Crucero de verano

Truman Capote · Capítulo 7 de 9

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Crucero de verano

Epílogo

Para Truman fui, casi desde el principio, el avvocato: su abogado. Pero también fui su amigo. Cuando le conocí, en 1969, él tenía muchos amigos, tanto famosos como infames. Era, sin esforzarse nada, el mayor chismoso de su tiempo y muchísima gente acudía a él. Cuando murió, en 1984, en la casa de Joanne Carson en Los Ángeles, poco antes de cumplir sesenta años, le quedaban pocos amigos y había dejado que su ingenio se volviera venenoso y que la imaginación desfigurase la realidad hasta tornarla irreconocible. A lo largo de los años, unas veces con más éxito que otras, intenté rescatarle de numerosas relaciones poco recomendables y en ocasiones peligrosísimas. Durante esos mismos años, sobre todo hacia el final, tuve la triste tarea, a menudo desgarradora, de ingresarle en diversos centros de rehabilitación de drogas y alcohol, de los cuales siempre se escapaba, en general gracias a una historia muy amena e inverosímil.

La última vez que vi a Truman vivo fue en el restaurante enfrente de su apartamento, en la Plaza de las Naciones Unidas de Nueva York, donde con frecuencia comíamos juntos. Como solía hacer por entonces, llegó temprano y el camarero le puso delante lo que Truman afirmaba que era un vaso grande de zumo de naranja, pero que el camarero y yo sabíamos que era un vaso lleno hasta la mitad de vodka. Y no era el primero. Yo había concertado con él una cita bastante urgente porque el médico que le había atendido cuando se desmayó en Southampton, Long Island, me había

llamado para decirme que si no dejaba de beber estaría muerto al cabo de seis meses, y que de hecho el cerebro se le había encogido. Informé directamente a Truman de este dictamen y le rogué que reanudara la rehabilitación y que dejara de tomar drogas y alcohol si quería sobrevivir.

Él alzó los ojos y vi lágrimas en ellos. Posó la mano en mi brazo, me miró directamente a los ojos y dijo: «Por favor, Alan, deja que me vaya. Quiero irme». No le quedaban más alternativas y los dos lo sabíamos. No había nada más que decir.

Truman nunca quiso hacer testamento. Al igual que otras muchas personas, le incomodaba pensar en ello. Sin embargo, a medida que su salud empeoraba conseguí hacerle comprender que tenía que hacer algo para proteger su obra después de muerto. Al final accedió a redactar un testamento muy breve y sencillo que, tras nombrar legatario a su gran amigo y antiguo amante Jack Dunphy, legaba todo, incluidos sus derechos literarios, a un fideicomiso del que insistió en que yo fuese el único fiduciario. Dejó el encargo de que yo organizara un premio anual a la crítica literaria en memoria de su buen amigo Newton Arvin. Cuando le pregunté qué debía hacer con el resto del dinero, dijo que dudaba de que quedase algo, pero que en tal caso creara unas becas para escritura creativa en las universidades y residencias universitarias que yo eligiese. Fue inútil que le pidiera instrucciones más concretas. Me aseguró, muy a su estilo, que estaba convencido de que yo sabría lo que había que hacer y de que lo haría mejor que él.

Desde su muerte, y con la ayuda inestimable de mi mujer, Louise, he procurado cumplir los deseos de Truman y actualmente hay becas Capote en universidades como las de Stanford, Iowa, Xavier y Appalachian State, todas dedicadas a propiciar la aparición prometedora de nuevos y brillantes Capotes, dotados de una voz y una energía singulares.

Desde la muerte de Truman, y en mi calidad de fiduciario del Legado Literario de Truman Capote, he tomado decisiones referentes a la publicación y explotación de sus obras en diversos medios de comunicación de todo el mundo. Hasta la resurrección de Crucero de verano, a finales de

2004, mi decisión más ardua había sido publicar en forma de libro los tres capítulos de la que habría de ser la siguiente novela importante de Truman, Plegarias atendidas. Entre sus muchos otros talentos, Truman poseía el de gran mistificador, y a menudo era muy difícil saber si hablaba de hechos o de ficción. A medida que su salud y sus facultades se fueron deteriorando, mistificaba cada vez más, sobre todo en lo relativo a su producción literaria.

