Crucero de verano

Truman Capote · Capítulo 6 de 9

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Crucero de verano

Capítulo 6

El día siguiente, lunes, dio comienzo una memorable ola de calor.

Aunque los periódicos matutinos sólo decían que haría bueno y caluroso, al mediodía era un hecho patente que estaba sucediendo algo excepcional, y los oficinistas, al volver del almuerzo con la expresión desesperada y azorada de niños a los que intimidan, empezaron a marcar el número del parte meteorológico. Hacia media tarde, cuando el calor se cerraba como una mano homicida sobre la boca de la víctima, la ciudad se revolvía y retorcía pero, amordazada su protesta, frenada su prisa, entorpecidas sus ambiciones, era como una fuente seca, un monumento inútil, y se sumió en un coma. Las humeantes extensiones de sauces mustios de Central Park eran como un campo de batalla donde muchos hubiesen caído: hileras de heridos extenuados yacían acurrucados en la quietud mortal de la sombra, mientras fotógrafos de prensa, documentando el desastre, se movían entre ellos, sepulcrales. En la jaula de los felinos del zoo, los leones dolientes rugieron.

Grady vagaba sin rumbo de una habitación a otra, y en muchas esquinas había relojes, todos ellos muertos, que le guiñaban un ojo maligno, dos proclamando las doce, otro las tres, y otro marcando las diez menos cuarto; desquiciado, como aquellos relojes, el tiempo fluía por sus venas, espeso como la miel, cada instante se negaba a consumirse: seguía y proseguía, como los dorados rugidos de los leones en sus rondas, que se atenuaban en las ventanas y ella sólo oía débilmente, un sonido que no acertaba a identificar. Nostálgicos, rojizos atisbos de geranios flotaban en la habitación de su madre, y Lucy, tachonada de diamantes, con una estola de armiño aplastada alrededor de un arrugado oropel vespertino, pasó como un

espectro, dejando tras ella su voz artificial de fiesta: vete a dormir, querida mía, dulces sueños, querida; y el olor residual de los geranios decía risa, fama, decía Nueva York, invierno.

Aguardó en el umbral. Un tremendo desbarajuste reinaba en la sublime habitación verde; las mantas de verano estaban retiradas, el contenido de un cenicero desparramado sobre la alfombra plateada, había migas y cenizas de cigarrillo en la cama deshecha; mezclados con el revoltijo de las sábanas había una camisa de Clyde, un par de calzoncillos y un precioso abanico antiguo que pertenecía a una colección de Lucy. A Clyde, que pasaba tres y cuatro noches por semana en el apartamento, le gustaba aquella habitación y se la había apropiado; guardaba su ropa de recambio en el ropero privado de Lucy, motivo por el cual sus pantalones caqui siempre olían un poco a geranio. Pero Grady, como si no entendiera por qué el dormitorio tenía que tener aquel aire de haber sido invadido, desvalijado por ladrones, despotricó contra él con una expresión horrorizada; sólo atinaba a pensar que algo implacable había ocurrido allí, tan cruel que nunca se lo perdonarían; y mariposeaba intentando arreglarlo, y recogió la camisa de Clyde y, sin saber qué hacer, se acarició la mejilla con la manga.

Él la amaba, la amaba, y hasta que él la había amado nunca le había importado estar sola, le había gustado muchísimo estarlo. En el colegio, donde todas las demás chicas se enamoraban unas de otras y desfilaban en parejas de novias, ella se había mantenido aparte: salvo una vez, que fue cuando permitió que Naomi la idolatrase. Naomi, académica, burguesa como un servilletero, había escrito poemas apasionados que rimaban de verdad, y en una ocasión Grady había accedido a que Naomi la besara en los labios. Pero no la amaba, rara vez alguien ama a una persona a la que no envidie en algún sentido; Grady no envidiaba a ninguna chica, sólo envidiaba a los hombres, y por eso Naomi quedó extraviada en su pensamiento y luego la perdió, como una vieja carta que nunca había merecido una lectura atenta. Le gustaba estar sola, pero no, como le acusaba Lucy, para pasarse el tiempo en un estado de abatimiento apático, que es el vicio de los muy domesticados, de las personas de natural manso; palpitaba en ella un frenético vigor nervioso que cada día le exigía proezas más arduas, esfuerzos más audaces: la policía informó al señor McNeil sobre la

forma de conducir de su hija; en dos ocasiones la pillaron en Merritt Parkway circulando a más de ochenta millas por hora, y más. No mintió cuando dijo a los agentes que la detuvieron que no tenía la menor idea de a qué velocidad iba; la velocidad la entumecía, le apagaba las luces de la mente y sobre todo amortiguaba el exceso de sentimiento que tan dolorosos volvía los contactos personales. Otros tocaban tonos demasiado agudos y ella respondía con acordes altísimos. Por ejemplo, Steve Bolton. Y también Clyde. Pero él la amaba. La amaba. Si el teléfono sonase. Quizá suene si no lo miro; a veces sucede. ¿O estaba él en un terrible aprieto y por eso no llamaba nunca? Pobre señora Manzer, llorando, e Ida, gritando, y Clyde: vete a casa, te llamaré más tarde, éstas fueron sus palabras textuales, ¿y hasta cuándo podría soportarlo, sola entre relojes parados y sonidos que llegaban acallados por el calor a las ventanas? Se hundió en la cama e inclinó la cabeza adormecida, embargada de tristeza.

—Dios, McNeil, ¿no funciona el timbre? Llevo media hora aquí plantado.

—Estoy dormida —dijo ella, atisbando a Peter con ojos hoscos de sueño, desilusionados. Señaló la puerta con un gesto: ¿y si Clyde se presentaba estando Peter allí? En resumidas cuentas, no era un momento oportuno para verle.

