Corazón de napalm

Clara Usón · Capítulo 1 de 15

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Corazón de napalm

Capítulo 1

Una gaviota se posó sobre la arena de la playa, a poca distancia de donde él se había echado. Se irguió y buscó con los ojos una piedra o un palo para tirárselo, pero a su alrededor sólo había arena, así que se levantó, hinchó el pecho y dio un par de pasos amenazadores en dirección al ave, que lo observaba con indiferencia, pero cuando Fede, acercándose más y envolviendo al pájaro en su sombra, apretó el puño e hizo ademán de propinarle un puñetazo, vaya si se asustó. La gaviota dio un salto hacia atrás, desplegó las alas mostrando toda su envergadura y se empinó sobre sus finas patas, haciéndole frente en un falso desafío, pues en el instante en que Fede levantó un pie para darle una patada, alzó el vuelo y se alejó.

Él se dejó caer sobre la arena, las manos todavía crispadas y, rodeando las rodillas con sus brazos, se quedó mirando sin esperanza el mar de plomo de la playa de los Peligros. Todo era gris en Santander: el cielo, las gaviotas, el mar… Le dolía la cabeza y eso acentuó su mal humor. Para distraerse, decidió investigar el contenido de la bolsa de plástico verde de Mantequerías Rosario, que había usado como almohada el rato que se quedó dormido. El peso de su cabeza había chafado las bragas. Con una pulcritud en él insólita fue extrayéndolas de la bolsa, una a una; las desplegó ante sí sobre la arena y las ordenó en hileras, como si fueran soldados en formación, dispuestos a la batalla. ¡Qué riqueza, cuántas bragas! Las contó: en total poseía cuarenta y tres, de las cuales, treinta y seis pertenecían a Natalia (¿para qué querría tantas esa mujer?) y el resto (culottes infantiles, con estampado de ositos y flores), a Anzulia. Las había exquisitas, de seda transparente, o de un tejido que se le parecía, con encajes delicados, rojas, blancas, negras y moradas, de color marfil… Acercó una a su nariz e inspiró hondo. Se sintió decepcionado; sólo olía a jabón y suavizante.

—¿Las vendes?

Volvió los ojos a su izquierda. El rostro hirsuto y abotargado de un borracho le devolvió una mirada turbia. Era un vagabundo y estaba muy sucio. De pie en la arena, a escasos metros de Fede, lo observaba con expresión reconcentrada, la quijada colgante, la boca abierta. Absorto en la contemplación de su tesoro, Fede no lo había visto acercarse.

—Digo que si las vendes, chaval —repitió el mendigo—. Las bragas —precisó, señalándolas con un dedo temblón.

—No —contestó Fede—. No las vendo.

—¿Y para qué las quieres? —preguntó el hombre, pero, sin darle tiempo a responder, volvió a inquirir, al tiempo que se aproximaba y se ponía en cuclillas frente a las bragas—: ¿Me dejas tocarlas?

—No —decidió Fede, torciendo la boca en una mueca de desagrado—. Las vas a manchar, tienes las manos llenas de mierda.

Un amago de ira endureció la expresión del hombre, pero enseguida relajó sus facciones, como si se lo hubiera pensado mejor.

—Sólo con la punta del dedo, por favor —suplicó con una sonrisa blanda y beoda —. Con la punta de este dedito —insistió, mostrándole el rocoso dedo índice de su mano derecho, la uña larga y picuda, ribeteada de mugre.

A modo de respuesta, Fede meneó la cabeza.

—Son de mi madre —dijo—. Si las ve sucias, me matará.

Al mendigo le gustó su explicación. Se sentó junto a Fede y le informó, con semblante complacido:

—Mi madre también tenía muy mala leche, ¡qué hijaputa era mi vieja! Menos mal que se murió de… Ahora no me acuerdo, luego te lo digo. ¿Tienes un pito?

—No fumo —mintió Fede.

—¡Qué jodida suerte! Hoy no es mi día, chico, ¡no es mi día, no! —suspiró el mendigo y sacó una colilla apagada de un bolsillo de su ajada zamarra. Iba muy abrigado, como si no se hubiera enterado de que era verano—. ¿Llevas lumbre?

Fede le dio fuego con el zippo que le había quitado a su padre.

