Corazón de napalm

Clara Usón · Capítulo 8 de 15

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Corazón de napalm

Capítulo 8

Arreglé las cosas de manera que quedé con Solange a las seis de la tarde del sábado en el bar del hotel Omm (ella eligió el sitio, a mí nunca se me hubiera ocurrido) y, a las diez de la noche del mismo día, en el restaurante Amaya de las Ramblas, con el juez, para cenar. De un plumazo iba a resolver dos asuntos importantes en mi vida: mi soledad y mi precariedad económica, o en eso confiaba. Y, por una extraña paradoja, cuando me desperté el sábado por la mañana, en lugar de sentirme nerviosa y excitada, me noté abúlica. No tenía ganas de hacer nada, de haber seguido mis impulsos hubiera llamado a la viuda de Maristany y a Juan para cancelar mis compromisos con ellos, alegando un fuerte dolor de cabeza o algo similar. Llevaba una semana esperanzada con la perspectiva de que, a partir del sábado, mi vida iba a mejorar, pero ahora que ese día había llegado, creo que lo que temía era que, a fin de cuentas, esas expectativas se diluyeran, quedaran en nada, y al día siguiente, domingo, tuviera que combatir el desánimo y procurar inventarme una nueva ilusión, como en tantas otras ocasiones. Se nos desmorona el castillo de naipes que llevamos horas armando con paciencia y, pasado el primer disgusto, después de soltar tres o cuatro juramentos y propinar un golpe furioso a la mesa, que no tiene culpa de nada, nos agachamos a recoger las cartas del suelo y las depositamos, una a una, sobre el tablero, dispuestos a volver a levantar la precaria estructura de cartón, hasta que el primer golpe de aire la tire al suelo, así veía yo la vida, la mía al menos.

De modo que acudí recelosa a mi cita con Solange en ese hotel de lujo y diseño, como se jacta su publicidad. Llegué diez minutos tarde, a propósito, pero Solange me ganó la mano; ella aún no había llegado. Quien sí estaba era Turpin, el marchante de arte. Cuando entré en el lobby, no lo vi; yo buscaba a Solange y, al no encontrarla, me dirigí a la barra del bar, dispuesta a esperarla, pero él se irguió en toda su estatura de gigante desde una mesa situada en un rincón y me llamó. Me reuní con Turpin sorprendida, no contaba con él. Me recibió con la cortesía untuosa y anticuada que estilaba, vestido con un traje distinto del que llevaba el día que lo conocí, en el MACBA, pero igualmente exquisito. Disculpó a Solange por su retraso y me preguntó qué quería tomar. Le dije que un té y él inquirió, «¿qué clase de té?». «No sé, cualquiera, todos me gustan», contesté, irritada conmigo misma por mi falta de cosmopolitismo; en Valladolid, cuando pides un té te sirven el que tienen, no hay nada que decidir. Turpin me recomendó un té negro de Ceylán, «es delicioso, para mí el mejor». (Cuando lo probé, advertí que no todos los tés me gustan; el negro de Ceylán me repugna). Él bebía un whisky largo con hielo. Nos pusimos a charlar, matando el tiempo, y descubrí que bajo su apariencia de dandi relamido, Turpin era un hombre agradable. Hablamos de pintura, nuestra mutua pasión. Turpin dejó caer, como al descuido, tres nombres de artistas españoles y uno portugués, patrocinados suyos, que me impresionaron: pertenecían a la crème de la crème de la última ola de pintura europea. Me preguntó por mi obra, ¿qué estaba haciendo? ¿Dónde había expuesto? Comprendí que aquello que llevaba años soñando que sucediera, sin creer de verdad que pudiera llegar a pasar, estaba ocurriendo: un marchante de prestigio mostraba interés por mi trabajo. Si yo no metía la pata, Turpin podría acceder a representarme y ese futuro de gloria y dinero que me parecía imposible, se haría realidad. Elegí con mucho cuidado mis palabras. Le hablé de mi preferencia por la pintura figurativa («lo otro no es pintura», afirmé tajante) y le expliqué que mis cuadros requerían muchas horas de esfuerzo y por ello mi obra era escasa. Le informé de que hacía un par de años había expuesto en Valladolid y lo vendí todo (no le dije que el comprador fue mi padre, no me pareció un detalle relevante). A continuación, me embarqué en una disquisición sobre la técnica y el oficio, valores inexplicablemente descuidados por ciertos artistas contemporáneos, que yo cultivaba a ultranza; le mencioné mi afición a copiar cuadros de Velázquez («copiando a Velázquez he aprendido mucho», manifesté con cierta falta de rigor, dando por concluida una tarea que proyectaba, pero que no había emprendido todavía). Me halagaba tanto la atención de ese hombre elegante, que casi me fastidió la aparición intempestiva de Solange.

Llegó acalorada, excusando su tardanza en un tono tan enojado, que me hizo sentir culpable de haber sido demasiado puntual. Solange era un manojo de nervios, una de esas personas que dan la impresión de estar siempre muy atareadas y escasas de tiempo; cada dos por tres miran el reloj, constantemente reciben mensajes o llamadas por el móvil, que no pueden desatender porque son muy urgentes, y se sientan muy erguidas en el borde de la silla, listas para salir disparadas a la primera oportunidad. La atención que te dedican (y que aprecias como un favor inmerecido) es distraída e impaciente, pues tienen que pensar en muchas otras cosas a la vez; consiguen irradiar tanta ansiedad, que una conversación con ellas es siempre tensa. Así que al poco de sentarse Solange con nosotros, estábamos los tres muy nerviosos. No mejoró el ambiente que, al hacer amago Solange de encender un cigarrillo, se acercara a nuestra mesa un camarero para indicarnos, con mucha educación, que estaba prohibido fumar en el bar.

—¡Lo que faltaba! —explotó Solange—. Ya no se puede fumar en ninguna parte, no sé cómo vamos a acabar —y, guardando en el bolso el paquete de tabaco, añadió —: Mientras me esperabais supongo que habréis hablado del asunto, ¿no?