—No me mires como si fuese una pesadilla —dijo él, al pasar por delante, con un tono afable—. Aunque debo decir que me siento como si lo fuera, después de haber pasado todo este día asqueroso en un vagón de tren y rodeado de pequeños vándalos, rebosantes de energía después de pasar dos semanas al aire libre. Espero que no te importe que utilice tu ducha.

Como no quería que Peter presenciase el saqueo de la habitación de su madre, le precedió corriendo a lo largo del pasillo.

—Ya me acuerdo: has estado en Nantucket —dijo ella cuando entraron en su habitación, donde él se desabrochó de inmediato una chaqueta de lino que se le pegaba al cuerpo—. Recibí tu postal.

—Ah, ¿te mandé una? Qué amable por mi parte. En realidad, queríamos que vinieras; llamé mil veces pero no contestó nadie. Fuimos en el velero de Freddy Cruikshank y nos divertimos mucho, sólo que a mí me mordió un

cangrejo… en un sitio que no puedo enseñarte: a propósito, date la vuelta, que voy a quitarme el pantalón.

Sentada de espaldas a él, Grady encendió un cigarrillo.

—Debió de ser divertido —dijo, recordando otros años, veranos en la costa con velas blancas, estrellas de mar, veranos opuestos—. No he salido de la ciudad desde que nos vimos.

—Lo cual se ve a la legua, ¿no crees? Pareces un lirio, un poco fúnebre, para mi gusto.

Fanfarroneaba. Su cuerpo esbelto, muy cuidado, tenía un color parecido al té, y vetas de sol le surcaban el pelo.

—Creía que eras una apasionada de las grandes extensiones al aire libre;

¿o eso fue sólo en tu época de marimacho?

—Últimamente no me he sentido muy bien —dijo, y Peter, ya en el cuarto de baño, hizo una pausa para preguntar si era algo grave—. No, la verdad. El calor, supongo. Nunca estoy enferma, ya sabes.

Sólo el día anterior. Fue después de Brooklyn; recordó que había cruzado el puente y que paró delante de un semáforo.

—Sólo ayer. Me desmayé —dijo, y al decirlo algo en su interior se revolvió y cayó; una sensación no muy distinta de la que había sentido cuando el semáforo empezó a dar vueltas y la oscuridad le sobrevino. Duró un momento; la luz, de hecho, apenas había cambiado; aun así, hubo un estrépito de bocinas tocando: perdón, dijo ella, y arrancó el coche.

—No te oigo, McNeil. Habla más alto.

—Da igual. Estaba hablando sola.

—¿También hablas sola? Estás para el arrastre. Los dos necesitamos algún sedante, un martini o dos. ¿Te acordarás de no poner vermut dulce?

Te lo he dicho cantidad de veces, pero al parecer no sirve de nada.

Reluciente, plenamente revivido, salió del cuarto de baño y lo encontró todo dispuesto: una coctelera de martinis satisfactorios, en el fonógrafo

«Fun to Be Fooled», en las puertas de cristal la pirotecnia de la puesta de sol y un panorama de postal.

—No puedo disfrutar de esto mucho tiempo —dijo, dejándose caer entre los almohadones—. Es estúpido, pero ceno con alguien que quizá me dé un trabajo: en la radio, nada menos.

Brindaron para que tuviera suerte.

—No hace falta, siempre tengo suerte; verás, cuando cumpla treinta habré tenido la peor clase de éxito, ser capaz, organizado, alguien que se ríe de la gente que sólo quiere tumbarse a la bartola.

No era una profecía frívola, tal como sabía Peter, juicioso, sorbiendo su bebida, y sabía también que probablemente era lo mejor que podía ocurrirle, porque admiraba en secreto, de una forma irrevocable, al hombre que había descrito. Y la mujer con un jardín de flores era Grady, la esposa digna de que le regalaran perlas por Navidad, que recibe a sus invitados en una mesa impecable y cuya presencia civilizada enaltece al marido, tal era como la veía Peter en sus expectativas, y, al observar cómo ella le servía otro cóctel, igual que quizá lo hiciera algún atardecer de cinco años más tarde, pensó en cómo se había ido el verano, sin ver a Grady una sola vez, sin llamar nunca, todos los días un penoso avance hacia el día en que, después de extenuarse con quienquiera que estuviese, ella recurriría a él diciendo: «Peter, ¿eres tú?». Y sí. Al entregarle la bebida, Grady advirtió consternada una aprensión injustificada en los ojos de Peter, una codicia en la boca que era muy ajena al mapa exuberante de su cara; cuando los dedos de los dos se tocaron alrededor del tallo de la copa, ella tuvo de pronto una idea absurda:

¿será posible que estés enamorado de mí? El pensamiento la rozó como una gaviota a la que ahuyentó enseguida, qué criatura más tonta, pero volvió, volvió una y otra vez, y se vio obligada a considerar lo que Peter significaba para ella: apreciaba su buena voluntad, respetaba sus críticas, le importaban sus opiniones, y por eso ahora, sentada, aguzaba el oído para oír a Clyde, más que por temor de que llegara, porque Peter, al dictar sentencia, le haría darse cuenta de lo que había hecho y ella no tenía fuerzas para afrontarlo, no todavía. Dejaron que la habitación se oscureciese, y la superficie suave y complaciente de sus voces se removía y suspiraba en derredor, lo que hablaban no parecía importar, era más que suficiente que emplearan las mismas palabras, que aplicasen los mismos valores, y Grady dijo:

—¿Desde cuándo me conoces, Peter?

—Desde que me hiciste llorar —dijo Peter—. Era una fiesta de cumpleaños y me volcaste una masa de helado y pastel encima de mi traje de marinero. Oh, de niña eras malísima.

—¿Y ahora soy tan distinta? ¿Crees que me ves tal como soy?

—No —dijo él, riéndose—. En realidad, no quisiera hacerlo.

—¿Porque yo podría no gustarte?

—Si dijera que te veo tal como eres, significaría que te rechazo, que te considero superficial y una pesada.

—Podrías pensar de mí cosas mucho peores.

