Corazón de napalm
Capítulo 4
Fue el primer juez que conocí en mi vida, lo cual no deja de ser sorprendente, considerando que yo ya había cumplido los treinta y cinco años cuando me topé con Juan. Al decirme éste su profesión, me quedé helada. Maldije mi imprudencia, mi locuacidad desatada; le explico mi vida al primero que veo, sin preguntar ni indagar nada, dando por sentado que todo oído que me presta atención es neutral o, al menos, está bien dispuesto hacia mí. Ya no tengo edad para ser tan ingenua. Mira por dónde, le acababa de confiar, nada menos que a un juez, que me dedicaba a falsificar cuadros. Y en la cafetería del museo donde se exponían en esa fecha todos los cuerpos del delito, por llamar así a las obras de Maristany (y mías). Al enterarme de su oficio, miré a Juan consternada, incapaz de articular palabra. A punto estuve de tenderle las manos para que me las esposara. Pero él se rió al percibir mi azoramiento. Me dijo que era juez de menores, me aseguró que los delitos y faltas cometidos por adultos no eran de su incumbencia y añadió, «no me gusta trabajar los fines de semana. En lo que a mí respecta, no me has contado nada». Le agradecí que fuera, ¿cómo decirlo?, tan generoso con mis pecadillos y decidiera pasarlos por alto con esa elegancia. Por si acaso, cambié de tercio y le pregunté de dónde era, de qué conocía a Víctor, dónde vivía, cuánto tiempo hacía que trabajaba de juez, ¿por qué de menores? Y por la forma seca, casi monosilábica en que contestó a mis preguntas, comprendí que no le gustaban los interrogatorios o, mejor dicho, los interrogatorios ajenos, que tenían su persona o su vida privada por objeto.
No obstante, respondió por orden mi retahíla de preguntas: me dijo que era de Calatayud y que había conocido a Víctor en un colegio de Zaragoza, en el que estuvo interno. Hacía apenas seis meses que le habían destinado a Barcelona, antes ocupaba plaza de magistrado en Sevilla. Vivía en la calle París, esquina con Muntaner. «Me extraña que no me hayas preguntado si soy soltero o estoy casado», observó cuando hubo contestado todas mis preguntas y yo me volví a ruborizar. En mi afán por echar tierra sobre los cuadros falsificados, me había excedido y había pecado de inquisitiva; no es que no suela hacerlo, preguntar demasiado, me refiero: soy curiosa, tirando a cotilla, pero esa pregunta precisamente omití formulársela para que no sospechara en mí un interés indebido. Aunque claro que quería saberlo, así que aproveché la coyuntura y se lo pregunté: estaba divorciado. «Y tengo treinta y cuatro», me informó de regalo. A continuación, me preguntó él, «¿tú te llamas Marta, verdad?». Eso me puso en mi sitio, me hizo percatarme de hasta qué punto éramos dos desconocidos y de pronto me sobrevino la timidez (¡a buenas horas!) y me quedé callada, en un silencio embarazoso. Por una vez agradecí la aparición inesperada de Roser Requena.
—¡Hace media hora que os estamos buscando! —nos regañó—. No sabíamos dónde os habíais metido. Francesc y Víctor han salido a la plaza, por si estabais allí. ¡Ya podíais habernos dicho algo! Aunque sólo fuera mandarnos un mensaje con el móvil —se quejó, al tiempo que tomaba asiento en nuestra mesa (sin que nadie se lo hubiera ofrecido) y, los codos apoyados sobre el tablero, frotándose las manos como si anticipara un placer inesperado, le preguntó a Juan con una sonrisa (Roser Requena estaba convencida de tener una gran sonrisa y la prodigaba)—: ¿Qué opinas de la exposición? ¿Te ha gustado? A mí los cuadros más recientes, los del último año, me han impactado, pero los anteriores, ¡qué quieres que te diga!, me han parecido sosos, muy convencionales, un poco déjà-vu, no sé si me explico.
