Comunidad

Ann Patchett · Capítulo 4 de 9

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Capítulo 4

 

La música no cambiaba nunca. La cinta machacaba una y otra vez las mismas dos horas de grabación. La dirección consideraba que, o bien los clientes habían pagado y se habían ido, o bien estaban ya demasiado borrachos para darse cuenta de que las canciones empezaban a repetirse. Para advertir que George Benson cantaba otra vez This Masquerade había que estar en el bar sobrio y atento durante más de dos horas. Eso implicaba que las únicas personas que podían sentirse molestas por la reiteración eran quienes trabajaban en el bar, y el nivel de sobriedad y atención de muchos de ellos los dejaba fuera de la competición. Durante las ocho horas de trabajo, cualquier empleado oía cuatro veces la cinta, cuatro y media si le tocaba cerrar. Al final del primer mes, Franny habló con Fred, el mejor de los dos encargados nocturnos, supervisor del bar y del hotel restaurante contiguo, donde había más trabajo, más ocupación y menos beneficios. Fred dijo que no tenía importancia.

—Claro que importa —protestó Franny—, me está volviendo loca.

Franny llevaba un vestido negro y ceñido, corto y sin mangas, sobre una blusa blanca ajustada e iba calzada con zapatos altos y negros. Con su cabello rubio, largo y liso, recogido en una trenza floja, parecía la representación visual propia de los vídeos musicales de la alumna de escuela católica que había sido. Antes de aceptar aquel empleo, Franny no tenía claro que pudiera soportar lo indigno del uniforme, pero resultó que este, en realidad, no le molestaba. Lo verdaderamente irritante era la música: era Sinatra cantando It Was a Very Good Year lo que le daba ganas de salir por la puerta giratoria con una bandeja llena de cócteles en la mano y adentrarse en la oscura noche invernal.

Fred asintió. No se mostró paternalista ni desdeñoso, aunque tenía aspecto paternal y su respuesta fue del todo inútil.

—Fíate de mí. Llevo aquí casi cinco años, uno se acostumbra.

—Pero es que no quiero estar aquí dentro de cinco años. No quiero acostumbrarme. —El encargado nocturno apenas dio muestras de sentirse molesto. Franny insistió—: ¿Y no podrías tener un par de cintas diferentes? Podrían ser los mismos cantantes, no me quejo de la música. En fin, me gusta más otro tipo de música, pero no es esa la cuestión. Lo que me harta es la repetición: esos mismos cantantes también cantaban otras canciones.

—Tenemos más cintas por algún lado —dijo Fred echando un vistazo por el diminuto despacho sin ventanas—, pero nadie las cambia.

—Yo puedo cambiarlas.

Fred salió de su atestado despacho y le apretó un poco el hombro con un gesto conciliador. En aquel lugar todo el mundo era un poco tocón: las camareras se despedían con un beso, los encargados le ponían las manos en los hombros, alguno de los chicos que recogían las mesas, si no recibía una buena propina, podía darle un caderazo al abrirse paso junto al fregadero. Y los clientes…, joder, qué tocones eran los clientes. Durante los dos años que había pasado estudiando Derecho ni una sola persona le había puesto un dedo encima; claro que en aquella facultad todos comprendían el concepto de responsabilidad penal en las dos primeras semanas. A corta distancia, Franny olió un leve rastro de vodka flotando en el aire alrededor de Fred y le sorprendió que todavía pudiera percibirlo.

—Espera un poco y ni te fijarás en eso —dijo Fred con voz tranquilizadora.

Franny avanzó penosamente por el estrecho pasillo que comunicaba el despacho con la cocina, donde los cocineros ponían cintas pirata de Niggaz With Attitudes, un grupo de hip hop, en un radiocasete cubierto de grasa, pero a un volumen tan bajo que apenas se oía susurrar el «Fuck da police» por encima del estruendo de las cacerolas. Los hombres meneaban la cabeza siguiendo el ritmo y movían los labios repitiendo la letra sin rebasar los bajos límites de tolerancia de la dirección.

—Nena —pidió Jerrell desde la zona de trabajo—, sé buena y tráeme una limonada.

Se inclinó por encima de la plancha ardiente y se asomó por el pasaplatos para tenderle un vaso de plástico del 7-Eleven con tapa y pajita.

—Vale —contestó Franny. Cogió el vaso. Los cocineros, todos ellos grandes y negros, dependían de las camareras, todas ellas menudas y blancas, para que les trajeran bebidas del bar que les impidieran morir en el Sahara de la zona de freír.

—Confío en ti —dijo Jerrell, señalándola con un filete crudo antes de dejar caer la carne en la superficie candente que tenía delante.

Pero a Franny no se le olvidaba nunca la limonada ni cuántos sobres de azúcar quería, ni las galletitas saladas del bar que compensaran las sales que perdía en los ríos de sudor que caían sobre la plancha con un siseo explosivo y se desvanecían. Sabía lo que tomaba cada uno de los hombres. Franny era una profesional. Recordaba lo que habían pedido las diez personas sentadas a una mesa, quién quería Ketel One y quién Absolut. Era capaz de calmar a un hombre de negocios sin permitir que la monopolizara. Cuando salía ya de madrugada y recibía la bofetada helada de Chicago, se daba cuenta de que habría sido mucho mejor para ella ser una mala camarera y una buena estudiante de Derecho. Había dejado la carrera a mediados del primer semestre, aunque más cerca del principio, del tercer año. Arrastraba una enorme deuda por el préstamo a cuenta del salario de abogado que nunca tendría. Para alguien sin ninguna capacidad concreta ni tampoco la menor idea de lo que quería hacer en la vida, además de leer, servir bebidas era la forma de ganar más dinero sin quitarse la ropa. En aquel momento, solo tenía dos cosas claras: no quería ser abogado y no quería quitarse la ropa. Había intentado trabajar de camarera en un local normal, calzada con zapatillas negras y cargando bandejas llenas de comida, pero no ganaba lo suficiente para las cuotas mínimas del crédito. En el lujo oscuro y aterciopelado del bar de Palmer House los hombres con frecuencia, y de manera inexplicable, dejaban dos billetes de veinte para pagar una cuenta de dieciocho.

Llenó el vaso de cartón con hielo picado y limonada y, al ver que Heinrich, el camarero de la barra, estaba escuchando a un cliente que le contaba los siete males del mundo, roció el granizado con un chorro de Cointreau. Era la botella que quedaba en el extremo de la barra, cerca del grifo de refresco y, por lo tanto, la más fácil de coger; además, le parecía que pegaba bastante con la limonada. Habría pagado la copa, llegado el caso, pero no se permitía que los empleados consumieran alcohol durante el trabajo y menos todavía que invitaran a los hombres que trabajaban con cuchillos y superficies ardientes. Jerrell le había dicho que le daría diez pavos cada vez que le echara algo en el vaso, pero Franny no lo habría aceptado. También por ese motivo era una especie de criatura mítica entre los miembros del equipo de la cocina; las otras camareras aceptaban encargos de los cocineros, con frecuencia los olvidaban y, si se acordaban, nunca rechazaban el dinero.

Franny repasó mentalmente el derecho de responsabilidad civil en un esfuerzo por dejar de oír la música, intentando cubrir una cosa que odiaba con otra que despreciaba. Los elementos del asalto: el acto está destinado a causar temor a un contacto dañino o lesivo; y el acto causa verdadero temor a la víctima de que se produzca un contacto dañino o lesivo. La noche se estaba acabando. La marea alta de ginebra y tónica había ido cediendo paso al silencioso reflujo de las bebidas para después de la cena: copas de brandy y chupitos almibarados de Frangelico consumidos por clientes que se daban cuenta de que no estaban todavía lo bastante borrachos para irse a la habitación. A Franny le tocaba cerrar y en aquel momento la habían dejado sola para vigilar la sala: dos mesas de dos y un alma solitaria en la barra. Las otras dos camareras se habían ido ya, una para recoger a su hijo, que dormía en el sofá de su exmarido, y la otra para tomar alguna copa con un camarero de Palmer House en un bar menos caro. Ambas habían besado a Franny antes de irse y luego se despidieron la una de la otra con un beso. Franny adivinó que Heinrich había ido a fumar en el pasillo de la cocina, lo que le daba la oportunidad de deslizarse detrás de la barra y quitarse los zapatos. Flexionó los dedos de los pies antes de frotarlos contra el panal húmedo de la alfombra de goma negra; luego se metió en la boca tres guindas al marrasquino de uno de los cubos de guarnición y una rodaja de naranja porque eran mejores cuando se masticaban juntos. Y eso era lo que estaba haciendo en el preciso momento en que vio, con la boca llena de frutas químicamente alteradas, a Leon Posen. Apenas lo había visto de reojo, pero, en cuanto él levantó la vista, Franny ya no tuvo la oportunidad ni la voluntad de alejarse.

—Hola —saludó Leon Posen, sentado a dos asientos de distancia. Llevaba un traje gris oscuro y una camisa blanca con el botón superior del cuello desabrochado. Bien podría haber tenido una corbata doblada en el bolsillo. Si él hubiera extendido la mano y ella también, se habrían tocado los dedos con facilidad. Franny no prestaba atención a los clientes sentados a la barra. Si preferían no sentarse a una mesa, no le correspondía a ella atenderlos. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba ahí sentado. ¿Diez minutos? ¿Una hora?

—Hola —contestó ella.

—Ahora eres más baja que hace un rato —señaló él.

—¿Sí?

—Te has quitado los zapatos.

Franny bajó la mirada hacia la dolorosa hendidura roja de la parte superior de cada pie, claramente visible a través de las medias. Seguía teniendo la marca durante horas, incluso en casa.

—Sí.

Él asintió. Tenía el pelo de color acero, denso como el de una oveja. Le costaría un verdadero esfuerzo llevarlo peinado.

—Sientan muy bien, pero me temo que con el tiempo destrozan los pies.

—Una se acostumbra —dijo Franny, y pensó en que Fred le había dicho eso mismo. Repitió la frase como si fuera un lema para desenvolverse en el mundo, en el bar donde se encontraba frente a Leon Posen. En aquel momento Lou Rawls cantaba Nobody But Me, cosa curiosa porque esa era la única canción de la que nunca se cansaba, una unión perfecta de sustantivos y verbos. «No tengo conductor que me conduzca, no tengo sirviente que me sirva».

Leon Posen asintió; tenía la punta de los dedos sobre un vaso vacío con algo de hielo. Franny, desde el primer momento en que lo tuvo delante, empezó a perfilar el relato del encuentro. Pensó en que nada más llegar a casa buscaría los ejemplares de Primera ciudad y Septimus Porter. Localizaría los fragmentos que había subrayado en la universidad y los releería. Después despertaría a Kumar y le contaría que había hablado con Leon Posen en el bar, que él le había preguntado por sus zapatos. Kumar, al que se le daba muy bien no interesarse por nada, en este caso querría oír cada detalle y, cuando terminara, le pediría que empezara de nuevo. Incluso en ese mismo instante, sabía que repetiría muchas veces el relato del día en que había hablado con Leon Posen en Palmer House. «Si yo no hubiera ido a la Facultad de Derecho en Chicago y luego la hubiera abandonado, no habría estado trabajando en el bar», les contaría a su padre y a Bert.

Pero Leon Posen no había terminado. Todavía estaba delante de Franny, esperando que le dedicara un poco de atención mientras ella se dedicaba a pensar en él.

—¿Y qué necesidad hay de acostumbrarse a eso?

—¿Qué? —dijo, perdida.

—Me refiero a los zapatos.

