Comunidad
Capítulo 8
Seis meses antes de jubilarse, Teresa compró un billete a Suiza para visitar a Holly en el centro zen. Lo adquirió para tener alguna ilusión. No estaba muy convencida de la jubilación, pero temía convertirse en una vieja inútil en un trabajo que le había gustado durante muchos años. A lo largo del tiempo había visto a la gente ir y venir, subir y bajar, así como recoger los trastos del escritorio en una caja para irse definitivamente. Tarde o temprano tendría que hacer lo mismo y ¿no sería mejor que se marchara antes de que empezaran a empujarla hacia la puerta? A los setenta y dos años todavía estaba a tiempo de imaginar otra vida, si bien no tenía nada claro qué clase de vida podría ser esa. Pensaba que podría ir a clase de bridge o dedicarle más tiempo al jardín. Pensó que podría ir a Suiza.
Dos semanas después de la fiesta de jubilación, con un hermoso reloj de oro en la muñeca y un billete en el bolso, llamó a un taxi para que la llevara al aeropuerto.
Holly ya no volvía nunca a casa. Cuando se fue a Suiza por primera vez, veinticinco años atrás, tenía intención de estar fuera un mes. Volvió a los seis meses y solo fue para gestionar un visado permanente. Dejó de manera oficial su puesto en Sumitomo Bank, que le habían conservado. Holly había estudiado Económicas en Berkeley y, aunque era joven, la apreciaban en su trabajo. Dejó su piso, que había estado vacío durante todo ese tiempo. Vendió los muebles.
—¿Estás enamorada? —le preguntó su madre. No creía que Holly estuviera enamorada, aunque daba muestras de todos los síntomas típicos: aire despistado e inocente, pérdida de apetito. Holly se había rapado el pelo, iba sin maquillaje y, por primera vez en años, Teresa veía que seguía teniendo pecas. Si bien estaban sentadas a la mesa de la cocina tomando café, Teresa tenía miedo de que su hija mayor hubiera sido secuestrada, de que una secta le hubiera secuestrado el cerebro, aunque permitiera que su cuerpo regresara a casa durante el tiempo suficiente para liquidar sus posesiones y despistar a todo el mundo. Pero no era fácil formularle la pregunta.
—No estoy enamorada —contestó Holly, cogiendo la mano de su madre y apretándola—: no es eso exactamente.
Holly volvía a casa de vez en cuando; al principio, una vez al año, luego cada dos o tres años. Teresa sospechaba que Bert pagaba los billetes, pero no lo preguntó nunca. Al cabo de unos años, las visitas esporádicas se suspendieron. Holly dijo que no quería volver a los Estados Unidos, como si estuviera abandonando un país en lugar de dejar a su familia. Dijo que era más feliz en Suiza.
Si bien Teresa deseaba ardientemente que sus hijos fueran felices, no entendía por qué no podían encontrar la felicidad más cerca de Torrance. Después de que el mayor se marchara para siempre, los otros tres podrían haber optado por permanecer más cerca, pero había sucedido justo lo contrario: la muerte de Cal los había enviado a cada uno a un rincón diferente. Los echaba de menos a todos, pero, sobre todo, echaba de menos a Holly. Era la menos misteriosa de sus niños, la única que se metía de vez en cuando en su cama por las noches y le decía que quería hablar.
«Ven a verme cuando quieras», escribía Holly cuando su madre se quejaba, primero, en lentas cartas remitidas por vía aérea; luego, gracias al cielo, en correos electrónicos, cuando el centro, llamado Zen-Dojo Tozan, tuvo ordenador. A Teresa le costaba recordar el nombre exacto de aquel lugar, de manera que era de ayuda verlo en letras impresas.
«¿Y qué hago yo en Suiza?», respondía su madre.
«Estar sentada conmigo», decía Holly.
No era mucho pedir. Había estado sentada con Jeanette, Fodé y los chicos en Brooklyn. Había estado sentada con Albie en una serie de sitios distintos, incluido el cuarto de estar de su casa. Con el paso de los años, Teresa había vencido el recelo al budismo y a la meditación. Holly, en las escasas veces que la había visto, seguía siendo Holly. Y si bien cuando trabajaba había tenido muchos motivos para no ir a verla, después de jubilarse solo podía decirse a sí misma que era demasiado vieja, el viaje era demasiado largo, los billetes eran demasiado caros y las conexiones eran demasiado intimidantes. Pero ninguno de esos motivos era suficiente para no ver a su hija.
El vuelo de Los Ángeles a París duró doce horas. Teresa aceptó el vino que le ofrecieron cada vez que el carrito pasó por el estrecho pasillo, durmió a ratos apoyada en la ventanilla e intentó leer El paciente inglés. Cuando el avión aterrizó en Charles de Gaulle, había envejecido veinte años. Los abogados deberían insistir en que los juicios de los asesinos y los capos de la droga tuvieran lugar en vuelos transatlánticos con asientos económicos, tras los cuales cualquier sospechoso confesaría cualquier crimen a cambio de la promesa de dormir en una cama blanda en una habitación oscura y silenciosa. Al salir del avión, rígida y aturdida, se sumergió en el río de la vida: las maletas rodaban como perros obedientes tras pasajeros que hablaban por el móvil mientras caminaban con tanto aplomo que ni se le ocurrió no seguirlos. Estaba demasiado desconcertada para pensar por sí misma; cuando por fin volvió a la realidad al ver un mostrador de información, le dijeron que su puerta de embarque estaba en otra terminal, a la que se podría acceder en autobús, y que el vuelo a Lucerna tenía tres horas de retraso.
Teresa cogió el plano del aeropuerto en el que un empleado de información, un francés asombrosamente guapo, le había indicado por dónde debía ir, y empezó a desandar camino. Los pies se le habían hinchado con el vuelo y ahora tenían una talla más que los zapatos que llevaba puestos. Si bien no había esperado que apareciera alguien en la puerta para acompañarla, no podía dejar de pensar que la última vez que había estado en aquel aeropuerto, cincuenta años atrás, las cosas habían sido muy distintas: era otra persona y vivía unas circunstancias muy diferentes.
