Comunidad
Capítulo 2
—¿Me estás diciendo que fuiste tú quien le puso su nombre a Albie? — preguntó Frances.
—No fui yo quien decidió que se llamara Albie —contestó su padre mientras ambos caminaban detrás de la enfermera por un pasillo largo y luminoso—. Si hubiera elegido yo el nombre, no le habría puesto uno tan tonto. Muchos de los problemas de ese chico son por culpa de su nombre.
Frances, a la que ahora llamaban Franny, pensó en su hermanastro.
—Me temo que no solo es por eso.
—¿No sabes que una vez tuve que sacarlo de un centro de menores? Tenía catorce años e intentó incendiar el colegio.
—Me acuerdo —contestó Franny.
—Me llamó tu madre y me pidió que lo sacara. —Se dio unos golpecitos en el pecho—. Dijo que, dado que yo estaba tan interesado en hacerle favores, que le hiciera ese. Si uno piensa en la cantidad de policías que Bert conocía en Los Ángeles se pregunta por qué tenían que molestarme a mí.
—Ayudaste a Albie —observó Franny—. Era un crío y le echaste una mano, eso no tiene nada de malo.
—El chaval ni siquiera sabía cómo incendiar algo decentemente. En cuanto lo saqué, lo llevé a ver a tu tío Tom, que estaba en el cuerpo de bomberos. Tom trabajaba entonces en Los Ángeles. Le dije al hijo de Bert: «Si quieres incendiar un colegio lleno de niños, estos tíos te enseñarán a hacerlo bien». ¿Y sabes qué me contestó?
—Sí, me acuerdo —contestó Franny. Aunque no añadió que el colegio estaba vacío cuando Albie le prendió fuego y que, además, no lo había hecho tan mal. Uno podía decir de Albie cualquier cosa, pero, sin duda, sabía provocar incendios.
—Dijo que ya no le interesaba —Fix se detuvo, lo que hizo que Franny se parara y que la enfermera se detuviera también para esperarlos—. Ya no lo llaman así, ¿verdad? —preguntó Fix.
—¿Albie? No lo sé. Yo siempre lo he llamado Albie.
—Estoy intentando no escuchar su conversación —señaló Jenny. La enfermera se llamaba Jenny, lo ponía en una etiqueta identificadora que llevaba colgada, pero no era necesaria porque ya la conocían.
—Puedes escuchar lo que quieras —dijo Fix—. Aunque, en ese caso, deberíamos contar historias más entretenidas.
—¿Cómo se encuentra hoy, señor Keating? —preguntó Jenny. Fix había ido al Centro Médico de la UCLA para recibir quimioterapia, de modo que no era una mera pregunta de cortesía. Si no se sentía bien, lo enviaban de nuevo a casa y todo el proceso se iba retrasando hacia un futuro impredecible.
—Me encuentro bien —contestó Fix, que caminaba agarrado del brazo de Franny—. Como dice la canción, me siento como luz en el agua.
Jenny se echó a reír y los tres se detuvieron ante una sala grande donde había dos mujeres sentadas con la cabeza envuelta en unos paños y con termómetros digitales en la boca. Una de ellas saludó a los recién llegados con un cansado movimiento de cabeza, pero la otra se quedó con la mirada fija, perdida en el infinito. A su alrededor, las enfermeras iban y venían vestidas con pijamas de colores chillones. Fix se sentó; Jenny le dio un termómetro y le puso el manguito en el brazo para medirle la tensión. Franny ocupó la silla vacía junto a su padre.
—Para retomar el punto de partida de nuestra conversación, ¿Bert y tú hablasteis de cómo debería llamar a su hijo antes de que Albie naciera?
Franny había oído cientos de veces la historia del incendio y de la llamada telefónica posterior, pero nunca había surgido lo del nombre de Albie.
Fix se quitó el termómetro.
—Pero no volvimos a mencionar el tema.
—¡Eh! —regañó Jenny, señalándolo con el dedo, y Fix se volvió a meter el termómetro en la boca.
Franny negó con la cabeza.
—Me cuesta creerlo.
Fix volvió los ojos hacia Jenny, que le quitó el manguito del brazo.
—¿Qué es lo que te cuesta creer? —preguntó Jenny en lugar de Fix.
—Todo —dijo Franny, abriendo las manos—. Que Bert y tú prepararais bebidas juntos, que hablarais, que conocieras a Bert antes de que lo conociera mamá.
—36,6.º C —anunció Jenny, y tiró el envoltorio higiénico del termómetro a la basura. Después se sacó del bolsillo una goma elástica de color rosa brillante y la ató en el brazo de Fix.
—Claro que conocía a Bert —dijo Fix, como si Franny estuviera poniendo en duda sus palabras—. ¿Cómo crees que lo conoció tu madre?
—No lo sé. —Nunca se le había ocurrido preguntarlo. No recordaba cómo era la vida antes de que Bert formara parte de ella—. Imagino que pensaba que los había presentado Wallis. Tú no la tragabas.
Jenny estaba palpando la cara interna del codo de Fix con los dedos, buscando una vena que pudiera servir.
—He conocido yonquis que se pinchaban entre los dedos de los pies — comentó Fix con algo parecido a la nostalgia.
—Un motivo más para que uno no quiera tener a un yonqui de enfermera —Jenny palpó un poco más la piel con aspecto de papel y luego sonrió mientras sujetaba la vena en su sitio con un dedo—. Muy bien, caballero, ahí vamos. Un pinchacito.
Fix ni siquiera pestañeó. Jenny había metido la aguja a la primera.
—Oh, Jenny —dijo, mirándole la raya del pelo mientras la enfermera se inclinaba hacia él—: ojalá me pincharas siempre tú.
—¿De verdad le tenía usted tanta manía a Wallis? —intervino Jenny. Enchufó un vial con la parte superior de goma, observó cómo se llenaba de sangre y luego llenó otro.
—Pues sí.
—Pobre Wallis. —Jenny extrajo la aguja con cuidado y apretó con una bola de algodón—. Ahora súbase a la balanza y hemos terminado.
