Corazón de napalm
Capítulo 3
¿Qué hora sería? Era difícil conjeturarlo, la luz tenía esa tonalidad apagada, metálica, que igualaba las tardes a las mañanas. La omnipresente calima difuminaba el contorno de la playa. Desde donde Fede estaba sentado, apenas se podían adivinar las rebabas de espuma que a intervalos regulares vomitaban las olas. El mar Cantábrico era como una fiera irritable, exasperada por el encierro de sus orillas, que abría la boca y enseñaba los dientes en señal de amenaza, como diciendo, cuando me harte de verdad, vais a ver la que armo, os vais a acordar. Nada hubiera complacido más a Fede en ese momento que una buena tormenta, una tempestad con rayos y truenos, vientos huracanados y olas de diez metros de altura que engulleran las barcas de pesca. Era como una jaula Santander, como esas campanas de vidrio o plástico transparente que encierran un paisaje congelado y, si les das vuelta, ves cómo cae, blanca y persistente, la nieve. Y era como si él, Fede, estuviera atrapado en el interior de uno de esos pisapapeles. Por eso deseaba que el mar rugiera y rompiera con su furia y su violencia ese envoltorio de niebla que le oprimía como un peso. «Aunque si llueve se van a mojar las bragas», pensó, «mejor haría en guardarlas». Sin embargo, no se movió.
Era el día de su cumpleaños y nadie le había felicitado. 23 de agosto de 1984. Ya era un hombre, o casi: tenía trece años. Había pasado toda la mañana esperando que le llamara su madre. No lo había deseado de forma consciente, aunque al regresar del barbero confiaba en que alguien, Natalia o su padre, le dieran la noticia: «te ha llamado tu madre», aún sabiendo que eso era imposible, que no le iba a llamar, ni ése, ni ningún otro día. Pero ¿se habría acordado de su cumpleaños? ¿Habría sentido la tentación aguda de hablar con él? ¿Estaría entristecida por no poder hacerlo? De pronto, se le ocurrió que tal vez su madre sí le había llamado, aunque, por descontado, Natalia no iba a decírselo, se lo tendría bien callado. Lo había recibido con un grito al regresar del barbero.
—¿Cómo te has atrevido a hacerme esto?
¡Hacerme!; daba por supuesto que todos los actos de Fede guardaban exclusiva relación con ella y no tenía nadie más en quién pensar. Lo contempló horrorizada, tapándose la boca con una mano, como si viera con la lengua. «¡Gabriel!», reclamó al instante con voz imperiosa, «ven a ver lo que ha hecho tu hijo». Y su padre había bajado del piso de arriba, cabizbajo, preparado para la escena que se avecinaba. Obediente, observó con consternación el cráneo pelado de Fede.
—Federico… —musitó su padre a modo de reproche y volvió su rostro preocupado a su iracunda mujer, anticipando el estallido. Pero éste no se produjo. Natalia arrugó el ceño, inspiró hondo y declaró con firmeza:
—Federico no puede ir así al bautizo. Tendrá que llevar sombrero.
¿Sombrero? ¿Qué sombrero?
—Yo no se lo puedo prestar, no tengo —anunció su padre—. ¿Por qué no se pone una gorra de béisbol? —propuso, siempre conciliador.
—¡Tú estás loco! ¿Cómo va a ir a la iglesia con una gorra de béisbol? Sería una falta de respeto. Le pediré a mi padre que le deje uno de sus sombreros, él tiene varios. Y te lo pondrás —advirtió Natalia a Fede, amenazándole con un dedo—. ¡Vaya si te lo pondrás! Ahora corre a tu cuarto a cambiarte. Hemos de estar en la iglesia dentro de veinte minutos.
Pero él se había negado. No estaba dispuesto de ninguna de las maneras a enfundarse el traje oscuro, con la camisa a rayas rojas y blancas y la corbata gris, que le había comprado Natalia. La americana y el pantalón se los hizo acortar por una modista, pues no había encontrado trajes de niño de su tamaño.
—¡Con lo caro que me ha salido ese traje! Y ahora no quieres ponértelo —se escandalizó Natalia.
—No me voy a cambiar —se reafirmó Fede, sosteniéndole la mirada—. Iré así. A mí me gusta lo que llevo, me parece elegante.