Era igual que en las fotos. La nariz ocupaba un lugar destacado y, en segundo lugar, resaltaban unos ojos suaves, de párpados caídos. Su rostro era una caricatura de su rostro, un rostro destinado a ilustrar, en forma de dibujo, una reseña de libros en The New Yorker.

—Hay que ponérselos. Forman parte del uniforme. Y llevamos uniforme porque así ganamos más dinero.

Y aunque no lo mencionó, el uniforme era de poliéster, que por ridículo que fuera la verdad era que se lavaba muy bien y no necesitaba plancha. Franny no se molestaba en pensar en qué se iba a poner para ir a trabajar, otra ventaja que también tenía su colegio católico.

—¿Quieres decir que si te pones unos zapatos incómodos te dejaré más propina?

—Por supuesto —contestó Franny. Llevaba ya tiempo suficiente para saber que así era—, claro que sí.

La miró con aire triste. O tal vez esa era su expresión, como si se apenara por todas las mujeres que se habían visto obligadas alguna vez a llevar tacones. Resultaba muy seductor.

—Pues bien, si ese es el motivo, como todavía no te he dado la propina, podrías ponértelos otra vez, a ver qué pasa.

—Es que yo no soy su camarera —contestó ella, y lo lamentó al instante. Leon Posen, ¡aléjate de la barra! Ve a sentarte a una de las mesitas con las velas parpadeantes. Acomódate en las butacas redondas de cuero rojo.

—Lo serías si pidiera otra bebida —dijo él, alzando el vaso y haciendo sonar el hielo solitario—. ¿Cómo te llamas?

Ella le dijo su nombre.

—No he conocido a ninguna Franny —observó él, como si ella le estuviera haciendo un favor—. Franny, quisiera tomar otro whisky.

Franny debía servirle una bebida si estaba en una mesa, pero no si estaba sentado a la barra. En Palmer House no había sindicalistas, pero la división del trabajo era férrea. Franny sabía cuál era su lugar.

—¿Qué tipo de whisky?

Él le sonrió otra vez. ¡Dos sonrisas!

—Lo dejo en tus manos —contestó él—. Y ten en cuenta que tal vez yo sea de esos tipos raros que dejan como propina un porcentaje del total de la cuenta, así que lánzate.

Acababa de meter el pie izquierdo en el zapato con cierto esfuerzo cuando Heinrich, tras fumar el cigarrillo y envuelto en olor a menta, rodeó el borde de la barra y se acercó a ellos. Levantó dos dedos en dirección a Leon Posen, preguntándole con un gesto si quería tomar otra copa, sin molestarse en formular la pregunta en palabras, como si la suya fuera una relación tan sagrada que hubiera trascendido el lenguaje. Franny quitó el pie del zapato izquierdo y se apresuró a interrumpir al barman, arrojándose casi encima de este, que se vio obligado a atraparla. Le miró los pies cubiertos con las medias. Heinrich era un hombre de la edad de Leon Posen, la edad de su padre, lo que equivalía a decir que se adentraba en las tinieblas de la cincuentena. En sus tiempos se guardaban más las formas. En primer lugar, Franny no pintaba nada detrás de la barra y lo sabía. Aquel era el territorio de Heinrich.

—Necesito que me hagas un favor. —No tuvo que alzar la voz: estaba en sus brazos.

Heinrich se volvió hacia Leon Posen y alzó un poco las cejas, como si le hiciera una pregunta. Leon Posen asintió con la cabeza.

—Ven conmigo —dijo Heinrich. Llevó a Franny hasta el final de la larga barra donde el curasao y el Vandermint aguardaban en altos estantes de cristal a que les quitaran el polvo.

—¡Es Leon Posen! —susurró Franny.

Heinrich asintió, aunque no había manera de saber si con ello quería decir que ya lo sabía o que a qué venía aquello. Franny lo había oído hablar una vez en alemán, su voz sonaba más contundente en su lengua materna. ¿En qué idioma leía? ¿O no leía en absoluto? ¿Estaría bien traducido Leon Posen al alemán?

—Deja que lo atienda yo, te lo pido por favor —rogó Franny.

La piel de Franny era tan translúcida que mostraba más de lo que ocultaba. Era la única camarera que daba a los chicos que recogían las mesas el diez por ciento de las propinas que les correspondía, e igual hacía con los camareros de la barra. Heinrich siempre había pensado que había algo de alemán en ella, el pelo rubio, el hielo azul claro de sus ojos, pero los estadounidenses nunca eran alemanes. Los estadounidenses eran todos una mezcla.

—A ti no te corresponde atender en la barra —recalcó Heinrich.

—Soy capaz de poner un whisky en un vaso.

—A ti te toca servir las mesas. Y no me dedico a servir tus mesas cuando un cliente me parece interesante.

Heinrich se estaba preguntando cuánto podía pedirle. Le cruzó el pensamiento una petición excesiva: no serían los primeros en esconderse en el almacén.

—Por el amor de Dios, Heinrich, he estudiado literatura en la universidad. Puedo recitar de memoria los tres primeros párrafos de algunas de sus novelas.

Heinrich también había estudiado literatura en Berlín Occidental, aunque, sobre todo, se había centrado en el siglo XIX británico. ¡Qué lujo era leer a Trollope sabiendo que tras el muro tal cosa era imposible! Habría querido decirle: «¿Y adónde nos han llevado estos libros?». Pero, en vez de eso, se puso detrás de ella y deslizó la mano por la sedosa trenza desde los omóplatos. Siempre había querido hacerlo.

A Franny le dio igual. En ese momento se habría cortado la trenza y se la habría dado como un recuerdo. Regresó a su puesto tras la barra y tomó una botella de Macallan, no el de veinticinco años, sino el de doce. No tenía intención de pasarse. Cogió un vaso limpio, puso hielo y lo cubrió de whisky. Las piezas plateadas insertadas en la parte superior de cada botella hacían que servir fuera un verdadero placer. Daba precisión, control. Nadie podía convencerla de que era el trabajo más difícil.

Leon Posen miró hacia el final de la barra donde Heinrich descargaba un estante de copas de vino y las repasaba para mantenerlas limpias.

—Dime, ¿qué tendrás que darle a cambio?

—Todavía no lo sé —contestó Franny, depositando la servilleta y el vaso.

—Pregunta siempre el precio. Esta puede ser la lección de hoy. —Alzó el vaso—. Gracias, querida Franny, y buenas noches. —Pero Franny, aunque se daba cuenta de que se suponía que la conversación había terminado y tenía que ir a ocuparse de sus mesas, no se marchó. No quería hablarle de sus libros ni preguntarle qué había estado haciendo desde que había publicado Septimus Porter doce años atrás. No tenía intención de echar a perder aquella noche. Lo que sucedía era que en aquel momento, delante de Leo Posen, estaba viendo su vida con toda claridad. Y su vida le parecía aburrida y difícil. Matricularse en Derecho había sido un tremendo error cometido con la esperanza de agradar a otras personas y, debido a ese error de juicio, estaba llena de deudas, como si fuera una especie de personaje de Dickens, como el tipo de persona que aparecería en el programa de Oprah llorando, sin que tras tanto esfuerzo hubiera obtenido ningún resultado. Posen estaba tomando la bebida que ella le había servido. No estaba dispuesta a dejar que se marchara la brillante inteligencia que veía al otro lado de la barra. Era como si después de echar migas día tras día a los pájaros de repente apareciera una paloma de la Carolina en el respaldo del banco del parque. No solo era raro: era imposible. Y no iba a hacer ningún movimiento abrupto que pudiera molestarlo y espantarlo.

—¿Vive usted aquí? —preguntó ella. «Y cómo es eso —preguntó a la paloma—, si todo el mundo da por hecho que te has extinguido».

Él lanzo una mirada hacia la sala, alzando los grandes párpados.

—¿En Palmer House?

—En Chicago.

Una pareja entró con un lío de abrigos, bufandas y sombreros, y se sentó ante la barra, dos taburetes más allá. ¿Por qué, le habría gustado preguntarles, con todos los taburetes vacíos para elegir, habían querido sentarse tan cerca? Desde donde estaba olía el perfume de la mujer, oscuro y no desagradablemente almizclado. Entonces se dio cuenta de que su intención era sentarse delante de ella. Ella era la camarera.

—En Los Ángeles —dijo Leon Posen, después de una gran lucha interna —. Aunque depende de cómo se mire.

—Un whisky sour —pidió el hombre, apilando la ropa de abrigo sobre el taburete que tenía a su lado. El montón de prendas de lana empezó a deslizarse; el hombre agarró la manga de un abrigo y luego inclinó la cabeza en dirección a la mujer—. Un daiquiri.

—Esto fuera —dijo la mujer, quitándose los guantes.

Franny no estaba segura de cómo decirles que no era su trabajo, pero Leon Posen sabía cómo expresarlo.

—No prepara combinados —les dijo—. Puede servir un whisky con hielo, pero si tiene dos ingredientes o más, necesitará a otra persona. —Miró a Franny—. ¿Es así?

Franny asintió. Su mera presencia allí era un engaño.

—Yo mismo podría preparar un whisky sour. —Dijo Leon Posen al hombre. Luego, mirando a la mujer, negó con la cabeza—: Pero no soy capaz de preparar un daiquiri. Me parece que lleva alguna mezcla.

—No lo sé —dijo Franny.

—Deberían pedírselo al alemán. —Leon Posen les indicó a Heinrich, que seguía sacando brillo a las copas al otro extremo de la barra, haciendo caso omiso de modo deliberado—. Se pondrá muy contento, lo han ofendido.

—Sabe usted mucho sobre este sitio —dijo la mujer. Era muy tarde. Bajo el guante no se veía ningún anillo.

—Sobre este sitio no, pero sí sobre los bares —dijo Leon. Preguntó a Franny el nombre del camarero y Heinrich, cuyos oídos captaban frecuencias que un perro ni podría imaginar, oyó la pregunta y dejó el trapo.

—Un whisky sour —repitió el hombre.

Después de pedir sus bebidas y después de que Heinrich demostrara sus habilidades con una coctelera, la pareja recogió sus pertenencias y se las llevó a una mesilla del rincón, una mesa que habría correspondido a Franny si no se hubiera producido un intercambio tácito por el cual Heinrich les había servido las bebidas, se ocuparía de la mesa y de la propina.

—Yo nací en Los Ángeles —dijo Franny en cuanto la pareja desapareció misericordiosamente. Había estado esperando tanto tiempo para decirlo que ya no estaba segura de que la cuestión fuera pertinente.

—Pero tuviste la sensatez de largarte.

—Me gusta Los Ángeles. —En Los Ángeles siempre había sido niña. Recorría entera la piscina de la madre de Marjorie, rozaba el fondo con el traje de baño de dos piezas. La sombra de Caroline, medio dormida en una balsa inflable, era una nube rectangular sobre ella. Su padre estaba justo al borde del agua en una tumbona leyendo El padrino.

—Lo dices porque estamos en Chicago y es febrero.

—Y si Los Ángeles es tan horrible, ¿por qué vive usted allí?

—Tengo una esposa en Los Ángeles —dijo él—. Estoy en ello.

—Por eso los hombres vienen a Chicago —señaló Franny—: para alejarse de su mujer.

Franny se puso a penar pensando en la ley del divorcio y se le ocurrió que nunca se habría dedicado a los divorcios de manera profesional, antes de darse cuenta de que nunca se habría dedicado a nada relacionado con el derecho.

—Hablas como un camarero.

—No, yo solo sirvo las mesas. No puedo preparar combinados.

—Eres camarera para los que no queremos mezclas, y ahora me gustaría tomar otro whisky. El primero lo has servido muy bien en el vaso. —La examinó como si acabara de aparecer delante de él—. Vuelves a ser alta.

—Me ha dicho que así mi propina sería mayor.

