Crucero de verano
Capítulo 3
Había sido de ella la idea de que almorzaran en Central Park, en la cafetería contigua al zoo. Como el apartamento de los McNeil estaba en la Quinta Avenida, casi enfrente del zoológico, ella estaba cansada de verlo, pero aquel día, espoleada por la novedad de comer al aire libre, le pareció un proyecto festivo; y, además, sería algo completamente nuevo para Clyde, que estaba in albis respecto a determinadas zonas de la ciudad: por ejemplo, el territorio entero que comienza alrededor del Plaza y se extiende y se ensancha hacia arriba y hacia el este. El mundo al este del parque era naturalmente el Nueva York que mejor conocía Grady: aparte de Broadway, no se había aventurado a menudo fuera de aquel distrito. Por eso creyó que Clyde bromeaba cuando dijo que ni siquiera sabía que había un zoo en Central Park; es decir, al menos no guardaba recuerdo de ninguno. Este desconocimiento intensificaba el enigma general de su pasado; Grady conocía el número y los nombres de los miembros de su familia: había una madre, dos hermanas que trabajaban y un hermano menor. El padre, que había sido sargento de la policía, había muerto; y sabía más o menos dónde vivían: en algún sitio de Brooklyn, en una casa cerca del océano a la que se llegaba al cabo de una hora de trayecto en metro. Luego había varios amigos cuyos nombres había oído con suficiente frecuencia para recordarlos: Mink, al que acababa de conocer, otro que se llamaba Bubble y un tercero llamado Gump; una vez ella le preguntó si eran nombres de verdad[1], y Clyde le dijo que sí.
Pero el cuadro que ella había perfilado a partir de estos retazos era tan de aficionado que no merecía siquiera el marco más modesto: le faltaba perspectiva y mostraba poco talento para los detalles. La culpa, por
supuesto, recaía en Clyde, que no era muy hablador. Además, a su vez parecía muy poco curioso. Grady, alarmada en ocasiones por la parquedad de sus preguntas y la indiferencia que acaso sugirieran, le suministraba abundante información personal, lo cual no quiere decir que siempre le dijera la verdad, ¿cuántas personas enamoradas lo hacen, o pueden hacerlo?, pero al menos le facilitaba una verdad suficiente para explicar con mayor o menor exactitud toda la vida que ella había vivido lejos de él. Sin embargo, tenía la impresión de que a él no le importaría no oír sus confesiones, parecía querer que ella fuera tan evasiva y secreta como él. Y, no obstante, ella, con toda propiedad, no podía acusarle de secretismo; Clyde respondía a todo lo que ella preguntaba: aun así, era como intentar fisgar a través de una persiana veneciana. (Era como si el mundo donde los dos se juntaban fuese un barco fondeado entre las dos islas que eran ellos: él veía sin esfuerzo la orilla de Grady, pero la de Clyde estaba envuelta en una bruma que no se disipaba). Un día, inspirada por una idea peregrina, Grady había cogido el metro para ir a Brooklyn, pensando que si tan sólo veía la casa donde él vivía y recorría las calles por donde él caminaba, le comprendería y conocería como deseaba; pero nunca había estado en Brooklyn y las calles fantasmales, solitarias, la humildad del terreno que se extendía en una maraña de bungalows similares, de solares vacíos y huecos silenciosos, eran tan aterradoras que al cabo de veinte pasos se dio media vuelta y huyó corriendo al metro. Más tarde comprendió que había sabido desde el principio que la expedición sería un fracaso. Quizá Clyde, con una sagacidad consciente, había elegido mejor al circunvalar las islas y conformarse con la soledad de un barco: pero en su travesía juntos no parecía haber puertos donde hacer una escala; y, mientras estaban sentados en la terraza de la cafetería, a la sombra de un parasol, Grady tuvo un nuevo motivo para necesitar la seguridad de la tierra.
