Comunidad
Capítulo 5
En el pasillo de delante de su apartamento había aparcada una bicicleta desconocida; no estaba permitido dejarlas ahí, pero eso no le daba ninguna pista sobre quién podría ser el dueño. Jeanette abrió la puerta, cargada con las bolsas de la compra que se le clavaban en las muñecas, con el abrigo y las botas pesadas y agobiantes tras los cuatro tramos de escaleras, y se encontró a su hermano sentado en el sofá, con su hijo sobre las rodillas.
—¡Mira, mira! —exclamó su marido. Fodé estaba tan entusiasmado que le dio un abrazo antes de ayudarla a dejar las bolsas de plástico. Bintou, la canguro, corrió para cogerle las bolsas del otro brazo y luego echarle una mano para quitarse el abrigo. Los dos la trataban como si fuera una reina.
—¿Albie? —preguntó Jeanette. No cabía la menor duda de que era su hermano, pero no era lo mismo ver a un muchacho que a un hombre. El pelo de Albie, que había sido una suave maraña de rizos oscuros, ahora era una gruesa trenza, tan larga que Jeanette se preguntó si se la habría cortado desde que se habían visto por última vez. ¿Y de dónde venían aquellos pómulos tan marcados? Según decían, el ADN de la tribu mattaponi corría por la familia de su madre. Quizá los mattaponi habían resurgido en el más joven de los Cousins. Parecía que Albie estuviera haciendo ese papel.
«Mi indio salvaje», decía Teresa cuando Albie corría por la casa gritando. Ahí estaba ahora, tan delgado y tan quieto como un cuchillo.
—Sorpresa —dijo Albie. La palabra era una simple constatación de un hecho que podría haber descrito de otro modo: «Me sorprende encontrarme en tu cuarto de estar y a ti te sorprende verme». Y luego añadió lo que más le había sorprendido—: Tienes un bebé.
Dayo, el bebé, estaba agarrado a la trenza de Albie como si fuera una cuerda. Dedicó a su madre una enorme sonrisa para decirle que estaba contento de que hubiera vuelto a casa y que le gustaba mucho aquel invitado exótico.
—Bufanda —pidió Bintou, y desanudó la lana húmeda del cuello de Jeanette. Se quitó el gorro y sacudió la nieve a medio fundir. Estaban en febrero.
Jeanette se volvió hacia su marido.
—Mi hermano —dijo, como si fuera Albie quien acababa de entrar por la puerta. Parecía una cuestión de pura casualidad que Albie estuviera sentado en el cuarto de estar, como cuando dos hermanos que llevan tiempo sin verse se encuentran en un aeropuerto o en un funeral.
—¡Lo he visto en la calle! —exclamó Fodé—. Se marchaba de nuestro edificio andando con una bicicleta cuando yo volvía del trabajo.
Albie asintió para confirmar aquella historia inverosímil.
—Ha venido corriendo detrás de mí. He pensado que era un loco.
—Nueva York —explicó Bintou.
El entusiasmo por la novedad inundaba a Fodé, lo desbordaba, todavía estaba emocionado.
—Pero yo te he llamado por tu nombre: ¡Albie, Albie! Los locos no te llaman por tu nombre.
Jeanette no quería otra cosa que entrar en casa y pensar un poco. La habitación estaba demasiado llena: Albie y Dayo estaban sentados en el sofá como si fueran invitados mientras ella, Fodé y Bintou seguían de pie. ¿Acababan de entrar o llevaban tiempo esperando? ¿Se habría perdido gran parte de su conversación?
—¿Y andabas por mi calle? —preguntó Jeanette a Albie—. ¿Por la mía precisamente, con todas las que hay en el mundo?
—Venía a verte. He llamado al timbre —aclaró Albie. Y se encogió de hombros como si dijera, bueno, lo he intentado.
—Pero se ha equivocado de timbre —intervino Bintou—. No ha llamado aquí.
Jeanette se volvió hacia su marido. Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
—¿Cómo has sabido que era mi hermano? —En el piso no había fotos de Albie, y Fodé no lo había visto nunca, desde luego. Jeanette intentó pensar en cuándo había visto a su hermano por última vez: tenía dieciocho años y estaba subiendo a un autobús en Los Ángeles. Hacía años y años de aquello.
Fodé se echó a reír e incluso Bintou se tapó la boca con la mano.
—Mírate —dijo Fodé.
En lugar de mirarse, Jeanette observó a su hermano. Era la versión exagerada de sí misma: más alto, más delgado, más moreno. No habría dicho nunca que se parecían, a menos que se compararan con los africanos occidentales del cuarto de estar. Era gracioso pensar que alguien del piso se parecía a ella cuando Dayo no se parecía a nadie más que a su padre y a la canguro. Cuando Bintou la recibía en la puerta por las noches con Dayo atado al pecho de modo ingenioso con varios metros de una tela amarilla, Jeanette no podía evitar preguntarse «¿De verdad que este niño es mi hijo?».
—¿Tanto nos parecemos? —preguntó a su hermano, pero Albie no contestó. Estaba intentando desenredar de su pelo los deditos diminutos.
—Quería esperar para verte tan feliz —dijo Bintou, apretando a Jeanette en el brazo—. Ahora me voy, son cosas de familia.
Se inclinó sobre el bebé y lo besó en la cabeza una y otra vez.
—Hasta mañana, hombrecito —y añadió algo más en susu, unas cuantas palabras que parecían un canto destinado a unirlo con sus raíces en Conakri y la madre patria.
—Voy a acompañar a Bintou —dijo Fodé—. Así tendréis tiempo para hablar.
Tenía que dejarlos. No podía seguir conteniendo la buena noticia, su entusiasmo al recibir la visita de un familiar. Se puso el abrigo, el gorro y la bufanda de Jeanette porque estaban ahí mismo, a Fodé le importaba poco que un objeto fuera suyo o de Jeanette.
—¡Adiós, adiós! —dijo, agitando la mano, como si tuviera intención de acompañar a Bintou hasta Guinea. La menor despedida de Fodé estaba llena de ceremonia.
—Explícame esto —dijo Albie en cuanto se cerró la puerta y oyeron alejarse los pasos por la escalera en una animada elegancia de palabras francesas. Fodé y Bintou hablaban francés cuando estaban solos—. ¿Son pareja?
A Jeanette le dolió admitirlo, pero se encontró mejor en cuanto salieron, había más espacio, más aire.
—Fodé es mi marido.
—¿Y tiene dos mujeres?
—Bintou es nuestra canguro. Los dos son de Guinea, los dos viven en Brooklyn. Aunque eso no los convierte en pareja.
—¿Estás segura?
Jeanette lo estaba.
—No hace falta que busques cómo volverme loca, me basta con verte. ¿Mamá sabe dónde estás?
Albie no le hizo caso.
—Entonces, este es tuyo de verdad. —Extendió los brazos tanto como le permitía su trenza y movió a Dayo hacia delante y hacia atrás mientras el bebé reía y agitaba las piernas—. ¿Te imaginas lo que dirían los viejos Cousins? Harían que se lo dieras a Ernestine.
—Ernestine ha muerto —dijo Jeanette. Por culpa de la diabetes: primero, los pies; luego, se quedó ciega. Su abuela había dado parte de las pérdidas de Ernestine en la carta navideña anual hasta que, finalmente, llegó la noticia de la muerte de la cocinera y ama de llaves. Jeanette no había vuelto a pensar en Ernestine desde entonces, y en la clara imagen de su rostro que le vino repentinamente a la memoria vio su propia deslealtad. Ernestine era la única persona en casa de sus abuelos que Jeanette apreciaba.
Albie pensó en la noticia durante unos instantes.
—¿Y alguien más?
Por supuesto, había muerto más gente, pero a Jeanette no se le ocurría nadie que fuera cercano a Albie. Negó con la cabeza. El bebé empezó a meterse la trenza de Albie en la boca y Jeanette lo cogió en brazos; no estaba muy segura de que a Albie le gustara tener la saliva del bebé en la trenza ni de que a ella le gustara que el bebé tuviera el pelo en la boca. Le ofreció a Dayo el brazo y de inmediato el niño se puso a mordisquearle la muñeca con las encías doloridas por los dientes que querían abrirse paso. La miró a los ojos mientras chupaba y mascaba. A Jeanette la tranquilizaban aquellos bocados, le hacían volver a sí misma, a la habitación, a aquel momento.
—Si ibas a tener un niño africano, ¿no podías haberle puesto un nombre menos africano?
Jeanette pasó los dedos por el denso cabello de su hijo.
—La verdad es que se llama Calvin, pero no me salía llamarlo por su nombre. Durante mucho tiempo lo llamábamos «el bebé». Fodé empezó a llamarlo Dayo.
Albie se enderezó involuntariamente y luego se inclinó para mirar al niño en los ojos.
—¿Cal?
—¿Dónde has estado? —preguntó Jeanette.
—En California. Era hora de que me fuera.
—¿Todo este tiempo en California?
Albie sonrió brevemente ante esa idea descabellada, y en su sonrisa Jeanette vio algo del hermano que había conocido.
—Ni siquiera cerca —contestó. Llevaba las mangas del jersey negro arremangadas hasta los codos y se veían los tatuajes negros que le rodeaban las muñecas como amplias pulseras. Todo era negro: los tatuajes, el jersey, los pantalones, las botas. Jeanette se preguntó si llevaba los ojos pintados o si tenía las pestañas así de negras.
