Comunidad

Ann Patchett · Capítulo 3 de 9

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Comunidad

Capítulo 3

 

La víspera del día en que Bert y su futura segunda mujer, Beverly, se fueron en coche desde California a Virginia, Bert se acercó a la casa de Torrance y le propuso a su primera esposa, Teresa, que se mudara con ellos.

—No quiero decir que vengas con nosotros, claro —aclaró Bert—. Vas a tener que embalarlo todo y vender la casa. Ya sé que eso llevará tiempo, pero, bien pensado, ¿por qué no vuelves a Virginia?

En otros tiempos, Teresa pensaba que su marido era el hombre más guapo del mundo cuando, en realidad, se parecía a las gárgolas que asomaban en lo alto de Notre-Dame con intención de asustar al mismo diablo. No lo dijo, pero estaba claro en el cambio de tono de Bert que el rostro de Teresa expresaba este pensamiento.

—Mira, no querías venir a Los Ángeles, viniste por mí, y, si no recuerdo mal, con no pocas protestas —prosiguió Bert—. ¿Por qué te quieres quedar ahora? Lleva a los niños a casa de tus padres, que empiecen el colegio y, cuando tenga tiempo, te ayudo a encontrar una casa.

Teresa estaba de pie en la cocina que hasta hacía poco habían compartido y se ciñó el cinturón de la bata. Cal iba a segundo curso y Holly acababa de empezar la guardería, pero Jeanette y Albie estaban todavía en casa. Los niños trepaban por las piernas de Bert como si se tratara de una atracción de Disneylandia: «¡Papiiiii, papiiiii!». Bert les dio unos golpecitos en la cabeza, como si fueran un tambor, siguiendo el ritmo.

—¿Y para qué quieres que esté en Virginia? —preguntó Teresa. Sabía la respuesta, pero quería oírselo decir.

—Sería mejor —dijo Bert; bajó la vista y miró a las queridas cabecitas despeinadas, una debajo de cada mano.

—¿Sería mejor para los niños que sus padres vivieran cerca el uno del otro? ¿Sería mejor que los niños no crecieran sin padre?

—Joder, Teresa: tú eres de Virginia. No es lo mismo que si te propongo que te vayas a Hawái. Toda tu familia está allí, tú serás más feliz allí.

—Me conmueve ver que piensas en mi felicidad.

Bert suspiró. Teresa le estaba haciendo perder el tiempo. Nunca había mostrado el menor respeto por su tiempo.

—Todo el mundo se está adaptando a los cambios menos tú, eres la única que se ha quedado anclada en el pasado.

Teresa se sirvió una taza de café de la cafetera eléctrica. Ofreció una a Bert, aunque este la rechazó con un gesto.

—¿Le habéis pedido al marido de Beverly que vaya con vosotros para que vea más a sus hijas? También sería mejor para ellas.

Un amigo común le había dicho a Teresa que el motivo de que Bert y la futura segunda señora Cousins volvieran a Virginia era que Bert tenía miedo de que el primer marido de su mujer intentara deshacerse de él, que encontrara la manera de que pareciera un accidente y no lo pillaran nunca. El primer marido era policía. A los policías, al menos, a algunos de ellos, se les daban bien esas cosas.

Fue una conversación breve tras la que Bert terminó visiblemente irritado, de la misma manera que siempre se irritaba con Teresa, pero bastó para que Teresa Cousins pasara el resto de su vida en Los Ángeles.

Teresa encontró un trabajo en la secretaría de la oficina del fiscal del distrito del condado de Los Ángeles. Buscó canguro para los pequeños y actividades extraescolares para los mayores. Los abogados de la oficina del fiscal tenían una ligera sensación colectiva de culpabilidad por haber encubierto a Bert durante su largo adulterio. Pensaban que estaban en deuda con Teresa y, por eso, cuando Bert se marchó, le ofrecieron trabajo. No tardaron en sugerirle que cursara estudios nocturnos y se formara como asistente legal. Teresa Cousins estaba agotada, enfadada y subempleada, pero se habían dado cuenta de que no era un pelele.

Bert Cousins había tenido un sueldo bajo como ayudante del fiscal del distrito, de modo que le tocó pagar una discreta cantidad en concepto de pensión para Teresa y los niños. Los bienes de sus padres no eran suyos y, por ese motivo, no se tuvieron en cuenta en el acuerdo. Pidió la custodia de los niños para los veranos enteros, desde el final hasta el principio del curso, y se la concedieron. Teresa Cousins luchó con mucho empeño para que le dieran solo dos semanas, pero Bert era abogado, sus amigos eran abogados y, a su vez, amigos del juez, y sus padres le podían dar el dinero necesario para pleitear durante una eternidad si la situación lo requería.

Cuando le comunicaron a Teresa que había perdido los veranos, maldijo y lloró bien alto, si bien en secreto se preguntó si no acababan de concederle el equivalente a unas vacaciones en el Caribe. Quería a sus hijos, no cabía la menor duda, pero se daba cuenta de que, aunque nunca lo reconociera en público, podría ser muy soportable pasar una de cada cuatro estaciones sin tener que luchar con dolores de garganta y peleas a puñetazos, peticiones de clases de ballet que no podía pagar y a las que no tenía tiempo de llevar a nadie; sin tener que pedir disculpas constantemente en el trabajo, cuando su empleo pendía de un hilo, por llegar tarde e irse pronto. No era desagradable del todo pensar en sábados por la mañana sin que Albie le saltara encima en la cama, a un lado y a otro como si estuviera esquiando en un slalom imaginario. La imagen del niño dando brincos sobre la segunda mujer de Bert, que, sin duda, dormía con un camisón de seda color crema con adornos de encaje negro que se lavaba en tintorería, el mero pensamiento de Albie saltando encima de ella le resultaba…, en fin, no le parecía mal del todo.

Durante los primeros años, los niños eran demasiado pequeños para viajar solos y tuvieron que organizar el acompañamiento. Un año la madre de Beverly voló con ellos; al año siguiente fue la hermana de Beverly. Bonnie se mostró angustiada y compungida ante Teresa, no pudo mirarla a los ojos. Bonnie se había casado con un exsacerdote y era capaz de sentirse culpable por todo tipo de cosas sobre las que no tenía el menor control. Otro año fue Wallis, la amiga de Beverly, quien hizo de acompañante. Wallis tenía una voz fuerte y una gran sonrisa para todos. Llevaba un vestido de algodón de color verde brillante. A Wallis le gustaban los niños.

—Venga, chicos —dijo a los cuatro pequeños Cousins—. Vamos a comernos todos los cacahuetes que haya en el avión.

Wallis se comportó como si precisamente tuviera que volar a Virginia ese mismo día y fuera muy divertido sentarse con los niños. Wallis lo hizo todo tan fácil que a Teresa se le olvidó llorar hasta que volvió sola a su casa.

En los vuelos de regreso acompañaba a los niños algún familiar de Teresa: un año fue su madre, otro su prima favorita. Bert pagaba el vuelo de cualquiera que estuviera dispuesto a pasar seis horas de avión con sus hijos.