Había querido que fuese divertido, una celebración en honor de ellos mismos, y lo fue: las focas se confabulan para divertirles, los cacahuetes estaban calientes, la cerveza fría. Pero Clyde no se relajó de verdad. Se arrogó con solemnidad los deberes de acompañante. En una excursión así Peter Bell habría comprado un globo en son de burla, Clyde le regaló uno como si formara parte de un ritual tenaz. Fue tan conmovedor para Grady, y
tan tonto, que durante un rato le dio vergüenza mirarle. Sujetó fuerte el globo a lo largo de todo el almuerzo, como si su felicidad oscilara y tirase de la cuerda. Pero fue al terminar la comida cuando Clyde dijo:
—Oye, ¡no sabes cuánto me encantaría quedarme! Pero ha surgido algo y tengo que volver temprano a casa. Es algo que se me había olvidado, porque si no te lo habría dicho.
Grady reaccionó con desenfado, pero se mordió el labio antes de contestar.
—Lo siento —dijo—. Es una auténtica pena. —Y a continuación, con un mal genio que no pudo contener—: Sí, me parece que deberías habérmelo dicho. No me habría molestado en planear algo.
—¿Qué tenías pensado, niña? Clyde lo dijo con una sonrisa en la que asomaba una ligera lujuria; el joven que se reía de las focas y compraba globos había cambiado de perfil y el nuevo lado, que mostraba una arista más áspera, era la faceta de la que Grady nunca sabía defenderse: su insolencia la atraía, la paralizaba de tal modo que sólo alcanzaba a desear un aplacamiento.
—Da igual —dijo, impostando a su vez un deje lascivo—. Ahora no hay nadie en el apartamento y había pensado que podíamos ir a prepararnos algo de cenar.
Altas como una torre y ocupando una hilera a la mitad de la altura de un edificio, las ventanas del apartamento, como ella le había señalado, se veían desde la terraza de la cafetería. Pero toda insinuación de que lo visitasen parecía disgustar a Clyde: se alisó el pelo y se apretó el nudo de la corbata.
—¿Cuándo tienes que volver a casa? ¿Ahora mismo?
Él movió la cabeza; después, diciéndole lo que ella más quería saber, que era por qué tenía que marcharse, dijo:
—Es mi hermano. El chico celebra su bar mitzvah[2] y lo correcto es que yo asista.
—¿El bar mitzvah? Creía que eso era algo judío.
Una rigidez semejante a un sonrojo tensó la cara de Clyde. No miró siquiera cuando una paloma atrevida picoteó con parsimonia una miga de la
mesa.
—Bueno, es algo judío, ¿no?
—Yo soy judío. Mi madre lo es —dijo él.
Grady guardó silencio mientras la sorpresa de esta revelación la circundaba como una enredadera; y entonces, entre salpicaduras de conversación que llegaban a ráfagas de las mesas vecinas, vio lo lejos que estaban de una orilla. Carecía de importancia que él fuese judío; era uno de esos hechos que Apple podría haber convertido en trascendente, pero que a Grady nunca se le hubiera ocurrido achacarle a nadie; no a Clyde, por descontado; aun así, el tono con que él se lo había dicho no sólo presumía que ella lo haría, sino que recalcaba aún más lo poco que ella le conocía: en lugar de agrandarse, la imagen que tenía de él se contraía, y pensó que tendría que empezar otra vez desde cero.
—Bueno —empezó, lentamente—. ¿Y eso debe preocuparme? Porque no me preocupa, ¿sabes?
—¿Qué demonios es eso de preocuparte? ¿Quién demonios te crees que eres? Preocúpate de ti misma. Yo no soy nada para ti.
Una anticuaria con un siamés atado con una correa les escuchaba muy tiesa. Fue su presencia lo que contuvo a Grady. El globo se había mustiado un poco, su tirantez empezaba a perder tersura; sin soltarlo, Grady empujó la mesa, bajó de prisa los escalones de la terraza y enfiló el camino. Clyde tardó unos minutos en alcanzarla (y cuando lo hizo ya se había esfumado la rabia de Grady). Pero la agarró de los dos brazos, como suponiendo que ella trataría de zafarse. Esquirlas de sol que se filtraban a través de un árbol revolotearon como mariposas; sentado en un banco, más allá, un chico sostenía en las rodillas un fonógrafo de cuerda y la canción de un solo de clarinete ascendía en espirales, como una anguila, hacia el aire ondulante.