La silueta de Peter se recortó contra las puertas de un verde cada vez más oscuro y su sonrisa titiló como las luces al otro lado del parque, porque una sensación de lucha fantasmal se apoderó de él al intuir la falta de sinceridad de Grady; era como si fuesen dos figuras envueltas en sábanas que se aporreaban; ella quiere exonerarse de culpa sin confesar que yo pudiera tener motivos para culparla.

—¿Mucho peor que ser una pesada? —dijo él, y renació su sonrisa—.

En ese caso, tenías razón en desearme suerte.

Peter se marchó poco después y la dejó sola en la habitación a oscuras, iluminada a intervalos por espeluznantes fucilazos, y pensó ahora lloverá, y no llovió, y pensó ahora vendrá Clyde, y no vino. Encendió varios cigarrillos que dejó apagarse en sus labios, y las horas, espinosas, crucificantes, aguardaron con ella y escucharon cuando ella escuchaba: pero él no vino. Pasada la medianoche, llamó al portero y le pidió que le llevaran su coche. Los relámpagos saltaban de una nube a otra, siniestros mensajeros insonoros, y el automóvil, como un rayo caído, hendió las afueras de la ciudad, atravesó pueblos tediosos, muertos en la noche: al despuntar el alba vislumbró el mar.

Déjame en paz, joder, le dijo él a Ida cuando ella fue a buscarle al parking, e Ida le dijo: mira quién fue a hablar, ¿eh? Pegarle a tu madre, y ahora ella está en la cama con el corazón destrozado, por no hablar de Becky, que ahora dice que su hermano ha dicho que te matará, así que escucha, sólo te estoy avisando.

Pero él no había pegado a su madre, Ida sólo lo decía para cargar las tintas, ¿o sí le había pegado? Estuvo cegado durante un minuto, al ver a aquellos marrulleros en el pasillo, y oh, cómo les había parado los pies: ésta

es mi mujer, les había dicho, y a la vista del lío que habían montado ni por Jesucristo volvería él a pisar aquella casa. Como si no supiera por qué seguían aferrados a él, claro, no estaba nada mal disponer de un sueldo más; amor, ¿habían amado ellos a Anne? Salvo que lo lamentaba si había pegado a mamá, por favor, Dios santo, confiaba en no haberlo hecho. Durante toda su infancia había robado Baby Ruths y se los había llevado a su madre; y Milky Ways que guardaban en la nevera y cortaban en trocitos: mi Clyde es un ángel, le compra chocolatinas a su mamá. Mi Clyde será un abogado famoso. ¿Acaso creía ella que a él le gustaba trabajar en un parking? ¿Que trabajaba allí sólo para fastidiarla, cuando en todo momento podía ser un abogado famoso, un famoso lo que fuera? Ocurren cosas, mamá. Y Grady McNeil formaba parte de las cosas que ocurren. Pero ¿qué pasa con Grady?

Había salido por la puerta y no había vuelto a verla. Bubble dijo: Cuelga ese teléfono, ahórrate las monedas, sólo está picada. Pero ella no se había picado y aquello entonces no tenía sentido, a no ser que fuese porque él no había aparecido en toda la noche, total, que se había ido al bar donde trabajaba Bubble y lo pasó fatal, a veces uno tiene que estar solo, ¿vale? Y

si ella iba a seguir casada con él, tendrían que buscar una nueva manera de vivir. Para empezar, quería que ella dejara aquel apartamento. Él conocía una casa en la calle Veintiocho donde alquilaban un par de habitaciones.

Pero ¿dónde estaba Grady? Ah, cállate, dijo Bubble. Bubble ya había cumplido los treinta y trabajaba de camarero en un club nocturno de poca monta; era un amigo de los tiempos del ejército y era como su nombre:

redondo, calvo, de piel muy fina[5].

Una mañana, el cuarto día de la ola de calor, Clyde sintió al despertar que un brazo le rodeaba; pensó que había dormido con Grady y el corazón se le empezó a acelerar: cariño, dijo, acurrucándose más, oye, pequeña, te he echado de menos. Bubble exhaló un gran ronquido y Clyde le apartó de un empujón. Estaba viviendo en casa de Bubble, una habitación amueblada en el extremo norte de la ciudad; había una lavandería china abajo, y en la calle unos niños estragados por el calor del verano gritaban a todas horas

¡chino, chino!, y algunas mañanas había un organillero; hoy estaba, por ejemplo, y sus canciones a un centavo tintineaban como las monedas que las amas de casa lanzaban a la acera. Clyde la añoraba, los globos de

colores, los carros de flores se la recordaban, y rodó a la otra punta de la cama; allí tumbado, arrullando una imagen de Grady, deslizó una mano y le acarició las partes. Estate quieto, dijo Bubble, déjame dormir, y Clyde retiró la mano, avergonzado, pero Grady subsistió, temblorosa, frustrada, y él recordó a otra chica a la que una vez había visto en Alemania: era un día de primavera, despejado, sin nubes, él estaba paseando por el campo y, al cruzar un puente sobre un río cristalino y estrecho, miró abajo y vio dos caballos blancos atados a un carromato, como si caminaran por debajo de la superficie del agua, y con las riendas enrolladas en los brazos de una joven cuya desfigurada cara de ahogada relucía bajo el agua danzarina; se quitó la ropa, con intención de desatarla, pero tuvo miedo y allí se quedó ella, temblorosa, frustrada, inasequible para él en la muerte como Grady parecía en la vida.