—¿Así que vives aquí? —No era esa la pregunta que quería hacer Jeanette, pero no era fácil formular una única pregunta.
—No lo sé. —Estiró el brazo y tocó con el dedo la barbilla de Dayo, haciendo que el bebé se riera otra vez—. Ya veremos cómo va.
En ese momento Jeanette vio la bolsa de deporte delante del sofá, a pocos centímetros de las botas de invierno que llevaba puestas. Había estado mirando a Albie tan intensamente que ni se había fijado.
Albie se encogió de hombros como si nada de aquello hubiera sido idea suya.
—Tu marido me ha dicho que puedo dormir en el sofá hasta que encuentre donde meterme.
Tendría que ser el sofá, a menos que fuera la mesilla de café o la única butaca en la que Fodé se sentaba para estudiar o bien la diminuta mesa de la cocina. El bebé dormía con ellos en su cuarto, en una cunita encajada entre la cama y la pared. Si Jeanette tenía que ir al baño por la noche, se las apañaba para salir de las sábanas y reptaba hasta los pies de la cama. Jeanette se sentó en el sofá, y el bebé, que empezaba a gatear, extendió los brazos para ir al suelo. Jeanette lo dejó allí.
—No pienso quedarme para siempre —añadió Albie.
Aquello era lo más parecido a una disculpa que podría decir Albie y Jeanette se sobresaltó porque, aunque no tenían sitio, tiempo ni dinero para que viviera con ellos, aunque no le perdonaba que hubiera desaparecido durante los últimos ocho años, en los que solo había enviado de vez en cuando una postal para que supieran que no estaba muerto, la idea de que se marchara le hacía querer levantarse y cerrar la puerta con llave. ¿Cuántas noches habría necesitado un lugar para dormir y no había llamado a Holly, a su madre o a ella? Si estaba con ella en aquel momento era señal de que algo había cambiado. El niño había cogido el tirador de la cremallera de la bolsa e intentaba ver cómo funcionaba.
—Te quedas aquí —declaró Jeanette.
Albie y Jeanette no eran de Virginia. Los dos habían nacido en California y, por ese motivo, los dos habían formado un equipo, si bien a regañadientes. Jeanette se sacó el pasaporte por primera vez a los veintiséis años, después de quedarse embarazada, después de que ella y Fodé se casaran. Él quería llevarla a Guinea para que conociera a su familia. Mientras rellenaba los formularios, se detuvo en «Lugar de nacimiento». Quería escribir: «en Virginia no». Ella era de en Virginia no. Cal había torturado a Albie y a Jeanette por haber nacido en un lugar de menor categoría.
—Mirad bien a vuestro alrededor —les había dicho una vez Cal cuando iban en coche a Arlington desde el aeropuerto de Washington-Dulles, rodeados de un paisaje de un verde jamás visto en el sur de California—. Os dejan venir porque sois pequeños y papá ha conseguido el permiso. Cuando seáis mayores os detendrán en el aeropuerto y os meterán de vuelta en el mismo avión.
—Cal —dijo su madrastra. Se limitó a decir su nombre. Conducía y no quería complicar la cosa, pero dirigió sus grandes gafas de sol a lo Jackie Onassis hacia el retrovisor para que quedara claro que hablaba en serio.
—También te enviarán a ti de vuelta —le dijo Cal mientras miraba por la ventana—. Tarde o temprano.
Después de que Cal muriera no se volvió a hablar de que Jeanette, Holly y Albie fueran a Virginia. De vez en cuando, su padre volaba a Los Ángeles y los llevaba al parque acuático de SeaWorld y al Knott’s Berry Farm, o a un restaurante de West Hollywood donde unas chicas nadaban en una pecera gigante mientras la gente cenaba, pero los veranos eternos y sin vigilancia de la comunidad fraternal de Virginia habían pasado ya a la historia. Albie, por supuesto, volvió más tarde, después del incendio, para pasar un año desastroso, y Holly pasó dos noches ya adulta en un intento de calibrar hasta qué punto había alcanzado la paz y el perdón a través del dharma, pero Jeanette dio por perdido el estado y sus residentes, entre los cuales estaban su padre, todos sus abuelos, sus tíos y tías, un puñado de primos hermanos, su madrastra y sus dos hermanastras. Dijo adiós a todo. Se refugió en lo que consideraba que era su verdadera familia: Teresa, Holly y Albie, las tres personas que estaban con ella en Torrance cuando se lavaba los dientes por la noche. Era curioso, pero hasta ese momento no había comprendido por completo en qué medida su padre se había «ido» del todo, los había dejado años atrás y no volvería nunca como no fuera para pasar el día en un parque de atracciones. Su madre dormía sola en su habitación, igual que Albie dormía solo en la suya. Jeanette, gracias a Dios, tenía a Holly. Pasaba las noches en la cama mirando respirar a Holly y prometiéndose que odiaría menos a Albie. Aunque fuera irritante y misterioso, también era su hermano y no tenía otro.
Pero aquellos fueron malos tiempos para la caridad emocional y, por muchas que fueran las noches en que Jeanette tomó la decisión de ser más amable, no lo consiguió. Sin su padre, sin Cal, los cuatro miembros que quedaban de los Cousins del sur de California fueron encerrándose en su carácter, como si las habilidades sociales que habían ido adquiriendo durante su vida hubieran desaparecido en un instante tan breve como el tiempo que tarda una abeja en picar a un chico. La velocidad a la que su madre corría del trabajo a la escuela pasando por la tienda de comestibles se había duplicado. Estaba siempre llegando, marchándose, nunca estaba en casa. No encontraba el bolso, las llaves del coche. No podía preparar la cena. Un buen día, Holly dio con una caja, en el cajón del escritorio del cuarto de estar, con cheques firmados y ya pagados y practicó la firma de su madre: Teresa Cousins, Teresa Cousins, Teresa Cousins, hasta que fue capaz de copiarla con la presión exacta, el mismo ángulo del bolígrafo sobre el papel. El trabajo de Holly en el arte de la falsificación supuso que pudieran seguir participando en las salidas del colegio y devolver el carnet de notas a tiempo. Holly, que creía que todo mérito debía un reconocimiento justo, enseñó a su madre sus habilidades, y Teresa delegó en Holly la tarea de pagar las facturas sin decirle si aquello constituía una recompensa o un castigo. La incapacidad de Teresa para llevar las cuentas familiares era legendaria y se remontaba a la época en que estaba felizmente casada con Bert. Antes de que Holly se ocupara del talonario de cheques, llegaban por correo los avisos de impago y estos se perdían al instante, de modo que un par de veces al año la casa se sumía en la oscuridad. La electricidad no era una gran pérdida, si no se tenía en cuenta la televisión, y el titilar de las velas en la mesa mientras cenaban cereales les hacía pensar en los ricos y en los enamorados. Pero, cuando la cisterna del baño dejaba de funcionar y las duchas se secaban, la situación resultaba intolerable. Todos estaban de acuerdo en que la factura del agua había que pagarla a tiempo. Holly, que cuando todavía no tenía catorce años era ya buena en casi todo, lo era también en matemáticas. Empezó a gestionar las cuentas tal como había aprendido en clase de economía doméstica (asignatura que le había enseñado también a hacer chapuzas de emergencia y cenas imaginativas). Cuando se dio cuenta de la desastrosa situación de su estado financiero, colgó un presupuesto rudimentario en la nevera todas las semanas, tal como la señorita Shepherd había explicado a las niñas que deberían hacer más adelante, cuando se casaran. Al final de la página, Holly escribía en rotulador: «Tenemos la cantidad X para gastar». Incluso Albie le hacía caso.
Por su parte, Jeanette arrastraba la escalera de la cocina al jardín y cogía todas las naranjas de los árboles, luego llevaba a la casa un cubo para preparar zumo con el viejo exprimidor de metal. Era mucho trabajo, pero lo hacía porque era costumbre de la familia tomar zumo de naranja natural. Por la noche, su madre cogía la jarra de la nevera y se preparaba un zumo con vodka. Nunca preguntaba cuál de ellos había tenido el detalle de preparar el zumo, y Jeanette, a diferencia de su hermana, no se atrevía a decirlo. Su madre todavía era capaz de responder a una situación concreta —si hubiera vertido el contenido de la jarra de zumo, lo habría recogido—, pero no sentía la menor curiosidad por nada. No volvió a plantearse ninguna pregunta, excepto en relación con Cal.
Teresa casi nunca hablaba de Cal, pero algunos gestos la traicionaban, como el hecho de que antes compraban montones de pizzas congeladas Tombstone y ahora se estremecía en cuanto se acercaba al pasillo de congelados en que las vendían. ¿Era porque Cal había comido tantas pizzas Tombstone con salchichas y pepperoni o era que no podía soportar el nombre
de la marca[1]? En cualquier caso, no se hablaba del asunto. Ahora llamaban por teléfono y les traían las pizzas a casa.
Una noche, cuando estaban todos cenando pizza y viendo la televisión, su madre formuló en palabras lo que tenía siempre en la cabeza.
—Contadme lo de Cal.
Habían estado mirando un viejo programa de Jacques Cousteau. No tenía nada que ver.
—¿Qué quieres que te contemos? —preguntó Holly. No entendían bien a qué se refería. Hacía ya más de seis meses que Cal había muerto.
—Lo que sucedió ese día —contestó Teresa, y luego añadió, por si no habían entendido lo que estaba diciendo—: En casa de vuestros abuelos.