—Eres algo para mí, Clyde; y más que eso. Pero no consigo descubrirlo porque parece que nunca hablamos de las mismas cosas.
Grady calló; la presión de los ojos de Clyde convertía el lenguaje en fraudulento, y fuera cual fuese su designio como amantes, sólo él parecía entenderlo.
—Claro, pequeña —dijo—; lo que tú digas.
Y le compró otro globo; el anterior se había arrugado como una manzana. El nuevo era mucho más bonito; blanco y con forma de gato, tenía ojos y patillas pintados de violeta. Grady estaba encantada.
—¡Vamos a enseñárselo a los leones!
La leonera de un zoo huele a malas pulgas, posee un aire acechado por el sueño, carcomido por el mal aliento y los deseos muertos. Cómica, en un sentido triste, es la leona astrosa recostada en su celda como una reina del cine mudo; y su pareja, el macho, ofrece una descomunal estampa absurda parpadeando al público como si utilizase un par de bifocales. En cierto modo el leopardo no sufre; tampoco la pantera, sus pavoneos altivos producen claras alteraciones del pulso, pues ni siquiera la indignidad del encierro minimiza el peligro de sus ojos asiáticos, esas flores doradas y rojizas que retoñan con una valentía hirsuta en el ocaso de la cautividad. A la hora de comer, la casa de las fieras se convierte en una selva retumbante, porque el cuidador, al pasar entre las jaulas con las manos teñidas de sangre, es a veces lento y sus pupilos, celosos de los que han sido alimentados primero, braman bajo el techo, sacuden el acero con rugidos ansiosos.
Un grupo de niños, que se habían infiltrado entre Clyde y Grady, correteaban gritando cuando empezó el tumulto; pero poco a poco, sobrecogidos por el creciente alboroto, se apelotonaron y se quedaron callados. Grady trató de abrirse paso entre ellos; a mitad de camino perdió el globo y una niña, silenciosa y de mirada malévola, lo agarró y salió disparada: tanto la ladrona como el robo pasaron inadvertidos, pues Grady, enfebrecida por los impetuosos sonidos de los animales, que les nacían de las entrañas, sólo quería llegar junto a Clyde y, así como una hoja se dobla ante el viento o una flor se encorva bajo la pata de un leopardo, someterse a su fuerza. No hacía falta hablar; el temblor de su mano lo decía todo: la de Clyde también, al establecer contacto.
En el apartamento de los McNeil era como si la caída de una vasta nieve hubiera silenciado las grandes habitaciones severas y amortajado los muebles con corrientes glaciales: terciopelo y bordados, las hermosas pátinas y el oropel perecedero, todas las envolturas contra la suciedad del verano eran de una blancura espectral. En algún lugar de aquella penumbra de nieve y cortinajes corridos, sonaba un teléfono lejano.
Grady lo oyó al entrar. Primero, antes de contestar, condujo a Clyde por un pasillo tan suntuoso que si alguien hubiera hablado en un extremo nadie lo habría oído en el otro: la puerta de su cuarto era la última de una larga hilera. Era la única habitación que el ama de llaves, al cerrar el apartamento, había dejado exactamente como estaba en invierno. La ocupante original había sido Apple, pero después de casarse la había heredado Grady. Por más que se había esforzado en librarse de los requilorios de Apple, muchos perduraban: armaritos nauseabundos de perfume, un escabel tan grande como una cama, una cama tan grande como una nube. No obstante, Grady se quedó con el dormitorio, porque tenía puertaventanas que daban a un balcón con vistas a todo el parque.
Clyde se demoró en la puerta; no había querido ir, dijo que no estaba bien vestido, y el sonido del teléfono ahora pareció remover otras incertidumbres. Grady le hizo sentarse en el escabel. En su centro había un fonógrafo y una pila de discos. A veces, cuando estaba sola, le gustaba repanchigarse allí y escuchar canciones lentas que acompasaban muy bien todo género de pensamientos extraños.
