Corazón de napalm

Clara Usón · Capítulo 9 de 15

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Corazón de napalm

Capítulo 9

Su madre se asustó al ver su cabeza calva.

—¿Por qué no tienes pelo? —le preguntó—. ¿Qué te ha pasado?

—Me lo rapé, así no voy nunca despeinado —contestó Fede—. ¿Puedo quedarme en casa sólo por hoy? Mañana me iré, te lo prometo. ¡Estoy muerto de sueño! Llevo dos días viajando.

—¡Pobrecito! —susurró su madre y le acarició el cráneo pelado, pero al rozarle la mejilla, retiró la mano, como si se hubiera quemado—. Puedes quedarte hasta la mañana, sí —concedió, no sin vacilación—. Échate a dormir en tu cama, si quieres, aunque no tiene sábanas… Si le esperas cinco minutos, te la hago.

Pero a Fede le daba lo mismo dormir sobre el colchón desnudo. Su habitación estaba como él la había dejado, con todas sus cosas, como si estuviera esperándolo. Se tumbó sobre su cama, que le pareció muy estrecha y se cubrió con la vieja colcha india, obsequio de Marilis. Cuando se despertó, no sabía si había dormido cinco minutos o cinco horas. La alcoba no tenía ventana y él carecía de reloj. El piso estaba en silencio. Tal vez fuera de noche y su madre estuviera durmiendo. Le complacía hallarse de nuevo en su casa, en su cuarto, le infundía una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo. Echó una ojeada a sus cuentos de niño y a su colección de cómics, decenas de ejemplares de El Víbora y Makoki, apilados sobre un estante, los libros de Mortadelo y Filemón, Lucky Luke y el Teniente Blueberry… Sus casetes, ¡sus discos! Casi los había olvidado. Discos de los Sex Pistols, The Clash, The Ramones, los Dead Kennedys, con las fundas llenas de polvo. Recorrió las paredes con la mirada y sólo entonces se percató de que faltaba algo. Donde antes estaba su gran collage de fotos de Sid Vicious, ahora se veía un rectángulo de pared blanco.

Salió al pasillo en calzoncillos y de allí al salón. No era tan tarde, la luz del sol todavía iluminaba la sala, aunque había menguado con respecto a la mañana. Con satisfacción vio su ramo en lugar destacado, sobre la mesa grande del comedor, dentro de un jarrón de cerámica vitrificada, en forma de pez, que un mal día se le cayó de las manos, perdiendo parte de la cola, que había quedado mutilada. Su madre no estaba. La buscó en la cocina, en el balcón trasero, en su cuarto… Nada había cambiado en la habitación conyugal, el mismo armario ropero de madera oscura, con dos espejos largos en las puertas; las dos sillas desparejas, una de madera, a juego con el armario, la otra de tijera, metálica; los gastados kilims de los lados de la cama; la pesada cortina de terciopelo verde; las dos mesillas que el Chino salvó de la hoguera de la Plaza Artós, una noche de San Juan, porque estaban en bastante buen estado, y que Marilis restauró con entusiasmo, pero enseguida criaron carcoma… Ahí seguían, como aguardando al Chino, desconocedoras de que éste ahora tenía otra familia y se llamaba Gabriel. Sobre la mesilla de noche de la izquierda, la más cercana a la puerta, vio un libro, una novela de Harold Robbins, titulada Descenso a Xanadu, y una caja de pastillas. La cogió. Era Valium. Le llegó el chasquido de la puerta de la calle al cerrarse. Su madre había regresado. Dejó la caja de pastillas en su sitio, abandonó a toda prisa la habitación y salió a su encuentro. Carmen venía cargada con un par de bolsas del supermercado. Tenía mejor aspecto. Se había peinado y cambiado de ropa, lucía unos tejanos y una camisa blanca, de manga larga, que Fede recordaba. Su madre nunca salía a la calle en manga corta por calor que hiciera, se avergonzaba de las marcas de sus brazos, latigazos oscuros que recorrían sus venas.

—He bajado al súper a comprar algo de comida —le dijo Carmen—, porque tendrás hambre, ¿no?

Por descontado, él siempre tenía hambre.

—¿Qué hora es? —preguntó.

Su madre le informó de que eran las siete y diez de la tarde. Había dormido mucho. Le angustió la idea de que había consumido en la cama unas horas preciosas que habría podido compartir con ella. Ya era casi de noche, quedaba poco tiempo.

—A la hora de comer he entrado en tu cuarto, pero me ha dado pena despertarte y te he dejado seguir durmiendo —le informó su madre. Le alegró eso, que hubiera ido a verle dormir, a velar su sueño.

—¿Qué ha pasado con mi póster de Sid Vicious? —inquirió Fede—. Ya no está en la pared.

—Lo arranqué yo —le contestó su madre—. Me daba mal rollo.

No le preguntó por qué: lo adivinaba. Era esa foto en la que Sid Vicious se estaba metiendo un pico. ¿Le provocaba envidia a su madre, tal vez? Se había fijado en sus pupilas, las tenía normales.

—Pero tú no tienes por qué verlo —protestó—, está en mi cuarto.

—A veces entro en tu habitación —le dijo su madre—, para limpiarla y sacarle el polvo y… ¡No sé! Me gusta ver tus cosas.

Esa confesión le hizo sentirse inmensamente contento, ¡se acordaba de él!, ¡lo echaba de menos! Entonces, ¿por qué no lo había llamado por teléfono en todo ese tiempo? ¿Y por qué no le había abierto la puerta de su casa esa mañana? No se lo preguntó, porque se dio cuenta de que a su madre le temblaba el labio inferior. Temió que se echara a llorar de nuevo. Carmen le dio la espalda bruscamente, recogió del suelo las bolsas con la compra y se encaminó a la cocina.

Mientras Fede dormía, su madre había puesto a lavar en la lavadora la ropa que había encontrado en su bolsa del Corte Inglés, porque, según le dijo, olía mal estaba sucia. Le prestó un viejo batín de su padre para que se cubriera con él. A Fede le sorprendió que su madre conservara prendas del Chino. Se acordaba de ese batín de seda, con un estampado vagamente oriental, que hacía visos, regalo de santo de esa abuela tan piadosa que él no conocía; el Chino se lo ponía sobre el pijama todas las mañanas, y en más de una ocasión, no se lo quitó en todo el día. A Fede le venía grande, pero no demasiado. Se miró al espejo con él; parecía un príncipe.

Su madre le sirvió macarrones con tomate, gratinados con queso, y salchichas de cerdo, su comida favorita. Los devoró. A Carmen le divirtió su voracidad.

—¿Están buenos los macarrones? —le preguntó—. Tenía miedo de que no me salieran bien, ¡hace tanto que no cocino!

—¿Y qué comes? —le preguntó él; le alarmaba su aspecto demacrado. Sospechaba que su madre no comía nada, que se estaba dejando morir de consunción, como la nuera de la vieja del tren. No había querido cenar, alegando que mientras cocinaba había picado algo, y ahora estaba sentada a la mesa, junto a él, bebiéndose un gin tonic, fumando un cigarrillo detrás de otro y tosiendo a cada poco.

—De todo —respondió su madre—, Marilis me cuida mucho, me trata como a una marquesa. Viene todas las tardes a hacerme una visita y me trae guisos en un tupper, unos guisos riquísimos. Se dedica a cebarme, está empeñada en que engorde. Bueno, cuéntame —le apremió, buscando cambiar de conversación—; ¿qué ha sido de ti todo este tiempo que no nos hemos visto?

Él le contó sus desventuras (no todas, algunas) y, mientras lo hacía, reparó en que no había hablado de eso con nadie; no había tenido a quién hacerle confidencias, ni había conocido a ninguna persona a quien su vida pudiera importarle. A su madre le importaba, de eso no cabía duda; prestaba suma atención a sus palabras, le hacía preguntas.