¿Nadie se lo había contado? ¿Su padre no se lo había explicado? No era justo que eso también recayera en Holly, pero así fue. Jeanette no levantó los ojos del plato. Y Albie…, bueno, Albie tampoco sabía qué había pasado. En ese momento, Holly agradeció a Caroline que hubiera elaborado un guion; si no, no habría sabido qué decir. Holly contó a su madre que las niñas habían salido de la casa después de Cal porque Franny había decidido que quería volver y ponerse pantalones largos para protegerse de las garrapatas, y que había dos caminos para ir a los establos desde la cocina de la casa de los Cousins, así que Cal y las chicas habían tomado un camino distinto y se encontraron con él cuando volvieron a salir. Por supuesto, su madre conocía la casa de los Cousins. Teresa y Bert se habían casado en el porche delantero y habían bailado delante de doscientos invitados bajo una carpa colocada en el césped. En el armario del pasillo guardaban un álbum forrado de piel de color crema con las fotos de la boda. Su padre era guapo. Su madre, pecosa y pálida, con su cabello negro y su estrechísima cintura, parecía la novia de un cuento de hadas, la niña novia.
—¿Por qué esperasteis a que Franny se cambiara de pantalones? — preguntó su madre—. ¿Por qué no la esperó su hermana?
—Caroline esperó también —respondió Holly—, esperamos todas. Las chicas estábamos juntas.
Holly contó a su madre que vieron a Cal tumbado en el césped y, al principio, pensaron que les estaba gastando una broma. Luego, las otras niñas volvieron corriendo a la casa, pero Franny se quedó con Cal por si acaso.
—¿Por si acaso qué? —A Teresa no le gustaba que hubiera sido Franny quien se hubiera quedado.
A Holly le costó decir las palabras porque procedían de una época de su vida en que creía todavía en la posibilidad de que las cosas fueran de otro modo.
—Por si acaso se despertaba —contestó.
—Yo lo vi —dijo Albie, sin dejar de mirar la pantalla del televisor. Era un anuncio, una mujer guapa untando mantequilla de cacahuete en una rebanada de pan.
—Tú no viste nada —replicó Holly. Albie no había estado con las chicas, pero tampoco con Cal. Albie estaba durmiendo. Todos coincidían en este punto.
—Me fui antes de que vosotras llegarais. Vi todo lo que sucedió antes de que llegarais.
—Albie… —dijo su madre con tono comprensivo, ya que creía que entendía su estado de ánimo. Ella también se había visto excluida de la historia.
—Estabas durmiendo —dijo Holly.
Albie dio media vuelta y le tiró el tenedor a su hermana; lo lanzó como si fuera una jabalina, con intención de atravesarle el pecho, pero rebotó en el hombro de Holly sin hacerle daño. Albie tenía diez años y era de gestos torpes.
—Le dispararon un tiro y yo fui el único que lo vio.
—Albie, para —rogó su madre. Le pasó las manos por el pelo. Los niños se dieron cuenta de que se arrepentía de haberles hecho aquella pregunta.
—No me ha hecho nada —dijo Holly con una actitud fría y despectiva que llenó a Albie de furia.
—Fue Ned, el del establo —gritó Albie—. Le disparó a Cal con la pistola de papá. ¡La del coche, la que Caroline había cogido del coche! Yo lo vi y vosotras no visteis nada porque yo era el único que estaba allí. Ni sabían que yo estaba allí.
Jeanette y Holly lloraban ya. Su madre lloraba. Albie gritaba que las odiaba, las odiaba, y que eran todas unas mentirosas. Así terminó la conversación.
Aquel agosto, durante los peores días de todos los que habían pasado en Virginia, Caroline había decidido ya que iba a ser abogada y, por ese motivo, explicó a las otras niñas —Holly, Franny y Jeanette— exactamente lo que había sucedido, aunque ninguna de ellas había estado presente. Eso fue después de que corrieran rápidas como caballos hasta la casa y Ernestine llamara a la ambulancia, después de que llevaran a Ernestine hasta donde estaba Cal. Ernestine, a la que le sobraban veinticinco kilos y llevaba zapatos que no eran de su talla, corrió con las niñas por el campo mientras la anciana señora Cousins esperaba en la casa a que llegara la ambulancia para dar indicaciones. En algún momento, Caroline elaboró toda la historia. ¿Cuándo tuvo tiempo de hacerlo? ¿Mientras corrían? ¿Cuándo volvieron a la casa? Cal se alejó en la ambulancia con las luces lanzando destellos y la sirena aullando sin motivo (ah, pero cuánto le habría gustado a Cal) y los Cousins la siguieron en coche en dirección al hospital. Ernestine estaba intentando encontrar a Albie que, entre tanta confusión, había desaparecido. Su padre corría por el aparcamiento de su despacho en Arlington para saltar al coche y correr a Charlottesville para ver a su hijo por última vez. Nadie sabía dónde estaba Beverly. Entonces fue cuando Caroline rodeó a las otras tres niñas, en la casa de los Cousins, las metió dentro del baño del piso de arriba y cerró la puerta a sus espaldas. Solo lloraba Franny, seguramente, porque había pasado quince minutos con Cal mientras las otras niñas corrían a la casa y volvían corriendo. Solo Franny comprendía que Cal estaba muerto. Ni siquiera el personal de la ambulancia había dicho la palabra «muerto», a pesar de que sabían que no podían hacer nada por él. Caroline ordenó a su hermana que se callara.
—Escuchadme —dijo Caroline, como si no la escucharan siempre. Aquel verano tenía catorce años. Habló con voz aguda y apresurada. Tenía briznas de hierba en las piernas y en las zapatillas de deporte—. No estábamos con él, ¿me entendéis? Cal se fue a los establos solo. Nosotras salimos de la casa más tarde y lo vimos en el césped, ahí donde estaba, y, en cuanto lo vimos, volvimos corriendo a la casa para decirlo. Eso es todo lo que sabemos. Si alguien nos pregunta, solo diremos eso.
—¿Por qué tenemos que mentir? —preguntó Franny. ¿En relación con qué tenían que mentir cuando, además, se suponía que no debían mentir nunca? ¿No era ya todo bastante malo sin tener que complicarlo más? Caroline, empujada por la frustración de las circunstancias y la estupidez de Franny, le dio una bofetada. Franny no la vio venir y no se preparó, de modo que la bofetada hizo que se diera un golpe en la cabeza contra el armarito de la ropa. El chichón empezó a hincharse de inmediato. Otra cosa que tendrían que explicar.
A Caroline le irritó el golpe que se había dado su hermana contra la puerta cuando estaba poniendo todo su empeño en que se quedaran en silencio. Se volvió hacia Holly y Jeanette, más dignas de confianza.
—Podemos llorar y alterarnos todo lo que queramos, esperan que estemos muy afectadas. Pero lo estamos por lo que ha pasado, no porque hayamos visto nada.
En aquel momento, si Caroline les hubiera dicho que la única salida que tenían era dejarse crecer el rabo y trepar a los árboles, lo habrían hecho. Caroline pensaba en su culpabilidad y tal vez, porque Caroline era así, en cómo podría afectar todo aquello a su proceso de admisión en la universidad. En otoño tenía que empezar la enseñanza superior.
—Cuéntame otra vez lo que pasó —le dijo Teresa una tarde a Jeanette. Hacía ya un año que Cal había muerto. Por lo general, nadie de la familia le preguntaba nada a Jeanette. Holly estaba estudiando en casa de unas amigas de su misma calle y Albie montaba en bicicleta con un grupo de amigos que había hecho recientemente. Jeanette y su madre estaban solas juntas, cosa poco frecuente. Su madre soltó la frase como si no tuviera la menor importancia, como si fuera una de las muchas cosas que había olvidado. «¿Dónde está mi pintalabios? ¿Quién ha llamado por teléfono?».
Jeanette todavía veía a Caroline en el baño, oía la claridad de sus indicaciones. Veía que el sudor le había humedecido el pelo en las sienes y le había empapado el cuello de la camiseta amarilla. Pero ya no era capaz de ver a Cal. En un año su rostro se le había borrado.
—Yo no estaba allí —contestó Jeanette.
—Claro que estabas allí —insistió su madre, como si a Jeanette se le hubiera olvidado.
«Si quieres encontrar al culpable, tienes que formular la misma pregunta una y otra vez», había dicho Franny a Jeanette un verano, cuando estaban en Virginia. Años atrás, antes de que Cal muriera. Era una de las habilidades policiales que Franny intentaba enseñarle junto con abrir coches y desmontar el auricular de un teléfono para poder escuchar las llamadas ajenas sin que nadie se enterara. «Tarde o temprano siempre hay alguien que se va de la lengua», había dicho Franny.
Jeanette se preguntó si su madre estaba intentando que se fuera de la lengua.
—Cal se cansó de esperarnos —dijo Jeanette—, quería ir a ver los caballos y dijo que nosotras ya lo alcanzaríamos.
—Y lo alcanzasteis —dijo su madre.
Jeanette se encogió de hombros, un gesto horrible dadas las circunstancias, muy poco considerado.
—Era demasiado tarde.
Después de que Cal muriera, su madre perdió por fin las pecas, como si también ellas la abandonaran. Jeanette le miraba la nariz e intentaba concentrarse, recordar qué aspecto tenía antes de que sucediera todo aquello.
—Entonces, ¿quién dio las pastillas a Albie? —preguntó su madre.
—Cal —dijo Jeanette, sorprendida al ver lo bien que se sentía al decir una verdad—. Siempre se las daba Cal.