Se explicaba demasiado. ¿Era tan tonta como aparentaba, o fingía serlo para zaherirme afectando inocencia? Sin embargo, eso último no podía pretenderlo, sabía muy bien, porque hacía sólo un rato yo se lo había dicho, que los cuadros del último año eran los pintados por mi sucesor en el puesto de asistente de Maristany y los otros, los «sosos y convencionales», eran los míos. Supongo que, simplemente, estaba siendo sincera; así era ella, espontánea y sincera, sobre todo en cuestiones de arte, que, como le gustaba decir, le «tocaban muy adentro». No esperé a la contestación de Juan, me levanté de la mesa y me fui. «Voy a buscar a Víctor y a Francesc para decirles dónde estamos», anuncié. Roser Requena me observó de refilón con sus enormes ojos azules, de perpetua expresión asombrada, meneó sus rizos rubios (una de sus picardías), murmuró con distracción, «Ah, muy bien», y, afirmando aún más los codos sobre el tablero, dedicó al magistrado su intensa mirada.
—Entonces dime, de verdad, con el corazón, ¿qué te ha parecido?
Me exasperan las mujeres que son incapaces de hablar con un hombre sin coquetear, degradan a todo el género, pero en esa ocasión, mientras bajaba deprisa las escaleras del museo, pensé que, con un poco de suerte, Roser se ligaría al juez, dejaría en paz a mi amigo Francesc y yo podría recuperarlo. A través de la pared acristalada del vestíbulo pude ver a Víctor y a Francesc, fumando y charlando de pie en el exterior, junto a la entrada del museo. «¿Así es como me buscan?», me indigné, y casi me tropiezo con un individuo muy alto, que llevaba un vistoso traje cruzado de rayas grises y blancas, sin corbata, en la mano derecha un bastón con puño de plata, sobre la nariz ganchuda unas llamativas gafas de montura blanca que recordaban el marco de una televisión, el pelo negro y lustroso peinado hacia atrás, el pico bien planchado de un pañuelo escarlata asomando del bolsillo superior de la americana; un tipo extravagante. Me excusé, no sé por qué, puesto que era él quien casi me había arrollado por caminar de frente mirando al costado, a su acompañante, pero yo soy así, de natural humilde. El hombre bajó la vista desde la cima de sus casi dos metros (por añadidura, era corpulento) y dijo, magnánimo, «no tiene importancia». Entonces la mujer delgada a la que él daba el brazo que no portaba el bastón, exclamó, «¡Pero si es Laura!», y eso me hizo mirarla: era Solange, la viuda de Maristany, la última persona a quien hubiera deseado encontrarme en ese lugar. Me dedicó una sonrisa radiante, como si fuéramos viejas amigas.
—¡Qué casualidad, Laura! ¡Tú por aquí! Qué alegría me da verte —me aseguró —, el otro día estaba pensando en ti precisamente.
—Me parece que te equivocas —le dije—. Me llamo Marta.
La tuteé a propósito y le hablé con sequedad, porque me irritaba no sólo que no me reconociera (¡después de lo que me había hecho!), sino que encima me confundiera con otra.
—No, no, no me equivoco —afirmó con vehemencia—, sé perfectamente quién eres, ¡Marta, claro! No sé por qué te he llamado Laura… ¡Se me ha ido el santo al cielo! ¿Has venido a ver la retrospectiva de Paco? Ha quedado magnífica, ¿verdad? Yo estoy muy contenta, a Paco le hubiera entusiasmado. Todo se lo debemos a Ricard —declaró, poniendo una mano de uñas largas y picudas, sorprendentemente oscuras, sobre el antebrazo de un joven desgarbado, con el pelo muy corto, vestido con una camisa parda y unos tejanos, que tenía a su izquierda—. ¿Supongo que conoces a Ricard Gómez-Farriol, el director del MACBA?