—¿Y Natalia cómo es? ¿Es guapa? —quiso saber.

Era una pregunta embarazosa.

—No, no es nada guapa —le aseguró Fede—. Es una pija, es rubia y va muy maqueada y es… parece de plástico, como una muñeca Barbie, igual. A ti no te gustaría nada.

—Pero al Chino sí —observó su madre, con amargura—. ¡Se ha casado con ella! Y… ¿cómo está tu padre? No sé nada de él desde hace más de un año.

A Fede le molestó que se interesara por el Chino. ¿Estaba todavía enamorada de él? Probablemente. No entendía qué atractivo veía Carmen en ese individuo que la había dejado en la estacada. Pensó que si hubiera sido el Chino quien hubiera llamado por el interfono esa mañana, su madre no le habría colgado, como a él sino que le hubiera abierto la puerta de lo más sonriente y feliz, ¡con el Chino sí que se le habría pasado la depresión volando! Estuvo a punto de contarle que su padre era tan jiñado, que había huido cuando él le puso una navaja en el cuello, pero no lo hizo porque sabía que a su madre ese incidente la iba a entristecer.

—Sigue igual —contestó—, sólo que ahora se pone traje y corbata y va a trabajar a la tienda de coches del padre de Natalia. Pero se pelea todo el rato con Natalia, tienen muchas broncas —se apresuró a añadir, para tranquilizarla.

—Y… ¿a mí cómo me ves, Fede? ¿Me has encontrado muy vieja? —le soltó su madre, volviendo la cara, como avergonzada de la ansiedad que traslucía esa pregunta.

—No —mintió Fede, sin pensarlo dos veces—. Tú también estás como antes, sólo que… un poco más flaca. Tienes que comer mucho para ponerte cachas. ¡Qué putada que yo no te pueda regalar diez o doce kilos! Así ya no tendría que hacer régimen.

Le explicó que Natalia detestaba su gordura y le imponía una dieta alimenticia muy estricta, lo que indignó a su madre («¿quién es esa mujer para decir nada?»). Carmen se rió mucho cuando él le contó el robo de las bragas, pero torció el gesto cuando le explicó que también le había quitado dinero a su madrastra. Por alguna extraña razón, robar bragas era permisible, pero pasta no, como si las bragas no costaran dinero. Su madre hizo un esfuerzo por adoptar una expresión seria, como antes, cuando regresaba de una reunión en el colegio de los Escolapios con el tutor de Fede, quien había convocado a sus padres con urgencia para exponerles lo conflictivo que era su hijo. El Chino se negaba a acudir a esas citas, alegando su odio incontrolable a los sacerdotes, «prefiero no ir, porque si voy, no me podré contener y le diré cuatro cosas a ese cura hijoputa» (fobia que, al parecer, había superado muy bien: se había casado por la Iglesia y en Santander acudía a misa todos los domingos del brazo de su mujer). De modo que siempre era Carmen quien tenía que cumplir con esa penosa obligación. Lo pasaba mal, los curas la cohibían. Temía que la despreciaran, por ser madre soltera y estar amancebada. También temía no estar al nivel que la ocasión requería, ser demasiado paleta para esos curas ricos y siempre se emperifollaba con esmero antes de ir al colegio para hablar con el tutor de su hijo. Como decía el Chino con crueldad, cuando Carmen quería ponerse elegante, parecía una puta, no sabía vestirse. «¿Pero dónde te piensas que vas, a una boda? ¿Te quieres ligar al cura? ¿Es que no sabes que son todos moñas?», se mofaba de ella, tirado sobre el sofá de cuero marrón, ataviado con ese batín de lujo que ahora llevaba Fede, bebiendo cerveza y fumándose un porro mientras miraba la tele.

—Pues entonces será mejor que vayas tú, Chino, le caerás más en gracia — replicaba su madre, picada, y ante ese desafío, su padre, siempre tan cagueta, callaba.

Carmen regresaba visiblemente alterada de esas entrevistas. Traía las mejillas arreboladas, como si fuera ella a quien hubieran cogido en falta. Se iba directa al cuarto de Fede —quien en esas ocasiones prefería desaparecer y se sentaba a la mesa abatible de su habitad fingiendo estar ocupado con sus deberes—, se sentaba frente a él, en la cama, y le regañaba. Lo hacía con poco convencimiento y voz insegura, como quien recita una lección aprendida, «tienes que estudiar, Fede», «has de atender en clase y hacer los deberes», «no te puedes burlar de los profesores», «no pegues a los otros niños, no me gusta que seas el matón de la clase»…, etcétera. Ahora también lo estaba aleccionando. Le enojaba que lo hubieran expulsado del colegio de Izarra. Comprendía que a Fede no le apeteciera estar internado en un colegio en Suiza, pero era por su bien. Aunque él creyera que no, su padre se preocupaba por él y por eso ponía empeño en que Fede cambiara y dejara de ser un ignorante. Ella estaba de acuerdo con el Chino y con su abuelo en todo. «No quiero que acabes como yo», le dijo, «no tengo estudios, ni oficio, ni nada», se quejó, «y por eso es muy importante para mí que tú estudies una carrera y seas alguien en la vida, que ganes un dinero y te respete la gente. Que no dependas de nadie, Fede». Con esas palabras concluyó su sermón y se quedó pensativa, los codos apoyados sobre la mesa, las manos sujetándose la cara, un cigarrillo encendido entre los dedos índice y corazón de la mano derecha.

A él le irritó esa reprimenda. No había venido desde Santander para que su madre le soltara las mismas sandeces que Natalia. ¿Le pagaba su abuelo para que le dijera esas cosas? ¿Era parte del trato? Alargó una mano sobre la mesa y cogió el paquete de Lola de su madre. Extrajo un pitillo y se lo puso en la boca. Su madre se lo quitó con una rapidez de reflejos inesperada.

—Mientras yo sea tu madre no te dejaré fumar en esta casa —le advirtió, absurdamente, como si cupiera la posibilidad de que en algún momento él cambiara de madre, como quien se cambia de camiseta.

—Pero tú fumas todo el rato y eso que tienes mucha tos, yo no toso —se defendió él.

—Yo soy una persona mayor y tú eres un niño —replicó su madre—. Mañana llamaré a tu abuelo para que mande alguien a recogerte. Has de volver a Santander.

¿Cómo podía ser tan cruel? Ahora era él quien estaba al borde del llanto. ¿Tan poco le quería, que no podía esperar a perderlo de vista?

—No puedo volver a Santander —afirmó—. Natalia quiere meterme en un reformatorio; me odia. No te preocupes, que mañana me abro. Puedo buscarme la vida solo, no necesito a nadie.

—¿Y dónde piensas ir? —le preguntó su madre, asombrada. Él le habló de su proyecto londinense. Su madre lo escuchaba boquiabierta. Le dijo que estaba completamente loco, ¿cómo se le había ocurrido irse a Londres, solo? ¿Qué iba a hacer en Londres? ¿Dónde viviría? El dinero se le acabaría pronto y entonces, ¿cómo se las arreglaría?

—No tienes más que doce años, no sabes inglés… Es una estupidez sin pies ni cabeza, podría pasarte cualquier cosa, no voy a permitir de ninguna manera que te vayas a Londres —afirmó su madre—. En cualquier caso, no tienes pasaporte.

Él le informó, con calma, de que había cumplido trece años hacía dos días, sin dejar traslucir la decepción que le causaba que ella no se hubiera acordado de eso. También le dijo que tenía pasaporte, el Chino se lo había mandado hacer para enviarlo al internado de Suiza y lo llevaba consigo.

—No quiero ir a un reformatorio. Si me encierran en uno, me escaparé — amenazó en tono sombrío.

