Conan el Usurpador

Robert E Howard · Capítulo 1 de 11 · parte 5/6

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Conan el Usurpador

Introducción

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

La oscuridad me favorecía. Si yo no podía ver a mis enemigos, tampoco ellos podrían descubrirme a mí. Sin embargo, el eco de aquel tambor seguía resonando en la noche como una siniestra amenaza. Sólo había en el mundo un tambor capaz de producir un sonido tan lúgubre y aterrador: el tambor de guerra picto tocado por las manos de esos salvajes pintados que cazan en la espesura al otro lado de la Marca Occidental.

Y yo me encontraba allí solo, escondido entre unos matorrales, en medio del inmenso bosque dominado por esos demonios desnudos desde los albores de los tiempos.

Por fin localicé el sonido. Provenía de algún punto situado al oeste del lugar en el que me encontraba, y calculé que a poca distancia. Me apreté el cinturón, envainé mi hacha y mi puñal, tensé mi poderoso arco y me aseguré de que mi carcaj estuviese en su lugar en mi cadera izquierda, tanteando con los dedos en la oscuridad. Después salí a rastras del matorral y avancé cautelosamente hacia el punto del que provenía el sonido.

Era poco probable que el redoble del tambor tuviera algo que ver conmigo. Si me hubieran descubierto, no habría estado oyendo un

tambor; habría sentido el filo de un puñal en la garganta. Ningún intruso podía desconocer el significado de ese sonido: era una advertencia, una amenaza, un presagio de horror para aquellos que osaran profanar la soledad inmemorial del bosque. Significaba fuego, tortura, una flecha atravesando la oscuridad como una centella, y las hachas de guerra tiñéndose con la sangre de hombres, mujeres y niños.

Avancé a través de la oscuridad del bosque, abriéndome camino entre troncos caídos y ramas desgajadas. De vez en cuando, el corazón se me subía a la garganta al sentir el frío roce de la piel de algún reptil.

En ese bosque hay gigantescas serpientes que se cuelgan de las ramas para capturar a sus presas. Pero los seres con los que yo temía encontrarme eran más terribles que la más temible serpiente, y cuanto más me aproximaba a ellos, más cauteloso se hacía mi paso.

Súbitamente, brilló un destello rojizo entre los árboles, y pude oír un bárbaro murmullo de voces que se confundían con el redoble del tambor.

Fuera cual fuese la ceremonia que estuviesen celebrando en la oscuridad del bosque, era más que probable que hubiera centinelas vigilando el lugar. Yo conocía bien el modo de actuar de los pictos.

Permanecían inmóviles, escondidos en la penumbra, y sólo cuando su víctima estaba a su alcance surgían de las sombras con la agilidad de una felino para asestar el golpe mortal. Me estremecí ante la idea de ser sorprendido así. Saqué el puñal y, extendiendo el brazo hacia las invisibles amenazas, seguí avanzando con la esperanza de que en medio de semejante oscuridad ni siquiera la aguzada vista de un picto pudiera descubrirme.

El resplandor resultó ser una hoguera, ante la cual danzaban unas figuras, como si hubieran sido negros demonios ante el fuego del infierno. Me arrimé aún más contra los matorrales y observé con detenimiento lo que ocurría.

Eran unos cuarenta o cincuenta pictos, con el rostro pintado y el cuerpo cubierto tan sólo con un taparrabo. Se encontraban de espaldas a mí, formando un gran semicírculo en torno a la hoguera. Por las plumas que llevaban en sus largas e hirsutas cabelleras, deduje que pertenecían a la tribu de los Halcones u Onayaga. En el centro del claro había una especie de altar, construido toscamente con piedras apiladas.

Al descubrirlo, todas las fibras de mi ser se estremecieron. Había visto estos altares pictos en otras ocasiones, y siempre habían estado cubiertos de cenizas y de rastros de sangre. Nunca había presenciado ninguna de sus ceremonias, pero había oído lo que contaban los que habían tenido la desgracia de caer prisioneros de los pictos o los que, como yo ahora, los habían espiado mientras realizaban sus ritos.

Un chamán ataviado con largas plumas bailaba, entre el fuego y el altar, una danza lenta y grotesca, que hacía que las plumas de su cabeza se agitaran. Tenía el rostro oculto tras una máscara demoníaca de color escarlata.

En el centro del semicírculo había un guerrero con un enorme tambor entre las rodillas. Al golpearlo con el puño producía un sonido apagado, parecido al del trueno en una tormenta lejana.

Entre los guerreros y el chamán había un hombre que no era picto.

Era más alto que los demás, y su piel parecía mucho más dará bajo los rojizos reflejos de la noguera. Vestía un taparrabo de piel de gamo, calzaba mocasines y su cuerpo estaba tatuado con pinturas de guerra.

En la cabeza llevaba una pluma de halcón, por lo que deduje que debía tratarse de un ligur, uno de esos salvajes de tez pálida que habitan en el gran bosque. Generalmente están en guerra con los pictos, pero a veces entierran el hacha de guerra y se alían con ellos. Tienen la piel tan clara como los aquilonios. En cierto modo, los pictos también son una raza blanca: no son negros ni amarillos, aunque tienen los ojos y el cabello color azabache, y la piel oscura. Pero las gentes de la Marca Occidental no los consideran blancos ni a ellos ni a los ligures. Sólo son considerados como tales los hombres por cuyas venas corre sangre hiboria.

Vi como tres guerreros conducían a un hombre hacia la hoguera.

Era otro picto, desnudo y cubierto de manchas de sangre, que todavía llevaba en su melena enmarañada una pluma como las que llevan los miembros de la tribu del Cuervo, con los que los Halcones están siempre en guerra. Sus guardianes lo colocaron sobre el altar, con los pies y las manos atadas a la espalda. Sus músculos se tensaban al intentar librarse de sus ataduras, sin conseguirlo.

Entonces el chamán volvió a empezar su danza realizando extraños movimientos en torno al altar. El que tocaba el tambor empezó a

hacerlo con un ritmo frenético. Parecía como si de pronto un demonio se hubiera apoderado de su cuerpo y de su alma. De repente, desde una de las ramas, se descolgó una de esas gigantescas serpientes de las que he hablado antes. El fuego se reflejó en sus escamas mientras se arrastraba hacia el altar, pasando muy cerca de los pies de algunos de los guerreros. Para mi sorpresa, ninguno mostró la menor inquietud, aunque es de sobra conocido que esas serpientes son las únicas criaturas a los que los pictos temen.