Tuve que admitir que no y Solange hizo las presentaciones. El tipo relamido con el que yo casi había chocado se llamaba Turpin y era marchante de arte. Solange no me dijo su nombre, sólo su apellido, o quizá Turpin era un apodo, o incluso el nombre, hay nombres muy raros en el mundo del arte. El gigante trajeado se inclinó hacia mí, en un gesto de muda cortesía y me pareció vislumbrar un brillo de interés en sus ojillos marrones, parapetados tras los gruesos cristales de sus estrafalarias gafas, al informarle Solange de que yo era «una joven pintora muy prometedora. Paco la apreciaba mucho. El otro día te hablé de ella, ¿te acuerdas?». Fue tras esta pregunta cuando Turpin concentró su atención en mí. «¡Ah! ¿Ésta es aquella chica…?», preguntó a su vez, sin terminar la frase. Solange hizo un gesto afirmativo con la cabeza y ahí terminó el diálogo; nadie me aclaró de qué y por qué habían estado hablado de mí. El joven que había resultado ser el director del MACBA consultó su reloj, nervioso, y apremió a Solange. Por lo visto, les estaban esperando para una rueda de prensa, o eso me dijo la viuda de Maristany, quien antes de despedirse de mí con dos besos muy afectuosos en las mejillas (jamás me había besado esa odiosa mujer), me pidió el número de mi móvil, prometiendo llamarme «pronto, muy pronto, uno de estos días», porque teníamos muchas cosas sobre las que charlar.
El inesperado encuentro y la conversación que le siguió me dejaron muy intrigado. Era increíble hasta qué punto podía ser hipócrita esa mujer. En vida de su marido, cuando nos tratábamos diariamente, nuestras relaciones eran tensas, hostiles sin disimulo, y terminaron con mi despido del taller de Maristany. Y un año y medio después, no sólo me adulaba (debo admitir que eso me sorprendió, lo que yo hubiera esperado de ella era el más absoluto desprecio, ningún signo de reconocimiento), sino que por primera vez se mostraba simpática y atenta conmigo, ahora que en apariencia ningún beneficio o provecho podía obtener de mí, expulsada del taller y muerto su marido. No sólo eso, sino que había estado hablando sobre mí con aquel lechuguino que respondía al extraño nombre de Turpin… Me satisfizo notarla avejentada. Pese a las varias capas de maquillaje que se había endosado en el rostro, se le marcaban las arrugas en torno a los ojos y a las comisuras de la boca; aparentaba unos cuarenta años y no tendría más de treinta y tres o treinta y cuatro. Quizá la ropa de marca hace mayor. Iba muy bien vestida, desde luego; desnuda debía de valer unos 6.000 euros menos, pero no era elegante como María Antonia, la ex mujer del maestro. Aunque guapa, Solange no dejaba de resultar vulgar, y los estampados de colores chillones con los que había decidido ataviarse (imagino que un aire atrevido y moderno era el que en su opinión correspondía a la viuda de un gran artista), acrecentaban esa impresión; hacía buena pareja con Turpin, menudo par de excéntricos. Pensé que Solange debía de estar viviendo un período glorioso, esa época de esplendor que justificaba las noches pasadas en el lecho de un viejo decrépito y desdentado (Maristany llevaba dentadura postiza; lo sé, porque en una ocasión se la olvidó en el baño de un hotel de Cartagena y se armó un tremendo revuelo). Ése era el gran momento con el que ella había soñado, para el que se había adiestrado durante años: la rueda de prensa en la que comparecía como gran estrella, la viuda del maestro. ¿Sobre qué tenía que conversar conmigo, cuando nunca habíamos cruzado más de dos palabras seguidas? ¿Seguro que se acordaba de mí? Es decir, ¿recordaba que yo era la asistente que pintaba los cuadros de su marido? ¿Sabría eso Turpin? ¿Se lo habría confesado?