—Nadie te va a encerrar —le aseguró su madre—. Yo hablaré con tu abuelo, me ocuparé de eso. Ahora no tengo cuarenta y cinco mil pesetas, pero recibo algo de dinero todos los meses y puedo ahorrar. Le devolveré a Natalia lo que le has quitado, hasta la última peseta. Ya sé que no te gusta Santander, ni vivir con tu padre y esa… su mujer, pero… No puedes quedarte conmigo, yo no puedo cuidar de ti —reconoció de pronto y entonces, sí, se echó a llorar.

Lloraba flojito, con un llanto tenue y desconsolado, como el de un niño, la cabeza vencida sobre la mesa, oculta entre los brazos. Él la observó consternado. Le pasó una mano tentativa por el pelo, la acarició apenas, temía el rechazo.

—Yo cuidaré de ti —le dijo en voz baja, acercando la boca a su oído, como si quisiera hipnotizarla—. Ya soy mayor. Tú no te tendrás que ocupar de nada. Iré al colegio todos los días y estudiaré y sacaré excelentes, no me pegaré con nadie y haré los deberes y también el desayuno y la comida y la cena, para que engordes. Yo haré que no estés triste, te pondré otra vez contenta, ya lo verás. Por favor, no me eches de casa —le imploró—, no llames al abuelo. Si me llevan a Santander otra vez…, me mataré —añadió y, asustado por la enormidad de sus palabras, retiró la mano del pelo de su madre. Ésta levantó la cabeza y lo miró aterrada.

—¿Qué has dicho?

—Nada —dijo Fede. Se levantó de la mesa y llevó su plato sucio con los cubiertos a la cocina. Lavó los platos y los cacharros que había empleado su madre para cocinar, poniendo en práctica sus buenos propósitos, para demostrarle a Carmen que tenía un hijo hacendoso, que no le iba a dar trabajo, todo lo contrario. Mientras estaba en ello, apareció su madre, la mirada turbia, más pálida que su elegante camisa. Llenó un vaso con agua del grifo y, aprovechando una pausa de su insistente tos, se tragó unas pastillas que llevaba en la mano.

—Me voy a dormir —le dijo—, mañana hablaremos.

Inclinó la cabeza como para darle un beso, pero cambió de opinión y se limitó a acariciarle levemente el hombro. La vio agarrarse al marco de la puerta de la cocina y adentrarse en el salón con paso inseguro. Parecía colocada, ese gin tonic le había pegado fuerte. Se le antojó muy frágil, como si su delicada osamenta fuera de cristal y pudiera quebrarse al menor tropiezo, quebrarse y desaparecer, como un fantasma. Sí, su madre desaparecería pronto si él no lo evitaba.

Le agradó descubrir que Carmen le había hecho la cama. Debió de ser mientras él se duchaba, pues esa tarde se había duchado, su madre se lo había exigido y él le concedía todos los caprichos. Aunque aún era temprano, estaba tan cansado que se quedó dormido con la luz encendida, leyendo una historieta de los Freak Brothers. Se despertó en algún momento de la noche. Se levantó de la cama para apagar la luz y, al acercarse al interruptor, situado junto a la puerta, que había dejado entornada, le llegó su llanto. Su madre lloraba. Otra vez. Como la nuera de la vieja del tren. Era esa jodida depresión que estaba acabando con ella. No sabía cómo, pero esta vez iba a consolarla.

Tal como estaba, descalzo y desnudo, avanzó por el pasillo en penumbra y se aproximó con cautela al cuarto de su madre. No se atrevió a entrar. Permaneció fuera, en el pasillo, el oído pegado a la hoja de madera. Ahora su madre ya no lloraba, pero tosía con una tos amarga. Al cabo de un poco, se hizo el silencio. Con muchísimo cuidado y sin hacer ningún ruido, abrió la puerta y penetró en la habitación. Las cortinas de la ventana, que no estaban corridas del todo, permitían que se colara débilmente la luz azulada de las farolas de la calle. Distinguió el bulto oscuro del cuerpo de su madre sobre la cama de matrimonio. Yacía boca abajo y parecía dormida. Caminando de puntillas, rodeó la cama matrimonial y se tendió en el lado derecho, donde solía dormir su padre. El corazón le latía con tal fuerza, que temió que su madre lo oyera y se despertara. Se echó sobre un costado, el cuerpo inclinado hacia su madre y con las yemas de dos dedos recorrió despacio, una y otra vez, su brazo escuálido. Su madre respiraba tranquila, acompasadamente. De repente, se sobresaltó, Fede notó la sacudida de su brazo.

—¿Chino? —preguntó su madre, soñolienta.

Se incorporó y dio la luz de su mesilla.

—¡Fede! —exclamó asombrada y, en un gesto instintivo de pudor, se tapó los pechos con el embozo de la sábana—. ¿Qué haces aquí? Vete a tu cuarto.

Su madre estaba desnuda y él también; los dos desnudos sobre la cama matrimonial, como en sus fantasías. Se fue a regañadientes. Lamentó que su madre hubiera encendido la luz, le avergonzaba que viera su pubis liso, su pene de niño. «Si yo ya fuera un hombre», pensó, «como el Chino, me habría dejado pasar con ella toda la noche».

Se despertó antes que su madre. Mientras esperaba a que ésta se levantara, se dedicó a registrar el armario y la cómoda de su cuarto. Entre otras cosas, descubrió en un cajón una lata de Cola-Cao que contenía su vieja colección de monedas. La examinó, por si rescataba alguna de curso legal o que tuviera algún valor, pero no encontró más que tres billetes de un dólar, uno de veinte pesos y otro de cien liras, así como algunas monedas de países exóticos (sobre todo, rupias de la India, proporcionadas por Marilis) y algunas europeas: francos, peniques, céntimos, reales, pesetas (pocas)… Ni un duro siquiera. ¡Vaya colección de mierda! Cerró el cajón de una patada, decepcionado, e investigó el fondo del armario. Allí estaba su loro, ¡qué alegría! Su viejo loro, regalo de Navidad, la última antes de la desgracia. Recordó que Carmen se mosqueó porque sospechaba que el Chino había pillado un loro robado de alguno de sus contactos de los bajos fondos. Su padre protestó su inocencia («¡te juro por mi madre que lo he comprado en el Corte Inglés de la Plaza Cataluña!»), alegando que no le podía mostrar el tique de su adquisición, porque sin darse cuenta, lo había tirado. Para Fede, su sospechoso origen hacía doblemente valioso el radiocasete. Le quitó un poco el polvo de la superficie con la palma de la mano, lo enchufó, comprobó que la lucecita se encendía y lo probó con una cinta de los Sex Pistols.

Puso el volumen al máximo. Guitarras atronadoras rasgaron el silencio. «God save Queen», rugía Johnny Rotten, desafinando a lo bestia. «She ain’t no human being / There is no future / in England’s dreaming / When there’s no future / how can there be sin / we’re the flowers / in the dustbin / God save the Queen…». Unos golpes airados en la puerta y una voz que exigía a gritos «¡baja la música!», le hicieron recordar que su madre no compartía sus gustos. Apagó el loro con pena. Reflexionó que Carmen estaría cabreada; la había despertado con los Sex Pistols. Había sido un grave error táctico, si quería congraciarla con la idea de su presencia. Por si acaso, no osó salir de su habitación. Se entretuvo probándose su ropa vieja, que seguía apilada en los estantes y colgada en su armario, pues Carmen no había tirado nada. Todo le venía pequeño. No sólo había crecido durante ese año y medio; comprobó satisfecho que también, pese a los denodados esfuerzos de su madrastra en contra, había engordado y mucho, no le cerraba la cremallera de ningún pantalón.