Con todo lo que sucedió aquel día, nadie se inquietó por la ausencia de Albie, excepto Ernestine. Tras registrar la buhardilla y el sótano, dijo que debía de haberse ido con Beverly. Nadie sabía dónde estaba Beverly. Había cogido uno de los coches de los abuelos y no le había dicho a nadie que se iba. Si se había ido a la ciudad, tal vez se hubiera llevado a Albie. Cualquier otro día, la mera idea de que Beverly se llevara a Albie a cualquier sitio, fuera el que fuera, habría hecho que las chicas se partieran de risa.
«Los malditos niños de la bicicleta», los llamaban los vecinos de Torrance, y así terminaron por denominarse ellos mismos. Oían que los llamaban así a gritos cuando cruzaban algún jardín, pasaban entre los coches hasta provocar el agudo derrapaje de los frenos, describían círculos en los aparcamientos por el mero placer de aterrorizar a las madres que iban cargadas con los carritos de la compra. Los vecinos querían matarlos, creían que casi los habían matado y, al mismo tiempo, tenían miedo de que fueran ellos quienes los mataran. Albie, miembro de la tribu mattaponi; Raúl, el hijo nacido allí de unos salvadoreños nacidos allá, y dos chicos negros: el pequeño, más guapo y de aspecto somnoliento, se llamaba Lenny, y el otro, el más alto de los cuatro, se llamaba Edison. Habían empezado a montar juntos cuando tenían once y diez años, cuando eran solo niños irritantes que sus madres querían echar de casa por las tardes. Fueron peligrosos desde el principio, pasaban por delante de los coches y los obligaban a dar un volantazo y desviarse hacia el jardín de algún vecino. En una ocasión, un coche saltó por encima del bordillo y se dio contra un poste telefónico mientras los chicos seguían adelante, ululando tal como imaginaban que harían los indios. El verano en que casi todos tenían ya doce años, un coche abrió la puerta de manera inesperada y envió a Lenny por los aires. Los otros tres frenaron a tiempo de ver a su joven amigo dar volatines gimnásticos con el cielo azul como telón de fondo. Si hubiera caído de cabeza, se habría matado, pero extendió la mano y se destrozó la muñeca de tal manera que el hueso le atravesó la piel. No habían pasado dos semanas cuando Albie se la pegó en una mancha de aceite en el asfalto que envió la bicicleta al suelo. Se rompió el hombro y se desgarró una oreja de tal manera que necesitó treinta y siete puntos de sutura. Edison y Raúl siguieron pedaleando con cuidado por los carriles bici del parque durante el resto del verano sin asustar a nadie, ni siquiera a ellos mismos. Edison fue a casa de Albie a visitarlo y se quedó de pie junto al sillón reclinable en la sala de estar a oscuras. Albie tenía que estar en el sillón casi todo el tiempo por culpa del hombro.
—Cualquiera tiene un mal verano —dijo Edison, y Albie, que sabía que eso era verdad, le dio a su amigo un Tylenol con codeína mientras miraban dibujos animados.
Cuando terminaron de estudiar en la Jefferson Middle School, Albie, Lenny y Edison tenían catorce años y Raúl tenía quince. Eran altos, pero todavía crecerían más. De lejos, era imposible saber si los ciclistas eran muchachos o eran hombres. Iban demasiado deprisa y, puesto que siempre estaban intentando ver cuál de ellos corría más, el grupo describía curvas frenéticas, como la cabeza de carrera en una competición.
Cuando terminaron el colegio, los Malditos Chicos de la Bicicleta robaron menos caramelos y se concentraron en los espráis de nata que se metían en los bolsillos de las sudaderas cuando iban a los supermercados Albertson’s. Después se tumbaban todos en el suelo del dormitorio de Albie para disfrutar del breve y agradable estímulo de los fluorocarburos o aspirar pegamento de aeromodelismo en bolsas de papel. Cada una de las cuatro madres se lamentaba de lo malos que eran los chicos con los que se juntaba el suyo y, a excepción de Teresa, creían que eran los demás quienes tenían la culpa de todo.
Un caluroso día del verano en el que casi todos tenían catorce años, a la bicicleta de Raúl se le soltó la cadena. Estaban a varios kilómetros de casa, en una estrecha vía de servicio que discurría junto a un campo que se extendía tras un polígono industrial. Los chicos esperaron mientras Raúl se agachaba junto a la bicicleta y ponía la cadena en su sitio. El campo no estaba segado y crecían todo tipo de hierbas y hierbajos, muertos meses atrás. Así era Torrance. Albie se tumbó en el asfalto que estaba a una temperatura que rozaba lo insoportable, un par de grados más de lo que podía aguantar. Le sentaba bien en el hombro. Le habría gustado llevar gafas de sol, pero ninguno de ellos tenía. Se sacó un encendedor Bic azul del bolsillo gigante de los pantalones; también guardaba allí una pipa con una pequeña pieza de madera sobre la diminuta cestita de mezcla, pero era solo para presumir. Hacía tiempo que no le quedaba hierba ni dinero del que había robado a Holly, que lo había ganado haciendo de canguro, de modo que, en lugar de colocarse, levantó el brazo y encendió el mechero bajo el sol.
—¿Qué haces? —preguntó Lenny. Había intentado sentarse en el suelo, pero estaba demasiado caliente. No podía creerse que Albie lo aguantara.
—El fuego se comunica con el fuego —dijo Albie, pensando que sonaba profundo. Luego volvió la cabeza hacia la derecha, hacia el campo, y vio dos polillas marrones hundiéndose en la hierba seca y, sin pensarlo demasiado, extendió el brazo hacia la derecha, hizo crecer la llama del Bic y la acercó a la hierba.
Era un campo destinado al fuego. La llama lamió la muñeca de Albie mientras este apartaba la mano y rodaba un par de veces sobre sí mismo antes de levantarse de un brinco y coger la bicicleta. El fuego se propagó con un zumbido y después crepitó como si unas manos humanas arrugaran hojas rígidas de celofán.
—Joder, tío —exclamó Raúl, retrocediendo a trompicones—. ¿Qué has hecho?
Fueron alejando las bicicletas poco a poco, estiraban de vez en cuando una pierna para montar, pero ninguno se dio la vuelta para marcharse. Los cuatro estaban helados, hipnotizados, les recorría un escalofrío mientras contemplaban cómo crecía milagrosamente aquel animal que devoraba la tierra en todas direcciones; en todas las direcciones donde crecía la hierba, pero a ellos, que estaban en el asfalto, no los amenazaba. El fuego les llegaba a la altura de la cintura, del pecho, era lo más maravilloso que habían visto nunca, las láminas de color naranja colgaban suspendidas en el aire como un espejismo del desierto. Algo visto y no visto. Sobre las llamas caracoleaba el humo negro, anunciando a todo el vecindario la hazaña secreta de Albie. «¡Fuego! ¡Fuego!», estarían gritando en el polígono industrial, aunque ya estaba empezando a extinguirse por los laterales. El fuego era muy exigente. Los chicos vieron que buscaba más hierba, cualquier cosa para seguir vivo. Los habría quemado con ganas si con ello hubiera conseguido vivir un minuto más.
—Tenemos que irnos —dijo Edison, aunque sonó como si hubiera dicho «¿Estáis viendo esto?».
Podían olvidar lo de esnifar pegamento, el gas de los espráis de nata, la hierba. Podían incluso olvidar las bicicletas. A partir de aquel primer minuto no desearon otra cosa que el fuego primigenio. Oyeron sirenas a lo lejos. El día anterior habrían corrido hacia el ruido, habrían seguido los camiones de color rojo en dirección a la acción como si fueran groupies detrás de sus músicos favoritos. Pero, aquel día, ellos eran la acción y sabían que tenían que salir de ahí como alma que lleva el diablo.
El abuelo Cousins había enseñado a Albie y a Cal a fabricar pistolas de cerillas un verano en Virginia. Lo único que hacía falta era una pinza de madera de las antiguas, un par de gomas elásticas, una caja de cerillas de cocina y un poco de papel de lija. Los niños habían recibido la orden de prestar atención al viejo, que era indeciblemente aburrido, y, a su vez, este había recibido la orden de contarles alguna historia de la familia. Y se le ocurrió explicarles cómo se fabricaba una pistola de cerillas. Por supuesto, en Virginia no suponía el mismo peligro, ya que, al menos durante aquel verano peculiar de lluvia incesante, el mundo era profundo, frondoso y a prueba de incendios. En Virginia, la gente almacenaba leña en los garajes con la esperanza de que algún día estuviera lo bastante seca para quemarla. Tras fabricar las pistolas, el abuelo puso la cerilla en su sitio y zing, envió el misil volando hasta el porche en un bonito arco de llama.
—No lo hagáis nunca en el establo —les había dicho su abuelo cuando les tendió su invento—. En realidad, no deberíais hacerlo nunca solos. ¿Me oís? Si vais a disparar cerillas, tengo que estar presente.
Cal estaba muy poco impresionado. A la menor oportunidad, cogía de la guantera del coche el arma de su padre, se la metía en el calcetín, bajo los pantalones, y se ataba el cañón al tobillo con un pañuelo. Aquel día, mientras su abuelo les contaba con gran ceremonia cómo hacer una pistola con cerillas, la llevaba ahí.