Reparé en que la sorpresa me había privado de una buena venganza. Hubiera sido espléndido mencionar, en presencia del flamante director del MACBA, la razón por la cual me apreciaba tanto su difunto marido: porque yo era la verdadera autora de los cuadros que él firmaba y que ahora colgaban de las paredes de las principales salas del museo. Pensé eso a sabiendas de que nunca osaría; soy demasiado cobarde. Pero hay más; me sucede que no me dura el rencor, el paso del tiempo lo desvanece. Mis propósitos de venganza eterna se extinguen en dos meses, en cuanto cambian mis circunstancias y el rostro de la persona a la que he jurado aborrecer hasta la muerte se desdibuja en mi memoria. Quizá por eso me llevo bien con todos mis ex novios. Opino, como Heráclito, que nadie se baña dos veces en el mismo río y la persona con la que nos encontramos al cabo de un año es otra distinta de la que conocimos, el tiempo la ha transformado y, si una es caritativa (y cuando se ha tenido una educación tan cristiana como la mía, la caridad está siempre rondando los pensamientos como una mosca zumbona), debe admitir la posibilidad de que el cambio experimentado haya sido para bien, y que aquella cretina que perdimos de vista el año pasado se haya metamorfoseado en un ser cándido y bondadoso. Mis expectativas para con Solange no llegaban a tanto: era una arpía y nunca dejaría de serlo, pero, como todas las arpías, no lo era sin justa causa o motivo, no despilfarraba sus energías, y ahora que yo ya no era un obstáculo en su vida, me veía con simpatía. ¿Era eso? Soy de talante agradecido, como el perro al que su amo hace olvidar una patada con una caricia; que de repente Solange fuera amable conmigo me enternecía y estaba dispuesta a perdonárselo todo. ¿Para qué quería verme? Recordé que alguien de fiar (una persona muy próxima al maestro y a su mujer), a quien yo había expresado mi extrañeza de que una mujer joven y tan guapa accediera a acostarse con un nonagenario, me había informado de que Solange era lesbiana. ¿Debía preocuparme esa súbita efusividad, que me sonriera tanto? Estaba imaginando lo que debían de hacer Solange y el maestro en la cama (un espectáculo indecente, rozando la necrofilia), cuando una voz que empezaba a conocer me sacó de mi ensueño.
—¿Qué haces ahí parada? —me preguntó Juan, el magistrado—. ¿Y los otros?
Debo admitir que durante una semana esperé con impaciencia la llamada de Solange. Mi intuición me decía que la reaparición intempestiva de esa mujer en mi vida podía significar dinero. Como persona impulsiva, me suelo fiar de la intuición, o quizá sucede que me gusta disfrazar de intuición a los impulsos que soy incapaz de resistir, para perdonármelos. El caso es que en esa época, en abril de 2006 (pronto hará un año), yo estaba muy necesitada de dinero. Andaba trampeando desde que me despidieron del taller de Maristany, no acababa de encontrar una ocupación que me satisficiera, o ni siquiera eso: prescindiendo de mi contento o agrado personal, no había hallado el modo de ganarme la vida. En un par de ocasiones me había visto obligada a pedir prestado a mis padres para pagar el alquiler de mi estudio del Raval, lo cual me incomodaba y me hacía sentir culpable, pues a mis padres no les sobraba el dinero y yo ya tenía edad de ser autosuficiente. Acababa de regresar de Madrid, de una desdichada experiencia laboral como guía del Museo del Prado. La hermana de una amiga, que tenía ese empleo, estaba a punto de dar a luz y me surgió la posibilidad de hacerle de sustituta.
Recién separada de mi último novio, deseaba poner tierra por medio. Las grandes crisis personales requieren cambios, o eso pensé; las calles estrechas y malolientes del Raval me recordaban demasiado mi desventura sentimental, la desazón del rechazo; eran el escenario de mi último fracaso y quería perderlas de vista, dar ocasión a mis olvidadizas neuronas para que empezaran a borrar de sus archivos el timbre de esa voz de la que estuve pendiente durante meses, esa forma especial de caminar, sacando pecho y con las piernas arqueadas, como un vaquero del oeste o el dueño del mundo, que caracterizaba a mi último verdugo. Quería llenar mi mente de nuevas impresiones y permitir que los marchantes y galeristas de Madrid descubrieran mi escondido talento, esa oportunidad que con tanta frecuencia había brindado a los galeristas catalanes y que éstos, temerariamente, habían rechazado. Algún día se arrepentirían, estaba segura de ello. Y el Museo del Prado… Velázquez y Goya son dos de mis grandes devociones, podría examinar y analizar sus telas todos los días, a la búsqueda de la fórmula secreta del genio. Anuncié a bombo y platillo que me iba a vivir a Madrid, esperé en secreto y hasta el último día que mi ex, inquieto ante la inminencia de mi partida y hondamente arrepentido de sus actos, me llamara para suplicarme la reconciliación, si eso aún era posible (lo era), y una mañana espléndida de febrero, cargada con todos mis bártulos, me fui en tren a Madrid, puede que para siempre. A las tres semanas estaba de regreso.