Supuso mal, Turpin se lo hizo saber. Eso hizo soltar a Solange un bufido de impaciencia, como diciendo: «¡Siempre me tengo que ocupar yo de todo!». Seguidamente, en un tono de irritación contenida que fue suavizando progresivamente, me explicó que la colaboración de su difunto marido con Héctor, el último asistente del maestro y mi sucesor, había dejado mucho que desear. Héctor no daba la talla. Era premioso y chapucero, no terminaba bien los cuadros, su trabajo no alcanzaba ni de lejos las altas cotas de calidad artística que cabía esperar de una obra de Maristany. Eso había sido causa de desazón para el pintor, me informó su viuda, el ínfimo nivel de sus postreros lienzos amargó los últimos meses de vida del gran hombre. «No puedo decir que Héctor lo matara, pero…», insinuó. ¡Menuda jeta! Era ella quien había impuesto a ese tal Héctor un ritmo de producción salvaje, incompatible con la excelencia artística, porque lo único que le importaba a Solange era el dinero. ¡Y ahora le echaba la culpa a Héctor! Era, sin duda, una mujer peligrosa. Tras poner verde a Héctor, se dedicó a lanzarme elogios sin ningún pudor. ¡Yo sí que trabajaba bien! ¡Yo sí que era una profesional! La obra que Maristany realizó conmigo era la que más se cotizaba de su última época. Críticos y expertos coincidían en señalar que esos diez años suponían «el renacer del ave fénix en la pintura de Maristany», pues los cuadros de ese período tenían la misma fuerza e idéntico rigor formal que los de la década de los setenta, la que lo consagró como gran maestro. «¡Qué lástima que nos dejaras! Paco lo pasó muy mal cuando te fuiste, se deprimió, se le fueron las ganas de pintar», me dijo esa mujer, con todos sus cojones, como si yo me hubiera ido por mi voluntad del taller de Maristany y no porque ella se hubiera desembarazado de mí de malos modos, al considerarme lenta y poco productiva. Lo grave era que lo expresaba con tal candor, que me hizo dudar a mí misma de lo sucedido y casi consiguió que le pidiera disculpas por haber abandonado a su marido de forma ignominiosa. Me sentí desconcertada. ¿Para eso había propiciado esa entrevista conmigo? ¿Para reprocharme la pésima factura de los lienzos pintados por mi sucesor? No, por supuesto que no; Solange valoraba demasiado su tiempo; si me lo prestaba, era porque pensaba sacarle un provecho.

Guardó silencio durante unos segundos con aire recogido, se alisó la falda de marca sobre las rodillas, que tenía juntas e inclinadas hacia la izquierda, en una postura muy femenina, y me informó de que, al fallecer, su marido había dejado unos cuantos bocetos para futuras obras que su muerte malogró. Me aseguró que era voluntad expresa de Maristany retomar la colaboración conmigo y confiarme el desarrollo en lienzo de esos bocetos. «Estábamos a punto de llamarte», me dijo, mirándome con ojos brillantes, «cuando Paco enfermó. Y luego fue todo tan rápido…». Dejó la frase sin concluir, bajó los ojos con recato y lanzó un hondo suspiro. ¿Pretendía que yo creyera que era de pena? Sospecho que lo que yo pensara le daba lo mismo. Yo empezaba a intuir el propósito de nuestra entrevista y lo que me dijo a continuación lo corroboró. Solange quería cumplir el último deseo de su marido. Lo que más le importaba a Paco en su vida era su obra y ella sabía que a él le hubiera gustado ver esos bocetos transformados en cuadros.

—Creo que se lo debo —me dijo con vehemencia—; debo a su memoria la ejecución de esos esbozos. Y puesto que él hubiera querido que los pintaras tú, quiero encargártelos a ti, no a Héctor. ¿Qué te parece el proyecto?

Así, a bote pronto, no supe qué decirle.

—No sé —respondí—, tengo que pensarlo. Primero que todo, me gustaría ver los bocetos, y… Yo pintaba los cuadros, pero él los firmaba —añadí abruptamente, para poner sobre la mesa la cuestión más delicada: pintar un cuadro póstumo de Maristany era falsificarlo.

—Por eso no te preocupes —se apresuró a decir Solange, quitándole importancia al asunto con un gesto desdeñoso de la mano—, es algo de lo que nos ocuparemos Turpin y yo. Como viuda suya, soy la única persona legitimada para certificar la obra de Paco. Tú sólo has de hacer tu trabajo, como siempre, como cuando él vivía, ni más ni menos.

Por fin mencionaba a Turpin. Hasta entonces, éste había asistido en silencio a la conversación, como un convidado de piedra, y yo no dejaba de preguntarme a qué obedecía su presencia. Solange me lo explicó enseguida. Ahora era Turpin quien se ocupaba de la comercialización de la obra de Maristany. «He roto con Robert», me comunicó Solange, «entre tú y yo: es un ladrón. ¡Si supieras lo que ha llegado a hacer…! No te lo cuento, porque soy discreta, pero es de cárcel», afirmó, contundente.

Robert Feixó-Llopart era el galerista y marchante de Maristany de toda la vida, así como íntimo amigo del maestro. Tenía muy buena relación con María Antonia, la primera mujer de Maristany, y cabía suponer que los manejos y trapacerías de Solange le disgustaran. Al morir su marido, la viuda se había liberado de él como en su momento me despachó a mí; mostraba una gran habilidad para sortear todos los obstáculos que se le pusieran por delante. ¿Qué hubiera opinado Feixó-Llopart de ese proyecto de los cuadros póstumos? Dudo que lo hubiera aprobado; era un hombre íntegro y celoso de su prestigio profesional. Solange, que no era tonta, se había buscado un marchante más complaciente.

—Además —me explicó—, Turpin tiene muy buenos contactos en Shangai, Tokio y Nueva York. A mí siempre me ha dado rabia que la obra de Paco tenga tan poca difusión fuera de Europa. La culpa es de Robert, que es un marchante a la antigua y aún no ha comprendido que el mercado moderno del arte es global. Le cuesta mucho mover el culo y coger un avión. A Turpin no.

En ese momento, el culo viajero de Turpin se alzó de su asiento y su cortés propietario se apoderó de la tetera para rellenar mi taza con el repulsivo té negro de Ceilán, que me obligó a beber por segunda vez.

—He echado un vistazo a esos bocetos —me informó Turpin con voz engolada cuando me hubo servido la infusión— y son interesantes. Tienen vigor. De ahí pueden salir unos lienzos muy buenos. Creo que compartirás mi opinión cuando los estudies.

