Comunidad
Capítulo 7
—¿Así que fue el hijo de Bert Cousins quien consiguió que rompieras con el viejo judío? —preguntó Fix. Estaban de camino a Santa Mónica con las ventanillas bajadas. Iban al cine. Caroline conducía. Franny iba detrás, inclinada hacia delante entre los dos asientos.
—¿Cómo es que no he oído nunca esta parte de la historia? —preguntó Caroline.
—¿Quieres hacer el favor de no llamarlo «el viejo judío»? —rogó Franny a su padre.
—Perdona. —Fix se llevó una mano al corazón—: El viejo borracho. Que Dios lo tenga en su gloria en Sión. Lo que quiero decir es que me quito el sombrero ante el chaval, por fin se ha ganado mi respeto.
Franny se imaginó llamando a Albie para decírselo.
—No es que me marchara esa misma noche y no volviera nunca: nos quedamos en Amagansett todo el verano.
Y ahí siguieron Ariel y su insoportable novio holandés, la pequeña y triste Button, un largo y horrible verano lleno de invitados. El final de la relación entre Franny y Leo representado ante una casa llena de gente. Hacía de ello más de veinte años y sentía con intensidad la tristeza de aquellos momentos.
—Pero en esencia fue eso, ¿no? —preguntó Fix—. El chico puso el clavo en la rueda.
Caroline negó con la cabeza.
—No, Albie identificó el hecho de que la rueda tenía un clavo —señaló.
Franny, sorprendida por la precisión del análisis de su hermana, se echó a reír.
—No debería haber dejado los estudios de Derecho —dijo Franny— y así sería tan lista como tú.
Caroline negó con la cabeza.
—Eso no es posible.
—Cambia de carril —indicó Fix, señalando la dirección—. En el semáforo, gira a la izquierda.
Fix tenía la guía de calles Thomas Brothers sobre las rodillas. No quería que Franny utilizara el móvil para guiarlos.
—¿Tenéis idea de por qué han tardado tanto en hacer la película? — Caroline echó un vistazo al retrovisor y luego aceleró hábilmente para adelantarse a un Porsche que se aproximaba. Caroline, para variar, conducía mejor que nadie.
—Leo no quiso vender los derechos para la película, de modo que no pudo hacerse nada hasta después de su muerte. Supongo que no ha sido fácil negociar con su mujer.
Natalie Posen. Milagrosamente, seguían casados y seguían peleando cuando Leo murió, quince años atrás. Durante todos aquellos años, había sido su mujer y ahora era su viuda. Franny la había visto en una única ocasión, en el funeral; era mucho más menuda de lo que había imaginado. Estaba sentada en el primer banco de la sinagoga y flanqueada por dos hijos que se parecían a Leo: uno de la nariz para arriba y otro de la nariz para abajo, como si cada uno hubiera heredado la mitad de la cabeza de su padre. Ariel estaba al otro lado de la sinagoga con la pequeña Button muy crecida y con su madre, la primera señora Posen. Eric aparecía mencionado en el programa como portador honorario, era ya demasiado mayor para llevar una sexta parte del peso del ataúd. Había llamado a Franny para darle la noticia de la muerte de Leo, todo un detalle teniendo en cuenta el tiempo transcurrido. Franny le preguntó qué había sido del libro que se suponía que Leo estaba escribiendo aquel verano.
Eric contestó que, tristemente, no existía tal libro.
Los demás estaban todos ahí, maltratados por el tiempo: Eric y Marisol, Astrid, los Hollinger, una docena más de asistentes; todos los invitados de aquel verano y los que habían acudido para reivindicar su figura delante del resto del mundo. Franny se quedó en el fondo, de pie junto a la pared, en un gallinero integrado por exalumnos, admiradores devotos y antiguas novias. Natalie Posen había decidido enterrar a su marido en Los Ángeles, dando así a su despecho un carácter eterno.
—La mujer —prosiguió Fix—. Pues si nos ponemos a buscar motivos para sentirnos bien, demos gracias a su mujer.
—¿A la mujer de Leo?
Fix asintió.
—Es la heroína en la sombra.
—¿Y eso?
Era el cumpleaños de Fix, cumplía ochenta y tres, y tenía metástasis en el cerebro. Franny se esforzaba tanto como podía en hacerle caso.
—Si no se le hubiera agarrado como un pitbull para conseguir más dinero, Leo Posen habría sido un hombre libre.
—Ah. —Caroline asintió. Se teñía el pelo del mismo castaño cálido y rojizo que tenía cuando eran niñas. Había seguido el ejemplo de su madre y se había mantenido en forma. Se había convertido en la hermana menor de Franny.
—No veo por dónde vais —dijo Franny.
Fix sonrió. Caroline siempre se las pillaba al vuelo.
—Si Leo hubiera estado divorciado —explicó su hermana—, se habría casado contigo.
—Franny, hija mía. —Su padre se dio la vuelta con cierta dificultad para mirarla—. A lo mejor es esa la única bala que has podido esquivar en tu vida.
Franny y Caroline habían decidido tiempo atrás que era un despilfarro de recursos que las dos fueran a ver a su padre a la vez. Con padres divorciados en extremos opuestos del país, con maridos cuyos padres también necesitaban dedicación en las vacaciones familiares, Franny y Caroline se repartían la carga. Entre las dos sumaban demasiados días de vacaciones o de baja, billetes de avión, ausencias en funciones del colegio y faltas sin justificar. Si las dos hermanas habían llegado a sentir con el tiempo cierto afecto la una por la otra, este no se manifestaba en las visitas. Aunque se lo propusiera, Franny no iba más allá de Los Ángeles cuando viajaba a la zona de la bahía de San Francisco. Ahora Albie vivía ahí, a dos horas de Caroline. El hijo mayor de Caroline, Nick, estaba terminando sus estudios en la cercana Universidad de Northwestern, de manera que al menos, cuando Caroline y Wharton iban a pasar el fin de semana con él, Franny podía ir hasta Evanston para verlos a los tres. Franny había visto muy poco a las dos hijas de Caroline, de la misma manera que Caroline apenas conocía a los dos chicos de Franny. Pero, por mucho que Franny hubiera convivido con ellos, Ravi y Amit no eran sus hijos biológicos, sino de su marido, y Caroline, aunque se empeñara en sentir otra cosa, no era capaz de conceder carta de ciudadanía a un hijastro.
Así pues, en circunstancias normales, ni Franny ni Caroline habrían coincidido en Los Ángeles para celebrar el cumpleaños de Fix, pero, desde que su padre había superado ya los plazos de supervivencia previstos por sus oncólogos, ambas habían incrementado el número de visitas. Aquel cumpleaños sería el último, un rápido vistazo al asiento del copiloto lo confirmaba, y en honor a la ocasión las dos hermanas habían alterado sus costumbres y habían decidido reunirse en California.
—Bien, ¿qué vamos a hacer en el gran día? —había preguntado Caroline la noche anterior—. Pide lo que quieras.
Estaban sentados en el cuarto de estar, los cuatro, en la casa de Santa Mónica a la que Fix y Marjorie se habían mudado cuando finalmente dejaron Downey tras la jubilación. La casa era casi un milagro; si bien distaba de ser magnífica, estaba a dos calles de la playa. Cuarenta años atrás Fix había conocido a un policía que jugaba al póker con un juez especializado en quiebras. Le soplaron que se subastaba la casa. Entonces fue cuando Fix anunció por fin a Marjorie que quería casarse con ella. Darían como primer pago la herencia reciente de una tía de Ohio de Marjorie. La comprarían, la alquilarían durante veinte años y, cuando se jubilaran, ya sería suya.
—¿Esta es tu propuesta de matrimonio? —preguntó Marjorie, pero aceptó.
—Pero ¿qué pintaba papá en todo esto? —preguntó Franny a Marjorie años más tarde, cuando por fin oyó la historia completa. Fix y Marjorie llevaban a las chicas a ver la casa de Santa Mónica cada vez que estas iban a verlos. La señalaban desde el coche, diciendo que era suya, que un día vivirían allí—. Si tú eras la dueña del dinero, ¿por qué tenías que casarte con él? Podrías haber comprado la casa y alquilarla tú sola.
—Tu padre quería una casa en la playa y yo quería casarme con tu padre —contestó Marjorie, y se echó a reír al oír su propia frase. Intentó explicarse mejor—: Quería casarse conmigo, pero tardó un poco en darse cuenta. Me gusta pensar que, al final, los dos salimos ganando.
Marjorie acababa de inyectarle el suplemento alimenticio por la sonda PEG. Frente a los ochenta y tres años de Fix, Marjorie era una joven anciana de setenta y cinco años, pero daba la impresión de que había dejado de comer el mismo día que su marido. Bajo el jersey le sobresalían los omóplatos como si fueran rejas.
—Vamos al cine —propuso Fix—. Vayamos a la primera sesión de tarde de la película de Franny.
—Fix —protestó Marjorie con voz cansada—. Ya hemos hablado de eso.
—¿Mi película? —preguntó Franny, aunque, sin duda, sabía de qué estaba hablando. También se había referido al libro como «el libro de Franny».
—La del libro que tu novio escribió sobre nosotros. Me gustaría tener la oportunidad de ver una película sobre mi vida. —Fix parecía encantado con la idea—. No he leído el libro, ya lo sabes. No tenía ganas de darle mi dinero a ese hijo de puta. Pero, ahora que se ha muerto y el dinero irá a su mujer, ya me da igual. Además, he leído una crítica en el periódico y dice que la actriz que hace de vuestra madre es bastante mala. Supongo que habrá echado chispas.
Marjorie levantó su delgada mano.
—Paso. Vete con las chicas. Os estaré esperando con pastelitos cuando volváis.
Unas pocas horas libres merecían el cheque de la pensión de un mes.
—Papá, ¿no te parece que sería más divertido quedarse en casa y arrancarnos las uñas con unas tenazas?
Franny se había sentido culpable y asustada cuando se publicó Comunidad, pero nunca negaría que habían sido días de gloria: la comida con los editores en La Grenouille, la ceremonia del premio en la que Leo subió al estrado, la gira eterna para presentar el libro en la que, noche tras noche, este leía un fragmento del libro a multitudes hechizadas que después hacían cola para decirle que su obra les había cambiado la vida. Posen era otra vez famoso, estaba expuesto a la luz pública, y cada noche en una habitación distinta de hotel se lo agradecía todo a ella, acunaba su cabeza entre las manos mientras hacían el amor. No era capaz de dejar de mirarla. Leo Posen la quería, le estaba agradecido, la necesitaba. A pesar del alto precio que Franny había pagado, se había sentido recompensada.
Pero ver ahora la película le haría evocar algo más que la traición a su familia. La película también hablaba del fracaso de una antigua relación, la muerte solitaria del hombre al que había querido, según la versión vendida por su segunda mujer.
Mientras Leo estaba escribiendo el libro, Franny no había imaginado lo que podría llegar a ser vivir con Comunidad y, después de leerlo, fue ya demasiado tarde para hacer nada. Pero la película era otra cosa. La película todavía estaba por hacer. Franny le rogó a Leo que no cediera los derechos. Comprendía que semejante promesa supondría una importante pérdida económica y, sin embargo, se lo suplicó con el manuscrito en las manos.
Leo se los cedió porque Franny era su sol, su luna y hasta la más débil de las estrellas, y escribió en una ficha:
Para Frances Xavier Keating:
En ocasión de su vigesimoséptimo cumpleaños, le cedo los
derechos cinematográficos de Comunidad, para ahora y para siempre, como muestra de mi amor y mi gratitud eternos.
