Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 1 de 11 · parte 3/6

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Conan el Usurpador

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Valenso dispone de trabajadores, de provisiones y de una empalizada que nos protege contra los pictos. Tú, Zarono, tienes mi mapa. Yo tengo el barco.

–Lo que me complacería saber -comentó Zarono- es esto: si tú tenías en tu poder el mapa todos estos años, ¿por qué no viniste antes en busca del botín?

–Es que no lo tenía. Estaba en manos de Zingelito, ese perro que acuchilló al anciano avaro y robó el mapa. Pero no tenía barco ni tripulación, y le llevó más de un año conseguirlos. Cuando finalmente vino en busca del tesoro, los pictos le impidieron el desembarco, y sus hombres se amotinaron obligándolo a navegar de regreso a Zingara.

Uno de ellos le robó el mapa y me lo vendió.

–Por eso es que Zingelito reconoció la bahía -murmuró Valenso.

–¿Ese perro te condujo hasta aquí, conde? – preguntó Strombanni-.

Debí haberlo adivinado. ¿Dónde está?

–Seguramente en el infierno, dado que fue un bucanero.

Evidentemente, los pictos lo mataron mientras recoma los bosques en busca del tesoro.

–¡Bien! – aprobó Strombanni calurosamente-. No me explico cómo vosotros sabíais que mi ayudante tenía el mapa. Yo confiaba en él, y los hombres tenían más confianza en él que en mí, de manera que le permití que lo guardara. Pero esta mañana se internó tierra adentro con algunos de los otros, y desgraciadamente se separó de ellos. Lo encontramos muerto a sablazos, y el mapa había desaparecido. Los

hombres me acusaron de haberlo matado, pero yo les mostré a esos locos las huellas dejadas por su asesino y les probé que no cuadraban con mis pisadas. Me constaba que no era ninguno de mi tripulación, porque ninguno de ellos lleva botas como las que dejan ese tipo de huellas. Y los pictos no usan botas. De manera que hubo de ser un zingario.

«Bien, tú tienes el mapa, pero no tienes el tesoro. Si lo tuvieras, no me habrías dejado entrar aquí. Yo te tengo acorralado en este fuerte.

No puedes salir en busca del botín, y aun si lo lograras, no tendrías un barco para irte de este lugar.

«Ahora bien, ésta es mi propuesta: tú, Zarono, me das el mapa. Y

tú, Valenso, me proporcionas carne fresca y otras provisiones. Mis hombres habrían podido contraer escorbuto en este larguísimo viaje. A cambio, prometo llevaros a vosotros tres, a Belesa y a la niña en mi barco, y desembarcaros cerca de algún puerto zingario, o desembarcar a Zarono, si lo prefiere, cerca de algún punto de reunión de bucaneros, pues sin duda en Zingara le espera la horca. Y para sellar el pacto, me comprometo a dar a cada uno de vosotros una parte del tesoro.

El bucanero se retorció pensativamente el bigote. Sabía que, de llegar a un acuerdo, Strombanni jamás cumpliría lo pactado. Y Zarono ni siquiera pensaba aceptar la propuesta. Sin embargo, rechazar de plano el acuerdo significaría un encuentro armado. Hizo trabajar su ágil mente en busca de un plan para poder burlar al pirata. Codiciaba el barco de Strombanni con la misma avidez con que codiciaba el tesoro perdido.

–¿Qué nos impide mantenerte cautivo y obligar a tus hombres a entregarnos el barco a cambio de tu persona? – preguntó. Strombanni rió.

–¿Crees que soy tonto? Mis hombres tienen orden de levar anclas si no regreso al cabo de una hora, o si sospechan alguna traición. No te lo darían aun cuando me desollaras vivo en la playa. Por otra parte, tengo la palabra del conde.

–Y mi palabra no es paja que se lleve el viento -dijo Valenso sombríamente-. Olvida las amenazas, Zarono.

Zarono no respondió. Su mente estaba concentrada en buscar una manera de tomar posesión del barco de Strombanni y continuar el

diálogo sin que se trasluciera que no tenía el mapa. Se preguntaba quién, en nombre de Mitra, lo tenía en realidad.

–Permíteme que mis hombres embarquen conmigo -dijo-. No puedo abandonar a mis fieles seguidores…

Strombanni hizo una mueca de sarcasmo.

–¿Por qué no me pides mi cuchillo para cortarme el cuello con él?

¿Dejar a tus fieles? ¡Bah! Abandonarías a tu propio hermano en manos del demonio si con ello ganaras algo. ¡No! No traerás hombres suficientes a bordo como para poder organizar un motín y tomar mi barco.

–Danos un día para pensarlo -insistió Zarono a fin de ganar tiempo.

La pesada mano de Strombanni dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que el vino se agitara en las copas.

–¡No, por Mitra! ¡Dadme la respuesta ahora! Zarono se incorporó de un salto y la furia hizo desaparecer toda su astucia.

–¡Perro barachano! Yo te daré mi respuesta… ¡en las tripas!

Abrió rápidamente su capa e hizo ademán de coger la espada.

Strombanni se levantó furioso tumbando la silla, Valenso saltó de su asiento y levantó los brazos para separar a los bucaneros, que estaban frente a frente, con las caras casi juntas, las espadas a medio desenvainar y los rostros congestionados.

–¡Caballeros, basta ya! Zarono, le he dado mi palabra.

–¡Que los espíritus malignos se traguen tu palabra! – rugió Zarono.

–¡Apártate de nosotros, señor! – clamó el pirata con la voz cargada de ansias de matar-. Me diste tu palabra de que no sería traicionado.

No consideraré una violación de tu promesa el hecho de que este perro y yo crucemos nuestras espadas en una pelea limpia.

–¡Bien dicho, Strom! – dijo detrás de ellos una voz profunda y potente, cargada de burla.

Todos se volvieron con la boca abierta. En lo alto de la escalera, Belesa se levantó, con una exclamación involuntaria.

Un hombre salió de entre los cortinajes que ocultaban la puerta de la estancia y avanzó hacia la mesa sin prisa ni vacilación.

Enseguida dominó al grupo, y todos vieron que la situación había cambiado sutilmente y estaba cargada de una atmósfera dinámica.

El extranjero era más alto y corpulento que cualquiera de los bucaneros, pero pese a su tamaño se movía como un felino con sus altas y vistosas botas. Vestía ajustados pantalones de seda blanca. Llevaba una amplia casaca de color azul celeste que dejaba ver una camisa de seda blanca con el cuello abierto, y un fajín de color escarlata en torno a la cintura. La capa estaba ador-nada con botones plateados en forma de bellota, y los puños y solapas llevaban adornos de oro. El cuello era de raso. Un sombrero brillante completaba la anticuada vestimenta que se había llevado cien años atrás. De su cinto colgaba un pesado alfanje.