A mí un cuadro me gusta, o no me gusta, y eso es todo; detesto los análisis de las obras de arte, son como autopsias, pero la tarea del guía de museos consiste en diseccionar pinturas y explicar con precisión machacona cada detalle del cuadro que examina a su rebaño de turistas, ávidos de cultura, a menudo limitándose a observar lo que es evidente, «como podéis ver, este cuadro representa un campo de batalla. Spínola, el militar que comanda el ejército vencedor, se inclina al poner su mano sobre el hombro del general vencido. Ese gesto simboliza la grandeza y la compasión en la victoria…».
—¿Qué simboliza? —pregunta, interrumpiendo, la sorda de turno, pues siempre hay una sorda en todo rebaño de turistas.
—La grandeza y al compasión en la victoria —repite la guía, alzando la voz y de carrerilla (se ha empollado cien folios de explicaciones artísticas antes de lanzarse al desempeño de sus funciones).
—¿Qué victoria? —pregunta la sorda, que además es distraída y medio ciega.
—La rendición de Breda —le sopla, oportuna, la empollona del rebaño que tampoco falta nunca.
—¡Ah! —exclama con alivio la sorda, como si eso lo aclarara todo—. Ya. ¿Y qué están bendiciendo?
Así todo el rato.
La mañana en que perdí mi nuevo trabajo amaneció sombría; caía a raudales una lluvia ventosa, la noche anterior yo ya había trasnochado de la manera más tonta, por lo que me sentía cansada e irritable y, antes de irme al museo, corriendo, porque llegaba tarde, mi compañera de piso, una vieja amiga de Valladolid, me había dicho que iba a necesitar mi habitación ese fin de semana, pues acudían a visitarla su hermana y su cuñado. No había podido negarme, ya que era su casa y yo vivía allí de prestado. De manera que, en cuanto acabara la jornada laboral, debía tirarme a la calle, bajo la lluvia torrencial, a buscar una pensión o un hotelucho donde instalarme unos días. Estaba de mal humor y, por primera vez, la visión de los magníficos lienzos que llenaban las paredes de las enormes salas de mi museo preferido no despertaba mi pasmada admiración, sino envidia y celos. Me hubiera gustado que toda esa gente estuviera viendo mis cuadros. Que esa guía repelente, con gafas de sabihonda y un lazo negro en la coleta, que adoctrinaba a gritos a su nutrido rebaño (más numeroso que el mío), ponderando meticulosamente el Menipo de Velázquez, se dedicara a loar en público, con idéntica enjundia, una de mis últimas obras, Naturaleza muerta, un cuadro, aunque figurativo, innovador y osado, en el que aparece en primer plano una caja de tampones abierta (con la etiqueta amarilla y la marca muy visibles), apoyada contra un secador de mano, roto, junto a una palangana de plástico verde que desborda un revoltijo de bragas, medias y calcetines sucios; una naturaleza muerta muy contemporánea, a la vez personal y urbana. Podía imaginar a esa chica vociferando ante la absorta concurrencia:
«Ese secador con la boquilla partida, situado en primer plano, tiene un significado muy especial para la artista. Es el mismo secador de mano que arrojó a la cabeza de su novio cuando éste le confesó que, aparte de ella, tenía otras dos amantes. Por fortuna (para él), el agredido agachó la cabeza y el secador se estampó contra la pared, quebrándose por la embocadura, como ustedes pueden percibir. Hay rabia contenida, furia y desesperación en el trazo negro y retorcido del cordón eléctrico del secador. Es un cuadro que tiene mucha fuerza y múltiples lecturas. En términos de historia del arte, este secador tiene una relevancia parecida a la navaja de afeitar con la que Van Gogh se cortó la oreja, para que se hagan ustedes cargo. En cuanto a la caja de tampones, representa obviamente la condición femenina y la secular opresión sufrida por la mujer a manos del sexo masculino. La palangana…».
