Corazón de napalm
Capítulo 10
El viernes, a la hora señalada, Solange me recibió con efusividad en el gran salón de la casa de la Avenida del Tibidabo, al que yo, en vida de su marido, nunca había sido invitada (jamás pasé de la planta baja o de servicio; el salón se hallaba en la planta noble, el segundo piso). Me otorgaba el tratamiento de visita importante, lo cual me agradó. Ella, como siempre, iba hecha un cromo, pero muy caro y muy moderno. Llevaba varias capas de prendas superpuestas: un blusón estilo hippy, que recubría un vestido estampado, debajo del cual asomaban unos pantalones a rayas, como si hubieran dado aviso de huir y se hubiera propuesto escapar con todo su vestuario. Esa cálida tarde de mayo, con tanta ropa encima, debía de pasar un calor espantoso. Me invitó a una especie de merendola, que ella calificó de «tentempié», y nos fue servido por una criada uniformada, con manos enguantadas y cofia blanca en la cabeza. Eso me hizo sentir incómoda (no en vano he crecido en una familia de izquierdas), me subleva que todavía exista esa forma de esclavitud atenuada. Me entraron ganas de decirle a aquella infortunada mujer sudamericana, a la que Solange obligaba a disfrazarse de criada, que no se molestara, que yo me podía echar azúcar en el café sin su ayuda. Solange estaba nerviosa, lo cual no era raro en ella, pero esa tarde se mostraba especialmente inquieta y eso hubiera debido ponerme en guardias.
Pese a su agitación, la viuda de Maristany no parecía tener premura, al revés; daba la impresión de que estuviera empeñada en demorar la exhibición de los bocetos de Maristany, el supuesto motivo de mí premura, de tal modo que al cabo de más de tres cuarto de hora de cháchara inane, me pregunté sí no estaría equivocada y no habríamos quedado simplemente para tomar café y cotorrear como viejas amigas, porque aquella tarde Solange me hizo confidencias de las que me sentí indigna, «¿Y a mí por qué me cuentas esto?», pensaba para mis adentros, mientras ella, fumando un cigarrillo perfumado con boquilla (así de cursi era) se me quejaba amargamente de lo injusto (o quizá dijo «ingrato») que había sido su marido al hacer testamento.
—Por ejemplo —me informó, con aire escandalizado—, esta casa, nuestro hogar, donde Paco vivió conmigo los últimos años de su vida, ¡no es mía! Es de los hijos de Paco, yo sólo tengo el usufructo, no puedo vender ni una maceta, para que te hagas cargo. ¿Qué te parece?
Imagino que Solange esperaba que me hiciera eco de su ira, pero prudentemente decliné opinar; me limité a murmurar un poco comprometido «¡vaya!» y a mordisquear una galletita de color rosa, para evitar tener que hablar más.
Según me contó, los dos hijos varones que Maristany tuvo en su primer matrimonio, habían heredado más que ella, lo cual la soliviantaba. Solange había apechugado con el viejo para convertirse en propietaria de su fortuna, no en mera usufructuaria. El carcamal no había cumplido su parte del trato. Supongo que se sentía estafada. Me dijo que había puesto un pleito a sus hijastros por la herencia, «¡se van a enterar!». Mientras la cuestión se dilucidaba en el juzgado, ella estaba en una posición muy delicada; seguir viviendo en Barcelona de prestado, en esa casa que no era suya, sino de sus enemigos, se le hacía intolerable. Necesitaba irse a París urgentemente. Tenía que respirar, ver caras nuevas, el provincianismo mezquino y maldiciente de Barcelona la asfixiaba.
—¡No te imaginas lo que van diciendo de mí los hijos de Paco! Me tildan de p… para arriba. Que si soy una bruja y una arribista y sólo me casé con su padre por su dinero, cuando todo el mundo sabe que yo me casé con Paco enamoradísima. Yo tenía otros pretendientes… Dejé mi trabajo y mi futuro profesional por él, ¡lo dejé todo! Paco ha sido el amor de mi vida —declaró con voz desgarrada, golpeando el canto de la mesa con la punta de la boquilla para mayor énfasis. «¡Qué jeta tienes!», le espeté en mi pensamiento, «¿a qué renunciaste por Paco? ¿A tener que trabajar y pagar el alquiler de un estudio como el mío? ¿Ése fue tu gran sacrificio? ¿Salir de la estrechez, para vivir como una millonaria? ¿Esperas que yo te compadezca? ¿Por qué te tengo que compadecer, por la criada uniformada o por el vestido de Jean-Paul Gaultier?». La necedad sin límites de esa mujer me irritaba. Me complacía saber que el maestro no era un viejo verde tan ingenuo como yo había supuesto; era un viejo verde, sí, pero taimado; había dejado a su flamante viuda a merced de sus hijos, quienes la detestaban, le estaba bien empleado.
Cuando Solange se lamentó de no poder vender esa mansión que tan tristes recuerdos le traía («todo en esta casa me habla de Paco»), para adquirir un apartamento en París («los precios de la vivienda en París están por las nubes, por menos de dos millones de euros no te puedes comprar nada»), exploté.
—Me gustaría ver los bocetos —le interrumpí—. Llevo un poco de prisa, tengo una reunión con un galerista a las ocho.