—Ponlo en marcha —dijo y, preguntándose por qué demonios seguía sonando, fue a contestar el teléfono. Era Peter Bell: ¿cenaban? Por supuesto que sí se acordaba, pero no allí y, por favor, no en el Plaza y no, no quería cenar en un chino; y no, la verdad, estaba completamente sola, ¿qué juerga dices?, ah, el fonógrafo…, esto, pues, sí, Billie Holiday; vale, Pomme Souffle, a las siete en punto, hasta luego. Cuando colgó, Grady albergó el deseo de que Clyde le preguntase quién había llamado.
No habría de cumplirse. Entonces, por iniciativa propia, dijo:
—¿No es estupendo? Al final no tendré que cenar sola: me invita Peter Bell.
—Hum. —Clyde siguió revolviendo los discos—. Oye, ¿tienes «Red River Valley»?
—No conozco ese título —dijo ella con brusquedad, y abrió de par en par las puertaventanas. Por lo menos podría haber preguntado quién era Peter Bell. Desde el balcón vio pináculos y banderolas que sobrevolaban desde muy alto la ciudad, vibrando en una disolución de tarde sólida, aunque ya el cielo se tornaba frágil y pronto se desmigaría en el crepúsculo.
Quizá él se marchase antes y, al pensarlo, ella se volvió hacia la habitación, expectante, ansiosa.
Clyde se había desplazado del escabel a la cama; sentado en el borde, y siendo tan grande la cama que le rodeaba, parecía pensativo, menudo y aprensivo, como si alguien pudiese entrar y sorprenderle en un sitio donde no tenía por qué estar. Como buscando protección en Grady, la rodeó con los brazos y la derribó a su lado.
—Hemos esperado mucho para tener una cama así —dijo—. Tiene que ser bueno en una cama, cariño.
La colcha era azul y el azul se extendía ante Grady como un cielo insondable; pero todo se le hacía extraño, habría jurado que nunca había visto aquella cama; extraños lagos de luz ondulaban la superficie de seda, las almohadas reforzadas eran montañas de tierra inexplorada. Nunca había tenido miedo en el coche o en los parajes boscosos que habían descubierto al otro lado del río y desde las Palisades, pero la cama, con sus lagos, cielos y montes, le parecía tan imponente, tan seria, que la asustaba.
—¿Tienes frío? —dijo Clyde, y ella se acurrucó contra él; quería traspasarle.
—Es un escalofrío, no es nada. —Y después, empujándole un poco—: Di que me quieres.
—Ya te lo he dicho.
—No, oh, no. No me lo has dicho. Estaba escuchando. Y nunca me lo dices.
—Bueno, dame tiempo.
—Por favor.
Él se incorporó y miró a un reloj de pared en el otro extremo del dormitorio. Eran más de las cinco. Con resolución, se quitó la cazadora y empezó a desatarse los zapatos.
—¿No vas a…, Clyde?
Él le sonrió.
—Sí, voy a…
—No me refiero a eso; y lo que es más, no me gusta: suena como si le estuvieras hablando a una puta.
—Qué tontería, cariño. No me has traído hasta aquí para que te hable de amor.
—Me das asco —dijo ella.
—¡Fíjate! Se ha picado.
El silencio subsiguiente circuló como un pájaro agraviado. Clyde dijo:
—Quieres pegarme, ¿eh? Casi me gustas cuando te picas, ésa es la clase de chica que eres.
Lo cual tornó a Grady liviana en sus brazos cuando la levantó y la besó.
—¿Todavía quieres que te lo diga? La cabeza de Grady se desplomó sobre el hombro de Clyde.
—Porque te lo diré —dijo, enredando los dedos en el pelo de ella—.
Quítate la ropa… y te lo digo bien dicho.
En el vestidor había una mesa con un espejo de tres cuerpos. Al desabrocharse la pulsera, Grady veía en el espejo cada movimiento de Clyde en la otra habitación.
Él se desvistió con rapidez e iba dejando las prendas en cualquier lugar; una vez en calzoncillos, encendió un cigarrillo y se desperezó; los colores de la puesta de sol se reflejaron a lo largo de su cuerpo. Después, sonriendo hacia Grady, se bajó los calzoncillos y se quedó plantado en la entrada:
—¿Lo dices en serio? ¿Te doy asco?
Ella movió la cabeza despacio y él dijo:
—Te juro que tú no.