A Natalia le salían los ojos de las órbitas. ¡Elegante! Una camiseta amarilla, con la leyenda «Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols», en letras rosas y negras, y un pantalón vaquero demasiado grande, desteñido, con agujeros… Para no hablar de las mugrientas zapatillas deportivas. Natalia no daba crédito. Su inmensa tolerancia se veía recompensada con semejante deslealtad. Tenía que morderse los labios para no prohibir a Fede que saliera de su casa y se paseara por Santander (¡su ciudad, donde la conocía todo el mundo!) con esa facha. Lo hacía por evitar una pelea, ya habían tenido varias por ese motivo y siempre acababa cediendo ella, en aras de la paz familiar. ¡Pero ese desplante insólito en el mismo día del bautizo de su hijo!
Fede disfrutaba sacándola de sus casillas; era una lucha encarnizada entre los dos, a la que su padre, testigo mudo, asistía impotente. Natalia le había exigido que se cortara la cresta que llevaba en la cabeza para el bautizo de Gabi, el recién nacido, su hermano pequeño. Él, Fede, era punk, por eso llevaba la cresta, era un signo de identidad, afeitársela era perderla, aunque naturalmente eso a Natalia no le podía importar menos. Pero había transigido, fue al barbero. Y una vez allí, sentado en la butaca reclinable de escay granate, le vino la inspiración. Y se hizo cortar el pelo a cero. Para joderla, claro, ¿para qué, si no? Lo había conseguido, estaba furiosa. Esa mujer era muy tonta, mezquina y tonta; Fede la manejaba como quería. ¡En castigo, le había prohibido ir al bautizo, como si eso fuera a afligirlo!
—Y cuando volvamos de la iglesia con los invitados, te vas a quedar encerrado en tu cuarto, no vas a comer con nosotros. ¿Está claro? —le había dicho Natalia—. No le pasará nada porque ayune un día. Con lo gordo que está, incluso le conviene — había añadido, a modo de explicación dirigida a su padre, como si a éste le quitara el sueño la alimentación de su orondo hijo mayor. Su padre se había pasado una mano nerviosa por el pelo engominado, se había ajustado, en un tic frecuente, el nudo de la corbata, había chasqueado la lengua con contrariedad, como para dejar constancia de que él también desaprobaba el comportamiento del díscolo Fede y, tomando del brazo a su mujer, había mascullado, «bueno, ya está. Vamos, Natalia, que se está haciendo tarde».
¡Mariconazo!
Era tanto el desprecio que le inspiraba su padre, que Fede no pudo reprimir un escupitajo. Con el dorso de la mano se limpió el hilillo de saliva que le quedó colgando del labio y lanzó una mirada furtiva a la izquierda, hacia la playa de la Magdalena, en dirección a la cual había desaparecido el mendigo. Sacó un cigarrillo del paquete de Nobel que le había robado a Natalia y lo encendió con su zippo. Al inspirar, el humo le sabía a sal, a gaviotas y a mar. Se puso a recordar. La mañana de la catástrofe, el día en que todo cambió. Para peor.
Haría de eso cerca de un año. La noche anterior hubo juerga en su casa de Barcelona. Sus padres no habían cenado con él, habían ido a una fiesta; les gustaban mucho las fiestas, no se perdían una. Él los había oído regresar en algún momento de la madrugada. Armaron bulla. Pusieron música y conversaron en voz alta con sus invitados. El clamor de las voces exaltadas atravesó las paredes, se filtró por las rendijas de la puerta de su cuarto y penetró en el oído de Fede, en su cama, desvelándolo. Estaba acostumbrado al follón, así que no tardó en volver a dormirse. Secretamente, le gustaba saber que ya no estaba solo en casa. Cuando se levantó por la mañana, todo estaba en silencio. Era como si el piso se hubiera contagiado de sus dueños y también tuviera resaca. El salón, a oscuras, olía a tabaco y alcohol y a sudor humano. Dio la luz y vio el desorden de vasos y copas sucios, sobre la mesa baja y las estanterías, junto a una pata de la alacena, en precario equilibrio contra el soporte del televisor… Los ceniceros llenos de colillas de cigarrillos y canutos. Los almohadones tirados por el suelo. Lo normal después de una noche movida. Levantó un poco la persiana y permitió que la luz entrara a rajas, con cautela, en el salón, iluminando el polvo que recubría los muebles. Encendió la tele y se tumbó en el suelo, la cabeza sobre un almohadón. Se puso a ver una carrera de motos. El volumen del televisor impidió que oyera entrar a su padre. Éste venía de la calle. Tenía muy mal aspecto, debía de haber pasado la noche en vela.
—¡Hey! —dijo su padre a modo de saludo. Fede ni contestó, siguió mirando la tele.
