Corazón de napalm
Capítulo 15
No me acuerdo de cómo llegué a mi estudio. No sé si descendí a pie por la Rambla de Catalunya y continué por la de Canaletes, como había hecho en otras ocasiones, o si cogí un autobús o el metro. De pronto, me encontré en casa, sentada en mi cama, con la foto de Juan y su madre en la mano, mirándola. Me la había llevado del piso del juez sin darme cuenta. Pensé, «mañana se la devuelvo», pero enseguida rechacé la idea, no quería volver a verlo. Lo supe en cuanto estuve en mi estudio, en mi territorio, salvada, como en esos juegos infantiles en los que corres peligro de ser capturado por el enemigo, hasta que logras regresar a esa zona en la que quedas libre de su alcance y, como cuando era niña y conseguía «salvarme», mi corazón dejó de palpitar salvajemente y, poco a poco, volví a respirar de forma pausada. Pero tenía que hacer más cosas para estar del todo a salvo. Reuní los regalos recibidos de Juan: el bastidor; los lienzos; los cuadernos de dibujo; un colgante de plata, muy bonito, del que me encapriché al verlo en un escaparate de una tienda del Born; una minifalda que Juan me compró por sorpresa, que no era de mi talla, no me gustaba y sólo me ponía para complacerle; una plancha a vapor (Juan se apiadó de mí la noche que le notifiqué, consternada, que se me había muerto la plancha); una cafetera de café exprés, de esas modernas que funcionan con cápsulas… ¡Juan me había regalado un montón de cosas en las pocas semanas que llevábamos viéndonos! Era un hombre generoso. Yo, en cambio, no le había regalado nada. Para su cumpleaños, a finales de agosto, proyectaba tener terminado su retrato y ofrecérselo; ahora eso había cambiado. Introduje los obsequios de Juan en el carrito de la compra y lo bajé, con trabajo, por las escaleras. Abandoné los regalos junto al contenedor de la esquina. Alguien los aprovecharía, estaban casi nuevos.
A la vuelta me duché, no sólo porque el trasiego del carrito repleto me había hecho sudar: quería limpiarme a conciencia de todo residuo de Juan. Me froté el cuerpo insistentemente con un guante de crin, que me dejó la piel colorada y escocida. Veía mis pezones y pensaba: «Él los ha besado, los ha acariciado con las mismas manos con las que ahogó al bebé». Sentí náuseas, vértigo y asco, asco de mí misma; si hubiera podido prescindir de ellos, me hubiera cortado los pechos, me habría arrancado a tiras la piel del vientre que él había tocado… El contacto de un asesino contamina, ¿el crimen se contagia? Me entró esa obsesión. Al salir de la ducha, envuelta en mi albornoz, me persigné cien veces seguidas delante del espejo del baño, hasta que sentí dolor en el hombro. Era un conjuro purificador que improvisé, una especie de ceremonia de desinfección. Un psicólogo diría que incurrí en pensamientos mágicos, rituales propios de una obsesiva. Pero a mí me sirvieron. No tenían sentido ni explicación desde una perspectiva racional, pero ¿qué seguridad tenemos de que el mundo, el universo, estén regidos por la razón? Ninguna. De nuevo en el estudio, me percaté de que no había expurgado mi entorno de todo rastro de Juan: quedaba su retrato. Era un lienzo grande, que tenía apoyado contra la pared, junto a otros cuadros inacabados. Lo saqué de su escondite, evité mirarlo, y con el cuchillo más grande que tenía en la cocina, lo rompí, lo descuarticé con saña, a grandes tajos. Sólo entonces me sentí del todo indemne.