La cabeza del enorme reptil asomó por detrás del altar, erguida sobre el cuello, y clavó su mirada en los ojos del chamán, por encima del cuerpo del cautivo. El chamán, sin dejar de mirar a la serpiente, hacía contorsiones con el cuerpo y los brazos, casi sin mover los pies.

Todos sus movimientos eran imitados por el reptil como si estuviese bajo un efecto hipnótico. En ese momento el chamán emitió un aullido lúgubre parecido al que produce el viento en los juncos de los pantanos.

El enorme reptil se irguió aún más y empezó a enroscarse sobre el cuerpo del infeliz, dejando libre sólo su cabeza, cerca de la cual se balanceaba la del terrible ofidio, anunciando la muerte.

El aullido del chamán se convirtió en un alarido triunfal, al tiempo que arrojaba algo al fuego. Una gran nube de humo verdoso se elevó sobre el altar, formando espirales, ocultando casi a la serpiente y a su víctima. Pero en medio de la nube pude ver como se operaba un extraño cambio-, las siluetas de ambos se desdibujaron y se fundieron, y por un momento no pude distinguir cuál era la del hombre y cuál la del reptil. Los pictos allí reunidos lanzaron un suspiro.

El humo desapareció, y vi que la serpiente yacía inmóvil sobre el altar. Pensé que ambos estaban muertos. Pero el chamán cogió a la serpiente por el cuello y la dejó en el suelo. Después empujó el cuerpo del hombre, haciéndolo caer desde el altar junto al monstruo, y le cortó las ataduras que lo inmovilizaban.

Luego inició una danza ondulante al tiempo que entonaba un extraño cántico. De pronto el hombre se movió, pero no se levantó. Movía la cabeza de un lado a otro y sacaba la lengua intermitentemente. ¡Por Mitra! Se alejaba del fuego reptando sobre el vientre como si hubiera sido una serpiente.

Al mismo tiempo, el cuerpo del enorme reptil empezó a convulsionarse, el cuello se irguió casi por completo y cayó hacia atrás.

Volvió a intentarlo una y otra vez, como si se tratara de un cuerpo al que le hubieran cortado las piernas e intentara ponerse en pie.

El aullido salvaje de los pictos rasgó el silencio de la noche, y yo, sintiéndome mareado y con náuseas, me escondí entre los matorrales, haciendo un esfuerzo para no vomitar. Por fin había comprendido el significado de la terrible ceremonia. Por medio de la ancestral magia negra que emanaba de la atmósfera del bosque, el chamán había transferido el alma de un enemigo cautivo al cuerpo de una serpiente.

Era la venganza de los salvajes pictos, cuyos aullidos resonaban en la noche como los lamentos de todos los infiernos.

La serpiente y el hombre agonizaban una al lado del otro. Hasta que el chamán levantó su espada y las dos cabezas rodaron juntas. ¡Y, por todos los dioses, el tronco de la serpiente se estremeció unos instantes y después quedó inmóvil, mientras que el del hombre se retorcía y se enroscaba como si en verdad hubiera sido el cuerpo decapitado de un reptil! Una sensación de horror y repulsión se apoderó de mí. Los salvajes aullaban y saltaban frenéticamente, en señal de triunfo, sobre el cuerpo del enemigo. No parecían seres humanos. Tuve la clara sensación de estar ante la presencia de espíritus malignos que sólo merecían la muerte.

El chamán se situó de un salto frente al semicírculo de guerreros, y arrancándose la máscara que le cubría el rostro echó la cabeza hacia atrás y aulló como un lobo. En ese momento, al resplandor rojizo de la hoguera, lo reconocí. Todo el horror y la repulsión que me invadían se transformaron en ira. Mi instinto de conservación y la conciencia de que estaba allí para cumplir una misión quedaron anulados en ese instante ante la intensidad del sentimiento de odio que sentí al reconocer a ese maldito. El chamán era el viejo Teyanoga, de los Halcones del sur, el mismo que había quemado vivo al hijo de mi amigo Jon Galter.

Presa de la ira, actué dejándome llevar por mis instintos; coloqué una flecha en mi arco, lo tensé y disparé. Fue un instante. La luz que proyectaba la hoguera no era muy intensa. Pero la distancia al blanco no era mucha, y nosotros, los guerreros de la Marca Occidental, somos

diestros con el arco. El viejo Teyanoga chilló como un gato y retrocedió tambaleándose mientras sus guerreros descubrían atónitos que una flecha le había atravesado el pecho. El guerrero alto y de piel clara volvió la cabeza en la dirección de la que venía la flecha, y por primera vez pude ver su rostro. ¡Por Mitra, era un hiborio!

La sorpresa fue tan grande que me quedé paralizado por unos segundos, que casi significaron mi perdición, porque un instante después los pictos reaccionaron y se lanzaron hacia el bosque como panteras, a la busca del que había dado muerte a su hechicero. Cuando alcanzaron la primera franja de arbustos pude reaccionar y me adentré en la oscuridad, sorteando árboles y rocas a tientas. Sabía que los pictos no podrían encontrar mi rastro, pero que aun así no abandonarían mi persecución. Poco después, en mi carrera hacia el norte, escuché detrás de mí un alarido de triunfo, tan terrible que hubiese bastado para helar la sangre de cualquier mortal. Pensé que habrían extraído la flecha del corazón del chamán y comprobado que se trataba de una flecha hiboria. Eso les haría perseguirme con más odio que antes.

Seguí corriendo. Mi corazón latía furiosamente por el miedo, la ansiedad y el horror de la pesadilla que acababa de contemplar. Por otra parte, no podía evitar darle vueltas al significado de la presencia de un hiborio en la espantosa ceremonia. Evidentemente estaba allí como invitado, puesto que iba armado. Sin embargo, nunca antes ningún hiborio había asistido a los secretos rituales pictos a no ser como prisionero o como espía. ¿A qué oscuros motivos podía deberse su presencia allí?

Mi temor y las dudas que me atormentaban me hicieron avanzar con menos precauciones que de costumbre. Sacrificaba la necesaria cautela en aras de alejarme de allí lo más rápidamente posible, y tropecé con un tronco que podría haber esquivado de haber caminado con mayores precauciones. Sin duda alguna eso fue lo que me delató.

De otro modo, el picto no podría haberme descubierto en la oscuridad.

Aunque ya no escuchaba los aullidos de los pictos, estaba seguro de que seguían rastreando el bosque como lobos, avanzando desplegados en semicírculo, registrando palmo a palmo el bosque. Su silencio significaba que habían encontrado mi rastro.

