Crucero de verano

Truman Capote · Capítulo 1 de 9

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Crucero de verano

Capítulo 1

—Eres un misterio, querida —dijo su madre, y Grady, desde el otro lado de la mesa, a través de un centro de rosas y helechos, sonrió con indulgencia: sí, soy un misterio, y le agradaba pensarlo. Pero Apple, ocho años mayor que ella, casada y nada misteriosa, dijo:

—Grady es sólo una tonta; ojalá yo te acompañara. ¡Imagínate, mamá, la semana que viene, a esta hora, estarás desayunando en París! George siempre me promete que iremos… Pero no sé.

Hizo una pausa y miró a su hermana.

—Grady, ¿por qué demonios quieres quedarte en Nueva York en pleno verano?

Grady quería que la dejasen tranquila; seguían insistiendo, la mañana misma en que zarpaba el barco: ¿quedaba por decir algo más de lo que ya había dicho? Después de aquello sólo quedaba la verdad, y no tenía del todo la intención de decirla.

—Nunca he pasado un verano aquí —dijo, eludiendo los ojos de ellas, y miró por la ventana; el resplandor del tráfico realzaba el silencio de la mañana de junio en Central Park, y el sol, lleno de joven verano que seca la corteza verde de la primavera, atravesó los árboles que había delante del Plaza, donde estaban desayunando—. Soy terca; haced lo que queráis.

Comprendió con una sonrisa que quizá fuese un error haber dicho esto; su familia, en efecto, no distaba mucho de considerarla terca; y una vez, a los catorce años, había tenido una intuición terrible y muy aguda: vio que su madre la amaba, pero que ella, Grady, no le gustaba de verdad; al principio pensó que era porque su madre la consideraba más fea, más testaruda y menos vivaracha que Apple, pero más tarde, cuando fue patente, y por ello

doloroso para Apple, que Grady era mucho más bonita, renunció a razonar sobre el criterio de su madre; la respuesta, por supuesto, y al final ella también acabó entendiéndolo, era simplemente que a ella, a Grady, de una forma pasiva, nunca, ni siquiera cuando era muy pequeña, le había gustado mucho su madre. Sin embargo, había un poco de extravagancia en la actitud de ambas; en efecto, la casa de su hostilidad contenía un modesto mobiliario de afecto, que la señora McNeil expresó ahora cerrando la mano de su hija con la suya y diciendo:

— Estaremos preocupados por ti, querida. No podemos evitarlo. No sé.

No sé. No sé muy bien si es seguro. Diecisiete años no son tantos, y hasta ahora nunca has estado sola de verdad.

El señor McNeil, que cada vez que hablaba era como si apostase en una partida de póquer, pero que, de todos modos, rara vez hablaba, en parte porque a su mujer no le gustaba que la interrumpiera y en parte porque era un hombre muy cansado, remojó un puro en su taza de café, acto que arrancó una mueca de desagrado a Apple y a la señora McNeil, y dijo:

—Yo a los dieciocho años…, diablos, ya llevaba tres en California.

—Pero al fin y al cabo, Lamont…, tú eres un hombre.

—¿Qué diferencia hay? —gruñó él—. Desde hace algún tiempo, no hay diferencias entre las mujeres y los hombres. Tú misma lo dices.

La señora McNeil carraspeó, como si la conversación hubiese tomado un sesgo desagradable.

—Lo cual no impide, Lamont, que me marche muy intranquila…

A Grady le ascendía por dentro una risa incontenible, una agitación feliz que convertía el verano blanco extendido ante ella en un lienzo desenrollado donde dibujar esos primeros trazos, puros y toscos, que son libres. Y además se estaba riendo con una cara seria porque ellos sospechaban muy poco; nada. La luz que temblaba contra la plata de la mesa parecía alentar su emoción y a la vez enviarle una señal de aviso: cuidado, niña. Pero en otro lugar algo le dijo a Grady: sé orgullosa, eres alta y por tanto ondea tu banderín muy arriba y al viento. ¿Quién pudo haber dicho eso: la rosa? En algún sitio había leído que las rosas hablan, que son los corazones de la sabiduría. Volvió a mirar por la ventana; la risa emergía

de nuevo, le inundaba los labios: ¡qué radiante día soleado para Grady McNeil y las rosas que hablan!

—¿Qué te hace tanta gracia, Grady? —Apple no tenía una voz agradable; recordaba el balbuceo ininteligible de un bebé de mal carácter—.