Lo que más me sublevaba de Juan era que hubiera pretendido casarse conmigo, formar una familia, tener una niña (¿para sustituir a la que había matado? ¿Era ésa su ecuación, me llevo una pero pongo otra en su lugar y aquí no ha pasado nada, todo queda igual?), que hubiera aspirado a llevar una vida normal, a ser feliz incluso, como si tuviera derecho a ello… Y no lo tenía, no después de lo que había hecho. Así veía yo las cosas: el que la hace, la paga; el criminal ha de purgar su crimen; el asesino debe pudrirse en la cárcel y, tras cumplir su condena, ha de soportar el resto de su vida el sambenito, el baldón, el reproche público. Si vive, ha de ser con amargura, no le corresponde sonreír ni dormir tranquilo. Desde que Dios murió, no existe el perdón. Fue algo que descubrí al poco tiempo de volverme atea. Sin Dios, no hay redención posible, la culpa ya no desaparece y se borra para siempre con una confesión sincera, dos padres nuestros y tres avemarías, sino que queda, como una sombra o un poso muy negro, un residuo maloliente que te emponzoña la conciencia y se adhiere a los recuerdos. Ni siquiera las buenas intenciones sirven de descargo o atenuante de una mala acción, que ha dañado a alguien. «Yo no quise hacerlo, fue un accidente», o «no era consciente de lo que hacía, no me paré a pensarlo, fue un acto impulsivo, pero ahora me arrepiento»; el remordimiento carece de objeto si no hay un Dios para apreciarlo, es una angustia inútil: las consecuencias de nuestros desmanes nos acompañarán toda la vida, como un permanente reproche. Por eso hay que andar con pies de plomo, reflexionar bien antes del acto, preguntarse; ¿lamentaré más tarde lo que voy a hacer? ¿Podré perdonármelo?
Supuse que Juan buscaba redimirse con su trabajo, procurando evitar que cometieran sus errores y repitieran su destino los niños y niñas delincuentes que recalaban en su juzgado, haciendo el bien, como dicen los cristianos. Pero sus buenas acciones no iban a resucitar a la niña.
Al día siguiente, fui a la peluquería y me corté el pelo, la melena ondulada color caoba (eso decía mi peluquera) que me acompañaba desde que tenía recuerdo. No contenta con eso, me teñí de rubia, un rubio platino que, según Cheles, no le iba a mi cara en absoluto. «Chica, pareces un pollo. Pero no te preocupes, el pelo volverá a crecerte», me dijo, siempre tan sincera, en cuanto me exhibí con mi nuevo look. Yo no me veía ni fea ni guapa, sólo rara, distinta, y eso era lo que buscaba, cambiar mi aspecto, mirarme al espejo y no reconocerme, para no parecerme más a la madre de Juan. Una superstición particular me había inducido el temor de que, por asemejarme a ella, iba a compartir o heredar su destino, su indudable mala suerte. Cosas mías, obsesiones, parezco un pollo pero estoy tranquila.
Lo que más me desasosegaba era que Juan intentara ponerse en contacto conmigo, que me llamara por teléfono o se presentara en mi casa. Al fin y al cabo, pese a la agria discusión, no habíamos roto formalmente. Temí que él supusiera que nuestra relación seguía intacta y no quería verlo ni para enmendar su error. Sí volvía a encontrarme con él, no sería capaz de hablarle o mirarle a los ojos. Deseaba borrarlo para siempre de mí vida. Puede que fuera un acto de cobardía, pero me cambié de teléfono móvil y tiré el viejo, para que Juan no pudiera localizarme. Aunque eso no bastaba; tenía que poner distancia entre los dos y lo hice. Que hubiera llegado el mes de agosto facilitó las cosas; mis padres alquilaron una casita en un pueblo del valle de Hecho, en el Pirineo aragonés (a mi padre no le gustan la playa, ni el mar, sospecho que porque no sabe nadar) y fui a pasar las vacaciones con ellos. Mis padres son grandes excursionistas (o lo fueron; se han hecho mayores, se cansan, aguantan menos) y les gusta caminar por el monte, ir de pueblo en pueblo, recorrer senderos. Mi idea era acompañarles en sus paseos, pero la misma tarde del día que llegamos, me torcí el tobillo yendo al colmado, lo que me obligó a quedarme en casa, mientras mis padres salían de excursión todas las mañanas, después del desayuno, para regresar a la caída del sol.