—¿Por qué lleva un bocadillo en el pico? —una irritante vocecilla nasal interrumpió mi delectación.
—¿Qué bocadillo? —repliqué, molesta.
—El bocadillo, o panecillo, como prefiera llamarlo, que lleva el cuervo en el pico —me contestó, paciente pero no por ello menos enojosa, la vocecilla, que pertenecía a un hombre de unos sesenta años, con el pelo blanco, extremadamente delgado y muy atildado (digámoslo: afeminado), que formaba parte de mi rebaño. Nos hallábamos ante el óleo de San Antonio Abad y San Pablo, primer ermitaño, de Velázquez (mis rebaños sólo pastoreaban en las salas destinadas a Velázquez y Goya, los pintores favoritos de su pastora). Es un cuadro que no me despierta gran interés. Bajo un peñasco en tonos grises y ocres, San Antonio Abad y San Pablo, dos ancianos vestidos con amplios ropajes y dotados de las consabidas largas y venerables barbas, sentados uno junto al otro sobre sendas piedras, parecen contemplar extasiados a un pájaro que desciende volando hacia ellos con una cosa redonda y blancuzca en el pico.
—No es un cuervo, es un grajo —corregí al impertinente—. Y no lleva un panecillo.
—¿Ah, no? ¿Entonces, qué lleva? —insistió el listillo.
Me quedé en blanco. ¿Qué llevaba el maldito bicho en el pico? ¡Un panecillo, claro! Llevaba razón el mariconcete, era un panecillo y yo lo sabía. ¿Cómo había podido olvidarlo? Estaba en un aprieto. Las ovejas de mi rebaño, formadas ante mí en un cortés semicírculo que me cerraba toda posibilidad de escape, aguardaban mi respuesta en expectante silencio. De pronto caí en la cuenta.
—¡Usted no es de nuestro grupo! —increpé al hombre, furibunda—. ¿Qué pretende, ilustrarse gratis? Las visitas guiadas se pagan —le informé, quizá en un tono de voz un poco elevado, pero a mi juicio con suma corrección. Todos los guías de museo hemos padecido esa lacra: los advenedizos que se cuelan de rondón. Inicias la visita con un grupo de doce personas y, para cuando llegas a la sala sexta, te sigue una comitiva de más de veinte. Por regla general, yo hacía la vista gorda. Si a mis ovejas legítimas no les incomodaba la compañía de ese puñado de intrusas, no era yo quién para reprocharles su cara dura y privarlas de mis alocuciones. En cierta medida, no dejaba de ser halagüeño que me persiguieran por todo el museo sin perder palabra de lo que yo decía. Pero hasta ese día ningún advenedizo había tenido la jeta de hacerme preguntas, por lo común procuraban pasar desapercibidos; en cambio ese hombre me había puesto en un brete de forma humillante y pública. Y ni siquiera había pagado. De modo que yo tenía motivo para sulfurarme e incluso soltar algún exabrupto. Fue una discusión agria y subida de tono, que propició la aparición de varios vigilantes del museo y escenas de pasmo y consternación entre los componentes de mi rebaño; algunas ovejas se pusieron de mi parte, otras (traicioneras) apoyaron al insolente. La guía del lazo negro, en un acto de flagrante insolidaridad laboral, decidió intervenir en la disputa para defender al hombrecillo y reivindicarlo como suyo. Acabamos insultándonos a voz en grito ella y yo, y aún seguiríamos peleando si uno de los guardas del museo no me hubiera ordenado, con poca educación, que abandonara la sala. (A ella no le dijo nada).
Yo ignoraba que el vejete fuera el teniente de alcalde de Salamanca y un alto cargo del PP. Tuve muy mala suerte. Resultó que el rebaño que acompañaba a la guía repelente estaba integrado por reses del partido y del consistorio, concejales y políticos de Salamanca. El hombre se quejó a la dirección del museo y me quedé sin trabajo. Lo cierto es que no me importó, detestaba ese trabajo. Y si he de ser sincera, cualquier otro trabajo. Soy artista y no puedo remediarlo.