Ése era mi punto débil: la vanidad. Muy a mi pesar, me halagaba que Solange reconociera que los cuadros que yo había pintado para su marido eran mejores que los perpetrados por mi sucesor, y a mi también me complacía que un marchante como Turpin mostrara estima y deferencia hacia mi criterio. Me daba la impresión de que por fin alguien me empezaba a tratar como merecía, como una profesional que contaba, una buena artista. Me habían ido a buscar; por primera vez en mi vida no era yo quien intentaba vender mis cuadros o mis servicios, sino que me los requerían. ¿Cómo no iba a sentirme satisfecha? Podía y debía hacerme valer, así que saqué a relucir la cuestión del dinero.

Solange era mezquina, eso yo ya lo sabía. Tuvo la desfachatez de ofrecer por mi trabajo lo mismo que me pagaba su marido. Le hice notar que las circunstancias eran distintas, pues mi relación contractual con Maristany tenía carácter indefinido; en cambio, lo que me proponía ella era ejecutar una obra puntual.

—¿Cuántos bocetos dejó el maestro? —le pregunté.

Solange me contestó que diez. Hice como que reflexionaba, la mano en la barbilla, los ojos entornados en actitud pensativa y, al cabo, lancé una cifra. Solange se escandalizó al oírla, me preguntó que si estaba loca, que qué me creía. Me habían llamado a mí para hacerme un favor, pero por una cuarta parte de lo que yo exigía, podían encontrar a otra persona… La dejé perorar. Yo era consciente de que Solange estaba en mis manos. Sacar al mercado diez cuadros desconocidos de Maristany, un año después de muerto, era arriesgado. Ya no estaba el maestro con su pulso temblón para defenderlos. Hasta entonces, incluso los bodrios pergeñados por Héctor habían obtenido el visto bueno de los expertos, porque Maristany en persona los respaldaba, pero sin él, esos lienzos nuevos los iban a examinar con lupa, despertarían todo tipo de recelos. Los compararía con otra obra incontestada del maestro de su última época, es decir, con mis cuadros, con los que yo pinté cuando trabajé para él, y la única posibilidad que tenían Solange y Turpin de que esas pinturas espurias pasaran la inspección era que yo fuera su autora. Por eso negociaba muy tranquila; me necesitaban; sin mí, ese proyecto fracasaría. Yo era la única artista en el mundo capaz de hacer Maristanys auténticos.

Un lienzo de tamaño mediano de Maristany podía venderse por más de 40.000 euros; uno grande, por unos 80.000 o incluso 100.000. De manera que pedir 3.000 euros por cada cuadro no me parecía exagerado. Turpin lo comprendió enseguida y, con paciencia y buenas palabras, consiguió que Solange entrara en razón. Diez cuadros, por un precio de 3.000 euros cada uno, suponían 30.000 euros. ¡Con eso dinero yo podía vivir mucho tiempo! Me fui del hotel Omm crecida, orgullosa de mí, ¡qué hábil negociadora!

Pero cuando ya estaba en el autobús que descendía por Paseo de Gracia, camino de mi casa, me percaté de que, al fijar un precio por mi trabajo, a todos los efectos lo había aceptado. Y de pronto me acometió el vértigo. ¿De verdad me había comprometido en firme a falsificar diez cuadros?

Llegué a mi estudio a las ocho y media de la tarde. Me tumbé sobre la cama, vestida y con los zapatos puestos; me sentía exhausta. La larga discusión con Solange me había agotado. Lo único que deseaba era dormir, aunque todavía no fuera de noche (ya estábamos a mediados de mayo y los días se alargaban) y pese a que mi obligación era mudarme de ropa y ponerme guapa para la cena con el magistrado. Si Juan hubiera tenido móvil, le habría llamado para anular la cita, pero era un ser original que se negaba a utilizar ese aparato. Nada me apetecía menos que volver a salir a la calle y hacer vida social hasta la madrugada. En nuestras relaciones con los demás, siempre representamos un papel, aunque sea de forma inconsciente. No nos mostramos tal y como somos, sino como desearíamos ser vistos, disimulando los defectos o las debilidades de que nos avergonzamos, extremando la cortesía y la educación de modo forzado; cuanto más desconocida es la persona a la que deseamos cautivar, mayor el disfraz y el esmero que ponemos en la representación. Y ese sábado yo ya había actuado bastante y con mucho éxito, no precisaba seducir a nadie más. De hecho, me percaté de que, en realidad, no me hacía ninguna falta un novio. Empezaba a cogerle gusto a la soltería. Obraba como me venía en gana, no tenía que pactar mi ocio con nadie, ni realizar concesiones de ningún tipo. Se había acabado lo de trasnochar a la fuerza, arrastrándome a regañadientes de tugurio en tugurio hasta el amanecer en compañía de mi novio juerguista. ¡Ya no tenía que acudir a más estrenos de soporíferas películas españolas de vanguardia! Sólo ahora me daba cuenta de que mi nueva situación era estupenda y no tenía ningún deseo de cambiarla, retomando la servidumbre de un noviazgo. Había aprendido a estar sola. Ésa era una gran noticia. Y mi nueva perspectiva me permitía ver con toda claridad que el juez y yo no hubiéramos hecho buena pareja; pertenecíamos a mundos divergentes, con él yo hubiera tenido que fingir demasiado. Por ejemplo, no podría discutir con Juan la proposición de Solange, porque era delictiva y él era juez. Tendría que ocultarle una parte importante de mi vida, empezar con mentiras y enredos, lo cual no puede ser la base de ninguna relación duradera. Una canción que de niña nunca me cansaba de escuchar decía «tres cosas hay en la vida / salud, dinero y amor / y el que tenga esas tres cosas / que le dé gracias a Dios». Yo de salud andaba muy bien, el dinero estaba al caer y, de pronto, el amor me estorbaba; con dinero, no lo necesitaba, o, dicho de otro modo, sin apuros económicos, la soledad era más llevadera.