—¡Eh, tío, saluda! —exigió su padre—. ¿Has desayunado? —le preguntó. (En aquella época su padre no se llamaba Gabriel, sino Chino, y a él no lo llamaba «hijo mío» o Federico, como ahora, sino colega, tío o, simplemente, tú. Fede, por su parte, lo trataba de viejo o Chino; lo de papá era de niño pijo).
Como tenía hambre, decidió contestar «No», sin desviar los ojos de la pantalla. Su padre le propuso acompañarlo a desayunar fuera, al Loro Verde, y él accedió; le gustaban los bares.
—Voy a ver si Carmen tiene algo de pasta —le informó su padre—. Yo estoy pelado, no sé qué coño ha pasado esta noche, no llevo un duro.
Y su padre se adentró en el pasillo. Fede pudo oír cómo abría la puerta de la habitación que compartía con Carmen, su madre, porque había quitado el sonido de la tele; disfrutaba viendo esas potentes motos deslizarse en silencio por la pista, en un ballet pesado e hipnótico. Al poco, su padre salió del cuarto y se encaró con él, el semblante alterado.
—¿Quién es ese que está con tu madre en mi cama? —le preguntó.
Fede se encogió de hombros; no tenía idea. Observó con fijeza a su padre, esperando su reacción. Con poca ilusión, era cierto; sabía que su padre no iba a hacer nada ante ese ultraje; no iba a retar a duelo al intruso, ni a repudiar a la adúltera. No iba a armar ningún escándalo, entre otros motivos, porque él, su padre, siempre tenía algún pecadillo propio que ocultar. Y Fede no se engañaba. Su padre arrugó el entrecejo, hundió los puños de las manos en los bolsillos de su cazadora marrón de cuero, movió la cabeza a uno y otro lado, como un animal perseguido y, después de reflexionar, le dijo:
—Oye, ¿por qué no entras en mi cuarto y miras si ese pavo lleva algo? Su chupa está colgada de una silla. Píllale un par de billetes para el desayuno.
¡Siempre tan cobarde! ¿Por qué no lo hacía él mismo? Al fin y al cabo, era su habitación. Pero a Fede la idea no le desagradaba. Era lo mínimo que se merecía ese individuo que había osado meterse en la cama de su madre. Le desasosegaba sobremanera que Carmen hiciera esas cosas, compartir el lecho con desconocidos, hubiera querido prohibírselo, pero ¿con qué derecho? Si esa piltrafa que tenía por padre hiciera valer lo suyo… Se levantó del suelo y, tal como iba, descalzo y en pijama, entró de puntillas en la alcoba cuya puerta el Chino había dejado entornada. Era un ladrón habilidoso; tenía fama. Le gustaban los desafíos. Es sabido que el Corte Inglés está plagado de detectives de paisano, pero eso a él no lo amilanaba, al contrario. Jamás había salido del Corte Inglés sin llevarse algo por lo que no había pagado. Sostenes para su madre, calcetines de tenis, galletas, chocolate… Tenía manos de prestidigitador. Ya en la calle, disfrutaba rebuscando en los bolsillos y debajo de la chupa y extrayendo objetos robados, para rendida admiración de sus amigos. Su madre le reñía, «Fede, ya sabes que no me gusta que robes, un día de éstos te van a coger», pero de todas formas se ponía los sostenes.
Para deslumbrar a su padre con su pericia, esa mañana consumó la hazaña de sacar la cartera del bolsillo de la cazadora del hombre dormido, llevara al salón, examinar su contenido, sustraer dos mil pesetas y volver a entrar en la habitación conyugal para reintroducir la cartera, aligerada, en el bolsillo. Vano empeño, porque su padre no le prestó ninguna atención. Sentado de través sobre un brazo del sofá, una pierna sobre la otra, fumando un cigarrillo, fingía contemplar la silenciosa carrera de motos de la televisión, como si lo que estaba haciendo Fede le fuera ajeno y nada tuviera que ver con él. Aunque no perdía detalle, porque cuando Fede regresó al salón por segunda vez, le preguntó con avidez:
—¿Cuánto?
—Dos talegos —repuso Fede.
—Dámelos —le dijo su padre—. Los guardaré yo.
Fede se negó. Él había corrido el riesgo, el dinero era suyo; invitaría a su padre al desayuno en el Loro Verde y se quedaría con el cambio. Su padre rezongó.
—No tienes edad de andar con tanto dinero —dijo—. No es formativo. Espérame un momento, que tengo que ir al baño.