–¡Conan! – exclamaron al unísono los dos bucaneros; Valenso y Galbro contuvieron la respiración al oír el nombre.

–¿Quién si no? El gigante se acercó a la mesa, riendo burlonamente ante su asombro.

–¿Qué… qué haces aquí? – tartamudeó el senescal-. ¿Cómo llegaste aquí sin ser invitado ni anunciado?

–Trepé por la empalizada del lado este, mientras vosotros, imbéciles, discutíais en el portal -respondió Conan hablando en zingario con fuerte acento de bárbaro-. Todos los hombres del fuerte estiraban el cuello en dirección oeste mientras dejabais cruzar la verja a Strombanni. Entré en la mansión en ese momento y desde entonces he estado en este salón fisgoneando.

–Pensé que habías muerto -dijo Zarono lentamente-. Hace unos tres años, el destruido casco de tu barco fue avistado en una costa llena de arrecifes y desde entonces no se volvió a oír hablar de ti en el Main.

–No, no me ahogué con mi tripulación -replicó Conan-. Para que yo me ahogue es necesario un océano más grande. Nadé hasta la playa, y durante un tiempo me dediqué a trabajar como mercenario en los reinos negros; luego, he servido a las órdenes del rey de Aquilonia como soldado. Puede decirse que me he convertido en alguien respetable -

sonrió maliciosamente-, o al menos que lo fui hasta tener recientemente un desacuerdo con ese asno de Numedides. Y ahora al grano, compadres ladrones.

Arriba, en la escalera, Tina estrujaba a Belesa, al tiempo que lanzaba penetrantes miradas a través de la balaustrada.

–¡Conan, mi señora! ¡Es Conan! ¡Mira, mira! Belesa miraba como si estuviera viendo a un personaje legendario de carne y hueso.

¿Quién, entre la gente de mar, no había oído salvajes y crueles historias acerca de Conan, el fiero corsario que fuera capitán de los piratas barachanos y uno de los más temidos azotes del mar? Una serie de baladas celebraban sus audaces y feroces hazañas. El hombre no podía ser ignorado; había irrumpido, irresistiblemente, en escena para convertirse en un elemento dominante en la enmarañada intriga. Y en medio de su atemorizada fascinación, el instinto femenino de Belesa especuló acerca de la

actitud que tendría Conan para con ella. ¿Sería como la brutal indiferencia de Strombanni, o como el violento deseo de Zarono?

Valenso se estaba recuperando de la impresión que le había producido hallar a un extraño en su mismísimo salón. Sabía que Conan era un cimmerio, nacido y criado en las inmensidades del lejano Norte, y que por lo tanto era imposible imponerle las limitaciones físicas que controlan a los hombres civilizados. No era en absoluto extraño que hubiera podido entrar en el fuerte sin ser detectado, pero Valenso se acobardaba ante la idea de que otros bárbaros pudieran repetir el hecho… los silenciosos y morenos pictos, por ejemplo.

–¿Para qué has venido? – preguntó-. ¿Has llegado del mar?

–He venido por el bosque.

El cimmerio se volvió hacia el este.

–¿Has estado viviendo con los pictos? – preguntó fríamente Valenso.

Una rabia momentánea asomó a los ojos del gigante.

–Hasta un zingario debería saber que jamás ha habido paz entre los pictos y los cimmerios, y que nunca la habrá -repuso lanzando un juramento-. Nuestra enemistad es más antigua que el mundo. Si le hubieras dicho eso a uno de mis hermanos más salvajes, te habría partido la cabeza. Pero yo he vivido entre vosotros, hombres civilizados, lo suficiente como para comprender vuestra ignorancia y falta de cortesía habituales… la grosería que hace que le preguntéis a un hombre que aparece en vuestra puerta después de caminar mil leguas por tierras salvajes cuáles son sus actividades. Dejemos eso de lado -dijo, mirando a los dos bucaneros, que lo contemplaban fijamente-. Por lo que he podido escuchar, deduzco que hay una discusión acerca de un mapa.

–Eso no es asunto tuyo -gruñó Strombanni.

–¿Se trata de esto? ¿Esto es lo que buscáis?

Conan sonrió maliciosamente mientras sacaba de su bolsillo un objeto arrugado, un pergamino doblado, marcado con líneas rojas.

Strombanni se agitó violentamente y palideció.

–¡Mi mapa! – gritó-. ¿Cómo lo conseguiste?

–Se lo quité a tu compañero Galacus, cuando lo maté -respondió Conan con una sonrisa.

–¡Ah! ¡Perro! – gritó Strombanni fuera de sí, volviéndose hacia Zarono-. ¡Nunca has tenido el mapa! Mentiste…

–En ningún momento he dicho que lo tuviera -bramó Zarono-. Te engañaste a ti mismo. No seas tonto. Conan está solo, de haber tenido una tripulación, ya nos habría rebanado el pescuezo. Le arrancaremos el mapa.

–¡No lo tocaréis! – dijo Conan, riendo fieramente.

Ambos hombres se abalanzaron sobre él profiriendo juramentos; Conan dio unos pasos hacia atrás, arrugó el pergamino y lo arrojó a la chimenea. Con un rugido incoherente, Strombanni arremetió contra él, para recibir una bofetada que lo dejó tendido y semiinconsciente en el suelo. Zarono desenvainó la espada, pero antes de que pudiera utilizarla, Conan la hizo caer de sus manos con un golpe.

Zarono avanzó hacia la mesa con ojos cargados de odio. Stfombanni se puso en pie con gran dificultad. Tenía la mirada perdida, y de su oreja manaba sangre. Conan se inclinó ligeramente sobre la mesa con el alfanje extendido, rozando apenas el pecho del conde Valenso.

–No llames a tus soldados, conde -dijo suavemente el cimmerio-. No te atrevas a abrir la boca. ¡Tú tampoco, cara de perro! – le ordenó a Galbro, que no tenía la menor intención de despertar la ira del bárbaro-. El mapa está reducido a cenizas y de nada valdrá derramar sangre inútilmente. Sentaos.

Strombanni vaciló, hizo un vano ademán hacia la empuñadura de su espada, luego se encogió de hombros y se desplomó sobre una silla.

Los otros siguieron su ejemplo. Conan permaneció de pie, dominando la mesa, mientras sus enemigos lo observaban con los ojos llenos de odio.

–Estabais negociando -dijo-. Y eso es todo lo que pretendo hacer.

–¿Y qué es lo que nos ofreces para hacer un trato? – musitó Zarono.

–Pues sólo… el tesoro de Tranicos.

-¿Qué?

Los cuatro hombres se pusieron inmediatamente de pie inclinándose hacia él.

-¡Sentaos todos! -ordenó Conan, dando golpes en la mesa con la ancha hoja de su alfanje.