Como había renunciado a seducirle, no me esforcé lo más mínimo en actuar esa noche ante Juan; me permití mostrarle mis peores rasgos. Estaba resentida con él porque, al no tener móvil, no había podido cancelar la cena. Y también me molestaba cómo iba vestido. Al igual que la mayoría de hombres que suelen vestir traje y corbata, cuando se ponía un atuendo que él consideraba informal, parecía disfrazado, como si llevara ropa prestada. Asimismo me irritó que no hubiera reservado mesa en el Amaya; tuvimos que esperar más de veinte minutos en la barra. Esa noche todo me ponía de mal humor, porque yo no quería estar ahí, en ese restaurante ruidoso y atestado de gente, sino en mi casa, en mi cama, durmiendo. Había decidido que en cuanto se acabara la cena, regresaría, sola, a mi estudio; no pensaba enseñarle a Juan mis cuadros (inexistentes, por otro lado), la excusa o el motivo de ese encuentro. Quería dormir y que, durante el sueño, mi cerebro resolviera qué hacer con la oferta de Solange, si aceptarla o no; era un debate interior que tenía pendiente. Me mantuve huraña y silenciosa toda la velada, jugueteando con el pan, contestando con monosílabos a las preguntas de Juan y mirándole impasible, sin reírme, cada vez que el pobre chico se arriesgaba a decir una gracia. Debo admitirlo: estuve borde, pero eso a él no pareció desalentarle. Como si no le hiciera mella mi manifiesto desinterés, me narró en tono jocoso varias anécdotas de su experiencia profesional; cómo, en una ocasión, una mujer de un pueblo de la provincia de Sevilla, agradecida de que Juan hubiera dejado partir a su díscolo retoño con tan sólo una reprimenda, apareció en el juzgado con un cerdo vivo, con la pretensión de regalárselo, o cómo, en otra circunstancia harto más sórdida, una aristócrata andaluza se ofreció a acostarse con él si era clemente con su perverso vástago, el cual, en compañía de otros jovenzuelos de buena familia, casi había matado de una paliza a un mendigo. Ni siquiera eso me impresionó; yo lo miraba aburrida, como si me estuviera recitando la guía telefónica.

Para mi sorpresa, Juan pidió una botella de tinto, un Ribera del Duero; lo suponía abstemio. Quizá lo hizo porque creyó que la ocasión lo requería o para hacerme notar que no reparaba en gastos con tal de agasajarme, pues él apenas probó el vino; en cambio yo, que nunca bebo, esa noche decidí aventurarme y me cepillé cuatro copas, una detrás de otra.

Es una imprudencia que cometo con cierta regularidad. De repente, decido que no está demostrado que el alcohol me siente mal, o presumo que mi metabolismo ha cambiado y ya puede tolerarlo. Y bebo. Y me pongo fatal, indefectiblemente. Esa noche quería celebrar mi cambio de fortuna; si mi conciencia me lo permitía (ya la tenía medio convencida), iba a desempeñar el encargo de Solange y durante muchos meses no tendría que preocuparme por el dinero. También confiaba en que el vino cambiara mi humor, pero éste no se modificó, me mantuve sobria y taciturna hasta el final, lo que me hizo pensar que el alcohol ya no me afectaba, ni para bien ni para mal. Cuando el juez pagó la cuenta y me levanté de la silla, me percaté de inmediato de que, contra lo que creía, esa vez el vino tampoco había sido inocuo; tuve que volverme a sentar y agarrarme a la mesa, porque el suelo del restaurante se movía como si fuera de gelatina. Estaba mareadísima.

No me tenía en pie. Juan me acompañó a casa. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no vomitar en su coche, pero en cuanto abrí la portezuela al llegar, lo solté todo sobre la acera. Me sentía tan enferma, que creí morir; mi cabeza daba vueltas como una peonza y había perdido el control de mis extremidades, me había convertido en una muñeca inerte, desmadejada. El magistrado se sorprendió al descubrir mi estado. «Pues no has bebido tanto, dos o tres copas de vino», decía, con perplejidad. Ante mi incapacidad de valerme por mí misma, se me echó al hombro, como si yo fuera un saco, y me subió hasta el estudio por la estrecha y tortuosa escalera de mi edificio. Si no me hubiera encontrado tan mal, me habría sentido avergonzada. ¡Qué manera más humillante de terminar la noche! Juan no podía mostrarse más encantador y eso me provocaba remordimientos. Cuando llegamos al rellano del quinto piso, fue él quien rebuscó en mi bolsa de lona, encontró la llave de la puerta de mi estudio, la abrió y me llevó en brazos hasta la cama. Con gran delicadeza, me quitó los zapatos, me despojó de la cazadora tejana, me ayudó a quitarme el collar y los pendientes, me puso en los labios un vaso de agua y me preguntó, solícito, «¿quieres algo más?»; yo, la cabeza hundida en la almohada, los ojos cerrados, susurré que no. Entonces me violó.

Sí, Juan me violó, no puedo calificar de otro modo lo que me hizo. Cuando terminé de beber el agua que me había servido, él recogió el vaso y lo llevó a la cocina. A continuación, apagó la luz del estudio y quedamos a oscuras. Creí que se iba a marchar para dejarme dormir, pero de pronto noté todo el peso de su cuerpo sobre el mío (no sentí sus pasos, se movió con el sigilo de un gato). Era mucho más grande que yo; quedé inmovilizada, mis piernas trabadas bajo las suyas. Estaba tan sorprendida y, a la vez, asustada, que no atiné a protestar. Él no decía nada, sólo jadeaba. Yo no lo rechacé, es cierto, carecía de energía para ello, me dejé hacer, pero me sentía aterrada. He de admitir que fue casi tierno, si una violación puede ser delicada. Sin aligerar la presión que me impedía escapar, con mano impaciente, pero diestra, abrió la cremallera de mi falda (me había puesto femenina para la cena) y me desprendió de ella; luego, suave, cautelosamente me bajó las medias, después me quitó las bragas… Y me dio muchos besos; en el cuello, en la boca, en los pezones… (¿Suelen hacer eso, los violadores, ser cariñosos?). Ni siquiera me hizo daño al follarme. Yo no me atreví a quejarme, pero me daba miedo hasta temblar, por si se enfadaba. Pese al comedimiento de sus gestos, la tensión contenida de sus músculos, su respiración anhelante y sus gruñidos de bestia o fiera salvaje, me hacían temer una explosión de violencia al menor contratiempo. Sólo deseaba que se corriera y me dejara en paz. Gimió un poco al terminar y, todavía sin decir palabra, me dio un beso en la mejilla, como un marido afectuoso, se apartó de mí y se echó a dormir, con un suspiro de satisfacción, en el otro lado de la cama.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, pasadas las once de la mañana, Juan ya no estaba. ¿Había sucedido de verdad, o era una pesadilla? La luz se colaba a raudales por los intersticios de la persiana enrollable que cubría el ventanal del estudio; pude ver, sólo con incorporarme, mi falda, mis medias y mis bragas, hechas un rebujo, en el suelo, junto a la cama. Tenía un tremendo dolor de cabeza, una tempestad completa, con rayos y truenos, desatada en mi cerebro: la resaca. Me sentía sucia y también culpable. Si no hubiera bebido vino la noche anterior… ¿Cómo se me había ocurrido hacerlo? De haber estado sobria, el juez no me habría violado. A mí no me sucedían esas cosas, yo nunca perdía el control. Cuando mis amigas me contaban que se habían acostado con un desconocido, cuyo nombre no conseguían recordar y quien para colmo no les atraía en absoluto, pero ellas estaban tan borrachas que no lo habían podido evitar, yo me escandalizaba. Me parecía increíble. En realidad, no las creía. Me costaba imaginar que una pudiera hallarse en tal estado de postración y desvalimiento que, sin quererlo, se viera encamada con un indeseable. Sospechaba que se avergonzaban de lo sucedido y por eso echaban la culpa al alcohol. Cuando yo follaba con un hombre, era muy consciente de lo que estaba haciendo, y si el partenaire en cuestión me hubiera intentado violentar, me habría resistido. Pero la noche anterior no me resistí, sino que me sometí con total sometimiento, de modo que si yo hubiera pretendido denunciar a Juan por violación, no habría conseguido demostrarlo, no había rastro de oposición, ni pugna, en mi cuerpo, ni un rasguño, ni un leve arañazo… Sin embargo, él tenía que saber que me había violado, no podía engañarse al respecto. ¿O sí, tal vez creía que quien calla, otorga?

