Crucero de verano

Truman Capote · Capítulo 5 de 9

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Crucero de verano

Capítulo 5

La madre de Clyde era una mujerona de tez aceitunada que tenía el aspecto marchito y desencantado de quien se ha pasado la vida haciendo cosas para los demás: algunas veces, el tono de reflexión quejumbrosa de su voz daba a entender que lo lamentaba.

— Kinder, kinder, sólo estoy pidiendo un poco de calma —dijo, tocándose la frente con los dedos. Su pelo, estriado como una tabla de lavar y muy aplastado contra la cabeza por el remache de peinetas diminutas, se ondulaba en zigzags de plata.

—Bernie, cielo, haz lo que te dice Ida, no botes la pelota en casa. Ve a buscar a mamá a la cocina y ayuda a tu hermano con la nevera.

—¡No empujes!

—¿Empujarle? —dijo Ida, que le había dado el empujón—. Voy a lisiar al pequeño mentecato. Te lo advierto, Bernie, si botas una pelota en casa te dejo tullido.

Dicho lo cual, la señora Manzer reiteró su primer ruego. Llevaba pendientes de azabache, y aquellas cuentas se zarandeaban como cascabeles cuando movía la cabeza, suspirando un juramento imperceptible. En una mesa a su lado había un pequeño cactus en un tiesto, y apisonó la tierra alrededor de la planta; Grady, sentada enfrente, observó que era la novena o décima vez que repetía este gesto y dedujo que la señora Manzer estaba tan incómoda como ella misma: una conjetura que la ayudó a relajarse un poco.

—¿Lo entiende, mi querida señora? Oh, ya veo, sonríe y dice que sí con la cabeza; pero es imposible, usted no tiene hermanos.

—No, en realidad sólo tengo una hermana —dijo Grady, y metió la mano en su bolso en busca de un cigarrillo, pero como no había un cenicero

en las cercanías, dudó de que la señora Manzer tolerase el tabaco y retiró la mano, sin saber, ay, qué hacer con ella: todos sus miembros le parecían muy engorrosos, lo cual era en gran parte culpa de Ida, que durante las últimas horas la había sometido a un interrogatorio tan fino como un encaje.

—¿Sólo una hermana? Es una lástima. Pero pronto tendrá hijos, me figuro. Una mujer sin hijos es insignificante: no está bien considerada.

—Pues conmigo no cuentes —dijo Ida, una chica adusta y vengativa, de pelo estrafalario y un semblante hosco y cetrino—. Los chicos son odiosos; los hombres también. Cuantos menos mejor, digo.

—Dices disparates, Ida, querida —dijo su madre, trasladando el cactus a un alféizar, sobre el que cayó, desolador, un cuadrado de sol de Brooklyn—.

Es una manera de hablar reseca; tienes que tener más savia dentro, querida.

Quizá debieras ir a aquel monte, como la hija de Minnie el año pasado.

—No fue a ningún monte. Créeme, me han dicho dónde estuvo.

Era infrecuente el grado en que la señora Manzer y su hijo mayor duplicaban mutuamente los rasgos y facciones: aquella media sonrisa borrosa y ambigua, aquellos ojos imponentes, el lento espaciado de las palabras que caracterizaba el habla de los dos; a Grady le aceleraba el pulso ver aquellas características reproducidas y empleadas con un efecto tan distinto.

—El hombre lo es todo, un todo delicado —dijo, haciendo caso omiso de la insinuación de su hija, lo cual era también muy propio de Clyde, no hacer caso de lo que no le interesaba—. Y el hombre que hay en el niño: es eso lo que una madre debe proteger y en lo que debe confiar, como Bernie: un encanto de niño, tan bueno con su mamá, un ángel. Así era también mi Clyde. Un ángel. Si tenía un Milky Way siempre le daba la mitad a su mamá. Me gustan mucho las chocolatinas. Pero ahora…, sí, los chicos cambian cuando crecen y no se acuerdan tanto de su madre.