Pero la puerta del baño estaba cerrada. Solía suceder; el usuario, al salir, olvidaba poner en posición vertical el pitorro que accionaba el mecanismo de cierra y luego la puerta no se podía abrir. La noche anterior, la casa se había llenado de desconocidos que ignoraban esa particularidad, cualquiera de ellos podía ser el causante del contratiempo. Fede era un avezado abridor de puertas, al menos de ésa. Cogió una varilla de alambre que guardaban en un cajón de la cocina con ese propósito e introdujo la punta por el agujero circular del pomo metálico de la puerta del baño. Lo removió con destreza y consiguió desactivar el mecanismo. Cuando abrió la puerta, descubrió que el baño no estaba vacío.
Y ése fue el principio del fin.
El hombre estaba sentado sobre la tapa del váter, el tronco inclinado a la izquierda, la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados. Tenía una jeringuilla clavada en el antebrazo. Fede sabía quién era, aunque tardó en reconocerlo. Era el Pils, un tío que estaba muy pirado, amigo o conocido de sus padres. Chaparro y cabezón, lucía una gran mata de pelo negro con tupé, que le daba aire de rocker. Era simpático. Fede pensó que muerto parecía un muñeco.
La palidez súbita del rostro de su padre le hizo darse cuenta de la magnitud del acontecimiento.
Lo primero que hizo el Chino fue despertar a su madre. Ésta apareció en el pasillo, vestida sólo con una camiseta que pertenecía al Chino y que, por fortuna, le tapaba el culo, los ojos legañosos, su larga cabellera castaña enmarañada. A su lado, un chico menudo y flaco, en calzoncillos, que no debía de tener más de veinte años, se rascaba la cabeza y los contemplaba aturdido.
—¿Qué coño pasó aquí anoche? —le espetó el Chino a su madre, sin dignarse a mirar al chico.
—¿Qué pasó? ¡No pasó nada, que yo sepa! Y no grites, que acabo de levantarme —replicó su madre.
—¿Qué te metiste, eh? ¿Qué hiciste en cuanto yo cogí la puerta de la calle? — insistió su padre, furioso.
—No me metí nada. Me bebí unas copas, me fumé un par de porros y luego me fui a dormir, con éste —respondió su madre, poniendo una mano en el brazo del desconocido, para apartarla de inmediato—. Había mogollón de gente en casa, no hubo manera de que se fueran. Yo creí que ibas a volver. Saliste sólo a por unas bolsas de hielo, o eso dijiste. ¿Ya no te acuerdas?
—¡Claro que me acuerdo! —respondió su padre y, por el énfasis y el aplomo de su voz, Fede comprendió que no recordaba nada—. He vuelto, yo siempre vuelvo. Y mira con lo que me he encontrado.
Con un gesto teatral, su padre invitó a su madre a entrar al baño.
Como siempre, fue su madre quien se hizo cargo de todo. Despachó al jovenzuelo con el que había pasado la noche, después de que éste, muy impresionado por el espectáculo del retrete, manchara de vómito el parqué del pasillo, que Fede se apresuró a limpiar con el mocho para darle a ese individuo una lección de templanza y coraje, así como para transmitirle a su madre un mensaje cifrado: «puedes contar conmigo, estoy a tu lado, no soy un cagado como el Chino». Su padre, sentado en el sofá del salón, la mirada perdida en la pantalla del televisor, se mordía las uñas y fumaba un cigarrillo tras otro. Mientras tanto, su madre se ocupó de llamar por teléfono a Marilis y a la policía (pese a las protestas de su padre: «¿A los maderos? ¿Cómo que vas a llamar a los maderos? ¿Quieres que se nos lleven para adentro?»), y, después de vestirse, con la ayuda de Fede, puso un poco de orden en el salón, ya que iban a recibir visitas. Recogieron deprisa y en silencio, evitando mencionar al intruso del cuarto de baño, como si allí no hubiera ningún cadáver y, tras la limpieza, fueran a desayunar en familia como cualquier otro domingo al despertar de una farra. Aún no habían terminado cuando su madre le dijo: «Ya está bien, Fede, déjalo. Ven aquí».