Bert había llevado a Teresa a París para su luna de miel. Había sido una sorpresa. Hizo las reservas del hotel, cambió los francos en el banco, pidió a la madre de Teresa que le preparara la maleta a su hija. Los padres de Bert los llevaron al aeropuerto a la mañana siguiente de la boda para que cogieran el vuelo y Teresa no sabía adónde iban. Se había licenciado en Literatura Francesa en la Universidad de Virginia, pero nunca había salido de los Estados Unidos. Nunca había hablado en francés fuera del aula.
Se detuvo en un pequeño café del vestíbulo, se dejo caer en una silla de plástico blanca y pidió un café au lait y un croissant, eso era fácil. Tiempo no era lo que le faltaba. Se quitó la parte posterior de los zapatos antes de darse cuenta de que era un error: los pies le iban a crecer como masa de pan y después no podría volver a ponérselos. Por primera vez desde que tenía veinte años, pensó que Bert Cousins había sido un chico muy guapo, alto y rubio, con los ojos de un azul oscuro que cada mañana, cuando los abría, sobresaltaban a Teresa. La familia de Bert era rica como Creso, decía la abuela de Teresa. Los padres de Bert le habían regalado un pequeño Fiat verde cuando se graduó en el college.
Cuando se conocieron, Bert estudiaba segundo curso en la Facultad de Derecho de la Universidad de Virginia y era el mejor de la clase, y ella estaba en el segundo año del college. Una nevada mañana de enero, cuando corría hacia clase, Teresa resbaló en una placa de hielo y se cayó de repente, mientras sus pulmones expulsaban de golpe el aire helado, y quedó rodeada de libros y papeles. Estaba tendida boca arriba, tan aturdida que no podía hacer otra cosa que contemplar cómo los copos de nieve revoloteaban hacia ella, cuando Bert Cousins se inclinó y le preguntó si le permitía que la ayudara. Sí, se lo permitía. Bert la levantó, la cogió en brazos —un completo desconocido— y la llevó a la enfermería; ahí perdió la siguiente hora de clase mientras a ella le vendaban el tobillo. Un año más tarde, cuando le pidió que se casara con él, Bert le dijo que quería irse a vivir a California en cuanto terminara Derecho. Pasaría allí el examen de acceso al cuerpo de abogados y empezarían una nueva vida en un lugar donde nadie los conociera. No tenía intención de pasarse la existencia redactando contratos para transacciones inmobiliarias, iba a dedicarse al ejercicio profesional de la abogacía. Y quería tener hijos, dijo, muchos muchos niños. En su condición de hijo único, siempre había deseado tener hermanos y hermanas. Teresa miraba alternativamente a Bert y el bonito anillo que llevaba en la mano y pensó que en aquel momento tenía que estar irradiando algún tipo de luz, tanto lo quería. Era desconcertante recordar ahora, a los setenta y dos años, mientras ponía mermelada de fresa sobre la punta de su croissant, lo mucho que lo había querido. Casi no le cabía la idea en la cabeza. Había querido a Bert Cousins, después se había acostumbrado a él, después se sintió decepcionada y, más tarde, después de que la abandonara con cuatro niños pequeños, lo había odiado con todas sus fuerzas. Pero en el aeropuerto Charles de Gaulle, cuando tenía veintidós años, el amor que sentía por él excluía cualquier otro pensamiento contrario. Fueron cogidos de la mano a recoger las maletas y, mientras esperaban junto a la cinta transportadora, él la besó, profunda y apasionadamente, sin importarle quién pudiera estar mirando, ya que estaban casados y estaban en París.
Teresa contempló a la gente que pasaba junto a su mesa en el café del aeropuerto y se preguntó cuántos empezarían en aquel momento la luna de miel, cuántos estaban enamorados y cuántos dejarían de estarlo. La verdad era que, más o menos, se había olvidado de Bert. Le había costado mucho, pero era ya un hecho que pasaban los años y no se acordaba de preguntar a sus hijos cómo estaba su padre porque ni siquiera pensaba en él. Había vivido tiempo suficiente para que Bert y todo el amor y el odio que había engendrado desaparecieran. Cal seguía con ella, Jim Chen estaba allí, pero Bert, aunque siguiera vivo en Virginia, era como si estuviera muerto.
Revivida por el café y lo demás, Teresa introdujo los pies con esfuerzo en los zapatos y caminó despacio hasta su puerta de embarque. Quizá se quedara en Suiza para siempre, quizá se hiciera budista. No se podía imaginar repitiendo aquel viaje otra vez.
Holly no se había tomado la molestia de ir a la diminuta habitación, antiguo armario escobero, situada bajo la escalera de la cocina para verificar en el ordenador cómo iba el vuelo de su madre desde París. Al llegar al aeropuerto de Lucerna y detenerse delante del panel luminoso, advirtió que el avión llegaba con tres horas de retraso. Era cierto que no iba mucho al aeropuerto, pero había que ser idiota para no acordarse de verificar el horario antes de hacer una hora de viaje. Como tenían por norma que quien cogía el coche también se llevaba el móvil, pudo enviar un mensaje a Mijaíl y explicarle la situación. Sabía que no le importaría, ya que le había dicho que no necesitaban el coche, pero Holly no podía evitar la sensación de que molestaba a toda la comunidad al monopolizarlo durante tanto rato. Si la hora de llegada anunciada era correcta, no estarían de vuelta hasta pasadas las dos. Le había dicho a su madre que cogiera el tren desde París; nadie iba en avión desde París a Lucerna. El tren era muy sencillo. Pero a su madre se le hacía cuesta arriba ir del aeropuerto a la Gare de Lyon y allí localizar el tren a Lucerna. Y quizá no habría sido capaz de hacerlo con jet lag y cargada con el equipaje. Holly podría haber ido en tren hasta París a recibirla, pero no se lo propuso a Teresa porque no quería estar fuera tanto tiempo.