Pero en 1971 se decidió que los niños ya eran lo bastante mayores para ir solos. O, más bien, que Cal de doce y Holly de diez eran lo bastante mayores para ocuparse de Jeanette, que, a los ocho años de edad no necesitaba nada, y de Albie, que, con seis, tenía todas las necesidades del mundo. En el aeropuerto, Teresa les dio los billetes que había enviado Bert y metió a los niños en el avión a Virginia sin ningún equipaje, una maniobra osada que no se habría atrevido a llevar a cabo cuando Bonnie o Wallis estaban al frente. Que Bert se ocupara de los niños en cuanto llegaran, pensó. Necesitaban de todo: podía empezar con cepillos de dientes y pijamas y seguir con el resto. Le dio una carta a Holly para su padre. Los cuatro tenían que lavarse los dientes. Jeanette, lo sabía, tenía caries. Le dio copias de las cartillas de vacunación, donde aparecían indicadas todas las dosis de recuerdo necesarias. Teresa no podía seguir faltando al trabajo para ir al médico. Los médicos siempre se retrasaban y, algunas veces, tardaba horas en volver a la oficina. La segunda señora de Bert Cousins no trabajaba. Seguro que tendría mucho tiempo para llevar a los niños de compras y al médico. Holly se desmayaba siempre que le ponían una inyección. Albie mordía a la enfermera. Cal se negaba a bajar del coche. En la última ocasión, había luchado con él, pero el niño había trabado un pie a cada lado de la puerta y no quiso salir, de modo que no había recibido la última dosis. No estaba segura de si Jeanette había sido vacunada o no porque no encontraba la cartilla. Lo puso todo en la carta. ¿Beverly Cousins quería quedarse con su familia? Ahí la tenía.

Sentaron a los niños a ambos lados del pasillo, los chicos a la izquierda y las chicas a la derecha, y les dieron unas insignias de aviador que solo Cal se negó a ponerse. Se alegraban de estar en el avión, de no tener vigilancia durante seis horas. De la misma manera que no soportaban separarse de su madre —eran incuestionablemente leales a su madre—, los cuatro niños Cousins consideraban que Virginia era su estado, incluso los dos más pequeños, que habían nacido después de que la familia se trasladara al oeste. Todos los niños Cousins odiaban California. Estaban hartos de que les dieran empujones en la escuela. Estaban hartos del autobús que los recogía en la esquina todas las mañanas y hartos del conductor, que no les concedía ni treinta segundos de espera si llegaban tarde por culpa de los remoloneos de Albie. Estaban hartos de su madre, por mucho que la quisieran, porque les gritaba si perdían el autobús y volvían a casa porque llegaría tarde al trabajo. Seguía echándoles la bronca durante el camino mientras los llevaba al colegio en coche a una velocidad escalofriante: tenía que trabajar, no podían vivir con lo que les daba su padre, no podía permitirse perder su trabajo porque no eran lo bastante responsables para llegar a la maldita esquina a tiempo. Conseguían que Teresa se callara molestando a Albie, cuyos chillidos llenaban el coche como gas mostaza. Y, sobre todo, estaban hartos de Albie, que en aquel momento estaba dando patadas al asiento delantero del avión después de tirar la Coca-Cola. Todo lo que había sucedido era por culpa suya. Pero también estaban hartos de Cal. Llevaba la llave de la casa colgada del cuello en una cinta sucia porque su madre le había dicho que le correspondía a él conducirlos a todos a casa después del colegio y prepararles la merienda. Cal estaba harto de hacerlo y la mayoría de los días dejaba a sus hermanos fuera y se encerraba durante una hora por lo menos para poder ver los programas de televisión que quería y tener la cabeza tranquila. Había una manguera al lado de la casa y algo de sombra junto al garaje, no se iban a morir. Cuando su madre volvía a casa del trabajo, la recibían en la puerta gritando por la tiranía a la que se veían sometidos. Mentían y decían que habían hecho los deberes, excepto Holly, que siempre los hacía, algunas veces sentada bajo el porche del aparcamiento, con los libros en el regazo, porque se desvivía por el refuerzo positivo que sus profesores le dedicaban continuamente. Estaban hartos de Holly y de sus buenas notas. En realidad, estaban hartos de todo menos de Jeanette y eso era porque nunca pensaban en ella. Jeanette se había refugiado en un silencio que habría inquietado a cualquier profesor o pediatra si se hubiera dado cuenta. Pero nadie se fijó nunca en ella. Y eso era lo que tenía harta a Jeanette.

Reclinaron los asientos tanto como pudieron. Pidieron juegos de cartas y refrescos. Disfrutaban en el avión, convertido en un refugio que no pertenecía a California ni a Virginia, los únicos lugares que habían conocido en su vida.

Fix cogía la única semana de vacaciones que tenía para estar con Caroline y Franny cuando las niñas iban a California en verano, mientras que, cuando los hijos de Bert llegaban a Virginia, este comunicaba a Beverly que su trabajo se había duplicado misteriosamente. Bert, tras decidir que la vida de un ayudante del fiscal era demasiado estresante, trabajaba en un bufete especializado en patrimonios y fideicomisos en Arlington. Era difícil imaginar la cantidad de gente que se ponía a rehacer el testamento en el preciso momento en que los hijos de Bert llegaban de California. Así pues, en esa ocasión, envió a Beverly sola al aeropuerto en el coche familiar. Aunque había pensado que podría ir a buscarlos él, en el último momento resultó que tenía que presentar unos documentos y no solo no podía ir al aeropuerto, sino que, además, le sería imposible ir a casa a cenar. Beverly había recogido a los niños en el aeropuerto en otras ocasiones, pero en realidad había ido a buscar a su madre, a Bonnie o a Wallis, que habían tenido la amabilidad de ir a verla con un billete gratis. Se alegraba tanto de verlas bajar del avión que casi ni se fijaba en los niños. Se cogía del brazo de su madre, de su hermana o de su querida amiga y juntas guiaban al rebaño para recoger las maletas y salían luego hacia el aparcamiento. Era una fecha que esperaba con ilusión.

Pero en esta ocasión Beverly se sentía extrañamente paralizada mientras esperaba sola en el extremo de la pasarela. Después de que desembarcaran todos los pasajeros, la azafata salió con los niños Cousins y Beverly firmó los papeles. Cuatro escalones, chico, chica, chica, chico, y cada uno de ellos parecía un refugiado de ojos vidriosos. Las niñas le dieron un abrazo lleno de decepción en la puerta de llegada mientras los chicos lo evitaban y caminaban tras ella hacia la recogida del equipaje. Albie canturreaba una canción indescifrable, posiblemente Cal también, aunque Beverly no estaba muy segura porque el chico se mantenía muy alejado. El aeropuerto estaba lleno de ruido y de familias felices que se reencontraban. Costaba incluso oír los propios pensamientos.

Esperaron junto a la cinta transportadora contemplando las maletas que daban vueltas.

—¿Qué tal el curso? ¿Habéis tenido buenas notas?

Beverly lanzó la pregunta a todo el grupo, pero la única que la miró fue Holly, que sacaba notas excelentes en todo, especialmente en lectura. Beverly preguntó si el tiempo era bueno cuando habían salido de Los Ángeles, si habían comido en el avión y si habían tenido un buen vuelo. Holly contestó a todo.

—El vuelo se ha retrasado treinta minutos porque había exceso de tráfico aéreo a la salida. Teníamos veintiséis aviones delante para despegar — contestó, alzando un poco su pequeña barbilla—. Pero había viento de cola y el piloto ha podido recuperar gran parte del retraso en vuelo.

La raya que le separaba el pelo de las dos coletas era tan irregular que parecía que la hubiera hecho un dedo de borracho en lugar de un peine.

Los chicos se habían dispersado en direcciones opuestas. Durante un segundo, Beverly vio a Cal de pie encima de otra cinta transportadora, tres cintas más allá, deslizándose entre las maletas que venían de Houston. Pero al instante Cal saltó para evitar la regañina de un empleado que se acercaba.