Estaba avergonzada y confusa. También, decepcionada. Ese juez que me parecía un hombre tan bueno y honrado, casi ingenuo… Era igual que todos, o peor, porque era un hipócrita. Su supuesto interés en ver mis cuadros, su invitación a cenar, sus entrañables anécdotas judiciales, no habían sido sino una añagaza; en cuanto se percató de que yo estaba completamente intoxicada, abusó de mí. Me folló contra mi voluntad, durmió en mi cama sin mi permiso y se fue a escondidas al amanecer, como un ladrón, sin siquiera dejar una nota de despedida. (¿Pero acaso dejan notas los violadores?). Más que furiosa con él, me sentí triste, peor, despreciada. Me había utilizado como un pañuelo de usar y tirar. Si eso lo hacía un juez, ¿qué podía esperarse de la naturaleza humana? ¡Y yo que padecía escrúpulos de conciencia por la oferta de Solange! Comparado con lo que me había hecho el magistrado, falsificar cuadros era una travesura. Ese domingo no bajé a las Ramblas, a retratar guiris; sólo me levanté de la cama para llamar a Solange por el móvil y decirle que estaba dispuesta a examinar los bocetos de Maristany cuando quisiera.

Decidí olvidar el desagradable incidente de la noche del sábado y a su autor, resuelta a aprender de esa experiencia, de una vez para siempre, que yo no puedo beber alcohol bajo ninguna circunstancia. Pero no conseguí olvidarme de Juan; el lunes por la mañana, mientras me hallaba inmersa en la limpieza de mi pequeña casa (estaba atacando el váter con la escobilla, lo que más me disgusta), llamaron al timbre. Era un mensajero que me traía un paquete enorme. Primero pensé que se trataba de un error, yo no esperaba nada y así se lo dije al chico, pero éste me mostró el albarán: allí figuraban en letras mayúsculas mi nombre y mi dirección. ¿Contendría ese paquete los bocetos de Maristany? Lo dudaba; había quedado en verlos el viernes siguiente en la torre de la Avenida del Tibidabo, donde Solange seguía viviendo. En cuanto se fue el mensajero, me apresuré a abrir el misterioso paquete. Dentro encontré un bastidor con un lienzo, un bloc de dibujo, una caja de óleos, una paleta, pinceles, papeles de acuarela… Útiles de pintor, todos de marca. ¿Quién sería mi desconocido benefactor (o benefactora)? Estaba perpleja. De pronto reparé en un sobre blanco, pequeño, sobre un baldosín del suelo, debajo de mi mesa de dibujo; debía de haberse caído cuando desenvolví el paquete. ¡Por fin iba a desvelar el enigma! El sobre contenía una tarjeta de visita, que decía: «¡Ya no valen excusas!». La firmaba Juan. Entonces recordé que durante la cena del sábado, al preguntarme el juez por la obra que supuestamente le iba a mostrar esa misma noche, le informé de mal talante que no tenía nada que enseñarle, pues era pobre y carecía de dinero para pinturas, papel o lienzos. Una mentira estúpida (si que era pobre, aunque si no pintaba no era por eso), pero no quise molestarme en urdir una más airosa. ¡Y he aquí que el juez violador me regalaba un impresionante surtido de material! ¿Era una manera de pedirme perdón? ¿O debía interpretar ese obsequio como una remuneración por mis servicios físicos? En vez de dinero, lo que hubiera sido ofensivo, me pagaba con lienzos… Si el chico de la mensajería no se hubiera ido, le habría devuelto el paquete con su contenido íntegro. Pasada la sorpresa, me sobrevino la indignación. ¿Qué pretendía ese hombre: «te regalo estas cosas y pelillos a la mar»? ¿Así acallaba los remordimientos, si los tenía? Lo llamé por teléfono para insultarle, pero me salió el contestador y sólo acerté a dejar recado de que había recibido el paquete y le daba las gracias; no era en absoluto lo que quería decir, pero soy incapaz de insultar a una máquina. Después de eso, no tenía más remedio que quedarme con el regalo (lo cual, si soy sincera, no me importó).

Esa noche, Juan me llamó al móvil. No sé por qué, me sorprendió. Había decidido que su obsequio era un acto mudo de contrición y que ya nunca más volvería a verlo ni a saber de él. Quizá porque su llamada me confundió, no atiné a ser desabrida, ni le reproché su comportamiento del sábado. No sólo eso, sino que le volví a agradecer su regalo (la educación es un hábito instintivo del que no es tan fácil desprenderse; puedo imaginar al reo dando las gracias a su verdugo por ajustarle en el cuello el nudo del lazo con el que va a ahorcarle). Tanto como el hecho de que el juez me llamara, me perturbó su cordialidad. Juan hablaba como si entre nosotros no hubiera pasado nada; sólo mencionó lo bien que cenamos en el Amaya y luego me invitó al teatro. Tenía dos entradas para una representación de Macbeth, el jueves siguiente por la noche, a cargo de un afamado director de vanguardia. ¿Por qué le dije que sí? No me hubiera costado nada rechazar su ofrecimiento, sin más explicación, o con alguna excusa, si prefería seguir siendo educada. Creo que ya entonces sabía muy bien por qué accedí a acompañarle a esa obra de teatro que no me interesaba, pero no quería reconocerlo.