Holly había terminado temprano con el trabajo de la cocina tras lavar y pelar cinco kilos de patatas, cortarlas en dados y dejarlas cubiertas en agua fría con sal mientras intentaba ocuparse de todas sus otras tareas. Había ido a la habitación de invitados donde dormiría su madre para comprobar que había toallas de baño y de ducha, así como una botella de agua y un vaso junto a la cama. Se disculpó por abandonar pronto la meditación de la mañana y pasó entre los cojines de los demás tan silenciosamente como pudo para irse al aeropuerto, aunque ahora se daba cuenta de que no habría sido necesario, podría haberse quedado un rato más. La irritación que sentía consigo misma era tan desproporcionada que se preguntó si el problema no sería que no quería que su madre la visitara. Si bien entendía la importancia de dejar que los pensamientos surgieran y, en lugar de juzgarlos, contemplarlos y dejarlos pasar, decidió que, en este caso, tal vez lo mejor sería reprimirlos.
Holly compró un Toblerone en el quiosco y después miró por la sala de espera para ver si encontraba algún periódico abandonado, ya que en su vida diaria carecía de ambas cosas. Y de sexo. En su vida tampoco había sexo, pero tenía suficiente sentido común para no buscarlo en un aeropuerto. Encontró un ejemplar de Le Matin, otro de Blick (pero no leía alemán con fluidez) y, maravilla de las maravillas, un número entero del martes del New York Times. De repente, se calmó. La idea de pasar tres horas en el aeropuerto con tres periódicos y una barra de Toblerone era casi un milagro. Quitó el papel de plata, rompió un triángulo de chocolate y lo dejó sobre la lengua para que se fundiera antes de leer la sección científica del periódico: los demonios de Tasmania estaban muriendo de cáncer oral; había motivos para pensar que podría ser mejor correr sin zapatillas de deporte; los niños pobres del centro de las ciudades tenían tanta probabilidad de padecer asma como los niños de las zonas en conflicto bélico. Intentó pensar de qué le servía toda aquella información. Cómo iba a salvar a los demonios y conseguir que dejaran de morderse los unos a los otros, ya que, según parecía, esa era la vía de difusión del cáncer, y por qué le preocupaba un feroz marsupial de Tasmania y no sentía casi nada por los niños asmáticos. ¿Por qué había leído el artículo entero sobre el calzado para correr, si ella no corría, pero se había saltado el que hablaba de energía geotérmica? ¿En qué clase de persona superficial se había convertido? Dobló el periódico, lo dejó sobre sus rodillas y se quedó pensando. Quizá debería salir del centro Zen-Dojo Tozan más a menudo, o quizá debería abandonarlo por completo, pero concluyó que nunca lo dejaría, como Siobhán, a la que Holly nunca había visto ir más allá del buzón situado al final del camino de entrada.
Holly recordaba que en su vida en California todo lo veía en función de quién tenía menos que ella y quién tenía más: quién era más listo, más guapo, quién tenía una relación mejor —por lo general, todo el mundo—, quién ascendía más rápido —porque, por muchas alabanzas que recibiera en el banco, siempre parecía que había otros empleados favoritos—. Estaba siempre intentado imaginar cómo hacerlo mejor, cómo hacerlo bien y, por ello, había empezado a rechinar los dientes mientras dormía. Se había hecho una pequeña herida en el interior de la mejilla izquierda y se quitaba las cutículas de los dedos hasta hacerse sangre. Fue a la consulta de un internista, le contó sus problemas y le enseñó el interior de la boca. El médico le examinó la lengua y los dientes con una linterna, le miró las manos y le sugirió que hiciera meditación. O eso es lo que creyó que había dicho: «Va a necesitar meditación».
Cuando oyó esa palabra, sintió que el corazón le daba un vuelco, como si llevara tiempo esperando ese momento. ¡Por fin!, le dijo el corazón. ¡Ya era hora!
—¿Dónde puedo aprender a meditar? —quiso saber. La mera palabra la llenaba de alegría.
El médico la miró como si estuviera preguntándose hasta dónde llegaría su locura.
—He dicho me-di-CA-ción —repitió, esta vez en voz más alta y más despacio—. Tiene que medicarse para combatir la ansiedad. Voy a hacerle una receta de Ativan, ya iremos fijando la dosis. Tenemos que ver cuál es la que le conviene.
Pero Holly dejó caer el papelito en la papelera tras pagar a la recepcionista veinte dólares en concepto de copago. Aunque de modo involuntario, el médico le había dicho cómo podía curarse. Ni siquiera comprendía exactamente qué suponía eso de la meditación, pero sabía que iba a averiguarlo. Leyó un par de libros, escuchó una serie de charlas sobre el dharma en cintas magnetofónicas en el coche y, más adelante, encontró un grupo que se reunía los miércoles por la noche y los sábados por la mañana. Empezó a meditar en casa, antes de ir al banco, y a despertarse más temprano. Seis meses más tarde, algunos amigos del grupo de los miércoles la invitaron a un retiro de fin de semana. Más tarde, pasó una semana en silencio en un centro de espiritualidad al norte de Berkeley. Ahí vio una nota en el tablón de anuncios sobre el centro Zen-Dojo Tozan. Sintió que se le aceleraba el corazón de la misma manera que cuando entendió mal las palabras del médico. «Ahí voy», pensó, mirando la foto del chalet sobre una suave ladera de flores alpinas. Tiró de la chincheta que sujetaba el folleto y dejó que este le cayera en la mano.
Las cosas eran así para Holly. Algunas veces tenía la sensación de que la guiaba una mano y pensaba que era la de Cal.
Después de la muerte de Cal, Holly lamentó durante años no haber estado más unida a su hermano (además de muchas otras cosas). Pero, desde que había llegado a Suiza, había empezado a comprender que, para ser un chico de quince años y una niña de trece en una situación estresante, se habían defendido bastante bien. Se peleaban a gritos, pero no se guardaban rencor. Se empujaban, pero no se daban bofetadas ni pellizcos. Se tiraban almohadas, no platos. Holly corregía los deberes de Cal sin hacer concesiones, y Cal, en un recuerdo resplandeciente de su infancia, le había quitado a dos niñas de encima, en el pasillo del colegio, tirando de una por la cola de caballo y de la otra por el cuello de la camisa, porque intentaban meter a Holly en su taquilla a empujones.