Mamá te hace una pregunta sencilla y tú te ríes como si fuera idiota.

—Seguro que Grady no piensa que soy idiota —dijo la señora McNeil, pero su tono de débil convicción indicaba duda, y sus ojos, tamizados por el velo del sombrero que, como una telaraña, ahora se bajó sobre la cara, delataban la confusión tenue del escozor que siempre la invadía al afrontar lo que consideraba el desprecio de Grady. Estaba muy bien que entre ellas no hubiese más que el contacto mínimo: sabía que no existía entendimiento; aun así, era inaguantable que Grady, con su aire distante, insinuase que era superior; en momentos así, a la señora McNeil le temblaban las manos. Una vez, pero esto había sido hacía muchísimos años y cuando Grady era todavía un chicazo con el pelo corto y las rodillas peladas, no pudo controlarlas, las manos, y en aquella ocasión, que fue, por supuesto, durante ese período que es el que más pone a prueba los nervios en la vida de una mujer, ella, provocada por la desconsiderada altanería de Grady, le cruzó la cara con un bofetón feroz. Después, cada vez que había sentido impulsos similares, serenaba las manos sobre alguna superficie sólida, porque el día en que se descontrolaron Grady, con sus inquisitivos ojos verdes que eran como pedazos de mar, la miró de arriba abajo, la traspasó con la mirada e iluminó con un foco el espejo estropeado de sus vanidades: como era una mujer limitada, fue su primera experiencia con una fuerza de voluntad más recia que la suya—. Seguro que no —dijo, irradiando un humor artificial.

—Perdona —dijo Grady—. ¿Me has preguntado algo? Es como si ya no oyera.

Procuró que la última frase sonara menos a disculpa que a confesión seria.

—La verdad —gorjeó Apple—, se diría que estás enamorada.

Grady sintió un fuerte impacto en el corazón, una sensación de peligro, la plata se estremeció, trascendental, y una rodaja de limón, medio exprimido por el dedo de Grady, se inmovilizó: lanzó una rápida mirada a los ojos de su hermana para ver si había en ellos un destello más sagaz que

estúpido. Satisfecha, terminó de exprimir el limón en el té y oyó decir a su madre:

—Es sobre el vestido, querida. Creo que también podría encargarlo en París: Dior o Fath, alguien así. Incluso a la larga podría resultar más barato.

Un verde manzana suave quedaría divino, sobre todo con tu tez y tu pelo…, aunque debo decir que me gustaría que no lo llevases tan corto; parece impropio y no… no del todo femenino. Es una lástima que las debutantes no puedan vestir de verde. Pero creo que un moaré blanco…

Grady la interrumpió, frunciendo el ceño.

—Si es el vestido de la fiesta, no lo quiero. No quiero una fiesta, y no tengo intención de ir a ninguna, no a una de ésas, en cualquier caso. No pienso hacer el ridículo.

De todas las cosas que la fatigaban, esto era lo que más disgustaba y ponía a prueba a la señora McNeil: tembló como si unas vibraciones anómalas sacudieran el recinto cuerdo y estable del comedor del Plaza.

Tampoco yo quiero hacer el ridículo, podría haber dicho, porque a la hora de organizar el año de la presentación de Grady en sociedad, ya había hecho no pocas maniobras; incluso se barajó la idea de contratar a una secretaria.

Además, y en una vena de superioridad moral, habría podido llegar hasta el extremo de decir que había soportado toda su vida social, cada almuerzo insulso y cada té tedioso (pues con estos tintes los describía), con el propósito de que sus hijas recibieran una acogida deslumbrante el año de su puesta de largo. El baile de debutantes de la propia Lucy McNeil había sido un acontecimiento famoso y sentimental: su abuela, una beldad justamente célebre que se había casado con LaTrotta, senador de Carolina del Sur, presentó en bloque a Lucy y a sus dos hermanas en un Baile de la Camelia celebrado en Charleston, en abril de 1920; fue una auténtica presentación, pues las tres hermanas LaTrotta no eran más que unas colegialas cuyas aventuras sociales habían sido emprendidas hasta entonces dentro de los grilletes de una iglesia; tan ávidos habían girado los pies de Lucy aquella noche que exhibieron durante días las magulladuras de su entrada en la vida, y con tal ansia había besado al hijo del gobernador que las mejillas le ardieron un mes de vergüenza contrita, porque sus hermanas —solteronas entonces y solteronas aún— afirmaban que los besos producían bebés; no,