Fix se subió a la báscula y observó mientras Jenny movía el contrapeso metálico con la uña. Fue desplazándolo hasta que se detuvo en sesenta kilos.
—¿Se está tomando el Boost?
Cuando terminaron lo que denominaban los preliminares, avanzaron por el mismo pasillo, dejaron atrás la sala de enfermeras, donde los médicos estaban leyendo informes en las pantallas del ordenador o en los móviles. Entraron en una sala grande y soleada donde los pacientes estaban recostados en butacones, recibiendo gota a gota diversos medicamentos. Alguien había dejado todos los televisores sin sonido, lo que significaba que no tenían que soportar los anuncios, pero se oían los pitidos discordantes de los monitores. Jenny acompañó a Franny y a Fix a dos butacas situadas en el rincón. Era todo un detalle, teniendo en cuenta lo llena que estaba la sala de quimio. Todos aquellos que todavía tenían fuerzas para sentir preferencias elegían sentarse en un rincón.
Fix le dio las gracias y se acomodó en la butaca con ayuda de ambas manos. Cuando recostó la cabeza y levantó los pies, exhaló el pequeño suspiro propio de un policía tras un día pateando la ciudad. Cerró los ojos. Durante cinco minutos se quedó tan quieto que Franny pensó que se había dormido incluso antes de empezar. Deseó haberse traído una revista de la sala de espera y estaba empezando a buscar una con la vista por la sala de tratamiento, porque algunas veces quedaba alguna olvidada por ahí, cuando su padre retomó la historia donde la había dejado.
—Wallis era una mala influencia —añadió, todavía con los ojos cerrados —. Estaba siempre sentada en nuestra cocina hablando de la liberación y del amor libre. Lo que tienes que tener presente, hablando de tu madre, es que no tenía carácter. Siempre se dejaba influir por la persona que tuviera al lado. Cuando estaba junto a la señorita Amor Libre, lo del amor libre le parecía una gran idea.
—Eran los años sesenta —objetó Franny, alegrándose al ver que estaba despierto—. No puedes echarle toda la culpa a Wallis.
—Le echo la culpa de lo que me da la gana.
Probablemente, no era mala idea. Wallis había muerto diez años atrás de cáncer de colon y, a pesar de todas sus charlas sobre el amor libre y la liberación femenina, había vivido hasta el final con Larry, con el que se había casado en los primeros años de universidad. Larry la acompañó durante los últimos años de vida con tanta paciencia como la había acompañado siempre: lavándola, contándole las pastillas, cambiándole la bolsa de la colostomía. Larry y Wallis se trasladaron a Oregón después de que Larry vendiera la consulta de optometría. Se dedicaron a cultivar arándanos y cuidaban a sus perros con muchísimo esmero porque sus hijos y sus nietos pocas veces podían ir a verlos. Wallis y Beverly conservaron su amistad desde ambos extremos del país desde los veintinueve años, después de que Beverly se fuera a Virginia para casarse con Bert Cousins, de modo que el traslado de Wallis no las afectó. Qué más daba que una viviera en Los Ángeles o en Oregón si la otra estaba en Virginia. Incluso podría decirse que estuvieron más unidas tras el traslado porque Wallis solo tenía a Larry y a los perros para hablar. Beverly y Wallis habían mantenido el contacto por correo electrónico y, en fechas posteriores, gracias a las llamadas telefónicas gratuitas. Hablaban durante horas. Se enviaban regalos de cumpleaños y tarjetas. Cuando Beverly se casó con su tercer marido, Jack Dine, Wallis fue desde Oregón a Arlington para hacer de madrina de honor, como lo había sido en la boda entre Beverly y Fix, aunque no en la boda con Bert, que se había celebrado en privado y sin amigos, en la casa de los padres de Bert, a las afueras de Charlottesville. Más tarde, cuando Wallis se puso enferma, Beverly fue en avión hasta Oregón y, sentadas las dos en la cama, leían poemas de Jane Kenyon en voz alta. Hablaron de las cosas desconcertantes de la vida, especialmente, los hijos y los maridos. El sentimiento de desagrado entre Wallis y Fix Keating era recíproco, y a esta le daba igual que le echara la culpa de cosas de las que de ningún modo podía ser culpable. Y si había podido cargar con sus reproches en vida, era difícil imaginar que ahora le importaran.
—¿Tienes frío? —preguntó Franny a su padre—. Puedo traerte una manta.
Fix negó con la cabeza.
—Ahora no tengo frío, me entra más tarde. Me traerán una manta cuando la necesite.
Franny buscó a la enfermera con la vista, pero sin fijarla en ningún paciente: la mujer dormida con la boca abierta, calva como un ratón recién nacido; el adolescente jugueteando con su iPad; la mujer cuyo niño de seis años le hacía compañía quietecito mientras coloreaba un cuaderno. ¿Cómo habría llevado Wallis la quimio? ¿Larry se marchaba o se quedaba con ella? ¿Fueron sus hijos a verla desde Los Ángeles? Tenía que acordarse de preguntárselo a su madre.
—Hoy empiezan con un poco de retraso —observó Franny, aunque no tenía la menor importancia. La sopa y el pan que Fix no se comería estaban preparados en casa. Marjorie los estaría esperando. Verían luego Jeopardy! en la tele y Franny dormiría en la habitación de los invitados del piso de arriba.
—No tengas prisa para que te envenenen: ese es mi lema. Puedo quedarme aquí todo el día.
—¿Desde cuándo eres tan paciente?
—El paciente paciente —contestó él, divertido con su chiste—. ¿Así que Albie y tú todavía os veis?
Franny se encogió de hombros.
—Me llegan noticias suyas.
Franny había hablado demasiado de Albie durante su vida y ahora, como si quisiera compensar, había decidido no hablar de él en absoluto.
—¿Y qué tal está el viejo Bert? ¿Qué tal le va?
—Parece que bien.
—¿Hablas con él a menudo? —preguntó Fix, en una encarnación de la misma inocencia.
—No tanto como hablo contigo.
—No se trata de competir.
—No, claro que no.
—¿Está casado?
Franny negó con la cabeza.
—Soltero.