—Dejad en paz a mi hermana, hijas de puta —dijo Cal mientras las hijas de puta retrocedían a trompicones y después se iban por el pasillo entre lágrimas. Les hizo daño, las asustó de modo insensato, pero Holly, que se tomaba muy a pecho cuidar de los demás, en aquel momento maravilloso se sintió protegida. Por su hermano.
En su condición de hermanos mayores, Holly y Cal aunaban esfuerzos para cuidar de Albie y de Jeanette cuando eran pequeños, que no se acercaran a la cocina ni a los cuchillos. Y también cuidaban de su madre; tal vez no en tándem, pero se esforzaban en aligerar su carga siempre que era posible. Y ahora, cuanto más sentía la presencia de Cal en su vida, más sabía que la cuidaba, que la perdonaba. Cuando conseguía mantener su vida en silencio, abría los ojos a la belleza que la rodeaba y conseguía oírlo mejor. No es que oyera voces como si estuviera chiflada, no se sentaban a hablar de política; era más bien una sensación agradable, fácil de conseguir en el centro Zen-Dojo Tozan, pero también ahí mismo, en la zona de espera del aeropuerto de Lucerna. Holly creía que la mayor parte de la población humana no aprovechaba su potencial psíquico. Vivían en un estado de desorden mental, bombardeados por bienes y servicios, información y lucha, y eran incapaces de reconocer la verdadera felicidad aunque la tuvieran delante de sus narices. Le había sido casi imposible oír a su hermano cuando estaba en Berkeley, en el Banco Sumitomo o en cualquier lugar de Los Ángeles, pero en Suiza, en un lugar en el que Cal nunca había estado, era mucho más fácil.
Holly retomó la lectura del periódico. Leyó un artículo sobre las obras de teatro que se representaban en Broadway. Leyó una reseña de un libro y un artículo de opinión sobre las inundaciones de Iowa. Otro sobre las duras condiciones de vida de las mujeres en Afganistán. Se terminó media barra de chocolate y guardó la otra mitad para más adelante. Al ver la hora, se levantó y se fue a esperar con las familias y los conductores que sostenían carteles escritos a mano. Cuando vio a Teresa caminando hacia ella (¡Qué pequeña! ¡Qué anciana! ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Diez años? ¿Más?) se sintió inundada de amor, una oleada enorme, de su propio amor y del de su hermano. Le abrió los brazos.
—¡Mamá! —dijo Holly.
¿Por qué maravilla empezar? En primer lugar, Holly, por supuesto, que con su pelo cortísimo, negro con pinceladas grises, y sus sandalias Birkenstock con calcetines de lana tenía un aspecto radiante. Toda aquella gente amontonada al otro lado de los controles de seguridad, componiendo una masa indistinguible y ahí estaba, ¡bam!, Holly. Era totalmente diferente, nadie podía dejar de fijarse en ella. Cuando Teresa cayó en su abrazo fue como si nunca se hubiesen separado. Tenía un recuerdo tan nítido de la enfermera entrando en la habitación la mañana en que nació Holly y le puso en los brazos un bebé perfecto, el bebé que era ahora aquella hermosa mujer. Teresa le dio un beso en el cuello, apretó la mejilla contra el esternón de su hija.
—Siento que hayas tenido que esperar tanto —dijo Teresa, sin saber si se refería al retraso de tres horas o a todos los años que había tardado en viajar a Suiza.
—Me lo he pasado bien —contestó Holly, acariciando la cabeza de su madre. Le cogió la pequeña maleta de ruedas y el bolso, y se los echó al hombro como si no pesaran, como si hubiera podido cargar también con Teresa de ser necesario. La llevó directamente hacia el lavabo sin preguntarle si quería ir, y quería. Así había sido siempre Holly: tomaba decisiones, se ocupaba de todo, ayudaba sin que fuera necesario que se lo pidieran. Cuando Teresa señaló su maleta en la cinta de salida de equipaje, Holly la cogió y se echó a reír.
—¡Haces las maletas como una californiana! —dijo, asombrada al ver una bolsa tan pequeña—. Yo también.
—¿Y cómo las hacen las californianas? —Teresa se reía sin entender el chiste, con una sonrisa tan amplia que estaba segura de que mostraba dientes que llevaban años ocultos.
Holly levantó la maleta negra de su madre. Era pequeña y discreta, como una pequeña nota a pie de página de todos los maletones de color rosa reforzados con correajes que circulaban delante de ellas.
—Los europeos preparan el equipaje como si no pensaran volver a casa. Creo que tiene que ver con la guerra.
En el exterior, el aire era fresco y brillante a pesar de que estaban ya a primeros de septiembre. En Los Ángeles estaban a más de treinta y cinco grados. Holly la ayudó a ponerse el abrigo. Teresa se alegró de habérselo traído. En su casa, se lo había puesto y se lo había quitado en el cuarto de estar, había cerrado la puerta, había ido al taxi, había vuelto a entrar y había cogido de nuevo el abrigo. Veía los Alpes a lo lejos desde el aparcamiento. Los había visto desde el avión, los picos cubiertos de nieve. Los Alpes. Se arrebujó en el abrigo. ¿Quién iba a decir que Teresa Cousins vería los Alpes?
El Citroën del centro Zen-Dojo Tozan parecía más una lata de sopa que un coche. El endeble metal se estremecía cuando Teresa reducía en las curvas, la larga palanca del cambio de marchas sobresalía del suelo. En la autopista 405 de California, un coche así habría quedado aplastado por el aire que desplazaba cualquier vehículo todoterreno, pero en aquella peligrosa carretera de montaña era igual que cualquier otra lata. Podrían chocar entre sí sin peligro, igual que se roza la gente en una calle repleta. Nadie pretendía quedar por encima para salvarse, construir un tanque que descartara toda competición. Estaban todos juntos en lo mismo. El guardarraíl que las separaba del vertiginoso precipicio lateral parecía también poco preparado para salvar ninguna vida, pero ¿qué diferencia suponía? Al fin y al cabo, todos iban a morir. No habían llegado todavía al centro zen, se llamara como se llamara, y Teresa tenía la sensación de que ya estaba entendiendo de qué iba todo aquello. ¿Quién necesitaba airbags? ¿O un refuerzo de acero que creaba una barrera con el mundo? Teresa bajó la ventanilla con una manivela, ¡una manivela!, y respiró el radiante aire suizo.