Al día siguiente, martes, cuando regresé de dar clase a mis piadosas alumnas del Opus Dei (algunas no tan piadosas, o en absoluto; ésas eran mis preferidas), se me ocurrió una idea: dejarlo plantado: no acudir a la cita, replicar su agresión con una grosería. Pero el jueves comprendí que sería un error. Juan difícilmente asociaría mi mala educación a su conducta del sábado, sino que llegaría a la conclusión de que yo era una desconsiderada y quizá hasta se le borrara de la conciencia cualquier atisbo de culpa. «Es una cretina», pensaría, «se lo merecía». Lo que yo tenía que hacer era ir al teatro con él y, al terminar la representación, en tono calmado pero firme, recriminarle su comportamiento del sábado, para que comprendiera que lo que me había hecho no era baladí y yo ni había perdonado, ni había olvidado. Con ese propósito me reuní con Juan a las nueve menos cuarto de la noche en la puerta del teatro. Le saludé sin acritud, le sonreí, incluso le di dos besos, pero quería pensar que algo en mi actitud revelaba mi desaprobación, mi larvado rencor. Él parecía cansado y un poco ausente.

La obra era insoportable y la culpa no era de Shakespeare. La puesta en escena era absurda; después de su encuentro con las tres brujas, Macbeth declamaba su famoso monólogo sobre una especie de andamio elevado, pero era imposible entenderle porque, debajo, en el escenario, un grupo de actores disfrazados de turistas domingueros cantaban, gritaban, escuchaban la radio y armaban tal escándalo, que no se le oía. ¿Cuál era el objeto de ese caos? Me irrité; me molestaban los chillidos y los actores competían entre sí por ver quién vociferaba más. No le veía el sentido a esa representación pretenciosa que pretendía mejorar a Shakespeare enmudeciéndolo. Lo peor era que no había entreactos; me esperaban dos horas seguidas de ruido y alaridos gratuitos. Juan, sentado a mi lado, en la tercera fila de platea, parecía absorto en la obra. De pronto, se volvió hacia mí y me susurró: «¿Nos vamos?». Desde luego, yo quería irme, pero no concebía cómo hacerlo de forma discreta, sin molestar a los otros espectadores, ni llamar la atención de los actores. La sala era pequeña y estaba atestada; era el día del estreno, había gente hasta en los pasillos. Juan echó un vistazo en derredor; se hizo cargo de la situación, se puso en pie y me dijo en voz baja: «Tú sígueme». Salimos de la sala saltando por encima de los respaldos de las sillas; dadas las circunstancias, era la vía más expedita. Nunca hubiera supuesto que un juez fuera capaz de conducirse de ese modo, pero empezaba a asimilar que Juan era un magistrado muy especial. Esa huida por las alturas me puso de buen humor; me recordó las travesuras de mi infancia. Cuando nos encontramos por fin en la calle, a la salida del teatro, recordé que ésa era la ocasión que yo había elegido para reprochar a Juan que me hubiera violado. Pero emergimos del teatro muertos de risa, unidos por la complicidad de los gamberros, de manera que cuando me propuso que fuéramos a algún sitio a picar algo, en lugar de decirle, como tenía previsto: «Juan, quiero hablarte de lo que me hiciste la otra noche», le contesté: «Vale, ¿dónde podemos ir?».

Fuimos en su Golf de color gris (¡pero yo me había jurado a mí misma que jamás volvería a subirme a ese coche!) a la Barceloneta, a comernos unos pescaditos fritos. Estuvimos dando vueltas por las calles durante algunos minutos, buscando un sitio en el que aparcar, pero no había ninguno. Finalmente, y contraviniendo todas las normas de circulación, Juan dejó el coche en un aparcamiento reservado a minusválidos. No daba crédito cuando lo vi salir cojeando.

El bar de tapas al que Juan quería llevarme estaba cerrado. Acabamos en el Port Vell, en el Merendero de la Mari, que estaba lleno de turistas sonrosados, aunque conseguimos una mesa en la terraza. Juan siguió haciendo payasadas. (Sospeché que era una estratagema para evitar que yo sacara a la conversación asuntos graves). Cuando el maître se acercó a nuestra mesa a pedirnos la comanda, Juan se dirigió a él en inglés o, mejor dicho, en una jerga ininteligible que recordaba el sonido de la lengua inglesa.

—Do you speak English? —preguntó el juez, muy serio, al maître, quien lo miró extrañado, pues, por nuestro aspecto inequívocamente latino, sin duda había supuesto que éramos españoles.

—Yes, I do, a little bit. What do you want to drink? —inquirió el hombre en un inglés pasable.

—Well —contestó Juan—, I want a splitifiskwithrocksandplosters, and the lady wants a mausandgogelsontheclisters, without ice.

El maître se quedó estupefacto.

—Sorry —se excusó el hombre, muy apurado—. I don’t understand. Can you please repeat?

No sé cómo se las apañó Juan para repetir, imperturbable, la misma jeringonza absurda. A continuación, se desarrolló una escena de sainete; el maître acudió al interior del restaurante, en busca de refuerzos, y apareció acompañado de una rubia muy peripuesta, treintañera, que no iba uniformada (debía de ser la dueña), quien se aproximó a nosotros con mucho aplomo, como diciendo «yo sí que sé inglés, ya verás cómo lo entiendo todo», pero también se tuvo que dar por vencida. Juan pronunciaba sus largas parrafadas en su lengua inventada con un aire tan inocente y, a la vez, preocupado, que ni el maître ni la rubia se atrevían a dudar de su seriedad. En un momento particularmente difícil de ese desencuentro, como para facilitar las cosas o aclarar algo, Juan les dijo, en un inglés súbitamente comprensible:

—I’m from Glasgow, you see? And the lady here is from Tipperary —añadió señalándome a mí.

Yo me llevé la servilleta a la boca para disimular la risa. Juan terminó por apiadarse del personal del restaurante y se pasó al catalán, que hablaba con un acento espantoso, volviéndome a asombrar. (Era de Calatayud y acababa de instalarse en Barcelona, procedente de Sevilla, ¿dónde había aprendido el catalán?). No obstante, el maître y la rubia agradecieron profusamente su esfuerzo por desempeñarse en la lengua local y por fin pude pedir un agua con gas, en un catalán todavía más infame que el de Juan.