El picto que me había descubierto, alertado por el ruido de mi carrera, probablemente no formaba parte del grupo que había asistido a la ceremonia, porque estaba demasiado adelantado respecto a aquéllos. Debía de tratarse de uno de los centinelas que patrullaban el bosque, en su flanco norte, para evitar que sus compañeros fueran atacados por sorpresa. Seguramente oyó como me aproximaba a él y se preparó para el ataque como un demonio de la noches. Noté su presencia por el sonido amortiguado de sus pies desnudos, y aunque supe que me seguía, no pude ver su silueta en la impenetrable negrura del bosque.

Los pictos ven como gatos en la oscuridad. Y aunque yo sólo era una sombra difusa, sabía que en cualquier momento podría descubrirme. De repente, el hacha que yo blandía ciegamente frenó por milagro el puñal del picto que se disponía a abalanzarse sobre mí. Su grito de muerte, al clavarse su propio cuchillo, rasgó el silencio del bosque como el aullido de un chacal. Como si hubiera sido el eco de su grito, a poca distancia de mí, escuché el clamor de las voces de mis perseguidores, que parecían lobos presintiendo la muerte de su presa.

Abandonando definitivamente toda precaución, emprendí la huida.

Corrí a toda la velocidad de la que era capaz, aun a riesgo de estrellarme contra algún árbol.

De pronto, el bosque empezó a aclararse. Los arbustos desaparecieron, y a través de las ramas empezó a filtrarse algo de luz.

Seguí mi alocada carrera como un condenado perseguido por todos los demonios, oyendo detrás de mí los aullidos de mis perseguidores, que se iban transformando en alaridos de rabia a medida que me alejaba de ellos. Ningún picto puede competir con la veloz carrera de un corredor del bosque. Mi único peligro era que hubiera más centinelas o patrullas delante de mí que advirtieran mi presencia, y me cortaran el paso. Era un riesgo que tenía que correr. Pero tuve suerte.

Ninguna sombra pintada detuvo mi huida, y poco después, a través de la maleza que rodeaba una ensenada, descubrí un resplandor. Supe que era la luz del fuerte de Kwanyara, el último puesto fronterizo al sur de Schohira.

Antes de seguir con el relato de aquellos años sangrientos, quizás convenga contar algo acerca de mí mismo y explicar por qué atravesé

la frontera picta adentrándome en su territorio, de noche y solo.

Soy el hijo de Gault Hagar. Nací en la provincia de Conajohara. Dos años antes de esta historia los pictos cruzaron el río Ne gro, asaltaron el fuerte Tuscelan, pasaron a cuchillo a todos los hombres, menos uno, y obligaron a todos los habitantes de la provincia a marchar al este del río Trueno. Conajohara dejó de ser una tierra civilizada para convertirse en territorio de barbarie, habitado sólo por hombres y bestias salvajes. Las gentes de Conajohara se dispersaron por la Marca Occidental. Algunos se establecieron en Schohira, otros en Conawaga o en Oriskonie, pero la mayor parte -mi familia entre ellos- marcharon hacia el sur y se asentaron cerca de la fortaleza de Thandara, cerca del río del Caballo. Más tarde se unieron a ellos otros provenientes de las provincias más antiguas y más densamente pobladas, y fundaron la provincia libre de Thandara que, a diferencia de otras, no estaba sometida a los grandes señores. Thandara no pagaba tributos a ningún noble. El gobernador era elegido por nosotros mismos entre los hombres de nuestro pueblo y sólo él era responsable ante el rey.

Construimos nuestros propios fuertes y nos mantuvimos independientes tanto en los períodos de guerra como en las épocas de paz. Pero siempre tuvimos un enemigo: las tribus pictas de la Pantera, el Lagarto y la Nutria, nuestros salvajes vecinos del otro lado de la frontera.

Fuimos prosperando sin preocuparnos de lo que ocurría al este de nuestras fronteras, en el reino del que provenían nuestros antepasados.

Sin embargo, al poco tiempo, los acontecimientos que se estaban produciendo en Aquilonia nos afectaron de forma muy directa. Nos llegaron noticias de una guerra civil y de un hombre que se había levantado en armas para derrocar a la antigua dinastía. Las llamas del levantamiento prendieron en nuestras fronteras, enfrentando a vecinos contra vecinos y a hermanos contra hermanos. Mientras los caballeros luchaban y morían en las planicies de Aquilonia, yo me adentraba en la frontera que separa Thandara de Schohira, portando noticias que pudieron cambiar el destino de toda la Marca Occidental.

El fuerte de Kwanyara era pequeño. Consistía en una construcción de madera rodeada de una empalizada, a orillas de una ensenada. Vi la bandera recortada contra el rosa pálido del cielo de la mañana, y

descubrí que algo faltaba: el estandarte real que habría tenido que ondear junto a ella, con la serpiente de oro bordada en su tela, no estaba allí. Eso podía querer decir mucho o nada. Nosotros, las gentes de la frontera, no prestamos demasiada importancia a los símbolos y a los protocolos, tan importantes para los caballeros de otros reinos.

Atravesé la ensenada del Puñal al amanecer, vadeándola, y al llegar a la otra orilla me encontré con un guardián de la frontera, un hombre alto, vestido con un jubón de cuero. Cuando supo que venía de Thandara exclamó:

–¡Por Mitra, debe de ser algo muy urgente lo que te trae hasta aquí!

De otro modo, habrías venido por el camino principal, sin necesidad de atravesar la tierra salvaje.

Una estrecha franja conocida con el nombre de «Tierra Salvaje», separaba Thandara de las Marcas Bosonias. Había otro camino que rodeaba estas tierras y que comunicaba a Thandara con las demás provincias atravesando las marcas. Pero era un camino largo.

Demasiado largo.

Me pidió que le contara lo que estaba ocurriendo en Thandara, pero le contesté que no tenía noticias recientes, porque acababa de regresar de una larga patrulla por las tierras de los Nutria. Era mentira, pero desconocía el giro de los acontecimientos políticos en Schohira y temía que mis respuestas pudieran comprometerme. Le pregunté si estaba en la fortaleza de Kwanyara el hijo de Hakon Strom.

Me respondió que no estaba allí, sino en la ciudad de Schondara, situada unas pocas leguas al este del fuerte.

–Espero que Thandara se incline a favor de Conan -dijo, profiriendo un juramento-. Eso es lo que nosotros deseamos. Si no fuera por mi maldita suerte, no estaría aquí vigilando esta frontera.

Daría todo lo que tengo por estar con nuestro ejército, que espera en Thenitea, en la ensenada de Ogaha, el ataque de Brocas de Torh y sus malditos renegados.