Se acercó su madre y vio que estaba asustada. Él tenía una mano ocupada con el cepillo y otra con el palo del recogedor, por eso no la abrazó. Era algo a lo que después dio vueltas mil veces en su cabeza, para arrepentirse en cada ocasión. ¿Por qué no lo hizo? Porque había perdido la costumbre, quizá. Cuando era pequeño, flaco y escurridizo, era algo que hacía sin pensar, sin dudarlo. Su madre y él estaban como imantados, Fede enseguida encontraba un lugar sobre sus rodillas, entre sus brazos. Se pasaban el día pegados. «Sois como amantes», decía su padre. Pero luego todo cambió: él engordó, se hizo mayor y le pareció impropio y poco varonil acariciar a su madre. Aunque no fue eso tampoco, o no sólo. Los picos tuvieron mucho que ver, la heroína puso distancia entre los dos. Bajo sus efectos, su madre se replegaba en sí misma. Su expresión ausente, el ronroneo de su voz, denotaban un bienestar que no quería compartir con nadie. Se rascaba una y otra vez los brazos, con una media sonrisa beatífica, las pupilas contraídas al tamaño de cabezas de alfiler. Cuando estaba ciega, tenía un aliento especial, olía a almendras amargas. Al regresar del colegio, lo primero que hacía Fede era escudriñar los ojos de su madre; según la dimensión de sus pupilas, sabía a qué atenerse.
Pero la mañana en que murió el Pils, su madre no estaba colocada. Desde ese día Fede no la había vuelto a ver, por eso recordaba cada gesto, cada palabra de su madre aquella mañana. Carmen le puso las manos sobre los hombros y le informó, seria, de que él se iría con Marilis, a quien había avisado y que estaba al caer, porque no quería que se hallara en el piso cuando llegara la policía. A él eso le preocupaba, no en vano había visto en la tele decenas de películas y series criminales: tenían un muerto en el váter. ¿Iban a meter a su madre en la cárcel?
—No te extrañe —llegó desde el sofá la voz ominosa de su padre. Pero su madre lo desautorizó.
—No nos va a pasar nada —le aseguró a Fede—. Vete tranquilo, todo irá bien. Nadie tiene la culpa, ha sido un accidente. Cuando esto haya acabado, te iré a recoger a casa de Marilis.
Todavía la estaba esperando.
Un perro se acercó corriendo por la arena desde la orilla, la lengua afuera, meneando el rabo. Se detuvo en seco ante la impresionante exposición de bragas y con timidez, casi con respeto, se puso a husmear una braga de puntilla blanca. Detrás, avanzando con esfuerzo, venía su dueña, una mujer mayor, con el pelo cubierto con un pañuelo estampado y ataviada con una falda larga y oscura que el viento le enredaba entre las piernas. Miraba a Fede y luego a las bragas, una y otra vez, con el semblante cada vez más inquieto, buscando entender el significado de ese espectáculo. Él no se movió de donde estaba. Siguió fumando con tranquilidad, disfrutando del embarazo de la mujer, quien sin duda deseaba intervenir, decir algo, mostrar de algún modo su oposición tajante a esa impúdica escena: un niño gordo y calvo fumando en la playa, rodeado de bragas. Pero no se atrevió a decir nada, Fede la cohibía. La mujer apretó la boca en un gesto de reproche y volvió la cabeza hacia el mar.
—Vamos, Blanquita —urgió a la perra sin mirarla y empezó a alejarse deprisa.
—¡Tss! —le chistó Fede, envalentonado—. ¡Oye, tú! —le gritó al ver que no le hacía caso.
La mujer se dio vuelta y lo observó medrosa.
—¿Tienes hora? —le preguntó Fede, deleitándose en su miedo.
Con un gesto brusco la mujer acercó la muñeca izquierda a sus ojos y le respondió con sequedad:
—Son las cinco y diez de la tarde.
—Gracias —le dijo Fede con educación, pero la mujer no contestó «no se merecen», como solían decir en Santander. Continuó caminando hacia la orilla con rapidez, escoltada por la perra, que, a diferencia de ella, no temía que Fede la siguiera para ponerle una navaja en el cuello y exigirle el relojito de oro de su muñeca, sus pendientes, sus pulseras… Infundir temor le hacía sentirse bien, aplomado, seguro de sí mismo. ¡Relajado! Cuando llegaba a un colegio nuevo, siempre repetía el mismo proceso. El primer día permanecía taciturno, mirando a los demás alumnos y a los profesores con ojos hostiles, sentado indefectiblemente en la última fila. Si algún profesor incauto osaba obligarlo a sentarse delante, pronto se arrepentía y le permitía sentarse donde él quisiera, cuanto más atrás, mejor. Al principio se limitaba a observar, a reconocer el territorio; quién sería el empollón, quiénes los gallitos de la clase. Jamás, por ningún concepto, bajaba la vista, sostenía desafiante todas las miradas, incluida la del director. No hacía el menor esfuerzo por confraternizar con nadie. Se comportaba con altivez, incluso con cierto desprecio, a la espera del primer incauto que decidiera burlarse de él por su gordura o por su bisoñez. Ése era su momento: ¡menudas palizas les daba! En dos días corría la voz, tenía el colegio a sus pies y era el alumno más temido, admirado y respetado, si bien no por el claustro. Era indescriptible la sensación de euforia, de júbilo y poder que le proporcionaba sentarse a horcajadas sobre su rival vencido; retorcerle el brazo y, contemplando su rostro lloros, amoratado, preguntarle con fruición: «¿Quieres más?».