Cuando al fin se aventuró a abandonar su cuarto, advirtió que la casa permanecía a oscuras y en silencio; su madre se había vuelto a meter en la cama. Levantó hasta el tope las persianas del salón, quería que la luz del sol inundara la sala. Hacía un día magnífico. Se le ocurrió bajar a la calle a comprar el desayuno para su madre y así hacerse perdonar la imprudencia de la música. Además, tenía hambre. Fue al balcón trasero, que daba al patio interior de manzana, donde estaban la lavadora y las cuerdas de tender y recogió su ropa limpia, que ya se había secado. Pero mientras se ponía los vaqueros, recordó que lo perseguía la policía. ¿Y si al ir por la calle lo detenían? Y lo internaban en un reformatorio, sin darle siquiera tiempo de avisar a Carmen. Era peligroso para él exhibirse en público, se había convertido en un hombre buscado, un fugitivo, aunque… Tenía un disfraz estupendo: vestido de mujer los maderos jamás lo reconocerían. Complacido por su astucia, volvió a engalanarse con la falda negra de estampado floral y el corpiño amarillo. Se miró en el espejo del baño, subido al váter, para poder verse de cuerpo entero. La carencia de tetas era demasiado notoria, sin ellas nunca parecería una mujer auténtica. Urdió un apaño, era un tío con recursos. Confeccionó dos bolas macizas con papel higiénico apelmazado y las adhirió con esparadrapo (no encontró cello) al interior del corpiño. Tuvo que despegarlas y volverlas a pegar tres veces hasta que les dio la ubicación adecuada: dos tetas perfectas, redondas y simétricas. A continuación, se encasquetó el pañuelo de Hermés en la cabeza, a modo de turbante esta vez, con las puntas metidas en los pliegues, se volvió a contemplar en el espejo y se dio el visto bueno. Secretamente, le divertía exhibirse así. Cogió las llaves de casa que su madre tenía en una cremallera del bolso, que la noche anterior había abandonado sobre el sofá (seguía guardando las llaves en el mismo sitio y el bolso continuaba siendo su viejo bolso de cuero negro con tachuelas), se metió otra vez la pasta en el calzoncillo, aunque dejó el pasaporte sobre la mesa de su cuarto, por miedo a perderlo, y, contra su costumbre, bajó al portal en ascensor, moverse con esa falda era un tormento. Ya en la calle, descubrió que la falda en verano tiene sus ventajas; una brisa muy agradable le corría por entre los muslos, refrescándolos. Caminando bajo un sol ardiente, que le abrasaba la coronilla y le empapaba el pañuelo de sudor, descendió hasta la Granja La Catalana de la calle Capitán Arenas. A medida que se acostumbraba a su indumentaria, iba contoneándose más y más. Sin hacerlo aposta, como movido de su propia inercia, el culo se le bandeaba a uno y otro lado a cada paso que daba. Era muy curioso. En la Granja se compró un paquete de Marlboro y, después de desayunar en abundancia, fumó un pitillo con fruición, aprovechando que no lo veía su madre y que no parecía un niño, sino una señorita con turbante que podía fumar cuando le viniera en gana. Mientras, reflexionaba. Su madre le había anunciado la noche anterior que ese día hablarían, lo cual abría un resquicio a la esperanza; de alguna forma, había descartado que él se fuera hoy mismo a Santander, su larga conversación en el comedor había dado frutos, ahora sólo tenía que terminar de persuadirla de que le dejara quedarse a vivir con ella. Era lo mejor para todos. Por más que dijera Carmen, él al Chino le importaba un huevo y su padre estaría encantado de perderlo de vista. En cuanto a Natalia, sería una mujer feliz si se libraba para siempre de su insufrible hijastro. Su abuelo… Hacía más de un año que no lo veía. Lo último que le dijo fue «procura no dar problemas», recomendación que no había seguido en absoluto. Lo que tenía que hacer ese viejo era seguir soltando la pasta hasta que él fuera mayor y se ganara la vida. Estaba meditando la idea de hacerse piloto de avión, se sacaban una guita… Había dos mundos: en uno estaban su abuelo, su padre, Natalia, Anzulia y el pequeño Gabi; era un mundo bonito, pulcro y decente, de gente rubia y bien vestida, que celebraba bautizos e iba a misa; al otro mundo, mucho más modesto y hasta un poco sórdido, pertenecían él, su madre y, por ejemplo, Marilis. No ambicionaban ser admitidos en el mundo privilegiado de los ricos pijos, sólo pedían que los dejaran en paz, ¡no era tanto pedir! El viaje a Londres lo posponía para más adelante, no podía abandonar a su madre en ese trance. Se sintió animado, incluso elocuente: la convencería. ¿Qué podía llevarle para el desayuno? ¿Un cruasán? ¿Una ensaimada? Recordó que a Carmen no le interesaba lo dulce. Antes de estar deprimida, solía desayunar un buen bocata de chorizo o de jamón serrano, aunque lo que más le gustaba en este mundo, según decía, era media docena de ostras con champán. En su casa no comían ostras nunca; él sabía cómo eran por la televisión. Y tampoco bebían champán, sino cerveza, vino, whisky, ginebra, vodka… El Chino despreciaba el champán, decía que era bebida de mujeres y moñas.

El camarero de la Granja le indicó que tal vez encontraría ostras en la pescadería de Maestro Falla. Guardó el dinero en la mano, para evitarse el embarazo que había pasado en la Granja en el momento de pagar la cuenta; se había tenido que pegar a la barra para que el camarero no se percatara de que extraía los billetes de sus genitales. ¿Cómo se las apañaban las mujeres para vivir sin bolsillos? ¡Un bolso, eso era lo que precisaba! Tendría que agenciarse uno. Le había dado la impresión de que el camarero de la Granja lo miraba raro. Y algunas personas con las que se cruzó por la calle también le dirigieron miradas asombradas, como si fuera un ser exótico o no supieran de qué modo clasificarlo. Aunque tal vez lo observaran porque ahora era una mujer y los hombres se fijan en las tías buenas. ¿Era él una tía buena? Por si acaso, no miraba a nadie.

En la pescadería tenían en venta un par de docenas de ostras. Decidió comprarlas todas, pero cuando se enteró de su precio, se conformó con seis, que, de todas formas, no eran baratas. La pescadera le dirigió una mirada recelosa. Quizá fuera el turbante… Por lo menos le llamaba de usted; vestido de mujer, la gente le trataba con respeto. La mujer le ponderó las ostras. «Son las últimas que me quedan. Han llegado esta mañana. Más frescas, imposible». Para demostrárselo, abrió una y la roció con unas gotas procedentes de una rodaja de limón, diciendo: «¡Mire cómo se mueve la puñetera! Parece que vaya a saltar». Se la comió con cara de satisfacción. Él la observó con horror. ¡Qué bestia! ¿Se comería también vivas las merluzas? Que las ostras no estuvieran muertas era una contrariedad. A su madre no le iba a gustar. Era muy sensible, se compadecía siempre de los animales, le preocupaba la extinción de las focas y estaba en contra de las corridas de toros y esas cosas.

—¿No las tiene muertas? —preguntó a la pescadera.

—¿Está de broma? —se ofendió la mujer—. ¡Por supuesto que no! Aquí sólo vendemos ostras vivas.

Se las llevó tal cual. Tendría que ocuparse él de matarlas. Hizo el mismo recorrido que la mañana anterior y bajó por Capitán Arenas hasta el Corte Inglés de la Diagonal, en cuyo supermercado compró una botella de champán Freixenet (le sonaba la marca por los anuncios y era el más barato). Al pasar por la sección de discos, en la planta baja, tuvo una inspiración y adquirió un LP de villancicos. Salió muy ufano con sus compras de los grandes almacenes; se había paseado tranquilamente por varias secciones con el pañuelo robado en la cabeza y no le habían pillado. Ese tipo de riesgos o de desafíos personales le insuflaban confianza en sí mismo. Lamentaba no haberse topado con ningún madero, ni un triste guardia urbano, durante el trayecto, para poder exhibirse ante sus narices con toda impunidad, él, uno de los delincuentes más buscados por la policía española… Se empezaba a sentir como el héroe de una teleserie. Los protagonistas de las teleseries suelen tener coche, pero Fede regresó a su casa en taxi. Tenía prisa, quería llegar a tiempo de sorprender a su madre.