El espejo, entonces, vibró al caer la silla de Grady y disparó en el crepúsculo flechas deslumbrantes.
Eran más de las doce y Peter, elevando la voz por encima de los compases de una orquesta de rumba, pidió otro scotch al camarero; mirando más allá de la pista de baile, infinitesimal y tan concurrida que los bailarines eran un solo bulto anónimo, se preguntó si Grady volvería. Media hora antes ella se había disculpado, presuntamente para ir al tocador de señoras; ahora, sin embargo, se le ocurrió pensar que se había ido a casa, pero ¿por qué? ¿Sólo porque él no había aplaudido, cuando ella le describió, y con evasivas, las delicias de un idilio? Ella debería agradecerle que él no le hubiese dicho
unas cuantas cosas que tenía en mente. Estaba enamorada; muy bien, él la creía, aunque tener que hacerlo le exasperaba: aun así, ¿tenía intención de casarse con aquel… no-sé-qué? No se había atrevido a preguntárselo. La posibilidad de que ella quisiera casarse era insoportable, y la conmoción había espabilado tanto a Peter que al cabo de aquellos martinis e innumerables scotchs, seguía sintiéndose dolorosamente sobrio. En efecto, en las últimas cinco horas se había percatado de que estaba enamorado de Grady McNeil.
Le resultaba curioso que con las pruebas que tenía a mano no hubiese llegado antes a esa conclusión. A la nube de castillos de arena y amistad firmada con sangre se le había permitido oscurecerse demasiado; así y todo, la evidencia de algo más intenso siempre había estado allí, como un poso en el fondo de una taza; al fin y al cabo, era con Grady con quien comparaba a todas las demás chicas, era ella la que le conmovía, divertía, comprendía; una y otra vez ella le había ayudado a portarse como un hombre. Y más aún: pensaba que la elegancia y las opiniones estéticas de Grady eran, en parte, producto de sus enseñanzas; no se atribuía el mérito de la fuerza de voluntad tan vehemente que ella poseía; sabía que en esto era muy superior a él y, en realidad, la voluntad de Grady le asustaba: podía influir en ella hasta un punto determinado, más allá del cual ella haría exactamente lo que se le antojase. Bien sabía Dios que él no tenía nada concreto que ofrecer.
Era posible que nunca llegase a hacer el amor con ella, y si lo hacía era probable que el acto se disolviese en la risa o las lágrimas de unos niños que juegan juntos: la pasión entre ellos sería notable, incluso ridícula, sí, lo veía (aunque no de lleno); y por un momento despreció a Grady.
Pero justo entonces, al sobrepasar el cordón de la entrada, ella le llamó y él se apresuró a alcanzarla, pensando tan sólo, y con una lucidez que parecía única, en que era deliciosa, y en la excelencia con que prevalecía sobre los ostentosos escuadrones de cacatúas engreídas. Su cabello, disparado en todas direcciones, era como un crisantemo herrumbroso, pétalos del cual le caían sueltos sobre la frente, y sus ojos, tan increíblemente insertos en su hermoso rostro sin maquillar, captaban toda la atmósfera con agudeza y una vivacidad verdosa. Fue Peter quien le había dicho que no debía usar maquillaje; fue también él quien le aconsejó que el
blanco y el negro eran los colores que más le favorecían, pues los suyos propios eran tan nítidos que entraban en conflicto con tonos más vivos y le gratificó que ella llevara una blusa dominó y una larga falda negra y plisada. La falda se cimbreó al compás de la música cuando él la siguió hasta una mesa; en el camino, calibró discretamente con los ojos la cantidad de atención que ella atraía.
La gente solía mirarla, algunos porque encarnaba a la joven encantadora que les gustaría que les hubieran presentado en una fiesta, y otros porque sabían que era Grady McNeil, la hija de un hombre importante. Unos pocos la miraban por un motivo distinto: porque, con su aura de encantamiento privilegiado e intencional, intuían que era una chica a la que le iba a suceder algo.