Los cuatro se hundieron en las sillas, tensos y pálidos a causa de la emoción. Conan se retorcía de placer al comprobar el efecto que habían causado sus palabras, y continuó:

–¡Pues sí! Encontré el tesoro antes de conseguir el mapa. Por eso precisamente lo he quemado. Ya no lo necesito, y nadie encontrará jamás el tesoro a menos que yo le enseñe dónde está.

Los demás hombres lo miraron con una expresión asesina en el rostro.

–Estás mintiendo -dijo Zarono sin convicción-. Ya nos has dicho una mentira. Dijiste que venías del bosque, pero afirmas que no has vivido con los pictos. Todo el mundo sabe que ésta es una tierra desolada, habitada únicamente por salvajes. Los focos de civilización más cercanos son los poblados aquilonios cabe el río Trueno, a cientos de leguas hacia el este.

–De allí vengo -respondió Conan, imperturbable-. Creo que soy el primer hombre blanco que ha cruzado el desierto picto. Cuando huí de Aquilonia a la tierra de los pictos, hallé a un grupo de éstos y maté a uno, pero una piedra lanzada por una honda me dejó sin sentido en medio de la confusión y los perros me cogieron vivo. Eran Lobos, y me entregaron al clan de los Águilas a cambio de uno de sus jefes a quien los Águilas habían hecho prisionero. Los Águilas me llevaron unas cien leguas al oeste para quemarme en su aldea principal, pero una noche maté a su jefe y a tres o cuatro más, y escapé.

»No podía volverme, ya que los tenía detrás, y me vi obligado a ir hacia el oeste. Hace pocos días me los quité de encima, y ¡por Crom, el sitio donde me escondí resultó ser la cueva del tesoro del viejo Tranicos!

Encontré de todo: arcones con armas y arreos, de allí saqué estas ropas y la espada, montones de monedas, gemas y adornos de oro, y, en medio de todo, las joyas de Tothmekri refulgiendo como gélidas estrellas, ¡Y el

viejo Tranicos y sus once capitanes sentados alrededor de una mesa de ébano mirando el tesoro, como han estado haciendo durante cien años!

–¿Qué?

–Sí -rió-. ¡Tranicos murió rodeado de su tesoro, y todos los demás murieron con él! Sus cuerpos no se pudrieron ni se arrugaron.

Permanecían allí, sentados con sus altas botas y sus largos mantos y con los cascos puestos, con vasos de vino en sus rígidas manos,

¡exactamente tal como habían estado durante un siglo!

–¡Eso no tiene ningún mérito! – murmuró Strombanni inquieto, mientras Zarono escupía.

–¿Qué importa eso? Ése es el tesoro que buscamos: Sigue, Conan.

Conan se sentó a la mesa, llenó una copa y la apuró antes de contestar.

–Es el primer vino que bebo desde que salí de Aquilonia, ¡por Crom! Aquellos malditos Águilas me acorralaron de tal manera en el bosque que apenas si tenía tiempo de masticar las nueces y raíces que encontraba. A veces pillaba ranas y me las comía crudas por miedo a encender una hoguera. Sus impacientados oyentes le hicieron saber que no les interesaban sus aventuras culinarias, sino encontrar el tesoro.

Sonrió altanero y continuó:

–Después de tropezar con la cueva descansé algunos días, hice trampas para cazar conejos y dejé cicatrizar mis heridas. Vi humo al oeste, pero pensé que debía de haber un poblado picto en la playa. Yo me hallaba cerca, pero casualmente el botín estaba escondido en una zona que los pictos evitan. Si alguno me espió, yo no lo vi.

–Anoche me dirigí al oeste, con intención de llegar a la playa que hay varias leguas al norte del punto donde había visto el humo. No estaba lejos de la costa cuando estalló la tormenta. Me refugié bajo unas rocas y esperé hasta que pasó. Entonces trepé a un árbol para buscar pictos, y desde allí vi el barco de Strom anclado y a sus hombres desembarcando en la playa. Iba camino de su campamento cuando me encontré con Galacus. Lo atravesé con mi espada, porque había una vieja cuenta pendiente entre nosotros.

–¿Qué te había hecho? – preguntó Strombanni.

–Oh, me quitó a una mujer hace años. No me habría enterado de que tenía un mapa si no hubiera intentado comérselo antes de morir.

»Me di cuenta de lo que era, naturalmente, y estaba pensando cómo podría utilizarlo cuando llegaron el resto de tus perros y encontraron el cuerpo. Yo estaba escondido en un matorral a menos de nueve yardas de ti mientras discutías el asunto con tus hombres. Decidí que no era el momento de aparecer todavía -se rió de la rabia e impotencia que aparecieron en el rostro de Strombanni-. Bueno, mientras yacía allí escuchándoos, me puse al comente de la situación y me enteré, por cosas que dejasteis caer, de que Zarono y Valenso estaban en la playa a pocas leguas al sur. Entonces te oí decir que Zarono debía de ser el causante de la muerte y que habría cogido el mapa, y que te proponías ir a parlamentar con él, en espera de una oportunidad para asesinarlo y recuperar el plano.

–¡Perro! – gruñó Zarono. Aunque estaba furioso, Strombanni se rió alegremente.

–¿Crees que yo voy a jugar limpio con un perro traidor como tú?

Sigue, Conan.

El cimmerio sonrió. Era evidente su intención de avivar el fuego del odio entre los dos hombres.

–No hay mucho más. Vine directamente cruzando el bosque mientras tú bordeabas la costa, y llegué al fuerte antes que tú. Tu

suposición de que la tormenta había destrozado el barco de Zarono era correcta… conocías la configuración de esta bahía.

»Bien, ésta es la historia. Yo tengo el tesoro, Strom tiene un barco, Valenso tiene provisiones. ¡Por Crom! Zarono, no veo dónde encajas tú, pero para evitar problemas te incluiré. Mi proposición es bastante simple.

«Dividiremos el tesoro en cuatro partes. Strom y yo navegaremos con nuestra parte a bordo del Mano Roja. Tú y Valenso cogéis las vuestras y os quedáis como señores del desierto, o construís un barco con troncos de árboles; como queráis.

Valenso se agitó y Zarono maldijo, mientras Strombanni reía ladinamente.

–¿Eres tan necio como para embarcarte en el Mano Roja sólo con Strombanni? – gruñó Zarono-. ¡Te rebanará el gaznate antes de que pierdas la tierra de vista!

Conan rió con verdadero regocijo.

–Esto es como el cuento del lobo, la oveja y la col -dijo-. ¡Cómo pasarlos a la otra orilla sin que se devoren unos a otros!

–¡Y eso te hace gracia! – protestó Zarono.

–¡Yo no me quedaré aquí! – gritó Valenso, con un brillo salvaje en sus ojos oscuros-. ¡Con tesoro o sin tesoro, tengo que irme!

Conan le dirigió una aguda mirada.