No sé por qué me inventé eso, tuve que hacerme la misteriosa para no revelarle de qué galerista se trataba, Solange era tanto o más cotilla que los barceloneses provincianos que tanto despreciaba. Me condujo a su despachito particular (así lo llamaba ella, en diminutivo, pero resultó ser una estancia de dimensiones considerables, decorada con muebles modernos de impecable factura italiana y un cuadro de Maristany, pintado por mí, lo que no dejó de halagarme). Allí, sobre una amplia mesa de madera clara, junto a un cubilete con bolígrafos y lápices, y un sobrio pisapapeles de mármol negro, reposaba, cerrado, un bloc de dibujo. En un principio no me fijé en el bloc, porque otro objeto distrajo mi atención: las gafas de Turpin, las inconfundibles y llamativas gafas de montura blanca y forma estrambótica del atildado galerista. ¿Qué hacían allí? Descansaban en un extremo de la mesa, sobre un rimero de papeles muy bien apilados, con aspecto de facturas y extractos de banco, cerca de la lámpara articulada de metal plateado, que no hizo falta encender, pues aunque era cerca de las ocho de la tarde, entraba suficiente luz por el doble ventanal del despacho. Las vi, pero no dije nada, si bien pensé que Turpin las debía de estar echando en falta, a no ser que las llevara por pura coquetería, era tan presumido que no me hubiera extrañado. Solange tampoco hizo mención de ellas. Se sentó en la butaca giratoria de piel negra situada a un lado de la mesa, y a mí me indicó que tomara asiento en una de las dos inconfortables sillas de depurado diseño nórdico, que flanqueaban el lado opuesto. Puso la mano derecha (¡qué manicura más fina!, ¡qué uñas más bien limadas!) sobre la tapa del bloc y entonces reparé en que no era un bloc de esbozo Clairefontaine, de doble espiral, el tipo de cuaderno que el maestro empleaba siempre para sus bocetos (blocs que, además, numeraba), sino un bloc Enri, de papel de acuarela. ¿Habría pintado Maristany esos croquis en acuarela? Lo dudaba, en sus últimos años el maestro era incapaz de pintar nada, por eso recurrió a mí, en un principio y, más tarde, a Héctor.
Cuando Solange, en un golpe de efecto, abrió la tapa del bloc y me mostró el primer esbozo, descubrí que estaba dibujado a lápiz, como los antiguos bocetos de Maristany, pero a eso se reducía la semejanza. Con un trazo pueril, incluso torpe, alguien había bosquejado tres planos rectangulares de distintos tamaños sobre el papel, que recordaban por la simplicidad de la composición, y la chapucería de la línea, esos dibujos que garabateamos sin mirar, de forma automática, sobre el revés de un sobre mientras hablamos por teléfono. Me vino a la memoria el comentario del niño del MACBA, que tanto me había enfurecido y pensé que, en ese caso, llevaba razón: ese apunte bien podía haberlo pergeñado cualquier niño y uno medianamente dotado, sin duda lo habría hecho mejor. Por lo demás, aquel torpe esquema estaba huero de indicaciones sobre colores, medidas, volúmenes, sombras y el sinfín de notas, de un pormenor exhaustivo, con que Maristany solía aderezar los márgenes de sus proyectos. (A menudo, las anotaciones se extendían tanto, que seguían por el dorso del papel. Con su diminuta e insegura letra corrida, el maestro no sólo me señalaba los tonos, el brillo o la textura del óleo; para facilitarme las cosas y por su innato perfeccionismo, me sugería con precisión qué gama de colores y qué tonos concretos debía emplear y en qué proporciones los tenía que mezclar sobre la paleta para obtener el matiz deseado).
Fruncí el ceño, pero seguí callada. Me apoderé del bloc sin pedir permiso a Solange y empecé a pasar con rapidez las páginas. El resto de esbozos era de la misma ralea. Intenté expresarlo con el mayor tacto posible, pero, por descontado, lo dije, no tenía otro remedio:
—Estos bocetos no son de mano del maestro.
Solange se puso pálida.
—¿Cómo? Eh… Bueno, mmm… —farfulló, muy alterada, observándose las uñas porque no se atrevía a mirarme a los ojos—. Digamos que… en cierto modo es así, en sentido estricto no son de su mano, los he hecho yo, pero…
—¿Cómo que los has hecho tú? —le interrumpí—. ¿Desde cuándo eres pintora?
—¡Déjame terminar! —me exigió, enojada—. Los hice yo, porque Paco ya estaba tan débil que no podía ni sostener el lápiz, ¿comprendes?, pero seguí fielmente sus indicaciones. Él se recostaba en la cama, con la cabeza apoyada en dos almohadas, y yo me sentaba a un lado, con el bloc de dibujo sobre las rodillas. Paco me indicaba lo que tenía que dibujar y, al terminar, yo se lo enseñaba y, si no le gustaba, rompíamos el papel y volvíamos a empezar. ¿Me entiendes? ¿O quieres que te lo vuelva a explicar?