LEON ARIEL POSEN
Y mantuvo su palabra, incluso más tarde, cuando casi nunca hablaban y Franny sospechaba que necesitaba dinero. Tras su muerte, Franny no mencionó a nadie aquella promesa. ¿A quién podía contárselo? ¿A la viuda? Sabía que una pequeña ficha de cartulina no tenía la menor oportunidad de imponerse a una flotilla de abogados. De manera irracional, se le metió en la cabeza que se la robarían en cuanto la vieran.
—No —dijo Franny. No, no quería ver esa película, especialmente con su padre y su hermana y cientos de desconocidos amontonados en el cine de Santa Mónica comiendo palomitas.
Fix soltó una carcajada y dio una palmada sobre los brazos del asiento reclinable.
—Vaya, es como si fuerais dos niñas pequeñas. Nada en la película puede haceros daño. Deberíais ver cómo un viejo que se muere, atrapado en un cuerpo achacoso, disfruta viéndose representado por un guapo actor de cine. Y, en cualquier caso, es una historia vieja. Tenéis hasta mañana para recuperaros. Es mi cumpleaños y nos vamos al cine.
Caroline aparcó el coche y Franny sacó la silla de ruedas del maletero. Hacía tiempo que Fix ya no conducía, pero no quería vender el coche. Existía siempre la posibilidad de que el destino cambiara de signo, de que se encontrara una cura en el último momento y que las partes de su cuerpo devoradas por el cáncer se regeneraran. Fix decía que la esperanza era la sangre de la vida y tampoco podría sustituir ese coche por otro similar. Era un Crown Victoria, un antiguo coche de policía sin distintivos que había comprado al departamento. Franny lo llamaba el Batmóvil porque era capaz de ponerse a doscientos veinticinco kilómetros por hora si era necesario. Fix no lo había intentado nunca, pero le gustaba decir que se sentía bien al saber que era posible.
Franny abrió la puerta del coche y levantó del suelo los pies de su padre, lo hizo rotar suavemente hacia fuera y después lo cogió por el brazo.
—Cuenta hasta tres —dijo Franny, y contaron juntos mientras él se mecía hacia delante y hacia atrás para coger impulso. El coche preparado para alcanzar un Ferrari robado no era de gran ayuda para levantarse. Franny tiró de él y Caroline lo atrapó con la silla en cuanto estuvo de pie. Hacía apenas un mes Fix no se dejaba manipular de aquella manera. Un mes atrás no quería utilizar el andador e insistía en sujetarse a Marjorie, incluso después de haberse caído más de una vez. Pero eso ya era tiempo pasado. Dejó que Franny le acomodara las piernas sobre los reposapiés y le dio las gracias.
La actriz propietaria de la casa de Amagansett había querido hacer el papel de Julia en la película, es decir, el de la madre de Franny. Por supuesto, no sabía que Franny era una persona de verdad que dormía en su cama y en sus sábanas de algodón egipcio. Leo había echado la culpa a Albie del final de su relación. Creía que, si Albie no los hubiera encontrado, habrían seguido viviendo juntos tan felices. Pero Caroline tenía razón: Albie no pinchó la rueda con un clavo, el clavo ya estaba ahí. Sin embargo, mientras que a Leo le dio por atribuir a un inocente sus problemas personales, a Franny le gustaba la idea de culpar a la actriz y al maldito casoplón. Nadie debería tener tanto dinero como para comprarse una casa semejante y después ni siquiera tomarse la molestia de vivir en ella. La piscina era larga y profunda y no parecía una piscina, sino los cimientos de una larga casa construida en 1800 y arrasada después por una tormenta. La piscina estaba alimentada por una fuente natural. Nadie sabía exactamente de dónde venían ni la fuente ni la piscina, ya que eran más antiguas que la casa de la actriz. Y eso solo era una pequeña parte: tenía rosales trepadores que cubrían la pared del este y luego se extendían en una maraña gigantesca sobre el tejado inclinado en una milagrosa profusión de flores. Era una tormenta de rosas de color blanco y rojo, media docena de tonos de rosa que se amontonaban durante todo el verano en una sucesión de florecimientos. Una alfombra de pétalos cubría el césped en verano. Y en el dormitorio de la actriz había colgado un Klimt, pequeño pero indiscutiblemente auténtico, el retrato de una mujer con un parecido casi ancestral con la actriz. ¿Quién era capaz de tener un Klimt en una segunda residencia? Franny achacaba a la casa su final. Nadie podía abandonarla, excepto la propietaria. Una noche, después de que su relación terminara, Leo llamó a Franny para decirle que la actriz lo había invitado a Amagansett a cenar. Le dijo que quería hablar sobre la película, aunque él le había dicho que no habría tal película. «Ven de todos modos», insistió la actriz.
—¿Te acuerdas de todo el champán de la nevera? —le dijo Leo por teléfono a Franny.
Franny se acordaba del champán.
—Pues nos lo bebimos. —Desde su apartamento en Cambridge, Leo suspiró—. Pero no pasó nada. Eso era lo que quería contarte. Al final, no fui capaz de subir al piso de arriba con ella. Para mí, aquella era todavía nuestra habitación, Franny. No podía.
De acuerdo con los criterios de la industria cinematográfica, tanto la actriz como sus intentos desesperados por participar en la película eran ya agua pasada. Hacía tiempo que la actriz ya no tenía ningún interés romántico. Ya no desempeñaba ni papeles de madre. A los sesenta años, era incluso demasiado vieja para hacer el papel de la bruja en los cuentos de hadas. Se había tenido que conformar con un puñado de papeles de viuda de algún noble, de vez en cuando hacía el de una senadora o la implacable presidenta de alguna empresa en una serie por cable que obtenía buenas críticas. Era el único consuelo al que pudo aferrarse Franny cuando se apagaron las luces del cine de Santa Mónica: en algún sitio, la bella actriz vería la película Comunidad y se acordaría de lo mucho que se había esforzado por obtener el papel de Julia.
Pero eso no fue ningún consuelo.
Franny y Caroline, sentadas con su padre, se vieron asaltadas en la oscuridad por el mismo pensamiento improbable: ¿habría sido peor ver una película sobre su verdadera infancia? Un verano, Bert se dedicó a perseguirlos con la cámara de super-8 y los acosaba como si fuera Antonioni mientras corrían entre los aspersores y entraban y salían del plano con la bicicleta. Holly hacía girar el hula-hoop en torno al estrecho eje de sus caderas. Albie saltaba delante de ella mientras se quitaba la camiseta. La voz de Bert llegaba desde el otro lado de la cámara, ladrándoles que hicieran algo interesante, pero eran niños haciendo de niños y, por ese motivo, vistos tras el paso del tiempo, eran fascinantes. Quizá esa película todavía estuviera guardada en una caja en el altillo de la casa de su madre o en el fondo de un archivador en el garaje de Bert. Franny pensó que la siguiente vez que fuera a Virginia podría intentar encontrarla y proyectarla. Así verían al verdadero Cal corriendo y borrarían el recuerdo del chico huraño que lo representaba en la película. Una película sobre la vida real sería francamente mejor que aquella, incluso si hubieran tenido una cámara detrás de ellos para registrar el completo desastre de su infancia, si hubieran conservado incluso los peores momentos, habría sido mejor que la contemplación de aquellos desconocidos haciendo un burdo intento de replicar su vida. Holly y Jeanette se habían fusionado en una sola niña que no era ni la una ni la otra, sino una horrible criatura que caminaba dando pisotones y cerraba la puerta con un portazo cuando discutía. ¿Cuándo habían hecho nada parecido? Pero, por supuesto, los niños actores no intentaban interpretar a niños de verdad. Ni siquiera sabrían que el libro tenía nada que ver con gente real y, en cualquier caso, tampoco habrían leído el libro. ¿La película era insoportable porque nada se ajustaba a la realidad o precisamente porque algunas cosas sí eran auténticas? De vez en cuando se producía un destello de familiaridad en las pequeñas crueldades entre las dos familias.
—No sois vosotros —declaró Leo cuando Franny terminó de leer el libro —. En el libro no aparece nadie de tu familia.
Estaba sentado en el cuarto que utilizaba como estudio en el apartamento que compartían en Chicago, el pisito que tenían antes de que llegara el dinero. La tenía sobre las rodillas y le acariciaba el pelo mientras Franny lloraba. Había cometido una tremenda equivocación y él lo había convertido todo en algo permanente y hermoso. Aquel era el clavo en la rueda. O quizá no. Quizá el daño no se produjo cuando Franny lo leyó o Leo lo escribió, sino aquel día en Iowa cuando Leo, que se lavaba los dientes mientras Franny se duchaba, había escupido la pasta de dientes, había apartado un poco la cortina de la ducha y había dicho:
—He estado pensando en la historia que me contaste sobre tu hermanastro.
Lo que había pensado en aquel momento, desnuda bajo el agua, mientras el champú le corría por el cuello, era que Leo Posen la había escuchado y había considerado que la muerte de Cal era digna de reflexión. Leo extendió el brazo y describió un círculo en torno a su pequeño pecho enjabonado.
Lo que no había pensado en la ducha era que un día, a los cincuenta y dos años, tendría que contemplar el resultado de su sonriente consentimiento representado en una pantalla. En aquel momento el personaje de Cal todavía no había muerto, todavía faltaba un rato. Los niños habían drogado ya un par de veces al personaje de Albie. El de Caroline había abofeteado y pellizcado al de Franny cada vez que la cámara las había enfocado, y la película, en realidad, ni siquiera iba sobre los niños. Iba de la madre de una familia y del padre de la otra, de cómo se miraban por las noches a ambos lados del camino que llevaba a sus casas. El personaje que representaba a la madre de Franny se pasaba la mano por el pelo largo y rubio mientras miraba al infinito, prueba irrefutable de que luchaba con el peso de su infidelidad. Llevaba pijamas de quirófano de color azul que parecían hechos a medida para realzar su bonita silueta. La madre de la película se debatía entre el hospital, sus hijos, su vecino que era, a su vez, su amante, la esposa de este que era, además, su amiga. Solo el desventurado marido parecía no pedirle nada. Se desplazaba por los laterales de la pantalla, recogiendo los platos de las niñas mientras ella ocupaba el centro de la cocina. Y volvían a llamarla para que saliera.
—¡Basta ya! —gritó Fix. Se incorporó un poco, como si quisiera salir andando del cine, pero no quitó los pies del reposapiés. Caroline saltó de su asiento y lo detuvo en el aire mientras Fix se precipitaba hacia el amplio espacio reservado delante de las sillas de ruedas, interponiéndose para impedir la caída. Se debatieron en la oscuridad, los dos con una rodilla y ambas manos sobre el suelo pringoso. Franny abrazó a su padre para sujetarlo, pero él se debatía para liberarse.
—¡Puedo levantarme solo! —gritó.
Todos los ojos de la sala se dirigieron hacia ellos. Nadie los hizo callar. En la pantalla, la escena había cambiado. El personaje de Cal corría por la calle, delante de la casa de los vecinos, en pleno día, y su hermano corría detrás, intentando atraparlo. La luz era suficiente para que el público viera que el ruido procedía de un anciano en una silla de ruedas. Dos mujeres intentaban ayudarlo. Nadie tenía la menor idea de que ellos eran la película.
—¡Fuera! —gritó Fix en un lamento—. ¡Fuera!
Consiguieron sentarlo de nuevo, pero tenía las piernas retorcidas. Fix le dio una patada a Franny, pero esta volvió a colocarle los pies en los soportes. Caroline se puso detrás de la silla y Franny agarró los dos bolsos. Si bien no salieron huyendo con su padre, sí fueron tan deprisa como pudieron. Franny se adelantó a toda velocidad y abrió la puerta que daba paso al largo y alfombrado pasillo; después cruzaron el vestíbulo, el estridente arco iris de neón que se encendía intermitentemente sobre el puesto de palomitas y pasaron por delante de los adolescentes que ejercían de porteros, vestidos con americanas marrones de poliéster. ¡Bang! Salieron por las puertas de cristal a una insoportable marea de luz solar.
