Comunidad
Capítulo 9
Fix seguía vivo en las Navidades posteriores a la muerte de Teresa Cousins. Imposible pero cierto. Serían sus últimas Navidades, pero las dos últimas ya había sido las últimas Navidades, como también el pasado día de Acción de Gracias también había sido el último. Franny no quería dejar a Kumar y a los chicos solos en vacaciones, ni tampoco quería llevarlos a Santa Mónica. Era demasiado deprimente. Franny y Caroline también querían tener en cuenta a su madre, cada vez más abandonada a medida que pasaban los años y su padre se moría lentamente.
—No solo tenemos que ocuparnos de papá —dijo Caroline, pensando en el marido de su madre. Su madre hacía confidencias a Caroline, más que a Franny, tal vez. Ese era el placer de una vida larga: el modo en que algunas cosas se arreglaban. Caroline y su madre estaban ahora muy unidas.
—Lo echo a cara o cruz —dijo Caroline por teléfono—, vas a tener que fiarte de mí.
—Me fío —dijo Franny. Se fiaba de ella más que de nadie.
—Si sale cara, vas tú a ver a papá en Navidades; si sale cruz, voy yo.
Y, tras el acuerdo, un instante de silencio y después el repiqueteo de una moneda al caer sobre la mesa de la cocina de Caroline en San José.
El avión estuvo describiendo círculos durante cuarenta y cinco minutos antes de depositar a Franny, Kumar y a los chicos en el aeropuerto de Dulles-Washington en mitad de una tormenta de nieve en plena noche. Ravi, de catorce, y Amit, de doce, sentados en la parte posterior del coche de alquiler, con tapones bien metidos en los oídos, daban suaves cabezadas con distinto ritmo. Los chicos no se habían alterado con el aterrizaje sobre la helada pista ni tampoco en la autopista a Arlington, que era un mar de hielo y accidentes; los coches se arrastraban hacia las afueras como perros apaleados, llenos de viajeros en vacaciones deseosos de llegar o viajeros en vacaciones desesperados por salir. Franny avisó a su madre de que no retrasara más la cena, no sabían cuándo podrían llegar.
—Llegad cuando podáis —contestó su madre—. Si tardáis mucho, nos comeremos la salsa para mojar de cebolla. —Siempre la preparaba para Ravi, al que le gustaba lo salado, y pastel de caramelo para Amit, que le gustaba lo dulce.
—Como si mi madre probara la salsa de cebolla —comentó Franny a Kumar tras colgar el teléfono. Ella conducía en pleno atasco mientras Kumar contestaba los últimos correos electrónicos del trabajo. Kumar trabajaba en el Departamento de Fusiones y Adquisiciones de una gigantesca empresa llamada Martin and Fox. Estaba haciendo planes para defender a su cliente de una adquisición hostil mientras su mujer conducía en plena tormenta de nieve. Era justo. Si hubieran ido a ver a su madre en Bombay, ella no habría conducido.
—Nunca he visto a tu madre comer nada —dijo Kumar mientras sus pulgares tecleaban a toda velocidad en la pantalla del móvil—. Lo que, para mí, es la mejor prueba de que es una diosa.
Beverly y Jack Dine habían cumplido ya los sesenta años cuando se casaron: ella tenía sesenta y pocos; él, sesenta y muchos. Kumar había conocido a la madre de Franny como mujer de Jack Dine, la emperatriz de los vendedores de coches de Arlington, así que la había visto siempre feliz y poderosa, una fuente de enjoyado esplendor. Kumar creía que su suegra era la persona que era en aquel momento, sin historia, y, a cambio, Beverly lo quería como a un hijo.
La casa de Jack Dine había sido de un senador de Pensilvania. Estaba rodeada por un muro y tenía una cancela en la entrada, pero la dejaban abierta y en Navidades adornaban la tapia con guirnaldas de pino y enormes coronas. El gran sendero de entrada, que terminaba en una rotonda, estaba lleno de coches. Todas las luces de las ventanas estaban encendidas, así como las luces suspendidas en las altas ramas de los árboles, y la nieve reflejaba la luz e iluminaba el mundo. Desde el coche, vieron a través de las ventanas delanteras a toda la gente, como si fueran figuritas de una enorme casa de muñecas.
—¿Da una fiesta porque vamos? —preguntó Amit desde el asiento trasero. En casa de su abuela cualquier cosa era posible. Solo quedaban unos pocos huecos para aparcar al final del camino, de modo que sacaron las bolsas del maletero y avanzaron por la nieve.
—¡Feliz Navidad! —exclamó Beverly cuando abrió la puerta de par en par. Abrazó primero a Amit, luego a Ravi, luego a los dos juntos, cada uno en un brazo. Los setenta y ocho años de Beverly podían rivalizar con los sesenta y cinco de cualquier otra persona. Se había mantenido esbelta y rubia, pero sin exagerar en ninguna de las dos cosas. Era evidente que había sido una gran belleza. A sus espaldas, la casa estaba llena y rebosante de luces, adornos de pinos y copas de champán. El árbol de Navidad del salón rozaba el techo con las ramas más altas y parecía tachonado de brillantes y de zafiros de color de rosa. En el otro extremo de la casa, alguien tocaba el piano. Se oían risas femeninas.
—No nos habías dicho que tenías una fiesta —dijo Franny.
—Siempre celebramos la Nochebuena con una fiesta —contestó Beverly. Llevaba un elegante vestido rojo y un collar de perlas de tres vueltas—. ¿Queréis entrar en lugar de quedaros en el porche como si fuerais un puñado de testigos de Jehová?