Él negó con la cabeza.

—No, tú me has dicho que tal vez la propina fuera mayor, pero no lo será. Me da igual lo que midas. Quítate los zapatos y te invito a una copa.

¿En qué momento se había terminado el whisky? Había sido visto y no visto. Había estado mirando y no se había dado cuenta. Se había distraído un segundo. Franny cogió la botella del expositor que tenía detrás.

—No puede invitarme a una copa, va contra las normas de la casa.

—¿Verboten? —preguntó en voz baja Posen.

Franny asintió. El hielo del vaso brillaba y parecía entero, así que no consideró necesario cambiarlo por otro. Tampoco midió el whisky, se limitó a llenar el vaso igual que la vez anterior. El vertedor plateado hizo que se sintiera excesivamente segura de sí misma, de modo que acabó sirviendo demasiado y salpicó algo en la barra. Secó el resultado de su torpeza y puso el vaso sobre una servilleta nueva. Lo cierto era que lo suyo no era servir copas, ni siquiera las que contenían un único ingrediente.

—Entonces, ¿qué hace usted en Chicago?

—A lo mejor eres psicoanalista —dijo él. Sacó los cigarrillos de la americana y agitó el paquete para que saliera uno.

—Cuando cuente a mis amigos que serví unas copas a Leon Posen me preguntarán qué estaba haciendo en Chicago.

—¿Leon Posen? —preguntó él.

No había tenido en cuenta aquella posibilidad. No lo había visto nunca en persona, solo lo conocía de las fotografías de las cubiertas de los libros que, además, eran viejas.

—¿No es usted Leon Posen?

—Pues sí —contestó él—. Pero tú eres más joven que mi lector medio, pensaba que no me reconocerías.

—¿No le ha parecido que era una camarera más amable de lo normal?

Se encogió de hombros.

—Podrías estar tirándome los tejos.

Franny se dio cuenta de que se sonrojaba, cosa que no le sucedía con frecuencia en el bar.

Él movió la mano como si quisiera descartar su comentario.

—Olvídalo, era una idea ridícula. Eres una chica lista, lees libros y acabas de servir un whisky a Leon Posen, pero deberías llamarme Leo y dejar de tratarme de usted.

Leo. ¿Podía llamar Leo a Leon Posen?

—Leo —dijo ella para ver cómo sonaba.

—Franny —dijo él.

—No solo es porque usted sea Leon Posen… porque seas Leo Posen —se corrigió—: es que me interesa la gente en general.

—¿Te interesa saber por qué estoy en Chicago?

No sabía bien por qué, pero la conversación estaba tomando unos derroteros diferentes a lo previsto.

—Vale, no me interesa. Solo lo preguntaba por hablar de algo.

Él levantó el vaso y tomó un sorbo diminuto, apenas se mojó el labio superior, como si lo probara por pura cortesía.

—¿Eres periodista?

Franny se llevó la mano al corazón.

—Camarera.

Lo cierto era que Franny se lo había dicho todos los días delante del espejo del cuarto de baño después de lavarse los dientes y antes de salir hacia el trabajo: «Soy camarera». Gracias a la práctica, lo hacía a la perfección. Se sacó el pesado encendedor Zippo del bolsillo del delantal y levantó la tapa con el pulgar. Él se inclinó hacia delante y luego hacia atrás, negando con la cabeza.

—No, no tienes que mirar el cigarrillo, tienes que mirarme a mí. Cuando enciendes un cigarrillo tienes que mirar a los ojos.

Franny lo hizo, aunque era casi imposible. Leo Posen se inclinó hacia la llamita que tenía Franny en la mano y la miró a los ojos. Franny sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Bien —dijo él, soplando el humo hacia un lado—. Así tendrás mejores propinas. Los zapatos no importan.

—Lo recordaré —dijo ella, y apagó la llama.

—Pues resulta que he venido a Chicago a tomar una copa —dijo él—. Estoy viviendo en Iowa City. ¿Has estado alguna vez en Iowa City?

—Creía que vivías en Los Ángeles.

Él negó con la cabeza.

—No te escapes, te he hecho una pregunta.

—No he estado nunca en Iowa City.

Tomó otro sorbo para ver si su bebida había mejorado ahora que tenía un cigarrillo y pareció obvio que sí.

—No va nadie a menos que tenga algo concreto que hacer. Pero, si uno se dedica al cultivo del maíz, a comerciar con cerdos o a escribir poesía, entonces va a Iowa City.

—Por eso no he ido nunca.

Él asintió.

—Los bares están llenos de estudiantes. No me gusta beber en un bar lleno de estudiantes, pero ese no es el verdadero problema.

Se calló. La esperó. A Leo Posen le gustaba que le dieran la réplica.

—¿Cuál es el verdadero problema?

—Resulta que el hielo de las copas contiene herbicidas, pesticidas y algo que me parece que debe de ser abono líquido. Se nota en el sabor. No es solo el hielo de los bares, claro, está en el agua, en el agua que no viene de Francia en botellas. He leído que en primavera, cuando la nieve empieza a fundirse, es mucho peor, la concentración es mayor. Se nota incluso cuando te lavas los dientes.

Franny asintió.

—Así que vienes a Chicago a tomar una copa porque el hielo de Iowa tiene productos químicos procedentes de la agricultura.

—Por eso y por los estudiantes.

—¿Estás dando clase allí?

Dio una calada al cigarrillo con aire distraído.

—Un semestre. Un error que cometí. En su momento me pareció que me ofrecían mucho dinero, pero nada es suficiente cuando se sopesan los costes. Nadie se detiene a explicarte lo del agua antes de firmar el contrato.

—¿Y no sería más sencillo hacer hielo en casa? Prepara cubitos con agua mineral francesa. Y puedes incluso lavarte los dientes con ella.

—En teoría sí, pero no hay manera de hacerlo. O te llevas la cubitera al bar o tienes que beber solo en casa, cosa que no hago.

—Pues ven a Chicago y toma un par de copas —dijo Franny, porque le gustaba que estuviera ahí, fuera cual fuere el motivo—. Es bueno moverse.

—Eso es —dijo él, dando una palmada sobre la barra—. Ir a Cedar Rapids no soluciona el problema.

—Des Moines tampoco.

—Vuelves a estar más baja.

—Me has dicho que me quitara los zapatos.

—¿Estás diciéndome que te has quitado los zapatos porque te lo he dicho yo?

—Prefiero estar descalza.

Él negó con la cabeza, aunque Franny no supo si era un gesto de asombro o de desesperación; después aplastó la colilla en un pequeño cenicero de cristal.

—¿Alguna vez has querido ser escritora?

—No —dijo ella. Y le habría gustado añadir: solo quería ser lectora.

Le dio unas palmaditas en la mano que Franny había dejado sobre la barra por si él la necesitaba.

—Me alegro. He viajado mucho para tomar una copa lejos de cualquier escritor.

—¿Quieres que te sirva otra?

—Eres una chica estupenda, Franny.

El problema, y esa era una cuestión que Franny no tomaba a broma, era que no sabía cuánto tiempo llevaba Leo Posen sentado a la barra antes de que ella lo viera ni cuántas copas le había servido Heinrich antes de que ella lo relevara. Porque, si bien Leo Posen parecía perfectamente sobrio, le daba la impresión de que se mantenía impasible, bebiera lo que bebiera. Algunos hombres eran así. Pasaban de la sobriedad a un estado similar a la muerte sin etapas intermedias.

—¿Te alojas en este hotel? —preguntó ella con voz débil.

Él ladeó un poco la cabeza y esperó con expresión benevolente.

—Es que si tuvieras que meterte en el coche para volver a Iowa esta noche y atropellaras a alguien, me meterían en la cárcel.

—¿A ti? No parece justo.

—Así son las leyes sobre la responsabilidad de los establecimientos donde se sirve alcohol en el estado de Illinois.

—¿Y los demás camareros lo saben?

«Solo los que han estudiado algún tiempo en la Facultad de Derecho», quiso decir. Pero se limitó a asentir.

—Bueno, no te preocupes. Solo tengo que llegar hasta el ascensor.

Franny acercó la botella de whisky.

—Lo que suceda en el ascensor ya es asunto tuyo.

En ese momento las luces bajaron de intensidad. Heinrich siempre reducía la luz demasiado deprisa y parecía que lo dejara todo a oscuras. Cada vez que eso sucedía durante unos segundos se preguntaba si se le había roto algo en la cabeza.

—Eso es una señal —dijo Leo Posen, alzando la vista hacia el techo—. Pónmelo doble.

Tras acercarle un vaso más grande para servir el doble de whisky, Franny se puso los zapatos y se fue a atender sus mesas. Le dio cierto reparo darles la cuenta cuando hacía tanto rato que los había abandonado, pero ninguno de los clientes pareció molesto. Unos le dieron una tarjeta de crédito y los dos hombres de negocios le tendieron una cantidad de dinero en efectivo misteriosamente generosa y recogieron los abrigos para marcharse. Cuando regresó a la barra, Heinrich estaba poniendo film plástico sobre los cubos de acero de las guarniciones y guardando las guindas al marrasquino en la nevera.

—¿Te han dado propina por los zapatos? —preguntó Leo Posen. El whisky había desaparecido y Posen seguía apoyado en la barra con la mirada perdida.

—Pues sí.

—¿Cuánto?

Heinrich alzó la vista de su trabajo. No le preocupaba que fuera una pregunta improcedente: lo que sucedía era que nadie lo preguntaba nunca y quería saber la respuesta.

Franny vaciló.

—Dieciocho dólares.

—Eso no nos dice nada si no sabemos a cuánto asciende la cuenta. Si estaban bebiendo un montrachet de alguna añada importante, han sido unos tacaños.

—No han tomado montrachet —intervino Heinrich.

Franny suspiró. No podía explicar que necesitaba el dinero, que dormía en el sofá de Kumar para poder pagar los plazos del crédito.

—Veintidós dólares.

Heinrich soltó un silbido involuntario, el tipo de resoplido que se suelta tras un golpe, pero sin golpe.

—Creo que me he equivocado de profesión —comentó Leo Posen.

Heinrich lo miró con aire dubitativo.

—Tal vez a usted no le habrían dado la misma propina —dijo.

—¿Y la otra mesa? —preguntó Leo.

Franny levantó la mano, ya era suficiente.

—Nunca lo habría adivinado —dijo Leo dirigiéndose a Heinrich. Extendió la mano hacia el bolsillo y sacó una cartera marrón llena de tarjetas de crédito, fotos, dinero, recibos doblados. La dejó caer en la barra y sonó como una pelota de béisbol en un guante.

—Toma, quédatelo todo. No soy capaz de hacer cuentas.

Franny preparó la cuenta, dobló el papelito y la dejó sobre la barra en un vaso de cristal limpio. Así lo hacían en Palmer House, aunque solo fuera para recordar al cliente cómo había conseguido acumular una cuenta tan elevada. La paloma de la Carolina había estado a su lado en el banco toda la tarde, pero, ahora, ¿qué hacer? No puedes meterla en el bolso y llevártela a casa, y tampoco puedes quedarte a dormir en el parque esperando a que se vaya. Era de noche, hacía frío.

Leo Posen suspiró y abrió la cartera.

—¿Ni siquiera me vas a ayudar?

Franny negó con la cabeza y se puso a limpiar la barra. Sospechaba que el cálculo matemático era parte del problema, que cuanto más había bebido el cliente más le costaba calcular un porcentaje de propina razonable y optaba por la generosidad desmedida. Pero también se preguntaba si le daban más propina porque se sentían un poco incómodos al haber bebido demasiado. O con la esperanza de que corriera tras ellos y sugiriera que por dieciocho dólares estaba dispuesta a acostarse con cualquiera de ellos.