—¡Cal! —gritó Beverly entre la gente. No podía llamarlo a gritos entre tanta gente ni tan lejos, de modo que ordenó—: ¡Id a buscar a vuestro hermano!

Pero Cal le devolvió la mirada como si fuera una coincidencia insólita que se llamara Cal y aquella completa desconocida se hubiera dirigido a alguien con ese nombre. Apartó la mirada. Jeanette estaba al lado de Beverly con la vista fija en la correa de su bolsito. ¿Alguien se había ocupado de ver qué le pasaba a esa niña?

Finalmente, salieron todas las maletas del vuelo de la TWA de Los Ángeles a Washington-Dulles por la cinta transportadora y los viajeros que estaban aguardando las retiraron. No quedó ninguna sobrante. La multitud se dispersó y Beverly entrevió a Albie intentando arrancar un chicle viejo pegado en el suelo con lo que, desde lejos, parecía una navaja. Beverly se dio media vuelta.

—Muy bien —dijo, calculando qué hora sería y el tráfico que tendrían hasta Arlington—. Supongo que no han embarcado las maletas, no pasa nada. Solo hay que pasar por la ventanilla y rellenar unos papeles. ¿Tenéis el resguardo del equipaje? —preguntó a Holly. Era mejor dirigirse a ella, que parecía tener un deseo natural de agradar. Holly era su única esperanza.

—No tenemos ningún resguardo —le comunicó Holly. Tenía la piel muy pálida, llena de pecas, y el pelo liso y oscuro, con un aire a lo Pippi Calzaslargas que con frecuencia los adultos encuentran muy gracioso, y que provoca la risa de otros niños.

—Pero supongo que los teníais, ¿no os los ha dado vuestra madre?

—No tenemos resguardo —prosiguió Holly— porque no traemos equipaje.

—¿Qué quieres decir con eso de que no traéis equipaje?

—Quiero decir que no tenemos equipaje. —Holly no veía cómo podía decirlo con más claridad.

—¿Quieres decir que se os ha olvidado en Los Ángeles? ¿Lo habéis perdido? —Beverly se distrajo. Estaba buscando a Cal y no lo veía. A cada paso había carteles advirtiendo a los viajeros que no se sentaran ni se pusieran de pie en las cintas transportadoras.

Le temblaron un poco los labios, aunque su madrastra no se dio cuenta. A Holly le había parecido que había algo raro en eso de viajar sin equipaje, pero su madre le había asegurado que esas eran las instrucciones de su padre. Quería que lo tuvieran todo nuevo: ropa nueva, juguetes nuevos, maletas nuevas en las que traer el botín a casa. Quizá a su padre se le había olvidado decírselo a Beverly.

—Hemos venido sin equipaje —repitió sin alzar la voz.

Beverly bajó la vista para mirarla. Maldito Bert, cómo se le había ocurrido decir que podría ocuparse de la situación.

—¿Cómo?

A Holly le pareció terrible que le hubiera hecho decirlo una vez, pero era ya imperdonable que la obligara a repetirlo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y empezaron a correr entre las pecas.

—No. Tenemos. Equipaje.

Ahora tendría problemas con su padre, al que ni siquiera había visto todavía. Eso sería lo peor, su padre se pondría furioso con su madre otra vez. Su padre siempre la llamaba irresponsable, pero era mentira.

Beverly movió los ojos a toda velocidad de un extremo a otro de la cinta transportadora. Los pasajeros y las personas que los habían ido a recibir eran cada vez más escasos, había perdido a dos de sus hijastros, la tercera lloraba y la cuarta estaba tan absorta en la correa de vinilo de su bolsito que era difícil no dar por hecho que era retrasada.

—Entonces, ¿por qué llevamos media hora esperando junto a la cinta del equipaje? —preguntó Beverly sin alzar la voz. Todavía no estaba enfadada. Se enfadaría más tarde, cuando tuviera tiempo para pensar en ello, pero en aquel momento todavía no entendía nada.

—¡No lo sé! —gritó Holly, llorando a lágrima viva. Tiró de la manga de la camiseta y se secó la nariz—. No es culpa mía. Tú nos has traído hasta aquí, yo no he dicho que tuviéramos equipaje.

Jeanette abrió la cremallera de su bolsito, buscó en él y le tendió a su hermana un pañuelo.

Cada año, el viaje de Beverly al aeropuerto era peor que el anterior porque siempre pensaba que iba a ser mejor. Dejó a sus cuatro hijastros en casa (primero los había dejado con su madre, luego con Bonnie, luego con Wallis y, ahora, bajo la vigilancia de Cal. En Torrance se quedaban solos, al fin y al cabo, y Arlington era más seguro que Torrance) y fue en coche hasta el aeropuerto de Washington-Dulles para recoger a sus hijas. Si bien los niños de Bert pasaban en el este todo el verano, Caroline y Franny se iban únicamente dos breves semanas: una con Fix y otra con los padres de Beverly, tiempo suficiente para que recordaran que les gustaba mucho más California que Virginia. Salían del avión como si se encontraran en un avanzado estado de deshidratación por haber llorado durante todo el vuelo. Beverly se dejaba caer sobre las rodillas para abrazarlas, pero parecían fantasmas. Caroline quería vivir con su padre. Lo pedía y suplicaba año tras año y siempre le decían que no. El odio que sentía por su madre traspasaba la tela de su camiseta rosa mientras esta la abrazaba contra su pecho. Franny se quedaba quieta y toleraba el abrazo. Todavía no sabía cómo odiar a su madre, pero cada vez que dejaba a su padre llorando en el aeropuerto daba un paso en esa dirección.

Beverly les dio un beso en la cabeza. Besó de nuevo a Caroline mientras esta intentaba alejarse.

—Me alegro muchísimo de que estéis en casa —dijo Beverly.

Pero Caroline y Franny no se alegraban nada de estar en casa. No se alegraban en absoluto. Y en ese estado de ánimo las chicas Keating regresaron a Arlington para reunirse con sus hermanastros.

Holly era amable, sin duda. Dio saltitos y palmadas cuando las niñas entraron por la puerta. Dijo que quería organizar otro espectáculo de baile en el cuarto de estar ese verano. Pero Holly, además, llevaba la camiseta roja de Caroline con una florecita de cinta blanca en el cuello que su madre le había hecho poner en una bolsa para donar a los necesitados porque estaba un poco descolorida y le venía pequeña. Sin embargo, Holly no era una niña necesitada.

Caroline ocupaba la habitación más grande con dos literas y Franny, que era menor, tenía la habitación más pequeña con dos camas. Las dos hermanas no estaban unidas por el afecto ni la afinidad, sino por un pequeño cuarto de baño al que se podía acceder por cualquiera de las dos habitaciones. Dos niñas y un baño era una situación llevadera desde principios de septiembre a finales de mayo, pero en junio, cuando Caroline y Franny volvían de California, se encontraban a Holly y Jeanette instaladas en una de las literas al tiempo que Franny había perdido su habitación y la ocupaban los niños. Había cuatro chicas en una habitación y dos chicos en la otra con un baño del tamaño de una cabina telefónica que tenían que compartir los seis.

Caroline y Franny acarrearon su equipaje escaleras arriba. Pasaron delante de la puerta abierta de la habitación principal donde Cal estaba tendido sobe la cama de su madre, los pies sucios con calcetines sucios sobre las almohadas, viendo un partido de tenis con el volumen altísimo. A ellas no se les permitía nunca ir al dormitorio de matrimonio ni sentarse en la cama, aunque tuvieran los pies en el suelo, ni se les dejaba ver la televisión sin autorización explícita. Cal no apartó los ojos de la pantalla ni dio la menor señal de reconocerlas cuando pasaron.