Su pantomima nos obligó a seguir actuando mientras cenábamos. Los camareros pasaban de continuo por nuestro lado y la escena que habíamos protagonizado había sido tan notoria, que a esas alturas ningún empleado del restaurante desconocía que éramos dos ingleses incomprensibles, que chapurreaban el catalán. Así que hablábamos entre nosotros en castellano, a media voz, y, cuando se acercaba algún camarero, nos callábamos o nos dedicábamos a intercambiar sinsentidos en ese galimatías indescifrable que yo procuraba imitar. Me estaba divirtiendo muy a mi pesar. Quería mostrarme enfadada con Juan, reivindicativa y dolida, pero en esas circunstancias me sentí incapaz. Una planifica hasta el menor detalle el desarrollo de una conversación en la intimidad de su cuarto: «le diré esto, aquello y lo de más allá, entonces él me replicará, pero yo le contestaré, y él se quedará con la boca abierta, sin saber qué decir…», y de ese modo una resuelve la difícil entrevista en su cabeza, pero a la hora de la verdad, la imprevisible realidad se interpone y es una la que se queda muda, sin saber qué decir y con la boca abierta. No obstante, cuando ya habíamos dado cuenta del segundo plato, en un momento en que Juan pareció recuperar el aire abstraído con que me había recibido esa noche, la vista fija en algún punto del paseo que daba al muelle —que yo no podía ver, porque mi silla estaba encarada al interior del restaurante—, me sobrepuse y empecé a decir, con cierta timidez:

—Juan, quiero hablar contigo de lo que pasó el sába… —No pude terminar mi frase porque el juez no se quedó a escucharla. Se levantó de la silla, dejó la servilleta sobre la mesa y se dirigió al muelle a grandes zancadas.

Me quedé estupefacta. «¡Qué hijo de puta!», pensé. «¿Tendrá valor…?». Se me ocurría sacar a colación aquel espinoso incidente y el tío se iba, así, sin más… Pero no fue lejos. Los bajos de la fachada del Palau de Mar, que está orientada al puerto deportivo del Port Vell, se hallan ocupados en su integridad por varios restaurantes, con amplias terrazas, alineados a lo largo del muelle uno junto al otro y separados entre sí sólo por vallas o setos de arbustos. Nosotros estábamos cenando en el último restaurante, bajando por el muelle, a mano derecha. Juan se había detenido frente al restaurante continuo, el penúltimo, del que nos separaba el arco de un soportal del palacio. Allí se estaba desarrollando un altercado. Pese a que era de noche, las luces de las terrazas de los restaurantes y las farolas del paseo marítimo permitían distinguir con suficiente claridad la escena. Tres camareros del restaurante de al lado se habían enzarzado en una discusión con dos niños mendigos. En realidad, no estaban discutiendo nada; tenían cogidos a los niños por el cuello de sus camisetas y les estaban increpando. Yo no podía ver la cara de los niños, que me daban la espalda, aunque por su aspecto presumí que serían dos gitanillos rumanos, de esos que proliferan por la ciudad desde hace unos años. Los camareros gritaban encolerizados. Hasta mi mesa llegaban sus amenazas. «¿Será cabrón el capullo este? ¡Dice que no se ha llevado nada! ¡Como no me des lo que has cogido de la mesa, te parto la cara, fíjate lo que te digo!», le advertía a uno de los niños el camarero que lo tenía prisionero, un hombre rechoncho y calvo, con unas gafas que, de la furia y la indignación, se le habían descabalgado hasta la punta de la nariz. El niño respondió algo, se defendió con una voz aguda y quejosa, parecía a punto de llorar. Fue entonces cuando Juan, que se había detenido a muy poca distancia, observándolos, decidió intervenir. En pocos segundos su voz calmosa y autoritaria se impuso a las demás. No pude entender lo que decía porque él, a diferencia de los hombres, no gritaba. Uno de los camareros de nuestro restaurante, quien, las piernas abiertas y los brazos en jarras, se había plantado cerca de mi mesa para contemplar el rifirrafe, exclamó sorprendido:

—¿Pero ese hombre no era inglés?

Volví la cara, avergonzada, y hundí la vista en el mantel; no la alcé hasta que regresó Juan. Venía de un humor sombrío. Infundía respeto, pese a que en el forcejeo con los camareros se le había salido la camisa del pantalón y traía el pelo revuelto, un mechón oscuro cayéndole sobre la frente. Con sus casi dos metros de estatura, tenía un aspecto tan imponente, que el camarero, al traernos la cuenta, no se atrevió a mencionar la bromita del inglés. Pagamos (bueno, pagó Juan: siempre pagaba él) y nos fuimos. Bajamos caminando por el Passeig Joan de Borbó, bordeando el muelle. Ya no me acordaba de la seria conversación que teníamos pendiente, sólo quería saber lo que había sucedido en el alboroto del restaurante. Juan me lo contó casi a regañadientes (no tenía ganas de hablar, volvía a estar taciturno, pero yo puedo ser muy insistente). Al parecer, los niños mendigos (que en efecto, eran rumanos, como yo había presumido) se habían apoderado de las propinas que habían dejado al marcharse los clientes sobre las mesas del restaurante, o de eso los acusaban los camareros, que estaban —comprensiblemente— furiosos con ellos. «Si hubieran podido, los habrían linchado», me dijo Juan, «¡qué energúmenos!». Los niños negaban haberse apropiado de ningún dinero y los camareros les exigían la devolución de las propinas, so pena de darles una tunda o de avisar a los Mossos d’Esquadra (tuvieron el detalle de dejar elegir a los niños). Juan apaciguó los ánimos, consiguió que los camareros liberaran a los chavales y resolvió el incidente, ofreciendo veinte euros a cada niño a cambio de que devolvieran las propinas, cosa que ellos se apresuraron a hacer (el monto de las propinas que accedieron retornar era muy inferior al soborno de Juan). Los camareros se dieron por satisfechos y dejaron ir a los dos chicos. Fin de la historia. Yo me indigné.

—¿Pero cómo se te ha ocurrido darles dinero a los niños, después de lo que han hecho? —recriminé a Juan. Me parecía escandaloso que un juez de menores obrara de una forma tan poco edificante con esos raterillos.

Juan me sonrió y me pasó un brazo por el hombro, pero enseguida lo retiró, como si se hubiera percatado de que no tenía derecho a eso o de que no era procedente. Me sugirió que nos sentáramos sobre una de las gradas del paseo que se abren al mar y, así acomodados, me dijo:

—Ha sido para quitarme trabajo y no tener que verme con esos chavales mañana por la mañana en el juzgado.