Kumar y Franny cogieron el equipaje y se sacudieron la nieve de los hombros y del pelo. Por lo menos, Kumar llevaba traje. Lo habían recogido de la oficina de camino al aeropuerto. Pero Franny y los niños parecían lo que eran, unos viajeros desaliñados. Los chicos habían visto que los invitados iban de un lado a otro con platos en la mano llenos de comida, de modo que dejaron caer las maletas y se dirigieron al salón en busca del bufet. Siempre tenían hambre.
—Si todavía no es Nochebuena —dijo Franny.
—La familia de Matthew se va a esquiar a Vail por Navidades, de manera que he adelantado la fiesta. Así es más fácil para todos. Creo que todos los años la celebraré el día 22.
—Pero no nos lo habías dicho.
Kumar se inclinó y besó a Beverly en la mejilla.
—Estás guapísima —dijo, cambiando de tema.
—¡Franny! —Un hombre corpulento que había superado la mediana edad, vestido con un chaleco de pata de gallo rojo abotonado hasta arriba, se acercó, abrazó con fuerza a Franny y la sacudió mientras soltaba una serie de gruñidos—. ¿Cómo está mi hermana favorita?
—Eso lo dices porque no está Caroline —dijo Beverly—. Deberías ver cómo la trata.
—Caroline es mi asesora legal y no me cobra nada —contestó Pete.
—Si te denuncian estas vacaciones, me ofrezco a ayudarte —intervino Kumar.
Pete se volvió y miró a Kumar, intentando identificarlo. Su rostro se iluminó cuando lo consiguió.
—Estupendo —dijo a Franny—. Se me había olvidado que también eras abogado.
—Feliz Navidad, Pete —dijo Franny. Seguro que se echaba a llorar en algún momento de la noche, la única duda era cuánto tiempo podría aguantarse.
—Pete y su familia se van a Nueva York a ver a Katie y al nuevo bebé — anunció Beverly—. ¿Te había dicho que Katie había tenido un niño?
—Navidad en Nueva York. —Pete sonrió y a Franny sus dientes le parecieron de marfil, como si fueran colmillos de elefante tallados a escala humana. Estaba bebiendo ponche de huevo en una pequeña copa de cristal—. ¿Te lo imaginas? Claro que te lo imaginas, tú eres una chica de ciudad. ¿Seguís viviendo en Chicago?
—Deja que suban arriba y se instalen —dijo Beverly a Pete—. Volverán enseguida, acaban de bajar del avión.
Pero Jack Dine estaba ya allí vestido con un chaleco de punto con un ciervo saltando bordado con pequeñas puntadas. Jack había sido siempre un hombre grande, alto y ancho, aunque ahora no parecía mayor que su mujer.
—¿Quién es esta niña bonita? —preguntó, señalando a Franny.
Beverly rodeó a su marido con el brazo.
—Jack, es Franny, mi Franny. Te acuerdas de ella.
—Se parece a ti —dijo Jack.
—Y este es Kumar, ¿te acuerdas de él?
—Puedes llevar las maletas —dijo Jack, despidiéndolo con la mano—. Vamos, súbelas.
Kumar sonrió, aunque no sabía bien por qué. Era un hombre generoso y los niños no estaban delante ni habían presenciado la escena.
—Jack —dijo Franny, poniendo la mano en el tembloroso antebrazo de su padrastro—: Kumar es mi marido.
Pero Kumar no dejó pasar la oportunidad de salir de allí.
—Señor —dijo, y saludó con la cabeza. De un modo u otro, con una mezcla imposible de fuerza y equilibrio, consiguió cogerlo todo y agarrar las bolsas de los chicos contra el pecho.
—Ve por la cocina —ordenó Jack cuando Kumar apenas había dado un solo plazo hacia la gran escalera voladiza. Estaba a punto de caer bajo el peso de las maletas, pero retrocedió, dio media vuelta y se encaminó hacia la cocina. Había una estrecha escalera de servicio que se utilizaba cuando la casa tenía criados.
—Piensan que se pueden meter en mitad de una fiesta —dijo Jack a Franny, siguiendo a Kumar con la vista—. No hay que perderlos de vista.
—Es mi marido —repitió Franny. ¿Se estaba ahogando? Franny sintió algo muy raro en la garganta.
Jack le dio unas palmaditas en la mano.
—Dime qué puedo ofrecer para beber a esta bella dama.
—Gracias, Jack, no quiero nada. —Franny tuvo la sensación de que había superado ya el ahogo. Cuando oyó caer la moneda en la mesa de Caroline y esta le dijo que debería ir a pasar las Navidades a Virginia, pensó que le había tocado la mejor parte. En aquel momento echaba de menos a su padre moribundo, su padre casi muerto.
—Te serviré un poco de ponche —dijo Jack Dine, y se marchó hacia la gente.
—Está mucho peor —comentó Pete, siguiendo con la vista a su padre—. Por si no te has dado cuenta, está mucho peor. ¿Ha incendiado algo ya?
—¿Por qué dices eso? —preguntó Beverly con voz inexpresiva. Quería a Jack Dine, o lo había querido cuando todavía era él. Por otra parte, los hijos de este muchas veces exigían más consideración de la que ella se molestaba en ofrecer.
—Porque lo hará tarde o temprano —dijo Pete. Examinaba a la gente mientras buscaba algo mejor de qué hablar—. ¡Matthew! —Levantó una mano e hizo un gesto para llamar a su hermano—. ¡Mira, Franny está en casa!
Matthew Dine llevaba un chaleco negro, pero tenía una cadena de reloj de oro con un adorno navideño rojo colgando, una sola bola de cristal que le daba un aire más festivo que a todos los demás. A Franny se le había olvidado que en las fiestas de Navidad de Jack Dine los hombres tenían que llevar chaleco. Si miraba por la sala, se veía cuál era el tema de la fiesta: las mujeres iban de rojo, los hombres llevaban chaleco. Matthew cogió las manos de Franny y le dio un beso en la mejilla.