—¿Ves? Estás diciendo lo mismo que yo: los hombres son unos ingratos.

—Ida, querida, por favor, ¿me quejo yo? Es normal que un niño no quiera a su madre como su madre le quiere a él; los niños se avergüenzan del amor de su mamá: eso forma parte del amor maternal. Pero cuando un chico se hace hombre está bien que dedique su tiempo a otras mujeres.

Se instauró entre ellas un silencio en el que no había la menor tensión, como sucede a menudo entre personas que acaban de conocerse. Grady pensó en su madre, en los afectos complicados que habían existido entre ellas, en los momentos de amor que —¿por incredulidad?, ¿por una duda implacable?— ella había rechazado; y al meditar si habría una oportunidad de remediarlo, vio que no había ninguna, pues sólo una niña habría podido hacerlo, y la niña, al igual que la oportunidad, ya no existía.

—Ah, ¿qué hay peor que una vieja que habla demasiado, una yenta[3]?

—dijo la señora Manzer, con un suspiro vivaz. Estaba mirando a Grady: no con una expresión que preguntase: ¿por qué mi hijo se ha casado contigo?, porque no sabía que se habían casado, sino: ¿por qué mi hijo ama a esta chica?, lo cual es una pregunta más profunda para una madre, y Grady la leyó en sus ojos—. Usted es educada y me escucha. Pero ahora voy a contener la lengua y escucharla a usted.

Al imaginarse la visita a Brooklyn, Grady se había visto a sí misma como un testigo invisible que se desplazaba sin que la observasen a los ámbitos de la vida de Clyde a los que se llegaba al cabo de una hora en metro: sólo en la puerta se había dado cuenta de lo poco realista que era esto, y de que a ella también la verían, tanto como a los demás: ¿quién eres?

¿Qué tienes que decir? No era impertinente que la señora Manzer preguntara, y Grady afrontó el desafío y se forzó a contestar:

—Me parece…, creo que se equivoca… con Clyde —tartamudeó, tras haber abordado el tema más próximo—. Clyde le tiene un afecto inmenso.

Supo al instante que había dicho algo fuera de lugar, e Ida, con un aire más bien altanero, no perdió tiempo en decírselo:

—Todos los hijos de mamá la quieren mucho; en este aspecto tiene mucha suerte.

Si un extraño es tan indiscreto que hace comentarios sobre las lealtades de una familia debe esperar una reprimenda, y Grady aceptó la de Ida con una elegancia que daba a entender que no sabía que la estaba regañando. En efecto, los Manzer eran una familia: la fragancia consumida y las posesiones raídas de la casa daban testimonio de una vida en común y de una unidad que ningún altercado podía perturbar. Aquella vida, aquellas habitaciones les pertenecían; y se pertenecían unos a otros, y Clyde estaba

más unido a su familia de lo que él mismo sabía. Para Grady, que en este sentido tenía una escasa noción de familia, era una atmósfera extraña, cálida, casi exótica. Sin embargo, no la hubiese elegido para ella —las ineludibles presiones asfixiantes de la intimidad con otros la habrían mustiado enseguida—: su organismo precisaba el clima frío y exclusivo de lo individual. No tenía miedo de decir: «Soy rica, resido en una isla llamada dinero», pues conocía con exactitud el valor de aquella isla, sabía que sus raíces se hundían en aquel suelo, y que gracias al dinero podía permitirse reemplazar casas, muebles, personas. Si los Manzer entendían la vida de otro modo, era porque no habían sido educados para estas ventajas: la compensación estaba en un mayor apego a lo que poseían, y para ellos, sin duda, el ritmo de la vida y la muerte resonaba en un tambor más pequeño pero más concentrado. Eran dos maneras de ser distintas, o al menos así lo veía ella. Al fin y al cabo, uno debe pertenecer a un lugar: hasta el halcón de alto vuelo regresa a la muñeca de su amo.