Recogió su ropa de puntillas y salió sigiloso del cuarto; había un teléfono público en el pasillo, marcó el número de Grady y como de costumbre no contestó nadie. Un enjambre de críos zumbó a su alrededor en el portal de abajo, eh, jefe, deme un pitillo, y se abrió paso entre ellos, balanceando los codos, y una marisabidilla, una chica flaca, con un bañador apolillado, dijo, eh, oiga, lleva la bragueta abierta, y corrió detrás de él, señalando. Jesús, dijo él, y la agarró por los hombros; el pelo de la niña flameó, flotó, y la cara, pálida de terror, pareció que ondulaba, como la cara de la chica en el río, se difuminaba, como la de Grady cuando él intentaba verla intensa, entera, como la suya propia, y las manos se le ablandaron, cruzó la calle corriendo y los críos le chillaron: métase con alguien de su tamaño. ¿Y quién sería ese alguien de su tamaño, cuando se sentía tan ruin y pequeño?

Sentado ante el mostrador de un White Castle, pidió un zumo de naranja; hacía demasiado calor para tomar otra cosa, aunque el calor no le molestaba, porque Nueva York, con aquel clima, abandonada por la mitad de su población, parecía pertenecerle tanto como a cualquier otro habitante.

Mientras aguardaba el zumo, se remangó el puño de la camisa y examinó un tatuaje reciente y punzante que le rodeaba la muñeca como una pulsera.

Se lo habían tatuado la noche anterior, vagabundeando por las calles con Gump; Gump y sus malditos canutos, si se fuma un par de porros se le pasa

alguna genialidad por la mollera, como por ejemplo: conozco a un tipo que te hará gratis un tatuaje fabuloso. Gump conocía a algunos tíos así, y aquél vivía en un apartamento sin agua caliente en Paradise Alley, y vivía solo con seis gatos siameses y una pitón disecada que se llamaba Mabel: ¡oh, mis queridos chicos, deberíais haber conocido a esta vieja madre en aquellos tiempos en que Mabel estaba viva! Qué par de sarasas locas éramos, tan alegres, tan divertidas, nos adoraba todo el mundo, varios reyes y todas las reinonas, ja, ja, sí, actuábamos juntas en todo el mundo, bailando sin parar, doce semanas nada menos en Londres, Waldo y Sinistra, Sinistra era el nombre artístico de Mabel, la pobrecilla, estaría viva en este mismo instante de no ser por esas asquerosas compañías aéreas, de verdad que dan náuseas; pues veréis, no querían admitir a Mabel en el avión, estábamos en Tánger y teníamos que volar sin falta a Madrid, conque lo que hice fue enrollármela en el cuerpo y ponerme un abrigo encima; todo fue bien hasta que en algún lugar del cielo español empezó a apretar, sé cómo se sentía la pobre criatura, se estaba asfixiando, pero fue un auténtico calvario, Mabel apretaba cada vez más hasta que acabé desmayándome, con lo cual la partieron en dos con un cuchillo, dijeron que era la única manera de salvarme, ¡los muy carniceros! Ah, bueno…, ¿una bandera, una flor, el nombre de tu novia? No te va a doler ni pizca. Pero sí le había dolido: G-R-A-D-Y, las letras de su nombre, azules y rojas y unidas con una raya, seguían ardiendo y se compró un frasco de aceite para bebés, y se masajeó con él la muñeca, sentado en la imperial descubierta de un autobús que subía por la Quinta Avenida. Se apeó cerca del museo Frick; echó a andar hacia el centro por la acera del parque, debajo de los árboles, rastreando con los ojos los cuadrados de piedra, una antigua costumbre cuya finalidad era buscar objetos perdidos, dinero. En dos ocasiones había encontrado sendos anillos, y una vez un billete de veinte dólares, y hoy se agachó para recoger una moneda de cinco centavos; al erguirse miró a la acera de enfrente, y estaba donde quería estar, delante del edificio de apartamentos de los McNeil.

Mira a Culogordo, el portero, con su levita de faldones y sus guantes de algodón, ¿quién se cree que es el cabronazo, dándose aires como una paloma? Ah, no, señor, la señorita McNeil no está en casa, ah, no, señor, me

temo que no ha dejado ningún mensaje. Pero no se atrevió a encararse con el portero; lo único que hizo fue escupir a espaldas del cabrón. Volvió a cruzar la calle y caminó de un lado para otro bajo los árboles, alzando los hombros. Entonces vio al pequeño Leslie, el ascensorista, un querubín de mejillas sonrosadas y boca almibarada; salió disparado hacia la sombra de los árboles: eh, oiga, dijo, con los ojos furtivamente llenos de amor, yo sé dónde está ella, pero no le diga a él que se lo he dicho, y dijo que el portero enviaba el correo de la señorita McNeil a la casa de su hermana en East Hampton. Pareció ofendido cuando Clyde le ofreció medio dólar. ¿Qué quieres entonces, que te dé un beso?, dijo Clyde, y el pequeño Leslie, retrocediendo, dijo, con violencia: ¿por quién me toma?

Había pensado que se volvería loco, allí solo en la superficie deslumbrante de grava abrasada por el sol, y en una tarde que era como una burbuja grasienta que no reventaría nunca, pero Gump apareció con un puñado de auténticos puros habanos y una botella de ginebra. Gump estaba de vacaciones y se sentaron en la garita del parking a disfrutar del tabaco y la bebida y a jugar a las cartas. Clyde no lograba concentrarse en la partida, y después de perder veintidós bazas consecutivas tiró los naipes y se apoyó en la entrada, enfurruñado; surgieron sombras vespertinas, se balancearon, vio que la noche se le avecinaba y dijo: oye, ¿quieres hacer un viajecito conmigo? Porque tenía miedo de ir solo.

Todo esto perduraría, aquellas olas, aquellas rosas de mar que arrojaban pétalos secados por el sol sobre la arena; si muero, todo esto continuará y le disgustó que continuara. Se levantó de entre las dunas y se cubrió con un pañuelo los muslos y después dejó que se deslizara al suelo, porque no había nadie para ver que estaba desnuda. Era una playa vulgar, sin profesionales, groseramente extensa y sembrada de viejos huesos de madera vomitados por las aguas. La gente mayor, que prefería la playa del club, nunca visitaba aquélla, aunque algunos, como Apple y su marido, habían construido casas a lo largo de la costa. Todas las mañanas, después de desayunar, Grady llenaba una tartera y se quedaba escondida entre las dunas hasta que el sol empezaba a ponerse en el horizonte y la arena se enfriaba.