No podía creerlo. El barón de Torh era el señor de Conawaga, y no de Schohira, que estaba bajo el mando de Thasperas de Kormon.

–¿Dónde está Thasperas? – pregunté.

–En Aquilonia, luchando junto a Conan -respondió el guardián al tiempo que me observaba, receloso de que fuera un espía.

–He visto a uno de los vuestros mezclados entre los pictos; lleva pinturas de guerra, va desnudo como ellos y asiste a sus sangrientas ceremonias -dejé caer como sin darle importancia.

El rostro del schohirano se congestionó de ira.

–Maldito seas -exclamó-. ¿Has venido hasta aquí para insultarnos?

Acusar a un hombre de traidor era el más grave insulto en toda la Marca Occidental, aunque yo no le había contado aquello con intención de ofenderlo, sino por si sabía algo del hiborio que había visto en el bosque. Comprendí que no era así y, como no quería decirle nada más, intenté excusarme alegando que no había entendido bien el significado de mis palabras.

–Lo he entendido perfectamente -dijo él, furioso-. Por el color de tu piel y por tu acento del sur bien podrías ser un maldito espía de Conawaga. Lo seas o no, nadie puede insultar a un hombre de Schohira como lo has hecho tú. Si no fuera porque tengo otras obligaciones que cumplir, conocerías el sabor de los puños de un schohirano.

–No quiero pelear -dije-, pero, si quieres buscarme, podrás encontrarme en Schondara. Soy el hijo de Gault Hagar.

–Iré allí pronto -repuso-. Soy el hijo de Otho Gorm y me conocen en toda la región.

Mientras me alejaba de él, se quedó acariciando el filo de su cuchillo, como si hubiera querido apaciguar el deseo que sentía de clavármelo en el corazón. Intenté alejarme lo más rápidamente posible del fuerte para evitar otros encuentros con centinelas. En épocas de paz nadie hubiera osado detenerme o interrogarme, pero en los turbulentos tiempos que corrían era perfectamente posible que me tomaran por espía. En realidad, en la confusión de aquellos días, cualquier cosa era posible; como que el señor de Conawaga invadiera los territorios vecinos.

El bosque había sido talado en torno al fuerte y formaba una sólida pared de varios cientos de metros. Intenté no salir de sus límites mientras bordeaba el claro. No me encontré con nadie, ni siquiera cuando tuve que atravesar varios caminos que partían del fuerte. Me dirigí hacia el este, evitando los claros y las casas de campo. Y cuando el sol aún no estaba alto en el firmamento, divisé los tejados de Schondara.

La ciudad se alzaba en las proximidades del bosque. Era bastante grande para tratarse de un poblado fronterizo. Sus casas estaban hechas de troncos. Algunas habían sido pintadas, y de vez en cuando se erigían algunos edificios más sólidos construidos en piedra, de los que no se encuentran en Thandara. No vi nada parecido a un foso o a una empalizada en torno al poblado, cosa que me pareció muy extraña. En Thandara construimos nuestras casas de manera que nos protejan al mismo tiempo ante posibles ataques de enemigos, y aunque todavía no había ninguna ciudad en nuestra provincia -nuestras tierras estaban recién colonizadas-, cada cabaña, cada casa era una pequeña fortaleza.

A la derecha del poblado, en el centro de una pradera, había una pequeña fortificación protegida por una empalizada y un foso sobre la que asomaba una gran ballesta, montada sobre una elevada plataforma. Aunque el conjunto era un poco más grande que el fuerte de Kwanyara, sólo unos pocos hombres la protegían. En el mástil sólo ondeaba el estandarte del halcón con las alas desplegadas de Schohira.

Me pregunté cómo, si la ciudad estaba a favor de Conan, no ondeaba su pabellón: un león dorado sobre fondo negro, el mismo que adornaba el pendón del regimiento que él había mandado como general mercenario de Aquilonia.

Hacia la izquierda, cerca del bosque, había una casa grande de piedra que se levantaba en medio de jardines y huertas. Pertenecía a Valerio, el terrateniente más rico de toda la zona occidental de Schohira. Aunque yo jamás lo había visto, sabía que era muy poderoso.

Pero ahora, la Hacienda -así se llamaba su propiedad- parecía abandonada y desierta.

La misma sensación me produjo la ciudad. Apenas había hombres, aunque las calles estaban llenas de mujeres y niños. Pensé que los hombres habían agrupado a sus familias allí para que estuvieran mejor protegidas. Mientras recorría una de sus calles, sentí como las miradas se clavaban en mí. Sin embargo, nadie me dirigió la palabra excepto para responder secamente a mis preguntas.

En la taberna sólo había unos cuantos viejos sentados en torno a las mesas, bebiendo cerveza y hablando en voz baja. Cuando crucé el umbral de la puerta, vestido con mi jubón de cuero, todos dejaron de hablar, al tiempo que dirigían sus miradas hacia mí.

El silencio se hizo aún más significativo cuando pregunté por Hakon Strom. El mesonero me respondió que se había ido a caballo a Thenitea después de la salida del sol, pero que volvería pronto. Puesto que estaba hambriento y cansado, pedí que me sirviera comida, e ignorando las miradas de todos me tumbé sobre una piel de oso que el mesonero dispuso para mí en un rincón de la taberna, y me dormí.

Cuando Hakon regresó al atardecer, yo estaba en el mejor de los sueños.

Era un hombre alto y musculoso, ancho de hombros, como la mayoría de los hombres del Oeste, y vestía una casaca de piel de gamo, polainas y mocasines como yo. Lo acompañaban seis exploradores, que se sentaron a una mesa cercana a la puerta y no dejaron de observarnos mientras bebían cerveza.

Cuando le dije mi nombre y que tenía un mensaje para él, me observó con detenimiento y me hizo sentar a una mesa de la esquina a la que el mesonero trajo una espumeante cerveza.

–¿Qué sabes acerca de la situación en Thandara? – le pregunté.-

Sólo rumores.

–Te traigo un mensaje de Brant Drago, el gobernador de Thandara, y de su consejo de capitanes. Por este signo sabrás que puedes fiarte de mí.

Al decir esto mojé el dedo en la cerveza y dibujé un signo sobre la mesa, que borré de inmediato. Asintió, y sus ojos brillaron con expectación.

–Esto es lo que tengo que decirte -añadí-. Thandara se ha declarado a favor de Conan y está dispuesta a ayudar a sus amigos y a enfrentarse a sus enemigos.

Al oír esto sonrió con satisfacción y me estrechó la mano.

–¡Bien! – exclamó-. No esperaba menos.

