Crucero de verano
Capítulo 4
—Me los ha dado el portero —dijo Clyde, casi una semana más tarde.
Le tendió dos telegramas, pero Grady no los cogió hasta después de haber abierto el grifo y haberse limpiado de las manos la masa de gofre.
—Me gustaría darle un mamporro a ese tipo: ¡es un verdadero imbécil!
Tendrías que ver las miradas que me lanza. Y ese crío, el ascensorista, es un mariquita: un día le voy a dar un buen susto.
Como ella ya había oído estas quejas no necesitaba comentarlas y dijo:
—¿Dónde está la mantequilla, cariño? ¿Y has traído el sirope que quería?
Estaba haciendo un desayuno muy tardío: se habían levantado más tarde de las once. Hacía unos cuantos días que el parking estaba cerrado; el dueño tenía problemas con su licencia. Y la víspera, en compañía de Mink y su novia, habían ido de picnic a los montes Catskill. En el trayecto de vuelta habían sufrido un pinchazo y eran más de las dos de la madrugada cuando cruzaron el puente de George Washington.
—No hay manera de encontrar ese sirope; he traído Log Cabin, ¿sirve?
—dijo él, acomodándose junto a la plancha de gofres, y desdobló un tabloide que había comprado. Siempre que leía, bajaba las cejas como un estudioso (y hacía un ruido, como si mascullara, al morderse las uñas una tras otra).
—Aquí dice que el domingo fue el seis de julio más caluroso desde 1900: hubo más de un millón de personas en Coney…, ¿qué te parece?
Grady, recordando el abrasador campo salpicado de piedras donde tuvieron que apañárselas batallando con insectos y comiendo huevos duros
sin sal, no tenía mucho que decir. Terminó de secarse las manos y se sentó a abrir los telegramas.
En realidad, uno de ellos era un cable, uno desmesurado de dos páginas que enviaba Lucy desde París: «A salvo aquí stop viaje horroroso porque papi olvidó esmoquin y tuvimos que quedarnos las noches en el camarote stop un esmoquin por vía aérea de inmediato stop también manda mi postizo de pelo stop apaga las luces stop no fumes en la cama stop voy a ver a un hombre mañana por lo de tu vestido stop mandaré muestras stop estás bien signo de interrogación dile a Hermione Bensusan que me mande por correo tu horóscopo para julio y agosto stop me preocupas stop con amor tu madre». Grady dobló el cable con un gruñido; ¿de verdad creía su madre que otra vez iba a tratarse con Hermione Bensusan? La señorita Bensusan era una astróloga a la que Lucy adoraba.
—Eh, date prisa con esos gofres. Hay un partido de béisbol en la radio.
—Hay una radio en el aparador —dijo ella, sin levantar la vista del singular mensaje del segundo telegrama—. Enciéndela si quieres.
Él le tocó la mano con suavidad.
—¿Qué pasa, malas noticias?
—Oh, no —dijo ella, riéndose—. Es sólo una tontería.
Y leyó en voz alta:
—«Mi espejo de noche dice que eres una diosa y mi espejo de día dice que eres mi esposa».
—¿Quién lo manda?
—El segundo Walt Whitman.
Clyde manipulaba la radio.
—¿Conoces a ese tipo? —dijo, entre retazos de emisión.
—En cierto modo.
—Debe de ser un bromista: ¿o está loco?
—Un poco —dijo ella, y lo creía; una vez, en la época en que él estaba en la marina, y cuando su barco había llegado a algún puerto del Extremo Oriente, Peter le había enviado por correo una pipa de opio y quince quimonos de seda. Ella lo había donado todo, salvo uno de los quimonos, a una subasta de beneficencia, generosidad que le salió por la culata cuando alguien descubrió que los dibujos simples que los decoraban eran un ardid
engañoso: expuestos a determinadas luces revelaban unas obscenidades espantosas. El señor McNeil, pillado de lleno en el follón subsiguiente, había dicho: qué tontería, está claro que el precio de los quimonos debería subir; no se opuso en absoluto a que Grady llevara uno. De hecho, lo llevaba ahora, aunque las mangas engorrosas tenían la fea costumbre de hundirse en el bol cuando ella estaba batiendo la masa de los gofres.