A veces se quedaba en la orilla y dejaba que la espuma le bañase los tobillos. Ni siquiera había desconfiado del agua, pero ahora, cada vez que quería zambullirse entre las olas, se imaginaba que escondían dientes, tentáculos. Del mismo modo que no se atrevía a adentrarse en el agua, no podía franquear el umbral de una habitación concurrida. Apple se había cansado de decirle que conociera a gente; dos veces se habían peleado al respecto, y sobre todo en una ocasión en que Grady, que estaba ya completamente vestida para un baile en el club Maidstone, cambió de idea y se negó a ir, y Apple dijo, creo que lo mejor es que te vea un médico, ¿no te parece? Grady habría podido responder que ya la había visto: el doctor Angus Bell, un primo de Peter que ejercía en Southampton. Después, pensó que había conocido la verdad antes de que fuera posible conocerla, teniendo en cuenta que estaba embarazada de menos de seis semanas. Había encontrado en la casa un tratado médico y por la noche, encerrada en la habitación de invitados, examinaba los retratos de embriones horripilantes, cerrados como puños, las venas como de encaje, la piel como un velo, los ojos coagulándose, fetos que, hechos un ovillo, como si durmieran, le llegaban hasta las raíces del corazón. ¿Cuándo? ¿En qué momento? ¿La tarde en que llovió? Estaba convencida de que había sido entonces, y era con mucho lo mejor: acostada a salvo de la lluvia fría y oscura, y Clyde que retiró las mantas a patadas para reunirse con ella con una suavidad más suave que un párpado que se cierra. Si me muriera (en Greenwich había oído hablar a menudo de Liza Ash, la idolatrada Liza que se sabía la letra de todas las canciones y que había muerto desangrada en unos urinarios del metro), todo esto seguirá existiendo sin mí. Conchas de mar en la marea, barcos que zarpan y que se alejan.

O que se acercan. Según una carta que acababa de recibir Apple, su madre y tu pobre padre zarpaban de Cherburgo el 16 de septiembre, lo cual quería decir que estarían en casa dentro de menos de un mes: Dile a Grady que, por favor, llame a la señora Ferry para que venga del campo porque seguro que lo ha dejado todo manga por hombro —Dios sabe que debería haberle dicho a Ferry que se encargara—, porque no vamos a soportar otro caos después de haber visto cómo nos dejaron esos alemanes la casa de

Cannes, de lo más increíble, y dile también a Grady que el vestido le ha quedado más maravilloso que un sueño, algo de lo más increíble.

A la larga llega un momento en que uno se pregunta: ¿qué he hecho?

Para ella había llegado aquella mañana a la hora del desayuno, cuando Apple, al leer la carta en voz alta, mencionó lo del vestido; olvidando que ella no lo quería, y recordando sólo que ya nunca se lo pondría, bajó la escalera de una nueva y misteriosa congoja: ¿qué he hecho? El mar preguntaba lo mismo, las gaviotas ansiosas lo corearon. La mayor parte de la vida es tan tediosa que no vale la pena comentarlo, y lo es a todas las edades. Cuando cambiamos nuestra marca de cigarrillos, nos mudamos a otro vecindario, nos suscribimos a un periódico distinto, nos enamoramos o desenamoramos, estamos protestando de un modo tan frívolo como profundo contra el tedio indisoluble de la vida cotidiana. Por desgracia, nuestro espejo es tan pérfido como cualquier otro, y refleja en algún punto de cada trayectoria la misma cara vanidosa insatisfecha, y por eso cuando Grady se pregunta ¿qué he hecho?, en realidad quiere decir, como nos suele ocurrir, ¿qué estoy haciendo?

El sol perdía fuerza y recordó que el hijo de Apple iba a celebrar una fiesta de cumpleaños para la cual ella, oh, Dios, le había prometido organizar juegos. Se puso el bañador y estaba a punto de salir a la playa abierta cuando vio dos caballos que cabalgaban a medio galope por el rompiente somero. Los montaban un joven y una hermosa chica con una melena negra al viento; Grady los conocía, había jugado al tenis con ellos el verano anterior, pero no acertaba a recordar sus nombres, los P no-sé-cuántos, miembros del grupo más joven de maníacos, bastante encantadores, sobre todo la esposa. Cabalgaban playa arriba, fundiendo las voces en una algarabía jubilosa, y volvieron con estrépito, reluciendo como cristal sus monturas empapadas. Desmontaron no muy lejos de donde ella yacía escondida, soltaron a los caballos para que retozasen y escalaron las dunas para precipitarse con una risa amorosa a una cala de hierba alta; reinó el silencio entonces, las gaviotas planeaban insonoras, la brisa marina estremecía la yerba y Grady los imaginó acurrucados juntos, protegidos por un mundo que les quería bien. La maldad la incitó a dejarse ver. Se levantó y pasó directamente por delante de ellos, y su sombra, que les rozó como un

ala, pretendió aguarles el placer. No lo logró, pues los P no-sé-cuántos, a quienes la buena voluntad tornaba inocentes, no se percataron ni siquiera de una sombra. Corrió por la playa, espoleada por la victoria de la pareja, porque sentía que a través de ella había visto lo tolerable que podía ser el futuro, y al subir la escalera que llevaba de la playa a la casa hizo el descubrimiento inesperado de que le apetecía estar con los niños y celebrar el cumpleaños.

En lo alto de la escalera topó con Apple, que parecía a punto de bajarla.

El encuentro las sorprendió y se separaron, mirándose con brusquedad.

Grady dijo:

—¿Cómo va la fiesta? Siento llegar tarde.