Pero Albie no tenía ningún arma y, por ese motivo, el lanzador de llamitas le interesó hasta tal punto que, cuando cinco años más tarde en Torrance intentó hacer una, lo consiguió. Puso los materiales en la mesa del comedor y fabricó una para cada uno de los miembros de su cuadrilla. Tras una única sesión de entrenamiento en el jardín trasero de Edison, donde quemaron papeles y kleenex tirados sobre el césped a distintas distancias, incendiaron una montaña de cajas de cartón vacías apiladas detrás de la licorería y dos matojos secos situados delante de una estación de servicio Exxon. Cuando se despertaban temprano, tiraban cerillas a los periódicos que esperaban en las aceras y frente a la puerta de la casa de sus vecinos. Y, cuando dominaron la técnica, se dedicaron a disparar a los periódicos sin bajar de la bici. Cogían un autobús hasta Sunset Strip, lanzaban cerillas a las palmeras y luego aguardaban para ver cómo las ratas bajaban a toda velocidad por los delgados troncos cuando las ramas secas ardían en lo alto. Intentaron disparar también a las ratas, pero no funcionó. Las ratas, además de ser rápidas, no eran especialmente inflamables.
Durante todo el verano se dedicaron a incendiar cosas, a pesar de la sequía y del viento, a pesar de los carteles en los que el Oso Smokey advertía junto a la carretera del riesgo de incendios. A la mierda el oso: los bosques incendiados no les interesaban. Les gustaba la precisión, el arte de la llama, el periódico que ardía solo, el solar abandonado. Se dedicaron a encender cerillas durante los dos primeros meses del primer año que pasaron en el colegio de Shery. Como ladrones en las tiendas tenían un historial irregular, pero como pirómanos era muy difícil pillarlos, o así fue hasta que incendiaron el colegio.
Raúl tenía clase de Arte a última hora los viernes, un momento tranquilo al final de la semana en el que podía dibujar a sus anchas dragones muy detallados que echaban fuego entre los árboles. Justo antes de salir del aula, el segundo después de que sonara el timbre y todos empezaran a guardar las libretas frenéticamente en las mochilas, se inclinó hacia delante y abrió el pestillo que mantenía la ventana cerrada. El aula de Arte estaba en el sótano de la escuela, las ventanas eran grandes y quedaban a ras de tierra. Nadie miraba hacia él y nadie lo vio. Lo hizo, simplemente, porque podía hacerlo. Ya la cerraría la señorita Del Torre, la profesora de Arte, antes de irse a casa. Y, si no se le ocurría y era una imbécil, ya la cerraría el personal de limpieza al terminar las clases.
—Quiero ir a ver una cosa —dijo Raúl a los demás chicos el sábado por la mañana. No tenían nada mejor que hacer, de modo que ni siquiera se molestaron en preguntarle qué quería ver, se limitaron a subir a las bicicletas y seguirlo hasta el colegio. Los llevó detrás de un seto bajo que tapaba la vista de la ventana desde la calle, miró al aula de Arte y empujó el cristal; apenas le dio un golpecito y la ventana se abrió. Albie, entusiasmado ante las posibilidades que ofrecía un sábado interesante, ocultó las cuatro bicicletas tras el seto mientras Lenny, que era el más menudo, era el primero en colarse en la escuela. Una vez dentro, se puso en pie, les sonrió y saludó con la mano. Encontró otra ventana en el otro extremo del aula que era más ancha, una puerta a otro mundo, y uno por uno los Malditos Chicos de la Bicicleta entraron en el colegio.
No tenía explicación que el colegio, que era la principal fuente de disgustos de su vida, se transformara en el lugar más atractivo de la tierra simplemente por el hecho de que fuera sábado. «Qué diferencia puede suponer un día —cantaba la madre de Albie cuando todavía cantaba—. Veinticuatro breves horas». Los pasillos parecían amplios y silenciosos sin las hordas de chicos furiosos y adultos amargos y derrotados. Sin el zumbido de las luces eléctricas, los rayos de sol se deslizaban sobre las paredes y por las baldosas de linóleo y formaban charcos brillantes alrededor de sus pies. Edison se preguntó cómo sería ser viejo, tan viejo como su padre, y volver al colegio. Se imaginó que sería algo así, el edificio totalmente suyo, porque no entraba en su cálculo que en el futuro asistieran otros niños a la escuela. Raúl se detuvo y miró las obras ganadoras del concurso de arte expuestas en un panel de corcho. Solo dos de los dibujos eran buenos: un carboncillo de una chica con un vestido de verano y un pequeño bodegón de dos peras en un cuenco. Les habían concedido una mención mientras que la obra ganadora era un ridículo collage de un rascacielos hecho con diminutas fotos de otros rascacielos. Se preguntó si la señorita Del Torre, que era una imbécil integral, tenía siempre demasiada gente a su alrededor para darse cuenta de qué alumnos tenían verdadero talento.
En algún momento perdieron a Lenny de vista. Ninguno se dio cuenta de que había desaparecido hasta que lo vieron caminar hacia ellos por el pasillo.
—Tíos —dijo, agitando el brazo como si fuera posible que no lo vieran—. Venid aquí, tenéis que ver esto.
El chirrido de las zapatillas de tenis resonó por los pasillos y el ruido hizo que Albie se echara a reír, y todos ellos se rieron mientras caminaban por la interminable hilera de taquillas, todas ellas cerradas, todas ellas idénticas.
—Mirad esto —dijo Lenny, y se metió en el baño de los chicos.
Para un alumno de primer curso en una escuela secundaria pública de Torrance (y, especialmente, para Lenny, que no era tan alto como los demás y, a pesar de sus esfuerzos, era muy delgado) ningún lugar era más terrible que el aseo. Hacía todo lo posible por no ir nunca, aunque algunas veces tenía la sensación de que pensar tanto en ello le daba más ganas de ir. Pero aquel lugar, que la misma víspera le había parecido tan peligroso y repugnante como la guarida de un yonqui, lleno de una mezcla de hedor a sudor, a mierda y a meados de adolescentes, el acre hedor a miedo de un muchacho, ahora estaba perfectamente limpio. Olía a lejía de modo difuso, incluso agradable, como la piscina pública. De hecho, la disposición de los objetos —los espejos y lavabos en un lado, la hilera de retretes con puertas de metal verde en la otra — guardaba cierta simetría apacible. Había un enorme espacio entre los retretes y los lavabos, de modo que no era fácil que nadie te diera un empujón si no era a propósito. Por primera vez los chicos se dieron cuenta de que tres hileras de baldosas rodeaban toda la habitación, tres franjas azules meramente decorativas. Raúl se dirigió a un urinario y echó atrás la cabeza al ver el sol.
—¿Cuándo han puesto aquí ventanas?
Como nadie podía impedírselo, entraron en el de chicas y se encontraron con que era idéntico, salvo por que la franja de la pared estaba pintada en tonos rosados y que, en lugar de urinarios, había una máquina dispensadora de Tampax en la que habían escrito «CÓMEME» rayando el esmalte blanco. También habían intentado borrarlo sin éxito. En cierto modo, era decepcionante. Incluso Albie y Raúl, que tenían hermanas, pensaban que sería más interesante.
Todos los armarios de suministros estaban cerrados, igual que el despacho del director, una verdadera pena, ya que les habría gustado registrar los cajones. Hablaron de intercambiar todos los objetos de dos aulas, o tal vez solo cambiar algunas cosas de sitio para que la gente se preguntara si se estaba volviendo loca, pero al final decidieron no tocar nada. Se estaba bien en el colegio un sábado y, si querían volver, era mejor que lo dejaran todo tal como estaba.
Así que no tenía ningún sentido que Albie dejara caer las cerillas en el aula de Arte cuando estaban a punto de marcharse. Ahora llevaba siempre librillos de cerillas en los bolsillos para hacer prácticas de abrirlos y encender una con una sola mano. Pero en esta ocasión, después de encender la cerilla, tiró el librillo entero hacia el extremo opuesto de la habitación, cerca de la ventana por la que habían entrado, más o menos por la misma razón que Raúl había abierto la ventana: sin ningún motivo. No era para impresionar a los otros chicos, que estaban siempre tirando cerillas encendidas por todas partes. No era relevante que estuvieran en el aula de Arte, simplemente, estaban allí, y tampoco, en realidad, estaban en el colegio en sábado por ningún motivo concreto. La cerilla cayó en una gran basura de metal que llegaba hasta la cintura, diez veces mayor que cualquier papelera de un aula en la que, como mucho, los chicos tiraban un ejercicio con una mala nota. La basura del aula de Arte debería haber estado vacía, todo en el colegio estaba limpio y vacío, pero en el fondo de la bolsa de plástico verde había todavía unas hojas impresas arrugadas y un par de trapos oleosos utilizados para limpiar los pinceles tras lavarlos con aguarrás, de modo que la papelera se incendió como si fuera la mismísima boca del infierno y lanzó una llamarada que hizo que Albie retrocediera de un salto, como si tuviera un muelle, y que los otros chicos se dieran la vuelta. Las llamas alcanzaron las cortinas verdes de poliéster con doble forro que permitían oscurecer la habitación cuando la señorita Del Torre hacía presentaciones con diapositivas de lo más destacado de la historia del arte. Las cortinas eran de la época de sus padres y ardieron más deprisa que la hierba seca del campo, las llamas llegaron al instante al recubrimiento acústico del techo y se expandieron sobre la cabeza de los chicos hasta el otro extremo de la sala, donde las pinturas, pinceles, papeles y jarras de disolventes esperaban como si fueran cócteles molotov dispuestos a estallar. El humo no se parecía en nada al que les gustaba oler cuando estaban al aire libre. Este era una mezcla de tinta y alquitrán. Oleoso, viscoso y negro. Corrió hacia ellos y devoró el aire mientras las llamas de color naranja devoraban las cortinas. Toda la sala, con fuego en los cuatro extremos, se les echó encima. Habían entrado en el aula por la ventana, pero cuando la miraron vieron que ya no era posible salir por allí.