No admitía que lo estaba ensuciando todo. Impertérrita ante el beicon ya reseco y el café helado, vertió la mezcla en el grill que se había olvidado de engrasar y dijo:
—Oh, adoro cocinar: me hace sentirme irresponsable en cosas que valen la pena. Y he estado pensando…, si vas a oír un partido de béisbol, pues yo podría hacer un pastel de chocolate: ¿te apetecería?
Poco después, con una ráfaga de humo, la plancha de los gofres indicó que el contenido estaba calcinado; veinte minutos más tarde, tras haber raspado la plancha, ella anunció alegremente, y no sin orgullo:
—El desayuno está listo.
Clyde se sentó e inspeccionó su plato con una sonrisa tan tenue que ella dijo:
—¿Qué te pasa, cariño? ¿No has encontrado el partido en la radio?
Hum, él había encontrado la emisora, pero el partido no había empezado aún: ¿no le importaría recalentar el café?
—Peter aborrece el béisbol —dijo Grady, por la simple razón de que acababa de recordar ese detalle; como una forma de oponerse a Clyde, que parecía escatimar su conversación, ella había empezado a decir lo que se le pasaba por la cabeza, por intrascendente que fuera.
—Ten cuidado —le dijo, después de coger la cafetera eléctrica de la cocina y servirle más café—. Esta vez te quemarás la lengua.
Cuando ella pasaba él le agarró la mano y se la columpió de atrás hacia delante.
—Gracias —susurró ella.
—¿Por qué? —dijo él.
—Porque soy feliz —respondió ella, y soltó la mano.
—Es curioso, es curioso que no seas feliz todo el tiempo —dijo Clyde, y extendió el brazo hacia fuera en un gesto que ella lamentó al instante,
porque indicaba, y de hecho demostraba, lo consciente que él era de las ventajas de que gozaba Grady: absurdamente, no le había considerado rencoroso.
—La felicidad es relativa —dijo ella, era la respuesta más fácil.
—¿Con respecto a qué: al dinero?
Esta réplica pareció levantarle el ánimo. Se estiró, bostezó, le dijo a Grady que le encendiese un cigarrillo.
—Después de éste, te los enciendes tú mismo —dijo ella—, porque voy a estar muy ocupada con el pastel de chocolate. Puedes comprar un helado de Schrafft; saben a gloria, ¿verdad? —Colocó de pie, delante de ella, un libro de cocina—. Hay muchísimas recetas maravillosas: escucha ésta…
Él la interrumpió diciendo:
—Se me acaba de ocurrir: ¿le dijiste en serio a Winifred que podía dar una fiesta aquí? Es de esas chicas que creerán que lo has dicho en serio.
Esto hizo que Grady perdiera el hilo de sus propios pensamientos: ¿qué fiesta? Y entonces, en una lluvia de recuerdos que la dejaron empapada, se acordó de que Winifred era la chica morena, robusta, grandullona que Mink había llevado al picnic en los Catskill: una comida a la que Winifred había aportado, además de una libra de salami, alrededor de unos noventa kilos de risotadas de grasa y músculo. Como un rinoceronte convertido en una ninfa de los bosques, y luciendo un par de bombachos de gimnasia que eran un vestigio de días atléticos en el instituto Lincoln, había retozado toda la tarde en la naturaleza, sin soltar en ningún momento el sudoroso manojo de margaritas que tenía en la mano: dijo que había gente que consideraba extraño que ella amase las flores, pero sinceramente era lo que más amaba del mundo porque ella pertenecía a esa clase de personas.
Y no obstante, de una forma indefinida, Winifred era admirable. Al igual que en sus ojos de spaniel, había en su descontrol una ternura cálida y genuina; y así estaba tan orgullosa de Mink, y le adoraba y era tan solícita con él. Grady no conocía a nadie que fuera menos atractivo que Mink ni más ridículo que Winifred, pero juntos irradiaban un aura clara y encantadora: era como si de la piedra ordinaria de que estaban hechos, de sus siluetas macizas e informes, se hubiese liberado algo precioso, una figura musical y pura, y Grady no podía por menos de rendirles homenaje.