Holly iba detrás, tan pegada que chocó con ellas cuando se detuvieron.

—He pensado que las cuatro podríamos bailar con camisones blancos, ¿vale? Podríamos empezar a ensayar esta tarde. Tengo algunas ideas sobre la coreografía, por si queréis que os las cuente.

En teoría, había cuatro niñas en el espectáculo de baile, aunque solo aparecían tres: Jeanette estaba desaparecida en combate. Nadie se había dado cuenta de su falta, pero también había desaparecido el gato de Franny, Buttercup. Este no había ido hasta la puerta para saludar a Franny, como habría sido lo normal tras dos semanas de ausencia. Beverly, ahogada en el océano de la vida infantil, no tenía un recuerdo claro de cuándo había visto al gato por última vez, pero los sollozos repentinos y paralizadores de Franny la empujaron a registrar la casa de arriba abajo. Beverly encontró a Jeanette debajo de un edredón, en el suelo, tras el armario de la ropa (¿cuánto tiempo llevaría allí?). Estaba acariciando al gato, que dormía.

—¡No quiero que coja mi gato! —gritó Franny, y Beverly se inclinó y le quitó el gato a Jeanette; esta lo retuvo unos segundos y luego lo soltó. Durante todo el rato, Albie fue siguiendo a Beverly por toda la casa cantando lo que las niñas llamaban «banda sonora del estríper»: «Bum chiqui bum, bum bum, chiqui bum».

Cuando la madre de las niñas se detenía, la banda sonora se paraba. Bastaba con que diera un solo paso para que Albie la acompañara con un «bum» en un tono que resultaba inquietantemente sexual en un niño de seis años. Intentó no hacerle caso, pero al cabo de un rato le resultó imposible. Cuando, finalmente, exclamó, a voz en cuello «¡Basta ya!», Albie se quedó mirándola. Tenía unos ojos castaños enormes y unos rizos castaños que le hacían parecer un animalito de dibujos animados.

—Lo digo en serio —dijo Beverly, esforzándose en respirar con calma—. Para ya.

Intentó buscar un tono razonable, maternal, pero, cuando se dio media vuelta para ponerse de nuevo en marcha, oyó un pequeño y apagado resoplido: «Bum chiqui bum».

Beverly habría deseado matarlo. Habría deseado matar a un niño. Le temblaban las manos. Se fue a su habitación con ganas de cerrar la puerta, correr el pestillo y echarse a dormir, pero desde el pasillo oyó el ruido del partido de tenis, el rugido del público. Asomó la cabeza por la puerta.

—¿Cal? —dijo, intentando no echarse a llorar—. Necesito mi habitación.

Cal ni pestañeó. No apartó los ojos de la pantalla.

—Todavía no ha terminado —contestó, como si Beverly no hubiera visto nunca un partido de tenis y no fuera capaz de entender que, cuando la pelota está en movimiento, el juego sigue.

Bert no era partidario de que los niños vieran la televisión. En el mejor de los casos, le parecía una pérdida de tiempo y una fuente de ruido. En el peor, se preguntaba si no alteraría su desarrollo cerebral. Le parecía que Teresa había cometido un inmenso error al dejar que los niños vieran tanta tele. Le había dicho que no lo hiciera, pero ella no lo escuchaba nunca cuando pretendía intervenir en la educación de los niños; en realidad, no lo escuchaba nunca. Por ese motivo, él y Beverly solo tenían un televisor en la casa y se encontraba en su dormitorio, que no estaba abierto a los niños, o no lo estaba habitualmente durante el año. Beverly habría querido desenchufar el aparato y llevarlo a lo que la persona que les había enseñado la casa llamaba «sala familiar», aunque nadie de la familia parecía pasar por allí. Siguió por el pasillo, con Albie a distancia de seguridad, canturreando su música. ¿Se lo habría enseñado su madre? Se lo tenía que haber enseñado alguien, los niños de seis años no entraban en los clubes de estríperes, ni siquiera aquel niño. Beverly entró en la habitación de las niñas, pero Holly estaba allí leyendo Rebeca.

—Beverly, ¿has leído Rebeca? —le preguntó Holly en cuanto Beverly entró en la habitación. Tenía una expresión alegre alegre alegre—. La señora Danvers me asusta muchísimo, pero voy a seguir leyendo. Si viviera en Manderley, no me quedaría si alguien intentara asustarme.

Beverly hizo un leve gesto de asentimiento y salió de la habitación. Pensó en intentar acostarse en la habitación de los niños, la que antes era de Franny, pero desprendía un olor difuso a calcetines, ropa interior y pelo sucio.

Bajó de nuevo las escaleras y encontró a Caroline dando vueltas por la cocina furiosa diciendo que iba a preparar brownies para su padre y enviárselos por correo para que tuviera algo para comer.

—A tu padre no le gustan las nueces en los brownies —dijo Beverly. No sabía por qué lo había dicho. Intentaba ayudar.

—¡Pues sí le gustan! —dijo Caroline, dándose la vuelta hacia su madre tan deprisa que tiró medio paquete de harina sobre la encimera—. Quizá no le gustaban cuando tú lo conocías, pero ahora ya no lo conoces. Ahora le encantan las nueces en todo.

Albie estaba en el comedor. Beverly lo oía cantar a través de la puerta de la cocina. Era asombroso cómo podía pasar horas y horas absorto en algo concreto. Franny se encontraba en el cuarto de estar, pasando las patas delanteras del gato por los brazos del vestido de una muñeca y llorando con tan poco ruido que su madre se convenció de que todo lo que había hecho en su vida hasta aquel momento era un error.

Beverly no tenía adónde ir, no tenía dónde esconderse de ellos, ni siquiera el armario de la ropa porque Jeanette no había salido de allí tras entregar el gato. Beverly cogió las llaves del coche y salió. En cuanto cerró la puerta a sus espaldas, se sintió como si estuviera sumergida bajo el agua, el aire caliente y sólido del verano le llenó los pulmones. Pensó en el jardín trasero de la casa de Downey, donde podía sentarse por las tardes, Caroline montada en el triciclo y Franny feliz en su regazo, envueltas en un aroma de azahar casi abrumador. Fix había tenido que vender la casa para pagarle la mitad de su escaso capital y la pensión de las niñas. ¿Por qué le había hecho vender la casa? En Virginia no era posible sentarse al aire libre. Contó cinco nuevas picaduras de mosquito nada más recorrer el camino de entrada hasta el coche y estas crecieron hasta alcanzar un par de centímetros de diámetro. Beverly era alérgica a las picaduras de mosquito.

Dentro del coche habría unos cuarenta grados. Lo puso en marcha, encendió el aire acondicionado y apagó la radio. Se tumbó sobre la abrasadora tapicería verde del asiento para que nadie pudiera verla desde dentro de la casa. Pensó en que, si en lugar de haber aparcado en el porche, estuviera en el garaje, se suicidaría.

Como los colegios públicos de California terminaban un poco más tarde que las escuelas católicas de Virginia, Beverly y Bert pasaban cinco días solos en la casa entre la marcha de las niñas de ella y la llegada de los niños de él. Un día, después de cenar, habían hecho el amor en la alfombra del comedor. No estaban cómodos; Beverly había ido perdiendo peso desde que se había mudado a Virginia y la clavícula y las vértebras se le mostraban con tanta claridad que podría haber trabajado como modelo en una clase de anatomía. A cada empujón, retrocedía un poco y le rozaba la piel contra la moqueta con mezcla de lana. Pero, incluso con la piel abrasada por el roce, se sintieron osados y apasionados. No se habían equivocado, le dijo Bert una y otra vez mientras descansaban, después, acostados sobre la espalda y contemplando el techo. Beverly contó que a la araña de cristal le faltaban cinco piezas. No se había dado cuenta antes.