–¿Quién podría olvidar a Conan? – dije-. Cuando yo era sólo un muchacho, en Conajohara, vi por primera vez a ese bárbaro, que por aquel entonces hacía de centinela en los bosques. Cuando su mensajero llegó a Thandara y nos dijo que Poitain se había levantado, y que Conan, que luchaba por el trono, solicitaba nuestro apoyo (no pedía hombres para su ejército, sino contar con nuestra lealtad), le respondimos con una sola frase: «No hemos olvidado Conajohara».

Después, Attelius atravesó los pantanos con intención de atacarnos, pero nosotros le tendimos una emboscada en Tierra Salvaje y dispersamos su ejército. No tememos, por ahora, que Thandara sea atacada de nuevo.

–Me gustaría poder decir lo mismo de Schohira -exclamó con amargura-. Thasperas nos hizo saber que podíamos actuar según nuestra voluntad. Él se había unido al ejército rebelde de Conan, pero no reclutó voluntarios de nuestras tierras. Tanto él como Conan saben que la Marca Occidental necesita de todos sus soldados para defender sus fronteras.

»Lo que sí hizo fue llevarse a sus tropas de los fuertes, y ahora los tenemos que defender con nuestras propias guarniciones. Ha habido algunas escaramuzas, sobre todo en ciudades como Coyaga, en las que habitan los terratenientes, porque algunos de ellos apoyan a Numedides. De éstos, algunos han huido a Conawaga con sus partidarios y otros se han rendido y han jurado permanecer neutrales en sus castillos, como Valerio, el señor de Schondara. Los que huyeron han prometido que volverán para acabar con todos nosotros. Ahora mismo, Brocas está atravesando la frontera.

»En Conawaga, los terratenientes y Brocas están a favor de Numedides y cuentan que éste está pasando por las armas a todos los partidarios de Conan que encuentra a su paso.

No me sorprendía nada de lo que estaba escuchando. Conawaga era la provincia más grande y más rica de toda la Marca Occidental, y en ella había florecido una poderosa clase influyente, formada por nobles terratenientes, que se habían repartido sus dominios.

Afortunadamente, en Thandara no había ocurrido lo mismo.

–Es una invasión en toda regla -dijo Hakon-. Brocas quiere que juremos lealtad a Numedides… ¡maldito perro! Lo que en realidad ambiciona es sojuzgar a toda la Marca Occidental, y gobernarla como virrey de Numedides. Está en Coyaga, a diez leguas de la ensenada de Ogaha, con un ejército de soldados aquilonios, arqueros bosonios lealistas de Conawaga y renegados de Schohira. Thenitea está llena de refugiados de las regiones orientales, por las que él ha pasado sembrando devastación.

»No le tememos, aunque somos muy inferiores en número a él. Para atacarnos tiene que atravesar la ensenada de Ogaha, y hemos fortificado la orilla occidental y bloqueado el camino para impedir el paso de su caballería.

–Eso tiene que ver con la misión que me ha traído hasta aquí -dije-.

Vengo a ofrecerte los servicios de ciento cincuenta exploradores thandarios. En Thandara no tenemos guerras internas, y aunque seguimos enfrentados a los pictos de la tribu Pantera también podremos arreglárnoslas sin esos hombres.

–El comandante del fuerte de Kwanyara se alegrará de oírlo.

–Pero ¿no eres tú el comandante? – pregunté.

–No -repuso-. Es mi hermano, Dirk Strom.

–De haberlo sabido, le hubiera dado el mensaje a él. Brant Drago pensaba que tú eras el comandante de Kwanyara. Pero no importa.

–Beberemos otra jarra de cerveza -dijo Hakon-. Luego te llevaré ante mi hermano para que oiga de tu boca las buenas noticias que le traes. No me gustaría estar en su lugar. Yo prefiero estar al frente de unos pocos hombres.

En efecto, Hakon no era el hombre adecuado para mandar una guarnición numerosa. Aunque se trataba de un hombre valiente, era demasiado imprudente y temerario para tanta responsabilidad.

–He visto que tenéis muy pocos hombres vigilando vuestras fronteras. ¿No teméis un ataque de los pictos? – le pregunté.

–Mantienen la paz que firmamos -me respondió-. Salvo algunas escaramuzas aisladas, desde hace algún tiempo estamos tranquilos.

–La Hacienda de Valerio me pareció abandonada.

–Valerio vive en ella, pero sólo se ha quedado con unos cuantos sirvientes. No sabemos dónde están sus hombres. Si no hubiera prometido permanecer neutral lo vigilaríamos, porque es uno de los pocos hiborios a los que los pictos respetan y obedecen. Si hubiese querido lanzarlos sobre nuestras fronteras nos habría costado mucho defenderlas, con Brocas a un lado y ellos a otro.

»Los Halcones, los Gatos Salvajes y los Tortugas callan cuando Valerio habla. Es el único que ha estado en la aldea de los pictos Lobos y ha regresado con vida.

Si lo que estaba oyendo era cierto, resultaba verdaderamente extraño. Era legendaria la ferocidad de la gran confederación de clanes conocida como Tribu del Lobo que habitaba al oeste, más allá de los territorios de caza de las tres tribus pictas que él había nombrado. En general se mantenían alejados de la frontera, pero no por ello dejaban de constituir una amenaza constante para Schohira.

Hakon observó a un hombre alto, que acababa de entrar en la taberna, vestido con calzas, botas y una capa de color escarlata.

–Ahí está Valerio -dijo Hakon.

Me volví, lo miré y me levanté de inmediato.

–¡Es él! – exclamé-. Vi a ese hombre anoche, al otro lado de la frontera, en un campamento de Halcones, asistiendo a la ceremonia de la Serpiente.

Valerio escuchó mis palabras y giró en redondo, pálido. Sus ojos brillaban como los de una pantera.

Hakon también se levantó.

–¿Qué estás diciendo? – gritó-. Valerio dio su palabra…

–i Y eso qué importa! – lo interrumpí, al tiempo que daba un paso adelante hasta encararme con el noble-. Lo vi estando yo escondido entre los arbustos. No tengo ninguna duda. Su cara de halcón es inconfundible. Te digo que estaba allí, desnudo y pintarrajeado como un maldito picto.

–¡Mientes, perro! – gritó Valerio, abriendo su capa para sacar el puñal.

Pero antes de que pudiera desenvainarlo, me abalancé sobre él y rodamos juntos por el suelo. Me aferraba la garganta con las manos mientras blasfemaba como un poseso. Varios hombres corrieron a separarnos. Él, que no cesaba en sus forcejeos con los que lo sujetaban, tenía el rostro congestionado por la ira. En la pelea se había quedado con el pañuelo que yo llevaba anudado al cuello.