—Qué hermoso es esto —dijo. Se metieron en un túnel taladrado en el lateral de la montaña: luces, oscuridad, pinos.
—Espera y verás —dijo su hija.
—Tengo que decírtelo, Holly. No lo he entendido hasta ahora. Quiero decir que me alegraba por ti, pero en el fondo pensaba siempre: ¿qué tiene de malo Torrance? —Pasaron junto a dos cabras lanudas que estaban junto a la carretera, los cuernos curvos parecían coronas. Sin duda, estaban esperando a Heidi y a su abuelo para que las devolvieran a las montañas. Teresa miró a Holly—: ¿Y a quién se le ocurre vivir en Torrance?
—A Torrance no le pasa nada —dijo Holly, contenta de recibir el apoyo de su madre—. Pero esto es más tranquilo, a mí me va más.
—Pienso en Jeanette, que vive en Brooklyn con Fodé y los chicos. Creo que le gusta el ruido, la escasez de espacio. Creo que eso es lo que le va bien. Y Albie, que está siempre de un lado a otro, siempre buscando algo nuevo. Seguramente, eso es también lo que a él le va. Ahora está en Nueva Orleans.
—De vez en cuando me envía un correo electrónico —dijo Holly. De repente, echó de menos a su hermano y a su hermana y le habría gustado sentarse con ellos a meditar.
—Eso está bien.
—¿Y a ti?
—¿A mí qué me pasa? —dijo Teresa, moviendo la cabeza para ver de nuevo el paisaje que iba quedando atrás.
—¿A ti te ha ido bien en Torrance? ¿Fue una buena elección?
En aquel momento pasaban por un bosque. Los árboles tenían la parte inferior del tronco cubierta de musgo y eran cada vez más altos y más gruesos, parecían rasgar la luz, en tanto que los helechos cubrían el suelo. Había grandes piedras, enormes rocas, que parecían colocadas por diseñadores de jardines en torno a un rápido arroyo. Como si un productor hubiera ordenado: «Diséñame un jardín encantado».
—Tu padre quiso que nos fuéramos todos a Virginia cuando se separó de Beverly para que estuviéramos más cerca. La verdad es que ni me lo planteé. Quizá debería haberlo hecho. Para vosotros habría sido más fácil. Pero no me sentí capaz de amoldarme a lo que él quería.
—Es la mayor tontería que he oído en mi vida —dijo Holly, apartando, imprudentemente, la vista de la carretera unos segundos para mirar a su madre —. No sabía que papá te lo hubiera propuesto.
—Después de que Cal muriera. —Teresa se encogió de hombros—. Bueno, de eso te acordarás. Por supuesto que no íbamos a irnos a Virginia después de que Cal muriera, aunque, la verdad, me inquietaba dejarlo allí enterrado. En esos días lo que me preocupaba era seguir adelante, pasito a pasito, sin caer. No tenía intención de cambiar de vida; de hecho, mi vida ya había cambiado. Solo tenía que superarlo.
—Y lo conseguiste. —Holly redujo a segunda. Estaban detrás de un camión, subiendo sin parar.
—Todos lo conseguimos, supongo, cada uno a su manera. Uno piensa que no va a ser capaz, pero sigue adelante. Sigue vivo. Eso fue lo que me atrapó al final: seguía viva. Tú, Albie y Jeanette seguíais vivos. Y no sería para siempre, así que había que aprovecharlo.
Teresa puso la mano sobre la de Holly y sintió la vibración del cambio de marchas.
—Hay que ver lo que estoy diciendo: nunca hablo así.
—Es Suiza. Cambia a la gente. —Holly se calló un momento para pensar —. Diría que eso es lo que ha hecho conmigo. La verdad es que la mayoría de la gente que he conocido aquí es muy tranquila.
Teresa sonrió y asintió.
—Bien, eso es bueno. Me gusta.
El centro zen de Dojo Toza no estaba en Sarnen ni en Thun, sino en un lugar intermedio, en mitad de la hierba alta y las flores azules. Ocupaba un gran chalet edificado en la ladera de una montaña. Había sido el hogar de un banquero de Zúrich. En verano, él y su mujer nadaban con sus cinco hijos en el lago y en invierno esquiaban. Y, entre tanto, sin que lo supieran los habitantes de Sarnen, de Thun o de Zúrich, se sentaban juntos en cojines zafu, los siete, cerraban los ojos y dejaban la mente en blanco para limpiarla, de la misma manera que el aire de la montaña les había limpiado los pulmones. La casa, en forma de fideicomiso, quedó en manos del centro Zen-Dojo Tozan con el compromiso de que los hijos de la familia, sus hijos y todos los niños en general serían bienvenidos. Katrina, la cuarta hija, tenía ya unos setenta años y vivía allí en el pequeño dormitorio que había ocupado de niña. Junto con Katrina, había otros catorce residentes permanentes. Dos veces al año se convertía en centro de retiro y alquilaban un autobús para que llevara a la gente desde su alojamiento en Thun, pero gran parte de los ingresos procedían de los bastones.
Todos los residentes participaban de un modo u otro en la fabricación o distribución de los bastones; tal como les gustaba decir, en el arte o en el negocio. Los bastones tenían una gran demanda, especialmente por parte de aficionados a la meditación australianos o estadounidenses que sabían que nunca irían a Suiza. Holly, que no tenía ningún talento para tallar la madera, se ocupaba de la contabilidad. Se había dado cuenta de que prácticamente no había límite para lo que se podía cobrar por un bastón largo de caminante de pino suizo con un pez tallado en la empuñadura. Si ponían una brújula de cinco euros en el lomo del pez, podían doblar el precio, aunque actualmente nadie domine los principios básicos de la orientación. Compraban la madera en una serrería de Lausana y, si bien podrían haber encontrado madera excelente y más barata en Alemania, habían tomado la decisión de que los bastones fueran totalmente suizos. Eso decía la página web: bastones suizos tallados en madera de pino suizo por meditadores residentes en Suiza. Todos los días, después de meditar y de atender a las tareas de la comunidad, dedicaban unas horas a los bastones: Paul cortaba la madera en palos, Lelia tallaba los peces con un cuchillo y luego Hyla se dedicaba al delicado trabajo de tallar las escamas. Los bastones, junto con la modesta dotación, pagaban el mantenimiento del tejado, los impuestos y ponían queso y pan en la mesa. Tenían una lista de espera de ocho meses para los bastones. La lista de espera de residentes era ya demasiado larga para ser de utilidad y estaba perdida en un cajón y olvidada.