—Pero se casó por tercera vez.
—No fue bien.
—Pero ¿no tenía una novia? ¿Otra después de la tercera?
Fix sabía perfectamente que Bert se había divorciado por tercera vez, pero no se cansaba de oírlo.
—Duró poco.
—¿Y la novia tampoco duró?
Franny negó con la cabeza.
—Vaya, qué mal —dijo Fix, como si de verdad lo sintiera, y quizá así fuera, pero le había hecho las mismas preguntas un mes antes y se las haría otra vez al mes siguiente con el pretexto de que estaba viejo y enfermo y no se acordaba bien de la conversación. Sin duda, era viejo y estaba enfermo, aunque se acordaba de todo. «Interroga a los testigos una y otra vez», le había dicho por teléfono cuando era pequeña y había perdido una pulsera «nomeolvides». Franny llamó desde Virginia a las cinco, justo cuando las tarifas bajaban y en California eran las dos. Lo llamó al trabajo. Nunca había telefoneado al trabajo, pero tenía su tarjeta. Para entonces, a Fix lo habían ascendido a detective, y era su padre, así que Franny supuso que sabría encontrar la pulsera. «Pregunta a tu alrededor —le aconsejó su padre—. Entérate de quienes cambiaban de aula y adónde iban. No te agobies, que no piensen que los acusas, pero habla con todos los chicos que pasaron por el pasillo y, más tarde, vuelve a hablar con ellos por si se callan algo o se han acordado de algo nuevo. Si de verdad quieres encontrarla, tienes que dedicarle algún tiempo a la búsqueda».
La enfermera que le tocaba a Fix era Patsy, una vietnamita que parecía una niña y flotaba en un pijama XXS de color lavanda. Lo saludó con la mano desde el otro extremo de la atestada habitación, como si estuvieran en una fiesta y por fin consiguiera que le hiciera un poco de caso.
—¡Aquí está usted! —exclamó Patsy.
—Aquí estoy yo —contestó él.
Se acercó a Fix. Llevaba el pelo negro trenzado y recogido en un moño, como si fuera una cuerda para casos de emergencia.
—Tiene usted buen aspecto, señor Keating —observó ella.
—Esas son las tres etapas de la vida: juventud, mediana edad y «tiene usted buen aspecto, señor Keating».
—Bueno, eso ya depende del lugar donde lo vea. A lo mejor, si me lo encontrara en la playa, sentado en traje de baño sobre la toalla, no me parecería que tiene tan buen aspecto. Pero aquí… —Patsy bajó la voz, echó una mirada por la sala y se acercó a él para añadir—: Aquí tiene usted buen aspecto.
Fix se desabrochó los botones superiores de la camisa y la abrió para facilitarle el acceso al port-a-cath que tenía en el pecho.
—¿Conoce a mi hija?
—Conozco a Franny —dijo Patsy, y le dedicó a Franny un leve movimiento de cejas, un gesto universal que quería decir «al pobre viejo se le olvidan las cosas». Inyectó una gran jeringuilla de suero salino para limpiar el puerto.
—Dígame su nombre completo.
—Francis Xavier Keating.
—Fecha de nacimiento.
—20 de abril de 1931.
—Perfecto —dijo, se sacó tres bolsitas del bolsillo de la parte superior del pijama—. Oxaliplatino, 5-FU y esta es un antiemético.
—Bien —dijo Fix, asintiendo—. Adentro.
La brillante mañana de Los Ángeles entraba por la ventana del séptimo piso y recorría el suelo de linóleo. Patsy se fue a la sala de enfermería para tomar nota de los detalles del tratamiento mientras Fix miraba el anuncio silencioso que aparecía en el televisor colgado del techo. Una mujer caminaba bajo una tormenta, empapada y chorreando, rodeada de rayos y relámpagos. De repente, un guapo desconocido le tendía su paraguas y en ese mismo momento dejaba de llover. La calle se convertía entonces en lo que podría ser la representación del más allá de un jardinero británico, todo sol y rosas. La mujer tenía el cabello seco y ondulante, y su vestido se movía como las alas de una mariposa. Las palabras «Consulte a su médico» aparecieron en la parte superior de la pantalla, como si el anunciante hubiera adivinado que todo el mundo quitaría el sonido. Franny se preguntó si sería un medicamento contra la depresión, la incontinencia urinaria o la alopecia.
—¿Sabes de quién me acuerdo siempre cuando estoy aquí? —preguntó Fix.
—De Bert.
Fix hizo una mueca.
—Si te pregunto alguna cosa sobre Bert o su hijo el pirómano es por hablar, por educación. No pienso nunca en ellos.
—Papá —inquirió Franny—, ¿en quién has estado pensando últimamente?
—En Lomer —contestó Fix—. Conocías a Lomer, ¿verdad?
—No —dijo Franny, pero también sabía esa historia o alguna versión aproximada. Su madre se la había contado tiempo atrás.
Fix negó con la cabeza.
—No, no puedes acordarte de Lomer. La última vez que fue a casa te sentó en sus rodillas. Te llevaba en brazos a todas partes, ni siquiera te dejaba cuando cenaba. Fue un par de meses después de tu bautizo, me acuerdo ahora. Eras una niña preciosa, Franny, muy rica. Todo el mundo te hacía muchísimo caso y tu hermana se ponía frenética. Antes de que nacieras, Lomer dedicaba toda su atención a Caroline y eso era lo que ella quería. Me acuerdo de que Lomer le dijo: «Caroline, ven aquí, queda mucho sitio», pero ella no quiso. No podía soportar veros juntos.
—Bueno, así son las cosas —dijo Franny. Según podía recordar, Caroline no se sentaba en otras rodillas que las de su padre, incluso después de que se mudaran al otro extremo del país.
—Todos los niños querían a Lomer —prosiguió Fix—. Siempre dejaba que entraran en el coche, pusieran la sirena, jugaran con las esposas. ¿Te imaginas las denuncias que tendría ahora si alguien esposara a un niño al retrovisor para jugar? Tenían que ponerse de pie en el asiento y les encantaba. Lomer daba una imagen amable de la policía. Me acuerdo de que, cuando salió de casa esa noche después de cenar, tu madre y yo comentamos que era muy triste que el muchacho no tuviera hijos. Nos parecía muy viejo y no tendría más de veintiocho, veintinueve años.