—¡Eres una bestia! —le había dicho Natalia recientemente y él había recibido ese insulto como un cumplido. Esa mujer maligna estaba empeñada en que adelgazase para que perdiera su fuerza, para sojuzgarle, reducirle y domarle como había hecho con su padre. Se imaginaba a sí mismo luchando cuerpo a cuerpo contra Natalia sobre la alfombra persa del salón de la casa de Santander, propinándole un derechazo certero en el pómulo insolente, en su estúpida naricilla respingona, rompiéndole tres dientes de un puñetazo, largándole una patada a la sien que le abriría una brecha de la que manaría a borbotones sangre, roja y caliente… Y cada vez que se entregaba a ese ensueño, tenía una erección. Era extraño, porque Natalia no le atraía en absoluto.
Después de lo del Pils, pasó un mes y medio viviendo en casa de Marilis, la íntima amiga de su madre. Siguió acudiendo al colegio de todos los días (o bastantes) y ni siquiera cambió de barrio. Marilis era vecina, vivía en Sarrià, como ellos. La casa de Marilis estaba en la calle Benedicto Mateo, la de Fede, unas manzanas más allá, en Río de Oro, pero pese a la proximidad, no le permitieron regresar a su casa, ni siquiera a por ropa, fue Marilis a buscársela. No podía ver a sus padres, lo tenía prohibido por su abuelo, el padre de su padre, el sostén de la familia. Su madre era tan pobre que, por no tener, no tenía ni padres. Procedía de Bujaraloz, un pueblo de Los Monegros, una región perdida de Aragón que, según le había explicado a Fede, era como un desierto, sólo que sin camellos. Su abuela materno murió al poco de dar a luz al hermano pequeño de su madre, el tío Mariano, más conocido como «el hijoputa de Marianito» en su pequeña familia. Tras enviudar, su abuelo materno se había vuelto a casar con una hermana de su difunta mujer, quien crió a su madre, Carmen y a su hermano, Marianito. La tía y madrastra, quien no tuvo hijos propios, adoraba a Marianito y detestaba a Carmen, o eso alegaba su madre, quien a los dieciséis años abandonó el domicilio paterno y el pueblo de Los Monegros para no regresar jamás.
Su abuelo paterno, en cambio, era millonario. Tenía una fábrica de rodamientos. También tenía una mujer del Opus, que se negaba a conocer a Fede hasta que su hijo Gabriel (alias el Chino) y la madre del niño estuvieran casados. Si el Pils no hubiera tenido la mala idea de meterse un pico en el baño del piso de Río de Oro aquella noche infausta, su padre no estaría casado con Natalia, sino con Carmen, su madre, y él no estaría pasando frío, rodeado de bragas, en la playa de los Peligros.
Pocos meses antes del incidente, sus padres, presionados por su abuelo, que amenazaba con cortarles el grifo del dinero, accedieron a contraer matrimonio, previa desintoxicación. Y a trancas y barrancas, estaban cumpliendo su compromiso. Hacía más de ocho semanas que su madre tenía las pupilas normales y su padre no desaparecía durante días, ni estaba siempre pendiente de misteriosas llamadas telefónicas. En su casa, el ambiente se había vuelto festivo, porque desde que no consumían heroína, sus padres habían descubierto el alcohol y tenían de continuo una copa de vino o de cerveza en la mano, y eso a Fede le llenaba de gozo, que se hubieran vuelto, de algún modo, tan convencionales, como los demás padres. Incluso le hacía ilusión que se casaran. No por él, por su madre: ella lo deseaba. Eso le sorprendió, no lo imaginaba, aunque no le indignó, como a Marilis.
—No sé cómo puedas capitular de esa manera —le había reprochado Marilis a su madre—. ¡Casarte por la iglesia! ¡Qué retrógrado!