Clyde, que, al parecer, se los había presentado como una advertencia de que lo que era suyo no le convendría a ella, parecía sorprendido de que a Grady le gustaran. Pero cuando tuvieron el pinchazo y mientras los hombres lo estaban reparando, Grady se había quedado a solas con Winifred en el coche, y Winifred, atrayéndola hacia una cueva de confidencias femeninas, consiguió enseguida que aquélla fuera una de las pocas ocasiones en que Grady se había sentido próxima a otra chica. Las dos se contaron su historia. La de Winifred era triste: su trabajo de telefonista le gustaba, pero era infeliz en su vida hogareña porque estaba resuelta a casarse con Mink y quería hacer una fiesta de petición de mano, y su familia, que consideraba a Mink un pobre diablo, no le dejaba organizarla en su casa; oh, ¿y entonces qué iba a hacer ella? Grady le había dicho que bueno, si sólo era una fiesta, pues que utilizase el apartamento de los McNeil. En el acto Winifred había prorrumpido en gruesas lágrimas: qué detalle más bonito el suyo, dijo.
—Aunque se lo dijeras en serio —continuó Clyde—, no me parece una buena idea, si tu familia llegara a enterarse, se armaría una gorda.
—¿No es un poco inoportuno que te preocupes por mi familia? —dijo ella; y se le ocurrió de pronto que él estaba celoso, no de ella, sino de Mink y Winifred, porque era como si Clyde creyese que Grady les había sobornado para que se alejasen de él—. Si no quieres la fiesta, muy bien, me importa un pepino. Sólo me ofrecí porque pensé que te complacería, al fin y al cabo, son amigos tuyos, no míos.
—Mira, pequeña…, ya sabes lo que hay entre nosotros. Así que no lo mezcles con muchas otras cosas.
A ella le escocieron estas palabras; le hicieron sentirse fea y, haciendo un esfuerzo para guardar silencio, se ocultó detrás del libro de cocina. Ante todo, quería decirle a Clyde que era un cobarde: ella sabía que sólo un cobarde recurriría a semejantes tácticas; y estaba cansada, además, del silencio que él le imponía; parecía tan habituado al silencio, le costaba tan poco aceptarlo que quizá no entendiese que ella distaba mucho, al menos en su relación con él, de sentir algo como la culpa. Irritable, y mirando la receta como si fuese un simple borrón en la página, Grady escuchaba el crujido del periódico. Clyde estaba recostado en una silla que cayó hacia delante con un impacto sordo.
—¡Dios! Aquí sale tu foto —dijo, y se volvió para que ella la viera por encima de su hombro. De la página saltaba una imagen de ella y Peter, borrosa y con motitas, los dos con aspecto de ranas embalsamadas. Clyde, siguiendo con un dedo la letra impresa, leyó: «Grady McNeil, hija debutante del financiero Lamont McNeil, y su prometido, Walt Whitman II, conversando en privado en el Atrium Club. Whitman es nieto del famoso poeta».
Grady ya oía a Apple diciendo que era escandaloso; le daba igual, sólo que un comentario lapidario de Clyde le cortó la risa:
—Ya me explicarás dónde está la gracia.
—Oh, querido, es tan complicado —dijo ella, enjugándose los ojos—.
Y, de todos modos, no es nada.
Él dio unos golpecitos encima de la foto y dijo:
—¿No es éste el tío que mandó el telegrama?
—Sí y no —dijo ella, y desesperó de poder explicárselo. Pero a Clyde no pareció importarle. Con los ojos entornados y mirando al vacío, tragó humo y lo expulsó despacio por la nariz.
—¿Es verdad? —preguntó—. ¿Estáis prometidos este tipo y tú?
—Lo sabes muy bien: por supuesto que no. Es sólo un viejo amigo, lo conozco de toda la vida.
Con el ceño fruncido, él dibujó en la mesa un círculo meditabundo: con un dedo, trazó alrededor vueltas y más vueltas; y Grady, que había creído zanjado el asunto, vio que aún no estaba todo dicho. Lo comprendió cada vez más con más intensidad a medida que surgían y se esfumaban nuevos círculos; y el suspense la puso en pie. Miró a Clyde desde arriba, expectante. Pero era como si él dudara de lo que tenía que decir.
—Peter y yo crecimos juntos y…
Clyde carraspeó, resuelto.
—No creo que lo sepas, supongo que quizá es nuevo para ti, pero…
estoy prometido.
Fue como si los detalles más nimios de la cocina atrajeran de repente la atención de Grady: el tiempo que transcurría en un reloj invisible, la vena roja de un termómetro, un desplazamiento ligero como una araña en las cortinas suizas, una lágrima de agua suspendida del grifo y que no se
decidía a caer: con todo esto levantó un muro, pero era tan delgado, tan endeble, que no anuló la voz de Clyde.