—¡A la mierda! —gritó Fix en el aparcamiento. Una madre con dos niños cruzaba hacia ellos pero se detuvo, cambió de idea y tomó otro camino. Franny se echó a reír y ocultó el rostro con las manos. Caroline se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en el hombro de su padre.
—Feliz cumpleaños, papá —dijo, y le dio un leve beso en el cuello.
—¡A la mierda! —repitió Fix, esta vez con menos energía.
—Sí —dijo Franny, y le acarició el hombro—. ¡A la mierda!
Después fueron a la playa. Franny y Fix no tenían ganas, dijeron que estaban cansados y querían irse a casa, pero Caroline conducía el coche.
—No quiero que este sea el recuerdo del cumpleaños de mi padre —dijo, pisando el acelerador para recordarles de lo que era capaz el coche; de lo que ella misma era capaz—. Quiero borrar la película de mi vista, vamos a ir a contemplar el mar un rato.
—Toma por Altamont —dijo Fix. Tenía la voz débil, como si no le quedaran más fuerzas tras sus gritos contra la película.
—¿Crees que lo mataremos si vamos ahora a la playa? —preguntó Franny a Caroline.
Fix sonrió.
—Pues, entonces, quiero ir. Quiero morirme en la playa con mis hijas. Podríamos llamar a Joe Mike para que me de la extremaunción.
—Joe Mike ya no es sacerdote —dijo Caroline.
—Bueno, lo haría por mí.
Les costó todavía más sacar a su padre del coche por segunda vez. No tenía fuerzas para ayudar, pero Franny y Caroline lo consiguieron. Por supuesto, Caroline tenía razón al haber querido ir a la playa. Casi todos los días en Santa Mónica eran hermosos, aunque aquel, gracias a que ya no tenían que contemplar la película en un cine, era el más hermoso de todos. Fix tenía derecho a aparcar el Crown Victoria en la zona de minusválidos y pudieron dejar el coche en un sitio estupendo a pesar de que ya no había plazas libres.
—Ponerle una multa de doscientos dólares a un cretino que ha aparcado sin derecho en una plaza para minusválidos —dijo Fix meneando la cabeza—: ese es un placer que no conoceréis.
Franny empujó la silla de ruedas por la acera que el viento había cubierto de arena. Lo contemplaron todo: las gaviotas y las olas, las chicas con bikini, los chicos con bermudas, el socorrista subido a su torre de madera observándolo todo como si fuera un dios. Sin que nadie los mirara, unos jóvenes tan guapos que deberían estar haciendo anuncios de loción bronceadora o de juventud eterna jugaban al voleibol. La gente corría con su perro, comía helados o tomaba el sol en toallas de vivos colores del tamaño de sábanas.
—¿No te intriga saber quiénes son todos estos? —se maravilló Caroline —. Es jueves, ¿no trabajan?
—Están celebrando mi cumpleaños —dijo Fix—. Les he dado el día libre.
—¿Y por qué esos niños no están en el colegio? —Caroline miró hacia media docena de niños con cubos trabajando con empeño para distribuir de otro modo la arena.
—¿No te acuerdas de cuando yo os traía a la playa? —preguntó Fix.
—Todos los años —dijo Franny.
Fix miró las olas a lo lejos, las diminutas figuras de hombres deslizándose sobre el agua sobre tablas de color amarillo brillante.
—No veo ninguna chica por ahí —observó Fix.
—Las chicas están tumbadas sobre las toallas —señaló Franny.
Fix negó con la cabeza.
—Eso no está bien. Yo os habría enseñado a surfear. Si hubierais vivido aquí conmigo, os habría enseñado.
Caroline se inclinó hacia delante y peinó el cabello de su padre con los dedos. Cuando era joven lo único que quería era vivir con su padre y no se lo habían permitido.
—Si tú no sabías hacer surf.
Fix asintió despacio, mirando las olas, reflexionando sobre ello.
—No era buen nadador —declaró.
Contemplaron a un chico con una cometa con un dragón rosa y rojo que ascendía en vertical a toda velocidad, giraba en círculos frenéticos y después caía en picado. Observaron a dos chicas en bikini que pasaban patinando a su lado, casi rozando las rodillas de Fix con sus largas piernas.
—Vuestra madre no era así —dijo Fix, mirando todavía a los surfistas.
Franny no sabía de qué estaba hablando, ¿se refería a las patinadoras? Pero Caroline le respondió:
—¿Mamá no era cirujana ortopédica?
—Vuestra madre era mejor, eso es todo. No me corresponde a mí defenderla, pero quiero que lo sepáis: no era como la mujer de la película.
Las dos hermanas se miraron la una a la otra por encima de la silla de ruedas. Caroline ladeó un poco la cabeza.
—Papá, ninguno de esos personajes era uno de nosotros —dijo Franny.
—Exacto —contestó Fix, y le dio unas palmaditas en la mano, como si quisiera decirle que se alegraba de que lo hubiera entendido.
Cuando estuvieron de nuevo en el coche, Caroline y Franny miraron cada una su móvil. Los habían apagado para la película y se habían olvidado de volver a ponerlos en marcha.
—Me gustaría tener un móvil —declaró Fix—. Así podría formar parte del club.
—Mira en tu guía Thomas Brothers —dijo Caroline, haciendo fluir bajo el pulgar un río interminable de mensajes procedentes del trabajo.
Franny tenía dos mensajes, uno de Kumar, que quería saber dónde estaba el talonario, y otro de Albie que decía «¡LLÁMAME!».
—Un segundo —dijo Franny, y bajó del coche.
Albie contestó al instante.
—¿Sigues en Los Ángeles?
Se habían enviado algunos correos electrónicos la semana anterior. Franny le había dicho que iría para el cumpleaños de su padre.
—Ahora mismo estoy delante del mar.
—Necesito que me hagas un favor enorme y me lo debes porque no me dijiste que estrenaban esta semana esa puta película.
—No vayas a verla —le advirtió Franny. El chico seguía con la cometa del dragón en lo alto. Ahora sí había viento suficiente.
—Mi madre está enferma. Lleva tres días fatal y no quiere ir al hospital. Me dice que está bien y que está mal al mismo tiempo, y yo creo que está mal. Puedo llegar esta noche, pero temo que tenga que ingresar ahora mismo. No consigo dar con los vecinos por teléfono y su mejor amiga está fuera. Mamá no ha sido nunca una persona sociable y, si tenía muchos conocidos, yo no lo sé, de manera que no tengo a quién llamar. No quiero enviar una ambulancia y asustarla cuando quizá no le pase nada. —Albie se calló un minuto e inspiró—. Quisiera saber si podrías ir a echar un vistazo. Jeanette está en Nueva York y Holly está en Suiza, hay que joderse. Puedo llamar a mamá y decirle que vas. Se pondrá furiosa pero, al menos, te abrirá la puerta.
Franny miró el Crown Victoria, consciente de que el coche podría volar hasta casa de Teresa. Miró a su padre y a su hermana, sentados en la parte delantera del coche, contemplándola a través de las ventanillas como si llegaran tarde a una cita.
—Por supuesto —dijo Franny—. Dame la dirección. Luego te llamo y te digo si tienes que venir.
Se produjo una pausa en el teléfono y Franny se preguntó si se habría cortado la llamada. No se le daba muy bien manejar el móvil. Y entonces oyó la voz de Albie:
—Oh, Franny —dijo.
—Tu madre no sabe nada de la película, ¿verdad?
—Mi madre ni siquiera sabe que existe el libro —dijo Albie—. Al parecer, una novela no es mal sitio para esconder las cosas.
Hacía ya más de veinte años que Albie había ido en tren a Amagansett. Había terminado de leer el libro antes de salir y se lo había dado a Jeanette. Anduvo los cinco kilómetros que separaban la estación de la casa de la actriz y llamó a la puerta para averiguar cómo era posible que su vida hubiera caído en manos ajenas.
Después, tras la discusión con Leo, Franny y Albie salieron por la puerta trasera sin ver a Ariel o a Button. Se dirigieron a la casita situada en el fondo del jardín y pasaron junto a John Hollinger. Este llevaba un traje de baño arrugadísimo y fumaba un cigarrillo. Estaba contemplando la belleza de la noche.
—Este sitio es espectacular —les dijo, maravillado.
Franny y Albie dejaron apagadas las luces de la casita y se bebieron la ginebra a morro, pasándose la botella una y otra vez. A nadie se le ocurrió buscarlos allí, pero era muy probable que nadie los buscara en absoluto. Tal vez Leo y sus invitados estuvieran en el porche al otro lado del césped, fumando y bebiendo la ginebra que habían traído los Hollinger. Leo despotricaría contra el loco exhermanastro de Franny que había aparecido de la nada furioso, pero no mencionaría el motivo del enfado del hermanastro.
—¿Le has dicho a Jeanette que venías? —le preguntó Franny.
—No, no. —Albie negó con la cabeza en la oscuridad—. Jeanette habría querido venir conmigo y Jeanette lo habría matado.
—A él no —contestó Franny. El ardor de la ginebra era agradable y familiar. Se dio cuenta de que había estado guardando la bebida para la ocasión necesaria—. La culpa fue mía.
—Sí —dijo Albie—, pero yo no habría dejado que Jeanette te matara.
—Tengo que hacer una buena obra de urgencia —dijo Franny cuando volvió al coche. Explicó la situación a Caroline y a su padre—. Os dejo en casa y me voy a ver qué le pasa, no será mucho rato.
—¿Estabas hablando por teléfono con Albie? —preguntó Fix.
—Sí.
—¡Qué locura! —exclamó Caroline—. ¡Qué casualidad! —Incluso ella estaba impresionada.
Pero no era tan raro: Franny y Albie eran amigos. Ella y Kumar habían ido a su boda. Tenían una foto de su hija, Charlotte, en la nevera. Por lo general, se felicitaban por sus cumpleaños.
—Bueno, no puedo hablar en nombre de tu hermana, pero ni se te ocurra dejarme en casa —dijo Fix—. Hace siglos que no veo a Teresa Cousins.
—¿Y desde cuándo conoces a Teresa Cousins? —preguntó Caroline. En otros tiempos, las cuatro chicas hablaban por la noche, en las literas, cuando pasaban juntas el verano, y especulaban sobre lo perfecto que sería que el padre de Caroline y Franny se casara con la madre de Holly y Jeanette. Todo cuadraría.
—Cuando Albie prendió fuego al colegio. ¿No os he contado nunca esa historia? Vuestra madre me llamó y me pidió que lo sacara del centro de detención de menores como un favor especial para ella, como si mi trabajo fuera hacerle favores a ella.
—Conocemos esa parte —dijo Caroline—; cuéntanos la de Teresa.
Fix negó con la cabeza.
—Si uno lo piensa, resulta sorprendente que me lo entregaran. No me conocían casi nada, pero les enseñé la placa y les dije que estaba allí para llevarme a Albert Cousins. Dos minutos más tarde estaba firmando unos papeles y me lo entregaban. Estoy convencido de que ahora no hacen así las cosas, al menos, con los delincuentes juveniles. Si no recuerdo mal, había dos o tres chicos más en su pandilla, un par de negros y un mexicano. El sargento de guardia me preguntó si también me los quería llevar.
—¿Y qué hiciste con ellos? —inquirió Franny. No acababa de entender que hubiera podido oír una historia tantas veces sin darse cuenta de que no le contaban todos los detalles interesantes.
—Los dejé ahí. Si no quería llevarme uno, menos quería tener a los cuatro. Recuerdo que primero el chico había ido al hospital, se había quemado la espalda porque la camiseta se había incendiado. Le habían dado la parte superior de un pijama, pero todavía apestaba a humo. Le hice ir en coche con las ventanillas bajadas.