—No sé qué pensará hacer tu vieja con tantas bragas, pero yo que ella me las puliría en el mercadillo de los viernes, en la Plaza Mayor de Santillana. Le pueden dar por esto, no sé…, mil o dos mil pesetas, por lo menos —ponderó el mendigo, rascándose la cabeza y entornando los ojos en el esfuerzo del cálculo—. ¿Me prestas veinte duros? Mañana te los devuelvo.

—No tengo veinte duros, pero si los tuviera, tampoco te los daría —le contestó Fede—. ¡Cómo apestas! —añadió, arrugando la nariz—. Debe hacer años que no te bañas.

—Me lavo en la fuente, cuando puedo —se disculpó el vagabundo; era un hombre inofensivo—. ¿Y unas bragas? ¿Por qué no me das un par?

—¿Qué vas a hacer a hacer tú con ellas? No te sirven, te vendrán pequeñas —se burló Fede.

—¡No las quiero para mí! —protestó el mendigo—. Se las regalaré a la Antonia, mi chavala. La van a volver loca —añadió con una sonrisa de felicidad.

—Te doy una si te abres y me dejas en paz —le propuso Fede.

El mendigo apretó la boca, ofendido. Pero no pudo evitar que se le encendieran los ojos y observó con avidez el surtido de bragas. Arrojó la colilla humeante sobre la arena y tendió la mano derecha hacia unas bragas muy finas, de desvaído color salmón; Fede detuvo su brazo con una mano.

—¡No las toques! —le advirtió—. Te las daré yo. —Con la mano que tenía libre escogió unas bragas negras, sin encaje, las más sencillas de la colección—. Éstas le irán bien a tu novia porque si se ensucian, no se notará.

—¡La Antonia es muy limpia! —protestó el mendigo—. No necesita unas bragas negras, no lleva luto —rezongó, aunque aceptó a regañadientes las que Fede le ofrecía. Hecha un rebujo, se metió la prenda en el mismo bolsillo del que había sacado la colilla. No hizo ademán de moverse, al contrario, estiró las piernas y se quedó callado, contemplando el horizonte.

—Lárgate —le dijo Fede, que empezaba a impacientarse.

—Ya me acuerdo de qué la palmó mi vieja —le informó el hombre sin mirarle, haciendo caso omiso de su orden—. La mató mi viejo, de un garrotazo. ¡Qué carácter! Pero yo lo rajé con un cuchillo jamonero, lo dejé seco —añadió jactancioso —. Era una mala puta, pero era mi madre —se justificó—. ¿No me crees? —preguntó con aire retador, sin duda molesto por la indiferencia de Fede, que ahora le daba la espalda y miraba hacia el mar—. ¿No me crees capaz de eso? ¡Mira! —le exhortó. Fede volvió la cabeza; la hoja plateada de un cuchillo brillaba con la mano derecha del mendigo.

—Guarda eso y vete —le dijo Fede, el semblante impasible, como si nada que hiciera ese vagabundo pudiera impresionarle.

—Regálame otras bragas —exigió—. Esas rosas tan elegantes que no me has querido dar —y señaló con la punta de la navaja la prenda deseada—. Luego me iré.

Fede bajó la cabeza, en ademán pensativo, y miró de refilón al borracho. Finalmente, en el rostro una expresión de fastidio, le lanzó las bragas de color salmón. El hombre las recogió en el aire con una agilidad asombrosa y se apresuró a esconder su botín en su zamarra, dejando la navaja sobre la arena en un mudo gesto de confianza. Empezó a ponerse en pie trabajosamente, para agacharse de nuevo y recuperar su arma, que cerró con un chasquido e introdujo en el misterioso bolsillo donde lo guardaba todo, tras lo cual se irguió con aspecto digno.

—Me largo —le dijo a Fede—. Pero no porque tú lo digas; no me gusta estar contigo, me aburres, tío.

Se alejó, avanzando con dificultad sobre la arena. Cuando hubo dado tres o cuatro pasos se detuvo, como si acabara de recordar algo. Volvió el rostro y añadió:

—Desde que soy huérfano las cosas me van mejor, mucho mejor. ¡Te joden la vida papá y mamá! Acuérdate, chaval, ¡que no se te olvide! —le advirtió, agitando en el aire un dedo admonitorio—. ¡Gracias por las bragas!

El vagabundo meneó la cabeza, se sonrió y, hablando solo, continuó su camino.