Había llevado conmigo mis aperos de pintora, los que me había comprado con dinero que me prestó mi padre, después de tirar a la basura los que me regaló Juan. (Por primera vez en mi vida, tuve mala conciencia al darle un sablazo a mi padre; eso se lo debía a Juan, él había conseguido que me sintiera culpable por depender de mis padres). Aprovechando el entorno que me ofrecía el bajo Pirineo, proyectaba pintar paisajes, algo que nunca había hecho. Pero mi forzosa reclusión me obligó a cambiar de planes. Podía dedicarme a la lectura (mí padre había acarreado un montón de libros, no en vano había sido profesor de literatura y lengua), pero leer, al cabo de un rato, me aburre. La noche anterior a mi partida había cenado con mi amigo Juan Carlos, un artista especializado en vídeos e instalaciones. Acababa de regresar de una bienal de arte en Río de Janeiro (le invitaban a exponer en unos sitios increíbles, lo que me daba mucha envidia) y durante la cena se me quejó con amargura de la mala época que estaba atravesando el arte conceptual. El arte, como la ropa, depende de las modas, y la pintura, que durante una década había sido la cenicienta, volvía con fuerza. Ya nadie quería instalaciones. El arte contemporáneo chino hacía furor. Nombres como Liu Zheng, Weng Fen, Hon Hao o Shi Xinning eran los que se llevaban el gato al agua. Yo lo compadecí con secreto regocijo; ahora él también iba a saber lo que eran las vacas flacas. Por alguna misteriosa razón, las paredes de la sala del chalet de montaña que mis padres habían alquilado, estaban decoradas con platos y motivos chinos, lo que me hizo acordarme de la conversación con mi amigo. Y para entretenerme y pasar el rato, me puse a pintar falsos cuadros chinos o parodias chinescas, con un toque pornográfico.
El primer óleo que pinté representaba a una anciana china, la típica mujer de cara redonda, ojos como rendijas y expresión hierática, el rostro embadurnado de polvos de arroz, el pelo blanco, recogido en moño, erizado de agujas, que adorna las litografías y los cuadros kitschs de los restaurantes chinos de cualquier ciudad europea. En la mano derecha le puse a la vieja un vibrador en forma de pene de plástico, de un muy logrado color carne. De fondo, un bucólico paisaje chino, con un valle, un puente y un riachuelo. El efecto era chocante. Me pareció una broma divertida y reincidí. En el siguiente lienzo, la anciana llevaba puesto un corsé negro de cuero, con toda la impedimenta sadomasoquista, e iba armada con un látigo. Perpetré otras tres chinerías libidinosas, que me cuidé mucho de mostrar a mis padres (a mi madre, que se tiene por mujer à la page, la habrían escandalizado), y a mi regreso a Barcelona, se las enseñé a Juan Carlos. Le entusiasmaron. Le gustaron tanto que incluso me piqué; cuando había sometido a su criterio mi otro trabajo, el artístico, el serio, su apreciación había sido más tibia, por no decir circunspecta. Decidió llevar la broma hasta sus últimas consecuencias. Ofreció mis engendros a la galería on line de Saatchi, el famoso mecenas londinense a quien mi amigo culpaba de sus desdichas, pues fue Saatchi quien empezó a comprar arte chino contemporáneo de forma compulsiva. Nos inventamos una artista china llamada Wu Chao, nombre de una concubina del siglo VI, una especie de Lady Macbeth china, quien, tras desembarazarse de la esposa oficial y la primera concubina del emperador (ella era la segunda), terminó sus días como emperatriz absoluta de China; el suyo fue un reinado tiránico y despiadado, sembrado de ejecuciones sumarias y asesinatos sangrientos, que duró cuarenta y cinco años. La primera sorpresa que tuvimos fue la admisión inmediata de la obra de Wu Chao en la galería virtual de Saatchi. El siguiente sobresalto fue la compra de dos cuadros de Wu Chao por un anónimo coleccionista londinense, quien quería a toda costa el tercer lienzo, pero no pude vendérselo, porque me quedaría sin obra. Para vestir nuestro montaje y como broma final, Juan Carlos había puesto un precio descabellado a las pinturas de Wu Chao. La del vibrador la valoramos en 6.000 euros; la sadomasoquista, en 