Pero Apple, atornillándose un pendiente con una precisión mezquina, que parecía sugerir que el encontronazo había tenido la culpa de que se le desprendiera, la miró como si no pudiese ubicarla, como si, de hecho, tuvieran que presentarlas. Esto obró en Grady el doble efecto de ponerla en guardia y desanimarla.

—De verdad, siento llegar tarde. Déjame subir a ponerme un vestido.

Apple la entretuvo diciendo:

—¿No has visto a Toadie en la playa? —Toadie: un apodo espantoso para su marido[6]. Ha salido a buscarte.

—Debe de haber ido por otro camino. Pero ¿no es un poco tonto que haya ido a buscarme? Prometí que volvería para ayudar en la fiesta.

—No te preocupes por la fiesta —dijo Apple, y un temblor inquietante le torció las comisuras de la boca—. He mandado a los niños a su casa; el pequeño Johnny está llorando a moco tendido.

—No será por mi culpa —dijo Grady, insegura, aguardando—. Dime:

¿por qué me estás asustando?

—¿Yo? Yo habría dicho que es al revés, o sea: ¿por qué me asustas tú?

—¿Qué? Entonces Apple habló claro; dijo:

—¿Quién es Clyde Manzer?

Un lirio arrancado de un tallo, cerca del sendero, se desgarró en las manos de Grady y sus pétalos de colores se desperdigaron como entradas de teatro desechadas. Tardó un largo rato en contestar:

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque no hace ni veinte minutos que me han dicho que es tu marido.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Él —se limitó a decir Apple, pero su carita guapa se había tornado de pronto desdichada—. Ha venido desde la ciudad en un taxi; le acompañaba otro chico y Nettie los ha hecho pasar, supongo que pensando que tenían algo que ver con la fiesta…

—Y le has visto —dijo Grady, en voz baja.

—El más bajo ha preguntado por ti y yo le he dicho: ¿eres amigo de mi hermana?, porque la verdad me parecía que no podías conocerle, y él entonces me dice, no, no somos amigos, pero soy su marido.

Hubo un intervalo, el rumor de las olas acompasó el silencio y después, mientras las dos evitaban la mirada de la otra y la posaba en los pedazos del lirio roto, Apple preguntó si era verdad.

—¿Que no somos amigos? Supongo.

—Por favor, querida, no estoy enfadada, de verdad que no, pero tienes que decírmelo: ¿qué has hecho?

Qué has hecho, qué he hecho, como un eco en una cueva que lo convierte todo en un disparate. Habría preferido, con mucho, que alguien tuviese un berrinche, las típicas reacciones que estaba dispuesta a afrontar.

—Pero qué idiota eres —dijo, impostando una risa asombrosamente natural—. Es una de esas bromas sin gracia de Peter; Clyde Manzer es un amigo suyo de la universidad.

—Sería una idiota si te creyese —dijo Apple, hablando como su madre

—. ¿Crees que por una broma iba a echar a perder el cumpleaños de Johnny? Ese chico, desde luego, no es un compañero de estudios de Peter.

Grady encendió un cigarrillo y se sentó en una roca.

—Pues claro que no. En realidad, Peter no le ha visto nunca. Trabaja en un parking y le conocí allí en abril; nos casamos hace menos de dos meses.

Apple subió un trecho del sendero. Parecía que no hubiera oído, aunque poco después dijo:

—Nadie lo sabe, ¿verdad? —Vio cómo Grady negaba con la cabeza—.

Entonces no hay razón para que se sepa. Está claro que no es legal, no tienes dieciocho, veintiún años, lo que sea. Seguro que George estará de

acuerdo en que no es legal; no hay que perder la cabeza, él sabrá perfectamente lo que hay que hacer.

Su marido les saludó con la mano desde la playa y ella corrió a la escalera, gritando su nombre.

Detrás de George, Grady vio a los caballos partiendo con los cascos el rompiente, espléndidos como caballos de circo; y al recordar las promesas que representaban agarró a Apple por la muñeca.

—¡No se lo digas! Dile sólo que es una broma de Peter. Oh, escúchame, necesito disponer de las próximas semanas, por favor, Apple, dámelas.

Se agarraban las dos, equilibrándose, y Apple susurró: «Suelta», como si hubiera perdido la voz.

—Quítame la mano de encima.

Pero cuando Grady intentó soltarla, descubrió que en realidad era Apple la que la sujetaba, y se retorció en aquel cerco, asfixiada por la conciencia de la escena que se cernía sobre ella; los caballos avanzaron, George estaba ya en la escalera, a Clyde lo presentía no muy lejos.

—Apple, te lo prometo, tres semanas.

Apple se separó de ella y se encaminó hacia la casa:

—Te está esperando en el molino de viento —dijo, sin mirar atrás.

Una bruma se había alzado sobre el agua y los caballos, apenas visibles, la hendían como pájaros.

Una camarera, con un delantal de calicó estampado de molinos de viento, depositó dos cervezas en la mesa y encendió una lámpara.

—¿Los caballeros cenarán aquí?

Gump, que se cortaba las uñas con una navaja, escupió hacia ella un fragmento de uña.

—¿Qué hay de cenar?

—De entrada, tenemos ostras de Cape Cod o gambas al estilo de Nueva Orleans o sopa de almejas Nueva Inglaterra…

—Tráiganos la sopa —dijo Clyde, sólo para que ella se callase. A Gump le daba lo mismo, había pasado un buen rato hojeando tebeos y tonteando con chicas en el perezoso tren de cercanías de Long Island que les había

llevado hasta allí; pero Clyde hizo todo el trayecto como si viajara en una montaña rusa. En una de las paradas del recorrido, una mariposa se coló por la ventanilla abierta; la atrapó con una bolsa de caramelos de menta y ahora la bolsa estaba encima de la mesa: era un regalo para Grady.

