su manos lo que sucede cuando se suelda un tanque de gasóleo: gran explosión, ¡pum! Otro soldador del muelle había volado por los aires hacía cosa de un año; el hombre nos hizo ver claramente, con sus manos, cómo el cuerpo daba vueltas de campana. Pero dijo que estaba dispuesto a soldar el mío si yo antes lo lavaba tres veces a fondo con agua.