7.500, porque era más elaborada. De repente, me vi nadando en la abundancia, nunca había tenido tanto dinero. Y todo por una broma, sin apenas esfuerzo… Recibí correos electrónicos de la galería reclamando más obra, tenían varios clientes muy interesados. En dos semanas dejé listos seis cuadros; por falta de imaginación (o de tiempo para desarrollarla), en los seis representé al mismo personaje, la abuela china con atuendo típico, y la situé en escenas subidas de tono, con contenido erótico o claramente pornográfico. Tuvieron mucho éxito, desaparecieron en cuestión de días. Juan Carlos aún estaba más perplejo que yo; mira por dónde, se invertían las tornas, ahora le tocaba a él pasar envidia y a mí, ser envidiada. Pero no me sentía satisfecha, sino incómoda, esos cuadros me parecían una porquería, no podía en modo alguno enorgullecerme de ser su autora. Y, a los ojos del público, no lo era. Parecía una maldición, las únicas pinturas de mi mano que eran bien recibidas, eran las firmadas por otro: Maristany, en mi período de abstracción geométrica; la inexistente Wu Chao, en mi fase figurativa china… La falta de consistencia de Wu Chao era un problema, porque a Maristany, hasta que murió, se le podía llevar a vernissages y exposiciones, se le podía fotografiar e incluso entrevistar, pero Wu Chao era una entelequia y eso me preocupaba. ¿Podrían acusarme de falsificación o estafa los compradores de óleos de Wu Chao, cuando se descubriera la impostura? No sabía qué hacer; me sentí tentada de pararlo todo, matar a Wu Chao, hacerla desaparecer, pero, por otro lado, era una mina de oro, gracias a ella me estaba forrando… Juan Carlos me dijo que necesitaba un marchante; coincidí con él. Dadas las peculiaridades del asunto, tenía que buscar un marchante poco al uso o familiarizado con situaciones turbias o irregulares: Turpin era mi hombre.
Fui a visitarlo. Le conté la historia, le mostré los últimos cuadros de Wu Chao. Me contrató al instante. Me dijo que lo que estaba haciendo era revolucionario, que era la pintora china contemporánea más interesante que conocía.
—Eres un bombazo —me aseguró—. Llegarás muy lejos.
Puesto que no parecía advertir la complicación que suponía que la supuesta autora de esos cuadros, la china Wu Chao, llevara muerta mil cuatrocientos años, se lo puse de manifiesto. Se desconcertó. Abrió mucho los ojos detrás de las gafas de montura blanca, que ese día volvía a llevar (¿se habría reconciliado con Solange?), parpadeó varias veces, como si se le hubiera metido algo en el ojo y le molestara y, sin venir a cuento, dio una fuerte palmada con las manos que me hizo dar un respingo.
—Eso —dijo—, es lo mejor.
—Le da al asunto un toque posmoderno genial —aclaró a continuación.
Me expuso su plan; continuar filtrando al mercado, durante una temporada, cuadros de la misteriosa Wu Chao. Alimentar su enigma, hacer crecer la expectación, que la gente «que cuenta» en el mundo del arte se preguntara: «¿Quién es Wu Chao? ¿De dónde sale? ¿Qué cara tiene?», y, cuando la situación estuviera madura, anunciar a bombo y platillo una gran exposición inaugural de Wu Chao en Shangai.
—Pero ¿y Wu Chao? —le pregunté, todavía intranquila.
—Tú eres Wu Chao —me respondió—. Si hay españoles de raza china, no veo por qué no puede haber una china de Valladolid.
—Elaboraremos el personaje —me dijo—. Te cambiaremos la imagen. El día de la inauguración aparecerás vestida como una cortesana china del siglo XVIII, con toda la parafernalia, kimono de seda incluido o como se llame ese ropaje que llevaban las chinas de otros tiempos. Darás que hablar. Se desencadenará la polémica. ¿Puede una occidental hacer pintura china? ¿Qué determina la nacionalidad de la pintura, la identidad artística? Cuanto más ruido, mejor; más interés despertarás y más subirá tu cotización. Por supuesto, habrá que arropar todo esto con un discurso estético…
—¿Un discurso estético? —me alarmé.
—No te preocupes, yo me haré cargo de eso, tú dedícate a pintar, vamos a necesitar mucha obra. ¿Tienes problemas de dinero? ¿Precisas algún adelanto?
Empecé a comprender para qué sirven los marchantes.