—¿Estaba casado?
Fix negó con la cabeza.
—No tenía novia. Al menos, no la tenía cuando murió. Le habían partido la nariz en la Marina y la tenía muy fea, pero era un tipo guapo. Todo el mundo decía que se parecía a Steve McQueen, lo que era una exageración por culpa de la nariz. Tu madre quería emparejarlo con Bonnie, y yo no quería porque Bonnie era idiota. Qué pena que en esa ocasión ganara yo. Un sacerdote menos.
—Quizá era gay —sugirió Franny.
Fix volvió la cabeza con aire tan desconcertado que resultaba evidente que le parecía que tenía que haber un malentendido.
—Joe Mike no era gay.
—Me refiero a Lomer. —Entonces Fix cerró los ojos y los mantuvo cerrados—. No sé por qué haces eso.
—Pues no habría nada de malo en ello —insistió Franny, pero se arrepintió de haberlo dicho. Érase una vez en la ciudad de Los Ángeles un policía muy majo y heterosexual que quería mucho a los niños y se parecía a Steve McQueen y no tenía novia; qué más daba que a ella le pareciera posible o no. Homosexual o heterosexual, Lomer llevaría unos cincuenta años muerto. La bolsa de la quimio se había terminado y les quedaba otra hora y media que podían pasar charlando o callados—. Perdona —se disculpó Franny y, como él no contestó, le dio un golpecito en el brazo—. Te he dicho que lo sentía. Cuéntame cosas de Lomer.
Fix aguardó unos instantes mientras daba vueltas a la idea de seguir enfadado o dejarlo correr. La verdad era que Franny lo irritaba un poco, le molestaba el modo en que se parecía a Beverly, pero no sabía sacar partido de su aspecto: el cabello en una coleta, los pantalones ceñidos con un cordón, ni gota de brillo de labios. Fix conocía a gente en el hospital, algunas veces su médico pasaba durante el tratamiento. Podría haber hecho un esfuerzo.
Y Franny no sabía nada de Lomer. Lo más cerca que había estado de un hombre de la categoría de Lomer era cuando tenía un año y él la sentaba en sus rodillas. Bastaba con ver al tipo del que Franny se había enamorado locamente cuando era joven, el que le había robado de manera inmisericorde, e incluso a su marido, que podría ser un buen tío, pero saltaba a la vista que se había casado con ella porque necesitaba que alguien cuidara de sus hijos: Franny no sabía juzgar a los hombres. Fix había tenido la esperanza de que las chicas algún día encontraran a un hombre como Lomer, aunque no habían tenido suerte. Lo que veía en su imaginación —su compañero sentado a la mesa sosteniendo a Franny, Beverly en la cocina vestida como si fuera a salir a cenar en lugar de preparar la cena— era suficiente para mantener los ojos cerrados, pero entonces sintió una única descarga eléctrica a través del esófago, como si el veneno que lo recorría hubiera rozado el lateral del tumor, y Fix recordó de nuevo algo que olvidaba constantemente: aquello iba a acabar con él.
—¿Papá? —dijo Franny, y le puso la mano con suavidad en el esternón, justo en el sitio concreto.
Fix movió la cabeza de un lado a otro.
—Dame otra almohada.
Después de que le trajera otra almohada y se la pusiera en la espada, Fix siguió hablando. Franny había ido desde Chicago para verlo, había dejado a su marido y a sus hijos por él.
—Lomer era un tipo muy gracioso —prosiguió Fix—. No había nada mejor que patrullar con él. —Se dio cuenta de que le salía un hilillo de voz y carraspeó para empezar de nuevo—. Esperaba con ganas el momento de sentarme en una mierda de coche hasta las cuatro de la mañana en South Central porque Lomer estaba ahí contando chistes. Me reía hasta ponerme enfermo, al final tenía que decirle que parara o echaríamos a perder el trabajo de toda la noche.
El padre de Franny parecía pequeño y frágil. Ahora el cáncer estaba en el hígado.
Tenía cáncer en la pelvis y en la columna vertebral, mientras que Lomer era joven y estaba fenomenal.
Algo así habría dicho Lomer sobre el asunto.
—Pues cuéntame un chiste —dijo Franny.
Fix miró el techo con una sonrisa pensando en Lomer sentado a su lado en el coche. Se quedó quieto durante varios minutos mientras las gotitas plateadas de la quimio bajaban por el tubo de plástico y entraban por el agujero del pecho. Luego negó con la cabeza.
—Ya no sé.
Pero no era del todo cierto: recordaba uno.
—Una mujer está en su casa y un policía llama a la puerta —dijo Lomer. Al principio, Fix no se dio cuenta de que le estaba contando un chiste. Lomer era así, no era fácil saber de qué iba—. El policía va con un perro, más o menos parecido a un beagle, quizá un poco más grande, y el perro tiene un aire tremendo de culpabilidad. El beagle intenta mirar a la mujer pero no puede, no es capaz de mirarla a la cara, de modo que mira hacia la hierba como si se le hubiera caído una moneda.
Un chiste. Fix iba conduciendo y llevaban las ventanillas bajadas. La radio graznaba órdenes en números codificados y Fix bajó el volumen hasta que las palabras y los números quedaron reducidos a poco más que un leve chasquido de interferencias. Lomer y Fix no iban a ningún sitio en particular. Estaban patrullando, mirando lo que pasaba.
—El policía intenta hacer su trabajo, pero le cuesta. «Señora, ¿el perro es suyo?». La mujer reconoce que sí. «Pues siento decirle que ha habido un accidente. Su marido ha muerto». Así que ya sabes lo que pasa: la mujer está en shock, se echa a llorar, todo eso. El perro sigue sin mirarla. «Pero, señora, tengo que decirle otra cosa». Está a punto de arrancar la tirita. «El cadáver de su esposo, cuando lo hemos encontrado, estaba desnudo». «¿Desnudo?», pregunta la mujer. Y el policía asiente y carraspea. «Y es que hay algo más, señora. Había una mujer en el coche con él y tampoco ha sobrevivido». La esposa hace un ruidito, un jadeo, quizá dice «¡oh!». Y el policía sigue. No tiene otra alternativa. «Su perro estaba en el coche con ellos. Me parece que es el único superviviente». Y el perro se mira las patas como si deseara haber muerto con los demás.