Todo salió como había planeado; su madre todavía dormía y eso que, según el reloj de la cocina, eran las doce del mediodía pasadas. Dispuso artísticamente, en forma de círculo, las conchas abiertas, sobre una bandeja de la vajilla buena (las ostras lo merecían) y acuchilló las ostras a conciencia. Era un acto cruel, las ostras se retorcían cada vez que les clavaba la navaja. Vistió la mesa del comedor con un hule a cuadros (los manteles buenos se guardaban en el armario ropero del cuarto de Carmen), puso un servicio, plato, cubiertos y copa alta, para su madre, colocó delante la bandeja con las ostras y la botella de champán, y a un lado, el jarrón desportillado con su vistoso ramo: era una mesa muy fina, de foto de calendario. Luego puso el disco de villancicos en el tocadiscos, que afortunadamente no estaba estropeado, como la tele (la había encendido antes y sólo se veían rayas). Ya era hora de que su madre se levantara.

«¡Navidad! ¡Navidad! ¡Feliz Navidaad…!», entonaba pletórico un coro de voces infantiles, acompañado de panderetas y bandurrias. «¡Navidad, alegría, campanas de la Navidaad…! ¡Navidad! / Decidle a ese niño que no llore maás»….

—¿Qué coño es eso? —tronó su madre, que al sonido de la música apareció en el salón como por ensalmo, arrebujada en un albornoz blanco—. ¡Quítalo ahora mismo! —exigió.

—¿No te gusta? —le preguntó Fede, afligido.

—Prefiero los Sex Pistols —replicó su madre.

Parecía de mal humor. Quizá lo de los villancicos no funcionara con todos los depresivos.

—¡Menuda vara me estás dando con la música esta mañana! —empezó a rezongar Carmen, pero se quedó callada cuando vio la mesa del comedor—. ¿Qué es esto? ¿Un banquete?

Se acercó a la mesa, excitada, y juntó las manos de puro deleite.

—¡Ostras! —exclamó—. ¡Lo mejor del mundo! ¡Ostras y champán!

Estaba entusiasmada. Abrió los brazos y lo estrechó en ellos. Lo abrazó muy fuerte, como si quisiera fundirse con Fede, eso que él llevaba un día entero esperando en vano.

—Mi niño —musitaba su madre, mientras le daba besos desordenados en la frente, las mejillas, las orejas, el cuello—. ¡Cuánto me quieres! ¡Cuánto te quiero!

Se estaba excediendo, tanta efusividad le dio vergüenza ajena. Nunca había visto a su madre así de tierna. ¡Y todo por unas ostras! De pronto lo soltó, como si hubiera hecho algo malo, y cayó en la cuenta de que iba vestido de mujer.

—¡Pero bueno! ¿Otra vez? ¿Por qué te ha dado por disfrazarte de putón? —quiso saber, entre divertida y escandalizada.

Él le explicó que era para despistar a la policía y su madre se rió.

—¿Qué te crees? ¿Que todos los policías de España llevan tu foto encima? —se mofó. Ya no estaba nada deprimida. Las ostras eran milagrosas y, puede que de alguna forma indirecta o sesgada, los villancicos también hubieran contribuido a mejorar su ánimo. Cuando su madre advirtió que las ostras estaban despanzurradas, a punto estuvo de no comérselas, pero Fede le informó de que él personalmente las había matado para ella y, por alguna razón, eso también le pareció muy gracioso. Se comió las ostras muertas un poco a desgana, abrió con estruendo la botella de champán (el tapón impactó en el techo con un golpe seco), se sirvió una copa, le sirvió a él otra y brindaron.

—¡Mírame a los ojos! —le ordenó—. No vale si no me miras mientras hacemos el brindis.

Y él la observó y se volvió a encontrar con la mirada franca, despierta y un punto desafiante que recordaba en su madre antes de que todo empezara. ¡La estaba recuperando! No le gustaba el champán, porque él no era maricón, pero se sentía tan contento, que se lo bebió. A su madre se le metió en la cabeza mejorar su disfraz.

—Así pareces un travestorro —sentenció.

Fue a su cuarto y regresó al poco con una peluca negra, larga y ondulada, que se había comprado en una ocasión para una fiesta de carnaval. Despojó a Fede de su turbante y colocó en su lugar la peluca, que le dio mucho calor, pero no osó quejarse, le encantaba que su madre se ocupara de él. Carmen le centró la peluca en la cabeza y le peinó los cabellos sintéticos con los dedos, desenredando los nudos a tirones impacientes que no le hicieron ningún daño.

—¡Estás fantástico! —le aseguró—. Pareces una folclórica. Pero sigues teniendo cara de niño, te faltan años… Mmm… ¡Vamos a arreglarlo! —propuso, y entre risas, lo condujo a empujones hasta el cuarto de baño. Sacó del armario blanco, de debajo del espejo, su ajada bolsa de lona plastificada con cremallera, que contenía sus pinturas, y rebosante de entusiasmo, se dispuso a maquillarlo. Estaban los dos bastante achispados. El proceso fue largo, porque cada dos por tres su madre tenía que interrumpir su labor por culpa de la risa, o la tos, o de ambas a la vez, y, además, su mano no era muy firme, se le torció peligrosamente la raya del ojo izquierdo, la cual, en vez de contornearlo, trazó una diagonal errática que se perdía en la sien de Fede y que su madre se apresuró a borrar con papel higiénico humedecido. A él le sofocaba la estrechez del recinto, el peso de la peluca, el foco de luz que su madre había dirigido hacia su cara, la proximidad del cuerpo de Carmen, de su olor, su sudor, sus manos que no paraban de toquetearlo, la presión de su pecho contra su espalda… Confiaba en que ella no se diera cuenta de que estaba empalmado. Se sentía en la gloria mientras su madre reía y lo maquillaba. Pensó que era como cuando el Chino y Carmen se preparaban para salir de fiesta y ella le pintaba a su padre la raya de los ojos, porque él era un manazas que le rompía la punta de todos los lápices.

Cuando terminó, su madre se apartó de él y retrocedió un poco, para contemplarlo con suficiente perspectiva en el espejo del baño.

—¡Ahora sí que pareces una tía! —afirmó con satisfacción—. ¿Sabes a quién me recuerdas? A esas gitanas que van por la calle vendiendo flores, ¡eres una morenaza!

Hasta ese momento, él había evitado mirarse; además, había estado distraído con los vislumbres ocasionales de los pechos de su madre que le proporcionaba su albornoz entreabierto, y se reflejaban fugazmente en el espejo cada vez que Carmen se inclinaba sobre él para pintarle las pestañas con el pincel del rímel, o aplicar color a sus mofletes, pero al fin lo hizo, se enfrentó a su nueva imagen y no se reconoció. Vio a una chica, una chavala pizpireta, con una desbordante cabellera negra, largas y curvadas pestañas, boca encarnada de labios reventones… Sí, llevaba razón su madre, ahora ya no era un niño disfrazado, se había convertido en una zorra. Su primer impulso fue lavarse la cara y quitarse toda esa mierda, pero Carmen propuso, eufórica:

—¡Vamos al Mokay a tomar el vermú!

Y él la vio tan radiante, que fue incapaz de decirle que no. Se fumó un pitillo a escondidas en el balcón de la lavadora, mientras su madre se vestía. Carmen apareció al cabo de un cuarto de hora, muy mudada, con una minifalda negra de cuero que le caía a la cadera, lo cual provocaba que enseñara el ombligo (podía hacerlo, seguía teniéndolo bonito) y una torerilla de color verde casi fosforescente, rezagos de su época de joven marchosa. Pese al calor, se había puesto medias (¿también tendría marcas en las piernas?) y calzaba unos zapatos negros de tacón de aguja, estilo salón, que la elevaban varios centímetros por encima de Fede. Pero la ropa no conseguía disimular su depauperación. Le emocionó que se hubiera arreglado para salir con él, le hizo ilusión que quisiera estar guapa, su madre siempre había sido presumida, su reciente dejadez era insólita. Cuando emergieron los dos del portal, Carmen de excelente humor, con ojos chispeantes, él con un pequeño bolso indio confeccionado con retales cosidos, que ella le había prestado, colgando de su hombro derecho, le pareció que todo estaba arreglado.