–¡Soltadme, perros! – exclamó-. Quitad vuestras sucias manos de mí. Este embustero pagará por su calumnia.

–No he mentido -repliqué con un tono de voz más sosegado-.

Anoche, yo estaba escondido entre los arbustos y vi como el viejo Teyanoga transfería el alma de un jefe de la tribu de los Cuervos al cuerpo de una enorme serpiente. Fue mi flecha la que abatió al

chamán. Tú estabas ahí. Tú, un hiborio, desnudo y pintarrajeado, asististe a la ceremonia como uno más de la tribu.

–Si eso es cierto… -empezó a decir Hakon.

–Lo es. ¡Ahí tenéis la prueba! – exclamé, señalando su pecho.

En la refriega, su camisa se había rasgado, y en el pecho desnudo se podía ver la calavera blanca que los pictos se pintan cuando declaran la guerra a los hiborios. Aunque era evidente que Valerio había tratado de borrársela, no lo había conseguido.

–¡Desarmadlo! – ordenó Hakon.

–Llevémosle al fuerte -dije-, y que quede bajo la custodia del comandante. Su presencia en la ceremonia de la serpiente no puede significar nada bueno. Esos pictos llevaban pinturas de guerra, y la calavera que Valerio lleva en el pecho significa que tenía la intención de participar en el ataque que preparan los pictos.

–¡Pero, por Mitra, todo esto es increíble! – exclamó Hakon-. ¡Un hiborio traicionando a sus amigos y a su gente con esos diablos pintados!

El noble permaneció en silencio. Estaba de pie entre los hombres que lo sujetaban. En sus labios crispados había una mueca de odio y desprecio. En sus ojos, que brillaban febrilmente, me pareció advertir un atisbo de locura.

Hakon estaba indeciso. Por un lado tenía miedo de la reacción del pueblo si encarcelaba al noble y, por otro, no estaba dispuesto a dejarlo libre.

–Preguntaran por qué lo hemos hecho prisionero, y cuando se enteren de que los pictos se disponen a atacarnos puede cundir el pánico. Encerrémoslo en una celda hasta que podamos traer aquí a Dirk para que lo interrogue.

–La situación es delicada -le dije-, pero tú debes decidir. Tú eres el que mandas aquí.

Sacamos al noble por la puerta de atrás de la taberna. Puesto que estaba anocheciendo, llegamos hasta las celdas sin que nadie nos viese.

A esa hora casi todo el mundo había ido a su casa. La prisión era un pequeño edificio construido con troncos de madera, y estaba algo alejada de la ciudad. De las cuatro celdas que tenía, sólo una estaba ocupada, por un bribón que había bebido demasiado y había

organizado una pelea en la calle. Cuan-do llegamos, se asomó a las rejas para ver al nuevo preso. Valerio no dijo una sola palabra mientras Hakon cerraba la puerta de la celda y ordenaba a uno de sus hombres que permaneciera junto a ella. En sus ojos oscuros había un brillo demoníaco, como si tras la máscara pálida de su rostro se hubiera estado riendo de nosotros.

–¿Dejas sólo un centinela? – le pregunté a Hakon.

–¿Para qué quieres más? – me contestó-. Valerio no podrá escapar, y nadie intentará rescatarlo.

Me pareció que Hakon no estaba dispuesto a ceder, y como, después de todo, no era asunto mío, no dije nada más.

Después, Hakon y yo fuimos al fuerte y hablamos con Dirk Strom, el comandante que mandaba en la ciudad en ausencia de Jon Marko, que era el gobernador que había designado Thasperas. Jon Marko estaba en aquel momento al mando del ejército que se encontraba en Thenitea.

Cuando Dirk oyó lo que había ocurrido, su rostro se ensombreció, y dijo que iría a interrogar a Valerio tan pronto como sus obligaciones se lo permitieran, aunque estaba seguro de que el aristócrata se negaría a hablar, porque pertenecía a una raza demasiado altiva para responder a las preguntas de un plebeyo. Se alegró cuando supo que yo había ido a ofrecerle refuerzos de Thandara, y me dijo que podía mandar a un mensajero de vuelta allí -para que comunicara que nuestra propuesta era aceptada- en el caso de que quisiera quedarme unos días en Schohira, cosa que hice.

Después, Hakon y yo regresamos a la taberna. Teníamos la intención de pernoctar allí y salir hacia Thenitea al amanecer. Los schohiranos tenían centinelas vigilando los movimientos de Brocas, y Hakon, que había estado en su campamento ese mismo día, dijo que no parecía haber signos de movimiento en las filas enemigas, lo que me hizo pensar que estaba esperando a que Valerio cruzara la frontera al frente de los pictos. Pero Hakon, a pesar de lo que yo le había contado, todavía dudaba de la complicidad de Valerio. Se decía que tal vez su presencia en el bosque obedeciera simplemente a una visita de las que acostumbraba hacer a los pictos. Ningún hiborio, por muy amigo que fuese de ellos, podía asistir a ceremonias como la de la serpiente. Para

hacerlo tendría que haber firmado un pacto de sangre con el clan. Así se lo dije a Hakon.

Me desperté súbitamente y me incorporé en el lecho. Había dejado la ventana abierta para que entrara el fresco de la noche. La habitación estaba situada a bastante altura sobre el suelo, y no había en las proximidades ningún árbol por el que pudiera trepar un ladrón. Pero algo me había sobresaltado, y, al mirar hacia la ventana, se recortó contra el cielo negro cuajado de estrellas la silueta de una criatura corpulenta y deforme. Preguntándome qué podía ser eso mientras buscaba a tientas el hacha, y antes de que pudiera levantarme, se abalanzó con una rapidez vertiginosa. Sentí que algo me rodeaba el cuello e intentaba estrangularme. Muy cerca de mi cara vislumbré un rostro borroso y aterrador, del que sólo pude distinguir en la oscuridad un par de ojos inyectados en sangre y una cabeza puntiaguda. Me llegó el hedor de una bestia.

Aferré una de las muñecas de la cosa y me di cuenta de que era peluda y musculosa como la de un simio. En ese momento encontré mi hacha y de un solo golpe hendí el cráneo de aquel ser de pesadilla, que se desplomó sobre mí. Cuando conseguí incorporarme, me temblaba todo el cuerpo. Encontré pedernal, acero y yesca y encendí una vela. La monstruosa criatura yacía en el suelo en medio de un charco de sangre.