—¿A que no adivinas a quién vi la semana pasada? ¿En el Locke Ober’s de Boston? —dijo él, en cuanto estuvieron sentados bajo el resplandor de un árbol de celofán blanco—. ¿Te acuerdas del Locke Ober’s, McNeil? Una vez te llevé a comer allí, y te gustó porque en la calleja de fuera había un hombre con un banjo y un sombrero de cascabeles de latón. Resumiendo, me encontré con un viejo amigo nuestro, Steve Bolton.
No era que acababa de recordar aquel encuentro, más bien había elegido evocarlo con la intención de que a ella le recordase el desenlace de una antigua emoción que, mirada en retrospectiva, quizá le inoculase dudas sobre los atractivos de la actual: no obstante, Peter sólo sospechaba lo que Grady habría podido sentir antaño por Steve Bolton.
—Tomamos una copa.
—Steve… Dios mío, no han pasado años, que digamos —dijo Grady—.
No, supongo que no tantos. Pero ¿qué se le había perdido en Boston? Y esta frase expresó fielmente la naturaleza de su interés. La idea de que ella le hubiese amado no representaba un fardo vergonzoso, como Peter había supuesto; además, ella nunca se había avergonzado de aquello. Pero hacía meses que no pensaba en Steve, y parecía alguien tan desfasado como las canciones que todo el mundo había cantado el verano anterior.
—Estaría allí por algún asunto, me figuro. O una reunión de ex alumnos: es de ésos. Él nunca me gustó, aunque ahora no tengo muchos motivos, parecía bastante consumido, y no del todo él mismo. Dijo que te saludara de su parte si te veía.
—¿Y Janet? ¿Cómo están Janet y el bebé?
Tras haber descubierto que el nombre de Steve Bolton no despertaba ninguna conmoción en Grady, a Peter le aburrió el tema. Pero ella, mientras aguardaba la respuesta, descubrió que su interés por Janet era auténtico; a diferencia de Steve, no la veía desde el extremo pequeño de un telescopio, sino en un agudo primer plano, presente y punitivo; y recordó la mañana en que había prolongado el sufrimiento de Janet (con un remordimiento que hasta entonces nunca había sentido).
—¿O no los mencionó?
—Sí, por supuesto que sí. Dijo que estaban bien. Tuvieron otro hijo, esta vez una niña. No necesito decirte que me enseñó una foto, ¿por qué hace eso la gente? ¡Todas esas fotos satinadas de críos empalagosos! Es una perversión. Espero que nunca tengas hijos.
—Válgame Dios, ¿por qué? Me gustaría tener un bebé patizambo; ya sabes, bañarlo y levantarlo a la luz en brazos.
Peter aprovechó aquel resquicio.
—¿Un bebé patizambo? ¿Y qué pensaría él?
—¿Quién? —dijo Grady.
—Perdóname, no conozco el nombre del caballero —dijo, tendiendo las redes—. Pero me atrevería a decir que es uno muy conocido; vamos, ¿por eso no me lo dices? Que es una especie de intelectual y como mínimo veinte años más viejo. Las chicas nerviosas, de una vasta sensibilidad, se derriten por un padrazo.
Grady se rió, aunque la risa, como comprendió demasiado tarde, autorizó a Peter a hacer caricaturas de la situación. Sin embargo, estaba dispuesta a permitirle esta licencia y era un pequeño pago por un favor que le había hecho aquella noche y que era imposible explicar: consistía simplemente en que él supiera ya que Clyde Manzer existía, porque el hecho de que lo supiese reducía a Clyde a un tamaño humano y además le infundía existencia. Lo había envuelto en sombras durante tanto tiempo que
Clyde se había vuelto más grande de lo que era en realidad. Que otra persona lo supiera disipaba gran parte del misterio y aliviaba el miedo que Grady tenía de que Clyde se disolviese y ahora por fin poseía sustancia, era un ser al que llevaba no sólo en la cabeza, y mentalmente, en un rapto, flotó hacia él para abrazar al Clyde real.
Peter estaba complacido.
—No te molestes en contestar, pero ¿he acertado?
—No te lo digo; si te lo dijera, me perdería otras teorías tuyas.
—¿De verdad quieres saber mis teorías?
—No, en realidad no —dijo ella; en realidad, sí quería; le restituía algo de la emoción de tener todavía un secreto.