No podía evitar ser impertinente, aun en circunstancias en que le convenía mostrar al menos un ápice de humildad. Me ofrecía profusas y confusas explicaciones, como la niña castigada a su madre o a su profesora y, a semejanza de la niña cogida en falta, mentía sin parar. Me pareció insultante que me supusiera tan ingenua, o ignorante, o falta de escrúpulos como para tragarme sus embustes.
—¿Y los tonos? ¿Y los volúmenes? ¿El relieve, el brillo, la pincelada? —le pregunté, para humillarla.
—¿Qué? —me preguntó ella a su vez, anonadada, y por unos instantes se quedó sin palabras—. No sé a qué te refieres —añadió, dolida.
—Tu marido siempre me daba instrucciones sobre esos aspectos —condescendí a informarle—. Son elementos esenciales de una obra, no los dejaba a mi criterio, yo no ponía los colores que me daba la gana, ni decidía las dimensiones de las figuras o el tamaño del lienzo. Si me hubiera atrevido a hacer eso, me habría dado luna buena patada en el culo.
Era consciente de estar hablándole poco menos que en sánscrito. Me parecía increíble que Solange hubiera podido frecuentar durante tantos años el mundo de la pintura sin adquirir ningún conocimiento. Como el niño bobo del MACBA, la viuda parecía creer que la abstracción geométrica consiste en trazar rayas, más o menos rectas, sin ton ni son, y luego ponerles un precio con muchos ceros. Al igual que a todos los necios, a Solange le ponía fuera de sí que la pillaran en acto de lesa ignorancia, de manera que decidió adoptar una digna actitud de virtud ofendida.
—En cuanto a esos detalles, resuélvelos como te parezca —me concedió, magnánima, levantando la nariz—. Yo, en ese sentido, soy más liberal que Paco, creo que hay que dar un poco de rienda suelta a los discípulos.
Entre otros trucos del oficio, mi madre, profesora de instituto muy bregada, me había enseñado que, ante una salida de tono o una insolencia de un alumno, en vez de reaccionar de inmediato, me convenía morderme la lengua y meditar bien mi respuesta. En el despachito de Solange me mordí la lengua hasta hacerme daño. Me puse en pie, le agradecí el café y la compañía y le informé de que yo no trabajaba en esas condiciones. Se trastornó. Perdió la compostura. Casi me imploró. Invocó una y otra vez la memoria del maestro y la deuda que ambas teníamos contraída con ella. «¡No lo hagas por mí!», decía. «¡Hazlo por Paco!». Le dije que precisamente por no dañar la reputación del maestro era por lo que declinaba su oferta.
—No pongo en duda que Maristany te dictara los bocetos, si es que un boceto se puede dictar —le dije—, pero es evidente que no se hallaba en plenitud de facultades cuando lo hizo. Estos borradores desmerecen su obra, es mejor que se queden donde están, mi consejo es que no se los enseñes a nadie.
Era dura de pelar. Me replicó con lisonjas. Me dijo que yo era tan buena artista, que no le cabía duda de que podría perfeccionar los bocetos y ejecutar sobre su base («o sobre la base que tú quieras») unos lienzos «maravillosos», como los que pinté en vida del maestro. Se ofreció a aumentar mi remuneración, incluso prometió pagarme los taxis de los desplazamientos de mi estudio a su casa, y viceversa, los días que durara mi trabajo. Como una niña malcriada, que no está acostumbrada a que se opongan a sus caprichos, se resistió a aceptar una negativa. Me pidió que lo meditara bien y volviéramos a discutirlo pasados unos días.
Era obvio que Solange necesitaba dinero. Yo también; yo, más que ella, andaba escasa de fondos, pero tenía mis principios. ¿Cuáles eran mis principios? Una buena pregunta, porque solían variar.
Cuando, a los doce años, me desperté una mañana de primavera y comprendí que Dios no existía, sentí una liberación indescriptible, como si me hubieran soltado de la cárcel, porque el Dios de los católicos había convertido en una prisión mi propia mente. Eso de que Dios pudiera verlo todo y hasta leer mis pensamientos me tenía agobiada. Sometía mi cerebro a la autocensura más estricta, no me atrevía a pensar con libertad por miedo a la cólera de Dios, a su castigo. De manera que esa mañana, cuando advertí que el viejo mirón de barba blanca y expresión sombría se había jubilado, mejor aún, ¡estaba muerto!, y ya no me vigilaba, me vinieron ganas de salir a la calle y propagar la buena nueva a los cuatro vientos. «¡Dios ha muerto! ¡Podemos hacer lo que nos venga en gana!». Pero no fue así. En realidad, no cambió nada. Acudí al colegio, como todos los días y, a su término, a clase de gimnasia, porque en aquel entonces era incapaz de valorar si, dado que Dios no existía, tenía o no sentido continuar practicando gimnasia rítmica.
El inconveniente de no tener Dios, es que has de decidir por ti misma lo que está bien y lo que está mal. De niña, cuando cometía una travesura, mis cristianos padres no me castigaban, sino que, con loable espíritu pedagógico, me obligaban a juzgarme, a reflexionar sobre mis tropelías.
«¿A ti te parece bien quitarle los cromos del Libro de la selva a tu amiga Azucena? ¿Cómo te sentirías si ella te hiciera eso?», me preguntaban y yo tenía que admitir, con la cabeza gacha, que lo que había hecho estaba mal y no, no me habría gustado nada que mi amiga me hubiera robado mis cromos, ni siquiera los que yo le había levantado a ella.