De eso hace unos meses. Ya estamos en marzo del año 2007. Los cuadros de Wu Chao se siguen vendiendo bien, pero Turpin insiste en dosificarlos, no quiere saturar el mercado. De cada tres cuadros que pinto (un lienzo me lleva como mucho un par de días), me reservo dos para la exposición de Shangai, que Turpin quiere programar para principios de 2008. Estoy tan boyante, que he podido dejar las clases de dibujo del colegio del Opus y he alquilado un piso de ochenta metros cuadrados en la calle Bailén; conservo el estudio, pero sólo como lugar de trabajo. No estoy acostumbrada a tener dinero y me cuesta gastarlo; como dice Cheles, soy de la Virgen del Puño. Hace unas semanas, mi madre me comentó que se le había estropeado la nevera y me di el gustazo de comprarle una combi fantástica por Internet, sin decirle nada. El día que se la entregaron, mi madre quiso devolverla, creyendo que era un error. Cuando le aseguré que no, aún se preocupó más. «¿Pero de dónde sacas tanto dinero? ¿Ya comes? No quiero que te prives de nada por hacerme regalos».
Le gusta sufrir, no sabe vivir de otra manera. No se acaba de creer que obtenga ingresos por la venta de mis cuadros, creo que sospecha que me estoy prostituyendo, o me dedico al narcotráfico, o algo similar. Por recomendación de Turpin (vuelven a ser buenos amigos), Solange ha comprado uno de mis últimos lienzos. Llegó a un acuerdo con los hijos del maestro en el litigio sobre su herencia y ahora que es una viuda acomodada, ha decidido dedicarse al coleccionismo. Mi óleo Sodoma en Beijing es una de sus primeras adquisiciones. Fiel al pacto que tiene conmigo, Turpin no le ha revelado que la autora del cuadro, Wu Chao, soy yo. Me encanta la idea de tenerla engañada.
Resulta paradójico; durante años soñaba con poder emplear todo mi tiempo en el desarrollo de mi gran afición, la pintura, y ahora que no sólo puedo, sino que debo hacerlo, me da pereza, no tengo ganas: pintar para mí se ha convertido en un trabajo, un medio de ganarme la vida, de nueve de la mañana a ocho de la tarde, de lunes a viernes, como cualquier currante.
Intenté dar un poco de variedad a la obra de Wu Chao, introducir elementos nuevos: pinté un bodegón chino, sin ninguna figura humana. Fue el cuadro que me costó más esfuerzo y del que más satisfecha me hallo (no puedes ponerle ojos rasgados a una manzana, para remarcar su origen chino; la mirada oriental sobre un objeto debe evocarse de una forma más sofisticada), pero Turpin lo rechazó: me dijo que debo hacerme una imagen de marca, que el público ha de identificar a Wu Chao con sus abuelas lascivas, del mismo modo que reconoce a Botero por sus gordas. ¡Pero a mí me horrorizan las mujeres obesas de Botero! Me parece una condena verme obligada a reproducir hasta el hastío a mí vieja china maquillada en un contexto lúbrico. ¡Qué le voy a hacer! Es trabajo; todos los trabajos acaban por volverse monótonos, supongo.
Hará un par de meses, poco después de Navidad, quedé con Cheles para ir al cine. Para mi alivio, el contratiempo de La Innovación apenas afectó a mi amiga. Profirió dos o tres interjecciones, dirigidas a María, y pronto se olvidó del asunto. Vive en el presente, como todas las personas prácticas. Está preñada, de tres meses. En mayo cumplirá treinta y nueve años y, por aquello del reloj biológico, decidió que no podía demorarlo más. Se quedó embarazada de un noviete joven, un encargado de seguridad de conciertos, que colaboraba con su empresa y al que se ligó para que le hiciera de garañón, con esa frialdad y esa premeditación. En cuanto confirmó el embarazo, rompió toda relación con él, también la profesional, para que el chico no se maliciara que iba a ser padre. Cheles no tiene ganas de compartir la patria potestad de su futuro hijo con nadie. Yo le he reprochado su comportamiento, usar a un hombre de semental contra su voluntad, me parece, no sé si inmoral, pero si poco considerado, poco ético.