En el Mokay se sentaron a la única mesa libre que había en la terraza. A Fede le molestaba el sol, le daba en la cara. Su madre pidió champán, pero le dijeron que no lo tenían en frío, de manera que se conformó con una Estrella Dorada. Él pidió una Coca-Cola y una bolsa de patatas fritas. Carmen seguía eufórica. No cesaba de parlotear, mientras bebía, tosía y fumaba, aunque a la luz del día su tos sonaba menos ominosa. Le dijo que hacía tiempo que no disfrutaba tanto como esa mañana. Llena de animación, le explicó que en cuanto se recuperara, se iba a poner a trabajar. El abuelo de Fede le iba a facilitar un empleo de vendedora de pisos en una empresa inmobiliaria de un amigo suyo. «Creo que no se me dará mal», le confió. «Tengo labia y me gusta la gente y moverme de acá para allá. Lo que no podría hacer es estar todo el día metida en una tienda, como Marilis». Le prestarían un coche de la empresa para sus desplazamientos y le pagarían la gasolina. «Cobraré a comisión, un tanto por ciento del precio. Se puede ganar un buen dinero vendiendo pisos, mucho más que de dependienta», conjeturó. Él la escuchaba, taciturno, alarmado por su volubilidad. Su instinto le decía que el optimismo desmedido que mostraba de repente su madre era artificial, tan enfermizo como su tristeza. Era como si estuviera representando un papel para Fede, diciéndole lo que suponía que él quería oír, mintiéndole a conciencia. Pese a lo que le había manifestado la noche anterior, no habían hablado de él, ni de su futuro, y eso, en vez de tranquilizarlo, le preocupaba. Ahora que su madre se sentía alegre, él se dejaba invadir por oscuros presagios. Estaban sentados el uno junto al otro, de espaldas al bar, ante la mesa de plástico rojo; enfrente de ellos se extendía una modesta plaza de arena y pavimento, la Plaza Artós, con un tobogán y un rectángulo de tierra sucia donde jugaban los niños del barrio de Sarrià. Se acordó de los domingos de antaño, cuando él era pequeño y acudían los tres, el Chino, Carmen y él, a tomar el aperitivo al Mokay antes de comer y, mientras sus padres, resacosos de la juerga de la noche anterior, sus ojeras ocultas tras sendas gafas de sol, bebían cerveza, o Bloody Mary, a sorbos perezosos y conversaban entre sí con monosílabos, él se dedicaba a dar de comer a las palomas las migas de las patatas fritas, después de haber dado buena cuenta del contenido de la bolsa. Le invadió una tremenda nostalgia. ¡Qué felices eran entonces! Su madre quería otra cerveza, pero él le indicó que ya era hora de comer, deseaba impedir que siguiera bebiendo, ya la empezaba a notar un poco ebria.

—No sé qué te puedo hacer para comer —reflexionó en voz alta Carmen—. No me acuerdo de lo que tengo en la despensa… Puede que quede algo de arroz o… puré de patatas Maggi…

—Vamos a un restaurante —le sugirió Fede—. A la pizzería, me muero de ganas de comer una pizza.

—Es que… No llevo dinero encima. Y es fin de mes, no cobro la paga hasta la semana que viene —se excusó su madre, con apuro—. Quedan macarrones de ayer, ¿te apetecen?

Pero Fede se mantuvo firme; irían a la pizzería, él invitaba. Su madre se escandalizó. ¡Cómo iba a invitarla él, si no era más que un niño!

—En realidad —le aclaró Fede—, no te invitaré yo: te va a invitar Natalia.

Inesperadamente, eso la convenció. En la pizzería Il Trovatore, de la calle Benedicto Mateo, los dejaron sentar de mala gana; ya eran más de las tres de la tarde y estaban a punto de cerrar la cocina. Fede pidió una pizza Margarita, su preferida. Su madre no acababa de decidirse y terminó por pedir una ensalada y una copa de vino. Se sintió exasperado, ¡no podía vivir sólo de alcohol!

—Tienes que comer, si quieres ponerte bien —le dijo—. Y… ¡tanto vino!, con esa tos…

Era la primera vez en su vida que regañaba a su madre, le impresionó su propia osadía. Pero Carmen no se molestó.

—No bebo tanto —protestó con humildad—. Un par de copas de la botella de champán que tú me has regalado, una cervecita en el Mokay… Últimamente no bebo nada, Fede, no me va bien con las pastillas. Es sólo ayer y hoy, porque has llegado tú. Y la tos me viene de fumar, no tiene nada que ver con el vino. Además, haga lo que haga… —dejó la frase sin terminar, la mirada perdida en el mantel—. ¡Mierda! — exclamó de repente, llevándose una mano a la cabeza—. Con todo el lío de las ostras y el champán, esta mañana me he olvidado de tomar las pastillas.

Se quedó en silencio, con expresión angustiada, lo que hacía que aún se le marcaran más los pómulos huesudos, las arrugas de la frente y del contorno de los labios. Súbitamente se levantó.

—Voy tirando para casa —le dijo—. Tengo que tomarme las pastillas.

Y lo dejó solo en la pizzería.

Fede le había devuelto a su madre las llaves, de modo que cuando regresó al piso de Río de Oro tuvo que llamar por el interfono. Su madre no le oyó, o tal vez hubiera salido. Cuando se hartó de pulsar el timbre inútilmente, se resignó a merodear por las calles hasta que Carmen diera señales de vida. Ya no le parecía divertido ir vestido de mujer, esa falda estrecha era un engorro y la maldita peluca hacía que le cayera el sudor por los ojos. Regresó a la Plaza Artós y se metió en el billar contiguo al bar Mokay. Solía frecuentarlo antes de su exilio a Santander. Era colega de Ciscu, el dueño, y se pasaba las horas jugando al futbolín (o viendo jugar a otros, cuando no tenía dinero), a las máquinas y, en alguna rara ocasión, al billar americano, aunque no tenía paciencia ni habilidad con el taco. Esa tarde, Ciscu no estaba, de manera que no pudo comprobar la eficacia de su disfraz, aunque por la forma en que le miraron los cuatro chavales que se hallaban en el interior del garito, enzarzados en una partida de futbolín, comprendió que su aspecto era explosivo. Las mujeres no solían hollar ese recinto de la masculinidad. De cuando en cuando, hacia una tímida incursión alguna niña, acompañando a su hermano, o una chavalita con su novio, a quien observaba batallar con los mandos del millón en un discreto segundo plano, pero alguien tan despampanante como Fede no se recordaba en ese garito. Recibió con inquietud varias miradas lascivas. Que su madre se hubiera olvidado de él, dejándolo en la calle, le había puesto de mal humor y esa admiración indeseada acrecentó su hostilidad. Se enfrascó en su millón preferido, aquél cuya pantalla vertical representaba un salón del lejano oeste, con unas tías impresionantes, ataviadas con corsé y pistola, que lo enseñaban casi todo. Era bueno con el millón y con esa misma máquina había batido varios récords en otros tiempos. Estaba un poco desentrenado, pero a la tercera partida ya le había cogido el tranquillo. Era tal su pasión, que no tardó en perder conciencia de dónde estaba y, sobre todo, de cómo iba vestido; los chavales del futbolín lanzaban de continuo miradas desconcertadas a esa morena exuberante que escupía entre juramentos («¡Cojones! ¡Me cago en su puta madre!»), fumaba como un camionero, el pitillo pendiente del labio inferior, mientras aporreaba los mandos y, de cuando en cuando, le propinaba a la máquina contundentes golpes de cadera para que se desencallara la bola.