No he perdido esa costumbre de analizar por delante y por detrás todas las implicaciones y efectos de mis actos, sólo que ahora lo hago con arreglo a mi propia ética particular. Me puse en el lugar del difunto Maristany. Al maestro, los desdichados bocetos perpetrados por su mujer, usurpando su nombre, le habrían horrorizado, no me cabía la menor duda. No creo que hubiera tenido inconveniente en que yo desarrollara en lienzo —con la precisión y pulcritud que me caracterizan— unos croquis auténticos, pero esos engendros apócrifos, cuya exhibición pública sólo podía redundar en descrédito de su prestigio, jamás los hubiera aprobado. Y aunque Maristany no se portó bien conmigo, al expulsarme de su taller sin previo aviso y por persona interpuesta, yo no quería ser cómplice de un crimen estético, mi conciencia de artista me lo reprocharía hasta la muerte. Aparte de eso, me parecía temerario poner en circulación esos bodrios, como obra póstuma de Maristany, sabiendo que los hijos de éste, en litigio con su viuda, se iban a lanzar a degüello sobre cualesquiera cuadros putativos que aparecieran en el mercado. Ese tipo de falsedades está penado con la cárcel. Yo no estaba dispuesta a arriesgar mi libertad para que Solange pudiera comprarse un piso en París, ni en ninguna otra parte. (Lo curioso del asunto era que, a los ojos de la ley, tan delictivo era estampar una firma falsa de Maristany en un cuadro de calidad, realizado con base en un esquema legítimo del difunto, como hacerlo en un lienzo espantoso, completamente inventado; a la justicia ese tipo de valoraciones estéticas le traen al pairo, pero las normas de la ley estatal y las de mi moral privada rara vez coinciden).
Tenía previsto regresar a casa en taxi tras mi reunión con Solange, para conmemorar con un dispendio excepcional mi rentable encargo, pero volví en los Ferrocarrils de la Generalitat, porque, pese a la insistencia de Solange, había resuelto rechazar su oferta de trabajo.
Al día siguiente, mi amigo Víctor celebró su cuarenta cumpleaños con una fiesta en el amplio loft del Born que compartía con su novia. Acudí con la secreta esperanza de encontrarme con Juan y, al no verlo, me llevé una decepción. Pero al cabo de un rato, al salir de la cocina con una bandeja de canapés que había ayudado a preparar, divisé al juez junto a la mesa de las bebidas, hablando con Cheles. Lo saludé con falsa sorpresa y me pasé el resto de la noche espiando sus movimientos con el rabillo del ojo, mientras fingía estar pasándolo en grande, bailando ostentosamente, yendo de acá para allá, revoloteando por el loft como una mariposa (y no como una polilla, o eso quería pensar) y hablando sin cesar con unos y con otros, desplegando mi atractivo como el pavo real su esplendorosa cola, pero Juan no me hizo ningún caso. Se sentó en un rincón, alejado del barullo y de la pista de baile, conversando en discreta intimidad con mi amiga Lidia. Parecían embebidos en su mutua compañía. Habían congeniado enseguida, ¿o quizá se conocían de antes? Lidia es una chica de maneras suaves y moderado atractivo. Todo en ella es sutil y delicado; su tono de voz, sus gestos, su forma de vestir. Jamás va maquillada, ni lleva colores vivos o ropa extravagante. Tiene una sonrisa cálida y un poco tímida, se ruboriza con suma facilidad. Es la quintaesencia de la feminidad natural y tranquila, la antítesis de la vampiresa exuberante. A los hombres alternativamente les deja fríos, por ser demasiado apocada, o les entusiasma, seducidos por el fulgor tibio de su mirada. Mi temor era que el juez perteneciera a la segunda categoría.
Sudorosa tras varios bailes particularmente enérgicos, fui al retrete a refrescarme la cara y arreglarme un poco el pelo; al salir, me topé con Lidia, que esperaba tanda junto a la puerta. La cogí por el brazo y me introduje de nuevo en el baño con ella.
—Lidia —le dije—, ten cuidado con el juez.
—¿Por qué? —me preguntó, sorprendida.
—No te lo puedo decir, pero hazme caso: no es lo que parece —le contesté y me fui, dejándola muy intrigada. No sé si mi advertencia surtió efecto o, simplemente, ya no tenían más que decirse. A mi retorno a la sala, el juez estaba de pie, con una copa de vino en la mano, charlando con Víctor y su novia. Aproveché la ocasión para acercarme a ellos y anunciar mi despedida. «¿Ya te vas? ¿Por qué te vas? ¡Pero si es muy pronto!», protestaron al unísono el anfitrión y su novia, pero yo me mantuve firme en mi decisión. Entonces Juan dijo: «Yo también me iré. Te acompaño a casa». Era lo que yo quería oír, para eso llevaba maniobrando toda la noche. Cuando llegamos a la calle Joaquín Costa, me armé de valor y lo invité a subir «para tomar la última copa», aunque no tenía ninguna botella de alcohol en mi estudio y a lo único que lo podía convidar era a una infusión de manzanilla o un vaso de agua. No quiso ninguna de las dos cosas, nos fuimos directos a la cama.