—No has conseguido ni alejarte tres pasos de la puerta —dijo con voz solemne.
Franny prefería a Matthew, como todo el mundo.
—¿Dónde está Rick? —preguntó Franny, pensando que mejor sería saludar a los tres hermanos antes de intentar dirigirse a la escalera.
—Rick está ocupado —dijo Beverly— y ha dicho que no venía.
—Vendrá —dijo Matthew—. Laura Lee y las niñas están aquí.
«Cuando iba de camino a St. Ives / encontré a un hombre con siete esposas. Cada esposa tenía siete sacos, / cada saco tenía siete gatos». A Franny aquella familia le recordaba la rima infantil y se liaba siempre con todos ellos. Conocía a los chicos Dine, a los que todavía llamaban chicos aunque habían cumplido cincuenta años, pero se perdía con sus mujeres y sus segundas mujeres, sus hijos, algunas veces de mujeres distintas, algunos de ellos mayores y casados, otros todavía pequeños. «Gatitos, gatos, sacos y esposas». Algunos miembros de la familia Dine pensaban que era una hermana, una prima, una hija, una tía. Katie Dine, en Nueva York, había tenido un hijo. Franny no era capaz de seguir las líneas en todas direcciones: toda la gente con la que estaba misteriosamente emparentada por el matrimonio de su madre. La primera mujer de Jack Dine, Peggy, había muerto hacía más de veinte años, pero las hermanas de Peggy Dine, junto con sus maridos, hijos, las esposas de estos y sus hijos seguían siendo invitados a la fiesta todos los años como huéspedes especiales. Todos los años asistían a la fiesta que se celebraba en la casa que había sido de su hermana y catalogaban los cambios mientras se comían los canapés que había preparado la propia Beverly: veían el sofá nuevo, un tono diferente de pintura del cuarto de estar y los pájaros pintados sobre la chimenea como una profanación del recuerdo de Peggy. No podían soportar los cambios.
Los invitados iban dándose cuenta de que había llegado la hija de Beverly; los que la conocían tenían ganas de verla y los que no la conocían habían oído hablar mucho de ella. Matthew se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—¡Sal corriendo!
Franny dio un beso a su madre.
—Ahora mismo bajo —anunció.
Pasó por la cocina donde dos hombres negros con pantalones negros y camisas blancas y corbatas amontonaban galletas de jamón en bandejas de plata mientras un tercer hombre disponía unas gambas hervidas alrededor de un cuenco de cristal tallado con salsa cóctel en otra bandeja de plata maciza. No levantaron la cabeza de su trabajo cuando ella pasó por la cocina. Si la vieron, no dijeron nada. Subió por la escalera de servicio hacia la habitación que siempre compartía con Kumar. Todos los chicos Dine vivían allí, eran propietarios de hermosas casas, de manera que ni siquiera en Navidades había problemas de espacio. Tras jubilarse, Jack Dine había dividido su imperio en tres: Matthew se quedó con los Toyota, Pete con los Subaru y Rick con los Volkswagen. Rick, que era un perezoso, era también un amargado y decía que no era justo que Matthew tuviera los Toyota. Nadie podía competir con Toyota. Envidiaba especialmente el Prius.
Franny abrió la puerta sin hacer ruido y vio a su marido tendido sobre la cama en la oscuridad. La chaqueta y la corbata estaban colgadas en el armario, los zapatos, bajo la cama. Kumar siempre había sido muy pulcro, incluso cuando estudiaban en la Facultad de Derecho. Franny dejó caer el abrigo y la bufanda en el suelo y se quitó las botas para la nieve.
—Lo sentiría mucho por mí —dijo Kumar en voz baja, que tenía los ojos cerrados y las manos sobre la barriga— si no fuera por que lo siento por ti.
—Gracias —dijo ella, reptando sobre la gran cama para acostarse a su lado.
La rodeó con el brazo y le dio un beso en el pelo.
—Otra pareja haría ahora el amor.
Franny se rio y hundió la cara en su hombro.
—Una pareja que no tuviera niños entrando y saliendo de la habitación.
—Una pareja cuyo anfitrión no fuera capaz de pegar un tiro a su yerno por mestizaje.
—Lo siento —dijo Franny.
—Tu pobre madre… Lo siento también por ella.
Franny suspiró.
—Ya lo sé.
—Tienes que bajar a la fiesta —dijo Kumar—. Yo no tengo valor, pero tú tienes que bajar.
—Ya lo sé.
—Pídeles a los niños que me suban un plato con algo.
Franny cerró los ojos y asintió sin levantar la cabeza de su pecho.
Si hubiera sido por Kumar, se habrían ido a las islas Fiyi todos los años justo antes del día de Acción de Gracias y no habrían vuelto hasta pasado Año Nuevo, cuando los adornos desaparecían. Nadarían entre peces y se echarían al sol para comer papaya. Los años que estuvieran cansados de Fiyi irían a Bali o a Sídney o a cualquier otro lugar con sol y playa cuyo nombre tuviera tantas consonantes como vocales.
—¿Y qué pasaría con el colegio? —preguntaba Franny.
—¿No seríamos capaces de dar clase a los niños durante seis semanas al año? Ni siquiera serían seis semanas, habría que restar las vacaciones y las fiestas.
—¿Y el trabajo?
Kumar la miraba entonces con expresión áspera, frunciendo el ceño.
—Participa en la fantasía, por favor.
La primera mujer de Kumar, Sapna, había muerto el día de la celebración de Pearl Harbor, en mitad de las vacaciones, cuatro días después de que naciera Amit. Era fácil recordar el año porque Amit tenía doce. Sapna era diez años más joven que Kumar.