–Bueno -dijo-, ¿qué te parece este plan? Repartimos el botín, como dije. Entonces, Strombanni se hace a la mar con Zarono, Valenso y todos los hombres que el conde pueda llevar, dejándome a mí al mando del fuerte, con el resto de los hombres de Valenso y todos los de Zarono.

Yo construiré mi propio barco.

Zarono palideció.

–¿Tengo que elegir entre quedarme aquí en el exilio o dejar a mi tripulación e irme solo en el Mano Roja para que me corten el pescuezo?

La risa de Conan resonó en el salón, y le palmeó jovialmente la espalda a Zarono, pasando por alto la mirada asesina del bucanero.

–¡Así es, Zarono! – dijo-. Quédate aquí mientras Strom y yo navegamos, o embárcate con Strombanni, dejando a tus hombres conmigo.

–Prefiero a Zarono -dijo Strombanni con franqueza-. Tú volverías a mis propios hombres contra mí, Conan, y me habrías degollado antes de avistar las islas Barachas.

El sudor chorreaba por la cara de Zarono. – Ni yo, ni el conde, ni su sobrina llegaremos vivos a tierra si nos embarcamos con ese demonio -

dijo-. Aquí estáis ambos en mi poder. Mis hombres rodean este salón.

¿Qué me impide liquidaros?

–Nada -admitió Conan alegremente-, salvo el hecho de que, si lo haces, los hombres de Strombanni partirán y te abandonarán en esta costa, donde en poco tiempo los pictos os cortarán el cuello; el hecho de que, si yo muero, nunca encontrarás el tesoro, y el hecho de que te hundiré el cráneo hasta la barbilla si intentas llamar a tus nombres.

Conan reía mientras hablaba, como si hubiera estado diciendo algo divertido, pero hasta Belesa se dio cuenta de que hablaba en serio.

Tenía el alfanje sobre las rodillas, y la espada de Zarono estaba debajo

de la mesa, fuera del alcance del bucanero. Galbro no era un luchador, y Valenso parecía incapaz de actuar.

–¡Sí! – dijo Strombanni al tiempo que profería un juramento-.

Verás que ninguno de los dos somos presa fácil. Yo estoy de acuerdo con la proposición de Conan. ¿Tú qué dices, Valenso?

–¡Yo tengo que irme de esta costa! – susurró Valenso, con la mirada perdida-. ¡Debo apresurarme… debo irme… lejos… y pronto!

Strombanni frunció el ceño, confundido por la extraña conducta del conde, y se volvió hacia Zarono sonriendo malévolamente.

–¿Y tú, Zarono?

–¿Qué puedo decir? – gruñó Zarono-. Déjame llevar a mis tres oficiales y a cuarenta hombres a bordo del Mano Roja, y el trato está hecho.

–¡Los oficiales y treinta hombres!

–De acuerdo.

–¡Trato hecho, pues!

No hubo ceremonia de brindis ni apretones de manos para cerrar el trato. Los dos capitanes se miraron como lobos hambrientos. El conde se acarició el bigote con mano temblorosa, perdido en sus propios y sombríos pensamientos. Conan se estiró como un gato, bebió vino y sonrió a la asamblea, pero era la sonrisa siniestra de un tigre al acecho.

Belesa percibió los propósitos asesinos que reinaban allí, las intenciones traicioneras que anidaban en la mente de todos los hombres. Ninguno tenía la más mínima intención de respetar su parte del pacto, con la posible excepción de Valenso. Cada uno de los corsarios quería quedarse con el barco y con todo el tesoro. Ninguno se conformaría con menos.

Pero ¿cómo? ¿Qué pensaba cada una de las astutas mentes? Belesa se sintió agobiada y sofocada por el ambiente de odio y traición. El cimmerio, a pesar de su salvaje franqueza, era más sutil que los demás… e incluso más feroz. Aunque sus gigantescos hombros y sus macizos miembros parecían enormes incluso en el gran salón, su dominio de la situación no era sólo físico. Desprendía una vitalidad de hierro que eclipsaba incluso la gran fortaleza de los demás corsarios.

–¡Llévanos hasta el tesoro! – pidió Zarono.

–Espera un momento -respondió Conan-. Debemos equilibrar nuestras fuerzas, de modo que ninguno pueda tener ventaja sobre los demás. Lo haremos así: los hombres de Strom vendrán a tierra, todos menos media docena o así, y acamparán en la playa. Los hombres de Zarono saldrán del fuerte y también acamparán en la orilla, al alcance de la vista de aquéllos. Así, una tripulación puede vigilar a la otra a fin de cerciorarse de que nadie persiga a los que vayamos en busca del tesoro para tendernos una emboscada. Los que queden a bordo del

Mano Roja lo llevarán al centro de la bahía, fuera del alcance de cualquiera de los bandos. Los hombres de Valenso se quedarán en el fuerte, pero dejarán el portón abierto.

–¿Vendrás con nosotros, conde?

–¿Entrar en ese bosque? – Valenso se estremeció y se echó la capa sobre los hombros-. ¡Ni por todo el oro de Tranicos!

–De acuerdo. Harán falta cerca de treinta hombres para transportar el botín. Cogeremos quince de cada tripulación y empezaremos tan pronto como podamos.

Belesa, atenta a todos los aspectos del drama que tenía lugar allí, vio como Zarono y Strombanni se lanzaban miradas furtivas, y luego bajaban los ojos a medida que iban alzando los vasos para esconder las oscuras intenciones que se reflejaban en ellos. Ella vio un punto débil en el plan de Conan y se preguntó cómo había podido pasarlo por alto.

Tal vez confiaba demasiado en su valor personal. Pero ella sabía que jamás saldría vivo de aquel bosque. Una vez que el tesoro estuviera en sus manos, los otros llegarían a un acuerdo de bribones para librarse del hombre al que todos odiaban. Se estremeció, mirando con curiosidad malsana al hombre que ella sabía condenado. Parecía extraño ver a aquel poderoso luchador sentado allí, riendo y bebiendo vino, en la plenitud de sus fuerzas, y saber que estaba condenado a una muerte sangrienta.

Toda la situación estaba impregnada de oscuros y sangrientos presagios. Zarono haría alguna trampa y mataría a Strom banni si podía, y Belesa sabía que Strombanni ya había decidido la muerte de Zarono e, indudablemente, la de su tío y también la suya propia. Si Zarono ganaba la cruel batalla de ingenios, sus vidas estarían a salvo, pero, cuando veía al bucanero allí sentado, mordiéndose el bigote, con

un aire maligno reflejado en el oscuro rostro, no sabía qué sería más aborrecible, si la muerte o él.

–¿A qué distancia está? – preguntó Strombanni.

–Si salimos antes de una hora, podemos estar de vuelta antes de medianoche -contestó Conan al tiempo que apuraba la copa. Luego se levantó, se ajustó el cinturón y miró al conde-. Valenso, ¿estás loco?