Nos hicimos amantes y empezamos a vernos casi todas las noches (en su casa, más grande y mejor situada que la mía). Nuestras relaciones sexuales eran bastante peculiares. En realidad, era como si el juez me violara cada vez, pero con mi aprobación y consentimiento. Aunque soy injusta: él no me forzaba a nada, lo que sucedía era que, de mutuo y tácito acuerdo, reproducíamos en cada ocasión las circunstancias de la primera noche. Follábamos a oscuras, él siempre tomaba la iniciativa y no la soltaba hasta el final, yo me mostraba pasiva. Repetíamos el mismo rito en cada encuentro: él me desnudaba, me tendía con suavidad sobre el colchón y me adoraba. Me besaba, acariciaba y veneraba durante horas, me follaba extasiado, como si yo fuera una diosa o la mujer más guapa del mundo, como si no fuera yo. En verdad, desde un principio sospeché que Juan hacía conmigo lo que yo había hecho en más de una ocasión con otros compañeros de cama: suplantarlos en mi mente por un hombre que prefería, pero que no había podido conseguir o pertenecía a mi pasado. Creo que no puede haber traición mayor, follar con una persona fantaseando con otra, pero la perpetramos todos, porque es un delito indetectable, que cometemos en la cómoda e inviolable intimidad de la conciencia. Una de las reglas implícitas era que yo no podía hablar. Juan sí, él me decía de todo mientras me hacía el amor (era muy cariñoso), pero yo tenía que estar silenciosa: callada y pasiva, como una muñeca. (¿Acaso el juez soñaba que yo era una muñeca?). Si alguna vez se me escapaba algún suspiro, un gemido o un comentario, él me chistaba, chistaba, molesto. Lo curioso del caso era que a mí, follar así, por raro que parezca, me gustaba. Debo de ser también un poco depravada.
Quizá lo que sucede es que, en el fondo, no era (no soy) más que una chica de Valladolid, una provinciana pacata y reprimida, que fingía ser muy desinhibida ante los moradores de la gran ciudad. Me asustaba la idea de tomar la iniciativa, prefería esperar el tiempo que hiciera falta hasta que mi partenaire diera el primer paso. Esa reserva o mojigatería mía era causa de constantes rencillas con Marc, mi novio el actor. Me reprochaba mi pasividad. «¿Por qué tengo que ser siempre yo?», se quejaba. «¿Es que tú nunca tienes ganas de follar?», y yo me ponía roja y no sabía dónde meterme. Esas cosas se hacen, pero no se habla de ellas o a mí no me gusta hacerlo. Marc tenía la mala costumbre de formularme preguntas explícitas. «¿Te gusta que te coma el chocho?», inquiría con franco interés y yo, aturullada, respondía con evasivas. «¡Qué cosas tienes! Eh… Sí, claro, ¿por qué no? ¿Qué quieres para desayunar, café o zumo de naranja?». A mí me gustaba follar en penumbra y en silencio, como si fuera pecado o estuviera prohibido, con un hombre que ejerciera de tal y asumiera el mando y la autoridad en nuestros abrazos. Juan compartía mi predilección, de manera que yo estaba encantada. Fuera de la cama, a la luz del día, jamás mencionábamos lo que había sucedido entre nosotros al amparo de la oscuridad.
El juez era un hombre contradictorio (supongo que, en mayor o menor medida, todos lo somos); según y cómo, podía parecer espontáneo, impulsivo, incluso irreflexivo, pero, por otro lado, era extraordinariamente disciplinado y metódico. Madrugaba mucho, a las seis y media de la mañana saltaba de la cama (yo me expandía, feliz, ocupando todo el lecho, y me quedaba durmiendo un par de horas más) y, cada día, antes de ducharse, afeitarse y desayunar, se enfundaba en un chándal y se iba a la calle a correr, aunque lloviera o helara (de ahí su cuerpo firme y musculoso). Por la tarde, al regresar del juzgado, se metía en su despacho y pasaba horas estudiando asuntos, o redactando disposiciones y sentencias. Muy a menudo trabajaba también los fines de semana. Aunque en público solía bromear acerca de su profesión y quitarle importancia, en privado se la tomaba con toda seriedad. Vivía dedicado a su trabajo, lo cual me causaba irritación, porque en la disyuntiva de pasar un rato conmigo o encerrarse en su despacho, solía elegir lo último y eso me exasperaba.
—¿Para eso te has hecho funcionario? —le increpaba—. ¿Por qué te matas a currar, si hagas lo que hagas vas a cobrar lo mismo?
Él se reía de mí y seguía trabajando.