—A mí no me importa —había musitado su madre, bajando la cabeza, como avergonzada.
—¿Que no te importa? ¡El matrimonio es una institución burguesa absolutamente caduca, una farsa! Es una cuestión de valores, de principios morales, ¡no se puede contemporizar con el sistema! —Marilis se sulfuró tanto, que arrojó la ceniza del porro que se estaba fumando sobre el contenido de su taza de té, lo que agudizó su enfado.
—¡Qué más da, Marilis! —había terciado su madre—. Mira, tengo un catálogo de trajes de novia —dijo, buscando apaciguarla—. No me gusta ninguno, pero… Los padres del Chino esperan que vaya vestida de blanco y… No pienso llevar velo, ni cola, eso por descontado… ¿Qué te parece éste?
—Demasiados volantes —había sentenciado Marilis y, olvidados sus principios morales, juntó su cabeza a la de su madre y las dos se pusieron a hojear el catálogo, comentando los distintos modelos con espíritu crítico.
Una vez casado como Dios manda, su padre se iba a poner a trabajar en la empresa del abuelo, que algún día sería suya, o eso decía el Chino; el abuelo callaba. Era el abuelo quien pagaba el colegio de Fede, los Escolapios, un colegio privado, religioso. En ese colegio, Fede siempre se sintió un bicho raro; se comparaba con los demás niños y, sobre todo comparaba a sus padres con los de sus compañeros y veía una brecha insalvable.
—¿Por qué no vamos a misa los domingos? —le preguntó una vez a su madre cuando era pequeño, tendría seis o siete años.
—Porque nosotros somos modernos —le contestó su madre y esa explicación le satisfizo, le hizo sentirse especial, por encima del vulgo. Puesto que eran modernos, sus padres iban de juerga y fumaban porros, su madre vestía minifaldas, se ponía pelucas y, una vez, se tiñó la melena de color azul. Al abuelo esa modernidad lo exacerbaba, era el hombre más convencional del mundo. Iba siempre vestido con traje y corbata, incluso los domingos (aunque Fede nunca lo había visto en domingo; alguna vez un sábado, por lo regular, entre semana). Era alto, como su padre, y corpulento (su padre era muy flaco). Caminaba muy erguido, un poco envarado, con pasos lentos y pesados, que se podían oír y dejaban huella, como corresponde a un hombre de cierta importancia. Era serio, con el entrecejo permanentemente fruncido, como si todo en este mundo fuera merecedor de su más rotunda desaprobación, aunque tal vez, cuando no estaba con ellos, con Fede y sus padres, seres tan reprobables, el abuelo desarrugara la frente y hasta se permitiera una broma o una sonrisa. Hablaba poco, aunque con una voz tan estentórea, que cuando llevaba a Fede a merendar a una granja La Catalana, al pedir su café con leche y su cruasán, la camarera que les tomaba nota daba un respingo. Era un hombre imponente, que cohibía con su sola presencia, a diferencia de su hijo Gabriel, quien no inspiraba respeto a nadie.
Fede temía a su abuelo, pero lo disimulaba, porque mostrar miedo es de maricones. A su madre, Carmen, de ordinario tan aplomada, se le trababa la lengua en presencia del viejo y se ponía colorada cuando éste le dirigía la palabra. Fede sabía, porque el Chino no se había privado de explicárselo, que su abuelo opinaba que su madre, forastera, pobre e ignorante, era indigna de su hijo, catalán, de buena familia y tan ignorante como ella (aunque esto último jamás lo mencionó su padre). Le constaba que a él le habían puesto el nombre de pila de su abuelo por decisión de su madre, que buscaba congraciar a su hijo con el viejo y ponerlo bajo su amparo. Por alguna razón, ese nombre no cuajó y todos, su madre incluida, lo llamaban Fede, por Federico, un gato que tuvieron sus padres antes de que él naciera y que murió atropellado por un coche, tras haberse escapado (según las malas lenguas —sus padres lo negaban— después de que le hubieran metido en la boca una anfetamina, a ver qué pasaba).