Sobre las seis de la tarde abandonó el local, los dedos agarrotados de tanto pulsar los botones de las máquinas. Esa vez su madre contestó al interfono. Se excusó por haberse dormido tan profundamente que no había oído su llamada. «Es que con las pastillas me quedo frita». «Y colgada», pensó Fede. Volvía a tener la mirada ausente del día anterior y se movía con torpeza, como si le fallara el equilibrio o estuviera sonámbula. De nuevo vestía la camiseta vieja y las mallas, en los pies unas bailarinas negras, peladas y mugrientas. Le informó de que se iba a casa de Marilis, a recoger unos guisos que ésta había cocinado para ella. Cuando Fede le pidió que le dejara acompañarla, su madre se negó: no quería que Marilis se enterara de que él estaba en Barcelona, por eso se desplazaba ella a su casa. Él alegó que Marilis era su amiga y nunca los traicionaría.

—Marilis es una cotilla, no sabe guardar un secreto y yo no quiero problemas — dijo su madre, zanjando la discusión.

Temía que su abuelo le cortara el grifo de la pasta o la echara del piso, si llegaba a saber que lo estaba cobijando a sus espaldas, pensó Fede con amargura; eso, el piso gratis, la pasta de su abuelo, era más importante que él para su madre. ¿Cómo había podido imaginar que Carmen iba a permitir que viviera con ella, arriesgándose a perder esos chollos? ¡El puto piso! ¡La puta pasta! ¡Con lo bien que había empezado esa mañana…! Todo se había ido al carajo y ahora ella volvía a estar ciega de pastillas. Decidió que se marcharía antes de que su madre volviera, para evitar que se sintiera tentada a traicionarlo por culpa de ese viejo cabrón, quien a distancia pretendía controlar su vida. Había gastado el dinero a manos llenas, sólo le quedaban quince mil pesetas. Huiría a Londres en autostop. Se liberó al fin de esas ridículas prendas de mujer y se lavó la cara con jabón cuatro veces hasta que consiguió borrar todo rastro de maquillaje.

El pasaporte no estaba donde lo había dejado. No estaba en ningún sitio. Ni sobre los estantes, ni guardado en los cajones de la cómoda o en su armario. Tampoco en el bolsillo de sus vaqueros, que su madre había colocado junto con la camiseta, primorosamente doblados, sobre el respaldo de la silla de su habitación. ¿Dónde coño habría metido Carmen su pasaporte?

Lo buscó en el salón, en la cocina, en el baño, en el balcón de la lavadora…, por todas partes. No registró la habitación de su madre hasta el final, le avergonzaba volver a entrar en ella después de la lamentable escena de la noche anterior. La cama estaba deshecha, la ropa que Carmen había llevado por la mañana se amontonaba en desorden sobre una silla. Registró los cajones de las dos mesillas de noche. El de la mesilla del Chino, situada a la derecha de la cama, estaba vacío. En el de su madre había un montón de porquerías: un par de mecheros sin gas, un puñado de horquillas, calendarios de bolsillo de años pasados, un paquete empezado de kleenex, una goma para el pelo, con varios pelos enredados, un recordatorio del funeral de una tal Montserrat Torres Peña (¿quién sería?), una caja de condones Durex, sin abrir, dos paquetes de Lola, tres cajas (¡tres!) de Valium, unos pendientes de fantasía, un collar roto y múltiples cuentas sueltas, así como un sobre que contenía fotos. Lo abrió; en una de ellas se veía a su madre y al Chino, abrazados y contentos, entre un grupo de amigos, con los ojos rojos por efecto del flash y aspecto de estar muy pedos (el Chino tenía la camisa desabrochada, una copa en la mano y una guirnalda amarilla de papel colgándole del cuello). Otra era un retrato de Carmen; le costó reconocerla, porque su madre estaba muy joven, no debía de tener ni veinte años. Llevaba el pelo recogido y tenía una expresión inocente, casi asustada. Había un par de fotos en blanco y negro del Chino; en una, éste entornaba los ojos y expelía el humo de su cigarrillo con aire interesante, como un actor de cine, en la otra, miraba a la cámara desde arriba, con desplante de chulo. Y en la última fotografía, la que más le llamó la atención, estaban Fede y su madre, solos. Se les veía de medio cuerpo, los dos con el torso desnudo y el pelo mojado; su madre lo rodeaba con sus brazos. Sonreían a la cámara y guiñaban los ojos, sin duda por efecto de la luz del sol. Sus figuras se recortaban contra un impresionante cielo azul. Él ya estaba gordo en esa foto, debía de tener diez u once años. Se la sacó el Chino en una playa de Menorca, aquel verano. Sintió deseos de robarla, pero no lo hizo, porque no quiso dejar a su madre sin ningún recuerdo suyo.

Deprisa, pues se había entretenido demasiado con las fotos, inspeccionó los estantes y cajones del gran armario ropero del cuarto de sus padres, donde de pequeño jugaba a esconderse y su madre indefectiblemente le encontraba (no era difícil, siempre se escondía en el mismo sitio). Le sorprendió comprobar que debajo de las bragas (sólo tenía seis, sencillas, sin encajes ni nada y bastante gastadas), su madre no ocultaba dinero, ni ninguna otra cosa; tampoco el pasaporte de Fede.

Acabó por comprender que Carmen había escondido su pasaporte para que no pudiera irse a Londres. Eso le enfureció. Su madre había burlado su confianza. Había sido imprudente por su parte mencionarle el plan de su viaje a Londres o el hecho de que tenía pasaporte. Las madres se creen con derecho a disponer de las cosas de uno como si fueran suyas. ¿Acaso le cogía él sus pastillas? Ésas sí que eran malas y no su pasaporte. Estaba convencido de que el Valium era el culpable de la depresión de Carmen. No había más que comparar el excelente estado de ánimo de su madre por la mañana, cuando aún no había tomado las pastillas, con su aspecto de zombi por la tarde, cuando ya se las había metido. El cambio era radical, de ser ella misma, pasaba a convertirse en una especie de muerta en vida. Se apoderó de las tres cajas de tranquilizantes que había en el cajón de la mesilla, así como de la caja empezada que reposaba sobre la novela de Harold Robbins. Como sospechaba, en el interior del armario del cuarto de baño encontró más provisiones de Valium, otras cinco cajas. Nueve en total. ¡Menudo arsenal! Las lanzó al solar de enfrente desde el balcón de la lavadora. Cayeron trazando una elegante curva y se perdieron entre la impenetrable maleza, las latas y los cascotes del descampado, rodeado de unas tapias tan altas que era inaccesible. De niño, él se entretenía tirando pinzas a ese solar y su madre montaba en cólera cuando iba a tender la ropa y no encontraba ninguna. No tenía más que hacer que esperar a su madre. Decidió releer un libro del Teniente Blueberry, con los cascos puestos, para evitar las quejas de Carmen por el volumen de la música. Cuando se terminó la cinta de The Clash que estaba escuchando, se quitó los auriculares porque le presionaban las orejas. Oyó la voz de su madre; había regresado y estaba hablando con alguien. ¿Sería Marilis? ¿La habría traído a casa para que él pudiera saludarla? Se cubrió rápidamente con el batín de su padre y salió de la habitación. Se detuvo a mitad del pasillo. Su madre estaba hablando por teléfono, pero no con Marilis. No era una conversación cordial.

—Señor Durán, le repito que no sé dónde esta Federico —decía su madre con voz tensa—. No lo he visto. Dudo que esté en Barcelona, ni siquiera sé si sigue en España. Sólo he hablado con él una vez por teléfono y…

—¿Que por qué he hablado con él? Porque es mi hijo y estoy muy preocupada. ¡No sé dónde está! Tengo dere…

—…

—¡Tengo derecho a hablar con mi hijo y ni usted ni nadie puede prohibírmelo! — insistía su madre a gritos—. Ya sé que tenemos un acuerdo, que estoy en deuda y que, si no fuera por usted, viviría en la calle, pero, si no recuerdo mal, también habíamos convenido que Gabriel se ocuparía del niño y… ¡mire cómo se ha ocupado!