—Todo lo que nos ha pasado en nuestra vida hasta este momento, todo lo que hemos hecho, tenía que suceder como ha sucedido para que pudiéramos estar juntos. —Bert le cogió la mano y se la estrechó con fuerza.

—¿Estás seguro? —preguntó Beverly.

—Lo nuestro es mágico —dijo Bert.

Esa noche, Bert le puso Neosporin en toda la columna y Beverly durmió bocabajo. Esas fueron sus vacaciones.

Lo más notable de las niñas Keating y los niños Cousins era que no se odiaban ni tampoco sentían la menor lealtad tribal. Los Cousins no preferían estar juntos y las dos niñas Keating podían vivir separadas perfectamente. Las cuatro niñas estaban enfadadas por tener que convivir en una única habitación, pero no se lo reprochaban mutuamente. Los chicos, que estaban siempre enfadados con todo, no parecían darse cuenta de que estaban acompañados de tantas niñas. Los seis tenían en común un principio general que hacía que relegaran cualquier rechazo mutuo a un papel muy secundario: ante todo, no soportaban a sus padres. Los odiaban.

La única que se sentía incómoda con esto era Franny, que había querido siempre a su madre. Durante el curso, algunas veces descansaban después del colegio, acurrucadas la una contra la otra tan estrechamente que se quedaban dormidas y tenían los mismos sueños. Franny se sentaba en la tapa del retrete por las mañanas y miraba cómo su madre se maquillaba, y por la noche se sentaba de nuevo en el retrete para charlar con su madre mientras esta tomaba un baño. Franny estaba segura de que no solo era la hija favorita de su madre sino, además, su persona favorita. Excepto en verano, cuando su madre la miraba como si solo fuera la cuarta de seis hijos. Cuando su madre se hartaba de Albie y anunciaba que todos los niños tenían que salir de la casa, «todos los niños» incluía también a Franny. Los helados tenían que comerse fuera. La sandía, fuera. ¿Desde cuándo no podía comerla en la mesa de la cocina? Era insultante y no solo para ella. Quizá Albie no fuera capaz de comer un plato de helado sin manchar el suelo, pero los demás sí podían. Y, sin embargo, tenían que salir todos. Salían, cerraban de un portazo y bajaban por la calle, correteando por la acera caliente como una manada de perros salvajes.

Los cuatro niños Cousins no culpaban a Beverly de sus tristes veranos, sino a su padre, y se lo habrían dicho a la cara si lo hubieran visto alguna vez. Cal y Holly no dejaban entrever que el comportamiento de Beverly les parecía imperdonable (Jeannette no decía nada y Albie…, bien, quién sabe lo que podría pensar Albie), pero Caroline y Franny estaban horrorizadas. Su madre los hacía ponerse en fila por orden de edad con la bandeja en la mano en lugar de dejar comida en la mesa y servir los platos, tal como hacía el resto del año. En verano abandonaban el mundo civilizado y se adentraban en las escenas de orfanato de Oliver Twist.

Un jueves por la noche del mes de julio, Bert convocó una reunión familiar en el cuarto de estar y anunció que a la mañana siguiente se iban al lago Anna. Les dijo que se tomaba el día libre y había reservado tres habitaciones en el motel Pinecone. El domingo por la mañana irían a Charlottesville a ver a sus padres y luego volverían a casa.

—Nos tomamos unos días de vacaciones, ya está todo organizado —les comunicó Bert.

Los chicos parpadearon, vagamente sorprendidos al pensar en un día que no sería como los otros; y también parpadeó Beverly porque Bert no le había anunciado nada previamente. Los niños vieron que Beverly intentaba captar la mirada de Bert, pero este no se dejaba. Un motel, un lago, comidas en restaurantes, una visita a los padres de Bert —estos los recibían sin ningunas ganas—, que tenían caballos, un estanque y una fabulosa cocinera negra llamada Ernestine que había enseñado a las niñas a hacer tartas el verano anterior. Si los niños hubieran tenido por costumbre hablar con sus padres, les habrían dicho que no tenía mala pinta, pero como no tenían costumbre de hacerlo, no dijeron nada.

Al día siguiente hacía un calor bochornoso. Los pájaros callaban para intentar conservar toda su energía. Bert ordenó a los niños que subieran al coche, aunque todos sabían que no era tan sencillo. Primero, se pelearían para ver quién tenía que sentarse con Albie y todos se quedarían esperando junto al coche. Los asientos delanteros, reservados para los padres, no eran una opción, aunque Caroline y Franny se sentaban allí cuando iban con su madre durante el curso. Eso dejaba las tres hileras traseras del coche. Al final, los niños se sentaban siempre por parejas en función del género o la edad, lo que significaba que con Albie se quedaban Cal o Jeanette, alguna vez Franny y nunca Caroline o Holly. Albie cantaba una apasionada versión de Había cien botellas sobre la pared en la que los números no disminuían progresivamente, sino que iban apareciendo al azar: cincuenta y siete, setenta y ocho, cuatro, ciento cuatro. Anunciaba que se iba a marear y fingía arcadas muy convincentes que obligaban a Bert a detenerse en el arcén para nada, aunque Jeanette terminaba vomitando sin la menor advertencia previa. A cada señal de salida, Albie preguntaba si esa era ya la suya.

—¿Estamos llegando? —preguntaba, y luego se echaba a reír. Nadie quería sentarse con Albie.

Justo cuando empezaban a darse empujones en el camino de entrada a la casa, Bert llegó con una bolsa de lona del tamaño de una caja de zapatos. Siempre iba ligero de equipaje.

—Cal —ordenó—: tú vas con tu hermano.

—Ya fui con él la última vez.

Nadie sabía si era cierto o falso. Además, ¿qué podría ser eso de «la última vez»? ¿La última vez que habían ido en coche? ¿El último viaje? Nunca iban de viaje.

—Pues esta vez también irás con él. —Bert lanzó su bolsa en la parte posterior del coche y la cerró.

Cal miró a su alrededor. Albie corría hacia las niñas y les clavaba el dedo para hacerlas gritar. Las cuatro niñas se mezclaban en el pensamiento de Cal: sus hermanas, sus hermanastras, era difícil distinguir una de otra para echarles la culpa. Entonces Cal miró a Beverly, su camiseta de rayas moradas, el largo cabello rubio ondulado y peinado a la moda, sus gafas oscuras de estrella de cine.

—Pues haz que vaya ella —dijo a su padre.

Bert miró a su hijo mayor y luego a su mujer.

—¿Que haga qué cosa?

—Que vaya ella con él. Que se siente detrás.

Bert le dio un cachete con toda la palma. Sonó con estrépito, pero no le pegó fuerte, solo le dio en un lateral. Cal se tambaleó, exagerando un poco. Le habían pegado más fuerte en el colegio y en aquella ocasión había merecido la pena, aunque solo fuera para ver cómo Beverly perdía el escaso color de su rostro. Cal se dio cuenta de que durante unos segundos Beverly no había tenido claro de qué bando se pondría Bert, se había imaginado viajando hasta el lago Anna sentada junto a Albie, y había creído morir. Bert dijo que estaba harto de tanta imbecilidad y que subieran al coche. Y eso hicieron, incluso Beverly, en silencio y con un sabor amargo en la boca.