Su cuerpo era parecido al de un hombre corpulento, retorcido y deforme, y estaba recubierto de una gruesa capa de pelo. Sus uñas eran largas y negras como las garras de una bestia. Y su cabeza, sin barbilla y con muy poca frente, era muy similar a la de un simio. Se trataba de un chacán, una de esas criaturas semihumanas que habitan en lo más profundo de los bosques.

Poco después, alguien dio con los nudillos en mi puerta y oí la voz de Hakon preguntándome qué ocurría. Entró con el hacha en la mano, listo para atacar. Sus ojos se llenaron de asombro al ver a la criatura repugnante que yacía en el suelo.

–¡Un chacán! – susurró-. Los había visto antes siguiendo a lo lejos el rastro de nuestras pisadas. ¡Malditos sabuesos! ¿Qué tiene entre las garras?

Un escalofrío de terror recorrió mi espina dorsal al descubrir que lo que la criatura aferraba con sus manos era mi pañuelo, con el que

había intentado estrangularme.

–He oído decir que los chamanes pictos capturan a estos seres y los amaestran para seguir el rastro de sus enemigos -dijo lentamente-. Pero

¿cómo habrá podido ordenarle Valerio que nos siguiera? – No lo sé -

respondí-. Alguien le dio mi pañuelo a la bestia para que, guiándose por su olfato, me encontrara y acabara conmigo. ¡Vamos a la prisión!

¡Rápido!

Hakon despertó a sus seis exploradores y todos corrimos hacia allí.

El centinela yacía en el suelo con el cuello cortado, delante de la puerta de la celda de Valerio, que estaba abierta. Vi que Hakon se quedaba petrificado, y entonces escuchamos un hilo de voz que salía del cuerpo aterrado del borracho que ocupaba la celda contigua.

–Ha escapado -dijo-. Valerio ha escapado. Hace una hora estaba yo tumbado en mi camastro cuando me despertó un ruido que provenía del exterior. Abrí los ojos y vi a una extraña mujer de piel oscura que surgía de las sombras y se acercaba al centinela. Él le dio la voz de alto y tensó el arco, pero ella se rió, lo miró fijamente a los ojos y él entró inmediatamente en trance. Se quedó inmóvil, mirándola fijamente como un estúpido y ella tomó el cuchillo del centinela y le cortó el cuello. Le quitó las llaves y abrió la puerta de la celda de Valerio, que, riéndose a carcajadas, besó a la mujer. Ella no estaba sola. Había algo

deambulando en la oscuridad detrás de ella. Un ser borroso, indefinido, que evitaba la luz del farol de la puerta.

»Oí que le decía a Valerio que era mejor acabar conmigo. Sentí tanto miedo que durante un rato no supe si estaba vivo o muerto. Pero Valerio le dijo que yo estaba totalmente borracho y que no merecía la pena. Mientras se alejaban, él dijo que "aquello" tenía que cumplir una misión y que después irían a la cabaña de la ensenada del Lince, donde se encontraría con sus partidarios, que lo aguardaban escondidos en el bosque. Dijo también que Teyanoga se uniría allí con ellos, que cruzarían la frontera juntos y que volverían al frente de los pictos para acabar con todos nosotros.

A la tenue luz del farol, vi que Hakon palidecía.

–¿Quién es esa mujer? – pregunté con curiosidad.

–Su amante. Una mujer por la que corre sangre picta -contestó Hakon-. Mitad Halcón y mitad ligur. La llaman la Bruja de Skandaga.

Yo nunca la he visto, y hasta ahora nunca me había creído las historias que contaban acerca de ella y de Valerio. Veo que me equivoqué.

–Pensé que había dado muerte al viejo Teyanoga -murmuré entre dientes-. El muy perro debe de tener siete vidas. Vi como mi flecha se le clavaba en el pecho. ¿Y ahora qué hacemos?

–Debemos ir a la cabaña de la ensenada del Lince y matarlos a todos -dijo Hakon-. Si los pictos logran atravesar la frontera, lo pagaremos caro. No podemos llevar más hombres. Nosotros seremos suficientes. No sé cuántos serán ellos, pero no me importa.

Atacaremos por sorpresa.

Dejó libre al borracho para que fuera a la fortaleza a contar lo que había visto y oído, y nosotros partimos inmediatamente a la luz de las estrellas. Los campos estaban en silencio y la débil lumbre de alguna que otra hacienda titilaba en la oscuridad. Hacia el oeste se extendía la mancha oscura del bosque, una mancha negra, silenciosa, ancestral, que se alzaba como una amenaza para el que osara entrar en él.

Marchábamos en fila india, con los arcos preparados en la mano izquierda y las hachas en la derecha. Nuestros mocasines no hacían el menor ruido sobre la hierba húmeda de rocío. A medida que nos íbamos adentrando en el bosque, entre los robles y las hayas, nos separamos un poco. Hakon iba a la cabeza y los demás guardábamos una distancia de unas cuatro yardas. Llegamos a una hondonada recubierta de hierba y vimos una luz que brillaba débilmente, filtrándose por las rendijas de las contraventanas de una cabaña.

Hakon ordenó que nos detuviéramos. Hizo una seña a sus hombres para que esperasen allí y nosotros dos nos acercamos sigilosamente a la cabaña. El centinela que la vigilaba, un renegado schohirano, no percibió nuestra presencia. El aliento le apestaba a alcohol. Nunca olvidaré el fiero susurro de satisfacción que Hakon dejó escapar entre dientes mientras hundía el puñal en el corazón del traidor. Escondimos el cuerpo del pobre diablo entre la maleza y trepamos por el muro de la cabaña para espiar en su interior por una rendija.

Allí estaba Valerio junto a una mujer de piel oscura y belleza salvaje, vestida con una corta falda de ante y mocasines recamados de piedras preciosas. Su espesa y brillante cabellera negra estaba recogida por detrás por una cinta de oro bordada con misteriosos dibujos. En la

habitación había, además, media docena de schohiranos renegados: bribones taciturnos vestidos con calzas de lana y chalecos de granjeros, con alfanjes en los cinturones. Tres corredores del bosque, de aspecto fiero, con ropa de ante, y seis soldados de Gunderland, hombres musculosos, cuyas rubias cabelleras sobresalían bajo los cascos de acero, con cotas de malla, espinilleras también de acero y armas afiladas. Eran hombres de piel blanca, ojos acerados y una forma de hablar muy distinta de la de las gentes de la Marca Occidental. Eran rudos luchadores, infatigables y bien disciplinados, muy apreciados como guardianes entre los terratenientes de la frontera. Los oíamos hablar y reír. Valerio fanfarroneaba mientras relataba su huida. Los taciturnos renegados maldecían a sus antiguos amigos. Los corredores del bosque permanecían silenciosos y atentos. Los hombres de Gunderland tenían como un aire despreocupado y jovial, que no ocultaba su naturaleza cruel y despiadada. La muchacha mestiza, a la que llamaban Kwarada, se reía y bromeaba con Valerio, que parecía pasárselo muy bien. Hakon tembló de furia al escuchar una de las bravatas de Valerio:

–Escapar fue tan sencillo como romper un huevo. Envié a un visitante para que ese maldito traidor thandario recibiera su merecido.