A raíz del enorme éxito de A sangre fría, pude negociarle contratos muy ventajosos con su editor, Random House, para la publicación de sus libros siguientes. La estrella de este firmamento sería una novela titulada Plegarias atendidas, obra que le encantaba describirnos con detalle a su redactor editorial Joe Fox y a mí, siempre que podíamos tomar copas o cenar juntos. Sería una novela intrincada, exuberante, ingeniosa y malévola, narrada desde el punto de vista de un personaje inolvidable que en muchos aspectos le recordaba a sí mismo. Por emplear su propia descripción, iba a ser una cometa con una larga cola compuesta de muchos capítulos, algunos de cuyos títulos susurraba con un tono de máxima confidencia a nuestros oídos fácilmente seducidos. Sí, lo estaba escribiendo —sí, lo cierto era que ya había escrito la mitad del libro—, sí, pronto estaría acabado… Y los años pasaban y yo renegociaba y revisaba los contratos. A veces había esperanza.

Tres capítulos se publicaron en revistas. Pero después no nos dio nada más.

En diversas ocasiones nos aseguró que la novela estaba ya preparada para su envío, que estaba lista para la edición, que estaba casi terminada o al menos terminada en parte. Y entonces se murió.

Nunca olvidaré las muchísimas horas que pasamos Joe Fox, Gerald Clark, el biógrafo de Truman, y yo tratando de encontrar el resto de aquel trascendental manuscrito. Registramos el apartamento de Truman y su casa de Bridgehampton, preguntamos a la gente con quien había vivido.

Exploramos las teorías de amigos bienintencionados: todo en vano. Y

entonces comprendimos. No había nada más. El gran mistificador simplemente había engañado a sus amigos y aliados más cercanos. No había más por la sencilla razón de que no escribió más.

Aunque Joe no vive ya para atestiguarlo, tengo la seguridad de que habría convenido conmigo en que los dos nos sentimos engañados y en cierto modo dolidos, pero que, quién sabe, quizá en su delirio Truman

pensaba de verdad que había escrito el resto de esta novela, que la había puesto a buen recaudo y que sus dos padrinos, como nos llamaba, la encontrarían y sacarían a la luz pública en todo su esplendor.

Finalmente Joe Fox propuso que los tres capítulos de Plegarias atendidas se publicasen en forma de libro. Razonó que los tres ya se habían publicado en revistas, que estaban muy bien escritos y que de un modo extraño se las apañaban para componer una estructura, si no coherente, cuando menos sólida. En aquel entonces rumié largo tiempo y a fondo esta propuesta; al fin y al cabo, desde luego Truman no nos había encargado a Joe ni a mí ni a ninguna otra persona que publicásemos sólo una primera parte de lo que se suponía que era una novela larga. Sin embargo, aquellos textos eran los últimos publicados por Truman, y de hecho uno de ellos,

«La Côte Basque», una descripción apenas novelizada de algunos de los más próximos amigos célebres de Truman, constituyó un hito histórico de su posterior caída. Demostró ser un texto demasiado sanguinario para que sus amigos lo soportaran. No sólo le dieron la espalda, sino que para entonces él estaba tan deteriorado que también se volvió contra sí mismo.

Convinimos en que había que publicar el libro, y apareció en 1987.