La señora Manzer le sonrió; con la persuasiva voz baja de una narradora a la luz de la lumbre, dijo:

—Cuando yo era niña vivía en una ciudad pequeña, en la ladera de un monte. Había nieve en la cima y un río verde al pie: ¿lo ve? Ahora escuche y dígame si oye las campanas. Una docena de campanarios, y siempre tañendo.

Grady dijo:

—Sí, las oigo.

Las oía, e Ida, impaciente, dijo:

—¿Es lo de los pájaros, mamá?

—Los forasteros que venían la llamaban una ciudad de pájaros. Cuánta razón tenían. Al atardecer, cuando casi había oscurecido, volaban en bandadas y a veces no se podía ver cómo salía la luna: nunca había habido tantos pájaros. Pero el invierno era malo y las mañanas eran tan frías que no podíamos romper el hielo para lavarnos la cara. Y aquellas mañanas veíamos algo triste: sábanas de plumas donde habían caído pájaros congelados: créame. El trabajo de mi padre consistía en barrerlos como si fueran hojas viejas; luego los echaba al fuego. Pero a unos cuantos se los traía a casa. Mamá y todos nosotros los cuidábamos hasta que reponían

fuerzas y se marchaban volando. Se marchaban cuando más los amábamos.

¡Oh, como los hijos! ¿Lo ve? Después volvía el invierno, veíamos a los pájaros congelados y sabíamos con el corazón que a algunos de ellos los habíamos salvado algún año anterior.

La última ceniza encendida en su voz parpadeó y se oscureció; pensativa, retraída, respiró con un tono estremecido y bajo: cuando más los amábamos. Qué cierto.

Y después tocó la mano de Grady y dijo:

—¿Puedo preguntarle su edad?

Fue como si los dedos de un hipnotizador hubieran surgido cerca de los ojos de Grady: alertada, arrebatada de un sueño profundo donde los queridos pájaros, asesinados por otros inviernos, ardían en fuegos de alas revoloteando, parpadeó y dijo:

—Dieciocho. —No, aún no, faltaban semanas para su cumpleaños, casi dos meses de días intactos, sin deslustrar, como un pastel de cerezas o como unas flores, que de repente quiso reclamar—: Diecisiete, en realidad. Hasta octubre no cumplo dieciocho.

—A los diecisiete yo ya estaba casada; a los dieciocho traje al mundo a Ida. Así debería ser: que los jóvenes se casen jóvenes. El hombre trabajará entonces. —Habló con vehemencia, y con más vivacidad de la que parecía necesaria: esto se esfumó enseguida y la dejó pensativa—. Clyde se casará.

No me preocupa.

Ida lanzó una risa tonta.

—Tú no, pero Clyde sí; tiene preocupaciones, quiero decir. He visto a Becky esta mañana en el A & P[4], y estaba furiosa; así que le he dicho ¿qué mosca te ha picado, cielo? Y ella me ha dicho: Ida, dile a ese hermano tuyo que se siente encima de una tachuela.

Fue como si a Grady la hubieran trasladado bruscamente a una altitud áspera y perjudicial; aguardó, con un zumbido en los oídos, sin saber por qué sendero bajar.

—¿Rebecca está enfadada? —dijo la señora Manzer, con una ligerísima semilla de inquietud en su tono—. ¿Y ahora por qué, Ida?

Ella alzó los hombros.

—¿Yo tengo que saberlo? ¿Qué sé yo de lo que pasa entre esos dos? De todos modos, le he dicho que se pasara hoy.

—Ida.

—¿Por qué dices Ida, mamá? Hay comida de sobra para todo el mundo.

—Jesús, vas a tener que comprar una nevera nueva; ya nadie podría arreglar la vieja.

Era Clyde, que tras haberse acercado sin que lo advirtieran, se quedó en el umbral de la habitación, manchado de grasa de la cabeza a los pies y con una correa deshilachada del Frigidaire en la mano.