Durante el camino, Bert mantuvo la ventanilla bajada, con el codo señalando hacia las colinas, sin decir nada. Tres horas más tarde, cuando llegaron al restaurante Arrowhead, hizo que se pusieran todos en fila y los numeró: Cal era el uno, Caroline era el dos, Holly era el tres.

—Que no somos la familia Trapp, hostia —refunfuñó Cal por lo bajo.

Franny lo miró con una mezcla de miedo e incredulidad. Aquello era una blasfemia tremenda.

—No digas palabrotas —dijo Franny. Bert podía decir palabrotas, aunque no fuera una buena idea, pero los niños no podían. De eso estaba segura. Incluso en verano era alumna del Sagrado Corazón.

Cal, que no solo era el mayor, sino también el más alto de los chicos, le puso la mano derecha sobre la cabeza y, tras cerrar los dedos sobre las orejas, apretó. No oprimió tanto como habría apretado la cabeza de una de sus hermanas; si hubiera sido una de sus hermanas, habría hecho más fuerza todavía, pero, con todo, hizo mucha.

Caroline, que era la mayor de las chicas, decidió quiénes iban a compartir camas en el motel Pinecone y, a la hora de cenar, dijo que dormiría con Holly. Eso significaba que Franny tenía que dormir con Jeanette. A Franny le gustaba Jeanette. También le gustaba Holly, aunque no quería dormir con Caroline, que era muy capaz de intentar ahogarla con una almohada en plena noche. A los chicos les correspondió una habitación y una cama a cada uno. Esa tarde, a las siete, los padres empezaron a agitarse y bostezar, y anunciaron que estaban agotados, que era hora de irse a dormir y que al día siguiente se lo pasarían muy bien.

Pero, al día siguiente, encontraron una nota bajo la puerta del cuarto de las chicas que decía: «Desayunad en la cafetería, cargadlo a la habitación. Nos vamos a levantar tarde, no llaméis a la puerta». Era la letra de su madre, pero no decía «Mami» o «Besos». No tenía ninguna firma. Un documento más en la creciente montaña de pruebas que demostraban que estaban solos.

Todas las puertas de la larga hilera de puertas azules estaban cerradas y las cortinas de todas las ventanas estaban corridas. Los coches aparcados delante de las habitaciones estaban húmedos de rocío, o tal vez había llovido durante la noche. Las chicas aguardaron fuera y llamaron a la puerta de Cal, situada a la derecha de la suya. Cal abrió un poco sin quitar la cadena y miró a Holly con un solo ojo.

—Nos vamos a desayunar —anunció Holly—. Podéis venir si queréis.

Cal cerró la puerta, quitó la cadena y volvió a abrir. Detrás de él estaba Albie, sentado en la cama y mirando los dibujos animados de la tele mientras golpeaba rítmicamente el lateral del colchón con los pies. Si a alguna de las chicas se le hubiera ocurrido quejarse de que eran cuatro en una habitación con dos camas, habría pensado en Cal, que compartía la suya con Albie. Cal compartía habitación con Albie en casa, de manera que quizá estaba acostumbrado. O quizá no.

—Vamos —dijo Cal.

Cal se parecía a su padre. Se bronceaba con facilidad y en verano tanto la piel como el pelo adquirían un tono dorado. Tenía los ojos azules, como su padre, mientras que los otros tres los tenían oscuros, como su madre. Albie se habría parecido un poco a la pecosa Holly, pero la sensatez de esta y el escaso juicio de aquel diluían cualquier parecido físico. Los cuatro eran delgados, pero Jeanette estaba demasiado delgada para parecerse a ninguno de los otros tres. Nadie mencionaba el lindo rostro o el cabello brillante color miel oscura cuando quería describirla: eran los codos y las rodillas los que destacaban como el pomo de una puerta. Cuando estaban juntos, no parecían niños de la misma familia, sino de un campamento, puestos al azar en el mismo lugar. El parentesco resultaba poco evidente, incluso entre hermanos.

—Dormirán hasta mediodía —dijo Holly, refiriéndose a sus padres. Mientras desayunaba, dibujó círculos con el tenedor en los huevos.

—Y cuando se levanten nos dirán que tienen que ir a dormir la siesta — dijo Caroline. Era cierto. Sesteaban como si fueran criaturas enfermas. Los niños asintieron. Cal estaba sentado junto a la ventana y se quedó mirando la carretera. Albie se entretuvo dando golpes en la base de la botella de kétchup con la palma de la mano hasta que cubrió las tortitas de salsa.

—Joder —dijo Cal, arrancándole el bote—. ¿No puedes estar quieto sin hacer ninguna tontería?

—Mira —dijo Albie, y levantó la tortita con la mano, de la que goteó el kétchup, delante de su cara.

Jeanette sujetó su tostada sobre el plato con dos dedos y le quitó la corteza con un cuchillo.

—Pues yo no pienso pasarme el día aquí esperándolos —anunció Caroline.

—¿Y qué otra cosa podemos hacer? —preguntó Franny, porque no había nada más que hacer. ¿Ver si había algún juego de mesa en el motel? ¿Una baraja? Era temprano, más o menos las siete, y el sol entraba por la cristalera de la cafetería como una invitación en bandeja de plata. Habría sido un buen día para nadar.

—Hemos venido para ir al lago, así que iremos al lago —dijo Caroline, leyendo el pensamiento a su hermana. O leyéndoselo, al menos, a medias. Llevaba puesto el traje de baño bajo la ropa. Los demás también. Caroline estaba mucho más enfadada que el resto, se le notaba en la voz. Aunque tal vez el más enfadado fuera Cal y se manifestara de distinto modo.

Jeanette levantó los ojos de la tostada.

—Vámonos —dijo. Era lo primero que decía desde que habían salido de Arlington el día anterior y la suya fue la última palabra.

¿Por qué iban a esperar a que se levantaran sus padres? Cuando salían con sus padres, los niños se dividían en dos grupos: los mayores (Cal, Caroline y Holly) y los pequeños (Jeanette, Franny y Albie). A los mayores se les permitía pasear, nadar en aguas profundas sin chaleco salvavidas, alejarse de la vista de los mayores y decidir qué querían para comer. En cambio, los tres pequeños bien podrían haber estado atados a un árbol con un único plato para comer. Nunca se confiaba en ellos. Sin que fuera necesario darle más vueltas, los seis decidieron ver la cuestión como una oportunidad.

Añadieron seis Coca-Colas y doce barritas de chocolate a la cuenta del desayuno, lo suficiente para aguantar hasta la hora de comer, si era necesario.

—¿A qué distancia está el lago? —preguntó Holly a la camarera que les estaba cobrando.

—Unos tres kilómetros, quizá menos. Hay que retroceder hasta la carretera 98.

—¿Y para ir andando?

La camarera escrutó a los niños. Varios de ellos parecían exactamente de la misma talla. Franny y Jeanette solo se llevaban ocho días.

—¿Dónde están vuestros padres?

—Se están vistiendo —contestó Caroline con voz aburrida—. Quieren que vayamos todos andando, han dicho que será una aventura. Y a nosotros nos toca enterarnos de por dónde se va.

Los otros niños la miraron con una sonrisa radiante por mentir tan bien. La camarera cogió un mantelillo de papel del montón y le dio la vuelta.

—Hay un atajo para ir andando. —En un extremo del mantelillo dibujó un rectángulo para representar el motel (que identificó con una «P») y en el otro extremo puso un círculo para representar el lago («L»). La línea quebrada que dibujó para unir ambos puntos fue su billete de salida.