Fix giró hacia Alvarado. Era el 2 de agosto de 1964 y, aunque eran casi las nueve de la noche, no había anochecido del todo. Los Ángeles olía a limones, a asfalto y al tubo de escape de un millón de coches. Había niños en las aceras dándose empujones y corriendo, divirtiéndose, pero también salían los merodeadores nocturnos: las pandillas, las chicas, los yonquis con sus necesidades insaciables y entre todos montaban un mercado de intercambios. Todos tenían algo que vender, comprar o robar. La noche empezaba. La noche era todavía muy joven.
—¿Te inventas estas cosas? —le preguntó Fix—. ¿Llevas tres horas dándole vueltas a esta historia o lees chistes en las revistas y te los aprendes para contármelos ahora?
—No es un chiste —dijo Lomer, quitándose las gafas oscuras, ya que el sol había casi desaparecido—. Te estoy contando una historia que ha sucedido en realidad.
—A ti —dijo Fix.
—A alguien que conozco. Al primo de un conocido.
—No me jodas, tío.
—Cállate y escucha un poco, para variar. Así que el policía le da el pésame, le entrega la correa del perro y se va. El perro tiene que entrar en la casa, pero no deja de mirar hacia el policía, que sube al coche. Cuando la mujer cierra la puerta, se pone a hablar con el perro. «¿Estaba desnudo? ¿Estaba en el coche desnudo?». —Lomer no hablaba con la voz de una viuda doliente, sino la de una mujer furiosa—. Y el perro mira hacia la puerta, como si quisiera escaparse a cualquier sitio. —Lomer miró por la ventanilla del coche durante un minuto a un chico con una pelota de béisbol bajo el brazo, de camino a casa desde los campos de deporte. Un tipo detenido en una esquina, bebido o colocado, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, esperando a que lloviera. Cuando Lomer volvió a mirar a Fix parecía el beagle, el perro más triste y culpable de la historia, y el beagle asintió—: «¿Y la mujer?» —preguntó Lomer, poniendo voz de mujer—. «¿También estaba desnuda?».
Y a toda velocidad se transformó de nuevo en el beagle y se quedó mirando a Fix. Asintió.
—¿Y qué estaban haciendo?
Esa pregunta era ya demasiado para Lomer convertido en beagle, el recuerdo del momento era muy doloroso, pero hizo un círculo entre el pulgar y el índice y luego introdujo el índice de la otra mano. Fix puso el intermitente y aparcó el coche patrulla junto al bordillo. Ya no miraba la calle.
—¿Estaban teniendo relaciones sexuales? —preguntó la mujer.
Lomer asintió con expresión triste.
—¿En el coche?
El beagle cerró los ojos y asintió lentamente.
—¿Dónde?
Lomer alzo un poco la barbilla para indicar el asiento trasero. Jamás en la vida se había visto un beagle más triste.
—¿Y tú qué hacías?
Fix estaba riéndose ya antes de que Lomer rematara la historia con la última frase, mientras este estiraba los brazos hacia un volante imaginario y miraba nervioso, muy nervioso pero interesado, hacia el espejo retrovisor para ver el asiento posterior del coche, donde Lomer, convertido en beagle, observaba a su amo follarse a una mujer que no era la suya.
—¿De dónde sacas estas historias? —preguntó Fix y, durante un momento, tocó el volante con la frente. Lomer no se lo contó, pero recordaba la sensación de reír con tantas ganas que no podía ni respirar. Entonces, entre las carcajadas y el ruido de los coches al pasar y la música latina procedente de algún lugar que no podían ver, distinguieron una serie de números de entre el batiburrillo que se oía en la radio: los suyos. Lomer y Fix los oyeron a pesar de que tenían el volumen bajísimo y se alegraron, aunque no había necesidad de decirlo. La noche estaba siendo demasiado tranquila y tanta tranquilidad empezaba a ponerlos nerviosos. Nunca creían que no estuviera pasando nada en Los Ángeles, sino que todavía no se habían enterado. Pusieron las luces y la sirena. Lome le dio instrucciones y Fix salió a toda velocidad por el carril del centro de la ancha calle, repentinamente vacío. Los peatones se detuvieron con la vista fija en el coche patrulla. Los dos policías sintieron la descarga que siempre los ponía en marcha. La llamada era por un conflicto doméstico, lo que podía ser una pareja que se peleaba a gritos y molestaba a los vecinos, un marido que pegaba a su mujer con el cinturón o unos chicos que se habían subido al tejado y disparaban a las ratas de las palmeras con una escopeta de balines. No era un robo a mano armada ni era un asesinato. Por lo general, la gente se sentía muy incómoda y echaba la culpa a quien hubiera llamado a la policía. Aunque algunas veces no era así.
Pasaron de Alvarado a Olympic y entraron en el escondrijo de las calles laterales. Se había hecho de noche y Fix paró la sirena, pero dejó las luces, de modo que en todas las casas las cortinas se separaron unos centímetros para que los ocupantes atisbaran, preguntándose quién tendría problemas y quién sería el inconsciente que había llamado a la policía en aquel barrio tranquilo donde todo el mundo tenía por lo menos una cosa que esconder. La casa a la que iban estaba a oscuras. Cuando los residentes de una casa saben que vas a por ellos, se toman la molestia de levantarse y apagar las luces. Siempre igual.
—Parece que llegamos tarde —observó Lomer—. Se han ido a dormir.
—Pues vamos a despertarlos —propuso Fix.
¿Tenían miedo? Fix se lo preguntaría más tarde. En los años posteriores, Fix Keating llegó a saberlo todo sobre el miedo, aunque aprendiera a adoptar una expresión totalmente impasible. Pero durante los años que pasó con Lomer siempre que cruzaba el umbral de una casa estaba seguro de que volvería a salir.