Siempre me ha parecido sospechosa la apología cristiana del altruismo; tiene trampa, pues, bajo la supuesta generosidad desinteresada de los cristianos, subyace un tremendo interés, una ambición sin límites: el premio de la eternidad. Al católico, Dios le promete vida eterna y feliz si hace puntos en vida siendo bueno. Pero si un día el Papa anunciara urbi et orbi que ha sido todo un inmenso error, no hay otra vida tras ésta y, señores y señoras, siento comunicarles que aquí se acaba todo, ¿qué sucedería con los catecismos? Si no hay premio ni recompensa, ¿para qué ser bueno? Así que no veía mérito alguno en el desprendimiento y la entrega al prójimo de mis piadosos progenitores; sólo el ateo puede ser de verdad altruista, pues no espera nada a cambio (eso defendía en mis años mozos, para consternación de mi pobre madre). Y era eso lo que despertaba mi admiración y, a la vez, me repelía en Juan: su generosidad, su absoluta dedicación a la causa de los niños y jóvenes delincuentes, sin premio ni condiciones.
Se comportaba como si tuviera la certeza de que la vida, el futuro de esos chicos dependiera de sus decisiones. A veces tenía la impresión de que su empeño no era aplicar la ley, sino sustraer de sus efectos a los menores que juzgaba, protegerlos de ella. Yo percibía en su actitud un tufo a mesianismo que no me acababa de gustar, siempre he recelado de los misioneros y los iluminados, esos seres elegidos que creen que han venido al mundo con una misión: cambiarnos a los demás. Juan se devanaba los sesos buscando la solución idónea para sus asuntos y podía pasar noches en vela debatiéndolos en su cabeza (sufría de insomnio con cierta frecuencia). Recuerdo un caso que lo consumió.
Un par de jóvenes de diecisiete y dieciséis años, rateros y vándalos ocasionales, violaron a una adolescente de quince años en un descampado; primero la golpearon, luego la obligaron a practicarles una felación y la penetraron vaginal y analmente (con un palo), tras lo cual la abandonaron, sangrante y medio muerta. Todas esas vejaciones fueron filmadas con la cámara de vídeo de su móvil por otra chica, de quince años, condiscípula de la violada y novia esporádica de uno de los gamberros. Cuando Juan me lo contó, yo solté, «es peor la chica que ellos», pero él no estuvo de acuerdo. Opinaba que los chicos debían ser recluidos en un centro de internamiento, pero la chica no.
Yo sostuve que esa niña era monstruosa. Los chavales, que ciertamente no eran unos angelitos, al menos tenían la disculpa de actuar movidos por la lujuria, pero la mirona perversa que, en lugar de socorrer a la víctima o avisar a la policía, grabó fríamente en vídeo esas atrocidades para regodearse más tarde con su visión, merecía cadena perpetua. El juez se enfadó conmigo. Me acusó de ser como todos. Defendió que la mayoría de la gente, ante la transgresión o el delito, clama por el castigo, aunque no sirva para nada, ni repare el daño sufrido, espoleada por un rencor estéril, aplicando aquella regla cruel y atávica que reza: «ojo por ojo y diente por diente» y «el que la hace, la paga», que viene a ser lo mismo. Son esos mismos probos ciudadanos que, en el siglo XIX, se peleaban por el mejor puesto ante el patíbulo en las ejecuciones públicas. «¿Acaso quitarle un ojo a tu agresor te devuelve el tuyo?», me preguntó (pregunta retórica que no me molesté en contestar). Arguyó que encerrar a esa chica durante años no tendría otro efecto que el de convertirla en una delincuente de forma irremisible. Esa niña, me dijo, no sabía lo que hacía, era demasiado inmadura para asimilar la gravedad de sus actos. Estaba enamorada de uno de los energúmenos y creía que obedeciendo ciegamente a su ídolo, se aseguraría su amor. Por lo visto, procedía de una familia «disfuncional», como dicen los sociólogos: padres separados, el padre afincado en México, con su segunda mujer, la madre internada en un psiquiátrico, presa de un delirio que la llevaba a sostener que esa niña no era su hija, ya que le habían dado el cambiazo en el hospital al dar a luz, por lo que se negaba a verla. La niña vivía con su abuela materna, una buena mujer, pero anciana, a quien las circunstancias habían desbordado. El único vínculo afectivo en la vida de la adolescente era el que había desarrollado con el adolescente violador y se aferraba a él con uñas y dientes. Me fastidió este tipo de justificación sentimental. Muchos otros niños han sobrellevado «infancias difíciles», criándose en ambientes infernales, y no por ello se dedican a grabar violaciones en vídeo. Esa niña era mala y un peligro para la sociedad, la cual tenía todo el derecho de defenderse de ella poniéndola fuera de circulación, y así se lo manifesté a Juan.
Se revolvió como un león. Argumentó que no es justo que algo que hiciste sin uso de razón, arruine para siempre tu vida, por grave que sea la falta que hayas cometido. «Un error, un mal paso, no te convierte para siempre en un diablo. El hombre cambia, ¡ya no digamos el niño!», afirmó, y yo pensé, «habla como un predicador, me está sermoneando». Me recordaba a mi padre.
Juan pretendía que la niña permaneciera en libertad, aunque vigilada. Su pena consistiría en horas de asistencia y trabajo en un centro de mujeres maltratadas, para que se hiciera cargo del daño ocasionado y, de algún modo, lo reparara. El problema era que no había medios institucionales para poner en práctica esas sanciones, resultaba más barato y expeditivo encerrar a la menor. Me confesó que había recibido presiones de todas partes, tanto de los políticos, como de la propia administración de justicia, para imponer una pena severa a la quinceañera, una condena «ejemplar» que pudiera publicarse en los periódicos, pero se resistía a ello. Yo argüí que no tenía ninguna garantía de que esa niña, gracias a su clemencia, se fuera a reformar, para transformarse en una ciudadana ejemplar.