En el aparcamiento, Cal intentó abrir todas las puertas del coche. Franny le preguntó qué necesitaba.

—Algo. Ocúpate de tus asuntos. —Se puso las manos a los lados de los ojos y atisbó por la ventanilla, intentando ver lo que fuera que quería.

—Si necesitas algo de verdad, sé forzar la cerradura —anunció Caroline.

—Mentirosa —contestó Cal, sin molestarse en mirarla.

—Claro que sé —insistió Caroline, y luego señaló a Jeanette—. Ve a buscarme una percha del armario.

Era cierto. Su padre les había enseñado ese mismo verano. El último fin de semana cuando estaban todos en casa de los abuelos, su tío Joe Mike había dejado las llaves dentro del coche de la tía Bonnie, y su padre había abierto la puerta con una percha para que Joe Mike se ahorrara los doce dólares que le habría costado llamar a un cerrajero. Después, Fix practicó con las niñas porque estas se mostraron interesadas y él dijo que era bueno aprender.

—La gente se equivoca porque cree que hay que tirar hacia arriba y no, hay que empujar hacia abajo —les dijo.

Caroline se puso a desenroscar el alambre de la percha. Eso era lo más difícil.

—Estás perdiendo el tiempo —dijo Cal.

—¿El tiempo de quién? Si tanta prisa tienes, vete —dijo Holly. Sentía curiosidad y estaba claro para todos que Cal también.

Albie iba dando vueltas alrededor del coche moviendo las caderas a un lado y a otro y canturreando lo del «bum bum».

—Cállate —ordenó Cal—. Si despiertas a papá, te arranco la cabeza.

En ese momento todos se dieron cuenta de que el coche estaba aparcado delante de la habitación de sus padres y se esforzaron en mantenerse en silencio.

Caroline apartó con el índice la junta de goma de la parte inferior de la ventanilla y metió la percha mientras los otros niños se arremolinaban para ver lo que hacía. Le preocupaba un poco que los coches no fueran todos iguales. El coche familiar era un viejo Oldsmobile y el coche de la tía Bonnie era distinto, quizá fuera un Dodge. La punta de la lengua le asomaba por la comisura de los labios mientras movía la percha a ciegas hacia lo que su padre había llamado «el punto clave», situado unos quince centímetros por debajo del sistema de apertura. De repente, lo localizó y notó que el alambre daba con el mecanismo de la cerradura. No intentó engancharlo, a pesar de las tentaciones, sino que dio un golpecito y empujó, tal como le había enseñado.

El seguro subió.

A pesar de su triunfo, las chicas tuvieron muy presente no cantar victoria en voz alta. Caroline sacó la percha y abrió el coche como si fuera algo natural. Incluso Albie le echó los brazos a la cintura.

—¡Has roto el coche! —dijo en un sonoro susurro que sonó como si fuera un gánster de película.

—Eso mismo —dijo Caroline, y le dio la percha como recuerdo de la mañana. Albie inmediatamente fue al coche que estaba aparcado junto al suyo y se puso a juguetear para ver si podía introducir la percha en la ventanilla. ¡Lo que habría dado Caroline por poder llamar a su padre desde el teléfono del motel! Quería que supiera que había hecho un excelente trabajo.

Cal le cogió la percha a su hermano y la examinó a la luz de su nuevo potencial.

—¿Me enseñarás a hacerlo? —preguntó, como si se dirigiera a Caroline o a la percha.

—Solo los policías pueden hacerlo —contestó Franny—. Y sus hijos. Si no, eres un delincuente.

—Yo seré delincuente —declaró Cal. Se metió en el coche, abrió la guantera, sacó una pistola y un botellín de ginebra, todavía cerrado y con el precinto.

A ninguno le sorprendió que hubiera un arma en el coche, aunque Cal era el único que lo sabía, y lo sabía porque había estado curioseando en la guantera unos días antes, mientras Beverly estaba comprando comida, demostrando una vez más que algunas veces basta con buscar un poco. Lo que les sorprendió a todos, incluido Cal, fue que Bert la hubiera dejado en el coche. Eso les hizo pensar que tendría otra en la habitación del motel. A Bert le gustaba tener un arma en el maletín, en la mesilla de noche y en el bolsillo de su escritorio. Le gustaba hablar de los delincuentes que había condenado y que nunca se sabía lo que podía pasar y que tenía que proteger a su familia y que no pensaba dejar que otro se le adelantara, pero la verdad pura y simple era que a Bert le gustaban las armas.

Lo más fascinante era la botella de ginebra. Sus padres tomaban una copa de vez en cuando, pero no como para llevar siempre consigo una botella. Nunca habían visto ginebra en el coche, aquello era algo especial.

—Sabes que no puedes coger eso —dijo Holly, mirando hacia la puerta de la habitación de sus padres. Se refería a las dos cosas.

—Por si pasa algo —dijo Cal. Metió el arma en la bolsa de papel junto con las chocolatinas y los refrescos.

Jeanette había cogido su Coca-Cola y dos chocolatinas y las había puesto en su bolsito. Le cogió la botella a su hermano y se puso a toquetear el sello hasta que lo despegó suavemente de una sola pieza. Después se pusieron en marcha en dirección al lago mientras Caroline se ocupaba del mapa.

Hacía más calor de lo previsto, aunque menos que el día anterior o la antevíspera. El cielo estaba volviéndose blanco y parecía aplastar el paisaje. Holly se rascó los brazos y se quejó de los mosquitos. Como su madrastra, era especialmente sensible a sus picaduras. Cruzaron el campo situado frente al motel, el que les había dicho la camarera; la hierba les llegaba hasta la cintura y a Albie le alcanzaba el pecho, pero si se ponían bien derechos podían llegar a ver las diminutas manchas de flores sobre los tallos.

—¿Veis el lago? —preguntó Albie. Llevaba manchada de kétchup la camiseta de rayas azules y amarillas que Beverly le había comprado. Tenía las manos pegajosas.

—Alto —dijo Cal, levantando la palma al cielo. Se detuvieron como soldados, todos a una—. Media vuelta —ordenó. Y dieron media vuelta.

—¿Qué es ese edificio de allí? —preguntó Cal, dirigiéndose a su hermano y señalando al otro lado de la calle.

—El motel Pinecone —dijo Albie.

—¿Y a qué distancia ha dicho la mujer que estaba el motel del lago?

En el silencio oían los coches que pasaban con un zumbido. En lo más profundo de la hierba, los grillos frotaban las alas y en lo alto cantaban los pájaros.

—Casi tres kilómetros —contestó Franny. Ya sabía que no se lo habían preguntado a ella, pero no pudo evitarlo. Se sentía incómoda ahí en medio, con las hierbas secas que le pinchaban en las espinillas. No había ningún camino a través del campo.

Cal señaló a su hermano. Era curioso lo mucho que se parecía a su padre, aunque no tuvieran nada en común.

—¿Albie?

—Casi tres kilómetros —repitió Albie. Empezó a dar golpes a las hierbas con la mano abierta y después se puso a agitar el brazo hacia adelante y hacia atrás como una guadaña.

—Así que sabes muy bien que no estamos allí y sabes también que no puedo ver el lago. —Cal reanudó la marcha y el resto fue tras él. El campo era más grande de lo que había parecido a lo lejos y al cabo de un rato dejaron de ver el motel Pinecone y cualquier otra cosa, solo la hierba y el cielo descolorido. Empezaron a dudar de si seguían caminando en la dirección correcta.

—¿Hemos llegado? —preguntó Albie.