—Le mandé un anillo desde Alemania. Si eso es lo que significa comprometerse. Bueno —dijo—, ya te dije que soy judío: o, en todo caso, mi madre…, y ella está loca por Rebecca. No sé, Rebecca es una buena chica: cuando estuve en el ejército me escribía todos los días.
El teléfono sonaba a lo lejos: Grady nunca había considerado tan importante una llamada; sin hacer caso del supletorio que había en la cocina, atravesó corriendo un laberinto de pasillos del servicio hasta llegar al apartamento exterior y a su propio cuarto. Era Apple, y llamaba desde East Hampton. Habla despacio, le dijo Grady, porque al otro lado de la línea sólo oía un montón de palabras farfulladas: ¿que intentaba arruinar a la familia?, dijo, cuando cayó en la cuenta de que la prolija y dramática parrafada de Apple se refería a Peter Bell y la foto del periódico: ay, alguien se la había enseñado. En circunstancias normales, Grady le habría colgado el teléfono; pero ahora, cuando hasta el suelo parecía haber perdido solidez, se aferró al sonido de la voz de su hermana. La sonsacó, se explicó, aceptó insultos. Poco a poco Apple se dulcificó hasta el punto de que puso al teléfono a su hijo pequeño y le hizo decir hola, tía Grady, ¿cuándo vienes a vernos? Y cuando Apple, asumiendo este ruego, le sugirió que fuese a pasar la semana a East Hampton, Grady no opuso la menor resistencia: antes de colgar quedó acordado que iría en coche a la mañana siguiente.
Junto a su cama había una muñeca de trapo, una niña fea y descolorida, con una madeja de hebras rojizas y desgreñadas; se llamaba Margaret, tenía doce años y seguramente era más mayor, porque ya era bastante adefesio cuando Grady la encontró abandonada por alguna otra niña en un banco del parque. En casa todo el mundo se había fijado en lo mucho que se parecían, pues las dos eran flacas, desaliñadas y pelirrojas. Ahuecó el pelo de la muñeca y le alisó la falda; era como en los viejos tiempos, cuando Margaret le había ayudado tanto: oh, Margaret, empezó, y se detuvo, paralizada por la idea de que los ojos de Margaret eran botones azules y de que la muñeca ya no era la misma.
Se desplazó con cuidado por la habitación y levantó la mirada hacia un espejo: también Grady había cambiado. No era una niña. Había sido una
excusa tan ideal que en cierto modo se había empeñado en pensar que lo era: cuando, por ejemplo, le había dicho a Peter que no había pensado si se casaría o no con Clyde le dijo la verdad, pero sólo porque consideraba que aquello era un problema de adultos. Los matrimonios se celebraban mucho más adelante, cuando empezaba la vida gris y seria, y ella estaba convencida de que la suya no había comenzado; ahora, sin embargo, al verse oscura y pálida en el espejo, supo que la estaba viviendo desde hacía mucho tiempo.
Mucho; y Clyde formaba una parte trascendental de aquella vida: deseó verle muerto. Al igual que ocurría con la Reina de Corazones, siempre gritando que les cortaran la cabeza, todo era una fantasía suya, pues Clyde no había hecho nada que justificase la pena capital: no era un delito haberse prometido, tenía perfecto derecho a hacerlo, porque, la verdad, ¿qué podía reclamarle ella? No había nada que alegar, puesto que, sin llegar a admitirlo pero presente en sus sentimientos, siempre había tenido la premonición de brevedad, siempre había sabido que no podría entreverar a Clyde en el tejido práctico de su vida futura: en realidad, casi por esto mismo había elegido amarle: Clyde iba a ser, o habría sido, el fuego de antaño que se reflejaba en las nieves inminentes. Antes de apartarse del espejo había visto que todos los climas son imprevisibles: la temperatura descendía, las nieves ya se cernían sobre ella.
Se meció hacia atrás y hacia delante en un columpio de cólera y compasión de sí misma. Las acusaciones que se le podían hacer tenían un límite; se reservaba unas pocas para Clyde. Y la principal era la polvera que había encontrado en su coche; con una especie de floreo la sacó de una cómoda; en adelante, Clyde podría llevar a Rebecca en un tranvía.
El silencio y el fragor del béisbol llenaban la cocina; mordiéndose las uñas, Clyde estaba encorvado sobre la radio, pero en su rapto los ojos inquietos miraban de costado. Y ella se detuvo y se preguntó si en realidad debía. Sin embargo, un momento después lo había hecho: depositó la polvera al lado de Clyde.