Sonó una campana cuando ella cerró la puerta y vio la cara de Clyde, más enjuta, menos maciza, un destello en la luz; alguien a quien nunca había visto le estrechó la mano: Gump, un chico larguirucho, con manchas en la piel y una camisa chillona de verano con vibrantes bailarines de hula-hula, y notó en la mejilla la aspereza de la barbilla sin afeitar de Clyde.

—Ya sé, ya sé —dijo, evitando el susurro conciliador de Clyde—. No hablemos de eso ahora; aquí no.

—Eh, ¿quién va a pagar esto? —gritó la camarera, balanceando los cuencos de sopa, y Gump, al salir detrás de Clyde y Grady, dijo:

—Mándame la cuenta, encanto.

Cupieron los tres en el asiento delantero del coche de Grady. Clyde conducía y ella se sentó en el medio. El perfil tenso de Grady no alentaba la charla, y viajaron en silencio; el coche dejaba una estela de tensión en las curvas cerradas. No era que ella pretendiera mostrarse fría; más bien no pretendía nada y sentía poco, salvo, quizá, una apatía decaída, plana. Una luna anaranjada se alzaba como un dirigible, y señales de tráfico, tachonadas de cristal que saltaba ante los faros como unos ojos de gato, decían Nueva York 98 millas, 85.

—¿Tienes sueño? —dijo Clyde.

—Oh, muchísimo —dijo ella.

—Tengo lo que hace falta —dijo Gump, y se vertió en la mano el contenido de un sobre, alrededor de una docena de colillas—. Sólo colillas, pero nos despertarán.

—Vamos, Gump, guarda eso.

—Vete a la mierda —dijo Gump, y encendió una—. Mira —le dijo a Grady—, tienes que hacer así. —Tragó el humo como si fuera algo comestible—. ¿Quieres una calada?

Como una paciente adormilada que nunca cuestiona lo que le lleva la enfermera, Grady cogió el cigarrillo y lo retuvo hasta que Clyde se lo quitó de la boca; ella pensó que él iba a tirarlo, pero se lo fumó él.

—Ya lo has captado; para un colocón, la receta del doctor Gump.

Repartió de nuevo las colillas, una a cada uno, y alguien encendió la radio: Están escuchando un programa de música grabada. Saltaron chispas de ceniza y la cara se les puso tersa como la luna joven. Vámonos en kayak a Quincy o Nyack, / vámonos lejos de todo.

—¿Te sientes bien? —dijo Gump, y ella le dijo que no sentía nada, pero se le escapó una risita, y él dijo—: Lo estás pasando bien, cariño, mantente arriba.

Clyde dijo entonces:

—He olvidado tu regalo, un regalo que te había traído, una mariposa en una bolsa de caramelos.

Y eso hizo estallar a Grady; como las burbujas de un pez al respirar, las risitas crecientes reventaron en una carcajada y, al reírse, sacudió la cabeza de un lado para otro:

—¡No, no! Es graciosísimo.

Nadie sabía muy bien qué era tan chistoso, pero los tres se desternillaban; Clyde, por ejemplo, apenas podía mantener el coche en la carretera. Un chico montado en una bicicleta se escoró ante la embestida de los faros y se estrelló contra una valla. Pero la risa no habría cesado aunque hubieran matado al chico de la bici, tan hilarante era todo. El pañuelo que llevaba Grady se le desprendió del cuello y se perdió en la oscuridad; y Gump sacó el sobre de antes y dijo:

—Vamos a fumarnos otro.

Una neblina roja, votiva, se cernía sobre Nueva York, pero cuando cruzaron el puente de Queensboro, la ciudad, vista de pronto en toda su longitud, estalló como una traca, y cada torre era un juego pirotécnico de color anfetamínico, y Grady exclamó, aplaudiendo la voluptuosa línea del horizonte:

—¡Quiero bailar! ¡Descalzarme y bailar!

El Paper Doll es un tugurio, un cajón de sastre situado en una calleja a la altura de la calle Treinta y pico este, y Clyde les llevó allí porque era el club donde Bubble trabajaba de camarero. En cuanto les vio entrar, les abordó, mascullando:

—¿Estáis locos? Sácala de aquí. Está emporrada.

Pero Grady no tenía intención de marcharse, le gustaron el neón insomne, las caras insolentes, y Clyde tuvo que seguirla a la pista de baile, que era demasiado pequeña y destartalada para bailar: no hicieron más que agarrarse.

—Tantos días. Pensé que me habías plantado —dijo él.

No se planta a la gente; se planta a uno mismo —dijo ella—. Pero ahora, ¿todo bien?

—Sí, todo va bien ahora —dijo él, y dio un par de pasos cautelosos. Era curioso el trío que tocaba para ellos: una china joven y sedosa (piano), una mujer de color que miraba con aire respetable a través de unas gafas de acero de maestra de escuela (batería) y otra negra alta, de una negrura intensa, cuya cabeza lustrosa y espléndida temblaba bajo el verde pálido de una luz cenital (guitarra). No había diferencia entre las canciones, porque la música sonaba toda igual, gelatinosa, jazzística, reprimida.

—No te apetece bailar más —dijo Clyde, cuando el trío redondeó una serie.

—Sí, sí; no me voy a casa —dijo ella, pero se dejó llevar hasta el rincón donde Gump había conseguido una mesa.

La guitarrista se les unió.

—Soy India Brown —dijo, extendiendo la mano hacia Grady. El tacto de la mano era como el de un guante caro, pero los dedos eran gruesos y largos como plátanos—. Bubble dice que tengo que llevarte a que te empolves la nariz.

—Bubble bubble bubble —dijo Grady.

La chica de color se apoyó en la mesa; sus ojos eran como fragmentos de cuarzo oscuro, y se le empañaron, desestimando a Grady; con una suave voz conspiradora dijo:

—No es asunto mío lo que estéis haciendo, chicos. ¿Pero veis a aquel gordo, hacia el final del mostrador? Tiene este local fichado; sólo está esperando la oportunidad de ponerle un candado. El menor ruido de una nena como ella y nos cierran el garito. Sin bromas.