—Hemos tenido suerte y hay un dormitorio de invitados libre —dijo Holly, cogiendo a su madre de la mano mientras la guiaba por las empinadas escaleras de madera. A su madre, que todavía caminaba bastante bien, le convendría llevar bastón. Algunos días, el viento podía tumbar a cualquiera —. La gente viene invitada un mes y luego se niega a marcharse. Hay tres habitaciones de invitados y la programación siempre se lía. La gente se va quedando. Piensan que alguno de nosotros se va a marchar y les quedará sitio.
El chalet estaba rodeado por un amplio porche de madera suspendido sobre un mundo cristalino. Aquí y allá había pesadas sillas de madera labradas por un hacha descuidada para que los discípulos pudieran descansar mientras contemplaban las vistas. Los Alpes parecían un dibujo de los Alpes sacado del envoltorio de un caramelo, una versión idealizaba destinada a atraer viajeros. Teresa tuvo que detenerse y tomar aliento: por las vistas, por la altitud, por el hecho de que lo había conseguido y se encontraba allí.
—Te ha sentado bien —dijo, resoplando un poco.
Holly se detuvo, viéndolo todo de nuevo a través de los ojos de su madre.
—En mi caso, lo cierto es que uno murió mientras yo esperaba a que se fuera alguien. Por eso volví a California y dejé mi trabajo. Era un francés llamado Philippe. Lo de los bastones había sido idea de Philippe años antes de que se quedaran sin dinero y se preocuparan por tener que dejar este sitio. Era un viejo encantador, todavía ocupo su habitación.
—¿Y la madre de alguno viene de vez en cuando? —preguntó Teresa, intentando no parecer competitiva, a pesar de que se sentía muy orgullosa de sí misma por haber ido.
—Algunas veces, menos de lo que crees.
En cuanto vio la cama en su habitación, Teresa se echó una siesta. Después, antes de cenar, de la charla dharma y la última meditación del día, Holly intentó dar a su madre un curso sobre meditación. Inspirar, espirar, seguir la respiración, dejar que los pensamientos pasaran sin juzgarlos.
—Hazlo y no le des más vueltas —dijo finalmente, temerosa de que su explicación hiciera más mal que bien—. Es muy sencillo.
Así que Teresa, vestida con el chándal que se ponía por las mañanas para ir a andar con su vecina, se sentó sobre un cojín junto a su hija y cerró los ojos.
Al principio no sucedió gran cosa. Pensó que le dolía la rodilla izquierda. Después pensó que las demás personas parecían agradables. Le gustaba Mijaíl, el ruso al que ella había llamado Michael. ¿Dirigía él aquel sitio? Muy acogedor. Todos ellos con el pelo corto como Holly. ¿Y por qué no? ¿Qué más daba? No había necesidad de impresionar a nadie. Veía que Holly era feliz allí, pero ¿era una vida real? ¿Y qué haría cuando tuviera la edad de Teresa? ¿La cuidarían? Podría preguntárselo a la mujer mayor, la que había crecido en aquella casa. Cómo sería aquel chalet como una «casa», un hogar para una sola familia. ¿Cuántos criados necesitarían para mantenerla? Tenía los dos pies dormidos.
Se dio cuenta de repente de que aquello era una sarta de tonterías, estaba divagando. Le sorprendió que su pensamiento no parara, como si se dedicara a examinar la basura acumulada en la cuneta de la carretera y le llamara la atención cualquier envoltorio de chicle. Respiró con calma, pero se puso a pensar en la ensalada que habían tomado para cenar, tenía unas judías rosadas que no veía desde la infancia. No recordaba cómo se llamaban. Antes de ponerlas en remojo, su madre le pedía que las repasara para quitar piedrecitas y ella se aplicaba mucho hasta que se aburría, las mezclaba todas y echaba a perder todo el trabajo. ¿Alguna vez alguien de la familia se había tragado una piedra?
¿Una aspiración? ¿Podría conseguirlo? ¿Una sola inhalación que no estuviera cargada de pensamientos? Lo intentó. Sí, vale. Le dolía la espalda. Sin advertencia previa, dio una cabezada y durante unos instantes se quedó profundamente dormida. Soltó un gemido como el de un perro o un cerdo que soñara. Se enderezó, abrió un poco los ojos para ver si los demás se habían dado cuenta. Miró a su alrededor los pacíficos rostros de sus vecinos, de su hija, como si pudiera ver la claridad de sus mentes tranquilas. Se avergonzó de sí misma.
Al final de la sesión, Holly la ayudó a ponerse en pie. Todos se acercaron a estrecharle la mano, a darle un pequeño abrazo. Apreciaban mucho a Holly, estaban encantados de que Teresa hubiera ido de visita.
—No te preocupes por la meditación —le dijo una mujer llamada Carol con unos ojos plácidos como un lago helado—. Al principio cuesta entender para qué sirve.
—Medité por mi cuenta a diario durante años antes de venir aquí —dijo Paul, el fabricante de bastones—. Pero meditar aquí por primera vez en la vida es como ponerse a correr por primera vez en unas olimpiadas. —Le dio unas palmaditas en el hombro—: Has de estar muy orgullosa de ti misma.