—Pensé que a tu amiga quizá le gustara recuperarla. Debe de ser de ella, la encontré en el coche.
Una ráfaga de vergüenza enrojeció el cuello de Clyde; pero después, en cuanto se hubo guardado la polvera en el bolsillo, todo su cuerpo adoptó una dureza de acero y su voz ronca dijo, profunda como un pozo:
—Gracias, Grady. Ella la estaba buscando.
Era como si un ventilador eléctrico girase dentro de la cabeza de Clyde, y el sonsonete del locutor de deportes, atrapado en sus aspas, sonaba como ovaciones frenéticas. Buscó a tientas la polvera en el bolsillo y la apretó fuerte con la mano: un chasquido, un tintineo, y se rompió: añicos del espejo le perforaron la palma, que sangró un poco.
Le apenó haber roto la polvera, porque había pertenecido a un ser querido, su hermana Anne.
En abril, cuando conoció a Grady, había surgido un problema en la carrocería de su Buick, una avería que él mismo no supo reparar, y se lo llevó, por tanto, a Brooklyn para que lo viera su amigo Gump, que trabajaba en un taller. Anne zascandileaba por aquel taller la mayor parte del día. Era una chica aturdida y raquítica de diecinueve años que no aparentaba más de diez u once, y que entendía de motores tanto como un hombre. En casa tenía una colección de álbumes de recortes tan alta como ella, y que sólo contenían la fantasía de sus propios proyectos de construir automóviles ultrarrápidos y aeroplanos interplanetarios. Había sido la obra de su vida, lo único que había conocido, porque cuando tenía tres años sufrió un ataque cardíaco y nunca había ido a la escuela. A pesar del esfuerzo colectivo de su familia, nadie había podido enseñarle a leer o a escribir; ella se había limitado a rechazar cualquier tentativa y, desafiante, había perseverado en sus verdaderas inquietudes: el funcionamiento de un motor y el batir de alas en el espacio exterior. En la casa había regido la norma de que nadie le alzase la voz, todos menos Clyde le habían mostrado la ostentosa consideración que se muestra hacia alguien cuya muerte se espera. Clyde, que no aceptaba este desenlace, que no se imaginaba la casa sin Anne hablando de motores o sin el repiqueteo de sus herramientas, su estupor como de cuento de hadas cuando oía un aeroplano o contemplaba el espectáculo de un coche nuevo, la había tratado con una rudeza natural que
le granjeó la adoración de Anne. Somos hermanos, ¿no, Clyde?, era el modo en que ella describía lo que pensaba de su relación fraterna. Y Clyde no se avergonzaba de ella. Los otros, en cierto sentido, sí lo habían hecho.
A su hermana Ida, en particular, la había contrariado que consintiesen que Anne se pasara el día entero metida en un taller: ¿qué pensará la gente de mí al ver a mi hermana vestida como una furcia y zascandileando con todos los gandules del vecindario? Clyde había dicho, fiel a la verdad, que aquellos chicos a los que Ida llamaba gandules estaban locos por Anne, y que eran los únicos amigos que tenía. Más difícil era, sin embargo, disculpar su forma de vestirse. Hasta los diecisiete años, Anne había llevado ropa infantil de la sección de niños de los almacenes Ohrbach; después, un día, se compró un par de zapatos con tacones de casi ocho centímetros, uno o dos vestidos de relumbrón, un par de pechos postizos, una polvera y un frasco de esmalte de uñas de color perla; luciendo por la calle su nueva indumentaria parecía una niña disfrazada: los desconocidos se reían. Clyde una vez había golpeado a un hombre por reírse de ella. Y a Anne le dijo que no les hiciera caso a Ida y los demás y que se vistiera como le apeteciese. Y
ella le dijo que bueno, que personalmente le daba lo mismo una ropa que otra, pero que quería estar guapa para Gump. De sopetón ella se le había declarado a Gump y él había tenido la gentileza de decirle que si se casaba con alguien sería con ella. Clyde le consideraba desde entonces su mejor amigo y nunca se quejaba cuando Gump hacía trampas jugando a las cartas.