Era una casita pequeña con un jardín pequeño y cuadrado. Era como cualquier otra casa de la calle con la única excepción de un seto de buganvillas cubierto de flores del color intenso de las pastillas antihistamínicas.
—¿Cómo habrá llegado hasta aquí? —preguntó Lomer, pasando la mano por las hojas.
Fix llamó a la puerta, primero con los nudillos y después con la linterna. A la luz intermitente y azul del coche vio que estaba dejando pequeñas muescas en la madera.
—¡Policía! —gritó, pero quien estuviera dentro lo sabía ya.
—Voy a mirar por detrás —dijo Lomer, y se alejó silbando por la estrecha franja de jardín lateral, iluminando las ventanas con la linterna mientras Fix esperaba. No había estrellas sobre Los Ángeles; o quizá las hubiera, pero la ciudad despedía demasiada luz para verlas. Fix estaba mirando el pequeño cuarto de la luna cuando vio una luz brillante dentro de la casa a oscuras. Lomer encendió la luz del porche y salió por la puerta.
—La puerta de detrás está abierta —dijo Lomer.
—La puerta trasera estaba abierta —dijo Fix.
—¿Qué dices? —preguntó Franny. Dejó la revista y le subió la manta hasta los hombros. Fix tenía razón, Patsy le había traído una manta.
—Me he dormido.
—Es el Benadryl. Hace que no te den picores más tarde.
Fix estaba intentando encajar las piezas: la habitación, el día, su hija, Los Ángeles, la casa a la salida de Olympic.
—La puerta trasera estaba abierta y la delantera estaba cerrada con llave. Vas a dejar de darle vueltas, ¿no?
—Papá, dime de qué casa estás hablando. ¿La casa donde vives ahora? ¿La casa de Santa Mónica?
Fix negó con la cabeza.
—La casa a la que fuimos la noche en que dispararon a Lomer.
—Pensaba que le habían pegado un tiro en una estación de servicio —dijo ella. Eso era lo que les había contado su madre y, aunque hiciera cuarenta años, incluso más, se acordaba. Su madre había estado discutiendo con Caroline. Siempre que Caroline llegaba a casa más tarde de lo permitido, contestaba mal a Bert o daba a Franny una bofetada lo bastante fuerte como para que le sangrara la nariz, aprovechaba la oportunidad para recordarle a su madre que si hubiera sido una esposa decente y se hubiera quedado con su marido nada de eso habría sucedido. Si Beverly hubiera seguido casada con Fix, Caroline habría sido una ciudadana modelo: podría haber sido buena; sin embargo, su madre lo había estropeado todo al irse con Bert Cousins, de manera que nadie podía echarle a ella la culpa de cómo iban las cosas. Eso no era nuevo. El día de esa pelea en concreto llevaban ya más tiempo viviendo en Virginia del que ninguna de las dos niñas había vivido en Los Ángeles, pero la historia de la otra vida que habría podido llevar era la mejor baza de Caroline y la sacaba siempre que tenía oportunidad. Franny recordó la ocasión en que las tres volvían del colegio en coche, ella y Caroline vestidas con las faldas plisadas del uniforme y las blusas inarrugables del Sagrado Corazón. No conseguía acordarse de qué había hecho Caroline para empezar la discusión ni por qué aquella pelea parecía más seria que las otras. Pero algo de lo que dijeron hizo que su madre les hablara de Lomer.
—Así fue —le dijo su padre—. Le pegaron un tiro en la gasolinera Gulf de Olympic.
Franny se inclinó hacia delante sin levantarse de la silla y puso una mano en la frente de su padre. Su cabello, que había sido siempre gris en lo que alcanzaba su memoria, se había convertido en un cepillo blanco y luminoso después del último ciclo de quimio. Todo el mundo hablaba del pelo de su padre. Lo acarició con la palma de la mano.
—La verdad es que me gustaría saber de qué estás hablando —dijo Franny con un tono de voz bajo, aunque no los escuchaba nadie. En la sala nadie les prestaba la menor atención.
Fix, que nunca había puesto gran interés en compartir sus cosas, de repente parecía deseoso de contárselas. Quería que Franny lo entendiera.
—La casa era tan pequeña que nos dimos cuenta enseguida de que no nos costaría mucho encontrarlos. Del pasillo salían tres puertas: dos dormitorios y un baño, todas esas casas eran iguales. Los encontramos en el primer dormitorio: un padre, una madre, cuatro hijos, sentados en la cama, todos juntos, en la oscuridad. Encendimos las luces y ahí estaban, muy derechos, incluso el más pequeño. Era el padre el que había recibido la paliza. No acostumbra a suceder. Normalmente, es la mujer la que recibe, pero en ese caso parecía que acabaran de atropellar al hombre: tenía los labios partidos, uno de los ojos ya no lo podía abrir y la nariz estaba destrozada. Ahora mismo veo su cara tan bien como veo la tuya. Es curioso lo bien que recuerdo aquella casa y aquella gente. Iban descalzos y todos ellos tenían los pies sobre la cama. Empezamos a interrogarlos y no conseguimos sacarles nada, ni una respuesta. El padre me miraba con su único ojo y yo me preguntaba cómo era posible que se mantuviera derecho. Tenía el cuello cubierto de la sangre que le salía de las orejas. Habría pensado que la paliza le había roto los tímpanos si no fuera por el hecho de que ninguno de los presentes en la habitación parecía oírnos. Lomer llamó pidiendo una ambulancia y refuerzos. Seguí hablando con ellos hasta que, al final, la hija mayor, que tendría unos diez años, me contestó que no hablaban inglés. La madre y el padre no hablaban inglés, pero los niños sí. Eran tres chicas y un chico. El niño tendría siete u ocho años.
»“¿Dónde está la persona que ha hecho esto?”, les pregunté.