En la cama de la habitación de invitados, Teresa, completamente despierta, contempló el techo, las marcas regulares en forma de corona, como si fueran dientes separados, de la moldura. ¿Había recorrido medio mundo para ver aquello? ¿Para meditar sentada? Había pasado sentada media vida en su despacho. Se sentaba en el coche, en el avión. ¿Qué podría haber estado pensando? Quería ver a su hija. ¿Había ido Bert alguna vez a verla? ¿Y se había sentado a meditar? ¿Por qué no se le había ocurrido preguntarlo? La luz de una luna enorme inundaba la pequeña habitación, pintaba las paredes y cubría la cama. Pensó en todas las mujeres y en todos los hombres —sobre todo, hombres— que, en su modesta posición en la oficina del fiscal del distrito de Los Ángeles, había contribuido a meter en la cárcel. Todos los casos en los que había ayudado a preparar para que los juzgaran y los encerraran para pasar las noches en camas estrechas y los días en silencio. ¿Cómo era que nunca antes se había preguntado qué había sido de ellos? A lo largo de los años habían pasado por su mesa cientos de casos. Miles. ¿Estarían mirando el techo en las celdas donde vivían, intentando ocupar la mente con algo?
Día tras día, tres veces diarias, eso fue lo que hizo Teresa. Acudía con los demás a la sala de meditación, alguien llenaba la estufa de cerámica azul con carbón y todos se sentaban en círculo sobre los cojines de color verde oscuro y esperaban a que Mijaíl golpeara el pequeño gong que señalaba el inicio. Aquello era un disparate. Si no hubiera sido porque Holly se sentía tan orgullosa de ella, habría cogido su ejemplar de El paciente inglés y habría salido al balcón del segundo piso o a dar un paseo por la alta hierba mientras los demás buscaban la paz interior. Su hija la cogía del brazo y acercaba su cojín al suyo. Los demás residentes las miraban con señal de apreciación —en la cocina, en las comidas, mientras meditaban (Teresa algunas veces hacía un poco de trampa y abría los ojos, haciendo que los demás cerraran los suyos de inmediato)—: otras madres no iban de visita y, si iban, no meditaban.
Teresa siguió meditando.
Lelia dio una charla sobre el abandono de la definición de uno mismo: no puedo hacer esto porque me sucedió aquello en la infancia; no puedo hacer eso otro porque soy muy tímido; no puedo ir allí porque me dan miedo los payasos, las setas o los osos polares. El grupo soltó una carcajada colectiva y amable al reconocerse en sus palabras. A Teresa la charla le pareció útil: precisamente, había estado manteniendo un diálogo interior durante la meditación sobre la cuestión de que las septuagenarias de Torrance no estaban hechas para el budismo. La linda Hyla, cuyos hermosos huesos quedaban bellamente destacados por la ausencia de cabello, la llevó a dar un paseo y le dijo el nombre de cada una de las plantas y de los árboles con los que se cruzaban. Vieron a lo lejos un íbice. Frotó un trozo de enebro entre las manos y se las ofreció a Teresa para que las oliera, las mismas manos capaces de encontrar un pez dentro de la madera de las empuñaduras de los bastones. Hyla contó a Teresa que su madre había muerto cinco años atrás y que se sentía muy sola. Después de decir eso, tomó a Teresa por la mano de regreso al chalet. «Vale —pensó Teresa—, hoy puedo ser tu madre». Volvieron a la cocina y cortaron manzanas en trocitos para hacer una tarta.
—Quiero que me cortes el pelo —dijo Teresa a Holly antes de cenar.
—¿De verdad? —Holly se inclinó hacia ella y tocó el pelo de su madre. Era grueso y canoso, y lo llevaba peinado en una melena corta recogido a los lados con dos pasadores porque no se le ocurría llevar otra cosa.
—Me he acostumbrado y creo que me ayudará a sentirme mejor. —Teresa no lo habría hecho si hubiera tenido que volver al trabajo. Allí su pelo se habría convertido en tema de conversación, pero ahora sería señal de una nueva vida. La verían los vecinos, los empleados de la tienda de comestibles, y sabrían que era una persona distinta.
Holly fue a buscar al baño del piso inferior la maquinilla eléctrica para cortar el pelo y la sacó del barreño de plástico donde la guardaban. Llevó a su madre a la terraza y le puso una toalla alrededor del cuello. Se cortaban el pelo los unos a los otros. Se lo podría haber cortado uno mismo, pero era agradable que te tocaran la cabeza más o menos una vez al mes.
—¿Estás segura? —preguntó Holly antes de poner la maquinilla en marcha.
Teresa asintió con un solo gesto decidido.
—Donde fueres…
Y su cabello fue despareciendo, los gruesos mechones grises se fueron apilando alrededor de sus pies como nubes de tormenta dispersas. Cuando terminó, Holly se puso delante para ver su obra.
—¿Qué aspecto tengo? —preguntó Teresa con una sonrisa, pasándose la mano por el terciopelo que le cubría el cráneo.
—Estás igual que yo —dijo Holly, y era cierto.
De vez en cuando, Holly iba a la habitación de invitados por la noche, la misma que ella había ocupado cuando llegó a la casa, veinte años atrás. Le gustaba estar ahí. Teresa se apartaba tanto como podía en la camita para hacerle sitio. Las dos se quedaban ahí, acostadas de lado, la única manera de que cupieran, y hablaban, dos mujeres que hacía años que no hablaban con nadie en la cama.
—¿Crees que te vas a quedar aquí? —le preguntó Teresa, tirando de las sábanas para tapar los hombros. Por las noches helaba. Holly tenía cuarenta y cinco años y, si bien en la vida que llevaba todo era hermoso, tenía que pensar que tal vez algún día querría algo más, un marido o un trabajo.
—No me quedaré para siempre —contestó Holly—. Creo que no podré. Pero no me imagino cómo será el momento de irse. Es como si esperara que el destino abra un día la puerta de Dojo y me diga: «¡Holly, ha llegado el momento!».
—Llámame cuando suceda —dijo su madre.
—Deberías ver lo bonito que es esto con nieve.
Se callaron un rato, tal vez las dos casi dormidas, hasta que Holly dijo:
—¿Y has pensado en quedarte tú? Podrías ser una de esas personas que están en la habitación de invitados y no se marchan nunca.
Teresa sonrió en la oscuridad, aunque se dio cuenta entonces de que tampoco se imaginaba marchándose de allí. Pasó un brazo alrededor de la cintura de Holly y pensó en su cuerpo como algo que había hecho ella, algo que, ahora, era totalmente independiente.
—Me parece que no —contestó, y las dos se quedaron dormidas.