Leo Posen seguía sentado, aunque había amontonado pulcramente los billetes sobre la cuenta, y el vaso y la servilleta habían desaparecido. Todos los clientes del bar del hotel Palmer House se habían ido. Jesús, un camarero del restaurante, había pasado para comprobar que todas las mesas estaban limpias. Miró la espalda de Leo, había llegado la hora de pasar el aspirador.

Franny fichó, se puso el abrigo y volvió al bar. Era el largo abrigo acolchado que le había regalado su madre cuando se matriculó en Derecho, una especie de saco de dormir con mangas, lo había llamado su madre, y era cierto, muchas noches lo echaba sobre las mantas del sofá antes de meterse dentro. Se detuvo junto al taburete de Leo Posen.

—Me voy —anunció Franny, deseando, por primera vez desde que trabajaba en aquel sitio, que la noche fuera más larga—. Ha sido una noche memorable.

Él la miró.

—Voy a necesitar que me eches una mano —dijo él con una voz sin estridencias.

La paloma emprendió el vuelo del banco del parque y se puso en sus rodillas, empujando la cabeza contra los pliegues de su abrigo.

—Voy a buscar a Heinrich —contestó ella en voz baja, aunque estaban solos. Por ese motivo no podía hacerse cargo de los clientes de Heinrich, aunque fueran novelistas famosos, porque al final seguían siendo responsabilidad de Heinrich—. Él te llevará hasta el ascensor.

Leo volvió la cabeza ligeramente hacia la izquierda, como si quisiera negar con un gesto y se hubiera quedado a medias.

—No vayas a buscar al alemán, solo necesito… —Esperó mientras buscaba la palabra adecuada.

—¿Qué necesitas?

—Guía.

—Iré a buscar a alguien más fuerte.

—No te estoy pidiendo que me lleves.

—Será mejor.

—¿El ascensor no te pilla de camino?

¿No era en cierto modo un honor? Sería la parte más interesante de la historia y la que no contaría: que Leo Posen estaba demasiado borracho para salir andando por su propio pie del bar y había tenido que ayudarlo. No sería la mejor decisión de su vida, pero estaría lejos de ser la peor. Y en los años anteriores él había hecho mucho por ella con sus hermosas novelas. Cogió la mano de Leo Posen de la barra y se la puso en el hombro. Él se dejó hacer.

—De pie —ordenó Franny.

Algunos hombres son sorprendentemente altos cuando se levantan de los taburetes de una barra y se despliegan. El hombro de Franny, elevado gracias a los tacones, apenas le llegaba a la axila. Se apoyó en ella más de lo que esperaba, pero podía sostenerlo.

—Quédate de pie y mantén el equilibrio —dijo ella.

—Se te da bien.

Franny le movió la mano, que se había deslizado hacia el pecho izquierdo de modo involuntario. ¿Dónde estaría Heinrich? ¿Fumando compasivamente? Era posible que se enfadara con ella también por esto, aunque con el alemán era siempre difícil saber por qué podía ofenderse. Franny pasó el brazo por la cintura de Leo Posen mientras lo guiaba entre los oscuros icebergs de las mesas.

—Espera —dijo él. Franny se detuvo, él alzó la barbilla. Parecía estar intentando recordar algo o tal vez pedir otra copa—. Esta canción —dijo.

Franny escuchó. La cinta sonaba para la sala vacía. Cantaban Gladys Knight and the Pips. La esencia de la historia contaba que la relación había terminado y ninguno de los dos quería reconocer su culpa. Las primeras treinta veces que la había oído le había gustado, ahora ya no.

—¿Qué pasa?

Leo levantó la mano del pecho de Franny y señaló el aire.

—Esta es la canción que sonaba cuando he entrado antes. «No dejo de preguntarme qué voy a hacer sin ti» —canturreó.

A Heinrich le gustaba decir que el bar era Alemania Oriental, y Franny entendía su enfoque flexible en el trato con los empleados. Pero el vestíbulo del hotel estaba bajo el control del Este, lleno de espías soviéticos inesperados. «No entres en el vestíbulo —le dijo Heinrich al principio de trabajar allí—. En cuanto estás en el vestíbulo, te quedas solo. El bar ya no puede salvarte».

Sin embargo, Franny imaginaba que la conocían tan poco como ella a ellos. El uniforme quedaba escondido bajo el abrigo y los zapatos podrían haber sido los de cualquier boba alojada en el hotel. El hotel Palmer House tenía un gran vestíbulo con grandes sofás de chintz ribeteados; algunos eran circulares, con la zona central alta, apuntando hacia las lámparas, como si fuera un fez. La alfombra oriental podría haber cubierto una pista de baloncesto. El techo, de la altura de dos pisos, era una pequeña capilla Sixtina en la que en lugar de Adán y Dios estaban las estrellas de la mitología griega: Afrodita y las ninfas escondidas tras las nubes. Era un vestíbulo de esos en los que se detenían los turistas para tomar fotos delante de los enormes arreglos florales. Peonías en febrero. Incluso a la una de la mañana había gente dando vueltas sin rumbo, y una fila de hombres y mujeres jóvenes vestidos con elegantes trajes negros esperaban tras los mostradores de mármol para prestar ayuda. Por lo menos, el bar cerraba. El personal de recepción pasaba ahí toda la noche.

Franny y Leo tuvieron un momento para examinar su reflejo en las puertas de latón del ascensor después de que ella pulsara la flecha que señalaba hacia arriba.

—Me parece que no pegas mucho conmigo —dijo él, encantado por la historia que sugería la imagen de ambos. Leo empezaba a oscilar y vio como se mecían sus reflejos de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

Franny le susurró que se quedara quieto. Los números se encendieron a medida que el ascensor se acercaba —cinco, cuatro, tres, dos— y las puertas se abrieron.

—Andando —dijo Franny, e intentó que entrara solo en el ascensor sin grandes esperanzas.

Él la miró.

—¿Andando adónde?

—Al ascensor, como has dicho.

Pero él no dejó de apoyarse en ella lo más mínimo y a Franny le pareció que no fingía. No se sentía capaz de entrar en el ascensor sin su ayuda. Leo Posen no dijo nada. Las puertas empezaron a cerrarse y, en una arriesgada exhibición de equilibrio, Franny hizo que se abrieran de nuevo con un pie.

—Vale —dijo Franny, aunque estaba hablando sola—. Vale, vale, vale. —Tiró de él y entraron los dos y las puertas se cerraron—. ¿En qué piso estás?

—No tengo ni idea. —Sus palabras eran claras pero pesadas, como balas de cañón sobre el polvo.

—¿Tienes una habitación en este hotel?

—Claro que sí —contestó él, ligeramente a la defensiva, lo que sembró la duda en Franny.

Las puertas empezaron a abrirse de nuevo y Franny pulsó el botón para cerrarlas y luego el correspondiente al piso 23. Existía el piso 24, pero era una buhardilla con llave propia.

—¿Llevas alguna llave en el bolsillo? Búscala.

—¿No quieres que te vean conmigo?

Franny apoyó a Leo Posen en un rincón del ascensor, donde mantuvo el equilibro sin dificultad. Le registró los bolsillos de la americana: los exteriores, el interior, y luego los del pantalón. Caroline y ella jugaban a ese juego con su padre en verano: cómo interrogar a un sospechoso, cómo cachearlo, cómo abrir un coche cerrado. A Fix le parecía que así les enseñaba los procedimientos policiales. En los bolsillos de Leo Posen encontró un pañuelo doblado (planchado y sin iniciales), un par de gafas de lectura, un tubo de caramelos de menta (faltaban dos), un resguardo de equipaje de un vuelo a Los Ángeles y su cartera. Se dispuso a examinarla. Las llaves de los hoteles ahora eran como tarjetas de crédito y algunas veces la gente las guardaba en la cartera.

—Eh —insistió Leo en un tono de ligera diversión que iba camino de desaparecer—. ¿No quieres que te vean conmigo?

El ascensor anunció su llegada con un discreto tintineo. Las puertas se abrieron y mostraron el enorme distribuidor del piso 23: contenía un gran sofá en forma de rombo con asientos en los cuatro lados, un espejo de dos metros y un teléfono antiguo sobre una mesa. Franny dio un golpe en el botón del quinto piso.

—No quiero que me vean contigo.

Posen se palpó los bolsillos de la americana para ver si Franny había pasado algo por alto.

—Te estoy molestando.

—Me has dejado de forma ostensible una propina muy generosa en la barra y ahora voy contigo a tu habitación. Es motivo de despido.

Por supuesto, llegado el caso podría recurrir a la ayuda legal de la Universidad de Chicago, donde alumnos del tercer curso ofrecían asesoría gratuita que valía exactamente lo que cobraban por ella. Tenía amigos. Podría hacer que su caso tuviera prioridad. Podría explicarles que la habían echado por prostitución cuando estaba haciendo lo que cualquier estudiante de literatura habría hecho: acompañar a Leo Posen sano y salvo a su habitación (¿era convincente? ¿Habría muchas estudiantes de literatura que quisieran acostarse con Leon Posen? ¿Y ella? En aquel momento, no. No, no quería). Al fin y al cabo, a la universidad le interesaba que conservara su trabajo para que pudiera saldar su deuda, pensó. Pero en ese momento recordó que ya no les debía el dinero a ellos: su préstamo había cambiado de manos, se había vendido dos veces y ahora pertenecía al Farmers Trust de Dakota del Norte. Su préstamo sí se había visto obligado a prostituirse. El quinto piso llegó y se fue: las puertas se abrieron a otro distribuidor idéntico y luego se cerraron. Volvieron al veintitrés. ¿Alguien del vestíbulo recelaría de los movimientos del ascensor? En la cartera había un permiso de conducir de Pensilvania a nombre de Leon Ariel Posen; tarjetas American Express, MasterCard, Visa, Admirals Club y de la biblioteca de Pasadena; varias fotos de escuela de una niña pelirroja que iba envejeciendo a medida que Franny pasaba de una a otra; recibos doblados que no desdobló… y una llave del hotel Palmer House. Encontrada. Franny la miró, el agradable color verde oscuro, el nombre del hotel impreso en una caligrafía recargada, una banda magnética en la parte posterior que podría abrir una de las habitaciones del hotel.

—¿Cuál es el número de la habitación?

—Ochocientos doce.

Las puertas se abrieron de nuevo. Hola, veintitrés. Franny pulsó el ocho.

—Antes has dicho que no lo sabías.

—Antes no lo sabía —dijo él, mirando a lo lejos. El paseo no le estaba sentando bien. Las pequeñas sacudidas de cada vez que paraba o se ponía en marcha, los centímetros del recorrido más rápidos para recordar al pasajero el cable del que colgaba la caja. Quizá se había acordado del número solo para volver a pisar tierra firme. Las puertas se abrieron de nuevo y Posen intentó salir, como si quisiera avanzar sin su ayuda. Ella le pasó el brazo por los hombros de nuevo. Franny, vestida con un abrigo hecho para soportar veinte grados bajo cero, tenía calor. El rostro le brillaba de sudor. Le corría sudor por la parte posterior de las piernas y dentro de los zapatos.

—No perderás tu empleo —dijo él en voz baja, cosa que Franny le agradeció. No todos los borrachos eran capaces de controlarse así—. Les diré que somos amigos, eso es lo que somos.