—Y oye, mamá…, ¿por qué no le dices a Crystal que se ocupe? Tengo que volver al trabajo a las cuatro.

Justo detrás de él, apareció Crystal y se apresuró a defenderse.

—Dime, mamá, ¿qué crees que soy yo? ¿Un caballo? ¿Un pulpo? Me he pasado todo el día en esa cocina mientras vosotros ganduleáis en los sitios frescos de la casa; y me mandáis a Bernie para sacarme de quicio, y Clyde con toda la nevera desmontada por el suelo.

La señora Manzer levantó una mano y puso fin a las quejas de todos; sabía manejarlos.

—Calla ya, Crystal, cariño.

Iré a hacerlo yo misma. Clyde, lávate; Ida, ve a poner la mesa.

Clyde se entretuvo cuando los demás salieron: una estatua tenue, a cierta distancia; su camisa de seda, mojada de sudor, se le adhería como una fina pátina de mármol. Mucho tiempo antes, en abril, Grady había tomado una fotografía mental de Clyde, una foto intensa, física, rotunda como un recortable sobre un papel blanco: a solas, a menudo aislada hacia medianoche, la dejaba emerger como un símbolo embriagador que le inyectaba susurros en la sangre; ahora, al acercarse él, cerró los ojos y se retiró hacia la imagen amada, pues su marido, erguido ante ella, le parecía una distorsión, otra persona.

—¿Estás bien? —dijo él.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—¿Sí? —Se dio un golpe en el muslo con la correa del Frigidaire—.

Bueno, recuerda que fuiste tú la que quiso venir.

—Clyde. Lo he pensado bien. Y creo que más vale que se lo digamos.

—No puedo decírselo. Ah, cariño, maldita sea, sabes muy bien que no puedo, todavía no.

—Pero, Clyde, pero algo, yo…

—Tranquila, pequeña.

Durante unos minutos, como una presencia circulante, el sudor agridulce de Clyde persistió en el aire, pero una brisa insignificante atravesó la habitación y se lo llevó consigo: entonces ella abrió los ojos, sola. Se apostó junto a una ventana y descansó sobre un radiador frío. Unos patines chirriantes raspaban la calle como una tiza rechinando en una pizarra; pasó un sedán marrón en cuya radio sonaba muy alto el himno nacional; dos chicas con trajes de baño en la mano caminaban por la acera.

El interior de la casa de los Manzer era muy similar al exterior; separada de la acera por un seto enano, era una de las casas de una manzana de quince que, aunque no idénticas, eran conjuntos más o menos indiscernibles de estuco rugoso y ladrillo muy rojo. De una forma similar, el mobiliario de la señora Manzer tenía aquel aire de propiedad anónima: suficientes sillas, multitud de lámparas, un número de objetos un poco excesivo. Sin embargo, los objetos eran los únicos que reflejaban un tema: dos budas con los costados rectos sostenían una biblioteca de tres cuerpos; sobre la campana de la chimenea, irlandeses achispados bailaban riéndose, con jarras en la mano; una doncella india, hecha de cera rosa, mantenía un soñador, risueño e incesante coqueteo con Mickey Mouse, cuya figura, del tamaño de una muñeca, sonreía encima de la radio; y, como ángeles cómicos, una caterva de payasos de trapo miraban desde las grandes alturas de una repisa. Así eran la casa, la calle, la habitación: y la señora Manzer había vivido entre un río verde y la cumbre blanca de una montaña en una ciudad de pájaros.

Bernie irrumpió en la habitación imitando el ruido de un motor con la lengua y llevando en la mano la maqueta de un aeroplano por encima de su cabeza. Era un niño quisquilloso, remiso, blanco como un gusano, pelón, con las rodillas magulladas y vendadas y unos ojos intrépidos.