—Eres un tipo muy frío, papi —dijo Caroline.
—Frío yo…, no te jode. Salvé al chico. Fui yo quien lo sacó. Lo llevé al parque de bomberos, donde trabajaba vuestro tío Tom. Entonces estaba en la zona de Westchester, de camino al aeropuerto de Los Ángeles. Me quedé parado en el atasco del aeropuerto con el hijo de Bert Cousins que olía como un pozo de carbón. Él y vuestro tío tuvieron una conversación de hombre a hombre sobre piromanía. Vuestro tío también era un chico aficionado a prender fuego a las cosas. No quemaba colegios, ojo, solamente solares y trastos que no importaban a nadie. Muchos bomberos empiezan como pirómanos. Primero aprenden a prender fuego y luego a apagarlo. Tom se lo explicó todo a Albie y luego lo llevé a Torrance. Me pasé todo el puto día en el coche.
—Y entonces fue cuando conociste a Teresa Cousins —concluyó Caroline.
—Y entonces fue cuando conocí a Teresa Cousins. Una mujer muy agradable, eso sí lo recuerdo. Había pasado por muy malos tragos, pero mantenía la cabeza bien alta. Pero el chico era un salvaje.
—Mejoró —dijo Franny.
—Me parece que sí, que ha mejorado. Primero, me entero de que consiguió que rompieras tu compromiso con el judío —Fix levantó la mano —. Vale, perdona: he vuelto a llamarlo judío. Quería decir el borracho. Y ahora se preocupa por su madre.
—No estábamos comprometidos —dijo Franny.
—Franny —dijo Caroline—: no le restes mérito a Albie.
—¿Vive en la misma casa en Torrance? —preguntó Fix.
Franny leyó la dirección.
Fix asintió.
—Sí, es la misma casa. Ya te digo yo cómo llegar sin tener que coger ninguna vía rápida.
«Uno vive con sus historias a cuestas —pensó Franny, cerrando los ojos —. Todas las cosas que no he escuchado, que no recuerdo, que no he entendido, que no he presenciado: todos los caminos llevan a Torrance».
En Virginia, los seis niños compartían dos habitaciones y un gato, comían del plato del otro y utilizaban las mismas toallas de baño, pero en California todo estaba separado. Holly, Cal, Albie y Jeanette nunca habían sido invitados a la casa de Fix Keating, de la misma manera que Caroline y Franny nunca habían visto donde vivía Teresa Cousins. Bert y Teresa habían comprado la casa en Torrance en los años sesenta, cuando Bert empezó a trabajar en la oficina del fiscal del distrito de Los Ángeles: no estaba demasiado lejos del centro ni de la playa. Tenía tres dormitorios, uno para Bert y Teresa, otro para Cal y otro para Holly. Cuando llegaron Jeanette y Albie, todos compartieron habitación. La casa era su punto de partida, el puerto desde el que planeaban embarcarse rumbo a una vida mejor. Al final, todos se fueron marchando de la casa, con la única excepción de Teresa. Primero Bert, luego Cal, luego Albie, luego Holly y, finalmente, Jeanette. Jeanette empezó a hablar el último año que ella y Teresa vivieron juntas, antes de irse a la universidad. Para sorpresa de ambas, se reían y se lo pasaban bien.
En realidad, la historia no resultó ser tan mala. Mientras Teresa trabajaba, día tras día, año tras año, en la oficina del fiscal, Torrance mejoró. El barrio, que en otros tiempos era el típico lugar que se abandona en cuanto mejoran las circunstancias económicas, se convirtió en una zona prometedora y próspera. Teresa plantó un jardín de plantas crasas sobre un lecho de roca siguiendo un proyecto que vio en una revista. Añadió una terraza a la casa, convirtió el cuarto de los chicos en un estudio. Los agentes inmobiliarios le dejaban notas manuscritas en el buzón preguntándole si estaba interesada en vender la casa y ella las tiraba al cubo de reciclaje. A Teresa le gustaba su trabajo como asistente legal y se le daba bien. Los abogados le decían siempre que se matriculara en Derecho —era más lista que muchos de ellos—, pero ella no les hizo caso. Siguió trabajando hasta los setenta y dos años y se jubiló con una de esas generosas pensiones que terminarán llevando al estado de California a la bancarrota. Muchos abogados que hacía tiempo que trabajaban en otro lugar volvieron para brindar por ella en la fiesta de la jubilación; entre todos, le regalaron un reloj.
Una vez al año, iba a Nueva York a ver a Jeanette, a Fodé y a los niños. Los quería, pero Nueva York la abrumaba. Los californianos estaban acostumbrados a vivir en una casa, tener coche y césped. Echaba de menos un poco de espacio. Ahorró dinero y compró un billete a Suiza para ver a Holly en el centro zen. Durante diez días se sentó en un cojín junto a la que era en aquel momento la mayor de sus hijos con vida y no hizo otra cosa que respirar. A Teresa le gustaba lo de respirar, pero el silencio le parecía sobrecogedor. Veía la vida de sus dos hijas como si fuera Ricitos de Oro en casa de los tres ositos: demasiado cálida, demasiado fría, demasiado dura o demasiado blanda, aunque se guardaba sus opiniones para no parecer criticona. Albie volvía a Torrance dos o tres veces al año. Teresa hacía una lista de cosas que necesitaban mantenimiento y Albie las iba tachando, ya fuera poner un motor nuevo en la puerta del garaje o limpiar el calentador. Tras toda una vida haciendo trabajos de todo tipo, Albie se había convertido, por pura necesidad, en una persona capaz de arreglar cualquier cosa. En aquel momento trabajaba en una empresa de Walnut Creek que fabricaba bicicletas. Le gustaba. Por Navidades envió a su madre un billete de avión para que estuviera con ellos y se sentara junto al árbol con él, su hija y su mujer. Algunas veces las palomitas, la chimenea y las interminables partidas de cartas la abrumaban, así que se disculpaba y se iba al baño a llorar junto al lavabo. Después se aclaraba la cara, la secaba y volvía al cuarto de estar como nueva. Aquella era la vida que había deseado, pero nunca había esperado que se hiciera realidad.
Teresa salió con unos pocos abogados después de que Bert se marchara, con un par de policías, ninguno de ellos casado. Era su norma y nunca la había quebrantado, ni siquiera para tomar una copa después del trabajo, cosa que era, según se apresuraban a recordarle, su única pretensión. Aproximadamente cuando Jeanette se fue a la universidad, Teresa se enamoró de Jim Chen, un abogado de oficio que defendía todo tipo de causas, y vivieron diez años de felicidad antes de que él sufriera un ataque al corazón en el aparcamiento del juzgado. Había mucha gente, lo vieron caer y llamaron a urgencias. Una secretaria que había seguido un cursillo de reanimación cardiopulmonar cuando sus hijos eran pequeños se ocupó de él hasta que llegó la ambulancia, pero en algunas ocasiones todos los esfuerzos son inútiles. A esas alturas, Teresa ya sabía que la vida era una sucesión de pérdidas. Había otras cosas, cosas mejores, pero las pérdidas eran tan sólidas y ciertas como la tierra misma.
Ahora Teresa tenía algo en la barriga que hacía que se doblara de dolor, un dolor tan fuerte que le provocaba convulsiones, hasta que desaparecía y podía respirar de nuevo. Si hubiera tenido la sensatez de ir al médico tres días antes, cuando empezó, podría haber ido en coche, pero, tras tres días de ayuno, estaba ya demasiado débil para conducir. Podía llamar a Fodé y preguntarle qué hacía, Fodé era médico, pero Teresa era muy capaz de mantener la conversación mentalmente sin necesidad de molestarlo en el otro extremo del país: le diría que buscara a alguien que la llevara al hospital o, en su defecto, que llamara a una ambulancia. Teresa no quería hacer ninguna de las dos cosas. Estaba tan cansada que le parecía un triunfo llegar al cuarto de baño, a la cocina a buscar un vaso de agua y luego volver a la cama. Tenía ochenta y dos años. Suponía que sus hijos aprovecharían ese dolor para dar respuesta a la pregunta sobre si debería seguir viviendo sola en su casa o tenía que irse a vivir a una residencia en el norte, cerca de Albie. No podía irse con Jeanette, la gente se iba a Brooklyn para enamorarse, escribir novelas y tener hijos, pero no para envejecer, y no podía irse con Holly, aunque imaginaba que morir en un centro zen podría tener sus ventajas espirituales.
El segundo día se le ocurrió que quizá aquel dolor, fuera lo que fuera, podría ofrecer una respuesta sobre su futuro en el sentido más amplio: quizá aquel dolor que le parecía que la estaba matando realmente la iba a matar. Seguía teniendo apéndice en algún sitio y, si bien parecía que la apendicitis era el tipo de cosas de las que solo se morían los niños cuando estaban de campamento, era posible que el suyo hubiera aguantado todo ese tiempo para detonar al final. En fin, no sería tan malo. ¿Peritonitis? No sería una muerte tan rápida como la de su querido Jim Chen en el aparcamiento, pero casi. Cuando se encontró un poco mejor, localizó la llave de la caja fuerte, los papeles del coche, el testamento. Solo una persona que negara abiertamente el futuro sería capaz de trabajar durante toda la vida entre abogados sin hacer testamento. Todo lo que tenía se dividía en tres partes. La casa, que llevaba ya mucho tiempo pagada, se había ido revalorizando, y tenía ahorros. En cuanto los chicos dejaron el colegio, había empezado a sobrarle dinero. Lo puso todo en la mesa de la cocina y se sentó para escribir una nota. No quería que pareciera una carta de suicidio porque no tenía la menor intención de suicidarse, pero pensó que quien fuera a la casa debería encontrar algo más que las llaves del coche y su cadáver. Miró el cuaderno en el que acostumbraba a hacer la lista de la compra. En la parte superior había unas alegres margaritas bailando, con maceta y todo, sobre una serie de letras de color rosa distribuidas al azar que decían «Cosas pendientes». Nunca se había parado a pensar que era una tontería comprar un cuaderno que pusiera «Cosas pendientes», pero en aquel momento no tuvo fuerzas para ir a buscar un folio en blanco. El dolor volvía y quería regresar a la cama.
No estoy del todo bien.
Por si hace falta.
Os quiero,
Mamá
Eso era suficiente.
Albie fue lo único que alteró un plan que, de modo más o menos confuso, Teresa había decidido al tercer día que era muy inteligente. Albie había llamado demasiadas veces para saber cómo se encontraba y las explicaciones que le había dado Teresa fueron variando en función del momento. En varias ocasiones, Teresa se limitó a no contestar. La idea de coger el teléfono le parecía excesiva. Pero contestó en una ocasión y Albie le dijo que se levantara y dejara abierta la puerta de entrada, que Franny Keating iría a verla.
—¿Franny Keating?
—Ha ido a ver a su padre, le he pedido que pase a ver cómo estás.
—Conozco gente que puede venir a ver cómo estoy —protestó Teresa con un tono que resultó patético, incluso para sus propios oídos. Tenía amigos, por supuesto: simplemente, había tomado la decisión de quedarse en casa y experimentar con la muerte.
—Seguro que sí, pero me he cansado de esperar a que los llames. Ve a abrir la puerta, estará allí dentro de un minuto.