—…

—No le estoy engañando y sé muy bien lo que me juego, no hace falta que me lo recuerde. Le repito que Fede no está conmigo. Hace más de un año que no lo veo — mintió su madre con todo descaro—. Pero si usted me promete que no lo llevarán a un reformatorio, ni lo internarán en ese colegio de Suiza, creo que lo puedo convencer para que vuelva con su padre.

—…

—¿Que yo no estoy en condiciones de qué? Yo aún no me he muerto y, mientras siga viva, continúo siendo la madre de Fede. Lo que haga mi hijo desde luego que es asunto mío, mío y de su padre. Yo no tengo por qué discutir esto con usted. Dígale a Gabriel que me llame —bramó su madre y colgó el auricular de un golpazo.

Él se apresuró a regresar a su cuarto. Estaba temblando y le costaba respirar. No podía pensar en claro. Su madre y su abuelo habían hablado sobre él, decidiendo su futuro a sus espaldas, como siempre, y ella había engañado al señor Durán, su abuelo, para encubrirlo, había osado enfrentarse a ese hombre poderoso… ¡Se había arriesgado a perderlo todo por él! Estaba asombrado. Su madre abrió de par en par la puerta de su habitación.

—¿Has cogido tú mis pastillas? —le preguntó.

—¿Qué? —le preguntó él a su vez, para ganar tiempo, como hacía de pequeño cuando lo cogían en falta.

—Que-si-has-co-gi-do-mis-pas-ti-llas-Fe-de-ri-co. Las nueve o diez cajas de Valium que tenía en mi mesa de noche y en el armario del baño. Ya no están. Han desaparecido. Todas. Y esta tarde, antes de irme a casa de Marilis, estaban en su sitio. ¿Me puedes decir qué has hecho con ellas, por favor? —A su madre le temblaba la voz de pura ira, pero intentaba contenerse y no gritar.

Él bajó la cabeza y no dijo nada.

—¿Fede? —su madre imploraba.

—Las he tirado —admitió.

—¿Que las has tirado?

—Por el balcón, al solar de enfrente —repuso él—. Te ponen chunga y eso no me gusta.

Su madre tardó en reaccionar. Estaba atónita, lo miró con desesperación.

—No tienes idea de lo que has hecho —le dijo—. No entiendes nada. ¡La que has armado! Primero te escapas de casa de tu padre y te presentas aquí, sin más. Ahora, esto… ¿Y yo qué hago?

Se sentó en el borde de la cama de Fede, retorciéndose las manos con expresión angustiada.

—No puedo vivir sin esas pastillas —gimió. Gruesos lagrimones le brotaban de los ojos, pero no se molestó en enjugarlos—. Las necesito. Sin ellas no duermo ni… ¡No son las pastillas lo que me pone triste! ¿Comprendes? Si no es atiborrada de Valium, no puedo soportarlo, eso es lo que me pasa, pero… ¡Qué te voy a decir! Sólo eres un niño. Me voy a emborrachar —anunció, solemne, y abandonó el cuarto arrastrando los pies.

No osó seguirla. La había cagado. Era un gilipollas. Él sólo quería que ella se pusiera bien, pero resultaba evidente que lo único que había conseguido era que se sintiera peor. Un estruendo de cristales rotos lo sobresaltó. Acudió corriendo a la cocina. A su madre se le había caído un vaso al suelo y se había herido en la mano derecha, que le sangraba. Estaba de pie, frente al fregadero, la mano extendida para que la sangre cayera sobre la pila. Lo miró aturdida.

—Me he cortado en un dedo al recoger los cristales del suelo —le dijo, llorosa—. ¡Mira que soy torpe!

Él se dirigió al cuarto de baño, a por algodón y alcohol, pero no halló ninguna de las dos cosas. Regresó a la cocina, descolgó un trapo de su gancho y se aproximó a su madre para cubrir el dedo cortado con el paño, pero Carmen lo espantó con un grito.

—¡No me toques! No te acerques a mí. Tengo sangre.

—Ya lo veo —dijo él—. No me importa mancharme, quiero curarte. —Y sin darle tiempo a protestar, sujetó con la mano izquierda el antebrazo de su madre y con la derecha le envolvió el dedo herido con el paño.

—¡Déjame! —chilló su madre, que dio un salto atrás al contacto de la mano de Fede, de manera que ahora la sangre goteaba sobre el enlosado—. ¡Ni se te ocurra tocar mi sangre! Puedes contagiarte.

Estaba histérica. Su reacción le pareció exagerada. ¡Ponerse así por un poco de sangre! Quería ayudarla de todos modos. Se agachó para recoger los pedazos de vidrio roto esparcidos sobre el suelo, pero tampoco eso le fue permitido.

—Para ya, Fede, por favor —le pidió su madre en tono cansado—. Hazme caso, vete a tu cuarto. Yo me apaño.

Regresó a su habitación cabizbajo, con una aguda sensación de fracaso, le dolía más que nunca no ser un adulto. Estaba en lo cierto su madre, era peor sin las pastillas, se había puesto como loca. A él no le hubiera importado que le contagiara su depresión. Con lo mal que se estaban poniendo las cosas, ¡qué más daba! Se imaginó a su madre y a sí mismo, los dos deprimidos, tirados sobre el sofá del salón en penumbra, cabeza contra cabeza, llorando sin parar durante horas. Casi le apetecía la idea. Por lo menos, así dejaría de preocuparse por discurrir la manera de mejorar la situación y seguir adelante. Había cierta voluptuosidad muy tentadora en esa perspectiva de dejarse morir de pena en compañía de su madre. Pero no quiso proponérselo, porque ella estaba de un humor muy irritable. Se había sumado todo: la discusión con su abuelo, la pérdida de las pastillas, el vaso roto, la sangre… ¿Qué podía hacer él para paliar ese cúmulo de desastres, del que en gran medida era culpable?

Se vistió con sus ropas de chico, que ya no olían a tren, sino a jabón y a suavizante. Recuperó su dinero del bolso indio y lo volvió a introducir en un bolsillo del pantalón vaquero. Se dirigió al salón y se quedó a la puerta de la cocina, donde seguía su madre, sentada en un taburete, mirando a la pared, el suelo sembrado de vidrios rotos.

—Me voy a la farmacia a comprar Valium —le anunció.

—No vayas. No te lo darán sin receta —le advirtió Carmen.

Pero él no hizo caso y salió a la calle.

La farmacia más cercana, situada en la esquina de Río de Oro con Cardenal Vives y Tutó, ya estaba cerrada. Subió a pie hasta la farmacia de guardia, en la calle Mayor de Sarrià, casi tocando a la plaza. Como había predicho Carmen, se negaron a expenderle Valium sin receta médica, por más que él les juró y rejuró que al día siguiente les entregaría una; se la había olvidado en casa y su anciana abuela no podía dormir sin su somnífero… Sólo por esa vez, ¿no podían adelantarle una caja de Valium? No hubo manera, era gente insensible. ¡Si hubieran visto la expresión desolada del rostro de Carmen! Se sintió incapaz de regresar a casa con las manos vacías. Como fuere, tenía que obtener esas pastillas. Sabía de un lugar donde tal vez podría conseguirlas. Ya no estaba disfrazado; corría peligro de que lo trincara un madero y se lo llevara para adentro, pero allá donde iba no era recomendable parecer una zorra, era un antro para hombres curtidos. Le llevaría el Valium a su madre, le pediría su pasaporte y desaparecería de su vida. Empezaba a intuir que él era uno de esos héroes malditos, condenados a vagar solos por el mundo, como el Teniente Blueberry.