dijo la abuela, al oír la llorosa confesión de Lucy, los besos no hacen bebés, pero tampoco hacen damas. Aliviada, prosiguió viviendo su año de triunfo; fue un triunfo porque era una chica de buen ver y no insoportable de escuchar: ingentes ventajas si se recordaba que aquélla había sido la temporada exigua en que el grupo de jóvenes sólo pudo elegir entre frutas tan agrias como Hazel Veere Numland o las chicas Lincoln. Luego, además, en las vacaciones de invierno, la familia de su madre —los Fairmont de Nueva York— había dado un baile selecto en honor de Lucy y en aquel mismo hotel, el Plaza; aun cuando ahora, sentada tan cerca de aquel escenario, intentaba recordar, pocos recuerdos revivió al respecto, salvo que todo era de color oro y blanco, que había lucido las perlas de su madre y, ah, sí, que había conocido a Lamont McNeil, un suceso anodino: bailó con él una vez y no le impresionó nada. A su madre sí, por el contrario, pues Lamont McNeil, aunque un desconocido en sociedad, y aunque apenas llegaba a la treintena, proyectaba sobre Wall Street una sombra cada vez más grande y en consecuencia se le consideraba un buen partido, si no en el círculo de los ángeles, al menos entre quienes pertenecían a un estrato ligeramente inferior. Le invitaron a cenar. El padre de Lucy le invitó a cazar patos en Carolina del Sur. Varonil, comentó la magnífica y vieja señora LaTrotta y, como tal fue su dictamen, le otorgó el sello de oro. Siete meses después, Lamont McNeil, emitiendo el temblor más tierno de su voz de póquer, recitó su libreto y Lucy, tras haber recibido sólo otras dos proposiciones, una absurda y la otra una chanza, dijo oh, Lamont, soy la chica más feliz del mundo. Tenía diecinueve años cuando dio a luz a su primogénita: la llamó Apple, cómicamente, porque durante el embarazo Lucy McNeil había comido manzanas a mansalva, pero su abuela, que asistió al bautizo, consideró que era una frivolidad escandalosa: el jazz y los años veinte, dijo, se le habían subido a Lucy a la cabeza. Pero la elección de aquel nombre fue el último signo de admiración alegre de una infancia prolongada, pues al año siguiente perdió al segundo bebé, un varón que nació muerto y al que llamó Grady en recuerdo de su hermano, muerto en la guerra. Lucy rumió largo tiempo esta pérdida, Lamont alquiló un yate e hicieron un crucero por el Mediterráneo; en cada radiante puerto de color pastel, de St. Tropez a Taormina, Lucy dio a bordo tristes y lacrimosas

fiestas con helados para grupos de vergonzosos chicos lugareños a los que el camarero reclutaba en tierra. Pero cuando el matrimonio regresó a Norteamérica se disipó de golpe aquella niebla luctuosa: Lucy descubrió la Cruz Roja, Harlem, la oferta y la demanda, adquirió un interés profesional por Trinity Church, el Cosmopolitan, el Partido Republicano, y no había nada que no patrocinase, en lo que no participara o a lo que no aportase algo. Algunos decían que era una mujer admirable, otros que valiente, unos pocos la despreciaban. Sin embargo, estos pocos formaban una camarilla enérgica, y al cabo de los años su fuerza combinada había saboteado una docena de ambiciones de Lucy. Ella había aguardado; había aguardado a Apple; la madre de una debutante de máxima categoría tenía en sus manos la versión social de una venganza atómica; pero luego se la arrebataron porque estalló una nueva guerra y el mal gusto de un debut en tiempo bélico habría sido excesivo: en vez de organizar el baile, donaron una ambulancia a Inglaterra. Y ahora Grady también trataba de engañarla. Las manos de Lucy se enredaban en la mesa, volaban a la solapa de su traje, tiraban de un broche de diamantes ligeramente amarillentos; era demasiado, Grady siempre había intentado engañarla: simplemente, y de entrada, no naciendo chico. De todas formas, ella la había llamado Grady y la pobre señora LaTrotta, por entonces en el último año exasperado de su vida, se había enfurecido tanto que declaró que Lucy era una morbosa. Pero Grady nunca había sido Grady, el hijo que ella quería. Y a este respecto no podía decirse que Grady quisiera ser ideal; Apple, con sus monerías juguetonas, y guiada por el sentido que Lucy tenía del estilo, habría sido un éxito garantizado, pero con Grady, que, para empezar, no parecía popular entre los jóvenes, se corría un albur. El fracaso era seguro si se negaba a colaborar.