Teresa colgó el teléfono y se miró, vestida con una bata de algodón cerrada con cremallera. La llevaba puesta desde hacía tres días y estaba arrugada por el sueño inquieto y el sudor. No se había bañado ni se había lavado los dientes o se había mirado al espejo desde que había empezado a encontrarse mal. No era lo mismo que llegara Franny Keating a su casa que Beverly Keating, pero en aquel momento a Teresa le costaba distinguir a la una de la otra. Beverly Keating, después Beverly Cousins y más tarde Beverly Señora-de-Mengano; Teresa no recordaba lo que le había contado Jeanette, excepto que se había casado con otro después de Bert. Beverly Señora-de-Mengano era tan escandalosamente guapa que incluso ahora, cincuenta años más tarde, le dolía pensarlo. Beverly aparecía siempre en las fotos que los niños traían del verano, como si Catherine Deneuve pasara por ahí mientras jugaban en la piscina o se columpiaban y apareciera por casualidad en el encuadre cuando se cerraba el obturador. No quería morirse pensando en la belleza de Beverly Keating. Además, Beverly era más joven que Teresa; no mucho, pero también importaba eso. No tendría ni ochenta años.
La recorrió una oleada de dolor y tuvo que agarrarse al sillón reclinable para mantenerse derecha. En lo más profundo de la pelvis, de arriba abajo, de cadera a cadera. ¿Cáncer de útero? ¿Cáncer de huesos? ¿Podría avanzar tan deprisa? Si no abría la puerta, la chica de los Keating llamaría a su padre. Albie había dicho que había ido a visitar a su padre. Sería también viejo, pero llamaría a algún amigo policía para que rompiera la puerta. Así funcionaban los policías: del pensamiento al ariete. Sintió que le corría el sudor por el cráneo. En un minuto tendría empapado el cabello corto y gris. Soltó el sillón reclinable y se dirigió hacia la puerta de entrada. Cada paso le hacía jurar para sí: cagüenlaputa, cagüenlaputa, cagüenlaputa. Lo utilizaba como un mantra, un punto focal para calmar su respiración, tal como le había enseñado Holly. Abrió la puerta y la mosquitera; después volvió arrastrando los pies para cambiarse de ropa y lavarse la cara. Confiaba en encontrar algún enjuague bucal, no tenía energía suficiente para lavarse los dientes.
No habían pasado ni cinco minutos cuando oyó una voz.
—¿Señora Cousins?
Y, cinco segundos más tarde, la voz le resultó más familiar.
—¿Teresa?
Oyó que se abría la mosquitera.
—Un minuto.
Se puso los pantalones de chándal y se calzó unas zapatillas de deporte, se pasó una toalla por la cabeza. Dolía. Llevaba el pelo demasiado corto, pero ¿a quién tenía que impresionar? Jeanette le había dicho que parecía que acabara de salir de la quimioterapia. Holly le dijo que parecía una monja budista. Albie no hablaba de su pelo.
—¡Hola, soy Franny! —dijo la voz.
—Sí, Franny. Albie me lo ha dicho. —Teresa cerró los ojos, esperó, inhaló, cagüenlaputa, exhaló, cagüenlaputa. Ayudaba un poco.
Cuando consiguió llegar al cuarto de estar, había dos mujeres, una rubia y una castaña. La rubia era agresivamente natural, una cola de caballo grisácea, sin maquillaje, un top de algodón atando en la nuca con una cuerda. La castaña iba más arreglada, pero la verdad es que ninguna de las dos llamaba la atención. Ninguna era tan bonita como Holly o Jeanette. Teresa sonrió por pura fuerza de voluntad.
—Esta es mi hermana Caroline —dijo la rubia—. Espero que no te importe que hayamos venido, Albie estaba preocupado por ti.
—Ahora le da por preocuparse —dijo Teresa, intentando no jadear—. Es curioso, si uno piensa en todas las preocupaciones que nos ha causado, que sea él quien se inquiete.
—Son cosas que pasan —dijo Caroline.
Teresa las miró largo rato. Había visto tantas fotos, había oído tantas historias. Caroline era la agresiva, Franny la apaciguadora. Las dos habían tenido buenas notas en su colegio católico, pero Caroline era más lista. Franny era más cálida.
—Ya sé que esto es un poco raro, chicas, pero ¿he llegado a conoceros alguna vez?
Una de ellas había terminado Derecho y la otra había abandonado la carrera. No recordaba exactamente cuál de ellas, pero seguro que lo adivinaba si las miraba bien.
—En el funeral de Cal —dijo Franny—. Me parece que solo nos vimos esa vez.
Teresa asintió.
—Y no me acuerdo.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Caroline. Directa al grano. Con autoridad. Teresa tenía la sensación de que, si le decía una mentira, Caroline daría un paso hacia delante y le palparía la barriga.
—Me he encontrado mal —dijo, poniendo la mano en una silla—, pero ya voy mejor. Ya me he levantado. Es difícil a mi edad. Cualquier cosa te deja hecha polvo.
—¿Y no quieres que te vea un médico? —preguntó Franny.
«Si hubiera querido ir al médico —pensó Teresa—, ya habría ido». Pero no quería ser desagradable. Eran buenas chicas, Albie les había pedido que fueran. No tenían la culpa.
—No —dijo.
La más lista entrecerró un poco los ojos.
—Estamos aquí, podemos llevarte al hospital. Si tienes que llamar a una ambulancia a las once de la noche, será mucho más complicado. Lamento decírtelo, pero no tienes muy buen aspecto.
Señorita Argumentación Racional. A estas alturas seguro que era socia del bufete en el que trabajaba.
—Tengo ochenta y dos años —contestó Teresa. Sentía el sudor en el rostro—. Hace ya tiempo que no tengo buen aspecto.
—Entonces, ¿no quieres ir? —preguntó Caroline. Que conste que el acusado declinó la oferta de transporte al hospital a pesar del consejo del abogado.
—Siento que mi hijo os haya hecho venir por nada. Si me hubiera preguntado primero, les habría dicho que no os llamara.
Se irían dentro de un minuto y podría sentarse. Podría dejarse caer. No volvería a la cama, no quería otra cosa que el sofá del cuarto de estar.
—De acuerdo —dijo Franny—. Pero mi padre está en el coche y quiere saludarte. Sal a saludar a mi padre y te dejamos tranquila.
—¿Fix está en el coche?
Franny asintió.
—Hoy es su cumpleaños. Tiene ochenta y tres, por eso hemos venido. — Franny esperó unos segundos, pero Teresa no se movió. Decidió seguir adelante—: Papá tiene cáncer de esófago, está muy enfermo.
—Cuánto lo siento. —Teresa apreciaba a Fix Keating. Solo lo había visto el día del incendio, pero lo recordaba como un hombre muy agradable. Albie, radiante en su rabia de muchacho de catorce años, se había encerrado en su cuarto tras un portazo mientras ella y Fix se sentaban en la cocina y tomaban una copa juntos. Había zumo de naranja natural en la nevera y Teresa preparó un par de destornilladores con vodka. Cuando Fix levantó el vaso y brindó con ella, la miró a los ojos y dijo «solidaridad». A ella le pareció lo más elegante del mundo.
—Decidle que entre —dijo Teresa, preguntándose cuánto tiempo duraría aquello y si tendría que ofrecerles algo de beber. No sería capaz.
Caroline negó con la cabeza.
—Llevamos fuera toda la tarde, no podremos hacerle subir estos escalones.
Había tres escalones ante la puerta de entrada, una barandilla de hierro forjado a cada lado que Albie había puesto el año pasado para facilitar el acceso a Teresa. Si los bajaba, Teresa tampoco podría volverlos a subir.
—Saludadlo de mi parte —dijo.
—Papá se muere —dijo Franny.
«Yo también», quiso decir Teresa. Miró a una de las chicas y luego a otra. De repente, se dio cuenta de que la estaban manipulando: hija de poli bueno, hija de poli malo. No iban a ninguna parte. Otra oleada de dolor ascendió desde debajo del ombligo. Llevaba demasiado tiempo de pie diciendo cosas amables. Cerró los ojos, e intentó respirar por la boca mientras clavaba los dedos en el respaldo de la silla.
—Cogeré tu bolso y cerraré —dijo Franny—. ¿Está en la cocina? ¿Llevas allí las tarjetas del seguro médico?
Teresa movió unos milímetros la cabeza para confirmarlo mientras la otra chica se acercaba y la rodeaba con los brazos. Era amable, pero no cabía la menor duda de que la estaba cogiendo en brazos.
—¿Puedes andar? —preguntó Caroline.
Había subido aquellos escalones miles de veces y ahora se sentía como Eva Marie Saint mirando hacia el abismo en el monte Rushmore en la película Con la muerte en los talones. Las chicas Keating se pusieron una a cada lado y la alzaron en vilo. Nunca había sido una mujer grande ni alta, como sus hijos, ni siquiera antes de empezar a encogerse. No se sentía como una carga. Eran chicas fuertes, saltaba a la vista. Eran sus secuestradoras, la llevaron por el césped y la metieron en el asiento trasero del coche, le alzaron los pies mientras hacían pivotar su cuerpo de un modo que resultaba inquietantemente profesional, como si se dedicaran habitualmente a secuestrar ancianos. La ataron con el cinturón de seguridad y, cuando Teresa soltó un grito porque no soportaba el roce sobre la barriga, se lo quitaron.
—Teresa Cousins —saludó Fix desde el asiento delantero—: nos volvemos a ver.
—Papá —pidió Caroline—, dime por dónde vamos.
Teresa percibió la urgencia de la voz de Caroline. No bastaba con ir al hospital, había que ir de inmediato.
Fix le dio indicaciones para ir al Torrance Memorial Medical Center. Ni siquiera necesitó la guía Thomas Brothers, lo tenía todo en la cabeza.
El dolor se atenuó un poco y Teresa miró por la ventanilla. Suspiró al verse sentada en la parte trasera del coche, al verse apartada de su plan. Quizá el plan de morir no era bueno. Hacía otro hermoso día californiano.
—Feliz cumpleaños —dijo a Fix—: lamento lo de tu salud.
—Cáncer —dijo—, ¿y tú? ¿Qué tienes?
Franny estaba hablando por el móvil.
—Tenemos a tu madre en el coche, nos la llevamos al hospital.
—Ni idea, quizá se me ha reventado el apéndice.
Caroline apretó el acelerador y el Crown Victoria salió como un caballo de carreras.
—¿Está Albie al teléfono? —preguntó Fix—. Déjame hablar con él.
—Papá —dijo Franny.
Su padre tendió la mano hacia atrás. Teresa puso su mano en la de Fix y la apretó muy suavemente.
—Albie, mi padre quiere hablar contigo.
—¿Tu padre? —preguntó él.
Franny le dio el móvil a su padre.
—Hola, hijo —dijo Fix, sacando de algún sitio fuerzas para adoptar un tono algo más enérgico—. Tenemos aquí a tu madre, la llevamos para que se ocupen de ella, no te preocupes.
—Gracias —dijo Albie—: me has salvado dos veces.
—Nos quedaremos con ella hasta que averigüen qué le pasa. Quiero que sepas que no la dejaremos tirada en la puerta.
—Eso está bien —dijo Teresa, mirando por la ventanilla mientras las casas de sus vecinos pasaban a toda velocidad.
—¿Voy para allá? —preguntó Albie.
Fix miró a Teresa en el asiento trasero, parecía un pajarillo desplumado caído del nido, todavía respiraba, pero parecía transparente, descoyuntada.
—Quizá podrías venir mañana, ¿qué te parece? Luego te llamamos. ¿Cómo se cuelga este chisme? —Fix preguntó esto último dirigiéndose a todos y después pulsó el botón rojo.
—Nuestros hijos son buenos chicos —dijo Teresa dirigiéndose a Fix—. Después de toda la guerra que han dado, han salido bien.
Teresa estaba impresionada por el mal aspecto de Fix. El cáncer era una mala jugada del destino.