—Haberse puesto un condón si no quería que tuviera consecuencias —aduce mi amiga con su despiadado sentido común. Yo seré la madrina de su hijo. (Sospecho que mi reciente buena fortuna fea influido en mi nombramiento).
La película que íbamos a ver aquel día era María Antonieta de Sofia Coppola, La daban en el Boliche en versión original. Yo prefiero ver las películas dobladas, leer los subtítulos me distrae y me hace perder el hilo, pero Cheles, que es una snob, tiene por norma ver las versiones originales, de modo que con ella siempre acabo en pequeñas salas de arte y ensayo, con asientos estrechos e incómodos.
Era un domingo por la tarde y había mucha cola ante la taquilla. A los pocos minutos de unirnos a la muchedumbre, apareció Pilar, la ex mujer de Juan, con una amiga. Era tal la proximidad (éramos eslabones contiguos en la cola), que no tuvimos más remedio que saludarnos, aunque no nos tuviéramos gran aprecio la una a la otra. Tras intercambiar las banalidades de rigor, le pregunté, con falsa indiferencia:
—¿Y Juan? ¿Cómo está? ¿Se ha ido ya a Melilla?
Me miró con asombro.
—¿Pero no lo sabes? Juan murió este verano.
Me quedé helada. La noticia me impresionó mucho más de lo que hubiera imaginado. Las rodillas me temblaban, me entró un sudor frío. Pilar me explicó que a finales de agosto, apenas un mes después de nuestro último encuentro, Juan se estrelló con su coche contra un árbol, en una carretera secundaria de Los Monegros. Era un accidente raro, me dijo, porque había sucedido en una recta muy larga y a una hora en que no había ningún tráfico. A juicio de Pilar, Juan debió de dormirse o sufrir un desfallecimiento que le hizo perder el control del coche, el cual se salió de la carretera, con tan mala fortuna que impactó contra el único árbol que debía haber en ese trecho, aquélla era una zona muy árida, sin casi vegetación. Y había buena visibilidad, añadió Pilar, eran las doce del mediodía de un día sin nubes.
—La última vez que hablé con él, me dijo que apenas dormía —comentó Pilar—. Sufría mucho insomnio por el calor y…, bueno, los problemas. —Y por el tono que empleó y la forma en que lo dijo, comprendí que, para Pilar, el principal problema de Juan era yo. Yo era la culpable de ese insomnio que, al inducirle sopor a deshoras, llevó a Juan a la muerte, pues lo que le quitaba el sueño a su ex marido, presumía Pilar, era mi abandono. ¡Qué equivocada estaba! Juan nunca me quiso a mí, sino al remedo de su madre que veía en mi rostro; estaba enamorado de un recuerdo. Yo no le rompí el corazón, se le rompió él solito hacía muchos años, por una imprudencia cometida de niño. ¿Estaría Pilar al corriente de aquello? ¿Se lo habría contado Juan? Lo dudaba y lo dudo. Juan sabía guardar los secretos, sobre todo ése tan comprometido. Conmigo se desahogó porque estaba borracho y, sin querer, yo lo provoqué. Por más enamorada que estuviera Pilar de su ex marido, era una mujer demasiado recta, como para compartir su vida con un asesino impune, de forma consciente. Al fin y al cabo, era una representante de la ley y el orden.
Dejé a Cheles plantada en el cine, con nuestras entradas en la mano, para su indignación.
—¿Cómo que no quieres entrar en la sala? ¡Pero si eres tú la que estaba empeñada en ver María Antonieta! ¿Y ahora qué hago con tu entrada?
—Regálasela a alguien —le dije y me fui, sin más explicaciones.