—Cállate —ordenó Holly. Un saltamontes del tamaño del puño de un bebé saltó de la hierba seca, se enganchó a la camiseta de Holly y esta empezó a gritar. Franny y Jeanette se apartaron hacia la izquierda del grupo y, cuando se pusieron en cuclillas, se aseguraron de que nadie pudiera verlas. Estaban muy cerca, casi nariz con nariz, y Jeanette le dirigió una sonrisa antes de volver a levantarse.

—¿Y ahora? ¿Hemos llegado ya? —Albie dio un salto hacia delante con los pies juntos, pero casi no avanzó, tan densa era la hierba. Miró a su hermano—. ¿Hemos llegado ahora?

Cal se detuvo otra vez.

—Si te pones tonto, te hago volver —miró hacia atrás, donde se veía todavía el rastro que habían dejado en la hierba.

—¿Dónde estamos? —preguntó Albie.

—En Virginia —dijo Cal con una voz tan cansada como si fuera un adulto —. Cállate.

—Quiero llevar la pistola —dijo Albie.

—Y yo quiero la luna —dijo Caroline. Era una frase típica de su padre.

—Cal tiene una pistola —cantó Albie con una voz que sonó muy alta en el espacio abierto—. ¡Cal tiene una pistola!

Volvieron a detenerse. Cal levantó un poco la bolsa para sujetarla mejor bajo el brazo. Dos golondrinas salieron de la nada y pasaron a su lado a toda velocidad. Albie no paraba de cantar. Jeanette sacó la lata de refresco del bolsito.

—Es demasiado pronto para beber —dijo Holly. Era miembro de los boy scouts y había leído el capítulo de tácticas de supervivencia en un manual—. Tiene que durarte mucho rato.

Jeanette hizo caso omiso y abrió la lata. Al verla beber, todos decidieron que tenían sed. En el lago habría más refrescos.

—Cal tiene una pistola —gritó Albie, aunque ahora con menos entusiasmo.

Holly miró hacia el cielo. Estaba completamente vacío. Ni una sola nube que ofreciera protección.

—Me gustaría un caramelito Tic Tac —dijo Holly.

Cal lo pensó unos instantes y luego asintió. Se sacó del bolsillo posterior del pantalón una bolsita del tamaño de tres sellos donde guardaba las pastillas de Benadryl que su madre le hacía llevar contra la alergia. Apartaron las hierbas y se sentaron, y Caroline abrió la bolsa de papel. Sacó la pistola con mucha ceremonia y la dejó a su lado, y después les tendió las Coca-Colas. A continuación, Cal dio a cada uno dos pastillas de color rosa brillante.

—A ti no debería darte ninguna, hoy me estás dando mucho la lata.

Pero Albie dejó la mano extendida en silencio hasta que finalmente Cal suspiró y le dio las dos que le correspondían.

—Esto es lo que necesitaba —dijo Holly, tras llevarse las pastillas a la boca y simular que las tomaba. Sacó la botella de ginebra de la bolsa y bebió un trago como si fuera Coca-Cola, pero se llevó una sorpresa. Estuvo a punto de escupirla, pero consiguió mantener los labios cerrados. Le tendió la botella a su hermana y luego se tumbó en el suelo.

—Ahora ya no me importa ir andando al lago —dijo Holly.

Jeanette dio un sorbo a la ginebra y tosió, después se inclinó y le dio sus pastillas a Albie.

—Ten, toma las mías.

Albie vio dos pastillas más en la mano. Ya tenía cuatro. Eran de un color rosa intenso que destacaba sobre la hierba incolora.

—¿Por qué? —preguntó Albie, tal vez receloso o tal vez no.

Jeanette se encogió de hombros.

—Los caramelos Tic Tac me dan dolor de barriga. —Era posible: a Jeanette todo le daba dolor de barriga, por eso estaba tan delgada.

Franny miró a Caroline, que se puso las pastillitas en la palma de la mano con ayuda del pulgar y después echó la cabeza hacia atrás, como si quisiera tragarlas con un buen trago de refresco. Caroline era siempre muy convincente. Franny se dio cuenta de que tampoco bebía ginebra. Tenía la boca cerrada cuando apartó la botella. Pero, cuando le llegó a ella, Franny optó por una solución intermedia: beber la ginebra y guardarse las pastillas. La ginebra resultó muy sorprendente: fue siguiendo la sensación de ardor que le bajaba por la garganta, le recorría el pecho y le llegaba al estómago. Era cálida y brillante como el sol y se le quedó entre las piernas, una sensación hermosa, como si el ardor le hubiera dado una especie de claridad física. Tomó otro sorbo antes de dársela a Albie, que se bebió la mayor parte.

A los niños no les importaba esperar, estaban acostumbrados. Hacía calor y la Coca-Cola seguía fresca. Era agradable estar tumbado un rato y contemplar el cielo vacío, no tener que escuchar a Albie molestando. Cuando se puso de pie, Cal dejó la lata de refresco junto a la pierna de Albie.

—No tires basura —protestó Franny.

—Las cogeremos luego —explicó Cal—. Tendremos que venir a buscarlo.

Así que todos dejaron las latas vacías junto a Albie, que estaba durmiendo debido a las cuatro pastillas de Benadryl y el gran trago de ginebra que había tomado bajo el sol ardiente. Cal recogió las pastillas de Holly y sus hermanastras, las metió en la bolsita y la guardó en el bolsillo. Las chocolatinas empezaban a fundirse y la pistola estaba caliente por haber estado al sol; lo metieron todo en la bolsa y se dirigieron de nuevo hacia el lago.

Cuando llegaron, los cinco se adentraron en el agua mucho más de lo que sus padres les habrían permitido si hubieran estado presentes. Franny y Jeanette buscaron alguna cueva y dos hombres que estaban en un bosquecillo junto al agua les enseñaron a pescar. Cal robó una bolsa de bollitos de chocolate de la tienda y no tuvo que utilizar el arma que llevaba en la bolsa de papel porque nadie le vio hacerlo. Caroline y Holly treparon a lo alto de una roca y saltaron al agua una y otra vez hasta que estuvieron demasiado cansadas para seguir trepando, para seguir nadando. A todos les ardía la piel por el sol, pero se tendieron en la hierba para secarse porque a ninguno se le había ocurrido llevar una toalla. Pero se cansaron de estar tendidos y decidieron volver.

El cálculo del tiempo resultó ser exacto. Albie se había despertado, pero estaba tranquilamente sentado en el campo, callado y confuso entre las latas de refresco, esforzándose por no llorar. No les preguntó adónde habían ido ni dónde estaba, se limitó a ponerse en pie y a sumarse a la hilera cuando esta pasó a su lado. A él también le había quemado el sol. Eran ya más de las dos de la tarde. Lo más sorprendente de todo fue que, a los pocos minutos de llegar al motel Pinecone y tumbarse en la cama de la habitación de las chicas con los bañadores húmedos para ver la televisión, los padres llamaron a la puerta, con aire tímido y avergonzado: qué barbaridad, cuánto habían dormido, qué cansados tenían que haber estado. Para compensarlos, irían al cine y saldrían a comer pizza. No parecieron darse cuenta de que iban vestidos con bañador, tenían la piel quemada y con picaduras de mosquitos. Los niños Cousins y los Keating les dedicaron una beatífica sonrisa de perdón. Habían hecho todo lo que habían querido, habían pasado un día maravilloso y nadie se había dado cuenta.

Así fue durante el resto del verano. Y fue así durante todos los veranos que los seis pasaron juntos. No todos los días eran divertidos; la mayoría no lo eran, pero hacían cosas, cosas de verdad, y no los atraparon nunca.