Anne estaba presente el día en que llevó el Buick de Grady al taller de Brooklyn: calzaba tacones altos, y con una peineta de claveque en el pelo ayudó a Gump a localizar un fallo en el motor. Surcaba el cielo un arco iris primaveral y la mezcla del arco y un reluciente descapotable azul había sido excesivo para ella; cuando suplicó a Clyde que le dejase dar una vuelta en el automóvil, le dijo que en uno así, caray, en un coche así llegarías a un extremo del arco iris antes de que se borrase. De modo que él la había llevado por todo el barrio y pasaron por delante de una escuela a la hora de la salida de los niños (hasta los más pequeños saben más que yo, pero nunca han montado en un coche tan precioso); encaramada como un gorrión encima de un asiento y columpiando las piernas, saludaba a todo el mundo, como si fuese la heroína de un gran desfile. Y cuando él paró delante de la
casa familiar para que ella se apease, Anne le sopló un beso desde el bordillo: él pensó que nunca en su vida había visto a una chica más bonita.
Unos minutos más tarde, cuando subió corriendo los peldaños, cayó hacia atrás y rodó escalera abajo; había sido una misericordia del Señor, dijo Ida, que era la única que estaba en casa y que no llegó a tiempo de impedir la caída.
Clyde rememoró: durante los días en que Ida y su madre y Bernie y Crystal recibían el pésame y perpetuaban la aflicción funeraria, él había estado lejos de casa, pasándolo bien con Grady: no le iba a hablar de Anne a una niña alocada como ella. Cuando estuvo en el ejército había ligado con cantidad de chicas; a veces la cosa se limitaba a unas largas charlas, y también estaba bien, porque daba igual lo que les dijeras, en aquellos momentos transitorios, las mentiras o verdades eran arbitrarias y eras lo que se te antojaba ser. La mañana en que vio por vez primera a Grady en el parking, y más adelante, cuando ella ya había ido unas cuantas veces y él tenía la certeza de que había algo en el aire, ella le había parecido una chica como aquéllas, alguien con quien coincides en un tren; y él había pensado qué diablos, toma lo que se cruza en tu camino, y le había propuesto una cita. Después no la comprendía en absoluto, ella, en cierto modo, le había sobrepasado, había superado el límite de sus expectativas; una niña alocada, dijo, con pleno conocimiento de lo inapropiado de esta etiqueta y, sin embargo, incapacitado por la anchura del sentimiento de Grady y la estrechez del suyo propio, no pudo improvisar otra. Sólo si retrocedía podía mantener alguna; cuanto más importante se volvía ella, menos se lo dejaba entrever él, pues, por el amor de Cristo, ¿qué haría él cuando ella se fuese?
Porque tarde o temprano ella se iría. Si él creyese otra cosa, quizá pudiera implicarse como ella quería que lo hiciese, pero la perspectiva que veía era la de toda la vida en metro y todo el tiempo con Rebecca, y aceptar esto significaba que no podía tomar demasiado en serio a una chica como Grady McNeil. Era duro. Y cada vez le resultaba más difícil. En el picnic se había quedado dormido un rato con la cabeza en el regazo de ella; en sueños, alguien había dicho que no era Anne la que había muerto, sino Grady y al despertar y ver su cara en una aureola de luz, sintió que una revelación le
recorría entero: si hubiera sabido cómo, habría sido el momento de confesar su falsa indiferencia.
Tiró en un cubo de basura la polvera rota que sacó del bolsillo; no sabía si Grady lo había visto, porque cada vez que él hacía un movimiento ella apartaba la cabeza, como si tuviese miedo de que sus ojos se cruzaran o de que Clyde la tocase. Aturdida, y moviéndose con un torpe sigilo, había reunido los ingredientes para hacer un pastel; pero al separar los huevos había dejado caer una yema en un cuenco de claras y ahora miraba su equivocación como si hubiera topado con un obstáculo infranqueable.
Clyde, que la observaba, se compadeció, tuvo ganas de acercarse y mostrarle lo fácil que era extraer la yema. Pero sonó un rugido inmenso en la radio; alguien había hecho un home run y aguardó a saber quién era pero una vez más, no consiguió enterarse de lo que sucedía en el partido y apagó la radio con cierta violencia. De todos modos, el béisbol era un tema espinoso, porque le recordaba logros pretéritos y promesas incumplidas y sueños que se habían ido al traste. Mucho tiempo atrás, era algo indiscutible que Clyde Manzer llegaría a ser un campeón de béisbol: todo el mundo le ensalzaba como el mejor pitcher de la liga de aficionados; una vez, después de un partido en que hubo entradas sin bateos, y en que la banda del instituto precedió el desfile, le sacaron a hombros del campo; él había llorado, y su madre también, aunque las lágrimas de ella las causaba algo más que el orgullo, estaba convencida de que Clyde se había descarriado y que ya nunca cumpliría el proyecto materno de que se hiciera abogado.