—Ida ha dicho que tenía que venir a hablar contigo —dijo, zumbando alrededor como un murciélago salido del infierno, y Grady pensó que sí, que Ida lo habría dicho—. Se le ha caído el mejor plato de mamá y no se ha

roto, pero mami está muy enfadada de todas maneras porque a Crystal se le ha quemado la carne y Clyde ha dejado la nevera inundada.

Se desplomó y se retorció en el suelo como si alguien le estuviese haciendo cosquillas.

—¿Pero por qué está tan enfadada con Becky?

Sintiéndose un poco inmoral, Grady se alisó la falda y, cediendo a un impulso, dijo:

—No lo sé; ¿lo está?

—Espero decírtelo; y a mí me parece divertido, nada más.

Giró las hélices del aeroplano y dijo:

—Ida dijo que Crystal la desafió, y eso tiene gracia porque Becky viene aquí a todas horas sin que nadie la desafíe. Si fuese mi casa, le diría que se quede en la suya. Yo no le gusto.

—¡Qué avión más bonito! ¿Lo has hecho tú mismo? —dijo Grady de repente, porque la inquietaron unos pasos que oyó en el pasillo. En realidad sí admiraba el avión, que era insólito; su frágil armazón y sus tiras de papel delicado estaban ensamblados con un esmero oriental.

Bernie señaló con orgullo un marco de imitación de piel en el que había varias fotos Kodak juntas.

—¿La ves? Lo hizo ella, Anne.

Hizo miles y millones, de todo tipo.

La niña fantasmal, con aspecto de gnomo, de la que Grady supuso que era una compañera de juegos de Bernie, apenas retuvo su atención un instante, pues a la izquierda de la niña había una foto de Clyde, elegante con su uniforme del ejército y rodeando con un brazo protector la cintura de una chica indefinida pero vagamente bonita. La chica, que llevaba una falda demasiado corta y un corpiño demasiado grande, sostenía una bandera de Estados Unidos. Al mirar la foto, Grady experimentó un eco frío como el que uno siente cuando en una situación original tiene el pálpito de que ya ha sucedido antes: si conocemos el pasado y vivimos el presente, ¿es posible que soñemos el futuro? En efecto, los había visto en un sueño, a Clyde y a la chica, cogidos del brazo, mientras ella, en una escalera mecánica de protesta sorda, pasaba por delante y se alejaba de ellos. Así que debía ocurrir; lo sufriría en la vigilia; y cuando lo estaba pensando, oyó la voz de

Ida, que sonó como un árbol alto que cae y se estrella contra el suelo: inmovilizada por su peso, Grady se encogió en su silla.

—Yo saqué todas ésas, ¡me chiflaba hacer fotos! ¿No están guapísimos?

¡Esa foto de Clyde! Fue justo después de alistarse en el ejército, cuando lo mandaron a Carolina del Norte, y entonces Becky se empeñó en que yo la acompañara en el tren, ¡nos reímos muchísimo! Y allí conocí a Phil. Es el que está en bañador. Ya no le veo; pero el año en que dejó el ejército nos hicimos novios y me llevó a bailar treinta y seis veces, al Diamond Horseshoe y muchos sitios así.

Cada fotografía encerraba una historia e Ida se las refirió todas, y entretanto Bernie ponía discos de música vaquera en un fonógrafo antiguo.

Qué infinitas energías se malgastan armándose de valor contra crisis que rara vez acontecen: la fuerza que mueve montañas; y, sin embargo, quizá este mismo desperdicio, esta espera angustiosa de cosas que no suceden, prepara el camino y nos permite aceptar con serenidad funesta a la fiera que por fin aparece: Grady oyó, resignada, el timbre de la puerta, un sonido que desinfló la compostura de todos los demás (excepto de Clyde, que estaba arriba lavándose las manos) como una aguja hipodérmica. Aunque en aquel momento tenía todos los motivos para marcharse, Grady estaba decidida a encarar la situación, y cuando Ida dijo: «Ya ha llegado Becky», Grady sólo miró hacia el tropel de payasos angélicos y furtivamente les sacó la lengua.

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