— Habrá una puesta de largo, Grady McNeil —dijo, estirándose los guantes—. Llevarás seda blanca y un racimo de orquídeas verdes: resaltarán un poco el color de tus ojos y tu pelo rojo. Y tocará la orquesta que los Bell contrataron para Harriet. Te lo advierto desde ahora, Grady: si me echas a perder la fiesta no volveré a hablarte nunca. Lamont, ¿quieres pedir la cuenta, por favor?

Grady guardó unos momentos de silencio; sabía que los demás no estaban tan serenos como parecía; aguardaban de nuevo a que se sulfurase,

lo que demostraba lo inexactas que eran sus observaciones sobre ella y hasta qué punto desconocían su personalidad reciente. Uno, dos meses antes, si ella hubiese sentido que ofendían su dignidad de aquel modo, habría salido disparada y habría enfilado su coche hacia la carretera del puerto con el pedal del acelerador a fondo; se habría encontrado con Peter Bell y habría sofocado la rabieta en alguna taberna del trayecto; habría preocupado a su familia. Pero Grady sentía ahora una desinhibición sincera.

Y, hasta cierto punto, comprendía las ambiciones de Lucy. Aquello aún estaba muy lejos, a un verano de distancia; no había razón para creer que llegara a suceder, un vestido de seda blanco y la orquesta que los Bell contrataron para el baile de Harriet. Mientras el señor McNeil pagaba la cuenta y ellas cruzaban el comedor, enlazó el brazo de su madre y con una desmaña de potranca le dio un beso delicado y espontáneo en la mejilla. El gesto surtió el efecto súbito de unirlos a todos; eran una familia; Lucy resplandeció, estaba orgullosa de su marido y sus hijas, y Grady, a pesar de su terca excentricidad, dijeran lo que dijesen, era una maravilla de chica, una auténtica persona.

—Cariño —dijo Lucy—, voy a echarte de menos.

Apple, que caminaba delante, se volvió:

—¿Has venido en tu coche esta mañana, Grady?

Grady tardó en responder; en los últimos tiempos, todo lo que decía Apple le inspiraba recelo, pero ¿qué importaba, en realidad? ¿Y qué si Apple lo sabía? Con todo, prefería que no lo supiese.

—He cogido el tren en Greenwich.

—¿O sea que has dejado el coche en casa?

—Bueno, ¿y qué más da?

—No; bueno, sí. Y no hace falta que me ladres. Sólo pensaba que podrías llevarme a Island. Le prometí a George que pasaría por el apartamento a recoger su enciclopedia; pesa toneladas. Sería una lata llevarla en el tren. Si llegáramos temprano podrías ir a nadar.

—Lo siento, Apple. El coche está en el taller. Lo dejé allí el otro día porque se bloqueó el velocímetro. Supongo que ya estará arreglado, pero es que tengo una cita en el centro.

—¿Sí? —dijo Apple, con fastidio—. ¿Puedo preguntar con quién?

A Grady le supo a cuerno quemado, pero respondió:

—Con Peter Bell.

—Peter Bell, Dios mío, ¿por qué le sigues viendo? Se cree tan inteligente.

—Lo es.

—Apple —dijo Lucy—, los amigos de Grady no son de tu incumbencia.

Peter es un chico encantador, y su madre fue una de mis damas de honor.

Lamont, ¿te acuerdas? Ella cogió el ramo. Pero ¿no estaba Peter todavía en Cambridge?

Justo entonces Grady oyó que alguien gritaba su nombre desde el otro extremo del vestíbulo: «¡Eh, hola, McNeil!». Sólo una persona en el mundo la llamaba así y, con un placer fingido, pues no era el momento más oportuno para que él hiciera su aparición, Grady vio que era Peter. Joven, vestido con ropa cara pero incorrecta (llevaba una corbata blanca de etiqueta con un traje austero de franela cuyos pantalones sujetaba un cinturón del lejano oeste con adornos impropios, y calzaba un par de zapatillas deportivas), estaba recogiendo el cambio en el mostrador de los cigarros puros. Al dirigirse hacia Grady, que ya había recorrido la mitad del camino hacia él, caminaba con la gracia desenvuelta de quien espera conocer siempre las mejores cosas de la vida.