Nunca habían provocado un incendio en el interior de un edificio, no habían visto nunca un fuego como aquel, de modo que aplicaron erróneamente lo que habían aprendido en el exterior: se quedaron quietos mirando, ya que su teoría era que ellos habían prendido el fuego y este tenía que respetarlos. En ese momento se disparó la alarma de incendios del colegio. Conocían el sonido del timbre, tan ensordecedor que parecía proceder de su cabeza. Les gustaban los simulacros de incendio, todo se caía al suelo, las chicas se preocupaban porque no les permitían llevarse el bolso, todo el mundo se ponía en fila y salían deprisa y en orden. La alarma los hizo reaccionar y los salvó. Habían hecho tantos simulacros que en ese momento hicieron lo que les habían enseñado: agacharse, permanecer juntos, correr hacia la puerta. Una llama prendió en la camiseta de Albie con una imagen de El Barón Rojo y se quemó la espalda. En el pasillo, Edison se la quitó y se quemó la mano. Mientras corrían hacia la puerta, unos aspersores que nunca habían visto regaron el largo y vacío pasillo y disolvieron las obras candidatas al concurso de arte. Empujaron una puerta lateral, corrieron al sol y se dejaron caer sobre la hierba junto al aparcamiento, jadeando y tosiendo, resoplando chamuscados, con el olor a humo metido en la piel. Albie pensó un instante en su hermano, se preguntó si para Cal morir fue algo parecido. Los cuatro chicos se quedaron tendidos en la hierba, las lágrimas corrían por las mejillas ennegrecidas, tan entusiasmados de estar vivos que eran incapaces de moverse. Y allí seguían cuando, apenas un minuto más tarde, los bomberos los encontraron.
Para Teresa fue una decisión casi imposible enviar a Albie a Virginia a vivir con Beverly y con Bert. Sin duda, necesitaba un padre, pero otro padre, cualquier otro padre habría sido preferible. Beverly y Bert no habían matado a Cal. En el fondo, Teresa lo sabía. Habían sido negligentes en el control de los chicos, pero, tal como la reciente catástrofe de Albie confirmaba, ella también lo había sido. Sin embargo, prefería echarles la culpa. Casi hacía que se sintiera bien, aunque tal vez «bien» no fuera la palabra adecuada. Podía llamar por teléfono a Bert y preguntárselo: «¿Te sientes bien si me echas la culpa de lo de Albie? ¿Te parece que “bien” es un término apropiado?».
Lo que Teresa tenía claro era que no podía ocuparse de su segundo hijo varón y, puesto que nadie se ofrecía a acogerlo, no sabía qué otra cosa podía hacer. Al final, Albie fue a Arlington, a un colegio privado y, cuando fracasó, lo enviaron interno a Carolina del Norte y, después, a una escuela militar de Delaware. El verano que volvió a Torrance tenía dieciocho años y todavía no había terminado los estudios secundarios, dado que en el internado no había pasado de curso. Holly y Jeanette estaban en casa de vacaciones de la universidad e intentaron llevarlo a la playa, a fiestas con amigos que él podía recordar, pero Albie parecía atornillado al sofá, donde miraba concursos y comía palomitas cubiertas de una gruesa capa de azúcar. No decía más de veinte palabras diarias. Las contaba. Registraba el armario de los licores de izquierda a derecha, aunque las botellas no estuvieran guardadas en ningún orden especial. No empezaba nunca una botella si no había terminado antes la anterior.
Un buen día dijo que había recibido una llamada de Edison. Su antiguo amigo trabajaba montando conciertos en un club de San Francisco y le había dicho que lo único que tenía que hacer Albie era sacar los amplificadores de los autobuses y conectarlos en el escenario. Edison compartía piso con otros chicos y Albie podía poner un colchón en el suelo. Albie parecía casi entusiasmado con la idea, todo lo entusiasmado que Jeanette, Holly y su madre podían recordar que fuera capaz de estar por cualquier cosa. Cargar con cosas, enchufarlas parecía un trabajo que era capaz de hacer, de modo que Teresa le compró un billete de autobús a San Francisco y le preparó un montón de sándwiches de mantequilla de cacahuete. Holly y Jeanette le dieron cada una cien dólares de sus ahorros. Cargó la bicicleta en la parte baja del autobús junto a la bolsa, y Jeanette, su hermana y su madre esperaron para decirle adiós hasta que se sentó junto a la ventana. Se marchaba otra vez. Sería el problema irresoluble de otra persona. En el fondo, estaban todos aturdidos por el alivio.
Esa noche, mientras Albie se lavaba los dientes, Fodé entró en el cuarto de baño. Llamó a la puerta, entró y cerró tras él. El baño era un buen sitio para hablar, aunque no hubiera espacio suficiente para que dos hombres adultos estuvieran cómodos de pie. Albie se apretó contra el lavabo y Fodé, vestido con un pantalón de pijama y una camiseta blanca, rodeó el montón de cajas de plástico llenas de toallas dobladas, juguetes de baño y pañales.
—Oye, hermano —le dijo Fodé—. Quiero decirte una cosa. Vas a quedarte con nosotros. Una semana, un año, el resto de tu vida, el tiempo que necesites: nosotros te acogemos.
Albie tenía el cepillo de dientes en la boca y un hilillo de espuma mentolada le colgaba del labio inferior cuando el marido de su hermana le puso una mano en la nuca y acercó su frente a la suya. ¿Una costumbre tribal? ¿Una señal de sinceridad? ¿Una insinuación? Todo lo que Albie sabía de su hermana era lo que recordaba vagamente de su adolescencia y no sabía nada de su loco marido africano. Frente con frente. Albie asintió. Necesitaba un sitio donde dormir aquella noche.
Fodé sonrió.
—Bien, bien, bien. Tu hermana necesita a su familia. Calvin necesita a su tío. Y a mí me vendría bien tener un hermano, estoy muy lejos de mi casa.
—Claro —contestó Albie.
—Puedes hablar conmigo. Eso es lo que hacemos. Miras por esta casa, que es tu casa, y te parece que todo el mundo está ocupado. —Negó con la cabeza—. Se me da muy bien parar. Dices: «Hermano, para, ven y siéntate conmigo», y aquí estoy. Me dices lo que necesitas. —Fodé se calló y lo miró de nuevo con la cara tan cerca que era difícil enfocar la vista—. Albie, ¿qué necesitas?
Albie pensó en lo que le decía. Se inclinó hacia adelante para escupir la pasta en el lavabo. Tenía la cabeza a punto de estallar.
—¿Tylenol?
Ante aquella modesta petición, Fodé sonrió ampliamente y relucieron sus dientes, sus gafas, su amplia frente: todo reflejaba la luz. Estiró el brazo hacia Albie, abrió el botiquín y señaló el segundo estante.
—Tylenol —anunció con satisfacción—. ¿Estás mal?
—Dolor de cabeza. —Albie hizo un rápido inventario del botiquín: paracetamol, paracetamol pediátrico y gotas para el oído, gotas para los ojos, gotas para la nariz.
Fodé llenó el vasito amarillo comunal del lavabo y se lo tendió a Albie.
—Te quedarás dormido enseguida. Esto ayuda. Has tenido un largo viaje hasta llegar a casa.
Albie se tomó cuatro pastillas y asintió, un asentimiento que servía también de gracias y buenas noches. En respuesta, Fodé asintió con solemnidad, salió del baño y cerró la puerta a sus espaldas. Jeanette le había dicho de dónde venía la más afectuosa de las criaturas, pero no se acordaba. ¿Namibia, Nigeria, Ghana? Luego se acordó.
Era Guinea.
A pesar del incentivo adicional de la presencia de Bintou con la que, dado que no era la segunda esposa de su cuñado, bien podría enrollarse cuando el niño estuviera durmiendo una siesta, Albie no fue capaz de quedarse en el apartamento todo el día. Por un lado, hacía un calor tropical. El radiador silbaba y repiqueteaba como si alguien estuviera matándolo a golpes con una tubería de plomo en el sótano. Ni Bintou ni Dayo parpadeaban ante el ruido, pero Albie se desesperaba. No era extraño que Jeanette y Fodé se fueran a trabajar tan temprano. Un humidificador llenaba la habitación diminuta de neblina, probablemente, en un intento de recrear un clima subsahariano en aquel terrario de Brooklyn.
—Es bueno para los pulmones —dijo Bintou, sonriendo, cuando Albie se levantó para ver si podía apagarlo. La ventana que llevaba a la escalera de incendios estaba atrancada, de modo que bajó los cuatro pisos para fumar. La tercera vez que bajó a la calle a fumar se llevó la bicicleta y dio un paseo por la suave nieve afelpada. A la una había conseguido trabajo como mensajero en bicicleta.
Era el trabajo que encontraba en cualquier ciudad, el único empleo para el que creía que la vida lo había preparado. Ni siquiera podía considerarse pirómano puesto que ahora tenía veintiséis años y desde los catorce no encendía ni una chimenea. Cuando le preguntaron cuándo podía empezar a trabajar dijo que en ese mismo instante y luego se dedicó el resto del día a descifrar Manhattan. No era complicado.