—No estoy muy segura de que aprecien nuestra amistad —contestó Franny. Los pasillos, al igual que el distribuidor, estaban completamente vacíos. Tanto espacio desaprovechado era una forma de lujo muy del Viejo Mundo. Nunca había subido y tenía la sensación de estar cometiendo algún tipo de allanamiento de morada. Los pasillos eran interminables, como si no tuvieran punto de fuga, y de las paredes colgaban fotografías en blanco y negro de personajes famosos en su mejor momento: Dorothy Dandridge, Frank Sinatra, Judy Garland. Avanzaron y avanzaron. Franny los iba mirando: hola, Jerry Lewis. La alfombra era mareante, una mezcla de plumas de pavo real en amarillo y naranja y rosa y verde. Era difícil mirarla durante mucho rato, y eso que ella estaba sobria. Seguro que no combinaba nada bien con el whisky. En el pasillo había una bandeja del servicio de habitaciones con los restos de un sándwich Reuben, unas patatas fritas dispersas, una rosa en un jarrón pequeño, una botella de vino invertida en un enfriador de plata… 806, 808, 810, 812. Ya estaban en casa. Movió la cadera para que Leo Posen se apoyara en ella, y metió la llave en la cerradura. Una lucecita roja se encendió dos veces y se apagó.

—Joder —murmuró Franny, y lo intentó de nuevo. Luz roja.

—¿Y si me voy a tu casa?

—No puede ser.

—Podría dormir en el sofá.

—Es que precisamente yo duermo en el sofá —contestó Franny. Excepto las noches que dormía con Kumar, que no eran muchas porque no tenían una relación muy estrecha. Era un amigo. Franny necesitaba una casa.

—Ochocientos doce —dijo él, enderezándose un poco—. Ese es el número.

Franny pensó en llevárselo al bonito sofá en forma de rombo; un sitio para descansar si la espera del ascensor resultaba muy cansada. Era muy grande. Podía dejarlo ahí. Podía bajar y llamar a recepción desde un teléfono interior, decir que había visto un hombre durmiendo en el sofá del piso 18.

—Mil ochocientos doce.

Franny negó con la cabeza.

—Estás pensando en la obertura de Tchaikovsky. O en la guerra angloamericana. Pero tu habitación no es la 1812.

Leo Posen meditó unos instantes sobre lo que le decía, sin dejar de mirar la puerta cerrada que tenían delante.

—Quizá sí estaba pensando en la guerra —reflexionó—. ¿Podríamos parar un rato? Tengo que descansar un poco.

—Yo también —contestó Franny. Había puesto el despertador a las cuatro y media y no estaba dispuesta a subir al piso 18. Como si le daba por meter la tarjeta en todas las puertas del hotel.

—Pareces nerviosa —dijo él con voz somnolienta—. ¿Alguna vez has tenido problemas? —Parecía sentirse cada vez más cómodo con el modo en que apoyaba el peso sobre los hombros de Franny, y seguía moviendo los pies con torpeza, así que esta tenía la sensación de ir arrastrándolo por un sendero rocoso. Franny pasó por delante del banco del ascensor y siguió caminando.

—Los estoy teniendo ahora mismo —contestó Franny. Le daría una última oportunidad y lo dejaría. No podría reprochárselo. De hecho, ni siquiera la recordaría. Si se caían en el pasillo, ahí se quedarían. Era un palmo más alto que ella y cuarenta kilos más pesado. La aplastaría, le rompería el tobillo o la muñeca y no los encontrarían hasta que pasara el chico que metía las facturas por debajo de la puerta a las tres de la madrugada. No tenía seguro médico. Cuando llegaron a la habitación 821, Franny sacó la tarjeta del bolsillo del abrigo y la metió en la cerradura. Lanzó un destello rojo, otro destello rojo y, finalmente, uno verde. El pestillo soltó un chasquido y Franny movió el tirador. Ochocientos veintiuno. Le alegró saber que, al menos, se había dado cuenta del motivo de los errores.

Leo Posen no había dejado ninguna luz encendida. Franny lo arrastró hasta la cama y lo sentó en el borde mientras encendía la lamparilla. Una habitación bonita, un cabecero acolchado, cortinas pesadas, un elegante escritorio de imitación ante el que se podría sentar un famoso novelista y escribir una novela. En conjunto, una habitación demasiado agradable si el único objetivo era acoger a un borracho. Había una pequeña maleta sobre una silla con un abrigo en el respaldo. El servicio de habitaciones había pasado antes que ellos y había abierto la cama, dejando a la vista las almohadas blancas, las sábanas blancas, un sobre abierto tan invitador que, por unos momentos, Franny se preguntó si alguien se daría cuenta si se acostaba en el otro extremo de la enorme cama durante una hora. Si encontraban pelos suyos en la almohada le sería bastante más complicado defenderse legalmente de una acusación de prostitución.

—Ayúdame con este brazo.

Leo Posen se inclinó hacia delante y echó el brazo hacia atrás, de manera que Franny pudo quitarle la americana. No era la primera vez que lo ayudaban. Exhalo un suspiro largo y cansado, como si todo el peso del mundo hubiera caído sobre él.

Franny dejó la americana encima del abrigo y se inclinó para quitarle los zapatos. Leo Posen llevaba unos bonitos zapatos de cordones, brillantes y de piel tan fina y gastada que parecían guantes. Los dejo lo bastante lejos de la cama como para que no tropezara con ellos durante la noche. Luego le cogió los pies, los alzó y los puso en la cama mientras le daba la vuelta a todo el cuerpo. Ni se le ocurrió quitarle los pantalones o el cinturón.

—La próxima vez lo haré mejor —dijo él, hundiéndose en las sábanas suaves y frescas, las cálidas mantas.

Franny le puso una mano sobre el hombro para atraer su atención un instante.

—Que duermas bien —dijo con una voz tan suave como las almohadas porque, ahora que todo había pasado y estaba sano y salvo en la cama, volvía a sentir aprecio por él. Lo tapó.

—¿No puedes quedarte un poquito más? —preguntó sin ningún pudor, con toda tranquilidad, y a Franny le pareció que aquella era la principal diferencia entre un hombre y una mujer. Tenía los ojos cerrados y al final de la frase estaba ya dormido, de manera que Franny ni siquiera contestó. Lo tapó con la colcha y apagó la luz, después se sentó en el borde de la cama en plena oscuridad, en el extremo opuesto, y se cambió de zapatos. Llevaba unos zapatos planos en el bolso. Las suelas de los zapatos de trabajo solo habían pisado la alfombra del hotel y parecían nuevas. Los usaría durante años.

 

Si alguien hubiera preguntado a Fix Keating y a Bert Cousins en qué cosas coincidían, ninguno de los dos habría sido capaz de hacer una lista. Sin embargo, sin que lo hubieran hablado (nunca habían hablado de nada), ambos habían decidido que Caroline y Franny debían estudiar Derecho. Las chicas eran todavía muy pequeñas cuando se les ocurrió la idea, Caroline iba al colegio y Franny todavía dormía con muñecas, pero Fix y Bert habían diseñado el futuro como generales, cada uno en su campo. Ni Caroline ni Franny mostraban el menor interés por la historia de los Estados Unidos. Tampoco eran especialmente dadas al pensamiento racional. No destacaban por su capacidad para debatir, aunque poseían una energía ilimitada para gritarse la una a la otra. Pero no se trataba de lo que habían visto en Caroline o en Franny, sino de lo que habían visto en sí mismos.

Bert había puesto las mismas esperanzas en todos los chicos de la familia, incluso en Jeanette, que al menos podría dedicarse a la documentación de títulos de propiedad si conseguía terminar la carrera. El hecho de que esperara lo mismo de todos hacía que se considerara un hombre justo y sin favoritismos, y el tener un plan con tantos años de antelación le parecía que era garantía de cierto éxito. Al fin y al cabo, los Cousins se dedicaban al derecho. El bisabuelo de Bert había sido abogado de los ferrocarriles de Pensilvania y su abuelo había sido juez de un tribunal de primera instancia. El padre de Bert, William Cousins, al que llamaban Bill, se había dedicado al derecho inmobiliario para varias agencias de Charlottesville y se había ocupado, sobre todo, de redactar contratos para amigos que compraban grandes extensiones de tierras de cultivo en Virginia, esperaban a que se recalificaran los terrenos y los vendían para edificar pequeños centros comerciales. Era una buena fuente de ingresos que Bill abandonó pronto, después de que su esposa heredara de un tío sin hijos los derechos de explotación de la Coca-Cola para la mitad del estado de Virginia. A Bill Cousins le gustaba plantarse en mitad del cuarto de estar de su casa, mirar por la ventana hacia las hileras de nobles sicomoros que bordeaban el camino de entrada y pensar que el mundo era un lugar hermoso que no debería cambiar nunca.

Bert tenía la convicción jefersoniana de que un conocimiento básico del derecho era la base del éxito en la vida, de modo que confiaba en que, aunque alguno de sus hijos quisiera estudiar Enfermería o Magisterio, primero sacaran un título en Derecho. Esta convicción de que toda persona inteligente o interesante tenía que tener un conocimiento legal mínimo había sido un problema en sus dos matrimonios.

El punto de vista de Fix sobre la ley era más sencillo: quería que sus hijas estudiaran Derecho porque los abogados ganaban dinero. Si Caroline y Franny ganaban dinero por sí mismas, sería menor la probabilidad de que abandonaran a su marido por otro más rico. Fix estaba convencido de que la historia se repetía y nunca intentó disimularlo. Si había pasado una vez, bien podía volver a suceder, qué demonios.

Cuando Caroline tuvo trece años y Franny diez, Fix les compró sendos manuales de preparación para el examen de acceso a la Facultad de Derecho. Los envolvió en papel metalizado rojo y los envió a Virginia para Navidad junto con los regalos habituales que Marjorie había elegido: juegos de mesa, un conejito de peluche, un juego de acuarelas, un jersey, dos cajas de música.

—Es un poco disparatado, pero no me parece mala idea —comentó Bert, cogiendo el ejemplar de Franny mientras ella registraba los montones de papeles de envolver arrugados en busca de algún regalo perdido bajo el árbol.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Beverly. Llevaba una bata hasta los pies de terciopelo verde oscuro, un regalo de Navidad cosido por su propia madre que a cualquier otra madre del mundo le habría sentado fatal, pero que a ella le daba un aire asombrosamente chic.

—Aunque solo lean un capítulo al mes, que no es gran cosa —dijo Bert, ojeando el índice—. No tienen ni que entenderlo, basta con que se familiaricen con el vocabulario, así conseguirán sacar una buena nota más adelante.

Todavía tenía que trazar sus propios planes para formar a toda una familia de abogados, pero la iniciativa de Fix le parecía un buen punto de partida.

Caroline, vestida con un pijama de renos de franela roja, estaba dividida entre el deseo de enviar a la mierda a Bert y la conciencia de que el regalo era de su padre. Decidió que miraría el libro luego, cuando Bert no estuviera por ahí, para no darle ese gusto. Franny, por su parte, estaba abriendo un ejemplar de Un árbol crece en Brooklyn, regalo de su abuela. Desde la primera frase, incluso por el simple aspecto de las palabras de la primera página, tenía claro que eso sería lo que leería en las vacaciones de Navidad y no un libro de preparación a una Facultad de Derecho. Pero, cuando su padre llamó aquella misma mañana para desearles felices Navidades y decirles que era lo que más echaba de menos en este mundo y ojalá pudieran estar juntos (lo que hizo que se echaran a llorar cada una en un teléfono, Caroline en el de la cocina y Franny sentada en el suelo junto a la cama de Bert y de su madre), también les dio la noticia de que se había matriculado en Derecho. A partir del mes de enero, Fix Keating iría a las clases nocturnas de la Facultad de Derecho de Southwestern. Los estudios nocturnos duraban cuatro años en lugar de tres, pero no importaba, también Dick Spencer había cursado así la carrera. Le habría gustado haber empezado antes, como Dick, pero uno no puede pasarse la vida lamentando cosas.