—Estás bonita, McNeil —dijo, y le dio un abrazo campechano—. Pero no tanto como yo: vengo de la barbería.

Lo atestiguaba la lozanía impecable de su cara limpia, de facciones agraciadas; y el corte de pelo reciente le prestaba ese aire de inocencia indefensa que sólo puede dar un corte de pelo.

Grady le asestó un alegre empujón de marimacho.

—¿Por qué no estás en Cambridge? ¿O es que las leyes son aburridísimas?

—Son una pesadez, pero no tanto como mi familia cuando les diga que me han puesto de patitas en la calle.

—No te creo —se rió Grady—. Aun así, quiero que me lo cuentes todo.

Sólo que ahora tenemos muchísima prisa. Mamá y papá se van a Europa y voy a despedirles al barco.

—¿Puedo ir yo también? Por favor, señorita.

Grady vaciló y después llamó:

—Apple, dile a mamá que Peter viene con nosotros.

Y Peter Bell se puso el pulgar en la punta de la nariz, para burlarse de Apple sin que ella le viese, y corrió a la calle para llamar a un taxi.

Necesitaron dos; Grady y Peter, que aguardaron para recoger del guardarropa al pequeño dachshund bizco de Lucy, se subieron al segundo.

Tenía una abertura en el techo: bandadas de palomas, nubes y torres se desplomaban sobre ellos; el sol, disparando flechas con punta de verano, producía un tintineo en el color de centavo nuevo del pelo corto de Grady, y el soplo de luz meliflua arrebolaba su cara flacucha y ágil, modelada con huesos tan delicados como las espinas de un pez.

—Si alguien pregunta —dijo, encendiéndole el cigarrillo a Peter—, Apple o quien sea, por favor di que tenemos una cita.

—¿Es una maña nueva, esto de encender el cigarrillo a un caballero? Y

ese encendedor, McNeil, ¿de dónde lo has sacado? Qué espanto.

En efecto, lo era. Sin embargo, ella no lo había juzgado así hasta aquel momento. Hecho de espejo, y con una inicial enorme, cubierta de lentejuelas, era la clase de novedad que vendían en los mostradores de los drugstores.

—Lo compré —dijo ella—. Funciona de maravilla. De todos modos, ¿te acordarás de lo que acabo de decirte?

—No, mi amor, no lo compraste. Lo intentas con toda tu alma, pero me temo que en realidad no eres tan vulgar.

—Peter, ¿te burlas de mí?

—Por supuesto —se rió él, y ella le tiró del pelo, riéndose también.

Aunque no eran parientes, estaban emparentados, no por la sangre sino porque congeniaban: era la amistad más feliz que ella conocía, y con él se sentía siempre relajada, como en el calor y la seguridad de un baño.

—¿Por qué no iba a burlarme de ti? ¿No es lo que haces conmigo? No, no lo niegues. Estás tramando algo y no vas a decírmelo. Da igual, querida, no voy a darte la monserga ahora. Y respecto a la cita, ¿por qué no? Lo que sea para esquivar a mis padres angustiados. Sólo que me las pagarás todas

juntas: a fin de cuentas, ¿para qué gastar dinero en ti? Preferiría trotar alrededor de mi querida hermana Harriet; ella, por lo menos, lo sabe todo de astronomía. Por cierto, ¿sabes lo que ha hecho la muy sosa? Se ha ido a Nantucket a pasar el verano estudiando las estrellas. ¿Ése es el barco? ¿El Queen Mary? Y yo que tenía tantas esperanzas de que fuera algo divertido, como un petrolero polaco. Habría que gasear al que concibió esa ballena nauseabunda; los irlandeses tenéis toda la razón: los ingleses son horrorosos. Aunque también los franceses. El Normandie tardó demasiado en incendiarse. Aun así, yo no viajaría en un buque americano aunque me dieras…

Los McNeil estaban en la cubierta A, en una suite de habitaciones barnizadas y con chimeneas falsas. Lucy, con orquídeas recién llegadas temblando en el ojal, iba de un lado para otro, perseguida por Apple, que le leía en voz alta las tarjetas que acompañaban a los obsequios de flores y frutas. La secretaria del señor McNeil, la majestuosa señorita Seed, pasó entre ellas con una botella de Piper Heidsieck y una expresión de vago desprecio por la incongruencia del champán por la mañana (Peter Bell le dijo que no se molestase en buscar una copa, que él se tomaría lo que quedase de la botella), y el propio Lamont McNeil, solemnemente halagado, desalentaba desde la puerta a un hombre que televisaba a viajeros importantes:

—Lo siento, amigo…, he olvidado el maquillaje, ja, ja.