—¡Estoy muy orgulloso de ti! Y eso significa que quieres quedarte. Los que vienen de paso no encuentran trabajo el primer día. Y los invitados tampoco encuentran trabajo el primer día. Ahora eres residente. Llevas un día aquí y la ciudad ya es tuya —exclamó Fodé.
Jeanette sonrió a su hermano, la sonrisa pequeña de Jeanette, con los ojos ligeramente en blanco. Parecía decir «Cómo son estos africanos». Iba vestida con el traje de trabajo, una falda y un jersey. Se había quedado embarazada cuando cursaba el segundo año del posgrado en Ingeniería Biomédica. Al final resultó que Jeanette era la lista de la casa. La noche anterior le había contado a Albie que, en lugar de seguir el plan original de abortar, ella y Fodé decidieron llevar a cabo un experimento social radical al que denominaron «Tener el bebé» y, dado el resultado del experimento, ella había dejado los estudios y ahora trabajaba como ingeniera del servicio posventa en Philips. Se ocupaba de instalar, formar personal y dar mantenimiento a los equipos de resonancia magnética en todos los hospitales desde Queens al Bronx.
—Los conecto: les enseño el manual —dijo de modo inexpresivo. Seguiría trabajando en eso, explicó a Albie la noche anterior mientras le hacía la cama, a pesar de que era un trabajo mecánico y aburridísimo, al menos hasta que Fodé terminara el doctorado en Salud Pública en la Universidad de Nueva York y Dayo tuviera una edad en la que pareciera soportable enviarlo a una guardería. Una «guardadayo», la llamaban.
—Si no sigo estudiando, el experimento social radical será un fracaso porque tendré que suicidarme —susurró Jeanette mientras remetía la sábana tras los cojines del sofá.
Albie sostuvo al niño mientras Jeanette calentaba la cena que Bintou les había dejado. Fodé puso la mesa y abrió una botella de vino mientras les contaba lo que le había sucedido durante el día.
—A los estadounidenses les encanta la idea de vacunar a los africanos. ¿Hay algo mejor que una fila de niñitos nigerianos polvorientos esperando que los vacunen en la portada del New York Times? Pero las madres de Nueva York piensan que ya no les toca vacunar a sus hijos. Dicen que las vacunas no son lo bastante naturales, que a lo mejor provocan algo más grave que lo que evitan. Me he pasado el día intentando convencer a una serie de universitarias que tienen que vacunar a sus hijos y no paraban de discutírmelo. Tengo que estudiar Medicina. Si no soy doctor en Medicina, no me hacen ni caso.
—Yo te haré caso —dijo Jeanette—. No hace falta que vayas a la Facultad de Medicina.
—Una mujer me ha dicho que no cree en la epidemiología. —Fodé se tapó la cara con las manos—. Es tremendo.
—En Nueva York ya no hay sarampión —dijo Jeanette, dándole unos golpecitos en el hombro—. Lo hemos superado.
Jeanette lavó las hojas de la ensalada. Fodé envolvió las rebanadas de pan en papel de plata y las metió en el horno. Trabajaban los dos en un espacio diminuto sin chocar.
—Cuéntame cómo te ha ido a ti el día —le dijo Fodé a Jeanette—, pensemos en algo mejor.
—¿Quieres pensar en demostraciones de resonancias magnéticas hechas en los sótanos de los hospitales?
Fodé se detuvo durante un momento, sonrió y negó con la cabeza.
—No, no. —Se volvió hacia su cuñado, contento por tener otra oportunidad—. Lo que quiero decir es que… Albie, cuéntanos tú cómo te ha ido el día.
Albie se cambió el niño de brazo y habló dirigiéndose al crío:
—Hoy me han parado los seguratas de cuatro edificios. Les he enseñado mi carnet, me han dicho que podía pasar y luego me ha parado otro en el ascensor para decirme que no podía subir.
Fodé asintió, impresionado.
—Teniendo en cuenta que eres blanco, es algo que llama la atención.
—Y casi me da un autobús M16.
—Vale ya —dijo Jeanette, poniendo un cuenco con ensalada en medio de la mesa—. No sigas tú tampoco contando más cosas sobre cómo te ha ido el día.
—Pues ahora le toca a Dayo —dijo Albie.
Fodé le cogió el bebé de los brazos.
—Dayo, me encantaría oírtelo contar a ti más que a nadie: hijo mío, dinos, ¿ha sido un buen día para estar vivo?
—Tío —dijo Dayo, y le tendió las manos a Albie para volver con él.
Albie, que había vivido en el límite durante tanto tiempo y en algunas ocasiones había ido incluso más allá, miró por la ventana para ver las luces que brillaban en los incontables apartamentos de Brooklyn. Se preguntó si eso era lo que hacía la gente: ¿preparaban la cena con la familia, sostenían bebés, se contaban lo que les había pasado durante el día? ¿Así era la vida para ellos?
La bicicleta de Albie era una amalgama de tantos repuestos que ya no podía considerarse que fuera una Schwinn. Su trabajo consistía en entregar pequeños paquetes, formularios de seguros certificados y manuscritos prometedores. Algunas veces era un contrato y tenía que esperar a que lo firmaran antes de volver al punto de partida. De vez en cuando le pedían que firmara como testigo. Nueva York era la tierra de las entregas infinitas. Siempre había alguien con un objeto que tenía que estar en otro lugar, y eso le ocupaba el día entero. Pasaba por delante de los autobuses, entre los taxis y asustaba a los conductores de Connecticut igual que el maldito niño de la bicicleta que había sido. Los turistas lo veían venir hacia ellos y se quedaban en el bordillo. Cuando llegaba a su destino, se echaba la bicicleta al hombro, como si fuera su hermano pequeño, y se la llevaba al ascensor. Albie era casi ocho centímetros más alto que su padre, lo que hacía de él una persona alta, aunque no altísima. Pero, como era extraordinariamente delgado, parecía muy alto. Algunas veces las recepcionistas palidecían al verlo acercarse con un sobre marrón en la mano, la bicicleta al hombro. Parecía un esqueleto viviente con sus tatuajes negros, su gruesa trenza negra, como si la muerte misma hubiera ido a buscarlas, dispuesta a llevárselas montadas en el manillar.
—Deberías pensar en incrementar las calorías que consumes —le dijo Jeanette cuando volvía cojeando al apartamento por las noches.
—Gajes del oficio —decía Albie. Era cierto y falso a la vez: había visto algún mensajero gordo.
Albie ganaba dinero y, después de un par de meses de pensar que se marcharía al día siguiente o al otro, empezó a darle a Jeanette la mitad para el alquiler, el café, el vino y la educación de Dayo o la de la propia Jeanette. La otra mitad la cambiaba por billetes de mil y los metía en el bolsillo de su bolsa de lona. Al principio había intentado darle el dinero a Fodé, pero este no quiso ni mirarlo. Al día siguiente esperó a su hermana en el metro y se lo dio a ella. Jeanette asintió y se guardó los billetes en el bolsillo.
—¿No crees que deberíamos ir a terapia algún día? —le preguntó Jeanette mientras pasaban por delante de la yogurería, el zapatero, los mercados coreanos con los cubos llenos de narcisos. Quizá pensaba que le daba dinero para terapia—. En cuanto nos pongamos en forma psicológicamente, podríamos convencer a mamá y a Holly para que hagan terapia por teléfono con nosotros.
Albie le había dicho que no estaba preparado para llamar a su madre todavía, pero Jeanette ya lo había hecho. En realidad, telefoneaba a Teresa casi a diario desde el trabajo y se lo contaba todo.
—¿Y qué pasa con papá? —preguntó Albie. La calle estaba llena de gente y le pasó el brazo por encima de los hombros mientras andaban. No sabía por qué. No lo había hecho nunca, pero era agradable. Andaban de manera parecida.
—Creo que papá ha estado años yendo a terapia, seguro que ya ha terminado.
—¿Y no nos ha telefoneado nunca?
Jeanette negó con la cabeza.
—No se le habrá ocurrido.
Albie había ido a Brooklyn para recuperarse psicológicamente y, en ciertos aspectos, ya estaba recuperado, excepto por la bebida, ya que seguía consumiendo alcohol con rigurosa regularidad, y por el speedball, que le ayudaba a pasar la segunda mitad del día. Fumar no contaba. Las malas costumbres eran siempre una cuestión de perspectiva y, si se analizaba el presente a través de la lente del pasado, cualquiera diría que estaba estupendamente. Había ahorrado dinero suficiente para encontrar donde alojarse por su cuenta, pero nunca se ponía a buscarlo. En cierto modo, a pesar de la cómica falta de espacio, Fodé y Jeanette le hacían sentir que no debería irse nunca. Dayo quería agarrarse a sus piernas en cuanto entraba por la puerta, poner los pies sobre los de Albie y rodear con los brazos los musculosos muslos para ponerse en pie. Decía «tío» con toda claridad, era la palabra que mejor pronunciaba. No se cansaba nunca de decirla. A Albie le gustaba aquel sofá demasiado corto para él. Le gustaban los días en que volvía a casa por la tarde y le decía a Bintou que se tomara unas horas libres mientras él se llevaba al niño al parque. Le gustaba la sensación —para la que no tenía nombre— que experimentaba cuando veía a Fodé esperándolo en las escaleras de la calle por la noche con una cerveza. Se marcharía algún día, pero hasta ese momento llevaba a casa noodles de sésamo fríos de Chinatown, doblaba las sábanas por la mañana y las guardaba detrás del sofá, buscaba algún motivo para salir algunas noches por semana para darles un poco de intimidad y, cuando volvía a casa muy tarde, giraba la llave en la cerradura tan silenciosamente que nunca los despertaba.