Esta decisión resultó ser la fácil. Una mucho más difícil surgió a finales de 2004 y se prolongó hasta principios de 2005. En el otoño de 2004 recibí una carta de Sotheby’s en Nueva York declarando que les habían entregado, para subastarlo, un tesoro de objetos personales de Capote, entre ellos manuscritos de obras publicadas, muchas cartas, fotografías y lo que parecía ser una novela inédita. Ninguno de nosotros tenía conocimiento de la existencia de estos documentos. Sotheby’s explicaba que una persona anónima afirmaba que su tío había sido el cuidador de una casa de Brooklyn Heights, en cuyo sótano Truman había vivido en un apartamento alrededor de los años cincuenta. Afirmaba que Truman, a la sazón ausente, había decidido no regresar al apartamento y había dado instrucciones al superintendente del inmueble de que sacara a la calle, para que lo recogiese el camión de la basura, todas las pertenencias que quedaban en el piso.

Según esta versión, cuando el superintendente vio lo que habían hecho,

pensó que no podía consentir que desecharan todo aquel material y optó por guardarlo. Ahora, cincuenta años más tarde, este caballero había muerto y un pariente suyo había entrado en posesión de todo aquello y quería venderlo.

Comprendí de inmediato que Sotheby’s quería que yo, como fiduciario del Legado Literario de Truman Capote, no sólo autenticase el material, sino que les autorizara a venderlo. El catálogo que envió la casa de subastas enumeraba los objetos y adjuntaba fotografías de algunos de ellos. Incluía una de una página o dos de un manuscrito inédito, contenido en un libro de redacción que Truman utilizaba para escribir.

Mi fuente más fidedigna de información sobre el Truman anterior al que yo había conocido era su biógrafo Gerald Clarke. No sólo había escrito una biografía luminosa, sino que también conservaba archivos meticulosos de sucesos de la vida de Truman. De hecho, Random House acababa de publicar una colección de cartas que fueron editadas por Clarke y a las que me remitió. En ellas, Truman habla de su trabajo durante algún tiempo con este manuscrito, una novela titulada Crucero de verano, hasta que resolvió aparcarlo. Aquí hay varias versiones. Hay algunas pruebas de que no quería que se publicase, pero en cartas posteriores a un amigo hay también indicaciones de que seguía pensándolo. Truman nunca me mencionó Crucero ni tampoco Gerald Clarke tenía una idea clara de lo que a la postre Truman quería hacer con el manuscrito. Y Joe Fox había fallecido en 1995.

Gerald Clarke fue a ver el material a Sotheby’s y echó un vistazo a los diversos artículos del lote. Había, en efecto, cartas de la madre y el padrastro de Truman (una rareza, y un atisbo de lo que pensábamos que habían sido unas relaciones totalmente rotas). Había muchas, numerosas cartas a su querido amigo Newton Arvin, fotografías de Truman de joven, manuscritos anotados de algunas de sus obras tempranas y, por supuesto, lo que parecía ser el manuscrito completo de una novela titulada Crucero de verano.

El paso siguiente fue tener la ocasión de leerlo. Pedí a David Ebershoff, que había asumido las tareas de editar las obras de Truman en Random House, que consiguiera que Sotheby’s hiciera una copia de la novela.

Mientras esto ocurría tuve que obtener la garantía absoluta de que si

Sotheby’s subastaba aquellos documentos tenían que dejar muy claro a todos los posibles compradores que los derechos de publicación pertenecían al Legado Literario de Truman Capote y no se vendían como parte del lote.

También quería cerciorarme de que todos aquellos documentos y recuerdos fueran a parar al lugar donde habían sido depositados todos los demás papeles, manuscritos y textos de Truman, es decir, la Public Library de Nueva York. Inicié conversaciones con la biblioteca y les pedí que examinaran el lote que iban a subastar con la esperanza de que lo compraran. Gerald Clarke también les apremió a hacerlo. Para garantizar que Sotheby’s indicase claramente que los derechos de publicación pertenecían al Legado, les solicité que colocaran folletos en todos los asientos de la sala de subastas y asimismo que anunciaran antes de empezarla que lo único que se subastaba eran los documentos físicos, y que los derechos de publicación no estaban incluidos. Para cerciorarme, pedí a mi hijo John Burnham Schwartz, novelista por derecho propio y que conocía a Truman desde niño, que comprobase que todo estaba en orden en Sotheby’s. La conclusión asombrosa de todo esto fue que al parecer nadie pujó en la subasta. Quizá lo expliquen un par de razones. La primera, que los precios fijados eran demasiado altos y, la segunda, que las advertencias respecto a la publicación pactadas con Sotheby’s desanimaron a los interesados.