Me indigna el sentir general que dispone que sólo merece el título de artista quien obtiene dinero a cambio de su obra. Según ese criterio, Van Gogh no fue artista hasta después de muerto, porque en vida sus cuadros no se cotizaban. Y Picasso fue más artista en su senectud que en sus inicios, pues en su última época le pagaban mucho más por sus lienzos, y no estoy de acuerdo: el Picasso de las postrimerías ya no era un artista, sino un vendedor de objetos de arte, que perpetraba una y otra vez el mismo cuadro, como el tocinero produce, una tras otras, sus ristras de salchichas.
Ser artista es una actitud, una disposición, un estado de ánimo, con independencia del resultado. Es una búsqueda perpetua que no lleva a ningún lado, porque en cuanto parece que has encontrado una salida estás perdido, dejas de indagar, ya no regresas al laberinto. Yo soy tan artista como Picasso, sólo que menos rica. Y menos reconocida. Aunque…
Vamos a ver: yo lo que hago es dibujar muy bien y eso nunca me lo ha discutido nadie. A los siete años gané un concurso de pintura, en conmemoración del día de la madre, que convocó una confitería de Valladolid. Y desde entonces me presenté a todos los concursos municipales y provinciales de que tuve noticia y los gané, con alguna salvedad: poco después de cumplir doce años, quedé segunda en un concurso nacional, «El Coche de Mi Padre», que celebró la marca de automóviles SEAT (según me dijeron fuentes bien informadas, el ganador era sobrino del director general de la compañía; huelgan comentarios). Cuando cursé Bellas Artes, obtuve sobresaliente en la asignatura de Dibujo. Tengo mucha facilidad, tengo mano… Pero me falta, me faltaba algo. ¿Qué? ¡Lo desconocía! Ése era el problema. Por eso me pasaba horas en el Prado, delante de los lienzos de Goya, de Velázquez, de Rembrandt… Para adivinar qué tenían esas pinturas de lo que carecían las mías, más allá de la destreza técnica. Y mi nefasta experiencia como guía del museo no fue en vano. Al regresar a Barcelona, al cabo de unas semanas, ya lo había averiguado.
Los buenos cuadros reflejan la mirada de sus autores, su forma de sentir y ver el mundo: tienen vida. Y ése era el problema, mis lienzos estaban muertos. Eran de correcta factura técnica y eso agravaba su deficiencia, un poco a la manera en que su estado de perfecta conservación pone aún más de relieve la falta de vida del león disecado. Como me dijo una amiga «tus cuadros están bien pintados, pero son fríos». Mi mirada era como la del ojo del pescado expuesto en el aparador de la pescadería.