Estuve un rato deambulando por el antiguo barrio de Juan, caminando sin rumbo por esas calles que durante un mes y medio frecuenté por él. Los domingos por la tarde Barcelona está vacía, la gente se mete en sus casas, aprovechando las últimas horas de asueto, preparándose o mentalizándose para el caos y la vorágine del lunes. Pasé por delante del edificio donde Juan tenía su apartamento, en la calle Muntaner, entre París y Córcega. Su piso era interior, no daba a la fachada, sino al patio de manzana. ¿Tendría un nuevo ocupante? Ya habían pasado varios meses desde su muerte, era lo más probable. ¿Qué haría Juan en Los Monegros un mediodía de agosto? ¿Adónde iba? Pero ésa era una pregunta vana y yo lo sabía. No se dirigía a ninguna parte o, mejor dicho, iba buscando un árbol contra el que estrellarse. Y la culpa era mía. Pilar no andaba desencaminada. ¿Por qué le dije a Juan que su madre se había suicidado? Para hacerle daño. Porque me indignaba que no lo supiera, que se lo hubieran ahorrado. El criminal debe conocer las consecuencias de sus actos, todas, hasta las más horrendas, para hacerse cargo del daño que ha hecho, es parte intrínseca del castigo, de la condena. Eso pensaba yo entonces. No me hubiera costado nada callarme, dejarlo en la ignorancia. El que la hace la paga. Pues bien, Juan ya había pagado con su vida la muerte de la niña. ¿Y yo? ¿Cómo iba a pagar la muerte de Juan? ¿Podría, podré, perdonármela? ¡Mi maldita lengua larga! Agudiza mi mala conciencia pensar que durante esas semanas en que rumió su suicidio, Juan tal vez me buscó, quiso hablar conmigo… Yo estaba missing para él, a propósito. Me consideraba demasiado pura, demasiado íntegra para tratar con asesinos. Y también me sentía despechada, burlada por sus mentiras. ¡Qué estúpido y cruel puede ser el rencor! En ocasiones me digo que quizá las causantes del suicidio de Juan (porque sobre eso no me cabe la menor duda), fueron las cartas perdidas de su madre, esas que aquélla le mandó desde la cárcel y que, cuando yo lo dejé aquella tarde, él aún no había leído. Y eso me consuela, pero no por mucho tiempo. Ahora soy yo la que sufro de insomnio, se me ha contagiado (sí, el insomnio se contagia, aunque no me crean los psiquiatras). Una noche me desperté de madrugada, ahogándome. Fue muy angustioso. No podía respirar, mi garganta estaba cerrada al paso del aire. Creí que me moría, allí mismo, en el pasillo en penumbra de mi nueva casa, pues, bajo el pánico del ahogo, había saltado de la cama y había abandonado mi cuarto despavorida. Duró apenas unos segundos, pero fue una experiencia atroz. Lo malo es que se ha repetido, tres veces más, siempre de noche, cuando estoy dormida… Por eso temo meterme en la cama, apagar la luz y me he vuelto insomne. Cheles me sugiere que haga reiki, como ella, o yoga, para relajarme.
—Es puro estrés, estás pintando sin parar, tú nunca habías currado tanto —me sermonea—. Te conviene tomarte las cosas con calma, meditar y beber mucha tila.
Pero no soy partidaria de los remedios New Age, a diferencia de mi amiga, que cree en ellos con fervor, aparte de que meditar es justo lo que no quiero; quedarme a solas con mi pensamiento, darle vueltas, especular, «si no le hubiera dicho eso», «si esa tarde, en vez de ir a verlo a él, me hubiera reunido con Cheles, que me estaba esperando», «si nunca hubiera acudido con mis amigos a la retrospectiva de Maristany, en el MACBA…».
Desde hace unas semanas me veo con Marc, mi antiguo novio. Reapareció en mi vida inesperadamente (o puede que atraído por mi flamante éxito, Barcelona es un patio de vecindad, la gente se entera de todo). Él está sin trabajo, la serie en la que actuaba se terminó. A veces nos acostamos juntos, sin ningún compromiso; tenemos una relación abierta, lo que significa que él puede liarse con quien quiera y yo también, pero no lo hago, por falta de oportunidades y porque no me apetece. Echo de menos a Juan. Un par de noches le he pedido a Marc que follemos a oscuras y qué él haga como que me viola o me fuerza un poco. Marc, que es un chico complaciente, ansioso de gustar, no puede evitar preguntarme a cada poco: «¿Te gusta esto? ¿Sigo, o prefieres que pare?». «Cállate», le digo. «Fóllame y no hables». «¿Sabes que te estás volviendo un poco viciosilla?», replica él, que es incapaz de callarse. Pero yo necesito silencio, para fantasear que su cuerpo, enteco y larguirucho como el de una anguila, es el cuerpo fuerte y musculoso de Juan.