¿Cómo has podido matar a un picto pintado para la caza?

–¿Qué quieres decir? – espetó Valenso.

–¿Pretendes insinuar que no sabes que tus hombres mataron a un cazador picto en el bosque anoche? El conde sacudió la cabeza.

–Ninguno de mis hombres estuvo en el bosque anoche.

–Bueno, alguien estuvo allí -gruñó el cimmerio, hurgando en un bolsillo-. Vi su cabeza clavada en un árbol cerca del límite del bosque.

No llevaba pinturas de guerra. No vi huellas de botas, de lo que deduje que había sido clavado allí antes de la tormenta. Pero había muchas otras señales y huellas de mocasines en el suelo húmedo. Los pictos estuvieron allí y vieron la cabeza. Eran hombres de otro clan, porque, de no ser así, la habrían bajado. Si estuvieran en paz con el clan al que pertenecía el muerto, habrían dejado rastros en dirección al poblado para avisar a su tribu.

–Quizá lo asesinaron ellos -sugirió Valenso.

–No, no fueron ellos. Pero saben quién lo hizo, por la misma razón que lo sé yo. Esta cadena estaba alrededor del cuello cercenado. Debías de estar completamente loco para dejar una prueba como ésta. – Sacó algo y lo arrojó sobre la mesa delante del conde, que se levantó tambaleándose y llevándose la mano a la garganta, sofocado. Era la cadena de oro que siempre llevaba al cuello-. Reconocí el sello korzetta

-dijo Conan-. La sola presencia de esta cadena revelaría a cualquier picto que era obra de un extraño.

Valenso no contestó. Se quedó sentado, mirando fijamente la cadena como si se hubiera tratado de una serpiente venenosa. Conan lo miró con el ceño fruncido, y a continuación paseó la mirada inquisitivamente sobre los demás hombres. Zarono hizo un rápido gesto para indicar que el conde no estaba del todo en sus cabales. Conan envainó el alfanje y se ajustó el casco.

–Muy bien, vámonos -dijo.

Los capitanes apuraron sus vasos y se levantaron, ajustándose los cintos de sus espadas. Zarono puso una mano en el brazo ¿e Valenso y lo sacudió ligeramente. El conde se movió, miró a su alrededor y luego siguió a los demás como aturdido, con la cadena balanceándose en la mano. Pero no todos abandonaron el salón.

Olvidadas en la escalera, Belesa y Tina, atisbando por la balaustrada, vieron que Galbro seguía a los otros hasta ver como la pesada puerta se cerraba tras ellos. Entonces corrió a la chimenea y buscó cuidadosamente entre los rescoldos. Cayó de rodillas y observó algo atentamente durante largo rato. Luego se irguió y salió con aire furtivo del salón por la otra puerta.

Tina susurró: -¿Qué habrá encontrado Galbro en el fuego? Belesa agitó la cabeza y luego, siguiendo los impulsos de su curiosidad, se levantó y bajó al salón vacío. Un instante después estaba arrodillada donde lo había estado el cortesano, y vio lo que él había visto.

Eran los restos chamuscados del mapa que Conan había arrojado al fuego. Estaba a punto de deshacerse en cuanto lo tocaran, pero todavía era posible distinguir algunas líneas y fragmentos de escritura. No podía leer el texto, pero sí pudo apreciar el contorno de lo que parecía ser el dibujo de una colina o despeñadero, rodeado de marcas que evidentemente representaban frondosos árboles. Eso no significaba nada para ella, pero por la actitud de Galbro pensó que él había reconocido algún paisaje o localización topográfica que le era familiar.

Sabía que d cortesano se había aventurado tierra adentro más que ningún otro en el campamento.

6. El botín de los muertos

La fortaleza estaba sumida en una extraña calma bajo el calor del mediodía, que había seguido a la tormenta matinal. Dentro de la empalizada se oían voces lejanas y amortiguadas. La misma calma somnolienta reinaba en la playa, donde las tripulaciones rivales yacían en suspicaz alerta, separadas por algunas yardas de arena. Más allá, en la bahía, el Mano Roja estaba fondeado con un puñado de hombres a bordo, listos para ponerlo fuera del alcance a la más mínima señal de traición. La galera era la carta de triunfo de Strombanni, su mejor garantía contra las tretas de sus socios. Belesa bajó las escaleras y se detuvo al ver al conde Valenso sentado a la mesa, jugueteando con la

cadena rota en la mano. Lo miró sin amor y con un poco de miedo. El cambio que había sufrido era asombroso; parecía encerrado en un mundo sombrío exclusivamente suyo, con un miedo que había borrado de él todo rasgo humano.

Conan había actuado astutamente para evitar la posibilidad de una encerrona en el bosque por parte de cualquiera de los dos bandos. Pero, por lo que veía Belesa, no se había protegido de la traición de sus propios compañeros. Había desaparecido en el bosque guiando a los dos capitanes y a los treinta hombres, y la muchacha zingaria estaba segura de que jamás volvería a verlo vivo.

Entonces habló, y su voz le pareció a ella misma tensa y chillona.

–El bárbaro ha llevado a los capitanes al bosque. Cuando estos tengan el oro en su poder, lo matarán. Pero ¿qué pasará cuando vuelvan con el tesoro? ¿Nos iremos en el barco? ¿Podemos confiar en Strombanni?

Valenso movió la cabeza, ausente.

–Strombanni nos asesinaría a todos para conseguir nuestra parte del botín, pero Zarono me contó en secreto sus intenciones. Zarono se encargará de que la noche sorprenda a la expedición en el bosque, de modo que se vean forzados a acampar allí. Encontrará el modo de matar a Strombanni y a sus hombres mientras duermen. Entonces, los bucaneros vendrán furtivamente a la playa. Antes del amanecer, enviaré secretamente a algunos de mis pescadores del fuerte, para que alcancen el barco a nado y se apoderen de él. Ni Strombanni ni Conan habían pensado algo así. Zarono y sus hombres saldrán del bosque y, junto con los bucaneros acampados en la playa, caerán sobre los piratas aprovechando la oscuridad, mientras yo llevo a mis soldados del fuerte para completar la derrota. Sin su capitán, estarán desmoralizados y serán presa fácil para Zarono y para mí. Entonces nos iremos en el barco de Strombanni con todo el tesoro.

–Pero ¿qué será de mí? – preguntó ella con la boca seca.

–Te he prometido a Zarono -contestó ásperamente-. Gracias a mi promesa no nos dejará abandonados.

–Nunca me casaré con él -dijo ella descorazonada.