—Diez años mejor —le decía él en su cumpleaños—. Diez años más generosa.
Era cierto. La alegría de vivir de Sapna podía hacer que pareciera un poco simple, cuando, probablemente, era tan complicada como cualquier otra persona. «La felicidad no es tonta», le gustaba decir a Sapna. Quería a su marido, quería a sus hijos. Estaba contenta de haber conseguido escapar del norte de Míchigan y de haber llegado a Chicago. Su vida, por ocupada y fría que fuera, era buena. Había pasado por su segundo embarazo sin ningún problema. Estaban todos juntos en casa. Ravi, que tenía dos años y medio, dormía una siesta. Sapna estaba sentada en el sofá con el bebé en brazos. Miró a Kumar y dijo:
—Qué cosa tan rara. —Y cerró los ojos.
La autopsia reveló una anomalía genética en el corazón: síndrome del QT largo. Teniendo en cuenta la gravedad de la cardiopatía, lo sorprendente era que no hubiera muerto tras el nacimiento de Ravi. Pero algunas veces la gente no se moría. Algunas veces pasaba toda su vida sin saber de qué destino había escapado. Tras hacerse las pruebas, se vio que la madre de Sapna tenía ese mismo gen, así como su hermana.
«La gran mayoría de la gente de este planeta lleva dentro lo que la va a matar», había dicho Fix.
Antes de que hubiera transcurrido un año de la muerte de su mujer, Franny se acercó a la mesa de Kumar en el Palmer House y le preguntó qué quería tomar.
—Vaya —exclamó él, mirándola incrédulo—. Dime que no sigues trabajando aquí.
Kumar, pensó Franny. ¿Cómo era posible que se hubiera olvidado de Kumar?
—De vez en cuando, solo los fines de semana —contestó Franny, inclinándose para darle un beso en la mejilla—. Tengo un trabajo de verdad en la biblioteca de Derecho en la Universidad de Chicago, pero el sueldo es espantoso. Además, esto me gusta.
Kumar estaba esperando para recoger a un cliente y llevarlo a cenar.
—Te ofrezco un trabajo —dijo él—. Ahora mismo. Puedes empezar el lunes. Un único empleo por el que cobrarás más que por estos dos juntos.
Franny se echó a reír. Kumar no había cambiado.
—¿Haciendo qué cosa?
—Debida diligencia. —Kumar se lo estaba inventando—. Necesito que reúnas datos para una fusión.
—No terminé Derecho.
—Ya sé hasta dónde llegaste en Derecho. Necesitamos a alguien de confianza. Esta ha sido tu entrevista de trabajo: contratada.
Un hombre alto y negro con un traje oscuro se acercó a la mesa y Kumar se levantó para saludarlo.
—Nuestra nueva empleada —dijo Kumar al hombre, extendiendo la mano hacia Franny—. Franny Keating. ¿Sigues siendo Franny Keating?
—Franny Keating —contestó ella, y estrechó la mano del hombre.
Más tarde, Kumar le contaría que se lo había inventado todo sobre la marcha: que decidió casarse con Franny y resolver así todo menos lo irresoluble. La había querido cuando eran jóvenes: si no la quería ya durante el año que compartieron piso, sí la quiso cuando se marchó con Leo Posen. Si estaba libre, no veía por qué motivo no iba a quererla otra vez. El problema era el tiempo. Los padres de Sapna habían ido desde Míchigan para ocuparse de Ravi cuando Amit nació y casi un año más tarde seguían viviendo en su casa. Entre el trabajo y los niños, su vida y la enorme carga de la pena, no le quedaba ni un minuto libre al día. Lo brillante fue contratar a Franny en lugar de invitarla a salir. De todos modos, no quería salir con ella: quería casarse con ella. Si trabajaba en su bufete, se verían a diario. Se irían contando cosas de modo natural, en el ascensor o mientras archivaban documentos. Así, antes de confiarle a sus hijos y su vida, podría asegurarse de que su idea era tan buena como le parecía.
«Hecho —pensó cuando le tendió la tarjeta y le deseó buenas noches—. Ya está hecho».
En el bar seguían poniendo la misma música que años antes, o una notablemente similar. Franny se habría reído al pensar en lo mucho que le molestaba en otros tiempos. Ya no la oía. Pero, cuando Kumar y su cliente salieron del bar y se guardó la tarjeta en el delantal, oyó que Ella Fitzgerald cantaba, como si estuviera dentro de su cabeza.
Estoy intentando olvidar a alguien.
¿No quieres tú también olvidar?
Acostada en la oscuridad en la casa de su madre, Franny intentó imaginar un mundo en el que Sapna todavía viviera. Quizá hubiera vuelto a encontrarse con Kumar, tal vez hubieran tropezado el uno con el otro algún día en una librería, se habrían reído, se habrían saludado, se habrían despedido, pero nunca se habría casado con él, y sus hijos nunca habrían sido los suyos. Y, si podía pensar en un mundo en el que Sapna no hubiera muerto, también podía imaginar otro en el que Beverly hubiera seguido casada con Fix, lo que significaría que no estaría ahí Jack Dine, no habría hermanastros Dine, no habría fiesta de Navidad en Virginia. Pero eso significaría que no existiría Marjorie, y esa sería una terrible pérdida, porque había supuesto para Fix un gran amor. Pero quizá también Bert se hubiera quedado con Teresa y, cincuenta años más tarde, le habría salvado la vida insistiendo para que fuera al médico antes de que fuera demasiado tarde. También Cal podría haber evitado la abeja que lo esperaba en la hierba alta cerca del establo en la casa de los padres de Bert. Podría haber vivido durante años, aunque tal vez otra abeja lo aguardara en otro lugar. Si hubiera vivido Cal, Albie nunca habría desencadenado el incendio que hizo que lo enviaran a Virginia, aunque tampoco habría tenido sentido ir a Virginia si Bert se hubiera quedado en California. Franny, medio dormida sobre la colcha, junto a su marido, era incapaz de imaginar todos los caminos que el futuro habría ido desenmarañando sin los anclajes del pasado. Sin Bert, Franny nunca habría empezado Derecho. Se habría licenciado en Inglés y, así, nunca habría conocido a Kumar. No habría estado nunca en Chicago trabajando en el Palmer House y nunca habría conocido a Leo Posen, que se plantó en el bar hacía siglos y se puso a hablar de sus zapatos. Ahí empezó la vida de Franny, en el momento en que se inclinó hacia delante para encenderle el cigarrillo. En el recuento de todo lo que habría podido ganar o perder, la idea de no haber conocido a Leo le resultaba la más insoportable.