—Si hubiera empezado a vuestra edad, ahora sería socio de algún bufete —dijo a las chicas. Por las mañanas le gustaba cantar «De unos abogados, en un despacho, trabajé unos meses cuando era un muchacho»—. Vosotras tenéis todo el tiempo del mundo para estudiar. Si empezáis ahora y yo también, podremos estudiar juntos cuando vengáis el verano que viene.

Estaban en vacaciones de Navidad y Franny no quería estudiar ni comprometerse a estudiar en verano. Fix les había dicho que las llevaría al lago Tahoe ese verano y alquilarían un pontón desde el que se podrían bañar. No estaba dispuesta a cambiarlo por pasar las vacaciones sentados alrededor de la mesa de la cocina haciéndose preguntas como si fuera un examen gigante.

Pero, cuando Caroline colgó el teléfono, ella sí se habría matriculado en ese mismo instante. Se fue a su habitación con el manual Kaplan bajo el brazo y cerró la puerta. Estudiaría Derecho con su padre.

Franny se sonó, se secó lo ojos y volvió al cuarto de estar. Su madre estaba metiendo los retazos de papel y los fragmentos de cintas rizadas en un bolsa de basura mientras Bert, sentado en el sofá, tomaba un café y contemplaba la estampa navideña: el árbol de Navidad, su bella esposa, el fuego en la chimenea, la dulce hijastra.

—Papá va a matricularse en Derecho —anunció Franny mientras se acomodaba con su novela en el sillón azul—. Por eso quiere que nosotras también estudiemos. Quiere que vayamos con él.

Beverly se incorporó sin soltar la bolsa llena y ligera.

—¿Fix va a estudiar Derecho?

Bert negó con la cabeza.

—Es demasiado mayor.

—No lo es —dijo Franny, contenta de poder dar explicaciones—. Irá igual que Dick Spencer. —A Franny le caían bien los Spencer, que los invitaban a comer en Lawry’s todos los veranos cuando estaban en Los Ángeles.

A Bert el nombre le sonaba vagamente: se trataba de Dick Spencer, el ayudante del fiscal del distrito que había sido antes policía; en realidad, era Dick Spencer quien lo había invitado a una fiesta de bautizo en casa de Fix. La fiesta del bautizo de Franny.

—¿Y adónde irá? —preguntó Bert. Creía recordar que Spencer había estudiado en UCLA.

—A la facultad de Southwestern —contestó Franny, impresionada por recordar ese dato.

—Dios bendito —dijo Bert.

—Bien —dijo Beverly, apartándose un mechón rubio de los ojos—. Estupendo, me alegro por él.

—Por supuesto —dijo Bert—, pero le va a costar eso de ir a estudiar después de un día de trabajo. No sé cuándo tendrá tiempo para estudiar.

Franny lo miró con el cabello largo y rubio despeinado. En su prisa por abrir los regalos no se había molestado en peinarse.

—¿Tú no fuiste a la Facultad de Derecho?

—Por supuesto —dijo Bert—. Fui a la Universidad de Virginia. Pero no estudié en nocturno, sino como todo el mundo.

—Entonces no sería tan difícil —dijo Franny. Estaba orgullosa de su padre, que haría dos cosas a la vez. Las monjas le habían hecho creer que Dios prefería a la gente que se complicaba la vida.

—Era bastante difícil —dijo Bert, y tomó un sorbo de café.

Caroline bajó las escaleras y cruzó el cuarto de estar sin hacer ruido, de camino a la cocina para coger un segundo trozo de pastel de Navidad con la idea de que la ayudaría a estudiar.

—Así que tu padre va a estudiar Derecho —comentó Beverly con una sonrisa—. Qué bien.

Caroline se detuvo en seco como si su madre le hubiera disparado en el cuello un dardo lleno de neurotoxinas. Su rostro reflejó una mezcla de horror y rabia. El daño estaba hecho y era ya demasiado tarde para reparar el error.

—¿Se lo has contado? —preguntó Caroline, volviéndose hacia Franny con toda su rabia.

—Yo no… —empezó a decir Franny con un hilillo de voz que se extinguió de inmediato. Quería decir que no sabía que no pudiera decirlo, o que no sabía que fuera un secreto, pero las palabras se le secaron en la boca.

—¿Crees que papá quería que ellos lo supieran? ¿Por qué entonces no nos ha dicho que quería hablar con ellos?

Caroline se precipitó hacia Franny y golpeó el huesudo hombro de su hermana con la mano abierta; esta se cayó de la butaca, se desplomó sobre un brazo y se hizo daño en los dos, tanto en el que había recibido el golpe como en el que había soportado su peso. Franny se dio cuenta de que Caroline estaba furiosa con ella, más que de costumbre. Casi nunca le pegaba delante de los demás.

—Joder, Caroline —exclamó Bert, dejando la taza—. Para. Beverly, no permitas que pegue a Franny de esta manera.

Qué difíciles son las Navidades. Los cuatro formularon el mismo pensamiento de distinta manera. Beverly retrocedió imperceptiblemente. A nadie le gustaba ver que pegaban a Franny, pero lo cierto era que Beverly tenía miedo de su hija mayor y no intervenía, a menos que hubiera sangre.

—A mí no me digas nada —exclamó Caroline dirigiéndose a Bert, escupiendo las palabras—. Díselo a tu chivata.

Franny estaba llorando. A la hora de dormir el golpe de su hermana sería ya un morado. Caroline dio media vuelta y subió las escaleras pisando con fuerza; cada paso parecía un golpe. Tendría que estudiar sin pastel.

En cuanto Fix se matriculó en Derecho, sus conversaciones con las chicas pasaron a centrarse en todo tipo de delitos civiles.

—La señora Palsgraf estaba en la estación de tren de East New York Long Island esperando junto a una escalera mecánica —decía con tono intrascendente, como si les estuviera comentando la historia de su vecina. En realidad, solo se lo contaba a Caroline porque Franny había colgado el teléfono y había vuelto a la lectura de Kristin Lavransdatter. Durante las «Escuelas de Derecho de Verano», tal como las llamarían más tarde, Caroline y Fix se sentaban junto a la mesa de la cocina y Fix le exponía los distintos casos. Les decía que, si era capaz de explicarles un caso, entendía mejor el contenido legal del asunto—. La gente dice que la Facultad de Derecho sirve para enseñar a pensar, pero no es así. Es para enseñar a memorizar. — Levantó la mano y contó con los dedos—: «Negligencia, muerte culposa, invasión de la privacidad, difamación, violación de la propiedad…».

Caroline tomaba notas, Franny leía. Franny aprovechó el tiempo que pasaba estudiando su padre para leer David Copperfield y Grandes esperanzas, todo Jane Austen, las hermanas Brönte y, finalmente, El mundo según Garp. Caroline y Fix siempre habían estado muy unidos, pero ahora que tenían para debatir las diez excepciones de las normas que regían la composición de un jurado lo estaban todavía más. Caroline y Fix coincidían en que no había nada más aburrido que la ley de la propiedad, con un exceso de detalles y pocos razonamientos que les sirvieran de ayuda. No quedaba más remedio que avanzar penosamente por los casos con repeticiones interminables buscando algún truco mnemotécnico. ¿Qué es una oferta? ¿Qué es una aceptación? ¿Qué es un contrato? ¿Qué crea una tercera parte beneficiaria? El derecho de propiedad exigía una atención vigilante.

—Es una buena cosa que vayamos a tener dos abogados en la familia — dijo Fix a Franny la hora de la cena, refiriéndose a Caroline y a sí mismo—. Alguien va a tener que ganar dinero para comprarte todos estos libros.

—No cuestan dinero —contestó Franny—. Los saco de la biblioteca.

—Bien, gracias a Dios que hay bibliotecas —contestó Caroline.

Resultaba asombroso cuánta condescendencia podía caber en la frase «Gracias a Dios que hay bibliotecas». Fix se echó a reír y luego se calló. A Franny le pareció que reía sin ganas.

Fix había preferido a Caroline incluso antes de que empezara a estudiar Derecho. Como era mayor, habían tenido tiempo de convivir y conocerse antes del divorcio. También era porque el odio que Caroline sentía por Bert ardía como una llama y porque ponía todo el empeño en amargarle la vida a su madre y después contárselo a su padre. Fix le decía que no se tomara las cosas a la tremenda, pero, al mismo tiempo, disfrutaba con los detalles de su reportaje. También le habría gustado tener la oportunidad de amargarle la vida a Beverly. Caroline se parecía Fix: pelo castaño, piel que se bronceaba y adquiría un tono dorado en cuanto pisaban la playa. Franny se parecía demasiado a su madre: era demasiado rubia, delicada y descoordinada. Demasiado bonita y, al mismo tiempo, menos que su madre. Cuando su padre llevaba a las niñas al callejón situado tras la tienda de comestibles a las seis de la mañana con las raquetas y las latas de pelotas de tenis nuevas, Caroline le daba hasta veintisiete veces sin fallar. Zas, zas, zas sobre el muro que era la pared posterior del supermercado, moviendo los brazos con una gracia intuitiva. Franny, como mucho, le daba tres veces seguidas. Y eso solo había sucedido una vez. Pero la verdadera diferencia entre Caroline y Franny era que la primera se esforzaba en todo. Se lo tomaba todo en serio. Se tomaba en serio el derecho, el frontón, las notas de clase en asignaturas que ni le gustaban. Se tomaba muy en serio lo que su padre decía sobre su madre, lo que decía de cualquier cosa. Franny solo quería volver al coche y leer a Agatha Christie, y la mayoría de las veces le dejaban hacerlo.

Después de que su padre terminara la segunda jornada de examen de acceso a la profesión en California, llamó a las chicas a Virginia para decirles que la gente estaba muy loca. Llegaban al examen cargados con sus sillas, con lámparas que les daban suerte. Un tipo era tan supersticioso que llegó con un amigo y metieron a rastras un escritorio. ¡Locos! El examen era largo y difícil, como correr desde el parque MacArthur hasta la academia de policía en verano, pero para eso estaban los ensayos, así, cuando llega el momento de hacerlo, uno está preparado. Fix estaba preparado y ya había hecho el examen. Ya estaba hecho.

Franny se lo contó a Bert. Entró en su estudio, cerró la puerta antes de que él se lo dijera y se lo contó con voz tranquila: «Papá ya ha hecho el examen para ejercer como abogado».

Franny y Bert se llevaban bien, incluso cuando Bert y Beverly dejaron de llevarse bien y a pesar de que Caroline y Bert nunca se hubieran llevado bien. Bert levantó la vista de un montón de archivos que tenía delante.

—¿Ha aprobado?

—Acaba de hacer el examen, pero estoy segura de que aprobará — contestó ella. Cuatro años sin hacer nada más que trabajar, estudiar e ir a clase, de sacrificar todas sus vacaciones y todo su dinero: tenía que aprobar. No era posible que no aprobara.

Bert negó con la cabeza.

—En California el examen es muy duro. Mucha gente tiene que repetirlo.

—¿A ti te costó dos veces?

Bert, que tendía a ser presuntuoso con cualquiera, era amable con Franny. La miró, miró los hombros derechos de Franny y negó con la cabeza, como si lo sintiera, y luego volvió a su trabajo.

Fix no aprobó el examen.

Fue Marjorie quien llamó y se lo dijo a las niñas.

—Nadie aprueba a la primera. Conozco a muchos abogados y todos dicen que no importa. Vuestro padre tendrá que volver a presentarse. La segunda vez uno ya sabe a qué se enfrenta, es más sencillo.

—¿La segunda vez será el mismo examen? —quiso saber Caroline. Estaba llorando e intentaba no hacer ruido; había puesto la mano sobre el teléfono.