–Lo harás -respondió él siniestramente, sin el menor asomo de compasión, levantando la cadena, que reflejó los rayos de sol que

entraban por una ventana-. Debe de haberse caído en la arena -

murmuró-. Él ha estado tan cerca… en la playa…

–No se te cayó en la orilla -dijo Belesa, con voz tan impasible como la del hombre; su alma parecía haberse vuelto de piedra-. Te la arrancaste del cuello accidentalmente anoche en este salón, cuando azotaste a Tina. Yo la vi brillar en el suelo antes de salir. – Él la miró con la cara gris de terror; y ella rió amargamente, sintiendo la muda pregunta en sus ojos desorbitados-. ¡Sí! ¡El hombre negro! ¡Estuvo aquí! ¡En este salón! Él debió de encontrar la cadena en el suelo. Los guardias no lo vieron, pero estuvo delante de tu puerta anoche. Lo vi deslizándose por el corredor de arriba.

Por un momento, ella pensó que caería muerto de puro terror.

Valenso se hundió en su silla, la cadena resbaló de sus dedos paralizados y resonó sobre la mesa.

–¡En la casa! – musitó-. Pensé que las puertas, las rejas y los guardias armados lo mantendrían fuera. ¡Tonto de mí! No puedo protegerme ni escapar de él. ¡En mi puerta! ¡En mi puerta! – La sola idea lo inundó de horror-. ¿Por qué no entró? – chilló, rasgando el encaje de su cuello como si lo hubiera estado estrangulando-. ¿Por qué no acabó conmigo? Soñé que despertaba en mi oscura habitación y lo veía atacándome, con el fuego azul del infierno sobre su cabeza. ¿Por qué…?

El paroxismo pasó, dejándolo débil y tembloroso.

–¡Entiendo! – jadeó-. Está jugando conmigo como un gato con un ratón. Matarme anoche en mi cuarto era demasiado fácil, demasiado piadoso. De modo que destruyó el barco en el que podía haber escapado de él, mató al miserable picto y dejó allí mi cadena de manera que los salvajes creyeran que yo lo había asesinado. Han visto esa cadena en mi cuello muchas veces. Pero ¿por qué? ¿Qué sutil maldad tiene en mente, qué perverso propósito que la mente humana no puede alcanzar a comprender?

–¿Quién es ese hombre negro? – preguntó Belesa, con un escalofrío de terror.

–¡Un demonio liberado por mi codicia y lujuria para atormentarme durante toda la eternidad! – susurró.

Extendió sus largos y delgados dedos sobre la mesa y la miró con una extraña mirada hueca que la atravesó y se dirigió a un lugar desconocido.

–Cuando era joven tenía un enemigo en la corte -dijo como si hablara más consigo mismo que con ella-. Era un hombre poderoso que se interponía entre mi ambición y yo. En mi ansia de riqueza y poder busqué la ayuda de gente con poderes ocultos…, un brujo que, a petición mía, hizo aparecer un demonio de otros mundos. «Éste mató a mi enemigo. Yo me hice rico y poderoso, y nada podía interponerse en mi camino. Pero quise engañar al mago al pagar el precio que todo mortal que usa la magia negra debe pagar.

«Era Toth-Amon del Anillo, desterrado de su Estigia natal. Había huido durante el reinado del rey Mentuphera, y cuando este murió y Ctesphon subió al trono de Luxor, Toth-Amon, aunque podría haber vuelto a su tierra, se entretuvo en Kordava para exigirme el pago de la deuda que tenía con él. Pero en lugar de darle la mitad de mis ganancias, como había prometido, lo denuncié ante mi monarca, de modo que Toth-Amon, lo quisiera o no, tuviera que volver a Estigia apresurada y sigilosamente. Allí tuvo suerte y consiguió riquezas y poderes mágicos, hasta que se convirtió en el virtual monarca del país.

«Hace dos años, en Kordava, me llegó la noticia de que Toth-Amon había desaparecido de sus guaridas habituales en Estigia. Y entonces, una noche, vi su morena cara de demonio en el salón de mi castillo, mirándome maliciosamente.

»No era su cuerpo físico, sino su espíritu, enviado para atormentarme. Esta vez no tenía rey que me protegiera, porque desde la muerte de Ferdrugo y el establecimiento de la regencia, el país, como sabes, había caído en un período de luchas entre facciones. Antes de que Toth-Amon pudiera llegar en carne y hueso a Kordava, navegué para interponer los anchos mares entre él y yo. Él tiene sus limitaciones; para seguirme a través de los mares debe mantener su forma humana, su cuerpo físico. Pero ahora ha seguido mi pista con sus misteriosos poderes hasta este vasto desierto.

»Es demasiado hábil para ser atrapado o asesinado como un hombre corriente. Cuando se esconde, ningún ser humano puede encontrarlo. Se desliza como una sombra nocturna, haciendo inútiles

las verjas y cerrojos. Cierra los ojos de los vigías. Puede dar órdenes a los espíritus etéreos, a las serpientes de las profundidades y a los demonios de la noche; puede provocar tormentas para hundir barcos y derribar castillos. Yo confiaba en que no quedara rastro de mí en las azules olas… pero me siguió para reclamar su pago siniestro…

Los misteriosos ojos de Valenso se iluminaron tenuemente cuando miró más allá de las tapizadas paredes, hacia lejanos horizontes invisibles.

–Aún lo engañaré -susurró-. Basta con que no ataque esta noche; al alba tendré un barco, y pondré otra vez un océano de distancia entre nosotros.

¡Por el fuego del infierno!

Conan se quedó clavado en el suelo, mirando hacia arriba, detrás de él, los marineros se detuvieron; eran dos grupos compactos, con un arco en la mano y suspicacia en la mirada. Iban por un sendero abierto por los cazadores pictos, que llevaba directamente al este. Aunque sólo habían avanzado unas quince yardas, la playa ya no se veía.

–¿Qué ocurre? – preguntó Strombanni con desconfianza-.¿Por qué os detenéis?

–¿Estás ciego? ¡Mira allí!

Desde la gruesa rama de un árbol que colgaba sobre el camino, una cabeza les hacía muecas: era una cara pintada, oscura, enmarcada por espesos cabellos negros, de cuya oreja izquierda pendía una pluma de pájaro.

–Bajaré esa cabeza y la esconderé entre los arbustos -dijo Conan, escudriñando a su alrededor-. ¿Qué idiota la habrá vuelto a clavar allí arriba? Se diría que alguien intenta a toda costa atraer a los pictos hacia el campamento.

Los hombres se lanzaron torvas miradas unos a otros; un nuevo elemento de sospecha se añadió a la ya caldeada situación. Conan trepó al árbol, cogió la cabeza y la llevó hacia los arbustos, donde la lanzó a un arroyo y esperó a que se hundiera.