Era curioso el modo en que todo se había derrumbado. No le abordó ni un solo cazatalentos; ninguna universidad le ofreció una beca. Había jugado un poco al béisbol en el ejército, pero allí no había suscitado una atención especial. En la actualidad había que engatusarle para que jugase de catcher, y el sonido más solitario de todo Brooklyn era para él el restallido de una pelota contra un bate. Al emprender una nueva carrera, decidió que quería ser piloto de pruebas; en consecuencia, después de alistarse en el ejército había solicitado un destino en la Fuerza Aérea: el motivo que adujeron para denegárselo fue una educación insuficiente. Pobre Anne. Había hecho que Ida se sentase para dictarle una carta: Que se lancen a un lago, mi querido hermano. Son tontos. Tú serás el primero que pilote una de mis naves
espaciales. Y algún día pondremos el pie en la luna. Ida había añadido una posdata práctica. Más vale que pienses en el tío Al. El tío Al tenía una pequeña fábrica de maletas en Akron; más de una vez se había ofrecido a admitir en el negocio al hijo de su hermano; el ofrecimiento ofendía a Clyde, el campeón de béisbol; sin embargo, después de que le licenciaran del ejército, y al cabo de varios meses de desbarajuste, en que dormía todo el día y andaba callejeando toda la noche, una mañana se encontró a bordo de un autocar rumbo a Akron, una ciudad que detestaba antes de haberla pisado. Pero también odiaba casi todos los sitios que no fuesen Nueva York; si pasaba lejos de ella una temporada, se mustiaba de desdicha, estar en otro lugar le parecía una pérdida de tiempo, un exilio del río principal en unos afluentes de aguas mansas donde la vida era monótona y espuria. En realidad, Akron no había sido tan insulso. El trabajo le había gustado, aunque sólo fuera porque entrañaba una cierta autoridad; tenía a cuatro hombres a sus órdenes: sí, señor, le había dicho el tío Al, tú y yo vamos a ganar una pasta juntos, hijo. Lo cual habría podido realizarse de no haber sido por Berenice. Era la hija única del tío Al, una gatita mimada y muy crecida para su edad, con unos ojos de loca, de color azul lechoso, y una propensión a la histeria. No había nada inocente en ella; desde el principio fue obvio que tenía sus tretas, y no había transcurrido una semana cuando se le insinuó descaradamente. Clyde vivía en la casa del tío Al, y una noche, en la cena, notó el pie de Berenice por debajo de la mesa; ella se había descalzado y su pie caliente y sedoso, al frotarlo contra la pierna de su primo, le excitó de tal manera que no consiguió mantener el tenedor quieto.
Fue un incidente que él evocaba posteriormente con la mayor vergüenza: que te excitase una niña parecía anormal y aterrador. Trató de trasladarse a un albergue de la Asociación de Jóvenes Cristianos que había en el centro de la ciudad, pero el tío Al no quiso ni oír hablar del asunto: nos gusta tenerte en casa, chico; vaya, la otra noche Berenice estuvo hablando de lo contenta que está desde que su primo Clyde vino a vivir con nosotros. Más tarde, un buen día, cuando se estaba secando después de una ducha, captó el azul claro de un ojo inconfundible brillando en el ojo de la cerradura del cuarto de baño. Todos los furores que él llevaba dentro afloraron hirviendo.
Envuelto en una toalla, abrió de golpe la puerta; y Berenice, acurrucada a
ciegas en un rincón, recibió muda y abochornada la sucia avalancha de palabrotas castrenses que le largó su primo. Clyde cayó en la cuenta demasiado tarde de que la mujer del tío Al lo había oído todo desde lo alto de la escalera. ¿Por qué le hablas a una niña de ese modo?, le había preguntado en voz baja. Sin perder tiempo en responder, él se vistió, hizo la maleta y abandonó la casa. Dos días después estaba en Nueva York. Ida dijo que era una lástima que no le hubiese gustado un poco más el negocio del tío Al.