Caroline metió el coche por la entrada de urgencias. Franny entró para buscar una silla de ruedas para Teresa mientras Caroline sacaba la de su padre. Caroline y Franny los hicieron bajar del coche trabajosamente. Costó menos sacar a Teresa. Cerró los ojos y apretó los labios, pero no dijo nada. Pesaba muy poquito. Fix, en aquel momento, sufría un ataque de dolor y tenía los miembros tan rígidos que era difícil moverlo. El día estaba siendo más largo de lo previsto y no habían cogido el Lortab. Se sujetaba las costillas con las manos, tal como hacía cuando estaba cansado, como si intentara no descoyuntarse. Franny se preguntó si sería posible conseguir una pastilla en urgencias para el camino de regreso a Santa Mónica. No era probable. Caroline y Franny llevaron a Fix y a Teresa hasta el mostrador de recepción donde una joven latina con los ojos muy pintados y una camiseta escotada miró alternativamente las dos sillas de ruedas. La parte inferior de un crucifijo de oro se hundía en el exagerado canalillo del escote.
—¿Los dos? —preguntó.
—Ella —dijo Franny.
Caroline salió a aparcar el coche.
—Voy a llamar a Marjorie y a decirle que ponga los pasteles en la nevera.
—¡Es tu cumpleaños! —exclamó Teresa, acordándose de la mujer de Fix —. Te lo he echado a perder.
Fix se echó a reír con unas carcajadas como no le oían desde hacía tiempo.
—¿Que has echado a perder mi ochenta y tres cumpleaños? Me temo que no.
—¿Tarjetas del seguro?
Franny tenía el bolso de Teresa y le pidió permiso para registrarle la cartera. Hurgó debajo de un pañuelo de papel arrugado, las llaves de la casa, un tubo de pastillas de menta. En la cartera encontró la tarjeta Medicare, la suplementaria Blue Cross Blue Shield y el carnet de conducir. ¿Todavía conducía?
—¿Nombre? —preguntó la chica, leyendo el cuestionario de la pantalla del ordenador, ya que no parecía saberse las preguntas de memoria.
—Venía aquí cuando los niños eran pequeños —dijo Teresa, mirando a su alrededor como si acabara de despertarse de un sueño—. Puntos, anginas, otitis. Pero no he vuelto desde que los niños se marcharon. Sin niños no hay urgencias. Habré venido a hacerme una mamografía o a ver a algún amigo enfermo, pero no he vuelto a urgencias.
—Los datos están en las tarjetas —contestó Franny a la chica.
—Traje a Cal cuando le picó una abeja —dijo Teresa.
—Le picó una abeja en Virginia —dijo Fix, intentando aportar su granito de arena.
—Se supone que tenemos que preguntárselo al paciente —dijo la joven—, nos ayuda a valorar su estado.
Franny la miró y luego miró significativamente a Teresa. La chica suspiró y empezó a teclear.
—La primera vez que le picó una abeja vinimos aquí.
—Pensaba que no le habían picado nunca —dijo Franny.
Bert había reunido a todos los chicos en el cuarto de estar, en Virginia, la mañana del funeral de Cal. Les dijo que Cal no podía haber sobrevivido a la picadura de una abeja. Lo dijo con intención de consolarlos, para que no creyeran que podrían haber hecho algo para salvarlo. Aunque, por supuesto, podrían haberlo salvado. Podrían haber dejado de insistir para que Cal le diera a Albie todas las pastillas de Benadryl cada vez que querían que Albie se callara, y podrían haber convencido a Cal de que no se las diera cuando no había nadie más, así le habría quedado alguna en el momento en que las necesitó. Podrían haber ido hasta donde estaba en lugar de no hacerle caso durante media hora, cuando pensaban que les estaba tomando el pelo.
—Así nos enteramos de que era alérgico —dijo Teresa—. Fue la primera vez.
—¿Qué edad tenía? —preguntó Caroline. Estaba detrás de ellos. No se habían dado cuenta de que había vuelto. Caroline estaba pensando en sus hijos, ¿les habría picado alguna vez una abeja? Intentó acordarse.
Teresa cerró los ojos, repasando a sus hijos, ordenándolos por talla de memoria.
—Tendría unos siete años. Albie intentaba andar, así que las niñas tendrían tres y cinco. Eso es. Cal y Holly estaban jugando en el jardín y yo tenía a los pequeños dentro de casa. Cuidar de cuatro niños sola era mucho lío. ¿Tenéis hijos, chicas?
—Tres —contestó Caroline—: un chico y dos chicas.
—Dos chicos —contestó Franny.
—Pero no son suyos —apuntó Fix.
—Así que a Cal le picó un abeja —dijo Caroline, intentando mantener el rumbo de la conversación.
—¿Medicación? —preguntó la chica latina.
Franny hurgó en el bolso de Teresa y sacó dos frascos que había encontrado en el lavabo del baño, Lisinopril y Restoril.
Teresa miró los frascos de color naranja que había sobre el mostrador y luego miró a Franny.
—He pensado que a lo mejor lo preguntaban —dijo Franny, aunque quizá había ido demasiado lejos al coger las pastillas. No le gustaría que nadie registrara su botiquín.
—Siempre les he dicho a las chicas que se fijaran en todo.
—¿Familiares?
Se miraron.
—Albie, supongo —dijo Franny.
—¿Vive aquí? —preguntó la chica mientras los dedos se cernían sobre el teclado.
—Bien, póngame a mí. Frances Mehta —dijo Franny, y dio a la chica el número del móvil.
—¿Parentesco?
—Hijastra —dijo Franny.
—Espera… —dijo Fix, mientras buscaba la palabra exacta para definir el parentesco entre Teresa y su hija.
—Así está bien —dijo Caroline a la chica.
Cuando terminó de rellenar los impresos, la chica de la recepción les dijo que esperaran.
—Ahora vendrá la enfermera a buscarlos.
—Pues que se dé prisa —ordenó Caroline con tanta autoridad como pudo —. Está muy mal.
—Lo comprendo, señora —dijo la chica. El peso de sus pestañas suponía una carga para ella. Parecía que estuviera a punto de caer dormida.
Franny llevó la silla de Teresa y Caroline la de su padre tan lejos del televisor como pudieron. En el exterior todavía había luz.
—Deberíais iros a casa —dijo Teresa cuando la pusieron en un rincón—. Ya estoy aquí, ahora vendrán a buscarme. No os tenéis que preocupar por si me escapo corriendo.
—Ahora me llevo a papá a casa y luego vengo a buscar a Franny —dijo Caroline.
—Hay demasiado tráfico —dijo Fix—. Mejor que nos quedemos todos aquí hasta saber qué sucede. Si me pongo mal, me ingresan y ya está. Me gusta Torrance. Muchos policías vivían por aquí.
—Termina la historia —rogó Franny a Teresa.
Pero contestó Fix en su lugar.
—En una ocasión tuve un caso curioso: un tipo se paró en un semáforo con la ventanilla bajada, entró una abeja y le picó. Así de sencillo. Se le cayó el pie del freno y el coche se metió en el cruce, donde lo embistió otro coche. Probablemente, ya estaba muerto en el cruce. Nadie supo lo que había sucedido hasta la autopsia. Fui a ese mismo sitio un par de días más tarde, aunque no estaba buscando ninguna abeja, pero quería echar un vistazo. Allí mismo había un callistemon, un árbol lleno de flores y de abejas.
Teresa asintió como si la historia fuera muy pertinente.
—Cuando vino Cal del jardín estaba pálido como un muerto. Recuerdo su carita, estaba aterrorizado, y pensé que le pasaba algo a Holly. Se estaban persiguiendo siempre con rastrillos y escobas y pensé que algo le había pasado. Le pregunté: «Cal, ¿dónde está Holly?». Y, cuando di media vuelta para ir a buscarla, soltó un terrible aullido, como si intentara aspirar aire a través de un agujerito. Extendió los brazos para detenerme y se cayó de golpe. Se le estaban hinchando los labios, las manos. Fui a cogerlo y vi una abeja en la camiseta. Seguía allí, como el asesino que tras cometer un crimen se queda rondando.
—Eso pasa —dijo Fix.
Caroline se inclinó hacia delante y cogió la mano de su hermana. A nadie le podía sorprender, estaban escuchando una historia terrible. Franny rodeó con los dedos los de Caroline.
—Si no hubiera sido porque vi la abeja, estoy segura de que habría muerto entonces, a los siete años, pero gracias a ella comprendí al instante lo que estaba pasando. Me planté en la puerta como un rayo, lo metí en el coche en dos segundos. El hospital no está lejos, ya lo sabéis, y en esos tiempos no había tráfico. Yo iba diciéndole: «Calma, calma, concéntrate en respirar».
—¿Y qué hiciste con los otros niños? —preguntó Caroline.
—Los dejé ahí. Creo que ni cerré la puerta. Bert se puso como loco cuando se lo conté. Yo estaba asustadísima, pero la verdad es que también estaba orgullosa, le había salvado la vida a Cal. Bert me dijo que no podía dejar a los niños solos, que tenía que haberlos metido en el coche. Pero Bert no estaba allí y, en cualquier caso, hiciera lo que hiciera Bert siempre pensaba que yo era un desastre de madre. Si me hubiera dedicado a recoger a los niños y meterlos en el coche, Cal habría muerto. Eso me dijo el médico. Me explicó que para Cal una picadura de abeja era algo muy peligroso y que la segunda vez sería todavía peor. Pero no es posible tener a un niño encerrado durante el resto de su vida, al menos a un chico como Cal. Siempre le estaba dando la lata para que llevara las pastillas, y tenía un vial de epinefrina y una jeringuilla en la casa, pero Bert no se llevó la epinefrina a casa de sus padres y dudo que supiera poner una inyección. Nadie vigilaba que Cal llevara consigo las pastillas. —Teresa negó con la cabeza—. Pero no le echo la culpa a Bert. Antes sí, pero ya no. Las cosas que uno necesita nunca están cuando las necesitas de verdad. Eso ya lo sé. Podría haber sucedido cuando estaba en casa conmigo.
—No podemos protegernos —dijo Fix, y se inclinó hacia delante para poner una mano sobre las de Teresa—. Eso de que protegemos a los demás es una historia que nos inventamos.
—Bert juró que iba a talar los naranjos del jardín. Están siempre llenos de abejas cuando hay flor. Odiaba los árboles, como si le hubieran hecho daño a su hijo. Pero al cabo de unos días se le olvidó. Se nos olvidó a todos. —Se calló y miró a su alrededor—. La sala de urgencias entonces estaba en la parte trasera del hospital, ahora es mucho más bonita. Todo es nuevo.
Después de un TAC y un reconocimiento, el médico pasó a hablar con ellos.
—¿Es usted el señor Cousins? —preguntó a Fix.
—No —dijo Fix.
Eso no pareció inquietar en lo más mínimo al médico. Estaba ahí para darles información y eso hizo.
—Parece que la señora Cousins tiene un absceso diverticular en el colon sigmoide. Vamos a calmar un poco todo con antibióticos y le daremos algo para que esté más cómoda. Esta noche controlaremos los hematíes y la fiebre; la mantendremos en ayunas y la examinaremos de nuevo por la mañana, a ver qué tal sigue. ¿Lleva mucho tiempo enferma?
Caroline miró a Franny.
—Tal vez unos tres días —dijo Franny.
El médico asintió. Anotó algo en la ficha que llevaba, les dijo que la habían puesto en una habitación y se marchó. Lo imaginaron dando por hecho que se trataba de una familia muy poco atenta. ¿Por qué no le habían llevado antes a la anciana? No tenía sentido que se lo explicaran.
—No es cáncer —dijo Teresa a los Keating cuando pasaron para despedirse—. Pero me temo que tendré que pasar la noche aquí.
Llevaba un monitor cardíaco y un gotero que le entraba por una vía en el dorso de la mano.