Fue tal mi estupor ante su respuesta, que se apresuró a tranquilizarme.

—Lo digo en broma, no es por eso —me aseguró, todavía sonriente—. Para empezar, esos niños aún no tienen catorce años, carezco de jurisdicción sobre ellos.

Entonces me expuso una teoría muy peculiar sobre la justicia, la pobreza y los mendigos rumanos. Me explicó que esos niños, aunque faltos de educación en el sentido tradicional del término, porque sus padres no los escolarizaban y, si las autoridades los obligaban a ello, no duraban ni dos días en el colegio, sí tenían un oficio: el pillaje y la mendicidad. Sus padres y, en general, los adultos de su comunidad los adiestraban para ello casi desde que empezaban a caminar. A la edad de los chavales del restaurante, de unos once o doce años, ya tenían que ser autosuficientes, es decir: se debían alimentar por sus propios medios y, por la noche, al regresar a su casa (si tenían una), debían contribuir a la economía familiar con sus ingresos del día, casi siempre procedentes del hurto en el caso de los varones, pues por alguna razón, la gente está más dispuesta a dar dinero a una niña mendiga que a un niño. Si volvían a sus casas de vacío, los chicos se exponían a una paliza de manos de los adultos, a no cenar, o a tener que salir a la calle de nuevo y reanudar su vagabundeo hasta conseguir algún botín.

Razonó que, en un mundo ideal, el estado debería de integrar en la sociedad a esa comunidad marginada, así como de transformar a sus miembros en hombres y mujeres de provecho, apartándolos de la mendicidad, la delincuencia y la vida nómada, pero eso que, en principio, parecía factible, era muy difícil: la comunidad romaní no carecía de normas o ética, simplemente, tenía unas distintas, e imponerles nuestra moral y nuestras leyes contra su voluntad, era poco menos que imposible.

—Lo más que pueden hacer el estado y sus instituciones para resolver ese problema, es complicarle tanto la vida a esta gente con multas, desalojos y detenciones, que terminen por decidir cambiar de aires y seguir en otra ciudad europea su vida nómada. Se trata de sacárnoslos de encima, como el perro que se rasca las pulgas, así están las cosas —dijo con pesimismo—. No está en mi mano cambiarles la vida, pero sí puedo conseguir que esta noche esos chicos no vuelvan a casa con un ojo morado, por un puñetazo de un camarero, e impedir que se los lleven en su camioneta los Mossos d’Esquadra. Estoy contento de lo que he hecho, no me arrepiento, pero si se enterara un colega de profesión, me cortaría el cuello —confesó el juez, sonriéndome de nuevo.

Yo lo escuchaba y pensé, «¡qué hombre más bueno, cómo se preocupa por esos pobres niños!», pero a continuación recordé que me había violado.

Se había levantado una leve brisa y sentí frío. Ya era tarde, debían de ser por lo menos las doce de la noche. Decidí que era hora de retirarme, al día siguiente tenía que madrugar para ir a dar mis clases. Me opuse a que Juan me acompañara a casa, pero él era incluso más tozudo que yo. Yo no quería que me llevara en su coche al estudio, por si se le ocurría violarme de nuevo, aunque no me atreví a manifestarlo, me pareció que hubiera resultado muy grosero. (Ahora que lo recuerdo, se me antoja increíble que yo anduviera con tantos miramientos después de lo que él me había hecho). De modo que, recelosa y con miedo, permití que me condujera hasta casa. No me violó esa vez, ni siquiera lo intentó; detuvo el coche delante del edificio de mi estudio, en la calle Joaquín Costa, y se despidió de mí con un casto beso en la mejilla, eso fue todo.

Aunque no había tomado café después de cenar, la charla al aire fresco me había desvelado. Me metí en la cama por disciplina, a sabiendas de que me iba a costar coger el sueño. No sabía qué pensar de Juan, era un hombre sorprendente. De un lado, era un violador; de otro, un benefactor de niños desamparados. Al juzgar a los demás, quizá por comodidad, tendemos a los juicios absolutos. «Ése es un cabrón», «aquélla es buenaza», «Toni es un envidioso», «Soledad es una amargada», cuando lo cierto es que la naturaleza humana es harto más compleja y se resiste a las simplificaciones. Probablemente, sería mucho más cercano a la verdad decir: «Toni es un envidioso y un pedazo de egoísta; sin embargo, quiere mucho a sus hijos, daría por ellos la vida. Te engaña a la que puede, aunque, si se tercia, empeñará por ti hasta la camisa», pero la ética cristiana nos ha acostumbrado al maniqueísmo, a las clasificaciones duales: blanco o negro, bueno o malo, cuando la realidad es más bien gris, las personas alternativamente obran (obramos) bien, mal o regular, son (somos) capaces de actos excelsos, de sacrificio o desinterés extremados y también, en según qué circunstancias, de los crímenes más atroces, pero esa ambigüedad nos desconcierta, no sabemos a qué atenernos. «Pero bueno», protestamos con irritación, «¿ese tal Toni es un hijoputa o un buen tío, en qué quedamos?», lo cual viene a significar, «¿cómo debo comportarme con él, con el recelo y la desconfianza que merece un depravado, o con la franqueza y la amistad a que es acreedor el hombre generoso?». Esa incertidumbre nos paraliza. Quizá sea un atavismo, el reflejo heredado del hombre cazador, quien debía decidir de una ojeada si el animal que se le aproximaba era o no peligroso, no se podía permitir dilaciones o disquisiciones sutiles del tipo: «El león es una fiera que suele ser agresiva, ahora bien, si está recién follado y bien comido, puede resultar inofensivo e incluso cariñoso»; no, el cazador prehistórico que avizoraba un león en un altozano, echaba a correr hacia su poblado sin pararse a pensar de qué humor estaría esa mañana el rey de las bestias. (Es sólo una conjetura mía). Por eso Juan me tenía perpleja. ¿Era bueno o malo? ¿Se puede ser a la vez bueno y malo? ¿Por qué me había violado la noche del sábado y, en cambio, esa noche se había comportado conmigo con el respeto exquisito de un novio a la antigua? Me sentía perpleja y confundida, tumbada sobre la cama con los ojos abiertos, esa misma cama en la que él me había forzado, incapaz de resolver ese dilema, reacia a admitir que, muy a mi pesar y contra todos mis principios, Juan me intrigaba y me atraía y quería volver a verlo.