—No lo creo —contestó Marjorie con cierta vacilación—. Me parece que siempre es diferente.

—¿Y qué ha hecho? —preguntó Franny desde la extensión, consciente de que le tocaba a ella seguir con la conversación—. ¿Y qué ha hecho cuando se ha enterado?

Fix había pedido a Franny y a Caroline que rezaran por él en el día del examen, y eso habían hecho. Habían pedido a las monjas del Sagrado Corazón que también rezaran por él y, a pesar de todo, no había aprobado.

—Fuimos a casa de mi madre y preparó una cena rica para tu padre.

—Oh, eso está bien —dijo Franny, porque Marjorie tenía una madre capaz de hacer que cualquiera se sintiera mejor, fuera cual fuera la causa de su malestar.

—Le preparó un gin-tonic y un pastel de carne. Le dijo que era una pena que no hubiera pasado el examen, pero podría hacerlo mejor en otra ocasión. Le dijo que para la mayoría de las pruebas que nos plantea la vida solo tenemos una oportunidad. Creo que hizo que se sintiera mejor.

Para preparar el examen por segunda vez, Fix hizo fichas. Conocía a un tipo que lo había hecho para la segunda vez y había aprobado. Fix enseñó a las niñas las fichas ese verano. Las guardaba, clasificadas por temas, en una caja de zapatos. Había más de mil. Caroline las utilizaba para preguntar a su padre incluso cuando iban a lavar el coche. En realidad, no le planteaba la pregunta, sino que le daba la respuesta al tiempo que ocultaba la tarjeta presionando contra el pecho.

—«La doctrina según la cual una persona en posesión sin justo título de un terreno del que otra es propietaria puede llegar a adquirir la propiedad plena si se cumplen ciertos requisitos y el poseedor ilegitimo…».

Franny aguardaba de pie junto a las ventanas del túnel de lavado y seguía con la vista al coche que pasaba bajo los paños colgados del techo (continua), por los chorros de jabón (hostil), el aclarado (abierta y notoria), el difusor de cera (abierta). Dejaba que el lavacoches la llenara, pero ni por esas conseguía que se llevara los cuatro elementos de la posesión ilegítima.

Tan llamativo como las propias fichas fue que no funcionaron, aunque en la segunda ocasión Fix se llevó su propia lámpara de despacho. La madre de Marjorie le preparó otra vez la cena y le dijo que tendría que presentarse por tercera vez, no había motivo para avergonzarse, a mucha gente le pasaba, de modo que Fix se presentó por tercera vez y, cuando no consiguió aprobar, se rindió. Nadie volvió a hablar de la Facultad de Derecho, excepto en lo que concernía a Caroline y a Franny.

Cuando Caroline hizo el examen de acceso a la facultad tras estudiar dos años en Loyola College, su manual Kaplan estaba ya reparado con cinta adhesiva, subrayado en tres colores y lleno de notas. Los opositores son supersticiosos, de modo que mientras ponía cuidado en leer versiones actualizadas en sus grupos de estudio, en la cama de su dormitorio antes de irse a dormir leía el ejemplar que su padre le había enviado por Navidad a Virginia. La teoría que compartían Fix y Bert acerca de que tantos años de preparación darían como resultado un examen perfecto no fue exacta: Caroline Keating sacó 177 puntos en lugar de los 180 posibles. No sabía cómo había podido fallar esos tres puntos, pero nunca se lo perdonó.

 

Casi dos semanas después de que Franny dedujera milagrosamente que Leo Posen se alojaba en la habitación 821, lo metiera en la cama y saliera del hotel sin que nadie se diera cuenta, recibió una llamada telefónica en el bar. Eran las seis y diez; todas las mesas estaban llenas y todos los taburetes ocupados. La gente aguardaba de pie, copa en mano, riendo y hablando en voz muy alta mientras esperaban que se desocupara algún asiento. Otra de las camareras, una chica llamada Kelly, divorciada y con un hijo, le puso la mano en los riñones y, rozándole la oreja con los labios pintados, le murmuró el aviso. Todo lo que hacía aquella gente era íntimo, incluso dar recados.

—Teléfono —susurró bajo el estruendo.

Franny nunca había recibido una llamada telefónica en el bar. A Kelly, en cambio, la llamaban todo el rato su exmarido, la canguro y su madre, que algunas veces cuidaba del niño. No pasaba día sin que este se enfrentara a alguna necesidad perentoria. Franny pensó rápidamente en todas las personas que podían morirse y se dio cuenta de que no tenía la menor idea. Había tanto ruido en la sala: las voces competían entre sí, el eterno tintineo de los vasos, Luther Vandross en la maldita cinta, lo que implicaba que luego vendría Bing Crosby. Heinrich sostenía el teléfono con el brazo extendido, como si fuera un trozo de carroña de la carretera, sin dejar de hablar con un cliente. Mantenía la barbilla un poco baja, abreviatura de un gesto que indicaba desaprobación. No hacía falta que lo dijera. Franny se llevó la mano al otro oído como si pudiera quitar el ruido.

—Hola, soy Leo Posen —dijo la voz.

—¿De verdad? —preguntó Franny. Si hubiera pensado un poco, habría dicho otra cosa. Había releído Primera ciudad después de acompañarlo a la cama y por ese motivo lo había tenido muy presente. Franny dudaba de que él recordara nada de aquella noche y, aunque algo recordara, ni se le había pasado por la cabeza que pudiera volver a tener noticias suyas. La idea de que Leo Posen pudiera llamarla por teléfono exigía un nivel de autoestima que Franny Keating no poseía.

—Debería haber llamado antes.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Te puse en una situación comprometida y no te he preguntado si habías tenido algún problema.

—No, no tuve ningún problema —contestó Franny. Miró por el bar e imaginó que sus personajes estaban bebiendo por ahí, el mismísimo Septimus Porter sostenía un vaso alto y sus hijas causaban todo aquel estruendo.

—No te oigo.

—He dicho que no tuve ningún problema. Aquí hay mucho ruido, es la happy hour. —Heinrich la miraba fijamente y Franny tapó el micrófono con la mano—. Es Leon Posen —le dijo, pero él se limitó a mover la cabeza y a apartarse.

—¿Puedes venir a Iowa City el viernes?

—¿Iowa?

—Tengo que ir a una fiesta y me ha parecido que podría gustarte.

Se calló unos momentos y Franny hizo un gran esfuerzo por escuchar, pero había demasiado jaleo en el bar. Aplastó el auricular con más fuerza contra su pobre oreja.

Finalmente, Posen volvió a hablar.

—En fin, no es cierto. Creo que no te gustará, pero pensaba que podría soportarla si vienes. Te reservaré una habitación en el hotel. No es el Palmer House, pero estará bien para una noche.

—No tengo coche —dijo Franny.

—¡Te envío un billete de autobús! Eso es todavía mejor. Con el tiempo que hace por aquí nunca se sabe. Me inquietaría pensar que tienes que conducir. ¿Te importa venir en autobús? Puedo enviarte el billete al hotel. Franny del bar de Palmer House, ¿cómo te llamas de apellido?

Vio que en el otro extremo del bar un hombre sentado a una de las mesas alzaba un vaso y lo agitaba. Jamás había que llegar a la situación de que un cliente tuviera que luchar por que le sirvieran otra copa.

—Keating. Oye, tengo que darme prisa —dijo, con los ojos fijos en ese vaso y en el modo en que el hielo brillaba sobre la cabeza de la gente—. Otra vez corro el riesgo de perder el trabajo. Puedo ir en autobús.

A Franny le tocaba trabajar ese día, pero nunca era difícil encontrar a alguien para hacer un viernes. Ese era el día de las buenas propinas y, en cuanto se cambió el turno, lo lamentó. Aunque no tuviera que pagar el billete de autobús o la habitación, el viaje le iba a costar dinero.

—Quiere acostarse contigo —le dijo Kumar cuando le contó lo de la llamada. Seguía despierto cuando Franny llegó del trabajo, sentado a la mesa de la cocina entre montones de libros y papelitos con notas.

No parecía en absoluto abrumado, aunque tenía que enviar esa misma noche un análisis de un artículo de cien páginas con un centenar de notas. No tenía energía para pensar en Franny y menos todavía para acostarse con ella.

Kumar tenía razón, por supuesto (¿por qué otro motivo haría ir a una camarera desde otro estado?), pero, por alguna razón, Franny no lo sentía así. Había esperado dos semanas para llamarla, ¿qué significaba aquello? ¿Que había intentado olvidarla y no había podido? ¿Que las camareras de Iowa no estaban dispuestas a follar?

—Quizá le gusta mi cerebro —dijo, y se rio de aquella broma tonta—. Mi compañía encantadora.

Kumar se encogió de hombros con un gesto conciliador, pero no dijo nada.

La noche en que conoció a Leo Posen había despertado a Kumar y le había contado la historia tal como había imaginado previamente. Eran casi las dos de la mañana cuando se metió en su cama en la habitación oscura y lo sacudió por el hombro.

—¡Adivina a quién he conocido! ¡Adivínalo!

A Kumar le gustaban sus libros. Habían hablado de ellos poco después de conocerse; Kumar había examinado los libros de Franny cuando esta fue a la cocina a preparar una cafetera y, cuando regresó con las tazas, él tenía entre las manos el ejemplar de Septimus Porter. Dejó a Updike en las estanterías, a Bellow y a Roth.

—¿Lees a Leon Posen? —preguntó, solo para asegurarse de que no se los había olvidado allí algún novio.

Franny y Kumar se habían conocido poco después de llegar a la Universidad de Chicago. Se sentaron juntos en clase de Daños y Agravios y decidieron estudiar juntos. Se hicieron amigos sin darse cuenta de que al poco no tendrían tiempo para la amistad. Ahora que Franny no tenía un céntimo y dormía en su sofá, era difícil saber qué era lo que más le molestaba a Kumar de aquel viaje a Iowa, si que una mujer que le habría gustado bastante, en el momento adecuado, viajara a otro estado para asistir a una fiesta con otro hombre, si habría preferido viajar con ella o si le habría gustado ir en lugar de ella.

Leo Posen la estaba esperando en la estación de autobuses de Iowa City. Llevaba puesto el mismo abrigo corto y un sombrero de fieltro gris y examinaba el horario de autobuses que colgaba de la pared tras una lámina de plexiglás, como si tuviera intención de viajar. Cuando la vio caminar hacia él, le dirigió una sonrisa más amplia y agradecida que las que le había dedicado en el bar.

—No estaba muy seguro de que saliera bien —dijo, mostrando durante unos segundos los dientes inferiores mal colocados. Se acordaría de contarle eso a Kumar porque si tenía intención de acostase con ella, si ese era su plan, la habría recibido con un beso.

—Es un viaje cómodo.

—No me entiendes —dijo con entusiasmo—: pensaba que me pasaría horas muerto de frío, mirando a todas las personas que bajaban de los autobuses de Chicago y que ninguna serías tú. Que tendría que volver más tarde por si me había equivocado con el horario. Y después me sentiría como un idiota, me diría que era ridículo pensar que podía enviar un billete a una desconocida y esperar que esta saliera por la puerta del autobús solo porque esa era mi voluntad. Lo había planeado todo. En realidad, estaba tan seguro de que no vendrías que había pensado en no venir a la estación.

—Habría sido horrible —dijo Franny, dándose cuenta en aquel mismo momento de que no tenía su número de teléfono ni su dirección.

Él negó con la cabeza.

—Me habría sentido fatal, idiota y viejo durante el resto del día, y después iba a llamar al jefe del departamento de la facultad y decirle que, dadas las circunstancias, no podía asistir a su fiesta.