El agitado hormigueo de energía que le escalaba los músculos le inoculaba una necesidad de acción. Estaba harto de sí mismo y del talante meditabundo de Grady, que le deprimía de una manera muy parecida a las largas sesiones de tristeza de las que su madre era tan capaz. Siendo un adolescente había sufrido un impulso acuciante de robar, pues los peligros del acto habían sido la manera más eficaz de combatir el aburrimiento; en el ejército, y por motivos bastante similares, una vez había robado una maquinilla de afeitar eléctrica. Sintió de nuevo el impulso de hacer algo semejante.
—Vámonos de aquí pitando —explotó; después, más calmado—: Dan una película de Bob Hope en Loew.
Con un tenedor, Grady pinchó la yema que no estaba en el bol correcto.
—Podríamos verla —dijo.
El tiempo se estaba descomponiendo en Lexington Avenue, y sobre todo porque habían salido de un cine con aire acondicionado; a cada paso que daban, el rancio soplo del calor les barría la cara. Un cielo nocturno y sin estrellas se había cerrado como la tapa de un féretro, y la avenida, con sus quioscos de prensa anunciando catástrofes y el sonido del neón parpadeante, semejante al zumbido de una mosca, parecía un cadáver extendido y estancado. Una lluvia de un color eléctrico había mojado la acera; los transeúntes, salpicados por aquellos resplandores húmedos, cambiaban de color con una rapidez camaleónica: los labios de Grady se volvieron verdes y después violetas. ¡Un asesinato! Con las caras ocultas por caretas de tabloides, un grupo que humeaba debajo de una farola,
aguardando el autobús, miraba los ojos impresos de un asesino joven. Clyde también compró un ejemplar.
Grady nunca había pasado un verano en Nueva York y nunca había vivido una noche como aquélla. El calor abre el cráneo de una ciudad y revela su cerebro blanco y su centro de nervios, que chisporrotean como los filamentos de una bombilla. Y exuda un olor agrio tan humano que parece que la misma piedra se convierte en piel viva, membranosa y palpitante. No era que Grady no estuviese familiarizada con esa especie de desesperación acelerada que puede suscitar una ciudad, porque en Broadway había visto todos los elementos que la componen. Sólo que en este caso se trataba de algo que había conocido de forma indirecta y en lo que, por así decirlo, no había participado. Pero ahora ella ya no tenía escapatoria: era un ciudadano más.
Se detuvo a subirse los calcetines, que se los habían comido los zapatos, y entonces decidió esperar un momento, preguntándose cuánto tardaría Clyde en darse cuenta de que ella se había rezagado. En la esquina había una tienda al aire libre y la acera era como un jardín asombroso donde las fuentes son frutas y las flores están agrupadas en ramos de amplias sombrillas. Clyde se paró un instante allí y luego desanduvo deprisa el camino hacia ella. Y Grady tuvo ganas de azuzarle para que corriera por las calles y esconderle en la oscuridad del apartamento. Pero:
—Cruza la calle —dijo él— y espérame delante de aquel drugstore.
Una curiosa tensión afinó la cara de Clyde; debido a esto, ella no le preguntó por qué quería que le esperase allí. La visión que tenía de él quedó reducida a vislumbres captados entre ráfagas de tráfico; poco después le atisbó dando vueltas por la tienda de flores y frutas. En aquel mismo momento, Grady reconoció a la chica que caminaba hacia ella y que había estado en la clase de la señorita Risdale, así que se volvió y, mirando los escaparates centelleantes del drugstore, examinó el muestrario de suspensores atléticos. Un bramido subterráneo atravesó el cuerpo de Grady, pues estaba pisando una rejilla del metro; en lo profundo de las cavidades del subsuelo oyó un chirrido de ruedas de hierro y, a continuación, más cerca, un ruido estruendoso: ¡resonaron bocinas, chocaron parachoques, se escoraron llantas! Al volverse, Grady vio a un conductor maldiciendo a
Clyde, que cruzaba la calzada entre automóviles lo más rápido que le daban las piernas.
La agarró de la mano, tiró de ella y corrieron hasta una callejuela más silenciosa y engalanada de árboles. Encorvados, jadeantes, él le puso en la mano un ramo de violetas y ella supo, como si lo hubiera visto con sus propios ojos, que las había robado. La sombra y el musgo veraniegos se dibujaban en las venas de las hojas, y Grady aplastó contra la mejilla el frescor de las violetas.
Cuando llegó a casa, telefoneó a Apple para decirle que al final no iría a East Hampton. Prefirió ir en su coche con Clyde a Red Bank, en Nueva Jersey; se casaron allí alrededor de las dos de la tarde.
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