Al octavo día de los once de visita en el centro zen, Teresa fue a la meditación de la mañana, se sentó en su cojín junto a Holly, cerró a los ojos y vio a su hijo mayor. Lo vio con tanta claridad como si estuviera con ella en la habitación, como si hubiera estado siempre con ella en todas las habitaciones en las que había estado en su vida y ella no hubiera sido capaz de mirar en la dirección adecuada. No fue un sueño ni una experiencia extracorpórea. Teresa sabía que seguía en el chalet, sentada meditando, pero, al mismo tiempo, estaba con Cal y sus hermanas. Estaba con las niñas Keating, Caroline y Franny. Los vio salir a los cinco de la cocina de la casa de los padres de Bert, por una puerta por la que ella había entrado y salido muchas veces cuando eran novios, cuando planeaban su boda.
Ernestine, la cocinera, les dice que no molesten a Ned en los establos y que lo obedezcan, y las chicas le contestan que sí, señora. Les da media bolsa de zanahorias blandas de la nevera y a Jeanette le da dos manzanas pequeñas: esta le ofrece a cambio una sonrisa de agradecimiento. Nadie le daba nunca nada a Jeanette. Cal ha salido ya del porche. No dice nada a Ernestine. No espera a las niñas.
—¡Cal! —grita Ernestine a través de la mosquitera—. ¿Qué hace tu hermano?
Cal no se para ni se da la vuelta. Se encoge de hombros y levanta la mano, dándole la espalda. «¡Cal —quisiera decir Teresa—, contesta!». Teresa está contemplando lo que sucedió un día, hace treinta y cinco años, a medio mundo de distancia. No puede corregir su comportamiento. No puede cambiar el resultado. Solo se le permite estar sentada y mirar, y eso ya es en sí todo un milagro.
Los cinco bajan por el camino asfaltado que sale de la parte posterior de la casa, después toman por una pista que al poco se convierte en dos huellas bacheadas entre las que crece una hilera de hierba. Holly y Caroline hablan mientras Jeanette y Franny escuchan. Cal va por delante y anda tan deprisa que de vez en cuando las chicas tienen que trotar para no quedarse atrás. Quieren estar juntos sin estar con él, y los cinco tienen una conciencia clara del grado de proximidad necesario. Cal es alto y rubio como su padre, tiene los ojos del mismo azul, la piel morena del verano al aire libre. Tiene una expresión de furia latente, pero es la habitual. No quiere estar en Virginia, no quiere estar con sus hermanas, con las niñas Keating, con su madrastra, con sus abuelos. No quiere almohazar los caballos, que le piquen las moscas y los mosquitos, soportar el hedor a excrementos y a heno, pero no hay nada mejor que hacer. Ese es el problema de tener quince años: solo es capaz de pensar en las cosas que no quiere. Lleva una camiseta de la UCLA y unos vaqueros Levi’s aunque hace calor. Si Cal lleva pantalones largos significa que ha cogido la pistola otra vez. Todos los niños lo saben.
Jeanette había contado a Teresa que Cal llevaba el arma atada a la pierna con un pañuelo. Jeanette se lo contó todo a su madre tiempo atrás, el año en que vivieron solas en la casa de Torrance. Sin Holly ni Albie, habló libremente del día en que murió Cal, le contó cómo habían malgastado el Benadryl para hacer que Albie se durmiera, el camino que cogieron hacia el establo, que no hicieron ningún caso a Cal mientras se moría, pensando que las estaba engañando para que se acercaran y así poder pegarles. Habían esperado mucho mucho rato, sentadas en la hierba, haciendo collares de flores para demostrarle que no iban a caer en la trampa. Jeanette se lo había contado todo, pero en ese momento Teresa no lo había visto. No lo había visto nunca.
Holly, que es la que tiene la voz más bonita de todas las niñas, de todo su colegio, se pone a cantar mientras mueve los brazos hacia delante y hacia atrás:
—Vamos a la capilla y vamos…
—Vamos a casarnos… —Caroline y Franny cantan con ella.
—Vamos a la capilla y vamos…
—Vamos a casarnos —repiten Caroline y Franny. Jeanette no canta al principio, pero mueve los labios.
—Porque yo te quiero y vamos…
—¿Podéis callaros un poco? —pregunta Cal, dándose media vuelta sin dejar de andar. Está lejos de ellas, en mitad de la hierba alta, lo bastante lejos como para que la canción no le moleste, pero le molesta—. Joder, ¿es mucho pedir que os calléis?
Esas fueron las últimas palabras de su hermano.
—Vamos a casarnos —cantan las cuatro, incluso Jeanette canta con ellas a pleno pulmón. Y, de repente, Cal arremete contra ellas. Es imposible saber si está enfadado o de broma, pero las niñas gritan y se dispersan en cuatro direcciones. Cal podría haber atrapado a una de ellas, pero tiene que elegir y se para. Algo sucede y siente un dolor agudo en el cuello mientras sus hermanas y sus hermanastras corren en círculos a su alrededor. Se detiene y se lleva la mano a la base del cuello. Teresa, sentada en el cojín en Suiza, siente la obstrucción, se queda sin respiración, porque lo está viendo todo y, al mismo tiempo, es él. Las niñas corren y cantan y Teresa quisiera detenerlas. Quiere que se paren, pero no puede decir nada. Tiene todavía la abeja en la nuca, reptando. La nota, pero no puede quitársela. Cal se cae; no en la hierba, sino en otro lugar más lejano, una marea de sangre se lleva el sonido de la voz de las niñas; siente el latido de su corazón, que el color desaparece de las camisetas de las niñas, del sol, del cielo y de la hierba. La lengua se le hincha y le llena toda la boca. Intenta llevarse la mano al bolsillo para ver si queda algún Benadryl, pero no es capaz de encontrar su propia mano. Describe un giro, empujado por toda la fuerza de la gravedad, y la tierra lo golpea con violencia, sobre la abeja, y se lleva así lo último que le queda de aire, de luz. Tiene quince años, diez más cinco. Es un instante. Vuelve a ella. Es suyo otra vez. Siente su peso en el pecho cuando regresa a sus brazos. Es su hijo, su querido niño, y vuelve con ella.