—Bueno —dijo Franny, sin acabar de entenderlo todo—, me temo que te he estropeado los planes.

—¡Claro que sí, desde luego! ¡Has estropeado todo el día! —Se frotó las manos para calentarlas y después las hundió en los bolsillos.

La estación era mucho más agradable de lo que Franny había imaginado, los suelos estaban limpios y no había nadie durmiendo en los bancos de la sala de espera, pero hacía casi tanto frío dentro como fuera, el frío propio de finales de febrero en las praderas del Medio Oeste azotadas por el viento. El empleado que estaba en la taquilla llevaba gorro, guantes y un grueso abrigo.

—¿Quieres ir primero a tu hotel a cambiarte? ¿A descansar?

Franny negó con la cabeza.

—No tengo especial interés. —No tenía ningún sentido que él estuviera tan sorprendido: claro que Franny Keating estaba dispuesta a ir a visitar a Leo Posen. Quizá la pregunta era que en qué medida él se consideraba Leon Posen. Si se veía como un novelista famoso, tendría que haberse dado cuenta de que Franny acudiría, pero, si pensaba en sí mismo como alguien que había conocido a una chica en un bar, en ese caso tenía razón. En ninguna otra circunstancia se habría subido nunca a un autobús para ir a ver a alguien que había conocido en el bar. Tampoco habría acompañado a nadie a su dormitorio. La mera idea le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la estación de autobuses. Sin embargo, al mirarlo, no tuvo la sensación familiar de haber cometido un tremendo error. Solo vio a Leo y se alegró de estar en Iowa.

Leo le cogió la bolsa de lona que llevaba colgada al hombro, la que había utilizado para llevar los libros de texto cuando era estudiante. Siempre había sido muy pesada. Ahora solo llevaba un camisón, un cepillo de dientes, una muda de ropa y el libro de relatos de Alice Munro que había estado leyendo en el autobús.

—Me parece que no tienes previsto quedarte mucho tiempo —dijo él.

—Solo esta noche.

—En ese caso, te enseñaré un poco de Iowa antes de que anochezca.

—Ya he visto mucho en el autobús mientras venía. Se parece a Illinois, si exceptuamos Chicago.

El viaje había durado cinco horas y media. Entre una y otra historia de Munro, había contemplado los campos nevados atravesados por cientos de miles de tallos rotos de maíz, así como las largas sombras que estos proyectaban a la luz de la tarde. Había apoyado la cabeza en la ventanilla. Campo tras campo tras campo tras campo y ni una pizca de terreno despilfarrada en algo tan decorativo y banal como un árbol.

—Entonces ya habrás imaginado cómo es el resto —dijo él, y señaló hacia las grandes puestas que conducían al aparcamiento—. En ese caso, te invito a cenar.

Salieron al aire helado, donde una suave capa de nieve empezaba a cubrir las aceras recién limpiadas con la pala.

En el suelo se acumulaba la nieve de días anteriores, al igual que sobre los coches aparcados que nadie había movido y los pequeños arbustos que soportarían el peso de la nieve hasta la primavera. Sentía su propia fragilidad mientras el aire helado arremetía contra su abrigo. No era peor que en Chicago, tal vez incluso hacía un par de grados más, y, con todo, era como atravesar un muro de cristales rotos. Se imaginó a los primeros habitantes del país que cruzaron las praderas con sus caravanas en busca de una vida mejor. ¿Por qué se detuvieron allí? ¿Cojeaban los caballos? ¿Estaban en primavera? ¿Tenían tanta hambre que detuvieron los carros y dijeron «aquí nos quedamos»?

—Cuéntame otra vez por qué esto es mejor que Los Ángeles —pidió Franny. Le habría gustado cogerlo del brazo y apoyarse en él, le habría tapado el viento.

—En Iowa no estoy casado con nadie.

—Esperemos que esa afirmación sea también válida para la mayoría de los estados.

—Eso es lo que me gusta de ti, te tomas las cosas por el lado positivo.

Le puso la mano en la espalda y la guio hacia un restaurante italiano que parecía un bar de carretera.

—Me parece que me he adelantado —dijo Leo, mirando el reloj—. Todavía no es la hora de cenar, sino la de tomar una copa, ¿te va bien? Ya comeremos más tarde.

A Franny le bastaba con abandonar el mal tiempo. El viento se coló por la puerta a sus espaldas y recorrió las mesas con una ráfaga ártica, haciendo que los clientes levantaran la vista.

El restaurante, a diferencia de la estación de autobús, tenía una calefacción entusiasta.

—Me viene muy bien. —Franny se bajó la cremallera del abrigo, desenroscó la bufanda, se quitó el gorro. Llevaba botas con suela y puntera de caucho, forradas con la piel de viejos ositos de peluche. La vanidad no era para el invierno.

La camarera era una mujer que rondaba los sesenta años y llevaba un moño formado por una pila de rizos rubios y un chaleco negro que apenas conseguía contener su busto. Llevaba su nombre, Rae, bordado sobre el pecho izquierdo con letra cursiva.

—Aquí lo tenemos —exclamó Rae—. ¿Buscando un escondrijo antes de ir a trabajar?

—Eso es —dijo Leo.

—Yo he intentado largarme, pero no he podido —dijo Rae, mirando a Franny con ojos brillantes tras las rejas del rímel seco—. ¿Qué vas a tomar, guapa?

—Lo mismo que él —dijo Franny, señalando a Leo con la cabeza—. Y tal vez unos colines y un vaso de agua.

—Buena idea —dijo la mujer mientras cogía una botella de whisky del estante que tenía a su espalda—. Así el pan absorbe el whisky. ¿No vas a presentármelo?

—¿Pero no os conocéis? —preguntó Franny, confusa. Tuvo la sensación de que la camarera la había confundido con otra persona. Señaló con la mano al hombre que tenía a su lado—. ¿Conoces a Leo Posen?

A los dos les hizo muchísima gracia y soltaron una espléndida carcajada que iluminó el extremo de la barra de aquel restaurante triste y pequeño.

—Yo me llamo Rae —dijo la mujer, y le tendió la mano a Leo, que la estrechó con las dos suyas en un saludo afectuoso.

—Rae me prepara hielo —dijo Leo.

—Lo guardo en una bolsa para congelados. —Rae buscó en el congelador situado bajo la barra y sacó una bolsa en la que había escrito «no tocar» con un grueso rotulador negro—. Está convencido de que Iowa quiere envenenarlo con hielo malo.

—Ya me lo contó —dijo Franny, asintiendo.

—¿Te lo he contado? —preguntó Leo, quitándose la bufanda y el abrigo. También llevaba traje, en esta ocasión azul oscuro, y una corbata de rayas oblicuas.

—¿A quién te tengo que presentar? —preguntó Franny.

—A la audiencia de la conferencia de esta noche —dijo Rae, y utilizó un vaso alto para servirles el hielo—. Los escritores famosos tienen pocos seguidores en casa, pero me gusta ir a oírlos cuando tengo la noche libre. Hace años que voy, así conozco a mis clientes mientras trabajan. ¿Y sabes qué me dicen? Dicen: Rae, deberías ser tú quien escribiera libros.

Leo asintió con sinceridad.

—Deberías escribir.

Rae le dedicó una sonrisa y luego volvió su atención a Franny.

—Algunas veces los críos del programa presentan a los viejos. Hablando de todo, deberías enseñarme tu documentación.

Franny buscó la cartera en el bolso y después le tendió a la camarera el permiso de conducir; esta se sacó unas gafas del bolsillo de los pantalones y examinó el documento, algo que Franny no hacía nunca. Casi nunca pedía la documentación y, cuando lo hacía, daba por hecho que si alguien la mostraba era porque tenía la edad mínima.

Cuando Rae estuvo satisfecha, le tendió los dos vasos y el carnet a Leo.

—Mira esto —dijo—. Frances tiene casi veinticinco años. Si te soy sincera, te echaba diecisiete. Eso es lo que pasa cuando te haces mayor, todos empiezan a parecerte jovencísimos.

Leo cogió los vasos y miró el documento.

—¿La Mancomunidad de Virginia? —preguntó Leo, y dio media vuelta al carnet, quizá preguntándose si indicaba que era donante de órganos—. Pensaba que eras de Los Ángeles.

—Sí, pero aprendí a conducir en Virginia.

—Entonces, si no es alumna tuya y no sabe que tienes que dar una conferencia dentro de veinte minutos, ¿quién es? —preguntó Rae, todavía con tono de broma, pero mirando fijamente a Leo, que seguía examinando el permiso de conducir.

—Es mi camarera particular —contestó él sin prestar mucha atención. Y luego, acordándose, levantó la vista a Rae y sonrió—: Mi otra camarera.

Franny no lo corrigió. La mujer que estaba al otro lado de la barra dejó de prestarle atención. Sirvió Dewar’s en dos vasos y los empujó hacia adelante.

—Son ocho —dijo. Los palitos de pan y el agua no eran asunto suyo. El extremo más cálido del bar se estaba llenando de gente, en el punto opuesto a la puerta, y se dirigió hacia allí para atenderlos.

Leo Posen dejo un billete de diez dólares en la barra. Si entendía lo que acababa de pasar con su amiga, la que le preparaba hielo en casa y se lo llevaba al trabajo en una bolsa de plástico, no dio la menor señal. Estaba concentrado en su bebida.

—Tengo que dar una conferencia y después hay una fiesta en mi honor. Es una de las obligaciones. No tengo muchas y aparecen todas por escrito en mi contrato. No tengo que ir a ninguna otra fiesta.

—¿Tenías intención de contarme lo de la conferencia?

Leo negó brevemente con la cabeza.

—Tal como me lo imaginaba yo, no tenía que decirte nada. En primer lugar, no creía que vinieras de Chicago en autobús. Y, si venías, estarías cansada y querrías ir a tu habitación del hotel. Yo siempre estoy cansado cuando llego a un sitio que no conozco. Los viajes me cansan, lo nuevo me cansa, y nunca voy a ningún sitio en autobús, de manera que pensaba que, si venías, te irías directamente a la cama. Está claro que tienes más aguante que yo.

—Pero aunque me hubieras dado esquinazo en el hotel mientras impartías la conferencia y me hubieras recogido luego para la fiesta, ¿no te parece que alguien podría haberme preguntado si me había gustado la conferencia?

Aunque no lo conociera personalmente, habría asistido a una conferencia suya. Y, si hubiera sabido que Leon Posen daba una conferencia en Iowa City, habría acudido en autobús. Kumar se habría sacudido sus responsabilidades como director de la revista de derecho, cosa que no había hecho nunca, para ir con ella. Eso era algo que Leo Posen no entendía.

—Oh, te habrían dicho: «Dios mío, qué conferencia más interminable». Y, por cierto, no estaría dándote esquinazo, sino ahorrándote el tostón. El impulso era amable.

Franny sonrió y Leo Posen miró su reloj y luego estiró el cuello en dirección a Rae. Esta reía con los nuevos clientes en el otro extremo de la barra, dándoles la espalda.

—Eres profesional, ¿qué truco hay para conseguir que la camarera vuelva cuando tienes prisa?

—Llevarla a tu conferencia —dijo Franny—. Funciona siempre.

Leo golpeó la esfera de su reloj como si lo pusiera en duda.

—Es que me vendría muy bien tomar otra copa antes de irnos.

Franny empujó su vaso hacia él. El hielo, fabricado con tanto cuidado, estaba empezando a fundirse y suavizaba el Dewar’s con el agua embotellada en alguna antigua fuente francesa.

—Yo no bebo —dijo Franny—. Hago como si bebiera desde hace tiempo, así caigo mejor a los demás.

Leo miró el vaso y después miró a Franny.

—Dios mío —dijo—. Eres una maga.