—¿Dónde estuviste anoche? —le preguntaba Jeanette, y Albie pensaba «Me echaste de menos».
Al principio, Albie iba a bares o cines las noches que pasaba fuera, pero no tardó en darse cuenta de que los bares y los cines de Nueva York podían comerse todos los ingresos de un día de trabajo. Así que se quedaba en la biblioteca hasta que cerraba, luego se iba a la sala de lectura de la Ciencia Cristiana hasta que esta cerraba, y después, en función de la calidad del libro que estuviera leyendo y de la cantidad de speed que tuviera en el cuerpo, iba a la lavandería, que estaba abierta las veinticuatro horas, y se sentaba entre polillas muertas, secadoras ruidosas y el penetrante olor del suavizante para la secadora. Como se había hecho amigo de las recepcionistas de las editoriales en las que tenía que hacer entregas y les preguntaba qué estaban leyendo, siempre tenía algún libro. En ningún otro sitio le hacían regalos, pero a las recepcionistas de las editoriales no les importaba darle un ejemplar a un mensajero en bicicleta, aunque pareciera el mismo mensajero de la muerte.
—Ya me contarás qué te parece este —le decían y, a cambio, él les dedicaba una sonrisa. La sonrisa de Albie era deslumbrante, la maravilla de la ortodoncia infantil en abierto contraste con el resto de su físico. Al recibir una sonrisa como aquella, las recepcionistas tenían la sensación de que, a cambio, él también les había dado un regalo.
Una noche de principios de junio, Albie estaba en una lavandería de Williamsburg pasada la medianoche. Los taxis seguían circulando a toda velocidad, pero ya hacían menos ruido. Albie estaba leyendo la novela que había empezado el día antes y había perdido la noción del tiempo. Era mucho mejor que las habituales novelas negras que leía porque la recepcionista de la editorial Viking tendía a darle libros mejores, no se limitaba a las novedades. En una ocasión le había dado un ejemplar de David Copperfield y le dijo que le parecía que le gustaría, sin muchos rodeos, como si Albie fuera el tipo de persona que le recordara a Dickens nada más verla, y por ese motivo lo leyó. Se suponía que lo había leído el año que pasó en el colegio de Virginia. Lo había paseado durante un mes, igual que otros chicos de la clase, pero él ni había intentado abrirlo.
—Si te hubiera conocido cuando estudiaba en Virginia, habría aprobado —le dijo, después de terminarlo.
—¿Eres de Virginia? —le preguntó la recepcionista. Tendría la edad de su madre, quizá fuera un poco más joven, y era evidente que era una mujer lista. A Albie le gustaba aquella mujer, aunque las conversaciones no duraban más de un par de minutos o tres. Albie tenía que ir a otros sitios y el teléfono de la recepción no dejaba de sonar. La mujer lo cogió y, sin esperar respuesta, pidió que esperaran unos segundos.
—No soy de Virginia, pero viví allí cuando era un chaval.
—Espera un segundo —dijo ella. Cuando volvió, le dio un ejemplar de una edición de bolsillo de un libro titulado Comunidad—. El año pasado tuvo mucho éxito, ganó un premio, el National Book Award, y vendió muchísimo, ¿lo conoces?
Albie negó con la cabeza. El año anterior estaba todavía en San Francisco y el dinero de hacer de mensajero lo gastaba íntegro en heroína. Podría haber caído un meteorito en la costa este sin que él se enterara.
La mujer dio la vuelta al libro y dio un golpecito a la diminuta fotografía del hombre que aparecía en la contracubierta.
—Era el primer libro que escribía después de quince años, quizá más. Por aquí ya daban por hecho que no publicaría nada más.
Sonó el teléfono y todas las luces de llamada en espera parpadearon. Había que volver al trabajo. Le dio el libro y se despidió con un gesto de la mano. Él le dedicó una sonrisa y un movimiento de cabeza antes de marcharse.
En retrospectiva, Albie diría que supo desde el principio, quizá desde mediados del primer capítulo, que algo raro pasaba. Aunque, en retrospectiva, todo se ve con total claridad. Lo cierto era que el libro se apoderó de él mucho antes de que se reconociera. Esa era la cuestión que le parecía más disparatada, lo mucho que le había gustado el libro antes de saber de qué iba.
Trataba de dos familias vecinas en Virginia. Una pareja lleva mucho tiempo en su casa, la otra acaba de mudarse. Comparten el mismo camino de entrada a las dos casas. Se llevan bien. Se piden cosas prestadas, se cuidan los niños mutuamente. Se sientan en la terraza del vecino por la noche, beben y hablan de política. Uno de los padres se dedica a la política. Los niños —son seis en total— entran y salen de las dos casas, las niñas comparten cama. Era fácil ver hacia dónde iban las cosas, aunque el libro no se extendía sobre el romance miserable. Más bien trataba de la tremenda carga de sus vidas: el trabajo, las casas, las amistades, los matrimonios, los niños: como si todas las cosas que habían querido y por las que habían luchado hubieran cimentado la imposibilidad de cualquier tipo de felicidad. Los niños, que al principio eran vagamente encantadores y ocupaban un lugar secundario, resultan ser un puñado de víboras. El mayor y el pequeño son varones y hay cuatro chicas en medio. Dos chicas en casa del político, dos chicas y dos chicos en casa de la médica de la que este está enamorado. Sobra un marido, sobra una esposa. El niño más pequeño es insoportable. Quizá sea ese el verdadero problema. Simboliza lo que no se puede superar. Los enamorados, con sus matrimonios, sus casas y sus trabajos, aprovechan cualquier pretexto para verse en secreto, pero, en realidad, lo que de veras quieren es huir de sus hijos, en particular del menor de todos. Los niños, que con frecuencia tienen que cargar con el pequeño, le dan Benadryl para que no dé la lata. El mayor lleva las pastillas en el bolsillo porque es alérgico a las picaduras de abeja. Le dan al pequeño Benadryl y lo meten en el cesto del cuarto de la ropa bajo un montón de sábanas para poder irse en bicicleta a la piscina sin cargar con él. ¿No es lo que quiere todo el mundo, tener un rato de tranquilidad?
Albie puso el pulgar en la página y cerró el libro. De repente, en la lavandería hacía frío. Había dos punks jóvenes, el chico con el pelo de punta con gomina, la chica con dos imperdibles en la nariz. Fumaban sentados mientras su ropa negra daba vueltas en la lavadora. La chica dedicó a Albie media sonrisa, tal vez pensaba que era uno de ellos.
¿Sabía que eran pastillas de Benadryl? Las llamaban Tic Tac, pero ¿lo sabía él? Se despertaba debajo de una cama, en un campo, en el coche, en el sofá cubierto por mantas. Se despertaba en el suelo del cuarto de la ropa en Virginia, enterrado bajo las sábanas. Nunca supo por qué se despertaba en lugares en los que no recordaba haberse dormido.
—Porque eres un bebé —decía Holly—. Los bebés necesitan dormir más.
Tenía las manos frías. Volvió a meter el libro en la bolsa de mensajero y salió con la bicicleta a la calle, escuchando el tic tic de los radios mientras los pequeños punks lo miraban, pensando que se iba sin la ropa limpia. Sabía cómo seguía el libro, lo que no había leído: que el hermano mayor, llamado Patrick, moriría; dado que le habían dado todas las pastillas al niño pequeño, cuando estas fueran necesarias, ya no quedaría ninguna. Sabía que ese ni siquiera era el tema central del libro.
Albie caminó por la calle arrastrando la bici. ¿Se reconocía en las novelas policíacas danesas? ¿En los thrillers postapocalípticos? ¿Existía la remota posibilidad de que se sintiera protagonista de todo lo que leía?
No, no era ese el problema.
Cuando volvió al apartamento eran casi las dos de la mañana. Se dirigió al dormitorio y se detuvo a los pies de la cama; Jeanette, Fodé y Dayo dormían profundamente. Quizá su subconsciente había aceptado que vivía allí y por eso ya no oían el sonido de sus pasos, o tal vez estaban tan cansados al final del día que cualquiera podría plantarse en su habitación y no se habrían dado cuenta. Aunque las persianas estaban echadas, había luz en la habitación. Estaban en Nueva York, la oscuridad nunca era completa. Dayo estaba en la cama, dormía entre los dos, boca arriba. Jeanette tenía una mano sobre el pecho del niño. Era casi insoportable ver dormir a los demás. ¿Le había contado a Fodé lo que había pasado? Seguramente, le habría dicho que tenía un hermano que había muerto, pero ¿qué más sabía? Albie no se lo había contado a nadie. Ni a los chicos de las bicicletas ni a los mensajeros con los que desayunaba, ni a Elsa, en San Francisco, con la que compartía jeringuilla. Nunca había hablado de Cal. Albie cubrió el pie de su hermana con la mano; el pie, una sábana, una manta y una colcha. Apretó el pie y, en sueños, ella intentó zafarse, pero Albie lo sujetó hasta que Jeanette abrió los ojos. A nadie le gusta despertarse y ver a un hombre en su habitación. Jeanette soltó un gritito ahogado, un sonido de espanto que conmovió a Albie. Su marido y su hijo seguían durmiendo.
—Soy yo —dijo Albie—. Levántate.
Señaló la puerta del dormitorio y salió al cuarto de estar para esperarla.