En mi afán por remediar esa carencia, me puse a copiar con escrupuloso detalle obras de grandes pintores. Soy testaruda y perfeccionista. Capto y reproduzco la mirada del autor del cuadro original con la misma fidelidad que un buen actor remeda la inflexión de una voz, una manera especial de expresar sorpresa o enojo. Para ello, el actor prescinde de su individualismo (algo que ningún pintor consagrado, ese ser soberbio por definición, está dispuesto a hacer), se mete en la piel de otro, oye por sus oídos, ve por sus ojos. Y yo eso también lo puedo hacer; soy una magnífica ejecutora, una buena intérprete de obras ajenas. Por algún motivo que se me escapa, eso en pintura está mal visto, el copista es despreciado. Sin embargo, en música, hay grandes cantantes e instrumentistas (sin lugar a dudas, los mejores) que nunca han entonado o interpretado composiciones propias. Y no por eso se les regatea el mérito. Mis peculiares aptitudes hicieron posible que, de mi colaboración con Maristany, en la que él ponía la idea o el plan y yo la ejecución, surgieran algunos de los mejores cuadros de su obra. No me lo invento, lo dijo la crítica, sorprendida de que un artista hubiera alcanzado la plenitud a los ochenta y pico años. Yo soy su plenitud, fue a mí a quien Maristany tuvo la ventura de encontrarse a dos pasos de la tumba. Lo que me fastidia es que en pintura se prime la idea sobre su puesta en práctica, no entiendo por qué. Al fin y al cabo, el número de ideas es limitado; en cambio, son infinitas las diferentes ejecuciones posibles de un mismo concepto. Se concede a la autoría un valor exagerado. Pongamos el caso de un cuadro atribuido a Rafael del que se averigua que en realidad era obra de uno de sus discípulos. ¿Qué sucede? Que ese lienzo, alabado durante siglos, de repente cae en desgracia: se deshonra. Es hijo putativo, su padre no es el gran Rafael, sino un oscuro discípulo. Y el museo de cuya pared colgaba, se apresura a esconderlo en la bodega. Ese cuadro, antes tan ponderado, ya no tiene valor. Lo cual hace pensar que la causa principal de su anterior apreciación no era el cuadro en sí, sino la firma de su autor. No estoy descubriendo nada nuevo, pero resulta evidente que el juicio estético es falaz. No es la representación lo que se admira, si no el apellido de la mano que la plasmó. Y eso es absurdo. Si un cuadro es bueno, no importa quién lo haya pintado, o no debiera importar. Y hay algo más: ¿por qué resignarnos a un solo ejemplar?
Esa veneración del objeto único está ligada al culto insensato de la originalidad. Si tanto se aprecia La Gioconda, ¿por qué hay una sola? O, mejor dicho, ¿por qué sólo se considera admirable el original y no sus múltiples copias? Admitamos que la mayoría de ellas sean deleznables, pero alguna habrá que esté tan bien ejecutada, que al ojo más experto le resulte difícil diferenciarla del original. Entonces, ¿por qué no se aplaude el virtuosismo del copista?
En esa época, concebí una ambición: realizar una copia de uno de mis lienzos fetiches de Velázquez, la Vista del jardín de la Villa Medici, en Roma (Pabellón de Ariadna). Mi sueño era que mi reproducción fuera colgada en la sala del Museo del Prado junto al original y que, al comprobar ambos cuadros, el espectador (incluso el más exigente) se viera obligado a admitir: «Prefiero el de Marta Valdés, tiene más calidad». Me proponía mejorar a Velázquez, sí. ¿Por qué no? ¿Acaso una ejecución de una idea, cualquier ejecución, no es mejorable? Nadie pone en duda que la interpretación que hacía Rubinstein de los Nocturnos de Chopin era superior a la del propio compositor, libre de su empalagoso sentimentalismo, con más fuerza y vigor. ¿Por qué en pintura no se puede suceder lo mismo? ¿Quién ha dispuesto que la versión del jardín de la Villa Medici de Velázquez sea la única y la definitiva? Me sentía capaz de hacerlo, superar al gran Diego. Lo que me atrae de ese pequeño óleo, Vista del jardín de Villa Medici, es el trazo moderno, casi impresionista, con que fue pintado. Pues bien; ¡yo sé mucho más sobre el impresionismo que Velázquez! Él murió varios siglos antes de que ese estilo pictórico alumbrara; yo soy tan posterior, que estudié el impresionismo en la facultad, con libros y diapositivas. Además, estaba dispuesta a dedicarle a esa empresa todas las horas del mundo; la copia de ese cuadro habría de justificar mi vida. Si su ejecución me llevaba años, no tenía inconveniente; yo era obsesiva, Velázquez no. Y tenía la ventaja adicional de ser desconocida, no me atosigaban reyes y cardenales con múltiples encargos, como le sucedía a él; yo disponía de mucho tiempo, ¡demasiado! Era consciente de que mi pretensión, mejorar una obra maestra, de saberse, causaría risa y escándalo, por mojigatería y pura convención. «Velázquez es inmejorable», dice la común opinión; y yo sólo pido (pedía), «permítanme que les demuestre lo contrario, concédanme el beneficio de la duda».
Pero entretanto tenía que vivir, y vivir es muy caro.