Las relaciones de su madre con su abuelo eran tensas y el abuelo hablaba con Carmen sólo lo imprescindible. Acudía a la casa de Río de Oro (que era suya, del abuelo) una vez al mes, a buscar a Fede, en teoría para llevarlo a merendar, en realidad para controlar sus calificaciones escolares. Al principio, esas meriendas eran muy dolorosas; las notas de Fede eran malas, incluso pésimas, y el abuelo, al confrontarlas, se sumía en un mutismo acusador hasta que lo devolvía a casa. Pero Fede pronto espabiló y las últimas meriendas, antes de la catástrofe, fueron distendidas, casi cordiales. En una ocasión en que Fede obtuvo tres Excelentes, uno de ellos en Matemáticas, el abuelo lo felicitó y hasta le dio una palmadita amistosa en el hombro. Esa noche, al volver a casa, Fede tuvo una escena con su madre.
Lo recibió furibunda. La habían convocado con urgencia al colegio de Fede para comunicarle que su hijo llevaba tres meses suspendiendo todas las asignaturas y faltando a la mitad de las clases. Su madre estaba disgustada, pero también preocupada, porque para ella la educación tenía una importancia desmedida. Quizá porque dejó la escuela a los catorce años, tenía ilusión en que Fede estudiara una carrera universitaria y fuera médico, abogado, arquitecto, o algo igualmente estúpido pero respetable, que ostentara un título que le permitiera mirar de frente y sin cohibirse a seres campanudos y solemnes como su propio abuelo. Pero no era sólo el futuro de Fede lo que peligraba; también la subvención mensual del abuelo. Esa noche Fede compadeció a su madre. La vio tan apurada, que casi deseó haber estudiado.
—¿Por qué lo has hecho? —le preguntó su madre una y otra vez—. ¿Por qué nos has mentido? ¡Con lo feliz que me sentía por tus buenas notas! Y resulta que las has falsificado…
Se sintió muy culpable, pero al mismo tiempo extrañamente complacido, incluso halagado. No esperaba ese interés, le sorprendía que su madre se preocupara por él. No supo qué decirle, ni siquiera atinó a contestar que lo de mentir era una tradición familiar. Bajó los ojos para esquivar la mirada de reproche de su madre y notó cómo se le enrojecía el rostro, ¡se estaba ruborizando, como cuando no era gordo! Empezó a aducir, a media voz, que no estaba a gusto en ese colegio de curas, para niños pijos, «es que yo… Nosotros somos modernos, mamá, preferiría ir al instituto», argumentó, arrepintiéndose al instante de haberla llamado mamá, era un gesto de blandura imperdonable. Sin embargo, de algún modo, eso lo envalentonó, lo empujó a franquearse. Le explicó a su madre, despacio y con paciencia, como el adulto que habla con un niño, que él no tenía ningún interés en aprender nada de lo que le enseñaban en el colegio («a mí me importa un huevo dónde está el esófago, ¿entiendes, Carmen?»); si accedía a ponerse el ridículo uniforme de los Escolapios todos los días y acudía a ese lugar donde se aburría atrozmente y nunca pasaba nada, era por ella, para tenerla contenta. Y no debía temer las consecuencias, porque el abuelo no se iba a enterar de la realidad de su situación escolar, él iba a seguir falsificando las notas el tiempo que hiciera falta, por lo menos hasta el día de la boda. Fue una conversación delicada, llena de sobreentendidos; le confesó a su madre que hacía cosas por ella, dio por sentado que ella iba a ser su cómplice y lo iba a encubrir ante su abuelo y ante el colegio. Carmen protestó, hizo amago de enfadarse, pero terminó por aceptar que, dadas las circunstancias, lo que Fede proponía era lo más conveniente.
Fue la última conversación a solas que tuvieron los dos y la primera en la que hablaron como iguales. La recordaba con un punto de orgullo; su madre se hallaba angustiada, sobrepasada por los acontecimientos y él supo y pudo tranquilizarla. Se comportó como un hombre; asumió el problema y lo resolvió, disipó el miedo de los ojos de Carmen y le hizo comprender que podía confiar en él, que no todos los tíos eran tan manguis como el Chino. Por eso le desazonaba su torpe actuación el día de la muerte del Pils. No atinó a reaccionar. Permitió que su madre tomara la iniciativa y…
Estaba empezando a llover. Unos goterones gruesos y sorprendentemente cálidos le martilleaban la calva. Se puso a recoger las bragas y las metió deprisa, a puñados, en la bolsa de plástico. Se levantó y escudriñó el horizonte, como si esperara una señal procedente del mar de acero, una indicación, dónde ir, qué hacer. Pensó que lo que le diferenciaba del mendigo con el que se había topado hacía un rato era que éste, casi con toda seguridad, sabía dónde iba a pasar la noche. Luego se preguntó qué haría Sid Vicious en su lugar.