Los chistes de Lamont sólo les gustaban a otros hombres y a la señorita Seed; y esto último, según decía Lucy, porque Seed estaba enamorada de él.

El dachshund desgarró las medias de una fotógrafa que en un fogonazo captó a Lucy en su postura más rígida de fotograbado.

—¿Qué vamos a hacer en el extranjero? —dijo Lucy, repitiendo la pregunta de la periodista—. Pues no lo sé muy bien. Tenemos una casa en Cannes donde no hemos estado desde la guerra; supongo que pasaremos por allí. Y compras; iremos de compras, por supuesto. —Carraspeó, azorada—.

Pero sobre todo es el viaje en barco. No hay nada como un crucero de verano para cambiar de ánimo.

Tras incautarse del champán, Peter Bell se llevó a Grady y a través de los bares subieron a la cubierta al aire libre, donde los pasajeros, que

desfilaban con sus tarjetas de parabienes contra el perfil recortado de la ciudad, ya se paseaban ufanos, como si estuvieran mecidos por el océano.

Un niño solitario, con semblante triste, volaba cometas de confetis desde la borda. Peter le ofreció un trago de champán, pero la madre del niño, una mujerona enorme, de una corpulencia insólita, se acercó con pasos atronadores y los ahuyentó hasta la cubierta donde estaban las perreras.

—Madre mía —dijo Peter—. Las casetas de perros, parece nuestro destino caer siempre tan bajo.

Se acurrucaron juntos en un redondel de sol tan escondido como el refugio de un polizón; patético, anhelante, resonó un bramido de las chimeneas y Peter dijo que sería maravilloso quedarse dormidos y despertar en alta mar, bajo las estrellas. Unos años antes, cuando recorrieron juntos las costas de Connecticut, contemplando el Sound, habían pasado días enteros ideando tramas complejas y agónicas: Peter siempre adoptaba un serio entusiasmo, parecía creer a pies juntillas que una balsa de goma les llevaría hasta España, y algo de aquella antigua nota tembló en su voz de ahora:

—Supongo que es una suerte que ya no seamos niños —dijo, repartiendo entre los dos lo que quedaba de la botella—; la verdad es que era tristísimo. Pero ojalá fuéramos todavía lo bastante niños para quedarnos en este barco.

Grady, estirando sus morenas piernas desnudas, movió la cabeza.

—Yo nadaría hasta la orilla.

—Quizá ya no esté tan al corriente de tus cosas como antes. He estado fuera muchísimo tiempo. Pero ¿cómo has podido rechazar Europa, McNeil?

¿O soy un grosero? Quiero decir, ¿me estoy inmiscuyendo en tu secreto?

—No hay ningún secreto —dijo ella, en parte crispada y en parte aliviada por el conocimiento de que quizá sí lo hubiese—. No uno auténtico. Es más bien, bueno, una intimidad, una pequeña intimidad que me gustaría reservarme algún tiempo más, oh, no para siempre, sino una semana, un día, unas cuantas horas; ya sabes, como un regalo que guardas escondido en un cajón: lo entregarás enseguida, pero lo quieres entero para ti durante un rato.

A pesar de lo inexperta que había sido esta manera de expresar lo que sentía, escrutó la cara de Peter, convencida de que vería en ella un reflejo de su comprensión inveterada; pero sólo encontró una inexpresividad alarmante; Peter parecía apagado, como si la repentina exposición al sol le hubiese absorbido todo el color, y poco después, consciente de que no había oído nada de lo que ella había dicho, Grady le dio un golpecito en el hombro.

—Estaba pensando —dijo él, con un parpadeo—, estaba pensando en si, al fin y al cabo, la impopularidad no será una recompensa.