–Los pictos a los que pertenecen las huellas que hay alrededor de este árbol no son de la tribu de los Pájaros -gruñó, volviendo a través de la espesura-. He navegado por estas costas lo suficiente como para saber algo acerca de las tribus ribereñas. Si interpreto correctamente

las huellas de sus mocasines, son Cuervos. Confío en que estén en lucha con los Pájaros. Si están en paz, irán directamente a la aldea de los Pájaros y habrá problemas. No sé a qué distancia estará esa aldea…

pero tan pronto como se enteren de esta muerte, vendrán a través del bosque como lobos hambrientos. Es el peor insulto posible para un picto… matar a un hombre que no lleva pintura de guerra y clavar su cabeza en lo alto de un árbol para que la devoren los buitres. Malditas costumbres de estas costas. Pero esto ocurre siempre que los civilizados entran en las regiones salvajes; están tan locos como el diablo.

¡Sigamos!

Los hombres dejaron las espadas en la vaina y las flechas en el carcaj y se adentraron en las profundidades del bosque. Eran hombres de mar, acostumbrados a agitadas extensiones de aguas grises, y se sentían incómodos ante los misteriosos muros frondosos de árboles y enredaderas que se cernían sobre ellos. El camino fue dando vueltas hasta que la mayoría de ellos perdieron el sentido de la orientación y ni siquiera sabían en qué dirección estaba la playa.

Conan estaba inquieto por otra razón. Escudriñó el sendero, y finalmente gruñó:

–Alguien ha pasado por aquí recientemente… hace menos de una hora. Alguien con botas, sin experiencia en los bosques. ¿Será el estúpido que encontró la cabeza del picto y volvió a clavarla en aquel árbol? No, no pudo haber sido él. No vi sus huellas bajo el árbol. Pero entonces ¿quién lo hizo? No encontré huellas allí, salvo las de los pictos que ya había visto. ¿Y quién será ese tipo que va delante de nosotros?

¿Acaso alguno de vosotros, bastardos, envió a un hombre por delante por alguna razón?

Ambos, Strombanni y Zarono, negaron en voz alta haber realizado tal cosa, mirándose mutuamente con desconfianza. Ninguno podía ver las señales que Conan indicaba; las ligeras marcas que él había visto en el pelado y desgastado camino eran invisibles para sus inexpertos ojos.

Conan apretó el paso, y ellos corrieron tras él, con nuevos motivos de sospecha que hacían que creciera la desconfianza ya latente. El sendero viraba hacia el norte, y Conan lo abandonó abriéndose camino entre los árboles en dirección sureste. Pronto cayó la tarde, mientras los sudorosos hombres se abrían paso entre los arbustos y trepaban sobre

los troncos. Strombanni, que se quedó un momento con Zarono, murmuró:

–¿Crees que nos conduce hacia una emboscada?

–Podría ser -replicó el bucanero-. En cualquier caso, no encontraremos el camino de regreso al mar si él no nos guía. Zarono dirigió una mirada significativa a Strombanni.

–Ya veo lo que piensas -dijo este último-. Eso puede obligarnos a cambiar nuestros planes.

Sus sospechas aumentaban a medida que iban avanzando, y se trocaron en pánico cuando, al salir del frondoso bosque, vieron un angosto despeñadero que sobresalía de la espesura. Hacia el este del bosque se veía un sendero estrecho que corría a lo largo de un grupo de peñascos y llegaba hasta el risco, formando una especie de escalera de piedra que terminaba en plataforma cerca de la cima.

Conan se detuvo; sus ropas de pirata le conferían una exótica elegancia.

–Ésa es la senda que seguí cuando huía de los pictos Águilas -dijo-.

Conduce a una caverna que está detrás de esa plataforma. En esa caverna se hallan los cuerpos de Tranicos y sus capitanes, y el tesoro que el mismo Tranicos robó a Tothmekri. Pero antes de ir en su busca, oíd mis palabras: si me matáis aquí, jamás encontraréis el sendero que hemos seguido viniendo de la playa. Conozco a los hombres del mar; en el bosque os sentís completamente desamparados. Por supuesto, la playa está en dirección oeste, pero si tenéis que abriros camino entre la maraña sobrecargados con el peso del botín, la marcha no os llevará horas, sino días. Y no creo que estos bosques sean muy seguros para hombres blancos cuando la tribu de los Pájaros se entere de quiénes son los cazadores.

Rió al advertir la lúgubre sonrisa con que lo obsequiaban al ver que había adivinado los planes que se traían respecto a él. Y también captó lo que pasaba por la mente de cada uno de ellos: Dejemos que el bárbaro nos consiga el botín y nos conduzca de vuelta al sendero de la playa, y luego lo matamos.

–Quedaos todos aquí, salvo Strombanni y Zarono -dijo Conan-.

Para traer el tesoro desde la caverna, basta con nosotros tres.

Strombanni hizo una mueca sombría.

–¿Ir allí arriba solo contigo y Zarono? ¿Me tomas por un necio?

¡Por lo menos uno de mis hombres vendrá conmigo!

Y designó a su contramaestre, un gigante moreno de rostro duro, desnudo hasta la cintura; llevaba aretes de oro en las orejas y un pañuelo rojo en la cabeza.

–¡ Y mi verdugo también viene conmigo! – gruñó Zarono, señalando a un enjuto ladrón de mar, cuyo semblante parecía una calavera cubierta por un pergamino y que exhibía una enorme cimitarra sobre el huesudo hombro.

Conan se encogió de hombros.

–Muy bien. Seguidme.

Fueron tras él sin despegarse de sus talones, mientras recorría a zancadas el tortuoso sendero que subía hasta la plataforma. Se arrimaron muy cerca de Conan cuando pasó por la hendidura que se abría en la pared más allá de la plataforma, relamiéndose de gusto cuando les mostró los cofres asegurados con bandas de hierro, colocados a ambos lados de la caverna que se asemejaba a un túnel.

–He aquí un rico cargamento -dijo despreocupadamente-. Sedas, encajes, trajes, ornamentos, armas… el botín de los mares del sur. Pero el verdadero tesoro se halla detrás de esa puerta.

Las macizas jambas estaban entreabiertas. Conan frunció el ceño.

Recordó que las había cerrado antes de abandonar la ca verna. Pero no dijo nada a sus ávidos acompañantes cuando se hizo a un lado para dejarlos pasar.

Pudieron ver una amplia caverna alumbrada por un extraño resplandor azul que se vislumbraba a través de la bruma. En el centro de esta había una larga mesa de ébano, y en una silla tallada de respaldo alto, que antaño podía haber pertenecido al castillo de algún barón zingario, se sentaba una figura gigantesca y fantástica. Allí estaba el sanguinario Tranicos, con la enorme cabeza hundida en el pecho y sosteniendo una copa en la mano… Tranicos, con su brillante sombrero, un manto bordado en oro que tenía joyas por botones, sus botas vistosas y su tahalí dorado, y que llevaba en la otra mano una espada cuya empuñadura, llena de piedras preciosas, sobresalía de una vaina dorada.