Gerald Clarke, David Ebershoff y yo emprendimos una campaña para instar a la Public Library de Nueva York a que adquiriese aquellos documentos y los depositara en la colección permanente de Truman Capote.

Por último, la biblioteca y Sotheby’s llegaron a un acuerdo y me alegra decir que el lote se encuentra a salvo con los demás papeles de Truman para que los examinen los estudiosos y, de hecho, cualquiera que se interese por la historia literaria.

Leí el manuscrito de Crucero de verano con una gran emoción y cierto temor. Recordé que era muy probable que Truman no quería que se publicase esta novela, pero yo también albergaba la esperanza de que arrojase alguna luz sobre Truman como un joven autor antes de la época en que escribió su primera obra emblemática, }Otras voces, otros ámbitos}.

Por supuesto, no confiaba en mi propio criterio. Por consiguiente, pedí a

David Ebershoff y Robert Loomis, el editor principal de Truman en Random House, así como a Gerald Clarke y a mi mujer, Louise, que leyeran el manuscrito y compartieran notas. Es lícito decir que a todos nos deparó una grata sorpresa. Aunque no sea una obra redonda, refleja plenamente la aparición de una voz original y de un prosista de asombrosa maestría.

Desde luego, no me correspondía a mí enjuiciar su mérito literario. Al cabo de mucho debate, el veredicto de los cuatro lectores fue que el manuscrito debía publicarse. Argumentaron que era una obra lo bastante madura que se sostenía por sí sola y que los indicios que contenía del estilo y dominio posteriores que cristalizaron en Desayuno en Tiffany’s eran tan valiosos que no podían desdeñarse. Antes de tomar una decisión, pedí a mi amigo James Salter que asumiera la responsabilidad de una nueva lectura.

Jim no sólo es un buen amigo mío, sino que está reconocido, en general, como uno de los estilistas en prosa más límpidos de mi generación. Jim tuvo la gentileza de aceptar la tarea y al cabo de poco tiempo me dijo que su veredicto coincidía con el de los otros cuatro jueces, más o menos por los mismos motivos. A mí me correspondía, pues, la decisión definitiva.

Como abogado, comprendo mejor que muchos las responsabilidades del fiduciario de un legado benéfico. Soy también muy consciente del enorme celo que cualquier fiduciario debe poner en sus decisiones. Sin embargo, no ocurre a menudo que un responsable jurídico o incluso un albacea literario se vea en la tesitura de decidir si publica o no un libro de un importante autor fallecido que, muy probablemente, él no hubiera publicado en vida.

Truman murió en 1984. ¿Qué habría pensado ahora? ¿Habría tenido la perspectiva histórica y, en realidad, la lucidez de decidir lo mejor para su manuscrito? Después de mucho pensarlo, me pareció evidente que, en última instancia, la novela tenía que hablar por sí misma. Aun siendo imperfecta, sus sorprendentes méritos literarios parecían exigir una liberación de su cautividad previa. Se publicaría.

Quiero expresar mi agradecimiento a mis asesores y a todos los que han contribuido a la publicación de este libro. A la postre, por supuesto, la responsabilidad de esta decisión, en sus aspectos jurídico, ético y estético, es y tiene que ser exclusivamente mía. En esto tengo presente el irónico giro del destino que nos impidió publicar una novela que Truman creía que

había terminado ( Plegarias atendidas), pero que nos permite publicar ésta, que lo más probable es que él no quería que se publicase. Mientras escribo esto veo a Truman, con su sonrisa picaruela, que agita un dedo hacia mí.

«¡Eres un abogado pillín!», me está diciendo. Pero sonríe.

ALAN U. SCHWARTZ

Octubre de 2005

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