El sonido de la respiración de Kumar se había hecho más profundo y lento; se levantó con cuidado, buscó un vestido y unos zapatos en la maleta y se cambió de ropa en la oscuridad.
Después bajó por las escaleras de servicio hacia la cocina. Franny se encontró a su madre junto a la mesa del desayuno, sola, poniendo pastelitos en una bandeja.
—Ya sabes que tienes gente contratada para hacerlo —dijo Franny.
Su madre levantó la vista y le dedicó una sonrisa de agotamiento.
—En realidad, me estoy escondiendo un ratito.
Franny asintió y se sentó a su lado.
—Esta fiesta siempre parece una gran idea en abstracto —dijo Beverly—. Pero cuando llega el momento no sé bien por qué me pareció una buena idea.
Oían a los invitados en la habitación contigua, la hilaridad en las voces por el ponche y el champán. El pianista tocaba ahora algo más rápido, quizá una versión jazz de un villancico popular que enumeraba los regalos que un enamorado enviaba a su enamorada: Franny pensó que ella se suicidaría antes de llegar al quinto regalo.
Beverly sacó de la caja el último de los diminutos pastelillos cuadrados, rosas, amarillos y blancos, coronados con una roseta de azúcar.
—Al final ha venido Rick —dijo Beverly, cambiando la disposición de los cuadrados y convirtiéndolos en rombos—. Y ahora está bebiendo.
—Matthew ha dicho que vendría.
—No los puedo aguantar cuando están juntos —dijo Beverly—. Uno por uno los chicos están bien, pero cuando están juntos siempre tengo otra cosa que hacer. Tienen muchas ideas sobre el futuro: lo que tengo que hacer con Jack, lo que tengo que hacer con la casa. No parecen tener la menor conciencia de cuál es la conversación más oportuna en una fiesta de Navidad. No sé qué va a pasar, no entiendo por qué no paran de preguntármelo. ¿Tú tienes idea de lo que sucederá en el futuro?
Franny cogió un pastelito de color amarillo pálido, de color pollito, y se lo comió de un solo bocado. No estaba muy bueno, pero era tan bonito que no importaba.
—Ni la más remota. En absoluto —dijo Franny.
Beverly contempló a su hija con una mirada llena de amor.
—Yo quería dos niñas, a ti y a tu hermana. Quería lo que tenía. Los hijos de los demás son muy difíciles.
Si su madre no hubiera sido tan guapa, nada habría sucedido. Pero ella no tenía la culpa.
—Me voy fuera —dijo Franny, y se levantó.
Su madre miró la bandeja de diminutos pastelillos.
—Voy a separarlos por colores —dijo, echándolos sobre la mesa con la mano—. Creo que me gustarán más así.
Franny encontró a Ravi y a Amit en el sótano viendo Matrix en un televisor del tamaño de un colchón de cama pequeña.
—Esta no es una película para todos los públicos —dijo Franny.
Los chicos la miraron.
—Es por la violencia, no por el sexo —dijo Ravi.
—Y estamos en Navidad —dijo Amit, recurriendo a la lógica de los deseos.
Franny se puso detrás de ellos y vio como el hombre del abrigo negro se echaba hacia atrás para evitar que lo partieran en dos las balas y luego se volvía a levantar. Si aquello iba a darles pesadillas, el daño ya estaba hecho.
—Mamá, ¿tú la has visto? —preguntó Amit.
Franny negó con la cabeza.
—Yo me asusto con estas películas.
—Si tienes miedo, dormiré contigo en tu habitación —dijo su hijo menor.
—Si no nos dejas seguir viendo la película nunca sabremos lo que pasa — dijo Ravi.
Franny la miró un minuto más. Probablemente, era cierto lo que había dicho, aquella película le daría miedo.
—Vuestro padre se ha dormido —dijo Franny—. Esperad un ratito y luego le subís algo de comer en un plato, ¿vale?
Contentos por su pequeña victoria, asintieron.
—Y no le digáis nada de la película.
Franny volvió al piso de arriba y dio toda una vuelta por la sala, pero recordaba a muy pocos de los asistentes. No vivía en Arlington desde que había ido a la universidad. Las mujeres de los tres hijos de Jack Dine querían hablar con ella, pero ninguna tenía el menor interés en hablar con las demás. La mujer del hijo que le caía mejor era la que peor le caía, y la mujer del hijo que le caía peor era, con mucho, la que prefería. Lo curioso, aunque tampoco era especialmente interesante, era que la mujer del hijo cuyo nombre le había costado más recordar era también aquella cuyo nombre había recordado con más dificultad.