—Dime una cosa. —Peter se pinchó la palma de la mano con una varilla de revolver cócteles—. ¿Vas a casarte con él?
Ella percibió la seriedad de la pregunta y, como estaba en actitud de bromear, se quedó desconcertada.
—No lo sé —dijo, con un filo de rencor en la voz—. ¿Una siempre tiene que casarse? Estoy segura de que hay clases de amor en que no se habla en absoluto de eso.
—Sí, pero ¿no es bien sabido que el amor y el matrimonio son sinónimos para casi todas las mujeres? Desde luego, pocos hombres consiguen el primero sin prometer el segundo: o sea, el amor…, si sólo consistiera en abrirse de piernas, casi cualquier mujer lo haría por nada.
Pero, hablando en serio, querida…
—Pues en serio… aunque está claro que tú no lo estás siendo, no tengo respuesta que dar; ¿cómo iba a tenerla si la verdad es que nunca lo he pensado? Hemos venido a bailar, querido. ¿Bailamos?
Al volver de la pista les aguardaba un fotógrafo, con un desinterés hostil, y el agente de prensa del Bamboo Club, un hombre insolente y enfurruñado cuyas manos enjoyadas revoloteaban por la mesa colocando accesorios festivos: un cubo de champán, un jarrón, un cenicero de un tamaño monstruoso que, con un descaro fotogénico, ostentaba el nombre del club.
—Muy bien, señorita McNeil, sólo una foto, ¿no le importa? Va, va, no mire a la cámara; así, mírense los dos: preciosa, una absoluta preciosidad,
¡ no podría estar más guapa! Artie, estás sacando una gran foto, capturando el amor joven, eso es lo que estás haciendo. Ah, señorita McNeil, hágame caso…, mire, ¡hasta su amigo dice que tengo razón! ¿No es cierto, joven?
¿Y usted quién es, a todo esto? Esperen, quiero anotarlo todo. ¿Pero no es alguien viejísimo o muerto o famoso o algo, un Walt Whitman? Oh, ya veo, es usted el segundo Walt Whitman; ¿ nieto de él, no? Pero qué maravilla.
Gracias, señorita McNeil, y a usted también, señor Whitman: los dos han sido un encanto, una absoluta delicia.
No se olvidó de llevarse las flores ni el champán ni el cenicero.
El gasto de Peter en whisky reportó por fin un dividendo: a saber, su sentido del humor había alcanzado un punto indiscriminado, y estaba decidido a llevarlo aún más lejos: por desgracia, alguien le brindó una oportunidad. Fue un hombrecillo gris y cohibido que, azuzado por su acompañante, una mujer vestida de un rosa fresa que sorbía brandy, se inclinó desde la mesa contigua y asestó un picotazo tímido en el brazo de Peter:
—Disculpe —dijo—, pero ¿pertenecen ustedes a la realeza británica?
Mi amiga lo dice porque les han sacado una foto.
—No —dijo Peter, con una sonrisa paciente—. Somos de la realeza americana.
Grady estaba convencida de que debían marcharse: un minuto más y habría una pelea; esta expectativa era lo que impulsaba a Peter a quedarse.
Al menos podría avergonzarse, dijo, y llevó a Grady hasta la pista de baile, pero allí se empantanó, insistió en que bailaran y en pedir a la orquesta que tocara su canción favorita: «Just One of Those Things». Ella le advirtió que dejara de cantarle al oído: «Sólo uno de aquellos vuelos fabulosos». Al cabo de un rato ella cantaba con él. Un maratón de estrellas escarlatas parpadeaban en un redondel del techo, y Grady, bañada en su luz, aturdida por su rotación, flotaba a la deriva en el refugio de aquel cielo; una voz, muy alta sobre la tierra, le llegaba: ¿me oyes? ¿Oyes que te digo que eres de la realeza? Soñando, ella pensó que era Clyde, aunque ¡cuánto se parecía a Peter! Y girando en el espacio, el pelo se le columpió como una victoria.
Bailaron hasta que de repente la música se atenuó y al mismo tiempo las estrellas se oscurecieron.
OceanofPDF.com