»Y todos volvieron a quedarse mudos, la niña tenía la mirada fija y al frente, como sus padres, hasta que la pequeña, que tendría unos cinco, más o menos como Caroline por aquel tiempo, miró hacia el armario sin el menor disimulo. No movió la cabeza, pero fue un gesto clarísimo. El tipo estaba en el armario. La hermana mayor le agarró la muñeca y se la apretó con muchísima fuerza, pero Lomer y yo dimos la vuelta y Lomer abrió la puerta del armario. Y ahí estaba el tipo, acurrucado entre la ropa. Era un armario pequeño, como los que tenía antes la gente, y, además del hombre escondido, ahí estaban todas sus pertenencias. Entendió la situación, no había escapatoria. Llevaba la camisa manchada de sangre y tenía la mano herida de dar golpes al pobre hijo de puta que estaba en la cama. Creo que hablaba tan poco inglés como el tipo al que había ido a pegar. Había escondido el arma en el bolsillo de un vestido del armario. Quizá imaginaba que nadie la encontraría y que podría volver a buscarla más tarde. Para entonces, habían llegado los refuerzos y al poco llegó la ambulancia. En aquella época todavía no se habían aprobado los derechos Miranda, tampoco eran procedentes para un tipo que solo hablaba español. La familia de la cama se había echado a temblar y los niños estaban llorando, como si las cosas estuvieran bien cuando el tipo estaba en el armario y no tenían que verlo, pero, ahora que estaba de pie en la habitación, todos parecían tener más miedo. Se llamaba Mercado de apellido. Eso lo averiguamos más tarde. Trabajaba dando palizas a los mexicanos que habían pedido dinero prestado para que los introdujeran clandestinamente por la frontera y no habían conseguido devolver la deuda. Nadie que tuviera dinero o manera de obtenerlo les chistaba. Pegaban a la gente delante de su familia, delante de los vecinos. Esa era la visita de aviso y, si el dinero no llegaba al cabo de una o dos semanas, le pegaban un tiro en la cabeza. Todo el mundo lo sabía.
—¡Está usted despierto! —exclamó Patsy, y Franny dio un brinco. Patsy cogió la bolsita pequeña, la del antiemético, que estaba ya vacía. A las otras todavía les quedaba mucho—. ¿Ha descansado un poco?
—Sí, he descansado —contestó Fix, pero parecía agotado, ya fuera por la quimio, la historia o por ambas cosas. Franny se preguntó si Patsy se daba cuenta, pero en aquel momento ya no tenía un aspecto muy distinto del de cualquiera de las personas de la sala.
Patsy bostezó tras mencionar la palabra «sueño» y se tapó la boca con una manita cubierta por un guante.
—Un día me repantigaré en una de esas sillas, me taparé la cabeza con una manta y me echaré a dormir. La gente lo hace porque le molesta la luz, ¿quién sabrá que soy yo quien está bajo la manta?
—Yo no me daría cuenta —dijo Fix, y cerró los ojos.
—¿Tiene usted sed? —Patsy le dio unas palmaditas en la rodilla—. Si quiere, le traigo agua o un refresco. ¿Quiere una Coca-cola?
Franny estaba a punto de contestar que no necesitaban nada, pero Fix asintió.
—Agua, me gustaría beber un poco de agua.
Patsy miró hacia Franny.
—¿Y tú?
Franny negó con la cabeza.
Patsy se alejó en busca del agua, y Fix, a la espera, abrió los ojos para verla marchar.
—Entonces, ¿qué pasó? —preguntó Franny. Así eran las cosas cuando llevaba a su padre a quimioterapia en un momento en que ninguno de los médicos hablaba de curación: así eran las cosas, esas eran las historias que le contaba. Por ese motivo ella y Caroline se turnaban para volar hasta Los Ángeles: no habían vivido con él mucho tiempo. Así podían hacer que Marjorie descansara, porque era ella quien se ocupaba de todo. Pero, sobre todo, era para poder oír las historias que Fix se llevaría consigo. Esa noche, después de que su padre se acostara, llamaría a Caroline y le contaría la historia de Lomer.
—La casa se llenó de gente trabajando: policías, los de la ambulancia. Lomer encontró un sobre en la basura y pintó en él unos ratoncitos para entretener a la niña pequeña. Estaba claro que tenía un grave conflicto con sus padres y Lomer lo sentía por ella. Llevaron al padre al hospital en ambulancia y, Dios mío, probablemente, a la madre y los niños los dejaron en la casa para que alguien se los cargara, la verdad es que no lo sé. Quizá pasaron dos años antes de que volviera a pensar en ellos. Nos llevamos a Mercado a comisaría y lo fichamos. Cuando terminamos era casi la una de la madrugada y lo único que queríamos era tomar un café. El café de la comisaría no era apto para el consumo humano: así lo definía Lomer. Luego me dio por pensar que, si nos hubiéramos molestado en tener un café decente, Lomer habría tomado una taza en la comisaría, pero este tipo de pensamientos hacen que te vuelvas loco. Fuimos a una estación de servicio cerca de Olympic. No estaba cerca, tampoco lejos. El dueño se gastaba dinero en el café y había explicado a los empleados que era fundamental vaciar la cafetera y poner café recién hecho. Los clientes conducían un par de manzanas más para poner gasolina en un lugar donde hacían buen café. No era como ahora, que nadie te ayuda a llenar el depósito, pero puedes tomarte un maldito capuchino. Una buena jarra con café en una gasolinera, y con café bueno, era toda una innovación. El tipo preparaba el café y los policías iban y se quedaban en el aparcamiento tomándolo, y, de paso, acudía más gente porque se sentían seguros debido a la presencia de la policía. Era un pequeño ecosistema basado en el café. Así que fuimos para allí. Conducía yo. Cuando le toca a uno conducir, conduce toda la noche y al que no le toca va a buscar el café, así que Lomer entró. Supongo que no se dio cuenta de lo que iba a pasar. Estaría a un par de metros de la puerta cuando recibió un disparo. Y yo no vi nada porque estaba escribiendo en el cuaderno. Oí el tiro, levanté la vista y Lomer ya no estaba. Lo único que vi fue que el chaval de detrás de la caja levantaba las manos, con las palmas abiertas, y al tipo ese, Mercado, que se daba la vuelta y le disparaba a él también.