El otro día rescaté la foto de la infancia de Juan, en la que está en la playa, con su madre. Sin prestar mucha atención a lo que hacía, pues estaba trastornada, aquella tarde fatídica la guardé en el cajón de la mesa del estudio donde meto, entre otras cosas, las tarjetas de visita, las facturas y las cerillas. Fue por casualidad, se me acabó el gas del mechero y quería fumarme un cigarrillo, así que abrí el cajón en busca de cerillas y me encontré con la foto. Ahora, cuando miro ese retrato de Juan, ya no veo el rostro de un asesino, quizá porque yo también me he pasado a ese bando, al de los que tienen algo que ocultar o de qué arrepentirse, los que por la noche no pueden conciliar el sueño. Se me ha metido una idea en la cabeza: recrear esa foto, pintarla al óleo. Un cuadro hiperrealista, que no tiene nada que ver con mi pintura china, esa que me da de comer, pero que detesto de forma creciente (sospecho que mis cuadros chinos acabarán colgados de un museo, mientras que mi obra auténtica, la que firmo como Marta Valdés, será arrojada a un contenedor por mis futuros herederos, si llego a tenerlos).
Dedico los fines de semana a trabajar en esa estampa de familia.
Nunca he entendido por qué la iglesia católica y sus feligreses arman tanto revuelo con la crucifixión de Cristo. ¿Qué mérito tiene exponerte a la muerte, cuando eres inmortal y sabes perfectamente que vas a resucitar, porque te lo ha dicho tu padre, que es Dios? El verdadero sacrificio sería inmolarse, morir por otro, a cambio de nada, pero morir de verdad y para siempre, no como Jesucristo. Y eso es lo que hizo la madre de Juan. Se sacrificó por su hijo, purgó su pena, hizo suyo su crimen, para que él pudiera vivir libre. Lo cual, según cómo, me parece admirable, pero, por otro lado, ¿para qué sirvió?
Lo que pretendo con ese retrato de Juan y su madre es muy ambicioso y temo que me excede. No sé cómo hacerlo, pero quisiera plasmar en el lienzo toda su historia. Recrear la atmósfera de esa mañana indolente y feliz en la playa; la alegría despreocupada de la madre y el hijo, de vacaciones, después del baño, pero también, en un segundo plano, insinuar su destino, la desgracia que acecha por detrás de ese cielo azul, sin nubes, un mediodía de agosto, de esos rostros que sonríen y guiñan los ojos, heridos por el sol… Quiero contar una historia en un cuadro; no sé si se puede, no sé si sabré, pero voy a intentarlo.
Antes, cuando lo que Turpin llama «el mundo del arte», se me resistía y me veía abocada a la indigencia y al eterno anonimato de los artistas frustrados, me consolaba pensar que, al cabo, nada iba a pervivir, ni el Gernika ni Las Meninas, ni La Gioconda (cuadro, a mi juicio, sobrevalorado, dicho sea de paso). Los astrónomos prevén con pasmosa frialdad que dentro de miles de millones de años, la Tierra será absorbida por el Sol, se fundirá con él y desaparecerá, y, con ella, todos esos libros y obras de arte que tildamos de eternos: yo no pasaré a la eternidad, pero Picasso tampoco. La aventura humana, la epopeya de tantas gloriosas civilizaciones que se han sucedido a través de los siglos, perderá realidad, se esfumará con su escenario, la Tierra, y se volverá intangible. Con suerte, subsistiremos como leyenda, al modo de Troya o la Atlántida, y así, los humanos nos convertiremos en personajes de un cuento que se transmitirán, unas a otras, las futuras generaciones de extraterrestres (si éstos existen y tienen conciencia), una narración en la que se fundirán lo real y lo imaginario, Don Quijote y Carlomagno… Y tal vez, entre otras, como una tragedia griega contemporánea (o grecocatalana, del mismo modo que yo soy una china de Valladolid), pervivirá esta historia tan triste de una madre y su hijo, en las postrimerías del siglo XX, que yo lucho por incorporar a una tela, por narrar con pinceles.
Terminaste Corazón de napalm
Clara Usón
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