Alrededor de la mesa, y con la barbilla descansando sobre el pecho cubierto de encajes, estaban sentados los once capitanes. El fuego azulado se reflejaba de extraña manera sobre ellos y sobre su gigantesco almirante. Surgía de la enorme joya -colocada sobre un pequeño pedestal- y se reflejaba sobre el montón de gemas fantásticamente talladas, que arrojaban destellos de fuego delante del asiento de Tranicos. ¡Eran el producto del saqueo de Khemi, las joyas de Tothmekri! ¡Aquellas piedras tenían un valor superior al de todas las joyas del mundo juntas!

El fulgor azul hacía que los rostros de Zarono y de Strombanni parecieran lívidos. Por encima de sus hombros, los subordinados observaban estúpidamente.

–Entrad y apoderaos de ellas -invitó Conan, poniéndose a un lado.

Zarono y Strombanni corrieron ávidamente, empujándose el uno al otro con las prisas. Sus acompañantes los seguían de cerca. Zarono abrió la puerta de par en par… y se detuvo con un pie en el umbral al ver un cuerpo en el suelo, que antes no había visto por estar la puerta semicerrada. Se trataba de un hombre que yacía pálido, con la cabeza echada hacia atrás, mostrando en su rostro un rictus de agonía.

–¡Galbro! – exclamó Zarono-. ¡Muerto! ¿Qué…? Con una repentina sospecha, pasó la cabeza por el umbral. Luego retrocedió y gritó:

–¡La muerte está en la caverna!

Mientras lanzaba ese alarido, la bruma azul se arremolinó y se condensó. Al mismo tiempo, Conan se abalanzó sobre los cuatro hombres apiñados en el portal y los hizo trastabillar, pero no consiguió meterlos de cabeza en el interior de la oscura caverna. Sospechando una celada, se apartaban del hombre muerto y del demonio que se materializaba. A pesar del violento empujón que les hizo perder el equilibrio, Conan no obtuvo el resultado deseado. Strombanni y Zarono cayeron al suelo en el umbral, el contramaestre tropezó con las piernas de éste y el verdugo hizo una carambola y chocó contra la pared.

Antes de que Conan pudiese llevar a cabo su despiadado plan de hacer entrar a puntapiés en la caverna a los hombres caídos, cerrando después la puerta y permitiendo que el monstruo sobrenatural que

estaba en ella terminase su mortífero trabajo, se vio obligado a defenderse de la violenta embestida del verdugo, que fue el primero en recuperar el equilibrio y el sentido.

El cimmerio se agachó, y el bucanero erró el tremendo golpe que le daba con el alfanje. La ancha hoja, al chocar contra la pared, hizo saltar chispas azuladas. En menos de un segundo, la siniestra cabeza del verdugo rodaba por el suelo de la caverna, cercenada por el alfanje más certero de Conan.

En los escasos segundos que duró todo esto, el contramaestre volvió a ponerse en pie y atacó al cimmerio con el alfanje, asestándole golpes que hubieran terminado con la vida de un hombre menos fuerte. Los alfanjes chocaban estruendosamente en la estrecha caverna.

Mientras tanto, los dos capitanes, aterrados ante el desconocido peligro que amenazaba en su interior, se alejaron del portal a tal velocidad que el demonio no llegó a materializarse íntegramente antes de que consiguieran escapar del perímetro mágico, poniéndose fuera de su alcance. Cuando finalmente pudieron incorporarse y desenvainar sus espadas, el monstruo había vuelto a difuminarse, y se había convertido en un vaho azul.

Conan, que luchaba violentamente contra el contramaestre, redobló sus esfuerzos para liquidar al adversario antes de que acudieran en su auxilio. Ante las feroces embestidas del cimmerio, el hombre se cubría de sangre a medida que iba retrocediendo y clamaba por sus compañeros. Antes de que Conan pudiera asestarle el golpe final, los dos jefes se le echaron encima con la espada en la mano, llamando a gritos al resto de sus hombres.

Conan retrocedió de un salto, y se dirigió a la plataforma. Aun cuando se sentía perfectamente capaz de enfrentarse a los tres hombres juntos -todos ellos afamados espadachines-, no deseaba ser atrapado por la tropa que cargaría sendero arriba al oír el ruido del combate.

Sin embargo, los otros no llegaban con la celeridad que había esperado.

Estaban desconcertados por los ruidos y los gritos apagados que provenían de la caverna situada encima de ellos, y ninguno se atrevía a subir por el sendero por temor a recibir una estocada en la espalda.

Cada bando observaba a su contrario, en tensión, y empuñando las armas, pero sin saber qué decisión tomar. Siguieron vacilando cuando

vieron a Conan acosado en la plataforma. Aprovechando que no tendían sus arcos, Conan trepó rápidamente por las piedras del risco, y al llegar a la cima se arrojó al suelo, escondiéndose de la vista de todos.

Los capitanes, frenéticos, corrieron por la plataforma blandiendo sus espadas. Los hombres, viendo que sus jefes no intercambiaban estocadas, dejaron de amenazarse, y quedaron boquiabiertos y aturdidos.

–¡Perro! – exclamó Zarono-. ¡Planeaste atraparnos y asesinarnos!

¡Traidor!

Conan se mofó de ellos desde arriba.

–Bueno, ¿qué esperabais, necios? Ambos os proponíais cortarme el cuello en cuanto hubiera obtenido el botín para vosotros. De no haber sido por ese infeliz de Galbro, os habría cogido a los cuatro. Luego hubiera explicado a vuestros hombres que os precipitasteis neciamente en brazos de la muerte.

–¡Y una vez muertos los dos, te hubieras apoderado de mi barco y del tesoro también! – bramó Strombanni.

–¡Sí! ¡Y me hubiera llevado a la flor y nata de la tropa! ¡He estado pensando en regresar a Main durante meses, y ésta era una buena oportunidad de hacerlo!

»Lo que vi en el sendero eran las huellas de Galbro, si bien ignoro cómo ese tonto se enteró de la existencia de esta caverna, ni cómo esperaba llevarse él solo el botín.

–Pero de no haber sido por el hallazgo de su cuerpo, nos hubiéramos precipitado en la trampa mortal -tartamudeó Zarono, cuyo rostro moreno estaba todavía pálido.

–¿Y qué era eso? -preguntó Strombanni-. ¿Algún vapor venenoso?

–No, se movía como un ser vivo, y estaba tomando forma de modo diabólico antes de que saliéramos. Es algún diablo al que un encantamiento mantiene encerrado en la caverna.

–Bueno, ¿qué pensáis hacer? – les gritó Conan, atormentándolos sarcásticamente.

–¿Qué debemos hacer? – le preguntó Zarono a Strombanni-. No se puede entrar en la caverna del tesoro.

Seguir: parte 4 de 6