¿Ruido? Un sonsonete afloró a la cabeza de Grady, y sus ojos se posaron en el hombre gordo: él la contemplaba por encima del borde de un vaso de cerveza. De pie a su lado había un joven bronceado, con un traje de

lino indio de buen corte, que cruzó la sala con sigilo y una bebida en la mano.

—Recoge tus cosas, McNeil —dijo, como si hablara desde una gran altura—. Ya es hora de que alguien te lleve a casa.

—Oiga, amigo, vamos a arreglar esto —dijo Clyde, levantándose a medias.

—Es Peter —dijo Grady; al igual que mucho de lo que estaba ocurriendo, que Peter estuviese allí no le pareció ilógico, y le reconoció como si fuera inmune a la sorpresa—. Peter, querido, siéntate; te presentaré a mis amigos, sonríeme.

—Más vale que te lleve a casa —se limitó a decir Peter, y cogió de la mesa el bolso de Grady. Un camarero que llevaba una bandeja de bebidas retrocedió, y Bubble se recostó en la barra, con la boca como una O

electrizada; el estrépito lejano de un paso elevado estremeció la sala revestida de oropel. Clyde rodeó la mesa, no era un combate equilibrado, pues Peter, aunque más alto, no tenía músculos ni el temperamento belicoso de Clyde; y, aun así, Peter afrontó la apreciación calibradora de su rival y le miró, a su vez, preparado y deseoso. Clyde lanzó la mano con la rapidez con que acomete una serpiente; agarró el bolso y lo depositó al lado de Grady, que, en ese mismo momento, vio la muñeca al descubierto de Clyde.

—Te has herido —dijo, con una voz apenas audible, y tocó las letras de su nombre tatuadas en carne viva—; por mí —dijo, alzando los ojos, primero hacia Clyde, a quien no veía, y después hacia Peter, cuya cara blanca y de una severidad insoportable pareció que se estuviera disolviendo

—. Peter —dijo, con un tono extraño, y suspirando—. Clyde se ha herido.

Por mí.

Sólo la chica negra se movió; rodeó a Grady con el brazo y juntas, tambaleándose un poco, fueron al tocador de señoras.

Mientras yo esté aquí, nada puede sucederme, pensó Grady, con la cabeza reclinada contra los pechos duros de la guitarrista.

—Me ha comprado una mariposa —dijo, hablando a un espejo moreno, descascarillado—. La ha traído en una bolsa de caramelos de menta.

—Hay una salida a la calle —dijo la guitarrista—: cruzando esa puerta y después la cocina.

Pero Grady respondió, sonriendo:

—Me ha parecido menta, porque sabía igual de dulce: tócame la cabeza,

¿no notas cómo vuela?

La apaciguaba que se la sujetara, calmaba el balanceo, suavizaba el sonido de caída en picado.

—Y a veces me vuela por otras partes, la garganta, el corazón.

Se abrió la puerta y la mujercilla de la batería, con un aire como de maestra lasciva, entró con insolencia, chasqueando los dedos.

—Todo en orden —vociferó—. Hooper ha largado a esos hijoputas, y hasta ahora no ha habido huesos rotos. No es culpa tuya —añadió, dirigiéndose a Grady—. Los drogotas como tú me tienen puteada con sus trapicheos.

Pero la guitarrista alisó con suavidad el pelo de Grady con sus dedos como plátanos y dijo:

—Oh, cierra el pico, Emma; ella no sabe de qué va este rollo.

La otra miró un largo rato a Grady:

—¿No sabes de qué va, cielo? ¡Y yo me lo creo!

En el bordillo había un marinero orinando; aparte de él, no había nadie en la calle, una calle de casas de piedra rojiza donde habían aparcado el coche; el coche, sin embargo, no estaba allí y Grady dio vueltas debajo de un farola, barajando posibilidades sobriamente: que lo habían robado o si no, ¿qué? Unas tuberías de ventilación, parte de alguna obra en la calle, escupieron lúgubres borbotones de vapor, y el marinero, envuelto en aquellas emanaciones, trastabilló sobre la acera. Grady huyó a la Tercera Avenida, donde la deslumbró la lenta oscilación de la luz cruda de unos faros de automóvil.

—¡Eh, tú! —gritó el conductor, y ella parpadeó: era su propio coche, con Gump al volante—. Claro que es ella —dijo él; después Grady oyó a Clyde:

—Date prisa, métela ahí contigo.

Clyde estaba en el asiento de atrás, y Peter Bell también, juntos, forcejeando el uno con el otro, parecían una criatura sólida de dos cabezas y con tentáculos. Peter, con el brazo inmovilizado a la espalda, encorvaba el torso, y su cara, sangrando y arrugada como papel de estaño, conmocionó

tanto a Grady que algo se desató: gritó y fue como si aquel grito se hubiera estado incubando durante meses, pero nadie la oyó, ni en el vacío pétreo de las calles que giraban, ni tampoco en el coche; Gump, Clyde, incluso Peter, estaban unidos por un éxtasis sordomudo; había júbilo en los demoledores puñetazos de Clyde, y cuando el Buick subió rechinando la Tercera Avenida y esquivó las columnas del ferrocarril elevado, sin hacer el menor caso de los semáforos en rojo, Grady tenía una mirada fija y silenciosa, como un pájaro aturdido por un choque contra paredes y cristal.

Porque cuando surge el pánico la mente se atasca como el cordón de apertura de un paracaídas: y uno sigue cayendo. Al doblar a la derecha en la Cincuenta y nueve, el coche entró derrapando en el puente de Queensboro; allí, más alto que los pitidos huecos del tráfico fluvial, y cuando la mañana que nunca habría de ver despuntaba en el cielo, Gump gritó:

—Maldita sea, vas a matarnos.

Pero no pudo despegar del volante las manos con que Grady lo aferraba; ella dijo:

—Lo sé.

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