En algún momento de la velada, antes de que se marchara ninguno de los invitados, Franny volvió a la entrada y allí, sin buscarlo, vio su bolso en el suelo, ligeramente detrás de un paragüero. Lo habría abandonado allí al entrar, cuando dejó el equipaje y, sin pensar, lo cogió y salió por la puerta.
El vestido que había llevado para la fiesta, una fiesta que creía que se celebraría dos días más tarde, no era rojo. Era de terciopelo azul oscuro con mangas largas, pero no era adecuado para el frío, como tampoco lo eran los zapatos para la nieve. Qué más daba. Se había ido de la fiesta, se había escapado después de que todo el mundo la viera. «¿Dónde está Franny?», preguntarían, y la respuesta sería: «Creo que está en la cocina, acabo de verla por ahí».
Los coches estaban cubiertos de nieve y el suyo era uno de alquiler. Lo había alquilado en plena noche y no sabía ni de qué color era porque no lo había visto. Era un SUV, eso lo recordaba, pero todos los coches eran SUV, como si llevar un SUV, como los chalecos en los hombres, hubiera sido un requisito para la invitación. Bajó la pendiente que había al final del camino de entrada y, cuando estuvo más o menos donde creía que había aparcado, pulsó la llave. Se oyó un pitido a su izquierda y se encendieron las luces. Limpió el parabrisas con la muñeca y entró. En cuanto puso la calefacción, llamó a Bert.
—He pensado que podría pasar para saludar, si no es demasiado tarde — dijo, esforzándose en poner un tono intrascendente porque estaba muy nerviosa.
Bert se acostaba muy tarde. Había tenido que decirle que no llamara a su casa por las noches después de las diez.
—¡Estupendo! —dijo, como si estuviera esperando su llamada—. Pero ten cuidado con la nieve.
Bert seguía viviendo en la última casa que había compartido con Beverly, la misma en la que ella y Caroline habían vivido mientras iban colegio, aquella a la que Albie había ido a pasar un año después de que Caroline se marchara. No estaba lejos de donde vivía Beverly con Jack Dine, quizá unos siete kilómetros, pero en Arlington era posible vivir a siete kilómetros de alguien y no volver a verlo nunca más.
Cuando llegó, Bert la estaba esperando en el porche, la puerta de la casa estaba abierta a sus espaldas. Se había puesto el abrigo para salir. Bert era tan viejo como los demás, pero la edad llega a distintas velocidades y de distinto modo. Mientras avanzaba en la oscuridad, con la luz del porche brillando sobre su cabeza, Franny pensó que Bert Cousins todavía se parecía a sí mismo.
—El fantasma de las Navidades del pasado —dijo cuando Franny avanzó hacia sus brazos.
—Debería haberte llamado antes —dijo Franny—, pero se me ha ocurrido de repente.
Bert no la invitó a pasar ni la soltó tampoco. Se limitó a abrazarla. Para él seguía siendo el bebé que había llevado en brazos por la fiesta de Fix Keating, la niña más bonita que había visto nunca.
—A mí me gustan las ideas que surgen de repente.
—Vamos, me estoy helando —dijo ella.
Después de entrar, se quitó los zapatos.
—He encendido la chimenea en el estudio cuando has llamado; le ha costado, pero ya ha prendido.
Franny recordó cuando entró por primera vez en aquella casa. Tendría unos trece años. La habían comprado, sobre todo, por el estudio con su gran chimenea de piedra, tan grande que habría cabido el caldero de una bruja, y por las vistas sobre la piscina. Entonces le pareció un palacio. No tenía sentido que Bert siguiera viviendo en aquella casa, era enorme para una sola persona. Pero aquella noche Franny se alegró de que la conservara, todavía la consideraba su hogar.
—¿Qué quieres beber?
—Quizá un poco de té —contestó ella—, tengo que conducir.
Se quedó delante de la chimenea y acercó los pies, cubiertos por las medias, a las piedras calientes. Cuando iban al colegio, ella y Albie bajaban por las noches en invierno y abrían el tiro cuando hacía demasiado frío para salir a fumar. Se sentaban junto al hogar y echaban el humo de los cigarrillos por la chimenea. Se bebían la ginebra de Bert y tiraban las botellas vacías en la basura de la cocina con toda impunidad. Si el padre de él o la madre de ella advertían que los licores del mueble bar iban disminuyendo o iban apareciendo botellas vacías, nunca lo mencionaron.
—Tómate una copa, Franny. Es Navidad.
—Estamos a 22 de diciembre, ¿por qué todo el mundo me dice que es Navidad?
—Te haré un gin-tonic de profesional.
Franny lo miró.
—De profesional —se limitó a contestar.
Bert le había enseñado aquel truco cuando era una niña y se divertía sirviendo copas en las fiestas de los mayores. Si un invitado había bebido ya demasiado, le ponía tónica y hielo en un vaso y luego echaba un chorrito de ginebra por encima, sin mezclarlo. El primer sorbo sería muy fuerte, le había explicado Bert, y eso era lo que importaba. Después del primer sorbo, los borrachos ya no se fijaban.
—Si te sientes nostálgica, puedes dormir en tu habitación.
—A mi madre le encantaría —dijo con ironía. Era siempre difícil ir a ver a Bert. Aunque Beverly lo había perdonado, no podía entender que Franny y Caroline también lo perdonaran.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó Bert. Le tendió a Franny su copa y el primer sorbo, de ginebra pura, le pareció perfecto.
—Mi madre sigue siendo la misma —contestó Franny.
Bert apretó los labios y asintió.
—No esperaría otra cosa de ella. He oído que Jack Dine está mal y que a ella le está resultando difícil cuidarlo. Me duele pensar que tiene que hacer frente a esas cosas.
—Nos tocará a todos, tarde o temprano.
—Quizá la llame por teléfono para ver qué tal le va.