—Al contrario, la impunidad la envalentonará y cometerá barbaridades aún peores. No vale la pena que te quemes con todo dios por esa pájara. Yo creo que no le sentará mal una temporadita en un centro de menores para enterarse de lo que vale un peine, y así su abuela tendrá unas vacaciones —dije con despreocupación, llevada de mi amor por la polémica, que en otros tiempos exasperaba a mi padre (le llevaba sistemáticamente la contraria por puro gusto del debate). A Juan no le sentó bien ese comentario mío; no dijo nada, pero me miró con aborrecimiento, lo cual me alarmó: nunca antes me había mirado de ese modo. Se fue del salón dando un portazo y al poco regresó. Estaba muy alterado.
—Con que haya una posibilidad entre cien de que esa chica enderece su vida, vale la pena mi esfuerzo —afirmó con voz ronca y, sin darme ocasión a replicar, se recluyó en su despacho.
Se relajaba escuchando música clásica. Tenía una abultada colección de discos de vinilo (despreciaba los CD y el Mp3, sostenía que distorsionan el sonido), y un tocadiscos en la sala y otro en su despacho. Se ponía los auriculares, cerraba los ojos y pasaba horas absorto en la música. Supuse que eso era lo que estaría haciendo en ese momento.
Fue nuestra primera discusión seria, ¡por un asunto de trabajo! Menuda estupidez. A mí ni me iba, ni me venía, lo que le sucediera a esa niña. ¿Por qué me había enzarzado en esa disputa absurda, que tanto había perturbado a Juan? Se lo había tomado muy a pecho, como algo personal. Quise disculparme y con ese propósito me dirigí a su estudio, pero me quedé en la puerta. No llamé, ni entré. No osé. No sabía cómo iba a reaccionar él; pese a que dormíamos juntos todas las noches, apenas lo conocía, me di cuenta de eso con sorpresa.
Nos reconciliamos durante la cena. Un estertor me despertó a medianoche. Encendí la luz. Juan estaba de pie, fuera de la cama, boqueando, el rostro congestionado. Le faltaba aire, se ahogaba. Emitía unos gemidos estremecedores, temí que muriera allí mismo. Lo peor era no saber qué hacer, cómo ayudarle. Salté del lecho y le puse una mano en el hombro, pero me apartó, como si fuera algo que tuviera que resolver él solo. Y así fue; al poco, recuperó la respiración y se calmó. Yo no, yo seguía muy asustada. Le propuse que fuéramos de urgencias al Hospital Clínico, cercano a su casa, pero me aseguró que no era necesario porque ya se le había pasado el ataque. Al parecer, le había sucedido otras veces. Se despertaba sin respiración, pasaba unos segundos atroces y luego se recuperaba.
—Es la ansiedad. Hay a quien los nervios le provocan una úlcera, yo me asfixio —dijo.
Se volvió a dormir enseguida, yo no pude.
Temía una llamada telefónica de Solange para persuadirme de que colaborara en su torpe estafa, pero quien me llamó fue Turpin. Eso me irritó. «Son unos cretinos», pensé, «suponen que Turpin, por ser alto y varón, tendrá éxito donde Solange falló». Le contesté con sequedad:
—¿Para qué me llamas?
Se apresuró a aclararme que no era por el asunto de los bocetos.
—Es cosa de Solange, yo no tengo nada que ver con esa historia. Te llamo por otro proyecto, completamente legal, que creo que te interesará más —me dijo, y el corazón me dio un vuelco. ¿Iba a ofrecerse a ser mi marchante? ¿De qué otra cosa podía tratarse? Me sentí muy excitada. ¡Por fin! En mi euforia, elegí no recordar que no tenía obra alguna que encomendarle. Sin nada que vender, ¿para qué quería un marchante? Desde mi punto de vista, el proceso era a la inversa; primero había que conseguir un marchante y, después, pintar los cuadros, con la esperanza de poder colocarlos, pues estaba harta de emborronar lienzos que nadie quería y se acumulaban, criando polvo, en el trastero de la casa de mis padres de Valladolid. Con un marchante contratado, me pondría las pilas y pintaría a destajo.