Cuando me ponga al frente de los pictos y les haga cruzar la frontera para acabar con los rebeldes del oeste, mientras Brocas ataca desde Goyaga, todos los de su ralea recibirán el mismo trato.

Después oímos el sonido sordo de unas pisadas y nos pegamos aún más a la pared. La puerta se abrió y entraron siete pictos pintarrajeados y adornados con plumas, al frente de los cuales venía el viejo Teyanoga, que llevaba el pecho vendado. Comprendí que mi flecha había dado en el blanco, pero sin penetrar lo suficiente en su carne como para matarlo… ¿O acaso aquel viejo demonio era en realidad un hombre-lobo al que las armas de los mortales nunca podrían matar?

Hakon y yo seguíamos escuchando y observando lo que ocurría en el interior de la cabaña, conteniendo el aliento, pegados uno junto a otro. Oímos que Teyanoga decía en mal aquilonio.

–Tú querer que Halcones, Gatos Salvajes y Tortugas crucen la frontera. Pero si marchamos ahora, Lobos saquear nuestras tierras

mientras nosotros luchamos en Schohira. Lobos muy fuertes, muchos.

Halcones, Gatos Salvajes y Tortugas tener que estrechar manos de guerreros Lobos.

–Y bien, ¿cuándo haréis ese pacto con los Lobos? – preguntó Valerio.

–Jefes de las cuatro tribus encontrarse esta noche a orillas del Pantano de los Fantasmas. Parlamentaremos con el Hechicero del Pantano. Todos haremos lo que el Hechicero diga.

–Todavía no es medianoche -dijo Valerio-. Si marchamos a buen paso llegaremos al Pantano de los Fantasmas dentro de dos horas.

Partiremos inmediatamente para intentar persuadir al Hechicero de que obligue a los Lobos a unirse a las otras tribus.

Hakon susurró a mi oído:

–Ve a buscar a los demás. ¡Rápido! Diles que rodeen la cabaña y que prendan fuego alrededor.

Estaba decidido a atacar, aunque éramos muy inferiores en número.

Pero yo estaba tan furioso y sediento de sangre como él después de escuchar la infame conjura que se estaba tramando. Me arrastré hacia el lugar en el que esperaban los hombres de Hakon y regresamos todos a la cabaña. Frente a cada ventana nos situamos dos hombres. Uno con el arco tensado y el otro con el hacha dispuesta para destrozar los postigos de las ventanas. Uno de los hombres encendió un fuego para quemar la cabaña. Mientras me unía a Hakon en la puerta principal, oí que Valerio gritaba desde dentro:

–De prisa, guerreros. Debemos ponernos en camino inmediatamente.

Escuchamos el ruido de los hombres ajustándose las armas y disponiéndose a partir. Hakon, lleno de furia, no podía estarse quieto mientras el encargado de encender el fuego frotaba el pedernal contra el acero para que prendiese en la yesca y en las ramas secas amontonadas. Cuando por fin lo consiguió, los demás hombres acercaron a la hoguera ramas grandes para que sirvieran de antorchas.

Entonces Hakon corrió hacia la puerta principal, y golpeó con su hacha, que no era un arma ligera como la de los pictos, sino una auténtica arma de guerra como las que utilizan los caballeros para quebrar las armaduras de sus enemigos. Al mismo tiempo, otros

destrozábamos los postigos y arrojábamos flechas hacia el interior de la cabaña, abatiendo a algunos. Otros de los nuestros arrojaron las antorchas al techo para prenderle fuego. Pero el tejado estaba hecho de capas superpuestas de corteza de árbol que se habían humedecido con las últimas lluvias, y que no ardían con la rapidez que nosotros hubiéramos deseado. Los de dentro, presos de una gran confusión, no intentaron defender la cabaña. Aunque las velas se habían apagado al caer al suelo en nuestro ataque sorpresa, el débil resplandor del incipiente fuego permitía que nuestros hombres siguieran disparando sus flechas hacia blancos visibles. Valerio y su gente corrieron hacia la puerta y se encontraron frente a frente con Hakon y unos cuantos de sus hombres, entre los que me encontraba yo. Conseguimos abatir a varios de ellos en el primer envite. Pero poco después quedamos enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo, tanto en el interior como en el exterior de la cabaña. Sin saber cómo, me encontré abrazado a un fornido gunderio al que protegía una cota de malla. Sin duda alguna se había quitado el casco al entrar en la cabaña, y había olvidado ponérselo en la confusión de los primeros momentos. En su mano derecha blandía un puñal corto y yo, en la mía, un hacha de guerra.

Cada uno asió la muñeca de su enemigo con la izquierda. Forcejeamos, sudando y gruñendo como animales, intentando cercenar el brazo armado del contrario de un certero golpe. Finalmente conseguí echarle la zancadilla y lo hice caer hacia atrás al tiempo que yo me abalanzaba sobre él. En la caída conseguí librarme de la tenaza, de su mano, pero él tuvo tiempo de coger mi hacha por el mango y arrebatármela.

Su primer hachazo, desviado por el pie de otro de los combatientes, me rozó en el hombro. Mi mano libre había dado por casualidad con una piedra semienterrada en el suelo, del tamaño aproximado de una manzana. Conseguí arrancarla de la tierra y golpeé a mi enemigo en la frente con toda la fuerza de la que fui capaz, casi al mismo tiempo que él amagaba su segundo golpe con mi hacha. Al sentir que sus músculos se aflojaban, cogí la piedra con ambas manos y le aplasté con ella su cráneo. Oí como crujía el hueso y, tras un espeluznante grito de agonía, quedó inmóvil para siempre.

Conseguí incorporarme para seguir luchando, pero todo había terminado. Aquí y allá yacían los cuerpos sin vida de amigos y

enemigos. Y los hombres de Gunderland, renegados y pictos supervivientes huían hacia la espesura del bosque. Uno de los nuestros todavía tuvo tiempo de disparar una flecha contra los que huían. Dudo que, con la escasa luz que había, la flecha diera en el blanco.

Seguir: parte 6 de 6