«Oh, Bert —pensó Franny—. Olvídalo».
—¿Y tú, cómo estás? —preguntó Franny.
Bert se había preparado su propia bebida, un vaso con ginebra y un chorrito final de tónica para compensar el de Franny, y se sentó en el sofá.
—No estoy tan mal para mi edad —dijo—. Todavía voy de acá para allá. Si me llegas a llamar mañana, no habrías dado conmigo.
Franny atizó el fuego para avivarlo.
—¿Adónde vas mañana?
—A Brooklyn —dijo.
Franny se volvió hacia él, atizador en mano, y él le dedicó una enorme sonrisa.
—Jeanette me ha invitado a pasar la Navidad. Hay un hotel a dos manzanas de su casa, está bastante bien. Ya he ido un par de veces a verlos.
—Qué buena idea —dijo Franny, y se sentó junto a Bert en el sofá—. Me alegro por ti.
—Estos últimos dos años he ido mejorando. También me escribo por correo electrónico con Holly. Dice que puedo ir a Suiza a verla en esa comuna donde vive. Yo le digo que mejor que quedemos en París, me parece una buena solución de compromiso. A todo el mundo le gusta París. Llevé a Teresa por nuestra luna de miel. ¿Cuándo fue eso? ¿Hace cincuenta años? Me parece que es hora de volver. —Se calló, como si hubiera recordado algo—. Tú estabas con ella, ¿verdad? Cuando murió Teresa. Creo que Jeanette me lo contó.
—Caroline y yo la llevamos al hospital. Estábamos con papá.
—Un bonito gesto por vuestra parte.
Franny se encogió de hombros.
—No iba a dejarla allí.
—¿Cómo está tu padre?
Franny movió la cabeza al pensar en su padre. «¿Cómo está el viejo Bert?», preguntaba siempre Fix.
—Te diría que no llega a Año Nuevo, pero seguro que me equivoco.
—Vuestro padre es un tipo muy duro.
—Mi padre es un tipo muy duro —repitió Franny, pensando en el arma que tenía en la mesilla y en que se había negado a ayudarlo cuando se lo pidió. Incluso había hecho algo peor: había llevado el arma al Departamento de Policía de Santa Mónica y la había entregado junto con las balas.
—Voy a echar un poquito más de ginebra a esto —dijo Bert.
—Un poquitín —dijo Franny, y le tendió el vaso. Como no estaba borracha, percibía perfectamente, no sin lamentarlo, que la ginebra había desaparecido.
—Hemos bebido muy poco —dijo Bert, dirigiéndose al mueble bar situado en un lado de la habitación.
—Con cuidado.
—Recuerdo que vi a tu padre de nuevo después de tu bautizo —dijo Bert —. Lo vi en el juzgado. No sé, a lo mejor lo había visto antes y no lo conocía, pero el lunes siguiente se acercó, me estrechó la mano y me dijo que se alegraba de que hubiera ido a la fiesta. «Me alegro de que pudieras venir a la fiesta de Franny», dijo exactamente. —Le tendió a Franny su copa.
—Hace ya mucho tiempo de todo eso, Bert.
—Pero no me gusta pensar en que está enfermo. Nunca tuve nada contra tu padre.
—¿Tienes trato con Albie? —preguntó Franny para cambiar de tema. Se lo podía haber preguntado a Albie directamente, pero, por algún motivo, nunca lo había hecho. No hablaban de Bert. Ni siquiera años atrás, cuando vivían juntos bajo aquel techo, hablaban de él.
—Poco. De vez en cuando uno de los dos da un paso, pero no hemos tenido mucho éxito. Albie estaba muy unido a su madre. Así son las cosas: las niñas quieren más a papá, los niños quieren más a mamá. Creo que no aceptó nunca que dejara a su madre. —Bert siempre tenía presente el pasado y daba por hecho que a los demás les pasaba lo mismo.
—Deberías llamarlo. Las Navidades son un momento duro, especialmente ahora que Teresa ha muerto. —Franny pensó en su padre y en cómo serían las cosas dentro de un año.
—Lo llamaré por Navidad —dijo Bert—, desde casa de Jeanette.
Franny quiso decirle que en California eran tres horas menos y que podía llamar a su hijo esa misma noche, en ese mismo momento, pero Bert no iba a llamar a Albie y no tenía sentido intentar que se sintiera mal por ello. Inclinó el vaso y se bebió la ginebra por segunda vez; pasó a las burbujas dulces de la tónica y se bebió el vaso entero hasta dejar solo el hielo y la lima.
—Me encantaría quedarme —dijo Franny, y parte de ella lo decía totalmente en serio. Le habría gustado subir a su habitación y acostarse en su cama, aunque se preguntaba qué posibilidades había de que la cama siguiera allí.
Bert asintió.
—Ya lo sé. Me alegro de que hayas venido, de veras.
—¿A qué hora tienes el avión?
—Temprano, así evito los atascos.
Franny se levantó y dio un abrazo a su padrastro.
—Feliz Navidad —dijo.
—Feliz Navidad —dijo Bert, y, cuando dio un paso atrás para mirarla, tenía los ojos húmedos—. Ve con cuidado, si te pasara algo, tu madre me mataría.