—¿Cómo? ¿Mercado? —preguntó Franny—. ¿El tipo que estaba en la casa?
Fix asintió.
—Eso fue lo que vi. La gasolinera era como todas las de la época, parecía una pecera con una luz brillante en lo alto, de modo que lo vi todo: latino, veinticinco años, uno setenta, camisa blanca, pantalones azules, algo de sangre en la camisa. Llevaba dos horas viéndolo sentado ante mi escritorio. Lo conocía, él me conocía. Miró por la cristalera y me vio. Volvió a disparar, pero debió de moverse porque la bala ni siquiera dio en el coche, solo rompió la luna delantera de la gasolinera. Mercado salió de la gasolinera y corrió hacia la parte trasera. Oí un coche, pero no lo vi. Entré y vi a Lomer en el suelo. —Fix se calló unos momentos—. En fin —añadió.
—¿Y?
—Estaba muerto —dijo Fix, negando con la cabeza.
—¿Y qué le pasó al otro, al de la gasolinera?
—Aguantó una hora, lo bastante para que lo metieran en quirófano. Se murió durante la operación. Era un estudiante que trabajaba en verano. Era un chaval que estaba haciendo un trabajo de verano. Lo único que tenía que hacer era preparar el café y mantener la gasolinera abierta.
Patsy volvió con dos vasitos de plástico llenos de agua, los dos con una pajita doblada.
—No te das cuenta de que quieres agua hasta que la ves. Así son las cosas.
Franny le dio las gracias y cogió el vasito. Patsy tenía razón, le apetecía beber agua.
—Pero esto es un disparate —dijo Franny a su padre, aunque recordaba que su madre le había contado esa historia en el coche, que su padre se había vuelto loco después de que mataran a su compañero, que no había podido identificar al hombre que había matado a Lomer—. ¿Cómo había conseguido Mercado salir de comisaría? ¿Cómo sabía que estabais allí?
—Una de esas cosas raras del cerebro, o así me lo explicaron más tarde. Yo estaba desbordado y mezclé las imágenes, crucé los datos de dos sospechosos. Pero yo te cuento lo que vi. Mi compañero estaba muerto. No sabía cómo había pasado, pero el tipo estaba bajo una luz a unos cuatro metros y nos miramos a la cara igual que tú y yo nos estamos mirando ahora. Cuando los policías llegaron a la escena del crimen lo describí minuciosamente. Demonios, si hasta les dije cómo se llamaba. Pero Jorge Mercado estaba detenido en Rampart, llevaba allí toda la noche.
—¿Y el que había matado a Lomer? —preguntó Franny.
—Resulta que no lo había visto nunca en la vida.
—¿Así que nunca dieron con quien lo mató?
Fix dobló la pajita y bebió. Le costaba beber por la estenosis esofágica. El agua entraba muy poco a poco.
—No, lo encontraron —dijo finalmente—. Y los pusieron juntos.
—Pero tú identificaste al otro.
—Identifiqué a otro hombre delante de la policía. No identifiqué a otro hombre delante del jurado. Encontraron a alguien que había visto un coche que iba como loco cerca de la gasolinera. Se empeñaron en encontrar al conductor y después pusieron empeño en encontrar el arma que había tirado por la ventanilla. Cuando alguien mata a un chaval en una gasolinera, el departamento de policía hace un verdadero esfuerzo por encontrar al asesino. Si mata a un policía, la cosa cambia.
—Pero no había testigos —dijo Franny.
—El testigo era yo.
—Pero acabas de decir que no viste al tipo.
Fix levantó un dedo delante de él.
—No lo había visto nunca. Eso pensaba incluso cuando estaba sentado delante de él en el juicio. Nunca se arregló la cosa. El psiquiatra dijo que cuando lo viera lo recordaría y, cuando no lo recordé, dijo que quizá pasado el tiempo un día me despertaría y lo vería como si lo tuviera delante —dijo, encogiéndose de hombros—. Aunque no fue así.
—Entonces, ¿no fuiste testigo?
—Me dijeron quién era y dije que sí, que era él. —Fix sonrió a su hija con expresión de cansancio—. Y no te preocupes, era él. No tienes que olvidar que él también me había visto a mí. Me miró a través del cristal antes de intentar pegarme un tiro. Sabía quién era yo. Había matado a Lomer, había matado al chico y sabía que yo lo había visto. —Fix negó con la cabeza—. Ojalá me acordara del nombre del chico. En el funeral su madre me dijo que era un gran nadador, «una promesa», me dijo. Desearía poder recordar la mitad de lo que me ha sucedido en esta vida y olvidar la otra mitad.
Tras la muerte de Lomer, Beverly vivió dos años más con Fix, aunque le había prometido a Bert que se iba a divorciar. Se quedó porque Fix la necesitaba. El día de la pelea con sus hijas en Virginia, Beverly detuvo el coche y les dijo a Caroline y a Franny que no siguieran pensando que había abandonado a su padre porque no había sido así: se había quedado con él.
—Al final, conseguí quitarme a Lomer de la cabeza —prosiguió Fix—. Lo tuve siempre presente durante años hasta que un día, no sé bien cómo fue, lo olvidé. Dejé de soñar con él. Dejé de pensar en lo que habría pedido cada vez que paraba a comer y dejé de mirar al tipo que iba conmigo en el coche pensando en otra persona. Me sentí culpable, pero la verdad es que fue un alivio.
—Ahora, ¿vuelves a pensar en él?
—Sí, pienso mucho en él —dijo Fix. Alzó la mano hasta tocar los tubos de plástico que lo ataban a la vida y sonrió—. Lomer no tendrá que pasar por esto. No será nunca viejo ni estará enfermo. Seguro que, si le hubieran pedido su opinión, habría dicho que quería estar viejo y enfermo. Estoy seguro de que los dos habríamos dicho «por favor, dame cáncer a los ochenta años». Pero ahora… —Fix se encogió de hombros— soy capaz de verlo también de otro modo.
—A ti te ha ido mejor —observó Franny, negando con la cabeza.
—Eso ya lo verás más adelante —dijo su padre—. Eres joven.