—Pues has tenido suerte —dijo Fix. Se alegraba por ella.
—Oh —dijo Teresa, llevándose a la frente la mano libre—. Cáncer. Lo siento, no debería haber dicho eso. Me están dando morfina, estoy un poco atontada.
Fix movió la mano para indicar que no importaba.
—Volveré más tarde para ver cómo vas —dijo Franny.
Teresa le dijo que no lo hiciera.
—He hablado con Albie —dijo Teresa—. Estará aquí mañana a primera hora, voy a dormir hasta que él llegue. La verdad es que estoy muy cansada. Y, además, has venido para ver a tu padre, no a mí. Ya me habéis dedicado medio día.
—Pues habría sido mejor que te dedicáramos el día entero —dijo Caroline —: la segunda parte ha sido mejor que la primera.
—Podemos esperar hasta que te duermas —dijo Fix, sintiéndose a la vez caballeroso e indeciso. Llevaba demasiado rato en la silla de ruedas. Necesitaba volver a casa y recostarse en su sillón. Le había sentado bien llevar a otra persona al hospital, para variar; pensar en el estado de Teresa y no en el suyo. Pero no era posible pasar por alto el dolor tanto rato. Había vuelto con un bate de béisbol.
—Se me están cerrando los ojos. Cuando estéis en la puerta, me habré dormido ya. —Teresa sonrió a Fix y, fiel a su palabra, cerró los ojos. Debería haberse casado con Fix Keating, pensaba cuando el sueño la envolvió en sus suaves brazos. Fix Keating era un buen hombre, pero ella estaba enferma y él estaba enfermo, ¿cómo habría podido cuidarlo?
Caroline y Franny empujaron la silla de ruedas de Fix hasta el ascensor. Se encontraban en otra zona del hospital; habían entrado por urgencias y lo habían recorrido de punta a punta hasta las habitaciones de los pacientes. Salieron al exterior por un lugar desconocido y a Caroline le costó un poco encontrar el coche. Cuando consiguieron meter la silla de ruedas en el maletero y encontraron la salida del aparcamiento, Fix estaba dormido en el asiento delantero y Franny pudo meter la dirección de la casa de Santa Mónica en el móvil.
Ni Franny ni Caroline dijeron nada durante largo rato. Quizá esperaban la confirmación de que su padre no las oiría, pero ¿por qué? ¿Qué habían hecho? La cabeza de Fix cayó sobre el reposacabezas. Tenía la boca abierta. Si no hubiera estado roncando débilmente, se habrían preguntado si estaba muerto.
—Cuando ha dicho eso de que Cal se puso blanco y luego hizo un ruido extraño… —dijo Caroline.
Franny asintió. El hijo mayor de Kumar, Ravi, tenía asma. Un verano, en el lago, en Wisconsin, tuvo que hurgar en la mochila para encontrar el inhalador: el niño hacía el mismo ruido que Cal hizo antes de morir, un siseo agudo que, si bien no era lo contrario que respirar, era, al menos, el final de la respiración.
—Me cuesta mucho recordar lo que pensé en aquel momento —dijo Caroline—. Cal estaba ya muerto, pero yo tenía la sensación de que podía hacer algo. Podía asegurarme de que nadie supiera nunca que habíamos dado el Benadryl a Albie. Podía devolver el arma al coche. ¿Por qué demonios Cal tenía la maldita pistola? —Caroline se volvió hacia Franny—. ¿Quién olvida una pistola en el coche y no se entera jamás de que su hijo adolescente la lleva atada a la pierna? ¿Y por qué me preocupé tanto? Cal estaba ya muerto y la pistola no tenía nada que ver con eso. Como si aquel árbol enorme se hubiera caído sobre la casa y yo me hubiera dedicado a recoger las hojas para que nadie se diera cuenta de lo que había pasado.
—Éramos niños. No teníamos ni idea de lo que hacíamos.
—Lo empeoré todo —reflexionó Caroline.
Franny negó con la cabeza.
—No podías empeorarlo. No había nada peor. —Apoyó la frente en el asiento delantero.
—Quizá debería habérselo contado a Teresa.
—¿Haberle contado qué cosa?
—No sé, que Cal no estaba solo, que estábamos todos con él cuando murió.
—Holly y Jeanette también estaban con nosotras y no se lo contaron nunca a Teresa. O, quién sabe, quizá sí. No tenemos ni idea de lo que sabe Teresa de lo que sucedió en Virginia.
—A menos que vaya al cine este fin de semana.
—Tu sentimiento de culpa no es nada al lado del mío —dijo Franny—. No se puede ni comparar.
Caroline y Franny no celebraron el octogésimo tercer cumpleaños de su padre. El tráfico, que había sido tolerable cuando se dirigieron a casa de Teresa, estaba totalmente colapsado por la salida a la playa desde Torrance, de modo que llegaron a casa ya de noche. La consecuencia de su amabilidad fue que Fix había estado demasiado tiempo en la silla de ruedas y demasiado tiempo en el coche. Le irradiaba el dolor desde los pies y las manos hasta los huesos del rostro, aunque este era poca cosa al lado del dolor que se concentraba en el centro del cuerpo.
—Dejad que me vaya a dormir —dijo a Marjorie cuando lo metieron en la casa. Tuvo que inclinarse sobre él para oír su vocecilla—. No puedo aguantar esto —dijo, tironeando la camisa e intentando quitársela.
Marjorie lo ayudó a desabrocharse los botones. Durante el curso de su enfermedad, Fix había perdido sus reservas. No era capaz de soportar lo inesperado. Habían estado demasiado tiempo fuera y ahora le rozaba el hueso contra el hueso.
—¿Estabais con Teresa Cousins? —preguntó Marjorie a Franny en el mismo tono que le habría preguntado «¿Lo habéis llevado a South Central a fumar crack?».
—Su hijo me ha llamado justo después de ir al cine, había que llevarla al hospital —dijo Franny.
Habrían tenido que llevar primero a su padre a casa. Estaban cerca cuando Albie había llamado, pero no se le había ocurrido que era ella quien tenía que tomar la decisión, no Fix.
—No sabíamos que tardaría tanto rato.
Caroline puso una pastilla de Lortab en una cucharita diminuta y se la dio a su padre. Así era más fácil tragar las pastillas.
—¿Y no tiene familia? —Marjorie siempre había tenido mucha paciencia con las chicas, ya desde el principio, cuando Fix las llevaba a casa de su madre para nadar. Pero lo de que llevaran a su padre de un lado a otro para hacer un favor a alguien que casi ni conocían era poco menos que intentar matarlo.
—Sí tiene familia —dijo Franny—, pero no viven aquí. Papá dijo que quería verla.
—Si no la conocía, ¿por qué iba a querer verla? —Marjorie pasó las manos por los hombros de la arrugada camiseta de Fix—. Voy a meterte en la cama —le dijo.
Franny miró a su hermana, las dos seguían de pie en la salita después de que Marjorie se llevara a Fix.
—Si todavía queda algo que pueda joder hoy, dímelo.
—No ha sido culpa tuya —dijo Caroline, y se frotó la cara. Ninguna de las dos había comido nada desde hacía horas, no tenían hambre—. No sabías lo que iba a pasar. Y, en cualquier caso, teníamos que ir los tres. Teresa se lo merecía. Entiendo que Marjorie no pueda comprenderlo, pero, aunque haya sido un error, se lo debíamos a Teresa.
Franny sonrió a su hermana con expresión de cansancio.
—Querida mía —dijo Franny—. ¿Qué hacen los hijos únicos?
—No lo sabremos nunca —dijo Caroline.
Caroline subió al dormitorio que compartían para llamar a Wharton y desearle buenas noches. Franny salió al jardín para llamar a Kumar.
—¿Has encontrado el talonario? —preguntó Franny.
—Sí, pero podías haberme contestado hace seis horas, cuando te lo he preguntado.
—La verdad es que no he podido —dijo Franny con un bostezo—. Si hubieras estado aquí hoy, me comprenderías. ¿Han vuelto bien los chicos del entrenamiento de fútbol?
—No los he visto —dijo Kumar.
—No me eches una bronca, estoy destrozada.
—Ravi está en la ducha. Amit simula hacer los deberes en el ordenador, pero cambia a un horrible juego en cuanto dejo de mirarlo.
—¿Lo estás vigilando? —preguntó Franny.
—Sí —dijo su marido.
Marjorie dio unos golpecitos en el cristal de la cocina y le hizo un gesto para que entrara.
—Tengo que irme —dijo Franny.
—¿Piensas volver?
—Por eso no te preocupes —contestó Franny, y colgó el teléfono.
—Tu padre quiere que vayas para darte las buenas noches —dijo Marjorie con aspecto de cansancio—. No me puedo creer que siga despierto.
—¿Está ahí Caroline?
Marjorie negó con la cabeza.
—Tu padre ha dicho que quería hablar contigo.
Franny prometió no distraerlo demasiado.
Marjorie había puesto las dos camas juntas y las había cubierto con una manta y una colcha grandes para que pareciera que seguía siendo una cama de matrimonio, aunque la de Fix era una cama de hospital. Estaba más cómodo un poco incorporado, le dolía menos el pecho y tragaba mejor la saliva, de manera que dormía así. Y así lo encontró Franny, vestido con su pijama azul claro, mirando el techo.
—Cierra la puerta —ordenó Fix, y dio unas palmaditas en la cama a su lado—. Es una conversación privada.
Franny se sentó junto a su padre.
—Siento haberte arrastrado hasta Torrance —se disculpó Franny—. Estaba pensando en Albie y Teresa, y debería haber pensado en ti.
—No hagas caso a Marjorie —contestó Fix.
—Marjorie está pendiente de ti. Por eso hemos tenido que ir a ver a Teresa, porque no tiene a nadie como Marjorie.
—Olvídate de todo esto durante un rato. Tenemos que hablar en serio. ¿Puedes escucharme? —Fix parecía pequeño y demacrado, una sombra de sí mismo—. Sube un poquito más la cama —ordenó Fix. Y, cuando Franny la hubo subido, añadió—: Bien. Así. Ahora abre el cajón de la mesilla.
Era un cajón grande, profundo y largo, lleno de libros de crucigramas, sobres, una guía de bolsillo de senderismo por California, un libro de poemas de Kipling, un par de artilugios para hacer ejercicio con las manos, monedas sueltas, Vicks VapoRub, un rosario. Le sorprendió el rosario.
—¿Qué estoy buscando?
—Está en el fondo.
Franny sacó el cajón un poco más y levantó los papeles. Ahí encontró el arma. No tuvo que preguntar nada. La sacó y la dejó sobre sus rodillas.
—Vale —dijo Franny.
Fix se inclinó hacia delante, le tocó la mano, puso la suya sobre el arma y sonrió.
—Cuando me jubilé, Marjorie me hizo prometer que lo devolvería todo. Dijo que ya no quería más armas cuando nos fuéramos a la playa, así que no se lo dije.
—Sí. —Franny puso la mano sobre la de su padre. Sintió la delicada estructura de su esqueleto bajo la piel de papel. Imaginó que sería como tocar el ala de un murciélago.
—Una Smith & Wesson del treinta y ocho. Fue la mía durante mucho tiempo.
—Ya me acuerdo —dijo Franny.
—No salía nunca de casa sin ella.
—¿Quieres que la cuide yo por ti? —Franny no estaba muy segura de cómo hacerlo. No podía meterla en el equipaje, no podía llevarla en el avión o a su casa en Chicago con Kumar y los chicos. No quería el arma, pero seguro que se le ocurría algo.
—No puedo con ella, es demasiado pesada; no puedo ni sacarla del cajón —dijo él—. Uno le da vueltas a muchas cosas, pero esta ni me la imaginaba.