No obstante, el lunes por la mañana, de camino a su oficina, donde habíamos quedado citados, esa cuestión me causó no poca angustia. Resolví que si Turpin mostraba interés en ver cosas mías, el fin de semana siguiente iría a Valladolid (mi madre llevaba más de un mes reclamándome una visita) y rescataría del trastero de la casa familiar la obra de la que menos me avergonzara. La oficina de Turpin ocupaba una parte de su casa, un amplio piso modernista, ubicado en la calle Diputación, con uno de esos inacabables pasillos con suelo de mosaico, característicos de las fincas del Eixample, que lo dividía en dos alas simétricas. La parte dedicada a oficina comprendía una espaciosa sala, con una galería de vidrio emplomado, que daba al patio de manzana. Cubría el suelo una magnífica alfombra oriental y los escasos muebles (la decoración era minimalista) eran antiguos y de muy buen gusto. En los techos, altos, resaltaba un estucado con molduras de pan de oro. Me sorprendieron las paredes desnudas; no había un solo cuadro, ni tampoco esculturas. Como si adivinara mi extrañeza, Torpin me informó de que su «modesta» colección pictórica, «muy heterogénea», se concentraba en la parte del piso dedicado a vivienda. «No quiero que nada me distraiga mientras trabajo», declaró. Llevaba puestas unas gafes distintas de las que le había visto en las otras ocasiones. A punto estuve de informarle de que sus gafas de montura blanca se las había dejado en casa de Solange, pero me contuve a tiempo. Él debía de saberlo y, en cualquier caso, no era asunto mío. Las gafas nuevas eran muy discretas, redondas, con una fina montura metálica. Le cambiaban la cara, adquiría un continente grave, intelectual. Iba vestido con una elegante camisa de seda gris de cuello Mao, que le caía por encima del pantalón. No pude evitar que me sirviera un té negro de Ceilán. «Lo he comprado para ti —me dijo—. Sé que te gusta». Él bebió agua. Era una entrevista de trabajo y, aunque en un extremo de la sala había un sofá blanco, muy invitador, con dos butacas gemelas, tomó asiento tras su enorme escritorio de caoba. Yo me senté al otro lado, en una silla sospechosamente baja, que me hizo sentir inferior, como el aspirante a un empleo frente a su presunto jefe. Tenía preparada una respuesta diplomática por si mencionaba el asunto de los bocetos de Maristany, pero Turpin no hizo ninguna alusión a eso. Me dijo que de la conversación que mantuvimos en el hotel Omm recordaba un comentario que le hice sobre mi afición a copiar cuadros de pintores clásicos. Mencionó que ésa era una disciplina insoslayable en los aprendices de pintor del siglo XIX que, por desgracia, en la actualidad se había perdido casi del todo. Eran pocos los artistas contemporáneos capaces de copiar un cuadro de Velázquez, él podía citarme nombres de artistas afamados que no sabían dibujar o pintar de manera realista.
—Para poder deconstruir, primero hay que saber construir; de lo contrario, no se deconstruye, se destruye —sentenció, evidentemente satisfecho de la sandez que acababa de proferir.
—Estoy completamente de acuerdo contigo —le aseguré—, es lo que yo digo siempre.
Abrió un cajón del escritorio y sacó un sobre blanco, de tamaño folio, del que extrajo dos fotografías de sendos cuadros. Me los mostró. Eran dos óleos de distintos pintores, o eso me pareció. Uno era un clásico bodegón, el otro un paisaje rústico con tres campesinos: una muchacha, un anciano que se apoyaba en un cayado y un mozo con una azada al hombro y tocado con una barretina. No era preciso ser muy sagaz para deducir que era obra de un pintor catalán. Por el estilo, parecían pinturas modernistas, de principios del siglo XX.
—¿Podrías hacer una copia de estos cuadros? —me preguntó Turpin.
—¿Sobre estas fotos? —inquirí.
—¡No! Con base en los originales, por descontado. El bodegón es de Isidre Nonell. El paisaje con figuras, de un contemporáneo suyo, Llimona i Bruguera, no sé si lo conoces.
Le dije que a Nonell lo conocía, al otro no. No me gustaba ninguno de los dos cuadros, pero me lo callé. Le aseguré que podría copiarlos. Pensé que la dificultad técnica que entrañaban era muy inferior a la de un cuadro de Velázquez; lo que no quise recordar era que mi destreza para copiar cuadros de Velázquez, o de cualquier otro pintor clásico, estaba por demostrar, aunque ante Turpin me hubiera jactado de lo contrario. Lo más peligroso de mentir, es que en ocasiones acabas por creerte los propios embustes, y eso me sucedió esa mañana. Copiar a Nonell, decidí, estaba chupado, podía hacerlo con los ojos cerrados.
Turpin me explicó que esos cuadros pertenecían a la pinacoteca privada de una familia de la alta burguesía barcelonesa, propietaria de una espléndida colección de pintores modernistas catalanes, proveniente del bisabuelo del actual dueño, quien en su tiempo actuó de mecenas de varios de los pintores representados en la colección y cobraba en especie. Me dijo que los óleos cuyas fotos me había mostrado adornaban los salones del palacete barcelonés del siglo XV, donde residían esos ilustres burgueses, quienes, alarmados por la reciente oleada de robos de obras de arte en domicilios privados, habían decidido encargar copias de los originales, para colgarlas en su lugar y poner éstos a buen recaudo en la caja de seguridad de un banco.
—Ni que decir tiene que esas copias han de ser perfectas, indistinguibles de sus originales salvo a los ojos de un experto —me advirtió Turpin.
Acepté el reto. Me ofreció cuatro mil euros por las dos copias, un precio modesto, pero no regateé. Hubiera realizado gratis ese trabajo; me permitiría adiestrarme en el difícil arte de la copia y prepararme para mi ambicioso asalto a Velázquez. En ocasiones, cuando atravieso una racha de contratiempos, sospecho que Dios existe y me tiene manía; esa mañana, comprendí que era una de sus elegidas.