Franny sonrió y le dio un beso mientras pensaba en que Bert todavía analizaba las cosas en función de lo que Beverly podría o no perdonarle. Se puso los zapatos frente a la puerta y salió a la nieve. Dentro de la casa, Bert iba apagando las luces. Franny se quedó en el porche un minuto y contempló cómo la nieve se iba depositando en las mangas del vestido de terciopelo mientras pensaba en la noche en que no pudo encontrar a Albie. Bert estaba en su estudio del primer piso trabajando y su madre estaba en la cocina, haciendo los deberes de francés. Habían cenado ya hacía rato. Nevaba igual que en aquel momento y la casa estaba en absoluto silencio. Franny se preguntaba dónde estaría Albie. Por lo general, a esa hora iba a la habitación de Franny a hacer los deberes o charlar. Franny estaba echada sobre su cama leyendo El regreso del nativo para la asignatura de inglés. Albie no iba todas las noches, pero, si no estaba en su habitación, lo oía ver la tele, dar vueltas por la casa. Franny se quedó escuchando hasta que, finalmente, dejó el libro y fue a buscarlo. No estaba en su dormitorio, en el baño, en el estudio ni en el cuarto de estar, aunque ahí no iba nunca. Después de buscar por toda la casa, fue a la cocina.
—¿Dónde está Albie? —preguntó a su madre.
Su madre negó con la cabeza e hizo un ruidito que equivalía a «ni idea». Su madre no llegó nunca a hablar en francés.
—¿Me avisarás si lo ves?
Su bella madre, tal vez sintiéndose un poco incómoda, alzó la vista del libro unos segundos y asintió.
—Claro que sí —contestó Beverly.
Franny no pensó en llamar a la puerta del estudio de Bert y preguntarle si había visto a Albie o comprobar si estaba allí con él. Ni se le pasó por la cabeza.
En lugar de ello, fue a la puerta trasera. Seguía con el uniforme del colegio: una falda escocesa y calcetines altos, zapatos oxford de dos colores, una sudadera sobre la blusa blanca. Su madre no le dijo que se pusiera un abrigo ni le preguntó adónde iba, tal como habría hecho años atrás si Franny hubiera salido por la puerta trasera en una noche con nieve. Su madre estaba perdida en un mar de verbos irregulares.
Franny buscó en el garaje, pero Albie no estaba allí. Rodeó la casa y salió a la calle, caminó dos casas en una dirección, tres casas en otra. Miró si había huellas de bicicleta en la nieve, pero no había nada, solo sus huellas en todas partes. Estaba helada y empezaba a tener el pelo mojado. Estaba un poco preocupada, pero solo un poco. Pensaba que podría encontrarlo. Decidió volver a casa para coger el abrigo y, cuando subía por el camino de entrada, lo vio, su cabeza asomaba unos centímetros tras los setos de boj que crecían junto a la puerta delantera. Estaba envuelto en el saco de dormir rojo y miraba la nieve fijamente.
—Albie, ¿qué haces?
—Me estoy helando —contestó Albie.
—Pues entra en casa. —Caminó sobre la suave nieve que cubría el césped hasta plantarse delante de él.
—Estoy demasiado colocado —dijo él.
Alrededor de cada farola, cada luz del porche, había un suave halo de nieve. Todo lo demás estaba oscuro.
—Nadie va a darse cuenta.
—Sí, lo verán, estoy muy colocado.
—No puedes quedarte aquí. —Franny estaba empezando a temblar. Se preguntaba cómo se le había ocurrido salir sin abrigo.
—Claro que puedo —dijo él con una voz tan ligera, tan aérea como si fuera parte de la nieve.
Franny se metió entre los macizos de boj con intención de llevarlo a rastras. Albie era más alto que ella, pero era muy delgado y, en cualquier caso, no sería capaz de resistirse. Pero en cuanto se metió ahí con él entendió cuál era el encanto de un rincón desde el que se podía ver todo sin ser visto. El alero los protegía de gran parte de la nieve. Al acercarse, Franny percibió el olor a marihuana, dulce y fuerte. Franny y Albie bebían juntos algunas veces y fumaban cigarrillos, pero no fumaban porros juntos. Más tarde eso cambiaría.
—Hazme sitio.
Y Albie levantó el brazo, sin apartar los ojos de la nieve, y dejó que se sentara a su lado. El saco de dormir estaba relleno de plumón y, cuando se envolvieron juntos, el calor fue reconfortante. Se quedaron ahí sentados, la espalda apoyada contra la casa de ladrillo, el áspero seto justo delante de ellos. Vieron caer, caer, caer la nieve hasta que tuvieron la sensación de que eran ellos los que se caían.
—Echo de menos a mi madre —dijo Albie. Durante todo el año que estuvieron juntos, solo lo dijo aquella vez, y solo lo dijo aquella noche porque estaba colocado.
—Ya lo sé —dijo Franny, porque lo sabía. Lo sabía con toda claridad, y apretó el saco de dormir en torno a los dos. Se quedaron juntos hasta que Franny dejó de sentir los pies y le dijo que tenían que entrar en casa.
—Yo he dejado de sentirlos hace rato —dijo Albie.
Se sujetaron con los brazos para levantarse. La puerta delantera estaba cerrada con llave, de manera que rodearon la casa, arrastrando el saco de dormir a sus espaldas. La madre de Franny no estaba en la cocina, pero seguía la luz encendida bajo la puerta del estudio de Bert.
—Ya te había dicho que nadie se daría cuenta de que estabas colocado — dijo Franny y, por algún motivo, aquello hizo que Albie estallara de risa. Se sentó en el suelo y se puso el saco de dormir sobre la cabeza, riendo, mientras Franny sacaba los cereales y la leche.
Franny se sacudió la nieve de los hombros y se dirigió hacia el SUV alquilado. Nunca le había contado aquella historia a Leo. Tenía intención de hacerlo, pero, por algún motivo, se la guardó. En aquel momento entendió que algún día, en el futuro, habría una noche como aquella y recordaría esa historia y sabría que nadie más en el mundo la conocía, con la única excepción de Albie. Había tenido la necesidad de conservar algo para sí.
Terminaste Comunidad
Ann Patchett
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