Cuando ella y Caroline eran pequeñas iban a la sala de tiro de la academia de policía en verano y disparaban a dianas de papel. Era la única cosa del mundo que se le daba mejor a Franny que a Caroline: sabía disparar. Los amigos de Fix pasaban por ahí y se maravillaban de las dianas de Franny. «Contrata a esta chica», decían los policías, y Franny, que tenía buen ojo y buen pulso, resplandecía.
—No te preocupes —dijo Franny.
—¿Crees que podrías pegarme un tiro? —le preguntó su padre.
—La pastilla de Lortab te hará efecto ahora mismo, papá. Duérmete. — Apartó la mano de su padre del arma, se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Está haciendo efecto ya, así que escúchame. No tenemos mucho tiempo para hablar los dos solos. No puedo sostener el arma, pero eso solo lo sabes tú. A nadie se le ocurrirá. Muchos policías terminan pegándose un tiro al final de su vida si están mal. No tiene nada de malo.
El arma pesaba sobre las rodillas de Franny.
—Papá, no pienso pegarte un tiro.
Fix la miró, la boca abierta y, sin las gafas, Franny vio los ojos turbios por las cataratas. ¿Así era como Cal había mirado a Teresa el verano en que tenía siete años, cuando la abeja reptaba sobre su camiseta? ¿Así la miró Cal cuando murió? No se acordaba.
—Necesito tu ayuda, Franny. Tu ayuda. Marjorie guarda las pastillas en otro sitio. No sé dónde están y, aunque lo supiera, no sería capaz de alcanzarlas. Y no sabría cuáles tendría que tomar. Llena este tubo de alimento como si yo fuera un coche. Si me pego un tiro, a nadie le importará.
—Nos importará. A mí me importará, te lo aseguro.
—Marjorie y Caroline irán mañana a la tienda y tú te quedarás conmigo. Ponte dos pares de esos guantes, los desechables, uno encima de otro. Pon mi mano sobre el arma y luego tu mano encima.
Franny puso sus manos sobre las de su padre. No sabía si achacar aquello al dolor o al calmante.
—Papá.
—Cógela y mantenla con la empuñadura hacia afuera. Yo estaré contigo. Lo haremos paso a paso. La sostendrás bajo mi barbilla, la inclinarás un poco, unos veinte grados. Cuando esté bien puesta, quiero que te eches hacia atrás, no te hará daño.
¿Por qué no se lo pedía a Caroline? Eso era lo que quería saber. Caroline era su hija favorita. Confiaba en ella. Pero Caroline no habría querido ni escucharlo.
—No puedo hacerlo —dijo Franny.
—Cuando el arma se dispare, déjala caer. Déjala ahí donde haya caído. Te quitas los guantes y te los metes en el bolsillo. Vas al espejo, te aseguras de que no te has manchado, llama luego al 911. Eso es todo lo que tienes que hacer. Nadie pensará que has sido tú. Y no serás tú, seré yo. Tú solo me ayudarás. No es mi intención ponerte en un apuro. —Se le estaban cerrando los ojos, los abría y se le volvían a cerrar.
—Pues sería un buen apuro —dijo Franny. Siempre había tenido la sensación de que abandonaba a su padre porque vivía con su madre, vivía en el otro extremo del país, vivía con Bert. Qué raro era que a esas alturas tuviera la sensación, aunque solo fuera un instante, de que negarse a disparar a su padre era otra forma de fallarle.
—La gente se asusta de cosas equivocadas —dijo Fix, con los ojos cerrados—. Los policías se asustan sin motivo. Vamos por ahí pensando en qué encontraremos al otro lado de la puerta: está fuera, está en el armario, pero no, las cosas no son así. Lo que le sucedió a Lomer es una anomalía. Para la gran mayoría de gente de este planeta lo que va a matarlos está dentro. ¿Lo entiendes, Franny?
—Te entiendo —contestó ella.
Fix extendió el brazo y le dio de nuevo unas palmaditas en la mano; en la mano y en el arma.
—Dependo muchísimo de ti —dijo. Abrió la boca como para añadir algo y se quedó dormido.
Sentada en el borde de la cama de su padre, Franny descargó el revólver. Descargar, limpiar, volver a cargar: todo formaba parte de la educación recibida en su infancia. Había seis balas en la recámara, se las guardó en el bolsillo delantero de los vaqueros y metió el arma en la parte trasera, bajo la camiseta. Últimamente, los pantalones le venían un poco ceñidos en la cintura y, por una vez, se alegró.
Cuando volvió a la salita, Caroline y Marjorie estaban viendo El hombre que vino a cenar. Caroline pulsó el botón para quitar el sonido mientras Monty Woolley tiranizaba a los personajes secundarios desde su silla de ruedas.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó Marjorie.
—Dormido —contestó. Sentía el frío del metal en la espalda. Era ridículo pasar por la habitación ocultando un arma, pero le pareció que no era necesario que Marjorie se enterara de su existencia ni de la petición de Fix. Se lo contaría a Caroline por la mañana, pero aquella noche no era necesario decir nada más, ninguna conversación más. Franny anunció que se iba a leer a la cama.
Aquella noche, tras guardar la pistola en la maleta y las balas en un calcetín, Franny soñó con Holly. Hacía años que no se veían, pero ahí estaba, todavía con catorce años, su cabello oscuro y liso dividido en dos coletas, el top amarillo atado sobre el torso delgado. Todavía era una niña con pecas y ortodoncia. Estaban en Virginia, en casa de los padres de Bert, y caminaban por el largo campo que se extendía entre la casa y el establo. Holly hablaba sin parar todo el rato, como siempre hablaba Holly, explicando la historia de la Mancomunidad de Virginia y los indios mattaponi que en otros tiempos vivían en las orillas del río. Los mattaponi, dijo, habían luchado contra los ingleses en la segunda y la tercera guerra anglo-powhatan.
—Aquí mismo —dijo, extendiendo las manos—. Para empezar, no eran muchos y, entre las dos guerras y todas las enfermedades que los ingleses trajeron consigo, la mayoría de los mattaponi murieron. ¿Te acuerdas de que Cal buscaba puntas de flecha? Nuestro abuelo tenía un plato lleno en su escritorio, pero nunca nos dio una. Decía que las guardaba. ¿Para qué las guardaba? ¿Para una revuelta?
Franny miró la pendiente cubierta de hierba. Había un estanque de aguas someras, más allá del establo, en el que los caballos disfrutaban los días calurosos, donde ellos mismos se habían aventurado algunas veces, a pesar del barro traicionero del fondo. Contempló la distante hilera de árboles que ribeteaban el campo a la izquierda y el campo de heno a la derecha que los Cousins arrendaban. Estaba intentando asimilar lo hermoso que era todo aquello: la hierba, la luz, los árboles, todo el valle. Ahí había muerto Cal, allí era donde Holly, Caroline y Jeanette habían corrido por el campo después de darse cuenta de lo que había pasado, de vuelta a la casa para buscar a Ernestine, Caroline le dijo que se quedara con Cal por si necesitaba ayuda. ¿Por qué Caroline le había dicho que se quedara?
—Tú cogiste entonces la pistola, ¿te acuerdas? —dijo Holly—. Se la diste a Caroline aquella noche.
Cal tenía los ojos cerrados, pero la boca estaba abierta como si todavía intentara tragar aire. Tenía los labios gruesos e hinchados y le asomaba la lengua por la boca. Franny estuvo de pie a su lado, mirando hacia la casa, luego lo miró a él. Cuando se acordó del revólver, lo buscó bajo la pernera. Ahí estaba, metido dentro del calcetín y atado a la pantorrilla con un pañuelo rojo. A Franny se le metió en la cabeza que Ernestine o los Cousins o quien fuera a salvarla no deberían encontrar el arma. Se meterían todos en un lío.
—No sé por qué la cogí —dijo. Y no lo sabía.
—No podías dejarla allí —dijo Holly—. Todos estábamos obsesionados con la pistola, siempre pensábamos en ella.
Franny desanudó el pañuelo y, cuidadosamente, apuntando lejos de ella y de Cal, la descargó tal como le había enseñado su padre. Se metió las balas en el bolsillo delantero de los pantalones cortos y sostuvo el revólver abierto hacia la luz, dio vueltas al cilindro bajo el sol y miró por el cañón para asegurarse de que estaba vacío. Lo envolvió en el pañuelo, pero no tenía donde guardarlo. Intentó metérselo en el cinturón, pero asomaba. Finalmente, decidió esconderlo tras un árbol. Cuando todo el mundo se hubiera ido, volvería, lo cogería y lo llevaría a la casa. Le diría a Jeanette que fuera con ella y lo guardarían en el bolso de Jeanette. A nadie le extrañaría porque Jeanette siempre llevaba el bolso encima. Recordaba que se alegró de tener algo de qué preocuparse que no fuera Cal.
Franny miró hacia el establo.
—Siempre pensé que no hice lo correcto.
—¿Qué habría sido lo correcto? —Holly le pasó un brazo por la cintura —. No teníamos ni idea de qué estaba pasando, ni siquiera sabíamos que le había picado una abeja.
—¿No lo sabíamos?
—Nos enteramos más tarde. Esa noche, cuando papá volvió del hospital, pero antes no teníamos ni idea.
—Me gustaba aquel sitio —dijo Franny, aunque se estaba dando cuenta en aquel momento.
Holly pareció sorprendida.
—¿De verdad? Yo lo odiaba.
Franny la miró. Holly había sido una niña muy bonita. ¿Cómo era que no se había dado cuenta? Ahora para ella era una hermana.
—¿Por qué has venido entonces?
—Para asegurarme de que estáis bien —dijo Holly—. Estábamos siempre juntos. ¿No te acuerdas? Éramos una tribu feroz.
—Escucha —dijo Franny, alzando la vista—. ¿Oyes los pájaros?
Holly negó con la cabeza.
—Es tu teléfono móvil. Eso es lo que he venido a decirte, no tenéis que preocuparos.
—¿Por los pájaros? —preguntó Franny. Pero Holly se había ido y la sala estaba otra vez a oscuras. Seguía oyendo los pájaros.
—Contesta al teléfono —dijo Caroline desde la otra cama.
El dormitorio estaba a oscuras con la única excepción de la luz del teléfono. Lo cogió, aunque nunca venía nada bueno de contestar al teléfono en plena noche.
—¿Sí? —dijo Franny.
—¿Señora Mehta? —dijo una voz de mujer.
—¿Sí?
—La llama la doctora Wilkinson, del Torrance Memorial Medical Center. Señora Mehta, lamento decirle que su madrastra acaba de fallecer.
—¿Marjorie ha muerto? —Franny se enderezó, la noticia la despertó por completo. ¿Cómo era posible? ¿Cuándo había ido al hospital? Caroline se levantó de la cama y encendió la luz de la mesilla que había entre ambas. La única persona que estaba a punto de morir era su padre.
—¿Qué pasa? —preguntó Caroline.
—Me refiero a la señora Cousins —dijo la doctora—. Pasadas las cuatro de la mañana, el monitor cardíaco ha avisado a la enfermera. Hemos intentado reanimarla, pero no ha sido posible.
—¿La señora Cousins?
—¿Ha muerto Teresa? —preguntó Caroline.
—Lo lamento —dijo la doctora otra vez—. Estaba muy enferma.
—Espere un momento —dijo Franny—. Me parece que no lo entiendo bien. ¿Qué está diciendo? ¿Podría repetírselo a mi hermana?
Franny le dio el teléfono a Caroline. Ella sabría qué preguntas debía formular. El reloj digital de la mesilla decía que eran las 4:47 de la madrugada. Se preguntó si Albie estaría despierto, si habría puesto el despertador. Iba a coger un vuelo temprano a Los Ángeles para ver a su madre.