Era una pregunta que tenía su miga; pero como Grady conocía la respuesta gracias a la propia vida de Peter, la sorprendió y hasta la escandalizó que preguntara aquello con tanta nostalgia y, en realidad, incluso el hecho de que se lo preguntara. Era verdad que Peter nunca había sido popular, ni en la escuela ni en el club ni con la gente que los dos estaban, como él decía, condenados a conocer; y, sin embargo, esta condena misma era lo que les había unido, porque Grady, a quien le daba igual una cosa que otra, amaba a Peter y se le había unido en su reino exterior como si perteneciese a éste por igual motivo que él. Peter, desde luego, le había demostrado que ella suscitaba tan pocas simpatías como él: eran demasiado selectos, la época de la adolescencia no les era propicia, Peter decía que serían apreciados en el futuro. Grady nunca se había preocupado a este respecto; en este sentido, al recapacitar sobre lo que ahora parecía un problema ridículo, veía que ella nunca había sido impopular, sino que simplemente no se había esforzado ni había sentido de una forma profunda que agradar a los demás fuese importante. A Peter, por el contrario, le había preocupado sobremanera. A lo largo de la infancia, ella le había ayudado a construir un castillo de arena protector, por muchas corrientes de aire a las que estuviera expuesto. Los castillos así debían sufrir los procesos de deterioro naturales y felices. Era realmente extraordinario que para Peter todavía existiesen. Si bien Grady aún se servía de su archivo común de referencias cómicas privadas, de las tristes anécdotas y las tiernas palabras acuñadas por ellos, no quería saber nada del castillo: ¿no se daba cuenta Peter de que la hora de los aplausos, el momento dorado que él había prometido transcurría ahora?

—Ya sé —dijo, como si hubiera adivinado el pensamiento de Grady y le diese la réplica—. Sin embargo. —Ya sé. Sin embargo. Peter suspiró al decir esto—. Supongo que te habrás figurado que era una broma. Pero no, me han puesto de patitas en la calle, no por decir algo incorrecto, sino quizá por todo lo contrario: parece que las dos cosas son censurables. —La exuberancia que tan bien le sentaba recompuso su cara de pícaro—. Me alegro por ti —dijo, de una forma inexplicable, pero con tal efusión de cariño que Grady apretó la mejilla contra la de Peter—. Si dijera que estoy enamorado de ti sería incestuoso, ¿no, McNeil?

Por todo el barco sonaban gongs instando a los visitantes a que bajaran a tierra, y cenizas de sombra, vertidas por súbitas pantallas de nubes, se amontonaron en la cubierta. Grady, por un instante, sintió la más extraña de las pérdidas; pobre Peter, comprendió que la conocía aún menos que Apple y, no obstante, como era su único amigo, quería decírselo: no entonces, sino en algún otro momento. ¿Y qué diría él? Como era Peter, ella confiaba en que la amase más, si no, que el mar usurpase su castillo, no el que habían construido para protegerse de la vida, que ya había desaparecido, al menos para ella, sino otro, el que resguardaba amistades y promesas.

Cuando el sol salió a raudales, Peter se levantó, ayudó a Grady a ponerse de pie y dijo:

—¿Y adónde iremos a bailar esta noche?

Pero ella, que a cada instante estaba a punto de explicarle que no podía salir con él, de nuevo dejó pasar la ocasión porque, cuando bajaban la escalera, un camarero, dorado por el brillo del gong, les repitió que debían desembarcar y, más tarde, con el alboroto de la despedida a Lucy, Grady lo olvidó por completo.

Agitando un pañuelo y abrazando a sus hijas a intervalos, Lucy las siguió hasta la pasarela; en cuanto las hubo acompañado hasta el túnel de lona, corrió a la cubierta para otear su reaparición al otro lado de la valla verde; cuando vio a los tres agolpados y mirando con ojos deslumbrados, empezó a mover el pañuelo para indicarles dónde estaba, pero el brazo sufrió una debilidad extraña y, asaltada por una sensación de inconclusión culpable, de no haber completado algo, de haber dejado algo sin hacer, dejó caer el pañuelo hacia un lado. Se lo llevó a los ojos, con semblante serio, y

la imagen de Grady (¡ella la amaba! Dios era testigo de que había amado a Grady tanto como la niña se lo permitía) burbujeó borrosa; eran tiempos de congoja, tiempos difíciles, y aunque Grady era tan distinta de ella como ella lo había sido de su madre, testaruda y más recia, aún no era una mujer, sino una chica, una niña, y era un error terrible, no podía abandonarla allí, no podía abandonar a su niña incompleta, inacabada, tenía que darse prisa, tenía que decirle a Lamont que no podían partir. Pero antes de que pudiera moverse, él ya la había rodeado con sus brazos; Lamont decía adiós con la mano a sus hijas; y de pronto Lucy también agitó la mano.

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